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	<title>Fuente y Cumbre &#187; Temas Litúrgicos</title>
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		<title>Fuente y Cumbre &#187; Temas Litúrgicos</title>
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		<title>Elogio de la estética</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jul 2009 06:04:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Maite</dc:creator>
				<category><![CDATA[Temas Litúrgicos]]></category>
		<category><![CDATA[Liturgia]]></category>
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		<description><![CDATA[ELOGIO DE LA ESTETICA Parece que no apreciamos mucho el sentido de la belleza en la liturgia actual. Buscamos la participación de la comunidad, la eficacia de unas estructuras, la autenticidad de la fe y de la oración; nuestras celebraciones se han vuelto más lógicas y transparentes en su dinámica y ciertamente son más provechosas [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&#038;blog=8270919&#038;post=88&#038;subd=fuenteycumbre&#038;ref=&#038;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1 style="text-align:center;">ELOGIO DE LA ESTETICA</h1>
<p>Parece que no apreciamos mucho el sentido de la belleza en la liturgia actual. Buscamos la participación de la comunidad, la eficacia de unas estructuras, la autenticidad de la fe y de la oración; nuestras celebraciones se han vuelto más lógicas y transparentes en su dinámica y ciertamente son más provechosas para la fe de la comunidad cristiana. Pero es una queja repetida- sobre todo pro parte de personas más sensibles del mundo del arte y de la cultura- que descuidamos el valor estético tanto de la  música y del canto, como del conjunto visual de nuestros ritos y ambientes celebrativos.</p>
<p>¿Es la belleza un aspecto superfluo y periférico a nuestra vida o a nuestra liturgia? ¿Se puede decir que la estética ayuda en verdad a celebrar mejor, o todo depende de la acción de la gracia y de nuestra fe?</p>
<p>De los valores estéticos se puede hablar desde muchas perspectivas. La revista Phase ha dedicado uno de sus últimos números al tema “Liturgia y belleza&#8221; (n. 143,1984), que empieza con un editorial de su director, P. Tena, titulado “el derecho de la belleza”.</p>
<p>No quisiera aquí hacer discurso sobre la filosofía del arte o la teología de la belleza, en la línea de los siete volúmenes de Von Balthasar ha dedicado a la “gloria” divina y su reflujo en la belleza estética, o de Evdokimv con su “Teología de la belleza”.</p>
<p>Ya sé que la belleza no nace de lo externo –unos objetos estéticamente colocados o unos vestidos de calidad o unos gestos armónicos- sino de dentro: de la verdad, de la porción, de la bondad y calidad que tiene un acción o una persona o una cosa. Pero suponiendo todas estas altas teologías, voy a descender al terreno más práctico de una celebración litúrgica en la que por desgracia a veces descuidamos los principios más elementales de la estética, con lo que no favorecemos precisamente la intención de la liturgia misma ni una mejor participación.<br />
<span id="more-88"></span><br />
<span style="color:#6b8e23;"><strong>Vuelta al arte</strong></span><br />
Un deseo de “vuelta al arte” parece notarse en diversas manifestaciones de nuestra cultura actual. En una sensibilidad que parece dar la primacía a la búsqueda del bienestar, la justicia y la paz, se nota de nuevo un aprecio de lo bello y artístico. ¿Será una utopía o una profecía lo que dijo Dostoievski de que “la belleza salvará al mundo”? Un hombre tan comprometido con las tareas socio-políticas de nuestra generación como fue Marcuse, hizo un a urgente invitación antes de morir en 1979, a los jóvenes, a que recuperaran la dimensión estética de la vida. La vuelta universal a los valores ecológicos, como búsqueda y defensa de la belleza de la naturaleza, es otro de los síntomas de esta nueva valoración de la estética.</p>
<p>La Iglesia, que siempre había sido promotora del arte verdadero, parece reconocer últimamente que ha existido un cierto divorcio, y quiere remediarlo. En una famosa audiencia de Pablo VI a los artistas, en mayo de 1964, les dijo palabras sentidas de reconciliación, pidiéndoles perdón por este alejamiento e invitándoles a un renovado encuentro. Lo mismo rompa una alianza fecunda entre todos”. Pablo VI, hablando a los mariólogos, preocupados de la nueva dirección de la teología y espiritualidad marianas, les recomendó que no descuidaran “el camino de la belleza”.</p>
<p>También el Papa actual, Juan Pablo II, ha expresado repetidamente su invitación a una vuelta al arte en el marco de la fe, y ha hablado de una “nostalgia de la belleza” en el hombre de hoy. En 1982 hizo un gesto realmente simbólico:  beatificó a un gran pintor, un dominico italiano del siglo XV, Juan de Fiésole, más conocido como Fray Angélico, que supo unir un arte inefable, admirado mundialmente, y una vida verdaderamente evangélica y santa. Como dijo entonces el papa, Fray Angélico vivió en perfecta armonía su vida de fe y su genio artístico, “la perfecta integridad de vida y la belleza casi divina de las imágenes que pintó, sobre todo las de la virgen María”.</p>
