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Domingo 4 de Cuaresma – Ciclo B
Publicado por Voces de paz en Para la reflexión el 14 marzo 2012
DOMINGO CUARTO DE CUARESMA (CICLO B)
Dios es rico en misericordia, escribe san Pablo. En el Antiguo Testamento, Dios mostró esta misericordia a un pueblo infiel: le perdonó sus faltas y los trajo de vuelta a la tierra cuando estuvo deportado. Este es el sentido de la primera lectura, tomada del libro de las Crónicas. La bondad y la misericordia de Dios se manifiestan de manera sorprendente en Cristo Jesús. Elevado sobre el madero de la Cruz, Jesús ofrece la vida eterna a lo que creen en Él.
1. Oración comunitaria
Dios «todo-bondadoso», Padre de la Humanidad, que en Jesús has levantado ante el mundo una y muchas señales, para que todos los hombres y mujeres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad: te expresamos nuestro agradecimiento al descubrir que tú actúas a favor de toda la Humanidad y a toda ella la conduces, «por caminos sólo por ti conocidos». Ello nos hace sentirnos llenos de una alegría y una confianza, que para nosotros concretamente se apoyan en Jesucristo, nuestro hermano, predilecto tuyo.
2. Lecturas y comentario
2.1.Lectura del segundo libro de las Crónicas 36, 14-16. 19-23
En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.» En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia: “El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra.
Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él, y suba!”»
Los libros de las Crónicas vienen a ser como un duplicado de los libros de los Reyes. Pertenecen al género histórico. Historia, naturalmente, antigua y religiosa. Con sus más o menos extensas lagunas, desfilan ante nuestros ojos los hechos más significativos de la historia de Israel bajo la monarquía. Aparecen los dos reinos, el Reino del norte y el Reino del sur. Allí los reyes que han dirigido los destinos de sus respectivos pueblos. Allí sus hazañas, sus buenas y malas obras. Pero sobre todo, allí la mano de Dios que premia y castiga. Las consideraciones del autor interesan en gran manera. Es un hombre religioso e inspirado.
El pasaje es el epílogo de la obra. El autor contempla, en visión retrospectiva, la historia de su pueblo. Su mirada se detiene en dos momentos: la ruina sufrida con la destrucción de Jerusalén y la vuelta del desierto. Los dos momentos son iluminadores. Uno cierra, por decirlo así, el pasado y otro abre el futuro. Un fragmento de teología de la historia. Podemos, pues, distinguir dos partes.
Primer tema: la ruina de Judá. Nabucodonosor arrasó la ciudad santa, arrojó en prisión al rey, se incautó de lo mejorcito del reino y deportó lejos del país al pueblo santo de Dios. La fe se quedó tambaleando: las instituciones más queridas y sagradas yacían por tierra inculcadas por el invasor. Judá había sido terriblemente castigada (Jr 52). El autor, creyente, considera merecida la catástrofe: infidelidad a Dios. Los dirigentes, en efecto, y con ellos el pueblo todo, obraron el mal a los ojos de Dios: impiedades, injusticias, idolatrías… Dios les había venido avisando repetidas veces por sus mensajeros los profetas. Lejos de obedecer, se mofaron de él. Dios intervino, en consecuencia. Dios amaba a su pueblo, y el amor lo llevó a la advertencia. No hay duda que en aquel castigo le dolió la mano.
La paciencia de Dios tiene un límite. Dios no puede ser indiferente al pecado. Dios tiene un honor: Dios es Santo. Dios descargó sobre aquel pueblo «irresponsable» su ira. Jeremías fue el encargado de anunciarla. Se le persiguió; alguien intentó matarlo. ¡Matar la palabra de Dios! Es matar a Dios mismo. Nada ni nadie puede detener su palabra. Y nada ni nadie pudieron detener la indignación divina. La ruina vino al fin. Fue horrible. La posteridad lo recordará temblando. El pueblo había roto el pacto sagrado con su conducta; había sido infiel. Por ello llovieron sobre él las maldiciones que ya anunciara el Deuteronomio. La enseñanza es clara: Dios castiga el pecado. La infidelidad a Dios es horrible.
Segundo tema: la vuelta del desierto. Aunque el pueblo se ha mostrado infiel a Dios, éste, no obstante, no aparta para siempre su mano salvadora. El plan de salvación sigue adelante. El hombre no podrá romperlo. La bendición de Dios, prometida en Abrahán, descansará sobre los descendientes de aquella generación. El Dios que anuncia el castigo, promulga el perdón. El que llevó al pueblo al destierro, lo trae de nuevo al país. Dios otorga la gracia. Nueva ciudad, nuevo templo, nueva nación. La acción de Dios continúa adelante. El pueblo, purificado y «educado», dócil y sumiso, debe seguir de nuevo a su Dios. Dios lo llevará muy lejos. Hasta los confines del mundo. Todo queda como advertencia para el porvenir. Dios es un Dios de esperanza y perdón. Pero también el Dios Santo que no transige con el pecado. Dios salva graciosamente. Dos reyes, dos imperios: Nabucodonosor, Ciro. Al fondo, Dios. El destrozo del pueblo Abrahán después de Cristo tuvo una motivación semejante. ¡Cuidado con apartarse de Dios!
2.2.Salmo responsorial Sal 136, 1-2. 3. 4. 5. 6 (J.: 6a)
Profundamente poético, recuerda el tema de la lectura primera. Babilonia, lugar de destierro, por una parte; Sión, lugar de bendición, por otra. Objeto de odio, la primera; objeto de amor, la segunda. Símbolo de ruina, aquélla; expresión de gracia, ésta. Repulsa, una; deseo ardiente, otra. Olvido de Dios, Babilonia; amistad con Dios, Sión bendita. ¡Qué asco, la primera! ¡Qué delicia, la segunda! Terrible, vivir lejos de Dios; holgura, estar con él.
Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.
Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras. R/
Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos: «Cantadnos un cantar de Sión.» R/
¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. R/
Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre mis alegrías.R/
2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2, 4-10
Hermanos: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.
Podríamos colocar como encabezamiento de esta lectura el título: «Dios nos salva graciosamente en Cristo». Efectivamente, la alusión a Cristo en esta obra de salvación es continua. Es de interés considerar el alcance y la modalidad de la salvación. Notamos en el pasaje, además de entusiasmo, cierto aire litúrgico. 1) Dios nos amó. Dios se ha mostrado misericordioso, lleno de gracia y de bondad. Reparte magnánimo los dones de su riqueza. El nos ha hecho. De él es la iniciativa. Y la iniciativa es de amor. 2) La obra de Dios se realiza en Cristo. En él su misericordia, en él su amor, en él sus dones de su riqueza infinita, en él al salvación. El él la nueva creación. En él somos y en él nos movemos. Nada fuera de Cristo. El misterio de Cristo que muere y resucita determina el don de Dios en nosotros. La Obra de Dios es Cristo. 3) Ese don es vida, resurrección, exaltación. Éramos muertos, somos vivos en Cristo. La fe juega un papel muy importante en esta nueva creación. No es obra nuestra, es obra de Dios. No es merecimiento, es obra de Dios en Cristo. A nosotros nos toca proseguir en su Espíritu la obra comenzada. Debemos practicar las obras buenas que él determinó practicásemos. Como «vivos» en Cristo, debemos vivir de Cristo. Se exige fidelidad y colaboración.
2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 14-21
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: – «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»
El pasaje está tomado del diálogo de Jesús con Nicodemo. Ha precedido, aunque breve, una verdadera instrucción sobre el bautismo. Hay que nacer de nuevo; hay que nacer de arriba: hay que nacer del agua y del Espíritu. El bautismo nos confiere una vida nueva: la Vida. Y es en Cristo Jesús. La eficacia de los sacramentos brota del Verbo Encarnado, muerto y resucitado por nosotros. El discurso de Jesús tiene un movimiento propio: avanza a modo de espiral. Veamos los asertos más fundamentales. 1) El Hijo del Hombre debe ser «elevado»: para la salvación de los hombres. El sentido de la palabra «elevado» es doble, físico y espiritual. Se alude a la muerte en cruz (elevación física), a través de la cual Jesús es glorificado (elevación espiritual). La misma crucifixión es ya glorificación. Es frecuente este modo de ver en Juan. Las particularidades de la vida de Jesús -acontecimientos, palabras, «signos»- revelan el misterio de su persona. 2) Todo obedece a una admirable disposición divina. Disposición que a su vez, nace del gran amor que Dios tiene a los hombres. Dios entrega a su Hijo -¡a su Hijo Único!- para que los hombres tengan «vida», y la tengan en abundancia. Jesús no ha venido para juzgar, para condenar,. Jesús ha venido para salvar. El juicio, después, no será otra cosa que la repulsa consciente y recalcitrante del amor que Dios nos ofrece. 3) La salvación, no obstante, puede llegar a todos. La acción de Dios, en sí amorosa y universal, se torna condenación si las disposiciones requeridas no se hallan en el sujeto. Se hace imprescindible la fe: la adhesión total a Jesús, a su mensaje, a su obra. Deben acompañar las buenas obras. Son expresión de la fe. Se trata de una adhesión viva y vital. La infidelidad y la falta de buenas obras acarrean al hombre la condenación. La condenación se la dictamina uno a sí mismo. Quien no cree ya está condenado. Es como decir, quien no vive está muerto. 4) Aparece el antinomio, tan de Juan, de LUZ-TINIEBLAS. Dios es la Luz. Jesús es la Luz, que viene a este mundo. Luz son también, por participación, los que a él se arriman y le siguen. Se arriman y le siguen los que creen en él y obran la verdad. El que obra la «verdad» y sigue a la «luz», se hace hijo de la Verdad e hijo de la Luz. La Verdad y la Luz destruyen la mentira y las tinieblas que puede haber en los hombres. Luz y Verdad es la presencia operante y salvífica del Hijo en los hombres: la presencia de Dios a través del Hijo. En él somos «hijos de Dios». Quien no se acerca a Jesús, se encierra en las tinieblas y vive en la mentira. Prefiere obrar al margen de Dios: en contra de Dios. Y obrar al margen de Dios es caer en la muerte. No se acercan a Dios porque obran mal y obran mal porque no se acercan a Dios. Ellos mismos se apartan de la Luz-Verdad-Vida-Jesús-Dios. El encuentro con Dios es Cristo. Sin Cristo no llegamos a Dios.
Reflexión
En la oración colecta del día se pide para el pueblo cristiano «una celebración digna de las próximas fiestas, con fe viva y entrega generosa». La oración última se dirige a Dios-Luz, pidiendo «tenga a bien iluminar nuestro espíritu con la gracia para que los pensamientos y afectos sean dignos de él». En el prefacio se habla del esplendor de la fe»; del género humano, «peregrino en las tinieblas»; de la «nueva creación»; de «hijos de Dios» en el bautismo. No conviene apartarse de estos temas. La mejor preparación para la celebración de las fiestas será meditar y contemplar el gran misterio de la salvación que las lecturas de hoy nos proponen, con todas sus consecuencias. Por eso:
A) La Elevación. «El Hijo del debe ser elevado, para que todo el que crea en él tenga vida eterna». La Muerte-Exaltación de Jesús es, por una parte, causa de nuestra salvación. Tal acontecimiento es, por otra, expresión del amor de Dios a los hombres. Lo entregó para que tuviéramos vida. Ese es el plan de Dios: que nos salvemos en Cristo. Por ahí van las palabras de Pablo: «Dios… por el gran amor con que nos amó… estando muertos, nos ha hecho vivir con Cristo… nos ha resucitado con Cristo y nos ha sentado en el cielo con él…» La salvación es: a) una «nueva creación», un nuevo nacimiento de arriba (bautismo), vida, resurrección, luz, filiación divina; b) gracia, don, obra del amor de Dios. La salvación viene de arriba por Cristo; nosotros la recibimos en Cristo para gloria de Dios. Al fin y al cabo es la participación de la gloria divina en Cristo Jesús.
B) Valor de la Fe. La salvación se hace realidad en nosotros por la fe en Cristo. Sin la fe no podemos salvarnos. Se trata de la fe viva, acompañada de obras de amor. La segunda y tercera lectura lo pone de relieve. «Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras», declara Pablo. Dios es Luz, Dios es salvación. El que obra perversamente, huye de la luz, huye de Dios, enseña Juan. Convendrá, por tanto, insistir en la necesidad de la fe viva, es decir, de las obras buenas nacidas de la fe, para conseguir la salvación. Esa será la mejor preparación para las fiestas. Un buen repaso de nuestra conducta cristiana: fe y buenas obras en Cristo Jesús.
