Domingo 34 del Tiempo Ordinario – Jesucristo Rey del Universo – Ciclo A

DOMINGO TRIGÉSIMO CUARTO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

  1. Introducción

Hermanos: hoy finalizamos el año litúrgico… Por eso hoy celebramos la fiesta de Jesucristo, nuestro Rey y Señor. Jesús es la síntesis de nuestra fe, es la manifestación plena del Reino de Dios hecho servicio a los hombres. Por eso, de alguna manera, hoy es el día en que seremos juzgados por la Palabra de Dios, pues deberemos confrontar nuestra vida con el testimonio de Cristo. Hoy seremos juzgados según la medida de nuestro amor servicial al prójimo.

Celebremos la fiesta de Cristo Rey y miremos nuestra vida desde este gran espejo de nuestra fe: Jesús que da su vida por la salvación de todos.  

  1. Invocación al Espíritu

Ven, Espíritu del Único Rey, Espíritu de Amor y Misericordia, Espíritu que hace fecundos los corazones menos cultivados.

Mi campo espera tu lluvia, mi terreno anhela semillas de Vida, mi jardín exulta cuando tú, Espíritu recreador, remueves hasta el fondo y haces germinar brotes que renuevan mi existencia.

Ven un día más, recrea mis entrañas y habítalas con tu fuerza, con la única Palabra verdadera, palabras del Rey que constantemente llama a mi puerta. No permitas que permanezca estéril o sea más fuerte mi ceguera.

Recréame con la Palabra que aviva mi caridad, levanta mi frágil y acosada fe y que tus continuas llamadas mantengan alerta la esperanza.

  1. Textos y reflexión
  1. Lectura de la profecía de Ezequiel 34, 11-12. 15-17

Así  dice el Señor Dios: «Yo mismo en persona buscaré  a mis ovejas, siguiendo su rastro.
Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear -oráculo del Señor Dios- Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré« como es debido. Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío.»

Es un capítulo precioso éste de Ezequiel. Lo domina en toda su extensión la figura sugestiva -tan tradicional en la Biblia, tan llena de atractivo en el sentir del pueblo- del pastor al frente de las ovejas. El pastor conduce las ovejas de una parte a otra, ofreciéndoles tiernos y abundantes pastos que sacien su hambre y arroyos de aguas claras que calmen su sed. Él cuida de ellas; atiende con delicadeza a las débiles; a las enfermas cura con ternura.

El profeta echa mano de esta imagen tan expresiva para manifestar a sus contemporáneos la actitud y disposiciones divinas respecto a su pueblo. Ha habido en Israel pastores indignos; pastores que, en lugar de cuidar de las ovejas encomendadas, han sido ellos mismos los que las han conducido a la destrucción y a la ruina. No se han preocupado de atender a las débiles y de curar a las enfermas. Han devorado los mejores pastos y han ensuciado con sus pezuñas las aguas de las fuentes.

El juicio severo de Dios se cierne sobre estos pastores. Los va a destruir. Él mismo -así lo ha dispuesto para siempre- va a actuar de forma más directa en este asunto. El pastor de las ovejas va a ser Él mismo -de ello habla la lectura-. Él mismo va a cuidar personalmente de ellas: velará por ellas, las reunirá de entre todas las naciones, las apacentará; cuidará y atenderá a las enfermas y a las débiles de forma exquisita. Él va a juzgar entre ellas, según sus necesidades.

Al término del capítulo -versículos 23 y 24- al lado de Dios, surge la figura del Siervo David, el Mesías. Dios sigue siendo el auténtico Pastor del rebaño; Él las dirigirá personalmente. Con Él el Mesías. Va a establecer la justicia.

  1. SALMO RESPONSORIAL

El salmo 22, uno de los más bellos de todo el salterio comienza con una afirmación atrevida: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Este creyente que se sabe guiado y acompañado por la mano firme y protectora del pastor, proclama con tranquila audacia su ausencia de ambiciones. Tiene todo lo que necesita: conducción, seguridad, alimento, defensa, escolta, techo donde habitar… Difícilmente anidarán en su corazón la agresividad, la envidia, la rivalidad, todas esas actitudes que amenazan siempre el convivir con los otros fraternalmente.

