Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo B

2CuarB

Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro.” Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro (Sal 26, 8-9)

  1. Oración colecta:

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos tu rostro. Pon nuestro Señor….

  1. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro del Génesis 22,1-2. 9-13.15-18

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole: – «¡Abrahán!» Él respondió:
– «Aquí me tienes.» Dios le dijo: – «Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.» Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: « ¡Abrahán! Abrahán!» Él contestó:- «Aquí me tienes.» El ángel le ordenó: – «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo tu único hijo.» Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: — «Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»

Una experiencia religiosa profunda. Valedera por su intensidad para los tiempos «nuevos». Dios y Abra­hán. El Dios de Abrahán, y Abrahán, «el siervo» de Dios. Dios, que se vuelca en Abrahán, y Abrahán que se entrega a Dios. Dios, que da la vida en un acto de amor, y Abrahán, que en su misión y obediencia la devuelve. Dios, que ordena, y Abrahán, que obedece. En el centro, Isaac, como el alargamiento de Dios y alargamiento de Abrahán: objeto-persona de encuentro del amor de Dios a Abrahán y del amor de Abrahán a Dios. Ex­presión de la fidelidad amorosa de Dios y del amor fiel de Abrahán. Isaac, amor de Dios a su siervo y amor de su siervo a Dios. Dios, pues, que ama misteriosamente a Abrahán, y Abrahán, que entrega a Dios lo que más ama: la propia descendencia. El mejor don, la vida; la vida, la mejor prueba de afecto y lealtad. Al final, Dios que bendice -Dios de vida- la fidelidad de Abrahán. Relato cargado de emoción. Todo un drama que acaba en bendi­ción. Conviene leer el pasaje, sin vacíos ni saltos, hasta el versículo 19. Es una maravilla.

Dios prueba a Abrahán. El amor de Abrahán a Dios debe llegar a su lí­mite más extremo: a la negación de sí mismo en lo que es y ama. Abrahán debe tomar conciencia en propia carne de la exigencia y profundidad del auténtico amor a Dios. Abrahán ha de ser «fiel» hasta el extremo: debe «probar» -mostrar y experimentar- su amistad con Dios. La prueba le ele­vará a «padre de los creyentes» y le constituirá «modelo» de sumisión a Dios. La bendición de Dios sobre él se alargará a todas las gentes. Magnífica prueba, magnífico amor. El hombre que ama a Dios «no se reserva» nada.

Conviene apreciar la magnitud y alcance de la prueba. Dios ordena a Abrahán ofrecerle a su hijo en sacrificio. Sorprendente disposición que ha de lastimar acerbamente el amor y la sensibilidad de Abrahán. No es fácil des­prenderse de algo que se ama entrañablemente. Mucho menos del hijo predi­lecto, del heredero. La descendencia, al fin y al cabo, es la prolongación de sí mismo en el bullir de la historia. Y ¿quién renuncia a la propia superviven­cia? Menos aún todavía cuando las promesas de Dios, lejos de ser una reali­dad palpable, flotan todavía en el futuro (Hb11, 13). Lógicamente hablando, sin embargo, Abrahán podría haber visto cierta «justificación», aceptando tan duro deber: regalo de Dios era el hijo, ¿qué de contradictorio, si ahora se le imponía devolvérselo en sacrificio? ¿Quién era él para negarse? ¿No era Dios el Señor de la vida? Pero la prueba, que rompe el corazón de «padre», pone, al mismo tiempo, en peligrosa crisis la capacidad religiosa de «hombre». ¿No era aquél el hijo sobre el que había llovido la «promesa» de una larga o inacabable descendencia? ¿Cómo ahora se manda sacrificarlo? ¿Qué Dios es éste que desgarra a lo largo y a lo ancho el sentimiento hu­mano y religioso del hombre? La dificultad es realmente seria. Dificultad de tipo afectivo: entregar lo que más se ama. Dificultad de tipo racional: sacri­ficar lo que, en propia boca de Dios, es principio de vida. En realidad nadie puede ser amigo de Dios si no deja todo, todo entero -inteligencia y voluntad- en sus manos. Abrahán superó la prueba. No dudó, en la primera dificultad del amor de Dios; en la segunda, de su poder y sabiduría. La carta a los He­breos afirmará resueltamente: «Juzgó que Dios tenía poder para resucitar de los muertos» (Hb 11, 19). El sacrificio de Isaac pasará en la Economía Nueva a ilustrar el gran misterio del Sacrificio del Hijo de Dios: Cordero sa­crificado por los pecados del mundo. Abrahán es según esto:

1) El gran siervo y amigo de Dios, dispuesto siempre a seguirle a cual­quier parte y a ofrecerle lo que le ordenara: Negación de sí mismo en bene­plácito de Dios. Padre de un nuevo pueblo, que debe vivir a su imitación se­gún fe. Objeto de especiales bendiciones: «En ti se bendecirán todas las gen­tes».