<p>Esta beatificación –el primer artista de nivel mundial que ha sido elevado a los altares- tendría que hacernos reflexionar sobre la estrecha relación que existe entre la belleza artística y la expresión de nuestra fe. Mientras sus hermanos dominicos predicaban con la palabra, Fran angélico anunciaba –y sigue anunciando ahora- la Buena Noticia de Cristo por medio de sus geniales pinturas. ¿Están desligadas nuestra celebración de fe y la estética?</p>
<p><strong><span style="color:#6b8e23;">Lo bello viene de Dios y nos lleva a Dios</span></strong><br />
La belleza es una dimensión compleja: es armonía proporción, orden. Sto. Tomás dijo que lo bello es lo que visto agrada (“pulcra dicuntur quae visa placent”) y señaló tres de sus cualidades: la integridad, la proporción y la claridad. Si Platón llamó a la belleza “esplendor de la verdad”, San Agustín la definió como “esplendor del orden”. Son todos aspectos de esa dimensión tan sutil y tan atractiva de las personas y de las cosas que llamamos belleza.</p>
<p>a) Todo lo bello, de algún modo, participa de la belleza de Dios y se nos comunica silenciosamente, acercándonos a. El Dios es “luz sobre toda luz” y ha creado todas las cosas “para colmarlas de sus bendiciones y alegrar su multitud con la claridad de su gloria” (Plegaria Eucarística IV). Por eso la contemplación delo bello despierta en nosotros la admiración y la alabanza hacia el Dios autor y modelo de toda belleza. Ya el libro de la Sabiduría, en el A.T. (SB 13), Invitaba a los hombres, fascinados por la hermosura de lo creado, a que se remontaran hasta Dios, el autor de toda belleza.</p>
<p>b) El arte, en sus varias manifestaciones, con su simbolismo y su lenguaje de formas y colores armónicos, nos abre hacia los valores superiores. De algún modo un icono, una vidriera hermosa, un edificio o un cuadro, pueden ser una puerta que nos facilita el acceso a lo trascendente y a lo infinito, que no pueden expresarse con otro lenguaje. Como decía el mensaje del Concilio a los artistas, “vosotros habéis ayudado a traducir el mensaje divino en la lengua de las formas y las figuras, convirtiendo en visible el mundo invisible”. Si en nuestra liturgia celebramos la salvación, todo esto se puede intentar expresar con palabras, pero ciertamente también la belleza del arte- musical y visual_ pueden ser para muchos uno de los escalones para llegar a sintonizar con esos valores y esos misterios que celebramos.</p>
<p>c) Es interesante que la palabra bíblica (y griega) para designar lo bueno , es la misma que define lo hermoso (“kalós”). Cuando Dios, en el Génesis; “vio que todo era muy bueno”, estaba viendo a la vez que “todo era muy bello”. La belleza está íntimamente relacionada con la bondad, como lo está con la verdad. Las tres son como dimensiones profundas de un ser en perfecta armonía consigo mismo y con los demás. Y se puede decir que la belleza estética es la bondad y la verdad hechas imagen.</p>
<p>d) La experiencia de lo estético y lo bello produce en nosotros toda una serie de beneficios tanto en el plano humano-psicológico como en el litúrgico-celebrativo. Da a nuestra existencia una dimensión más humana y optimista. De nuevo citamos el mensaje conciliar a los artistas: “este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, es quien pone la alegría en el corazón de los hombres, es el fruto que resiste a la usura del tiempo, que une las generaciones y las hace comunicase en la admiración”. El sentido de lo estético es lo que más nos hace superar la tiranía de lo útil y lo funcional, dándonos capacidad de apreciar lo gratuito y lo festivo, infundiendo en nosotros paz y serenidad, reconciliándonos con nosotros mimos y con el mundo que nos rodea. En la oración de la misa del nuevo Beato Fray Angélico (del 18 de febrero) Alabamos a Dios porque inspiró al Santo artista “para que representara para nosotros la paz y la dulzura del paraíso”. Guste o no el estilo de una artista como Fray Angélico, hay que reconocer que supo expresar en sus pinturas una visión nueva de las cosas y de las personas: como si todo lo humano quedara transfigurado por la luz y el amor de Dios, incluso  la tragedia de la Cruz.</p>
<p>Precisamente en este mundo tan prosaico y problemático, la estética de lo bello puede darnos serenidad y armonía interior. Un una sociedad en que todo tiende a estar programado electrónicamente, el milímetro, incluidas las comidas o las vacaciones o la fiesta, lo bello nos recuerda que es importante también toda una serie de aspectos, que no entran en las calculadoras: que es importante saber sonreír, y admirar, y alabar, y gozarse ante la sensación de lo bello. Y que, en el nombre de la celebración de la fe, también cuenta el lenguaje de lo estético como expresión de los dones que nos hace Dios. Aquello de que “no sólo de pan vive el hombre” lo estamos entendiendo ahora a muchos niveles, con esta vuelta al aprecio del arte, de la poesía, de la fiesta y de la ecología. También en nuestra liturgia deberíamos dejarnos llevar de la “inútil” y “gratuita” fuerza del o hermoso, que es lo que a veces nos puede acercar, más que las palabras, a la comunión con el misterio.</p>
