Voces de paz

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Domingo I de Cuaresma – Ciclo B

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA CICLO B

Estamos en un tiempo fuerte de la vida cristiana y nos afanamos por “avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud” (colecta). Es una exhortación a todos los cristianos a vivir con más tensión, con más vigilancia. Orar, leer reposadamente el evangelio y los textos de la eucaristía dominical, hacer obras de misericordia; preguntarse en familia (hijos incluidos), si no podríamos hacer alguna limosna extraordinaria, si no podríamos renunciar a algo; prestar atención a comportamientos, palabras…

  1. 1.      Oración comunitaria

Dios, Padre nuestro: al comenzar esta Cuaresma te pedimos nos ayudes a empeñarnos en una auténtica conversión de nuestros corazones y nuestra vida personal y comunitaria, a la vez que nos esforzamos por transformar nuestra familia, nuestra sociedad, el mundo. Nosotros te lo pedimos en el nombre de Jesús, tu Hijo, nuestro hermano. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro del Génesis 9, 8-15

Dios dijo a Noé y a sus hijos: – «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.»

Y Dios añadió: «Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»

Quedan atrás, tendidos, con hedor a podredumbre, hombres y animales, ahogadas por las aguas torrenciales del diluvio. El narrador ha señalado, como causa de la catástrofe, la malicia humana; podrida en sus costum­bres, podridos pos la ira de Dios. El pecado ha llovido del cielo la ira de Dios. La maestra de la creación -el hombre «imagen y semejanza de Dios»- se ha degenerado de tal manera que ha provocado en Dios una aversión y un re­chazo tal que poco ha faltado para que la destruyera eternamente. Así el au­tor, mostrando con ello la incompatibilidad de Dios con el pecado. Expresio­nes quizás, ingenuas, pero certeras en la apreciación global: un Dios bueno, bueno no transige con el pecado. Se han salvado, por su benevolencia, unas cuantas personas.

El texto nos presenta a Dios y al hombre. A Dios, bendiciendo, y al hom­bre, objeto de bendición. Dios pronuncia una promesa de reconciliación que durará para siempre: un pacto, una disposición de no intervenir sobre la humanidad con un castigo definitivo. Hay, también, un acto de buena volun­tad: una bendición de vida y crecimiento. Como promesa y pacto, la presen­cia objetiva de una garantía visible, que recuerde a Dios su compromiso y funde en el hombre confianza en su cumplimiento: el arco iris. Tiene la pro­mesa, pues, amplitud cósmica. Estamos, según la perspectiva del autor, en los albores de la humanidad. Los hombres, a pesar de su inclinación al mal, han de confiar en un Dios que los ama y los defiende. Dios, en definitiva, no es Dios de la muerte sino de la vida. Dios, pues, se compromete a conser­var en el mundo, donde se desarrolla la vida del hombre, una fundamental ordenación de la vida. La teología habla del pacto de Dios con Noé con perspectiva a todas las gentes. Abarca -visión típicamente bíblica- a los hombres y anima­les, pues de éstos se nutre el hombre. El tema de la bendición ha aparecido en el versículo anterior a la lectura. Dios no se desentiende del hombre.

2.2.Salmo responsorial Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9

Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Salmo alfabético; de carácter sapiencial. Expresiones de confianza; súpli­cas, consideraciones… Es bueno y necesario conocer el camino del Señor, pues es el camino a la vida. El hombre, creado para vivir, ha de encontrarlo. El no puede con sus solas fuerzas. Sólo el Señor puede ayudarle. La súplica manifiesta la urgen­cia por conseguirlo y la necesidad de recurrir a Dios. Pidámoslo: el Señor es bueno y clemente.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 18-22

Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas- se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

Lectura clara en su conjunto y oscura, por el contrario, en alguno de sus detalles. Propongamos lo primero y tratemos, en consecuencia, de iluminar lo segundo. Vamos a pensar en Pedro. En Pedro apóstol; testigo de los acontecimien­tos de Cristo y garante de la tradición que parte de ellos. Subyace, en el texto, la reflexión teológico-litúrgica sobre el Evangelio. El elemento «kerigmático», de «Buena Nueva», abre la lectura: «Cristo murió por nuestros pecados»; alargando brevemente por explicitaciones aclaratorias: «una vez para siempre»; «el inocente por los culpables», «para llevarnos a Dios». Cada una de estas cláusulas posee su propio peso que no procede olvidar.

2.4.Comienzo del santo evangelio según San Marcos (1, 12-15)

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: – «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Podemos distinguir en este texto dos elementos, según el tema. Dis­tingamos, pero no separemos demasiado. Los versículos 12-13 componen la primera unidad. Y esta unidad tiene por tema: «Jesús tentado como Hijo de Dios por Satanás en el desierto». Marcos no escenifica el misterio en tres momentos como lo hacen los otros sinópticos. Ofrece, más bien, la prueba de forma global. Insiste, pues, de no en la moda­lidad de la tentación sino en el hecho de ser probado y salir victorioso. ¿Cuál es su alcance? Dado que Cristo es el centro, podemos mirar hacia atrás y hacia adelante para que quede iluminado su misterio. Miremos, primera­mente hacia atrás.

Jesús es el «Nuevo Adán». Para comprender en profundidad esta afirma­ción, podemos recurrir a la carta a los Romanos, en especial al capítulo 7. Sin salirnos del Evangelio, recordemos: Adán, las fieras, los ángeles… Adán sucumbió; Jesús sale victorioso. Es de notar que es puesto a prueba como «Hijo de Dios», como «hombre de Dios» que disfruta de especiales relaciones con Dios con una misión salvífica que cumplir. No olvidemos a Adán, imagen y semejanza de Dios, disfrutador de la amistad y convivencia del Todopode­roso. Jesús como «hombre de Dios», expresa con la negativa al diablo su re­lación de dependencia, de sumisión, de obediencia salvífica respecto al Padre y Señor. En realidad, Jesús sigue el camino señalada por el Padre: «llevado por el Espíritu al desierto». Como hemos encontramos, en este texto, al principio del Evangelio y al comienzo de la vida pública de Jesús, cabe pen­sar que el evangelista quiere introducirnos en el misterio de la obediencia de Jesús hasta la muerte en Jerusalén. Es un misterio que Marcos tratará de poner de relieve.

Jesús, pues, se presenta como el vencedor y el iniciador e inaugurador de la vuelta del hombre a Dios en el paraíso. Jesús, vencedor, nos hace vence­dores. Con su victoria abre el camino al hombre para una convivencia filial con Dios dentro de un mundo de oposición y enfrentamiento. Jesús es la «primicia» de los vencedores: «Yo he vencido el mundo», dirá en Juan.

Esta última consideración es ya una visión hacia adelante. Jesús, causa de nuestra victoria. El cristiano ha de ser tentado como tal, como hijo de Dios. Dios le va a ofrecer un camino, como Padre, en Cristo, que tendrá que seguir para salvarse y contribuir, con él a la salvación de los demás. Tiempo de prueba, de enfrentamiento y de victorias parciales para, englobadas en un todo, alcanzar, en Cristo, la victoria definitiva y soberana sobre aquel que quiere separarnos de Dios como nuestro Padre. No se trata, pues, del hombre como hombre, en su condición natural, sino del hombre como per­sona llamada por Dios a convivir con él filialmente. Irrealizable todo esto si no es en Cristo Jesús, en quien somos y vivimos hijos de Dios.

La segunda unidad la componen los versículos 14-15. Jesús inicia su vida pública. El evangelista lo relaciona con Juan y lo destaca de él. Es ya el tiempo de Jesús.

