La Natividad del Señor – Misa de medianoche

Navidad

Dejémonos encontrar por Jesús «con la guardia baja, abiertos», para que Él pueda renovarnos desde lo profundo de nuestra alma.

En el Adviento empezamos un nuevo camino, un “camino de la Iglesia … hacia la Navidad”. Vayamos al encuentro del Señor, porque la Navidad no es sólo un acontecimiento temporal o un recuerdo de una cosa bonita.

La Navidad es algo más: vamos por este camino para encontrarnos con el Señor. ¡La Navidad es un encuentro! Y caminamos para encontrarlo: encontrarlo con el corazón; con la vida; encontrarlo vivo, como Él es; encontrarlo con fe. El Señor, en la palabra de Dios que escuchamos, se maravilló del centurión: se maravilló de la fe que el tenia. Él había hecho un camino para encontrarse con el Señor, pero lo había hecho con fe. Por eso no sólo él se ha encontrado con el Señor, sino que ha sentido la alegría de ser encontrado por el Señor. Y este es precisamente el encuentro que nosotros queremos: ¡el encuentro de la fe!

PAPA FRANCISCO, HOMILÍA DEL 2 DE DICIEMBRE DE 2013 EN SANTA MARTA.

ORACIÓN:

Oh Dios, que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera, concédenos gozar en el cielo con el esplendor de su gloria a los que hemos experimentado la claridad de su presencia en la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo. Seguir leyendo “La Natividad del Señor – Misa de medianoche”

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Segundo Domingo de Adviento – Ciclo C

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Introducción

El Adviento es tiempo de conversión, tiempo de preparar los caminos y enderezar las sendas para que se acerque el advenimiento del Reino. Sólo Dios puede desenmascarar nuestro autoengaño y arrancarnos de nuestra mentira. Esa acción cauterizadora que Dios realiza en el hombre es el juicio, el juicio de Dios. El primer paso de la conversión es el sentirse juzgado por Dios. Lo que puede haber de decisión personal para cambiar, está movido por la acción previa de la iniciativa de Dios. Cuando se ha recibido el fuego de la acción juzgadora de Dios, entonces se recibe el Espíritu.

El juicio de Dios, que nos lleva a la conversión, es el inicio de nuestra justificación. Ahora bien, Dios no nos justifica moviéndonos a realizar actos meramente externos, rituales, sino a dar buenos frutos; es decir, nos impulsa a la multiplicación de nuestros talentos, a las acciones fecundas de donación y de entrega, a vivir en la justicia. Somos justificados si aceptamos el impulso de Dios a vivir en la justicia. La conversión es un cambio radical de mentalidad y de actitudes profundas, que luego se va manifestando en acciones nuevas, en una vida nueva. El Reino de Dios está cada vez más cerca. Nadie puede detenerlo. El juicio pende sobre nuestras cabezas, como el hacha sobre la raíz del árbol que va a ser cortado. De cada uno depende el que ese juicio dé paso a una conversión o a un endurecimiento irremediable.

En este segundo domingo de adviento, la Iglesia nos orienta hacia los pasos de la conversión, siguiendo el orden de lo que la iglesia recomienda nos preparamos para orar, leer, meditar, comprometernos con Dios que nos habla. Éste es un método antiquísimo en la Iglesia para orar la Palabra de Dios. El concilio Vaticano II lo recomendó afirmando: “El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran `la ciencia suprema de Jesucristo´ (Flp 3, 8), `pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo´…. Los fieles recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues `a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos los oráculos divinos” (Dei Verbum 25).

1. Invoca al Espíritu

Invocación al Espíritu

Soplo de vida que llevas a cumplimiento las promesas del Dios Amor, ven e irrumpe en nuestras vidas ahora que nos disponemos a esperar. Ven y haz que nuestra espera sea ardiente. Ven y sostennos hasta que vuelva aquel a quien anhelamos. Ven y apasiona nuestras vidas mientras Él llega. Ven y calienta nuestros corazones con una caridad auténtica.

Ven, Espíritu, ilumina nuestras mentes, serena nuestras entrañas para que te acojamos sin temor y nos abramos a la Palabra de la Vida, que quiere encender las ascuas de nuestro espíritu para que ardamos en la vivencia de la fe. Seguir leyendo “Segundo Domingo de Adviento – Ciclo C”

Domingo VII de Pascua: La Ascención del Señor – Ciclo A

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“No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas”

Introducción

Jesús, el Señor, resucitado, viviente, se alza hacia el cielo. Una nube le cubre. ¿Nos abandonó? ¿Va a quedar fija nuestra mirada hacia ese cielo que huye? ¿Volverá? Buen momento para calibrar la firmeza de nuestra confianza.

Aguardemos su venida, sin tiempo, sin fecha. Aguardemos, manos a la obra. Cada vez que defendemos la dignidad de un ser humano, cada vez que ponemos en pie a alguien, que no dejamos que caiga nadie en la cuneta de la vida, cada vez que compartimos el pan, cada vez que vemos en el pobre el rostro de Cristo… Cada vez, estamos diciendo que Él vuelve. ¡Ven Señor Jesús!

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

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Domingo de Ramos – Ciclo A

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Hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén, que manifiesta la venida del Reino en el Rey Mesías. Pero Jesús no conquista la ciudad por la violencia sino por la humildad y el amor. Por eso viene montado en burrito y es recibido por los niños y los humildes de corazón. Su reino no será impuesto sino que se inaugura con la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Quienes lo acepten por amor serán los miembros de su reino.

Isaías profetizó sobre siervo sufriente. Mateo interioriza sobre esos sufrimientos: abandono de los apóstoles; el silencio del Padre, absoluta soledad. La carga de todos los pecados de la humanidad asumida por Cristo. Sin embargo, desde la Cruz, reina como Señor de todo. Es claramente un reino no de este mundo. Es el reino del amor y quienes lo acepten vivirán con El para siempre. Seguir leyendo “Domingo de Ramos – Ciclo A”

Domingo 19 del tiempo ordinario – Ciclo B

Domingo décimo noveno del tiempo ordinario ciclo B

En cada misa, lo primero que hacemos es escuchar la Palabra que Dios nos dirige. Nos hace falta. Ahí está nuestra formación permanente. La mejor catequesis que los cristianos, jóvenes y mayores, recibimos a lo largo del año. Somos invitados a “comer”, a “comulgar” con Cristo como la Palabra viva de Dios. Si lo hacemos así, él mismo nos habrá preparado para recibirle después con mayor fruto en el alimento del Pan y del Vino.

1.      Oración inicial

 

Shadai, Dios de la montaña, que haces de nuestra frágil vida la roca de tu morada, conduce nuestra mente a golpear la roca del desierto, para que brote el agua para nuestra sed. La pobreza de nuestro sentir nos cubra como un manto en la obscuridad de la noche y abra el corazón para acoger el eco del Silencio para que el alba envolviéndonos en la nueva luz matutina nos lleve con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro, el sabor de la santa memoria.

 

2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8

 

En aquellos dias, Elias continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: —«¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: —«¡Levántate, come!» Miró Elias, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: —«¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

 

Después del dramático encuentro con los profetas de Baal en el monte Carmelo, donde éstos acabaron trágicamente, Elías teme por su vida. El pueblo había deseado un signo. Elías lo había dado. El Señor que él predi­caba había mostrado ser el Señor de los Ejércitos, el Señor del cielo y de la tierra, el único Señor. No obstante, Jezabel, esposa del monarca, pagana y propulsora del culto pagano en Israel, le ha jurado odio eterno y le persigue a muerte. El siervo de Dios se ve obligado a huir. Elías, el gran defensor del yavismo en un pueblo que claudicaba aplaudido y dirigido por la monarquía, corre peligro de muerte en manos de una desdichada mujer. Una dura prueba para el profeta.

 

Elías huye. Pero la huida se convierte en una peregrinación religiosa. El viaje, duro y penoso, está cargado de simbolismo religioso. Elías huye de Je­zabel y se encamina hacia Horeb, hacia el Monte del Señor. No se dirige a Jerusalén, templo elegido por Dios y lugar de peregrinación de Judá. El Reino del Norte empalma directamente, al carecer de un santuario autén­tico, con las tradiciones del desierto: Yavé, el Dios de la Alianza, el Dios que se reveló a Israel, con gloria y majestad, en el Sinaí, llamado aquí – tradición elohísta – Horeb. Elías vuelve a las fuentes de su religión: al desierto, al lu­gar del encuentro con Dios. Magnífico propósito.

 

El camino es largo y penoso – cuarenta días y cuarenta noches – ; más pe­noso aún en las circunstancias en que lo realiza el profeta: amenazado de muerte. A Elías le pesa la profesión; desea la muerte. Todo es difícil en su vida. Las angustias le agobian demasiado. Y él no se considera mejor que sus antepasados. «¿Por qué, Señor, no tomas mi vida?» Quizás acabe con él el desolado desierto.

 

Pero Dios lo ha reservado para edificación de su pueblo; de él debe surgir un resto que le sea fiel. Elías debe caminar. Dios sale al paso de la necesidad más perentoria: hambre, sed, cansancio. Una retama, un jarro de agua, pan. Por dos veces experimenta Elías la providencia especial de Dios. Aquel pan lo confortará para el camino. «Con la fuerza del aquel alimento caminó… hasta el monte del Señor». Maravilloso alimento.

 

2.2.Salmo responsorial Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R/.: 9a)

 

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. R/.

 

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. R/.

 

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. R/.

