La Ascensión del Señor – Ciclo A

Pascua

Las lecturas de hoy nos ofrecen una consideración teológica de gran densidad: el triunfo de Jesús, después de haber cumplido con valentía y generosidad la misión que le había encomendado Dios. Pablo nos dice que nunca acabaremos de comprender del todo este misterio: cómo Dios manifestó su fuerza salvadora resucitando a Jesús de la muerte, haciéndolo sentar a su derecha y constituyéndolo Cabeza de la Iglesia y plenitud de toda la creación.

Orientación para introducirse en el significado de los textos que vamos a reflexionar: De acuerdo con una simbología antigua y universal, la Biblia sitúa en lo “alto”, “encima”, “en el cielo”, aquello que es superior, que sobrepasa nuestro horizonte, que trasciende el nivel del mundo. Debajo, por el contrario, se sitúa el mal y la muerte (los “infiernos”). De ahí que se describa el encuentro entre el hombre y Dios con la imagen de un trayecto de subida y descenso: Dios “baja”; el hombre “sube”. En consecuencia, cuando hablamos de “ascensión” estamos utilizando una imagen de desplazamiento espacial para significar el dinamismo de inserción de lo humano en la esfera de lo divino, de lo temporal en lo eterno. La Ascensión de Jesús, más que un episodio de crónica, es una forma de señalar su triunfo, su “glorificación”, su plenitud. Siendo así, todos los domingos de pascua también son domingos de ascensión. Acerquémonos a la lectura y reflexión de los textos. Seguir leyendo “La Ascensión del Señor – Ciclo A”

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Domingo VI de Pascua – Ciclo A

Pascua

A quince días de que termine la cincuentena pascual, la Iglesia comienza a prepararnos para la gran celebración que la concluirá: la de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. La manifestación pública de la Iglesia. Podríamos decir que el Señor promete a sus discípulos el envío de un “Paráclito”, un defensor o consolador, que no es otro que el Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, Espíritu de verdad porque procede de Dios que es la verdad en plenitud, no un concepto, ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y que conduce la historia humana a su plenitud.

  1. ORACIÓN AL ESPIRITU SANTO

Oh Dios que con la luz del Espíritu Santo enseñaste a los fieles la verdad, concédenos conocerla en el mismo Espíritu y gozar siempre de sus consuelos celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo. Así sea. Seguir leyendo “Domingo VI de Pascua – Ciclo A”

Domingo V de Pascua – Ciclo A

Pascua

  1. Introducción

El evangelio de hoy nos presentará un Jesús que se autocalifica como camino, verdad y vida, y nos invita a seguir esa senda que es él mismo. La eucaristía celebrada entre hermanos es la realización más clara y concreta de ese ser camino, verdad y vida que Jesús es, y, al mismo tiempo, de aceptar esa realidad de Jesús por parte nuestra.

  1. Oración

Oh Dios, misterio incomprensible, presencia inasible, amor inefable. Ayúdanos a comprender que la Verdad está más allá de nuestras formulaciones, que la Vida eres Tú mismo, y que los Caminos que conducen a Ti son infinitos. Nosotros concretamente te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén Seguir leyendo “Domingo V de Pascua – Ciclo A”

IV Domingo de Pascua – Ciclo A

Pascua

En este domingo pascual la Iglesia nos presenta la figura inefable de Cristo, Buen Pastor, que nos lleva al Padre, que da su vida por nosotros, que nos alimenta con los pastos fructuosos de su Palabra y de su Cuerpo y de su Sangre, que nos defiende del lobo rapaz del demonio y de sus secuaces.

Oremos por las intenciones de la Iglesia Universal, por las diferentes vocaciones que Dios ha dado a su Iglesia.

ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

Buen Pastor, Señor Jesucristo, que sientes compasión al ver a las muchedumbres como ovejas sin Pastor. Te pedimos que envíes a tu Iglesia Sacerdotes según tu corazón, que nos alimenten con tu Cuerpo y con tu Sangre. Diáconos que sirvan en el ministerio sagrado y en la caridad a sus hermanos. Religiosos y Religiosa que, por la santidad de sus vidas, sean signos y testigos de tu Reino. Laicos que como fermento en medio del mundo, proclamen y construyan tu Reino por el ejercicio de su diario quehacer. Fortalece a los que has llamado, ayúdalos a crecer en amor y santidad,  para que respondan plenamente a su vocación. María,  Madre y Reina de las vocaciones, ruega por nosotros. Amén Seguir leyendo “IV Domingo de Pascua – Ciclo A”

III Domingo de Pascua – Ciclo A

Pascua

La Iglesia en su liturgia nos sigue mostrando su gozo por la resurrección del Señor, como lo tuvo la primitiva comunidad cristiana, que tomó en serio todo el significado de esa resurrección. También nosotros hemos de corresponder con una fe profunda y vivificante. Seguir leyendo “III Domingo de Pascua – Ciclo A”

V domingo de Pascua – Ciclo C

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Este domingo pertenece ya a la segunda parte de la cincuentena pascual. Hemos celebrado las cuatro primeras semanas, fuertemente marcadas por el misterio de la presencia del Señor resucitado en su Iglesia; los acentos de los textos bíblicos y litúrgicos se orientan ahora en un sentido más eclesiológico: el Presente es también el Ausente, el que está presente por el Espíritu que nos ha dado, el que urge el testimonio de sus fieles…

1.      Oración:

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo. Seguir leyendo “V domingo de Pascua – Ciclo C”

IV Domingo de Pascua – Ciclo C

Domingo del Buen Pastor

Pascua4

En este Domingo cuarto de Pascua se centra nuestra atención y nuestra fe agradecida en la presencia misteriosa del mismo Cristo Jesús, Pastor único y universal de nuestras almas. Cristo ha prolongado esta cualidad suya en los Pastores de su Iglesia. Hemos de descubrir a Cristo Jesús en el magisterio y en la autoridad de nuestros legítimos Pastores, en comunión con el Romano Pontífice, Vicario de Cristo. Hemos de vivir en la Iglesia el problema serio de las vocaciones consagradas. La necesidad de que los elegidos de Dios para una dedicación total al Evangelio, a la santidad y a la acción pastoral en la Iglesia sepan responder fielmente y con generosidad total a este designio divino sobre sus vidas.

 1.      ORACIÓN

Dios, todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la Resurrección de Jesucristo, concédenos también la alegría eterna del reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor. Él que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén. Seguir leyendo “IV Domingo de Pascua – Ciclo C”

III Domingo de Pascua – Ciclo C

Pascua3

El diálogo entre Jesús y Pedro hay que trasladarlo a la vida de cada uno de nosotros. San Agustín, comentando este pasaje evangélico, dice: «Interrogando a Pedro, Jesús interrogaba también a cada uno de nosotros». La pregunta: «¿Me amas?» se dirige a cada discípulo. El cristianismo no es un conjunto de doctrinas y de prácticas; es algo mucho más íntimo y profundo. Es una relación de amistad con la persona de Jesucristo. Muchas veces, durante su vida terrena, había preguntado a las personas: «¿Crees?», pero nunca: «¿Me amas?». Lo hace sólo ahora, después de que, en su pasión y muerte, dio la prueba de cuánto nos ha amado Él.

Oración:

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo.

Primera Lectura: Hch 5, 27-32b. 40b-41:

Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.

EN aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles, diciendo:
    «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron:
    «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen».
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre.

Se han elegido los versillos más conspicuos del relato.