<p>e) Lo estético y lo bello puede ser también visto, sobre todo en el ámbito de nuestra celebración litúrgica, como un símbolo de la trasformación a que está llamada la humanidad y el mundo entero. Lo bello es un recordatorio, por una parte, del “paraíso perdido”, lleno de la alegría y la hermosura del orden, del equilibrio y la armonía inicial; y por otra, de “los cielos nuevos y la tierra nueva” que son nuestro destino con la reconciliación armónica en todas direcciones. Insensiblemente, lo estético nos está orientando y comprometiendo hacia la consecución de ese orden nuevo. Podemos decir que cuando experimentamos una armonía estética en nuestras acciones, ya estamos realizando parte de esa tarea universal de equilibrio, felicidad y amor a la que nos convoca el anuncio del Reino por parte de Cristo: un pequeño símbolo, sencillo pero eficaz, del “orden” que Dios pensó para toda la creación y que Cristo restauró con su Redención.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>La Estética en nuestra liturgia </strong></span><br />
Todo es tiene una aplicación concreta en nuestras celebraciones. Todo eso debería llevarnos a un estilo y a un lenguaje estético que favorezcan una mejor celebración por parte de la comunidad cristiana.     La estética de una celebración afecta a los sentidos, no sólo a la vista. También el oído se puede abrir más a un mensaje hondo cuando lo escucha en un sonido más armónico.</p>
<p>La Liturgia tiene esencialmente un lenguaje simbólico, con el que nos introduce en una visión más profunda de las cosas y del misterio que celebramos. Una Eucaristía es algo más que compartir una reunión o una comida: es la celebración festiva, ritual, simbólica, de la comida que nos ofrece Cristo Jesús: su cuerpo y Sangre. El sacramento del Matrimonio, con todo su complejo lenguaje simbólico de amor y alianza, nos hace entrar en un nivel más profundo que el de un mero contrato.</p>
<p>¿Puede ser indiferente la estética y la belleza en una celebración que tiene unos contenidos tan profundos y tan complejos para nuestra vida de fe? La liturgia está hecha de ideas y palabras, de acción misteriosa de  Dios, de fe, también de intuición, comunicación, gestos y símbolos, alegría festiva, contemplación&#8230;Por eso el lenguaje de la estética pertenece a su expresividad, porque nos quiere conducir a una sintonía profunda con la fuente de toda la salvación que Dios nos quiere comunicar. Hemos heredado una mentalidad en parte demasiado preocupada por la validez de los gestos sacramentales, o de la ortodoxia de las palabras. Sin descuidar eso –no faltaría más- la liturgia nos hace celebrar los dones de Dios con una riqueza mucho más expresiva de símbolos que afectan, no sólo a nuestra mente o nuestra conciencia de fe, sino también a nuestra sensibilidad y sentido afectivo.</p>
<p>La liturgia afecta a toda la liturgia: los cuadros, los signos, los gestos y movimientos, en canto. Aquí vamos a comentar algunos de los aspectos más representativos.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>La estética del lugar</strong></span><br />
Cuando se refiere en que se reúne la comunidad para su oración, la estética es equivalente a un ambiente acogedor y agradable. Por su iluminación, su disposición ordenada y la armonía de su conjunto, un espacio celebrativo debe dar desde el primer momento una sensación amable: la primera prueba del aprecio que merecen a todos los la celebración que va a tener lugar y la comunidad que ha sido convocada.</p>
<p>Aún cuando las proporciones no pueden ser las mismas, una iglesia debería darnos más la impresión de una “casa” que la de un “monumento”. Claro que depende mucho más de las líneas globales de la arquitectura y la disposición de volúmenes, pero no todo depende de las estructuras. Puede ser magnífico el marco, y quedar estropeado psicológicamente por la falta de orden y de limpieza y de adecuada iluminación. Puede ser más sencilla la arquitectura, y dar una impresión de armonía y estética en su decoración transmitiendo una sensación de “habitabilidad” familiar, que ayudará a una celebración más viva, sin contradecir el sentido de lo sagrado.</p>
<p>Un espacio digno, noble, acogedor, hermoso. Como la “estancia superior” con “lámparas en abundancia” en la que se reunía la comunidad cristiana con Pablo (Hch 20,8) o la “sala superior”, grande, provista de mesas y divanes”, en la que Cristo celebró su Ultima Cena con los discípulos (Lc 22,12). No hacen falta gastos extraordinarios: el buen gusto, la sencillez y la limpieza, pueden ser el mejor toque de belleza y de adorno de un lugar de oración. Lo contrario de lo que sería un lugar que parezca un mercado de imágenes, libros objetivos innecesarios, que serían un indicio del poco respeto que nos merecen tanto la comunidad como lo que vamos a celebrar.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>Los objetos del culto</strong></span><br />
Todas “las cosas destinadas al culto sagrado” deben ser “dignas, decorosas, y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales&#8230;y que sirvan al esplendor del culto con dignidad y belleza” (SC 122). No hace falta que sean llamativas y lujosas: Solo se pide que sean dignas y bellas, y que en ellas se “busque más una noble belleza que la mera suntuosidad” (SC 124).</p>
<p>¿Es mucho pedir que haya estética, o sea, verdad y decoro, en nuestra celebración? El mismo Misal nos pide que los vasos sagrados sean “de materiales sólidos, que se consideren nobles según la estima común en su limpieza y dignidad, recordando que “es más decoroso que la belleza y la nobleza de cada vestidura se busque no en la abundancia de los adornos sobreañadidos, sino en le material que se emplea y en su corte” (IGMR 306).</p>
