Domingo 6 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

ordinario

Esta nueva manera de cumplir la Ley en su plenitud nada tiene que ver con el legalismo de los escribas y fariseos. No se trata de una hermenéutica más perfecta de la letra de la Ley, sino de la interiorización de su espíritu. Si se encuentra la clave que todo lo simplifica, no sólo se evitan las angustias y el miedo. Paradójicamente, sólo cuando se abandona el legalismo está el creyente en condiciones de ser radical.

1. Oración:

Señor Dios nuestro Tú la revelación plena del Padre y el que nos has ayudado a conocer a Dios como Padre, has venido a darnos la interpretación plena, total y auténtica de las Escrituras, es por eso, que haces alusión a lo que ellas dicen, pero enfatizas que hay algo nuevo y así nos dices: …pero YO les digo…, es así, que te pedimos que nos ayudes a tener la capacidad de comprender y valorar la nueva perspectiva que Tú estás dando a toda la revelación, porque la estás interpretando desde el corazón del Padre, es por eso, que te pedimos que nos ayudes, que nos ilumines, que nos hagas leer la vida con tus ojos y tu corazón para poder vivir de acuerdo a tu voluntad y así vivir en sintonía de amor contigo, actualizando en nosotros tus enseñanzas. Que así sea.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro del Eclesiástico 15, 16-21

Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos.

Los libros sapienciales expresan la Sabiduría de los antiguos a la luz de la historia de la salvación. Conocimiento práctico, adiestramiento efi­ciente; comportamiento que provoque la bendición de Dios. En este frag­mento, sabiduría y libertad; sabiduría de Dios y libertad del hombre, en es­pecial. Todo un mundo por explorar, todo un misterio por contemplar.

Dios, sabio, ha creado libre al hombre. La libertad del hombre no se com­prenderá, si no es a la luz de Dios, libre, bueno y sabio. Dios no aplasta la li­bertad del hombre, en el gobierno del mundo; antes, cuenta con ella. Y es un misterio. Pues, si bien Dios gobierna todas las cosas con sabiduría, cuenta con la posible actitud respondona de su criatura predilecta. Y esto también es sabiduría y acierto: dirigir sabiamente la deficiencia y perversidad del que fue creado para ser interlocutor positivo del Dios sabio, bueno y creador. Pero, el hecho de que el hombre en su negativa caiga dentro de los planes misteriosos de la sabiduría de Dios, no lo priva de su propia responsabili­dad. El texto habla de ello.

El hombre es libre y puede decir un no al bien y un sí al mal; puede, en otros términos, abusar de su libertad. Pero es responsable: es sujeto de atri­bución en sus intervenciones y ha de responder de sus actos. Y sus obras pueden ser para bien o para mal, para la vida o para la muerte; creado para la vida, puede causar la muerte. Gran misterio. Sin embargo, la sabi­duría de Dios lo comprende todo. Sabio es Dios hasta, y precisamente, en el insensato obrar de los hombres.

El hombre sabio intentará asimilar la sabiduría de Dios, contribuyendo con él a la vida. El necio deberá responder ante él por haber elegido la muerte. El sabio saca hasta del mal bienes; el necio, por el contrario, co­rrompe el bien en males. Al fondo de todo, Dios supremo y definitivo Juez.

2.2. Salmo responsorial Sal 11-8, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 (R.: lb)

R. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón. R.

Tú promulgas tus decretos para que se observen exactamente. Ojalá esté firme mi camino, para cumplir tus consignas. R.

Haz bien a tu siervo: viviré y cumpliré tus palabras; ábreme los ojos, y contemplaré las maravillas de tu voluntad. R.

Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón. R.

Este es un Salmo de carácter sapiencial; alfabético cada ocho versos. Obra más bien de un versificador que de un poeta. Con todo, instructivo y valioso. Se suce­den, sin mayor orden o estructura, máximas, súplicas, deseos, propósitos… Por sus frases breves y jugosas, ofrece un excelente material para elevar el espíritu a Dios, a modo de jaculatorias.