Han sido, al parecer, los envidiosos saduceos quienes han incitado la reacción del Sinedrio. Los apóstoles continúan impertérritos anunciando la Buena Nueva, la obra de Jesús. Su predicación encuentra eco en los oyentes; tienen éxito. Se les escucha con agrado, y muchos dan un viraje completo a su pensamiento; se convierten. La autoridad interviene de nuevo. La actividad de aquel grupo de hombres iletrados inquieta a la máxima autoridad religiosa del pueblo judío. Los discípulos del Crucificado han hecho caso omiso de la prohibición primera. Se les acusa de desacato a la autoridad. Se les encarcela, y, tras ser liberados milagrosamente, se les obliga a comparecer ante el Sumo Sacerdote.

La réplica de Pedro es categórica: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Pedro y los apóstoles son conscientes de su vocación de testigos. Son profetas. Han sido llamados y enviados a dar testimonio de la Resurrección de Jesús, de aquel que murió crucificado. En él obra Dios la Salvación tan largamente esperada. En otras palabras, Dios los ha enviado a predicar la Buena Nueva, cuyo núcleo es la obra redentora de Cristo en su Muerte y Resurrección. Es una misión suprema, ante la cual se estrellan todas las autoridades y poderes de todo tipo. Están investidos del poder de lo alto y su misión no puede fallar. No pueden claudicar. Testigos, pues, de la Resurrección y movidos por el Espíritu Santo han de continuar la obra por encima de todo. La suprema autoridad de Israel no tiene autoridad. Su función ha terminado. Continuar en ella, al margen de Cristo, es, además de anacrónico, opuesto a los planes de Dios. Vislumbramos ya la separación de comunidades. He ahí dos mundos: Ley-Espíritu, Sumo Sacerdote-Pedro, castigo-gozosa promulgación de la verdad.

Es característico de la primera comunidad el gozo. Se manifiesta así la presencia del Espíritu. La Iglesia perseguida, la Iglesia gozosa en el Señor, la Iglesia que da testimonio. Así la Iglesia de todos los tiempos.

Salmo Responsorial: Sal 29, 2. 4-6. 11-13:

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

       V/.   Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
                y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
                Señor, sacaste mi vida del abismo,
                me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.   R/.

        V/.   Tañed para el Señor, fieles suyos,
                celebrad el recuerdo de su nombre santo;
                su cólera dura un instante;
                su bondad, de por vida;
                al atardecer nos visita el llanto;
                por la mañana, el júbilo.   R/.

        V/.   Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
                Señor, socórreme.
                Cambiaste mi luto en danzas.
                Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.   R/.

Salmo de acción de gracias por la liberación de un peligro de muerte.

La acción liberadora de Dios arranca del corazón del agraciado un canto de alabanza. La necesidad apremiante obliga a la súplica urgente. El beneficio personal se siente comunitario y la alabanza se alarga a todo el pueblo. La experiencia personal se eleva a principio, se convierte en regla de sabiduría y funda la decisión de un servicio perenne. El señor es más fuerte que la muerte. Es el mensaje del salmo.

Segunda Lectura: Ap 5, 11-14:

Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la alabanza.

YO, Juan, miré, y escuché la voz de muchos ángeles alrededor del trono, de los vivientes y de los ancianos, y eran miles de miles, miríadas de miríadas, y decían con voz potente:
    «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza».
Y escuché a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar —todo cuanto hay en ellos—, que decían:
    «Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Y los cuatro vivientes respondían:
    «Amén».
Y los ancianos se postraron y adoraron.

Estos versillos forman parte -la última- de un contexto más amplio. La visión comienza en el capítulo cuarto y se alarga hasta aquí. Es como el pórtico a todo el libro.

