Domingo 21 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

El tener fe no se agota en conocer cosas de Dios, en saber algunos mandamientos, en practicar algunos ritos, en usar algunos objetos; el tener fe es asumir el proyecto de Dios, haciéndolo nuestro, viviendo de acuerdo a sus leyes, manifestando con nuestra vida su amor y su misericordia, actualizando en nosotros la manera de ser y de actuar del Señor Jesús. Pero a su vez, el creer implica abrirnos a la trascendencia, abrirnos a una nueva dimensión, como es la vida eterna, la salvación, es colocarnos en perspectiva de Dios. Esto es algo que es constitutivo de lo que creemos, que después de esta vida, el Señor nos pedirá cuentas de lo que hemos hecho, de lo que hemos vivido y de la manera que hemos buscado hacer vida sus enseñanzas.

1. Oración 

Señor Jesús nos haces tomar conciencia de algo que muchas veces lo ignoramos o lo descuidamos como es el hecho de la salvación, …el encuentro definitivo contigo, …el premio o del castigo eterno; aquí nos ayudas a darnos cuenta, de la necesidad de esforzarnos, es decir, de vivir como nos pides, de hacer que nuestra vida corresponda a nuestra fe, que nuestras acciones expresen el amor a Dios y el amor al prójimo, por eso, Señor, te pido que me ayudes a vivir tus enseñanzas, a asumir tu estilo de vida, a identificarme contigo, para que cuando me llames me reconozcas entre tus elegidos, porque busqué amar como Tú, y dar la vida como lo hiciste Tú.

Amén.

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Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

1. Oración inicial

Padre de toda misericordia, en nombre de Cristo tu Hijo, te pedimos, ¡Envíanos el Don, Infunde en nosotros el Espíritu! Espíritu Paráclito, enséñanos a orar en la verdad permaneciendo en el nuevo Templo que es Cristo. Espíritu fiel al Padre y a nosotros, como la paloma en su nido, invoca en nosotros incesantemente al Padre, porque no sabemos rezar. Espíritu de Cristo, primer Don para nosotros los creyentes, ruega en nosotros sin descanso al Padre, como nos ha enseñado el Hijo. Amén Seguir leyendo “Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo C”

Domingo 16 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

XVI

María y Marta amigas de Jesús ¿Cuál es la mejor parte escogida por María? Lucas 10,38-42

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén. Seguir leyendo “Domingo 16 del Tiempo Ordinario – Ciclo C”

Domingo 15 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

 

XV

El Evangelio de este domingo se abre con la pregunta que un doctor de la Ley plantea a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Lc 10, 25). Sabiéndole experto en Sagrada Escritura, el Señor invita a aquel hombre a dar él mismo la respuesta, que de hecho este formula perfectamente citando los dos mandamientos principales: amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. Entonces, el doctor de la Ley, casi para justificarse, pregunta: «Y ¿quién es mi prójimo?» (Lc 10, 29). Esta vez, Jesús responde con la célebre parábola del «buen samaritano» (cf. Lc 10, 30-37), para indicar que nos corresponde a nosotros hacernos «prójimos» de cualquiera que tenga necesidad de ayuda. El samaritano, en efecto, se hace cargo de la situación de un desconocido a quien los salteadores habían dejado medio muerto en el camino, mientras que un sacerdote y un levita pasaron de largo, tal vez pensando que al contacto con la sangre, de acuerdo con un precepto, se contaminarían. La parábola, por lo tanto, debe inducirnos a transformar nuestra mentalidad según la lógica de Cristo, que es la lógica de la caridad: Dios es amor, y darle culto significa servir a los hermanos con amor sincero y generoso.

1. Oración.

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo.

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Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

XIV

Los textos de este domingo están en la clave del camino de Jesús hacia Jerusalén para cumplir su misión mesiánica. El camino de Jesús es el camino de los cristianos. Por eso él, que era el Enviado de Dios, envía a setenta y dos discípulos. Este número tiene su importancia, pues debe ser interpretado como explícita significación de universalidad. Según el modo de pensar de los antiguos setenta y dos eran los pueblos que habitaban la tierra. El envío de Jesús es universal, el anuncio de su Reino es para todos, su salvación alcanza a la humanidad entera. Todo cristiano es enviado al mundo para predicar el Evangelio no solo con palabras, sino con los gestos y las actitudes que dan credibilidad: la pobreza, el desinterés, la renuncia, que más que virtudes son signos de la disponibilidad hacia el don de la salvación que Dios ofrece a todos y que debemos traspasar a los demás.

