Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Décimo séptimo domingo del tiempo ordinario ciclo b

“Tú les das el alimento a su tiempo”, le dice el salmista al Señor. Por medio del profeta Eliseo, el Señor nutrió a su pueblo. A orillas del lago de Tiberíades, Jesús alimentó a la multitud que le seguía. Hoy Cristo resucitado continúa nutriendo a su pueblo en la mesa de la Palabra y del pan. Como lo dice Pablo, el pueblo se convierte así en un solo Cuerpo y en un solo Espíritu. La escena de la multiplicación de los panes, también presente en los demás leccionarios, asume en el leccionario B un relieve especial, conectando la temática de Marcos con la de Juan.

  1. 1.      Oración:

Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. Seguir leyendo «Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo B»

Domingo 15 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo Décimo quinto del tiempo ordinario ciclo B

En este domingo la liturgia nos ofrece la celebración de la llamada de Dios a ser Misioneros. En el texto de Amós podemos ver que el profeta rara vez es bien recibido. El mensaje que viene de Dios suele ser incómodo para el que lo recibe. Hemos leído hace unos días como el mismo Jesús es despreciado en la sinagoga de su pueblo. Hay una frase que el profeta de todos los tiempos, también el de hoy, debe estar listo para escuchar: “Vete a predicar a otro lado; aquí tenemos unas leyes laicas aprobadas por mayoría y tus prédicas van por otro lado. Eres un subversivo antisocial y antidemocrático”. El texto de San Pablo es el himno cristológico que cantamos con frecuencia en la hora de Vísperas. El Evangelio del día nos habla de la misión y de cómo debemos desarrollarla.

  1. 1.      Oración:

 

Padre que podamos reconocer en tu Hijo tu rostro de amor, la Palabra de salvación y de misericordia, para que podamos seguirlo con un corazón generoso y lo anunciemos de palabra y obra a los hermanos que esperan el Reino y su justicia. Cólmanos de tu Espíritu para que nuestra escucha sea atenta y nuestro testimonio sea auténtico y libre, incluso en los momentos de dificultad y de incomprensión. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

  1. 2.      Lectura y comentario

2.1.Lectura del Profeta Amós 7, 12-15

En aquellos días dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós: –Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en «Casa de Dios», porque es el santuario real, el templo del país. Respondió Amós: –No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel.

Mal iban las cosas en aquel reino, muy mal. La relativa libertad e inde­pendencia de que venían gozando desde hacía algunos años los habitantes del país, los habían ensoberbecido un tanto. Mucha prosperidad, mucha hol­gura; riquezas, lujo, reconocimiento, mediante pactos y alianzas, de los pue­blos limítrofes; culto espléndido en los santuarios; seguridad, alegría… Mu­cho de eso, sí, pero el país estaba podrido. Todo parecía hermoso y en orden. Pero era una ilusión. Era sólo la superficie. Dentro se devoraban unos a otros. El rico oprimía al pobre; el poderoso explotaba al humilde; el adine­rado se enriquecía con extorsiones; medidas injustas, usuras despiadadas. Suntuosas casas de campo, lechos de marfil; vino aromático, manjares sucu­lentos; embriagados por el lujo y la lujuria; culto de mucho ruido e incienso, pero execrables; prostitución sagrada, costumbres paganas, abandono de la fe yavista. El pueblo de Dios estaba podrido. ¿Qué hacer? ¿Habrá cura? El mal era que todo parecía justificarse por el culto suntuoso y desorbitado. El pueblo no se daba cuenta y los «profetas» habían dejado de levantar su voz. Amós es enviado a recriminar la situación. El mejor lugar, el santuario, y el momento más oportuno, la celebración cultual: Betel. Betel gozaba de la protección real. Era el santuario oficial del reino y, desde los tiempos de Je­roboam I, dotado de privilegios especiales y frecuentado por multitudes. Su mantenimiento y culto garantizaban la protección de Yavé. ¡Qué engaño! Aquello no tiene que ver nada con el auténtico culto a Yavé. Amós condena todo aquello; no respeta ni la afluencia de gentes ni el carácter real del lu­gar. Amós habla con autoridad. El sacerdote custodio del santuario lo ha confundo con un «profeta» de «profesión», un carismático «empobrecido» e in­digente, envidioso y extravagante, extraño, además, al país. «Vete de aquí» es la réplica. Pero el encargo de Amós no es cosa humana. No es su oficio ganarse el pan, gesticulando de aquí para allá con ademanes extraños, vestido con ra­reza, como uno de aquellos «hijos de profetas». Amós viene arrastrado por el «soplo» de Dios. Y el «soplo» de Dios es irresistible. Es un profeta de vocación particular. Y ahora su oficio es ese: condenar aquello. Es la «voz de Dios».

