Domingo 12 del Tiempo Ordinario Ciclo C

Décimo segundo domingo del tiempo ordinario ciclo c

1. Introducción

Reconocer y confesar que Jesús es el Señor no es cualquier cosa; es una de las decisiones fundamentales que el hombre puede tomar en su vida y, por tanto, tal proclamación debe transformar radicalmente la vida entera de quien la hace. No se puede decir que Jesús es el Señor para vivir, después, bajo cualquier otro señorío: el del dinero, el placer, el poder, la estética, etc. Si de verdad Jesús es nuestro Señor, nuestra vida quedará libre de toda atadura para poder entregarnos, sin limitación de ningún tipo, a trabajar por el Reino de Dios, la causa por la que Jesús luchó, vivió y murió. Con el firme propósito de no tener en nuestra vida otro Señor que Jesús, damos comienzo a nuestra celebración.

2. Oración antes de la lectura de la palabra de Dios

Señor Jesús abre mis ojos y mis oídos a tu palabra, que lea y escuche yo tu voz y medite tus enseñanzas, despierta mi alma y mi inteligencia para que tu palabra penetre en mi corazón y pueda yo saborearla y comprenderla. Dame una gran fe en ti para que tus palabras sean para mí otras tantas luces que me guíen hacia ti por el camino de la justicia y de la verdad habla señor que yo te escucho y deseo poner en práctica tu doctrina, por que tus palabras son para mí, vida, gozo, paz y felicidad, háblame Señor tu eres mi Señor y mi maestro y no escuchare a nadie sino a ti. Amén.

3. Lectura y comentario de la Palabra de Dios

Lectura del Profeta Zacarías 12,10-11.

Esto dice el Señor: Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día será grande el luto de Jerusalén, como el luto de Hadad-Rimón en el valle de Meguido.

Las fulgurantes victorias del gran estadista griego Alejandro Magno en el mundo entero pudieron servir de modelo al profeta para describirnos la gran victoria de Dios al establecer la era mesiánica. El autor de estos últimos capítulos de Zacarías (9-14) espera con ansiedad ese "Día del Señor", día de la implantación de la era mesiánica. Muchas cosas acaecerán en "aquel día"

El texto para este domingo: En los vs. 9-10 suena, por quinta vez, la insistente expresión "aquel día". El pueblo de Jerusalén será protegido por el Señor contra cualquier nación, pequeña o grande, cercana o lejana, que intente atacar a la Ciudad Santa (v. 9). Si en otro tiempo pasó la "ira divina" sobre la ciudad arrasando sus muros y dejándola huérfana (cf. Libro de la Lamentaciones), ahora suena la hora del desquite, de su protección: Dios se pone de parte de su pueblo frustrando el asalto de los invasores (vs. 2-8).

Si Dios castigó a la ciudad no fue por capricho; la verdadera y auténtica causa de su destrucción fue el pecado del pueblo. El Señor sació su cólera a causa de los crímenes cometidos por sus habitantes al derramar por la calle sangre inocente (Lam. 4, 11-13). Y para que llegue esa hora del desquite se requiere en el pueblo un acto de conversión, un cambio de actitud como fruto de una pausada reflexión. Por eso el v. 10 nos dice que el Señor va a derramar sobre ellos un espíritu de compunción y de pedir perdón.

El profeta se fija en un hecho muy concreto: el pueblo llora sus pecados al contemplar a un personaje matado por ellos, víctima de la ira popular. Se trata de una acción pasada ("traspasaron") con relación al autor. ¿A qué personaje se refiere? No lo sabemos.

Los responsables del crimen y sus descendientes se lamentarán amargamente como si se tratara del primogénito, hijo único. El duelo será amargo y universal.

En sentido literal no puede aplicarse este oráculo al Mesías ya que se habla de una acción en el pasado. ¿Se refiere a Jeremías, Zacarías…? No lo sabemos. Sólo en un sentido figurado, y por su similitud con el siervo de Isaías (cf. 52, 13-53, 12), puede aplicarse el oráculo a Jesús de Nazaret, traspasado en la cruz por nuestros delitos (Jr. 19,37; Apoc. 1,7), y la contemplación de este personaje humillado ha provocado, sigue provocando y provocará un llanto amargo y universal.

El pueblo de Israel al meditar su historia pasada siente remordimientos por sus malas obras, y llora sus pecados. La serena reflexión conduce al cambio, a la conversión. Y nuestros pecados personales y comunitarios continúan traspasando no sólo a Jesús sino a muchos hermanos nuestros que caen víctimas de nuestras guerras, injusticias, violencias.

El "día del Señor", el desquite, el triunfo de la verdad nunca se logrará por la violencia, sino por la reflexión, el lloro, el arrepentimiento y el perdón.

Oremos con el salmo 62.

Parece que nuestra época ha descubierto la oración íntima. Este salmo 62 expresa la oración de un hombre muy avanzado en el camino de la oración: Sus actitudes religiosas son de tal sublimidad e intensidad mística… que al hacerlas nuestras, nos sentimos poco sinceros. Quién de nosotros puede decir lealmente; "¡permanezco horas enteras hablándote, mi Dios!" O esto otro: "¡Te busco desde la aurora… Mi alma tiene sed de Ti!…

SALMO RESPONSORIAL
Sal 62,2. 3-4. 5-6. 8-9

R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agotada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca
y mis labios te alabarán jubilosos.

Porque fuiste me auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 3,26-29.

Hermanos: Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán, y herederos de la promesa.

Terminado el tema de la justificación, Pablo va entrando en el de la filiación que va a desarrollar a continuación en los vs. 4, 1-7. La fe obra no sólo la justificación, sino la filiación, la condición filial. En realidad, se trata de dos maneras de describir lo mismo: la condición fundamental del cristiano. La fe obra esta situación. Establece una unión personal con Cristo que nos hace participar de su misma vida. Esta unión se sella por y en el bautismo. Esta comunidad de vida entre el Hijo y los hijos hace que quienes están en ella tengan la misma vida de Cristo Hijo.

Ello tiene consecuencias prácticas y reales. Las diferencias humanas quedan superadas ante Dios y ante aquéllos para quienes lo de Dios significa algo importante. Pablo percibía las diferencias naturales que en su mundo todavía tenían mayor trascendencia que ahora. Pero no tienen esa importancia desde el punto de vista cristiano. Porque hay algo mucho más esencial: el ser hijos todos y, por tanto, hermanos iguales.

Pensemos, por ejemplo, en la consecuencia sobre la condición de la mujer que se declara superada en su aspecto discriminatorio, muy presente y de gran significado en el mundo paulino. Una mujer no era sujeto religioso del judaísmo lo mismo que el hombre, ni muchísimo menos. Sólo llegaba a Dios, en la concepción judía, por medio del varón, padre, esposo, hijo. Pablo declara que todo eso ya es diferente ahora. No cuenta. Primero, igualdad real. Luego, si lo hay, el resto. Porque todos somos uno. Y cuando se dice en este sentido, que no caiga en retórica vacía.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9,18-24.

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: —¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron: —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Él les preguntó: —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: —El Mesías de Dios. Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: —El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Y, dirigiéndose a todos, dijo: —El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.

A diferencia de los otros dos sinópticos, que sitúan la escena en la zona de Cesárea de Filipo. Lucas omite toda referencia local, sustituyéndola por un tiempo de oración de Jesús. Con este telón de fondo asistimos después a la conversación de Jesús con sus discípulos. Y cosa muy poco habitual, el tema de conversación versa sobre el propio Jesús.

¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Quién decís que soy yo? Oponiéndose a la opinión de sus discípulos, Jesús habla de sí mismo como del Hijo del hombre que tiene que padecer mucho, ser desechado, ser ejecutado y resucitar. "Tiene que" rige a los cuatro infinitivos. En las palabras que siguen Lucas amplia el auditorio, hecho no suficientemente recogido por la traducción litúrgica. Van dirigidas no sólo a los discípulos sino a todos en general. El tono de las mismas ya no es el de la conversación distendida sino el de la afirmación grave y categórica. El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. La puntualización "cada día" confiere a las palabras un matiz que no se encuentra en los otros sinópticos.

La fórmula de encabezamiento en el original confiere a este texto la categoría de texto importante. La mención de la oración ratifica este calificativo. En todo lo que llevamos de actuación de Jesús es la primera vez que el autor centra su atención en Jesús mismo, no en lo que éste dice o hace. ¿Quién es Jesús? Se trata, pues, de adentrarse en su persona, de saber de él.

Se sucede una reseña de opiniones. Es eso, una simple reseña, porque Lucas no entra en su valoración. Pero hay una opinión en la que sí se detiene. Es la expresada por Pedro: El Mesías de Dios. Y se detiene para prohibirla y, en su lugar, hablar de el Hijo del hombre.

Tampoco, tal vez, sea importante o necesaria aquí. Pero lo que sigue sí que lo es: Tiene que padecer mucho, ser desechado, ser ejecutado, resucitar. Es decir, los padecimientos infligidos, la muerte impuesta y la resurrección forman parte esencial y necesaria de la vida de Jesús. "El Hijo del hombre tiene que". Es una necesidad que ahonda sus raíces en la vida tal y como ésta es: con sus mezquinos y mortales juegos de intereses, pero también con la presencia de la gracia. Jesús vive inmerso en ambos componentes: por eso tiene que ser eliminado y tiene que vivir.

Pero esta condición no es aplicable solamente a Jesús. Los dos últimos versículos de hoy la hacen extensiva a todos y cada uno de sus seguidores. El v. 23 aclara el concepto de seguimiento: El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. En la formulación de Lucas no se trata de seguir a Jesús con vistas al momento final de la cruz, sino de un seguimiento continuado, día a día. La cruz deja de referirse exclusivamente a un instrumento de suplicio concreto y determinado y pasa a abarcar las mil pruebas que en el vivir diario aguardan al seguidor de Jesús por el hecho de serlo y de llevar un estilo de vida como el suyo. Este estilo de vida puede llevar al seguidor de Jesús a tener que dejar parte de su vida en el camino, pero sólo un estilo de vida así merece realmente el nombre de vida.

4. Oración final:

  1. Me preparo a mi oración
  2. Me recojo imaginando a Jesús en oración con los suyos.
  3. Pido lo que quiero: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Me dejo interrogar por él? ¿Acojo su pregunta y su respuesta?
  4. Para sacar fruto, miro, escucho y observo a las personas: quiénes son, qué dicen, qué hacen.

Puntos para seguir reflexionando:

  • La pregunta de Jesús acerca de la opinión de la gente
  • Su pregunta dirigida a los discípulos
  • Su respuesta: Jesús es el Mesías
  • Su revelación: es el Hijo del hombre, el Siervo que sufre

Domingo 11 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Lecturas Domingo de la 11ª semana del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo 13 de Junio del 2010

Introducción

Sabemos por experiencia que una comida es una gran oportunidad para la reconciliación y el perdón. Compartir la misma mesa significa aceptarse unos a otros, formando comunidad, y dejar que lo pasado negativo pasado esté. La comida de la eucaristía es un encuentro con el Cristo que perdona y con los hermanos que conviven en paz.

Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel 12, 7-10. 13

En aquellos días, Natán dijo a David: – «Así dice el Señor, Dios de Israel: "Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl, te entregué la casa de tu señor, puse sus mujeres en tus brazos, te entregué la casa de Israel y la de Judá, y, por si fuera poco, pienso darte otro tanto. ¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor, haciendo lo que a él le parece mal? Mataste a espada a Urías, el hitita, y te quedaste con su mujer. Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías."» David respondió a Natán: – «¡He pecado contra el Señor!» Natán le dijo: – «El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás.»

Nuestro texto litúrgico sólo se fija en la aplicación de la parábola, pero sería muy conveniente leer también la parábola. La parábola es muy sencilla. Los "muchos" rebaños del rico se contraponen a "una" corderilla del pobre. El rico se contenta con tener, el pobre "la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija".

Ante la visita del huésped el rico le da de comer matando la corderilla del pobre. David, con su autoridad, tiene que sentenciar (vs. 5-6: airado exige el cuádruplo de lo exigido por la ley (Ex. 21, 37) y la muerte, no prevista por el rey, pero exigida por la vileza de la acción. Aplicación de la parábola: la designación "¡eres tú!" del v. 7 constituye el momento culminante de la parábola, ya que los personajes anónimos van a recibir nombre y apellidos. La palabra del Señor ilumina acusando: el oráculo de los vs. 7-12 recuerda los beneficios divinos (agravante de la acción cometida) denuncia el pecado y expone la condena en correspondencia con el delito: asesinato. La espada no se apartará de tu casa por arrebatar a su mujer, te arrebatarán tus mujeres.

La respuesta de David es muy breve: "¡he pecado contra el Señor!" (v. 13). Y si grave fue el pecado del rey contra Urías, contra Dios, más sincero fue aún su arrepentimiento. Todo ser mortal podrá fallar, pero su grandeza radica en saber levantarse a tiempo. Su confesión realiza la creación de un hombre nuevo (Sal. 51, 12 ss.), y Dios le perdona.

-Reflexiones:

En la parábola, el rico se contenta con "tener", con una mera relación de posesión, mientras que el pobre se vacía personalmente con la única corderilla que tiene; le da su pan, su vino, es como una hija. ¿Qué postura tenemos con nuestras posesiones o bienes? ¿Relación personal o relación de posesión? ¿Acumulamos o gozamos siendo personas?.

Dios reprueba la acción de David. Para el Señor no hay acepción de personas: ante la injusticia del poderoso se pone de parte del débil. Y aunque los hombres callen por miedo, por no perder el favor de su Señor en el orden social y económico, por no complicarse la vida…, la palabra del Señor no calla y acusa al rey David. Y para más el encargado de comunicar el mensaje acusador será nada más ni menos que el profeta de la casa del rey, Natán. La ofensa cometida contra Urías es un delito contra el Señor, ya que las relaciones contra el hermano no son indiferentes a Dios. También a Caín le pide Dios cuentas de lo hecho con su hermano Abel (Gen. 4). El Señor es el vengador del débil, pero no aniquila a nadie; si el hombre confiesa su pecado, Dios perdona. La palabra divina, incluso cuando castiga, busca la salvación del hombre.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 31,1-2. 5. 7. 11

R/. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: "Confesaré al Señor mi culpa»,
y tu perdonaste mi culpa y mi pecado.