1. Oración inicial:

Señor Jesús, habías elegido a unos discípulos para que fueran en tu Nombre llevando la Buena Nueva, confiando plenamente en ti, esperando todo de ti, sabiendo que eras Tú el que los enviabas; al reflexionar esta Palabra, te pedimos Señor, que nos ayudes a tomar conciencia de lo que implica vivir nuestra fe en ti y así danos la gracia de corresponder a todo lo que nos pides, para que Tú puedas hacer tu obra en y por nosotros, así como lo hiciste con los primeros discípulos. Amén. Seguir leyendo “Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo C”

Domingo 13 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

XIII

En el tercer evangelio, el de Lucas, la vida de Jesús se expresa, a partir de ahora, como subida a Jerusalén, es decir, como camino hacia la cruz. En cambio la vida del discípulo se llamará “seguimiento”. Esta es la vocación cristiana: llamada al seguimiento de Cristo por el camino de la abnegación, pero sabiendo que al final de la ruta se encuentra la resurrección y la vida con Él.

El seguimiento de Cristo aunque conlleva ruptura total con el viejo modo de vivir, es vocación a la libertad. El discípulo de Cristo no tiene más límites a su libertad que los que señalan al Espíritu, el amor y el servicio fraterno irreconciliables con el egoísmo, el libertinaje y la vida sin religión. “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Si los guía el Espíritu no están bajo el dominio de la ley”, nos dirá San Pablo.

1. Oración inicial:

Tú que iniciabas tu camino hacia Jerusalén, donde ibas a mostrarnos el límite de tu amor y así nos has aprovechado para que tus discípulos y nosotros aprendiéramos de ti tu manera de ser y de actuar, tu disponibilidad y tu entrega total, por eso, te pedimos, que al reflexionar estos llamados, tengamos de ti, la gracia de seguirte incondicionalmente, viviendo con alegría nuestra entrega, asumiendo tu estilo de vida, aun sabiendo que no tenías ni un lugar donde reclinar tu cabeza. Ayúdanos a vivir lo que nos pides, y a imitar tu entrega y tu disponibilidad. Amén. Seguir leyendo “Domingo 13 del Tiempo Ordinario – Ciclo C”

Domingo XII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

XII

En el Evangelio de este domingo, el Señor pregunta a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Lc 9, 20). A esta pregunta el apóstol Pedro responde prontamente: «Tú eres el Cristo de Dios, el Mesías de Dios» (cf. ib.), superando así todas las opiniones terrenas que consideraban a Jesús como uno de los profetas. Según san Ambrosio, con esta
profesión de fe, Pedro «abrazó todas las cosas juntas, porque expresó la naturaleza y
el nombre» del Mesías (Exp. in Lucam VI, 93: CCL14, 207). Y Jesús, ante esta profesión de fe renueva a Pedro y a los demás discípulos la invitación a seguirlo por el camino arduo del amor hasta la cruz. También a nosotros, que podemos conocer al Señor mediante la fe en su Palabra y en los sacramentos, Jesús nos propone que lo sigamos cada día y también a nosotros nos recuerda que para ser sus discípulos es necesario adueñarse del poder de su cruz, vértice de nuestros bienes y corona de nuestra esperanza.

Benedicto XVI

Oración:
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

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Domingo 11 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

XI

El cristianismo es este amor por Jesús, la fe que salva es apertura a la salvación traída por Jesús. La conversión más profunda es, por consiguiente, el simple hecho de reconocerse necesitado del perdón. La mujer aparece como un espejo no sólo para Simón, sino también para todos nosotros cada vez que sentimos dificultades para inclinarnos a los pies de Jesús: sólo quien se hace pequeño y se echa por tierra puede tocar los pies del mensajero que lleva el alegre anuncio de la salvación y de la paz.(Pedro Sergio Antonio Donoso Brant)

Primera Lectura: 2 Sam 12,7-10.13

El Señor perdona tu pecado. No morirás.