2.2.Salmo Responsorial Sal. 84, 9ab-10. 11-12. 13-14

Los hombres estamos siempre necesitados de misericordia. Somos cons­cientes del estrecho límite en que nos movemos – espacio y tiempo -y senti­mos pesadamente sobre nosotros la dura carga de la necesidad, ya corporal, ya espiritual. Apenas hemos salido de una, cuando ya se avecina otra. Surge, pues, espontáneo, el hombre de fe, el clamor a Dios: «Muéstranos tu misericordia y danos tu salvación».

 

R: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.»
La salvación está ya cerca de sus fieles
y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra
y la justicia mira desde el ciclo.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos.

2.3.Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 1, 3-14

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la Persona de Cristo –antes de crear el mundo– para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor.
Él nos ha destinado en la Persona de Cristo –por pura iniciativa suya– a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su Voluntad. Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo, cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. [Con Cristo hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también ustedes –que han escuchado la Verdad, la extraordinaria noticia de que han sido salvados, y han creído– han sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual –mientras llega la redención completa del pueblo, propiedad de Dios– es prenda de nuestra herencia.]

Pablo celebra la obra de Dios, que se proyecta desde el fondo de lo eterno en la escena de la historia humana, para recogerse de nuevo heredad eterna. Se delinean, vigorosos, rasgos trinitarios: El Dios uno se revela trino en su obra. La Ver­dad divina se manifiesta amorosa y salvífica. El Padre nos comunica, por el Hijo, en el Espíritu Santo, su naturaleza. Es un canto, un himno, una ala­banza gozosa; una profesión de fe jubilosa, cargada de esperanza. Allí el amor del Padre – nos ha bendecido – la obra del Hijo – «plenitud de los tiem­pos» – el don del Espíritu – sello, prenda, anticipo.

La alabanza a Dios es el eco del favor divino: bendecimos y glorificamos a Dios que nos ha bendecido plenamente y nos ha hecho partícipes de su glo­ria. El punto de encuentro es Cristo. En él, que ha bendecido nuestra natura­leza, reflejamos limpia y tersa la luz recibida. Santo, e inmaculados delante de Dios. Todo parte de un acto de amor de Dios a nosotros. Un amor comuni­cativo y transformante, un amor creador: hijos en su Hijo Unigénito. La obra lleva el nombre – entre otros – de redención. Jesús, en su muerte, nos ha librado de las tinieblas y de la ignorancia. Ahora vivimos en la luz. Vemos las cosas con luz divina. Sabemos apreciar las cosas en su debido valor y cami­namos al impulso de una fuerza superior. La creación vuelve a cobrar su sentido primero en Cristo. Y nosotros, con él, somos herederos de los bienes eternos. El Espíritu que se nos comunicó el aceptar la Buena Nueva es «garantía» de él. Es más, estamos sellados por él. Es el «sello» de la Alianza en Cristo. Ya participamos aquí – «prenda» de lo que hemos de recibir des­pués. Esperamos la revelación plena. Gozamos del «anticipo».