Tú eres mi refugio: me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.
Alegraos, justos, y gozad con el Señor,
aclamadlo, los de corazón sincero.

Segunda Lectura

(Gal 2,16.19-21): Cristo Jesús Me Ama y Me Ha Salvado San Pablo nos dice que no son las obras, en obediencia a la ley, las que nos salvan, sino nuestra fe en Jesucristo. El Hijo de Dios me amó y me salvó. Ahora vivo su vida.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 2, 16. 19-21

Hermanos: Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la Ley, sino por creer en Cristo Jesús. Por eso, hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la Ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la Ley. Para la Ley yo estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la gracia de Dios. Pero, si la justificación fuera efecto de la ley, la muerte de Cristo sería inútil.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas 7, 36-8, 3

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: – «Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.» Jesús tomó la palabra y le dijo: – «Simón, tengo algo que decirte.» Él respondió: – «Dímelo, maestro.» Jesús le dijo: – «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?» Simón contestó: – «Supongo que aquel a quien le perdonó más.» Jesús le dijo: – «Has juzgado rectamente.» Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: – «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.» Y a ella le dijo: – «Tus pecados están perdonados.» Los demás convidados empezaron a decir entre sí: – «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer: – «Tu fe te ha salvado, vete en paz.» Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.

Dividimos el texto en dos unidades fundamentales (7, 36-50 y 8, 1-3), ocupándonos principalmente de la primera, centrada sobre el tema del amor y del perdón. El contexto de la escena es un banquete; Jesús participa como invitado y dos personas muy distintas (un fariseo y una prostituta) vienen a ofrecerle sus dones.

El fariseo le invita a una comida material. Evidentemente, sería exagerado el acusarlo de mala voluntad; quizá siente respeto por Jesús, cuando le llama. Sin embargo, en el fondo de su gesto existe un rasgo de juicio y de dominio; por eso se atreve a sancionar la actitud del maestro. Tiene su verdad hecha, conoce ya a Dios y no necesita que nadie le enseñe la nueva profundidad del reino y de la vida.

La publicana no está invitada, pero viene. Sabe que Jesús ofrece un mensaje salvador, ha conocido su calidad de hombre que se entrega totalmente a los demás y por eso viene a ofrecerle simplemente lo que tiene: el perfume que utiliza en su trabajo, sus lágrimas, sus besos. Tomado en sí mismo, ese gesto resulta ambivalente. El publicano, regido por las normas de una moral estricta, condena a la mujer, reprueba su gesto de liviandad y juzga a Jesús que ha permitido que le traten de una forma semejante. Jesús, en cambio, ha interpretado la actitud de la mujer como un efecto de su amor, como expresión de gratitud por haber sido comprendida y perdonada.

La visión de Jesús se ilumina a partir de una parábola (7, 41-43): de dos deudores insolventes amará más al Señor aquél a quien le ha sido perdonada la mayor de las deudas. Aplicando la parábola se precisa la actitud del fariseo y de la prostituta.

Todo el evangelio está mostrando ese mensaje: Jesús ofrece el perdón de Dios a los hombres insolventes de la tierra. Entre ellos se encuentran el fariseo y la prostituta. El fariseo no se ha preocupado de aceptar ese perdón; piensa que sus cuentas están claras, se siente plenamente en paz y, por lo tanto, le resbalan las palabras de Jesús que aluden al don de Dios que borra los pecados. Convida a Jesús, pero lo hace por curiosidad; en el fondo no lo ama, porque no se reconoce pecador, no quiere ser perdonado. La mujer, en cambio, se sabe pecadora; ante Dios y ante los hombres confiesa que su deuda es impagable; por eso se ha sentido condenada. Pero ahora que Jesús ha llegado a la ciudad, una vez que ha proclamado su palabra de gracia universal, ella se ha sentido (se ha sabido perdonada). Por eso, superando todos los convencionalismos, aprovecha la ocasión y viene hasta Jesús para demostrarle su agradecimiento y su amor: la grandeza del perdón que Dios le ha concedido se demuestra a partir de la grandeza del amor que ese perdón ha suscitado. En torno a esta relación de Jesús con la pecadora debemos añadir unas notaciones marginales: 1) en sentido estricto el amor de la mujer es siempre una respuesta, porque el primer paso lo ofrece el mismo Dios que perdona a todos por medio de Jesús. Sin embargo, no podemos olvidar que en la historia de cada vida la dialéctica perdón-amor puede revestir modalidades diferentes, de tal manera que en algún caso el amor en vez de ser un signo o consecuencia puede venir a convertirse en principio del perdón. 2) Como ejemplo de una existencia humana fundada en la gratitud por el perdón que ha sido concedido se sitúan las mujeres del texto siguiente de san Lucas (8, 1-3); esas mujeres, que han sido curadas, liberadas, perdonadas por Jesús, han respondido a su don con un gesto de amor comprometido, que las convierten en auténticas discípulas del maestro. 3) Este rasgo de un amor total con que se responde al perdón de Jesús se ajusta más a la tipología de la mujer, de tal manera que una parte de la espiritualidad femenina puede basarse en estos fundamentos; sin embargo, no debemos olvidar que la misma espiritualidad de los varones puede y debe responder a este principio del perdón y del amor como respuesta. 4) Es curioso señalar que en esta caracterización del seguimiento de Jesús, Lucas concede ventaja a la mujer, cosa extraña y revolucionaria en la sociología humana y religiosa de aquel tiempo. Historia inaudita cuando se piensa en los tabúes que Jesús violaba. Decía un rabino de la época que entre un justo y una prostituta había que mantener una distancia de 2 metros.

Jesús no se cuida ni de juicios ni de conveniencias. Esta pecadora tiene una gran confianza en Jesús. Jesús la recibe con un amor que la transforma y entonces se despierta en ella un amor más grande. Otro amor que la purifica y la resucita, un amor inmenso que ha recibido un perdón inmenso.

Dos personas. Dos seres que están dentro de nosotros. El Justo y la pecadora. El justo observa fríamente, razona, encerrado en lo que cree saber sobre Dios, el pecado, los perdones imposibles. Va a faltar a este encuentro que habría cambiado su vida.

La pecadora no dice nada, tiene detalles de delicadeza, de amor. Simeón es un justo, de esos a los que Jesús no ha venido a llamar. Si se sientan a la misma mesa, lo hacen como personas que se han hecho ellos mismos la invitación. No pueden entender la gracia, el don gratuito, generoso, traído por Jesús. ¿Es que son orgullosos -más pecadores que los demás? El texto no se preocupa de esto y deja a la paradoja toda su fuerza: aquellos a los que se perdona poco no pueden entender a Jesús. Del otro lado está la mujer. En una situación de desamparo. Su misterio hace pensar en esa otra mujer que Jesús acaba de encontrar y que conocía también el fondo del desamparo llevando al sepulcro a su hijo único. Llegando como llegan al fondo de la pobreza, las dos mujeres no pueden sino recibir.

La palabra de Jesús crea una vida nueva. Cada vez que me confieso, Cristo me dice las mismas palabras, con el mismo amor, con la misma fuerza. La diferencia no esta en Jesús sino en mí.

El amor es consecuencia del perdón. La moral tradicional queda aquí en ridículo. Habitualmente, el perdón aparece como la recompensan del amor y el amor como la causa del perdón. Aquí es a la inversa; el amor es la consecuencia, el fruto del perdón. el perdón es lo primero, no se da a cambio del amor, sino que es pura y simplemente dado. ¿Cuál es entonces la causa del perdón? Algunas buena disposición habrá en la mujer, que la impulsa a hacerse perdonar.

Sólo los que pasan la dura experiencia de la pobreza, cualquiera que sea la forma bajo la que se presente esa indigencia son accesibles al don de Dios que es el perdón.

Corpus Christi – Ciclo C

SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO


Lectura del libro del Génesis 14, 18-20

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y bendijo a Abrán, diciendo: «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos. Y Abrán le dio un décimo de cada cosa.

Salmo responsorial

R. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Oráculo del Señor a mi Señor:

«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.» R.

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos. R.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora. » R.

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:

«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.» R.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 23-26
Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Ellos replicaron:

«No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

ACERCARNOS AL TEXTO

Después de escuchar lo que los Doce le cuentan al regreso de la misión, Jesús «se los lleva y se retira con ellos en dirección a un pueblo llamado Betsaida» (v. 10). Su intención es clara: de un lado, los quiere aislar del fervor nacionalista exagerado que habían suscitado en las aldeas judías con su predicación (por eso se los lleva hacia Betsaida, fuera del territorio propiamente judío); por otro, quiere hablar en privado con ellos sobre el reinado de Dios y su misión, a fin de corregir visiones y expectativas equivocadas. Es muy instructivo comparar la vuelta de los Doce con el regreso de los setenta y dos (10, 17ss). Los setenta y dos volvieron muy contentos, hecho que dará pie a Jesús para puntualizar cuál es la verdadera alegría y que desatará en él, en aquel preciso momento, la mayor explosión de júbilo que constatan los evangelios (10, 20-22). Sin embargo aquí, en la vuelta de los Doce, no hay alegría. Al parecer, lo que le contaron no debió de agradar mucho a Jesús. Por eso se retira con ellos para corregirles.

Pero ante la presencia de la gente que lo sigue ha de cambiar de planes. La necesidad de las personas marginadas es para Jesús el criterio inmediato y práctico de lo que puede o no puede hacer. Él acoge a la gente, les habla del Reino de Dios y cura a los que lo necesitaban. Se trata de un signo del Reino que es un reino de vida. Los Doce, convencidos de que Jesús los ha escogido aparte como grupo de selecto, protestan por la presencia del gentío de seguidores. Quieren desentenderse de esas multitudes que no van de acuerdo a sus planes y que para ellos son un estorbo. Por eso, se acercan a Jesús para decirle que los despida. Jesús no comparte su deseo ni su exclusivismo. Tiene otra cosa en mente. A ellos les toca darles de comer, eso forma parte de su tarea de anuncio del Reino. Les contesta:«Dadles vosotros de comer». La negativa se reviste de sentido común: hablan de lo poco que tienen y de la necesidad de comprar. Sus categorías son las de la sociedad injusta que el Reino interpela. Continúan «contando» y «alimentándose» con los valores a los que Jesús les había invitado a renunciar cuando los envió en misión: «No lleven ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero» (9, 3).

Ahora les descubre y pone de manifiesto que la lógica y distintivo del Reino va por otro camino: EN EL COMPARTIR lo que se tiene, ahí está la solución. Compartir es un gesto que no tiene límites, cuando se comparte hay de sobra para todos; el amor es siempre abundante. Jesús toma la iniciativa y comparte lo que tienen; los discípulos son intermediarios. La multitud come a gusto, los hambrientos son saciados. El alimento es otro signo de la presencia del Reino, porque de él depende la vida. Pese a la carencia pretextada por los discípulos, sobran doce canastos. La cifra es simbólica: hay alimento para todo el pueblo (las doce tribus).

La multiplicación de los panes y peces es el único milagro común a los cuatro evangelistas. Entre todos lo narran seis veces (Mc 6, 30-44; 8, 1-10; Mt 14, 13-21; Lc 9, 10-17; Jn 6, 1-14). Es un relato lleno de simbolismo eucarístico. Las expresiones «tomó el pan», «alzó la mirada»,«lo bendijo», «lo partió», «se lo dio», aparecen en el mismo orden aquí que en los relatos de la institución de la Eucaristía.

REFLEXIONES PARA NUESTRA VIDA DE CREYENTES

En esta narración quedan claramente resaltados, como expresión de lo que es el Reino, el DON DE DIOS y el COMPARTIR HUMANO. Dios quiere que todos vivan y puedan alimentarse hasta saciarse. Pero esa voluntad se hace efectiva únicamente a través de nuestro compartir. Por eso, la Eucaristía, celebración y expresión de lo que debe ser el nuevo pueblo de Dios o la comunidad cristiana, no es auténtica y se contradice a sí misma si, quienes participamos en ella, no somos solidarios; si quienes decimos ser seguidores de Jesús no compartimos lo que tenemos.

En un mundo donde el hambre, la injusticia y la xenofobia son realidades flagrantes, y donde el ansia de acumular bienes es el anhelo al que dedicamos las mejores horas de los mejores años de nuestra vida, hemos de afirmar que la celebración de la Eucaristía tiene dimensión social y política y pide una nueva sociedad, un nuevo orden internacional. Si no, no es signo mesiánico ni celebración que inaugura el Reino. Sólo si es celebración del compartir la Eucaristía puede considerarse memorial de Jesús.

El relato evangélico de los panes es aleccionador. Los discípulos, estimando que no hay suficiente para todos, piensan que el problema del hambre se resolverá haciendo que la muchedumbre «compre» comida. A este «comprar», regido por las leyes económicas, Jesús opone el «dar» generoso y gratuito: «Dadles vosotros de comer». Luego, coge todas las provisiones que hay en el grupo y pronuncia las palabras de acción de gracias. De esta manera, el pan se desvincula de sus poseedores para considerarlo don de Dios y repartirlo generosamente entre todos los que tienen hambre. Cuando nos liberamos del egoísmo humano, sobra para cubrir la necesidad de todos. Ésta es la enseñanza profunda del relato evangélico.

No podemos inhibirnos o desentendernos del hambre que hay en el mundo diciendo que sólo tenemos para nosotros. Compartir hace crecer nuestras posibilidades. Así anunciamos el Reino. El COMPARTIR es el rasgo característico del Reino, del nuevo Israel, de la comunidad cristiana, de la Iglesia. ¡Es la forma de que los bienes mesiánicos lleguen a todo el pueblo!

COMPROMISO DE VIDA

Nos encontramos ante un mensaje que pone en tela de juicio muchos de nuestros comportamientos, formas de ver y de entender la vida. Es necesario afrontarlo.

