Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo B

4CuarB

 

DOMINGO IV DE CUARESMA CICLO B 2015

En el primer domingo de cuaresma la liturgia celebró a Jesucristo como nuevo Adán, humanidad realizada en el paraíso: en convivencia pacífica con los demás vivientes, pero “servido por ángeles”, es decir en intimidad con el Creador que es “Abba”, ternura infinita. En el segundo domingo la liturgia proclamó la fe de la comunidad cristiana que aún debe soportar los conflictos y crisis de la vida: Jesús tiene que enfrentarse con el sufrimiento y la muerte, los discípulos no lo entienden, “están dormidos”, pero en la transfiguración es confesado como el Hijo amado, con el vestido resplandeciente del Resucitado. En el tercer domingo el gesto profético de Jesús echando fuera del templo a los vendedores del templo que, con su lógica comercialista, prostituían el lugar de oración o atrio de los gentiles, sugirió que la liturgia cristiana no se reduce a prácticas religiosas sino que implica una conducta existencial para construir la fraternidad o reinado de Dios; un culto en espíritu y en verdad. Y en esa misma línea la Palabra en este domingo 4º de cuaresma da un paso más: hacer la verdad de Dios y la verdad del ser humano en la verdad del mundo.

1. Oración colecta

Señor, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor….

  1. Texto y comentario

2.1. 2Crónicas 36,14-16.19-23

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías: “Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.” En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: “Así habla Ciro, rey de Persia: “El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él, y suba!”

Los libros de las Crónicas vienen a ser como un duplicado de los libros de los Reyes. Pertenecen al género histórico. Historia, naturalmente, antigua y religiosa. Con sus más o menos extensas lagunas, desfilan ante nuestros ojos los hechos más significativos de la historia de Israel bajo la monarquía. Aparecen los dos reinos, el Reino del norte y el Reino del sur. Allí los reyes que han dirigido los destinos de sus respectivos pueblos. Allí sus hazañas, sus buenas y malas obras. Pero sobre todo, allí la mano de Dios que premia y castiga. Las consideraciones del autor interesan en gran manera. Es un hombre religiosa e inspirado.

El pasaje es el epílogo de la obra. El autor contempla, en visión retrospec­tiva, la historia de su pueblo. Su mirada se detiene en dos momentos: la ruina sufrida con la destrucción de Jerusalén y la vuelta del desierto. Los dos momentos son iluminadores. Uno cierra, por decirlo así, el pasado y otro abre el futuro. Un fragmento de teología de la historia. Podemos, pues, dis­tinguir dos partes.

Primer tema: la ruina de Judá. Nabucodonosor arrasó la ciudad santa, arrojó en prisión al rey, se incautó de lo mejorcito del reino y deportó lejos del país al pueblo santo de Dios. La fe se quedó tambaleando: las institucio­nes más queridas y sagradas yacían por tierra inculcadas por el invasor. Judá había sido terriblemente castigada (Jr 52). El autor, creyente, consi­dera merecida la catástrofe: infidelidad a Dios. Los dirigentes, en efecto, y con ellos el pueblo todo, obraron el mal a los ojos de Dios: impiedades, injus­ticias, idolatrías… Dios les había venido avisando repetidas veces por sus mensajeros los profetas. Lejos de obedecer, se mofaron de él. Dios intervino, en consecuencia. Dios amaba a su pueblo, y el amor lo llevó a la advertencia. No hay duda que en aquel castigo le dolió la mano.

La paciencia de Dios tiene un límite. Dios no puede ser indiferente al pe­cado. Dios tiene un honor: Dios es Santo. Dios descargó sobre aquel pueblo «irresponsable» su ira. Jeremías fue el encargado de anunciarla. Se le persi­guió; alguien intentó matarlo. ¡Matar la palabra de Dios! Es matar a Dios mismo. Nada ni nadie puede detener su palabra. Y nada ni nadie pudo dete­ner la indignación divina. LA ruina vino al fin. Fue horrible. La posteridad lo recordará temblando. El pueblo había roto el pacto sagrado con su con­ducta; había sido infiel. Por ello llovieron sobre él las maldiciones que ya anunciara el Deuteronomio. La enseñanza es clara: Dios castiga el pecado. La infidelidad a Dios es horrible.

Segundo tema: la vuelta del desierto. Aunque el pueblo se ha mostrado in­fiel a Dios, éste, no obstante, no aparta para siempre su mano salvadora. El plan de salvación sigue adelante. El hombre no podrá romperlo. La bendi­ción de Dios, prometida en Abrahan, descansará sobre los descendientes de aquella generación. El Dios que anuncia el castigo, promulga el perdón. El que llevó al pueblo al destierro, lo trae de nuevo al país. Dios otorga la gra­cia. Nueva ciudad, nuevo templo, nueva nación. La acción de Dios continúa adelante. El pueblo, purificado y «educado», dócil y sumiso, debe seguir de nuevo a su Dios. Dios lo llevará muy lejos. Hasta los confines del mundo. Todo queda como advertencia para el porvenir. Dios es un Dios de espe­ranza y perdón. Pero también el Dios Santo que no transige con el pecado. Dios salva graciosamente. Dos reyes, dos imperios: Nabucodonosor, Ciro. Al fondo, Dios. El destrozo del pueblo Abrahán después de Cristo tuvo una mo­tivación semejante. ¡Cuidado con apartarse de Dios!