C) Juicio-Condenación. El plan de Dios muestra un reverso serio: condenación y repulsa por parte de Dios. La primera y la tercera lectura nos lo recuerdan. La luz está reñida con las tinieblas; Dios con el pecado; la vida con la muerte; Jesús con el mal. El que no tiene fe, el que no obra el bien, se halla en las tinieblas, está lejos de Dios, es de Satán. El mismo se condena. Hay que insistir en ello. Como el amor de Dios al hombre es grande, así la responsabilidad de éste hacia aquél.
Dios no es indiferente al pecado. Ni puede serlo: es negación de Dios. Dios lo castiga con severidad. Dios no puede dejar impune el desprecio, consciente y rotundo, a su amor. Dios entregó a su Hijo -¡Único!- por nosotros. Es muy serio y muy grave mofarse de Dios. Cuán grande es su amor, así su repulsa. Esto nos debe infundir un santo temor de Dios. Recordemos el destierro del pueblo de Israel y la catástrofe de Jerusalén en tiempos de Cristo. Para nosotros será más terrible, pues despreciamos, una vez gustado, mayor y mejor don: despreciamos a su propio Hijo, muerto por nosotros en cruz. La carta a los Hebreos nos advierte con insistencia del peligro que corremos si nos apartamos de Dios: Hb 2, 2-4; 6, 4-8; 10, 26-31.
3. Oración final:
Es la sed insaciable y ardiente de sólo verdad; dame, ¡oh, Dios!, a beber en la fuente de tu eternidad. Méteme, Padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar. Amén.
Domingo 3 de Cuaresma – Ciclo B
Publicado por Voces de paz en Para la reflexión el 6 marzo 2012
Domingo tercero de cuaresma ciclo B
Contemplando este tiempo litúrgico como conjunto, podemos ver cómo a lo largo de estos domingos la Palabra de Dios nos ofrece una doble línea de reflexión: la Alianza que Dios ha sellado reiteradamente con la humanidad, y la marcha de Cristo Jesús hacia su muerte y su glorificación.
1. Oración:
Dios de la Vida, Padre «todo-bondadoso», que nos has señalado como Ley suprema el Amor: ayúdanos construir una comunidad mundial de hermanos y hermanas que, más allá de toda diferencia religiosa o cultural, te den siempre culto en espíritu y en verdad. Por Jesucristo nuestro Señor.
2. Lecturas y reflexión:
2.1. Lectura del libro del Éxodo 20, 1-17
En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»
Nace un pueblo a la vida, sale un pueblo al escenario de la historia. Comienza un pueblo singular. Un pueblo con personalidad propia. Dios lo ha llamado a la existencia. Su mano poderosa lo ha plantado en el desierto como oasis dispuesto a crecer y vivir. Instituciones, tradiciones, experiencias, leyes, culto…propios. Pueblo único en la historia antigua. Dios lo ha pronunciado y él ha respondido: «Aquí estoy». Un pueblo sale y camina. Camina hacia Dios. Dios lo lleva «hacia sí». Era esclavo de un pueblo culto. Ahora es «amigo» del Dios Santo. Amigo, por parte de Dios, para siempre. Un pueblo que encuentra a Dios. Un pueblo que hará historia, en tanto se mantenga unido a Dios. Dios y el hombre (individuo-sociedad) que se encuentra a sí mismo en Dios. Escenario el desierto, lugar adecuado para comenzar a andar. Salida-maravilla. Salida digna de cantar. Libro del Éxodo.
Península del Sinaí. Macizo montañoso y rústico. Monte santo. Lugar de peregrinación. Allí Dios, allí Moisés, allí, en la llanura, el pueblo de Israel. Dios desciende y toca la cumbre. Tremendo, imponente. Lo cubre la niebla, lo defienden los rayos, lo anuncian los truenos, que rodando barranco abajo, se estrellan en la llanura, dejando sin aliento a la naturaleza entera. Dios habla a Moisés. Dios habla al pueblo a través de Moisés. Moisés es su heraldo y mensajero. Moisés, hombre de Dios, se hace respetar. El hombre salido de la esclavitud debe aprender a vivir en libertad. Dios hace un «trato» con su pueblo. El pueblo debe dejarse atraer por Dios. El pueblo es desde ahora pueblo santo de Dios. Amistad para siempre. Convivencia, destino común, como se expresa el hombre. No será «Dios» aquel que borre el Decálogo para expresarse. No será «hombre» quien lo derribe a voluntad. En él la vida, en él la libertad. En él Dios, en él la humanidad digna. Señala el marco elemental de amistad y convivencia con Dios. Quien lo salta, rompe con Dios, consigo mismo y con la sociedad. En el libro de la Salida, la Salida de sí mismo y un abrigo en Dios.
Estos preceptos son los pilares donde se asienta la humanidad si no quiere perecer. Quitemos tan solo uno de ellos, y la sociedad humana como tal, imagen de Dios, se verá en peligro de desaparición. Tienen valor universal; valen para todos los hombres. La literatura posterior les rendirá un culto especial. La ley es la obra maestra de Dios. Ahí se encuentra plasmada su sabiduría.
2.2. Salmo responsorial: Sal 18, 8-11: Señor. tú tienes palabras de vida eterna.
El salmo responsorial es un ejemplo. Todo estudio y reflexión es poca. Celebremos y admiremos la ley, expresión de la voluntad y amabilidad de Dios. Jesús es la voluntad de Dios y es el monte santo.
Es un salmo de alabanza. Gustemos su presencia. La primera parte del salmo -la naturaleza canta a Dios- está ausente del rezo. La liturgia ha elegido la segunda: elogio de la ley. Así empalma, a modo de canto, con la lectura primera. Las estrofas son una «declaración» y una «invitación». Como declaración, una revelación: La Ley de Dios es como Dios mismo. Es su voluntad al alcance humano, es su mano tendida para salvar. Dios se muestra en la Ley bueno, gracioso, firme, dulce, descanso… Es también una «invitación», un reto: gustad y ved que bueno es el Señor. Gustadlo en su Ley, en su voluntad comunicada al hombre. Ley, Dios en ella, busca y es nuestra salvación y nuestra perfección: es dulce, es firme, es luz… Para nosotros la Ley, la voluntad de Dios, es Cristo. Gustémoslo, saboreémoslo, contemplémoslo. Pensemos en su Santo Espíritu. Cuaresma, tiempo de gustar a Dios.
Sal 18, 8. 9. 10. 11 R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.
La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante. R.
Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R.
La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R.
Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. R.
2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 22-25
Hermanos: Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados –judíos o griegos–, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.
Pablo acaba de experimentar un fracaso en Atenas. El Apóstol se ha atrevido a pronunciar un discurso ante los sabios de aquella civilización, en el Areópago: Hch 17, 16-34. Los sabios no han aceptado sus palabras. El discurso les ha parecido inadmisible. Pablo les ha hablado de un «hombre» resucitado de entre los muertos, constituido por Dios para juzgar a todos los hombres, quienes, por tanto, llama a penitencia. Todo esto les ha hecho sonreír irónicamente. «Te oiremos otra vez», le han dicho. Esa «vez» no llegó jamás. Los sabios, en definitiva, no han aceptado el Evangelio. La predicación de la Buena Nueva ha deparado a Pablo amargas experiencias. Por una parte, los judíos, su gente, los herederos de las promesas divinas, se resisten a admitir a Jesús como el Cristo de Dios. No pasan por aquello de la muerte en «cruz». No es posible que éste, que ha muerto en la cruz, sea el Mesías. ¿El «hijo» de Dios, el Ungido, muerto en la cruz? ¡Imposible! La cruz los aparta de él, cuando, en realidad, la cruz debiera acercarlos a su persona: ha sido el instrumento precioso de Dios para acercarse a los hombres (Hb 5, 8). Los judíos tropiezan en la cruz. La cruz les sirve de escándalo. Piden signos, maravillas que no dejen lugar a dudas, signos a su talante, a su gusto. Y Dios, por encima de todo deseo y pensamiento humanos, ha hecho otra cosa. El gran signo lo ha dado Dios con Cristo muerto en la cruz. He ahí la dificultad. Y continúan, después de haberle dado muerte, persiguiéndolo en sus discípulos, en Jerusalén, en Palestina y a lo ancho del imperio Romano.
Los gentiles, por otra parte, mundo greco-romano, buscan la sabiduría. Sabiduría, alta y preciosa, por cierto. Pero humana. La sabiduría que predica Pablo en nombre de Dios no les satisface. Es una sabiduría que no comprenden. Y, como no la comprenden, la desprecian, la desechan, la juzgan estupidez. Prácticamente la sabiduría de este mundo se ha cerrado a la Sabiduría de Dios. Los hombres siguen sus caprichos y quieren desenvolverse al margen de los planes de Dios. Pablo observa, por último, la ausencia de sus comunidades de ricos, poderosos y sabios según este siglo. Los fieles han venido de las capas menos afortunadas de la sociedad. Pero Dios ha establecido un plan maravilloso por cierto, escondido durante siglos, manifestado ahora en Cristo: Cristo ha muerto por nosotros en la cruz (contra los judíos), resucitado de entre los muertos por la fuerza del Espíritu y constituido Señor y Juez de todos los pueblos (contra los «sabios»),. ¡La sabiduría de Dios! ¡la sabiduría de la cruz! Cristo es la sabiduría de Dios. La obra está llena de sorprendentes paradojas y de magníficas realidades: muerte-resurrección, debilidad-fuerza, sabiduría-estupidez, estupidez-sabiduría, Dios-hombre… La razón humana no puede por sí sola llegar al conocimiento de este maravilloso misterio. Sólo llegamos a Él con la fe. Y la fe se otorga a los humildes, no a los soberbios. Por eso los que aceptan el mensaje son «fieles humildes siervos del Señor».
2.4. Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 13-25
Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: –«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: –«¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: –«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron: –«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
Evangelio de Juan. Primera parte: expulsión de los vendedores del templo, en este evangelio se presenta al comienzo; en lo sinópticos al final. ¿Han aplazado éstos la escena, obligados por la estructura del evangelio? ¿La ha adelantado Juan por motivos teológicos? Los autores siguen discutiendo. En Juan, de todos modos, cumple una precisa función: Jesús comienza una obra reveladora en Jerusalén con una acción de tipo «profético».
Jesús tiene poder, Jesús tiene autoridad. Y lo manifiesta abiertamente, con energía. Jesús expulsa del recinto santo a los vendedores de animales y a los cambistas. La intervención suena a atrevimiento: sorprende e indigna. Confrontación con las autoridades. Surge inevitable la pregunta: ¿Quién eres tú? ¿Con qué autoridad haces esto? Para las autoridades religiosas de aquel tiempo la presencia de mercaderes en el ámbito del templo -atrio externo- no ofrecía dificultad religiosa alguna. Más aún, podría decirse que aquel mercado era conveniente y hasta necesario. Piénsese en las multitudes que afluían a Jerusalén, en Pascua por ejemplo, y precisaban d animales y dinero para satisfacer su legítima devoción. La acción de Jesús, por tanto, sorprende. Encierra, con toda seguridad algún misterio. Nótese además la motivación: «La casa de Dios no es un mercado, no es una cueva de ladrones». Por dónde va la intención de Jesús? La purificación externa anuncia otra, interna y total. Han llegado los tiempos nuevos. Sobran animales y monedas. Jesús realiza, a modo de signo, la gran purificación de Dios. Su muerte y resurrección serán el momento, la misma acción. No en vano nos encontramos en Jerusalén, en el templo, en confrontación con las autoridades y en Pascua. Se perfila ya en el horizonte la nueva pascua, como templo nuevo en confrontación con las autoridades de Jerusalén.
Los judíos incrédulos piden signos. Y Jesús presenta, además del gesto actual de autoridad un acontecimiento maravilloso futuro: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Ese es el signo. Apunta al futuro. Y como futuro y «signo», algo enigmático. Los oyentes, como es costumbre en este evangelio, malentienden las palabras de Jesús, tomándolas en sentido material. Los acontecimientos con todo, «recordaron a los discípulos», dieron razón al maestro. Los judíos destruyeron su cuerpo: lo condenaron a muerte. Y él lo levantó glorioso del sepulcro. Y lo levantó como templo del Dios vivo. Como lugar santo de la divinidad. Como santuario auténtico donde se encuentra verdaderamente el hombre con Dios. Donde se realiza el culto debido a Dios. Donde la gloria de Dios se posa y expande con virtud y eficacia santificadoras para todos los siglos. Donde los hombres, en Espíritu y Verdad, unidos unos con otros, abrazan la divinidad. Jesús habla de su muerte y de su resurrección gloriosa. El texto del salmo -en futuro- lo anuncia misteriosamente: «el celo de tu casa me consumirá». Jesús murió por y para cumplir la voluntad de Dios. Y en esa voluntad surgió el templo nuevo de su cuerpo glorioso, maravilla de todos los siglos y expresión del poder de Dios.