¿Cuál es mi actitud HABITUAL de vida: acumular y guardar, o sé compartir generosamente lo que tengo y que, a veces, malgasto?

Si la celebración de la Eucaristía y el COMPARTIR están muy relacionadas, según el texto evangélico de hoy: ¿qué gesto o gestos de compartir voy a llevar a cabo durante esta semana para vivir lo que el Corpus Christi me exige?

Utilizaré cada día de esta semana la oración, “El milagro de compartir”, para así poder hacer mío su mensaje y contenido.

COMENTARIO

Gn 14, 18-20: Melquisedec ofreció pan y vinoSal 109, 1-4: Tu eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec

1 Co 11, 23-26: Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Lc 9, 11-17: Comieron todos y se saciaron.

  • Primera lectura, Melquisedec ofrece el pan y el vino como elementos para un sacrificio incruento agradable a Dios.
  • signo anunciador del sacramento eucarístico.

Segunda lectura, Testimonio de San Pablo sobre la institución de la Eucarística en la última cena, anticipo de la muerte de Jesús.

  • Es una “Tradición que procede del Señor”. Por Pablo la transmite como revelación divina.
  • "Tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo":
  • Categóricamente afirma la “presencia real” y sustancial de Cristo (para la que se requiere una (transustanciación”)
  • Eucaristía significa "acción de gracias". Parte la Eucaristía pero El no se divide. Jesús está Presente en cada fragmento. "mi cuerpo" es singular.

«que se entrega por vosotros», en una “alianza nueva” sellada con su sangre.

  • La Ultima Cena anticipa el calvario: Su entrega a su Padre por su muerte y resurrección.
  • Por amor. Hacernos partícipes de su Pascua.

“Haced esto en memoria mía”

  • "Haced esto": Jesús ordenó celebrarla
  • Memorial de su “sacrificio”. Jesús es sacerdote, víctima y Altar.
  • Eucaristía es un verdadero sacrificio porque representa –hace presente– el sacrificio de la cruz. Aplica su fruto.
  • Estar con nosotros.

¿Hasta cuando?: «Cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva».

  • volverá (Segunda Venida) PERO esta con nosotros en la Eucaristía.
  • Ultimo versículo de Mateo: 28,20 "enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo."
  • "proclamáis la muerte del Señor":
  • Pablo no se avergüenza de la muerte de Cristo en la cruz porque sabe que nos ganó la redención.
  • I Corintios 1:23-24 "nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para
  • los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de
  • los hombres."

La Santísima Trinidad – Ciclo C

Solemnidad de la santísima Trinidad

Gloria al Padre, al Hijo y al Espiritu Santo

1. Oración:

Oh eterno Padre, postrados a tus pies en humilde adoración nos consagramos enteramente a la gloria de tu Hijo Jesucristo, Verbo encarnado, Tu lo has constituido Rey de nuestras almas, sométele, pues, nuestro corazón y nuestra alma, toda fibra de nuestro ser está sometida a sus ordenes y a sus inspiraciones. Haz que unidos a El, seamos llevados en tu seno y consumados en la unidad de tu amor. Oh Jesús, has que nuestra vida, en unión a la tuya, esté toda consagrada a la gloria de tu Eterno Padre y al bien de las almas. Sé Tú nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención y nuestro todo, Santifícanos en la Verdad. Oh Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, establécete en nuestro corazón como un horno de amor y haz que nuestros pensamientos, nuestros afectos y nuestras acciones, suba a lo alto como llamas ardientes, hasta el seno del Padre. Haz que toda nuestra vida sea un. Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Oh María Madre de Jesús, Madre del Divino amor. Fórmanos según el corazón de tu Divino Hijo Amén.

2. Introducción:

Habiendo concluido el tiempo de Pascual, celebramos la Fiesta de la Santísima Trinidad, así celebramos el más grande misterio de nuestra fe.

3. Lectura del libro de los Proverbios 8,22-31.

Esto dice la Sabiduría de Dios: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del Abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar: y las aguas no traspasaban sus mandatos; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres.

El Antiguo Testamento desconocía el misterio de la Trinidad. Por eso jamás habla de él. Sin embargo, hace muchas referencias al Espíritu, entendido como una fuerza de Dios, como un poder o un impulso de Dios con el que obra en el mundo y en la historia de los hombres, especialmente en su pueblo.

El monoteísmo absoluto del A. T. no podía hacer la menor referencia a un hijo de Dios. Será el Nuevo Testamento quien va a darnos la maravillosa doctrina del Hijo eterno de Dios hecho hombre para salvar al mundo.

Pero hoy, en el libro de los Proverbios, libro sapiencial con un gran material antiguo (anterior al Exilio), se nos habla de la sabiduría de Dios. Esta sabiduría se presenta personalizada, como la primera de las criaturas de Dios, muy unida a Dios y a su actuación, como un discípulo, que constituía la delicia de Dios, y su propia alegría consistía en estar entre los hombres.

El autor de este capítulo pensaba en la sabiduría de Dios dada a conocer a Israel y formando parte de su propia mentalidad y sabiduría. Pero será otro autor, del Nuevo Testamento, San Juan, quien se inspire en este texto para la redacción del prólogo de su evangelio, en el que nos hablará de la preexistencia del Logos, de su intervención en la creación, de su unión con Dios, de su venida entre los hombres. La visión del Nuevo Testamento perfecciona e interpreta al Antiguo. Cristo será llamado por Pablo "sabiduría de Dios" (1 Cor 1, 24). Este texto de Proverbios no es más que un embrión de verdad que se manifestará totalmente en la revelación del Nuevo Testamento.


4. SALMO RESPONSORIAL

Sal 8,4-5. 6-7. 8-9

R/Señor, dueño nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos.

Todo lo sometiste bajo sus pies:
rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.

5. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 5,1-5.

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Este es un típico texto trinitario paulino y en él podemos ver algunas de las características más importantes de la presentación de la Trinidad que Pablo suele hacer en su catequesis. Aparecen, desde luego, los Tres de la Trinidad ("Dios" es el Padre en la terminología Paulina) y aparecen obrando la salvación. Este es el rasgo sobresaliente de la predicación trinitaria de san Pablo: no hablar tanto de la Trinidad en sí misma, ontológicamente considerada, sino de su función salvífica. Habla de ella tanto cuanto sea preciso para explicar el misterio de la salvación humana, sin grandes preocupaciones teóricas: en cambio procura conectar la vivencia cristiana (justificación, esperanza, otras actitudes cristianas básicas tal como aparecen en el texto de hoy) con la Trinidad. Se trata, pues, de un Dios cercano a los hombres, hombres creyentes.

En su catequesis trinitaria Pablo ahonda hasta la fuente del misterio salvífico desde la realidad del hombre salvado. Parece conveniente comenzar por esta realidad para ir profundizando y presentar al Padre como origen y destino de la humanidad, lo que se lleva a cabo por la acción de Cristo, aplicado a los individuos y a la comunidad por el Espíritu. Naturalmente la atribución de cada función a una persona es relativa. Pero nos orienta a cómo poder hablar de Dios Trino en contextos ya creyentes.

6. Lectura del santo Evangelio según San Juan 16,12-15.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.

El texto. Está entresacado de la conversación de Jesús con sus discípulos poco antes de partir para con el Padre. El primer versículo pone expresamente de manifiesto el carácter inconcluso de la revelación de Jesús durante el período de su vida terrestre: hay muchas cosas con las que los discípulos de entonces no podían cargar. Las palabras miran hacia el futuro de la comunidad creyente, un futuro que se prevé difícil, como lo sugiere el propio verbo empleado ("cargar"), tras el que late la imagen del acarreo de cargas pesadas. Puesto que la perspectiva es el futuro de la comunidad creyente, resulta inútil cavilar sobre qué es lo que Jesús no podía decir todavía a sus discípulos. La frase se refiere a situaciones comunitarias posteriores, obviamente imprevistas en el presente de los discípulos con Jesús.

Lo verdaderamente importante y decisivo es la presencia del Espíritu en el futuro de la comunidad, una presencia que le abrirá a ésta la posibilidad de entender su situación existencial a la luz de las palabras de Jesús.

Al Espíritu se le designa como "Espíritu de la verdad". Función suya, entre otras formuladas en otros textos, es guiar a la comunidad creyente hacia la totalidad de la verdad. La verdad de la que aquí se habla es la revelación que promete la vida y que ha traído Jesús. Se trata de la penetración profunda en el contenido de la revelación y simultáneamente de su aplicación al comportamiento de la comunidad en medio del mundo. En comparación con otras funciones que se le asignan al Espíritu en el cuarto evangelio, ésta es la que cobra mayor relieve en la experiencia cristiana.

El Espíritu no oscurece la posición reveladora de Jesús. La función de guía del Espíritu está en conexión con Jesús, al igual que Jesús lo está con el Padre. La comunicación de lo que está por venir no debe entenderse como algo completamente nuevo más allá de la revelación de Jesús, algo así como la manifestación de sucesos futuros. "Hablar de lo oído y comunicar lo que está por venir" son, en realidad, expresiones mutuamente complementarias. El Espíritu no anuncia nada nuevo, sino que abre el mensaje mismo de Jesús a las nuevas y cambiantes situaciones de la comunidad, de forma que ese mensaje vaya adquiriendo su sentido siempre actual. La guía del Espíritu saca a la luz del día a día cambiante las insospechadas e insondables virtualidades de la revelación del Padre traída por Jesús. Lo que está por venir no son sucesos futuros, sino la actualización de la definitiva revelación que Jesús hizo del Padre, revelación que en este texto y en el resto del cuarto evangelio recibe el nombre de "la verdad".

La liturgia del día nos invita a centrar nuestra atención en Dios. ¿Cómo hacerlo? Acercándonos a Jesús empezamos descubriendo en él una personalidad humana extraordinaria: su actitud, sus palabras, sus gestos, sus acciones así lo confirman. Jesús despierta simpatía y confianza aun sin haberle visto. Pero poco a poco este descubrimiento inicial se nos queda corto. La persona de Jesús, en efecto, nos abre horizontes y honduras que trascienden lo humano. A través de Jesús y en Jesús Alguien demuestra una total y absoluta realidad, no obstante su invisibilidad. Alguien está ahí y es. No sabiendo cómo llamarle, le llamamos Dios. Jesús no le llama: está en El y vive con El, en cercanía y familiaridad humanamente inexplicables.

Llega un momento en que el trato con Jesús y el conocimiento de él nos llevan a la certeza total de Dios, aunque no acertemos a explicar su realidad. Lo que sí es cierto es que, a través de Jesús, Dios adquiere unos perfiles bien delimitados, que explican y dan respuesta a nuestras más hondas aspiraciones. Gracias a Jesús estamos absolutamente seguros de que nosotros no llegamos a Dios a partir de nosotros mismos, sino que nosotros adquirimos explicación a partir de Dios y que, por eso, nuestra vida tiene sentido.

Oración a la Santísima Trinidad

Autor: Beata Sor Isabel de la Trinidad

¡Oh Dios mío, Trinidad adorable, ayúdame a olvidarme por entero para establecerme en ti!

¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Siento mi impotencia y te pido que me revistas de ti mismo, que identifiques mi alma con todos lo movimientos de tu alma; que me sustituyas, para que mi vida no sea más que una irradiación de tu propia vida. Ven a mí como adorador, como reparador y como salvador… ¡Oh fuego consumidor, Espíritu de amor! Ven a mí, para que se haga en mi alma una como encarnación del Verbo; que yo sea para él una humanidad sobreañadida en la que él renueve todo su misterio. Y tú, ¡oh Padre!, inclínate sobre tu criatura; no veas en ella más que a tu amado en el que has puesto todas tus complacencias. ¡Oh mis tres, mi todo, mi dicha, soledad infinita, inmensidad en que me pierdo! Me entrego a vos como una presa; sepultaos en mi para que yo me sepulte en vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas Amén.

Pentecostés

Domingo de Pentecostés (C)

La promesa del Consolador. El Espíritu Santo, maestro y memoria viva de la Palabra de Jesús Juan 14, 15-16.23-2

1. Introducción:

EL ESPÍRITU QUE EDIFICA LA IGLESIA. El domingo de Pentecostés es "fiesta de la Iglesia" a título particular: el acontecimiento que hoy se conmemora marca el nacimiento de la Iglesia. La 1a.lectura nos describe la escena inaugural constituyente del pueblo de la nueva Alianza. La tipología de la fiesta judía de Pentecostés, que conmemoraba la promulgación de la Alianza en el Sinaí y el nacimiento de Israel como pueblo, puede y debe servirnos para profundizar en este punto.

2. Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:– «¡No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes: y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

El Relato del acontecimiento de Pentecostés en el que habrá que distinguir los hechos mismos, la reacción de los interesados en el momento en que sucedían y la interpretación teológica posterior.

a) Ciertamente, la venida del Espíritu Santo no tuvo lugar por casualidad un día de Pentecostés.

En su origen, la fiesta de Pentecostés era una fiesta de la cosecha, fiesta de plenitud y de abundancia (Ex 23, 16; 24, 22), pero también tributaria del determinismo de la naturaleza. En seguida encuentra su puesto entre las celebraciones de la historia de la salvación: Dt 26, 1-11 prescribe ya al judío que viene a ofrecer las primicias de su cosecha que haga una profesión de fe en la que reconozca que sus tierras son un don de Dios.

Muy pronto, la fecha de la fiesta fue fijada en el día cincuenta después de la Pascua (Dt 16, 9-12). Pero se observan muchos cómputos diferentes, especialmente el que, recurriendo al tema de la nueva creación, hacía coincidir Pentecostés con el primer día de la semana (domingo). Como todos estos cálculos fijaban la fiesta de Pentecostés en el tercer mes, la atención recaía principalmente sobre lo que sucedió en el desierto en el curso de este período: la llegada del pueblo al Sinaí (Ex 19, 1-4). Los autores judíos y los monjes de Qumrân se apoyaron en este acercamiento para hacer de Pentecostés la fiesta de la Ley y de la asamblea del Sinaí. La Pascua había procurado la liberación de hecho de Egipto. Pentecostés concede la libertad de derecho; ésta realiza lo que aquélla había obtenido, recogía los frutos merecidos en la Pascua, "institucionalizaba" el "acontecimiento" pascual.

