Quinto domingo de Cuaresma – Ciclo A

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Cristo sabía que su amigo Lázaro estaba gravemente  enfermo, pero que esta enfermedad no acabaría en la  muerte, sino que serviría para gloria de Dios. No deja de  sorprender el contraste existente entre nuestra manera de  pensar y la de Cristo, entre nuestro vocabulario y el suyo.  Llamamos muerte a la enfermedad, al dolor, a la pobreza,  a todo aquello que conduce a la muerte física. Sin  embargo Cristo la llama “sueño”; por eso va a despertar a  su amigo.

Hoy somos invitados a reflexionar sobre la muerte  verdadera, de la que nos habla claramente San Pablo. Se  trata de la muerte fruto del pecado, muerte de la que  Cristo no nos puede resucitar sin nuestra propia voluntad.  Hay muchos vivientes que andan como muertos, porque  les falta el Espíritu que da la verdadera vida. Hay muchos  que soportan enfermedades irreversibles, que aceptan la  cruz del desprendimiento total, la muerte física, sabiendo  desde la fe que es camino de resurrección y de vida  eterna.

  1. Oración

«Cristo lo es todo para nosotros. Si quieres curar tus heridas, Él es médico. Si la fiebre te abrasa, Él es la fuente de agua fresca. Si te oprime el peso de la culpa, Él es la justicia. Si necesitas ayuda, Él es la fuerza. Si temes la muerte, Él es la vida. Si deseas el cielo, Él es el camino. Si huyes de las tinieblas, Él es la luz. Si buscas comida, Él es el alimento.  Buscad y ved cuán bueno es el Señor; dichoso el hombre que espera en Él.» 

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Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo A

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Un ciego encuentra la luz.  Los ojos se abren conviviendo con Jesús Juan 9,1-41

Este es el domingo de la “Luz”, pero también de la “Alegría”. En la bella tradición de la liturgia cristiana a este domingo se le llama “laetare”, expresión latina que invita a la alegría, una pausa refrescante en arduo camino en el desierto cuaresmal. Con la mirada cada vez más fija en la Cruz gloriosa, en la cual fue entronizada la Luz que da la vida verdadera, bautizados y catecúmenos continúan su “caminar” cuaresmal: memoria del bautismo para los bautizados, preparación para el bautismo por parte de los catecúmenos (SC 109).

 1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

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Tercer domingo de Cuaresma – Ciclo A

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  1. Introducción

Lo que Jesús realizó con la samaritana, continúa haciéndolo con los catecúmenos y los fieles, con la Iglesia, actualizando en cada celebración el misterio de su pascua para nosotros. Que su acción sea tan eficaz en nosotros como lo fue en el corazón de la samaritana. Es el fruto de la Eucaristía, prenda desde ahora del misterio celestial (postcomunión).

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Segundo domingo de Cuaresma – Ciclo A

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El domingo de la transfiguración sigue al de la tentación. Esto es muy significativo… La tentación viene a colocarse al comienzo del camino del sufrimiento y acecha todo a lo largo de él. Trata de desviar al alma del camino de sus sufrimientos saludables. Si el alma logra superarla, consigue la salvación, que no es otra cosa que la contemplación del Señor transfigurado y la propia divinización unida a Él. La tentación pretende esencialmente acortar el camino, alcanzar una transfiguración prematura apoyándose en las propias fuerzas; quiere pasar por encima de las etapas fijadas en dicho camino, quiere rehuir la cruz. Si cede a todo esto, viene la muerte y el abismo. En último término, la caída de nuestros primeros padres no fue otra cosa, y la misma tentación de Cristo no apuntaba sino a que manifestase prematuramente y de modo arbitrario la gloria divina que en El residía.

  1. ORACIÓN INICIAL

 

Teniendo en cuenta que el Padre está revelando la identidad de su HIJO y que nos deja un compromiso, al decirnos de: “escucharlo”, pidámosle que nos ayude a conocerlo siempre más y así valorar lo que significa que Él haya dado su vida por nosotros en la cruz.

 

Dios Padre, Dios de amor y ternura, Dios de misericordia y bondad, Tú que nos has enviado a tu HIJO, que lo has hecho hombre, para que te diera conocer, Tú que permitiste que Él muriera en la cruz, para hacernos ver hasta dónde llegaba tu amor hacia nosotros, ahora que nos estamos preparando para celebrar la Pascua de tu HIJO, ayúdanos a conocerlo siempre más, y así por medio de su Palabra, podamos penetrar en sus sentimientos, para valorar su gesto de amor, que dio su vida por nosotros, para que lo pudiéramos imitar y así amar como Él, amando hasta el final. Ayúdanos en estos días de Cuaresma, a darle tiempo a tu HIJO y así profundizar en su Palabra para conocerlo más y así poderlo imitar y seguir para ser capaz de dar vida como Él lo hizo. Que así sea.

  1. Textos y comentario

2.1. Lectura del libro del Génesis 12,1-4a:

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.» Abrán marchó, como le había dicho el Señor.

Muy acertadamente se ha designado al primer libro de la Biblia con el nombre de «Génesis». Fueron los traductores griegos de Alejandría, unos dos siglos antes de Cristo, quienes se lo impusieron. Y en efecto, ahí se encuen­tran apuntados los orígenes – génesis – de las instituciones y realidades más antiguas del mundo y del hombre. Entre otros relatos recuérdense los capí­tulos que nos cuentan la creación del mundo, la formación del hombre, el ori­gen del pecado, la elección de Abrahán etc. En el fondo no es más que un ori­gen y un proceso, lo que el autor quiere narrarnos: la historia de la miseri­cordia de Dios con el hombre, la historia de su amor con él, la historia de la salvación, en definitiva. Dios quiere salvar el hombre, es decir introducirlo en su amistad. Una vez que el hombre la desechó caprichosamente, la acción de Dios vuelve insistentemente a reducirlo otra vez hacia sí. El hombre no podía volver por sus propias fuerzas. La iniciativa tenía que partir de Dios. Ese empeño divino de salvar al hombre es el que trata de describir a gran­des rasgos primero, más detalladamente después, el autor de este libro.