EN aquellos días, Natán dijo a David:
«Así dice el Señor, Dios de Israel:
“Yo te ungí rey de Israel y te libré de la mano de Saúl. Te entregué la casa de tu señor, puse a sus mujeres en tus brazos, y te di la casa de Israel y de Judá. Y, por si fuera poco, te añadiré mucho más.
¿Por qué has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que le desagrada? Hiciste morir a espada a Urías el hitita, y te apropiaste de su mujer como esposa tuya, después de haberlo matado por la espada de los amonitas. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita”».
David respondió a Natán:
«He pecado contra el Señor».
Y Natán le dijo:
«También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás».

El rey y el profeta. El rey de Israel y el profeta del señor. El rey, cetro victorioso de Dios. y el profeta, voz del Altísimo. Los dos hacen remontar su oficio al Señor. David y Natán. La Voz de Dios acusa al rey. David, el ungido, ha pecado. Y ha pecado gravemente; ha vertido sangre inocente, ha cometido adulterio. Y Dios se lo recrimina por boca de Natán. El pecado merecía la muerte. el profeta se lo recuerda. En esta escena ambos personajes se muestran grandes: David por reconocerlo, -¡un rey!- y Natán por acusarlo -¡un súbdito!-

A David le había resultado fácil cometer el crimen. ¿Quién podía impedírselo? ¿Quién se lo iba a recriminar? Rey afortunado, señor absoluto, podía actuar a sus anchas. Y en esta ocasión lo hizo así. Pero Dios salió al paso de aquella felonía. Pudo engañar a los hombres, pero no a Dios. Pudo salvar las apariencias ante los hombres, no así ante Dios. La conducta de David irritó a su Señor. El crimen, una vez cometido, vuelve sobre su cabeza. El mal que salió de sus entrañas, vuelve al lugar de origen. Su corazón dio rienda suelta a deseos desordenados, éstos vuelven ahora cargados de muerte. La espada no se apartará de su familia, y el adulterio vergonzoso, a escondidas, tomará cuerpo en sus propios familiares a la luz del día. La maldad vuelve a su dueño. Pero no lo mata. David lo recoge como merecido fruto. Dios perdona. Dios olvida. Dios le devuelve la amistad.

He pecado contra el Señor. Es la gran frase, la gran confesión. El reconocimiento de la propia culpabilidad hace a David Grande. La grandeza del hombre que reconoce su debilidad. David será, a pesar de su pecado, mediante su arrepentimiento, el gran rey de Israel. La gran verdad subyacente: ¡Dios perdona! ¡Dios es justo! Es un Dios admirable: no deja impune el crimen y perdona. Así el gran dios de Israel.

Salmo Responsorial: Sal 31

R/.   Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
        V/.   Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
y en cuyo espíritu no hay engaño.   R/.
        V/.   Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
                y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.   R/.
        V/.   Tú eres mi refugio,
me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.   R/.
V/.   Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero.   R/.

Salmo de acción de gracias. Un canto a la misericordia de Dios que perdona. Gozo de sentirse perdonado. La confesión sincera de los pecados arranca de Dios el perdón infaliblemente. Es una de las grandes enseñanzas del salmo. De ahí también la alabanza. ¡Dichoso quien alcanza el perdón!

Segunda Lectura: Ga 2,16.19-21

No soy yo, es Cristo quien vive en mi.

HERMANOS:
Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley.
Pues por las obras de la ley no será justificado nadie.
Pues yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios.
Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.
Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.
No anulo la gracia de Dios; pero si la justificación es por me- dio de la ley, Cristo habría muerto en vano.

La última frase del texto da razón de pensamiento del apóstol. Cristo ha muerto y ha resucitado. Es el magno acontecimiento en el que Dios realiza la salvación. Dios ha actuado así: Dios salvador se ha revelado así. La salvación la imparte Dios en Cristo, que murió y resucitó por nosotros. Afirmar ahora que uno puede alcanzar la salvación por las obras, al margen de Cristo, ea ignorar por completo la novísima y definitiva intervención de Dios salvador. No son las obras por si mismas, las que salvan; Es Cristo quien nos salva por su magnífica obra de obediencia y de amor. ¿Qué otra cosa puede hacer la ley sino señalar y orientar? La Ley no cura. La Ley a lo sumo nos declara enfermos. El impulso vital, el aliento de vida, nos viene de lo alto a través de Cristo.