Convencido de que Pentecostés era la fiesta de la alianza, el autor del libro de los Jubileos (que no pertenece al canon de Antiguo Testamento) condensa en este día todas las alianzas concluidas entre Dios y los hombres: con Noé, con Abraham y con Moisés. Por otra parte, muchos reyes renovaron la alianza el día de Pentecostés (2 Cr 15, 10-15; Sal 67, 68, 16-19, que siempre fue un salmo para esta fiesta).

No hay que extrañarse, pues, de que la restauración de la alianza y la convocación de una nueva asamblea hayan sido fijadas, en el Nuevo Testamento, el día de Pentecostés (Hch 2, 1-11) y que los factores de interiorización de esta Nueva Alianza la hayan colocado sobre los temas antiguos.

b) Durante su narración, Lucas hace alusión varias veces a la alianza y a la asamblea del desierto. Ya es significativa la conexión entre Ascensión y Pentecostés: es necesario que Cristo "suba" para que el Espíritu sea "dado". Esta idea está tomada del Sal 67; 68, 19 (Hch 2, 33) que se cantaba en la liturgia judía de Pentecostés, y los targum del judaísmo aplicaban estos versículos a Moisés que "sube" al Sinaí para que "desciendan" la alianza y la ley (Dt 30, 12-13; cf. Jn 16,7).

Además, el ruido, el viento y la violencia mencionados en el v. 2 son los rasgos característicos de la alianza del Sinaí (Heb 12, 18-19; Ex 19,16). Estas manifestaciones "llenan la casa" del mismo modo que el Sinaí quedó totalmente invadido (Ex 19, 18). El ruido viene del cielo como el que retumba sobre la montaña (Ex 19, 3; Dt 4, 36). Las lenguas de fuego se explica igualmente en el contexto del Sinaí (v. 3). Muchos targum imaginaban que la voz que se manifestó en el Sinaí se dividía en siete o setenta lenguas para manifestar el universalismo de su mensaje: la Palabra de Dios ha sido llevada a todas las naciones, aunque sólo Israel la escuchó. Se comprenderá que estas lenguas fueran de fuego, recordando Ex 19, 18 y 24, 27, como Dt 4, 15 y 5, 5, que en la teofanía del Sinaí muestran a Dios hablando en la llama de fuego.

Pentecostés se presenta, pues, a los primeros cristianos como la inauguración de la alianza nueva y la promulgación de una ley que ya no está grabada en la piedra, sino en el Espíritu y la libertad (v. 4; cf. Ez 11, 19; 36, 26). Esta convicción ha contribuido, sin duda, a la redacción imaginativa del descendimiento del Espíritu. Lo esencial, sin embargo, se encuentra más allá de las imágenes: Dios no da sólo una ley, sino también su propio Espíritu.

c) El v. 4, que anuncia el don del Espíritu, sirve de transición entre las dos partes del relato. Después de haber descrito el descendimiento del Espíritu (vv. 1-3), San Lucas pasa a describir los efectos del carisma de la glosolalia (vv. 5-11). Pero, ¿en qué consistía ese "hablar en lenguas"?, ¿se trataba de sonidos sin sentido para el oído humano, o de varias lenguas que se hablaban simultáneamente? Este carisma se produjo repetidas veces en las comunidades primitivas: en Corinto (1 Cor 12, 30; 13, 1; 14, 2-29), en Cesarea (Hch 10, 45-46) y en Efeso (Hch 19, 6). Ahora bien: todos estos testimonios hacen de este fenómeno, por oposición a la profecía, un carisma que sirve más para alabar a Dios que para instruir a la asamblea ( v. 11; cf. 1 Cor 14, 2, 14-15; Hch 10, 46). Se trata, pues, de un "hablar a Dios" que puede sonar de modo extraño a los no iniciados (vv. 12-13; cf. 1 Cor 14, 23) y que sería una lengua extática ininteligible (cf. ya 1 Sam 10, 5-6; 10, 13), manifestación más o menos psicológica que es interpretada como prenda de la futura espiritualización del hombre.

d) Esta glosolalia toma en la pluma de Lucas un matiz personal. El evangelista convierte el fenómeno de "hablar a Dios" extático en un "hablar a los hombres" en varias lenguas. Los vv. 4 y 6, que nos dan esta interpretación, muestran un vocabulario típicamente lucano. Habría que distinguir, por tanto, más allá del relato del acontecimiento, una interpretación universalista que Lucas pretende dar de él (cf. Lc 3, 6; Hch 28, 28; Lc 24, 47; Hch 1, 8; 13, 47, etc.). La mención de la "multitud" (v. 6: plêthos) es una alusión a la promesa que Dios hizo a Abraham de hacerlo un día padre de una "multitud" (plêthos) de naciones (Gén 17, 4-5; Dt 26, 5).

Ciertamente, las naciones sólo se presentan de un modo simbólico, porque la multitud se compone de judíos que dejaron, provisional o definitivamente, la Diáspora para venir a Jerusalén en peregrinación o para establecerse en esta ciudad (versículos 9-10). La lista de las naciones es bastante extraña, la mención de los cretenses y los árabes (v. 11) puede ser de origen posterior y la de Judea (v. 10) está aquí fuera de lugar. Esta lista hace además algunas omisiones importantes (Grecia, Cilicia…). De todas formas, el universo está presente en sus primicias judías.

3. Salmo Responsorial

Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 (R.: cf. 30)

R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:

¡Dios mío, que grande eres!

Cuantas son tus obras, Señor;

la tierra está llena de tus criaturas. R.

Les retiras el aliento, y expiran

y vuelven a ser polvo;

envías tu aliento, y los creas,

y repueblas la faz de la tierra. R.

Gloria a Dios para siempre,

goce el Señor con sus obras.

Que le sea agradable mi poema,

y yo me alegrare con el Señor. R.

El salmo 103 proclama a Dios admirable en las obras de la creación. Para el creyente, la creación se hace transparente, y ve en ella la mano de Dios. Especialmente, en el misterio de la vida. Una misma palabra, "ruah", designa en hebreo el viento, el aliento y el espíritu vital (los traductores griegos lo llamarán pneuma, y los latinos spiritus). Si un hombre, animal o planta muere, el salmista que contempla la naturaleza entiende que Dios le ha retirado el ruah, y por eso vuelve al polvo de donde había salido (v. 29). Pero Dios no cesa de enviar su espíritu a la tierra, renovando así la creación y repoblando la faz de la tierra (v. 30, ). Todo aliento de vida de la creación es una participación o reflejo del ruah de Dios. Si hay vida sobre la tierra es porque Dios no cesa de enviar su aliento. Por eso la vida es sagrada. El gesto de Jesús exhalando su aliento sobre los discípulos sugiere el sentido cristiano de este salmo.

4. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos: Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esc1avos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Pablo recuerda a los corintios los fenómenos religiosos del paganismo en su culto a los "ídolos mudos" (v.2). Para que aprendan a distinguir entre estos fenómenos y lo que es un verdadero don del Espíritu, les da este criterio: la confesión de que Jesús es el Señor. Porque ésta es la señal y el símbolo de la nueva vida, de la fe que nos salva (cfr. Rm 10,0; Hech 2,36; Flp 2,6-11). Donde se verifica esta fe actúa el Espíritu. Porque hace falta toda la fuerza de Dios para confesar, sobre todo en un mundo en el que los emperadores se hacían llamar "Dominus et Deus", que Jesús es el único Señor.

El autor pasa a hablar ahora de los "carismas" o gracias que edifican la comunidad. Siendo el amor que Dios nos tiene un amor personal es un amor que distingue a cada uno con su favor. Todos tienen su carisma, aunque todos lo tienen para bien de la comunidad. Por eso nadie debe ser marginado, o marginarse, de la comunidad de Jesús. Los que desprecian el carisma del hermano atentan contra la integridad del cuerpo de Cristo. Puede ocurrir que los carismáticos -y todos lo son en el sentido expuesto- se vean tentados a valorar cada cual sus propias dotes o dones, poniendo así en peligro la unidad. Pablo recuerda por eso que todos los carismas tienen un mismo destino, la comunidad, y un mismo principio. El Espíritu, el Señor (Jesús) y Dios (el Padre, en este contexto) no son tres causas independientes, son "uno" en la diversidad de personas. El misterio de Dios, uno y trino, está por encima de nuestras divisiones y de nuestras unidades. Lo que más se asemeja a este misterio es la unidad del amor, en la que todos somos "nosotros". Con esta imagen del cuerpo, usada ya en la literatura clásica de los estoicos para explicar tanto la unidad política como la del universo, se nos enseña que todos somos miembros vivos y, por lo tanto, activos de la iglesia, cuya cabeza es Cristo. Por encima de todas las diferencias nacionales, religiosas y sociales (Gá 3,28), el Espíritu construye y anima la unidad de la iglesia. En ese Espíritu hemos sido sumergidos (alusión al bautismo) y de ese Espíritu bebemos todos (alusión a la eucaristía).

5. + Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: – «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: – «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo.» Y, dicho esto, exhalo su aliento sobre ellos y les dijo: – «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

La opción que los discípulos han hecho por Jesús les ha granjeado la enemistad de los judíos. La expresión miedo a los judíos es de carácter religioso. No significa miedo al pueblo judío (los discípulos eran judíos), sino miedo a la exclusión de la sinagoga, decisión esta que los guardianes de la Ley de Dios habían tomado contra todo el que reconociera a Jesús como Mesías (ver Jn.9,22). Excluidos de la comunidad creyente, los discípulos de Jesús eran un grupo sin puesto y sin paz.

La presencia de Jesús cambia esta situación de los discípulos. Es el Jesús de siempre, al que habían conocido, con el que habían convivido y por el que habían optado. Jesús les devuelve primero la paz de la que carecían por estar excluidos de la sinagoga. En segundo lugar, Jesús les da un puesto y una razón de ser en el mundo convirtiéndolos en enviados suyos, de la misma manera que él lo había sido antes del Padre. Surge así la comunidad creyente, que se llamará Iglesia para distinguirse de la Sinagoga.

A diferencia de ésta, caracterizada por el espíritu de la Ley, la nueva comunidad se caracteriza por el Espíritu de Jesús y del Padre. En razón de este Espíritu la nueva comunidad encarna la oferta de gracia de Dios a los hombres. Las últimas palabras del texto se pueden parafrasear de la siguiente manera: Vosotros sois a partir de ahora los responsables de la oferta de mi Padre a todos los hombres. De vosotros depende ahora esta oferta.

Los destinatarios de estas palabras no son sólo los doce como a veces se piensa, sino la totalidad de la comunidad. El trasfondo de este texto no es jerárquico, sino comunitario. El sentido de estas palabras es a su vez mucho más amplio y rico que la práctica del actual sacramento de la Penitencia.

El texto de hoy es especialmente significativo para la Iglesia por cuanto que marca el comienzo y el sentido de su camino. Por su comienzo la Iglesia nace excluida de lo que había sido su medio y marco de referencias religiosas. Históricamente la Iglesia nace sin puesto y contra corriente, pero no respecto al mundo civil, sino respecto al mundo religioso. El valor de ejemplaridad de los comienzos de la Iglesia reside en que los problemas le vienen del propio mundo de la creencia.

La misión de la Iglesia es ser reveladora de Jesús y, en última instancia, de Dios. La misión la realiza en la medida en que es portadora del Espíritu de Jesús y de Dios. Vistas las cosas en sus comienzos históricos, este Espíritu, que en razón de su origen se llama santo, está en las antípodas del espíritu que reina en los responsables de la Ley de Dios. Los retos no le vienen a la Iglesia desde el exterior. El auténtico reto es su capacidad de apertura al Espíritu de Jesús. Este Espíritu cambia mucho las cosas. Probablemente las renueva siempre.

La Ascensión del Señor

VII Domingo de pascua: La ascensión del Señor

1. Introducción:
Con la Ascensión, los cristianos asumimos la misma tarea del Salvador: consagrar el mundo a Dios en el altar de la historia. Para el cristiano cada día es una liturgia de alabanza y bendición de Dios. No hay ninguna actividad de la vida diaria de los hombres que no pueda convertirse en una ofrenda santa y agradable a Dios.

2. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 1,1-11.

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos les recomendó: -No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo. Ellos lo rodearon preguntándole: -Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel? Jesús contestó: -No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo. Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: -Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse.

Lucas nos ha dejado dos relatos muy diferentes de la Ascensión. El primero sirve de doxología a la vida pública del Señor; el segundo sirve de introducción al Libro de los Hechos y a los comienzos de la Iglesia. El primero, de inspiración litúrgica (cf. Lc 24, 44-53: comparar, por ejemplo, con Eclo 50, 20; Núm 6; Heb 6, 19-20; 9, 11-24), nace de un género literario documental; el segundo, de inspiración cósmica y misionera, es mucho más simbólico.

a) En la versión de los Hechos, la Ascensión aparecía ante todo como la inauguración de la misión de la Iglesia en el mundo. Los cuarenta días (v. 3) fijados por Lucas como la duración de la estancia en la tierra del Resucitado deben ser comprendidos en el sentido de un último tiempo de preparación (el número 40 designa siempre en la Escritura un período de espera), son pues una medida proporcional y no cronológica. La Resurrección no es pues un final, sino el preámbulo de una nueva etapa del Reino: la estancia de Cristo sentado a la derecha del Padre y de la misión de la Iglesia. A este respecto es muy significativa la advertencia de los ángeles que invitan a los apóstoles a no quedarse mirando al ciclo (v. 11).

