Domingo 26 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

XXVI

Las lecturas de este domingo tienen una enseñanza muy clara. En la primera, tomada del libro de los Números, Moisés el líder de Israel, ante el agobio que siente por la tarea de formar y conducir a su pueblo a través del desierto, decide repartir parte de su espíritu distribuyéndolo entre un grupo de ancianos para que le ayuden en su misión. Pero enseguida recoge las acusaciones contra alguien que está profetizando en su nombre sin ser elegido, pero Moisés lejos de enojarse, exclama: ¡Ojala todo el pueblo de Israel fuera profeta! El evangelio, parece dar un paso más en esta misma línea. Jesús, también escucha a sus discípulos escandalizados por la conducta de alguien, “que no es de los nuestros”, pero que está expulsando demonios y les dice: No se lo impidáis. Quien no está contra nosotros está con nosotros. La enseñanza de Jesús es muy clara, si le seguimos debemos estar abiertos a todo lo bueno y positivo que está presente en el mundo, porque siempre es un signo profético, siempre será una manifestación del amor de Dios venga de donde venga.

Oración inicial:

Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia, derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos lo bienes del cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Texto y comentario

Números 11, 25-29

En aquellos días, el Señor bajó en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar enseguida. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque estaban en la lista, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: “Eldad y Medad están profetizando en el campamento.” Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: “Señor mío, Moisés, prohíbeselo.” Moisés le respondió: “¿Estás celoso de mí?”?¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!”.

El capítulo 11 del libro de los Números recoge, de diversa providencia, algunos relatos que ya aparecían en el Exodo: el relato del «maná» y el de las «codornices». A pesar de las innegables semejanzas, las diferencias son no­tables; no es una mera repetición. El «maná» ya no aparece, por ejemplo, como algo maravilloso providencial. El maná causa náuseas! El pueblo se ha cansado de él. Apetecen carne. Y Dios se la concede; pero con ella el castigo de su atrevimiento. Se les indigestó, causando la muerte. Dios había dis­puesto para el desierto un alimento del desierto. Ellos, en cambio anhelaban el alimento del país de Egipto: ajos, cebollas… Desechaban el alimento de la «libertad» y se consumían por la comida de la esclavitud. ¡Qué pobre alma humana!

El pueblo murmura, critica, se queja, gime y llora. Se hace insoportable. La ira de Dios se enciende abrasadora. Moisés se desalienta y se retrae. Un pueblo difícil, un Dios celoso, un mediador sobrecargado. Ese es el contexto de la lectura de hoy.

Dios quiere aligerar la carga de Moisés. Dios dispone hacer partícipes del «espíritu» de Moisés a 70 ancianos que colaboren con él en el gobierno de pueblo tan reacio y díscolo. El «espíritu» de Dios es amplio y generoso, es fuerza y luz. Irrumpe en los 70 ancianos y les impulsa a profetizar. Surge la sorpresa y el recelo. Josué, por ejemplo, a pesar de su buena intención, no asimila el acontecimiento. Se indigna, movido por el celo. Josué quiere impe­dirlo. Moisés apacigua su sentimiento.

Las palabras de Moisés reciben el peso del pasaje. ¿Quién es él, Moisés, siervo de Dios, para impedir la manifestación graciosa de su Señor? Dios multiplica su acción, alarga y extiende la fuerza de su «espíritu». No es para entristecerse; es para alegrarse. Moisés no ve en la intervención de Dios algo así como un recorte a su misión o a su personalidad. Todo lo contrario, Moisés exulta con el Señor: es una extensión maravillosa de la salvación de Dios. Lejos de él la envidia o el celo estrecho y raquítico. Más bien alegría y gozo.

Hermoso pensamiento y postura ejemplar. Moisés no va contra Dios; Moisés sirve a Dios. Por contraste, podríamos recordar a Jonás que se la­menta de la conversión de los ninivitas. Espíritu mezquino y corazón estre­cho. Dios es amplio, generoso y liberal. ¿Quién osará limitar o condenar un proceder tan bueno y misericordioso?

Salmo responsorial: 18

La ley del Señor es perfecta / y es descanso del alma; / el precepto del Señor es fiel / e instruye al ignorante. R.

La voluntad del Señor es pura / y eternamente estable; / los mandamientos del Señor son verdaderos / y enteramente justos. R.