 

Estamos en un momento importante. Comienza la historia de Abrahán, padre del pueblo hebreo. Es la primera vez que aparece este personaje. No­temos lo más saliente:

  1. a) Dios.- Dios llama a Abrahán. Aunque imperiosa, la voz de Dios es solí­cita, respetuosa y confidencial. Es una voz que ordena y promete, que invita y bendice, que apremia y salva. La voz de Dios es en este caso una elección, una predilección. La voz señala a Abrahán un destino particular. Abrahán es una pieza importante en el plan divino de salvación. La voz exige una re­nuncia, pero va cargada de promesas, llena de bendiciones. Dios lo quiere totalmente para sí. Hará de él un gran hombre, padre de muchas gentes, causa de bendición para todo el mundo. Allá a lo lejos se perfilan todas las gentes.

Dios tiene la iniciativa. La salvación parte de él; él la comienza y él la termina. Actúa con absoluta libertad, pero siempre con un amor y una atención supremos, pues él conoce y ama mejor y más que nadie a sus cria­turas. Dios dispensa su amistad a Abrahán. En cierto sentido son desde ahora una misma cosa.

  1. b) Abrahán.- La voz de Dios requiere una respuesta, y Abrahán la da. Abrahán obedece a Dios. Deja lo que tiene entre manos y se encamina, fiado de la promesa del Señor, hacia un país lejano y desconocido. Abrahán se deja guiar; en otras palabras, Abrahán se deja amar. Este acto obediencial, de fe, de Abrahán será celebrado elogiosamente por los autores del N. Tes­tamento, en especial por Pablo. Fue su salvación, su justificación. Reputó inútil su tierra y su país y consideró como cosa suprema la amistad con Dios. Así alcanzó las promesas y fue llamado «padre de los creyentes». Dios usa de «colaboradores» para el cumplimiento de su voluntad salvífica. Abra­hán colaboró. Abrahán partió de aquella tierra y siguió al Señor. Llegó a su «bendición».

2.2. Salmo Responsorial Sal 32,4-5.18-19.20.22

R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R/.

El salmo, es una confiada súplica o una confianza suplicante.

La confianza tiene por motivos: la palabra de Dios sincera, su promesa, su fidelidad comprobada a través de los siglos, su rectitud, su misericordia incomparable. Dios ama a sus fieles, Dios cuida tiernamente de ellos. La sú­plica se hace confiada. El estribillo lo expresa maravillosamente:. Pidamos confiados; hay motivos más que suficientes. Cristo aboga por nosotros.

2.3. Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1,8b-10:

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

Es una de las cartas que integran el reducido grupo de las «pastorales». Va dirigida a Timoteo, discípulo de Pablo. Timoteo es «pastor», «obispo», «superintendente» de la Casa de Dios de Éfeso. Allí se halla una comunidad de fieles, una iglesia de Cristo y al frente de elle Timoteo.

No resulta fácil gobernar una comunidad cristiana; menos aún en una ciudad cosmopolita, idólatra y orgullosa de sus cultos; mucho menos todavía en un tiempo en que, a una dentro de la comunidad, comienzan a pulular tendencias doctrinales y morales francamente heterodoxas. Timoteo debe vigilar atentamente; debe actuar cuando las circunstancias lo requieran; debe «reavivar el carisma» que se le otorgó con la imposición de las manos; debe predicar el evangelio y hacerlo cumplir. Pablo le anima a ello con algu­nas exhortaciones, normas y consejos.

Estamos al comienzo de la carta. Timoteo debe «trabajar duramente» por el evangelio, con todas sus fuerzas. No es cosa fácil evangelizar; cuesta tra­bajo, requiere la total entrega de la persona. Evangelizar equivale a salvar. La salvación viene de Dios; Timoteo es ministro. La salvación es una gracia y la gracia viene de Cristo. Dios ha dispuesto salvar al mundo en Cristo. Ya ha llegado el momento oportuno; el Hijo de Dios se ha manifestado y ha dado comienzo a la obra de la salvación. El evangelio que lo anuncia trae la sal­vación. La salvación es muerte a la muerte y comunicación de la vida inmor­tal. Cristo es el autor de la obra. Con su muerte dio remate al que tenía el imperio de la muerte (Hb 2,14-15) y abrió el camino que conduce a la vida. Timoteo debe darse cuenta de la importancia y de la necesidad de su tra­bajo.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 17,1-9:

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Un momento luminoso en la vida de Cristo. El episodio es sorprendente; no pedimos privarlo del carácter de «misterio». El acontecimiento es un «misterio» de la vida de Cristo. La escena nos invita a la contemplación. Es quizás la mejor postura para la mejor comprensión del suceso «misterioso». Los tres evangelistas sinópticos la traen en idénticas circunstancias. Algo muy importante.

El acontecimiento es una «epifanía», una manifestación sensible de la di­vinidad. La montaña, símbolo de la presencia divina, la «voz» del Padre, la transfigu­ración de Cristo, revelan a las claras la «manifestación» palpable de Dios. La «gloria» de Dios sobrecogió a los apóstoles. Veamos algunos detalles.

El acontecimiento tuvo lugar «seis días después», dicen unánimemente los evangelistas (unos ocho, dice Lucas). El dato cronológico, tan raro en los si­nópticos, no pedimos desatenderlo. Si los seis días se refieren a la confesión de Pedro, iluminado por el Padre, habría que subrayar entonces el aspecto de glorificación, de Jesús Hijo de Dios, Mesías; si lo referimos, en cambio, al primer anuncio de la pasión, habría que subrayar la relación del aconteci­miento con la pasión y resurrección de Cristo, Hijo de Dios. Puede, con todo, que se refiera a ambos. El último versículo nos recuerda que el Hijo del Hom­bre resucitará de entre los muertos. El Hijo de Dios Siervo.

