Domingo 27 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Hemos de reconocer que somos hombres de poca fe, que es necesario acrecentarla, hacerla más auténtica y personal, purificada de desviaciones, centrada en Dios. En un mundo en que muchos alardean de incredulidad y agnosticismo, los discípulos de Jesús han de acrecentar la luz de la fe, para liberarse de tantas tinieblas desconcertantes, que desdibujan y difuminan el verdadero rostro de Dios. El creyente experimenta una liberación interior cuando por medio de la fe en Jesús descubre la verdadera clave para entender la historia y la vida propia.

1. Oración

Tú que nos haces notar nuestra falta de fe, que nos haces ver que teniendo fe, nuestra vida mudaría, te pedimos como esos discípulos… “…auméntanos la fe…”, ayúdanos a conocerte y a creer y confiar en ti, ayúdanos a darte un lugar en nuestro corazón y dejarnos guiar y conducir por ti; ayúdanos Señor, a creer en ti y a creerte a ti, por eso, te pedimos… “…auméntanos la fe…”, para identificarnos cada vez más contigo, para vivir tus enseñanzas, para ser y actuar como nos pides y así mostrar nuestra fe en ti, con nuestras obras, con nuestra manera de ser y con el testimonio que demos. Amén.

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Domingo 26 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

El aprendizaje cristiano es difícil. Cada cual tiene el peligro de acomodarse a su propio confort, a su estilo, olvidándose de los demás, aunque estén a nuestra puerta. No hay nadie más difícil de ver que aquel a quien no queremos ver, porque nos complicaría la vida. Se puede encontrar uno muy bien entre los amigos y no ver a los que están fuera: se está tan bien en el comedor, que ya no miramos por la ventana.

1. Oración

 Señor Jesús, nos dejas una parábola que nos despierta ante una realidad que más tarde o más temprano  tendremos que experimentar como es nuestro encuentro definitivo contigo; y así nos haces tomar conciencia que cada uno recogerá lo que ha sembrado, que será el momento del premio o del castigo, y para ayudarnos a vivir en sintonía de amor contigo,  nos has dejado tu Palabra para a vivir como quieres y esperas de nosotros, y así dar testimonio de ti, mostrando nuestra fe con nuestra vida. Ayúdanos Señor, a ser sensible ante los que tenemos a nuestro lado y así busquemos dar testimonio de lo que creemos, amando y sirviendo como Tú. Amén.

 

2. Texto  comentario

2.1. Lectura de la profecía de Amós 6, 1a. 4-7

Así dice el Señor todopoderoso: « ¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaria! Se acuestan en lechos de marfil; arrellenados en divanes, comen carneros del rebaño y terneras del establo; canturrean al son del arpa, inventan, como David, instrumentos musicales; beben vino en copas, se ungen con perfumes exquisitos y no les duele el desastre de José. Pues encabezarán la cuerda de cautivos y se acabará la orgía de los disolutos.»

Continuamos leyendo al profeta Amós. Y conti­nuamos en el mismo pensa­miento: condenación del pueblo de Israel. La seguridad de este pueblo es la seguridad del avestruz, que esconde la cabeza para no ver el peligro. El pueblo de Israel no quiere ni puede ver: se ha quedado ciego. No quiere ni puede sen­tir: su corazón se ha endurecido, está duro. Su culto es una constante provoca­ción, y sus obras una constante injuria a todo lo divino y humano. Su con­fianza, como su culto y sus obras, es vana e irri­tante. El monte de Samaría, un puñado de viento. La ira de Dios lo va a dispersar a otros reinos.

La lectura de hoy comienza con un ¡Ay de…! para terminar con un drástico Se acabó… El ¡Ay de…! es lamento, es acusación, es amenaza y es duelo. De todo hay en la voz del profeta, de todo hay en la voz de Dios. Dios condena la conducta de Israel, se duele de su ceguera y lamenta las injusticias que lo han minado. Dios acusa y Dios amenaza. Dios acusa a los magnates, a los ricos, a los viciosos. La vida licenciosa que llevan es una constante provo­cación a su ira. La orgía, el lujo desmesurado, lo depravado han llegado ya a un límite irre­basable. El escándalo va a terminar muy pronto, muy pronto. Dios ha decre­tado ya el destierro. Los licenciosos irán a la cabeza de los cautivos.