Jesús predica. Con aires de profeta, de hombre enviado por Dios. Jesús, enseña. Es su característica. Es la Buena Nueva que debe hacernos «buenos» y «nuevos». Y es sobre el «Reino de Dios», sobre esa misteriosa acción de Dios que incide en los hombres para formarlos y transformarlos en «hijos de Dios» y, tras ello, trastocar toda la creación. Aunque la iniciativa viene de arriba, y de arriba, la fuerza salvadora y transformante, se exige al hombre, -«imagen de Dios»- respuesta y colaboración. Si ha de ser transformado, ha de, primero y en concomitancia, transformarse; es decir, cambiar, conver­tirse. Y ello, en todo momento. El resto del evangelio, con la persona y dichos de Jesús, lo especificará. Necesaria y consecuente, también, una aceptación del reino, una fe en adhesión vital a sus valores y exigencias. La conversión apunta a la fe viva, y la fe explicita la exigencia de conversión. El texto que sigue en el relato evangélico, ausente en esta celebración, pondrá de mani­fiesto en la vocación de los discípulos la requerida actitud penitencial y cre­yente al Evangelio del Reino: escucharon su palabra, le siguieron y se «convirtieron» en «pescadores de hombres».

Reflexionemos:

Comenzamos con este domingo la santa cuaresma. He aquí, según la li­turgia del miércoles de ceniza, un tiempo oportuno. Tiempo oportuno para reflexionar, para orar, para pedir perdón a Dios de nuestras culpas. Tiempo de conversión. Siempre debe estar el hombre pronto a la reflexión y al arre­pentimiento. Más todavía en estos días que la Iglesia dedica a la prepara­ción a las festividades de la Pasión muerte y resurrección del Señor. El cris­tiano debe hacerse violencia, morir al pecado para resucitar con Cristo a la vida. Le acompañan prácticas de penitencia, ayunos, oraciones, asistencia a pláticas convenientes, obras especiales de caridad, etc. Un aire de austeri­dad, de devoción, prácticas de obras buenas, deben señalar estos días. Es la Iglesia entera la que se prepara. A todos nos toca un poco. Por eso:

A) Bondad del Señor. En la primera lectura aparece relevante la bondad de Dios que promete al hombre la no destrucción, es decir, la salvación. La humanidad ha sufrido una terrible prueba, una profunda purificación: el Di­luvio. Allí quedó tendida la humanidad pecadora. No hicieron caso de la voz de Dios que les amenazaba. Sólo Noé con las familias de sus hijos lograron escapar del siniestro. Dios es el Dios de la vida, no es Dios de la muerte. Dios promete conservar en vida a la humanidad que ahora comienza. Como testimonio el Arco Iris. Cuando el pecado de los hombres encolerice de nuevo a Dios, y éste se vea movido a renovar el castigo, el Arco Iris le recordará su promesa. Pues bien, ¿Quién es verdaderamente el que retrae a Dios de in­fringir un nuevo castigo a los hombres pecadores? No hay otro que Cristo. Cristo murió por nosotros. El es el verdadero Testamento y Testimonio. Su sangre clama con más eficacia, para nuestro bien, que la sangre de Abel. Su Pasión, su Muerte, su Resurrección. Para estos misterios nos preparamos en la cuaresma. Ellos nos han acarreado la salvación eterna. El murió, justo, por los pecadores, para acercarnos a Dios. Esa es la maravillosa obra del Dios lleno de Misericordia. Así lo proclama el salmo.

El agua que purificó a la humanidad, destruyendo lo perverso de ella, es ahora medio de salvación. Por el agua anduvo Noé, salvándose. Por el agua pasa el cristiano dejando en ella sus maldades, el hombre viejo, resucitando a la vida en Cristo. El hombre llega a la vida, el hombre permanece en la bendición de Dios, el hombre se mantiene dentro de la promesa salvadora de Dios, sólo en la unión con Cristo en el bautismo. El bautismo nos conforma con él. El bautismo nos purifica, dándonos una conciencia pura. Es el Espí­ritu Santo que habitó en Cristo, quién habita ahora en nosotros y nos pre­para apara vivir siempre, para resucitarnos, como resucitó a aquél que mu­rió por nosotros. La bendición de Dios asegurando la vida del hombre llega a nosotros de ese modo. Dios es bueno, Dios es fiel, Dios mantiene sus prome­sas en Cristo Jesús.

B) Otro tema importante es el tema prueba. La humanidad fue probada. Cristo fue probado (tentaciones, murió por los pecadores); el cristiano es probado. Cristo fue tentado; Cristo salió victorioso. El es el nuevo Israel, el auténtico hijo de Dios, el nuevo Adán, el nuevo Hombre. No quiso emplear sus poderes en favor propio, sino que sumiso al padre, le obedeció hasta la muerte. También el cristiano tiene que enfrentarse con pruebas semejantes. Las realidades del mundo quieren acaparar toda su atención y actividad. El hombre debe mirar más alto y seguir el camino que Dios le señala. Esto le ha de costar trabajo. Es realmente una prueba. De la prueba debe salir como nuevo, más fuerte, más cristiano. La cuaresma nos recuerda las ar­mas que debemos emplear: oración, ayuno, etc. Cristo se retiró y ayunó por cuarenta días. He aquí un ejemplo.

San Lucas interpreta las tentaciones, al colocar la segunda en último lu­gar, a la luz de la pasión y muerte de Cristo. Ahí está la gran prueba de Cristo. Le costó la vida. Su fidelidad le llevó a la muerte. No debemos olvidar que Dios puede exigir lo mismo de nosotros. Ahí están los mártires. ¿No se vio obligado Abraham a ofrecer su hijo?

Cristo tentado y triunfante (le servían los ángeles) nos recuerda a Cristo muriendo y resucitando.

C) La conversión. Cristo predica la conversión. También Noé la predicó. No le hicieron mucho caso. Es el tiempo oportuno. No nos pase como a los del tiempo de Noé. El agua del bautismo nos salva, si nos mantenemos unidos a él, a Cristo. Sólo en él seremos salvos. Fuera de él el agua se convierte en castigo, en ruina. Con Cristo brilla sobre nosotros el arco iréis de la bendi­ción divina. Temamos y aprendamos de los del tiempo de Noé. Se nos invita a la conversión. Son días para recordarlo. ¡Convertíos! para ello la santa cuaresma. Hay que escuchar la Buena Nueva, que es Cristo mismo con su predicación y la salvación que nos trae. Escuchémosle. Es el tiempo opor­tuno. Dios muestra el camino a los pecadores. Pidamos perdón, nos enseñará el camino.

3. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

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Domingo 7 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO SEPTIMO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

Este es ya el cuarto domingo consecutivo en que leemos un relato de milagro. Curiosamente, en esta ocasión, se juntan dos temas: la sanación física y el perdón. Todo ello como signo de que está aconteciendo el Reino de Dios: el novedoso actuar de Dios en la persona de Jesús, que beneficia a unos, escandaliza a otros y sorprende a todos.

Con el relato de hoy el Evangelista Marcos nos invita a entrar en una nueva etapa de la misión de Jesús. Una serie de cinco episodios conflictivos nos enseñan que la misión de Jesús encuentra resistencias, oposiciones, objeciones.

Con todo, vemos cómo el Reino de Dios se está realizando mediante acciones liberadoras de Jesús que restablecen la comunión de las personas con Dios y con los hermanos. En este nuevo abordaje de la misión de Jesús tenemos que preguntarnos: ¿En qué condiciones Jesús encuentra a las personas y qué cambios obra en ellas?

  1. Oración:

Padre fiel que has permanecido actuando en la historia y que manifestaste tu fidelidad en la vida de Jesús, actuando a favor de la vida y la dignidad de tus hijos e hijas, llénanos de tu espíritu para sepamos leerte en la historia y podamos actuar en ella con coherencia y radicalidad, siendo verdaderos protagonistas en la construcción de la Utopía, ¡tu Reinado!, con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que te buscan con la misma pasión que la nuestra. Nosotros te lo pedimos inspirados por Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. Amén.

  1. Lecturas y comentario

    1. Lectura del libro de Isaías 43, 18-19. 21-22. 24b-25

Así dice el Señor:  «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo;  mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed del pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza. Pero tú no me invocabas, Jacob, ni te esforzabas por mí, Israel; me avasallabas con tus pecados y me cansabas con tus culpas. Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados.»