<p>La introducción al nuevo Leccionario de la misa (OLP) insiste en pedir este sentido de la estética en torno a la proclamación de la Palabra de Dios: que el ambón sea “un lugar elevado, fijo, dotado de la adecuada disposición y nobleza, de modo que corresponda a la dignidad de la Palabra de Dios” (OLM 32), que haya “proporción y armonía entre el ambón y el altar” (OLM 32), “que el ambón esté sobriamente adornado de acuerdo con su estructura, de modo estable y ocasional, por lo menos en los días más solemnes” (OLM 33), que los “Libros que decorosos y bellos” (OLM 35), sobre todo el libro de los evangelios superior a la de los pasados “era adornado y gozaba de una veneración superior a la de los demás leccionarios&#8230;bellamente adornado” (OLM 36).<br />
<span style="color:#6b8e23;"><strong><br />
El arte de la palabra estética</strong></span><br />
También la palabra merece un tratamiento estético en la celebración.<br />
A veces la decimos demasiado prosaica, descuidada, sin recordar que también la belleza de la palabra oída es un camino hacia su comprensión como palabra de fe y salvación. El arte del bien, de la palabra armónica, reposada, comunicativa es una cualidad importante para todos los que realizan algún ministerio.  A veces esta palabra es cantada. La calidad del canto y la música –uno de los niveles en que más insistente es la queja actual de empobrecimiento y banalidad de la liturgia- no es indiferente a la eficacia de una celebración litúrgica.</p>
<p>A veces esta palabra es poética. La poesía es el arte de una palabra que transmite y comunica la belleza, sin preocuparse tanto del efecto didáctico sino de la expresión lírica de los dones de Dios y de nuestra respuesta de fe. La estética de la palabra en una Plegaria Eucarística, en un pregón pascual, en los salmos y los cantos, es a veces uno de los mejores caminos hacia la inefable, hacia los valores de la salvación que celebramos. El Evangelio está lleno de poesía y de imágenes. Nuestra oración puede adquirir una comunicatividad mayor cuando se reviste de poesía y dicción armónica. Esto no quiere decir que vayamos a caer en la retórica o que nos recreemos en la palabra por la palabra. Pero la poesía y la palabra bella no necesariamente son algo superficial y extrínseco a la fe. El decir poético, o al menos, el decir preparado y estético, es el que muchas veces hace posible la asimilación de su contenido.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>El lenguaje de las flores<br />
</strong></span>Uno de los elementos que pueden considerarse como representativos de nuestro sentido de la estética en torno a la celebración son las flores. El lenguaje de las flores lo entienden todos. Un ramo en el cementerio, o en la mesa festiva, o como regalo, no necesitan de “,moniciones” de presentación. Tanto en la vida social como en la liturgia, unas flores bien colocadas, frescas, llenas de color y perfume, cantan una serie de sentimientos: la alegría, la fiesta, el respeto, el amor, la dedicación de un homenaje interior. Unas flores ante la imagen de la Virgen o ante el Santísimo o ante el ambón de la palabra o junto a la tumba de un ser querido&#8230; Desde la exuberante ofrenda de miles de flores a la Virgen en Valencia hasta la rosa solitaria que un niño ofrece a su madre o un amante a su amada, o un ramo que alguien aporta en la procesión del ofertorio en la Misa, son todo un discurso de amor y fe.</p>
<p>Un autor (Rimaud) cuenta de un grupo de jóvenes que celebraban la Eucaristía al aire libre, en Africa, sobre una gran piedra que hacía de altar. Un pastorcito les contempló largo rato, y luego silenciosamente, se acercó a ellos y colocó una flor que acababa de coger del campo, sobre la piedra del altar, junto al pan y el vino, y se fue: los jóvenes quedaron contemplando en silencio el sentido de un gesto: una flor que con su belleza y su perfume quería expresivamente a la fe de un grupo y a la conciencia de encuentro con el don de Dios&#8230;La belleza de una criatura se sumaba al homenaje del creador.</p>
<p>Naturalmente que el sentido estético de los que se ocupan del adorno de una Iglesia sabrá encontrar el equilibrio y el lugar justo para estas flores, sin recargar excesivamente los espacios (no se trata de una exposición floral) y guardando la proporción festiva del día  ( un lunes cualquier no debería llenarse de flores el presbítero porque has sobrado de una boda el día anterior).  Es todo un lenguaje expresivo el de las flores. Como también lo es el hecho de que en Adviento o Cuaresma no aparezcan en nuestro espacio celebrativo, porque queremos reservar su alegría visual para la Natividad o la Noche de Pascua.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>La sencillez y la estética<br />
</strong></span>Hoy tenemos una sensibilidad más inclinada a lo sobrio y lo sencillo que hacia lo barroco y ostentoso. Ya el Concilio nos avisaba: “los ritos deben resplandecer una noble sencillez” (SC 34).     Incluso buscamos la pobreza como signo profético de nuestro estilo evangélico de vida, evitando todo derroche y lujo.</p>