Aunque tu siervo vigila / para guardarlos con cuidado, / ¿quien conoce sus faltas? / Absuélveme de lo que se me oculta. R.

Preserva a tu siervo de la arrogancia, / para que no me domine: / así quedaré libre e inocente / del gran pecado. R

Salmo de alabanza en su conjunto. La segunda parte, de la que se han tomado aquí los versillos, es un canto a la Ley. Dios es maravilloso y grande en sus obras: la creación, por una parte; la Ley, por otra. La Ley revela la voluntad de Dios, su sabiduría, su bondad. La Ley, expresión de la voluntad salvífica de Dios, es objeto de contemplación, de paladeo. Debemos contem­plar y saborear el contenido de la Ley del Señor. La Ley alegra el corazón del hombre. Es la experiencia del salmista y de Israel. Busca en la Ley tu alegría y se llenará de gozo tu corazón.

La Ley refleja los atributos divinos: santa, pura, dulce, perfecta… Es un don precioso que debemos estimar y gustar. Es la expresión del amor pater­nal de Dios a los hombres. La Ley prescribe y orienta. Como prescripción, obliga; como orientación, dirige y anima. Pero ¿quién puede gloriarse de cumplirla a la perfección? ¿Quién se acomoda debidamente al querer bonda­doso de Dios? Por más que se esfuerce, siempre encontrará el hombre defi­ciencias. Por eso, humildad, respeto, reverencia, petición. Para cumplir la Ley necesitamos la ayuda divina. El peor mal es la arrogancia. Ella des­truye las relaciones filiales con Dios. El salmista pide a Dios aleje de él mal tan tremendo. El Señor tenga a bien escuchar su oración. Hermoso. Pidamos con él. Cristo es nuestra Ley. Cristo desborda el salmo en todas direcciones.

Santiago 5, 1-6

Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.

Por las lecturas de estos domingos atrás, nos hemos acostumbrado ya un tanto al lenguaje de Santiago. Lenguaje incisivo, cortante y hasta mordaz. Santiago ama, para producir mayor impacto, las situaciones extremas, que, no por ser extremas, dejan de ser reales. Situaciones escandalosas, indig­nantes; situaciones que arrancan de nuestros labios expresiones como «abominable», «horrendo», «clama al cielo»… Puede parecer crudo; pero es que la realidad, por desgracia, también es cruel y cruda.

Santiago se encara esta vez con los ricos de corazón endurecido. ¡Ay de ellos! El juicio que les espera, ya en marcha, es para hacer temblar estrepi­tosamente al más insensible. Distingamos dos momentos:

1) Versículos 1-3. El juicio de Dios se acerca y con él el castigo severo. San­tiago se hace eco de los ayes de Cristo el evangelio. Lucas los trae en bloque como reverso de las bienaventuranzas. Son en realidad una maldición; una maldición en boca de Dios. El juicio de Dios ya ha comenzado. No hay que esperar al último momento para oír la sentencia. Cristo a condenado ya, como indigno del hombre y fuente de crímenes, el afán desmesurado de po­seer y disfrutar. La resurrección de Cristo señala el comienzo de es juicio, que recibirá su expresión definitiva cuando venga como Señor a juzgar a to­das las gentes. Allí el lamento baldío y el rechinar de dientes. ¡Ay de voso­tros los ricos! Ya podéis comenzar a gemir ahora. La sentencia ha sido ya pronunciada.

Con la Resurrección de Cristo ha comenzado el mundo nuevo y, con él, la vigencia de los auténticos valores que cuentan delante de Dios. Aparecen como «antivalores», por contraste, todo lo que se opone al reino de Dios: codi­cia, avaricia, afán de poseer, de gozar, de cifrar en el deleite de este mundo todas las aspiraciones humanas. Es la postura de aquellos a quienes po­dríamos llamar «ateos» prácticos: comidas, bebidas, sensualidad, lujuria… Y todo ello a toda costa, cueste los que cueste. Con esas aspiraciones van pare­jos otros «antivalores»: prestigio mundano, aprecio, influencias, poder… como deificación personal. Es demasiado real y numeroso el grupo de adora­dores de este mundo para pasarlo por alto. La misma comunidad cristiana puede resentirse de semejantes flaquezas.