Las reflexiones proféticas de este texto encuentran una introducción esclarecedora en el versículo 18: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo». La existencia del pueblo de Israel está volcada hacia el futuro, cuya bondad está garantizada por la promesa del Señor: «Mirad que realizo algo nuevo…, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo» (v 19). El Dios que libertó las tribus de Jacob de la esclavitud de Egipto es el Dios que ahora está a punto de libertarlos de la esclavitud de Babilonia. El Dios de las promesas es superior a todas las realizaciones del pasado, su presencia no se agota en ninguna de las realizaciones históricas. La fe es confianza en el Dios de las promesas, entrega y movimiento hacia un futuro abierto. Este futuro, elemento esencial de la historia de Israel, es primariamente don de Dios, pero sus etapas están condicionadas a la libre respuesta del hombre. De ahí la lamentación divina por la bondad no correspondida. El Israel cerrado a la esperanza es el que mira atrás desde el primer éxodo: «¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yahvé en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos!» (Ex 16,3). La ingratitud desagrada más al Señor que la falta de sacrificios: “No te avasallé exigiéndote…. pero me avasallabas con tus pecados y me cansabas con tus culpas” (vv 23.24). Sin embargo, el perdón divino tendrá siempre la última palabra. El Israel que resurge de la nada es un testimonio de la acción de Dios en el mundo y un símbolo de esperanza para todos los hombres.

El creyente es un hombre abierto al futuro desde su pasado. De la misma manera, la vida y la muerte de Jesús son la causa primera de la esperanza cristiana. El Nuevo Testamento nos habla del Dios liberador que se manifiesta en las palabras y hechos poderosos de Jesús de Nazaret. La cruz, símbolo del éxodo definitivo, no desemboca en una esclavitud, sino que rompe el fatalismo degradante de la relación amo-esclavo. Así se experimenta la fe como una nueva creación y una iluminación de la existencia humana, que recibe su fuerza del gran lema «el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz» (Jn 3,21).

  1. Salmo responsorial (Sal 40, 2-3. 4-5. 13-14 5b)

Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido; en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida, para que sea dichoso en la tierra, y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad. Yo dije: «Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti.»

A mí, en cambio, me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia. Bendito el Señor, Dios de Israel, ahora, y por siempre. Amén. Amén.


Es un Salmo de alabanza y de acción de gracias a Dios después de una curación. Viene bien esta oración en sintonía con el evangelio del día. En el trasfondo del Salmo notamos el efecto de una concepción todavía arcaica, según la cual la enfermedad es el castigo recibido por los pecados cometidos.

Al contrario de los enemigos de este orante, Dios no condena al hombre enfermo. Dios no quiere que muera sino que viva: “El Señor lo guarda y lo conserva en vida… El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad”.

El orante confiesa su falta a Dios y obtiene el perdón de los pecados: “Yo dije: Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti”.

Como signo visible de este perdón, es sanado de su enfermedad. Entonces puede nuevamente presentarse ante el “rostro” de Dios: “Tú me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia”. La oración de gratitud se entona luego: “Bendito el Señor, Dios de Israel, ahora y por siempre. Amén. Amén”.

  1. Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 18-22

Hermanos: ¡Dios me es testigo! La palabra que os dirigimos no fue primero «sí» y luego «no». Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el que Silvano, Timoteo y yo os hemos anunciado, no fue primero «sí» y luego «no»; en él todo se ha convertido en un «sí»; en él todas las promesas han recibido un «sí». Y por él podemos responder: «Amén» a Dios, para gloria suya. Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros. Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.

Empezamos a leer hoy la segunda carta a los de Corinto, que nos acompañará de nuevo después del tiempo pascual. Buena parte de la carta es una defensa de Pablo ante los corintios que le acusaban de actuar ligeramente y de tener solamente perspectivas humanas a causa de haber cambiado -por razones que desconocemos- sus proyectos de viaje. Pero de esta cuestión sobre la firmeza de sus palabras, Pablo pasa a hablar de la firmeza del Evangelio de Dios que él predica.

El texto que leemos se inicia con una frase solemne: “¡Dios me es testigo!”: en la palabra del verdadero apóstol no puede haber contradicción, porque predica a Cristo, que es el sí definitivo de Dios a las esperanzas de los hombres. La historia de la salvación es la manifestación del constante deseo salvador de Dios que culmina en Cristo, y el apóstol lo predica y se adhiere personalmente a él, al igual que los cristianos de Corinto.

Esta adhesión de los creyentes a Cristo es constante, no es algo de un momento, y ello es así porque es el propio Dios quien nos dio su Espíritu que nos mantiene en el “sí” constante y en comunión con él. El Espíritu, que ya desde ahora da la prenda o las arras de la plenitud de la salvación, garantiza también la verdad de lo que Pablo predica. En el “Amén” de toda la comunidad reunida en asamblea litúrgica se expresa de modo privilegiado la adhesión al plan salvador de Dios.

  1. Lectura del santo evangelio según san Marcos 2, 1-12

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: – «Hijo, tus pecados quedan perdonados.» Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: – «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?» Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para- que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados … » Entonces le dijo al paralítico:  - «Contigo hablo: Levántate, coge -tu camilla y vete a tu casa.» Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: – «Nunca hemos visto una cosa igual.»

Nos encontramos en el capítulo 2 del evangelio de Marcos. Jesús ha comenzado ya su misión, anunciando el Evangelio y curando. La narración de hoy da inicio a una serie de cinco discusiones entre Jesús y los escribas y fariseos, entre ley y evangelio (2,1-3,6), entre letra, que mata, y Espíritu, que da vida (2 Cor 3,6). Jesús, desde el comienzo de su ministerio, entra en conflicto con las autoridades religiosas. Él manifiesta su poder sobre el pecado y sobre todo mal; su poder de perdonar pecados viene de Dios. El perdón es Dios mismo, que viene a nosotros con un amor sin límites.

v.1: Jesús, tras la curación del leproso, solía andar siempre en lugares solitarios (Mc 1,40-45). El relato de hoy nos lo presenta nuevamente en Cafarnaún, en casa de Pedro, donde anteriormente había curado a la suegra de éste (1,29-31). La casa, una figura “materna”, es símbolo de una comunidad cristiana en la que las relaciones humanas deberían crecer siempre hacia el amor perfecto.

v. 2: Jesús está en el centro de la casa y comunica la Palabra. A su alrededor se reúnen todos. Comienza la formación de la comunidad, que todavía es sólo una multitud preocupada de sí misma, que no piensa en los demás. La Palabra y la acción de Jesús deben transformar sus corazones.

v. 3: El paralítico: el hombre es creado por Dios como aquel que se encuentra siempre en camino hacia la casa del Padre. Pararse en este camino es retroceder. Por eso, la parálisis de que habla Marcos representa el nivel más profundo de la enfermedad externa. El paralítico en sentido espiritual es aquel que ha perdido la propia identidad, no logra moverse, no vive en plenitud lo que Dios le ofrece. La parálisis puede significar el pecado y todo miedo que impide levantarse y vivir como criaturas nuevas, resucitadas. En este relato, el hombre enfermo no posee un nombre propio: su identidad es la parálisis.

- “Sostenido por cuatro hombres”: son las cuatro personas que llevan al paralítico. El “cuatro” es el símbolo de los cuatro elementos, es decir, del cosmos entero. Todo nos puede llevar a Cristo, todo tiende hacia él… (Col 1,16s). Los Padres han visto en estos cuatro hombres a los cuatro evangelistas: su anuncio lleva a todos los hombres a Jesús.

v.4: Alrededor de Jesús se encuentra la multitud; por eso los cuatro no logran entrar. Esta gente es indiferente. No ha aprendido todavía cómo se acoge a los demás, particularmente a los débiles. Así pues, los que llevan al paralítico deben abrir un boquete en el tejado, lo que da una idea de cómo estaban construidas las casas palestinenses: el tejado, generalmente, estaba hecho de vigas y traviesas cubiertas por un material de relleno, ramas y barro, y a él se tenía acceso a través de una escalera externa. Esos hombres estaban convencidos de que el encuentro con Jesús sería para el paralítico la ayuda más importante. Pero, para encontrar a Jesús, a veces era preciso esforzarse mucho e incluso destruir lo que podía resultar un obstáculo, como el tejado. En este caso, la dificultad venía dada, además, por la camilla del paralítico. La camilla es, normalmente, un lugar de reposo, pero para el paralítico, en este caso, era una cárcel. En este texto puede simbolizar la ley (cf. Gál 3,10ss).