En el texto pasamos de una reflexión -carácter sapiencial-, estrofa pri­mera, a una interlocución con Dios -es oración-, estrofa segunda. La tercera estrofa se abre decididamente en súplica con un propósito de adhesión al Se­ñor. La cuarta la mantiene.

Las expresiones son ricas en matices. Como fondo común: cumplir la vo­luntad de Dios conduce a la vida. Y como conciencia profunda: sólo Dios puede darnos el buen obrar. De todo ello: aclamación, petición, deseo, propó­sito… Pidamos a Dios un gran respeto por su ley y la gracia de cumplir su voluntad. Nosotros ejercitémonos en la reflexión y en el deseo de acertar.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10

Hermanos: Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede saber lo que Dios ha preparado para los que lo aman.» Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.

El texto habla, en efecto, de una manifestación y comunicación de Dios. Vienen de arriba y tienen por sujeto y objeto a Dios mismo salvador. Los destinatarios son los hombres y la persona, acontecimiento en el que se veri­fican, es Cristo Jesús. Son de carácter salvífico y transformante: salvan y transforman al hombre. El medio es la fe viva en Cristo Jesús. Con ello queda el hombre envuelto y transformado por la gloria de Dios para gloria nuestra dice Pablo. El Señor de la gloria -muerto y resucitado- nos hace glo­riosos, nos introduce en el mismo misterio de Dios salvador. El aconteci­miento es inefable; ni oído oyó ni ojo vio comenta Pablo. Semejante maravilla sería inconcebible sin la maravillosa presencia del Espíritu Santo en el hom­bre. Él es el que transforma nuestra naturaleza en imagen gloriosa de la transformante naturaleza humana glorificada de Jesús.

El mundo se halla incapacitado para comprender y realizar semejante portento. Ni lo sospecha, ni lo entiende, ni lo espera, ni lo vive. Los príncipes de este mundo, en cuanto tales, corren al margen de él, cuando no en contra. Debemos recordarlo, para no sorprendernos de ello.

Alabanza a Dios que hace tales maravillas; acción de gracias porque nos hace beneficiarios de su gloria; reflexión sobre el misterio para concienzar­nos profundamente de nuestra condición de sabios en el misterio de Dios y de nuestra situación en coordinadas diversas de las que mueven los ejes del mundo.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.  El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado.
Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil’, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto. Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno.
Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio. ” Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

Dado que el pasaje es extraordinariamente extenso, no parece oportuno ni viable detenerse a examinar cada una de las expresiones. Basten unas consideraciones que faciliten su inteligencia.

Distingamos, de momento, los versículos 17-20 como introducción general al conjunto de antítesis que se alargan hasta el final del capítulo quinto. So­bre ellos vaya lo siguiente:

a) Interés Cristológico. Cristo ocupa el lugar central: yo he venido para…, yo os digo… Inconfundible la carga de autoridad y el rango de exclu­sividad que lo destaca de profetas y enviados anteriores. Se pregusta ya el yo enfático del evangelio de Juan. Ese yo lo acerca a Dios por encima de Moisés. Por lo tanto, no se entenderá jamás el sermón del monte sin una es­trecha referencia a su persona. Dios en él y él en Dios de forma especial y única. Las antítesis lo irán corroborando.

b) Interés no místico. El punto o tema de referencia es la Ley y los pro­fetas en un bloque. La Ley como norma de acción dentro de las relaciones de Dios con el hombre en el pacto. Jesús ha enseñado y ha practicado los man­damientos de Dios: amor a Dios y amor al prójimo. Dios sigue siendo la su­prema autoridad definitiva. ¿No iban por ahí las exigencias, en conjunto, de la Ley y los profetas? Jesús se coloca en esa línea y se proclama el más de­cidido y entregado hombre de Dios en llevar hasta su expresión más precisa y detallada -una coma, una tilde- las exigencias del amor a Dios y al pró­jimo. Jesús, pues, no desvirtúa la Ley; la cumple en profundidad.