Esta postura no anula sin más el valor de nuestras obras; como tampoco anula la acción de la gracia el concurso humano. Las obras en Cristo salvan. DE otra forma, la adhesión viva a Cristo, cumpliendo la voluntad del Padre, nos salva; De no ser así, la muerte de Cristo hubiera sido inútil; todo el acontecimiento Cristo, carecería de sentido. Y la muerte de Cristo, sabemos, junto con su resurrección, son la obra maestra de Dios, en Sabiduría y fuerza. La muerte de Cristo, expresión suprema del amor a los hombres -se entregó por mí-, toma cuerpo en mí por la fe viva en él. Así, ya no vivo yo, sino él en mí. Y esta vida es ya la salvación. El cristiano lleva en sí de forma imborrable la muerte de Cristo, pues por ella nos vino la salvación. He muerto a la Ley, pero vivo en Dios por su Hijo, que me amó y se entregó por mí. Así el Evangelio de Pablo. Así nuestro Evangelio. Ese por mí es conmovedor en extremo. También por mí.

Evangelio: Lc 7,36-8,3

Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

EN aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo:
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús:
«Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo:
«Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:
«¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Pasaje propio de Lucas. Volvemos al evangelista de la misericordia de Dios, la señala con sus obras, la encarna en su persona. Aquí recibe la forma de perdón; expresión la más hermosa del amor de Dios. Jesús, expresión la más perfecta del amor de Dios a los hombres. La escena ha inspirado a pintores y poetas. Tal es el encanto humano que irradia.

Jesús acepta la invitación de un fariseo. También será huésped de publicanos. Jesús no odia ni desprecia a nadie. La misericordia llega a todos. La postura de uno y de otro han de condicionar el efecto de aquella. El fariseo se interesa por Jesús, al parecer, debido a su fama de profeta. Hay mucho de curiosidad y de prestigio personal en esta invitación. La participación en la comida es signo de comunión de vida. el fariseo justo, invita a Jesús tenido por profeta.

La presencia de aquella mujer parece perturbar el cuadro. Una pecadora; pecadora de profesión. Prostituta, probablemente. Nadie la ha llamado; nadie la espera. Sin embargo, no se encuentra ahí por casualidad. No la ha empujado la curiosidad. Viene decidida. Trae en su mano un frasco de perfume precioso. Viene resuelta a encontrarse con Jesús y mostrarle su afecto. Nadie se va a molestar en tocarla. Nadie se lo va a impedir. No le turban las miradas ni los pensamientos de los presentes. Se arrodilla y besa los pies de Jesús. ¿Humillación afectuosa? Llora. La mujer pecadora llora a los pies de Jesús, y llora abundantemente. ¿Arrepentimiento? ¿Afecto agradecido? La mujer deja suelta su abundante cabellera y comienza a enjugar los pies que bañaron sus lágrimas. La mujer da rienda suelta a sus sentimientos. aquellos ojos, aquellos labios, aquella cabellera, aquel perfume, instrumentos en un tiempo de pecado, son ahora, en sincero afecto, rendidos siervos del Señor. Jesús le deja hacer. Jesús acepta aquella expresión extraordinaria de arrepentimiento y de amor.

El fariseo, justo y puro, condena en su pensamiento aquella postura. Parece sufrir un desengaño. De ser aquel hombre profeta, hubiera arrojado lejos de sí indignado, quizás con violencia, a aquella mujer. ¿O e que no sabe la catadura de aquella persona que se acoge a sus pies? Y si no lo sabe ¿Cómo puede presumir de profeta? Aquel hombre no es un profeta. Su actitud con aquella mujer lo declara abiertamente.

Jesús le sale al paso. Jesús no le reprocha la falta de atención tan cordial y tan rendida como la que muestra aquella mujer. Jesús quiere hacerle ver, en primer plano, en el sentido del gesto de aquella mujer. La mujer, guarda respeto a Jesús, profunda reverencia y profundo afecto. La compostura, desorientadora, de aquella mujer, tiene una razón. La breve comparación que aduce Jesús y el versillo 47 intentan declararlo. ¿Cómo hay que entender todo esto?