v.5: Jesús habla de la fe de los camilleros; no sabemos, sin embargo, si la tenía el paralítico. La fe logra levantar a los otros (cf. Gál 6,2). A causa de la fe de los hombres que llevaban la camilla, Jesús se dirige al paralítico con una ternura materno-paterna pronunciando su nombre nuevo: “hijito…”. El hombre inmóvil por su parálisis, excluido de la comunidad, es acogido como un hijo (cf. Rm 8,14 ss). Podemos preguntarnos de dónde le viene esta nueva dignidad. La inmovilidad del paralítico simboliza los efectos del pecado. Jesús le ofrece su poder de perdón y así quita la parálisis más dura, es decir, el pecado: “te son perdonados tus pecados”. El pecado es una parálisis difícil de reconocer (Jn 9,41) que nos priva de la gloria de Dios (Rm 3,23). Por ello, el pecado necesita el perdón. Jesús, ofreciéndoselo al paralítico, le hace hijo adoptivo del Padre (cf. Ef 1,4-5). Con ello expresa el deseo de Dios de que todo hombre se salve (cf. 1Tim 2,4).

vv. 6-7: Los escribas son expertos de la ley, los que declaran lo que está bien y lo que está mal. Pero Jesús mismo es el cumplimiento de la ley (cf. Rom 10,4). Marcos pone de relieve la dureza de sus corazones. La resistencia a la Palabra de Jesús crea la cerrazón de sus corazones: callaban, pero sus corazones estaban llenos de un veneno mortal. ¡Ésta es la verdadera parálisis que inmoviliza al hombre! Están en casa con Jesús, pero en realidad están fuera. Esta actitud no permite a la Palabra de Dios entrar dentro del corazón para transformarlo. En la acusación de blasfemia hecha a Jesús late el veredicto final de condena que encontramos en su pasión (14,64).

vv. 8-9: Jesús intenta dialogar con ellos, pero ellos sólo son capaces de hacer un monólogo sin palabras. La pregunta de Jesús desconcierta a sus adversarios: «¿Qué es más fácil, decir al paralítico “tus pecados te son perdonados” o decirle “levántate, toma tu camilla y echa a andar”?». Para el hombre, desde luego, ambas cosas no sólo no son fáciles sino que son imposibles.

vv. 10-11: Jesús se manifiesta como el Hijo del hombre de Dn 7,13, poseedor de la autoridad divina. Él hace “lo invisible” a través de un signo visible. El juicio que realiza el Hijo del hombre es el juicio del amor, del perdón sin límites. Sobre la tierra este don se cumplirá en su muerte y resurrección. Jesús se dirige al paralítico. Hace el signo a través de su poderosa Palabra, llena de autoridad divina: “Levántate”, en griego, significa también resucitar de entre los muertos. Jesús trae la vida nueva, el perdón y la resurrección. Ahora el hombre puede llevar su camilla, es capaz de vivir la vida en plenitud. La ley ya no le oprime ni le aprisiona.

- “Vete a tu casa”. La casa del hombre es Dios mismo. El hombre sanado puede caminar hacia el Padre, volver a su eterna morada (Qo 12,5). Esta “resurrección” se cumple públicamente, delante de todos. Jesús puede indicar que este don les pertenece a todos. Al final, cada palabra y gesto de Jesús tiende siempre a la gloria del Padre. También ahora es así: la gente glorifica a Dios, porque el hombre liberado de su pecado puede caminar hacia el Padre.

  1. MEDITACION

Jesús les proponía la palabra. El mismo es la palabra que comunica toda la verdad de su Padre. Por eso, la prioridad en nuestra vida debe ser estar a los pies de Jesús escuchándole. El de verdad quiere hablar con cada uno de nosotros. En aquella ocasión no había sitio ni en la puerta.  Llegaron cuatro llevando un paralítico en la camilla. Llegaron tarde y no podían entrar. Pero no se rindieron ante la dificultad. Nosotros también encontramos trabas para estar con Jesús y muy fácilmente nos excusamos. Quisiera haber rezado un buen rato cada día, quisiera haber ido a misa, pero no tengo tiempo. Pero es cuestión de prioridades. ¿Que se nos hizo más importante que estar con Jesús?

Aquellos hombres no entraron por la vía normal porque estaba cerrada. Abrieron un boquete en el techo. Pensemos en el paralítico que se dejo subir. Desde su camilla, impotente para prevenir cualquier desastre, debía confiar en aquellos hombres que lo jalaban con cuerdas hasta llegar al techo. Si esperamos a encontrar las condiciones óptimas para estar con Jesús, no lo vamos a hacer. Hay que forzar las cosas, o mejor, forzarse uno mismo para entrar por el techo en contra de nuestro gusto. Jesús nos dijo en una ocasión: La carne se resiste. Se nos hace molesto.

  1. Oración final:

Jesús, verdadero Hijo del hombre, ayúdame a acoger tu perdón. Abre mi corazón, para que pueda experimentar la fuerza de tu Palabra que hace florecer la vida en el desierto. Hazme sentir tu voz, que dice: “hijo, hija, tus pecados están perdonados”. Dame tu fuerza para el camino hacia el Padre.

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Domingo 6 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo sexto del tiempo ordinario ciclo B

Las lecturas de este domingo giran, en gran medida, en torno a la enfermedad de la lepra: de la visión de la ley y tradición del pueblo de Israel y de cómo se posicionó Jesús ante ella a través de la curación de un leproso. Surge la fe como un punto relevante del poder salvífico de Jesús. La enfermedad, la impureza y el pecado son términos que aparecen relacionados y se nos plantean en primera persona a modo de cuestionamiento y reflexión. Como fondo la indicación de san Pablo a realizar todo lo que hagamos para la gloria de Dios junto con la exhortación a que le sigamos a él como él sigue a Cristo. Toda una oportunidad de reflexión y celebración aprovechando el descanso dominical. Leer el resto de esta entrada »

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Domingo 4 del tiempo ordinario – Ciclo B

DOMINGO CUARTO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

 

La palabra de Jesús fue siempre una palabra autorizada, llena de verdad y de vida; por eso expulsaba demonios y liberaba a los oprimidos por el mal. ¿Somos verdaderos discípulos de nuestro Maestro? ¿Es nuestra palabra, como la suya, una palabra autorizada y eficaz, que engendra libertad, justicia, paz, esperanza, amor y vida a los hermanos más necesitados?

 

  1. 1.      Oración:

 

Dios, Padre nuestro, Tu que nos amas hasta el extremo, enséñanos a amar a los demás con todas nuestras fuerzas, y que nuestro amor no se quede en buenas palabras sino que se traduzca en obras de justicia, de amor y de servicio a favor de todas las personas. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 18, 15-20

Moisés habló al pueblo, diciendo: - «Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir, “El Señor me respondió: “Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá.”»

Suscitaré un profeta y podré mis pa­labras en su boca. Un texto interesante. Por dos razones, especialmente: por hablar de los profetas -figuras siempre atractivas-, y por hablar de un profeta, apertura inicial a una interpretación mesiánica. Moisés es la figura inicial céntrica. Dios se compromete a dirigir a su pueblo, además de por otros -reyes, sa­cerdotes…-, por los profetas. El profeta es el carismático por excelencia; el hombre de la palabra de Dios, movido por la fuerza del Espíritu. Y, como tal, sin vinculación necesaria a una familia de orden cultural – sacerdote – o una dinastía monárquica de gobierno -reyes- o a una profesión determinada – sa­bios o estudiosos; libre de ataduras humanas y suelto de todo compromiso para hablar con libertad en nombre de Dios al pueblo. Dios lo llamará per­sonalmente: a quien quiera, cuando quiera, como quiera, para lo que quiera y por el tiempo que quiera. Pero siempre un enviado de Dios, revestido de autoridad y exigencia. La figura hay que comprenderla en el marco de la alianza: Dios, Señor de su pueblo y en medio de él, pero transcendente, le di­rigirá con fidelidad su palabra en el momento oportuno. El hombre destinado para ello será el profeta. El profeta es, pues, expresión de la benevolencia y fidelidad de Dios, ya critique, ya acuse, ya amenace, ya consuele, ya prometa. Su voz es la voz de Dios. Y, ¡hay del que se atreva a rechazarlo! Será rechazar a Dios. Y, ¡ay también del que se arrogue semejante misión sin poseerla!: morirá sin remi­sión. La palabra del profeta realizará lo que anuncia. Esa será la señal de lo que anuncia. Esa será la señal de su autenticidad. El texto habla del profeta, en singular. ¿Señala, con ello, la serie de pro­fetas que en el transcurso de la historia seguirán a Moisés? Iría bien con el contexto. ¿Apunta, quizás, inicialmente a un profeta singular que emulará y sobrepasará la profecía de Moisés? Así, poco a poco en la tradición judía, samaritana y cristiana. Los sacerdotes y levitas enviados de Jerusalén pre­guntan a Juan (Jn. 1, 21): « ¿Eres tú el profeta? ». Los ojos cristianos, des­pués de contemplar en su conjunto el misterio de Cristo, no pueden menos de ver en el texto la figura del Señor Jesús. Esto no elimina, sin más, una in­terpretación colectiva del texto. En la colectividad, la excelencia de uno. Y ese «uno» es el Verbo encarnado de Dios, Palabra divina hecha hombre y permanente para siempre entre nosotros. Escuchémosle, so pena de ser con­denado por desacato a Dios.