Hombres que han hecho de este siglo «su siglo». Hombres que han cifrado en el disfrute de los bie­nes de este mundo su ideal y su gloria. Hombres que han vivido tan sólo para el placer y la orgía. A esos hombres les espera la más do­lorosa y desga­rradora sorpresa: ¡Ay de ellos! ¡Todo se acabó! Va a cambiar la suerte: se los tragará el destierro, la esclavitud, la necesidad y la ruina. Po­bres los que llenaron su corazón de tierra: todo se ha convertido en barro. Po­bres los que amontonaron, con la opre­sión del pobre, tesoros en sus quintas y palacios. Ha llegado el día de la cuenta: se acabó la orgía. Queda tan sólo el dolor y la muerte. El lujo se le había hecho a Dios insoportable.

2.2. Salmo responsorial Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10 (R.: 1b)

R. Alaba, alma mía, al Señor.

Él mantiene su fidelidad perpetuamente, él hace justicia a los oprimidos, él da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. R.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. R.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad. R.

Salmo de alabanza. El estribillo la recuerda y la actúa: Alaba, alma mía, al Señor. Los motivos la fundamentan. En este caso muy significativos: Dios atiende al necesitado. Dios es libertad para el cautivo, justicia para el opri­mido, pan para el hambriento, luz para el ciego, firmeza para el dé­bil, cobijo de la viuda, sustento del huérfano y de­fensa del peregrino. ¡Qué maravilla! Dios reina sirviendo al necesitado, salvando. Dios reina sem­brando el consuelo y la vida. Ese es nuestro Dios. La misma idea aparecía en el salmo del do­mingo pasado. ¿Por qué no ganarnos nosotros la alabanza de Dios imitando sus obras? Sería el revés de la queja de Amós. Jesús lo realizará plenamente. La mejor alabanza es encarnar los motivos de ala­banza.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 6, 11-16

Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos. En presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato con tan noble profesión: te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor e imperio eterno. Amén.

Timoteo recibe un hermoso título de boca de Pa­blo: hombre de Dios. Título que conviene a todo cristiano consciente de su vocación y de su destino. El cris­tiano se sabe nacido de Dios, por la fe en Je­sús, en el bautismo. Camina hacia Dios y reposará un día en Dios para siempre. Siervo de Dios en todo momento y ocasión. Si esto vale de todo cris­tiano, más todavía de Timoteo, pastor de la Igle­sia.

El hombre de Dios camina en Dios, vive en Dios, suspira y trabaja por Dios. Dios es todo en todo momento. El hombre de Dios no es hombre de este mundo. Su vida transcurre bajo otro signo. Es expresión viva de la más radical consagración a Dios. El hombre de Dios vive la fe de Abraham, la esperanza de Moisés, la dedicación del profeta. El hombre de Dios reproduce, en cuanto cabe, la ima­gen del Siervo de Dios por excelencia, de Jesús, el Testigo Fiel.

El hombre de Dios es hombre de fe y de reli­gión. Toda su vida lo transpa­renta: Dios en todas y sobre todas las cosas. Dios en quien cree, Dios en quien espera, Dios a quien obedece aun en los mo­mentos más duros de la vida, es el que impregna su ser y su conducta. El hombre de Dios es fiel. Y por­que es fiel es también hombre de paciencia. La fe se prueba en la paciencia. El hombre de Dios la po­see y la practica. Ha de librar un fiero combate. Y el hombre de Dios lo libra con coraje y lealtad. Es todo un combate que lo llevará a la vida eterna. La paciencia lo sustentará en la lu­cha.