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevaran sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: –Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel lugar.
Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al salir sacúdanse el polvo de los pies, para probar su culpa. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Unos capítulos antes nos ha relatado Marcos la elección de los «doce». Je­sús había atraído sobre sí la atención del pueblo de Palestina. Unos le ha­bían seguido de lejos; otros de cerca. Unos con simpatía y entusiasmo; otros con recelo. Unos cuanto admiradores se habían convertido en sus «seguidores». De ellos Jesús había elegido «doce». Les había llamado «apóstoles». Los había convertido en «pescadores de hombres». Le acompa­ñan a todas partes, oyen sus predicaciones y viven con él. Jesús los envía ahora a anunciar el Reino. Para ello precisamente los había elegido. Jesús quiere que comiencen; son sus colaboradores.

Los envía de dos en dos. Así será más seguro su testimonio. Los envía por tierras de Galilea, sin salir de los términos del pueblo elegido. Les hace par­tícipes de su misión y poder: lanzar demonios. Es el signo evidente de la lle­gada del Reino. Han de predicar la «conversión». Sin «conversión» no puede implantarse el Reino. Así predicaba él y así también el Bautista. Y las ma­ravillas que han visto realizar al Maestro brotan de sus manos: lanzan de­monios, curan enfermos, limpian leprosos. Expresión plástica de la venida del Reino. Los «doce» continúan la obra de Cristo. Esa es su «Misión» y no otra. No tienen otra razón de ser que esa. Todo lo demás sobra. Han de observar una conducta sencilla: «la sencillez apostó­lica». Nada que impida su «Misión» o la desvíe. Sobriedad al máximo. Su «Misión» es su riqueza. Sólo el bastón y las sandalias – un par – para cami­nar ligeros. Corre prisa. La hospitalidad de las gentes – proverbial en aque­llas tierras – les abrirá las puertas. Sus pocas pretensiones infundirán con­fianza; no se verán obligados de ir de aquí para allá. Son los mensajeros de la luz y de la paz. Pero ¡ay de aquellos que se cierren a su voz! La paz pa­sará con ellos de largo y puede que no vuelva más. Les espera un juicio te­rrible. Los apóstoles son el Maestro. Algo que hace temblar.

Reflexionemos:

La primera y tercera lectura coinciden en un punto importante: la «misión». El pastor Amós es enviado a profetizar. Nadie puede impedírselo. La voz del Señor lo ha constituido «profeta» y «apóstol». Lo ha investido de su poder y autoridad. Cualquier clase de oposición, venga de donde venga, es desca­bellada. Ni el rey ni el sacerdote pueden nada en él. Los «doce» fueron crea­dos «Apóstoles», enviados a proclamar el mensaje del Señor. Están investi­dos de poder. Toda oposición o desacato son condenados irremisiblemente. Quien desprecia al apóstol desprecia a Dios. «Seriedad» tanto para el «enviado» como para los destinatarios. La «misión» de Cristo es salvadora. Sus enviados son «salvadores». Lan­zan demonios, curan enfermos, anuncian la Buena Nueva. Lo son por voca­ción y oficio. Para ello sus poderes. La Iglesia continúa esa función, en espe­cial en los miembros cualificados: obispos, presbíteros… ¿Cómo cumplimos nuestra «misión»? ¿Salvamos? ¿Evangelizamos? ¿Cuál es nuestro primer in­terés? ¿Operan maravillas nuestras manos: atención, desinterés, amor fra­terno? ¿Lanzamos los demonios de la ira, de la envidia, del odio? ¿Acudimos con nuestra solicitud al lado de los pobres, de los enfermos, de los desdichados?

Para realizar expeditamente esa «misión» el apóstol debe dejar de lado muchas cosas. En realidad todo. Sólo lo necesario e indispensable. Sencillez apostólica. Sólo nos ha de bastar Cristo. ¿Cómo andamos en este punto? ¡Cuánto equipaje llevamos acuestas! Intereses personales, negocios, asuntos financieros, preocupaciones no evangélicas….

3.  Oración final

 

¡Señor Dios nuestro!, aparta a los discípulos de tu Hijo de los caminos fáciles de la popularidad, de la gloria a poco precio, y llévalos sobre los caminos de los pobres y de los afligidos de la tierra, para que sepan reconocer en sus rostros el rostro del Maestro y Redentor. Da ojos para ver los senderos posibles a la justicia y a la solidaridad; oídos para escuchar las peticiones de salvación y salud de tantos que buscan como a tientas; enriquece sus corazones de fidelidad generosa y de delicadeza y comprensión para que se hagan compañeros de camino y testimonios verdaderos y sinceros de la gloria que resplandece en el crucificado resucitado y victorioso. Él vive y reina glorioso contigo, por los siglos de los siglos.

Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo décimo cuarto del tiempo ordinario ciclo B

 

Normalmente en la propia tierra es donde se espera que haga más un personaje importante. En el caso de Jesús pasa lo contrario: mientras los más lejanos creen en él, los más cercanos no. El Evangelio de Marcos nos pone hoy ante una escena de fracaso misionero. No hay que perder de vista que, desde el primer momento, se dice que los discípulos estaban allí con Jesús, por lo tanto hay una lección orientada también al discipulado.

 

  1. 1.      Oración:

 

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1. Lectura del Profeta Ezequiel 2, 2-5

 

En aquellos días el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía: –Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: «Esto dice el Señor.» Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

 

Admirable la vocación del profeta. Enviado de lo alto para transmitir al pueblo la palabra de Dios, encuentra con frecuencia un auditorio indiferente, cuando no hostil. Es para desanimar a cualquiera. No será rara la sensación de que hace el ridículo. Más aún, el predicador sagrado expone con frecuen­cia no sólo su reputación de hombre sensato y doblegado, sino tam­bién la propia paz y tranquilidad y hasta pone en peligro su vida. Hombre valiente, arriesgado y decidido. Tes­timonio de Dios entre los hombres, signo de contradicción por lo común. Se encara con el pueblo y sus palabras toman un matiz diverso, según la situación del auditorio. Anima al pusilánime, levanta al abatido, consuela al pobre, defiende al desvalido, infunde esperanza a los que la han perdido o están a punto de perderla. Truena, en cambio, la voz del profeta, amenazadora y asusta, en la casa del rico avariento y del acu­sador injusto; retumba en los oídos del pueblo insensato idólatra, ebrio de placer y de orgías, acusa con desenfado al profeta hipócrita y falseador y desenmascara al adulador aprovechado.

 

En una misión semejante encontramos ahora, en la lectura, al profeta Ezequiel. Los padres han pecado. Dios les anunció por Jeremías el gran de­sastre, el destierro. No hicieron caso. Los hijos, ya en el destierro, parecen seguir el mismo camino. Han cerrado los oídos a la voz del profeta. No im­porta. El profeta debe seguir gritando, debe seguir anunciando la palabra de Dios. No debe dejarse intimidar por la actitud hostil o indiferente del pueblo.

 

Al profeta no se le garantiza el éxito. Hay que cumplir la misión apasiona­damente. Es misión divina. Tendrán que aguantarle. Dios lo envía para el propio provecho del pueblo. Suya es la culpa si no le escuchan. Dios ha cum­plido con su promesa: ha enviado un profeta. El pueblo tomará una actitud que lo salvará o lo condenará. La voz del profeta no suena en balde; lleva consigo la eficacia de Dios mismo, que salva o condena. Admirable la misión del profeta. Nos obliga a tomar una decisión.

 

  2.2 Salmo responsorial: 122, 1-2a. 2bcd. 3-4

 

La imagen del esclavo y de la esclava que no retiran su mirada de las manos bondadosas de los señores, es suges­tiva y tierna. Así nosotros ante Dios. Saciados de desprecios y agravios pe­dimos humildes, pero con insistencia, la ayuda del Señor, su misericordia.

 

R: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia

 

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos en el Señor Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

 

2.3. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 7-10

 

Hermanos: Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido: –Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

 

San Pablo es obligado a presentar a los corintios una justificación deta­llada de su conducta. Alguien se ha dedicado a difamarlo y a acusarlo injus­tamente de múltiples defectos. Al parecer, intentan aminorar su autoridad y desautorizar así sus enseñanzas. Pablo no puede soportarlo. Se defiende.

 

La defensa comienza en el cap. 10. En el cap. 11 Pablo comienza a elo­giarse a sí mismo, contra su voluntad. Dentro de este contexto general con­tinúa el cap. 12.