Una «epifanía» de ese calibre no es para cualquiera. Sólo tres son testigos de ella: los predilectos, Juan, Santiago y Pedro; sin duda alguna los más ad­heridos al Maestro. Dios revela sus misterios a sus fieles. Al fin y al cabo la revelación es un signo de amistad. La palabra de Pedro es encantadora: «Qué bien se está aquí». ¿No es ese el destino del hombre en Cristo? Ese es realmente nuestro fin: vivir con Dios y disfrutar de su presencia; lo veremos cara a cara. No ha llegado, sin embargo, el momento. Los ojos del hombre no pueden resistir la luz divina y sus oídos la voz de cielo. Aterrorizados caen en tierra. La gloria de Dios se impone. Es menester una transformación, una purificación. Cristo manifiesta por un momento la transformación que le es­pera en la Resurrección. A la Resurrección, no obstante, se llega por la muerte. No es otro el camino que han de seguir los discípulos.

Moisés y Elías. Dos figuras eminentes de la Antigua Economía. El pri­mero representa la Ley, el segundo los profetas. Ambos, siervos de Dios; ambos, hombres de fuego; ambos, en el Sinaí; ambos, presenciaron la «epifanía» del Señor; el uno, entre fuego y temblores de tierra; el otro, en el paso leve de una brisa tenue. Los dos dan testimonio de Jesús. Jesús es más que ellos. Ellos son siervos, él es el Hijo.

La voz, es el centro de la narración. Es la voz del Padre, creadora y reve­ladora al mismo tiempo. Jesús es el único Hijo de Dios. No hay otro como él. Su mismo cuerpo se transfigura, lleno de gloria, gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre. Cristo es un ser celeste. La voz del Hijo es la voz del Padre, es su Palabra. Es menester escucharle. No hay por qué temer su voz. Es una voz divina en forma humana. En el Sinaí infundía espanto; aquí no. La voz, no obstante, no suena en vano. Hay que escucharla y se­guirla. Esa es la voluntad del Padre.

La escena tiene cierto carácter de «misterio». Por una parte es misterioso que Cristo se transfigure, no habiendo todavía resucitado. Está todavía en estado de Siervo Paciente y por tanto velado por la naturaleza humana. Por un momento deja transparentar su gloria. Es un momento y desaparece. Por otra parte el misterio está en que Cristo no transparente siempre su gloria. Es el «misterio» mesiánico. Se hizo Siervo e igual a nosotros en todo, menos en el pecado. Jesús tiene que padecer; por un momento deja ver su gloria. Los apóstoles que lo presenciaron afianzaron su fe. La Transfiguración del Señor anuncia ya su triunfo, su Resurrección. Esta ha de venir después de su muerte. Una vez pasada la maravilla, las cosas tornan a su estado nor­mal. De nuevo el «secreto mesiánico».

 

Reflexionemos:

 

La Cuaresma es la preparación a la celebración de la Pascua, es decir a la digna celebración de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. El Misterio de Cristo es polifacético. Polifacética es también la prepa­ración.

Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el Amado, el Predilecto. A él deben dirigirse nuestras miradas y consideraciones. Jesús triunfa de la muerte; es decir, Cristo es más que hombre, supera las limitaciones de la naturaleza humana. La Transfiguración es un anuncio. Dios lo ha puesto para nuestra salvación. Tenemos que escucharle. En ello nos va todo. Nuestro destino es gozar de la presencia del Señor, ser un día transformados, ser luz sin man­cha. Todavía no ha llegado el momento. El camino es seguir a Jesús y obedecerlo. Debemos ser purificados antes de entrar a la posesión de Dios.

Jesús da cumplimiento a las promesas de Abrahán. El es la bendición de todos los pueblos. También nosotros somos llamados a seguir a Dios Ha de ser en Cristo. Hay que abandonarlo todo, si así se nos exige, y seguir a Cristo. En Cristo la salvación, dice Pablo a Timoteo. El cristiano está lleno de esperanza. Nuestro Señor Jesucristo es el Señor. El puede salvarnos, en él se ha revelado la misericordia de Dios. Debemos acercarnos a él confia­damente. Llenos de confianza, pidamos en este tiempo de cuaresma.

 

  1. ORACIÓN FINAL

 

Transfigúrame, Señor, transfigúrame. Quiero ser tu vidriera, tu alta vidriera azul, morada y amarilla. Quiero ser mi figura, sí, mi historia, pero de ti en tu gloria traspasado. Transfigúrame, Señor, transfigúrame. Mas no a mí solo, purifica también a todos los hijos de tu Padre que te rezan conmigo o te rezaron, o que acaso ni una madre tuvieron que les guiara a balbucir el Padrenuestro. Transfigúranos, Señor, transfigúranos. Si acaso no te saben, o te dudan o te blasfeman, límpiales el rostro como a ti la Verónica; descórreles las densas cataratas de sus ojos, que te vean, Señor, como te veo. Transfigúralos, Señor, transfigúralos. Que todos puedan, en la misma nube que a ti te envuelve, despojarse del mal y revestirse de su figura vieja y en ti transfigurada. Y a mí, con todos ellos, transfigúrame. Transfigúranos, Señor, transfigúranos. Amén.

 

 

Primer domingo de Cuaresma – Ciclo A

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La Constitución “Sacrosanctum Concilium” (nn. 109-110) considera a la Cuaresma como el tiempo litúrgico en el que los cristianos se preparan a celebrar el misterio pascual, mediante una verdadera conversión interior, el recuerdo o celebración del bautismo y la participación en el sacramento de la Reconciliación. A facilitar y conseguir estos objetivos tienden las diversas prácticas a las que se entrega más intensamente la comunidad cristiana y cada fiel, tales como la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria, y otros medios ascéticos, tradicionales, como la abstinencia, el ayuno y la limosna.