2) Prototipo del hombre de fe. San Pablo lo tomará como ejemplo y argu­mento, al hablar de la «justificación por la fe». Santiago aducirá esa escena como expresión de «fe viva», fe de la fe que opera en amor. (Sant 2, 20-24).

3) Tipo de Dios (Padre) que entrega a su hijo en sacrificio, para recupe­rarlo después y ser la bendición de todas las gentes: Cristo resucitado.

2.2. Salmo responsorial (Sal 115. 10 y 15. 16-17. 18-19) (R.: Sal 114, 9)

Caminaré en presencia del Señor en el país, de la vida.

Tenía fe, aun cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!» Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.

Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén.

Fácil de reconocer: «Rompiste mis cadenas», «te ofreceré un sacrificio», «cumpliré mis votos al Señor»… El beneficio pre­sente se abre al futuro de la vida «caminaré en presencia del Señor en el país de la vida». Cantemos el beneficio. Caminemos en el país de la vida. Mantengamos la fe, sostengamos la prueba. Sea nuestra vida el sacrificio agradable a Dios y nuestro servicio una adhesión inquebrantable a su vo­luntad. La «fe», la «prueba», el «sacrificio», tu «siervo»… nos recuerdan el misterio de Cristo. Hagámonos «misterio» de Cristo. Sabemos la voluntad benévola de Dios: «Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles». Cristo probado, Cristo sacrificado. Cristo siervo: Cristo resucitado: así, en él, noso­tros.

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 31b-34

Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

Un canto jubiloso y triunfante del amor que Dios profesa a los hombres, El amor de Dios es grande y misterioso como él mismo. San Pablo lo recuerda así:

1) Dios no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros. ¿Cabe algo más grande e inconcebible? Cada uno de los términos es de por sí un misterio: «Dios», «no perdonó», «a su Hijo», «por nosotros», «pecadores»…Imposible explicar.

2) Por nosotros, pecadores ha dado lo que más amaba: ¡Su propio Hijo! ¿Cómo no se nos dará todo con él? ¿Podrá negarnos cosa alguna en él? ¿Quién estará contra nosotros, si su Hijo a quien lo entregó por nosotros, in­tercede por nosotros? ¿No es esta la mayor expresión de amor, y en ella la mayor exigencia de amor y de confianza?

3) Él es quien nos justifica. Él es quien nos hace «buenos», «aceptables», «justos», «dignos de sí». Ese es el fin precisamente de la obra de Dios en Cristo. Por nosotros murió, por nosotros resucitó; por nosotros está sentado junto a Dios en las alturas, intercede siempre por nosotros. La confianza en Dios debe ser absoluta. Nada podrá separarnos del amor que Dios nos tiene. No está de más leer los versículos 35-39. Las palabras de Pablo, canto de triunfo y alabanza, son más para meditarlas y contemplarlas que para ex­presarlas.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:  – «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Ellas.» Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: – «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.» De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: – «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

El Mesías tan esperado y suspirado ya está allí. Se ha revelado el «secreto». Han pasado seis días. Jesús ha declarado, como Mesías, a continuación, algo que los discípulos no han podido encajar: el Me­sías deberá morir y después resucitar. Continúa el misterio, no tanto de su persona como de su «misión». Jesús se dedicará a adoctrinar a los suyos en lo concerniente al misterio que envuelve a su obra y a su persona. Pero no está solo. Le acompañan la voz de arriba y el poder de lo alto. La Transfigu­ración.

Son tres los agraciados. Los mismos que le acompañarán en la oración del huerto. Quizás, por su amistad y adhesión, los menos indispuestos para encajar el «misterio». Y los tres suben, con Jesús, a la montaña, separación, ascensión, visión: testigos de una solemne teofanía. Jesús en el centro, sobre él y ellos una nube; sobre él y ellos una voz; en torno a él y delante de ellos dos grandes figuras de la tradición religiosa antigua: Elías y Moisés. Cristo ha cambiado de semblante: todo traspuesto, todo transfigurado. Cristo aca­para la atención. Fue un momento. Un momento sublime. Una voz desde la nube, una voz de Pedro, unas voces de Elías y Moisés con Jesús. Un mo­mento de aturdimiento, y todo se vuelve a la realidad normal. Jesús les conmina no decir nada hasta «haber resucitado de entre los muertos».