Preside la escena la figura de Dios Padre. Dios, Señor de la historia, ha trazado ya el destino de la Iglesia y del mundo. Ahí está el libro escrito: la decisión de Dios inmutable. Dios inaccesible, transcendente, se deja tocar por Cristo. A él se le ha otorgado la potestad de romper los sellos, de abrir el libro. Él puede revelar el contenido y puede asimismo acercar a Dios al hombre, o, si se quiere, introducir al hombre en la esfera divina. El contacto -de por sí imposible- del hombre con Dios se realiza por Cristo. Cristo es el único mediador, el único Salvador. Todo lo que está fuera de él es falso y engañoso. El Cordero señala -no una idea, no un ser impersonal- a una persona concreta en una misión bien determinada: Cristo paciente, muerto por nosotros y resucitado. Es el Verbo hecho carne. Nos recuerda al Cordero pascual con todo el peso bíblico, teológico y soteriológico que la imagen encierra. El Cordero es, además de la figura central, el acontecimiento clave. El más grandioso acontecimiento de la historia es la crucifixión de Cristo. Cristo es el realizador de las esperanzas mesiánicas. Cristo ha sido encumbrado a la soberanía de todo el mundo. A él la gloria y el poder.

En este contexto debemos leer los versillos apuntados. Nótese el carácter marcadamente litúrgico del pasaje. Estamos dentro de una liturgia, no dentro de una exposición teológica. Se nos invita a la aclamación. Es algo cultual. Nosotros mismos tomamos parte en esa liturgia. El Cristo celeste es el mismo que preside la liturgia terrestre. Y la liturgia terrestre, sin dejar de ser algo real, es pálida imagen de la liturgia celeste. Las voces de los ángeles, el eco que despiertan en toda la creación, la actitud de los ancianos nos envuelven y arrancan nuestras voces de alabanza. Los planos celeste y terrestre forman una sola voz; el Señor es uno y es el lazo que une a Dios con la creación entera. Cristo, muerto y resucitado, es el Señor del universo. Salirse de este coro es un suicidio; es como salirse de la existencia a la nada.

Evangelio: Jn 21, 1-19:

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; lo mismo el pescado.

EN aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
    «Me voy a pescar».
Ellos contestan:
    «Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
    «Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron:
    «No».
Él les dice:
    «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
    «Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
    «Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
    «Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».
Él le contestó:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
    «Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le pregunta:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta:
    «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Él le dice:
    «Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le pregunta:
    «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez:
    «¿Me quieres?»
Y le contestó:
    «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
    «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:
    «Sígueme».

Nos encontramos ante un episodio-milagro de fondo simbólico. Estamos en Juan. Y no debemos olvidar las características de su estilo y teología. Juan ve en la realidad visible de Cristo una realidad superior. El Cristo que vieron sus ojos y palparon sus manos es también el Cristo transcendente. También lo ven sus ojos y lo palpan sus manos.

No estará de más notar el carácter eclesial del capítulo 21. La conciencia y realidad de la Iglesia como prolongación de Cristo aflora constantemente en los últimos capítulos del evangelio. Aquí se delinea claramente. Podemos dividir la lectura en dos partes: a) la pesca milagrosa; b) el diálogo de Jesús con Pedro. Esta última continúa la primera.

Cristo es la figura central. Cristo resucitado, Cristo el Señor (así lo llama el discípulo amado). Tras él, Pedro. Pedro dirige la acción: toma la decisión de ir a pescar, se tira de la barca, arrastra la red repleta de peces, mantiene el diálogo con Jesús. Un poco más apartados, los Doce. Al fondo, la red llena de peces y el rebaño de ovejas y corderos. Todo bien medido, bien pensado.

Cristo resucitado es el centro. Sin él no tiene sentido la escena. Él realiza el milagro, él prepara la comida, él dirige la acción de lejos, él, el Señor de las ovejas, él, el punto de atracción -¿me amas?- y el elemento de cohesión. Cristo, el Señor.

Pedro es el primero. Cristo le confiere el Primado. Pedro había prometido ser el más valiente: Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré. Pero le había negado tres veces. A él va dirigida la pregunta: ¿Me amas? Cristo exige una sencilla, pero firme, declaración de amor. Pedro ama a Cristo. Pedro no se atreve a afirmar que le ama más que los demás. Pero sí sabe que le ama. La triple pregunta le recuerda su triple flaqueza y se entristece. Cristo le entrega el cuidado de su rebaño. No puede cuidar el rebaño quien no ame a Cristo tiernamente, pues él y el rebaño son una misma cosa. Pedro expresará así su amor al maestro: apacentando las ovejas. Su misión y oficio lo conducirán al martirio, expresión, la más palmaria, del amor que profesa al Maestro. Morirá, según una tradición antigua, en cruz cabeza abajo. Absoluta fidelidad al Señor. Así, pues, su seguimiento: apostolado, primado, martirio.