¿Alude también Jesús a la destrucción del templo de Jerusalén? sería una terrible ironía. El templo fue destruido ciertamente. Su conducta los llevó hasta ese extremo se levantaron contra César. Nótese que la salvación del templo y la amistad con el César entran en los motivos oficiales que dieron con Cristo en la cruz. «Conviene que uno muera en lugar del pueblo», había profetizado Caifás. Jesús murió. Y en su muerte nos libró -he ahí la maravilla- de la destrucción y de la ruina. En lugar de aquel templo surgió otro más perfecto, santo por excelencia, indestructible y eterno a quien ellos creyeron haber eliminado, matándolo. De aquel pueblo viejo ya, que quisieron salvar entregando al justo, se levantó el pueblo nuevo, el pueblo santo, el pueblo indestructible. ¡Grandiosa sabiduría de Dios!
Los judíos tomaron a Jesús por extravagante. No le hicieron caso. El tono autoritario, con todo, de sus palabras y el gesto misterioso-profético de su intervención daba pie para una prosecución en las demandas y pesquisas. Se contentaron con señalar el lado ridículo: «¡cuarenta y seis años ha costado levantar el templo, y tú…!» Piden señales. La señal está dada. Jesús resucitó. ¡Jesús vive, sentado a la derecha del Dios! No fueron testigos directos de la resurrección. Pero si fueron testigos, después de la resurrección, del nacimiento de la Iglesia. Ahí está el nuevo templo. Cristo Jesús resucitado.
Reflexión:
Cristo sigue siendo, en su misterio, centro de consideración y de contemplación. En él brilla, majestuosa y bondadosa al mismo tiempo la sabiduría divina.
A) Cristo muere, Cristo resucita. En este contexto se anuncia un gran misterio: Cristo es el nuevo templo.. De su costado abierto, que manó agua y sangre -alusión a los sacramentos vivificantes del bautismo y de la eucaristía- nació la Iglesia, dirán los Padres. Una vez elevado, atrajo hacia sí todas las miradas. Piénsese, pues, en la doble dimensión del concepto. La antigua Economía se derrumba con las instituciones, especialmente las culturales. Para el nuevo Espíritu que invade ahora a la humanidad procedente de Dios a través de Cristo, no valen los moldes antiguos. Surge un nuevo Templo, un Nuevo Culto. Ni Garizín ni Jerusalén son ya suficientes. Desde ahora la adoración se hará en el Espíritu (Santo) y en Verdad (Cristo). El Nuevo Templo es Cristo mismo. Cayó el viejo templo; surgió el Nuevo. Cristo murió en la carne, para resucitar en el Espíritu. Nadie podrá destruirlo. No es obra humana, es obra de Dios. Esta es la gran señal de todos los tiempos: La Resurrección de Cristo y la Institución de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.
Esta es la obra maestra de Dios: Cristo en toda su dimensión. Morir para resucitar; destruir para levantar; matar para vivificar. Es, pues, El misterio de Cristo, de su muerte y de su resurrección, visto bajo un nuevo aspecto: de la muerte de Cristo surgió la Iglesia. Así es la Sabiduría de Dios.
B) Pablo se extiende en la contemplación de esta Sabiduría divina. El misterio de la Cruz del Señor. Pablo ha vivido el misterio de la Cruz. La vida cristiana no puede existir sin la Cruz del Señor. Los caminos de Dios son sorprendentes; la vida cristiana es asimismo sorprendente. Hay que contar con ello. La filosofía de este mundo no podrá comprenderla. Lo humilde, lo pobre, lo despreciable, lo más indigno a los ojos de los hombres viene a ser elegido por Dios para hacer brillar su fuerza, su grandeza, su Salvación.
Cristo, pues, no solo es objeto de contemplación, sino modelo a imitar. Cristo es la Sabiduría que debe practicarse, vivirse, gustarse. Cristo es nuestra Ley. Cumpliéndola encontraremos la Vida.
C) El decálogo es la expresión de la Sabiduría divina. Cristo es el camino. Debemos explicitar el contenido. Ahí está el Decálogo. Buen tiempo ahora, en Cuaresma, para repasar nuestra actitud respecto a la Ley -Cristo/Decálogo. La Salvación nos viene de Cristo. Vivir a Cristo es cumplir sus mandamientos. Ahí están. Repasémoslos.
3. Oración:
Dios de la Vida y del Amor -de quien procede todo don-, que has puesto todos los bienes de la Tierra bajo la responsabilidad del ser humano, no para que los domine y explote despóticamente, sino para que cuide de todos ellos y de sí mismo como hermano mayor, con fraternidad y «sororidad»; haz que todos los que en ti creemos seamos denodados luchadores contra la destrucción de la naturaleza, el acaparamiento de riquezas y el olvido de los pobres. Como nos enseñó Jesús, tu Hijo, nuestro hermano, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Segundo domingo de Cuaresma – Ciclo B
Publicado por Voces de paz en Para la reflexión el 27 febrero 2012
DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA CICLO B
En este segundo domingo de Cuaresma la Iglesia pone ante nosotros cada año la figura de Jesucristo transfigurado. Su rostro glorioso nos sirve de estímulo a los que intentamos seguir sus pasos. Nos ayuda a comprender que la pasión -el esfuerzo doloroso- es el camino que conduce a la resurrección.
Oración inicial:
Dios, Padre nuestro, que nos invitas a “escuchar a tu Hijo muy amado”, Jesucristo; abre nuestros corazones para que sepamos acoger su Palabra con cariño y confianza, la pongamos por obra, y así lleguemos a participar un día de la plenitud de su felicidad gloriosa. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, nuestro hermano e hijo tuyo muy amado…
Textos y comentario
2.1.Lectura del libro del Génesis 22,1-2. 9-13.15-18
En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole: – «¡Abrahán!» Él respondió:
- «Aquí me tienes.» Dios le dijo: – «Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.» Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán! Abrahán!» Él contestó:- «Aquí me tienes.» El ángel le ordenó: – «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo tu único hijo.» Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: — «Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»
Dios prueba a Abrahán. El amor de Abrahán a Dios debe llegar a su límite más extremo: a la negación de sí mismo en lo que es y ama. Abrahán debe tomar conciencia en propia carne de la exigencia y profundidad del auténtico amor a Dios. Abrahán ha de ser «fiel» hasta el extremo: debe «probar» -mostrar y experimentar- su amistad con Dios. La prueba le elevará a «padre de los creyentes» y le constituirá «modelo» de sumisión a Dios. La bendición de Dios sobre él se alargará a todas las gentes. Magnífica prueba, magnífico amor. El hombre que ama a Dios «no se reserva» nada.
Conviene apreciar la magnitud y alcance de la prueba. Dios ordena a Abrahán ofrecerle a su hijo en sacrificio. Sorprendente disposición que ha de lastimar acerbamente el amor y la sensibilidad de Abrahán. No es fácil desprenderse de algo que se ama entrañablemente. Mucho menos del hijo predilecto, del heredero. La descendencia, al fin y al cabo, es la prolongación de sí mismo en el bullir de la historia. Y ¿quién renuncia a la propia supervivencia? Menos aún todavía cuando las promesas de Dios, lejos de ser una realidad palpable, flotan todavía en el futuro (Hb11, 13). Lógicamente hablando, sin embargo, Abrahán podría haber visto cierta «justificación», aceptando tan duro deber: regalo de Dios era el hijo, ¿qué de contradictorio, si ahora se le imponía devolvérselo en sacrificio? ¿Quién era él para negarse? ¿No era Dios el Señor de la vida? Pero la prueba, que rompe el corazón de «padre», pone, al mismo tiempo, en peligrosa crisis la capacidad religiosa de «hombre». ¿No era aquél el hijo sobre el que había llovido la «promesa» de una larga o inacabable descendencia? ¿Cómo ahora se manda sacrificarlo? ¿Qué Dios es éste que desgarra a lo largo y a lo ancho el sentimiento humano y religioso del hombre? La dificultad es realmente seria. Dificultad de tipo afectivo: entregar lo que más se ama. Dificultad de tipo racional: sacrificar lo que, en propia boca de Dios voluntad- en sus manos. Abrahán superó la prueba. No dudó, en la primera dificultad del amor de Dios; en la segunda, de su poder y sabiduría. La carta a los Hebreos afirmará resueltamente: «Juzgó que Dios tenía poder para resucitar de los muertos» (Hb 11, 19). El sacrificio de Isaac pasará en la Economía Nueva a ilustrar el gran misterio del Sacrificio del Hijo de Dios: Cordero sacrificado por los pecados del mundo. Abrahán es según esto: 1) El gran siervo y amigo de Dios, dispuesto siempre a seguirle a cualquier parte y a ofrecerle lo que le ordenare: Negación de sí mismo en beneplácito de Dios. Padre de un nuevo pueblo, que debe vivir a su imitación según fe. Objeto de especiales bendiciones: «En ti se bendecirán todas las gentes». 2) Prototipo del hombre de fe. San Pablo lo tomará como ejemplo y argumento, al hablar de la «justificación por la fe». Santiago aducirá esa escena como expresión de «fe viva», fe de la fe que opera en amor. (Sant 2, 20-24). 3) Tipo de Dios (Padre) que entrega a su hijo en sacrificio, para recuperarlo después y ser la bendición de todas las gentes: Cristo resucitado.
2.2. Salmo responsorial: Sal 115, 10-15-19: Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida.
Salmo de acción de gracias. Fácil de reconocer: «Rompiste mis cadenas», «te ofreceré un sacrificio», «cumpliré mis votos al Señor»… El beneficio presente se abre al futuro de la vida «caminaré en presencia del Señor en el país de la vida». Cantemos el beneficio. Caminemos en el país de la vida. Mantengamos la fe, sostengamos la prueba. Sea nuestra vida el sacrificio agradable a Dios y nuestro servicio una adhesión inquebrantable a su voluntad. La «fe», la «prueba», el «sacrificio», tu «siervo»… nos recuerdan el misterio de Cristo. Hagámonos «misterio» de Cristo. Sabemos la voluntad benévola de Dios: «Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles». Cristo probado, Cristo sacrificado. Cristo siervo: Cristo resucitado. Así, en él, nosotros.
R. Caminaré en presencia del Señor en el país, de la vida.
Tenía fe, aun cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!» Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. R/
Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. R/
Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén. R/
2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 31b-34
Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?
1) Dios no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros. ¿Cabe algo más grande e inconcebible? Cada uno de los términos es de por sí un misterio: «Dios», «no perdonó», «a su Hijo», «por nosotros», «pecadores»…Imposible explicar. 2) Por nosotros, pecadores ha dado lo que más amaba: ¡Su propio Hijo! ¿Cómo no se nos dará todo con él? ¿Podrá negarnos cosa alguna en él? ¿Quién estará contra nosotros, si su Hijo a quien lo entregó por nosotros, intercede por nosotros? ¿No es esta la mayor expresión de amor, y en ella la mayor exigencia de amor y de confianza? 3) Él es quien nos justifica. Él es quien nos hace «buenos», «aceptables», «justos», «dignos de sí». Ese es el fin precisamente de la obra de Dios en Cristo. Por nosotros murió, por nosotros resucitó; por nosotros está sentado junto a Dios en las alturas, intercede siempre por nosotros. La confianza en Dios debe ser absoluta. Nada podrá separarnos del amor que Dios nos tiene.
2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10
En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: – «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: – «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.» De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: – «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».