Han aparecido dos grandes hombres de la antigua Alianza. Dos hombres de fuego. Dos hombres insignes: ambos en el Sinaí-Horeb, ambos beneficia­dos con una teofanía. Dos hombres que representan la economía antigua en lo que tiene de expresión de Dios -Ley- y de la fuerza divina -profeta-. Jesús está en la misma línea: es hombre de Dios -más es Dios-hombre-. El es la ley y la fuerza divina. La voz de lo alto y la transfiguración lo ponen de mani­fiesto: «Este es mi hijo amado, escuchadle». No es «siervo» como Elías y Moi­sés; es el Hijo, el Hijo amado. La voz señala la Voz. Cristo es la Voz de Dios. Dios realiza la salvación en el Hijo. Han llegado los últimos tiempos; ha co­menzado la Época Nueva. Testigos los tres agraciados. El misterio de Dios se revela presente y en marcha. Hay que aceptarlo y seguirlo. La vuelta a la normalidad y las palabras de Jesús muestran que el Misterio-Reino sigue un curso «misterioso»: Jesús debe morir y resucitar. El gran Se­ñor de la glo­ria ha de pasar por la ignominia de la cruz. Jesús es el Siervo-Señor de Dios. Los discípulos, naturalmente, no comprenden. Ya las pala­bras de Pe­dro en el monte lo insinuaban: el camino del Señor no es el triunfo y la gloria fácil, sobran los tres tabernáculos: es necesario llevar la cruz. Según esto:

1) Jesús es el Señor que anunciaron la ley y los profetas. Han llegado los últimos tiempos. Ya están en marcha. Jesús es el centro. Es el Maestro. Es él la salvación: Hijo Amado de Dios a quien debemos escuchar y seguir. No hay otro.

2) Jesús, Hijo de Dios, lleno de gloria sobrehumana, el Hijo del Hombre. Debe morir. Es el gran Siervo de Dios. Resucitará. Es el misterio de Dios.

3) Pedro refleja la postura del hombre al margen del “misterio”. Piensa humanamente, lejos del plan de Dios. Jesús ha de cargar con la cruz. Tam­bién el discípulo. Todo otro camino es falso.

REFLEXIONEMOS: Tomemos a Cristo, en su “misterio”, como centro de nuestra considera­ción. La Cuaresma debe acercarnos a él con veneración y respeto.. Ofrezca­mos en él a Dios, Señor nuestro, el obsequio de nuestra inteligencia y nues­tra voluntad. Nos preparamos para la celebración del Misterio Pascual. Toda nuestra vida es, como cristiana, celebración de tan sagrado misterio y preparación para la Gran Pascua.

A) Jesús, Hijo de Dios, Voz del Padre. Jesús es el Hijo de Dios en el sen­tido propio. No es un «siervo» más en la línea de los enviados de Dios. Es su hijo. Marcos subraya este «misterio». La Transfiguración deja entrever la gloria que le corresponde. Es además el Hijo Amado, el Amado, el Hijo Único, el Predilecto. Lo declara abiertamente el Evangelio. Lo comenta, lleno de júbilo, Pablo a los romanos. De lejos, Isaac, hijo amado, lo prepara. Ha llegado el tiempo tan ansiosamente esperado, el gran momento. Con Jesús, Dios entre nosotros, comienza y avanza la obra de Dios. La Economía anti­gua lo testifica en las figuras de Elías y Moisés. Jesús es la Ley y la fuerza de Dios. Jesús es la voz de Dios: Dios mismo hecho voz humana. Es el Maes­tro. El único Maestro. En él encontramos a Dios. En él hallamos la Salva­ción. Es menester escucharle y seguirle. Dios se ha portado bien con noso­tros. En él nos ha bendecido a todos. La gloria del Hijo está prometida a todo aquél que le siga. Gran bendición de Dios. Las promesas de Abraham han llegado a su cumplimiento.