 

San Pablo puede gloriarse. Ha sido objeto de visiones y revelaciones es­peciales. Los estudiosos discutirán la naturaleza de ellas. A nosotros nos basta saber que Pablo ha sido favorecido de gracias muy especiales. Pablo puede gloriarse, tiene de qué. Junto a lo sublime está lo rastrero; al lado de la virtud-fuerza de Dios está la debilidad humana, mezclado con la dulzura de las co­municaciones divinas gusta al hombre lo desabrido de su poquedad. Así en Pablo; lo humano sirve de contrapeso para que su espíritu no se engría tor­pemente.

 

Es interesante la situación en sí misma. Pablo, profeta de Dios, gustador como nadie de los dones divinos, se halla rodeado de flaqueza, siente la nece­sidad en propia carne y la persecución lo lanza de una parte para otra. Dios lo ha dispuesto así sabiamente. Para Pablo la disposición de Dios es maravi­llosa. De este modo puede gloriarse de sus flaquezas; la acción de Dios pode­rosa brillará con más fuerza. La luz resalta más con un fondo de sombra. Cuando soy débil, soy fuerte.

 

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6

 

En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: –¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él. Jesús les decía: –No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

 

Cristo se presenta un buen día por su patria, acompañado de sus discípu­los. Sin duda, que éstos, aunque incipiente tienen fe en él. Las maravillas que obra y las palabras que pronuncia los han cautivado. Para ellos Jesús es un profeta. Le siguen entusiasmados. El entusiasmo que ellos sienten ha­cia el Maestro, lo echan de menos en los compaisanos del Señor.

 

La fama de taumaturgo ha llegado, cómo no, a oídos de los nazaretanos. Su predicación ha encontrado amplio eco en Palestina. Puede que de ello se sientan orgullosos. Pero la presencia de Cristo entre ellos va a obligarles a tomar una posición bien definida.

 

Según Lucas, amigo de dar a los acontecimientos un cuadro más sicoló­gico, nos presenta a Jesús predicando en la sinagoga de Nazaret. Cristo dice ser profeta, ser enviado por Dios a evangelizar a los pobres y a curar las llagas de los heridos. Las palabras de Cristo suscitan, como en todas partes, admiración y sorpresa. Pero ante una pretensión tal -ser profeta de Dios- los habitantes de Nazaret pasan de la sorpresa a la indignación, a la repulsa. Lo rechazan. Ahí están las razones: es hijo del carpintero, su madre y her­manos viven allí mismo. ¿Cómo es posible que de esta humilde familia surja un profeta de Dios? Ellos conocen bien su niñez y su vida. No lo aceptan, se escandalizan.

 

1) Cristo taumaturgo, profeta, Hijo de Dios no tiene éxito en su tierra. Los suyos no le escuchan. Un verdadero fracaso. Los primeros en aceptarlo, que debieran ser, son los que primero se oponen en bloque. Cristo se admira de la poca fe.

 

2) Los argumentos del pueblo de Nazaret son dignos de consideración. «Su madre está entre nosotros; es hijo del carpintero». Dan mucho qué pen­sar.

 

Es interesante notar que el pasaje se encuentra en los tres sinópticos. To­davía San Juan nos lo recuerda (4, 44). Parece ser que para los primeros cristianos, como para Cristo, tuvo gran importancia. La humildad de Cristo de pertenecer a una familia, en su apariencia, común llegó a causar escán­dalo a los compaisanos. Dios se hizo un más entre nosotros para llegar a no­sotros. En lugar de acercarnos, nos alejamos. Es un misterio esto. Está en la línea de la gran humillación de Cristo que muere entre dos ladrones en la cruz. El acontecimiento de Nazaret prepara el acontecimiento del Calvario. Así hay que interpretarlo. Puede que ésta fuera la razón por la cual los evangelistas lo recuerdan admirados.

 

3) La humillación, llaga también a los padres. Po­díamos pensar en María. No le sería nada fácil oír tales palabras.