Han pasado seis días. Pero -final de la primera parte- ha confesado públicamente en un alarde de intuición, venida de arriba por cierto, la mesianidad de Jesús. Ya la saben los doce. El Mesías tan esperado y suspirado ya está allí. Se ha revelado el «secreto». Han pasado seis días. Jesús ha declarado, como Mesías, a continuación, algo que los discípulos no han podido encajar: el Mesías deberá morir y después resucitar. Continúa el misterio, no tanto de su persona como de su «misión». Jesús se dedicará a adoctrinar a los suyos en lo concerniente al misterio que envuelve a su obra y a su persona. Pero no está solo. Le acompañan la voz de arriba y el poder de lo alto. La Transfiguración. Son tres los agraciados. Los mismos que le acompañarán en la oración del huerto. Quizás, por su amistad y adhesión, los menos indispuestos para encajar el «misterio». Y los tres suben, con Jesús, a la montaña. Separación, ascensión, visión: testigos de una solemne teofanía. Jesús en el centro. Sobre él y ellos una nube; sobre él y ellos una voz; en torno a él y delante de ellos dos grandes figuras de la tradición religiosa antigua: Elías y Moisés. Cristo ha cambiado de semblante: todo traspuesto, todo transfigurado. Cristo acapara la atención. Fue un momento. Un momento sublime. Una voz desde la nube, una voz de Pedro, unas voces de Elías y Moisés con Jesús. Un momento de aturdimiento, y todo se vuelve a la realidad normal. Jesús les conmina no decir nada hasta «haber resucitado de entre los muertos». Han aparecido dos grandes hombres de la antigua Alianza. Dos hombres de fuego. Dos hombres insignes: ambos en el Sinaí-Horeb, ambos beneficiados con una teofanía. Dos hombres que representan la economía antigua en lo que tiene de expresión de Dios -Ley- y de la fuerza divina -profeta-. Jesús está en la misma línea: es hombre de Dios -más es Dios-hombre-. El es la ley y la fuerza divina. La voz de lo alto y la transfiguración lo ponen de manifiesto: «Este es mi hijo amado, escuchadle». No es «siervo» como Elías y Moisés; es el Hijo, el Hijo amado. La voz señala la Voz. Cristo es la Voz de Dios. Dios realiza la salvación en el Hijo. Han llegado los últimos tiempos; ha comenzado la Época Nueva. Testigos los tres agraciados. El misterio de Dios se revela presente y en marcha. Hay que aceptarlo y seguirlo. La vuelta a la normalidad y las palabras de Jesús muestran que el Misterio-Reino sigue un curso «misterioso»: Jesús debe morir y resucitar. El gran Señor de la gloria ha de pasar por la ignominia de la cruz. Jesús es el Siervo-Señor de Dios. Los discípulos, naturalmente, no comprenden. Ya las palabras de Pedro en el monte lo insinuaban: el camino del Señor no es el triunfo y la gloria fácil. Sobran los tres tabernáculos: es necesario llevar la cruz. Según esto: 1) Jesús es el Señor que anunciaron la ley y los profetas. Han llegado los últimos tiempos. Ya están en marcha. Jesús es el centro. Es el Maestro. Es él la salvación: Hijo Amado de Dios a quien debemos escuchar y seguir. No hay otro. 2) Jesús, Hijo de Dios, lleno de gloria sobrehumana, el Hijo del Hombre. Debe morir. Es el gran Siervo de Dios. Resucitará. Es el misterio de Dios. 3) Pedro refleja la postura del hombre al margen del “misterio”. Piensa humanamente, lejos del plan de Dios. Jesús ha de cargar con la cruz. También el discípulo. Todo otro camino es falso.
Meditemos:
Tomemos a Cristo, en su “misterio”, como centro de nuestra meditación. La Cuaresma debe acercarnos a él con veneración y respeto.. Ofrezcamos en él a Dios, Señor nuestro, el obsequio de nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Nos preparamos para la celebración del Misterio Pascual. Toda nuestra vida es, como cristiana, celebración de tan sagrado misterio y preparación para la Gran Pascua.
A) Jesús, Hijo de Dios, Voz del Padre. Jesús es el Hijo de Dios en el sentido propio. No es un «siervo» más en la línea de los enviados de Dios. Es su hijo. Marcos subraya este «misterio». La Transfiguración deja entrever la gloria que le corresponde. Es además el Hijo Amado, el Amado, el Hijo Único, el Predilecto. Lo declara abiertamente el Evangelio. Lo comenta, lleno de alborozo, Pablo a los romanos. De lejos, Isaac, hijo amado, lo prepara. Ha llegado el tiempo tan ansiosamente esperado, el gran momento. Con Jesús, Dios entre nosotros, comienza y avanza la obra de Dios. La Economía antigua lo testifica en las figuras de Elías y Moisés. Jesús es la Ley y la fuerza de Dios. Jesús es la voz de Dios: Dios mismo hecho voz humana. Es el Maestro. El único Maestro. En él encontramos a Dios. En él hallamos la Salvación. Es menester escucharle y seguirle. Adorémosle, obedezcámosle, escuchémosle, cantémosle, démosle gracias. Dios se ha portado bien con nosotros. En él nos ha bendecido a todos. La gloria del Hijo está prometida a todo aquél que le siga. Gran bendición de Dios. Las promesas de Abraham han llegado a su cumplimiento.
B) Jesús, Hijo de Dios, es el Hijo del Hombre. Misterio en dos tiempos:
1) Muerte de Cristo. El Hijo del Hombre debe morir. El Hijo de Dios, el Mesías, debe ser entregado a la muerte. Por nosotros. La idea está ya presente en las tres lecturas. Como tema del «evangelio», en Marcos y Romanos; como símbolo o tipo, en Génesis. Esa es la gran verdad, la única verdad, la magnífica disposición de Dios: Dios entrega a su Hijo a la muerte por nosotros pecadores. Así de grande e incomprensible es el amor de Dios. Todo un misterio de Amor. La figura de Abraham que «sacrifica» a su hijo apunta en ese sentido. Ya los padres vieron en el sacrificio de Isaac el sacrificio de Cristo. La muerte de Cristo es un auténtico sacrificio. Más, es el sacrificio por excelencia. Dios perdonó a Isaac. En su lugar aceptó un cordero. Cristo es el cordero que satisface plenamente a Dios. El es el que quita el pecado del mundo y realiza la reconciliación. Su sacrificio nos ha llenado de bendiciones. ¿Quién podrá dudar del Amor de Dios? ¿Quién podrá temer a Dios, que no perdonó a su propio hijo por nos nosotros? Temor sí, pero lleno de afecto y cariño.
2) Resurrección de Cristo. También está la idea presente en las tres lecturas. Hasta aquí llegó la fe de Abrahán, según Hebreos 11, 19: juzgó que podía resucitar de entre los muertos. Dios respetó la vida de Isaac. No podía menos que respetar la vida de su propio hijo. Por eso le devolvió a la vida, a una vida totalmente nueva. Cristo surgió del sepulcro plenamente transformado. Preludio de ello la transfiguración que nos relata el evangelio. Está sentado a la derecha de Dios, ya Señor del universo, para interceder por nosotros, según afirma Pablo. «Mucho le cuesta, en verdad, al Señor la muerte de sus fieles» nos hace cantar el salmo. La gloria de Cristo, de que nos habla el evangelio, es la coronación de su obra. Ese mismo es el fin del hombre: reinar con Cristo a la derecha de Dios. Cristo es nuestro ejemplo y camino: por la muerte a la vida. Por la obediencia a la posesión de Dios.
C) Abrahán, siervo de Dios, ejemplo del cristiano.
La fe de Abrahán, en su doble dimensión afectivo-racional, sigue siendo modelo de la fe auténtica. Así debe ser la fe del cristiano: totalmente dócil a Dios en el, obrar y en el pensar. Hay que seguir a Dios, dispuestos a sacrificar lo más querido y a renunciar a las más firmes convicciones, si así Dios no lo requiere. Tras ello se encuentra la promesa de la resurrección. A la entrega, total, que hace Dios de sí mismo -su Hijo- , corresponde una entrega radical y completa por nuestra parte. Dios llena totalmente cuando encuentra un alma totalmente vacía. El ejemplo perfecto del cristiano es Cristo, que obedeció al Padre hasta la muerte. Dios puede parecer en algún caso terrible. Es una impresión engañosa. Dios es el Dios del amor; es el Dios de la vida. Si exige algo es para llenar más. Este es el valor de la fe: renuncia para ganar y conseguir a Dios mismo. De hecho él toma la delantera: entregó a su propio Hijo para resucitarlo y dar, mediante él, vida a muchos. Es para avergonzarse la poca fe que tenemos. Ante un Dios tan extraordinario, ¿Quién dudará de su afecto hacia nosotros? ¿Quién no tendrá en él una conciencia ilimitada? ¿No nos ha dado lo más? ¿Será capaz de negarnos lo menos? Las exigencias de Dios son expresión misteriosa y fecunda de un amor intenso que no tiene medida. Dejémonos llevar por él. Pedro refleja la postura del hombre sin comprensión del misterio del amor de Dios, del misterio de Cristo. No fue escuchado. Su misión es seguir a Cristo hasta la muerte. Es la señal y vocación del cristiano. Así alcanzará la gloria. La gloria a «nuestro modo» ha de ser una constante tentación. En ella cayeron los dirigentes judíos al tropezar en la piedra de la cruz. Que no nos suceda a nosotros. La Eucaristía es el Sacrificio de Cristo. Sacrificio expiatorio, sacrificio de holocausto, sacrificio de comunión. Dios nos entrega a su Hijo. El Hijo se entrega por nosotros. Nosotros, en acción de gracias, lo entregamos a Dios, y en él a nosotros mismos. Es la Alianza y es la Bendición. Comunión con Dios y prenda de la eterna gloria. Exigencia de amistad y amistad que supera toda exigencia. Sacramento-Misterio de amor y de fe. Tiempo de cuaresma, tiempo de amor y de fe.
Oración final:
Dios, Padre de todos tus hijos e hijas, «que quieres que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad», y que invitas a «escuchar a tu Hijo muy amado», Jesús; haz que cada pueblo comparta con los demás tu Palabra, la que has dado a cada uno de ellos en su propia religión, para que reflejando cada uno un destello de tu luz pluriforme, mutuamente nos iluminemos, y reconozcamos comunitariamente la Verdad plena de tu rostro siempre inabarcable. Nosotros te lo pedimos por Jesús de Nazaret, nuestro hermano, hijo tuyo muy amado. Amén.
Domingo I de Cuaresma – Ciclo B
Publicado por Voces de paz en Para la reflexión el 21 febrero 2012
DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA CICLO B
Estamos en un tiempo fuerte de la vida cristiana y nos afanamos por “avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud” (colecta). Es una exhortación a todos los cristianos a vivir con más tensión, con más vigilancia. Orar, leer reposadamente el evangelio y los textos de la eucaristía dominical, hacer obras de misericordia; preguntarse en familia (hijos incluidos), si no podríamos hacer alguna limosna extraordinaria, si no podríamos renunciar a algo; prestar atención a comportamientos, palabras…
- 1. Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro: al comenzar esta Cuaresma te pedimos nos ayudes a empeñarnos en una auténtica conversión de nuestros corazones y nuestra vida personal y comunitaria, a la vez que nos esforzamos por transformar nuestra familia, nuestra sociedad, el mundo. Nosotros te lo pedimos en el nombre de Jesús, tu Hijo, nuestro hermano. Amén.
- 2. Lecturas y comentario
2.1.Lectura del libro del Génesis 9, 8-15
Dios dijo a Noé y a sus hijos: – «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.»
Y Dios añadió: «Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»
Quedan atrás, tendidos, con hedor a podredumbre, hombres y animales, ahogadas por las aguas torrenciales del diluvio. El narrador ha señalado, como causa de la catástrofe, la malicia humana; podrida en sus costumbres, podridos pos la ira de Dios. El pecado ha llovido del cielo la ira de Dios. La maestra de la creación -el hombre «imagen y semejanza de Dios»- se ha degenerado de tal manera que ha provocado en Dios una aversión y un rechazo tal que poco ha faltado para que la destruyera eternamente. Así el autor, mostrando con ello la incompatibilidad de Dios con el pecado. Expresiones quizás, ingenuas, pero certeras en la apreciación global: un Dios bueno, bueno no transige con el pecado. Se han salvado, por su benevolencia, unas cuantas personas.
El texto nos presenta a Dios y al hombre. A Dios, bendiciendo, y al hombre, objeto de bendición. Dios pronuncia una promesa de reconciliación que durará para siempre: un pacto, una disposición de no intervenir sobre la humanidad con un castigo definitivo. Hay, también, un acto de buena voluntad: una bendición de vida y crecimiento. Como promesa y pacto, la presencia objetiva de una garantía visible, que recuerde a Dios su compromiso y funde en el hombre confianza en su cumplimiento: el arco iris. Tiene la promesa, pues, amplitud cósmica. Estamos, según la perspectiva del autor, en los albores de la humanidad. Los hombres, a pesar de su inclinación al mal, han de confiar en un Dios que los ama y los defiende. Dios, en definitiva, no es Dios de la muerte sino de la vida. Dios, pues, se compromete a conservar en el mundo, donde se desarrolla la vida del hombre, una fundamental ordenación de la vida. La teología habla del pacto de Dios con Noé con perspectiva a todas las gentes. Abarca -visión típicamente bíblica- a los hombres y animales, pues de éstos se nutre el hombre. El tema de la bendición ha aparecido en el versículo anterior a la lectura. Dios no se desentiende del hombre.
2.2.Salmo responsorial Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9
Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.
Salmo alfabético; de carácter sapiencial. Expresiones de confianza; súplicas, consideraciones… Es bueno y necesario conocer el camino del Señor, pues es el camino a la vida. El hombre, creado para vivir, ha de encontrarlo. El no puede con sus solas fuerzas. Sólo el Señor puede ayudarle. La súplica manifiesta la urgencia por conseguirlo y la necesidad de recurrir a Dios. Pidámoslo: el Señor es bueno y clemente.
2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 18-22
Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas- se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.