B) Jesús, Hijo de Dios, es el Hijo del Hombre. Misterio en dos tiempos:

1) Muerte de Cristo. El Hijo del Hombre debe morir. El Hijo de Dios, el Mesías, debe ser entregado a la muerte. Por nosotros. La idea está ya pre­sente en las tres lecturas. Como tema del «evangelio», en Marcos y Romanos; como símbolo o tipo, en Génesis. Esa es la gran verdad, la única verdad, la magnífica disposición de Dios: Dios entrega a su Hijo a la muerte por noso­tros pecadores. Así de grande e incomprensible es el amor de Dios. Todo un misterio de Amor. La figura de Abraham que «sacrifica» a su hijo apunta en ese sentido. Ya los padres vieron en el sacrificio de Isaac el sacrificio de Cristo. La muerte de Cristo es un auténtico sacrificio. Más, es el sacrificio por excelencia. Dios perdonó a Isaac. En su lugar aceptó un cordero. Cristo es el cordero que satisface plenamente a Dios. El es el que quita el pecado del mundo y realiza la reconciliación. Su sacrificio nos ha llenado de bendi­ciones. ¿Quién podrá dudar del Amor de Dios? ¿Quién podrá temer a Dios, que no perdonó a su propio hijo por nos nosotros? Temor sí, pero lleno de afecto y cariño.

2) Resurrección de Cristo. También está la idea presente en las tres lectu­ras. Hasta aquí llegó la fe de Abrahán, según Hebreos 11, 19: juzgó que po­día resucitar de entre los muertos. Dios respetó la vida de Isaac. No podía menos que respetar la vida de su propio hijo. Por eso le devolvió a la vida, a una vida totalmente nueva. Cristo surgió del sepulcro plenamente transfor­mado. Preludio de ello la transfiguración que nos relata el evangelio. Está sentado a la derecha de Dios, ya Señor del universo, para interceder por no­sotros, según afirma Pablo. «Mucho le cuesta, en verdad, al Señor la muerte de sus fieles» nos hace cantar el salmo. La gloria de Cristo, de que nos habla el evangelio, es la coronación de su obra. Ese mismo es el fin del hombre: reinar con Cristo a la derecha de Dios. Cristo es nuestro ejemplo y camino: por la muerte a la vida. Por la obediencia a la posesión de Dios.

C) Abrahán, siervo de Dios, ejemplo del cristiano.

La fe de Abrahán, en su doble dimensión afectivo-racional, sigue siendo modelo de la fe auténtica. Así debe ser la fe del cristiano: totalmente dócil a Dios en el, obrar y en el pensar. Hay que seguir a Dios, dispuestos a sacrifi­car lo más querido y a renunciar a las más firmes convicciones, si así Dios no lo requiere. Tras ello se encuentra la promesa de la resurrección. A la en­trega, total, que hace Dios de sí mismo -su Hijo- , corresponde una entrega radical y completa por nuestra parte. Dios llena totalmente cuando encuen­tra un alma totalmente vacía. El ejemplo perfecto del cristiano es Cristo, que obedeció al Padre hasta la muerte.

Dios puede parecer en algún caso terrible. Es una impresión engañosa. Dios es el Dios del amor; es el Dios de la vida. Si exige algo es para llenar más. Este es el valor de la fe: renuncia para ganar y conseguir a Dios mismo. De hecho él toma la delantera: entregó a su propio Hijo para resuci­tarlo y dar, mediante él, vida a muchos. Es para avergonzarse la poca fe que tenemos. Ante un Dios tan extraordinario, ¿Quién dudará de su afecto hacia nosotros? ¿Quién no tendrá en él una conciencia ilimitada? ¿No nos ha dado lo más? ¿Será capaz de negarnos lo menos? Las exigencias de Dios son expresión misteriosa y fecunda de un amor intenso que no tiene medida. Dejémonos llevar por él.

Pedro refleja la postura del hombre sin comprensión del misterio del amor de Dios, del misterio de Cristo. No fue escuchado. Su misión es seguir a Cristo hasta la muerte. Es la señal y vocación del cristiano. Así alcanzará la gloria. La gloria a «nuestro modo» ha de ser una constante tentación. En ella cayeron los dirigentes judíos al tropezar en la piedra de la cruz. Que no nos suceda a nosotros.

La Eucaristía es el Sacrificio de Cristo. Sacrificio expiatorio, sacrificio de holocausto, sacrificio de comunión. Dios nos entrega a su Hijo. El Hijo se en­trega por nosotros. Nosotros, en acción de gracias, lo entregamos a Dios, y en él a nosotros mismos. Es la Alianza y es la Bendición. Comunión con Dios y prenda de la eterna gloria. Exigencia de amistad y amistad que supera toda exigencia. Sacramento-Misterio de amor y de fe. Tiempo de cuaresma, tiempo de amor y de fe.

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