La interpretación de estos versillos puede dar lugar a sentidos encontrados. ¿Se perdonan los pecados porque ama mucho? ¿O es que ama mucho porque es que se le han perdonado los pecados? He aquí las dos direcciones que puede tomar el texto. ¿Con cual nos quedamos?

En favor de la primera abogan los versillos 47 y 50. Las lágrimas de la mujer expresarían el arrepentimiento. La mujer llora arrepentida. El amor así expresado motiva el perdón de los pecados. Se le perdona porque ama. Así la opinión tradicional.

Si nos fijamos, en cambio, en la breve comparación declaratoria traída por Jesús, observamos que el pensamiento va por otro camino. Habría que elegir la segunda dirección. Esta mujer, que se siente perdonada, muestra así su amor y agradecimiento al que cree fautor de aquella gracia. El besar los pies, el enjugarlos y perfumarlos, expresión de sumo afecto, son el signo del perdón que ha recibido. En un momento dado se ha sabido la mujer perdonada por Jesús o en Jesús. Ahora le muestra agradecimiento. Si esto es así, el porque entonces del v. 47 no tendría un sentido causal, sino indicativo, serviría de señal. Señal de que se le han perdonado los pecados es el afecto que ahora muestra. De otra forma, por el amor que ves en ella puedes colegir el perdón tan grande que ha recibido.

Podemos aventurar un acercamiento en las interpretaciones y presentarlo así: La mujer ve en Cristo el perdón de Dios; conmovida y arrepentida se acerca a él en expresión de amor; este amor, conmoción y arrepentimiento, recibe de Jesús el perdón y la paz.

Sea cual fuere la interpretación que adoptemos, siempre queda Jesús como centro de la escena. Jesús es el vehículo de la misericordia de Dios, en este caso en forma de perdón. La mujer muestra su profundo arrepentimiento y agradecimiento. Jesús amigo de los pecadores.

El fariseo no se siente deudor. el fariseo se considera justo y puro. El fariseo no extrema las expresiones de afecto y reconocimiento. al fariseo no se le ha perdonado nada. La mujer, en cambio, se siente deudora de Cristo, beneficiada por el perdón de los pecados. La mujer pecadora, extrema las expresiones de amor y agradecimiento. La mujer, ha entendido a Jesús; encarnación de la misericordia de Dios y lo agasaja fervorosamente.

El fariseo no puede entenderle porque no entiende a Dios. El fariseo no entiende la postura de la mujer porque no siente sobre sí el peso del pecado. la culpa La idea que él tiene de Dios no encaja con la figura de Dios que presenta Jesús. el fariseo no entiende aquel amor porque no entiende lo que significa sentirse perdonado. ¿No habrá una segundo intención de Jesús cuando replica la dificultad del fariseo?

Nótese como lo más notable de la escena, el silencio inicial de Jesús: deja a la mujer que exprese sus sentimientos -¡Pecadora pública!- con él, aun a fuerza de poner en peligro su reputación propia como hombre de Dios ¡Jesús acepta complacido las muestras de agradecimiento y de amor que le ofrece aquella desgraciada pecadora! ¡Dios se complace en nuestras expresiones de amor!

Consideraciones

Dios perdona. Jesús perdona. Jesús encarna el perdón de Dios. El Dios que predica Jesús es un Dios de perdón y misericordia. Jesús ha venido a perdonar y a dar la paz. Jesús posee el poder de perdonar los pecados y conferir la paz. Paz y perdón que el mundo ni sabe ni puede dar. Jesús reconcilia y pacifica; Jesús da la gracia, y de enemigos nos hace amigos, de deudores hijos de Dios. En Jesús está la salvación. Su muerte, su vida entregada por nosotros tiene el poder de hacernos vivos para Dios. Cristo nos justifica; no la Ley, no nuestras obras solas no nuestros cómputos y números. Sólo en Jesús seremos perdonados, seremos curados. No hay enfermedad ni pecado que se le resista. ¿Estás convencido de ello? Jesús es amigo de los pecadores; en otras palabras; Jesús alarga bondadoso la mano a todo aquel que lo necesita. ¿Acudimos confiados a que nos perdone? ¿Nos retiene el temor, la vergüenza, el miedo? El ejemplo de David y la pecadora deben animarnos.