<p>Pero la sencillez y la pobreza no están necesariamente reñidas con la armonía y la limpieza y dignidad de todo lo que concierne a nuestra celebración. La búsqueda de la sencillez sería empobrecedora si no se conjugara con la estética, o sea, con la calidad, de las imágenes y los vestidos, la  eficacia de la iluminación y la megafonía y el buen gusto en la decoración del ambiente. Todo eso no es sinónimo de lujo o de ostentación. La estética, en el culto como en nuestra vida social, es sencillamente buen gusto y aprecio a las personas y a lo que hacemos.</p>
<p>Por desgracia, la falta de estética no suele obedecer a la búsqueda de pobreza evangélica, sino a descuido, miseria, o una excesiva familiaridad –con roza con la banalidad y falta de respeto- en relación con la liturgia. Es bueno que busquemos la pobreza, la sencillez y la funcionalidad: pero todo eso es se puede y se debe compaginar con la belleza.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>La estética al servicio de la celebración<br />
</strong></span>El arte no lo es todo, claro. La dimensión estética de nuestra celebración no es la última meta de la liturgia. No se trata de caer en el esteticismo, que nos haría sobrevalorar algo que es importante. No podemos contentarnos con una realización armónica de los ritos o con la limpieza y decoro del espacio celebrativo. El arte y la estética están al servicio de la fe, como lo están la palabra, el canto y el lenguaje de los símbolos.</p>
<p>Pero aunque no sea lo más importante, la estética, como hemos visto, no se puede descuidar, como expresión de nuestro respeto y aprecio a lo que celebramos, y como un medio de hacernos más accesibles nuestra sintonía con los dones de Dios. La estética es parte del lenguaje de la liturgia, y por tanto de su eficacia y su dinámica. Nos hace superar una visión “consumista! o validista” de los sacramentos, nos hace expresivos en nuestra oración, nos alimenta en nuestro aprecio de lo que celebramos en contacto en nuestra celebración. La estética no es algo que esté afuera de la liturgia: está dentro de ella, es algo integrante de nuestro hacer ritual y nos ayuda a celebrar mejor.</p>
<p>No es extraño que una de las recomendaciones que el Concilio hizo para la formación de los seminaristas fuera de la de su sentido artístico (SC 129). Si esto se consiguiera, sucederían menos disparates en la conservación –o en la no conservación- de los tesoros de arte (visual y musical) de nuestras iglesias y en la distribución estética, ocasional o permanente, de nuestros lugares de celebración.</p>
<p><em><span style="color:#6b8e23;">Colaboración de: Padre Gregorio Mendoza</span></em></p>
<br />Posted in Temas Litúrgicos Tagged: Liturgia, signos y símbolos <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/fuenteycumbre.wordpress.com/88/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/fuenteycumbre.wordpress.com/88/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/fuenteycumbre.wordpress.com/88/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/fuenteycumbre.wordpress.com/88/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/fuenteycumbre.wordpress.com/88/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/fuenteycumbre.wordpress.com/88/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/fuenteycumbre.wordpress.com/88/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/fuenteycumbre.wordpress.com/88/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/fuenteycumbre.wordpress.com/88/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/fuenteycumbre.wordpress.com/88/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/fuenteycumbre.wordpress.com/88/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/fuenteycumbre.wordpress.com/88/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/fuenteycumbre.wordpress.com/88/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/fuenteycumbre.wordpress.com/88/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&#038;blog=8270919&#038;post=88&#038;subd=fuenteycumbre&#038;ref=&#038;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>En torno al Evangelio</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Jul 2009 05:52:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Maite</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<h1 style="text-align:center;">En torno al Evangelio</h1>
<p>Todas las lecturas bíblicas que proclamamos en la Eucaristía son palabra de Dios. Pero de un modo especial es el Evangelio, la Palabra que nos llega por el mismo Cristo Jesús. Por eso lo tratamos con “suma veneración” (IGMR 35).</p>
<p>Cuando queremos expresar un especial respeto y aprecio hacia algo o hacia alguien, acumulemos gestos expresivos para manifestar nuestra actitud interior. Es lo que pasa en torno al Evangelio: el Misal nos invita a realizar toda una serie de gestos simbólicos para expresar la veneración que nos merece la Palabra del mismo Cristo.</p>
<p>Es la Palabra de un Dios vivo, que nos convoca, nos anima y nos salva, y que en el Evangelio nos interpela a través del mismo Cristo, la Palabra viviente que Dios, de una vez por todas, dirige a la humanidad. En él, más que en ninguna otra lectura, se cumple aquello de que “Cristo, por su Palabra, se hace presente en medio de sus fieles” (IGR 33): Esta es la razón de ser de todas esas manifestaciones de respeto y de aceptación que hacemos en torno al Evangelio, y que nos sugieren la IGMR del Misal Romano y la ordenación de las lecturas de la Misa (=OLM), publicada, en nueva edición, el año 1981.</p>
