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	<title>Fuente y Cumbre</title>
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	<description>Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. (Sal 146)</description>
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		<title>Tercer Domingo del Tiempo Ordinario &#8211; Ciclo B</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Jan 2012 15:41:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Voces de paz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Para la reflexión]]></category>
		<category><![CDATA[Ciclo B]]></category>
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		<category><![CDATA[Tiempo Ordinario]]></category>

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		<description><![CDATA[Domingo tercero del tiempo ordinario ciclo B &#160; La invitación que hace Jesús es a la &#8220;conversión&#8221;. No puede ser de otro modo, ante una realidad decisiva. &#8220;Convertirse significará aceptar, entrando totalmente en él, el mundo de los juicios y de los valores de Jesucristo, la concepción de la felicidad y de las exigencias de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&amp;blog=8270919&amp;post=735&amp;subd=fuenteycumbre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><strong>Domingo tercero del tiempo ordinario ciclo B</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La invitación que hace Jesús es a la &#8220;conversión&#8221;. No puede ser de otro modo, ante una realidad decisiva. &#8220;Convertirse significará aceptar, entrando totalmente en él, el mundo de los juicios y de los valores de Jesucristo, la concepción de la felicidad y de las exigencias de la vida según Jesucristo: acoger en el propio interior una mentalidad nueva que es la de Jesucristo&#8230; Una conversión que sólo afectara a las ideas, un cambio puramente intelectual, no sería de ningún modo la conversión evangélica, así como tampoco lo sería una conversión que no implicara más que las zonas de la sensibilidad y del sentimiento religioso; o una conversión que únicamente modificara la relación del hombre consigo mismo en el plano de la ética&#8221;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>“<strong><em>El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca… </em></strong> <strong><em>…Síganme</em></strong>”</p>
<p>&nbsp;</p>
<ol>
<li>ORACIÓN INICIAL</li>
</ol>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Oremos… <em>“Tú, el Cristo, ofreces un tesoro de Evangelio, depositas en nosotros un don único, el de ser portadores de tu vida. Pero, para que sea evidente que la irradiación viene de ti y no de nosotros, has depositado este don insustituible en vasos de arcilla, en corazones de pobres, tú vienes a tomar un lugar en la fragilidad de nuestros seres, allí y no en otra parte. Entonces, sin que sepamos cómo, haces de nosotros, tan insuficientes y vulnerables, la irradiación de tu presencia entre los hombres”.(</em></strong><em> </em>Hermano Roger de Taizé (+2005))</p>
<ol>
<li><strong>2.      </strong><strong>LECTURAS Y REFLEXIÓN</strong></li>
</ol>
<p><strong>2.1.</strong><strong>Lectura de la profecía de Jonás 3, 1-5. 10</strong></p>
<p><strong>En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: – «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: – «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.</strong></p>
<p>El libro de Jonás es una pequeña joya que merece una lectura completa. Bajo la forma de un cuento, lleno de humor, aparece en escena un profeta recalcitrante que se resiste a anunciar un mensaje de conversión y de salvación a los habitantes de la ciudad de Nínive. Él los detesta porque son paganos sin fe ni ley. Después del primer llamado, Jonás huye en la dirección opuesta a la gran ciudad pagana. Una tempestad hunde el barco y un gran pez vomita en tierra al triste héroe de esta historia. Dios se dirige por segunda vez a Jonás, quien acepta por fin ir a la gran ciudad. Jonás no se toma la molestia de darle muchos argumentos a los paganos para que se conviertan, se contenta con proferir una amenaza. Y, ¡sorpresa!, los habitantes de Nínive escuchan y comprenden el mensaje. El rey decreta un ayuno para todo mundo, aún para los animales, y dice: “<strong><em>Cada se convertirá de su mal camino y de la violencia de sus manos</em></strong>”. Dios obtiene el resultado que espera, su palabra es eficaz, aún si el mensajero es deficiente. ¡El mensaje de salvación es anunciado y escuchado! “<strong><em>Al ver lo que habían hecho y cómo se convertían de su mala vida, se conmovió Dios…</em></strong>”. Dios quiere que la humanidad renuncie a la violencia y viva en paz. Este mensaje le ha sido confiado al pueblo escogido, él tiene la tarea de comunicarlo al mundo entero.</p>
<p><em>Mensaje</em>; «El Señor Dios nuestro tuvo piedad de su pueblo». declara el v. 10. Nótese que se trata de Nínive, capital del reino asirio en tiempo de Se­naquerib, el más acérrimo enemigo de Israel. Fue notorio por su crueldad inhumana. Destruyó el reino del norte. En este pasaje se le llama «pueblo del Señor». Dios tuvo piedad de él. Dios lo perdonó. Dios, pues, no se desentiende de los hombres que Él ha creado. Se vislumbra ya la vocación de todos los pueblos. Otros profetas también apuntan en este sentido. Véase <em>Is</em> 19, 22 &#8211; 24; Jonás preanuncia la misión universal del mensaje di­vino de salvación. Sugestivo y preciso, el libro de Jonás.</p>
<p><strong>2.2.</strong><strong>SALMO RESPONSORIAL</strong></p>
<p><strong>Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9 R. <em>Señor, enséñame tus caminos.</em></strong></p>
<p>Convertirse es, literalmente, cambiar de ruta, entrar en el camino recto. La primera y la tercera estrofa del Salmo delinean el tema del camino. Para el pueblo de Israel, Dios traza el camino por medio de sus mandamientos. El creyente debe conocerlos, amarlos y ponerlos en práctica. Quien se deja guiar por el Señor será salvado. Para ello se requiere reconocer la pequeñez ante Dios. Dios se interesa por los humildes y los pecadores; lo hace enseñándoles el camino a seguir. 13</p>
<p>La segunda estrofa es una oración de confianza dirigida al Señor, el Dios de la Alianza. El Salmo recuerda las grandes cualidades de Dios: su amor, su ternura, su fidelidad. Cuando se invoca el perdón, Dios olvida las rebeldías y los pecados, las faltas de juventud.</p>
<p><strong>Señor, enséñame tus caminos,<br />
instrúyeme en tus sendas:<br />
haz que camine con lealtad;<br />
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R.</p>
<p>Recuerda, Señor, que tu ternura<br />
y tu misericordia son eternas;<br />
acuérdate de mí con misericordia,<br />
por tu bondad, Señor. R.</p>
<p>El Señor es bueno y es recto,<br />
y enseña el camino a los pecadores;<br />
hace caminar a los humildes con rectitud,<br />
enseña su camino a los humildes. R.</strong></p>
<p><strong>2.3.</strong><strong>Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 7, 29-31</strong></p>
<p><strong>Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como sí no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se habrá notado que estos domingos primeros toman los textos bíblicos en su segunda lectura de la Carta primera a los Corintios de S. Pablo. En esta Carta responde S. Pablo a diversas cuestiones que los de Corinto le proponen. Son cuestiones prácticas. Los principios, sin embargo, aparecen con frecuencia generales.</p>
<p>El tema que desarrolla en este capítulo 7 es de sumo interés. Coloca S. Pablo la virginidad sobre el matrimonio. La razón fundamental estriba en que la virginidad libera de preocupaciones que impiden a uno darse por en­tero al servicio del Reino. El hombre casado está solícito por las cosas que comparte. No puede entregarse totalmente a la edificación del Reino de Cristo. Por otra parte, ya con una perspectiva escatológica, advierte S. Pa­blo que todas estas cosas pasan. No debe uno pegarse demasiado a estas ocupaciones. El tiempo es breve; la figura de este mundo pasa. El Nuevo Mundo es el Reino de Cristo en su forma definitiva. Los bienes de este Reino son los que realmente interesan. Tras ellos hay que ir, pues no pasan.</p>
<p>Adviértase que no se elude el compromiso con el mundo sin más, sino con el mundo que pasa y en cuanto pasa. En este mundo hay realidades que tie­nen un valor en el Reino; deben ser consideradas atentamente. Primero el reino de Dios y su justicia; después las demás cosas. La virginidad te capa­cita más que el matrimonio para darte por completo al servicio de este Reino, que consta en el momento actual de realidades materiales y espiritua­les, según nuestra nomenclatura. El matrimonio no. El Reino ha de sobrevi­vir a las realidades de este mundo. El matrimonio no, como tal. En el cielo no se casan.</p>
<p>Es, pues, una amonestación la de S. Pablo a no detenerse demasiado en cosas que han de pasar.</p>
<p><strong>2.4.</strong><strong> Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 14-20</strong></p>
<p><strong>Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:<br />
– «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: – «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.</strong></p>
<p>Nos encontramos en Marcos, evangelista ordinario en este ciclo. El tema es evidente. Se trata de la vocación de los Apóstoles.</p>
<p>Nótese:</p>
<p>A) «El Reino de Dios está cerca». Ha llegado el tiempo de la gran decisión para el pueblo de Israel. Urge darse prisa y tomar una actitud decidida en su favor. El Reino de Dios es el tema común de la predicación de Cristo. Cristo lo anunció en sus diversos aspectos a través de toda su vida.</p>
<p>El primer paso, es condición indispensable para entrar en el Reino: «Convertíos», «Creed la buena Nueva» Cambio de postura, abandono de los propios caminos y del pensar propio; asentimiento a la predicación de Cristo. El es la Buena Nueva. Hay que seguirle incondicionalmente. S. Juan desa­rrollará el tema de la fe en Cristo, como algo insustituible.</p>
<p>B) Llamamiento y seguimiento incondicional al Maestro. La elección recae en los individuos, ineptos humanamente hablando. La voz de Cristo los des­dice al seguimiento. Es poderosa la voz del Señor. Ella misma los consagra como Apóstoles. Son constituidos «Pescadores de hombres». Misión bien defi­nida: predicar y anunciar la conversión y la fe en Cristo. Ellos van a dar tes­timonio de Él y de sus palabras hasta los confines del mundo. En la acepta­ción de su palabra está vinculada la salvación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Reflexión:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>1) Dios llama a todos a la conversión. A todos alarga la mano bondadosa ofreciendo el perdón. Sin embargo, su palabra salvadora llega a los hombres a <em>través</em> de sus mensajeros. Ahí están Jonás y los doce. Dios nos habla por ellos.</p>
<p>2) La disposición del apóstol debe ser de entrega total. Lo abandonaron todo. La misión de salvar a los demás debe absorberlos totalmente. Jonás y los apóstoles lo dejaron todo. Se dedicaron plenamente al reino de Dios. Lo demás no lo juzgaron digno. Puede que algo de esto nos diga el capítulo 7 de la carta de Pablo a los Corintios. Hay muchas cosas que pasan. Una es la importante: El reino de Dios y su justicia.</p>
<p>3) Dios sigue llamando todavía a la <em>conversión</em>. Recordemos que debemos convertirnos y renovar nuestra fe en Cristo continuamente Dios quiere sal­var a todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<ol>
<li>ORACIÓN FINAL:</li>
</ol>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entrando en el camino del discipulado:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>¡Que me juegue la vida en tu seguimiento!</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong><strong><em>“Señor, tú que has nacido por azar al final de un viaje y que mueres como un malhechor después de haber recorrido, sin dinero, todos los caminos -los del exilio, los de las peregrinaciones y de las predicaciones itinerantes- sácame de mi egoísmo y de confort. Que, marcado por la Cruz, no tenga miedo de la vida difícil. Sí, Señor, hazme disponible para la bella aventura a la que me llamas. He comprometido mi vida, Jesús, en tu seguimiento, me la he jugado toda por tu amor. Los otros pueden ser sabios, tú me dices que es preciso ser loco. Otros creen en el orden, tú me dices que crea en el Amor. Otros piensan que hay que guardar, tú me dices que dé.  </em></strong></p>
<p><strong><em>Otros se instalan, tú me dices que camine y que esté listo para el gozo y el sufrimiento, para los fracasos y los logros, que no ponga mi confianza en mí sino en ti. Me dices que me lance a la aventura cristiana sin preocuparme por las consecuencias y que, finalmente, arriesgue mi vida apoyándome en tu amor”</em></strong></p>
<p>(Abbé Joly)</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Segundo Domingo del Tiempo Ordinario &#8211; Ciclo B</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Jan 2012 01:30:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Maite</dc:creator>
				<category><![CDATA[Para la reflexión]]></category>
		<category><![CDATA[Ciclo B]]></category>
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		<description><![CDATA[Domingo segundo del tiempo ordinario (ciclo B) Comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que comprende las más de treinta semanas del año litúrgico que no están comprendidas en los tiempos fuertes de Adviento-Navidad y Cuaresma-Pascua. Merece toda nuestra atención pues, como no está enfocado hacia alguna fiesta especial, tiene por objeto celebrar y alimentar la vida [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&amp;blog=8270919&amp;post=728&amp;subd=fuenteycumbre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1>Domingo segundo del tiempo ordinario (ciclo B)</h1>
<p>Comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que comprende las más de treinta semanas del año litúrgico que no están comprendidas en los tiempos fuertes de Adviento-Navidad y Cuaresma-Pascua. Merece toda nuestra atención pues, como no está enfocado hacia alguna fiesta especial, tiene por objeto celebrar y alimentar la vida cristiana en cuanto centrada en la fe en Cristo muerto y resucitado. En este tiempo litúrgico hemos de poner todo nuestro empeño en la celebración del domingo, el día del Señor, que es como un símbolo de la vida cristiana, pues, en él, recordamos a Cristo muerto y resucitado que se hace presente en la Palabra y en el Sacramento de la misa dominical.</p>
<p><b>Oración comunitaria</b></p>
<p>Padre bueno, que hablas siempre en la historia y en lo profundo del corazón humano, y que a nosotros nos hablaste también en Jesús, nuestro hermano mayor, proponiéndonos en él un camino de servicio y donación. Danos espíritu atento a tus llamados, actitud de búsqueda constante y discernimiento para buscar siempre y en todo la fidelidad a tu proyecto de Vida en plenitud para todos. Tú que vives y das vida por los siglos de los siglos.</p>
<p><b>2. Lecturas y comentario<br />
2.1 Lectura del primer libro de Samuel 3, 3b-10. 19</p>
<p>En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.» Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: &#8211; «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: &#8211; «No te he llamado; vuelve a acostarte.»  Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel.  Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: - «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»  Respondió Elí:<br />
- «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.»  Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor.  Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: &#8211; «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»  El comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel:   «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: &#8220;Habla, Señor, que tu siervo te escucha&#8221;» Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: &#8211; «¡Samuel, Samuel!» Él respondió: &#8211; «Habla, Señor, que tu siervo te escucha.» Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.</b></p>
<p><em>Habla, Señor, que tu siervo te escucha.</em></p>
<p>Elí, venerable, anciano, sumo sacerdote. Una estera en el suelo, un niño que duerme. Una voz que le desvela y le hace saltar hasta el anciano. Ha sido una pesadilla. Tres veces el equívoco. Por fin, la indicación del sacerdote y la respuesta del muchacho a la palabra de Dios. Dios llama de noche, en el santuario, al muchacho Samuel. Desde ahora será un «llamado», profeta del Señor. Samuel ha dado nombre a estos libros. Por el impacto, sin duda alguna, de su recia personalidad. Samuel es la figura más relevante de aquella época y de las más representativas de las Historias de Israel. Samuel, siervo de Dios, dirige los destinos del pueblo santo. Es el último de los «jueces» y el iniciador de la monarquía. Profeta, juez, sacerdote. Un verdadero intermediario entre Dios y los hombres: en el culto, en la palabra, en el gobierno. No es extraño que haya quedado su nombre a la cabeza de los libros que arrancan de aquel momento. Hasta su infancia interesa. Gran figura la de Samuel.</p>
<p>Vocación de Samuel. Dios tiene una voz. Una voz distinta, propia, llena de autoridad y de fuerza. Para el fino de oído, inconfundible. Samuel, niño, no la distingue de inmediato. Pero es su voz. Y como voz, una llamada. Y como llamada, una exigencia. Y como exigencia, un salto y una pronta respuesta: perfecta disponibilidad. A la voz que viene de arriba, la disponibilidad del muchacho se extrema: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Así es el profeta, el hombre de Dios. El profeta podría llamarse, tanto como «vidente», «oidor». Oidor de la palabra de Dios. Siempre atento, siempre alerta, siempre dispuesto. De día, de noche; en la tempestad, en la bonanza: siempre y en todo lugar. Hombre que vive para la palabra de Dios. Dios llama a Samuel, y Samuel responde pronta y decididamente. Dios le ha abierto el oído y le ha afinado la sensibilidad: «Samuel crecía, Dios estaba con él, y ninguna de sus palabras dejó de cumplirse». Samuel, otro Moisés, es todo un ejemplo: oidor de la palabra de Dios y pronto realizador de sus exigencias. Pensemos en Cristo, tan perfecto oidor y realizador de la voz de Dios que es su voz en carne. Cristo intermediario de Dios y los hombres en todas direcciones.</p>
<p><b>2.2. Salmo Responsorial: Sal 39, 2 y 4ab. 7. 8~9. 10 (8a y 9a)</b></p>
<p>Salmo de «acción de gracias». También aparece la súplica. La Liturgia ha conservado en sus estrofas el aire de la primera.<br />
La acción de gracias proclama y canta un beneficio recientemente recibido. Hemos recibido algo. Gratuitamente, por benevolencia, por amor. Hemos recibido algo bueno. Y en el algo bueno, la mano buena y poderosa de Dios. Dios mismo se inclinó a nuestra necesidad y escuchó el grito. Él lo ha hecho todo. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? Cantar la bondad del Señor y corresponder a semejante beneficio. Responder con nuestra vida al beneficio de la vida que se nos concede. Y la vida, respecto a Dios, es toda la vida en extensión e intención: «Haré tu voluntad». Haré de mi vida una expresión clara y perfecta de tu ley y de tu voluntad; la llevaré grabada en mis entrañas. Es el mejor canto, la más sincera alabanza, la más lograda acción de gracias. Sin esa voluntad decidida de agradar a Dios, se hace superfluo todo lo que sobrevenga. Cristo vivió en propia carne la disposición del salmo, la voluntad de Dios (Hb 10, 3-10). Y curiosamente aquella voluntad se expresó en un Sacrificio. Preciosa acción de gracias la del Señor. En ella quedamos santificados. ¿No significa «eucaristía» acción de gracias?</p>
<p><b>Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.</p>
<p>Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. R.</p>
<p>Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio. R</p>
<p>Entonces Yo digo: «Aquí estoy &#8211; como está escrito en mi libro para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R</p>
<p>He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes. R.</b></p>
<p><b>2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 6. 13c-15a. 17-20</p>
<p>Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? El habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!</b></p>
<p>La fornicación es un pecado. Un pecado peculiar. Un pecado que degrada, enajena, embrutece y mancha. Como pecado, una ofensa en y contra el propio cuerpo. Ofensa también a Dios, Señor del cuerpo. El cuerpo es algo digno, santo y venerable (contra las tendencias platónicas). Sí es «carne», pero «espiritualizada», por la presencia en él del Espíritu Santo, para la «resurrección». Lo deshonramos con el abuso, lo profanamos con el pecado. Por el bautismo somos una cosa con el Señor. Nos ha comprado a gran precio. Pensemos en la muerte y en la resurrección. El es nuestro Dueño. Somos templos del Espíritu Santo. No nos pertenecemos. Dios habita en nosotros. Y toda la persona, alma y cuerpo, le pertenece. Ay del que profane tan santo templo de Dios. El Señor se vengará. Su presencia actualmente en nosotros santifica todo nuestro ser, alma y cuerpo para el día de la resurrección. El cuerpo está destinado a vivir para siempre en Dios. Y Dios, que vive en él para siempre, exige respeto y veneración.</p>
