Domingo 22 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo XXII del Tiempo Ordinario

LA VERDADERA HUMILDAD

1. Introducción

¡Qué oportuno es el evangelio de este domingo! Los hombres buscamos siempre sobresalir para ser invitados y tenidos en cuenta, nos parecemos a los fariseos del tiempo de Jesús que apetecían honras exteriores y soñaban con destacarse en el pueblo. El egoísmo puede cegarnos de soberbia e impedirnos ver a los que son más dignos. La autojustificación y la arrogancia nunca son buenas consejeras. Ante Dios no valen pretensiones ni suficiencias, sino coherencia y humildad. La invitación nos llega no por merecimientos humanos, sino por gracia. La humildad cristiana no consiste en cabezas bajas y en cuellos torcidos, sino en reconocer que debemos doblegar el corazón por el arrepentimiento, para que nuestra fe no sea pobre, nuestra esperanza coja y nuestro amor ciego.

2. Lecturas y comentario

2.1. Lectura del libro del Eclesiástico (3, 17-18. 20. 28-29)

Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzaras el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará.

En el pasaje, el autor hace una reflexión sobre dos cualidades o virtudes humanas que inciden con claridad en la vida religiosa: la humildad (3, 19-37) y la caridad (3, 30-4, 10). El mensaje es claro: la actitud del verdadero humilde es más apreciable que la de aquel que derrocha sus bienes con orgullo. La humildad es signo de una vida cristiana fuerte (cf. Rm 12, 16). Esta humildad bíblica comporta tres aspectos. En primer lugar, la humildad es una justa apreciación del valor y de la grandeza del hombre. Sólo el que es humilde puede ver como grandes a los demás. Además, la humildad en la fe introduce al creyente en lo más hondo del mensaje: en Dios mismo (v.21;cf. Mt 11,25). Finalmente, Dios recibe gloria por boca del humilde. Jesús ha mostrado un camino de este tipo cuando se ha propuesto como modelo de humildad evangélica (cf. Mt 11,29).

El autor reflexiona por antítesis sobre el orgullo para mostrar el valor de la verdadera humildad. El orgullo es el mal fundamental y se manifiesta por la obstinación del corazón (cf. Ex 7,14;8,28). En el mismo libro de los Proverbios, el cinismo es presentado a veces como una forma refinada de soberbia: una confirmación de la propia actitud despreciando los valores ajenos. Es incurable cuando se le ha dejado echar raíces y cuando se cierra al remedio. El que desprecia la vida de los demás, despreciará su propia vida y terminará despreciando al mismo Dios (cf. Sal 1,1).

El que es sabio desea una forma de ser capaz de discernir con exactitud y verdad lo que es él mismo y los demás. "Tomarse por sabio" (Prov 3,7) es lo contrario a esta actitud de humildad fundamental. No es la humildad un falso esconder la cabeza debajo del ala, sino una justa apreciación de los demás y de sí mismo, así como una apertura hacia Dios porque nos sabemos limitados de verdad, hombres que necesitamos del Dios misericordioso.

Salmo Responsorial

Sal 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11 (R cf. 11b)

R. Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.

Los justos se alegran,

gozan en la presencia de Dios,

rebosando de alegría.

Cantad a Dios, tocad en su honor;

su nombre es el Señor. R.

Padre de huérfanos, protector de viudas,

Dios vive en su santa morada.

Dios prepara casa a los desvalidos,

libera a los cautivos y los enriquece. R.

Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa,

aliviaste la tierra extenuada;

y tu rebaño habitó en la tierra

que tu bondad, oh Dios, preparó para 1os pobres. R.

2..2. Lectura de la carta a los Hebreos (12, 18-19. 22-24a)

Hermanos: Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni habéis oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando. Vosotros os habéis acercado al monte de Sion, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de -la nueva alianza, Jesús.