El hombre de Dios practica la justicia: obra el bien. El hombre de Dios es misericordioso, sabe tratar con delicadeza y respeto. Su norma es el amor, el amor en sus mil expresiones y formas. Sabe compadecer, sabe atender, sabe perdonar.

El hombre de Dios es un testigo de lo alto, es la voz del Señor. Su vida grita y vocea el mundo di­vino al que por la fe en Cristo ya pertenece. Es un testimo­nio vivo de la transcendencia y del destino sobrenatural del hombre. El bau­tismo lo ha consa­grado a ello. La ordenación (Timoteo) lo ha com­prometido de forma especial. Es un Cristo en pe­queño. Es en cierto sentido la encarnación de Cristo. A Timoteo le compete de forma especial conservar sin tacha ni man­cha, hasta la muerte, el Evange­lio de Cristo. Ha de dar testimonio de él ante pro­pios y extraños. Hasta delante de los poderes pú­blicos, como lo hizo Cristo. Cristo Jesús, el Señor, le otorgará el premio merecido.

Surge, al fondo, con tal ocasión la figura de la Parusía del Señor. Y ante ella se ilumina el rostro del creyente, salta el corazón del amante y cantan los labios del apasionado siervo del Señor un himno sentido al Rey y Soberano del universo: a Cristo Jesús, a quien sea la gloria y el poder por siempre jamás. Amén. Así nuestra vida cristiana toda.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: – «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. ” Pero Abraham le contestó:”Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.” El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abraham le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abraham. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abraham le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”»

La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro. Parábola singular bajo di­versos aspectos. No es una semejanza en forma de relato; es más bien un re­lato que sirve de ejemplo. No se trata tampoco, al parecer, de un caso concreto conocido por los oyentes, por más que aparezca, de forma sorpren­dente, el nombre propio de Lázaro. ¿Quién conoce, en efecto, los misterios de ultra­tumba? Jesús tam­poco quiere revelarlos. Se mueve, además, toda ella dentro de la mentalidad religiosa judía del tiempo: el hades, el seno de Abraham… Falta la conclusión a modo de aplicación. Uno echa de me­nos también los mo­tivos de la condenación del rico y de la salvación del pobre. No aparecen explí­ci­tamente. No vemos por ninguna parte tampoco los rasgos típicamente cris­tianos. Al menos no apare­cen de forma expresa. Veamos, con todo, lo más sa­liente.

Resalta, en primer lugar, la figura del rico. La parábola lo llama epulón. Queda así suficiente­mente caracterizado. El rico es un hombre de este mundo y para este mundo. Come, bebe, banquetea, se entrega de todo corazón a los placeres que le de­para esta vida. No parece que tratara mal u odiara a este pobre mendigo. En realidad, ni siquiera existe en su vida, teniéndolo tan cerca. Que esta conducta implica una actitud moral degradada viene de­cla­rado por el hecho de que, una vez en el Sheol, ad­mite como justa su suerte. No piensa que se le haya hecho injusticia alguna. Este rico es un impío, un ateo práctico. La opinión, común entonces, de que la abundancia de bienes es expresión de la benevolen­cia divina o premio de las buenas acciones, queda aquí malparada. El rico de esta parábola parece completar la figura de aquel hacendado rico que se consolaba diciendo Come, bebe… y a quien se le dijo Idiota… (Lc 12, 19).

Como contraste, la figura del pobre Lázaro. Po­bre, y pobre bajo todo con­cepto. No tiene bienes, no tiene comida; pasa necesidad extrema. Por no te­ner, no tiene ni quien le dé las migas que se arrojan al suelo. No hay quien se inte­rese por él. Le falta la salud; está lleno de llagas. Hasta el pedir li­mosna le resulta difícil, pues está enfermo, y la en­fermedad le dificulta el caminar y le hace abomi­nable ante los demás. Los perros, incapaz de de­fenderse, son sus asiduos compañeros. El perro no es aquí el fiel amigo del hombre sino el ani­mal in­mundo que vive medio salvaje, se alimenta de des­perdicios y porque­rías, en contacto siempre, como aquí, con inmundicias. El pobre Lázaro pasa­ría para muchos por un maldito de Dios. La parábola, no obstante, al colo­carlo en el seno de Abraham, supone tratarse de un hombre de Dios, de un hom­bre piadoso. Es en todos los aspectos la figura con­traste del rico.