<p>Si Dios está en nosotros, somos templos santos. Si templos de Dios, su gloria en nosotros. Si su gloria en nosotros, veneración y respeto. Comportamiento, uso y ejercicio, según las exigencias del poseedor, el Espíritu Santo. Todo lo que se haga fuera de su beneplácito es una profanación, y como tal, digna de castigo. El cuerpo no es un instrumento u objeto de placer. El cuerpo es parte íntegra de mi «yo». Y yo, en todo mi ser, soy de Cristo. Debo hacer brillar esa pertenencia en todos mis actos, para que un día brille su gloria plenamente en todo el compuesto: en el alma y en el cuerpo. «Glorificad a Dios en el alma y en el cuerpo.».</p>
<p><b>2,4. Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 35-42</p>
<p>En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:<br />
- «Éste es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: &#8211; «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron:  &#8211; «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: - «Venid y lo veréis.» Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.<br />
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús;  encuentra primero a su hermano Simón y le dice: _«Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).» Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: &#8211; «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»<br />
Vieron donde vivía y se quedaron con él.</b></p>
<p>El evangelista relata en este pequeño cuadro, parte de otro más completo (1, 35-51) la «vocación» de los primeros discípulos. Convenía colocarla al comienzo del evangelio. Todo arranca del testimonio de Juan Bautista. Juan, antorcha, Juan, testimonio, señala con la palabra y el gesto al que «tenía que venir» como «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (1, 29). Misteriosa designación de Jesús como Mesías. Sea que el evangelista haya «conformado» las palabras del Bautista a la luz de la revelación posterior, sea que lo haya hecho ya la tradición anterior a él, sea -menos probable- que el Bautista haya pronunciado «textualmente» tales palabras, el hecho es que ese título compendia de alguna forma el misterio de Jesús. Le seguirán otros más. La presente sección ofrece alguno de ellos: Maestro, Mesías…</p>
<p>Podemos movernos, para entender el pensamiento de evangelista, en dos o tres direcciones, por separado o conjuntas. El Cordero puede hacer referencia -Padres griegos- a la muerte expiatoria de Cristo: los cánticos del Siervo de Yavé, al fondo. Los Padres latinos piensan, en cambio, en el Cordero pascual: pensamiento presente en el evangelista a la hora de la muerte de Jesús (viernes por la tarde, momento de sacrificar el cordero pascual). ¿Habría que pensar también, según algunas corrientes apocalípticas, en el «cordero», jefe victorioso al frente del rebaño? Probablemente el evangelista no se mueve en una dirección tan solo. Juan apunta a Jesús. Y ahí acaba su misión. Ha llegado el más fuerte, el que bautiza en el Espíritu Santo. Juan debe dejar paso y señalar el Camino que conduce a Dios, Jesús de Nazaret.</p>
<p>Dos de sus discípulos han captado la señal, han acogido su testimonio. Hombres piadosos que esperan la redención de Israel. Corren tras el personaje misterioso. Se quedan un día con él. Jesús colmó sus ansias, disipó sus dudas mesiánicas. Probablemente les habló «con autoridad» de las Escrituras. Jesús les «convenció». Le siguieron, se quedaron para siempre con él. Se hizo paso en ellos la fe. Y la fe, activa y dinámica, se hizo evangelizadora. Uno de ellos, Andrés, empujó a Pedro. La fe de Pedro provocó en Jesús una notable decisión: le impuso un nombre, le encomendó una función. Y desde en<br />
tonces para siempre, Pedro será la «roca» visible de Jesús. Maravillas de Cristo, maravillas de la fe.</p>
<p><b>Reflexión</b></p>
<p>Partamos, como siempre, de Cristo. Las lecturas de la fiesta del bautismo del Señor nos lo presentaba como el «Ungido» y el «Consagrado» para el cumplimiento de una misteriosa misión: lleno del Espíritu Santo, Hijo de Dios. Se dan ahora los primeros pasos. Veamos los matices.</p>
<p>A) Jesús el gran «llamado» de Dios. Podríamos comenzar por el salmo responsorial: «No quieres sacrificios… pero he aquí que vengo a hacer tu voluntad». Jesús tiene por misión «cumplir la voluntad del Padre». Hebreos comenta: «… voluntad en la que hemos sido santificados, gracias a la oblación del cuerpo de Jesucristo de una vez para siempre» (10, 10). La voluntad, al margen de los sacrificios antiguos, si convierte en el gran Sacrificio por los pecados: Muerte expiatoria en la cruz. Sacrificio expiatorio de alcance infinito, que nos reporta la salvación. Cristo obediente, Cristo paciente, cumple la voluntad de Dios. Obediencia a Dios y amor a los hombres. Es su vocación y su destino. El evangelio lo anuncia ya, de forma misteriosa, en las palabras de Juan: «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Siervo obediente, como cordero sin abrir la boca, que se deja conducir al sacrificio. Cordero pascual que, degollado, salva de la esclavitud del pecado y de la muerte al pueblo nuevo que se reúne en torno a él. Es así constituido «Señor» del rebaño, vencedor del mal. La primera lectura dibuja de lejos su disponibilidad en la persona de Samuel. La voz de Dios que llama, la voz del «llamado» que responde. Disponibilidad absoluta. De este profeta son las palabras memorables: «… la obediencia vale más que el sacrificio y la docilidad más que la grosura de los carneros» (1 S 15, 22). Contemplemos, pues, a Cristo, el «llamado» de Dios, sumiso y decidido cumplidor de su voluntad. Admiremos su misión y agradezcamos cordialmente la voluntad benévola que nos trajo la salvación.</p>
<p>B) Los «llamados». Dios, que llamó a Cristo, sigue llamando en Cristo. El evangelio nos ofrece algunos ejemplos: Andrés, Pedro… Los apóstoles. Ellos irán con Jesús, vivirán con Jesús, y con Jesús serán un día «salvadores» de los hombres. Y Jesús se vale, hoy también, de unos para llamar a otros. El Verbo de Dios hecho hombre se vale de los hombres para llevar a Dios. El apóstol ha de seguir a Cristo, ha de vivir con él, ha de conocerlo bien y ha de tenerlo por «maestro» y Señor. Total disponibilidad. La lectura primera vuelve a esclarecer este misterio: el niño Samuel, ejemplo clásico del «llamado» y del hombre de Dios. Siempre dispuesto a escuchar y a cumplir la palabra de Dios. El apóstol escucha y sigue a la mismísima Palabra de Dios. Pensemos a este respecto en los «llamados». En todos, en especial en los «llamados» al apostolado. Son los «siervos» de la Palabra, de la evangelización, «servidores» de la salvación. También el salmo puede ayudarnos a pensar en ello.</p>
<p>C) Dedicación a Dios. Toquemos, como tercer punto, el tema de la segunda lectura. Somos santos. Somos de Cristo. Somos templos de Dios, como comunidad y como individuos. Somos hombres de Dios. No nos pertenece<br />
mos. Entera disponibilidad y dedicación al Señor. Es Señor de nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es santo: algo grande y nuevo. Santo ha de ser nuestro comportamiento. El cuerpo de Cristo sirvió de ofrenda a Dios y resucitó para siempre. El nuestro, redimido, sirve a Dios y se dispone, en el servicio, a la transformación en el Señor. Si peca, se mancilla. Si se mancilla, se profana. Si se profana, infiere una injuria a su Señor. Y si infiere una injuria a su Señor, merece la muerte. ¿Un cuerpo hecho para la salvación nos conducirá a la muerte? La fornicación deshonra al Señor y nos deshonra a nosotros mismos. No podemos admitirlo. Nuestro cuerpo posee una dignidad y nosotros con él una responsabilidad. El cuerpo no es para el placer. Debe re<br />
flejar la presencia del Espíritu Santo. Fornicar es perder la dignidad y huir de la responsabilidad. Es un tema de gran actualidad. Hoy como en los tiempos de Pablo, la sociedad circundante se muestra reacia a percibir y admitir con claridad y decisión la dignidad y santidad del cuerpo del hombre. Negada la dignidad y santidad del cuerpo, pronto se niega la dignidad y santidad del compuesto. Todo el hombre corre peligro y con él no solo la digna civilización «humana», sino la salvación del hombre. Y el hombre ha sido salvo en Cristo. El cristiano debe vivirlo con decisión y entereza. Es consciente de su dignidad y pertenencia a Cristo. Hay que insistir en ello.</p>
<p><b>Oración final:</b></p>
<p>¡Señor Jesús! Mi Fuerza y mi Fracaso eres Tú. Mi Herencia y mi Pobreza. Tú, mi Justicia, Jesús. Mi Guerra y mi Paz. ¡Mi libre Libertad! Mi Muerte y Vida, Tú, Palabra de mis gritos, Silencio de mi espera, Testigo de mis sueños. ¡Cruz de mi cruz! Causa de mi Amargura, Perdón de mi egoísmo, Crimen de mi proceso, Juez de mi pobre llanto, Razón de mi esperanza, ¡Tú! Mi Tierra Prometida eres Tú&#8230; La Pascua de mi Pascua. ¡Nuestra Gloria por siempre Señor Jesús!</p>
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		<title>Domingo de la Epifanía del Señor &#8211; Ciclo B</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Jan 2012 16:28:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Voces de paz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Para la reflexión]]></category>
		<category><![CDATA[Solemnidades]]></category>
		<category><![CDATA[Ciclo B]]></category>
		<category><![CDATA[Navidad]]></category>
		<category><![CDATA[Para la preparación]]></category>

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		<description><![CDATA[DOMINGO DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR Navidad y epifanía surgen en la Iglesia como dos fiestas idénticas. En lugares distintos, en fechas y con nombres distintos, pero con un mismo contenido fundamental. Al menos en su fase original, ambas solemnidades celebraron el nacimiento del Señor. Sin embargo, después de un proceso de sedimentación, al asentarse [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&amp;blog=8270919&amp;post=725&amp;subd=fuenteycumbre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><strong>DOMINGO DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR</strong></p>
<p>Navidad y epifanía surgen en la Iglesia como dos fiestas idénticas. En lugares distintos, en fechas y con nombres distintos, pero con un mismo contenido fundamental. Al menos en su fase original, ambas solemnidades celebraron el nacimiento del Señor. Sin embargo, después de un proceso de sedimentación, al asentarse ambas fiestas definitivamente en Oriente y Occidente se configuran con perfiles distintos, hasta ofrecer un contenido específico con matices propios e independientes.</p>
<p>El contenido de la fiesta de epifanía aparece claramente definido en dos antífonas, ya existentes en el antiguo breviario y que la nueva Liturgia de las Horas ha conservado en su oficio: «Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial &#8216;Esposo, porque en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino» (Antífona para el <em>Benedictus). Y </em>en la antífona para el <em>Magníficat </em>en II Vísperas: «Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: Hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos».</p>
<p>La tradición popular ha vinculado siempre la fiesta de epifanía con el episodio de los reyes magos. Lo cual se justifica, en efecto, por las referencias que hacen a los magos casi todos los elementos propios de la fiesta, tanto en la misa como en el oficio. Sin embargo, las dos antífonas citadas vienen a ser como la clave de interpretación de todo el conjunto. Esto nos obliga a considerar el contenido de la fiesta desde la perspectiva que señalan dichas antífonas.</p>
<p>En primer lugar, epifanía no se centra en un hecho o episodio concreto. El foco de interés, en el que polariza la atención de la Iglesia al celebrar esta solemnidad, se sitúa más allá de los hechos. Por otra parte, el criterio básico que se ha puesto en juego al instituir esta fiesta no hay que entenderlo en clave histórica o cronológica. La constelación de solemnidades que siguen a la fiesta del 25 de diciembre no celebran, sin más, los acontecimientos de la infancia ni se siguen según un orden cronológico. La clave de interpretación no es histórica. Hay que buscarla en otra línea de carácter teológico.</p>
<p><strong>En silencio delante de Dios</strong></p>
<p>Hoy, en este domingo en el que Dios se manifiesta como luz de los hombres, queremos pedir al Señor “la pasión de escucharlo” con las palabras de la Beata Isabel de la Trinidad: “¡Oh Verbo eterno!, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme toda docilidad para aprender todo de Vos. Luego, a través de todas las noches, todos los vacíos, todas las impotencias, quiero estar siempre pendiente de Vos y permanecer bajo vuestra gran Luz” (Elevación a la Santísima Trinidad, 21 noviembre 1904)<span id="more-725"></span></p>
<p><strong>1.      </strong><strong>Lecturas y reflexión:</strong></p>
<p><strong>1.1.</strong><strong>Lectura del libro de Isaías 60, 1-6</strong></p>
<p><strong>¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.</strong></p>
<p>Libro de Isaías. Tercera parte. Algunos llaman al autor «tercer Isaías». Palestina después de la vuelta del destierro. Dificultades en la vida religiosa y comunitaria. Tardan en cumplirse las antiguas promesas. La realidad no corresponde al cuadro imaginado por el «segundo Isaías» en la segunda parte del libro. Cunde el desánimo. De nuevo, como siempre en tales casos, la voz autorizada de lo alto. Voz que canta la «disposición» de Dios. Es un poema. Un poema a Sión. Sión, la ilustre, es la destinataria de la decisión de Dios. Una buena nueva para Sión. Sión es el centro.</p>
<p>Dios habla. Dios intenta levantar el ánimo. Para Sión un gran destino. Luz sobre Sión, luz en Sión: Sión-Luz. La gloria de Dios-Dios, poder y luz, que se manifiesta- entra en Sión. Sión irradia, trastocada, la gloria de Dios. Sión, convertida en Luz, impregnada de la gloria de Dios. Fuera de ella, las tinieblas, la oscuridad, la muerte. Sión, centro del universo. Todas las mira­das se dirigen allí: la luz disipa las tinieblas y la vida ahuyenta la muerte. En Sión, Dios poderoso salvador. La salvación y la luz se expanden a todos los pueblos. Lo verán todos los pueblos. Todos los pueblos afluirán a Sión. Con ellos sus tesoros y sus riquezas. Las gentes vienen a adorar a Dios en Sión. Gran porvenir para Sión. Sión, la grande, la hermosa, debe cantar la promesa del Señor. Todos los pueblos se beneficiaran de la promesa de Dios en Sión. Motivo para levantar el ánimo, motivo para cantar. Dios lo ha dis­puesto, Dios lo realizará.</p>
<p><strong>1.2. Salmo Responsorial: (Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13)</strong></p>
<p><strong><em> R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.</em></strong></p>
<p><strong>Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. R.</strong></p>
<p><strong>Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra. R.</strong></p>
<p><strong>Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan. R.</strong></p>
<p><strong>Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres. R.</strong></p>
<p>Salmo real. El rey de Israel es «ungido» de Dios. Dios ha dispuesto cosas maravillosas para el rey de Israel. Un grupo de salmos lo recuerdan y lo cantan. Este, en concreto, lo celebrará en forma de súplica: una confiada sú­plica por el «ungido» del Señor. Dios ha prometido a su pueblo un rey cabal, un rey perfecto: lleno de justicia, socorredor del pobre, defensor del oprimido, señor de las gentes. La súplica urge el cumplimiento de la promesa: «Danos ese rey». El estribillo insiste en la disposición de Dios. Disposición que toca a todas las gentes. Subrayemos, pues, el universalismo de la divina disposi­ción. En forma de súplica, naturalmente. El Cristo de Dios, Jesús de Nazaret, ha venido. Su reino está en marcha. Lo cantamos y lo proclamamos. También lo pedimos y lo suplicamos. Es un deseo, una confesión y todo un plan de acción. Queremos que florezca la jus­ticia y que reine la paz. Hagamos en Cristo la justicia y trabajemos la paz. Lo verán todas las gentes.</p>
<p><strong>1.3.</strong><strong>Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 3, 2-3a. 5-6</strong></p>
<p><strong>Hermanos: Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio. </strong></p>
<p>Pablo se encuentra prisionero. Por Cristo, naturalmente. Por Cristo ha emprendido los más arriesgados viajes. Por Cristo las más serias y tremen­das privaciones. Por Cristo él perdió la libertad. Todo por Cristo: la vida toda por Cristo. Porque Cristo lo es todo. Y todo encuentra sentido en el sen­tido que Cristo da. Pablo ha encontrado a Cristo; Pablo ha encontrado la vida. Las limitaciones, las privaciones, las negaciones de una vida humana en este mundo, vividas en Cristo han dejado abierto el corazón del apóstol y lo han ensanchado hasta los confines del mundo. El corazón de Pablo abarca todo en el todo que llena Cristo. Prisionero ahora por el evangelio de Cristo, el apóstol medita y contempla la grandeza de Dios en el «misterio» de Cristo. Obra magnífica que lo llena todo. Dios lo ha revelado últimamente, en estos que son los últimos tiempos (Hebreos), y lo ha extendido a todas las gentes. El espíritu que todo lo invade, ha invadido a los profetas y apóstoles y los ha impelido a publicarlo a todas las gentes. He aquí el misterio precioso de Dios: «Que también los gentiles son coherederos animosos del mismo cuerpo, partícipes de la misma causa en Jesucristo por el Evangelio; a todos va diri­gido el <em>mensaje</em> a todos la <em>promesa</em>, a todos la <em>Bendición </em>de Dios: todos tie­nen un puesto en el Cuerpo Santo de Cristo, todos encuentran la plenitud de su vida en la vida de Cristo. Todos hayan su sentido, el sentido de su per­sona y de su vida en la vida y en la persona de Cristo, -a todos ya dirigida- reciben la promesa, y la promesa no es otra cosa que el Don del Espíritu Santo: de Dios en el Espíritu. Una gracia inefable. Una gracia confiada a Pablo. La vida de Pablo ya libre, ya preso, recibe su sentido de esa misión. Pablo se deleita en el misterio que se le ha confiado predicar. Obra maravi­llosa: ¡todos herederos del Reino! Los gentiles, separados hasta ahora del Reino, son constituidos, por el Espíritu en Cristo, herederos y miembros del Reino; son ya Reino. Todo obra de Dios en Cristo.</p>
<p><strong>1.4.</strong><strong>Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 1-12</strong></p>
<p><strong>Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. » Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: &#8220;Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea,  pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.&#8221;» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.</strong></p>
<p>Un rayo de luz en un mundo en tinieblas. Una chispa de fuego en un blo­que de hielo. Una estrella radiante en una noche oscura. Y la luz se ha pre­cipitado sobre Belén. Ha surgido un lucero brillante y nadie se ha percatado de él. Se ha encendido el cielo y nadie se ha percatado de él. Se ha encendido el cielo y nadie lo ha percibido. Nadie ha despertado, nadie se ha movido. Los ojos de aquel pueblo siguen cerrados incomprensiblemente. El pueblo de Is­rael sigue dormido. No ve. Tan sólo unos extraños se han percatado del fe­nómeno. Pocos, muy pocos, para tan gran acontecimiento. El cielo les ha ad­vertido de un gran de un gran acontecimiento. El cielo les ha advertido de un gran suceso. La sedienta tierra que sentía brotar de sus entrañas la mara­villosa Vara de Jesé, ha suspirado tan hondamente que se han conmovido los astros. Y uno de ellos, el más ágil y atrevido, ha ido a besar, juguetón, aquel vástago de cielo. Unos «magos», desconocidos y extravagantes quizás, han notado el milagro y han corrido presurosos a saludar al recién nacido. Porque el recién nacido es un pedazo de cielo.</p>
<p>La luz, pues, sirve de contraste: para poner de relieve la indebida pos­tura de Israel para con el Mesías que nace. Estamos en Mateo, no lo olvide­mos. Israel, luz de las naciones, se ha quedado a oscuras. Las naciones, no­che y tinieblas, han visto la luz. Que bochorno para Israel; qué honor para los gentiles. Los gentiles señalan a Israel el camino para encontrar al Me­sías: Basta mirar al cielo. Israel no mira al cielo. Israel, pegado al polvo de tradiciones inconsistentes, se ha quedado ciego. Las palabras del profeta le resultan vacías y vanas. Nadie da un paso a Belén. Los profetas darán tes­timonio, en el día del juicio, contra él.</p>
<p>Jesús recién nacido, en medio, como acontecimiento trascendente. «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron», confiesa amargamente Juan. La in­fancia de Jesús, ya evangelio, anuncia el Evangelio: para Jesús, Mesías de Israel, ignorancia, desprecio, persecución. Herodes, escribas, letrados y sa­cerdotes, pueblo. Ignoran a su Dios. Los magos, impuros y obscuros paga­nos, le han encontrado. La estrella que nace se lo ha revelado. La Estrella era también para ellos. Y han venido. El recién nacido, Dios en persona, los ha llamado. La vocación de los gentiles está dentro del Evangelio. Obra magnífica de Dios. Así Mateo.</p>
<p><strong><em>Reflexionemos: </em></strong></p>
<p>Fiesta de la Epifanía del Señor. Fiesta de la «Manifestación» del Señor. El Señor se manifiesta, el Señor se revela. El Señor desciende en forma de luz a los pueblos, y los pueblos se visten de luz. Los cielos dejan caer la gloria di­vina, y los pueblos quedan glorificados. Dios se manifiesta salvador. Jesús, Hijo de Dios, manifiesta la bondad de Dios, salvando a los hombres. Dios llama a todos los hombres a su Reino. Imprescindible, hoy, hablar de la vo­cación de los gentiles a la luz de Dios. Cristo es el centro.</p>