La experiencia religiosa del Sinaí fue, en primer lugar, la experiencia de la majestad de Dios, de su trascendencia. La teofanía del Sinaí, con todo el aparato de señales visibles y pasajeros, con toda su solemnidad, infundió el temor a un pueblo que no se atrevió a subir a la montaña sagrada. Y Dios se mostró entonces como tremendo e inaccesible (Cfr. Ex. 19, 12-19; Dt. 4, 11-14; 5, 21-30). El propio Moisés, que fue el único que subió a la cumbre para recibir la Ley de Dios, fue presa del santo temor. Muy distinto es el estilo de la revelación de Dios en la Nueva Alianza. Pues cuantos han sido bautizados y pertenecen al nuevo Israel, tienen ahora acceso libre a la morada de Dios, han ascendido al monte Siòn y a la ciudad del Dios vivo. Con estas imágenes bíblicas se nos habla de la nueva y más íntima comunicación de los hombres con Dios. Por Cristo, en cuyo rostro se adivina el rostro del Padre, pues él es la imagen visible del Dios invisible, los creyente son recibidos en la gran asamblea de los ángeles y los santos e introducidos a la presencia de Dios.

2.3. Lectura del santo evangelio según san Lucas (14, 1, 7-14)

Un sábado, entro Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que 1os convidados escogían 1os primeros puestos, les propuso esta parábola: – «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en e1 puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de mas categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: “Cédele el puesto a este.” Entonces, avergonzado, irás a ocupar el Último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba.” Entonces quedaras muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. » Y dijo al que lo había invitado: – «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedaras pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»

Era costumbre en aquellos tiempos y lugares invitar de vez en cuando a un rabino para conversar durante la comida sobre algún punto de interés religioso. Esto ocurría principalmente los sábados. En algún sentido, esta costumbre perfectamente natural se continúa hoy en ciertos ambientes y familias que cultivan la amistad de los sacerdotes. También Jesús fue invitado a comer un día de sábado. Y aunque el anfitrión era un fariseo y uno de los principales, aceptó. Pues Jesús no era un puritano, y ya otras veces había aceptado la invitación de otros fariseos (Cfr. Lc. 7,36; 11,37). Con todo, Jesús prefería comer con publicanos y pecadores. En esta ocasión había allí otros invitados, amigos de este personaje y fariseos lo mismo que él. Y todos éstos "espiaban" a Jesús. Este detalle demuestra que no había sido invitado de corazón, sino únicamente como pretexto para ver si podían sorprenderle en algún fallo.

En un ambiente así, enrarecido, Jesús se mueve con cautela y se fija en todos los detalles. Ocasionalmente hace su crítica y ofrece su enseñanza, tan diversa a la de los fariseos, sin perder la compostura. El marco de las palabras de Jesús es lo que llamaríamos una sobremesa. Jesús ve cómo los comensales se disputan los primeros puestos. El deseo de figurar era una de los defectos típicos de los fariseos (Cfr. Lc. 11,43;20,46). Jesús afea su vanidad y su mala educación. Pero las palabras de Jesús son algo más que una lección de buenas formas o de urbanidad; nos dice Lucas, se trata de un "ejemplo" que contiene un mensaje religioso. Es en el v. 11 donde se aclara el significado del ejemplo: "Dios enaltece a los humildes y humilla a los soberbios" (Cfr. Lc. 18,14; Mt. 23, 12). Recordemos que Jesús en la Ultima Cena ocuparía el último lugar, el de los siervos, y lavaría los pies a sus discípulos; recordemos, sobre todo, que al día siguiente descendería mucho más al ser colgado en la cruz entre dos ladrones y que, por eso mismo, fue exaltado a la diestra del Padre. Evidentemente Jesús no quiere enseñarnos una astucia para ser honrados públicamente entre los hombres. Jesús nos pide una humildad de corazón, lo mismo que pide la conversión interior y no sólo exterior.

Seguidamente Jesús se dirige a quien le había invitado. También ahora se trata de un "ejemplo" y no sólo de una regla de comportamiento social. Jesús quiere decir que el amor auténtico se muestra cuando se ejerce sin esperar recompensa alguna. El que invita a los pobres no puede esperar ser invitado por ellos en otra ocasión. ¿O acaso sí? Si tenemos en cuenta que el banquete es un símbolo habitualmente empleado para hablarnos del Reino de Dios y que los pobres son aquéllos a quienes se ha prometido el reino de Dios, el segundo "ejemplo" puede adquirir una profundidad mayor. Invitar a los pobres sería tanto como sentarse a la mesa de los pobres, solidarizarse con ellos, sería amarles de tal manera que uno pudiera esperar también entrar con ellos en el Reino que les ha sido prometido.

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