Cambio de suerte.- El rico no pudo llevarse nada de sus riquezas. Todos sus goces y deleites quedaron atrás, aquí en la tierra. Todo cambió. Hasta su despreocupación quedó trastornada. Ahora sufre y sufre indeciblemente. Tiene sed y no puede apagarla él, que banqueteaba diariamente. Está sumido en los tormentos más horribles él, que no desperdiciaba placer alguno. Ahora re­cuerda a Lázaro, a quien no se dignó mirar en vida. Ahora suplica angustiado al pobre mendigo, a quien no se molestó por dar las migajas caídas de su mesa. Ahora invoca a Abraham, a quien desconoció prác­ticamente durante su vida. Ahora se preocupa de la suerte de sus hermanos, quien en vida no entre­tuvo el menor pensamiento sobre ello. No le ha va­lido ser rico, ni ser tenido por bendito, ni ser hijo de Abraham. Abraham no puede escucharle. El tenor de vida que ha llevado en este mundo, lo ha sepul­tado en el abismo de la deses­peración y del sufrimiento más horrible. El rico ha acabado desastro­samente.

El pobre Lázaro, que se arrastraba impotente por los caminos y puertas ajenas, está sentado en el seno de Abraham. Ha sido recibido en las eternas moradas; ha obtenido el puesto de honor; está a la cabeza de los comensales, junto al padre Abraham. El que pasaba necesidad se ve colmado de dicha. El enfermo y abandonado aparece glorioso y glori­ficado. Fue pobre, ahora es rico. Sufrió mucho, ahora goza indeciblemente. Fue humillado -los perros le hacían compañía-, ahora es honrado y glorificado. Es solicitado como ayuda aquél a quien nadie miraba en vida. Dejó de ser pobre; es rico para siempre.

Ha habido, pues, un cambio. Un cambio radi­cal, impensado, sorprendente. Los dos han entrado en la realidad nueva, en la auténtica, en la que queda. La vida en la tierra huyó como un sueño; queda ahora la verdad eterna. Un abismo infran­queable separa para siempre a estos dos protago­nistas. El con­traste de situaciones responde, sin duda alguna, aunque no se diga explícita­mente, a otro contraste de actitudes. El rico vivió impía­mente; el pobre en pie­dad.

Las riquezas son inútiles, no garantizan la vida, no aseguran el más allá (parábola del 12, 19). Más aún -parábola presente- las riquezas son pernicio­sas, pueden perder, y perder para siempre. Así le sucedió a este rico. La abundancia lo mate­rializó, lo endureció, lo hizo impío. ¡Pobre de él! La ense­ñanza es clara: ¡Atención a las riquezas! ¡Son perniciosas!.

Es interesante la respuesta de Abraham a la repentina solicitud del rico por sus hermanos. Es inútil recurrir a milagros. Han de ser malamente enten­didos por aquél que tiene endurecido el cora­zón. Por otra parte, la voluntad de Dios, expre­sada en la revelación, basta para orientar y mover al individuo a un comportamiento digno y reli­gioso. Al hombre materializado no le mueven ni los milagros. Situación, pues, dramática, por no decir trágica, la del que vive de y para este mundo. ¡Ay de los ricos! dirá Jesús. Conservemos ese ¡Ay de! como una seria advertencia. La pará­bola la subraya.