Las riquezas amontonadas, sin ningún empleo benéfico que permitiera «revalorizarlas», se han cubierto de orín y polilla, se han podrido. Se las ha comido el tiempo. También va devorando el mundo tan ficticio – «real», dicen ellos – en que viven. ¿Qué queda ahora de lo que ya «disfrutaron»?. El re­cuerdo de un placer inacabado y, sobre todo, una tremenda acusación insos­layable: han malgastado la vida. ¡Necios! Todo se les ha ido de las manos, y ahora se vierten sobre ellos, implacable, la ira voraz de Dios. Es para llorar y gemir. ¡Ay de aquél que pone su confianza en este mundo! A uno le viene a la mente la imagen de la casa construida sobre arena. El desplome va ha ser ruidoso. ¡Y viven tantos así!

2) Versículos 4-6. La idolatría de los antivalores implica, por naturaleza, una conducta grosera, injusta y cruel. Pobres los que se encuentren a tiro. Santiago piensa en los grandes terratenientes de su tiempo, probablemente paganos, que no respetan los derechos humanos más elementales de sus de­pendientes. El engaño abusivo, la explotación cruel y sanguinaria, los jorna­les reducidos y retardados, los juicios injustos, la venalidad de los jueces, la extorsión, las acusaciones sin fundamento, el miedo, el terror, el pánico de los súbditos están a la orden del día. Ricos sin escrúpulos, egoístas, dispues­tos a disfrutar desenfrenadamente de los placeres de la vida, no se paran ante nada ni ante nadie, ni siquiera ante el asesinato. Clama al cielo. No se imaginan lo que les espera. ¡Ay de ellos, pobres y miserables! Ignoran que tras aquéllos oprimidos se levanta el brazo justiciero del Dios Altísimo. ¿Quién los librará de su ira?. Dios saldrá en defensa de los pobres y oprimi­dos. Podemos vislumbrar al fondo a Jesús, el Justo Paciente de Dios.

Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.” Jesús respondió: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos la infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.”

Nos encontramos ante texto heterogéneo. Procedamos por partes.

El indignado Juan ofrece el primer cuadro. Juan ha observado cómo un «extraño» al grupo, un desconocido, curaba a los posesos. A Juan se le antoja un atrevimiento. Lleno de celo se lo prohibe. Juan, hijo del trueno lo llamará Jesús por su impetuosidad, cree ver en aquella actividad una «lesión» de los derechos del Maestro. ¿Con qué derecho se atrevía aquel extraño a lanzar los demonio en nombre de Jesús? El exorcista aquel no era del grupo, y por tanto no tenía ningún derecho .

Postura muy «humana». Pero no «cristiana», no de Cristo. Así se lo hace ver el Señor. ¿Cómo puede uno curar posesos en «nombre» de Jesús sin estar convencido de alguna forma del poder y fuerza de ese «nombre»? ¿Y quién puede actuar en ese nombre sin tener fe en él? La actividad portentosa de ese exorcista está gritando, al menos por las obras, su fe en Cristo. En reali­dad es uno de los suyos, por más que no aparezca así. No hay por qué sentir indignación y exagerado celo. Más bien hay que alegrarse: ¡El poder del diablo se desmorona!

El versículo 41 presenta otro pensamiento. Sirve de enlace con lo que sigue. Jesús y los «suyos» forman una unidad, pensamiento que se adivinaba en el cuadro anterior. En eso tenía razón Juan. Los «suyos» continúan su obra, obra de salvación. Cualquier servicio, por insignificante que sea, hecho en favor de estos sus discípulos, por ser sus discípulos, no quedará sin recom­pensa. Dios lo tendrá en cuenta; pues, en último término, el servicio prestado va dirigido a Dios. Cuando, pues, en el juicio, Dios levante la mano para dic­tar sentencia irrevocable, la atención que se ha tenido con los suyos la incli­nará sensiblemente: se convertirá en bendición. ¿Cabe mayor bendición que la última y definitiva?