2.2. Salmo responsorial: 136

Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

Junto a los canales de Babilonia / nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; / en los sauces de sus orillas / colgábamos nuestras cítaras. R.

Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; / nuestros opresores, a divertirlos: / “Cantadnos un cantar de Sión.” R.

¡Cómo cantar un cántico del Señor / en tierra extranjera! / Si me olvido de ti, Jerusalén, / que se me paralice la mano derecha. R.

Que se me pegue la lengua al paladar / si no me acuerdo de ti, / si no pongo a Jerusalén / en la cumbre de mis alegrías. R.

Profundamente poético, recuerda el tema de la lectura primera. Babilo­nia, lugar de destierro, por una parte; Sión, lugar de bendición, por otra. Objeto de odio, la primera; objeto de amor, la segunda. Símbolo de ruina, aquélla; expresión de gracia, ésta. Repulsa, una; deseo ardiente, otra. Ol­vido de Dios, Babilonia; amistad con Dios, Sión bendita. ¡Qué asco, la pri­mera! ¡Qué delicia, la segunda! Terrible, vivir lejos de Dios; holgura, estar con él.

3.3. Efesios 2,4-10

Hermanos: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.

Podríamos colocar como encabezamiento de esta lectura el título: «Dios nos salva graciosamente en Cristo». Efectivamente, la alusión a Cristo en esta obra de salvación es continua. Es de interés considerar el alcance y la modalidad de la salvación. Notamos en el pasaje, además de entusiasmo, cierto aire litúrgico.

1) Dios nos amó. Dios se ha mostrado misericordioso, lleno de gracia y de bondad. Reparte magnánimo los dones de su riqueza. El nos ha hecho. De él es la iniciativa. Y la iniciativa es de amor.

2) La obra de Dios se realiza en Cristo. En él su misericordia, en él su amor, en él sus dones de su riqueza infinita, en él al salvación. El él la nueva creación. En él somos y en él nos movemos. Nada fuera de Cristo. El misterio de Cristo que muere y resucita determina el don de Dios en nosotros. La Obra de Dios es Cristo.

3) Ese don es vida, resurrección, exaltación. Éramos muertos, somos vivos en Cristo. La fe juega un papel muy importante en esta nueva creación. No es obra nuestra, es obra de Dios. No es merecimiento, es obra de Dios en Cristo. A nosotros nos toca proseguir en su Espíritu la obra comenzada. De­bemos practicar las obras buenas que él determinó practicásemos. Como «vivos» en Cristo, debemos vivir de Cristo. Se exige fidelidad y colaboración.

4.4. Juan 3,14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.”

El pasaje está tomado del diálogo de Jesús con Nicodemo. Ha precedido, aunque breve, una verdadera instrucción sobre el bautismo. Hay que nacer de nuevo; hay que nacer de arriba: hay que nacer del agua y del Espíritu. El bautismo nos confiere una vida nueva: la Vida. Y es en Cristo Jesús. La efi­cacia de los sacramentos brota del Verbo Encarnado, muerto y resucitado por nosotros. El discurso de Jesús tiene un movimiento propio: avanza a modo de espiral. Veamos los asertos más fundamentales.

1) El Hijo del Hombre debe ser «elevado»: para la salvación de los hom­bres. El sentido de la palabra «elevado» es doble, físico y espiritual. Se alude a la muerte en cruz (elevación física), a través de la cual Jesús es glorificado (elevación espiritual). La misma crucifixión es ya glorificación. Es frecuente este modo de ver en Juan. Las particularidades de la vida de Jesús -acontecimientos, palabras, «signos»- revelan el misterio de su persona.

2) Todo obedece a una admirable disposición divina. Disposición que a su vez, nace del gran amor que Dios tiene a los hombres. Dios entrega a su Hijo -¡a su Hijo Unico!- para que los hombres tengan «vida», y la tengan en abun­dancia. Jesús no ha venido para juzgar, para condenar,. Jesús ha venido para salvar. El juicio, después, no será otra cosa que la repulsa consciente y recalcitrante del amor que Dios nos ofrece.

3) La salvación, no obstante, puede llegar a todos. La acción de Dios, en sí amorosa y universal, se torna condenación si las disposiciones requeridas no se hayan en el sujeto. Se hace imprescindible la fe: la adhesión total a Je­sús, a su mensaje, a su obra. Deben acompañar las buenas obras. Son ex­presión de la fe. Se trata de una adhesión viva y vital. La infidelidad y la falta de buenas obras acarrean al hombre la condenación. La condenación se la dictamina uno a sí mismo. Quien no cree ya está condenado. Es como de­cir, quien no vive está muerto.