 

Reflexionemos:

El evangelio ofrece hoy el pensamiento base. La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro, como aquella del rico hacendado a quien se le dijo ¡tonto!, expresa un juicio, una sentencia divina. Ante Dios nada cuentan las riquezas, los honores y los poderes. Más aún, las riquezas comprometen, con suma fre­cuencia, la salvación eterna del hom­bre. Las riquezas lo hacen, por lo común, impío e irreligioso. Es el caso de la parábola. ¡Cuidado con las riquezas! Dios condena la vida del rico epulón, la vida de lujo, de placer, de orgía y de disoluto (primera lectura). Todo pasa. Sólo el Juicio de Dios queda. Se acabaron las or­gías de Samaría, se acabaron las comilonas del epulón. No supieron atender al pobre, respetar al humilde, compadecer al necesitado. ¿Qué queda ahora? La ruina eterna. Es un serio aviso, es una grave advertencia.

En nuestras comunidades, en nuestros pueblos, en nuestras naciones de adelanto ¡cuánto lujo no hay! Pensemos en los necesitados, que quizás yacen a nuestras puertas. Pensemos en los pueblos que llamamos subdesarrollados. ¿No es todo ello un escándalo? ¿No nos estamos materializando miserablemente? ¿No estamos perdiendo el sen­tido de lo religioso, de lo bueno y piadoso, por el aferro desenfrenado a las riquezas y disfrute de este mundo? Nos vendrá la ruina. Nos lo aseguran, para este mundo la primera, para el otro la ter­cera de las lecturas. Dios atiende al desvalido (Salmo).

El hombre de fe se comporta de otra forma. Una buena descripción la en­contramos en la se­gunda lectura. Basta leerla para deducir algunas conse­cuencias. ¿Dónde está nuestro testimonio? ¿Somos hombres de Dios, hombres de justicia, de fe, de amor y delicadeza? ¿Tenemos la valentía de vivir cristia­namente? ¿Guardamos vivo en nues­tra vida el evangelio recibido? De nuestro testimo­nio han de vivir otros. No lo olvidemos. Al final de la vida nos espera Cristo, el Señor. Entonces el premio o el castigo. La moderación es también una virtud cristiana. Sepamos observarla.

No estará de más fijarse en la figura de Lázaro, pobre pero piadoso. El salmo puede adornar ese pensamiento. Dios atiende al necesitado que con­fía en él. Es una gran enseñanza y un gran con­suelo. Dios es la esperanza del po­bre. Al fin de los tiempos lo veremos.

3. Oración final

 Señor Jesús, viendo la actitud del rico insensible, que teniendo todo no ha conseguido aquello que es eterno como es la salvación, por no haber escuchado a Moisés y los profetas, te pedimos que nos ayudes, a que conociendo tu palabra escrita, aquello que nos has dejado para ayudarnos a conocerte y seguirte, vivamos tus enseñanzas, hagamos vida tus actitudes, que demos testimonio de nuestra fe en ti, siendo sensibles y solidarios con los que más necesitan, que seamos generosos y desprendidos, con los que tenemos junto a nosotros, y así abramos nuestro corazón buscando hacer vida  lo que nos pides, mostrando nuestra fe  con nuestra vida y nuestras actitudes. Amén.

Domingo 25 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

“El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar”

El administrador injusto no es un modelo. Ciertamente, no. Pero en medio de esta oscura historia, digna de una prensa sensacionalista, hay un punto luminoso; hay un lugar en que este hombre, sin embargo, puede considerarse modelo. Este hombre utiliza el dinero para algo, no es un fin en sí mismo. Siempre es algo. Si un hijo del mundo, como el administrador injusto, es capaz a su nivel de hacer que el dinero sirva para algo, cuanto más -a su vez de qué otro modo- los hijos de la luz tienen que hacerlo a su nivel.

1. Oración

Señor Jesús, Tú que nos dices que quien es fiel en lo poco también lo es lo mucho, y que quien no es fiel en lo poco tampoco lo será en lo mucho, al dejarnos estas enseñanzas donde nos invitas a ser astutos y precavidos en las cosas referentes a la vida eterna, te pedimos que nos ayudes, a tener la actitud  de fidelidad y la disposición de docilidad para estar atentos a lo que nos pides, buscando que seas Tú el único y verdadero sentido de nuestra vida, el único a quien seguimos y amamos, por quien y para quien, vivimos. Amén.