<p>La primera lectura lo anuncia como determinación de Dios en forma de canto. Cantemos tal decisión. Es una maravilla, una bondad del Señor. Dé­mosle gracias. El salmo nos recuerda por una parte los bienes mesiánicos; por otra, nos invita a impetrarlos. La obra de está ya en marcha. Nuestra oración al rey de reyes ha de ir por ahí: venga tu Reino, Señor; que todos los reyes se postren ante el Señor de los señores. El acatamiento del Rey no es una esclavitud, es una bendición. Con él reinamos, con él somos bendecidos. La segunda lectura, palabras de Pablo, caminan en la misma dirección: los gentiles son coherederos del Reino. La herencia evoca la condición de filia­ción, y ésta la de partícipes de la Promesa. La promesa, el Espíritu Santo, trastoca a todos y los glorifica. La epifanía del Señor es una promesa para todo el que la recibe. Y recibirla pueden todos. Mateo lo señala como evange­lio a la altura de Pablo: los gentiles han visto la gloria de Dios. Y ver la glo­ria de Dios es recibirla y ser transformado por ella. Es parte del misterio de Dios. Más, es el Misterio de Dios. Cantemos, meditemos, demos gracias: Dios se ha manifestado bueno y generoso con todos, al margen de nuestros méritos.</p>
<p>La Fiesta de la Epifanía del Señor, nos hace pensar también en la Iglesia como «epifanía» de Dios. La llamada a todos los pueblos a la salvación es una realidad actual: la Iglesia. La Iglesia, Cuerpo de Cristo, irradia -debe irra­diar- la gloria de Dios. Somos apóstoles y profetas de ese misterio. Y lo so­mos en la medida en que vivimos la vida del Espíritu que se nos ha dado como prenda de la vida eterna. La gloria se transparenta a través del anun­cio vital de la palabra de Dios, del Evangelio. Y somos evangelio cuando nuestras palabras y nuestras acciones, de un modo u otro, manifiestan la presencia de Dios en nosotros: paz, justicia, asistencia a los humildes. El evangelio no debe ser letra muerta como lo fue en su tiempo la Escritura para el pueblo de Israel. Somos «estrella», luz, ofrenda, canción, portadores de una riqueza que no tiene precio. Llevamos a Dios en nosotros. Celebramos en esta Fiesta nuestra vocación a la Herencia y nuestro destino a serlo ya en esta vida. Somos la Sión de Dios. Levantemos los ojos y admiremos la disposición de Dios y en ella la participación de su gloria. Una alabanza, un canto y una oración: que florezca la justicia, que se extienda el Reino de Dios a todos los pueblos y gentes. Somos distribuidores de la gracia de Dios.</p>
<p><strong>1.5.</strong><strong>Oremos juntos</strong></p>
<p>Luz de Dios, Jesús, Hijo de María Amaneciste un día en nuestro mundo cuando estaba sumido en la oscuridad. Desde entonces, la luz de tu mensaje ha llegado a todos los rincones de la tierra hasta nuestros corazones. Contigo nos inundaron bienes sin número, las riquezas de Dios: Su amor, su paz, su sabiduría, su consuelo y la Presencia constante de tu Espíritu. Tu Presencia en la Eucaristía, en la Iglesia, en cada persona. Tu Presencia sobre todo en los más débiles y desvalidos. Tu Presencia y tu Compañía en nuestras situaciones de sufrimiento, de frustación, de añoranza y soledad. Gracias, Señor, por tanto bien, por tu amor y tu misericordia. Te alabamos y te bendecimos. Haz que, iluminados por ti podamos ser luz a nuestro alrededor. Amén</p>
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		<title>Solemnidad de Santa María Madre de Dios &#8211; Ciclo B</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Dec 2011 20:18:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Voces de paz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Para la reflexión]]></category>
		<category><![CDATA[Ciclo B]]></category>
		<category><![CDATA[Navidad]]></category>
		<category><![CDATA[Para la preparación]]></category>
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		<description><![CDATA[DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS Ciclo B Hoy es la octava de navidad y el primer día del nuevo año, una conclusión y un comienzo. La Iglesia lo dedica a la &#8220;Virgen del camino&#8221;, a la que encontramos en cada estadio de la andadura de la vida, en su momento [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&amp;blog=8270919&amp;post=717&amp;subd=fuenteycumbre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
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<h1 align="center"></h1>
<h1 align="center"><strong>DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS Ciclo B</strong></h1>
<p>Hoy es la octava de navidad y el primer día del nuevo año, una conclusión y un comienzo. La Iglesia lo dedica a la &#8220;Virgen del camino&#8221;, a la que encontramos en cada estadio de la andadura de la vida, en su momento inicial y &#8220;en la hora de nuestra muerte&#8221;.</p>
<p>Se le ha dado ese título en el nuevo calendario litúrgico revisado. La denominación pone claramente de manifiesto que se trata de una fiesta de Nuestra Señora, y que tiene por objeto honrar su maternidad divina con la solemnidad conveniente. Antes de cambiarse el título en 1969, se conocía la fiesta como la &#8220;Circuncisión de nuestro Señor&#8221;. También se conmemora esto, la imposición del nombre de Jesús al niño de María pero el objeto principal de la fiesta es la maternidad virginal de María contemplada a la luz de la navidad.<span id="more-717"></span></p>
<ol>
<li><strong>1.      </strong><strong>Oración inicial</strong></li>
</ol>
<p><strong>Dios de la Vida, Creador del Universo, que nos has concedido el espacio y el tiempo para vivir desarrollar la Vida, para ser felices y hacer felices a los demás; al comenzar un Año Nuevo te pedimos nos enseñes a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato y vivamos responsable y agradecidamente el don del tiempo que nos concedes. Por Jesucristo nuestro Señor&#8230;</strong></p>
<ol>
<li>Texto y comentario</li>
</ol>
<h2 align="left">2.1.Lectura del libro de los Números 6, 22-27</h2>
<p><strong>El Señor habló a Moisés: –«Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: &#8220;El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.&#8221; Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré. »</strong><br />
<strong><em>Invocarán mi nombre sobre los israeli­tas y yo los bendecirá.</em></strong><br />
El texto, en cuanto al género, es una fórmula (cultual). En cuanto a los destinatarios, el sacerdocio. En cuanto a los beneficiarios, los fieles de Israel. En cuanto al contenido, una bendición de Dios. En cuanto a su origen, Dios. Como fórmula breve y sustanciosa, «bendecir». Bendecir es «decir bien». Y decir bien es desear bien. Y desear bien es hacer bien en cuanto de uno de­pende. La boca de Dios que bendice es el corazón de Dios que desea, es la mano divina que obra el bien. El decir de Dios es creativo, efectivo. Dios que dice el bien a uno, hace el bien a uno. Dios bueno, deseoso de hacer bien. El sacerdote representa a Dios, es su intermediario. Su oficio es mante­ner y continuar las relaciones del pueblo con Dios. Dios bendice en la bendi­ción del sacerdote. Ha sido puesto por él con esta finalidad. El sacerdote del Dios bueno debe ser bueno. El sacerdote del Dios misericordioso debe ser mi­sericordioso. El sacerdote del Dios que bendice debe hacer efectiva la bendi­ción de Dios. Dios bendice a su pueblo a través del sacerdote. El sacerdote bendice al pueblo en nombre de Dios. Es su oficio, es su función. Invocarán su nombre su nombre sobre el pueblo, y el nombre de Dios, bondadoso y atento, lloverá en la bendición. La «bendición» habla de protección. Protección de todo peligro, de todo mal: del enemigo invasor, del criminal, del malhechor, de la epidemia, de las catástrofes, del hambre. Dios protege a su pueblo, como la gallina a sus po­lluelos. Es también favor, gracia, paz. La bendición es expresión de una vo­luntad buena que imparte y asegura la paz. Paz con Dios, paz con los hom­bres. Dios bendice a su pueblo en la voz del sacerdote que invoca su nombre.</p>
<h2 align="left"><strong>2.2.</strong><strong> Salmo responsorial: </strong><strong><em>Sal</em></strong><strong> 66, 2-3.5-6.8: </strong></h2>
<p><strong>R. El Señor tenga piedad y nos bendiga.</strong><br />
El Señor tenga piedad y nos bendiga,<br />
ilumine su rostro sobre nosotros;<br />
conozca la tierra tus caminos,<br />
todos los pueblos tu salvación. R.</p>
<p>Que canten de alegría las naciones,<br />
porque riges el mundo con justicia,<br />
riges los pueblos con rectitud<br />
y gobiernas las naciones de la tierra. R.</p>
<p>Oh Dios, que te alaben los pueblos,<br />
que todos los pueblos te alaben.<br />
Que Dios nos bendiga;<br />
que le teman hasta los confines del orbe. R.</p>
<p>No resulta fácil catalogar este salmo. Alguien pensaría en una acción de gracias. Otro en una alabanza. Probable, de todos modos, su pertenencia al culto: aire cultual. Los tiempos del verbo, en subjuntivo, expresan un deseo. Un deseo que se extiende a todos: a los presentes y a los ausentes, al pueblo fiel y al mundo entero. El deseo se convierte, por un parte, en oración; por otra, en invita­ción. El estribillo insiste en la primera: «El Señor tenga piedad y nos ben­diga». Preciosa oración llena de confianza. También jubilosa la invitación a la alabanza: «Que canten de alegría las naciones». Dios piadoso con sus hi­jos, Dios poderoso en su palabra, es la fuente de salvación para todos. La bendición de Dios suscita la alabanza, que ha de ser como la bendición, uni­versal.</p>
<h2 align="left"><strong>2.3.</strong><strong>Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 4, 4-7</strong></h2>
<p><strong>Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! Padre.» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.</strong></p>
<p>Breve, pero densa. Una verdadera síntesis cristológica, la primera; la se­gunda, teológica. Aunque fuera de todo tiempo, Dios actúa en el tiempo. Obra de condes­cendencia para con el hombre, criatura sujeta al tiempo. El tiempo entra en el plan de Dios. El plan de Dios, salvar al hombre, se realiza en el tiempo. Hay un tiempo «antes» y hay un tiempo «después»: sucesión de los tiempos, diversidad de los tiempos. Tiempo de «preparación» y tiempo de «realización». El plan de Dios modifica o cualifica el tiempo: tiempo de es­pera, tiempo de plenitud. El tiempo llegó a su «momento» cuando Dios deter­minó llenarlo con su presencia, haciéndose tiempo: Dios envió a su hijo. El Hijo de Dios, que ya existía, tomó carne, se hizo hombre, transcurrió su vida en el tiempo. El tiempo recibió así su sentido y plenitud. Para ello había sido creado. El envío del Hijo es la plenitud de los tiempos. Nació de una mujer, sujeto a todas las contingencias del ser humano en el tiempo. La mujer, la conocemos, es la Virgen María. a ella le tocó, con la aceptación del Verbo, dar plenitud a los tiempos. Un nombre, pues, un lugar, un tiempo. «Nacido bajo la Ley»: en el pueblo de Israel, bajo las disposiciones de un Dios que llevaba a un hombre empobrecido a la riqueza de su Reino Vino a rescatar: a levantar al hombre de su miseria, a liberarlo de la ley que se la recordaba, y a encumbrarlo por encima del tiempo y del espacio que le apresaba. Y para rescatarle se hizo hombre. Participó de su condición para elevarle a la suya: para hacerle de esclavo hijo. Una obra magnífica que da sentido al hombre y a los tiempos. Dios llenó el espacio con su voz y el tiempo con su aliento: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Dios nos libró, en el Hijo, de la Ley y nos hizo hijos de adopción. Cristo es el cen­tro de los tiempos Hijos. Y no de nombre. Lo que Dios nombra, hace. Decir y hacer, en Dios, es lo mismo. Nos llama hijos, somos hijos. Participamos de su mismo espí­ritu. El Espíritu de su Hijo, que se ha asentado en nuestros corazones, nos hace hijos. Gozamos, inefablemente, de la naturaleza divina. Dios, hecho hombre, continúa llenando nuestro tiempo, haciéndonos hijos. La plenitud de nuestro tiempo, el sentido de nuestro ser, es ser hijos. Hemos recibido el auténtico Espíritu de hijos. El clama en nosotros: ¡Padre! ¡Papá! Pasamos de ser esclavos a hijos una vez liberados de la Ley. Y somos liberados de la Ley porque la ley está en nosotros: el Espíritu Santo. Ungido nuestro corazón por su presencia, se mueve y actúa al unísono con Dios: somos hijos. Y como hi­jos, herederos. Herederos del Reino, coherederos de Cristo. Todo por la libre y bondadosa disposición de Dios. Dios lo ha hecho en su Hijo Jesús. El tiempo recibe así su plenitud. También en nosotros. Nosotros no somos esclavos del tiempo; somos señores, pues somos hijos. Llenaremos el tiempo si lo llenamos en Cristo, plenitud de los tiempos. Seremos libres si actuamos en el Espíritu. El Espíritu es el preciado Don que nos dispensa el Hijo, nacido de mujer, en el tiempo, para lanzarnos a la eternidad. En el misterio de Cristo, somos Cristo en su misterio.</p>
<h2 align="left"><strong>2.4.</strong><strong>Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 16-21</strong></h2>
<p><strong>En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño.<br />
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.</strong></p>
<p>Este Evangelio nos salió ya en la Misa de la Aurora en la Fiesta de Navi­dad. La lectura añade un sólo versículo: la circuncisión del niño. Vuelven a recodársenos las «maravillas» del nacimiento de Jesús: pastores, establos, María, José, admiración y sorpresa, constante reflexión, por parte de María sobre los acontecimientos. Jesús nace como cualquier niño pobre: sin casa, fuera de la ciudad de Nazaret, a las afueras de Belén, con unos incultos pas­tores de admiradores. Todo ello inesperado e inaudito de un Mesías que viene a salvar a su pueblo. Ahora la circuncisión. Es un hebreo, hijo de hebreos. Hebreos, María, su madre y José, fieles devotos, miembros del pueblo santo de Dios. La circun­cisión es la señal externa que expresa la vinculación y pertenencia a Dios en su pueblo. Cumplen religiosamente la Ley. Al niño se le impone el nombre de Jesús. Nombre elegido de lo alto. Nombre que indica su «misión» y natura­leza: Jesús Salvador. Así en la Anunciación y así a los pastores.</p>
<p>Meditación:</p>
<p>Es la Octava de la Natividad del Señor. Es también el día de María. Añadamos como tradicional el día de Año Nuevo. Tratemos de conjugarlos armoniosamente. La Fiesta, como octava de la Natividad, nos recuerda el misterio del na­cimiento de Jesús, Mesías de Dios. En el fondo, el misterio de la Encarna­ción. Podemos recordar a este respecto, además de lo dicho en la Fiesta del Nacimiento, la verdad que toca S. Pablo en la segunda lectura: Jesús nacido bajo la Ley. Dios, sobre toda criatura, se hace hombre, y depende en todo y para todo, como cualquier niño, en una mujer. Humanidad con todas las con­tingencias anejas a la vida humana. Necesita de los cuidados de los hom­bres, él, que sostiene el mundo entero. La circuncisión es también secuela de la Encarnación. Condición, pues de humildad y necesidad. He ahí el misterio. El sentido de la Encarnación tiene un nombre: Jesús. Jesús significa «salvador». Eso es Jesús, y para eso ha venido: para salvar. Y la salvación es, es boca de Pablo, una liberación. Una liberación de la Ley. De la Ley ex­terna, mediante una Ley que se hace de nuestra carne, el Espíritu. Se nos ha concedido el Espíritu de Dios. Somos sus hijos. El Hijo de Dios nos ha ele­vado a la dignidad inefable de ser hijos de Dios. Dios es nuestro Padre. Po­demos invocarle con toda confianza y afecto con el nombre de ¡Padre! Es una realidad. Somos, en consecuencia, herederos. Y como hijos y herederos, li­bres, no más esclavos. Nacimos de Dios por el que nació de mujer; nacimos a la Ley del Espíritu por quien se sometió a la Ley de piedra; somos libres por quien se hizo esclavo; somos supertemporales por quien se hizo carne y tiempo. Toda una bendición (lº Lectura). El salmo nos invita a dar gracias y a cantar tal maravilla. Es el día de la Virgen María. Ese «nacido de mujer» es fundamental. He ahí una mujer hecha Mujer para todos los hombres. En otras palabras, la madre de Jesús es la Madre de todos. Mujer privilegiada, se encuentra próxima, como ninguna, en cuerpo y alma al misterio de Jesús, Salvador. Las oraciones del día van por ahí. A través de ella vino la Bendición. No está de más impetrarla por su intercesión. Madre Virgen, Madre Santa, Madre Buena, Madre Bendita, Madre de Jesús, intercede por nosotros pecadores. La Fiesta de Año Nuevo nos recuerda, en palabras de Pablo, el tema del tiempo. Somos tiempo y estamos en el tiempo. La Salvación ha consistido en librarnos de esa atadura y lanzarnos a la eternidad: somos herederos del cielo. El tiempo tiene un sentido. Y éste se encuentra en Cristo. Llenaremos el tiempo, llenaremos nuestro tiempo, nos llenaremos a nosotros mismos, si vivimos en Cristo, si vivimos como Hijos de Dios. Un año que comienza es un tiempo más a nuestra disposición para vivir la inefable filiación de Dios en el tiempo. Nos vaciará el tiempo, nos hará esclavos si no le damos sentido y plenitud. Y la plenitud de los tiempos es Cristo. También nuestra plenitud. Somos señores del tiempo, no esclavos. Vivamos el tiempo con toda dignidad. El Espíritu que clama ¡Padre! nos depara toda una eternidad en Dios.</p>
<ol>
<li><strong>3.      </strong><strong>Oración final:</strong></li>
</ol>
<p><strong>Dios de la Paz, Padre de todos los hombres y mujeres, que quieres que vivamos como hermanos en unidad fraterna. En este día que da comienzo al nuevo año, te pedimos con todo el corazón nos concedas la Paz, don tuyo y a la vez fruto de nuestros esfuerzos por la Justicia, y que hagas de nosotros sus esforzados constructores, para que merezcamos la bienaventuranza que anunció Jesús, Hijo tuyo y hermano nuestro, por los siglos de los siglos. </strong><strong>Amén.</strong><strong></strong></p>
<p><a href="https://docs.google.com/open?id=109Ho80_j47pYRMn4slHCDoF-ROolzadfp5uBYpcpbRAQbP2mgNPoxivvejrF"><img class="alignleft size-full wp-image-322" title="descarga" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2010/11/docdown.png?w=620" alt=""   /> Solemnidad de Santa María Madre de Dios</a></p>
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		<title>La bella historia de la Navidad</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Dec 2011 16:16:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Voces de paz</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La bella historia de la Navidad Lucas 2, 1-20 “En cuanto adoramos el nacimiento de nuestro salvador, celebramos también nuestro propio inicio” (San León Magno) Recibamos este grandioso día diciendo junto con uno de los mayores cantores de la Navidad que ha conocido la historia: “Hoy la Virgen da a luz al Trascendente, y la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&amp;blog=8270919&amp;post=682&amp;subd=fuenteycumbre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1>La bella historia de la Navidad Lucas 2, 1-20</h1>
<p style="text-align:right;">“<em>En cuanto adoramos el nacimiento de nuestro salvador, celebramos también nuestro propio inicio</em>” (San León Magno)</p>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/belenavidad.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-683" title="belenavidad" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/belenavidad.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<p>Recibamos este grandioso día diciendo junto con uno de los mayores cantores de la Navidad que ha conocido la historia: “<em>Hoy la Virgen da a luz al Trascendente, y la tierra le ofrece una gruta al Inaccesible; los ángeles y los pastores lo alaban, y los Magos tras la estrella avanzan, porque hoy ha nacido por nosotros, cual Niño Pequeñito, el Dios que existe desde antes de los siglos</em>” (Romano el Melode, S.VI, “Contaquio”)<span id="more-682"></span></p>
<p>Una inmensa alegría nos embarga en este día, es el gozo de Dios que nos invade y nos hace cantar y festejar. San Efrén el Sirio habla de estos sentimientos navideños describiendo la llegada de este día como la emoción del encuentro con un rostro amigo: “<em>Este día es semejante a ti; es amigo de los hombres. Regresa cada año a través de los tiempos; envejece con los viejos, y se renueva con el niño que ha nacido… La naturaleza no puede hacer lo menos; como tú, este viene en ayuda de los hombres en peligro. El mundo entero, oh Señor, está sediento del día de tu nacimiento… Por eso que este año sea semejante a ti, que traiga paz entre el cielo y la tierra</em>”. Celebremos esta solemnidad de la mano del Evangelio, siguiendo paso a paso en el evangelio de Lucas la Historia de la Navidad:</p>
<ul>
<li>Veamos cómo se cumple el anuncio del nacimiento.</li>
<li>Acompañemos a José y María en las peripecias que rodearon el parto.</li>
<li>Saludemos la navidad de Jesús junto con los ángeles y participemos en el coro celestial que proclama la significación que el recién nacido tiene para la humanidad.</li>
<li>Alabemos a Dios con la admiración de los humildes pastores, representantes de los pobres de la tierra y marginados de la sociedad, testigos privilegiados del magno acontecimiento.</li>
<li>Guardemos como un tesoro, como el mejor secreto que decantamos en nuestro corazón, así como lo hizo María, cada instante, cada palabra, cada signo cada rostro, cada emoción.</li>
</ul>