Cristo sentado a la derecha de Padre (cf. Ef 1, 20; Col 3, 1; Hch 7, 56) es evidentemente una imagen. Lucas no quiere localizar la presencia del Señor, sino solamente hacer comprender que el Resucitado es a partir de este momento aquel a quien Dios ha enviado el Espíritu, fuente y origen de la misión universal de la Iglesia y de todo lo que tiene carácter universalista en el mundo.

b) Igualmente, la imagen de la nube no se debe tomar en sentido material. Para Lucas la nube es solamente el signo de la presencia divina, como lo fue en la tienda de la reunión y en el Templo. No se trata en modo alguno de un fenómeno meteorológico, sino de un acontecimiento teológico: la entrada de Jesús de Nazaret en la gloria del Padre y la certidumbre de su presencia en el mundo. Jesús resucitado es a partir de este momento el lugar de la presencia de Dios en el mundo. El único lugar sagrado de la nueva humanidad.

c) Lucas da por último al acontecimiento un tono dramático. Es el único que presenta a Cristo como "arrebatado" (v. 11; cf. Mc 16, 19) o "llevado" (v. 9). Hay aquí una idea de separación y de ruptura, aún más acrecentada por la afirmación de que no corresponde a los hombres conocer el final de su historia (v. 7) y por la llamada a los apóstoles al realismo del que querían evadirse (v. 11). Sin duda Lucas quiere mostrar que Cristo no puede menos que separarse de gentes que sólo piensan en el inmediato establecimiento del Reino (v. 6) y que sólo está presente en aquellos que aceptan el largo caminar que pasa por la misión y el servicio de los hombres (v. 8). También quiere mostrar que para que la Iglesia comience su misión es necesario que rompa con el Cristo carnal. De ahora en adelante sólo es posible unirse a Cristo por intermedio de los apóstoles revestidos del Espíritu de Cristo. Tras la insistencia de Lucas sobre la separación entre Jesús y los suyos se dibuja pues una manera de ver la Iglesia.

3. SALMO RESPONSORIAL (Sal 46,2-3. 6-7. 8-9)

R/. Dios asciende entre aclamaciones,
el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.

Dios asciende entre aclamaciones,
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.

Este salmo aclama a Dios como rey universal; parece oírse en él el eco de una gran victoria: Dios nos somete los pueblos y nos sojuzga las naciones. Posiblemente, este texto es un himno litúrgico para la entronización del arca después de una procesión litúrgica -Dios asciende entre aclamaciones- o bien un canto para alguna de las fiestas reales en que el pueblo aclama a su Señor, bajo la figura del monarca.

Nosotros con este canto aclamamos a Cristo resucitado, en la hora misma de su resurrección. El Señor sube a la derecha del Padre, y a nosotros nos ha escogido como su heredad. Su triunfo es, pues, nuestro triunfo e incluso la victoria de toda la humanidad, porque fue «por nosotros los hombres y por nuestra salvación que «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Por ello, no sólo la Iglesia, sino incluso todos los pueblos deben batir palmas y aclamar a Dios con gritos de júbilo.

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 1,17-23.

Hermanos: Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

La Ascensión representa para Jesús la culminación de la misión terrena, su exaltación y glorificación. El que fue rechazado por los hombres Dios lo sienta a su derecha y le da todo poder.

El apóstol desea que Dios dé a los efesios un conocimiento más profundo de Dios y que los ilumine para que comprendan cual es la esperanza de la vocación, la riqueza de la gloria y la grandeza del poder desplegado en Cristo al resucitarlo de entre los muertos.

La afirmación fundamental es: Cristo, el que murió y resucitó, hoy está sentado a la derecha de Dios, todos los "poderes" están bajo sus pies y él es la cabeza de la Iglesia. Así desmitifica el mundo y manifiesta el poder de Cristo en la edificación y crecimiento de la Iglesia. Jesús resucitado es la fuerza propulsora presente en todas las expresiones de la vida de la Iglesia: predicación, ministerio y servicio.

5. Final del santo Evangelio según San Lucas 24,46-53.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.Y vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto. Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos (subiendo hacia el cielo). Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

En el episodio de los discípulos de Emaús, la secuencia fue así: primero, la exposición y explicación de la palabra; después, la comprensión durante la "comida". Sin embargo, ahora, se cambia al orden: a la "comida" siguen las palabras del resucitado. "Palabra" y "comida" son, desde la revelación, elementos necesarios para la fe plena: "Les abrió el sentido para la comprensión de la Escritura". Es preciso tener en la memoria el camino de Jesús, que comenzó con la promesa y que, con la resurrección, aún no ha llegado a su fin definitivo, pues los mismos discípulos han de proseguir ese camino y llegar a esa meta con la "fuerza de lo alto". Porque en Jerusalén, que parece el final, es decir, donde todo se acaba, es precisamente donde irrumpe lo nuevo que se presenta por delante: el camino de Jesús con los suyos a los pueblos, "en su nombre".

La ascensión, la subida del Señor al cielo es el punto cardinal -así quiere entenderlo el evangelista- del que parte el camino de Jesús y a la vez el camino de la Iglesia (cf. Hch 1,8s).

En este final de Lc cobra un tono relevante el término "mientras" (51). "Mientras los bendecía…". Esa bendición es un centrarse del Señor en sus discípulos: todos sus caminos están marcados por ese gesto. La bendición de Jesús marca el día del mundo. De ahí la alabanza de los discípulos a la hora de la despedida. Ellos se quedan parados, con las manos extendidas y, de momento, inmóviles, pero expectantes ante la llegada de la fuerza de lo alto y del retorno de su Señor.

Desde entonces, las manos del resucitado están abiertas sobre todos los caminos de los hombres y sobre el mundo, bendiciendo. Quien comprende esto, participa de la visión del evangelista, el mensajero de la alegría.

Domingo 4 de Pascua – Ciclo C

Domingo cuarto de pascua: Ciclo C

El cuarto domingo está centrado tradicionalmente en una de las imágenes más entrañables del evangelio, de profundas raíces bíblicas e incluso universales: Jesús, el buen pastor. Por voluntad de Pablo VI este domingo ha sido señalado como un día propio para la plegaria en favor de las vocaciones al ministerio y a la vida consagrada.

2. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 13,14. 43-52.

En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquía de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento, Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé, que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles al favor de Dios. El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a oír la Palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: -Teníamos que anunciaros primero a vosotros la Palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: «Yo te haré luz de las gentiles, para que seas la salvación hasta el extremo de la tierra.» Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho y alababan la Palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna, creyeron. La Palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a las principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.

Hacia el final de la segunda parte de los Hechos acerca de la expansión de la Iglesia y concretamente durante el primer viaje misional de Pablo, se enmarca el episodio de Antioquía y Pisidia. Con este motivo Lucas traza una escena de gran importancia para Hechos y en general para toda la vida de la Iglesia; la total apertura de la predicación hacia el mundo no judío. Ya se han visto sus comienzos en Hech. 10 y 11. Pero aquí se da un paso más, pues no sólo se abre el Evangelio a los paganos como una concesión, sino se les da una cierta preferencia y también, de alguna manera, se les aparta de los judíos, aunque no del todo. La escena es simbólica, porque Pablo seguirá predicando a los judíos. No es un cambio radical en el modo de proceder de Pablo. Probablemente hubo en esta Antioquía un cierto rechazo que da pie a la colocación de la escena en este contexto. Contrapuesta a la actitud de los judíos aparece la aceptación del mensaje por parte de los gentiles. En el contexto sale que la aceptación no es del todo ajena a la disposición humana, si bien ésta no puede ser nunca causa de la fe.

La predicación del mensaje da lugar, como en otras ocasiones, a la persecución. Por lo cual Pablo y Bernabé se marchan obligados, pero no cesan en su actividad porque no se trata de una obra suya sino del Espíritu, que los llena de alegría y fuerza. Hay anuncio del mensaje. Unos lo aceptan y otros no. La Palabra se difunde porque los sucesos favorables son obra del Espíritu.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 99, 2. 3. 5

R/. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño [o, Aleluya]

Servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.

Soy miembro del rebaño, porque tú eres el Pastor. Tú eres la raíz de nuestra unidad. Al depender de ti, buscamos refugio en ti, y así nos encontramos todos unidos bajo el signo de tu cayado. Mi lealtad a ti se traduce en lealtad a todos los miembros del rebaño. Me fío de los demás, porque me fío de ti. Amo a los demás, porque te amo a ti. Que todos los hombres y mujeres aprendamos así a vivir juntos a tu lado.

4. Lectura del libro del Apocalipsis 7,9. 14b-17.

Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y uno de los ancianos me dijo: -Estos son los que vienen de la gran tribulación, han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en su templo. El que se sienta en el trono acampará entre ellos. Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.

En el capítulo sexto del Apocalipsis se hace una presentación de las dificultades de la historia que son vencidas por Cristo resucitado y quien da sentido a todo ello. Se constituye así la muchedumbre de quienes a lo largo de esa historia y a pesar de esas dificultades, van constituyendo la comunidad de los salvados. Es evidentemente una dimensión universal. La salvación no está limitada a nadie. Un matiz importante es que la purificación de que se habla (v.14b) no es ritual o legal, sino una expresión de la unión establecida con la muerte y resurrección de Cristo.

Sin eliminar las dificultades, paralelas a las de Jesús, se insiste especialmente en el destino final glorioso, también paralelo al del Resucitado. Es lo necesario para animar a las personas, destinatarias del Apocalipsis, que se encuentran en tribulaciones. También los demás pueden extraer esa misma conclusión, aun cuando las condiciones negativas que sufren no sean persecuciones sociopolíticas como las del tiempo de Domiciano. La fuerza de la Resurrección (vs. 16-17) es válida para todo tipo de opresión. El Apocalipsis es un libro de liberación humana no condicionado sólo a un campo determinado. Los oprimidos de todo tipo tienen su Liberador en Cristo.

5. Lectura del santo Evangelio según San Juan 10,27-30.

En aquel tiempo, dijo Jesús: -Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.

Veamos lo que celebraban: Empieza leyendo Juan 10, 22. Se trata de la fiesta de la Dedicación del Templo en recuerdo de la autoafirmación nacional judía después de la humillación de Antioco IV el sirio, unos cientos cincuenta años atrás. Ambiente mitad religioso, mitad laico. En cualquier caso, ambiente de fiesta, de esperanza, de apuesta por un futuro libre en tiempos de Jesús Israel estaba bajo el dominio de Roma. Jesús parece ser una personalidad clave de cara a ese futuro de libertad. Es lógica la expectación en torno a su persona. El texto forma parte de la respuesta que Jesús da a los judíos sobre sí mismo, sobre el papel que desempeña. Este es el de pastor. Habla de las relaciones entre él y sus ovejas. Destaca dos aspectos en esas relaciones: la compenetración mutua y la seguridad de que gozan las ovejas. Da, por último, la razón de esa seguridad. Comentemos el texto: El pastor y la ovejas son una imagen clásica en la literatura bíblica. Muchos profetas se sirvieron de ella cuando quisieron hablar de las relaciones entre Dios y su Pueblo. Es una imagen espontánea en una economía agrícola y ganadera. Recoge en sí muchas horas de soledad y de observación, de intemperie y de dureza, de solicitud y de ternura. Tal vez por eso es una imagen capaz de romanticismo. Porque a través de ella sólo habla el largo esfuerzo del amor. Las ovejas son lo más importante que tengo, las conozco y les doy una vida que dura siempre. ¡Qué cantidades de sacrificio y de desvelos! ¡Y de inconfesable alegría y paz! Dentro del pastor. ¿Y en las ovejas? Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen. Por último, una apuesta de futuro: No perecerán jamás y nadie me las arrebatará. Una apuesta capaz de generar en las ovejas certeza y seguridad.

UNA VOZ INCONFUNDIBLE: A) saber escuchar: reconocer la voz de Jesús entre tantas voces. B) Yo las conozco: sabe llegar a lo más hondo de nuestro Ser. C) ellas me siguen: Seguirle es acoger y cuidar gozosamente todo lo que da vida, y proseguir su causa.

La comunidad de Jesús ha de asumir esta triple opción: Hacerse cargo de la realidad, lo que supone estar en la realidad del mundo. Cargar con la realidad: asumir la responsabilidad de lo que el mundo es. Encargarse de la realidad: transformarlo, darle esperanza, hacerlo habitable, más humano.

Domingo de Ramos – Ciclo C

Domingo de Ramos:

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

1. Oración

Ramo bendito, portador de la paz, y de la bendición de Cristo, augurio de nuestra victoria final con Él. Con este ramo, aclamé a Cristo y expresé mi anhelo de aclamarlo de nuevo triunfante, cuando vuelva al final de los tiempos. Te suplicamos, Señor, que quienes nos ponemos a la sombra de estos ramo-portadores de tu paz y bendición- marchemos seguros hacia tu Reino.

Haz, Señor, que quienes agitamos estos ramos en tu honor, te aclamemos triunfantes, con palmas de victoria, cuando vuelvas glorioso, como nuestro Rey y Juez. Haz, Señor, que los moradores de esta casa, como ramos siempre verdes y fructíferos, te agraden con los frutos de una vida cristiana.

2. Lectura del Profeta Isaías 50,4-7.

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda. a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

Los poemas del Siervo de Yahveh iluminan el misterio de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y explican por qué el Mesías tenía que sufrir. El Siervo ha de ser una persona experimentada en el dolor, un iniciado que comparta el sufrimiento de los hombres. Lleva sobre sí el dolor del mundo. Varón de dolores. Ahí están sus fuertes espaldas para cargar todos los pesos y ahí está su valiente rostro para encajar toda clase de golpes. Este siervo podrá ser el consuelo del mundo, el que pueda alentar a los abatidos y confortar a los que sufren, el que pueda extender la mano al abandonado, el que pueda decir a todos los marginados una palabra adecuada. El siervo saca toda su fuerza del Señor, vive de «mi Señor» y para «mi Señor», en una gozosa relación de dependencia filial. Y "el Señor le ayudaba" en todo.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 21,8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R/. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que le ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere.»

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores:
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.

Fieles del Señor, alabadlo,
linaje de Jacob, glorificadlo,
temedlo, linaje de Israel.