Lectura clara en su conjunto y oscura, por el contrario, en alguno de sus detalles. Propongamos lo primero y tratemos, en consecuencia, de iluminar lo segundo. Vamos a pensar en Pedro. En Pedro apóstol; testigo de los acontecimientos de Cristo y garante de la tradición que parte de ellos. Subyace, en el texto, la reflexión teológico-litúrgica sobre el Evangelio. El elemento «kerigmático», de «Buena Nueva», abre la lectura: «Cristo murió por nuestros pecados»; alargando brevemente por explicitaciones aclaratorias: «una vez para siempre»; «el inocente por los culpables», «para llevarnos a Dios». Cada una de estas cláusulas posee su propio peso que no procede olvidar.
2.4.Comienzo del santo evangelio según San Marcos (1, 12-15)
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: – «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Podemos distinguir en este texto dos elementos, según el tema. Distingamos, pero no separemos demasiado. Los versículos 12-13 componen la primera unidad. Y esta unidad tiene por tema: «Jesús tentado como Hijo de Dios por Satanás en el desierto». Marcos no escenifica el misterio en tres momentos como lo hacen los otros sinópticos. Ofrece, más bien, la prueba de forma global. Insiste, pues, de no en la modalidad de la tentación sino en el hecho de ser probado y salir victorioso. ¿Cuál es su alcance? Dado que Cristo es el centro, podemos mirar hacia atrás y hacia adelante para que quede iluminado su misterio. Miremos, primeramente hacia atrás.
Jesús es el «Nuevo Adán». Para comprender en profundidad esta afirmación, podemos recurrir a la carta a los Romanos, en especial al capítulo 7. Sin salirnos del Evangelio, recordemos: Adán, las fieras, los ángeles… Adán sucumbió; Jesús sale victorioso. Es de notar que es puesto a prueba como «Hijo de Dios», como «hombre de Dios» que disfruta de especiales relaciones con Dios con una misión salvífica que cumplir. No olvidemos a Adán, imagen y semejanza de Dios, disfrutador de la amistad y convivencia del Todopoderoso. Jesús como «hombre de Dios», expresa con la negativa al diablo su relación de dependencia, de sumisión, de obediencia salvífica respecto al Padre y Señor. En realidad, Jesús sigue el camino señalada por el Padre: «llevado por el Espíritu al desierto». Como hemos encontramos, en este texto, al principio del Evangelio y al comienzo de la vida pública de Jesús, cabe pensar que el evangelista quiere introducirnos en el misterio de la obediencia de Jesús hasta la muerte en Jerusalén. Es un misterio que Marcos tratará de poner de relieve.
Jesús, pues, se presenta como el vencedor y el iniciador e inaugurador de la vuelta del hombre a Dios en el paraíso. Jesús, vencedor, nos hace vencedores. Con su victoria abre el camino al hombre para una convivencia filial con Dios dentro de un mundo de oposición y enfrentamiento. Jesús es la «primicia» de los vencedores: «Yo he vencido el mundo», dirá en Juan.
Esta última consideración es ya una visión hacia adelante. Jesús, causa de nuestra victoria. El cristiano ha de ser tentado como tal, como hijo de Dios. Dios le va a ofrecer un camino, como Padre, en Cristo, que tendrá que seguir para salvarse y contribuir, con él a la salvación de los demás. Tiempo de prueba, de enfrentamiento y de victorias parciales para, englobadas en un todo, alcanzar, en Cristo, la victoria definitiva y soberana sobre aquel que quiere separarnos de Dios como nuestro Padre. No se trata, pues, del hombre como hombre, en su condición natural, sino del hombre como persona llamada por Dios a convivir con él filialmente. Irrealizable todo esto si no es en Cristo Jesús, en quien somos y vivimos hijos de Dios.
La segunda unidad la componen los versículos 14-15. Jesús inicia su vida pública. El evangelista lo relaciona con Juan y lo destaca de él. Es ya el tiempo de Jesús.
Jesús predica. Con aires de profeta, de hombre enviado por Dios. Jesús, enseña. Es su característica. Es la Buena Nueva que debe hacernos «buenos» y «nuevos». Y es sobre el «Reino de Dios», sobre esa misteriosa acción de Dios que incide en los hombres para formarlos y transformarlos en «hijos de Dios» y, tras ello, trastocar toda la creación. Aunque la iniciativa viene de arriba, y de arriba, la fuerza salvadora y transformante, se exige al hombre, -«imagen de Dios»- respuesta y colaboración. Si ha de ser transformado, ha de, primero y en concomitancia, transformarse; es decir, cambiar, convertirse. Y ello, en todo momento. El resto del evangelio, con la persona y dichos de Jesús, lo especificará. Necesaria y consecuente, también, una aceptación del reino, una fe en adhesión vital a sus valores y exigencias. La conversión apunta a la fe viva, y la fe explicita la exigencia de conversión. El texto que sigue en el relato evangélico, ausente en esta celebración, pondrá de manifiesto en la vocación de los discípulos la requerida actitud penitencial y creyente al Evangelio del Reino: escucharon su palabra, le siguieron y se «convirtieron» en «pescadores de hombres».
Reflexionemos:
Comenzamos con este domingo la santa cuaresma. He aquí, según la liturgia del miércoles de ceniza, un tiempo oportuno. Tiempo oportuno para reflexionar, para orar, para pedir perdón a Dios de nuestras culpas. Tiempo de conversión. Siempre debe estar el hombre pronto a la reflexión y al arrepentimiento. Más todavía en estos días que la Iglesia dedica a la preparación a las festividades de la Pasión muerte y resurrección del Señor. El cristiano debe hacerse violencia, morir al pecado para resucitar con Cristo a la vida. Le acompañan prácticas de penitencia, ayunos, oraciones, asistencia a pláticas convenientes, obras especiales de caridad, etc. Un aire de austeridad, de devoción, prácticas de obras buenas, deben señalar estos días. Es la Iglesia entera la que se prepara. A todos nos toca un poco. Por eso:
A) Bondad del Señor. En la primera lectura aparece relevante la bondad de Dios que promete al hombre la no destrucción, es decir, la salvación. La humanidad ha sufrido una terrible prueba, una profunda purificación: el Diluvio. Allí quedó tendida la humanidad pecadora. No hicieron caso de la voz de Dios que les amenazaba. Sólo Noé con las familias de sus hijos lograron escapar del siniestro. Dios es el Dios de la vida, no es Dios de la muerte. Dios promete conservar en vida a la humanidad que ahora comienza. Como testimonio el Arco Iris. Cuando el pecado de los hombres encolerice de nuevo a Dios, y éste se vea movido a renovar el castigo, el Arco Iris le recordará su promesa. Pues bien, ¿Quién es verdaderamente el que retrae a Dios de infringir un nuevo castigo a los hombres pecadores? No hay otro que Cristo. Cristo murió por nosotros. El es el verdadero Testamento y Testimonio. Su sangre clama con más eficacia, para nuestro bien, que la sangre de Abel. Su Pasión, su Muerte, su Resurrección. Para estos misterios nos preparamos en la cuaresma. Ellos nos han acarreado la salvación eterna. El murió, justo, por los pecadores, para acercarnos a Dios. Esa es la maravillosa obra del Dios lleno de Misericordia. Así lo proclama el salmo.
El agua que purificó a la humanidad, destruyendo lo perverso de ella, es ahora medio de salvación. Por el agua anduvo Noé, salvándose. Por el agua pasa el cristiano dejando en ella sus maldades, el hombre viejo, resucitando a la vida en Cristo. El hombre llega a la vida, el hombre permanece en la bendición de Dios, el hombre se mantiene dentro de la promesa salvadora de Dios, sólo en la unión con Cristo en el bautismo. El bautismo nos conforma con él. El bautismo nos purifica, dándonos una conciencia pura. Es el Espíritu Santo que habitó en Cristo, quién habita ahora en nosotros y nos prepara apara vivir siempre, para resucitarnos, como resucitó a aquél que murió por nosotros. La bendición de Dios asegurando la vida del hombre llega a nosotros de ese modo. Dios es bueno, Dios es fiel, Dios mantiene sus promesas en Cristo Jesús.
B) Otro tema importante es el tema prueba. La humanidad fue probada. Cristo fue probado (tentaciones, murió por los pecadores); el cristiano es probado. Cristo fue tentado; Cristo salió victorioso. El es el nuevo Israel, el auténtico hijo de Dios, el nuevo Adán, el nuevo Hombre. No quiso emplear sus poderes en favor propio, sino que sumiso al padre, le obedeció hasta la muerte. También el cristiano tiene que enfrentarse con pruebas semejantes. Las realidades del mundo quieren acaparar toda su atención y actividad. El hombre debe mirar más alto y seguir el camino que Dios le señala. Esto le ha de costar trabajo. Es realmente una prueba. De la prueba debe salir como nuevo, más fuerte, más cristiano. La cuaresma nos recuerda las armas que debemos emplear: oración, ayuno, etc. Cristo se retiró y ayunó por cuarenta días. He aquí un ejemplo.
San Lucas interpreta las tentaciones, al colocar la segunda en último lugar, a la luz de la pasión y muerte de Cristo. Ahí está la gran prueba de Cristo. Le costó la vida. Su fidelidad le llevó a la muerte. No debemos olvidar que Dios puede exigir lo mismo de nosotros. Ahí están los mártires. ¿No se vio obligado Abraham a ofrecer su hijo?
Cristo tentado y triunfante (le servían los ángeles) nos recuerda a Cristo muriendo y resucitando.
C) La conversión. Cristo predica la conversión. También Noé la predicó. No le hicieron mucho caso. Es el tiempo oportuno. No nos pase como a los del tiempo de Noé. El agua del bautismo nos salva, si nos mantenemos unidos a él, a Cristo. Sólo en él seremos salvos. Fuera de él el agua se convierte en castigo, en ruina. Con Cristo brilla sobre nosotros el arco iréis de la bendición divina. Temamos y aprendamos de los del tiempo de Noé. Se nos invita a la conversión. Son días para recordarlo. ¡Convertíos! para ello la santa cuaresma. Hay que escuchar la Buena Nueva, que es Cristo mismo con su predicación y la salvación que nos trae. Escuchémosle. Es el tiempo oportuno. Dios muestra el camino a los pecadores. Pidamos perdón, nos enseñará el camino.
3. Oración final
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén
Domingo 7 del Tiempo Ordinario – Ciclo B
Publicado por Voces de paz en Para la reflexión el 14 febrero 2012
DOMINGO SEPTIMO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B
Este es ya el cuarto domingo consecutivo en que leemos un relato de milagro. Curiosamente, en esta ocasión, se juntan dos temas: la sanación física y el perdón. Todo ello como signo de que está aconteciendo el Reino de Dios: el novedoso actuar de Dios en la persona de Jesús, que beneficia a unos, escandaliza a otros y sorprende a todos.
Con el relato de hoy el Evangelista Marcos nos invita a entrar en una nueva etapa de la misión de Jesús. Una serie de cinco episodios conflictivos nos enseñan que la misión de Jesús encuentra resistencias, oposiciones, objeciones.
Con todo, vemos cómo el Reino de Dios se está realizando mediante acciones liberadoras de Jesús que restablecen la comunión de las personas con Dios y con los hermanos. En este nuevo abordaje de la misión de Jesús tenemos que preguntarnos: ¿En qué condiciones Jesús encuentra a las personas y qué cambios obra en ellas?
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Oración:
Padre fiel que has permanecido actuando en la historia y que manifestaste tu fidelidad en la vida de Jesús, actuando a favor de la vida y la dignidad de tus hijos e hijas, llénanos de tu espíritu para sepamos leerte en la historia y podamos actuar en ella con coherencia y radicalidad, siendo verdaderos protagonistas en la construcción de la Utopía, ¡tu Reinado!, con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que te buscan con la misma pasión que la nuestra. Nosotros te lo pedimos inspirados por Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. Amén.
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Lecturas y comentario
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Lectura del libro de Isaías 43, 18-19. 21-22. 24b-25
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Así dice el Señor: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed del pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza. Pero tú no me invocabas, Jacob, ni te esforzabas por mí, Israel; me avasallabas con tus pecados y me cansabas con tus culpas. Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados.»
Las reflexiones proféticas de este texto encuentran una introducción esclarecedora en el versículo 18: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo». La existencia del pueblo de Israel está volcada hacia el futuro, cuya bondad está garantizada por la promesa del Señor: «Mirad que realizo algo nuevo…, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo» (v 19). El Dios que libertó las tribus de Jacob de la esclavitud de Egipto es el Dios que ahora está a punto de libertarlos de la esclavitud de Babilonia. El Dios de las promesas es superior a todas las realizaciones del pasado, su presencia no se agota en ninguna de las realizaciones históricas. La fe es confianza en el Dios de las promesas, entrega y movimiento hacia un futuro abierto. Este futuro, elemento esencial de la historia de Israel, es primariamente don de Dios, pero sus etapas están condicionadas a la libre respuesta del hombre. De ahí la lamentación divina por la bondad no correspondida. El Israel cerrado a la esperanza es el que mira atrás desde el primer éxodo: «¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yahvé en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos!» (Ex 16,3). La ingratitud desagrada más al Señor que la falta de sacrificios: “No te avasallé exigiéndote…. pero me avasallabas con tus pecados y me cansabas con tus culpas” (vv 23.24). Sin embargo, el perdón divino tendrá siempre la última palabra. El Israel que resurge de la nada es un testimonio de la acción de Dios en el mundo y un símbolo de esperanza para todos los hombres.