 

Reflexionemos:

 

La antífona de entrada nos recuerda la misericordia divina: la diestra de Dios está llena de justicia, es decir, de misericordia. Surge espontánea la alabanza; alabanza que recibe su mejor ambiente en la celebración litúrgica. Allí se medita en la misericordia de Dios y en sus grandes obras: la obra de Cristo salvador; ese recuerdo, realizado en fe viva, es ya una alabanza. Ante la magnitud de las maravillas, la alabanza debe ser eterna. Es un deseo y una petición  (3ª oración). Pero la misericordia de Dios no ha terminado. En el salmo la suplicamos de un modo particular. También la 1ª oración recuerda, a la par de justicia de Dios llevada a cabo en Cristo -«levantó a la humanidad caída»- la necesi­dad de perpetuarla en nosotros: disfrutar de los gozos del cielo.

 

Misericordia, salvación en Cristo, elevación del hombre en la humillación de Cristo, recuerdo, alabanza, petición. La misericordia no ha desplegado toda su virtud. Pidamos, alabemos, recordemos. La santa Misa es una ac­ción de gracias, un recuerdo, una alabanza… Eucaristía.

 

Cristo es siempre el punto de comparación y referencia en todo lo que  de inteligencia y penetración en los misterios divinos. Profeta por excelencia, Enviado del padre, Palabra misma de Dios, agraciado de las más altas comunicaciones, auténtico inter­mediario entre Dios y los hombres, Hombre como nosotros, desechado, per­seguido, injuriado, muerto. En él reciben sentido las manifestaciones de todo tipo de Dios a los hombres. En el misterio de Cristo se aclara al misterio del hombre

 

A) Cristo Profeta-Enviado de Dios. Cristo tenía por misión comunicar a los hombres las decisiones divinas y hacerlos partícipes de la vida eterna, expresión todo ello de la misericordia de Dios.

 

Sin embargo, a Cristo no se le acepta. «Y los suyos no lo recibieron» será la queja de San Juan. A Cristo no le acompaña el éxito, según lo entendemos nosotros. Cristo Hombre será la excusa de los incrédulos: es hijo del carpin­tero, es hijo de María; haz los signos que has hecho en Cafarnaún; baja de la cruz y creemos… La gloria de Cristo estaba oculta; Cristo estaba sujeto a la debilidad hu­mana: de una época determinada, de una educación, de una profesión, per­teneciente a una familia. Así es Cristo y no se le puede cambiar. Es verdade­ramente un misterio, pero así es.

 

Algo semejante hallamos en Pablo. Enviado, agraciado, autorizado por Dios choca con la oposición de algunos y con las limitaciones que le imponen las propias flaquezas. Ezequiel está en la misma línea: «hijo de hombre». Es un hombre, pero portador de la palabra de Dios. Hay que admitir la paradoja: elemento divino – al máximo en Cristo, que es Dios – y elemento humano – máximo también en Cristo. Es quizás el deno­minador común de las tres lecturas. Para Cristo es un momento más de la Pasión, como lo son para Pablo y Ezequiel sus respectivas limitaciones y persecuciones. El Profeta de Dios debe estar preparado para ello.

 

B) Las debilidades o limitaciones humanas, fuera naturalmente del pe­cado, no quitan prestigio, no valor, ni eficacia a las comunicaciones divinas. Ahí está Cristo, Hijo de Dios, Salvador, a pesar de ser también hombre. La primera oración nos recuerda: «Por medio de la humillación de tu Hijo levan­taste a la humanidad caída». Fue precisamente en su humanidad donde nos salvó. En Pablo las debilidades ponen de relieve la fuerza de Dios. Es un tema muy familiar a Pablo: Dios ha elegido lo más humilde para confundir a los poderosos.

 

Dios ha hecho las cosas bien. La gloria de Dios nos ofuscaría, su voz nos amedrentaría. Se hace hombre y nos habla lenguaje de hombres. Es un medio de salvación. Y cosa curiosa, la debilidad de Cristo fue el gran escán­dalo de los Judíos. Esto nos debe llevar a una consideración importante. Dios nos habla por medio de hombres. Hijo del carpintero era Cristo; su humillación nos trajo la salvación. ¡Atención! No debe ser este misterio escándalo para nosotros. De­bemos admitirlo como es, pues es obra de Dios.