Meditación personal de este salmo:

Comienzo este Salmo de rodillas. Es tu Salmo, Señor. Tú lo dijiste en la cruz, en la profundidad de tu agonía, cuando el sufrimiento de tu alma llevaba a su colmo al sufrimiento de tu cuerpo en último abandono. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Son tus palabras, Señor. ¿Cómo puedo hacerlas mías? ¿Cómo puedo equiparar mis sufrimientos a los tuyos? ¿Cómo puedo pretender subirme a tu cruz y dar tu grito, consagrado para siempre en la exclusividad de tu pasión? Este Salmo es tuyo, y a ti se te ha de dejar como reliquia de tu pasión, como expresión herida de tu propia angustia, como testigo dolorido de tu encuentro con la muerte en tu cuerpo y en tu alma. Estas palabras son palabras de Viernes Santo, palabras de pasión, palabras tuyas. No he de tocarlas yo.

Y, sin embargo, siento por otro lado que este Salmo también me pertenece a mí, que también hay momentos en mi vida en los que yo tengo la necesidad y el derecho de pronunciar esas palabras como eco humilde de las tuyas. También yo me encuentro con la muerte, una vez en mi cuerpo al final de la vida, y veces sin cuento en la desolación de mi alma al caminar por la vida en las sombras del dolor. No quiero compararme a ti, Señor, pero también yo sé lo que es la angustia y la desesperación, también yo sé lo que es la soledad y el abandono. También yo me he sentido abandonado por el Padre, y las palabras sin redención han salido de mis labios resecos: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Cuando llega la depresión, hace iguales a todos los hombres. La vida pierde el sentido, nada tiene explicación, todo sabor es amargo y todo color negro. No se ve razón para seguir viviendo. Los ojos no ven el camino, y los pies se atenazan en la inercia. ¿Para qué comer, para qué respirar, para qué vivir? El fondo de la fosa es el mismo para todos los hombres, y los que han llegado ahí lo saben. Sé lo que es una depresión, y sé que es muerte real en cuerpo vivo. Abandono total, límite de sufrimiento, frontera de desesperación. El sufrimiento iguala a todos los hombres, y el sufrimiento del alma es el peor sufrimiento. Conozco su negrura.

¿Dónde quedas tú, entonces? ¿Dónde estás tú cuando la noche negra se cierne sobre mí? «De día te grito, y no respondes; de noche, y no me haces caso». De hecho, es tu ausencia la que causa el dolor. Si tú estuvieras a mi lado, podría soportar cualquier dolencia y enfrentarme a cualquier tormenta. Pero me has abandonado, y ésa es la prueba. La soledad de la cruz el Viernes Santo.

La gente me habla de ti en esos momentos; lo hacen con buena intención, pero no hacen más que agudizar mi agonía. Si tú estás ahí, ¿por qué no te muestras? ¿Por qué no me ayudas? Si tú rescataste a nuestros padres en el pasado, ¿por qué no me rescatas a mí ahora? «En ti confiaban nuestros padres; confiaban, y los ponías a salvo; a ti gritaban, y quedaban libres; en ti confiaban, y no los defraudaste. Pero yo…».

Yo no parezco contar para nada en tu presencia. « Yo soy un gusano, no un hombre», o al menos así me lo parece ahora. «Estoy como agua derramada, tengo todos los huesos descoyuntados; mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas; mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar; me aprietas contra el polvo de la muerte».

Tenía que llegar yo al fin de mis fuerzas para caer en la cuenta de que la salvación me viene solamente de ti. Mi queja ante ti era en sí misma un acto secreto de fe en ti, Señor. Me quejaba a ti de que me habías abandonado, precisamente porque sabía que estabas allí. Muéstrate ahora, Señor. Extiende tu brazo y dispersa las tinieblas que me envuelven. Devuelve el vigor a mi cuerpo y la esperanza a mi alma. Acaba con esta depresión que me acosa, y haz que yo vuelva a sentirme hombre con fe en la vida y alegría en el corazón. Que vuelva yo a ser yo mismo y a sentir tu presencia y a cantar tus alabanzas. Eso es pasar de la muerte a la vida, y quiero poder dar testimonio de tu poder de rescatar a mi alma de la desesperación como prenda de tu poder de resucitar al hombre para la vida eterna. Me has dado nueva vida, Señor, y con gusto proclamaré tu grandeza ante mis hermanos. «Me harás vivir para él, mi descendencia le servirá; hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor». «Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré». «Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos».

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 2,6-11.

Hermanos: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame: « ¡Jesucristo es Señor!», para gloria de Dios Padre.

Pablo está en la cárcel, probablemente en Éfeso. Cuando escribe a los filipenses ya ha comparecido ante el tribunal, pero la sentencia está todavía pendiente. Encarcelado y juzgado por ser cristiano (Fil. 1, 13), Pablo puede pedir con coherencia y autoridad a los miembros de la comunidad de Filipos que den a su vez testimonio cristiano. ¿Qué tipo de testimonio? El de la concordia y el amor. En efecto, el egoísmo, la envidia y la presunción habían empezado a causar estragos en la comunidad; ésta se estaba convirtiendo en un antisigno escandaloso. Dada esta situación. Pablo pide a los cristianos de Filipos que tengan la grandeza de ánimo suficiente para superar el propio interés y abrirse con sencillez a los demás (Flp 2, 3-4). Al pedir esto, Pablo no se basa en una simple pedagogía humana, sino en el caso concreto de Cristo Jesús, que siendo Dios se hace hombre. Para ello, Pablo se sirve de un himno litúrgico, que él incorpora a su carta. Este himno describe la dinámica existencial de Cristo Jesús:

1. Condición divina (v. 6). No se describe en sí misma, sino como punto de arranque de una actuación que inicia su camino en el insondable mundo de Dios.

2. Condición humana (vs. 7-8). Antitética de la anterior. Fruto de una decisión puramente libre. Está presentada polarmente: momento inicial y final de la existencia humana de Jesús. Significado de estos dos momentos para Jesús: despojarse (momento inicial), rebajarse (momento final). Ser hombre es calificado como esclavitud. ¿Por qué? Porque el hombre está sometido a potestades cósmicas supreterrenas (lenguaje mitológico); porque el hombre está sometido al miedo, a la inseguridad, a la angustia existencial (lenguaje desmitologizado). Este es el mundo en el que entra Jesús, un mundo que parece constituir el fracaso de Dios y la victoria de las potestades esclavizantes, la última de las cuales es la muerte.

3. Condición glorificada (vs. 9-11). Entra en escena Dios, a quien la condición humana de Jesús ha puesto en entredicho. Tomando ahora la iniciativa, Dios declara solemnemente cuál es el auténtico alcance de la condición humana. Las potestades, victoriosas antes, aclaman ahora al ensalzado. Si tales potestades son expresión de la angustia existencial del hombre, que se ve arrojado en brazos de un destino ciego, el destronamiento de las mismas simboliza el retorno del hombre y del mundo a Dios. El sentido del hombre y del mundo no es ya la insensatez, la angustia, el azar, sino Jesucristo. El es la respuesta a las preguntas que turban a los hombres. En él recobra el mundo su sentido.

5. Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 22,14-23,56.

C. [Llegada la hora, se
sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo:

+ -He deseado enormemente
comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo
que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios.

C. Y tomando una copa, dio
gracias y dijo:

+ -Tomad esto, repartidlo
entre vosotros; porque os digo que no beberé 
desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.

C. Y tomando pan,
dio gracias; lo partió y y se lo dio diciendo:

+ -Esto es mi cuerpo, que
se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Después de cenar,
hizo lo mismo con la copa diciendo:

+ -Esta copa es la Nueva
Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.

Pero mirad: la mano del
que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del
Hombre se va según lo establecido; pero
¡ay de ése que lo entrega!

C. Ellos empezaron a preguntarse
unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.

Los discípulos se pusieron
a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero.
Jesús les dijo:

+ -Los reyes de los gentiles
los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores.
Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese
como el menor, y el que gobierne, como el que sirve.

Porque,
¿quién es más, el que está 
en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está 
en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.

Vosotros sois los que habéis
perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como
me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en
mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de
Israel.

C. Y añadió:

+ -Simón, Simón, mira
que Satanás os ha reclamado para cribaron como trigo. Pero yo
he pedido por ti para que tu fe no se apague.

Y tú, cuando te recobres,
da firmeza a tus hermanos.

C. El le contestó:

S. -Señor, contigo estoy
dispuesto a ir incluso a, la cárcel y a la muerte.

C. Jesús le
replicó:

+ -Te digo, Pedro, que no
cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme.

C. Y dijo a todos:

+ -Cuando os envié 
sin bolsa ni alforja, ni sandalias,
¿os faltó algo?

C. Contestaron:

S. -Nada:

C. El añadió: 

+ -Pero ahora, el que tenga
bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que
venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse
en mí lo que está escrito : «fue contado con los malhechores». Lo
que se refiere a mí toca a su fin.

C: Ellos dijeron:

S. -Señor, aquí 
hay dos espadas.

C. El les contestó:

+ -Basta.

C. Y salió 
Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los
discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:

-Orad, para no caer en la
tentación.

C. El se arrancó 
de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba
diciendo:

+ -Padre, si quieres, aparta
de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.

C. Y se le apareció 
un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con
más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre,
hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos,
los encontró dormidos por la pena, y les dijo:

+ -¿Por qué 
dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación.

C. Todavía estaba hablando,
cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce.
Y se acercó a besar a Jesús.

Jesús le dijo:

+ -Judas,
¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?

C. Al darse cuenta los que
estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron:

S. -Señor,
¿herimos con la espada?

C. Y uno de ellos hirió 
al criado del Sumo Sacerdote, y le cortó 
la oreja derecha.

Jesús intervino diciendo:

+ -Dejadlo, basta.

C. Y, tocándole la oreja,
lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo,
y a los ancianos que habían venido contra
él:

+ -¿Habéis salido con
espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con
vosotros, y no me echasteis mano. Pero
ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas.

C. Ellos lo prendieron,
se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro
lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio,
se sentaron alrededor y Pedro se sentó
entre ellos.

Al verlo una criada sentado
junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo:

S. -También 
éste estaba con él.

C. Pero
él lo negó diciendo:

S. -No lo conozco, mujer.

C. Poco después lo vio
otro y le dijo:

S. -Tú 
también eres uno de ellos.

C. Pedro replicó:

S. -Hombre, no lo soy.

C. Pasada cosa de una hora,
otro insistía:

S. -Sin duda, también 
éste estaba con él, porque es galileo.

C. Pedro contestó:

S. -Hombre, no sé 
de qué hablas.

C. Y estaba todavía hablando
cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó 
una mirada a Pedro, y Pedro se acordó 
de la palabra que el Señor le había dicho:
«Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces.»
Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Y los hombres que sujetaban
a Jesús se burlaban de él dándole golpes.

Y, tapándole la cara, le
preguntaban:

S. -Haz de profeta:
¿quién te ha pegado?

C: Y proferían contra
él otros muchos insultos.

Cuando se hizo de día,
se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados,
y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron:

S. -Si tú 
eres el Mesías, dínoslo.

C. El les contestó:

+ -Si os lo digo, no lo
vais a creer; y si os pregunto no me vais a responder.

Desde ahora el Hijo del
Hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso.

C. Dijeron todos:

S. -Entonces,
¿tú eres el Hijo de Dios?

C. El les contestó: 

+ -Vosotros lo decís, yo
lo soy.

C: Ellos dijeron:

S. -¿Qué 
necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído
de su boca.]

C. El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo:

S. -Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey.

C. Pilato preguntó a Jesús:

S. -¿Eres tú el rey de los judíos?

C. El le contestó:

+ -Tú lo dices.

C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba:

S. -No encuentro ninguna culpa en este hombre.

C. Ellos insistían con más fuerza diciendo:

S. -Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí.

C, Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verlo hacer algún milagro.

Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra.

Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco.

Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo:

S. -Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré.

C. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo:

S. -¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás.

C. (A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.)

Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando:

S. -¡Crucifícalo, crucifícalo!

C. El les dijo por tercera vez:

S. -Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él. ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré.

C. Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío.

Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús.

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él.

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:

+ -Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «desplomaos sobre nosotros», y a las colinas: «sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.

Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Jesús decía:

+ -Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

C. Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte.

El pueblo estaba mirando.

Las autoridades le hacían muecas diciendo:

S. -A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.

C. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:

S. -Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

C. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:

S. -¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

C. Pero el otro le increpaba:

S. -¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.

C. Y decía:

S. -Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

C. Jesús le respondió:

+ -Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

C. Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:

+ -Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

C. Y dicho esto, expiró.

El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo:

S. -Realmente, este hombre era justo.

C. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho.

Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

[Un hombre llamado José,
que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor
de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea
y que aguardaba el Reino de Dios, acudió 
a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió
en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde
no habían puesto a nadie todavía.

Era el día de la Preparación
y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea
fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A
la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo,
conforme al mandamiento.]

Ahora nos detendremos en el evangelio. Su extensión no nos permite un comentario proporcionado; habrá que contentarse con señalar algunas de las numerosas particularidades que presenta el relato de Lucas. Al seguir paso a paso este relato, en paralelismo con los otros, advertimos los puntos siguientes.

En el momento mismo en que "va a sufrir", Jesús vive en plena esperanza; no comerá ya la Pascua, ni beberá más el vino de la fiesta; pero él sabe que la Pascua terrestre tendrá su cumplimiento en los cielos y que él será su comensal; sabe que el Reino de Dios vendrá ciertamente, y entonces volverá a encontrar a sus discípulos en la fiesta. Más adelante, en los versículos 28 y 30, Jesús vuelve a hacer profesión de su esperanza, con fórmulas que le otorgan un papel muy importante y muy activo en el establecimiento del reino, mientras que en las expresiones que acabamos de leer, Jesús era solamente el beneficiario de la venida del Reino. Ahora dice "mi reino", y afirma que dispone de él en persona, tal como, explica, "el Padre ha dispuesto" en su favor.

El gesto eucarístico será un "memorial" de Jesús; con él los discípulos, acordándose de él, guardarán igualmente el recuerdo de sus palabras, de sus actos, del misterio del que él habrá sido el signo.