 

Salmo de acción de gracias con abundantes consideraciones sapienciales. El beneficio recibido, muy al fondo del salmo, motiva la acción de gracias en forma de alabanza. La alabanza viene coloreada, como también la acción de gracias, con una exhortación, o exposición de máximas, a seguir el camino que conduce a la «bendición». La verdad fundamental de estas enseñanzas, que el autor ha experimentado en su propia carne, es la benévola y extraor­dinaria providencia de Dios sobre los que acuden a él. Las máximas «los que buscan al Señor, no carecen de nada», «el Señor salva al afligido de su an­gustia», «el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles», «contempladlo y quedaréis radiantes», «vuestro rostro no se avergonzará», son suficiente­mente expresivas. Todo ello lo recoge el precioso estribillo que da la tónica al salmo en esta liturgia: «gustad y ved qué bueno es el Señor». Es una invita­ción, un apremio, una urgencia, dada, al fondo, la necesidad a la que están expuestos todos los mortales. La experiencia del autor invita a multiplicar las «experiencias» de un Dios bueno y providente. Elías, en el relato primero, confiesa haberlo experimentado.

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2

 

Hermanos: No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entrego por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

 

Una exhortación típicamente «cristiana». Hemos de ser «imitadores» de Dios. Al fin y al cabo somos, por definición, imagen suya. Dios origen de todo ser, de toda vida, de todo bien, es el ejemplar supremo. Hemos de ser «imitadores», y no de cualquier forma. Imitadores de Dios como «hijos». Y no como cualquier hijo, sino como hijos «queridos». Y queridos no de cualquier modo, sino «queridos» misteriosamente de forma inefable, como lo expresa el «amor» de Cristo que se entregó por nosotros. El misterio de Cristo – sacrificio y oblación -, expresión del maravilloso amor de Dios a los hombres, es la raíz y causa formal de la imitación cristiana. Dios nos amó así. Así debemos amarlo nosotros.

 

Nuestra vida ha de ser una imitación de Dios, una imitación de Cristo. La vida cristiana recibe la impronta de Cristo: oblación y víctima. Así Cristo, así nosotros. La vida cristiana recibe también la impronta del misterio trini­tario: «imitadores» de Dios como Cristo nos «amó», «marcados» por el Espí­ritu Santo. En la obra de la salvación se comprometen las tres divinas per­sonas. ¿No es la vida cristiana una participación en la vida trinitaria? De­nota ternura y afecto la recomendación «No pongáis triste al Espíritu Santo». ¿Cabe mayor delicadeza y respeto? El pensamiento del «sufrimiento» de Dios no es ajeno a la Biblia. Dios «siente» nuestro mal, nuestra ruina. ¿No es esto grande y maravilloso?

 

El Espíritu Santo es la garantía, el sello vivo en nuestro espíritu y nues­tro cuerpo, de nuestra pertenencia a Dios. En el día último será él, su pre­sencia en nosotros, la señal, el sello, que nos detenga como propiedad suya. Será el día de la liberación suprema. Sería horrible si nos alejáramos de él. Lo «sentiría»

 

La aplicación práctica se desprende con naturalidad: perdonad como Dios os perdonó en Cristo; sed bondadosos, comprensivos, como Dios lo ha sido con nosotros. Lejos la ira, el enfado, el resentimiento, la maldad. Sed miseri­cordiosos (Lucas) y perfectos (Mateo) como el Padre celestial se ha mostrado en Cristo perfecto y misericordioso. Buen espejo para un examen de concien­cia. Es nuestro programa de vida. Es la vida del hombre nuevo creado en Cristo.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 41-51

 

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: —« ¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿ No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? » Jesús tomó la palabra y les dijo: —«No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. »

 

Jesús ha afirmado categóricamente: «Yo soy el Pan bajado del cielo». Apunta, a todas luces, a su transcendencia. Jesús es un ser «superior» con prerrogativas que tocan lo divino La misma expresión «Yo soy» evoca el ha­blar propio de Dios en el A. Testamento. Esas pretensiones no pasan desa­percibidas a los oyentes. La exigencia de Jesús de creer en él para salvarse les parece exagerada y suena a blasfemia y a extravagancia. En efecto, to­dos conocen la procedencia de Jesús, conocen a sus padres, a sus familiares, saben cuál es su patria. ¿Por quién se tiene? Al fin y al cabo no es más que el hijo de un carpintero, oriundo de Nazaret. La objeción es seria.

 

Es curioso, la Encarnación del Verbo, que debiera en sí facilitar las cosas, las complica. La misma «exaltación» del Hijo del Hombre, manifestación es­tupenda de la sabiduría y del poder de Dios, será para unos escándalo, para otros irrisión. La carne pues, que ha tomado el Verbo, transparencia de lo divino, es para estos judíos un obstáculo. Los oyentes de Jesús no superan, en sus cavilaciones, los criterios humanos, no pueden ver. Jesús responde a esta situación fundamental. Para ver hacen falta ojos nuevos, luz nueva, cri­terios nuevos. Y ellos vienen de Dios. Dios, ya lo había anunciado por los pro­fetas, va a convertirse en Maestro, va a iluminar las mentes y a atraer los corazones. Los oyentes de Jesús dan muestras de insensibilidad y de cerra­zón a lo divino. No ven más allá de lo que sus ojos de carne puedan apreciar. La acción de Dios no ha logrado cambiarlos. Por lo visto se han cerrado.

 

El hombre no puede con sus solas fuerzas alcanzar a Cristo; necesita ayuda de lo alto. La ayuda no destruye la libertad, antes bien la responsabiliza en ir, al parecer, a contra de los criterios humanos. Aquellos oyentes, familiari­zados con el actuar de Dios en la historia de su pueblo, de­berían estar preparados para entrever el misterio. No dan señales de ello. No alcanzan a ver la verdad que van gritando los «signos». El misterio de la atracción de Dios.

 

En realidad nadie tiene una «experiencia» directa e inmediata de Dios: Nadie ha visto a Dios. El único, el Hijo. El Hijo ha venido del Padre y puede hablarnos de él. (Jn 1,18). El Hijo posee la vida eterna. Sólo el Hijo perte­nece a la divinidad. Sólo él puede comunicarnos la vida eterna. El hijo es el único Mediador. En el fondo de todo esto estamos tocando el misterio de la Encarnación.

 

La vida que ofrece Jesús es la vida eterna. No como la vida de los padres en el desierto. Murieron, por más que habían comido el pan descendido del cielo. No era aquel el auténtico pan del cielo. Jesús es el verdadero Pan del cielo. Y hay que comerlo para poseer la vida. No perdamos de vista la hu­manidad de Cristo, vehículo de salvación. Al hablar Jesús de su carne está aludiendo a ella de forma muy concreta: La Eucaristía. La Eucaristía nos in­troduce, dentro de la Encarnación, en el misterio de muerte y resurrección: «carne para la vida del mundo». Jesús, Verbo encarnado, muerto y resuci­tado por nosotros, se ofrece a los hombres como Alimento indispensable de vida eterna. Se precisa la fe: misterio de fe. El hombre se abre a la revela­ción salvadora que viene del Padre.

 

Reflexionemos:

 

Conviene partir del «misterio de Cristo». No podemos desterrar de la cele­bración litúrgica, y en resumidas cuentas de nuestra vida cristiana, el ele­mento «misterio».

 

Tocamos en este «misterio» dos aspectos ó momentos fundamentales: la Encarnación, es decir, el Verbo encarnado, hecho hombre – «bajado del cielo», «venido de Dios», «hijo de José» que «ha visto a Dios» – y su alargamiento en la muerte. Ambos se proyectan vehículo de salvación en una misma línea: el que cree en mí, tiene la vida eterna. Jesús es el único Intermediario: da su carne para vida del mundo. Este último elemento recuerda el «misterio» de su muerte, celebrado sacramentalmente en la Eucaristía, donde el Hijo del Hombre, «misteriosamente», se da como comida para la vida del Mundo. El tema de la muerte, expansión del amor «misterioso» de Jesús a los hombres, aparece en las palabras de Pablo. «Nos amó, dice el apóstol, y se entregó por nosotros como oblación y víctima de su suave olor». La Eucaristía también recuerda este aspecto: «Tomad y comed: este es mi Cuerpo que será entre­gado por vosotros». Hablamos con razón del «Sacrificio» de la Misa y de la «Víctima» eucarística.

 

Sugiere el tema del «misterio» la «misteriosa» atracción del Padre. La fe es un don divino, una luz de lo alto, una prolongación de la Encarnación: luz divina en la carne del hombre. Las palabras del apóstol «no pongáis triste al Espíritu Santo», «Dios nos ha sellado en él» declaran nuestra vida como «misterio». Estamos viviendo en el gran «misterio» del Dios Trino: Habitación de Dios, Templo del Espíritu.

Partiendo del «Misterio» de Cristo podremos hacernos una idea de la acti­tud que debe tomar el cristiano en la celebración del «misterio» de la Euca­ristía. Respeto, veneración, adoración, acción de gracias, alabanza… Recor­demos que recibimos al Verbo Encarnado, Muerto y Resucitado por noso­tros. Recordemos el motivo del amor inefable de su Entrega. Recordemos el misterio de Fe que lo envuelve. Recordemos la necesidad de acercarnos con reverencia. Recordemos que es el único Mediador; no podremos vivir sin él. No podemos caminar ni vivir sin este Alimento.

 

El tema del alimento «maravilloso» viene recordado por la primera lec­tura: Elías de camino, en peligro de perecer. No llegaremos al «Monte» del Señor, a la Jerusalén celestial sin este viático ¿No es justo y necesario can­tar con el salmo la «misteriosa» Providencia divina «Gustad y ved qué bueno es el Señor»?.

 

La vida cristiana es una prolongación del «misterio» eucarístico. Co­miendo a Cristo, vivimos con Cristo, vivimos como Cristo. Es el programa que presenta Pablo. El don del Espíritu procede de Cristo. El Espíritu nos acompaña, acuñados por él, hasta el día de la liberación, cuando, superadas con el maravilloso alimento, las dificultades de este desierto, logremos en­trar en el Santo Monte de Dios. Somos imitadores de Dios. Reproducimos en nosotros el admirable «Misterio» del Verbo de Dios hecho hombre. No odia­mos, no injuriamos, no deseamos ni obramos el mal. Perdonamos, soporta­mos, comprendemos. Nuestra vida es fruto de la Eucaristía y preparación adecuada para ella. ¡Qué bueno es el Señor!