2.2.Salmo responsorial: Sal 94: Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurez­cáis vuestros corazones.

Salmo con aire cultual. Parece reflejar un acto litúrgico. Alabanza en la primera parte; conminación o interpelación profética en la segunda. El estri­billo encaja muy bien con la lectura primera. El escuchar a Dios nos lleva a la salvación.

R. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R

Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 79 32-35

Hermanos: Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

El célibe se preocupa de los asuntos del Señor.

Continúa la lectura de la primera carta de Pablo a los Corintios. No po­demos perder de vista el hilo del pensamiento que sigue Pablo en este capí­tulo. Véase lo que se expuso, a propósito de ello, en el domingo anterior. Entre las preguntas que se han presentado a Pablo, o entre los problemas y cuestiones que suscitan los diversos movimientos o posturas en Corinto -encontradas y paradójicas, por cierto-, se encuentra la preocupación por el matrimonio y la virginidad. Pablo intenta dar respuesta práctica adecuada a cada una de ellas, de tal forma que no comprometa la una a las otras. Al fondo, sin duda, razones de valor que, sin ser constringentes para todos y en todos los casos, justifican, eso sí, debidamente, la postura que se desea o debe tomar. En estos versículos se intenta orientar, de modo especial, a los que se en­cuentran ante la opción entre el celibato y el matrimonio. El apóstol desea y propone libertad cristiana. Y esto quiere decir, moverse con holgura, de con­ciencia y acción, dentro de los valores auténticos manifestados por Cristo, en lo referente a cada uno de los casos, ya matrimonio, ya celibato. El «libre de cuidados» hay que entenderlo en ese contexto: libre para dedicarse a las co­sas del Señor. Con ello se descubre, suficientemente, el sentido profundo del celibato cristiano: por el Señor. Hay cierta preferencia por el celibato, por presentar mayor capacidad de entrega a las cosas del Señor y más facilidad para realizarlo. En el sujeto que opta por él, se verifica cierta unidad pro­funda en el ser, en el sentir y en el obrar: todo para el Señor, sin división al­guna. La última frase manifiesta también la libertad, siguiendo cada uno su conveniencia -en el Señor-, para elegir un estado u otro. Se trata del bien cristiano de los oyentes, no de una trampa en actitudes que por una razón u otra, no responden a la situación y condición real del individuo. La doctrina tradicional de la Iglesia se ha hecho eco de estas enseñanzas. No podemos pasarlo por alto. Ante la transitoriedad del tiempo que vivimos, se echan de ver posturas que viven y manifiestan con más intensidad las re­alidades definitivas cristianas: ser del Señor. Estas alcanzan su expresión concreta, especialmente, en la vida consagrada.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,21-28

En aquel tiempo, Jesús y sus -discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenla un espíritu inmundo, y se puso a gritar: – «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.» Jesús lo increpó: – «Cállate y sal de él.» El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: – «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.» Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Se quedaron asombrados de su ense­ñanza porque enseñaba con autoridad.Tal como Marcos presenta la escena, el pasaje entrelaza magistralmente dos motivos, ligeramente diferenciados: Jesús maestro, Jesús taumaturgo. Es, en efecto, su primer milagro y, también, su primera aparición de «predicador». Esto último parece ser la motivación de fondo y aquello, su con­firmación práctica. Jesús anuncia el reino. Su palabra es palabra de Dios. Es, por lo tanto, auténtica y eficaz: Jesús proclama próximo el reino y lo establece. El reino es una novedad existencial. Entre otras cosas, implica la expulsión del de­monio, el aplastamiento de su poder. Las palabras del endemoniado, en su origen quizás, conminatorias contra el que le aprieta con poder superior, son, en este contexto, manifestación de la autoridad de Jesús: hombre de Dios, Hijo de Dios. Definen, en definitiva, la personalidad de Jesús.

 

No separemos a Jesús de su palabra, del poder que la anima; ni su poder, de la victoria sobre el demonio; ni la victoria sobre el diablo, de la presencia salvadora de Dios entre nosotros; ni ésta, por último, de la salvación del hombre. El hombre se encuentra, en verdad, dominado por poderes extraños a él, que lo esclavizan, retuercen, deforman y aplastan. Él solo, abandonado a sus fuerzas, no puede salir de su postración. Jesús se presenta -y no con meras palabras tan solo- como su salvador en nombre de Dios. Es, en reali­dad, algo nuevo y único. Cristo Jesús, el Señor de todos los tiempos. La Iglesia ha heredado de Jesús ese poder y esa misión: proclamar exis­tencialmente el reino de Dios y lanzar los demonios. En esa misión nos en­contramos todos, en especial, los que por peculiar «gracia» hemos sido llama­dos a ello. Ahí están los medios: unión íntima con Jesús; oración, sacramen­tos, renuncia… Es nuestra misión.

 

Reflexionemos: Contemplemos a Cristo, Señor nuestro. El evangelio lo presenta, en acción, poderoso en palabras. Su poder es salvífico. También lo es su palabra. La salvación se manifiesta, en particu­lar, como liberación del poder satánico. Es algo nuevo e inaudito. Jesús es, en definitiva, Hijo de Dios. Pongamos, pues, nuestra confianza en él.

 

Las palabras de la primera lectura completan la imagen: el gran Profeta. El hombre de Dios que habla y actúa con poder en su nombre. Debemos es­cucharle: Dios mismo habla y actúa por él. En él está, pues, nuestra salva­ción. Más adelante relatará el evangelista cómo los apóstoles han sido en­viados con la misma misión. También ellos dispondrán, por su medio, del po­der en palabras y obras, para proclamar el reino y verificarlo.

 

El poder del diablo aparece aquí de forma indirecta, pero real. Podemos imaginar las múltiples maneras que se presenta el mal en el hombre, pri­vándolo de su auténtica libertad de acción para con Dios y las criaturas. El reino de Dios, fuerza liberadora y transformadora suprema, se acerca a él para restituirlo a su dignidad original de Hijo de Dios. Jesús es su único re­medio. Odios, envidias, opresiones, estructuras malvadas… Con todo ello se enfrenta el Señor. La figura de Jesús salvador se perpetúa en la Iglesia. Y dentro de la Igle­sia, especialmente, más no solamente, en los ministros de la palabra, a quie­nes, por eso, se les exige demostración en obras. Toda la Iglesia, sin em­bargo, participa en ello: vida cristiana, oración, obras de misericordia… En lo que a nosotros se refiere -ministros del altar- bien nos viene un responsa­ble examen de conciencia. El modelo lo podemos encontrar unos versículos an­tes: la vocación de los primeros discípulos. Lo dejaron todo y se convirtieron, por la voz de Jesús, en «pescadores de hombres». El abandono de todo es im­portante para ser solo y exclusivamente investidos del poder de Jesús. Por­que es, claro está, el poder de Jesús y no los propios medios los que invisten a los ministros de semejante poder.