Jesús ha venido a buscar a los pecadores. Pecadores somos todos. A todos nos acusa la conciencia de algo. Sólo los pecadores, pueden encontrar a Jesús. Sólo los que se sienten enfermos, débiles, tristes, apesadumbrados, vacíos, deudores, pueden encontrar en Jesús la salud y el consuelo que buscan. Para ser perdonado es menester sentirse pecador. Recordemos la parábola del fariseo y el publicano. Solo el pecador, el necesitado puede tener el gozo de verse perdonado. Dichoso el que está absuelto de su culpa, canta el salmo. Y no es menos expresiva la figura de la mujer que llora, agradecida a los pies de Jesús.

El salmista confesó su pecado; David admitió, humilde y contrito su culpa; la mujer pecador a mostró su arrepentimiento. Condición necesaria: confesar el pecado, pedir perdón. Dios lo otorga en Jesús infaliblemente. Los sinceros y contritos de corazón alcanzarán la paz y la gracia. La paz con ellos, porque con ellos está el Perdón y la Paz, Jesús el Señor. ¿Nos sentimos pecadores? ¿Nos confesamos deudores? ¿Pedimos perdón y misericordia? La figura del fariseo es, por contraste, aleccionadora. Da la impresión de que Jesús ha pasado por su casa sin dejar huella. Como justo no necesita perdón, como sano no necesita de médico. en la parábola se nos dice que no bajó justificado, sí, en cambio, el pecador publicano.

El mundo de hoy no está abierto al perdón, porque no admite su pecado. Y no es que no peque. Siempre se ha pecado; pero ahora se intenta justificar hasta los más horrendos pecados: aborto, homicidio, adulterio… No es todo ello sino ejercicio de la soberana voluntad del hombre. El mundo actual, irreligioso, corre el peligro, gravísimo, de perder la sensibilidad y humanidad elemental de sentirse deudor, necesitado, pecador. ¿Qué hacer para recuperar la sensibilidad perdida? ¿Ya pensamos en ello? Somos enfermos que han perdido la conciencia del mal y no sienten el dolor. Es la enfermedad de las enfermedades.

El tema de Dios perdonador en Cristo es importante. Nótese la afectuosa confesión de Pablo: Me amó y se entregó por mi. El perdonado canta el perdón y se adhiere a Cristo formando una sola cosa con él. Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. La postura conmovedora de la pecadora a los pies de Jesús lo sugiere. El amor, al perdonar, engendra amor en el perdonado. El perdonado puede perdonar, el comprendido comprender, el sanado animar… El perdón engendra perdón y la paz engendra paz. Son el perdón y la paz que el mundo ni sabe ni puede dar. ¿Perdonamos también nosotros? ¿Liberamos las deudas a nuestros deudores?

En la Eucaristía nos encontramos con Jesucristo perdonador, dispuestos a perdonar como él nos perdona.

La mujer oyó de la boca de Jesús el perdón de Dios. La voz de Jesús sigue resonando en la Iglesia. A la Iglesia se le ha concedido el poder, y el deber, de perdonar los pecados. Debe ejercitarlo. La iglesia pecadora -mujer del evangelio- se acerca a la -Iglesia portadora del perdón- Jesús que se lo ha encargado. Y tan importante es lo uno como lo otro: confesar el pecado y conceder en la palabra -vete en paz- la amistad con Dios. La Iglesia es instrumento de reconciliación, y en ella todos sus miembros, en especial, por su condición los ministros del sacramento.

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo C

Corpus
La celebración eucarística de esta tarde nos remonta al clima espiritual del Jueves Santo, el día en que Cristo, en la víspera de su pasión, instituyó en el Cenáculo la Santísima Eucaristía. Así, el Corpus Christi constituye una renovación del misterio del Jueves santo, para obedecer a la invitación de Jesús de “proclamar desde los terrados” lo que él dijo en lo secreto (cf. Mt 10, 27). El don de la Eucaristía los Apóstoles lo recibieron en la intimidad de la última Cena, pero estaba destinado a todos, al mundo entero. Precisamente por eso hay que proclamarlo y exponerlo abiertamente, para que cada uno pueda encontrarse con “Jesús que pasa”, como acontecía en los caminos de Galilea, de Samaria y de Judea; para que cada uno, recibiéndolo, pueda quedar curado y renovado por la fuerza de su amor.
Oración:
Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas.

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