El cuerpo es "dado por vosotros"… "la sangre derramada por vosotros", en tanto que Mc y Mt hablan de las "multitudes". Lucas ve primeramente el don de Jesús hecho en beneficio de sus discípulos y amigos. Queda muy subrayada la atmósfera familiar de la última cena; el "discurso después de la Cena" que Lucas propone, más breve que el de Juan, recoge también ese tema, invitando a los discípulos a comportarse unos con otros como siervos, y recordando la fidelidad que estos discípulos han demostrado a Jesús durante "sus pruebas", fidelidad que les valdrá participar en su triunfo.

Porque hasta ahora, es Jesús el que ha sido "probado"; a partir de ahora les toca a sus discípulos ser "tentados", "cribados por Satanás". En vista de este combate, están obligados a armarse; pero Jesús, con su oración, los sostiene. Al menos ha obtenido para Pedro el que permanezca firme, para que sea un apoyo inquebrantable para los demás. Antes, sin embargo, conocerá Pedro la traición, consecuencia quizá de la presunción que aparece en su declaración: porque existe una diferencia entre el "Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca", y el "yo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte".

El episodio de Getsemaní es menos la tentación de Jesús que la de sus discípulos. Son ellos los que deben "orar para no entrar en tentación". Jesús ora, y su oración es el modelo de la oración cristiana (ver la semejanza con el Padrenuestro"; y el combate que libra es el modelo de la lucha que debe entablar el cristiano: combate penetrado de oración y sostenido con la ayuda de Dios (el ángel que recuerda la marcha dolorosa de Elías sostenido por un ángel, 1 Re 19, 4-8).

El arresto de Jesús se desarrolla muy rápidamente. Y en medio de este movimiento rápido, el único que se hace notar por los lectores es Jesús: por la frase con que acoge a Judas… y por la dulzura de que da pruebas con Malco. Resuena, en fin su voz, que atribuye el escenario en el que es la víctima, al temible poder de las tinieblas (tema ya notado en vv. 3 y 31).

Al contar la traición de Pedro, Lucas omite las imprecaciones con que el Apóstol subraya su negación; nota sobre todo la mirada que Jesús dirige a Pedro. Esta mirada, verosímilmente contraria a las exigencias inútiles de la topografía, dice cómo Jesús, en medio mismo de su drama, sabe ser amigo.

La comparecencia de Jesús ante el Sanedrín es referida brevemente. Hay una frase que reviste una particular significación. "Desde ahora, afirma Jesús, el Hijo del hombre está sentado…". Las decisivas palabras: "desde ahora", van unidas a una cita que proclama el reino del Hijo del hombre, sin mencionar su venida sobre las nubes. Lucas llama, pues, la atención sobre el presente, nuestro presente, que es ya el tiempo en que reina el Hijo del hombre. No olvida el futuro, marcado por la última venida, pero omitiendo esta dimensión de su fe, atestiguada en otras partes, subraya la actualidad de una salvación que compromete nuestra comprensión de la vida, de nuestra vida presente, diaria.

Es notable, por otra parte, que Lucas no espere a la mañana de Pascua para gritar al mundo ese "desde ahora"; lo hace cuando Jesús es entregado por Judas, traicionado por Pedro, ridiculizado por los criados, acusado por los jefes. El autor relaciona humillación y triunfo de una forma que no deja de sorprendernos.

Acusado ante Pilato de pretensiones políticas y de intrigas antiromanas, Jesús es, finalmente, inocente; el juez romano no "encuentra ningún motivo de condena" en él: sorprendente afirmación del carácter apolítico de la acción desarrollada por Jesús. Lucas, el único en referir la comparecencia ante Herodes, la aprovecha para hacer ver el sentido especial de la realeza de Jesús. "Tratado con desprecio", convertido en objeto de un juego indigno, Jesús, sin embargo, se halla revestido con una "vestidura magnífica", que dice al creyente su verdadera dignidad.

Al dar cuenta de la segunda audiencia de Pilato, Lucas insiste, por una parte, en el juicio dado por el romano -Jesús es inocente- y, por otra, en la unanimidad que reúne a "sumos sacerdotes, jefes y pueblo" en la condena de Jesús, conseguida con su insistencia, varias veces renovada… De esta manera, los paganos salvan, en parte al menos, su responsabilidad, mientras que los judíos comprometen gravemente la suya.

La subida al Calvario permite una oposición muy esclarecedora para los cristianos de todos los tiempos. Entre Simón de Cirene, que va "detrás de Jesús" "llevando la cruz", o las mujeres que sólo saben llorar el destino de Jesús, ¿cuál es el discípulo más fiel? Simón de Cirene, sin duda; las mujeres que lloran por Jesús se equivocan. Si hay que llorar es por el destino de los responsables de la muerte de Jesús. Lo que Jesús espera de sus verdaderos amigos es no que se conmuevan por su suerte, sino que vayan con él llevando la cruz y que, una vez llegada la muerte, sepan dirigirle la oración de ese otro personaje modelo. El buen ladrón: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas…". Pero, ¿por qué es necesario que los modelos de los cristianos hayan sido tomados no entre los discípulos formados por la enseñanza de Jesús, sino entre unos ladrones o entre quienes parecían encontrar a Jesús por primera vez o de casualidad? ¿Será que es entre ellos donde se encuentra la verdadera fidelidad? De la crucifixión que pinta Lucas, hay que fijarse sobre todo en las dos palabras de Jesús: la petición de perdón que dirige a su Padre, junto con el motivo que se da -"No saben lo que hacen: ¡sorprendente afirmación de la irresponsabilidad de los hombres sobrepasados por su propia historia!-, y la frase confiada con la que Jesús marca su muerte. Nada recuerda aquí el trágico grito que refieren Marcos y Mateo. Jesús, según Lucas, expira en medio de un sorprendente movimiento de abandono filial.

"Desde ahora, afirmaba Jesús, el Hijo del hombre estará sentado…". De hecho, es a partir del ahora de su crucifixión, más aún, de su muerte, cuando "las hijas de Jerusalén", símbolos de la ciudad incrédula, se interesan por él, cuando uno de los ladrones crucificados con él le saluda con un acto de fe, cuando un centurión "glorifica a Dios" por la muerte de este justo, cuando la gente se arrepiente de esto, y sus amigos vuelven a aparecer. Entre ellos, José de Arimatea, hasta entonces desconocido, se enfrenta a Pilato y coloca a Jesús en una tumba digna de él, mientras las mujeres empiezan los preparativos cuya inutilidad se encargará de dejar claro el futuro ya próximo.

Del cuadro pintado por Lucas surge una silueta de Jesús absolutamente sublime. Sublime, por la dulzura de una amistad que Jesús manifiesta hasta el final a quien quiere acogerle…

Sublime, por la confianza obstinada que pone en su Padre. Esa misma confianza aparece en el curso de la comida eucarística, y colorea su muerte con un matiz único. Esta sublimidad es el reflejo, infinitamente discreto pero accesible al creyente, de un reino celeste ya empezado.

Esta actitud de Jesús, única, signo de un misterio divino, atrae a los discípulos, y les compromete a recorrer de la misma forma el camino de su propia vida. Porque, a lo largo del relato, los cristianos están detrás de la figura de tal o cual héroe: Pedro, las mujeres de Jerusalén, el ladrón, el centurión, José de Arimatea, etc. De suerte que, al meditar en la Pasión de Jesús, reflexionan en su propia existencia. Una reflexión que hay que renovar constantemente.

Domingo 5 de Cuaresma – Ciclo C

Quinto domingo de cuaresma, ciclo C

«Anda y, en adelante, no peques más»

1. Oración

Aquí estamos, Señor, en tu presencia. Gracias, Padre Bueno, porque siempre nos recibes sin condiciones. Aquí estamos, Jesús, ante ti, que eres el Camino, la Verdad y la Vida, y te pedimos el regalo de tu mirada, la luz que nos hace ver tu luz. Abre nuestros corazones a la escucha, ilumina los rincones oscuros de nuestra vida, ayúdanos a identificar las sombras de nuestro mundo, permítenos poder agradecer esta luz que nos viste de fiesta, renueva nuestra fe y nos convierte a tu amor.

2. Introducción: Antes de entrar en la gran semana de nuestra Redención, el quinto domingo de Cuaresma nos ofrece, en sus lecturas, ese espacio en el proyecto de salvación sobre nosotros. Tanto el profeta Isaías, la carta a los Filipenses y del evangelio según san Juan emanan fluye lo más profundo del misterio del proyecto de Dios que quiere renovar todas las cosas, que perdona hasta el fondo del ser sin otra contrapartida que la mejor disponibilidad humana.

3. Lectura del Profeta Isaías 43,16-21

Así dice el Señor, que abrió camino en el mar
y senda en las aguas impetuosas;
que sacó a batalla carros y caballos,
tropa con sus valientes:
caían para no levantarse,
se apagaron como mecha que se extingue.

No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo;
mirad que realizo algo nuevo;
ya está brotando, ¿no lo notáis?

Abriré un camino por el desierto,
ríos en el yermo;
me glorificarán las bestias del campo,
chacales y avestruces,
porque ofreceré agua en el desierto,
ríos en el yermo,
para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido,
el pueblo que yo formé,
para que proclamara mi alabanza.

Durante el destierro, un discípulo de Isaías que firma con el nombre de su maestro emprende la tarea de consolar al pueblo desesperanzado. El pueblo está en crisis. Dios, aparentemente, los ha abandonado. Los dioses de Babilonia han resultado vencedores. ¿Dónde queda el Señor del Éxodo? El profeta hace una relectura de las antiguas tradiciones del pueblo referentes al Éxodo, y en virtud de la confianza que emana de su fe, proclama una nueva salvación. Dios repetirá los prodigios del antiguo Éxodo, sacará a su pueblo de la tierra del Exilio, los conducirá por el desierto y los introducirá de nuevo en Judá para que reconstruyan Jerusalén.

El tema del Éxodo aparece en el trasfondo del oráculo profético, pero transformado. El paso del Mar se convierte en la travesía del desierto. El Mar convertido en tierra seca es sustituido por el desierto convertido en ríos de agua. El agua de la Roca, del primitivo Éxodo, se convierte en el símbolo fundamental de la nueva salvación: del yermo manarán ríos que apagarán la sed del pueblo desesperanzado. La expresión "mirad que realizo algo nuevo, ¿no lo notáis?" se dirige también a nosotros. El Éxodo es una realidad dinámica y siempre presente. ¿La sabemos descubrir?

MONICIÓN SÁLMICA

A la comunidad judía le cuesta reinstalarse en Israel después del destierro de Babilonia; pero, pese a las dificultades, los corazones se llenan de alegría al retorno de los primeros repatriados: Cuando el Señor cambió la suerte de Sión y nos hizo pasar del destierro a Israel, nos parecía soñar. Pero a la alegría del retorno hay que unir la súplica por una restauración más plena, hay que pensar en los que aún están cautivos en la lejana Babilonia: Que el Señor cambie nuestra suerte y nos dé la liberación total.

En labios cristianos este salmo debe ser la oración escatológica de un pueblo que, aunque sufre aún en el destierro y está lejos del reino, se sabe ya salvado. Por la resurrección de Cristo -el primer hombre repatriado-, el Señor ha cambiado la suerte de Sión; pensar en el triunfo del hombre, tal como resplandece en la carne del Resucitado, nos parece un sueño, casi no podemos creer tanta felicidad…, pero es ya realidad; el Señor ha estado grande con nosotros realmente. Pero a la alegría del «ya ahora estamos salvados» hay que unir la súplica ferviente por una salvación y liberación total que abarque a toda la humanidad: Que el Señor cambie nuestra suerte, la suerte de la humanidad esclava aún, la de los hombres que viven sin esperanza. Y que el pensamiento de que a los dolores sigue la alegría nos haga siempre «alegres en la esperanza».

4. SALMO RESPONSORIAL
Sal 125,1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6

R/. El señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.

Al ir, iban llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelven cantando;
trayendo sus gavillas.

5. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 3,8-14

Hermanos: Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía -la de la Ley-, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo. Y aunque poseo el premio, porque Cristo Jesús me lo ha entregado, hermanos, yo a mí mismo me considero como si aún no hubiera conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

Pablo, a partir de su encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco, opera en su vida una profunda transformación y no desea otra cosa que ganar a Cristo. En comparación con el conocimiento de Cristo toda ganancia le parece pérdida y toda ventaja un inconveniente. Si antes se glorió de ser un hijo de la Ley y de su propia justicia, ahora todo esto le parece basura.

Para Pablo no hay otra justicia que la que viene de Dios como una gracia para todos los creyentes. En esta justicia está la salvación y no en las obras de la Ley. Pablo espera recibir, como fruto de esta justificación por la fe, un "conocimiento" de Cristo. No se trata aquí de un conocimiento meramente teórico, sino de una experiencia profunda y de una comunión de vida con el Señor resucitado, se trata de una correalización de la pascua de Jesús, es decir, del tránsito de Jesús por la muerte a la vida. Muerte y resurrección son momentos inseparables tanto en la vida de Cristo como en la de sus discípulos. No obstante ser la "justificación" una gracia de Dios, el hombre no queda reducido a una situación de mera pasividad. Pues el hecho de haber sido agraciado con la justicia que viene de Dios es el fundamento de un imperativo ético y la condición de su posible cumplimiento: Radicalmente justificados por la gracia de Dios, podemos y debemos hacer obras de justicia verdadera hasta alcanzar la plena salvación. De ahí que San Pablo haga suyo el consejo que hace a los Filipenses: "Trabajar con temor y temblor en la propia salvación" (Flp 2,12). Pablo tiene conciencia de que aún está en camino para conseguir la meta y el ideal de todo cristiano.

El encuentro con Cristo en el camino de Damasco y el camino operado en la vida de Pablo, es ciertamente ya un premio; sobre todo es premio el haber sido elegido y tomado por el Señor para su servicio. De todo esto tiene Pablo clara conciencia y es para él como una prenda de lo que todavía confía en alcanzar. Pero mientras tanto lo verdaderamente importante es seguir adelante en la carrera. El corredor que vuelve atrás su mirada para ver sus éxitos o fracasos no está en lo que hace; el corredor debe tener los ojos puestos en la meta; así Pablo tiene los ojos puestos en Cristo y los oídos a Dios que le llama desde lo alto. El amor de Cristo le urge y Pablo corre como un atleta. Jesucristo, el Señor resucitado ya ha alcanzado a Pablo; por eso ahora Pablo, en respuesta al Señor, tiene que procurar dar alcance a Cristo.