La celebración de la Pascua es, por tanto, la meta a la que tiende toda la Cuaresma, el núcleo en el que se convergen todas las intenciones y el elemento que regula su dinamismo. La Iglesia quiere que durante este tiempo los cristianos tomen más conciencia de las exigencias vitales que derivan de hacer de la Pascua de Cristo centro de su fe y de su esperanza. No se trata, por tanto, de preparar una celebración histórica (drama) o meramente ritual de la Pascua de Cristo, sino de disponerse a participar en su misterio; es decir, en la muerte y resurrección del Señor. Esta participación se realiza mediante el bautismo –recibido o actualizado-, la penitencia –como muerte al hombre viejo e incorporación al hombre nuevo-, la Eucaristía –reactualización mistérica de la muerte y resurrección de Cristo-, y por todo lo que contribuye a que estos sacramentos sean mejor participados y vividos.

1. ORACIÓN INICIAL

Señor Jesús, cuando comenzabas tu ministerio, cuando ibas a darte a conocer, cuando comenzarías a manifestar tu identidad y el proyecto del Padre, el Espíritu te lleva al desierto y allí permaneces durante cuarenta días, y al final de ese tiempo, fuiste tentado por el diablo, que buscó seducirte y desviarte de la misión que el Padre te había dado. En ese momento Tú nos mostraste la manera de vencer esas tentaciones y ahí Tú te aferraste a la Palabra del Señor y así permaneciste fiel a lo que Él te pedía y quería de ti. En estos días de cuaresma, ayúdanos a que también nosotros, permanezcamos fieles a lo que nos pides y así vivamos como Tú, dando testimonio de ti, en todo momento, viviendo como el Padre nos pide. Que así sea. Seguir leyendo “Primer domingo de Cuaresma – Ciclo A”

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

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En la procesión del domingo de Ramos nos unimos a la multitud de los discípulos que, con gran alegría, acompañan al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, alabamos al Señor aclamándolo por todos los prodigios que hemos visto. Sí, también nosotros hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y a ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira, para difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad.
La procesión es, ante todo, un testimonio gozoso que damos de Jesucristo, en el que se nos ha hecho visible el rostro de Dios y gracias al cual el corazón de Dios se nos ha abierto a todos. En el evangelio de san Lucas, la narración del inicio del cortejo cerca de Jerusalén está compuesta en parte, literalmente, según el modelo del rito de coronación con el que, como dice el primer libro de los Reyes, Salomón fue revestido como heredero de la realeza de David (cf. 1 R 1, 33-35). Así, la procesión de Ramos es también una procesión de Cristo Rey: profesamos la realeza de Jesucristo, reconocemos a Jesús como el Hijo de David, el verdadero Salomón, el Rey de la paz y de la justicia.

1.      Oración:

Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro señor Jesucristo…
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Domingo V de Cuaresma – Ciclo C

CuarV
Hemos llegado al quinto domingo de Cuaresma, en el que la liturgia nos propone, este año, el episodio evangélico de Jesús que salva a una mujer adúltera de la condena a muerte (Jn 8, 1-11). Mientras está enseñando en el Templo, los escribas y los fariseos llevan ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio, para la cual la ley de Moisés preveía la lapidación. Esos hombres piden a Jesús que juzgue a la pecadora con la finalidad de “ponerlo a prueba” y de impulsarlo a dar un paso en falso. La escena está cargada de dramatismo: de las palabras de Jesús depende la vida de esa persona, pero también su propia vida. De hecho, los acusadores hipócritas fingen confiarle el juicio, mientras que en realidad es precisamente a él a quien quieren acusar y juzgar. Jesús, en cambio, está “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14): él sabe lo que hay en el corazón de cada hombre, quiere condenar el pecado, pero salvar al pecador, y desenmascarar la hipocresía.
Benedicto XVI

Oración:

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por Nuestro Señor Jesucristo….

Amén.
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Domingo IV de Cuaresma – Ciclo C

CuarIV

En este cuarto domingo de Cuaresma se proclama el Evangelio del padre y de los  dos hijos, más conocido como parábola del “hijo pródigo” (Lc15,11-32). Este pasaje  de san Lucas constituye una cima de la espiritualidad y de la literatura de todos los  tiempos. En efecto, ¿qué serían nuestra cultura, el arte, y más en general nuestra  civilización, sin esta revelación de un Dios Padre lleno de misericordia? No deja  nunca de conmovernos, y cada vez que la escuchamos o la leemos tiene la  capacidad de sugerirnos significados siempre nuevos. Este texto evangélico tiene,  sobre todo, el poder de hablarnos de Dios, de darnos a conocer su rostro, mejor  aún, su corazón. Desde que Jesús nos habló del Padre misericordioso, las cosas ya  no son como antes; ahora conocemos a Dios: es nuestro Padre, que por amor nos  ha creado libres y dotados de conciencia, que sufre si nos perdemos y que hace  fiesta si regresamos. Por esto, la relación con él se construye a través de una  historia, como le sucede a todo hijo con sus padres: al inicio depende de ellos;  después reivindica su propia autonomía; y por último —si se da un desarrollo  positivo— llega a una relación madura, basada en el agradecimiento y en el amor  auténtico.

Benedicto XVI. Plaza de San Pedro, domingo 14 de marzo de 2010
Oración:
Al ofrecerte, Señor, en la celebración gozosa de este domingo, los dones que nos traen la salvación, te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y saber ofrecértelos por la salvación del mundo. Por Jesucristo nuestro Señor.

Primera Lectura: Jos 5, 9a. 10-12

El pueblo de Dios celebra la pascua al entrar en la tierra prometida.