<p><span id="more-84"></span></p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>Lo proclama un ministro ordenado</strong></span><br />
El primer gesto significativo es que la proclamación del Evangelio está reservada, ya desde los primeros siglos, a un ministro ordenado, un diácono o un presbítero, mientras que las lecturas anteriores las habían hecho preferentemente el lector o un laico.     La razón es de tipo pedagógico y eclesiológico: los ministros ordenados son cristianos que, por el sacramento del Orden, han sido configurados por el Espíritu de un modo especial con Cristo Pastor y Guía de la comunidad. Y por eso ha parecido más coherente el que se le reserve la palabra que es más específicamente de Cristo,</p>
<p>El Misal invita a este ministro de preparación con una breve oración a la realización de su lectura. Si es el mismo sacerdote presidente el que va a proclamar el Evangelio –en ausencia de otro ministro ordenado- se dispone próximamente con esta oración:  “Limpia mi corazón y mis labios, Dios omnipotente, para que pueda proclamar dignamente el santo Evangelio”.</p>
<p>Si es un diácono (o uno de los presbíteros concelebrantes en el caso de no haber diácono) el que va a realizar este ministerio, pide la bendición inclinando ante el presidente: “Dígnate bendecirme Señor  “. Y el presidente ora sobre él:</p>
<p>“Qué el Señor esté en tu corazón y en tus labios para que proclames digna y competentemente su Evangelio, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.</p>
<p>Son dos oraciones significativas, dichas con humildad –el presidente inclinado ante el altar, el diácono ante el presidente –porque es esa la actitud propia del que va anunciar una palabra que no es suya, sino del Señor. En ellas se pide que antes de que la palabra evangélica suene en los labios esté en el corazón: se trata de un ministerio serio, al servicio de la comunidad y que pide en el mismo que lo realizan una actitud de fe profunda, más allá de la mera técnica de unos labios que saben pronunciar un mensaje.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>Un nuevo libro: el Evangeliario </strong></span><br />
Siempre hay que proclamar las lecturas bíblicas desde un libro digno, no de una hoja parroquial u otro papel, El Leccionario es un libro lleno de simbolismo. Mientras que el Misal –el libro de altar- contiene las oraciones que nosotros dirigimos a Dios, el Leccionario contiene la Palabra que Dios nos dirige a nosotros. “Los libros que contienen las lecturas de la Palabra de Dios&#8230;suscitan en los oyentes el recuerdo de la presencia de Dios que habla a su pueblo. Hay que procurar, pues, que también los libros, que son la acción litúrgica signos y símbolos de las cosas celestiales, sean realmente dignos, decorosos y bellas” (OLM 35).</p>
<p>Una tradición secular en la Iglesia ha querido que el Evangelio se proclamara desde un libro especial, el Evangeliario  que ahora también entre nosotros se edita aparte, en un formato más adornado y digno. Es el libro que contiene la Palabra definitiva de Dios a la humanidad, el cumplimiento de las promesas y de las figuras, el anuncio del Amor y de la Alianza realizada en Cristo Jesús;</p>
<p>La nueva edición del Evangeliario, separado del Leccionario general, no es debida a un prurito arqueológico o esteticista. Es un medio más, entre los gestos simbólicos, para desplegar ritualmente nuestra comprensión y nuestro aprecio de la palabra de Dios en sus diversas dimensiones. “Puesto que la proclamación del Evangelio es siempre el ápice de la liturgia de la palabra, la tradición litúrgica, tanto accidental como oriental, ha introducido desde siempre alguna distinción entre los libros de las lecturas. En efecto, el libro de los Evangelios era elaborado con el máximo interés, era adornando y gozaba de una veneración superior a la de los demás leccionarios” (OLM 36).</p>
<p>Este evangeliario es el que se entrega al diácono en su ordenación, y en la ordenación episcopal es colocado y sostenido sobre la cabeza del elegido, como señal de su particular relación con la palabra de Cristo.     Entre otras cosas, la edición aparte de este libro permite realizar con mayor distinción el rito de la procesión para la proclamación del Evangelio.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>Procesión con el Evangelio</strong></span><br />
Ya al principio de la celebración, en la entrada más o menos solemne de los ministros, uno de los elementos que pueden preparar a la comunidad a su celebración es que un lector lleve solemnemente el libro de los Evangelios.     Es un gesto que ya desde el principio señala lo que va a ser objeto de particular atención durante la Eucaristía: la palabra de Dios, que es la que nos convoca y la que va a iluminar nuestra fe.</p>
<p>El Misal supone que si se hace este rito, se deje el Evangeliario, cerrado, sobre el altar. El obispo besa el altar y leccionario al término de la procesión de entrada. Altar y Libro: un binomio que apunta el doble encuentro que vamos a tener con Cristo, palabra y Alimento de la comunidad cristiana. La doble mesa a la que somos invitados.</p>