<p>Nada parece ser casual en el evento histórico en el que el Todopoderoso Dios deja ver su rostro en el Salvador recién nacido en las más humildes condiciones pero rodeado de dignidad desde el cielo por la alabanza celestial y cubierto en la tierra por el cariño de su madre.</p>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/virgen.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-684" title="virgen" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/virgen.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<p>Sigamos el hilo del relato de Lucas 2,1-20 (cuyos primeros 15 versículos leemos en la Misa de Medianoche y los restantes en la Misa de la Aurora) observando cuidadosamente cada una de sus tres partes:</p>
<ol>
<li>El marco histórico (2,1-3)</li>
<li>El nacimiento de Jesús (2,4-7)</li>
<li>El relato de los pastores (2,8-20)</li>
</ol>
<h2><strong>1. El marco histórico: armando el escenario (2,1-3)</strong></h2>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/censo.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-685" title="censo" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/censo.jpg?w=620&#038;h=431" alt="" width="620" height="431" /></a></p>
<blockquote><p>1Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. 2Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. 3Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.</p></blockquote>
<p>Jesús nace en el rincón más apartado del mundo. Pero antes de ello, como si quiera partir de lo macro para descender a lo pequeño, el evangelista Lucas nos transporta primero a los fastuosos palacios imperiales sobre el Palatino de la ciudad de Roma. De allí sale un decreto con la firma del emperador que ordena un censo de los habitantes de su imperio: “<strong>Salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo</strong>” (2,1).</p>
<p>Por otra parte la manera de empezar el relato ya es significativa. Con la frase “<strong>Sucedió que por aquellos días</strong>” (2,1a), una forma lucida de escribir digna de un historiador-teólogo como Lucas, quedan yuxtapuestas las noticias anteriores sobre Juan Bautista, quien “<strong>vivió en lugares desiertos</strong>” aguardando “<strong>el día su manifestación a Israel</strong>” (1,80), con los días de un acontecimiento secular y de magnitud imperial como es el censo ordenado por Augusto. El contraste repentino entre el desierto y su profeta con el gesto arrogante de un emperador es enorme, pero da acertadamente un buen punto de partida.</p>
<p>Es paradójico, pero en la práctica Lucas nos anticipa lo que al final se dirá en los Hechos de los Apóstoles, y es que estas cosas “<strong>no han pasado en un rincón</strong>” (26,26).</p>
<p>Veamos entonces algunas pinceladas que le dan el colorido al escenario de la navidad</p>
<p><strong>1.1. César Augusto: los intereses del Amo del mundo</strong></p>
<p>El emperador César Augusto entra en la historia de la navidad como punto de referencia que ubica los acontecimientos desde el punto de vista externo, pero también su mención –por contraste- permite captar la dimensión interna, la importancia del nacimiento del hijo de Dios.</p>
<p><em><strong>Un hombre que se cree divino</strong></em></p>
<p>El “<strong>César</strong>” es el título que lleva el emperador (ver también 3,1; 20,22.24-25; 23,2). En este caso recae sobre el emperador Octaviano, quien reinó entre los años 31 aC y 14 dC. A éste el senado romano le concedió, en el año 27 aC, un título latino que lo exaltaba como una “<strong>divinidad</strong>”: “Augusto” (en griego se dice “sebastós”, es decir, el altísimo, el divino). Sus sucesores se seguirán atribuyendo el honroso título.</p>
<p>Con base en su autoridad divina y como Sumo Pontífice de su propia religión que se articuló en torno al proyecto político-económico-militar denominado “Pax Romana”, el Augusto sometió todos los países de su imperio prometiéndoles a cambio de su fidelidad una gloriosa prosperidad.</p>
<p><em><strong>El censo: una acción de sometimiento</strong></em></p>
<p>Para asegurar sus ingresos administró un sistema de impuestos (sin impuestos un gobierno no tiene como sostenerse) basado y justificado por el vasallaje. Es aquí donde entra el evento del “Censo”: la estadística de los miembros de su imperio, con el inventario preciso de sus bienes, actividades comerciales y rentas, le permite establecer un sistema de control de los ingresos de las arcas imperiales. Todos los bienes de los países conquistados se consideran propiedad personal del emperador. Los “censos” empeoraban las exigencias y agravaban la dominación. Es por eso que los “censos” no eran bien vistos.</p>
<p>El “decreto” imperial (en griego “dogma”) por medio del cual se ordena la realización de un censo parece decir que abarca todos los habitantes del imperio: “<strong>ordenando que se empadronasen todos los habitantes del mundo</strong>” (=el “mundo habitado”, que es la manera como se autodenomina el Imperio). Aunque un censo de estas proporciones parece improbable, Lucas nos lo cuenta para que podamos captar cómo andaban las cosas en ese tiempo: ¡La tierra de Dios, sometida a un patrón extranjero!</p>
<p><strong>1.2. Quirino: un gobernador romano prestigioso pero discutido</strong></p>
<p>La repetición de la palabra “censo” (2,1.3.5) le va dando el hilo a la primera parte de la historia. Ahora, en segunda instancia, aparece el realizador del censo en la provincia romana de Siria: Cirino. Se dice que “<strong>Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino</strong>” (2,2).</p>
<p>Esta provincia romana de “<strong>Siria</strong>” (desde el año 64 aC y con Antioquía como capital) incluía dentro de sus territorios a Judea (territorio éste que después del año 70 dC tendrá autonomía como provincia romana), aunque mientras tanto se le permitía una administración propia (ver 3,1).</p>
<p>Cirino (en latín “Quirinus”, más exactamente: “Publius Sulpicius Quirinus”) es presentado como “<strong>gobernador</strong>” (en el sentido estricto de “Legatus Augusti pro Pretore”). Las provincias senatoriales eran gobernadas por procónsules, pero las imperiales, que tenían un fuerte control militar, tenían gobernadores.</p>
<p>De él sabemos poco, pero su hoja de vida reporta esto: durante doce años estuvo a la cabeza de una banda de bandidos en las fronteras de Galacia; después de comandar una guerra en el norte de África, fue ascendido a cónsul romano en el año 12 aC. Se le conoció como guía y supervisor del joven príncipe Gayo César en Armenia (3-4 dC) y luego como legado de Siria entre el 6-9 dC. Murió en torno al año 21 dC (Anales de Tácito 3,48).</p>
<p>El censo cuya realización debía garantizar la autoridad de Cirino parece que no fue el único (“<strong>Este primer empadronamiento…</strong>”). No se duda de la historicidad (lo confirma el “Lapis Venetus”; CIL 3 Suplemento No.6687), pero puesto que las fechas del censo no parecen coincidir con las del nacimiento de Jesús, se ha tenido que acudir a diversas hipótesis.</p>
<p>Según Lucas, como consecuencia del decreto, “todos” debían viajar a sus propias ciudades. Se sabe que esto se hacía con mayor razón si las personas tenían propiedades en otro lugar. Este deber de ir a la propia ciudad, en el territorio patrio, se aplicaba a los pueblos conquistados; un signo más de dominación.</p>
<p><strong>1.3. En consecuencia: las tres dimensiones del escenario</strong></p>
<p>Las coordenadas geográficas, históricas y teológicas quedan establecidas.</p>
<p>Los datos iniciales no están puestos solamente por satisfacer la curiosidad académica, éstos intentan conectar la historia del nacimiento de Jesús con la historia mundial: Jesús nace en un contexto, en un tiempo y en medio de unas circunstancias políticas concretas. Además, como lo muestra una y otra vez la Biblia, Dios se puede valer del “hágase esto” de un gobernante terreno para llevar a cabo propósitos superiores más importantes. Sin quererlo, el mandato imperial termina siendo la causa del nacimiento de Jesús en el lugar que lo acreditaría como legítimo Mesías, descendiente de otro rey, uno de quien la proclamación de su “Señorío” relativizará el supuesto “señorío” –su título y la estrategia político religiosa que fundamenta su poder– del emperador terreno. Además, el emperador romano que era considerado y exaltado por todos como “portador de la paz”, será contrapuesto a aquel que trae la verdadera paz de Dios. Entonces, hay mucho más que una simple ubicación en el tiempo y en el espacio, ya que no se trata solamente de un evento mundial que influye en las circunstancias del nacimiento de Jesús sino del anuncio de que este nacimiento de Jesús tiene también incidencia mundial. El proyecto de Dios subvertirá el del emperador que acaba de entrar en el escenario con su gesto de afirmación de su poder absoluto.</p>
<h2>2. El nacimiento de Jesús (2,4-7)</h2>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/nic3b1o-jesus.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-690" title="niño-jesus" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/nic3b1o-jesus.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<blockquote><p>4Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, 5para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. 6Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, 7y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.</p></blockquote>
<p>En el enclave histórico descrito, ahora sí entran los personajes implicados directamente en la Navidad: José, María y Jesús.</p>
<p>José aparece como un hombre que cumple la ley, no participa en la rebeldía de los zelotas contra Roma. En obediencia al edicto emprende viaje desde Galilea hasta la montaña de Judea (“<strong>sube</strong>”). El motivo: su pertenencia “<strong>a la casa y la familia de David</strong>” (dato que había sido anticipado en 1,27). El viaje atravesando el país de norte a sur no fue corto: Belén estaba en ese entonces a unos 7 kilómetros de Jerusalén y a 144 kilómetros de Nazaret. Es decir que el trayecto hasta Belén debió emplear al menos tres días.</p>
<p>Nos encontramos de repente en Belén. Su nombre tenía como etimología popular “casa de pan”. Fue el lugar donde David nació y donde según Miqueas 5,2 el Mesías debía nacer. Jesús, quien gracias a José se inserta en la descendencia de David, nacerá por esta eventualidad histórica en la ciudad de David, lo cual le concede a Jesús las credenciales de Mesías.</p>
<p>María, por su parte, es presentada como “esposa” (o “prometida en matrimonio”) de José. Se deja entender que ella estaba viviendo con él, aunque el matrimonio no hubiera sido consumado todavía (ver Mt 1,25). El viaje de una mujer en avanzado estado de gravidez ciertamente era riesgoso tanto para la madre como para el niño.</p>
<p>Justo al llegar a Belén se completan las semanas para la hora del parto (ver 1,6).</p>
<p>Jesús viene al mundo en calidad de hijo “primogénito” de María (Pablo lo subrayará en Romanos 8,29 y Colosenses 1,15). De esta manera se pone de relieve la dignidad particular de este niño y se comprende mejor por qué es consagrado a Dios con especial solemnidad en el Templo (ver 2,22-24; poniendo en práctica Ex 13,12; 34,19). Nace el “Hijo” anunciado por el Ángel Gabriel en 1,31-33, al cual le cabían tantos títulos.</p>
<p>Este destaque de la dignidad divina del Hijo hace ver más el contraste, ya de por sí sorprendente, con la descripción de las circunstancias del nacimiento.</p>
<p>Jesús nace como todos los niños del mundo y es atendido como tal. Pero Lucas se detiene en dos detalles de las acciones que realiza la madre:</p>
<p>(1) <em><strong>“Le envolvió en pañales”</strong></em></p>
<p>Era habitual en los tiempos bíblicos que el pañal consistiera en una gran tira de tela angosta y que los niños fueron envueltos en ellas para mantener sus miembros estirados.</p>
<p>Con el profeta Ezequiel comprendemos que los primeros cuidados que se tenían con un recién nacido era: cortar el cordón, lavar con agua, frotar con sal y, finalmente, envolver en pañales (ver Ez 16,6). Colocar el pañal permanecerá como el símbolo de todos los cuidados. Como dice el libro de la Sabiduría:</p>
<blockquote><p>“Al nacer, también yo respiré el aire común, caí en la tierra que a todos nos recibe y mi primera voz, como la de todos, fue el llanto. Me crié entre pañales y cuidados” (7,3-4).</p></blockquote>
<p>Un detalle tan sencillo se convertirá en el signo del reconocimiento del Mesías (ver 2,12). Lo que se quiere decir es que se trata de un recién nacido: un ser humano en la máxima fragilidad. ¿Será este un verdadero “signo” cuando podía haber tantos otros niños recién nacidos?</p>
<p>(2) <em><strong>“Lo acostó en un pesebre”</strong></em></p>
<p>Lo que sí no es común es que haya sido recostado en un pesebre.</p>
<p>Un “pesebre” era el comedero de los animales, un espacio inapropiado para un recién nacido.</p>
<p>La tradición ha visto en torno a Jesús recién nacido algunos animales. Aquí no se menciona la presencia de animales, si bien no es improbable. La presencia de los animales fue insertada en esta historia de Navidad a partir de las citas de Isaías 1,3: “<strong>conoce el buey a su dueño, y el asno al pesebre de su amo / Israel no conoce, mi pueblo no discierne</strong>”. Los animales irracionales cuestionan nuestra incomprensión –voluntaria o no- del misterio.</p>
<p>El hecho es que Jesús no encontró espacio para él en la sociedad humana en los primeros instantes de su estancia en la tierra, excepto los brazos amorosos de su mamá. Esta será la condición de vida de Jesús: “<strong>Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tienen donde reclinar la cabeza</strong>” (9,58).</p>
<p>En cualquier caso no había un cuarto privado disponible para el nacimiento y María y su niño fueron privados del más mínimo confort. Desde el siglo II dC proviene una tradición que sitúa el nacimiento de Jesús en una cueva (así el Proto-evangelio de Santiago18-19; Justino; Orígenes). Por esta razón el emperador Constantino hizo elevar una basílica en Belén sobre una cueva (actual basílica de la Natividad). Pero el NT no habla de cueva. Si bien las cuevas son muchas veces utilizadas para acomodar animales, por eso se procuraba construir casas cerca para aprovecharlas con este propósito. De todas maneras la tradición de la gruta no invalida lo dicho sobre el pesebre.</p>
<p><strong>Los dos gestos forman una unidad</strong></p>
<p>El nacimiento de Jesús sucede en la extrema pobreza. Paradójicamente, quien viene a salvar al mundo aparece ante el mundo como un necesitado de ayuda, de cercanía y de valoración. Serán precisamente los humildes del pueblo los primeros que lo comprenderán y le ofrecerán el espacio humano requerido. Por lo pronto, el Mesías que no recibió la digna recepción de la sociedad humana solamente cuenta con los cuidados tiernos de la madre, esos gestos que generalmente no ven o en los que pocos reparan, pero que rápidamente se olvidan. Es el lenguaje mundo del amor que no todos entienden.</p>
<h2>3. El relato de los pastores (8-20)</h2>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/feliz_navidad.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-694" title="feliz_navidad" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/feliz_navidad.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<p>Justo cuando se ha dicho que el nacimiento de Jesús ocurre en bajas circunstancias, entran en el escenario los pastores, lo representantes del pueblo humilde y despreciado de la tierra. La nota de rechazo preanunciada en el espacio digno que no encuentra el Mesías al nacer, es equilibrado ahora por la de la acogida simple pero sincera del pueblo ordinario, humilde y necesitado que recibe la revelación divina y le responde con su visita y su adoración. Ellos son escogidos como testigos privilegiados del nacimiento de Jesús.</p>
<p><em><strong>3.1. El anuncio (2,8-15)</strong></em></p>
<p>Hay una iniciativa de Dios. Es él quien escoge comenzar la evangelización por este lado de la sociedad: “<strong>Había en la misma comarca unos pastores&#8230;</strong>” (2,8).</p>
<p><em>(1) Los pastores</em></p>
<p>No ha faltado quien ha dicho que podría tratarse de los propietarios del lugar donde estaba el pesebre. Esto es posible puesto que los pastores sabían dónde estaba el pesebre, pero Lucas no nos dice nada al respecto.</p>
<p>Lo que sí parece más claro es por qué son escogidos: por pertenecer al estrato más bajo de la sociedad. Si es verdad que en la poesía helenista los pastores representan el ideal del mundo paradisíaco, en general eran mal vistos por el pueblo: algunos los consideraban maleducados y ladrones.</p>
<p>Una serie de datos nos da Lucas en 2,8:</p>
<ul>
<li>Ellos estaban “<strong>en la misma comarca</strong>”, o sea en los alrededores de Belén.</li>
<li>“<strong>Dormían al raso…</strong>” (2,8), es decir, estaban afuera, a la intemperie y el cielo abierto era su dormitorio. Esto sucedía sobre todo entre los meses de Abril y Noviembre, cuando las condiciones climáticas lo permitían.</li>
<li>“<strong>Vigilaban por turno durante la noche su rebaño</strong>”. Este era el comportamiento habitual. Existían cooperativas de pastores, lo cual les permitía establecer turnos entre sí para cuidar de los ladrones y los animales salvajes los rebaños de todos en el redil, en cuanto los demás descansaban.</li>
</ul>
<p><em>(2) La aparición del Ángel del Señor (2,9-12)</em></p>
<blockquote><p>“9Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. 10El ángel les dijo:<br />
&#8220;No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: 11os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; 12y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre&#8221;”.</p></blockquote>
<p>El Ángel aparece repentinamente y se aproxima. La ambientación nocturna pone de relieve la irradiación de la “<strong>luz</strong>” de “<strong>la gloria del Señor</strong>”, la cual es signo de la presencia divina (ver 9,34; Hechos 12,7). La irradiación de “gloria” parece provenir del mismo Ángel.</p>
<p>La reacción inmediata es el “<strong>temor</strong>” (ver 1,12-13), la cual es adecuada para el evento porque es una manera de expresar que reconocen estar ante el mismo Dios.</p>
<p>El Ángel entonces hace el anuncio.</p>
<h3>Primera parte: del temor a la alegría (2,10)</h3>
<p><em><strong>“No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo”</strong></em></p>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/3_angel-shepherds.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-701" title="3_angel-shepherds" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/3_angel-shepherds.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<p>El mandato a “no temer” va acompañado de la razón: él es portador de buenas noticias que serán causa de alegría. Por lo tanto, la conciencia de estar en la presencia de Dios (“temor”) los debe llevar más bien a escrutar en el momento histórico presente los signos concretos de su novedosa presencia. La “<strong>alegría</strong>” que van experimentar es un signo de salvación, de plenitud de vida: saldrán de la tristeza, del abandono, de la marginación, de la desgracia y verán coronados sus sueños. Ellos aparecen como los primeros destinatarios, pero Dios está pensando en “<strong>todo el pueblo</strong>”. Ya no habrá más exclusiones (ver cómo el evangelio va tratando el tema: 1,10; 2,31; 3,21; 7,29; 8,47; 9,13; 18,43; 19,48; 20,6.45; 21,38; 24,19). El nacimiento beneficiará a todos los que escuchen esta noticia sobre Jesús. Esta forma de hacer el anuncio del nacimiento de Jesús tiene un gran parecido con la manera como se anunciaba el nacimiento del emperador: “<em>el día del nacimiento del dios fue el comienzo para el mundo de las buenas noticias debidas a él</em>” (Inscripción Priene, 9 dC aprox.; OGIS 458). La contraposición entre el “Augusto” y Jesús, a quien ahora se le van a dar sus títulos, es clara.</p>
<h3>Segunda parte: el contenido de la Buena noticia y razón de la alegría (2,11)</h3>
<p><em><strong>“Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor”</strong></em></p>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/pastores_belen.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-698" title="pastores_belen" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/pastores_belen.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<p>Se anuncia del “<strong>hoy</strong>” de la salvación en el acontecimiento presente, en un hecho histórico concreto como lo es un nacimiento. El sello mesiánico no falta: “<strong>en la ciudad de David</strong>”, como profetizó Miqueas: “<strong>Y tú Belén de Éfrata…</strong>” (5,1).</p>
<p>El Mesías que ha nacido recibe dos títulos:</p>
<p><span style="text-decoration:underline;"><strong>“Salvador”</strong></span>. Es un atributo divino. Por tanto se anuncia que Dios viene en ayuda de su pueblo a través de Jesús. Zacarías nos había preparado con su cántico para este glorioso momento (ver 1,69.71.77), ahora es una realidad.</p>
<p>El hecho que este término también se le aplicara al emperador romano y a otros gobernantes helenistas, que fuera corriente en algunos movimientos religiosos de la época (el culto de Esculapio, por ejemplo), señala inmediatamente el contraste con las instituciones políticas y religiosas del momento, las cuales dicen pero no ofrecen la salvación.</p>
<p><span style="text-decoration:underline;"><strong>“Cristo Señor”</strong></span>. ¿Qué categoría tiene este “salvador”? El salvador es visto como el “Mesías-Yahvé”, su intervención en la historia es una manifestación de Dios. Esto es tan importante que el mismo Pedro luego confesará su fe reconociéndolo como “<strong>Cristo de Dios</strong>” (9,20).</p>