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Domingo 24 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Una de las características fundamentales de nuestro Dios, es su amor que lo expresa en su misericordia y su perdón. Así, desde el primer momento de la creación, el Señor se ha ido revelando como el Dios cercano, comprensivo, bondadoso y misericordioso, que tiende la mano al hombre, para que vuelva, para reconciliarlo, para llenarlo de su amor y de su bondad, para darle su perdón, que en sí es vida nueva.

1. Oración:

Señor Jesús, Tú que has venido a revelarnos al Padre, a ayudarnos a conocer su corazón y saber que es un Dios clemente y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar, nos dejas estas parábolas de la misericordia, para ayudarnos a ser más conscientes, de lo que implica alejarnos del Padre y a su vez saber que el Padre está siempre dispuesto a derramar su amor y su misericordia en nosotros, dándonos su perdón, ayudándonos a volver a Él, y así vivir como Él quiere y espera de nosotros. Ayúdanos a ser sensibles al amor misericordioso que el Señor tiene por nosotros y ayúdanos a vivir de acuerdo a su voluntad, experimentando su misericordia y su perdón. Amén.

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Domingo 23 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Todo cristiano debe pensar con frecuencia en las exigencias que comporta ser discípulo de Jesús y seguir sus huellas. La rutina de la vida nos hace olvidadizos y desmemoriados para las condiciones del seguimiento evangélico, que han de ser entendidas siempre en un plano positivo, no como pérdida sino como ganancia. Las exigencias que nos recuerda el texto evangélico de este domingo, texto verdaderamente interpelante, se concretan en dos verbos: posponer y renunciar. La fidelidad a Cristo exige primacía, es decir, si es necesario hay que posponer incluso a la propia familia, cuando la atadura de los afectos impide la vivencia cristiana.

1. ORACIÓN

Señor Jesús. Tú que eres tan exigente a la hora de seguirte, que exiges preferencia absoluta, que no aceptas partes, sino entrega total, te pedimos que nos ayudes a seguirte como Tú nos pides, tomando nuestra cruz, asumiendo nuestra vida, buscándote a ti sobre todas las cosas, para que cada vez más, nuestra fe en ti, sea vida, sea actitudes, sea testimonio, mostrando así que Tú eres el sentido de nuestra vida, y que buscamos vivir como Tú encontrando en ti, el sentido pleno de lo que somos y buscamos. Amén.

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Domingo 22 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

¡Qué oportuno es el evangelio de este domingo! Los hombres buscamos siempre sobresalir para ser invitados y tenidos en cuenta, nos parecemos a los fariseos del tiempo de Jesús que apetecían honras exteriores y soñaban con destacarse de la plebe. El egoísmo puede cegarnos de soberbia e impedirnos ver a los que son más dignos. La autojustificación y la arrogancia nunca son buenas consejeras.

1. Oración:

Señor Jesús nos estás colocando de lleno  en aquello que debe identificar nuestro seguimiento, nuestra identificación contigo, cuando nos invitas  a vivir tu Palabra, en el anonimato, en la entrega, en el servicio, en la generosidad, buscando hacer el bien sin aparentar, simplemente para ayudar  al que necesita, al que precisa de ayuda, dando la mano al que no puede retribuirte, al que no puede hacer lo mismo contigo, para demostrar así la gratuidad del amor de Dios, que nos ama independiente de nuestra condición, para que actuando como lo haces Tú, nos identifiquemos siempre más contigo, buscando en todo momento, amar y servir como lo hiciste Tú. Amén.