 

3.      Oración final

 
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 
Vea también: Domingo 19, Ciclo B (2009)

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Domingo 18 del Tiempo Ordinario

Domingo décimo octavo del tiempo ordinario ciclo B

Un tema tipológico de base, en todo el capítulo sexto de Juan, es el maná. Está muy claro  que entre la narración del Éxodo (1. lectura) y el diálogo entre Jesús y los judíos hay un  paralelismo de estructuras dinámicas que permite hablar de “tipología”. Es decir: lo que  sucedió en el desierto entre Dios y su pueblo, por mediación de Moisés, es repetido y  superado por esto que sucede entre Dios y los hombres, por Jesucristo y en Jesucristo. Concretamente: Dios dio alimento terreno al pueblo, para “ver si guarda mi ley o no” (1.  lectura), y manifestarle su presencia salvífica. El Padre de Jesús da a los hombres un  alimento celestial -Jesucristo su Hijo- marcándolo con su sello personal, para que crean en  El, el enviado.

  1. Oración:

 “Concédeme, Señor, este día, parar un poco para escuchar mi propio corazón para interpretar mis agitaciones internas con la luz de tu Palabra, para tomar conciencia de mis verdaderas motivaciones y para descubrirte y confesarte a ti una vez más, como el sentido de mi vida”.

 

  1. Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15

 

En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: —«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.»  El Señor dijo a Moisés: —«Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.”» Por la tarde, una banda de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, habIa una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: —«¿Qué es esto?» Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: —«Es el pan que el Señor os da de comer.»

En el capítulo anterior el pueblo es presentado como una multitud sedienta junto a la fuente de agua amarga que Moisés hizo potable. Estas tradiciones estaban arraigadas en el corazón del pueblo (por eso aparecen duplicadas; ver Números 11 y 20). El término hebreo que se traduce por “pan” tiene un sentido general de “alimento”. Se han dado diversas explicaciones naturales para el maná. La más común es que se trata de la secreción de un árbol del Sinaí, el “Tammarix mannifera”, cuyas gotas se solidifican en el suelo con el frío de la noche y tiene un sabor dulce. Pero más que insistir en el milagro, el autor sagrado presenta una confesión de fe: Dios se muestra como un padre providente, socorriendo su pueblo (bebida, alimento, defensa de los enemigos, de los animales, orientación en el camino). Lo mismo se aplica a las codornices (que en la primavera regresaban y, exhaustas, se posaban en la península del Sinaí). El texto da una interpretación popular del nombre maná. La literatura rabínica vio en él el alimento de los futuros tiempos mesiánicos. Con todo, parece que la multitud no entiende. El discurso va a tomar un nuevo impulso a partir de este malentendido: lo que es dado es Aquel que se da.

2.2.Salmo responsorial Sal 77, 3 y 4bc. 23-24. 25 y 54 (R/.: 24b)

R: El Señor les dio pan del cielo.

Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
lo contaremos a la futura generación:
Las alabanzas del Señor, su poder,
las maravillas que realizó.

Dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
Hizo llover sobre ellos maná,
les dio pan del cielo.

El hombre comió pan de ángeles,
el Señor les mandó provisiones hasta la hartura.
Los hizo entrar por las santas fronteras
hasta el monte que su diestra había adquirido.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 17. 20-24

 

Hermanos: Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios. Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo Jesús; es decir, a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovaros en la mente y en el espíritu y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.

El texto comienza de forma solemne: “Digo en el Señor”. La exhortación se dirige a los recién convertidos de la comunidad: entre la vida en el paganismo y la vida en Cristo hay un contraste profundo. La vida en Cristo impone exigencias serias que Pablo expresa con las siguientes imágenes: “abandonar la vida de antes”, o “el hombre viejo y corrompido”, “renovar la mente y el espíritu”. El lenguaje de la carta está influenciado por las imágenes de la liturgia bautismal, especialmente del vestido (subrayando la costumbre de cambiar de vestido al salir del agua): “revestíos del hombre nuevo”. En realidad, el bautismo marca el comienzo de una vida nueva, de una nueva creación.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 24-35

 

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. AL encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: —«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús les contestó: —«Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.» Ellos le preguntaron: —«Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: —«La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.» Le replicaron: —«¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito:”Les dio a comer pan del cielo.”» Jesús les replicó: —«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.» Entonces le dijeron: —«Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: —«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

Cristo acaba de realizar la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15). Con este motivo consigue un éxito entre la muchedumbre bastante considerable (vv. 22-25) El discurso sobre el pan de vida parte de estos dos hechos. Las gentes han comido un alimento perecedero, pero, hay otro alimento que sirve para la vida eterna (vv. 26-27); la muchedumbre ha buscado a un realizador de milagros, pero la personalidad de Jesús es de otro orden (vv. 26-27) y las obras realizadas hasta ese momento por el pueblo no son las que van a poder merecerle la salvación: lo único que cuenta es el seguir a Cristo (vv. 28-29).

Los oyentes se decepcionan evidentemente ante esta argumentación y quieren rebatir las pretensiones de Cristo: su milagro es insignificante, los antiguos vieron cosas mejores (versículos 30-31). Así, pues, si Cristo quiere revelar el misterio de su persona, que dé una señal más inteligible. Jesús responde afirmando que El es el pan de vida (vv. 32-35).

a) Estos versículos plantean, de manera enigmática, pero excitante, el problema de la persona de Jesús y de la capacidad de la fe para descubrir el misterio que se encierra detrás de los signos que lo manifiestan. Invitan expresamente al oyente a ponerse en estado de búsqueda auténtica para poder descubrir el alcance del discurso que sigue.

b) Choca bastante ver a Cristo presentando este proceso de búsqueda que es, en resumen, la fe (v. 29) con términos como “trabajo” (v. 27) y “obras a realizar” (v. 28). Efectivamente, el trabajo que hay que hacer no es perderse en la multitud de comportamientos que implica la ley, sino comprender que la vida de Cristo es la obra del Padre por excelencia (cf. Jn 5, 17). Que los hombres renuncien a discutir inútilmente sobre las muchas obras que ellos tienen que realizar para salvarse y que reconozcan la necesidad de una sola obra: la que el Padre cumple en su hijo y que está marcada con su sello (v. 27) y se manifiesta especialmente en el signo del pan.

c) Los signos y obras realizados por Cristo no son solo medios para legitimar su reivindicación o justificar su misión. El problema no está en dar pruebas de tipo intelectual, sino signos que comprometan ya desde ese momento y continúen la obra de salvación que Cristo trae. Con esto no es que El quiera competir con el maná. No se trata de demostrar que El es superior a Moisés, sino de hacer comprender que tanto el maná del desierto como los panes multiplicados por Jesús son ambos expresión del amor que el Padre ofrece al mundo. Jesús, al ir más allá de la significación material del maná (v. 32), estaba completamente en la línea del Antiguo Testamento que buscó con frecuencia ver la Palabra de Dios detrás de este alimento (Dt 8, 2-3; Sab 16, 26). Jesús deja entender, con esto, que El también, al multiplicar los panes, trasciende la vida material y física por su mensaje y el misterio de su persona simultáneamente (versículo 35). Pero los interlocutores de Cristo no trascienden el plano material (v. 34). En esta situación, a Cristo no le queda otra cosa que hacer que declarar abiertamente que el pan multiplicado va unido a su misión espiritual y a su propia persona hasta el punto de confundirse con ella (v. 45).

d) Cuando Cristo revela su propia persona, emplea una fórmula nueva: pan de vida, que era algo desconocido en el Antiguo Testamento. Juan ha, sin duda, forjado esta fórmula, así como creó las expresiones “luz de vida” (Jn 8, 12), palabra de vida (1 Jn 1, 1), agua de vida (Ap 21, 6; 22, 1). Probablemente pensó en el árbol de la vida del Paraíso, símbolo de la inmortalidad de la cual el hombre quedó privado por el pecado, que el maná del desierto no fue capaz de restituir, pero que Jesús concede como respuesta a la fe (cf. Jn 6, 50, 54). Existe, pues, en el concepto de pan de vida un matiz paradisíaco y escatológico: Jesús es la verdadera vida inmortal a la que el hombre tiende desde el primer momento y que, finalmente, le es accesible por la fe.

Juan relaciona el misterio eucarístico con la encarnación (v. 35): el verdadero pan es el Hijo de Dios que ha venido del cielo. El hambre se sacia recurriendo a El. Todo el que cree en Cristo y en su doctrina se está ya alimentando de Él. Pero la dimensión pascual de este pan no puede ser descartada. Es fácil que la proximidad de la Pascua (Jn 6, 4) haya sugerido a Cristo el tema del maná, así como las homilías pronunciadas en las sinagogas con motivo de la proximidad de tal festividad (cf. Jn 6, 59).

La palabra “dar”, que se repite tres veces en el pasaje de este día, anuncia ya el don del Calvario y expresa que no existirá pan verdadero más que cuando se haya cumplido totalmente la obra salvífica de Cristo. El pan de vida no puede ser comido solo con la fe; es necesario un pan concreto, que exigirá ser comido realmente y así nos integrará dentro del misterio de la cruz.

Reflexionemos:

La actualización de las lecturas puede ser perfectamente una explicación del ritmo básico  de la vida cristiana: gracia de Dios -fe- acción de gracias. Uno puede acentuar cada uno de  estos elementos, según le parezca más conveniente; pero es importante que los tres estén  simultáneamente presentes; de otro modo, podría desequilibrarse el ritmo.