 

Las palabras de Pablo ofrecen un tema sugestivo. También podemos ha­blar de él: sentido de la vida consagrada; su fundamentación teológica y cristológica -para el reino; su conveniencia y necesidad para la Iglesia- di­mensión eclesial; su importancia actual… Una apelación a los fieles. Uno de los títulos que recibe, especialmente en la actualidad, es de «vida apostólica»; favorece la entrega y dedicación, en palabras y obras, a la proclamación y establecimiento del reino de Dios. Si se habla a religiosos, encomiar su deci­sión, motivarla y ayudarla. Si a seglares, exaltar su conveniencia, necesi­dad y grandeza; intensificar su oración y fomentar su comprensión: es, en defi­nitiva, una bendición para todos.

 

  1. 3.      Oración:

 

Oh Dios, que suscitaste líderes y profetas que hablaran en tu nombre y guiaran a tu pueblo en todos los momentos de su historia, y que en la plenitud de los tiempos enviaste a tu hijo para que fuera maestro, camino, verdad y vida. Suscita de en medio nuestro nuevos profetas para que sepamos iluminar con tu palabra los retos que nos plantea la historia y seamos verdaderos testigos de tu proyecto.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

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Tercer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo tercero del tiempo ordinario ciclo B

 

La invitación que hace Jesús es a la “conversión”. No puede ser de otro modo, ante una realidad decisiva. “Convertirse significará aceptar, entrando totalmente en él, el mundo de los juicios y de los valores de Jesucristo, la concepción de la felicidad y de las exigencias de la vida según Jesucristo: acoger en el propio interior una mentalidad nueva que es la de Jesucristo… Una conversión que sólo afectara a las ideas, un cambio puramente intelectual, no sería de ningún modo la conversión evangélica, así como tampoco lo sería una conversión que no implicara más que las zonas de la sensibilidad y del sentimiento religioso; o una conversión que únicamente modificara la relación del hombre consigo mismo en el plano de la ética”.

 

El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca…  …Síganme

 

  1. ORACIÓN INICIAL

 

Oremos… “Tú, el Cristo, ofreces un tesoro de Evangelio, depositas en nosotros un don único, el de ser portadores de tu vida. Pero, para que sea evidente que la irradiación viene de ti y no de nosotros, has depositado este don insustituible en vasos de arcilla, en corazones de pobres, tú vienes a tomar un lugar en la fragilidad de nuestros seres, allí y no en otra parte. Entonces, sin que sepamos cómo, haces de nosotros, tan insuficientes y vulnerables, la irradiación de tu presencia entre los hombres”.( Hermano Roger de Taizé (+2005))

  1. 2.      LECTURAS Y REFLEXIÓN

2.1.Lectura de la profecía de Jonás 3, 1-5. 10

En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: – «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: – «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.

El libro de Jonás es una pequeña joya que merece una lectura completa. Bajo la forma de un cuento, lleno de humor, aparece en escena un profeta recalcitrante que se resiste a anunciar un mensaje de conversión y de salvación a los habitantes de la ciudad de Nínive. Él los detesta porque son paganos sin fe ni ley. Después del primer llamado, Jonás huye en la dirección opuesta a la gran ciudad pagana. Una tempestad hunde el barco y un gran pez vomita en tierra al triste héroe de esta historia. Dios se dirige por segunda vez a Jonás, quien acepta por fin ir a la gran ciudad. Jonás no se toma la molestia de darle muchos argumentos a los paganos para que se conviertan, se contenta con proferir una amenaza. Y, ¡sorpresa!, los habitantes de Nínive escuchan y comprenden el mensaje. El rey decreta un ayuno para todo mundo, aún para los animales, y dice: “Cada se convertirá de su mal camino y de la violencia de sus manos”. Dios obtiene el resultado que espera, su palabra es eficaz, aún si el mensajero es deficiente. ¡El mensaje de salvación es anunciado y escuchado! “Al ver lo que habían hecho y cómo se convertían de su mala vida, se conmovió Dios…”. Dios quiere que la humanidad renuncie a la violencia y viva en paz. Este mensaje le ha sido confiado al pueblo escogido, él tiene la tarea de comunicarlo al mundo entero.

Mensaje; «El Señor Dios nuestro tuvo piedad de su pueblo». declara el v. 10. Nótese que se trata de Nínive, capital del reino asirio en tiempo de Se­naquerib, el más acérrimo enemigo de Israel. Fue notorio por su crueldad inhumana. Destruyó el reino del norte. En este pasaje se le llama «pueblo del Señor». Dios tuvo piedad de él. Dios lo perdonó. Dios, pues, no se desentiende de los hombres que Él ha creado. Se vislumbra ya la vocación de todos los pueblos. Otros profetas también apuntan en este sentido. Véase Is 19, 22 – 24; Jonás preanuncia la misión universal del mensaje di­vino de salvación. Sugestivo y preciso, el libro de Jonás.

2.2.SALMO RESPONSORIAL

Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9 R. Señor, enséñame tus caminos.

Convertirse es, literalmente, cambiar de ruta, entrar en el camino recto. La primera y la tercera estrofa del Salmo delinean el tema del camino. Para el pueblo de Israel, Dios traza el camino por medio de sus mandamientos. El creyente debe conocerlos, amarlos y ponerlos en práctica. Quien se deja guiar por el Señor será salvado. Para ello se requiere reconocer la pequeñez ante Dios. Dios se interesa por los humildes y los pecadores; lo hace enseñándoles el camino a seguir. 13

La segunda estrofa es una oración de confianza dirigida al Señor, el Dios de la Alianza. El Salmo recuerda las grandes cualidades de Dios: su amor, su ternura, su fidelidad. Cuando se invoca el perdón, Dios olvida las rebeldías y los pecados, las faltas de juventud.

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R.

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R.

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 7, 29-31

Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como sí no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

 

Se habrá notado que estos domingos primeros toman los textos bíblicos en su segunda lectura de la Carta primera a los Corintios de S. Pablo. En esta Carta responde S. Pablo a diversas cuestiones que los de Corinto le proponen. Son cuestiones prácticas. Los principios, sin embargo, aparecen con frecuencia generales.

El tema que desarrolla en este capítulo 7 es de sumo interés. Coloca S. Pablo la virginidad sobre el matrimonio. La razón fundamental estriba en que la virginidad libera de preocupaciones que impiden a uno darse por en­tero al servicio del Reino. El hombre casado está solícito por las cosas que comparte. No puede entregarse totalmente a la edificación del Reino de Cristo. Por otra parte, ya con una perspectiva escatológica, advierte S. Pa­blo que todas estas cosas pasan. No debe uno pegarse demasiado a estas ocupaciones. El tiempo es breve; la figura de este mundo pasa. El Nuevo Mundo es el Reino de Cristo en su forma definitiva. Los bienes de este Reino son los que realmente interesan. Tras ellos hay que ir, pues no pasan.

Adviértase que no se elude el compromiso con el mundo sin más, sino con el mundo que pasa y en cuanto pasa. En este mundo hay realidades que tie­nen un valor en el Reino; deben ser consideradas atentamente. Primero el reino de Dios y su justicia; después las demás cosas. La virginidad te capa­cita más que el matrimonio para darte por completo al servicio de este Reino, que consta en el momento actual de realidades materiales y espiritua­les, según nuestra nomenclatura. El matrimonio no. El Reino ha de sobrevi­vir a las realidades de este mundo. El matrimonio no, como tal. En el cielo no se casan.

Es, pues, una amonestación la de S. Pablo a no detenerse demasiado en cosas que han de pasar.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 14-20

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:
– «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: – «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Nos encontramos en Marcos, evangelista ordinario en este ciclo. El tema es evidente. Se trata de la vocación de los Apóstoles.

Nótese:

A) «El Reino de Dios está cerca». Ha llegado el tiempo de la gran decisión para el pueblo de Israel. Urge darse prisa y tomar una actitud decidida en su favor. El Reino de Dios es el tema común de la predicación de Cristo. Cristo lo anunció en sus diversos aspectos a través de toda su vida.