<p>El término “<strong>Cristo</strong>” significa “ungido”, “destinado para una misión”. Porque proviene de Dios, Jesús es un “ungido de Dios” y es “rey” (ver 23,2). Ya desde la anunciación se había hecho la proclamación: “<strong>El Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará por siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin</strong>” (1,32-33). Cuando llegue la hora la pasión Jesús no negará su realeza (22,30.67-69) y mostrará cómo ejerce esta realeza respondiendo a la oración del bandido: “<strong>Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino</strong>” (13,42)</p>
<h3>Tercera parte: el signo de la verdad del mensaje (2,12)</h3>
<p><em><strong>“Y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”</strong></em></p>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/2124722726_4bedb58be1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-700" title="2124722726_4bedb58be1" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/2124722726_4bedb58be1.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<p>Finalmente el Ángel le da a los pastores una señal que confirma la verdad del mensaje (como ocurre en el Antiguo Testamento; por ejemplo: Ex 3,2; 1 Sm 2,34; Is 37,30). El propósito no es sólo identificar al niño diciendo dónde se encuentra (ver Mt 2,9) sino también de esta manera autenticar la proclamación mesiánica. La señal es que los pastores encontrarán un niño recién nacido y acostado en un pesebre. El propósito no tanto identificar dónde se encuentra el niño sino en su reconocimiento como Mesías: el Mesías prometido será encontrado en las más humildes y bajas condiciones que desdicen de su dignidad. Esta paradoja no es normal.</p>
<p><em>(3) La alabanza celestial (2,13-14)</em></p>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/gloria.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-702" title="gloria" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/gloria.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<blockquote><p>“13Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: 14‟Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace‟”.</p></blockquote>
<p>Los signos siguen. Enseguida aparece un signo del cielo: al Ángel del Señor es acompañado por los ejércitos celestiales. Casi una parada militar celebrativa, pero del cielo; o más exactamente una solemne liturgia que se percibe desde la tierra, una vez que los cielos han sido abiertos.</p>
<p>Los pastores tienen ante sus ojos una manifestación (decimos “una teofanía”) del Reinado de Dios: un evento digno del nacimiento del Rey. De esta forma la “gloria del Señor” que comenzó a manifestarse con el Ángel, llega a su momento apoteósico.</p>
<p>El canto celestial, que es ante todo un himno de alabanza dirigido a Dios, tiene dos líneas que se complementan entre sí.</p>
<ul>
<li>Glorifica a Dios en el cielo, donde él habita (ver 1,78). Dios ha dejado ver su majestad y los ángeles la celebran proclamando que sólo a él le pertenece. Esta se ha revelado en la venida de su Hijo.</li>
<li>El efecto en la tierra es la paz. Aquí la paz es un don de salvación. En el relato anterior Zacarías había dicho: “<strong>Para guiar nuestros pasos por el camino de la paz</strong>” (1,79). La venida del Mesías tiene un efecto social (ver Isaías 9,5-6; Miqueas 5,4), gracias a él se entabla una nueva situación de paz entre Dios y los hombres, de cual se derivan muchas bendiciones.</li>
</ul>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/lgpp30963an-angel-proclaiming-glory-to-god-peace-on-earth-angel-1904-poster.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-703" title="lgpp30963+an-angel-proclaiming-glory-to-god-peace-on-earth-angel-1904-poster" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/lgpp30963an-angel-proclaiming-glory-to-god-peace-on-earth-angel-1904-poster.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<p>El don de la paz es para los hombres amados por Él. Es una acción que proviene del beneplácito de Dios, de su condescendencia (como cuando Jesús dice en una oración: “<strong>Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito</strong>”, 10,21). Dios escoge libremente a los que salva. Es decir, que la salvación no depende nuestros méritos humanos sino de la amorosa y gratuita iniciativa de Dios.</p>
<p><em>(4) La reacción de los pastores (2,15)</em></p>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/pastores41.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-704" title="pastores4[1]" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/pastores41.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<blockquote><p>15Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: „Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado‟”</p></blockquote>
<p>Los ángeles regresan a la morada de Dios, el cielo. La luminosa escena acaba y se escucha ahora solamente la voz de los pastores que toman la decisión de ir a Jerusalén.</p>
<p>Ellos van a ver “<strong>lo que ha sucedido</strong>” (literalmente: “el evento que ha sucedido”; ver 1,37) y se les dio a conocer en primer lugar. Dios no ha tenido secreto con ellos.</p>
<p><strong>3.2. La visita al pesebre (2,16-20)</strong></p>
<p>Parece ser ya una constante bíblica: así como María después de la anunciación “va de prisa” (1,39) donde Isabel a ver el signo anunciado (una anciana estéril embarazada; 1,36), también los pastores “fueron a toda prisa” (2,16ª) a verificar el nuevo anuncio del Ángel del Señor.</p>
<p>La búsqueda tiene éxito: <strong>“encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre</strong>” (2,16bc).</p>
<p>Los pastores parecen encontrar otras personas del vecindario (hay un plural genérico). El evangelista entonces nos describe tres reacciones frente al acontecimiento:</p>
<p><img class="aligncenter" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/nacimientodejesus.jpg?w=800&#038;h=361" alt="" width="800" height="361" /></p>
<p>(1) Los oyentes: la admiración ante la revelación</p>
<p>Los que están allí presentes (“<strong>todos los que lo oyeron</strong>”, 2,18ª): se llenan de admiración: “<strong>se maravillaban de lo que los pastores decían</strong>” (2,18b). Estas reacciones que parten del pesebre continuarán a lo largo del evangelio (ver 2,33; 8,25; 11,14). Con esta reacción dejan entender que están ante una revelación.</p>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/virgen-maria-nacimiento-de-jesus-101.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-705" title="Virgen-Maria-Nacimiento-de-Jesus-101" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/virgen-maria-nacimiento-de-jesus-101.jpg?w=620" alt=""   /></a></p>
<p>(2) María: el silencio que medita</p>
<p>“María”, por su parte ve la situación desde un punto de vista más profundo: “<strong>guardaba todas estas cosas</strong>” (2,19ª). En contraste las reacciones de admiración en la algarabía de los presentes ante el pesebre, el silencio de María presiona en otra dirección: ella penetra el sentido de lo que ha sucedido. Precisamente ella, a quien se le había anunciado la gran dignidad de su Hijo nueve meses atrás, ahora, después de largo adviento, lo tiene ante sus ojos. Ella sostiene una tensión mental, afectiva y espiritual hacia Jesús; se vuelva sobre él.</p>
<p>También “<strong>las meditaba en su corazón</strong>” (2,19b). La serenidad espiritual es importante y básica, pero los eventos tienen que ser ponderados con inteligencia y sensatez (ver Hch 4,15; 17,18). María intenta captar la unidad de los acontecimientos para captar su significado correcto.</p>
<p>Un ejemplo de lo que ahora María hace nos lo da la escena del nacimiento de Juan. Allí se dice que todos los que oían las noticias “<strong>las grababan en su corazón</strong>” (1,66ª). Para ello se preguntaban: “<strong>¿Qué será de este niño?</strong>” (1,66b)</p>
<p><a href="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/adoracion-de-los-pastores-balestra.jpg"><img class="aligncenter" title="adoracion-de-los-pastores-balestra" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/adoracion-de-los-pastores-balestra.jpg?w=620&#038;h=270" alt="" width="620" height="270" /></a></p>
<p>(3) Los pastores: la alabanza</p>
<p>Tres etapas se completan: la admiración de los oyentes, la profundización de María y finalmente la celebración de los pastores.<br />
Los pastores no regresan a sus casas de la misma manera, lo hacen “g<strong>lorificando y alabando a Dios</strong>” (2,20ª; otra constante del Evangelio: 4,15; 5,25s; 7,16; 13,13; 17,15; 18,43; 23,47).</p>
<p>La celebración no parte de simples sentimientos sino de la conexión entre las palabras del anuncio y la realidad de su cumplimiento: palabra y vida se han dado la mano.</p>
<p>Fue la escucha de las palabras que provenían de lo alto las que les permitieron captar el profundo significado, la gran dignidad de un nacimiento que, si no hubiera sido por ello, habría pasado desapercibido. El evangelio de la Navidad termina en fiesta. De la misma manera veremos concluir este evangelio: “<strong>Volvieron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios</strong>” (24,53).</p>
<p>La última acción de los pastores es su canto, un canto que expresa que han comprendido lo que los sabios del mundo tuvieron dificultad para entender. Parecen anticiparse las palabras de Jesús: “<strong>Padre… has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños… tal ha sido tu beneplácito</strong>” (10,21).</p>
<p>La última actitud de los pastores es una nueva y prolongada mirada hacia Dios. El encuentro con el recién nacido en Belén, el más humilde de todos los nacidos en la tierra, remite a lo más alto en los cielos, de dónde proviene toda gloria y bendición.</p>
<p>Se ha manifestado para el mundo el proyecto salvador de Dios. No hay justificación para que haya ningún tipo de ruina en ningún lugar del planeta. Dios ama el mundo que creó y aquí está para probarlo.</p>
<p>Entre tanto, en medio del bullicio de la fiesta, María permanece ahí en su contemplación, dándole una profunda tensión espiritual a los eventos que rodean la navidad de Jesús. Como bien la retrató san Juan de la Cruz:</p>
<p style="text-align:center;"><em>“Y la Madre estaba en pasmo que el tal trueque veía: el llanto del hombre en Dios, y en el hombre la alegría; lo cual de el uno y de el otro tan ajeno ser solía” (San Juan de la Cruz)</em></p>
<p style="text-align:center;"><em>“El estado de infancia que el Hijo de Dios asumió sin considerarlo indigno de su majestad, se fue desarrollando con la edad, hasta llegar al estado del hombre perfecto y, una vez consumado el triunfo de su pasión y resurrección, pasaron todas las acciones que eran propias de su estado de aniquilamiento, que el Señor aceptó por amor a nosotros. Y, con todo, la fiesta de hoy renueva para nosotros el sagrado inicio de la vida de Jesús, nacido de la Virgen María. Y en cuanto adoramos el nacimiento de nuestro salvador, celebramos también nuestro propio inicio. Efectivamente, la generación de Cristo es el origen del pueblo cristiano: la Navidad de la cabeza es también la Navidad del Cuerpo. Aunque cada uno sea llamado por su vez y todos los hijos de la Iglesia se diferencien en la sucesión de los tiempos, con todo, la totalidad de los fieles, nacida en la fuente del bautismo, así como fue crucificada con Cristo en su Pasión, resucitada en su resurrección, colocada a su derecha del Padre en su ascensión, así también nació con Él en esta Navidad”. (San León Magno)</em></p>
<h2>Anexo 1: Pistas sobre las otras lecturas</h2>
<p>Sumario: El pueblo que caminaba en tinieblas vio el surgimiento de una luz grande, dice el profeta Isaías. Los pastores en la noche de Navidad ven esta luz. La gracia de Dios se manifiesta para la salvación de todos los hombres. En la persona de Jesús, Dios le da la paz al mundo. Dejémonos iluminar por la revelación de este misterio divino. En esta noche iluminada (primera lectura), la liturgia nos ofrece un “bouquet” de buenas noticias: fiesta y luz, paz y gozo, gloria y salvación, amor y felicidad nos son ofrecidos como regalos. Los que esta noche nos intercambiamos intentarán significarlos.</p>
<p><strong>Primera lectura: Isaías 9,1-6</strong></p>
<p>Isaías se dirige a un pueblo apesadumbrado que “<strong>camina en tinieblas</strong>”.</p>
<p>Un enemigo avanza hacia él. Entonces el profeta anuncia una esperanza: a las tinieblas les contrapone la luz, a la tristeza la alegría; los signos de la opresión desaparecerán: el yugo, el bastón, el látigo, las botas militares de los enemigos.</p>
<p>La liberación se logrará gracias a una intervención de Dios, así como en otras ocasiones: como “<strong>en el día de la victoria sobre Madián</strong>”. Esta alusión nos remite al libro de los Jueces, donde Gedeón venció al enemigo con la ayuda de Dios.</p>
<p>Luego Isaías anuncia una nueva intervención de Dios: Él le da al pueblo un nuevo rey. Será como el amanecer que disipa las tinieblas. Al ser entronizado como rey, se convertirá en hijo adoptivo de Dios. Enseguida se enumeran los calificativos del nuevo rey, que son otros tantos calificativos de Dios:</p>
<ol>
<li>Dios es un <strong>maravilloso consejero</strong>. Teniendo el poder de definir los proyectos que se realizarán, él le da consejos al rey.</li>
<li>Dios es <strong>fuerte</strong>: dispone del poder absoluto sobre el mundo y sobre la humanidad. Él le transmite esta fuerza al rey.</li>
<li>Dios es el<strong> Padre de todos los hombres</strong>, los ha creado a su imagen. Él le delega su poder paternal al rey.</li>
<li>Dios <strong>hace reinar la paz</strong>. Él invita al rey a hacer lo mismo y lo constituye “príncipe de la paz”. Pero la paz no se establecerá de forma duradera si no se apoya sobre el derecho y la justicia.</li>
</ol>
<p>Con el nacimiento de Jesús, los cristianos celebramos la llegada del nuevo rey, el Príncipe de la Paz. En el niño del pesebre, contemplamos “¡lo que hizo el amor invencible del Señor del universo!”.</p>
<p><strong>Salmo responsorial: Salmo 95</strong></p>
<p>Este Salmo real (“del rey”) canta el reinar de Dios.</p>
<p>En la primera estrofa el orante se dirige en primer lugar a la tierra para ella bendiga el nombre de Dios: “Cantad al Señor, tierra entera”. Después se dirige hacia el pueblo de Dios para que proclame a todas las naciones las maravillas de Dios: “de día en día, proclamad su salvación”.</p>
<p>El rol del pueblo de Dios es el de testimoniar entre las naciones las obras poderosas de Dios. Sin él, las naciones paganas no conocerán la salvación de Dios.</p>
<p>Viene entonces el momento sublime. El canto es amplio: abraza a todo el cosmos, asociando la tierra con el cielo, el mar con los campos. La naturaleza está en fiesta y los árboles se ponen a danzar. El “<strong>canto nuevo</strong>” celebra un acontecimiento extraordinario: la venida de Dios.</p>
<p>Este Salmo prolonga la profecía de Isaías y anuncia el mensaje angelical de la noche de la Navidad: Dios vino para gobernar al mundo con justicia. Esta venida se concreta en la venida del niño que es recostado en el pesebre.</p>
<p><strong>Segunda lectura: Tito 2,11-14</strong></p>
<p>La “<strong>gracia</strong>” es una palabra bíblica con honda significación. Evoca el favor, la condescendencia gratuita, el don generoso de Dios.</p>
<p>Esta “<strong>gracia</strong>”, que Dios le concede a todo hombre, se ha manifestado en el don que nos ha hecho en la persona de Jesús. Por su parte, Jesús, prosiguiendo el don inaugurado por el Padre, se “ha dado a sí mismo por nosotros”.</p>
<p>El perdón, que no es sino otro nombre de la gracia, tiene la capacidad de renovar el corazón, de purificarlo radicalmente y de hacernos “<strong>su pueblo</strong>”, el pueblo que Él reúne y que, como su Señor, actúa en bien de todos.</p>
<h2>Anexo 2 Para quienes animan la celebración dominical</h2>
<p>I</p>
<p>El tiempo de la Navidad comienza en la tarde del 24 de Diciembre, con la Misa de la Vigilia, y se prolonga hasta la Solemnidad del Bautismo del Señor.</p>
<p>II</p>
<p>Aunque la Misa de la Vigilia tradicionalmente es poco valorada (generalmente se le da más importancia a la « Misa de Medianoche » o «Misa de gallo »), conviene celebrarla allí donde se celebra la misa vespertina por la tare. Para el día de la Navidad se prevén tres Misas (de la Media noche, de la Aurora y del Día). Cada una tiene sus oraciones y lecturas propias. Con relación a las lecturas, la rúbrica del Leccionario permite alguna libertad de escogencia entre las propuestas. Con todo, no hay que omitir en la Misa de Media Noche el tradicional relato de la Natividad según san Lucas, ni tampoco, en la Misa principal del día.</p>
<p><a href='http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2011/12/la-bella-historia-de-la-navidad.pdf'><img class="alignleft size-full wp-image-322" title="descarga" src="http://fuenteycumbre.files.wordpress.com/2010/11/docdown.png?w=620" alt=""   /> La bella historia de la Navidad</a></p>
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		<title>Misa de la solemnidad de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 17:43:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Voces de paz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Para la reflexión]]></category>
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		<description><![CDATA[Misa de la solemnidad de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo. En la Eucaristía -que los cristianos repetimos sobre todo el domingo, el día del Señor- se nos hace presente de un modo sacramental y se nos da como alimento el mismo Jesús que nació en Belén hace veinte siglos, y el mismo Jesús que [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&amp;blog=8270919&amp;post=678&amp;subd=fuenteycumbre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1>Misa de la solemnidad de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.</h1>
<p>En la Eucaristía -que los cristianos repetimos sobre todo el domingo, el día del Señor- se nos hace presente de un modo sacramental y se nos da como alimento el mismo Jesús que nació en Belén hace veinte siglos, y el mismo Jesús que vendrá al final de los tiempos como Señor Glorioso y Juez de la historia. En cada Eucaristía entramos en comunión con Él. Cada Eucaristía es como la Navidad, la Pascua y la Venida final, condensadas para nosotros, con toda la gracia y la salvación que el Hijo de Dios ha querido traer a nuestras vidas.<span id="more-678"></span><br />
<strong>1. </strong><strong>Oración:</strong><br />
Dios, Padre Nuestro, que en Jesús nos has dado tu Palabra, hecha carne y sangre, fuerza y ternura, muerte y resurrección; te pedimos nos des la fuerza necesaria para seguir sus pasos por el camino que él nos trazó para llegar hasta ti, abrazando en nuestro caminar hacia ti a todos los hermanos y hermanas. Por Jesucristo Nuestro Señor.</p>
<h3>2. Textos y comentario</h3>
<p><strong>2.1.</strong><strong>Lectura del libro de Isaías 52,7-10</strong><br />
<strong>¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.</strong><br />
El pueblo de Israel ha experimentado en propia carne la llaga mortal del exilio. Se hace necesaria una mano amiga que ayude algo, que levante el ánimo del creyente que flaquea. Eso es lo que pretende el II Isaías. En este pasaje tenemos un himno de entronización en honor de Jerusalén: se acoge con júbilo al mensajero que trae la buena noticia de la liberación, del decreto de repatriación.<br />
La realeza de Dios es el gran mensaje de salvación que trae el mensajero (cf 40, 9-10) y que los primeros testigos, los montes, escuchan para proclamarlo a una con el mensajero. No es un mensaje orgulloso, como los de antes del exilio, sino sencillo, que promete días de ventura en el camino de la alianza.<br />
Los vigías son los segundos testigos del gran acontecimiento que lo ven de forma muy real, casi lo tocan, ya que &#8220;ven cara a cara al Señor&#8221;. El Dios que se había alejado del pueblo, que lo había &#8220;entregado&#8217; al desastre, vuelve otra vez. Su gloria aparece revoloteando de nuevo sobre el santuario (cf Ez 43, 1-5). Mensaje de alegría para un pueblo abatido y sin horizontes: ¡Dios vuelve! Mensaje para el que se siente desanimado: ¡Dios sigue entre los que creen! El tercer testigo son las ruinas de Jerusalén. La ciudad sin futuro, las ruinas asoladas, la ciudad medio desierta y el templo abatido van a tener un restaurador (cf Is 62, 6-7). El que cree en el mensaje piensa que la restauración de una sociedad en ruinas es posible. Mensaje para el creyente de hoy. Este himno de acción de gracias resonará en otras páginas del AT (cf Sal 97, responsorial), en las que el triunfo de Dios aparece como una activa esperanza. Quien escucha este himno se ve animado a una seria colaboración con el Dios que actúa en la historia y se preocupa del hombre.<br />
2.2.<strong>Salmo responsorial Sal 9 7, 1. 2-3ab. 3cd~4. 5-6 (v.: 3c)</strong><br />
<strong>Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.</strong><br />
<em>Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. R.</em><br />
<em>El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. R.</em><br />
<em>Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. R.</em><br />
<em>Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor. R.</em></p>