La gracia de Dios es el mismo Jesucristo, comunicado a los hombres con la fuerza del  Espíritu. Acentuar este principio es “personalizar” la realización entre Dios y nosotros, huir  de una posible cosificación de la gracia y de los dones de Dios. Es también -y muy  importante- “personalizar” la Eucaristía, como actualización sacramental de la iniciativa  salvífica realizada definitivamente en el misterio de Cristo.

La fe es, a la vez, gracia de Dios y esfuerzo del hombre. Aquí puede ayudar mucho el  texto de la segunda lectura: “Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de  Dios”. La alusión, indicada antes, al tema del paraíso queda completada. Hay que hacer el  esfuerzo de revestirse, despojándose antes de la naturaleza envejecida; pero el nuevo  vestido no es autodado, sino “creado por Dios”. Difícilmente se puede explicar mejor el acto  de fe. Su consecuencia está clara en las palabras de Jesús: los que van=creen en él,  quedarán perfectamente saciados.

La acción de gracias es el ambiente en el que se vive la fe. No puede ser de otro modo  cuando esta fe es consciente de su naturaleza. Por eso, la vida cristiana es una vida  “eucarística”, que tiene en la Eucaristía, “su fuente y su culminación”. La fuente, porque en  la Eucaristía se actualiza, para cada creyente y para toda la Iglesia, el misterio del don de  Dios: el pan que baja del cielo para dar la vida al mundo. La culminación, porque la vida en  la fe no tiene otra manera más perfecta de expresarse que la de incorporarse a la acción  sacrificial y de alabanza del Padre, que es la oblación amorosa del Enviado.

  1. Oración final:

Mi reposo eres tú, mi meta eres tú, el sentido de mi vida eres tú. En la comunión contigo lo tengo todo. Cuando tú me dices “Yo soy”, me dices también “Tú eres”. Me invitas, me atraes a una alianza contigo, una aventura de amor que no tendrá fin. Amén.

Vea también:  Domingo XVIII del Tiempo Ordinario -Ciclo B [2009] con sugerencia de cantos

Para más sugerencias de cantos, estén pendientes de las publicaciones en la página de Facebook.

Material de la Jornada Litúrgica Marzo 2012 – Celebrar la Pascua

Celebrar la pascua

Ya en el siglo segundo se sabe de una celebración anual de la Pascua. La gran vigilia anual era precedida por un tiempo de ayuno, al principio uno o dos días, luego una semana, después cinco semanas. Al mismo tiempo, ese día de Pascua era prolongado durante cincuenta días de fiesta, celebrados como un solo día.

En esta forma se fue estructurando en las Iglesias el Triduo Pascual. Se habla del viernes como la memoria de la Pasión, del sábado como el descenso al sepulcro y del domingo como la memoria de la Resurrección.

Tres aspectos de una sola fiesta

El Triduo Pascual de la muerte y resurrección de Jesús constituyó el centro de toda la vida de fe de las comunidades cristianas y del año litúrgico. Con su celebración, durante tres días, se hace presente y se realiza, para la vida de las comunidades, el misterio de la Pascua de Cristo, es decir, de su paso de este mundo a la vida del Padre.

Ya san Agustín, en el siglo IV, llamaba a esta celebración el “Triduo del crucificado, sepultado y resucitado”. De hecho el Triduo Pascual tiene una unidad, en la que cada día es entendido como momento progresivo de la única Pascua: la Pascua de la Cena, la Pascua de la Cruz, la Pascua de la Resurrección. El jueves se hace memoria de la Cena de la nueva Pascua. El viernes se celebra la Pascua del Cordero Inmolado. En la Vigilia Pascual, celebramos el tránsito glorioso de Cristo, la victoria sobre la muerte, la realización plena del Éxodo.

Una tiempo de prolongación

En la Vigilia Pascual, que ya es el Domingo de Resurrección, nace el día nuevo que la Iglesia prolonga en renovada alegría durante cincuenta días del Tiempo pascual. Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección al domingo de Pentecostés se celebran con alegría, como un solo día festivo, más aún, como el «gran domingo»[1]

 

Presenta dificultades pero merece la pena. Disfrutar y hacer disfrutar de los cincuenta días de la Pascua como celebración de lo que da gozosamente sentido a nuestro ser cristiano: el mal vencido, el pecado vencido, la muerte vencida por Jesús y el amor del Padre que es más fuerte que todo, y nos libera, y nos ofrece una vida plena y renovada. En realidad, celebra la Pascua es celebrar que el mismo Espíritu que movía a Jesús nos mueve ahora a nosotros, como dice ya la oración del domingo de Pascua: “concede a quienes celebramos hoy la Pascua de resurrección, resucitar también a una nueva vida, renovados por al gracias del Espíritu Santo”.

 

Bueno será, por tanta, que todo el tiempo de pascua esté impregnado por la presencia del Espíritu: no hay que forzar los textos ni el sentido de las celebraciones para lograrlo, solamente resaltar la presencia del Espíritu y no acordarnos solamente el último día, domingo de Pentecostés.

Algunos elementos que conviene tener en cuenta pueden ser los siguientes: Cuidemos, junto con los responsables de las celebraciones, los signos externos de estos días.

1.  La alegría del presidente y demás ministros: quizá se la condición más básica para una buena celebración de la cincuentena pascual. Que quien preside la celebración y todos los demás ministros, sientan la alegría de celebrar la victoria de Jesús resucitado, y el inmenso amor  del Padre, y el don del Espíritu derramado sobre nosotros. Y, sintiéndola puedan y deseen hondamente ayudar a todos los hermanos y hermanas cristianos a experimentarla también. Este no es tiempo para centrarse mucho en las exigencias del comportamiento cristiano (no es tiempo de homilías moralizadoras), sino en la alegría de serlo y en el deseo de compartirlo con los demás cristianos y con los que no lo son.

2. Una ambientación relevante y constante: como la Pascua no se nota en la calle tiene que notarse mucho dentro de la Iglesia. Y tiene que notarse a lo largo de los cincuenta días, sin dejar que el ambiente decaiga. Aunque, por muchos motivos la presencia de la feligresía disminuya. Ello no implica que no pueda mantenerse el clima y la ambientación que entra por los ojos (el cirio pascual, la aspersión, luces, flores, carteles, etc.) y que el último día, el domingo de Pentecostés se intensifique esa ambientación. El domingo siguiente tiene que notarse también que la ambientación pascual ha desaparecido.

3. La ambientación que crean los cantos: durante todo el tiempo de pascua hay que cantar cantos de pascua. Sin cansarse y empezar a sustituirlos por cantos más genéricos al llegar a la mitad de la cincuentena. Además bueno será que desde el principio esos cantos de Pascua incluyan también los cantos del Espíritu.

4. Los sacramentos: la pascua es tiempo de los sacramentos: son signos visibles del resucitado, son los dones de su Espíritu en La  Iglesia. Conviene también celebrar de modo especial la vigilia de Pentecostés. Las confirmaciones también son oportunas en tiempo de pascua. La Semana del Espíritu Santo. “Para aquellos adultos que han recibido la iniciación cristiana durante la Vigilia pascual, este tiempo ha de considerarse como un tiempo de «mistagogia»”. (102)

5. Los testimonios del Espíritu del Resucitado: también a través de carteles o de otro modo, recordar cada domingo alguna acción que el Espíritu de Jesús nos  impulsa a realizar en el mundo: en el servicio de los necesitados, en la ecuación de niños, adolescentes, en la vida cívica. Etc.

6. El directorio sobre la piedad popular y la liturgia No 153, recomienda la realización del Vía Lucis  “en él, como sucede en el Vía crucis,  los fieles, recorriendo un camino, consideran las diversas apariciones en las que Jesús (desde la resurrección a la Ascensión, con perspectiva a la Parusía) manifestó su gloria a los discípulos, en espera del Espíritu prometido, confortó su fe, culminó sus enseñanzas sobre el Reino y determinó aún más la estructura sacramental y jerárquica de la Iglesia”.

Conclusión

Celebrar el Tiempo Pascual, es festejar, aquí y ahora, como un acontecimiento del presente, la Resurrección de Jesús como una nueva energía de vida y de libertad para cada persona, para nuestras comunidades y para la humanidad entera en comunión con la creación, restaurada por el Espíritu del Resucitado.

Celebrar la Pascua es celebrar nuestra participación en la Resurrección de Jesús y testimoniar que la fuerza resucitadora de dios actúa en las comunidades y en el universo.

Celebramos la Resurrección del Señor para que vivamos de una manera nueva, creyendo que Dios nos lleva de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida, dándonos fuerza para una conversión continua en nuestras vidas, suscitando en nosotros una mayor hambre y sed de justicia y la alegría de participar en la comunión de los santos, miembros de la familia de Cristo, parte integrante de la nueva creación, viviendo en la libertad de los hijos de Dios.

El libro del Apocalipsis describe así la experiencia pascual: ¡Hagamos una fiesta alegre y démosle gloria, porque llegó la boda del Cordero, y está engalanada su esposa! (Ap. 19,7)

EL TRIDUO PASCUAL

INTRODUCCION

 

La Iglesia celebra cada año el triduo pascual, que comienza con la misa vespertina del jueves «en la cena del Señor», tiene su centro en la vigilia pascual y acaba con las vísperas del domingo de resurrección. Este período de tiempo se denomina justamente el «triduo del crucificado, sepultado y resucitado» o triduo pascual.

 

La PFP recomienda encarecidamente a los pastores que no dejen de explicar a los fieles del mejor modo posible el significado y estructura de las celebraciones, preparándoles a una participación activa y fructuosa; recomienda también especialmente el canto del pueblo, ministros y sacerdote celebrante durante el triduo pascual, por la solemnidad de estos días y también porque los textos adquieren toda su fuerza precisamente cuando son cantados (PFP 41-42).