6. Lectura del santo Evangelio según San Juan 8,1-11.

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: -Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices? Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Y quedó solo Jesús y la mujer en medio, de pie. Jesús se incorporó y le preguntó: -Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado? -Ella contestó: -Ninguno, Señor. Jesús dijo: -Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

La cuestión de la mujer sorprendida en adulterio ponía a Jesús en un verdadero aprieto. En caso de adulterio, el marido ponía la demanda de divorcio, que era concedido automáticamente. El adulterio propiamente dicho sólo se daba cuando un hombre casado tenía relaciones sexuales con una mujer casada o prometida (en este sentido el noviazgo, equivalía al matrimonio). El casado sólo podía violar el matrimonio de otro, no el suyo propio. Porque la fidelidad conyugal absoluta sólo pesaba sobre la mujer que en virtud del contrato matrimonial pasaba a ser propiedad del varón. El precepto, por tanto, tendía sobre todo a proteger el derecho del casado a la propiedad exclusiva de la mujer. Sobre el adulterio pesaba la pena de muerte.

Hay que imaginarse la escena. "Jesús se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él y, sentándose, les enseñaba". Entonces un grupo de "letrados y fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, la colocan en medio del corro, y le dicen a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices? Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo". El evangelista advierte que se trata de un lazo, de una trampa. Esperaban enredar a Jesús en esa penosa materia y que diera una respuesta, siempre comprometedora, ante los doctores de la Ley. De mostrarse severo, se vería que su pretendida clemencia y hermandad no era más que mera apariencia; si, por el contrario, se mostraba indulgente, se ponía en contra de la Ley de Moisés y la cosa no encajaría con su piedad. Cualquier clase de respuesta es una trampa para Jesús. La pregunta insidiosa presenta semejanzas con el relato acerca de la moneda del tributo.

Pero Jesús reacciona aquí con la misma grandeza soberana. "Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo". Esta es la primera reacción de Jesús a la pregunta que se le hace. Empieza por no dar respuesta alguna, dejando plantados a los interpelantes con la mujer, se inclina y escribe con el dedo en el suelo. No es fácil la interpretación de tales gestos; pueden significar un desinterés por todo el asunto y también pueden tener un sentido simbólico, Algunos comentaristas piensan en estas palabras de Jeremías: (17, 13) "Tú, Señor, esperanza de Israel. Todos cuantos te abandonan serán destruidos. Quienes de ti se apartan serán escritos en tierra, por haber dejado al Señor, la fuente de agua viva".

Se trataría de una acción simbólica: en realidad, Dios tendría que escribir a todos los hombres en el polvo. Después se incorpora Jesús y pronuncia unas palabras que, sin duda se encuentran entre las más importantes y que, con razón, han alcanzado la categoría de una sentencia insuperable. "El que de vosotros esté sin pecado, que le tire la primera piedra". En la ejecución de una sentencia de muerte por lapidación los primeros testigos tenían también el derecho a tirar la primera piedra. Con ello asumían la plena responsabilidad de la ejecución capital. La afirmación indica que tal responsabilidad sólo podía asumirla quien se sabe personalmente libre de cualquier pecado y fallo. Sólo una persona por completo inocente podía tener derecho a declarar culpable y ejecutar a un semejante. Pero ¿quién es ese por completo inocente?

No hay ninguna palabra de Jesús que exprese de manera tan categórica la corrupción de todos los hombres por el mal. Es una palabra lapidaria con la claridad cortante de una verdad que penetra hasta lo más profundo. Jesús la lanza sin ningún otro comentario y vuelve a inclinarse para seguir escribiendo en el suelo. Y es esa palabra la que actúa, afectando a todos hasta lo más íntimo.

Y los acusadores van desapareciendo uno tras otro, siendo los más ancianos los que con su mayor experiencia de la vida empiezan por desfilar. Nada tienen que oponer a la palabra de Jesús y así se largan uno tras otro; incluso los más jóvenes, que todavía no conocen tan bien la vida ni a sí mismos, se sienten inseguros y desaparecen. Y quedan solos, la mujer, que estaba en el centro y Jesús: "sólo dos han quedado -dice S. Agustín- la miseria y la misericordia".

Ahora es cuando Jesús se encuentra realmente con la mujer, a la que mira cara a cara y le pregunta "¿Nadie te ha condenado?" La mujer se encuentra frente a Jesús con su pobre humanidad, con su culpa y su vergüenza. "Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más".

Jesús no quiere condenar, sino liberar, con su decisión asegura la vida a la mujer, dándole así un nuevo impulso vital, una nueva oportunidad. Cierto que Jesús no declara por bueno lo que la mujer ha hecho. Lo que Jesús desea es este nuevo comienzo para la mujer.

Esta historia pertenece a las cumbres más altas del evangelio, porque en ella se revela de una manera visible todo el sentido de la salvación que Jesús nos ofrece. No es como la que ofrece Juan el Bautista; para el Bautista, la conversión es la condición para recuperar la comunión con Dios, para volver a ingresar en la comunidad del pueblo de Dios. Jesús va al encuentro de los hombres y los acoge en la comunión divina, en el ámbito del amor de Dios que otorga vida y confía en que tal comportamiento, ese perdón de los pecados, pueda tocar al hombre en lo más íntimo, a fin de moverle de esa manera a la conversión. El perdón de los pecados que Jesús otorga gratuitamente provoca la conversión; la conversión es la consecuencia del perdón, no su condición propia. Este es el nuevo orden -el Reino de Dios- que Dios hace presente en el mundo mediante la palabra y la vida de Jesús, su Hijo, un orden en el que Dios se manifiesta a los hombres fundamentalmente como el Dios del amor incondicional, lo cual se ve claramente en el perdón incondicional de los pecados, como el que Jesús practica, El hombre vuelve a encontrarse a sí mismo, al saberse amado y acogido por Dios. Es una liberación de todas las presiones y miedos.

7. Oramos: SALMO 32,1-11

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi savia se me había vuelto un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: "Confesaré al Señor mi culpa", y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación.

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir, fijaré en ti mis ojos. No seáis irracionales como caballos y mulos, cuyo brío hay que domar con freno y brida; si no, no puedes acercarte. Los malvados sufren muchas penas; al que confía en el Señor, la misericordia lo rodea. Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero.

Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo C

Cuarto domingo de cuaresma: ciclo C.

DIOS, POR CRISTO, NOS HA RECONCILIADO CONSIGO

Hoy la predicación penitencial se centra en la parábola del hijo pródigo, acogido y reconciliado por el Padre; la segunda lectura es también un admirable comentario en un sentido eclesial muy profundo.

Hay que conectar la predicación de hoy con la del domingo anterior. La urgencia a la conversión tiene que predicarse: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios». Este Dios se nos presenta como el padre, que espera, con los brazos abiertos, al hijo que se fue lejos. Al verlo, se conmueve, se le echa al cuello y lo besa; manda preparar el banquete festivo.

Lectura del libro de Josué 5,9a. 10-12.

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: Hoy os he despojado del oprobio de Egipto. Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ácimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Primera celebración de la Pascua en la Tierra Prometida. «Por fin libres, por la gracia de Dios». Porque «hoy los he despojado del oprobio de Egipto». Aquella esclavitud ya no es sino un triste recuerdo. Y aquel recuerdo hoy los hace cantar de alegría.

Hoy son libres. Hoy han alcanzado la tierra prometida de la libertad. Ya pueden comer «panes ácimos» nuevos, como los hombres nuevos. Ya pueden comer del fruto de la tierra, como señores. No las cebollas de la esclavitud ni el maná de los fugitivos, sino las «espigas fritas» de la libertad. Ya se acabaron la esclavitud y las pruebas, los miedos y las esperas. Hoy es su Pascua.

Pero este hoy siempre es relativo. La libertad plena no la conseguimos aquí. La Tierra Prometida siempre tiene que estar siendo conquistada. «Si Josué les hubiera proporcionado un descanso, no habría hablado Dios más tarde de otro día» (Hb 4, 8). La libertad de hoy, la tierra conquistada de hoy, no son más que el anuncio de nuevas libertades y tierras mejores. El «ya» y el «todavía no». Estamos ya en la Tierra Prometida, pero sigue siendo objeto de una bienaventuranza de Jesús (cf. Mat 5, 4).

SALMO RESPONSORIAL
Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloria en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor y me respondió,
me libró de todas mis ansias.

Contempladlo y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias.

Salmo sencillo, reiterativo, pero de una lección grande, siempre actual y necesaria. Composición poética fruto de una experiencia religiosa riquísima. La confianza en Dios, la fe perseverante y la confianza en el Dios de la salvación que nunca falta, y se obtiene de él más aún de lo que se le pide.

Si durante tres mil años este salmo ha ido dando su lección a los corazones de los fieles, tal vez en nuestro tiempo es cuando esta lección se hace más apremiante. El mundo moderno parece alejado de Dios, inmerso en la inquietud, en la angustia, en la inseguridad. La confianza parece ausente, y la paz como desterrada de un mundo lleno de convulsiones y de guerras.

Pues sobre este mundo resuena una palabra de esperanza, de confianza: es el salmo 33, magnífica lección que alimenta el corazón del hombre creyente, y estupendo preludio a la gran doctrina de Cristo, que nos enseñó el sermón de la montaña y la oración del padrenuestro.

Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5,17-21.

Hermanos: El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado, Dios le hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios.

Este párrafo se inserta en el contexto general del ministerio de la reconciliación que forma el tema principal. Sin embargo, la primera y la última parte tocan otros puntos muy importantes, aunque un tanto diferentes del principal, aunque conectados con él.

La reconciliación y su ministerio. Es una de las maneras con que Pablo describe los efectos de la obra de Cristo. «Reconciliación» es una imagen que no puede tomarse literalmente, sino sólo en cuanto tercera comparación. En este caso significa que Dios y el hombre se han encontrado, como dos personas que se reconcilian. Renuevan una amistad maltrecha. No significa, con todo -eso sería exagerar la imagen- que Dios y el hombre sean enemigos mutuos. Sabemos que Dios nunca lo es del hombre. Conviene presentar, pues, a Dios a su propia luz en cuanto sea posible.

La novedad de lo cristiano . Es una alusión en primer lugar a alguien que se hace cristiano. Para él Cristo es una novedad enorme. Pero para quien ya lo es también el Señor tiene una permanente y eterna novedad que aportar. Es esencial no creerse que porque seamos cristianos desde hace tiempo o la Iglesia tenga casi dos mil años ya lo sabemos todo sobre Cristo y Dios y su revelación, y nos escleroticemos en actitudes superadas, individuales y colectivas.

Cristo hecho pecado. La expresión más fuerte en todo el Nuevo Testamento. La traducción es mala, al hablar de expiación por los pecados. Parece que no se ha atrevido a proponer el original paulino que dice: «a quien no conoció el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros a fin de que fuésemos justicia de Dios en El». Significan la participación integral de Cristo en la condición humana, en el pecado y la muerte, su consecuencia, aunque no fuera pecador personal. Pero un mundo injusto y roto le afectan en su ser personal humano asumido por amor a los hombres.

De ahí provendrá la modificación de la existencia humana hasta llegar a ser «justicia de Dios», otra expresión paulina paralela a la de reconciliación para indicar la forma del ser del hombre unido a Cristo.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 15,1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: Ese acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame, la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna, viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces se dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi Padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.» Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud. El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: Mira: en tantos años cómo te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mijeres, le matas el ternero cebado. El padre le dijo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.

Lucas no se refiere a ninguna situación especial sino a lo que siempre sucedía: mientras los pecadores públicos y todos aquellos que no eran buenos a juicio de los fariseos y según la religiosidad oficial, se acercaban a Jesús, le escuchaban y se convertían al evangelio, los santones y maestros de Israel no hacían otra cosa que expiarle y criticar su conducta. Pero Jesús, acogiendo a los pecadores, no hacía otra cosa que manifestar el amor de Dios y su perdón misericordioso. La parábola del «hijo pródigo» es una réplica de Jesús a la murmuración de los fariseos.

La parábola, que debiera llamarse del «padre bondadoso», tiene también algunos rasgos simbólicos y sicológicos de gran interés. Pero, como decíamos, lo principal es el insondable amor de Dios que se refleja en la conducta del padre.

El pecado es siempre un apartarse de Dios para convertirse a las criaturas, una opción por el mundo con menosprecio de Dios. No obstante, Dios deja en libertad al hombre para que haga su experiencia. No quiere tener hijos a la fuerza, deja que se vayan lejos. El pecado lleva al hombre al límite de su miseria. Pero entonces es posible que recapacite y vuelva a su casa. De ser así, el primer paso se da con el reconocimiento de la propia miseria. Dios espera siempre al hijo pródigo y le sale al encuentro con su gracia. Si se decide a volver, lo acogerá amorosamente, lo restablecerá en su dignidad perdida y lo colmará de bienes. Dejará a un lado la venganza y aun la mera justicia, no aceptará que viva en la casa como un jornalero. Celebrará su venida como una resurrección: «estaba muerto y ha revivido». Así es Dios.

El comportamiento del hermano es completamente distinto. Sirve para contraponer el amor de Dios a la conducta de los hombres, que no sabemos perdonar, porque no nos amamos como hermanos.

Porque tampoco nos comportamos como verdaderos hijos de Dios, sino sólo como servidores y esclavos. Es una crítica de Jesús a los fariseos que cumplen la ley a la perfección, al pie de la letra, pero que no han descubierto que la auténtica perfección de la ley es el amor. Para saber perdonar hace falta ser Dios o verdadero hijo de Dios, no basta con ser un cumplidor.

Cantos que se pueden utilizar en la celebración de este domingo.

1. Nueva Creación (C. Gabarain)

2. Oración del Pobre (Kairoi)

3. Padre vuelvo a ti (Kairoi)

4. Dame tu perdón

5. Siento que tú eres Dios

6. El Señor me amó

7. Madre del dolor