El primer paso, es condición indispensable para entrar en el Reino: «Convertíos», «Creed la buena Nueva» Cambio de postura, abandono de los propios caminos y del pensar propio; asentimiento a la predicación de Cristo. El es la Buena Nueva. Hay que seguirle incondicionalmente. S. Juan desa­rrollará el tema de la fe en Cristo, como algo insustituible.

B) Llamamiento y seguimiento incondicional al Maestro. La elección recae en los individuos, ineptos humanamente hablando. La voz de Cristo los des­dice al seguimiento. Es poderosa la voz del Señor. Ella misma los consagra como Apóstoles. Son constituidos «Pescadores de hombres». Misión bien defi­nida: predicar y anunciar la conversión y la fe en Cristo. Ellos van a dar tes­timonio de Él y de sus palabras hasta los confines del mundo. En la acepta­ción de su palabra está vinculada la salvación.

 

Reflexión:

 

1) Dios llama a todos a la conversión. A todos alarga la mano bondadosa ofreciendo el perdón. Sin embargo, su palabra salvadora llega a los hombres a través de sus mensajeros. Ahí están Jonás y los doce. Dios nos habla por ellos.

2) La disposición del apóstol debe ser de entrega total. Lo abandonaron todo. La misión de salvar a los demás debe absorberlos totalmente. Jonás y los apóstoles lo dejaron todo. Se dedicaron plenamente al reino de Dios. Lo demás no lo juzgaron digno. Puede que algo de esto nos diga el capítulo 7 de la carta de Pablo a los Corintios. Hay muchas cosas que pasan. Una es la importante: El reino de Dios y su justicia.

3) Dios sigue llamando todavía a la conversión. Recordemos que debemos convertirnos y renovar nuestra fe en Cristo continuamente Dios quiere sal­var a todos.

 

  1. ORACIÓN FINAL:

 

Entrando en el camino del discipulado:

 

¡Que me juegue la vida en tu seguimiento!

 

 “Señor, tú que has nacido por azar al final de un viaje y que mueres como un malhechor después de haber recorrido, sin dinero, todos los caminos -los del exilio, los de las peregrinaciones y de las predicaciones itinerantes- sácame de mi egoísmo y de confort. Que, marcado por la Cruz, no tenga miedo de la vida difícil. Sí, Señor, hazme disponible para la bella aventura a la que me llamas. He comprometido mi vida, Jesús, en tu seguimiento, me la he jugado toda por tu amor. Los otros pueden ser sabios, tú me dices que es preciso ser loco. Otros creen en el orden, tú me dices que crea en el Amor. Otros piensan que hay que guardar, tú me dices que dé. 

Otros se instalan, tú me dices que camine y que esté listo para el gozo y el sufrimiento, para los fracasos y los logros, que no ponga mi confianza en mí sino en ti. Me dices que me lance a la aventura cristiana sin preocuparme por las consecuencias y que, finalmente, arriesgue mi vida apoyándome en tu amor”

(Abbé Joly)

 

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Domingo de la Epifanía del Señor – Ciclo B

DOMINGO DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Navidad y epifanía surgen en la Iglesia como dos fiestas idénticas. En lugares distintos, en fechas y con nombres distintos, pero con un mismo contenido fundamental. Al menos en su fase original, ambas solemnidades celebraron el nacimiento del Señor. Sin embargo, después de un proceso de sedimentación, al asentarse ambas fiestas definitivamente en Oriente y Occidente se configuran con perfiles distintos, hasta ofrecer un contenido específico con matices propios e independientes.

El contenido de la fiesta de epifanía aparece claramente definido en dos antífonas, ya existentes en el antiguo breviario y que la nueva Liturgia de las Horas ha conservado en su oficio: «Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial ‘Esposo, porque en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino» (Antífona para el Benedictus). Y en la antífona para el Magníficat en II Vísperas: «Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: Hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos».

La tradición popular ha vinculado siempre la fiesta de epifanía con el episodio de los reyes magos. Lo cual se justifica, en efecto, por las referencias que hacen a los magos casi todos los elementos propios de la fiesta, tanto en la misa como en el oficio. Sin embargo, las dos antífonas citadas vienen a ser como la clave de interpretación de todo el conjunto. Esto nos obliga a considerar el contenido de la fiesta desde la perspectiva que señalan dichas antífonas.

En primer lugar, epifanía no se centra en un hecho o episodio concreto. El foco de interés, en el que polariza la atención de la Iglesia al celebrar esta solemnidad, se sitúa más allá de los hechos. Por otra parte, el criterio básico que se ha puesto en juego al instituir esta fiesta no hay que entenderlo en clave histórica o cronológica. La constelación de solemnidades que siguen a la fiesta del 25 de diciembre no celebran, sin más, los acontecimientos de la infancia ni se siguen según un orden cronológico. La clave de interpretación no es histórica. Hay que buscarla en otra línea de carácter teológico.

En silencio delante de Dios

Hoy, en este domingo en el que Dios se manifiesta como luz de los hombres, queremos pedir al Señor “la pasión de escucharlo” con las palabras de la Beata Isabel de la Trinidad: “¡Oh Verbo eterno!, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme toda docilidad para aprender todo de Vos. Luego, a través de todas las noches, todos los vacíos, todas las impotencias, quiero estar siempre pendiente de Vos y permanecer bajo vuestra gran Luz” (Elevación a la Santísima Trinidad, 21 noviembre 1904) Leer el resto de esta entrada »

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Solemnidad de Santa María Madre de Dios – Ciclo B

DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS Ciclo B

Hoy es la octava de navidad y el primer día del nuevo año, una conclusión y un comienzo. La Iglesia lo dedica a la “Virgen del camino”, a la que encontramos en cada estadio de la andadura de la vida, en su momento inicial y “en la hora de nuestra muerte”.

Se le ha dado ese título en el nuevo calendario litúrgico revisado. La denominación pone claramente de manifiesto que se trata de una fiesta de Nuestra Señora, y que tiene por objeto honrar su maternidad divina con la solemnidad conveniente. Antes de cambiarse el título en 1969, se conocía la fiesta como la “Circuncisión de nuestro Señor”. También se conmemora esto, la imposición del nombre de Jesús al niño de María pero el objeto principal de la fiesta es la maternidad virginal de María contemplada a la luz de la navidad. Leer el resto de esta entrada »

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La bella historia de la Navidad

La bella historia de la Navidad Lucas 2, 1-20

En cuanto adoramos el nacimiento de nuestro salvador, celebramos también nuestro propio inicio” (San León Magno)

Recibamos este grandioso día diciendo junto con uno de los mayores cantores de la Navidad que ha conocido la historia: “Hoy la Virgen da a luz al Trascendente, y la tierra le ofrece una gruta al Inaccesible; los ángeles y los pastores lo alaban, y los Magos tras la estrella avanzan, porque hoy ha nacido por nosotros, cual Niño Pequeñito, el Dios que existe desde antes de los siglos” (Romano el Melode, S.VI, “Contaquio”) Leer el resto de esta entrada »

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Misa de la solemnidad de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo

Misa de la solemnidad de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

En la Eucaristía -que los cristianos repetimos sobre todo el domingo, el día del Señor- se nos hace presente de un modo sacramental y se nos da como alimento el mismo Jesús que nació en Belén hace veinte siglos, y el mismo Jesús que vendrá al final de los tiempos como Señor Glorioso y Juez de la historia. En cada Eucaristía entramos en comunión con Él. Cada Eucaristía es como la Navidad, la Pascua y la Venida final, condensadas para nosotros, con toda la gracia y la salvación que el Hijo de Dios ha querido traer a nuestras vidas. Leer el resto de esta entrada »

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Cuarto domingo de Adviento – Ciclo B

Domingo IV de adviento ciclo B

1. Oración:
Oh Dios, que en otros tiempos, y de muchas formas, hablaste por tus profetas en todos los pueblos y naciones, y que para nosotros, en nuestro hermano Jesús de Nazaret, hiciste brillar tu amor de un modo inefable; haz que a la luz de tu Palabra, diseminada por todo el mundo, todas las religiones acojan el don de tu Palabra y la pongan en práctica en la fraternidad-universal que a todos nos has prometido. Tú que vives y haces vivir, amas y haces amar, por los siglos de los siglos. Amén.