 

I LA MISA VESPERTINA EN LA CENA DEL SEÑOR: LOS CANTOS

 

La misa vespertina en la cena del Señor no es ni más ni menos que una eucaristía, celebrada con toda la dignidad, autenticidad y emotividad por celebrarse en la noche en que fue entregado nuestro Señor. Pero la eucaristía central en el triduo pascual es la de la vigilia pascual. El canto nos ayudará a celebrar con mayor autenticidad y sentido.

 

Canto de entrada

La antífona propia de esta misa es: «Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. En él está nuestra salvación, vida y resurrección, él nos ha salvado y libertado». Podemos resaltar el canto y la procesión de entrada con el incienso.

 

Gloria

Hoy podemos destacar el gloria con una oportuna pero breve monición. CE 300 y PFP 50 nos dicen que durante el canto del gloria se pueden hacer sonar las campanas, de acuerdo con las costumbres locales, y no volverán a sonar hasta el gloria de la vigilia pascual. El órgano y cualquier otra música instrumental pueden usarse sólo para sostener el canto.

 

Lavatorio de los pies

Conviene que esta tradición se mantenga y que se explique según su propio significado, el servicio y el amor de Cristo, que ha venido «no para ser servido, sino para servir» (Mt 20,28). Los cantos podrían ser: Un Mandamiento Nuevo (Adapt. A.Alcalde) Os doy un mandato nuevo (F. Palazon)

 

Procesión de los dones

En este día podemos destacar la procesión de los dones realzando el pan y el vino como los dones escogidos por Cristo para su autodonación. Conviene que a la procesión de los dones y a la colecta le demos un claro sentido de solidaridad con los más necesitados. Esta colecta de solidaridad recobra todo su sentido, sobre todo, si los donativos para los pobres son el fruto de nuestra penitencia cuaresmal.

 

Canto de comunión

En la comunión podemos cantar cantos alusivos a la pascua como: Acerquémonos todos al altar (F. Palazón); los salmos 22 y 33, con las distintas musicalizaciones;

 

Traslado del Santísimo al lugar de la reserva

Terminada la oración después de la comunión, comienza la procesión en la que se lleva el Santísimo por la iglesia hasta el lugar de la reserva. Mientras tanto se canta el himno Pange lingua u otro canto eucarístico, y se termina con el Tantum ergo mientras se inciensa el Santísimo. – Tantum Ergo (Santo Tomas de Aquino)

VIERNES SANTO

 

Este día está completamente centrado en la cruz. La comunidad cristiana proclama la pasión del Señor y ejercita su función sacerdotal rogando por todos los hombres, adora la cruz y comulga de la reserva del día anterior. «Se recomienda que en este día se celebre en las iglesias el oficio de lectura y las laudes, con participación de los fieles» (PFP 62).

 

En la celebración de la pasión del Señor, «el sacerdote y los ministros se dirigen en silencio al altar sin canto alguno» (PFP 65). La pasión según san Juan se canta o se proclama del mismo modo que se ha hecho el domingo anterior. Durante la lectura de la pasión podemos intercalar unas antífonas o cantos breves como el domingo de ramos.

 

La oración universal ha de hacerse según el texto y la forma establecida por la tradición. Es conveniente que la respuesta del pueblo sea cantada, dada su importancia. Entre las respuestas cantadas podemos seleccionar:

– Señor, escúchanos, Señor, óyenos (Popular – Escucha Señor y ten piedad (Adapt. C. Gabaráin)

 

Para la adoración de la cruz úsese una única cruz, tal como lo requiere la verdad del signo.

Durante la adoración, cántense las antífonas, los «improperios» y el himno Oh cruz fiel, que evocan con lirismo la historia de la salvación, o bien otros cantos apropiados, como pueden ser:

– Pueblo mio (F. Palazon)

 

El padrenuestro es mejor que hoy sea cantado por toda la asamblea. No se da el signo de la paz, y sería más expresivo hacer la comunión en silencio, sin canto alguno.

 

En cuanto a los ejercicios piadosos, como el viacrucis, las procesiones de la pasión y el recuerdo de los dolores de la Santísima Virgen María, nos recuerda el documento PFP 72 que en modo alguno pueden ser descuidados, dada su importancia pastoral; pero los textos y los cantos utilizados en los mismos han de responder al espíritu de la liturgia del día.

SABADO SANTO

Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos, y esperando en la oración y el ayuno su resurrección. «Se recomienda con insistencia la celebración del oficio de lectura y de las laudes, con participación del pueblo» (PFP 73,40; OGLH 210). Es un día de silencio, lleno de oración, esperanza y gozosa expectativa. Día de serenidad, recogimiento, sosiego y sobriedad. Todo el peso espiritual de este día recae en la Liturgia de las Horas. Si el Viernes santo es «la hora de Cristo», hoy, Sábado santo, es «la hora de la Madre», la Hija de Sión, la Madre de la Iglesia, que vivió la prueba suprema de la fe y de la unión con el Dios redentor.

 

Para una celebración de la Palabra en torno a la Virgen dolorosa y esperanzada podemos contemplar junto a la imagen de Cristo crucificado la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores o un icono de la Virgen que nos recuerde el misterio que se celebra. Como lecturas evangélicas podemos escoger Lc 2,25-35: Simeón predice los dolores de María; Jn 19,25-27: Jesús nos da a María por Madre.

Como cantos a la Virgen apropiados para una celebración de la Palabra podemos escoger:

– Dolorosa (J.A.Espinosa) – Estabas junto a la cruz (A. Alcalde) – Stabat Mater dolorosa (gregoriano)

El Canto Litúrgico en el tiempo de Pascua

SI LA CUARESMA era un tiempo de austeridad y silencio musical, la pascua es el tiempo de realce musical, de abundancia y florecimiento del canto. Es un tiempo de alegría y de gozo para entonar cantos de fiesta en honor de Cristo resucitado.

 

No cantemos cualquier canto, algunos cantos, ni de cualquier manera. No cantemos «a palo seco». Cantemos los cantos de pascua, todos los posibles, y hagámoslo bien, acompañándolos «al son de instrumentos, con clarines y al son de trompetas» (Sal 97), «con platillos sonoros, con platillos vibrantes» (Sal 150). Todo ser que alienta alabe al Señor, porque es la pascua. En Pascua tenemos que conseguir que la liturgia, en su conjunto, suene y resuene como una gran obra sinfónica: la sinfonía de la nueva creación en Cristo, afinados y vibrantes todos sus instrumentos. Una de las actividades principales de la comunidad cristiana durante el tiempo pascual es el canto al Señor resucitado, vivo y glorioso. «Sólo el hombre nuevo puede cantar el cántico nuevo» (san Agustín). La pascua es la fiesta de las fiestas y «Cristo resucitado – nos dice san Atanasio – viene a animar una gran fiesta en lo más íntimo del hombre».

 

La palabra clave es Aleluya

La hemos omitido en cuaresma. No se trata de prohibir por prohibir. El rubrum (las rúbricas) tienen también su espíritu, que hemos de descubrir. Se trataba de omitir para reservarnos para pascua y poder cantar el aleluya con una alegría desbordante, para que resuene más festiva y mejor afinada, llenando con su sonido el silencio de la noche pascual. No podemos olvidar ni separar de la pascua los cantos al Espíritu Santo, pues pentecostés no es una fiesta aparte. Es la plenitud y el cumplimiento de lo inaugurado en la noche de pascua: el Espíritu, que resucitó a Jesús de entre los muertos. Es el culmen de la pascua.

 

Cantos tradicionales pascuales hay muy pocos o casi ninguno. De los cantos modernos se ha popularizado. No podemos permitir ni aprobar que se gasten todas las energías en preparar bien la cuaresma y que lleguemos a la pascua cansados y agotados y la celebremos de cualquier manera, porque estamos cansados de tantas cosas como hemos preparado en cuaresma.

 

El órgano y otros instrumentos en pascua

Entre los distintos instrumentos debemos destacar y potenciar el órgano: es el instrumento litúrgico por excelencia. El órgano crea fiesta y alegría; acompaña, arropa, sostiene y envuelve el canto de la asamblea; favorece la participación y la unanimidad. En pascua tiene momentos muy especiales para sonar: en los procesionales de entrada, ofrendas y comunión, y a la salida del templo. Pascua es el tiempo de tocar piezas alegres y festivas; es el tiempo de los metales del órgano. Que el órgano resuene con toda su grandeza y majestuosidad envolviendo de sonoridad festiva el ambiente donde la comunidad cristiana celebra.

 

El canto en la vigilia pascual

«Aquel a quien cantamos resucitado mientras celebramos la vigilia, hará que vivamos reinando con él para siempre» (San Agustin, Sermón Guelferbytano, n. 5,4, PL 2,552). Durante la vigilia, la Iglesia espera la resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana (Cf CE 332). La vigilia pascual, «la madre de todas las santas vigilias» (San Agustín, Serm. 219, PL 38, 1088) , es una noche de vela de la comunidad cristiana en honor del Señor. Con ser la noche más importante del año, no es muy popular, aunque poco a poco la comunidad cristiana se va centrando en esta noche.

 

Es importante que preparemos bien la vigilia para ir creando ambiente y tradición. Los signos de la luz, la Palabra, el agua bautismal, el pan y vino eucarísticos, anunciados en la cuaresma, alcanzan su culmen y realización en la noche pascual. La vigilia pascual es un crescendo continuo orientado dinámicamente hacia su culmen: la celebración de la eucaristía como «memorial» de la pascua del Señor. Una buena preparación y celebración de la vigilia pascual será el modelo de las celebraciones durante la pascua.

 

El canto del lucernario

Es el comienzo de la vigilia. La comunidad reunida en torno al fuego puede cantar un canto a la luz:

El diácono proclamará: «Luz de Cristo» y los fieles responderán: «Demos gracias a Dios».

Esta proclamación debe ser cantada con su respuesta. Mientras caminamos en procesión al templo podemos cantar.