La Iglesia está aquí claramente simbolizada por la abundante pesca y el rebaño. Es una red que no se rompe, una red que arrastra toda clase de peces, muchos, abundantes. Los apóstoles son pescadores de hombres. Su mensaje va dirigido a todos los pueblos. Y por muchos y diversos que sean no han de romper la red. Lo asegura el Señor resucitado. Tampoco se ha de escindir el rebaño. Él es el Pastor. Pedro su representante. Cristo ha resucitado. Se adivina ya su ida al Padre. Se afirma su presencia entre los suyos. La Iglesia se reúne en torno a él. Los apóstoles la gobiernan en su nombre. Pedro es el primero. Una misión de este tipo sin amor sería imposible. Se alza visible la palma del martirio. Jesús dirige la acción desde dentro.

Consideraciones

El evangelio nos presenta a Cristo resucitado. Jesús atiende eficazmente a su Iglesia: la pesca milagrosa, la provisión del Primado. Es el Pastor supremo. Es el Señor. Es de notar el tono de reverencia y respeto, sin aminorar la confianza, que expresa esa denominación: es el Señor. Es ya objeto de culto.

La segunda lectura subraya ese aspecto trasladándonos a la liturgia celeste. El nombre del Cordero es sugestivo. Expresa la identidad, a la vez que alude al misterio mismo de la redención, del Cristo entronizado formando una unidad con Dios, con el Jesús que padeció por nosotros. La imagen es rica y podría desarrollarse sin mucho esfuerzo. Todos le deben adoración. Nosotros, y con nosotros la creación entera, lo adora como Señor y Salvador. El puesto clave, para la inteligencia del misterio de Dios, de sus planes y aun de la misma creación, se manifiesta evidente. El hombre se desconocerá a sí mismo y al mundo que le rodea, si no llega a Dios por Cristo. Honor y gloria a él. Conviene recalcar este elemento de adoración a Cristo, un tanto olvidado hoy día por desgracia. Los magníficos iconos orientales son una buena inspiración. Conviene recalcar también el elemento cultual. Es un aspecto intrínseco a la constitución de la Iglesia. También esto ha estado un tanto olvidado. La gran celebración cultual.

La Iglesia ve su destino y su imagen en la segunda lectura: reflejo de la liturgia celeste. También el evangelio le atañe bajo diversos aspectos. La pesca: la voz del Maestro, la abundancia de peces, la red que los contiene, la barca de Pedro. El Primado de Pedro: el rebaño, el pastoreo, el amor requerido, el Maestro.

Una instantánea de la Iglesia nos la ofrece la primera lectura. Los apóstoles dan testimonio de Cristo resucitado. Son testigos y mensajeros de la salvación realizada por Dios en Cristo. Un testimonio válido y contra toda oposición. La Iglesia padece en sus representantes la pasión de Cristo: son perseguidos. Por otra parte empalma bien con el evangelio. Para ser testigo es necesario amar al Maestro. Hay que estar dispuesto a dar la vida en el cumplimiento de la misión. Dios es antes que los hombres bajo todo punto de vista. La Iglesia de hoy, como la de todos los tiempos, ha de sufrir persecución en el desempeño de su misión. Hay que ser valientes. Sobre todo sus representantes, los pastores. ¿Cómo se puede ser pastor, si no se ama? ¿Cómo se aguantarán los improperios, si no nos acompaña un tierno afecto a Cristo?

El tema del gozo no deja de ser también interesante. No vamos solos. El Espíritu nos sostiene. Eterna paradoja: sufrir gozosos.

 Sugerencia de cantos: https://goo.gl/WN51f6