EN aquellos días, dijo el Señor a Josué:
    «Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto».
Los hijos de Israel acamparon en Guilgal y celebraron allí la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó.
Al día siguiente a la Pascua, comieron ya de los productos de la tierra: ese día, panes ácimos y espigas tostadas.
Y desde ese día en que comenzaron a comer de los productos de la tierra, cesó el maná. Los hijos de Israel ya no tuvieron maná, sino que ya aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

El libro de Josué es la continuación literaria y teológica de los libros del Pentateuco. La mano que escribió estas páginas se asemeja mucho a la que guardó, para la posteridad, muchos acontecimientos que se hallan en el Éxodo. Una misma visión religiosa los relaciona estrechamente. No tendrían sentido las páginas del Éxodo, si el libro de Josué no las continuara. Ni la conquista de la tierra prometida, que nos relata Josué, tendría mayor importancia, si no fuera el resultado teológico del pacto efectuado en el Sinaí.

La obra de la liberación había comenzado en Egipto. El paso del mar Rojo había sido el acontecimiento más saliente, pero no el único. La travesía del desierto había continuado la hazaña. Durante una generación había caminado errante todo un pueblo por un país sembrado de colinas desiertas, valles inhóspitos, barrancos tortuosos, descansando aquí y allá en oasis más o menos acogedores. Había sido un verdadero peregrinar en busca de una patria estable y firme. Largos años y largas pruebas. Dios le había hecho sentir su mano pesada y acariciante. Su amor a él lo había librado del hambre y de la sed (alimento milagroso: codornices, maná; bebida milagrosa: agua de la peña), los había librado de la muerte. Su santidad, no obstante, no había dejado impunes sus repetidas rebeldías.

Por fin, tras mil peripecias y vicisitudes, había llegado el pueblo a las puertas de la tierra prometida. La peregrinación, larga y penosa, había terminado. Moisés veía acabada su misión. Desde la cumbre del monte Nebo, había contemplado el Caudillo de Israel la extensión y la riqueza de la tierra que Dios les había prometido en herencia: amplia, extensa, feraz. Ahí está. Moisés se la muestra complacido y preocupado. Buena es la tierra, pero peligrosa. La idolatría la domina por completo. ¿Sabrá Israel poseer la tierra sin que, a su vez, sea poseído por ella? El anciano Moisés entrega a Josué la vara de mando. Josué será desde ahora el caudillo de Israel. Él realizará la conquista. Los hombres mueren, pero la acción salvífica de Dios sigue adelante. El pueblo sigue a Josué.

Dios está con Josué, como estuvo en su tiempo con Moisés. El paso del Jordán lo ha demostrado. Con Dios a la cabeza no hay nada que temer. Las ciudades de Canaán caerán una tras otra bajo la espada de Josué. Va a comenzar la conquista.

Pero antes de desenvainar la espada, conviene asegurarse la asistencia divina. ¿Están, en verdad, seguros de encontrarse en buenas relaciones con el Dios Santo de Israel? No sería la primera vez que sintieran desfallecer sus rodillas y temblar sus manos ante el enemigo, precisamente por haberse alejado de ellos el favor divino. La vida nómada, provisional, en el desierto les había impedido o dispensado de ciertas prácticas religiosas importantes. Les faltaba algo. El pueblo no estaba santificado. Josué ordena la circuncisión de los nacidos en el desierto. ¿No es la tierra una tierra santa por la bendición del Señor? ¿No eran, al fin y al cabo, un pueblo santo? ¿No era la circuncisión el signo externo de la pertenencia al pueblo de Dios? Josué arrojó lejos del pueblo santo el oprobio de Egipto. No será jamás pagano ni gentil, como lo era Egipto.

A continuación, la celebración de la Pascua. No podían perder de vista el acontecimiento primero que los había llevado a las puertas de Palestina. La celebración les recuerda el pasado y les abre el futuro: la posesión de la tierra en nombre del Dios que los sacó de Egipto. Van a ser poseedores; dejan de ser peregrinos. Cesa el maná. Dios los alimentará en adelante con los frutos del campo. La celebración de la Pascua lo recuerda y lo anuncia. Los frutos del campo continúan siendo el alimento gracioso que Dios concede a su pueblo.

A la conquista precede un acto religioso que los consagra a Dios. Sagrado es Dios, santos son la tierra y el pueblo, sagrada es la historia que van a levantar sus manos.

Salmo responsorial
Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7 (R/.: 9a)

R/.   Gustad y ved qué bueno es el Señor.

        V/.   Bendigo al Señor en todo momento,
                su alabanza está siempre en mi boca;
                mi alma se gloría en el Señor:
                que los humildes lo escuchen y se alegren.   R/.

        V/.   Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
                ensalcemos juntos su nombre.
                Yo consulté al Señor, y me respondió,
                me libró de todas mis ansias.   R/.

        V/.   Contempladlo, y quedaréis radiantes,
                vuestro rostro no se avergonzará.
                El afligido invocó al Señor,
                él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.   R/.

Es fundamentalmente un salmo de acción de gracias: El Señor me libró de todas mis ansias. De esta experiencia personal surge espontánea la alabanza: Su alabanza está siempre en mi boca. La alabanza se ensancha hasta hacerse comunitaria: Ensalcemos juntos su nombre. La comunidad interpreta como propio el beneficio de uno de sus miembros y eleva a máxima universal la experiencia del individuo: Si el afligido invoca al Señor, él lo escuchará.

El fiel no gime solo, no pide solo, ni goza solo del beneficio del Señor, ni siquiera resuena aislada su alabanza. La comunidad, de la que forma parte, lo acompaña en todos sus actos; con él gime, con él da gracias por el beneficio recibido, con él alaba al Señor de los ejércitos. La acción del individuo cobra amplitud y profundidad. La misma experiencia se hace comunitaria. Por eso, la invitación: Gustad y ved qué bueno es el Señor, va dirigida a todos. De las experiencias particulares surge la máxima, La comunidad -la Iglesia- viva a través de los siglos, lo proclama y lo garantiza. A nosotros va dirigida en forma de enseñanza la experiencia de muchos.