c) Interés profético. Con esto señalamos el aspecto profético de la inter­vención de Jesús respecto a la Ley y los profetas. O, si queremos, el aspecto cristológico de la institución “Ley y profetas”. La Ley y los profetas reciben su cumplimiento, su plenitud en Cristo Jesús. Cristo Jesús les ha dado su original y definitivo sentido. En él ha de entender el cristiano la Ley, y en él ha de ser practicada, pues la Ley va, desde su origen, hacia Jesús. No en vano se consuma en Jesús la nueva Alianza de Dios. No hay, pues, ley fuera de Jesús, ni tampoco se entenderá a Jesús sin las exigencias de la Ley. Las antítesis siguientes se encargarán de concretarlas. Cada uno de los manda­mientos recibirá de Jesús su validez y expresión oportuna determinada.

d) De esta forma quedan integrados los aspectos ético y cristológico. Res­pecto a los fieles, el de fe y obras: fe viva y obras en la fe. Sólo en Cristo cumplimos la voluntad de Dios y sólo nos acercamos a Jesús, si estamos dis­puestos a cumplir su voluntad, es decir, la ley de Dios.

Respecto a las antítesis, cada una tiene su peso y determinación. No son exposiciones exhaustivas; pero son señeras y roturadoras. Vayamos tras ellas con Cristo. Él es, en resumidas cuentas, nuestra Ley.

Reflexionemos:

El Sirácida (= Eclesiástico) abre la reflexión con un dilema vital: la muerte o la vida. El dilema es existencial, no escolástico; es de vida, no de escuela sólo. Hemos sido creados para la vida y es menester alcanzarla. Para ello, supuesta la bondadosa gracia de Dios, nuestra colaboración, que no es otra cosa que la opción vital y existencial en favor de la vida: cumpli­miento responsable de la voluntad de Dios. Conviene reflexionar sobre ello, pedir, desear, proponer, estudiar -salmo responsorial-.

Al fondo de todo se encuentra la misteriosa manifestación y comunicación que Dios hace de sí mismo en Cristo. Convivencia con Dios, posible sola­mente en Cristo. Recordemos a este propósito las palabras de Pablo y el re­lato evangélico. La comunicación de Dios tiende a transformarnos a su ima­gen y semejanza, que no es precisamente de carácter meramente ideal, sino vital y existencial: querer lo que Dios quiere, hacer lo que Dios quiere. No busquemos esto fuera de Cristo; pues él es la plenitud de su voluntad. ¿Recordamos la pregunta de aquel escriba a Jesús ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna? y la subsiguiente respuesta, en sustancia, del Maestro ama a Dios y al prójimo? ¡Era necesario hacerse prójimo! (Parábola del buen Samaritano).

Examinemos, pues, el alcance de las exigencias de Jesús y alcanzaremos la vida eterna. Que no son oprimentes, sino elevadoras; no una limitación, sino salvación y libertad auténtica. Pidamos, reflexionemos, deseemos, pro­pongamos… A Jesús nos acercamos con su Ley y a la Ley nos llegamos con Jesús. El subjetivismo imperante en el mundo que nos rodea puede hacer imperiosa la exhortación y la catequesis sobre ello: el amor posee formas concretas de expresión a las que no se puede renunciar so pena de perder su valor y sentido.

3. Oración final:

Señor Jesús a ti que has venido a llevar a su plenitud la revelación, a darle su sentido definitivo, te pedimos que nos llenes de tu presencia, que nos des la gracia de tu Espíritu Santo para ser capaces de vivir en sintonía de amor con el proyecto que Tú ha venido a revelarnos. Ayúdanos a vivir tus enseñanzas, como un camino de identificación contigo, para buscarte por medio de tu Palabra y para encontrarte vivo y presente en ella, y así vivir como Tú nos pides. Señor, Dios de amor y ternura, ven en nuestra ayuda, y toca nuestro corazón para poder vivir con alegría nuestro seguimiento a ti, demostrando nuestra fe con nuestra vida, viviendo como Tú, amando como Tú, sirviendo como Tú, por eso, Señor Jesús, Tú que eres la palabra definitiva del Padre, sé Tú el que nos ayudes a vivir lo que creemos y a anunciarlo con nuestras actitudes y gestos, con nuestra manera de ser y de actuar, siendo presencia tuya para los demás. Que así sea.

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