<p>Creo en tu victoria, Señor, como si ya hubiera llegado, y lucho por ella en el campo de batalla como si aun hubiera que ganarla con tu poder y mi esfuerzo a tu lado. Esa es la paradoja de mi vida: tensión a veces, y certeza siempre. Tú has proclamado tu victoria ante el mundo entero, y yo creo en tu palabra con confianza absoluta, contra todo ataque y toda duda. Tú eres el Señor, y tuya es la victoria. Sin embargo, Señor, tu tan anunciada victoria no se deja ver todavía, y mi fe está a prueba. Ese es mi tormento.<br />
Proclamo la victoria con los labios y lucho con las manos para que venga. Celebro el triunfo y me esfuerzo por que suceda. Creo en el futuro y sudo en el presente. Me regocijo cuando pienso en el último día y me echo a temblar cuando me enfrento a la tarea del día de hoy. Sé que pertenezco a un ejército victorioso, que al final, acabará por derrotar a toda oposición y conquistar todo el mundo; pero caigo en el campo de batalla con sangre en el cuerpo y desencanto en el alma. Soy soldado herido de un ejército triunfador. Mío es el triunfo y mías las heridas. Piensa en mí, Señor, cuando anuncies tus victorias.<br />
Robustece mi fe y abre mis ojos para hacerme ver que tu victoria ya ha llegado, aunque quede velada bajo apariencias humildes que ocultan la gloria de toda realidad celestial mientras seguimos en la tierra. Tu victoria ha llegado porque tú has llegado; tú has andado los caminos del hombre y has hablado su lengua; tú has gustado su miseria y has llevado a cabo su redención; tú has hallado la muerte y has restaurado la vida. Sé todo eso, y ahora quiero hacerlo realidad en mi vida para que yo mismo viva esa fe y todos sean testigos. Hazme gustar la victoria en el alma para que pueda proclamarla con los labios.<br />
Entre tanto, gozo viendo en sueño y profecía la victoria final que te devolverá la tierra entera a ti que la creaste. Entonces todos lo verán y todos entenderán; la humanidad se unirá, y todos los hombres reconocerán tu majestad y aceptarán tu amor. Ese día es ya mío, Señor, en fe y esperanza.</p>
<p><strong>2.3. Lectura de la carta a los Hebreos 19 1-6</strong><br />
<strong>En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado.<br />
Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo»? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios.»</strong></p>
<p>Dios nos ha hablado por su Hijo.<br />
El autor de la carta a los Hebreos nos presenta la venida de Cristo como un momento privilegiado de la revelación divina a lo largo de la historia. Ha sido él quien ha hablado a lo largo de la historia, muchas veces y de muchas maneras, a los hombres, primero por boca de los profetas, después por la de su propio Hijo.<br />
A esta afirmación fundamental, que tan bien encaja con la celebración de la Navidad, sigue un discurso sobre la naturaleza del Hijo de Dios. Considerado en sí mismo, él es resplandor de la gloria y sello de su mismo ser. El autor utiliza el lenguaje sapiencial del helenismo judío, cuando hablaba de la Sabiduría divina concedida a los hombres (cf. Sa 7,25-26). Él es imagen, icono de Dios. Por medio de estas imágenes trata de expresar lo mismo que Jesús dice a Felipe en el evangelio de Juan: &#8220;Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre&#8221; (14,9). Él es, con el Padre, el creador y el conservador del universo; por medio del cual todo había sido hecho (cf. Jn 1,1-3).<br />
En relación con la obra de salvación que ha realizado con su misterio pascual, Cristo es aquel que ha expiado el pecado de la humanidad (cf. Rm 3,24-25; Ef 1,7; Col 1,13-14), y el que ha sido exaltado por encima de todo (cf. Fl 2,9-11), siendo hijo y heredero por encima de los ángeles (cf. Rrn 8,17; Mt 21,38).<br />
La acción salvífica de Jesús se inscribe, para el autor de la carta a los Hebreos, en la lista de acciones reveladoras de Dios en la historia. Pero no como una de tantas, sino como la principal de todas ellas. Jesús, que nos ha purificado de los pecados (referencia al misterio pascual) es icono de Dios; el hombre Jesús, sentado ahora a la derecha de los ángeles, ha heredado un nombre superior al de los mismos ángeles.</p>
<p>2.4.<strong>Lectura del santo evangelio según san Juan 1,1-18</strong><br />
<strong>En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. </strong><br />
<strong>Juan da testimonio de él y grita diciendo: &#8211; «Este es de quien dije: &#8220;El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.&#8221;» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.</strong><br />
<strong>A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>1. Juan es llamado el águila entre los evangelistas, por la sublimidad de sus escritos, donde Dios nos revela los más altos misterios de lo sobrenatural. En los dos primeros versos el Aguila gira en torno a la eternidad del Hijo (Verbo) en Dios. En el principio: Antes de la creación, de toda eternidad, era ya el Verbo; y estaba con su Padre (14, 10 s.) siendo Dios como El. Es el Hijo Unigénito, igual al Padre, consubstancial al Padre, coeterno con El, omnipotente, omnisciente, infinitamente bueno, misericordioso, santo y justo como lo es el Padre, quien todo lo creó por medio de El (v. 3).<br />
5. No la recibieron: Sentido que concuerda con los vv. 9 ss.<br />
6. Apareció un hombre: Juan Bautista. Véase v. 15 y 19 ss.<br />
9. Aquí comienza el evangelista a exponer el misterio de la Encarnación, y la trágica incredulidad de Israel, que no lo conoció cuando vino para ser la luz del mundo (1, 18; 3, 13). Venía: Literalmente: estaba viniendo. Cf. 11, 27.<br />
12. Hijos de Dios: &#8220;El misericordiosísimo Dios de tal modo amó al mundo, que dio a su Hijo Unigénito (3, 16); y el Verbo del Padre Eterno, con aquel mismo único amor divino, asumió de la descendencia de Adán la naturaleza humana, pero inocente y exenta de toda mancha, para que del nuevo y celestial Adán se derivase la gracia del Espíritu Santo a todos los hijos del primer padre&#8221; (Pío XII, Encíclica sobre el Cuerpo Místico).<br />
13. Sino de Dios: Claramente se muestra que esta filiación ha de ser divina (cf. Ef. 1, 5 y nota), mediante un nuevo nacimiento (3, 3 ss.), para que no se creyesen tales por la sola descendencia carnal de Abrahán. Véase 8, 30 &#8211; 59.<br />
14. Se hizo carne: El Verbo que nace eternamente del Padre se dignó nacer, como hombre, de la Virgen María, por voluntad del Padre y obra del Espíritu Santo (Luc. 1, 35). A su primera naturaleza, divina, se añadió la segunda, humana, en la unión hipostática. Pero su Persona siguió siendo una sola: la divina y eterna Persona del Verbo (v. 1). Así se explica el v. 15. Cf. v. 3 s. Vimos su gloria: Los apóstoles vieron la gloria de Dios manifestada en las obras todas de Cristo. Juan, con Pedro y Santiago, vio a Jesús resplandeciente de gloria en el monte de la Transfiguración. Véase Mat. 16, 27 s.; 17, 1 ss.; II Pedr. 1, 16 ss.; Marc. 9, 1 ss.; Luc. 9, 20 ss.<br />
16. Es decir que toda nuestra gracia procede de la Suya, y en El somos colmados, como enseña S. Pablo (Col. 2, 9 s.). Sin El no podemos recibir absolutamente nada de la vida del Padre (15, 1 ss.). Pero con El podemos llegar a una plenitud de vida divina que corresponde a la plenitud de la divinidad que El posee. Cf. II Pedro, 1, 4.<br />
17. La gracia superior a la Ley de Moisés, se nos da gratis por los méritos de Cristo, para nuestra justificación. Tal es el asunto de la Epístola a los Gálatas.<br />
18. Por aquí vemos que todo conocimiento de Dios o sabiduría de Dios, tiene que estar fundado en las palabras reveladas por El, a quien pertenece la iniciativa de darse a conocer, y no en la pura investigación o especulación intelectual del hombre.</p>
<p><strong>3. Oración final: </strong><br />
<strong>¡Gracias, Padre, por tu Hijo!</strong><br />
Él se encarnó para decirnos que tú nos amas,<br />
que quieres que vivamos con perfil de hijos tuyos<br />
y de hermanos entre nosotros.</p>
<p><strong>¡Gracias por María</strong>, la Madre,<br />
que con su docilidad a tu Palabra<br />
fue la Madre y la discípula<br />
que hizo posible la encarnación de tu Verbo!</p>
<p>¡<strong>Gracias por los ángeles que cantaron tu gloria</strong><br />
sobre la gruta de Belén y que anunciaron<br />
a los pastores la buena Nueva del nacimiento de Jesús!<br />
Y ¡gracias, Padre, por los muchos ángeles silenciosos<br />
que hoy siguen, con sus esfuerzos<br />
por la paz y la fraternidad,<br />
anunciando al mundo que es posible ser felices!<br />
Hoy nosotros también cantamos con esperanza y alegría:</p>
<p><strong>¡GLORIA a Dios en el cielo y en la tierra PAZ!</strong><br />
Que el poder de tu Espíritu<br />
siga suscitando profetas valientes,<br />
hombres y mujeres entregados a construir<br />
una sociedad conforme a tu Proyecto de amor.<br />
¡Amén, Padre!</p>
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		<item>
		<title>Cuarto domingo de Adviento &#8211; Ciclo B</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Dec 2011 22:54:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Voces de paz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Para la reflexión]]></category>
		<category><![CDATA[Adviento]]></category>
		<category><![CDATA[Ciclo B]]></category>
		<category><![CDATA[Para la preparación]]></category>

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		<description><![CDATA[Domingo IV de adviento ciclo B 1. Oración: Oh Dios, que en otros tiempos, y de muchas formas, hablaste por tus profetas en todos los pueblos y naciones, y que para nosotros, en nuestro hermano Jesús de Nazaret, hiciste brillar tu amor de un modo inefable; haz que a la luz de tu Palabra, diseminada [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&amp;blog=8270919&amp;post=676&amp;subd=fuenteycumbre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><strong>Domingo IV de adviento ciclo B</strong></p>
<p><strong>1.      Oración:</strong><br />
<strong>Oh Dios, que en otros tiempos, y de muchas formas, hablaste por tus profetas en todos los pueblos y naciones, y que para nosotros, en nuestro hermano Jesús de Nazaret, hiciste brillar tu amor de un modo inefable; haz que a la luz de tu Palabra, diseminada por todo el mundo, todas las religiones acojan el don de tu Palabra y la pongan en práctica en la fraternidad-universal que a todos nos has prometido. Tú que vives y haces vivir, amas y haces amar, por los siglos de los siglos. Amén.</strong></p>
<p><strong>Introducción:</strong></p>
<p>Llegamos ya al cuarto domingo de Adviento, próxima ya la celebración de la Navidad. Es tiempo de avivar la esperanza. El Evangelio es el de la anunciación. María es una figura suave, anónima, silenciosa… Y es significativa en el adviento. En la anunciación parece imposible que una virgen conciba sin concurso de varón. Pero ella creyó lo que le dijo el mensajero del Señor. Y creyó precisamente “porque para Dios no hay nada imposible”. A veces sólo esta fe nos permite a los cristianos creen que otro mundo es posible.<br />
<strong>2.      Lecturas y comentario:</strong><br />
<strong>2.1.Lectura del segundo libro de Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16</strong></p>
<p><strong>Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: – «Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.» Natán respondió al rey: – «Ve y haz cuanto piensas, pues el</strong> <strong>Señor está contigo.» Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: – «Ve y dile a mi siervo David: &#8220;Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido, y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.&#8221;»</strong></p>
<p>El interés principal del relato reside en el último versículo. El resto del pasaje viene a ser como el marco histórico donde las palabras de Dios &#8211; su decisión irrevocable de favorecer a la Casa de David, reciben sentido y vida. Para la mejor inteligencia del texto, léanse también los versículos 12. 14-15; nos ayudarán a comprender mejor la tercera lectura y a relacionarla con la primera. Es, pues, de notar:</p>
<p>1) Religiosidad del rey David: En agradecimiento al Señor de los Ejérci­tos, que le ha ayudado a someter a sus enemigos, ha determinado el piadoso rey edificar a su Dios una Casa, un Templo. La Casa ha de ser amplia, construida con materiales nobles, firme, duradera, perenne; una Casa que desafíe la intemperie de los tiempos; en lo más insigne de la ciudad.</p>
<p>2) Disposición divina: Dios responde a esta buena voluntad del rey con una disposición paralela, pero muy superior. El también ha dispuesto hacer duradera, perenne, firme, para siempre la Casa de David. Ha determinado colocarla en un lugar distinguido, en lo más grande de la historia de la hu­manidad. «Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente». Así el versículo 16. Pero el v. 14 asegura a sus descendientes: «Yo seré para él padre y él será para mí hijo». De aquí parten principalmente las profecías mesiánicas. La revelación posterior irá apun­tando hacia un Rey, Hijo de Dios (salmos 2 y 110). Se perfila ya claramente la figura del Mesías, Rey descendiente de David.</p>
<p><strong>2.2. Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29 R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.</strong></p>
<p><strong>Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R.</strong></p>
<p><strong>«Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: &#8220;Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades.&#8221;» R.</strong></p>
<p><strong>Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora.» Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. R.</strong></p>
<p>Salmo real. Un tanto complejo. La primera parte es un himno; la se­gunda, con cierto aire jubiloso, el canto-recuerdo de las disposiciones divinas sobre la casa de David; la tercera y última, una queja o lamentación. La li­turgia toma del himno su primera estrofa y la segunda y tercera de la «disposición» de Dios en favor de David. En esta liturgia no hay lugar para las quejas; todo lo contrario, Dios fiel y misericordioso merece un canto por todas las edades.</p>
<p>Dios ha prometido especial providencia a su «elegido», el «ungido» de Is­rael. Es una promesa estable como estable es el sol. Dios lo declara «hijo» y se deja llamar por él «padre». Esta maravillosa «disposición» apunta al futuro. Y el futuro nos lo revela en Cristo, Ungido hijo de Dios. Cristo es el Rey de Dios. Es la fidelidad de Dios hecha carne. Cantemos eternamente las miseri­cordias del Señor. Es bueno y guarda su alianza. Bendito sea por siempre: nos dio a Cristo, el Señor.</p>
<p><strong>2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 16, 25-27</strong></p>
<p><strong>Hermanos: Al que puede fortaleceros según el Evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe al Dios, único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.</strong></p>
<p>Nos encontramos en los últimos versículos de la carta. Se trata de una pre­ciosa y sentida doxología. ¡Gloria a Dios por los siglos y los siglos! He ahí, pues, el tema: ¡Gloria a Dios! Nótese: el sujeto a quien debe darse gloria es Dios. «Dios, que es el Único Sabio. Por Cristo Jesús».</p>
<p>Según esto, el grito de admiración y de entusiasmo, que brota jubiloso de la boca de Pablo, nace de la consideración del magnífico plan de Dios «Misterio». Dios ha revelado por fin su «Misterio»; Dios ha puesto en marcha de forma sorprendente su plan de salvación; Dios ha hablado definitiva­mente, como dice la Epístola a los Hebreos, y perfectamente a su Hijo. «Misterio» éste dispuesto a ser manifestado desde todos los siglos. Dios lo ha hecho todo maravillosamente, sabiamente.</p>
<p>Piénsese en toda la historia de la salvación, diseñada a través de todo el A. T.: La creación del universo, comprendido el hombre; la elevación del hombre a la amistad con Dios; su pecado, la promesa de una redención; la vocación de Abraham; la liberación de Egipto; la predicación mesiánica de los profetas…, etc.</p>
<p>Todo ello necesitaba de una aclaración, pedía un cumplimiento. Y esto ha sucedido ahora, al presente, en la revelación realizada en Cristo. He aquí el «Misterio», Cristo. <em>Cristo revelador del Padre: </em>en Cristo Dios se muestra mi­sericordioso, bueno, compasivo, atento a nuestras necesidades: <em>Cristo Sal­vador de la humanidad: </em>en Cristo nos ofrece Dios la salvación, el favor, la gracia. <em>Cristo Principio y Fin de la Creación</em>: En Cristo cobran sentido todas las cosas; el hombre, alejado de Dios, vuelve al estado primitivo de amistad con Dios, las cosas están en paz; Cristo las ha pacificado unas con otras.</p>
<p>En Cristo se ha manifestado la Sabiduría de Dios &#8211; Cristo es nuestra Sa­biduría, dirá Pablo &#8211; de forma sorprendente. Los caminos de Dios son mara­villosos; distan mucho del pensar de los hombres. (Léanse los versículos 17- 31 del cap. 1 de la 1 Co). De ahí la sorpresa y la admiración mezclada de entu­siasmo de Pablo. ¡Dios da salvación en Cristo a los gentiles! ¡Y esto mediante la fe en Cristo muerto en la Cruz! He ahí, pues, la Sabiduría de Dios: la sal­vación en Cristo por la fe.</p>
<p><strong>2.4.Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 26-38</strong></p>
<p><strong>En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: – «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: – «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» Y María dijo al ángel – «¿Cómo será eso pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: – «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» María contestó: – «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel. </strong></p>
<p>Se trata del precioso pasaje de la Anunciación. Texto profundo y denso de su sencillez. No es momento este de anotar en detalle todas las particulari­dades de esta escena y de aducir todos los textos-promesa del A. T. a que se alude y se trata de responder, dándoles exacto cumplimiento, en este pasaje. Sería muy largo el camino a recorrer. He aquí lo más saliente:</p>
<p>A) Las palabras del Ángel. Para la mejor comprensión de ellas léase como fondo <em>So</em> 3, 14-17 y <em>Za:</em> 9, 9.</p>
<p>«<em>Alégrate… No temas…»: </em>Estas palabras no serían, según autores compe­tentes, expresión de un saludo de corte griego; algo así como el «Salve» de los romanos. Se trata aquí, por el contrario, de una referencia a aquellas profe­cías antiguas, donde se anuncia un gran gozo a Jerusalén en los tiempos me­siánicos. En concreto sería una referencia a <em>Sofonías</em> y <em>Zacarías</em> en los pasa­jes ya citados. Se trata entonces de una invitación a la alegría, a la alegría mesiánica. Ha llegado el momento de alegrarse con toda el alma: Dios cum­ple ahora su promesa, ahí está el Mesías.</p>
<p>Meditemos:</p>
<p>1) Dios es bondadoso. Dios es misericordioso. Dios es fiel a sus promesas de salvación. Dios es justo. ¡Dios nos ha dado la salvación.</p>
<p>2) Dios es magnífico. Dios es sorprendente en sus obras. Dios nos ha dado la salvación de una forma insólita: una Virgen Madre, un Dios Hombre, un Rey siervo, una Vida que Muere, una Muerte que nos da la Vida, un Espí­ritu que engendra, una humanidad llamada a la divinidad. No es extraño que Pablo se quede atónito ante tanta maravilla.</p>
<p>3) El papel importante de la fe. Fe que está unida a la esperanza y a la caridad.</p>
<p>4) Debemos <em>Contemplar </em>este <em>Misterio, cantando:</em> «¡Gloria a Dios por los siglos de los siglos. Amén!». Esa debe ser nuestra actitud.</p>
<p>5) ¿No es asombrosa la dignidad de María?</p>
<p>6) María modelo y Madre de la Iglesia.</p>
<p><strong>3. Oración final:</strong></p>
<p><strong>Dios misericordioso, que iluminas las tinieblas de nuestra ignorancia con la luz de tus Palabras: acrecienta en nosotros la fe que tú mismo nos has dado, para que ninguna tentación pueda nunca destruir el ardor de la fe y el amor que has encendido en nuestro corazón. Por Jesucristo, tu hijo y nuestro hermano, amén.</strong></p>
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		<title>Tercer domingo de Adviento &#8211; Ciclo B</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Dec 2011 20:07:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Voces de paz</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Para la preparación]]></category>

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		<description><![CDATA[Domingo III de Adviento ciclo B 1. Oración comunitaria&#60;/strong Oh Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo: al acercarse las entrañables fiestas de la navidad te pedimos que hagas aflorar en nuestras vidas lo mejor de nuestro propio corazón, para que podamos compartir con los hermanos que nos rodean tu ternura, tú mismo amor, del que [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&amp;blog=8270919&amp;post=672&amp;subd=fuenteycumbre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1>Domingo III de Adviento ciclo B</h1>
<p><strong>1. Oración comunitaria&lt;/strong<br />
</strong><strong>Oh Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo: al acercarse las entrañables fiestas de la navidad te pedimos que hagas aflorar en nuestras vidas lo mejor de nuestro propio corazón, para que podamos compartir con los hermanos que nos rodean tu ternura, tú mismo amor, del que nos has hecho partícipes. Haz que lo vivamos como lo vivió Jesús, nuestro hermano, que contigo vive y reina, y con nosotros vive y camina, por los siglos de los siglos. Amén.</strong><br />