Segunda Lectura: 2 Co 5, 17-21

Dios nos ha reconciliado consigo en Cristo y nos encargó el servicio de reconciliar.

Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo.
Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.
Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.
Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.

Alguien ha pasado por Corinto, que ha sembrado el desconcierto entre los fieles de aquella comunidad. Individuos de dudosa intención han intentado desprestigiar al apóstol, juntamente con su trabajo. Se ha puesto en tela de juicio el alcance y el valor de su apostolado, y han tratado de rebajar su autoridad. Nada de esto le hubiera movido a Pablo a tomar la pluma y a escribir, si, tras ese ataque personal, no hubiera entrevisto el apóstol también una seria amenaza a las más sólidas y firmes enseñanzas que en un tiempo impartiera en Corinto. Aquel movimiento en contra de su persona ponía en grave peligro la fe, el orden y la buena armonía de los corintios. Pablo sale a la defensa, más que de su persona, de su apostolado.

El apostolado de Pablo no obedece a voluntad humana, sino al mandato de Dios. Más aún, Pablo ha dejado todo a un lado para cumplir dignamente con esta misión. Todos conocen su conducta. A nadie insultó, a nadie empobreció, nunca abusó de su ministerio para aprovecharse de los otros. Si, a veces, se mostró sensato, lo hizo por el bien de sus fieles corintios. Si otras veces dio pruebas de locura, no fue otra cosa que el celo y el amor de Dios (v. 13). El amor de Cristo es el único móvil de sus acciones: Amor Christi urget nos. Cristo murió -hasta ahí llega su amor- por todos, para que todos vivan, y no para sí, sino para su salvador, Cristo que murió y resucitó por ellos. Ese amor tan grande es el que mueve a Pablo a ser loco y sensato por Dios y por los hombres.

La muerte y la resurrección de Cristo exigen una nueva vida en los hombres, una nueva forma de pensar y de actuar, según Cristo. Esa es la vocación del cristiano. No es otro, fundamentalmente, el sentido del bautismo: muertos en Cristo, resucitados en Cristo, vida nueva en Cristo. Por tanto (v. 17) el que está en Cristo es una nueva creación. Pablo ha hablado muchas veces de esa nueva realidad: hombre nuevo, creación nueva, creación en Cristo. Esa es la obra de Dios en Cristo. El hombre se hallaba alejado de Dios, enemistado con Dios; su naturaleza, cuarteada por el pecado, estaba pronta para la destrucción y la muerte. Pero Dios tuvo a bien, por su misericordia, reconciliarnos con él, haciendo caso omiso de nuestras faltas y pecados. Todos ellos fueron lavados en la sangre de Cristo. La pertenencia a él por el bautismo nos garantiza el perdón más sincero. Cristo ocupó el lugar que correspondía al pecado -no que cometiera pecado- atrayendo sobre sí la ira de Dios que merecían nuestros delitos. Se hizo pecado, ocupando nuestro lugar, para que nosotros viniésemos a ser justicia, ocupando así el lugar que a él correspondía. Dios nos ha justificado en él, en su muerte y resurrección. Nos ha reconciliado consigo en él; nos ha perdonado, nos ha hecho sus hijos.

Toda la misión de Pablo, todo su trabajo se reduce a proclamar y a anunciar por todas partes la justicia de Dios a los hombres (v. 20). Pablo exhorta en nombre de Dios. Dios mismo exhorta por medio de Pablo. Pablo suplica ardientemente en nombre de Cristo: ¡Reconciliaos con Dios!

Evangelio: Lc 15, 1-3. 11-32

Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.

EN aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

El tema de la misericordia de Dios invade toda la Biblia y alcanza los más apartados rincones de la historia de la salvación. Corre de un extremo a otro de la revelación divina. Dios se muestra eminentemente misericordioso a través de sus obras. Los profetas se esmeraron en recordarlo al pueblo. Los salmos lo celebran con alborozo. Los sabios lo proponen respetuosos en sus reflexiones. Los evangelios lo revelan Padre.

Lucas sobresale entre ellos. Con razón ha sido llamado el evangelista de la misericordia divina. Efectivamente, Lucas la pone de relieve. Sin duda alguna, cautivó extraordinariamente a Lucas este atributo divino, revelado en la predicación de Jesús. Por otra parte, los destinatarios eran especialmente sensibles a ella: cristianos venidos de la gentilidad, cuyos ojos contemplaban diariamente salvajismo, brutalidad y sangre.

Esta preciosa parábola, para muchos la más hermosa y la más tierna de todas, forma parte de un pequeño grupo de parábolas que tienen como tema común objetos perdidos, o, como otros prefieren, la misericordia. Son las parábolas de la dracma perdida, de la oveja perdida y del hijo perdido. Tres objetos, preciosos a los ojos del dueño, que estaban perdidos, son recobrados sanos y salvos con inefable alegría y gozo del poseedor. Comunicativa la alegría de la mujer que encuentra su dracma; emocionante el gozo del pastor que vuelve con la oveja descarriada; conmovedoras, hasta el extremo, las lágrimas incontenibles del padre que recobra al hijo. Hoy nos toca leer la última de ellas. Es propia de Lucas. No es necesario explicarla detenidamente. Valgan algunas consideraciones.

1. Los fariseos acusan a Jesús; más aún, lo condenan. Aquel hombre, que rompe el sábado y anda de continuo con los pecadores y publicanos, no puede ser un hombre de Dios; es un falsario. Si fuera un profeta, sabría que aquellos hombres con quienes trata son aborrecidos por Dios. Nada más equivocado. No sabían los pobres que Cristo representaba y practicaba la misericordia divina, y que ésta era infinita. Dios ama tiernamente al hombre y lo llama, por pecador que sea, continuamente a su amistad. Si esto es así ¿por qué importunar a Cristo, que cumple la voluntad divina a la perfección? Los hombres son severos en sus juicios. Dios es más misericordioso. A curar a los enfermos vino Cristo, no a los sanos. La misericordia nos asemeja a Dios, no la severidad del juez.