El cuadro tercero, compuesto también de sentencias, se une al segundo y al primero mediante la expresión «creen en mi», equivalente a «en mi nom­bre». El término «pequeño» está cargado de consideración y afecto. ¡Ay de quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en Jesús! Más le va­liera… «Pequeños» se extiende más allá del círculo de los inmediatos apósto­les y discípulos. Son los humildes, los pobres, los insignificantes fieles de Je­sús. Alguien puede con su conducta malograr la obra de Cristo, en otras pa­labras, la obra de Dios, alguien puede ser causa de tropiezo para los senci­llos; alguien puede destruir su fe en Jesús. ¡Ay de él! No hay nada que pueda compararse.

El tema del «escándalo» ha arrastrado consigo los versillos siguientes. Pero ya no se trata del escándalo a otros. Se trata más bien del daño que uno puede hacerse a sí mismo. Las expresiones de Jesús son radicales y ta­jantes, sin paliativos ni concesiones. Todo esfuerzo, toda renuncia es poca, para conseguir la salvación. No se trata de cortarse la mano, o serrarse el pie, o sacarse el ojo, si nos estorban para llegar a Dios. Mientras quede el corazón, todo será en vano. ¡Hay que cambiar el corazón! ¡Hay que cambiar de postura, hay que cambiar de modo de ver las cosas, hay que adquirir una nueva forma de ser! Por más que un cambio así nos arranque las entrañas -es el sentido de las imágenes. El reino de Dios está sobre todo ¡Un corazón nuevo y un Espíritu nuevo! Eso es lo que necesitamos. Para vivirlo no hemos de reparar en esfuerzos. Radicalidad y santo temor.

Reflexionemos:

Jesús afirma en el evangelio: El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Menos optimista resulta la sentencia que trae Mateo con ocasión de la disputa sobre Beelcebú: Quien no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama (Mt12, 30) ¿Con cuál de las dos sentencias nos quedamos? Por supuesto que con las dos. Cada una a su debido tiempo y en su debido contexto. Ambas revelan una gran verdad. Hoy nos interesa la primera. Nos invita a reflexionar. La lectura primera nos acompaña.

a) Josué y Juan representan, dentro del grupo fiel, la actitud demasiado «humana» respecto a los dones de Dios. Dios es liberal, Dios es generoso, Dios derrama en todas direcciones y a todos los vientos los dones de su gra­cia. Para Dios no hay fronteras de ninguna clase; Dios lo abarca todo. Hasta en las personas más insignificantes o más alejadas del grupo oficial de se­guidores, y de la forma más insospechada puede uno, con frecuencia, admi­rar el rastro hermoso que dejaron sus manos benéficas. Encontramos flores y florecillas hasta en los lugares más inhóspitos y agrestes; no solo en los jardines e invernaderos. Y todas son hermosas, y todas proceden de Dios. El ojo «cristiano» ha de saber apreciarlas y admirarlas: son de Dios. No debe­mos sentir menosprecio, indignación o celo mal entendido porque no están en «su lugar»; todo lo contrario, alegría, admiración y alabanza. Todas adornan el «campo» de Dios, que es el mundo entero.

Se trata de la en otro tiempo debatida cuestión de la existencia y valor de talentos, dones y bienes que viven y crecen fuera de la Iglesia oficial, fuera del Cristianismo. La sentencia de Cristo es iluminadora. Todo lo bueno viene de Dios y a Dios conduce. Nosotros nos alegramos del Dios bueno que ben­dice a todos de forma admirable. Si no están contra nosotros, contra Cristo, están con Cristo, con nosotros. El campo de Dios se alarga hasta los confines de la tierra. La Iglesia, el Cristianismo, rebosa así, bien entendido, sus pro­pias fronteras. ¿Qué actitud tomamos respecto a este asunto? Todo lo bueno que existe, se encuentre donde se encuentre, ha de ser admirado, respetado y aplaudido: allí está Dios, nuestro Dios. Lejos de nosotros la envidia o el celo descompuesto. Moisés y Jesús nos dan un buen ejemplo. Habría que te­nerlo en cuenta al hablar de las religiones no cristianas.