El creyente es un hombre abierto al futuro desde su pasado. De la misma manera, la vida y la muerte de Jesús son la causa primera de la esperanza cristiana. El Nuevo Testamento nos habla del Dios liberador que se manifiesta en las palabras y hechos poderosos de Jesús de Nazaret. La cruz, símbolo del éxodo definitivo, no desemboca en una esclavitud, sino que rompe el fatalismo degradante de la relación amo-esclavo. Así se experimenta la fe como una nueva creación y una iluminación de la existencia humana, que recibe su fuerza del gran lema «el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz» (Jn 3,21).
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Salmo responsorial (Sal 40, 2-3. 4-5. 13-14 5b)
Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.
Dichoso el que cuida del pobre y desvalido; en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.
El Señor lo guarda y lo conserva en vida, para que sea dichoso en la tierra, y no lo entrega a la saña de sus enemigos.
El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad. Yo dije: «Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti.»
A mí, en cambio, me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia. Bendito el Señor, Dios de Israel, ahora, y por siempre. Amén. Amén.
Es un Salmo de alabanza y de acción de gracias a Dios después de una curación. Viene bien esta oración en sintonía con el evangelio del día. En el trasfondo del Salmo notamos el efecto de una concepción todavía arcaica, según la cual la enfermedad es el castigo recibido por los pecados cometidos.
Al contrario de los enemigos de este orante, Dios no condena al hombre enfermo. Dios no quiere que muera sino que viva: “El Señor lo guarda y lo conserva en vida… El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad”.
El orante confiesa su falta a Dios y obtiene el perdón de los pecados: “Yo dije: Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti”.
Como signo visible de este perdón, es sanado de su enfermedad. Entonces puede nuevamente presentarse ante el “rostro” de Dios: “Tú me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia”. La oración de gratitud se entona luego: “Bendito el Señor, Dios de Israel, ahora y por siempre. Amén. Amén”.
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Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 18-22
Hermanos: ¡Dios me es testigo! La palabra que os dirigimos no fue primero «sí» y luego «no». Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el que Silvano, Timoteo y yo os hemos anunciado, no fue primero «sí» y luego «no»; en él todo se ha convertido en un «sí»; en él todas las promesas han recibido un «sí». Y por él podemos responder: «Amén» a Dios, para gloria suya. Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros. Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.
Empezamos a leer hoy la segunda carta a los de Corinto, que nos acompañará de nuevo después del tiempo pascual. Buena parte de la carta es una defensa de Pablo ante los corintios que le acusaban de actuar ligeramente y de tener solamente perspectivas humanas a causa de haber cambiado -por razones que desconocemos- sus proyectos de viaje. Pero de esta cuestión sobre la firmeza de sus palabras, Pablo pasa a hablar de la firmeza del Evangelio de Dios que él predica.
El texto que leemos se inicia con una frase solemne: “¡Dios me es testigo!”: en la palabra del verdadero apóstol no puede haber contradicción, porque predica a Cristo, que es el sí definitivo de Dios a las esperanzas de los hombres. La historia de la salvación es la manifestación del constante deseo salvador de Dios que culmina en Cristo, y el apóstol lo predica y se adhiere personalmente a él, al igual que los cristianos de Corinto.
Esta adhesión de los creyentes a Cristo es constante, no es algo de un momento, y ello es así porque es el propio Dios quien nos dio su Espíritu que nos mantiene en el “sí” constante y en comunión con él. El Espíritu, que ya desde ahora da la prenda o las arras de la plenitud de la salvación, garantiza también la verdad de lo que Pablo predica. En el “Amén” de toda la comunidad reunida en asamblea litúrgica se expresa de modo privilegiado la adhesión al plan salvador de Dios.
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Lectura del santo evangelio según san Marcos 2, 1-12
Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: – «Hijo, tus pecados quedan perdonados.» Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: – «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?» Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para- que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados … » Entonces le dijo al paralítico: - «Contigo hablo: Levántate, coge -tu camilla y vete a tu casa.» Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: – «Nunca hemos visto una cosa igual.»
Nos encontramos en el capítulo 2 del evangelio de Marcos. Jesús ha comenzado ya su misión, anunciando el Evangelio y curando. La narración de hoy da inicio a una serie de cinco discusiones entre Jesús y los escribas y fariseos, entre ley y evangelio (2,1-3,6), entre letra, que mata, y Espíritu, que da vida (2 Cor 3,6). Jesús, desde el comienzo de su ministerio, entra en conflicto con las autoridades religiosas. Él manifiesta su poder sobre el pecado y sobre todo mal; su poder de perdonar pecados viene de Dios. El perdón es Dios mismo, que viene a nosotros con un amor sin límites.
v.1: Jesús, tras la curación del leproso, solía andar siempre en lugares solitarios (Mc 1,40-45). El relato de hoy nos lo presenta nuevamente en Cafarnaún, en casa de Pedro, donde anteriormente había curado a la suegra de éste (1,29-31). La casa, una figura “materna”, es símbolo de una comunidad cristiana en la que las relaciones humanas deberían crecer siempre hacia el amor perfecto.
v. 2: Jesús está en el centro de la casa y comunica la Palabra. A su alrededor se reúnen todos. Comienza la formación de la comunidad, que todavía es sólo una multitud preocupada de sí misma, que no piensa en los demás. La Palabra y la acción de Jesús deben transformar sus corazones.
v. 3: El paralítico: el hombre es creado por Dios como aquel que se encuentra siempre en camino hacia la casa del Padre. Pararse en este camino es retroceder. Por eso, la parálisis de que habla Marcos representa el nivel más profundo de la enfermedad externa. El paralítico en sentido espiritual es aquel que ha perdido la propia identidad, no logra moverse, no vive en plenitud lo que Dios le ofrece. La parálisis puede significar el pecado y todo miedo que impide levantarse y vivir como criaturas nuevas, resucitadas. En este relato, el hombre enfermo no posee un nombre propio: su identidad es la parálisis.
- “Sostenido por cuatro hombres”: son las cuatro personas que llevan al paralítico. El “cuatro” es el símbolo de los cuatro elementos, es decir, del cosmos entero. Todo nos puede llevar a Cristo, todo tiende hacia él… (Col 1,16s). Los Padres han visto en estos cuatro hombres a los cuatro evangelistas: su anuncio lleva a todos los hombres a Jesús.
v.4: Alrededor de Jesús se encuentra la multitud; por eso los cuatro no logran entrar. Esta gente es indiferente. No ha aprendido todavía cómo se acoge a los demás, particularmente a los débiles. Así pues, los que llevan al paralítico deben abrir un boquete en el tejado, lo que da una idea de cómo estaban construidas las casas palestinenses: el tejado, generalmente, estaba hecho de vigas y traviesas cubiertas por un material de relleno, ramas y barro, y a él se tenía acceso a través de una escalera externa. Esos hombres estaban convencidos de que el encuentro con Jesús sería para el paralítico la ayuda más importante. Pero, para encontrar a Jesús, a veces era preciso esforzarse mucho e incluso destruir lo que podía resultar un obstáculo, como el tejado. En este caso, la dificultad venía dada, además, por la camilla del paralítico. La camilla es, normalmente, un lugar de reposo, pero para el paralítico, en este caso, era una cárcel. En este texto puede simbolizar la ley (cf. Gál 3,10ss).
v.5: Jesús habla de la fe de los camilleros; no sabemos, sin embargo, si la tenía el paralítico. La fe logra levantar a los otros (cf. Gál 6,2). A causa de la fe de los hombres que llevaban la camilla, Jesús se dirige al paralítico con una ternura materno-paterna pronunciando su nombre nuevo: “hijito…”. El hombre inmóvil por su parálisis, excluido de la comunidad, es acogido como un hijo (cf. Rm 8,14 ss). Podemos preguntarnos de dónde le viene esta nueva dignidad. La inmovilidad del paralítico simboliza los efectos del pecado. Jesús le ofrece su poder de perdón y así quita la parálisis más dura, es decir, el pecado: “te son perdonados tus pecados”. El pecado es una parálisis difícil de reconocer (Jn 9,41) que nos priva de la gloria de Dios (Rm 3,23). Por ello, el pecado necesita el perdón. Jesús, ofreciéndoselo al paralítico, le hace hijo adoptivo del Padre (cf. Ef 1,4-5). Con ello expresa el deseo de Dios de que todo hombre se salve (cf. 1Tim 2,4).
vv. 6-7: Los escribas son expertos de la ley, los que declaran lo que está bien y lo que está mal. Pero Jesús mismo es el cumplimiento de la ley (cf. Rom 10,4). Marcos pone de relieve la dureza de sus corazones. La resistencia a la Palabra de Jesús crea la cerrazón de sus corazones: callaban, pero sus corazones estaban llenos de un veneno mortal. ¡Ésta es la verdadera parálisis que inmoviliza al hombre! Están en casa con Jesús, pero en realidad están fuera. Esta actitud no permite a la Palabra de Dios entrar dentro del corazón para transformarlo. En la acusación de blasfemia hecha a Jesús late el veredicto final de condena que encontramos en su pasión (14,64).
vv. 8-9: Jesús intenta dialogar con ellos, pero ellos sólo son capaces de hacer un monólogo sin palabras. La pregunta de Jesús desconcierta a sus adversarios: «¿Qué es más fácil, decir al paralítico “tus pecados te son perdonados” o decirle “levántate, toma tu camilla y echa a andar”?». Para el hombre, desde luego, ambas cosas no sólo no son fáciles sino que son imposibles.
vv. 10-11: Jesús se manifiesta como el Hijo del hombre de Dn 7,13, poseedor de la autoridad divina. Él hace “lo invisible” a través de un signo visible. El juicio que realiza el Hijo del hombre es el juicio del amor, del perdón sin límites. Sobre la tierra este don se cumplirá en su muerte y resurrección. Jesús se dirige al paralítico. Hace el signo a través de su poderosa Palabra, llena de autoridad divina: “Levántate”, en griego, significa también resucitar de entre los muertos. Jesús trae la vida nueva, el perdón y la resurrección. Ahora el hombre puede llevar su camilla, es capaz de vivir la vida en plenitud. La ley ya no le oprime ni le aprisiona.
- “Vete a tu casa”. La casa del hombre es Dios mismo. El hombre sanado puede caminar hacia el Padre, volver a su eterna morada (Qo 12,5). Esta “resurrección” se cumple públicamente, delante de todos. Jesús puede indicar que este don les pertenece a todos. Al final, cada palabra y gesto de Jesús tiende siempre a la gloria del Padre. También ahora es así: la gente glorifica a Dios, porque el hombre liberado de su pecado puede caminar hacia el Padre.
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MEDITACION
Jesús les proponía la palabra. El mismo es la palabra que comunica toda la verdad de su Padre. Por eso, la prioridad en nuestra vida debe ser estar a los pies de Jesús escuchándole. El de verdad quiere hablar con cada uno de nosotros. En aquella ocasión no había sitio ni en la puerta. Llegaron cuatro llevando un paralítico en la camilla. Llegaron tarde y no podían entrar. Pero no se rindieron ante la dificultad. Nosotros también encontramos trabas para estar con Jesús y muy fácilmente nos excusamos. Quisiera haber rezado un buen rato cada día, quisiera haber ido a misa, pero no tengo tiempo. Pero es cuestión de prioridades. ¿Que se nos hizo más importante que estar con Jesús?
Aquellos hombres no entraron por la vía normal porque estaba cerrada. Abrieron un boquete en el techo. Pensemos en el paralítico que se dejo subir. Desde su camilla, impotente para prevenir cualquier desastre, debía confiar en aquellos hombres que lo jalaban con cuerdas hasta llegar al techo. Si esperamos a encontrar las condiciones óptimas para estar con Jesús, no lo vamos a hacer. Hay que forzar las cosas, o mejor, forzarse uno mismo para entrar por el techo en contra de nuestro gusto. Jesús nos dijo en una ocasión: La carne se resiste. Se nos hace molesto.
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Oración final:
Jesús, verdadero Hijo del hombre, ayúdame a acoger tu perdón. Abre mi corazón, para que pueda experimentar la fuerza de tu Palabra que hace florecer la vida en el desierto. Hazme sentir tu voz, que dice: “hijo, hija, tus pecados están perdonados”. Dame tu fuerza para el camino hacia el Padre.