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Domingo 21 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

El tener fe no se agota en conocer cosas de Dios, en saber algunos mandamientos, en practicar algunos ritos, en usar algunos objetos; el tener fe es asumir el proyecto de Dios, haciéndolo nuestro, viviendo de acuerdo a sus leyes, manifestando con nuestra vida su amor y su misericordia, actualizando en nosotros la manera de ser y de actuar del Señor Jesús. Pero a su vez, el creer implica abrirnos a la trascendencia, abrirnos a una nueva dimensión, como es la vida eterna, la salvación, es colocarnos en perspectiva de Dios. Esto es algo que es constitutivo de lo que creemos, que después de esta vida, el Señor nos pedirá cuentas de lo que hemos hecho, de lo que hemos vivido y de la manera que hemos buscado hacer vida sus enseñanzas.

1. Oración 

Señor Jesús nos haces tomar conciencia de algo que muchas veces lo ignoramos o lo descuidamos como es el hecho de la salvación, …el encuentro definitivo contigo, …el premio o del castigo eterno; aquí nos ayudas a darnos cuenta, de la necesidad de esforzarnos, es decir, de vivir como nos pides, de hacer que nuestra vida corresponda a nuestra fe, que nuestras acciones expresen el amor a Dios y el amor al prójimo, por eso, Señor, te pido que me ayudes a vivir tus enseñanzas, a asumir tu estilo de vida, a identificarme contigo, para que cuando me llames me reconozcas entre tus elegidos, porque busqué amar como Tú, y dar la vida como lo hiciste Tú.

Amén.

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Domingo 20 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Aceptar con todas las consecuencias la misión de ser profeta y portavoz de Dios es una dura carga, llena de incomprensiones y de riesgos. Porque mantener la fidelidad a Dios es más difícil que ser fiel a los hombres. El profeta de todos los tiempos ha sufrido persecuciones y desconocimiento de los más cercanos. Le pasó a Jeremías, porque hablaba claro; por eso quisieron hundirle en el lodo del aljibe, para ahogar su palabra. Y le pasó a Jesús, que soportó la cruz y la oposición de los pecadores, renunciando al gozo inmediato. Es un aviso para los cristianos en los momentos de lucha o desánimo. Aceptar a Jesús nos lleva a ser presencia contestaria en medio de la sociedad y dentro de la propia familia.

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Domingo 19 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Al leer el evangelio de hoy descubriremos la exhortación que el Señor Jesús nos hace para que aprendamos a desprendernos de los bienes materiales y podamos compartirlos con los hermanos más necesitados; esto se encuentra muy relacionado con el tema del domingo anterior. También es una invitación a la vigilancia evangélica, es decir, la manera cómo prepararnos para heredar la vida eterna: ” Vendan sus bienes y den limosna…acumulen bienes en el cielo…donde está su tesoro, ahí estará también su corazón.”

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Domingo 18 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Las lecturas de este domingo se  sintetizan en tres modos de vivir y estar en el mundo las distintas maneras de tomarse la vida y darle sentido.

“Vaciedad sin sentido, todo es vaciedad” (Ecl 1,2). (Primera lectura)

Esta frase bíblica es de un judío pesimista que, al repasar todos los aspectos de la vida humana, siempre encuentra limitación, engaño o desgracia. ¿De qué sirve todo lo que hacemos?, ¿no es la vida humana un intento inútil?, ¿se puede conseguir la felicidad?

Descansa, come, bebe y diviértete. (Evangelio)

La parábola del hombre rico nos presenta la actitud de la persona segura de sí misma, que cree que su felicidad se identifica con lo que hace y tiene; cifra todo en el tener, y atesora riquezas para sí pensando que así tiene el futuro asegurado en sus manos.

El hombre nuevo que busca las cosas de arriba (Segunda lectura)

El hombre nuevo sintetiza la realización de la vida humana orientada a una nueva plenitud. El hombre nuevo, es una realidad dinámica: es la existencia humana que se realiza bajo la acción del Espíritu, que “se va renovando a imagen de su Creador”. Una vida que está, “escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3), pues pertenece al orden de la fe y del misterio.

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