2. El padre condesciende a la petición del hijo. Dios respeta la voluntad libre del hombre, aunque con frecuencia condena sus actos. El hombre ha recibido de Dios bienes de todas clases, materiales y espirituales, del cuerpo y del espíritu. El hombre, que se aleja de él, los malgasta; se aleja para malgastarlos; al malgastarlos, se aleja. El mal uso de los bienes no elevan al hombre; antes bien lo degradan, lo envilecen. Compárense los extremos, la casa del padre y la guarda de puercos. Alguno le susurró al oído: Aléjate, lleva tu propia vida; no vivas como un niño, siempre a la sombra del padre; ya eres mayor, disfruta tú solo de tus bienes, independízate. Nos recuerda la tentación del diablo en el Paraíso: Seréis como dioses. Acabaron desnudos. Así el hijo pródigo. Nótese de paso la desaparición de los amigos a la par que la de los dineros.

3. El dolor es síntoma de enfermedad. El dolor nos obliga a confesarnos enfermos. Sin el dolor moriríamos sin darnos cuenta. El hambre y el abandono le hacen al hijo reflexionar sobre su infortunio. La experiencia de la ruina le hace ver la magnitud de su locura. Las imágenes del pasado feliz se le agolpan y amontonan en la mente. ¡Qué era y qué es ahora! Ni siquiera de bellotas puede llenar su estómago vacío. ¡Qué desilusión haber abandonado al padre! Su espíritu vuelve a cobrar esperanza: Me levantaré e iré al, padre y le diré: He pecado contra el cielo y contra ti… El hijo está contrito y humillado. Ha comenzado la conversión. Ese es el proceso: sentir el pecado, admitirlo como propio, levantar la mirada a Dios, confesar el delito. La desgracia acompaña al que abandona a Dios, la gracia al que lo encuentra. ¿Hubiera sentido el hijo la necesidad de ir al padre, de no haber sufrido el hambre y el abandono? El sufrimiento nos acerca a Dios.

4. La figura del padre es conmovedora. El pensamiento ha seguido de continuo al hijo errante. Sintió su marcha. Desea su vuelta. La espera todos los días. Sobre un cabezo otea, sin descanso, el horizonte. Puede que venga y no lo encuentre a él. Pero un día salta de repente su corazón, adivinando, en aquella figura andrajosa que se divisa a lo lejos, la persona de su hijo. Corre, lo abraza, lo besa y sus lágrimas de gozo se mezclan con las amargas de su hijo. No le deja hablar. Lo levanta del suelo, lo estrecha entre sus brazos y comienza a llamar a los siervos. Hay que preparar un banquete, una fiesta: ¡El hijo perdido ha vuelto! Ni un reproche, ni una insinuación a su pecado. Todo lo contrario: el gozo del padre es indescriptible, su alegría sin límites.

5. La figura del hermano mayor ensombrece un tanto la escena. Pero es para realzar con más fuerza la luz. La postura del hermano obliga a definir la actitud del padre: Tú estabas conmigo; todo lo mío es tuyo; tuya debe ser también mi alegría; el hijo perdido ha vuelto.

6. ¿Dónde está el pecado del hijo? No aparece expresamente. Lo que pidió al padre, le pertenecía; ni hizo nada injusto. Sí que es una cosa mala el malgasto de los bienes. Pero no está ahí propiamente el pecado. El malgasto de los bienes es consecuencia y expresión de una actitud interna irregular. El verdadero pecado está aquí: marcharse de casa. Al hijo no le importó la casa, no le importó el padre; la convivencia con él le pareció superflua y despreciable. Ese es el mal. Rompió con el padre, despreciando así su condición de hijo. Acabó siervo y esclavo de señores ajenos. Se apartó de la vida y cayó en la miseria más absoluta. De nuevo recordamos la desgracia de Adán y Eva. El camino ha sido el mismo. El mismo ha de ser el camino para encontrar al padre de nuevo: reconocer nuestro pecado, volver al padre, reconciliarnos con él y vivir con él siempre.

Consideraciones:

Después de la explicación del evangelio, no es necesario detenerse mucho en las consideraciones. De todos modos ahí van un par de pensamientos.

Reconciliación con Dios – Misericordia divina. El hombre no puede vivir sin el Dios que lo creó; ni el hijo lejos del padre que lo ha engendrado. Como ovejas errantes caminábamos sin dirección ni rumbo a merced de nuestros propios caprichos y veleidades, malgastando, abocados a la ruina completa, los bienes que Dios misericordiosamente nos había concedido. La situación era desesperada. Se alzó entonces, como reconciliador entre el Dios que nos creara y el hombre que lo había ofendido, la persona de Cristo. La misericordia de Dios lo dispuso así. En su muerte nos ha librado del castigo que merecían nuestras culpas; él mismo ocupó nuestro lugar y nos arrancó de las fauces de la muerte. De siervos que éramos fuimos elevados a la dignidad de hijos, de extraños a la de amigos, de ofensores a la de herederos y a la de confidentes de Dios. El bautismo en Cristo nos ha reconciliado con Dios. (No olvidemos a los catecúmenos, que estos días se preparan para la recepción del bautismo). La reconciliación empeña toda la vida, vida por cierto nueva en Cristo (Pablo).