 

El canto del pregón

El diácono proclama el pregón pascual, magnífico poema lírico que presenta el misterio pascual en el conjunto de la economía de la salvación. Si fuese necesario, o por falta de un diácono, o por imposibilidad del sacerdote celebrante, puede ser proclamado por un cantor.

 

El canto de los salmos en la noche pascual

En la noche pascual se da un gran diálogo entre Dios y su pueblo. La liturgia de la Palabra es más abundante en esta noche. Dios habla a su pueblo por medio de las lecturas y su pueblo le responde con los salmos y oraciones. Lecturas, salmos y oraciones son abundantes (siete más la epístola y el evangelio).

El ideal está fijado en cantar todos los salmos enteros. Cuando, por diversas razones, esto no es posible, podemos cantar sólo las antífonas, incluso algunas antífonas y recitar los salmos. Entre todas las antífonas tendríamos que destacar en esta noche la de la tercera lectura: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria».

También deberíamos lograr unos silencios meditativos entre lecturas.

 

El canto del aleluya en el tiempo pascual

Después del silencio cuaresmal, oímos resonar, con el corazón henchido de alegría, el aleluya en la noche pascual. «El sacerdote, terminada la epístola, entona por tres veces el aleluya, elevando gradualmente la voz y repitiéndolo la asamblea» (Cf CE 352) Una vez entonado en la noche pascual, ya no se volverá a omitir durante todo el tiempo pascual. Su canto será uno de los distintivos de las celebraciones pascuales. ¡Qué buenas catequesis podemos hacer a nuestro pueblo explicándole el significado, el sentido y la importancia de cantar «aleluya»!

 

Otros cantos para destacar en pascua

 

El canto en los ritos iniciales

En pascua podemos destacar el canto de entrada en primer lugar con un corazón renovado, pero además por unos signos externos que nos indican que es un tiempo especial. El tiempo de pascua es un tiempo bautismal. Ya en cuaresma se aludía al bautismo. Destacamos el rito de entrada con la aspersión del agua durante todos los domingos de pascua, recuerdo de nuestro propio bautismo, mientras la asamblea canta: la antífona – Agua viva (A. Taulé)

 

El rito penitencial se puede suprimir. Ya en cuaresma lo hemos destacado bastante. El presidente saluda a la asamblea y se inicia el canto del gloria, himno trinitario que debemos destacar en pascua a ser posible con una música nueva.

 

El canto del Credo

También el credo, como profesión de fe, podemos destacarlo en pascua cantando el Credo 111, o bien, de otra forma más sencilla, el presidente proclama el símbolo apostólico y la asamblea responde con una antífona al final de la parte atribuida a cada persona trinitaria:

– Creo, Señor. Creo, Señor (Lerchundi-Gabaráin)

 

 

El canto del «Regina Coeli»

No tendríamos que perder de nuestro repertorio esta antífona mariana para el tiempo pascual. En la eucaristía la podemos cantar como antífona final, antes de la bendición final y del saludo de despedida «Podéis ir en paz», con el celebrante aún en el presbiterio. Es una antífona, breve, sencilla y popular. Tanto si la cantamos en latín como en castellano, podemos sacarle mucho provecho, pues podemos cantarla no sólo al final, sino en la bendición de la mesa, sustituyendo el rezo del Ángelus, al final de completas, durante el mes de mayo, que es devocionalmente mariano pero litúrgicamente pascual.

 

 


[1] Carta circular de la Congregación para el Culto Divino sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales (16 de enero de 1988) No. 100

 

Domingo de Ramos – Ciclo B

DOMINGO DE RAMOS ciclo B

La Semana Santa es inaugurada por el Domingo de Ramos, en el que se celebran las dos caras centrales del misterio pascual: la vida o el triunfo, mediante la procesión de ramos en honor de Cristo Rey, y la muerte o el fracaso, con la lectura de la Pasión correspondiente a los evangelios sinópticos (la de Juan se lee el viernes). Desde el siglo V se celebraba en Jerusalén con una procesión la entrada de Jesús en la ciudad santa, poco antes de ser crucificado.

1.      Oración:

Dios, Padre nuestro, tú enviaste a tu Hijo entre nosotros, para que descubramos todo el amor que nos tienes. Y cuando nosotros respondemos a ese amor con nuestro rechazo, matando a tu hijo, Tú no te echaste atrás sino que seguiste adelante con tu plan de ser nuestro mejor amigo. Ablanda nuestros corazones para que sepamos responder a tu amor con el nuestro. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

2.      Texto y comentario

2.1.Lectura del libro de Isaias 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Dentro del contexto general, cuatro misteriosos poemas que, por acuerdo más o menos unánime, vienen llamándose del «Siervo»: Cánticos del Siervo de Yahvé. Aquí, en la lectura de hoy, nos encontramos con uno de ellos; con el tercero, en concreto. Y del tercero, con unos versículos, los más significativos. Conviene, no obstante, alargarse, en la lectura privada, a los versículos 8 y 9 por los menos, y con un poco de interés, a los cánticos que le han precedido; pues, en opinión de la mayoría, se iluminan unos a otros: 42, 1-9; 49, 1-13. El cuarto vendrá más tarde y los desbordará a todos: 52, 13-53, 12.

El personaje del canto no lleva nombre, ni siquiera el título de «siervo». Lo que importa es la misión. Y ésta se encuadra en la vocación profética: voca­ción-llamada para la palabra, sufrimiento en el desempeño de la misión, con­fianza en el Señor. Detrás del profeta sin nombre se encuentra Dios con todo su poder. Llamada para hablar: lengua de iniciado. El Siervo ha de hablar; ha de hablar bien, ha de hablar en nombre del Señor. En este caso ha de ha­blar para consolar, al abatido. También el profeta sabrá de abatimiento; es su vocación. Pero para hablar, hay que escuchar. Dios afina el oído de su Siervo, agudiza su sensibilidad y lo capacita para sintonizar con su volun­tad. Suponemos en el Siervo una intensa actividad auditiva.

La misión se presenta, además, dolorosa: ultrajes e injurias personales. Un verdadero drama. En el fondo, participación del drama de Dios en la sal­vación del hombre. La persona del Siervo tiende a confundirse con el men­saje que debe anunciar. Valor y aguante. Y así como no resiste a la palabra que lo envía, así tampoco al ultraje que ella le ocasiona. Dios lo mantendrá inquebrantable en el cumplimiento de su misión. Misteriosa vocación la del Siervo. Todos los profetas experimentaron algo de lo que aquí se nos narra. Con todo la figura del Siervo los sobrepasa. ¿Quién es? ¿Quién llena su imagen? Miremos a Cristo Jesús y encontraremos la respuesta más cumplida. Vivió en propia carne el inefable drama de Dios con el hombre: lengua de iniciado: gran profeta; oído atento: gran hombre de Dios; ultrajes, presencia de Dios… misión cumplida.

2.2.Salmo responsorial Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere.» 

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel.

Salmo de súplica, salmo de acción de gracias. ¿Psicológicamente incom­prensible? Teológicamente, al menos, no: tras la súplica, siempre, la acción de gracias, porque Dios, al fondo, siempre escucha la oración. El salmo vive los dos momentos. Hoy, el primero.  La súplica toca los límites extremos en que puede encontrarse el fiel de Dios. Es el justo; y es el justo perseguido; y es el justo perseguido por ser justo; y la persecución lo ha llevado hasta las puertas de la muerte; ¡y el Señor no le escucha! El justo sufre sobre sí el abandono de Dios; las imáge­nes son vivas y reflejan una situación límite. También la confianza es ex­trema y total.

¿Quién llena el salmo? Situaciones semejantes, pero parciales, las han vi­vido con frecuencia los siervos de Dios. Como ésta, en profundidad insospe­chada, solamente uno: El Señor Jesús. Los evangelistas recogen de su boca el estribillo del salmo en el momento de su muerte; también aparecen cum­plidos algunos versículos en la ejecución en la cruz. Pensemos, pues, en Jesús; él desborda el salmo, en dolor, abandono y esperanza. Unámonos a él, a todo justo, que en el cumplimiento de la voluntad de Dios pasa por trance seme­jante.

Dios, el Padre, dejó paradójicamente morir a su Hijo; pero lo resucitó al tercer día. La oración fue escuchada, como comenta la carta a los hebreos, por su« reverencia»

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 25 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

En una carta -Pablo a los Filipenses-, una recomendación entrañable; y en la recomendación entrañable- «manteneos unidos»-, la motivación más cordial y personal del apóstol: Cristo Jesús. Es toda nuestra lectura. Y es toda una pieza. Pieza, que, según la crítica más aceptada, se remonta a los albores de la comunidad cristiana, a unos años, quizás, antes de Pablo. Se le suele caracterizar como himno. Pero hay que advertir que, sin dejar de serlo, el pasaje admite otras denominaciones, secundarias quizás, pero simultáneas, que la colocan en su debido puesto: fórmula de fe, catequesis… Debemos mantener viva la alabanza, recordar piadosamente el misterio y profesar confiados nuestra fe. Los autores distinguen estrofas. No nos vamos a enzarzar en la polémica de su diferenciación y número. Vamos a seguir tan sólo el pensamiento de tan preciosa profesión de fe, el movimiento de tan justificada alabanza y la estructura básica de tan profundo misterio.

El himno lleva, en el contexto actual de la carta, un movimiento de exhor­tación. No lo perdamos de vista, pues nos conviene aprender- catequesis- y nos interesa dejarnos mover- parenesis. El ejemplo es Cristo; el cristiano ha de acercarse a él para conocer y vivir su propio misterio.