Sal 22, 1-2a. 2b-3. 5. 6 (R.: 1)

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar. R.

Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. R.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré  en la casa del Señor por años sin término. R.

  1. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 20-26. 28

    Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

En este capítulo 15 de la primera Carta a los Corintios, desarrolla San Pablo el tema de la resurrección de los muertos en diversas direcciones.

Recuerda, en primer lugar, Pablo que la Resurrección de Cristo es un hecho comprobado por muchos, entre los cuales se encuentra él mismo. Es el punto fundamental y primero de la predicación cristiana y, por tanto, de la nueva fe. En una fórmula de fe, que data de los años 40, vuelve de nuevo Pablo a transmitirles claramente esta verdad fundamental: Cristo ha resucitado.

De ahí  pasa Pablo a hablar de la resurrección de los muertos en general. Cristo resucitado es causa de la resurrección de los muertos. Los muertos, en virtud del poder concedido a Cristo en su Resurrección, resucitarán un día. Esto es seguro; es tan cierto como la misma Resurrección del Señor. Es de fe. La muerte, que a todos amenaza, es consecuencia de un pecado, de una desobediencia. La muerte de Cristo, expresión de obediencia perfecta al Padre, destruye el pecado y vence a la muerte. En Cristo resucitarán todos. Él es el primero; tras Él todos los demás. Él vendrá a dar cumplimiento a esta disposición divina; vendrá como Señor, como Rey. Todo poder opuesto a su persona será aniquilado. Todo quedará bajo sus pies. Hasta la misma muerte quedará arrollada por Él. Una vez Señor efectivo de todo, lo es ya de derecho por lo menos, lo pondrá todo a los pies de Dios, principio y fin de todas las cosas.

A continuación, habla de nuevo de la necesidad y seguridad de la resurrección de los muertos, para pasar al tema del modo de la resurrección de los muertos.

Nótese, en cuanto a lo que nos concierne, los títulos con que adorna Pablo a Cristo: Primicias, Rey. Cristo, pues, Señor, Cabeza de su Iglesia, Dueño de lo creado, pone todo su Reino a disposición del Padre. Cristo Hombre sujeto al Padre, Rey de todo.

  1. Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 31-46

En aquel tiempo,’ dijo Jesús a sus discípulos: -«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.
Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. ”

Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

Tema: El Juicio Final

De tiempo atrás -un par de semanas más o menos- viene perfilándose cada vez más nítida y apremiante la escena del Juicio Final. Tanto en la parábola de las Diez Vírgenes, como en aquella de los Talentos -el Esposo que viene, el Señor que pide cuentas- se nos advertía de la necesidad de la vigilancia en la primera, de la necesidad de las buenas obras en la segunda, como respuesta segura y digna al Señor que viene a ajustar cuentas en fecha no determinada. ¡Cuidado! ¡Les van a exigir cuentas!

Pues bien, la lectura de hoy nos habla directamente de ese Día, en cuanto al Juicio se refiere. De forma plástica, sobre el fondo de una imagen pastoril, nos presenta el texto a Cristo, Hijo del Hombre, Señor y Rey, sentado en el Trono de Gloria, dispuesto a juzgar a los hombres. Adviértase, pues es de suma importancia, el tenor del Juicio, la norma. A unos, a los de la izquierda, los encuentra deficientes; a otros, a los de la derecha, los encuentra justos. En rígido paralelismo, muy del gusto de los semitas -nos encontramos en Mateo- se describe el formulario y la sentencia. Para unos, para los de la derecha, la Vida Eterna; para los otros la reprobación eterna. Los primeros han pertenecido, en este mundo, al reino de Cristo; Él los introduce ahora en el Reino de Dios, tan eterno como Dios mismo. Es el premio a sus buenas obras, obras de misericordia.