<p>Luego, a la a hora del Evangelio, cuando las dos lecturas anteriores han sido proclamadas tomándolas del Leccionario común, hay otra procesión posible que destaca la importancia del nuevo libro y su contenido. El diácono toma el Evangeliario del altar, y acompañado, si parece oportuno, por acólitos con incienso y ciriales, se traslada al ambón. Allí abre el libro: un gesto significativo, esta apertura. Todo quiere recordar a la comunidad que es el mismo Cristo Jesús el que se dispone a dirigir su Palabra a los suyos. (Cfr. IGMR 82.84 y 94.95).</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>La dignidad del ambón</strong></span><br />
“La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la Iglesia haya un sitio reservado para su anuncio, hacia el que durante la liturgia de la Palabra se vuelva espontáneamente la atención de los fieles” (IGMR 272). Es un gesto expresivo de la fe la comunidad y de la importancia de la palabra el que este ambón sea digno, “estable, no un facistol portátil” (IGMR 272), “elevado, fijo, dotado de la adecuada disposición y nobleza&#8230;sobriamente adornado de acuerdo con su estructura, de modo estable u ocasional, por los menos en los días más solemnes” (OLM 32-33).</p>
<p>“Vale” igual una lectura proclamada desde cualquier sitio. Pero ciertamente es más expresivo el que se anuncie a la comunidad desde este lugar reservado y digno: es la cátedra desde la que nos habla Dios, el verdadero trono de la sabiduría desde el que Cristo se revela nuestro Maestro único. Una Palabra que nos es dada desde arriba, no inventada por nosotros. Una palabra que nos viene transmitida por la mediación de la Iglesia, no por iniciativa particular. El ambón se convierte así, en la primera parte de la celebración, en foco de la atención de todos –ministros y fieles- como la será el altar en la segunda.</p>
<p>Según el Misal, el ambón es un lugar “reservado” a la proclamación de la palabra: por tanto desde él se proclaman las lecturas y también el salmo responsorial. Pero las demás “palabras” no se dicen desde este ambón. Es buena pedagogía que los fieles vayan acostumbrándose a que lo que se proclama desde él es en verdad la Palabra de vida. Los avisos, las moniciones, los ensayos y la dirección de cantos –todo palabras humanas- es mejor que se digan desde otro lugar. El Misal “permite” que en ocasiones en que parezca  más conveniente se tenga también en el ambón la oración universal y la homilía, pero no es lo ideal. Para la homilía señala como lugar más coherente la sede, desde la que el presidente ejerce su ministerio en toda la primera parte de la celebración (IGMR 57, OLM 26).</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>Lo escuchamos de pie</strong></span><br />
Como signo de respeto especial al Evangelio, es tradición secular que la comunidad lo escuche de pie, mientras que las lecturas anteriores las ha escuchado sentada. Es un gesto simbólico de la atención plena, del respeto al Cristo que nos va a dirigir su Palabra, de la disponibilidad interior a  seguir su mensaje.</p>
<p>Ya desde la aclamación previa –normalmente el Aleluya- nos ponemos en pie como lo sabemos hacer a la entrada de una persona importante. Aquí se trata de un modo especial de la palabra de Cristo: el gesto quiere expresar y favorecer la actitud interior de apertura total al Cristo que nos va a hablar como nuestro auténtico Maestro.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>Aclamaciones antes y después</strong></span><br />
La comunidad cristiana subraya con varias aclamaciones la lectura del Evangelio. Antes canta el aleluya, con un versículo de la lectura o uno de los más generales, que expresan su alegría por poder escuchar la palabra de Cristo. El aleluya es como un aplauso verbal, cantado, que tiene “el valor de un rito o de un acto” (IGMR 39).</p>
<p>Al título de la lectura, a ser posible cantando por el diácono en los días más festivos, responde la comunidad de igual modo con su “Gloria a ti, Señor”. “La salutación, el anuncio y la aclamación final –“Palabra de Dios”- es conveniente cantarlos, a fin de que la asamblea pueda aclamar del mismo modo, auque el Evangelio sea tan sólo leído. De este  modo, se pone de relieve la importancia de la lectura evangélica y se aviva la fe de los creyentes” (OLM 17).</p>
<p>La aclamación después del evangelio –“palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús” –puede convertirse en otra de parecidas características, breve y entusiasta, subrayando siempre la misma actitud: “Los fieles, con sus aclamaciones, reconocen y profesan la presencia de Cristo que les habla” (IGMR 35). También en la edición latina la respuesta al Evangelio es distinta. Todas las lecturas terminan por parte del lector con la aclamación Verbum Domini. Pero en las lecturas anteriores la asamblea responde Gloria tibi, Domine, mientras que para el evangelio dice Laus tibi, Christe, subrayando el protagonismo de Cristo. En el leccionario italiano el diálogo para las primeras lecturas es “palabra de Dios” –“Demos gracias a Dios”, y para el Evangelio: “Palabra del Señor” –“Gloria a ti, oh Cristo”.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>El incienso</strong></span><br />
Otro elemento ritual que puede resultar significativo en los días más solemnes es el incensar el libro del Evangelio, antes de proclamar la lectura. Es un gesto de honor, de aprecio especial, como cuando se dirige al altar: o bien de oración y ofrenda, como cuando se dirige a los dones eucarísticos o a la misma comunidad celebrante. Ahora se dirige al Maestro que  nos anuncia su mensaje salvador. Como el incienso, también la Palabra evangélica llena el ambiente y penetra en nuestros sentidos. El Señor está ahí y habla a los suyos. Y los suyos reconocen su voz y la acogen en sus vidas.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>La señal de la Cruz</strong></span><br />