El tema de este domingo es de alegría y gozo en la perspectiva de una realidad salvífica  esperada, pero ya &#8220;misteriosamente&#8221; presente. En este clima se mueve la primera lectura y  el salmo responsorial. La segunda lectura es una invitación a la alegría y el evangelio nos  presenta el motivo o fundamento de la misma: la venida del Señor. Presencia real y  operante aunque pocos sabrán apreciarla y tomar conciencia de que &#8220;en medio de vosotros  está uno que no conocéis&#8221;. La misión del Bautista es dar testimonio del Mesías que viene.<br />
<span id="more-672"></span><br />
<strong>2.      Lecturas y comentario</strong><br />
<strong>2.1.Lectura del Profeta Isaías 61,1-2a. 10-11.</strong><br />
<strong><em>El Espíritu del Señor está sobre mí porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros, la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante todos los pueblos. </em></strong><br />
Esta lectura primera la componen un par de fragmentos del capítulo 61 de Isaías. Estamos, pues, en el tercer Isaías. Para tener una idea más com­pleta del mensaje profético es menester leer todo el capítulo. El tema funda­mental es un anuncio solemne de la salvación.<br />
El tema profeta siente en sí, vigoroso, el espíritu de Dios que lo mueve e impulsa a proclamar abiertamente, a los cuatro vientos, el plan divino de salvación. Esta, la salvación, en manifiesto crescendo va extendiéndose desde la liberación de los males, que aquejan al pueblo, hasta la promesa de posesión segura de todos los bienes. Termina con una explosión de júbilo ante el estupendo plan de bendición que Dios promete poner por obra.<br />
Los dos fragmentos que se leen en la Santa Misa son el principio y el fin del poema. He ahí los puntos más importantes:<br />
1) Se trata de un profeta -«el Espíritu del Señor Yavé sobre mí»- que se siente movido por Dios. La unción de que se habla, es su consagración como profeta. Es un enviado cualificado, un profeta auténtico.<br />
2) Su misión va dirigida a los pobres, desamparados, abatidos, esclavos, injustamente oprimidos. Les anuncia la liberación, el consuelo, la bendición de Dios. Esa es la Buena Nueva: gracia de Dios para los pobres, día de ven­ganza del Señor. Nótese: Jesús se aplicó a sí mismo este pasaje. Identificó su misión con la misión del profeta en <em>Isaías </em>61. Léanse los vv. 16- 20 del capí­tulo 4 de <em>Lucas</em>. Nótese por otra parte también la presencia de este texto en al formulación de las Bienaventuranzas (<em>Mt</em> 5, 3-10). A ellos dirigió Jesús su mensaje, su Buena Nueva.</p>
<p>3) Conocido el plan de Dios, el gozo invade el alma del profeta. ¡Dios va a hacer justicia, Dios va a darnos la salvación! Con unas palabras semejantes comienza María el <em>Magníficat</em>.</p>
<p><strong>2.2. SALMO RESPONSORIAL </strong>Lc 1,46-48. 49-50. 53-54<br />
R/.<strong>Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. </strong><br />
<em><strong>Proclama mi alma la grandeza del Señor se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.</strong> </em><br />
<em><strong>Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.</strong> </em><br />
<em><strong>A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel su siervo, acordándose de la misericordia.</strong> </em></p>
<p>Un cántico; acción de gracias. Aire jubiloso con tendencia a la alabanza. Incontenible en la persona se extiende a la comuni­dad. El mundo entero da gracias y alaba al Señor. El cántico es de la Madre de Dios.<br />
Dios ha obrado una maravilla. Sabemos a qué se refiere el canto: el Mis­terio de la encarnación. La Virgen María ha sido «elegida» madre de Dios: «Ha hecho obras grandes en mí (por mí)». La obra, en lo personal, encumbra al humilde: «Ha mirado la humillación de su esclava». Pero se desborda y alcanza a todas las generaciones: «De generación en generación».</p>
<p>Dios es grande porque es bueno. Bueno en todos los tiempos y en todas las circunstancias. Se acuerda siempre de su misericordia. Y su misericordia es salvar. Salvar al humilde, al hambriento, al pobre. Dios, bueno y poderoso, invierte los esquemas del mundo. Una verdadera maravilla.<br />
La Virgen explota de alegría. Le ha envuelto la gloria de Dios y la ha en­cumbrado: «Me felicitarán todas las generaciones». La nueva y excelsa «Abraham». Y la bendición se alarga y alarga hasta tocarnos a todos. Si nos asemejamos a ella, naturalmente. Hemos de recoger la Palabra de Dios con devoción y dedicación. ¿No dijo Jesús que seríamos «madre» y «hermanos» suyos si cumplimos la voluntad de Dios? La Iglesia es la «virgen» de Cristo. Y la Virgen María la mejor expresión de la Iglesia. La veneramos en el canto y la acompañamos en la acción de gracias. El misterio de la encarnación nos llega a todos: «Bendito sea el Señor».<br />
<strong>2.2.Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 5,16-24.</strong><br />
<em><strong>Hermanos:  Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda ocasión tened la Acción de Gracias: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la Parusía de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.</strong></em><br />
El texto forma parte de un grupo de exhortaciones que el Apóstol dirige a los cristianos de Tesalónica. Parte el Apóstol de una verdad fundamental cristiana, es a saber, de la presencia en los fieles del Espíritu Santo. El Es­píritu Santo habita en ellos. Es fuego, es vida, es un árbol cargado de copiosos frutos. Los fieles deben procurar no poner trabas a su acción. El debe obrar con soltura. Que su fuego siga llameando, para que sus frutos sean copiosos.<br />
El primero y muy característico por cierto, es la alegría, el gozo (v.16). El gozo nace de la posesión de un bien, o de la seguridad plena de la posesión de un bien en un tiempo futuro. ¿No es El, por ventura, el que nos hace sentir­nos hijos de Dios y llamarle afectuosamente Abba, Padre? ¿No es Él el Paráclito, el Consolador? De El procede el gozo santo y la alegría sana.<br />
El nos mantiene en unión con Dios. De ello hablan los vv.<em>:</em>17-18. Oración y acción de gracias constantes. «En El oramos y en El damos a Dios gracias de todo bien recibido». Es menester secundar sus inspiraciones. Dejémosle obrar. Evitemos el mal y movidos por El practiquemos el bien (21-22).<br />
El deseo del Apóstol es que ese Espíritu llene y transforme completamente el ser humano; el espíritu, lo más alto y más agudo del alma humana; el alma entera con sus potencias; el cuerpo en sus debilidades (v. 23). Todo debe ser transformado. Debe, por ahora, conservarse sin mancha. La transformación perfecta tendrá lugar en la Venida del Señor. Nuestros cuerpos serán transformados, resucitarán; veremos a Dios tal cual El es. Todo es ob­jeto de la esperanza cristiana. Nuestra esperanza es firme; se apoya en la fidelidad de Dios (v.24).<br />
<strong>2.3.Lectura del santo Evangelio según San Juan 1,6-8. 19-28.</strong><br />
<em>Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: —¿Tú quién eres? El confesó sin reservas: —Yo no soy el Mesías. Le preguntaron: —Entonces ¿qué? ¿Eres tú Elías? El dijo: —No lo soy. —¿Eres tú el Profeta? Respondió: —No. Y le dijeron: —¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo? El contestó: —Yo soy &#8220;la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor&#8221; (como dijo el Profeta Isaías). Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: —Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió: —Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.</em><br />
Cuando Jesús se entera de que el Bautista ha sido encarcelado, abandona su aldea de Nazaret y marcha a la ribera del lago de Galilea para comenzar su misión. Su primera intervención no tiene nada de espectacular. No realiza un prodigio. Sencillamente, llama a unos pescadores que responden inmediatamente a su voz: &#8220;Seguidme&#8221;. Así comienza el movimiento de seguidores de Jesús. Aquí está el germen humilde de lo que un día será su Iglesia. Aquí se nos manifiesta por vez primera la relación que ha de mantenerse siempre viva entre Jesús y quienes creen en él. El cristianismo es, antes que nada, seguimiento a Jesucristo.<br />
Esto significa que la fe cristiana no es sólo adhesión doctrinal, sino conducta y vida marcada por nuestra vinculación a Jesús. Creer en Jesucristo es vivir su estilo de vida, animados por su Espíritu, colaborando en su proyecto del reino de Dios y cargando con su cruz para compartir su resurrección.<br />
Nuestra tentación es siempre querer ser cristianos sin seguir a Jesús, reduciendo nuestra fe a una afirmación dogmática o a un culto a Jesús como Señor e Hijo de Dios. Sin embargo, el criterio para verificar si creemos en Jesús como Hijo encarnado de Dios es comprobar si le seguimos sólo a él.<br />
La adhesión a Jesús no consiste sólo en admirarlo como hombre ni en adorarlo como Dios. Quien lo admira o lo adora, quedándose personalmente fuera, sin descubrir en él la exigencia a seguirle de cerca, no vive la fe cristiana de manera integral. Sólo el que sigue a Jesús se coloca en la verdadera perspectiva para entender y vivir la experiencia cristiana de forma auténtica.<br />
En el cristianismo actual vivimos una situación paradójica. A la Iglesia no sólo pertenecen los que siguen o intentan seguir a Jesús, sino, además, los que no se preocupan en absoluto de caminar tras sus pasos. Basta estar bautizado y no romper la comunión con la institución, para pertenecer oficialmente a la Iglesia de Jesús, aunque jamás se haya propuesto seguirle.</p>
<p>Lo primero que hemos de escuchar de Jesús en esta Iglesia es su llamada a seguirle sin reservas, liberándonos de ataduras, cobardías y desviaciones que nos impiden caminar tras él. Estos tiempos de crisis pueden ser la mejor oportunidad para corregir el cristianismo y mover a la Iglesia en dirección hacia Jesús.<br />
Hemos de aprender a vivir en nuestras comunidades y grupos cristianos de manera dinámica, con los ojos fijos en él, siguiendo sus pasos y colaborando con él en humanizar la vida. Disfrutaremos de nuestra fe de manera nueva.</p>
<p>Reflexionemos:<br />
A) Cristo se aplicó a sí mismo el pasaje de Isaías, según nos cuenta Lu­cas, en el discurso habido en la sinagoga de Nazaret: «Hoy se cumple esto en Mí». El es el «Profeta» de que habla Juan. El está lleno del Espíritu Santo; El es el Ungido; El es el Enviado; El es el Prometido; El es el Esperado de las naciones.<br />
B) Ahí están sus dones: para el encarcelado, para el esclavo, para el oprimido injustamente, para el sujeto a poderes despóticos, la liberación; para el agobiado, para el triste, para el angustiado, para el que sufre, para el que llora, Gozo y Consuelo; Fuerza y Salud para el enfermo, para el débil: Luz para el ciego, para el ignorante, para el que yerra; para el pusilánime, para el apocado, para el paralítico e inmóvil, Vida y Espíritu.<br />
C) El tema del gozo invade este domingo. El gozo es un fruto del Espíritu. ¿Hasta dónde llega nuestro gozo? Debemos gozarnos en el Señor. El es nues­tro Padre; El habita en nosotros. Somos hermanos de Cristo; esperamos y nos gozamos de su Venida. Un gozo así se hace comunitario. ¿Dónde está nuestra alegría; dónde nuestro gozo de ser cristianos? ¿No damos la sensa­ción muchas veces de que caminamos agobiados por el peso de nuestra reli­gión? Probablemente el Espíritu de Dios no actúa considerablemente en no­sotros; no le damos facilidades.<br />
La unión con Dios, la oración, la acción de gracias. Son también fruto del Espíritu. El trato afectuoso con Dios ¿dónde está? La oración será una buena preparación para la Venida del Mesías. Así mismo la práctica de las buenas obras.<br />
D) Visión secundaria. ¿Somos luz, somos consuelo, somos alegría y fuerza para los demás? Nuestra conducta será la voz que clame, será la antorcha que ilumine, el dedo que indique: ¡Aquí está Cristo! Hay que hacer vivir al Espíritu. Pidamos al Señor nos llene de su Espíritu. Sería una buena peti­ción, al mismo tiempo que preparación para la Venida del Mesías.<br />
La primera agraciada con la salvación es la Virgen. Llena de gracia y de alegría, es la primera en proclamar la grandeza de Dios y en comunicar la salvación divina, llena del Espíritu.<br />
<strong>3.      Oración final:</strong><br />
Dios nuestro, tú que quieres que trabajemos de tal modo que, cooperando unos con otros, realicemos en esta tierra tu Reino, ayúdanos a asumir, en medio de nuestros trabajos diarios, nuestra condición de hijos tuyos y hermanos de todas las personas. Por Jesucristo, nuestro Hermano y Señor. Amén. </p>
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		<title>Domingo II de Adviento &#8211; Ciclo B</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Dec 2011 15:15:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Voces de paz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Para la reflexión]]></category>
		<category><![CDATA[Adviento]]></category>
		<category><![CDATA[Ciclo B]]></category>
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		<description><![CDATA[Domingo II de Aviento ciclo B 1. Oración: Oh Dios que nos has puesto en este mundo sin darnos todas las respuestas a los interrogantes que de él nos brotan sobre él mismo y sobre el sentido de nuestra propia existencia; te expresamos nuestro deseo de encarnarnos en él, de buscarte sumergidos en él, siendo [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&amp;blog=8270919&amp;post=649&amp;subd=fuenteycumbre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1><strong>Domingo II de Aviento ciclo B</strong></h1>
<p><strong>1. Oración:</strong></p>
<p>Oh Dios que nos has puesto en este mundo sin darnos todas las respuestas a los interrogantes que de él nos brotan sobre él mismo y sobre el sentido de nuestra propia existencia; te expresamos nuestro deseo de encarnarnos en él, de buscarte sumergidos en él, siendo conscientes de las responsabilidades divinas que contienen para nosotros cada uno de los «afanes mundanos» que nos has encomendado. Tú que vives y haces vivir, desde siempre y para siempre. Amén.<span id="more-649"></span></p>
<p><strong>Introducción: </strong></p>
<p>Después de varios siglos en que se habían silenciado los profetas, de repente en el desierto una voz resuena. Ya viene aquel que es verdaderamente el Evangelio de Dios, la buena noticia del Padre. Por medio del bautismo en el Espíritu Santo ofrece el don de su perdón y la comunión con Dios a todos los que saben esperarlo y recibirlo. En Jesús se realiza este encuentro salvífico, ¡el gran acontecimiento de la historia! ¡Hay que preparar la venida del Señor!</p>
<p>Cuando leemos el Evangelio de hoy nos percatamos que la venida del Hijo de Dios al mundo había sido preparada por la historia de la salvación y finalmente por san Juan Bautista. A nosotros nos corresponde ahora hacer la preparación mediante una buena disposición del corazón, tomándonos en serio los llamados que nos hacen el evangelista Marcos, las voces de los profetas y la predicación de Juan Bautista.</p>
<p>¿Por qué prepararnos?</p>
<p>En los domingos anteriores hemos recordado que el Señor viene a nuestro encuentro. Pero su venida no tocará al hombre a pesar del hombre, sino que exige en cada persona algo así como el movimiento de una danza, una conversión de la mentalidad y de la acción. Entremos en el pasaje de este día para descubrir el itinerario que hay que recorrer para que la preparación sea auténtica, completa, y a fondo</p>
<p><strong>2. Lecturas y comentarios:</strong></p>
<p><strong>2.1.Lectura del libro de Isaías 40, 1-5. 9-11</strong></p>
<p><strong>&#8220;Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido, su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.&#8221; Una voz grita: &#8220;En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos &#8211; ha hablado la boca del Señor&#8221; -Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; Álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: &#8220;Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios Llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con el su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres.&#8221;</strong></p>
<p>Libro de Isaías. Del segundo Isaías, para ser más exacto. Un poema. Y como poema, un canto. Y como canto, una explosión gozosa del espíritu. Una «Buena nueva», un oráculo de salvación. La «Buena nueva» que necesitaba el pueblo en aquellos momentos. El profeta, llamado y consagrado por la voz de lo alto, es enviado a proclamar la «disposición»: ¡La vuelta del destierro y la construcción de Jerusalén! Una noticia maravillosa, alentadora, revolucio­naria. Dios habla al corazón de su pueblo. Y el impacto es tal que cambia radicalmente el rumbo de su historia. Los desterrados, en el límite ya de la desesperación, oyen de nuevo, la voz de su Señor. La voz del Dios de los Pa­dres rompe el silencio, borra las distancias y olvida el olvido de tantos años. La voz de Dios envuelve de nuevo a su pueblo y lo transporta de alegría. Se han enternecido las entrañas de Dios: «Consolad, consolad a mi pueblo». Dios habla la salvación. Son palabras de promesa y de consuelo. Por ellas recibe esta parte del libro el título de «libro de la consolación».</p>
<p>Las palabras de Dios son consuelo porque son acción: hacen lo que dicen. Y Dios pide «perdón». El pueblo ha purgado su gran pecado -doble pecado y se encuentra dispuesto, tras la «instrucción» de Dios en el destierro, a se­cundar sus planes. Dios olvida la injuria y tiende de nuevo la mano amiga para abrazar a sus fieles. Es el abrazo santo y creativo del pacto. Con él sus dones y su bendición; más, él mismo. El los acompañará, el los guiará; él será su fuerza, él será su gloria. Y tal va a ser la explosión de su poder que hasta las más lejanas gentes quedarán estupefactas: todas las naciones con­templarán la gloria de Dios. Dios ha hablado.</p>
<p>Y la voz se expande briosa por valles y collados, por páramos y vergeles, por frondas y desiertos. La recogen los barrancos, rebota en las laderas y el viento viajero la silba por soledades, cobijo de alimañas y fieras. Y siega las cimas, y doblega los cabezos, y barre los pedregales, y estira las sendas, y cubre la felpa fina y verde el camino que conduce a Jerusalén. El Señor viene con su pueblo; el Pastor, solícito, al frente de su rebaño hacia los pas­tos de Sión. Y las criaturas todas, a la voz de su Amo, tocadas de su presen­cia, dan paso fácil al pueblo que lo aclama. Un nuevo Éxodo, una creación nueva. El poeta inspirado lo ha oído; lo proclama y lo lanza al viento. Dios consuela a su pueblo con un abrazo eterno. Y el abrazo eterno es Cristo Je­sús.</p>
<p><strong>2.2.Salmo responsorial Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 8)</strong></p>
<p><strong>R/ Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.</strong></p>
<p><strong>Voy a escuchar lo que dice el Señor: &#8220;Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.&#8221; La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra. </strong></p>
<p><strong>La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.</strong></p>
<p><strong>El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante é1, la salvación seguirá sus pasos.</strong></p>
<p>Salmo de lamentación y con oráculo de salvación.</p>
<p>El estribillo mantiene el tono de súplica; el cuerpo del salmo, el oráculo de salvación. A la súplica confiada responde la voz salvadora de Dios. Es la se­cular experiencia de Israel. Dios responde siempre que el hombre lo invoca. Gran dignidad del hombre, gran bondad de Dios. Excepcional fuerza del hombre, consoladora «debilidad» de Dios. La voz del cielo es eficiente, lleva la vida; la tierra, solícita al eco, capaz de germinar. Del cielo la lluvia; del vientre de la tierra, fecundado, la flor. Del cielo la paz y la justicia, la fideli­dad y la misericordia. «Voy a escuchar lo que dice el Señor». Escuchemos la paz y hagamos la paz; oigamos la justicia y seamos justos; recibamos la mi­sericordia y hagamos misericordia; cobijémonos en su fidelidad. Perfecta colaboración a la voz de Dios. Y la voz creadora de Dios, su Palabra, es Cristo Jesús. He ahí la paz que llueve el cielo. He ahí la misericordia hecha carne. He ahí la justicia, rocío divino que justifica. He ahí la Fidelidad de Dios, fruto Magnífico del Espíritu en el vientre de María. Escuchemos su voz: ¡Nos anuncia la Paz! Son los bienes mesiánicos.</p>
<p><strong>2.3.Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro 3, 8-14</strong></p>
<p><strong>Queridos hermanos: No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados, y la tierra con todas sus obras se consumirá. Si todo este mundo se va a desintegrar de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser vuestra vida! Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables.</strong></p>
<p>Palabras de Pedro. Palabras de exhortación. El pensamiento gira en torno a la Venida del Señor. Gran acontecimiento aquel. Coronación de los siglos y meta del género humano. «Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva». En realidad, un mundo nuevo. No se trata de repetir la creación. Es una creación de naturaleza completamente nueva. Un mundo donde habite la justicia. La carta a los hebreos lo llama «Descanso» de Dios, Dios mismo. Cristo tiene la llave. El nos abre la puerta. Algo grande, algo inefable, algo divino. El momento se aproxima, está a las puertas, no tardará. ¿Qué son los años, qué son los siglos, qué los milenios? ¿No fue ayer cuando el Altísimo sopló la luz, esparció las estrellas, encendió el sol, soltó la luna y modeló la tierra? ¿No fue ayer cualquier acontecimiento de la historia? ¿No somos no­sotros ya de ayer camino del «Mañana»? ¿Qué es el tiempo para Dios? ¿Qué queda de todo ello? Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva. Ese es nuestro destino, esa es nuestra Patria. Fuera de ella seremos como ser sin sentido, como mar sin agua, como luz sin luz. El Señor lo ha prometido. El Señor viene. Sólo la misericordia lo retarda. El Señor tiene paciencia. Hermosa paciencia esta que nos invita a vivir un «Hoy» de gracia, despertando de ese ayer borroso para entrar en un «Mañana» espléndido, lleno de luz y de sol. Vigilancia pues para el que duerme -vendrá como ladrón-, paciencia para el que suspira, vida santa y pura para el que espera. Puro y santo, en justicia, es el mundo nuevo que esperamos. Así la preparación.</p>