Puede parecernos, a primera vista, cándida y simple la pregunta que formulas los justos: ¿Cuándo te vimos hambriento…? ¿No hacían las buenas obras por amor de Dios? Este versículo proyecta abundante luz sobre todo el pasaje. No se limita el Juicio a los cristianos. ¡Todos los hombres van a ser juzgados! El criterio son las obras de misericordia, no exclusivamente ellas, pero sí principalmente ellas; obras de misericordia, por otra parte, que han sido desinteresadamente ejecutadas. De ahí la sorpresa de los justos. Las han realizado por puro amor del prójimo. Prójimo aquí es el necesitado. Recuérdese para ello la Parábola del Buen Samaritano. El necesitado, el pobre, es el hermano del Señor. Es una afirmación de gran peso. Naturalmente no se excluye el amor a Dios expresado en otros actos humanos. Se pone de relieve la importancia de las obras de caridad -en todas sus formas- al momento de rendir cuentas. De esta forma es fácil comprender la respuesta de los impíos. La caridad, pues, en todas sus formas tiene un valor supremo en la moral de Cristo. Cristo Rey pronuncia la sentencia según la norma de la caridad -obras de misericordia- desinteresada.

Meditemos:

En este domingo se celebra la tan sugestiva Fiesta de Cristo Rey. Es, al mismo tiempo, este domingo el último domingo del año litúrgico. Conviene por tanto no separar los temas que de ambos dimanan.

Cristo es el principio y el fin de todo, alfa y omega, que dirá el Apocalipsis. Dios no creó el mundo sino por Cristo, no pensó en otro naturalmente al imponerle un fin todo fue hecho por él y para él (Col 1, 17). Afirmaciones de este tipo podrían espigarse sin esfuerzo en el amplio campo del Nuevo Testamento. Al hablar, pues, del fin del hombre y del fin del mundo, no puede uno menos de pensar en Cristo. Todo hay que referirlo a Él. Cristo es el Señor ante quien deben todas las criaturas doblar la rodilla; Cristo es el Rey a quien todos pertenecen; Cristo es el Juez ante quien todos han de rendir cuentas. Toda lengua se ve obligada a confesar que Él es el Cristo, el Señor de todo, sentado a la diestra de Dios, colocado por Él mismo para la salvación del mundo entero -no hay otro nombre por cuya invocación se nos dé la salvación que éste de Cristo-. El reino de Cristo -se atiende especialmente a su Humanidad- puede considerarse bajo varios aspectos. Veámoslo en las lecturas propuestas. Cristo es Rey:

a) Como el Buen Pastor. A esa afirmación conduce la consideración de la primera lectura. La alegoría que aparece en el Evangelio de San Juan –Yo soy el Buen Pastor, dice Cristo- no es sino la aplicación a Cristo, Dios y hombre, de lo que Ezequiel en el capítulo 34 de su obra dice de Dios principalmente y secundariamente del Mesías. A pesar de la estrecha unión entre ellos, aparecen dos personajes -Dios y Mesías-, aquí es sólo uno con los dos títulos, Dios y hombre (Mesías). He aquí descrito el reinado de Cristo: alimentar a las ovejas; cuidar de las enfermas, atender a las débiles; preocuparse de los pobres, hacer justicia. Es un reino de salvación y no de ruina; de buen gobierno, de pacificación, de paz y de justicia. Su amor a ellas es entrañable.

b) Como Primicias de los muertos. Es el tema de la segunda lectura. Cristo es el primer resucitado y, al mismo tiempo, la causa de la resurrección de todos. Es el suyo un reino de vivos, no de muertos. La Vida eterna nos viene de Él. Él ha conseguido, por su obediencia al Padre, un reino. Dios lo ha sometido todo a Él. Las potestades adversas, que hacían imposible la salvación al hombre, la Muerte misma, que tenía a todos atenazados y obscurecía irremediablemente de forma trágicamente sombría el horizonte de las más profundas aspiraciones del hombre, han quedado destrozadas por Él. Ya no hay muerte; la muerte fue vencida por Él, cuando Él murió. De su muerte y resurrección surge ahora un mundo totalmente nuevo. Es la nueva creación, perfecta, limpia. Él es el Rey; Él es el Rey de la vida, Rey poderoso, Rey que vence la muerte. Toda su obra conduce a la vida. Unidos a Él alcanzaremos la Vida.