Domingo 6 del Tiempo Ordinario – Ciclo B
Publicado por Voces de paz en Para la reflexión el 6 febrero 2012
Domingo sexto del tiempo ordinario ciclo B
Las lecturas de este domingo giran, en gran medida, en torno a la enfermedad de la lepra: de la visión de la ley y tradición del pueblo de Israel y de cómo se posicionó Jesús ante ella a través de la curación de un leproso. Surge la fe como un punto relevante del poder salvífico de Jesús. La enfermedad, la impureza y el pecado son términos que aparecen relacionados y se nos plantean en primera persona a modo de cuestionamiento y reflexión. Como fondo la indicación de san Pablo a realizar todo lo que hagamos para la gloria de Dios junto con la exhortación a que le sigamos a él como él sigue a Cristo. Toda una oportunidad de reflexión y celebración aprovechando el descanso dominical. Leer el resto de esta entrada »
Domingo 5 del tiempo ordinario – Ciclo B
Publicado por Maite en Para la reflexión el 31 enero 2012
Domingo quinto del tiempo ordinario ciclo B
El Tiempo Ordinario no celebra un acontecimiento particular de la vida de Cristo, sino el mismo misterio de Cristo en su globalidad, principalmente los domingos. Es un período del año que nos hace vivir de un modo sereno la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros, el sentido de la comunidad reunida, los valores del domingo, la Eucaristía en sí misma, la Palabra de Dios que nos va alimentando en nuestra vida de fe…
La figura de Cristo que aparece hoy en el evangelio sigue siendo la del Profeta que nos ilumina el camino con su Buena Noticia y nos invita a seguir el estilo de su evangelio. Ha predicado toda la jornada en un pueblo, y le buscan para que siga haciéndolo al día siguiente: intuyen que en él tienen al verdadero Maestro. Pero él prefiere ir a predicar a otros pueblos y aldeas: «para eso he venido… y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios».
- 1. Oración comunitaria
Padre creador, que escuchas y atiendes los clamores de la humanidad, y que en Jesús nos mostraste el proyecto de Bondad y libertad para tus hijos e hijas. Haz de nosotros creyentes audaces, que libres de todo afán de dominio o ganancia, sepamos ser servidores de todos, especialmente de tus hijos solos y abandonados. Que seamos constructores de un mundo sin exclusiones en el que todos y todas quepamos con igual dignidad e iguales oportunidades, para que la humanidad y la creación que sufre puedan también un día levantarse, y realizarse plenamente en paz y bienestar. Tú que vives y amas por los siglos de los siglos. Amén.
- 2. Textos y comentario
2.1.Lectura del libro de Job 7,1-4.6-7
Habló Job, diciendo: «El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mi herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha.»
Tema común de estudio y de reflexión es la Providencia divina. Dios tiene providencia del pueblo, de cada uno de los hombres. Pero los caminos seguidos por Dios son intrincados y misteriosos; no son fáciles de entender. El Sabio trata, en lo que cabe, de darles explicación. De ahí la sabiduría, el conocimiento de los caminos del Señor. Dios ha obrado y ha hablado en la historia del pueblo de Israel. Allí se centra el estudio del Sabio. Surge entonces una visión de Dios, del mundo y del hombre, muy en consonancia con la revelación divina. Tanto es así que para nosotros es parte de una misma revelación.
El Sabio viene a ser el teólogo de aquel mundo. La visión que él tiene de las cosas parte de la Revelación. Es una sabiduría divina. Se contrapone naturalmente a la sabiduría de este mundo. Surge así una apreciación peculiar de las cosas. Los juicios que el Sabio emite son válidos, aunque no siempre completos, pues está por venir todavía la Revelación de Cristo. En esta perspectiva deben enjuiciarse sus palabras. Aquí nos encontramos con un caso. Se trata de Job, del proverbial Job.
Job fue en un tiempo rico, dichoso. Vivía un tiempo bendecido por Dios, estimado de los hombres: tenía numerosa familia, abundantes riquezas, muchos amigos y estimación de todos. Pero todo eso huyó como una sombra en día de fuerte viento. Ahora se recuesta en un montón de estiércol. Sus hijos han muerto, sus riquezas han desaparecido. La salud lo ha abandonado; con un tejo tiene que raer la podredumbre que le cubre el cuerpo. Debe dejar la sociedad de amigos y conocidos (es la lepra?). Su misma mujer lo desprecia. Y por si fuera poco hasta sus más sensatos amigos -al fin y al cabo son sabios- le acusan de pecado; vienen a arrebatarle la seguridad que él tiene de su justicia. ¿ Cabe mayor desgracia?. En esta amarga experiencia surge la consideración: ¿Qué es el hombre? ¿Qué es la vida del hombre sobre la tierra? El texto de Job nos da la respuesta: «Es un servicio militar… La vida es soplo…. Un continuo lamento….Una noche de sufrimientos….» Tal es la situación del hombre en este mundo. Es una visión válida, pero no completa y definitiva. ¿Donde encuentra su sentido?
2.2.Salmo responsorial: Sal 146, 1-6: Alabad al Señor, que sana los corazones quebrantados.
Salmo de alabanza. La alabanza, para ser auténtica, debe tener una motivación. La motivación aquí, tratándose de Dios, son sus acciones. El salmo celebra su bondad para con los hombres: «Sana los corazones destrozados». La experiencia secular de Israel avala el encomio, el canto lo celebra y lo proyecta para el futuro como fundamento real a toda esperanza. La liberación de todo mal vendrá por Cristo, que no rehuyó el mal para salvarnos. La definitiva se realizará cuando participemos en plenitud de su gloria.
Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.
Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel.
Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre.
Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. El Señor sostiene a los humildes, humilla hasta el polvo a los malvados.
2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23
Hermanos: El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.
Seguimos en la primera carta de Pablo a los Corintios. Pablo ha variado de tema. Venía hablando en el capítulo 8 de los idolotitos. Al robusto en la fe nada le impide comer carne de animales que antes han sido sacrificados a los dioses. Para él no hay más que un Dios verdadero. Los llamados dioses no son sino títeres de los humanos. No suponen para él problema alguno. El se siente libre. Pero debe usar cautamente de su libertad, no sea que ponga en peligro a otros que ven en tal conducta una incitación al mal, por creer que comer de tales carnes es faltar a Dios. La libertad de conciencia tiene un límite: la caridad con el prójimo.
Empalmando con este tema pasa a relacionar su libertad-derechos de apóstol con la conducta personal que él observa. Su conducta está determinada no por los derechos que posee, sino por la caridad, por el deseo de ganar a todos para Cristo. En tanto usa de esos derechos en cuanto ellos le facilitan el camino para llevar a todos a Cristo. Por eso renuncia a ellos libremente cuando de algún modo o de otro éstos pueden ofrecer algún impedimento a su misión de evangelizador. El título de Apóstol, con el oficio anejo de predicar, le daba entre otros el derecho de ser mantenido por la comunidad. Pablo renuncia a ese derecho; él mismo se gana su sustento. Más aún, trata de probar que en él personalmente no llega a ser derecho. El siente una necesidad, una fuerza mayor que le impele a darse totalmente al Evangelio.
Esta es su recompensa: darse sin trabas al cumplimiento de su misión. Todo para el Evangelio. De ahí que es débil con el débil, esclavo con todos… Trabaja con sus propias manos… Célibe… Llora con el que llora y ríe con el que ríe…Así es Pablo. Según esto:
A) ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! No espera, ni quiere otra recompensa que la misma promulgación del Evangelio. Todo son derechos si es para evangelizar. Todo sobra, a todo se renuncia, si impide o está el margen de la evangelización. Evangelizar de todo corazón, con toda el alma, gratuitamente, sin reclamar derechos, he ahí el deseo de Pablo. Ciertamente es un grandioso Ideal.
B) Pablo se ha hecho todo para todos con el fin de que Cristo llegue a todos. La norma es el amor. El amor no atiende a derechos, sino a obligaciones; no busca ganancias, sino la entrega propia. Pablo se ha dado enteramente a la salvación de los hombres. El Evangelio es su vida, y su vida, el Evangelio. Todo se enjuicia desde este punto de vista.
2.4. Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 29-39
En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: – «Todo el mundo te busca.» Él les respondió: – «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.
El cuadro el que nos presenta Marcos.
A) Curación de la suegra de Pedro. Los tres sinópticos traen este pasaje. ¡Se trata de Pedro! La mujer, suegra de Pedro, que les servía, está impedida. Cristo la toma de la mano y la libera del mal. He ahí, para el cristiano, una imagen de la resurrección. Este gesto de Cristo de tomar la mano y de levantar, recuerda el poder que Cristo tiene de dar la vida. El fiel resucitará en virtud de la acción de Cristo. Recuérdese para ello el gesto de Cristo con la Hija de Jairo y con el hijo de la viuda de Naín.
B) Continúa la acción taumatúrgica de Cristo. Los demonios se alejan de su presencia. Cristo es más poderoso que ellos. Pero Cristo les impide hablar. Se ha hablado mucho de la actitud de Cristo de velar su propia personalidad. Téngase, sin embargo, en cuenta:
1) La idea que el pueblo tiene del Mesías es errónea. Si Cristo se presenta abiertamente como tal va a haber un mal entendido. Lo van a tomar por un Mesías político. Eso no es Cristo.
2) La forma de ser de Dios es de por sí misteriosa. Nada extraño que la actitud de Cristo sea misteriosa. Su Reino, a pesar de las aclaraciones, será siempre un misterio. Cristo se mantiene en un discreto misterio.
C) Cristo predicaba por doquier. Esa es su vocación. Todo lo abandona. Se entrega totalmente a la evangelización.
D) Es de notar la «oración» de Cristo: sólo, en el descampado. San Lucas lo pondrá de relieve. La réplica de Cristo «vamos a otra parte»: contrasta con las palabras de Simón: «Todos te buscan».
Reflexionemos:
A) Cristo, centro de consideración. Cristo da la salud, Cristo da la vida, Cristo lanza los demonios. Existe un paralelismo antitético: Diablo-pecado-enfermedad-muerte//Cristo-gracia-salud-vida. Cristo lanza al diablo, causa del pecado y de la muerte; perdona los pecados, sana y da la vida eterna. Cristo ha comenzado ya su obra. Ya ha vencido al Diablo; pero quedan en nosotros todavía como cosa pasajera la enfermedad, debilidad y la muerte. Serán vencidas en último lugar. En tanto, nos toca sobrellevar las molestias de esta debilidad humana hasta el fin. He ahí la descripción de Job. La vida humana puede ser muy molesta. Pero tiene un término. Más aún, tiene un sentido, una vez que Cristo se hizo débil (como por uno de) nosotros. Para nosotros no es problema como lo fue para los antiguos. Esperamos que amanezca el Día del Señor. Esperamos que este cuerpo corruptible se cubra de incorrupción. Estamos ahora de paso, como en servicio militar. Después reinaremos.
B) Urge la evangelización. Tanto Cristo como Pablo se entregan totalmente a ella. ¿Cómo nos entregamos nosotros?. La tarea, como divina, es absorbente. Recordemos del domingo pasado el pensamiento de Pablo acerca del celibato. Y recordemos también las condiciones de requisito impuestas por Jesús a sus discípulos: renuncia total.
C) Derechos-obligaciones del Apóstol. Parece ser que para Pablo vale el principio: no reclamo derechos sino aquellos que me facilitan el camino a una más eficaz predicación del Evangelio; aquellos que facilitan el camino a una entrega total al servicio cristiano de la comunidad. Como se ve, el derecho no se valora en razón del provecho personal, de la utilidad o comodidad propia, sino en razón de la utilidad cristiana de los demás. Serán aquellos que facilitan el cumplimiento de las obligaciones. Las obligaciones -en realidad no hay más que una- son amar la obra de Cristo en toda su extensión y profundidad. Se pierde lo personal para ganar lo comunitario. Esto es sin duda alguna un ideal.
D) Supremacía de la caridad. La libertad tiene un límite: la caridad cristiana. La caridad te obliga a restringir el uso de tu libertad. ¿Cuál es nuestro móvil, la libertad «lícita» o la caridad que se obliga?. Contemplemos a Cristo y a Pablo.
- 3. Oración final:
Maestro mío, Jesús, envíame tu Espíritu Santo prometido para que me explique las Escrituras y me abra a la salvación que, como a tantos hombres y mujeres de Galilea, quieres regalarme hoy.