Introducción:

Llegamos ya al cuarto domingo de Adviento, próxima ya la celebración de la Navidad. Es tiempo de avivar la esperanza. El Evangelio es el de la anunciación. María es una figura suave, anónima, silenciosa… Y es significativa en el adviento. En la anunciación parece imposible que una virgen conciba sin concurso de varón. Pero ella creyó lo que le dijo el mensajero del Señor. Y creyó precisamente “porque para Dios no hay nada imposible”. A veces sólo esta fe nos permite a los cristianos creen que otro mundo es posible.
2. Lecturas y comentario:
2.1.Lectura del segundo libro de Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16

Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: – «Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.» Natán respondió al rey: – «Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.» Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: – «Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido, y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.”»

El interés principal del relato reside en el último versículo. El resto del pasaje viene a ser como el marco histórico donde las palabras de Dios – su decisión irrevocable de favorecer a la Casa de David, reciben sentido y vida. Para la mejor inteligencia del texto, léanse también los versículos 12. 14-15; nos ayudarán a comprender mejor la tercera lectura y a relacionarla con la primera. Es, pues, de notar:

1) Religiosidad del rey David: En agradecimiento al Señor de los Ejérci­tos, que le ha ayudado a someter a sus enemigos, ha determinado el piadoso rey edificar a su Dios una Casa, un Templo. La Casa ha de ser amplia, construida con materiales nobles, firme, duradera, perenne; una Casa que desafíe la intemperie de los tiempos; en lo más insigne de la ciudad.

2) Disposición divina: Dios responde a esta buena voluntad del rey con una disposición paralela, pero muy superior. El también ha dispuesto hacer duradera, perenne, firme, para siempre la Casa de David. Ha determinado colocarla en un lugar distinguido, en lo más grande de la historia de la hu­manidad. «Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente». Así el versículo 16. Pero el v. 14 asegura a sus descendientes: «Yo seré para él padre y él será para mí hijo». De aquí parten principalmente las profecías mesiánicas. La revelación posterior irá apun­tando hacia un Rey, Hijo de Dios (salmos 2 y 110). Se perfila ya claramente la figura del Mesías, Rey descendiente de David.

2.2. Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29 R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R.

«Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: “Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades.”» R.

Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora.» Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. R.

Salmo real. Un tanto complejo. La primera parte es un himno; la se­gunda, con cierto aire jubiloso, el canto-recuerdo de las disposiciones divinas sobre la casa de David; la tercera y última, una queja o lamentación. La li­turgia toma del himno su primera estrofa y la segunda y tercera de la «disposición» de Dios en favor de David. En esta liturgia no hay lugar para las quejas; todo lo contrario, Dios fiel y misericordioso merece un canto por todas las edades.

Dios ha prometido especial providencia a su «elegido», el «ungido» de Is­rael. Es una promesa estable como estable es el sol. Dios lo declara «hijo» y se deja llamar por él «padre». Esta maravillosa «disposición» apunta al futuro. Y el futuro nos lo revela en Cristo, Ungido hijo de Dios. Cristo es el Rey de Dios. Es la fidelidad de Dios hecha carne. Cantemos eternamente las miseri­cordias del Señor. Es bueno y guarda su alianza. Bendito sea por siempre: nos dio a Cristo, el Señor.

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 16, 25-27

Hermanos: Al que puede fortaleceros según el Evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe al Dios, único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Nos encontramos en los últimos versículos de la carta. Se trata de una pre­ciosa y sentida doxología. ¡Gloria a Dios por los siglos y los siglos! He ahí, pues, el tema: ¡Gloria a Dios! Nótese: el sujeto a quien debe darse gloria es Dios. «Dios, que es el Único Sabio. Por Cristo Jesús».

Según esto, el grito de admiración y de entusiasmo, que brota jubiloso de la boca de Pablo, nace de la consideración del magnífico plan de Dios «Misterio». Dios ha revelado por fin su «Misterio»; Dios ha puesto en marcha de forma sorprendente su plan de salvación; Dios ha hablado definitiva­mente, como dice la Epístola a los Hebreos, y perfectamente a su Hijo. «Misterio» éste dispuesto a ser manifestado desde todos los siglos. Dios lo ha hecho todo maravillosamente, sabiamente.

Piénsese en toda la historia de la salvación, diseñada a través de todo el A. T.: La creación del universo, comprendido el hombre; la elevación del hombre a la amistad con Dios; su pecado, la promesa de una redención; la vocación de Abraham; la liberación de Egipto; la predicación mesiánica de los profetas…, etc.

Todo ello necesitaba de una aclaración, pedía un cumplimiento. Y esto ha sucedido ahora, al presente, en la revelación realizada en Cristo. He aquí el «Misterio», Cristo. Cristo revelador del Padre: en Cristo Dios se muestra mi­sericordioso, bueno, compasivo, atento a nuestras necesidades: Cristo Sal­vador de la humanidad: en Cristo nos ofrece Dios la salvación, el favor, la gracia. Cristo Principio y Fin de la Creación: En Cristo cobran sentido todas las cosas; el hombre, alejado de Dios, vuelve al estado primitivo de amistad con Dios, las cosas están en paz; Cristo las ha pacificado unas con otras.

En Cristo se ha manifestado la Sabiduría de Dios – Cristo es nuestra Sa­biduría, dirá Pablo – de forma sorprendente. Los caminos de Dios son mara­villosos; distan mucho del pensar de los hombres. (Léanse los versículos 17- 31 del cap. 1 de la 1 Co). De ahí la sorpresa y la admiración mezclada de entu­siasmo de Pablo. ¡Dios da salvación en Cristo a los gentiles! ¡Y esto mediante la fe en Cristo muerto en la Cruz! He ahí, pues, la Sabiduría de Dios: la sal­vación en Cristo por la fe.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: – «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: – «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» Y María dijo al ángel – «¿Cómo será eso pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: – «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» María contestó: – «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel.

Se trata del precioso pasaje de la Anunciación. Texto profundo y denso de su sencillez. No es momento este de anotar en detalle todas las particulari­dades de esta escena y de aducir todos los textos-promesa del A. T. a que se alude y se trata de responder, dándoles exacto cumplimiento, en este pasaje. Sería muy largo el camino a recorrer. He aquí lo más saliente:

A) Las palabras del Ángel. Para la mejor comprensión de ellas léase como fondo So 3, 14-17 y Za: 9, 9.

«Alégrate… No temas…»: Estas palabras no serían, según autores compe­tentes, expresión de un saludo de corte griego; algo así como el «Salve» de los romanos. Se trata aquí, por el contrario, de una referencia a aquellas profe­cías antiguas, donde se anuncia un gran gozo a Jerusalén en los tiempos me­siánicos. En concreto sería una referencia a Sofonías y Zacarías en los pasa­jes ya citados. Se trata entonces de una invitación a la alegría, a la alegría mesiánica. Ha llegado el momento de alegrarse con toda el alma: Dios cum­ple ahora su promesa, ahí está el Mesías.

Meditemos:

1) Dios es bondadoso. Dios es misericordioso. Dios es fiel a sus promesas de salvación. Dios es justo. ¡Dios nos ha dado la salvación.

2) Dios es magnífico. Dios es sorprendente en sus obras. Dios nos ha dado la salvación de una forma insólita: una Virgen Madre, un Dios Hombre, un Rey siervo, una Vida que Muere, una Muerte que nos da la Vida, un Espí­ritu que engendra, una humanidad llamada a la divinidad. No es extraño que Pablo se quede atónito ante tanta maravilla.

3) El papel importante de la fe. Fe que está unida a la esperanza y a la caridad.

4) Debemos Contemplar este Misterio, cantando: «¡Gloria a Dios por los siglos de los siglos. Amén!». Esa debe ser nuestra actitud.

5) ¿No es asombrosa la dignidad de María?

6) María modelo y Madre de la Iglesia.

3. Oración final:

Dios misericordioso, que iluminas las tinieblas de nuestra ignorancia con la luz de tus Palabras: acrecienta en nosotros la fe que tú mismo nos has dado, para que ninguna tentación pueda nunca destruir el ardor de la fe y el amor que has encendido en nuestro corazón. Por Jesucristo, tu hijo y nuestro hermano, amén.

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