También podría tener esto alguna aplicación dentro de la Iglesia. Pense­mos en los grupos «clerical» y «laico», por ejemplo. Alguien puede pensar, erróneamente, en dos grupos un tanto antagónicos. Los «salvadores» oficia­les pueden menospreciar la contribución valiosa del grupo «dirigido». No se­amos ciegos y tercos. El Espíritu de Dios, recibido en el Bautismo, despliega su energía donde quiere y como quiere. ¡Ojalá fueran todos predicadores, testigos y anunciadores de la salvación de Dios! Hay que saber repartir las cargas.

b) El tema del escándalo podría ser el segundo punto de reflexión. ¡Ay del escandaloso! San Mateo es más expresivo al hablar del escándalo dado a los «pequeños». Al escandaloso habría que arrojarlo, allá en alta mar, a lo más profundo del abismo, como algo podrido, como algo pestilente y asqueroso, desecho de la humanidad. Todo cuidado para evitar el escándalo es poco. El escandaloso destroza la obra de Cristo, la obra de Dios. Hace inútil y des­preciable la muerte de Cristo y su resurrección gloriosa; ¡pisotea la sangre de la Nueva Alianza! El justo Juez no puede olvidar tamaña injuria. Nada ni nadie justifica el escándalo; ni la salud, ni la vida, ni la fama, ni el poder, ni el dinero, ni nada. El escándalo es obra diabólica, y con el diablo no hay mi­sericordia ni compasión; es el reino opuesto a Dios. ¡Ay, pues, del escanda­loso!

El cristiano tiene que vivir la vida nueva. Se le ha concedido un corazón nuevo. Debe ejercitar los sentimientos correspondientes y fomentar su ex­pansión. Debemos trabajar, y pedir, por un corazón «cristiano» que sienta y vibre como el corazón de Cristo. Todo esfuerzo es poco para conseguir la sal­vación. No cabe un «más o menos»; es todo, y todo significa todo. Hay que sacrificarlo todo, si en ello nos va la salvación. Habrá casos en los que se nos exija algo extraordinario. No debemos asustarnos. Para ello la virtud de la fortaleza. ¿Pedimos a Dios nos la conceda? ¿Nos ejercitamos en ella? ¿Estamos dispuestos a que se nos corte la mano o se nos hunda en la infamia por amor a Cristo y a su Iglesia? Conviene reflexionar sobre ello.

c) Al hablar del corazón «nuevo» viene a la mente, por contraste, el cora­zón de «piedra». Podemos recordar a este respecto las amenazas de San­tiago. ¡Ay de los ricos de corazón endurecido! Corazones groseros, corazones duros, corazones crueles y escandalosos. ¿Cual es nuestra postura ante ellos? Conocemos el fin que espera a los mundanos: la ruina total. ¿Lo senti­mos, lo vivimos, lo predicamos? ¿Es nuestra vida propia una repulsa mani­fiesta al afán desmesurado de riquezas, al placer atolondrado, a los «valores» de este mundo? ¿Infundimos desprecio a esas conductas o suscita­mos sentimientos de venganza? ¿Conocemos el espíritu «cristiano» del pueblo sin riquezas? ¿Son, en realidad, pobres de espíritu? ¿O es solo envidia? ¿Quién de nuestro pueblo, que se dice cristiano, no desea ser rico, disfrutar a sus anchas, beber de todas las fuentes y deleitarse sin reparo en sus rique­zas? ¿No hay en este pueblo «pobre» -que no lo es muchas veces- un espíritu de rico frustrado? Sabemos el fin que espera a los corazones duros. ¿Cómo es el nuestro? ¿Nos depredamos unos a otros, nos engañamos, nos ponemos zancadillas? ¿No son, en la práctica, los «antivalores» nuestros valores rea­les? ¿Cómo empleamos nuestros bienes? ¿Para ayudar, para compartir, para… ? Y nuestros llamados «ricos», ¿que conducta siguen en la llamada justicia social? Las preguntas y reflexiones podrían multiplicarse. Hay que ir con tiento, pero con brío y entereza. Nosotros y nuestro pueblo por de­lante. Surge otra vez el tema de los bienes de consumo y su empleo.

El Señor exige de nosotros un corazón amplio, generoso, tanto en la acep­tación de su liberalidad como en el uso y empleo de nuestros bienes. Un co­razón así nunca dará escándalo. El sentimiento «cristiano» puede ir endure­ciéndose en muchos miembros. No hace falta ser rico para ser un «vividor». Muchos no recelan de las riquezas, las envidian. Su corazón será con fre­cuencia tan duro como el de los ricos de que habla Santiago. Pidamos a Dios un corazón sencillo a la altura de sus sentimientos.

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