c) Como Juez Universal. Todos han de presentarse ante su tribunal. Todos somos siervos de Él. En su muerte y resurrección adquirió derecho sobre nosotros. Juzgará en propio derecho. Él dará la sentencia; sentencia definitiva, inapelable. Pero nótese la norma: amor al necesitado. Es Rey de amor, enemigo del odio, del egoísmo, de la codicia, de la avaricia, de la soberbia, de la mala entraña. En este punto será muy severo.

Este es nuestro Rey. Rey por derecho. Rey de majestad. Rey de amor. Rey de vida. Rey de todo lo creado.

3. Oramos

Podemos rezar la siguiente oración, inspirada en la Palabra de Dios de este domingo Solemnidad de Cristo Rey.

REY, QUE SIGUES MI RASTRO 

Señor Dios, Tú mismo en persona me buscas, sigues mi rastro día tras día, a cada instante, mis huellas, incluso cuando intento perderme de tu vista. Precisamente, cuando me alejo es cuando más te interesas por mí y me atraes con cuerdas de amor y me seduces para que vuelva y experimente nuevamente el gozo de tu bondad y tu misericordia y el calor entrañable de tu hogar, Rey de amor.

Pastor bueno, tú sigues a cada una de tus ovejas y cabras y las liberas de la oscuridad y los nubarrones; tú quieres apacentarnos en el gozo y en el dolor, vendar mis heridas y curar mis dolencias, llevarme en brazos y acariciarme con ternura. Sólo tú sabes cuidarme bien, como es debido. Sólo tú eres el Pastor que da la vida por mí. Sólo en tus prados verdes puedo recostarme tranquilo. Sólo en tus fuentes de agua viva puedo calmar mi sed y reparar las fuerzas perdidas en otros pastos que no sacian.

Rey y Señor de todo lo creado, anhelo participar un día de tu banquete, de esa mesa en la que me sentarás muy cerca de ti, junto a ti, contigo; con tantos hombres y mujeres… ¡Ojalá que entonces no tengas que separarme y pueda heredar tu reino, preparado también para mí! Por eso, mientras espero el hermoso encuentro quiero recorrer los senderos de cada jornada con ojos que contemplen tu presencia en mis hermanos más pobres, con oídos que sepan escuchar el clamor de tu pueblo, con manos abiertas y tendidas hacia los otros, con un corazón que perdone, con unos labios que reconcilien y promuevan esperanza, con un cuerpo que dance la aventura gozosa de vivir de fe.

Rey de la Creación, sé poco a poco también el rey de mi vida. Que yo te vaya entregando todos mis reinos día a día y seas tú el único que me habite.

Concédeme tu gracia abundante para que no huya de los muchos hambrientos y sedientos de este mundo, ni desnude de respeto y dignidad a nadie, ni abandone en la cuneta a ningún herido de la vida, ni me cierre a la soledad de tantos corazones, incluso los muy cercanos… Que no me cieguen mis problemas, preocupaciones ni proyectos, que yo reparta el inmenso amor que cada día recibo de ti y derroche tu misericordia y ternura como tú las derramas sobre mí cada mañana.

Rey de los que sirven y aman, Rey del amor hasta el extremo y de la entrega sin límites, Rey y Pastor, guíame por tus senderos de vida por el honor de tu nombre; así nada me faltará ahora y Aquel día reinaré contigo, a tu derecha, y ungirás mi cabeza con el perfume precioso de tu presencia sin fin y nuestras copas rebosarán de gozo y plenitud cuando Tú lo seas todo para mí y para todos, Rey de amor y por amor. Amén

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