Tercer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B
Publicado por Voces de paz en Para la reflexión el 18 enero 2012
Domingo tercero del tiempo ordinario ciclo B
La invitación que hace Jesús es a la “conversión”. No puede ser de otro modo, ante una realidad decisiva. “Convertirse significará aceptar, entrando totalmente en él, el mundo de los juicios y de los valores de Jesucristo, la concepción de la felicidad y de las exigencias de la vida según Jesucristo: acoger en el propio interior una mentalidad nueva que es la de Jesucristo… Una conversión que sólo afectara a las ideas, un cambio puramente intelectual, no sería de ningún modo la conversión evangélica, así como tampoco lo sería una conversión que no implicara más que las zonas de la sensibilidad y del sentimiento religioso; o una conversión que únicamente modificara la relación del hombre consigo mismo en el plano de la ética”.
“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca… …Síganme”
- ORACIÓN INICIAL
Oremos… “Tú, el Cristo, ofreces un tesoro de Evangelio, depositas en nosotros un don único, el de ser portadores de tu vida. Pero, para que sea evidente que la irradiación viene de ti y no de nosotros, has depositado este don insustituible en vasos de arcilla, en corazones de pobres, tú vienes a tomar un lugar en la fragilidad de nuestros seres, allí y no en otra parte. Entonces, sin que sepamos cómo, haces de nosotros, tan insuficientes y vulnerables, la irradiación de tu presencia entre los hombres”.( Hermano Roger de Taizé (+2005))
- 2. LECTURAS Y REFLEXIÓN
2.1.Lectura de la profecía de Jonás 3, 1-5. 10
En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: – «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: – «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.
El libro de Jonás es una pequeña joya que merece una lectura completa. Bajo la forma de un cuento, lleno de humor, aparece en escena un profeta recalcitrante que se resiste a anunciar un mensaje de conversión y de salvación a los habitantes de la ciudad de Nínive. Él los detesta porque son paganos sin fe ni ley. Después del primer llamado, Jonás huye en la dirección opuesta a la gran ciudad pagana. Una tempestad hunde el barco y un gran pez vomita en tierra al triste héroe de esta historia. Dios se dirige por segunda vez a Jonás, quien acepta por fin ir a la gran ciudad. Jonás no se toma la molestia de darle muchos argumentos a los paganos para que se conviertan, se contenta con proferir una amenaza. Y, ¡sorpresa!, los habitantes de Nínive escuchan y comprenden el mensaje. El rey decreta un ayuno para todo mundo, aún para los animales, y dice: “Cada se convertirá de su mal camino y de la violencia de sus manos”. Dios obtiene el resultado que espera, su palabra es eficaz, aún si el mensajero es deficiente. ¡El mensaje de salvación es anunciado y escuchado! “Al ver lo que habían hecho y cómo se convertían de su mala vida, se conmovió Dios…”. Dios quiere que la humanidad renuncie a la violencia y viva en paz. Este mensaje le ha sido confiado al pueblo escogido, él tiene la tarea de comunicarlo al mundo entero.
Mensaje; «El Señor Dios nuestro tuvo piedad de su pueblo». declara el v. 10. Nótese que se trata de Nínive, capital del reino asirio en tiempo de Senaquerib, el más acérrimo enemigo de Israel. Fue notorio por su crueldad inhumana. Destruyó el reino del norte. En este pasaje se le llama «pueblo del Señor». Dios tuvo piedad de él. Dios lo perdonó. Dios, pues, no se desentiende de los hombres que Él ha creado. Se vislumbra ya la vocación de todos los pueblos. Otros profetas también apuntan en este sentido. Véase Is 19, 22 – 24; Jonás preanuncia la misión universal del mensaje divino de salvación. Sugestivo y preciso, el libro de Jonás.
2.2.SALMO RESPONSORIAL
Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9 R. Señor, enséñame tus caminos.
Convertirse es, literalmente, cambiar de ruta, entrar en el camino recto. La primera y la tercera estrofa del Salmo delinean el tema del camino. Para el pueblo de Israel, Dios traza el camino por medio de sus mandamientos. El creyente debe conocerlos, amarlos y ponerlos en práctica. Quien se deja guiar por el Señor será salvado. Para ello se requiere reconocer la pequeñez ante Dios. Dios se interesa por los humildes y los pecadores; lo hace enseñándoles el camino a seguir. 13
La segunda estrofa es una oración de confianza dirigida al Señor, el Dios de la Alianza. El Salmo recuerda las grandes cualidades de Dios: su amor, su ternura, su fidelidad. Cuando se invoca el perdón, Dios olvida las rebeldías y los pecados, las faltas de juventud.
Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R.
Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R.
El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R.
2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 7, 29-31
Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como sí no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.
Se habrá notado que estos domingos primeros toman los textos bíblicos en su segunda lectura de la Carta primera a los Corintios de S. Pablo. En esta Carta responde S. Pablo a diversas cuestiones que los de Corinto le proponen. Son cuestiones prácticas. Los principios, sin embargo, aparecen con frecuencia generales.
El tema que desarrolla en este capítulo 7 es de sumo interés. Coloca S. Pablo la virginidad sobre el matrimonio. La razón fundamental estriba en que la virginidad libera de preocupaciones que impiden a uno darse por entero al servicio del Reino. El hombre casado está solícito por las cosas que comparte. No puede entregarse totalmente a la edificación del Reino de Cristo. Por otra parte, ya con una perspectiva escatológica, advierte S. Pablo que todas estas cosas pasan. No debe uno pegarse demasiado a estas ocupaciones. El tiempo es breve; la figura de este mundo pasa. El Nuevo Mundo es el Reino de Cristo en su forma definitiva. Los bienes de este Reino son los que realmente interesan. Tras ellos hay que ir, pues no pasan.
Adviértase que no se elude el compromiso con el mundo sin más, sino con el mundo que pasa y en cuanto pasa. En este mundo hay realidades que tienen un valor en el Reino; deben ser consideradas atentamente. Primero el reino de Dios y su justicia; después las demás cosas. La virginidad te capacita más que el matrimonio para darte por completo al servicio de este Reino, que consta en el momento actual de realidades materiales y espirituales, según nuestra nomenclatura. El matrimonio no. El Reino ha de sobrevivir a las realidades de este mundo. El matrimonio no, como tal. En el cielo no se casan.
Es, pues, una amonestación la de S. Pablo a no detenerse demasiado en cosas que han de pasar.
2.4. Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 14-20
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:
– «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: – «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.
Nos encontramos en Marcos, evangelista ordinario en este ciclo. El tema es evidente. Se trata de la vocación de los Apóstoles.
Nótese:
A) «El Reino de Dios está cerca». Ha llegado el tiempo de la gran decisión para el pueblo de Israel. Urge darse prisa y tomar una actitud decidida en su favor. El Reino de Dios es el tema común de la predicación de Cristo. Cristo lo anunció en sus diversos aspectos a través de toda su vida.
El primer paso, es condición indispensable para entrar en el Reino: «Convertíos», «Creed la buena Nueva» Cambio de postura, abandono de los propios caminos y del pensar propio; asentimiento a la predicación de Cristo. El es la Buena Nueva. Hay que seguirle incondicionalmente. S. Juan desarrollará el tema de la fe en Cristo, como algo insustituible.
B) Llamamiento y seguimiento incondicional al Maestro. La elección recae en los individuos, ineptos humanamente hablando. La voz de Cristo los desdice al seguimiento. Es poderosa la voz del Señor. Ella misma los consagra como Apóstoles. Son constituidos «Pescadores de hombres». Misión bien definida: predicar y anunciar la conversión y la fe en Cristo. Ellos van a dar testimonio de Él y de sus palabras hasta los confines del mundo. En la aceptación de su palabra está vinculada la salvación.
Reflexión:
1) Dios llama a todos a la conversión. A todos alarga la mano bondadosa ofreciendo el perdón. Sin embargo, su palabra salvadora llega a los hombres a través de sus mensajeros. Ahí están Jonás y los doce. Dios nos habla por ellos.
2) La disposición del apóstol debe ser de entrega total. Lo abandonaron todo. La misión de salvar a los demás debe absorberlos totalmente. Jonás y los apóstoles lo dejaron todo. Se dedicaron plenamente al reino de Dios. Lo demás no lo juzgaron digno. Puede que algo de esto nos diga el capítulo 7 de la carta de Pablo a los Corintios. Hay muchas cosas que pasan. Una es la importante: El reino de Dios y su justicia.
3) Dios sigue llamando todavía a la conversión. Recordemos que debemos convertirnos y renovar nuestra fe en Cristo continuamente Dios quiere salvar a todos.
- ORACIÓN FINAL:
Entrando en el camino del discipulado:
¡Que me juegue la vida en tu seguimiento!
“Señor, tú que has nacido por azar al final de un viaje y que mueres como un malhechor después de haber recorrido, sin dinero, todos los caminos -los del exilio, los de las peregrinaciones y de las predicaciones itinerantes- sácame de mi egoísmo y de confort. Que, marcado por la Cruz, no tenga miedo de la vida difícil. Sí, Señor, hazme disponible para la bella aventura a la que me llamas. He comprometido mi vida, Jesús, en tu seguimiento, me la he jugado toda por tu amor. Los otros pueden ser sabios, tú me dices que es preciso ser loco. Otros creen en el orden, tú me dices que crea en el Amor. Otros piensan que hay que guardar, tú me dices que dé.
Otros se instalan, tú me dices que camine y que esté listo para el gozo y el sufrimiento, para los fracasos y los logros, que no ponga mi confianza en mí sino en ti. Me dices que me lance a la aventura cristiana sin preocuparme por las consecuencias y que, finalmente, arriesgue mi vida apoyándome en tu amor”
(Abbé Joly)
Domingo de la Epifanía del Señor – Ciclo B
Publicado por Voces de paz en Para la reflexión, Solemnidades el 2 enero 2012
DOMINGO DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
Navidad y epifanía surgen en la Iglesia como dos fiestas idénticas. En lugares distintos, en fechas y con nombres distintos, pero con un mismo contenido fundamental. Al menos en su fase original, ambas solemnidades celebraron el nacimiento del Señor. Sin embargo, después de un proceso de sedimentación, al asentarse ambas fiestas definitivamente en Oriente y Occidente se configuran con perfiles distintos, hasta ofrecer un contenido específico con matices propios e independientes.
El contenido de la fiesta de epifanía aparece claramente definido en dos antífonas, ya existentes en el antiguo breviario y que la nueva Liturgia de las Horas ha conservado en su oficio: «Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial ‘Esposo, porque en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino» (Antífona para el Benedictus). Y en la antífona para el Magníficat en II Vísperas: «Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: Hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos».
La tradición popular ha vinculado siempre la fiesta de epifanía con el episodio de los reyes magos. Lo cual se justifica, en efecto, por las referencias que hacen a los magos casi todos los elementos propios de la fiesta, tanto en la misa como en el oficio. Sin embargo, las dos antífonas citadas vienen a ser como la clave de interpretación de todo el conjunto. Esto nos obliga a considerar el contenido de la fiesta desde la perspectiva que señalan dichas antífonas.
En primer lugar, epifanía no se centra en un hecho o episodio concreto. El foco de interés, en el que polariza la atención de la Iglesia al celebrar esta solemnidad, se sitúa más allá de los hechos. Por otra parte, el criterio básico que se ha puesto en juego al instituir esta fiesta no hay que entenderlo en clave histórica o cronológica. La constelación de solemnidades que siguen a la fiesta del 25 de diciembre no celebran, sin más, los acontecimientos de la infancia ni se siguen según un orden cronológico. La clave de interpretación no es histórica. Hay que buscarla en otra línea de carácter teológico.
En silencio delante de Dios
Hoy, en este domingo en el que Dios se manifiesta como luz de los hombres, queremos pedir al Señor “la pasión de escucharlo” con las palabras de la Beata Isabel de la Trinidad: “¡Oh Verbo eterno!, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme toda docilidad para aprender todo de Vos. Luego, a través de todas las noches, todos los vacíos, todas las impotencias, quiero estar siempre pendiente de Vos y permanecer bajo vuestra gran Luz” (Elevación a la Santísima Trinidad, 21 noviembre 1904) Leer el resto de esta entrada »
Solemnidad de Santa María Madre de Dios – Ciclo B
Publicado por Voces de paz en Para la reflexión el 26 diciembre 2011
DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS Ciclo B
Hoy es la octava de navidad y el primer día del nuevo año, una conclusión y un comienzo. La Iglesia lo dedica a la “Virgen del camino”, a la que encontramos en cada estadio de la andadura de la vida, en su momento inicial y “en la hora de nuestra muerte”.
Se le ha dado ese título en el nuevo calendario litúrgico revisado. La denominación pone claramente de manifiesto que se trata de una fiesta de Nuestra Señora, y que tiene por objeto honrar su maternidad divina con la solemnidad conveniente. Antes de cambiarse el título en 1969, se conocía la fiesta como la “Circuncisión de nuestro Señor”. También se conmemora esto, la imposición del nombre de Jesús al niño de María pero el objeto principal de la fiesta es la maternidad virginal de María contemplada a la luz de la navidad. Leer el resto de esta entrada »