4) Aparece el antinomio, tan de Juan, de LUZ-TINIEBLAS. Dios es la Luz. Jesús es la Luz, que viene a este mundo. Luz son también, por partici­pación, los que a él se arriman y le siguen. Se arriman y le siguen los que creen en él y obran la verdad. El que obra la «verdad» y sigue a la «luz», se hace hijo de la Verdad e hijo de la Luz. La Verdad y la Luz destruyen la mentira y las tinieblas que puede haber en los hombres. Luz y Verdad es la presencia operante y salvífica del Hijo en los hombres: la presencia de Dios a través del Hijo. En él somos «hijos de Dios». Quien no se acerca a Jesús, se encierra en las tinieblas y vive en la mentira. Prefiere obrar al margen de Dios: en contra de Dios. Y obrar al margen de Dios es caer en la muerte. No se acercan a Dios porque obran mal y obran mal porque no se acercan a Dios. Ellos mismos se apartan de la Luz-Verdad-Vida-Jesús-Dios. El encuen­tro con Dios es Cristo. Sin Cristo no llegamos a Dios.

Reflexionemos:

En la oración colecta del día se pide para el pueblo cristiano «una cele­bración digna de las próximas fiestas, con fe viva y entrega generosa». La oración última se dirige a Dios-Luz, pidiendo «tenga a bien iluminar nuestro espíritu con la gracia para que los pensamientos y afectos sean dignos de él». En el prefacio se habla del esplendor de la fe»; del género humano, «peregrino en las tinieblas»; de la «nueva creación»; de «hijos de Dios» en el bautismo. No conviene apartarse de estos temas. La mejor preparación para la celebración de las fiestas será meditar y contemplar el gran misterio de la salvación que las lecturas de hoy nos proponen, con todas sus consecuencias. Por eso:

A) La Elevación. «El Hijo del debe ser elevado, para que todo el que crea en él tenga vida eterna». La Muerte-Exaltación de Jesús es, por una parte, causa de nuestra salvación. Tal acontecimiento es, por otra, expresión del amor de Dios a los hombres. Lo entregó para que tuviéramos vida. Ese es el plan de Dios: que nos salvemos en Cristo. Por ahí van las palabras de Pablo: «Dios… por el gran amor con que nos amó… estando muertos, nos ha hecho vivir con Cristo… nos ha resucitado con Cristo y nos ha sentado en el cielo con él…» La salvación es: a) una «nueva creación», un nuevo nacimiento de arriba (bautismo), vida, resurrección, luz, filiación divina; b) gracia, don, obra del amor de Dios. La salvación viene de arriba por Cristo; nosotros la recibimos en Cristo para gloria de Dios. Al fin y al cabo es la participación de la gloria divina en Cristo Jesús.

B) Valor de la Fe. La salvación se hace realidad en nosotros por la fe en Cristo. Sin la fe no podemos salvarnos. Se trata de la fe viva, acompañada de obras de amor. La segunda y tercera lectura lo ponen de relieve. «Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras», declara Pablo. Dios es Luz, Dios es salvación. El que obra perver­samente, huye de la luz, huye de Dios, enseña Juan. Convendrá, por tanto, insistir en la necesidad de la fe viva, es decir, de las obras buenas nacidas de la fe, para conseguir la salvación. Esa será la mejor preparación para las fiestas. Un buen repaso de nuestra conducta cristiana: fe y buenas obras en Cristo Jesús.

C) Juicio-Condenación. El plan de Dios muestra un reverso serio: conde­nación y repulsa por parte de Dios. La primera y la tercera lectura nos lo recuerdan. La luz está reñida con las tinieblas; Dios con el pecado; la vida con la muerte; Jesús con el mal. El que no tiene fe, el que no obra el bien, se halla en las tinieblas, está lejos de Dios, es de Satán. El mismo se condena. Hay que insistir en ello. Como el amor de Dios al hombre es grande, así la responsabilidad de éste hacia aquél.

Dios no es indiferente al pecado. Ni puede serlo: es negación de Dios. Dios lo castiga con severidad. Dios no puede dejar impune el desprecio, consciente y rotundo, a su amor. Dios entregó a su Hijo -¡Único!- por nosotros. Es muy serio y muy grave mofarse de Dios. Cuán grande es su amor, así su repulsa. Esto nos debe infundir un santo temor de Dios. Recordemos el destierro del pueblo de Israel y la catástrofe de Jerusalén en tiempos de Cristo. Para no­sotros será más terrible, pues despreciamos, una vez gustado, mayor y me­jor don: despreciamos a su propio Hijo, muerto por nosotros en cruz. La carta a los Hebreos nos advierte con insistencia del peligro que corremos si nos apartamos de Dios: Hb 2, 2-4; 6, 4-8; 10, 26-31

 

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