La parábola del Hijo pródigo nos describe la situación del que se aparta de Dios. A pesar de nuestro bautismo, a pesar de nuestras promesas de cambiar de vida, a pesar de las comunicaciones divinas que hemos recibido, seguimos claudicando. Somos con frecuencia hijos pródigos, alejados del Padre. ¿Vamos a estar siempre apacentando los cerdos de nuestras pasiones, cuando podíamos ser, en casa del Padre, señores de nosotros mismos? Es menester levantarse de nuevo y dirigirse al Padre para pedirle perdón. Nos espera con los brazos abiertos. Para él es una alegría vernos de nuevo a su lado. Es que realmente nos ama. No quiere nuestra perdición, sino nuestra salvación. ¿No dio Cristo, su Hijo, la vida por nosotros? Pues a qué esperamos. Es menester reconocerse enfermo, pecador; de lo contrario no daremos un paso. Es el tiempo oportuno para pensarlo. Las desgracias e infortunios desempeñan, a veces, el papel de hacernos sentir la necesidad de acudir a Dios. El salmo responsorial canta alborozado, fruto de la experiencia de muchos, el gozo de estar unido a Dios: Gustad y ved qué bueno es el Señor.

La primera lectura recuerda nuestra consagración a Dios. Todo aquello sucedía en figura para nuestro provecho. La circuncisión nos recuerda el bautismo, la pertenencia al pueblo santo. La Pascua, el misterio de Cristo Salvador. La entrada en la tierra, nuestra pertenencia a la Iglesia, por una parte, y, por otra, la gloria eterna. Los panes ácimos y las espigas, nuevo alimento, indican la nueva vida en Cristo, alimento de nuestras vidas. Antes de gustar los bienes eternos ¡reconciliación con Dios misericordioso!

La oración pide, después de mencionar la reconciliación realizada en Cristo, la digna celebración de la Pascua. ¡Fuera pecados y faltas! El ofertorio ruega por la salvación del mundo entero. Ese fin tiene la obra de Cristo. Por último, la oración al fin de la misa pide luz para nuestra mente y fuego para nuestro corazón, para llevar una vida nueva.

La eucaristía nos recuerda todos estos motivos: la misericordia infinita de Dios, la reconciliación en la muerte de Cristo, la nueva vida y el aborrecimiento de nuestros pecados. El gozo de sentirse perdonado. Es el auténtico alimento de nuestras vidas.

Sugerencia de cantos: https://goo.gl/nzOCzT

III Domingo de Cuaresma – Ciclo C

Cuaresma 3

La liturgia de este tercer domingo de Cuaresma nos presenta el tema de la conversión. En la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo, Moisés, mientras pastorea su rebaño, ve una zarza ardiente, que no se consume. Se acerca para observar este prodigio, y una voz lo llama por su nombre e, invitándolo a tomar conciencia de su indignidad, le ordena que se quite las sandalias, porque ese lugar es santo. “Yo soy el Dios de tu padre —le dice la voz— el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”; y añade: “Yo soy el que soy” (Ex 3, 6.14). Dios se manifiesta de distintos modos también en la vida de cada uno de nosotros. Para poder reconocer su presencia, sin embargo, es necesario que nos acerquemos a él conscientes de nuestra miseria y con profundo respeto. De lo contrario, somos incapaces de encontrarlo y de entrar en comunión con él. Como escribe el Apóstol san Pablo, también este hecho fue escrito para escarmiento nuestro: nos recuerda que Dios no se revela a los que están llenos de suficiencia y ligereza, sino a quien es pobre y humilde ante él.

Oración

Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de nuestras culpas. Por nuestro Señor Jesucristo. Seguir leyendo “III Domingo de Cuaresma – Ciclo C”

Domingo II de Cuaresma – Ciclo C

Cuaresma 2

En este segundo domingo de Cuaresma, el evangelista san Lucas subraya que Jesús subió a un monte “para orar” (Lc 9, 28) juntamente con los apóstoles Pedro, Santiago y Juan y, “mientras oraba” (Lc 9, 29), se verificó el luminoso misterio de su transfiguración. Por tanto, para los tres Apóstoles subir al monte significó participar en la oración de Jesús, que se retiraba a menudo a orar, especialmente al alba y después del ocaso, y a veces durante toda la noche. Pero sólo aquella vez, en el monte, quiso manifestar a sus amigos la luz interior que lo colmaba cuando oraba: su rostro —leemos en el evangelio— se iluminó y sus vestidos dejaron transparentar el esplendor de la Persona divina del Verbo encarnado (cf. Lc 9, 29).

En la narración de san Lucas hay otro detalle que merece destacarse: la indicación del objeto de la conversación de Jesús con Moisés y Elías, que aparecieron junto a él transfigurado. Ellos —narra el evangelista— “hablaban de su muerte (en griego éxodos), que iba a consumar en Jerusalén” (Lc 9, 31).

Por consiguiente, Jesús escucha la Ley y los Profetas, que le hablan de su muerte y su resurrección. En su diálogo íntimo con el Padre, no sale de la historia, no huye de la misión por la que ha venido al mundo, aunque sabe que para llegar a la gloria deberá pasar por la cruz. Más aún, Cristo entra más profundamente en esta misión, adhiriéndose con todo su ser a la voluntad del Padre, y nos muestra que la verdadera oración consiste precisamente en unir nuestra voluntad a la de Dios.

Por tanto, para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor. Por eso, la transfiguración es, paradójicamente, la verificación de la agonía en Getsemaní (cf. Lc 22, 39-46). Ante la inminencia de la Pasión, Jesús experimentará una angustia mortal, y aceptará la voluntad divina; en ese momento, su oración será prenda de salvación para todos nosotros. En efecto, Cristo suplicará al Padre celestial que “lo salve de la muerte” y, como escribe el autor de la carta a los Hebreos, “fue escuchado por su actitud reverente” (Hb 5, 7). La resurrección es la prueba de que su súplica fue escuchada.

La oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo. Durante este tiempo de Cuaresma pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, que nos enseñe a orar como hacía su Hijo, para que nuestra existencia sea transformada por la luz de su presencia.

Benedicto XVI, 4 de marzo de 2007

Oración:

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestra espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Por nuestro Señor Jesucristo.

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