En cuanto al himno mismo, podemos proceder a su inteligencia, apoyán­donos en los contrastes. Y el primero que se nos ofrece es el llamado de la «kénosis» o anonadamiento. Jesús, en efecto, siendo de condición divina, no ambicionó conducirse, al venir a este mundo, a la manera que como a ser di­vino correspondía. Todo lo contrario, se despojó de sí mismo totalmente: res­pecto a Dios en obediencia absoluta y respecto a los hombres, llevando por amor, la condición de hombre débil, hasta el extremo de morir, como siervo, en una cruz: condenado como malhechor y blasfemo -¡él, que era Hijo de Dios!; por odio y envidia- ¡él, que era la misma misericordia!; por propios y extraños -¡él, que no se avergonzó de llamarnos hermanos!; impotente y en­tre criminales -¡él, que era poderoso y justo por excelencia!; abandonado de Dios -¡él, que era «Dios con nosotros!» ¿Quién no recuerda, como falsilla teo­lógica inspirada, el canto cuarto del Siervo de Yahvé?

El segundo contraste, que se origina y enraíza en el primero, como carne de su carne, es: Dios lo exaltó y le dio un «Nombre-sobre-todo-nombre». Un Nombre divino: el de ¡Kyrios! Jesús, como hombre, por encima de toda la creación, unido al Padre en poder y majestad. ¿Qué otro Nombre podía ser éste que el de Dios? Por eso todos deben postrarse ante él: en el cielo, en la tierra y en el abismo, y proclamar: «¡Jesucristo es el Señor!» Y ello, como lo señala el himno «por» haberse humillado hasta la muerte en cruz. Pablo nos invita a imitar al Señor; también, a alabarlo, bendecirlo y adorarlo. Es el papel que desempeña el himno en la liturgia. Acerquémonos, pues, piadosa­mente, y bendigamos, alabemos y adoremos al Señor.

2.4. Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 15, 1-39

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.

Pilato le preguntó:
S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
– «Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato le preguntó de nuevo:
S. – «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.
Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre.
Pilato les contestó:
S. -«¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. -«¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. – «¡Crucificalo!»
C. Pilato les dijo:
S. – «Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. – «¡Crucificalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio – al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. – «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.
Llevaron a Jesús al Gólgota y lo crucificaron.
C. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz.
Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.»

C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. -«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. – «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban.

C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:
-«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
-«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. – «Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. – «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.  El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. -«Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

Son relatos y son Evangelio. Como Evangelio, Buena Nueva: proclama­ción salvífica de la salvífica acción de Dios. Como relatos, composición litera­ria de características peculiares: una serie de pequeñas escenas-unidades de notable largura y de excepcional trabazón entre sí. Destacan, por cierto, en ambos aspectos, del resto del evangelio. Vienen a ser un relato uno, aun den­tro de los respectivos evangelistas, por más que uno deseara encontrar en ellos, o más detalle o más precisión, o ambas cosas a la vez, en algún mo­mento. Quedan así indicados los problemas que pueden surgir, ya dentro de un mismo relato, ya en el cotejo de un evangelista con otro: lagunas, despla­zamientos de lugar…

No son, pues, crónica o retrato preciso de un acontecimiento; ni pueden serlo en realidad. Con todo, se parecen mucho a ello. Son el acontecimiento, sí; pero, animados los relatos y coloreados por la reflexión y el afecto: de gran objetividad y de entrañable devoción: devoción, porque son la Pasión del Señor. Y objetivos, por la misma razón. El acontecimiento ha fundado la fe y la fe, devota, se ha volcado sobre el acontecimiento. Sorprenden su ex­tensión y detalle, habida cuenta, en consideración neutra, del acontecimiento que narran: la horrorosa y horrible muerte de Cristo en la Cruz. ¿No hu­biera sido mejor olvidarlos, después de la experiencia de la gloriosa resu­rrección, con la que, al parecer, nos guardan en común? Pues no. Los relatos parten de testigos oculares y se han mantenido y mantienen vivos en el ám­bito eclesial, especialmente litúrgico, de todos los tiempos. Es la Pasión del Señor. Y sabemos que la Pasión del Señor no es algo que pueda olvidarse como una pesadilla o pasarse por alto como un escollo, sino que es, nada más y nada menos, el relato de los acontecimientos reveladores de la Salvación de Dios: el gran combate de la luz contra las tinieblas y la estrepitosa victoria de Dios sobre el diablo, en su propio terreno, del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. La muerte. La muerte mordió su propia entraña, el odio quemó sus enconadas iras, el demonio perdió su do­minio y las tinieblas huyeron despavoridas. Y las armas singulares en ver­dad, la muerte en cruz de Jesús.

Con esto queda abierta la inteligencia como Buena Nueva. Estos relatos anuncian, proclaman, revelan la salvación de Dios en su siervo Jesús. Y también lo celebran -aspecto litúrgico- y la presentan como objeto de con­templación y veneración -misterio de Dios y su obra-. En ellos nos acercamos a Dios y Dios se acerca a nosotros. Y el acercamiento es, naturalmente, sal­vífico: la Pasión del Señor, dispuesta por Dios, para salvarnos a nosotros, pecadores. Es su sentido y verdad fundamental. En torno a ellos, y enrique­ciéndolos, múltiples verdades parciales de la gran verdad que desprenden de los relatos como totalidad unitaria y unidad total.

Por eso, tanto la comunidad -acto litúrgico- como el individuo -relación personal con el Señor- han de moverse en dirección teologal: fe, esperanza y caridad. Y es que, al fondo, está Dios: Dios salvador del mundo a través de la muerte de si Hijo. Fe en su amor, esperanza en su perdón y benevolencia, y afecto entrañable a su persona. Su dolor físico y moral, su soledad y aban­dono; su voluntad de sumisión y su obediencia extrema; su abrumador silen­cio y sus divinas palabras… Por nuestros pecados; por mis pecados… Las escenas, todas ellas reveladoras del misterio de Dios y de nuestro misterio: la Ultima Cena, la Eucaristía… La traición de Judas -¿nunca lo he traicio­nado yo?-, la negación de Pedro -¿nunca lo he negado yo?-, la oración en Get­semaní, los falsos acusadores, los gritos del populacho, la envidia de las au­toridades, la debilidad de Pilato, las mujeres… Y, sobre todo, el mismo acontecimiento: ¿es posible que aquel hombre, Hijo Unigénito de Dios, muriera así? El misterio del pecado enfrentado con el misterio del amor de Dios. Uno tiembla, se conmueve, llora, pide perdón y alaba. Pues temblemos de emoción, lloremos por nuestros pecados y alabemos a Dios por Gracia: es la Pasión y Muerte del Señor.

A pesar de ser uno, en el fondo, el relato de la Pasión, son cuatro, tres para esta celebración, los evangelistas que lo encuadran en sus respectivos evangelios. Por supuesto, que nos ofrecen, al tomarlo de la tradición consa­grada de la Iglesia, su propia impronta, su huella, su visión ligeramente eclesial-personal del acontecimiento, que, lejos de desfigurar los hechos, lo enriquecen. A Juan lo relegamos para la celebración del Viernes Santo. Los otros tres quedan para hoy, según la división en ciclos. Podemos comenzar con Marcos, considerado por los estudiosos como el primero y más cercano al relato tradicional. Señalemos lo más llamativo. Las anotaciones, con todo, no eximen de la lectura atenta, personal y afectuosa de todo su relato. Lo mismo, respecto a los otros evangelistas.

Los autores subrayan el carácter «kerigmático» del evangelio de Marcos, concretamente, en el relato de la Pasión. Marcos proclama el plan de salva­ción de Dios. Y lo proclama con peculiar rudeza y objetividad; sin paliativos, ni explicaciones atenuantes, ni pulimiento de artistas. Marcos ama el con­traste desnudo y la paradoja desconcertante. No teme herir la sensibilidad; antes bien, parece que lo intenta: el escándalo de la cruz. Es como quien corta el madero a hachazos, sin cuidarse de suavizar los cantos, de endere­zar las líneas o de lijar los nudos, y levanta con él la cruz del Señor. He aquí, como Cristo despojado de sus ropas, el misterio de la muerte del Hijo de Dios que nos salva. Ante él, se desnuda la fe y se postra el corazón. Esta misma despreocupación de arreglo alguno abre el campo a cierta viveza en el lenguaje y a cierta improvisación. Esto último, debido, quizás, a la tradi­ción oral mantenida por Pedro. Los versículos 43-52 del cap. 14 -comenzamos por el Prendimiento de Jesús- ofrecen un claro ejemplo de lo que acabamos de decir. Estilo brusco y directo: la venida, casi de improviso, de Judas, su beso al Maestro, la escapada, la huída de los discípulos… Nada de Jesús a Judas, nada, tampoco, al que saca la espada y nada al siervo herido por ella. Desconcertante. Tan sólo, y por ello desconcierta más, las palabras de Jesús «Como a un ladrón habéis venido a apresarme… » y la escueta y des­teñida mención de la escritura. Y el rasgo pintoresco del joven que le seguía envuelto en una sábana. Cuesta a uno sobreponerse del impacto: breve, di­recto y desnudo como el muchacho que huye despojado de su envoltura.

Los versículos 53-72 –El proceso de Jesús ante el Sanedrín- ofrece nuevas consideraciones en esa línea. Continúa el contraste y el desconcierto. En cuanto a las personas que intervienen podemos notar: a las autoridades, dispuestas sin más a enviarlo a la muerte -¿eso es autoridad?-; para ese fin, la búsqueda de testigos falsos y, tras encontrarlos, la ineficacia de su come­tido: ¡no se ponen de acuerdo! Con ellos, a su manera, podemos distinguir a Pedro. De hecho es nombrado inmediatamente después de las Autoridades, deseosas de condenarlo, y de los que maltratan a Jesús, versillo 54 y 66, respectivamente. Parece que Pedro, esta es la paradoja, es uno más de los que injurian a Jesús, ¡y es su discípulo primero!