<p><strong>2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,1-8</strong></p>
<p><strong>Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: &#8220;Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.&#8221; Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y é1 los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: &#8220;Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero é1 os bautizará con Espíritu Santo.&#8221;</strong></p>
<p>Comienzo del Evangelio según San Marcos. Evangelio significa Buena Nueva. Algo bueno, algo grande. Algo capaz de hacernos felices, algo capaz de rebosar esta vasija de barro. El mensaje toca al individuo y toca a la so­ciedad; toca al cuerpo y toca al alma, toca lo más profundo del espíritu. Una Buena Nueva que nos transforma, que nos eleva, que nos «realiza» según el plan de Dios nuestro Creador. El Portador y Consumador es Cristo, Hijo de Dios nada menos. Y la Buena Nueva nos la trae a nosotros. Nosotros somos los destinatarios.</p>
<p>Cosa curiosa, la Buena Nueva que debe hacernos felices comienza con un llamamiento a la penitencia, a la conversión. Hay que volver. Hay que reco­nocer las propias culpas, hay que dejar los malos hábitos, hay que pedir per­dón. La figura del heraldo es sintomática. Un hombre suelto y libre. Sin pa­lacios, sin ropajes, sin adornos, sin ataduras de ninguna clase. Voz de Dios en el desierto. Una piel de camello, un cinturón, un puñado de saltamontes. Libre de toda traba y de todo impedimento. Todo un hombre.</p>
<p>¿No es esto una buena lección? ¿Qué buscamos con tanto afán de este mundo que pasa? ¿Qué pretendemos llevarnos para ese «Mañana» radical­mente nuevo? ¿Cómo vamos a ser la voz del Señor si nos tapamos la boca? Actual y cristiano: una vuelta a la senci­llez y a la austeridad.</p>
<p>El Evangelio acomoda a Cristo el texto de Isaías. Así recibe su mejor cumplimiento. Ahí está la Consolación: Cristo cura, Cristo sana, Cristo salva, Cristo lava los delitos, Cristo perdona las culpas, Cristo reconcilia con el Padre. Cristo confiere el don divino del Espíritu Santo. Somos renovados, somos transformados, somos hijos del Padre. Somos sus confidentes, somos sus amigos, somos herederos de su Gloria. Somos hacederos de su Reino. A todo eso llamamos Salvación y nos quedamos cortos. La Salvación opera ya desde ahora en forma admirable, pero el «Mañana», el Día Grande del Se­ñor, nos lo revelará por completo. Hay que prepararse. Hay que hacer peni­tencia y creer en el Evangelio.</p>
<p>1. ¿Quién es Jesús según la primera línea del Evangelio de Marcos? ¿Por qué se le dan esos títulos? ¿Qué implica para un discípulo confesar a Jesús de esa manera?</p>
<p>2. ¿Cuál es el mensaje del texto de Isaías que es citado?</p>
<p>3. ¿Por qué Juan aparece en el desierto? ¿Qué idea nos da de Juan?</p>
<p>4. ¿Cuál es la forma concreta como Juan prepara la venida del Mesías?</p>
<p>5. ¿Qué dice Juan Bautista acerca de Jesús? ¿Qué puedo esperar de él, en su venida a mi vida?</p>
<p><strong>3. Oración final:</strong></p>
<p>Oh Dios que has hecho de la esperanza una estructura indispensable de la existencia humana. Calienta nuestro ánimo y acaricia nuestro corazón, para que nunca se apague en nuestra vida el aliento vivo de la esperanza, y para que nuestra sociedad cansada y deprimida vuelva a encontrar los imprescindibles motivos para vivir y para esperar. Tú que eres garantía de toda esperanza, desde siempre y para siempre. Amén</p>
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		<title>Domingo I de Adviento &#8211; Ciclo B</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Nov 2011 19:16:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Voces de paz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Para la reflexión]]></category>
		<category><![CDATA[Sugerencias musicales]]></category>
		<category><![CDATA[Adviento]]></category>
		<category><![CDATA[Ciclo B]]></category>
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		<description><![CDATA[DOMINGO I DE ADVIENTO ciclo B El Adviento es tiempo de esperanza, pero de esperanza responsable y vigilante. Para el antiguo Israel la espera del Mesías significó una larga preparación, no siempre fiel, para sentir la necesidad de un Redentor, que fuera revelación plena y personal del amor de Dios. Para nosotros en la Iglesia, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=fuenteycumbre.com&amp;blog=8270919&amp;post=645&amp;subd=fuenteycumbre&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>DOMINGO I DE ADVIENTO ciclo B</strong></p>
<p>El Adviento es tiempo de esperanza, pero de esperanza responsable y vigilante. Para el antiguo Israel la espera del Mesías significó una larga preparación, no siempre fiel, para sentir la necesidad de un Redentor, que fuera revelación plena y personal del amor de Dios. Para nosotros en la Iglesia, el Adviento significa la responsabilidad y la fidelidad ante el que ha venido como Redentor,  pero que volverá un día para coronar en nosotros su obra de salvación en la eternidad.<strong></strong></p>
<p>El Adviento es una espera y una certidumbre. Es la espera de que el Dios vivo va a venir a nuestra vida. Es una certidumbre de que ha venido realmente. Es una llamada para que le abramos nuestras puertas.</p>
<p>Este es el sentido del Adviento: prepararnos para acoger la presencia del Dios vivo, terrible y purificador, que derrite los montes de nuestro egoísmo, de nuestra indiferencia y de nuestra injusticia. &#8220;¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!&#8221;, grita el AT por boca del profeta Isaías. Y después continúa: &#8220;Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia&#8221;. En la medida que los creyentes tengamos valor y amor para derretir los montes del egoísmo, en esa medida será inteligible la Buena Nueva de que el Cristo vino a transformar a la humanidad<strong>.<span id="more-645"></span></strong></p>
<p><strong>1.      </strong><strong>Oración: </strong></p>
<p><strong>Oh Misterio inefable que sustentas el Ser y la Vida, al cosmos y al ser humano dentro de él: acoge nuestro deseo de caminar por la vida confiados en la bondad primordial de tu iniciativa, que nos antecede y supera, y en la que queremos tener el coraje de cifrar nuestra esperanza a pesar de todos los signos de desesperanza que nos rodean. Te presentamos la expresión de nuestros sentimientos más profundos. Acógela. Amén.</strong><strong></strong></p>
<p><strong></strong><strong>2.      </strong><strong>Textos y comentario</strong></p>
<p><em><strong>2.1. </strong><strong>Lectura del libro de Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7</strong></em></p>
<p><strong>Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es Nuestro redentor. Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia. Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en e1. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos: aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.</strong></p>
<p><em><strong></strong>Contexto histórico:</em></p>
<p>Los capítulos 56-66 del libro de Isaías son obra de un profeta desconocido, de la escuela, valga la expresión, de Isaías (II). Desempeñó su misión en Is­rael en los tiempos inmediatos a la llegada a Palestina de los primeros des­terrados de Babilonia. Se le suele llamar Tritoisaías, el tercer Isaías.</p>
<p>El <em>Deuteroisaías</em>, <em>Segundo Isaías</em> (capítulos 40-55), había prometido a su pueblo, en nombre de Dios, un brillante porvenir a la vuelta del destierro. Dios iba a levantar su brazo poderoso en aquellos días, e iba a realizar grandes maravillas: un nuevo éxodo, una creación nueva. El pueblo saldría del destierro ágil, purificado, santo, lleno de bendiciones. La realidad, en cambio, se presentaba ahora de muy distinto color: deplorable. Surgían por doquier dificultades y tropiezos: ruinas, malas cosechas, hostilidades de los vecinos, mediana acogida de os que allí vivían, prácticas paganas… Casi to­tal abandono, cundía el desaliento, se enfriaba la fe; crecía la codicia de unos en menoscabo de otros; se apagaba el fervor, disminuía el interés por las cosas santas y descendía alarmantemente la práctica religiosa del pue­blo. La salvación completa, ya prometida, no llega. El pueblo se alejaba de Dios. Y alejarse de Dios es fabricarse la propia ruina. Ruina que comenzaba a percibirse como realidad dolorosa en las ruinas de Jerusalén. En medio de la desilusión y del descontento surgen voces autorizadas que claman en nombre de Dios. Son los profetas. Uno de ellos, nuestro Isaías.</p>
<p>El texto que nos ocupa refleja con claridad la situación descrita. Ante el panorama desolador, que obscurece de lágrimas los ojos del profeta, surge, de lo más hondo del corazón, espontánea, ardiente, incontenible, una bellí­sima oración. Es un clamor, un grito angustioso, una súplica desgarrada, un apremio urgente por la pronta salvación: Ah, si rompieras los cielos y baja­ras. Hay mucha fe y profundidad en ese clamor: Padre nuestro, Salvador nuestro, ¡Somos tu pueblo!, ¡Somos arcilla!, ¡Estamos manchados!… Nótese ese afectuoso y apremiante; Nuestro y tú que hace de la oración algo indefec­tible: Danos tu salvación. El profeta mueve todos los resortes a su alcance: es de vida o muerte. Se trata, borrando el pecado, de levantar una nueva creación. Y Dios Padre y Señor, que habla por los profetas, escuchará la oración.</p>
<p><em><strong>2.2.</strong><strong>Salmo responsorial (Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19 4)</strong></em></p>
<p><strong>Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.</strong></p>
<p><strong>Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece. Despierta tu poder y ven a salvarnos.</strong></p>
<p><strong>Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra planto, y que tú hiciste vigorosa. </strong></p>
<p><strong>Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti; danos vida, Para que invoquemos tu nombre.</strong></p>
<p>Lamentación pública en una desgracia, súplica. El Señor, que se sienta sobre querubines, lleno de poder, es nuestro Dios. El Dios de los ejércitos es nuestro Pastor. Es el constructor de la casa y el dueño de la viña. Somos su viña y su rebaño. Y nos encontramos en ago­biante necesidad. ¡Señor restáuranos! El aire de súplica domina el salmo. Basta fijarse en los imperativos: restáuranos, vuélvete, fíjate… La restaura­ción es, en cierto sentido, una nueva creación. Al Dios, Señor y Pastor, se le pide fervorosamente un acto bondadoso de su poder: la salvación. Y es que cuando la necesidad apremia, el grito salta espontáneo: danos vida. Vida que ha de consumirse en un esmerado y cordial servicio. Servicio fiel y afec­tuoso que es el sentido de la vida. Restáuranos y sálvanos. La salvación, pues, en forma de restauración. El pueblo ha de ser restaurado para vivir. La viña ha de gozar de los cuidados de su Señor para poder dar fruto. Y el fruto apetecido es No nos alejaremos de ti.<strong></strong></p>
<p><em><strong>2.3.</strong><strong>Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,3-9<br />
</strong></em></p>
<p><strong>Hermanos: La gracia y la Paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado, el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. El os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de que acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel! </strong></p>
<p>Nos encontramos todavía en el encabezamiento de la carta. Contiene inte­resantes afirmaciones y es rico en pensamientos de importancia. Notemos de paso que cada una de las frases acaba con el nombre de Cristo. Cristo es, pues, el centro. Cristo, el Señor, domina toda la vida cristiana.</p>
<p>La lectura comienza con un saludo típicamente cristiano, que ha pasado por su gracia y valor al uso litúrgico. Nótese el inciso «nuestro Padre» refe­rido a Dios, cargado de afectuosidad. Dios Padre, al fondo, como origen de todo bien. Podemos ver en a referencia a los dones una alusión -estamos en la carta de los carismas- al Espíritu Santo. En la obra de Cristo se halla presente la Santísima Trinidad ¿Quién no abrirá su corazón agradecido?.</p>
<p>Cristo es fuente de gracia y de riqueza: paz, alegría, dones en el hablar y en el saber. La misma existencia de Corinto de una comunidad floreciente es de por sí un testimonio irrecusable de la presencia salvadora de Cristo. La obra de la salvación ha comenzado.</p>
<p>La riqueza, no obstante, no es absoluta. Es participación en misterio de lo que se avecina. Esperamos algo definitivo: la manifestación de Cristo en glo­ria y majestad. No hay por qué inquietarse. Dios está a nuestro lado. El me­jor y más seguro testimonio, la presencia entre nosotros de su Hijo. El co­menzó la obra, él la llevará a cabo. ¡Dios es fiel! Dios nos dará fuerzas para permanecer fieles hasta el fin. Y el fin y destino no puede ser más soberano y glorioso: Participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. Cristo es el Señor resucitado. Toda nuestra vida tiende a él.</p>
<p><strong> </strong><em><strong>2.4.</strong><strong>Lectura del santo evangelio según san Marcos 13, 33-37</strong></em></p>
<p><strong>En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -&#8221;Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejo su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: !Velad!&#8221;</strong></p>
<p>Fin del discurso escatológico. Allá en el lejano horizonte, en el límite de los tiempos, se perfila como segura, aunque borrosa, la Venida del Hijo del Hombre. Marcos remata las palabras de Jesús, a modo de broche apelativo, con dos parábolas un tanto embrolladas: a) el hombre que se fue de viaje, de­jando a cada criado una tarea (Mt 25, 14); y b) el dueño que se presenta de forma inesperada en la obscuridad de la noche (Lc 12, 36). Las instancias a permanecer en vigilancia se interfieren a modo de trama: al principio, en medio y al fin. Es lo que quieren advertir las dos parábolas. La voz de Jesús se carga de seriedad para anunciar y amonestar, el gran acontecimiento: el Señor viene. Puede que el término «noche» sugiera la condición actual -el mundo en tinieblas- en que se encuentra el hombre en espera de la luz del Señor que viene.</p>
<p>La Parusía es elemento integrante y esencial del Evangelio, del misterio de Cristo. También lo es la necesidad de esperarla vigilantes. Se avecina algo grande y definitivo. Hay qué esperarlo. Y esperarlo significa, en el con­texto en que nos encontramos, vigilar atentamente. Y vigilar es: estar con los brazos abiertos, con las manos extendidas, con el corazón latiendo, con el pensamiento vivo. Todo el hombre en acción: actuando los bienes que se nos han concedido (primera parábola) y dando respuesta cumplida de ellos a la venida del Señor. Debemos ser auténticos siervos responsables, siervos que saben responder con su vida, en condición de tales, al soberano Señor. La amonestación va para todos, en especial, quizás, para los dirigentes.</p>
<p><strong>Reflexión</strong></p>
<p>Comienza el año litúrgico. Uno tras otro van sucediéndose en nuestra vida los años con sus problemas, con sus vicisitudes, con sus esperanzas y sus temores, con sus pérdidas y ganancias. Pero hay algo muy seguro: tu­vimos un principio, nos dirigimos a un fin. No podemos perder de vista el fin que nos espera. Ya desde el comienzo nos es conveniente dirigir nuestras mi­radas hacia él. Todo será ganancia, todo será triunfo, si el Día aquel nos en­cuentra vigilantes. Todo en cambio, se convertirá en lamentable pérdida, si en aquel momento nuestra disposición es deficiente. Las lecturas de hoy vuelven a presentarnos estas verdades bajo un aspecto relativamente nuevo, respecto a los domingos anteriores.</p>
<p>A) La primera lectura es un clamor, un grito, una sentida oración que nace de lo más profundo del corazón. Los antiguos clamaron angustiados, conscientes de la necesidad en que se encontraban, y acuciados por el dolor: «¡Señor, rompe los cielos y baja!». Se sentían huérfanos y clamaron al Padre, perdidos y clamaron por un Salvador, manchados y extendieron sus manos hacia las aguas vivas, quebradizos y endebles y se acogieron a su Hacedor, al Fuerte. El Señor, fiel siempre a su palabra, no desoyó oración tan angus­tiosa; les envió el Salvador.</p>
<p>Nosotros nos encontramos ciertamente en mejor situación que los anti­guos. Sin embargo, también nosotros sentimos vivamente ante la considera­ción de nuestra propia flaqueza y miseria, ante la consideración de los males morales y físicos del mundo que nos rodea, injusticia, irreligiosidad, opre­sión, infidelidad, hambre y destrucción, la necesidad de que Dios se acerque más sensiblemente a nosotros. Con todo corazón debemos clamar: «¡Padre, Salvador nuestro, rompe los cielos y desciende!». La conciencia de que somos arcilla y barro, de que estamos manchados, de que la iniquidad nos rodea, debe acrecentar el volumen e insistencia de nuestra oración. Nos prepara­mos para la venida del salvador.</p>
<p>B) Cristo ya vino. Nuestra situación por eso ha mejorado considerable­mente. Pero Cristo no ha venido definitivamente. Siempre viene.</p>
<p>La segunda lectura nos asegura la realidad de los dones divinos en noso­tros. Poseemos la Salvación; poseemos ya la Gracia. Dios está más cerca de nosotros. Dios se muestra más Padre. Dios nos ha llenado de dones, nos ha comunicado su espíritu. Pero todo esto, aunque es para siempre por parte de Dios, no es definitivo en nuestras manos. Nos cansamos, nos fatigamos y co­rremos el peligro de abandonarlo todo. Debemos reavivar la esperanza. No hay por qué desanimarse. Dios ha comenzado la obra; Él la llevará a buen término. Dios es fiel. El Señor viene.</p>
<p>C) Nos preparamos para la primera venida del Señor, sin perder de vista la segunda. O si se quiere, nos preparamos para la segunda venida, mi­rando de cerca a la primera. El Señor viene. La mejor preparación es la oración sentida e insistente. Clamemos y oremos con gemidos, confiados en la misericordia del Señor, Padre y Salvador nuestro: «¡Señor, VEN!». Este será el mejor estado de vigilancia. Actuemos y provoquemos su venida con buenas obras. Quien deje escapar la ocasión está perdido. Pues el que se salva sabe, y el que no, no sabe nada.</p>
<ol>
<li><strong>3.      </strong><strong>Oración a nuestra señora del nuevo Adviento</strong></li>
</ol>
<p>Nuestra Señora del Adviento, madre de todas nuestras esperas, tú que has sentido tomar en tu seno la esperanza del pueblo, la Salud de tu Dios, sostén nuestras maternidades y paternidades, carnales y espirituales.</p>
<p>Madre de todas nuestras esperanzas, tú que acogiste el poder del Espíritu, para dar carne a las promesas de Dios, que seamos capaces de encarnar el amor que es signo del Reino de Dios en todos los gestos de nuestra vida.</p>
<p>Nuestra Señora del Adviento, madre de todas las vigilancias, tú que diste un rostro a nuestro futuro, fortalece a los que dan a luz dolorosamente un mundo nuevo de justicia y de paz.</p>
<p>Tú que contemplaste el niño de Belén, haznos atentos a los signos imprevisibles de la ternura de Dios.</p>
<p>Nuestra señora del adviento, madre del crucificado, tiende tu mano a todos los que mueren y acompaña su nuevo nacimiento en los brazos del Padre.</p>
<p>Nuestra Señora del Adviento, icono pascual, haznos capaces de la gozosa vigilancia que discierne, en la trama de lo cotidiano, los pasos y la venida de Cristo, el Señor, AMÉN.</p>
<p>En este nuevo tiempo de Adviento tenemos que dar un relieve especial a los cantos del Ordinario que tienen resonancias y armónicos de expectación: “venga tu Reino” (Padre nuestro); “Ven Señor Jesús” (Aclamación al Memorial); Bendito el que viene en el nombre del Señor” (Santo).</p>
<p>En este primer domingo tiene un carácter marcadamente escatológico (del fin de los tiempos): el Señor va a venir. Hay que estar en vela, vigilante, con los ojos abiertos, aun durante la noche, y con el corazón sosegado. El evangelista Marcos pone el acento en la perseverancia.</p>
<p><span style="text-decoration:underline;"><strong>Sugerencia para el canto de Entrada:</strong></span></p>
<p>VAMOS A PREPARAR EL CAMINO ( Carmelo Erdozaín)</p>
<p>NUEVO ADVIENTO (A. Alcalde)</p>
<p><span style="text-decoration:underline;"><strong>Para el canto de presentación de los dones:</strong></span></p>
<p>CON AMOR TE PRESENTO, SEÑOR (C. Erdozaín)</p>
<p><span style="text-decoration:underline;"><strong>Cantos para la procesión de la comunión:</strong></span></p>
<p>QUEDATE AQUÍ (Kairoi)</p>
<p>VENID, OH REY MESÍAS</p>
<p>VEN SEÑOR JESÚS (Kairoi)</p>
<p><strong><span style="text-decoration:underline;">Para la salida:</span></strong></p>
<p>MADRE DE LOS HIJOS POBRES (Kairoi)</p>
<p>A TI MADRE (Mercedes Gonzales)</p>
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