Al iniciar la proclamación del texto evangélico, su lector hace la triple señal de la cruz, y, por tradición, también la asamblea. El gesto que quiere establecer un tacto entre la Palabra y la propia persona. El lector toca primero el libro, haciendo sobre él una pequeña señal de la cruz. Y luego se la hace sobre sí mismo, signándose sobre la frente, los labios y el pecho: una acción simbólica de apropiación, de toma de posesión. Es la expresión de un deseo: que esta Palabra que va a resonar en medio de nosotros penetre en nuestras personas, que ilumine en verdad nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestros sentimientos y actos. Algo parecido a la señal de la cruz que nos hacemos cuando recibimos la bendición al final de la Misa</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>Una Proclamación digna</strong></span><br />
Por parte del lector hay otro signo de su respeto a la palabra que proclama, y es  leerla de los lectores, que deben hacerlo en voz alta y clara, y con conocimiento de lo que leen” (OLM 14). Y si eso es verdad en tanto texto proclamado, lo es con mayor urgencia cuando se trata del Evangelio.</p>
<p>El lector es el instrumento mediador para que el mensaje de Cristo llegue en las mejores condiciones posibles a todos los presentes. Con buena dicción, expresiva, comunicativa. Importante ministerio, del en buena parte depende la acogida que pueda dar la comunidad a la Palabra de Dios. Debería realizarse con la misma veneración con que se realiza otro ministerio muy relacionado a éste: la distribución del Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía. Aquí es Cristo quien se nos comunica como la Palabra salvadora de Dios. El lector no es dueño del mensaje. No es su propia palabra la que pregona, sino la Palabra de Cristo. Una palabra más importante que la homilía que le seguirá, que a su vez deberá manifestar su dependencia de la lectura escuchada antes. La mejor voz –algunas veces, en días más señalados, con canto- es la que debemos reservar a esta proclamación evangélica.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>El beso al Evangeliario</strong></span><br />
“Según la costumbre tradicional en la liturgia, la veneración del altar y del libro de los Evangelio se expresa con el beso” (IGMR 232).</p>
<p>El lenguaje simbólico del beso, fuera y dentro de la liturgia, quiere expresar afecto, acogido, amor, respeto. En este caso, el que ha leído ante la comunidad el Evangelio, toma el libro en sus manos y lo besa: un claro gesto de fe y de aprecio por lo que significa este libro para la comunidad creyente. Un beso a Cristo que nos ha hablado. Mientras tanto, dice en secreto: per evangelica dicta , deleantur nostra delicta, pidiendo así que este evangelio sea un verdad salvador para nosotros destruyendo y venciendo el mal que siempre nos asecha.</p>
<p><span style="color:#6b8e23;"><strong>La Palabra sigue abierta y viva</strong></span><br />
El leccionario, o el Evangeliario, siguen abierto en el ambón. Cerrarlo no tendría significado. Ese libro abierto, a la vista del pueblo, sigue siendo el que ilumina el resto de la celebración eucarística y toda la vida de la comunidad. Ha sido una palabra comprometedora, llena de fuerza, y que quiere seguir siendo en todo momento la luz y el estímulo de una vida conforme al Evangelio.</p>
<p>Toda esta serie de gestos simbólicos de aprecio al Evangelio no debe quedar en una satisfacción meramente ritual o esteticista. Tiene la intención de facilitar el que toda la comunidad –ministros y fieles- den a esta proclamación la importancia que tiene, que la acojan con participación muy atenta, que todos vayan progresando en una escucha cada vez más gozosa y fructífera de lo que Cristo les dice. Nos hace falta a todos esta pedagogía de los signos exteriores de respeto, porque a veces caemos en una excesiva familiaridad con las lecturas. Los gestos simbólicos están para eso: para recordarnos y hacernos más fácil la sintonía con el misterio que celebramos, en esta ocasión la palabra viviente de Dios, la comunión con el Cristo que nos habla.</p>
<p>Pero además de una acogida gozosa, “la palabra de Dios espera siempre una respuesta, respuesta que es audición y adoración en Espíritu y verdad. El Espíritu es quien da eficacia a esta respuesta para que se traduzca en la vida lo que se escucha en la acción litúrgica&#8230;Tanto más participan los fieles en la acción litúrgica cuanto más se esfuerzan, al escuchar la Palabra de Dios en persona, Cristo encarnado, de modo que aquello que celebran en la liturgia procuren reflejarlo en su vida y costumbres, y a la inversa, miren de reflejar en la liturgia los actos de su vida” (OLM 6).</p>
<p>Tantas muestras de afecto al Evangelio deberían llevarnos a que cada uno de nosotros fuéramos, en nuestra existencia, un libro y un ambón viviente, que vaya anunciando a los demás la fe y la alegría del mensaje evangélico escuchado y acogido.</p>
<p><em><span style="color:#6b8e23;">Colaboración de: Padre Gregorio Mendoza</span></em></p>
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