El centro, con todo, del pasaje, por la brevedad también y el peso, van los versículos 60-64. Jesús debe morir, y no se encuentra causa. Obligado a mani­festarse, su confesión y sinceridad precipitan la condena, y a la máxima re­velación de la más alta dignidad responden, por contraste, la más vil con­dena y defraudante trato. Podríamos titular el cuadro el cuadro como «la dignidad mesiánica de Jesús y los malos tratos». La nota de vivacidad y pin­toresca -testigo ocular- la dan, además del detalle sobre los falsos testigos de que no se ponían de acuerdo, los pormenores de la negación de Pedro: desta­can el juramento y el llanto. Sobre las palabras de Jesús al sumo sacerdote volveré más tarde, al tratar de introducirnos en el misterio de la persona de Jesús: su muerte en el Calvario.

Los versículos 1-20 del capítulo 15 presentan el Proceso romano de Jesús. Breve, conciso, esquemático. Pilato pregunta, ex abrupto, «¿Eres tú el rey de los judíos?» y Jesús, sin mayor explicación o detenimiento del evangelista, responde: «Tú lo has dicho». Proceso, pues, del «Rey de los judíos». El título aparece tres veces en tan pocos versículos. Impresiona el silencio de Jesús. Hasta Pilato se admira; nosotros también. La comparación con Barrabás pone de relieve la inocencia de Jesús, y la decisión de Pilato de condenarlo a muerte, por los gritos del pueblo, su miserable debilidad. Los malos tratos y burlas de los soldados, relatados con crudeza y brevedad, contrastan con el título de rey de los judíos que aparece en su boca: ¿así se trata a un rey? ¡Nuestro Rey entre malhechores!

Los versículos 21-41 nos conducen al centro del acontecimiento misterio; Crucifixión y Muerte de Jesús. Es la ejecución del veredicto romano; total­mente injusta como él. Señalemos, para empezar, la nota pintoresca del Ci­reneo con los nombres de sus dos hijos, Alejandro y Rufo. Son testigos ocula­res los que están al fondo del relato. La siguiente escena, la Crucifixión, evoca, de alguna manera, el proceso ante Pilato: en el centro el título «Rey de los Judíos» y la ejecución -cuatro veces el término «crucificar». Jesús, Rey de los Judíos, muere en la cruz, entre ladrones. ¿Cabe mayor contraste?. Desnudo por completo, en un suplicio horroroso. Terrible.

La siguiente escena evoca el Proceso ante los judíos. El primer grupo de transeuntes recuerda a los testigos falsos: repiten la acusación, con el agra­vante de blasfemia y burla: «¡Yaya! Tú que destruyes el templo de Dios y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo bajando de la cruz». Un segundo grupo, sumos sacerdotes y escribas, reavivan la sentencia sobre Jesús por su declaración mesiánica, anteriormente habida: «Salvó a otros y no puede salvarse a sí mismo. El Mesías, el rey de Israel, que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos». Naturalmente, entre gracias y burlas. Pero no era ese su mesianismo; todo lo contrario, morir por nosotros en la cruz. El evangelista no lo explica; deja correr los acontecimientos. (Sólo al final, en boca del centurión – ¡un pagano!- aparecerá la filiación divina como revela­ción del misterio). La fe debe cubrir al desnudo, sostener al crucificado y adorarlo como Rey.

Pero son los versículos inmediatamente siguientes los que nos introducen más en el misterio. El relato corre, otra vez, negro y desnudo: las tinieblas desde la hora sexta hasta la nona; la voz de Jesús con palabras del salmo 22- «Dios mío, ¿por qué me has abandonado? – el gran grito y la muerte; la ruptura del velo del templo y la confesión del centurión: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». Como testigos mudos, pero testigos figuras en aquellas inesperadas tinieblas prepara la resurrección. Serán ellas las pri­meras que sepan del Resucitado. La sepultura de Jesús va también en esa dirección: la tumba certifica la muerte de Jesús y será, una vez vacía, la boca abierta que anuncie a todos los siglos la Resurrección de Jesús. Nadie la podrá cerrar jamás. El Crucificado la ha abierto para siempre.

Reflexión:

Podemos señalar algunos temas teológicos. Comencemos por las palabras de Jesús en respuesta a las del sumo sacerdote «Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios»: «Tú lo has dicho; en ver­dad os digo que desde ahora podréis ver al Hijo del hombre sentado a la de­recha del Padre y venir sobre las nubes del cielo». El eco solemne de esta manifestación la encontramos en boca del centurión: «verdaderamente éste era Hijo de Dios». Apuntemos para la primera manifestación -respuesta de Jesús al sacerdote- la conjunción de las tradiciones «mesiánica» y «apocalíptica» en la persona de Jesús: Jesús, el Mesías-Rey descendiente de David, salvador del pueblo, y Jesús, el Hijo del hombre, ser celeste y supe­rior, anunciado por Daniel. El título de Hijo de Dios, que algún evangelista pone en este momento, está en alto: el hijo de David, rey, es el Rey Ungido por Dios, perteneciente a la esfera divina, hijo de Dios en sen­tido propio. El venir sobre las nubes, en efecto, lo asimila a Dios; ¿quién otro que Dios puede venir sobre las nubes? De esta forma se precisa y explícita también la naturaleza de su trono: a la derecha de Dios en las alturas, en el trono de Dios.

A estas tradiciones debemos añadir otra, la más chocante quizás, ava­lada por el acontecimiento-cumplimiento en Jesús de las Sagradas Escritu­ras- y será: Jesús, el Siervo Paciente de Yahvé. Todas ellas redondean el misterio, al mismo tiempo que se integran plenamente entre sí.

Jesús es el Mesías de Dios; pero su mesianismo, sin dejar de ser real, se lleva a cabo mediante el sufrimiento. La carta a los Hebreos comentará que Jesús «fue perfeccionado por el sufrimiento». Jesús es el Siervo de Dios; pero su servicio redundó en beneficio de todos. Fue «disposición de Dios, comenta así mismo otra vez la carta a los hebreos, que gustara la muerte en favor de todos». Un triunfo a través de la pasión – que lo recalca Jesús, en Lucas, a los discípulos de Emaús – y una pasión que llevó adelante el que era «Hijo». Este último término nos descubre la identidad del sujeto que sobrellevaba el peso de las injurias, abandono y muerte, y despertó en la resurrección : Jesús el Hijo de Dios; muerto, pero vivo; juzgado, pero juez, humillado, pero exaltado; siervo, pero Rey. Confesemos, pues, valiente y devotamente, como lo hace la carta a los filipenses, que Jesús es nuestro Señor, Rey e Hijo de Dios, muerto por nosotros, pero glorificado para siempre y constituido causa de eterna salvación.

Otro elemento singular es el tema del «templo». Dos veces aparece la acu­sación; -en el proceso judío y ya clavado en la cruz- de querer Jesús destruir el templo y levantar otro no hecho de manos humanas. El evangelio la llama acusación falsa. Pero no lo es tanto, si tenemos en cuenta el desarrollo de la Pasión. Jesús acaba, de hecho, con la Economía Antigua y comienza la Nueva. El Templo nuevo será él. Juan lo afirmará expresamente en 2, 20-22 y Pablo lo insinuará suficientemente al decir que «habita en él la plenitud de la divinidad corporalmente». Es pues la Tienda más amplia y más perfecta, no hecha por manos hu­manas, dará a entender la carta a los Hebreos, es su Cuerpo Glorioso (9, 11ss). El detalle de la ruptura del velo al momento de morir Jesús favorece esta interpretación.

El tema del Templo nuevo, aquí brevemente esbozado, abre la perspec­tiva hacia la Iglesia, Templo de Dios y Cuerpo de Cristo. Es su Reino y su Pueblo. ¿Y no fue de su costado, abierto por la lanza – estamos ya en Juan -, de donde, según los Padres, nació la Iglesia, Esposa del Señor? Iglesia so­mos, y no podemos menos de vernos integrados en la Pasión y Resurrección del Señor.

3.      Oración final:

 

 “Dios todopoderoso y eterno,  tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre  y muriese en la cruz,  para mostrar al género humano  el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad;  concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio y que un día participemos en su gloriosa resurrección” Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

Pueden encontrar algunos de los cantos propios de Domingo de Ramos y Triduo Pascual en esta página.

Domingo I de Adviento – Ciclo B

DOMINGO I DE ADVIENTO ciclo B

El Adviento es tiempo de esperanza, pero de esperanza responsable y vigilante. Para el antiguo Israel la espera del Mesías significó una larga preparación, no siempre fiel, para sentir la necesidad de un Redentor, que fuera revelación plena y personal del amor de Dios. Para nosotros en la Iglesia, el Adviento significa la responsabilidad y la fidelidad ante el que ha venido como Redentor,  pero que volverá un día para coronar en nosotros su obra de salvación en la eternidad.

El Adviento es una espera y una certidumbre. Es la espera de que el Dios vivo va a venir a nuestra vida. Es una certidumbre de que ha venido realmente. Es una llamada para que le abramos nuestras puertas.

Este es el sentido del Adviento: prepararnos para acoger la presencia del Dios vivo, terrible y purificador, que derrite los montes de nuestro egoísmo, de nuestra indiferencia y de nuestra injusticia. “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!”, grita el AT por boca del profeta Isaías. Y después continúa: “Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia”. En la medida que los creyentes tengamos valor y amor para derretir los montes del egoísmo, en esa medida será inteligible la Buena Nueva de que el Cristo vino a transformar a la humanidad. Seguir leyendo “Domingo I de Adviento – Ciclo B”

Domingo 30 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

DOMINGO TRIGÉSIMO DEL TIEMPO ORDINARIO

En este domingo en el que la Iglesia dedica una especial atención a las necesidades particulares de las misiones en otras iglesias más pobres, nos reunimos en torno al altar de nuestra eucaristía sintiéndonos más hermanos suyos, en comunión con toda la Iglesia, hoy más universal y católica si cabe. Escuchemos la Palabra de Dios que nos alienta a vivir la fe con entrega y celebremos la acción de gracias a Dios por todo lo que somos y recibimos de Él.
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