 

La voz de: Dios, la voz de Cristo sigue resonando con ecos humanos. Que no sean las limitaciones humanas las que nos impidan ver en ellos la voz de Dios. Dios está en los hombres. Llena está la historia de la Iglesia de hom­bres – hijos de carpintero – en los que Dios se ha comunicado y mediante los cuales Dios nos ha hablado. Debemos desechar lejos de nosotros toda pre­sunción y vanidad.

 

Es por cierto un misterio. Es para alabar a Dios que emplea medios tan suyos. Respecto el profeta, al encargado de predicar la palabra de Dios, tenga presente el ejemplo de Cristo y de Pablo. No se le garantiza el éxito. Habrá ocasiones en que no encontrará atención; se le reirán, le perseguirán. Todo es posible. Pablo es un buen ejemplo.

 

Eucaristía. Alabanza. Cristo en especies tan humildes nos trae la salva­ción. No podemos desecharla. Recuérdese el sermón eucarístico en San Juan. «Duro es esto», dijeron algunos. Es menester admitir las cosas con fe. Fe es lo que echó en falta Jesús entre los suyos. En la Eucaristía se nos ma­nifiesta la misericordia de Dios. Pidámosla.

 

  1. 3.      Oración final

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Material de la Jornada Litúrgica Marzo 2012 – Celebrar la Pascua

Celebrar la pascua

Ya en el siglo segundo se sabe de una celebración anual de la Pascua. La gran vigilia anual era precedida por un tiempo de ayuno, al principio uno o dos días, luego una semana, después cinco semanas. Al mismo tiempo, ese día de Pascua era prolongado durante cincuenta días de fiesta, celebrados como un solo día.

En esta forma se fue estructurando en las Iglesias el Triduo Pascual. Se habla del viernes como la memoria de la Pasión, del sábado como el descenso al sepulcro y del domingo como la memoria de la Resurrección.

Tres aspectos de una sola fiesta

El Triduo Pascual de la muerte y resurrección de Jesús constituyó el centro de toda la vida de fe de las comunidades cristianas y del año litúrgico. Con su celebración, durante tres días, se hace presente y se realiza, para la vida de las comunidades, el misterio de la Pascua de Cristo, es decir, de su paso de este mundo a la vida del Padre.

Ya san Agustín, en el siglo IV, llamaba a esta celebración el “Triduo del crucificado, sepultado y resucitado”. De hecho el Triduo Pascual tiene una unidad, en la que cada día es entendido como momento progresivo de la única Pascua: la Pascua de la Cena, la Pascua de la Cruz, la Pascua de la Resurrección. El jueves se hace memoria de la Cena de la nueva Pascua. El viernes se celebra la Pascua del Cordero Inmolado. En la Vigilia Pascual, celebramos el tránsito glorioso de Cristo, la victoria sobre la muerte, la realización plena del Éxodo.

Una tiempo de prolongación

En la Vigilia Pascual, que ya es el Domingo de Resurrección, nace el día nuevo que la Iglesia prolonga en renovada alegría durante cincuenta días del Tiempo pascual. Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección al domingo de Pentecostés se celebran con alegría, como un solo día festivo, más aún, como el «gran domingo»[1]

 

Presenta dificultades pero merece la pena. Disfrutar y hacer disfrutar de los cincuenta días de la Pascua como celebración de lo que da gozosamente sentido a nuestro ser cristiano: el mal vencido, el pecado vencido, la muerte vencida por Jesús y el amor del Padre que es más fuerte que todo, y nos libera, y nos ofrece una vida plena y renovada. En realidad, celebra la Pascua es celebrar que el mismo Espíritu que movía a Jesús nos mueve ahora a nosotros, como dice ya la oración del domingo de Pascua: “concede a quienes celebramos hoy la Pascua de resurrección, resucitar también a una nueva vida, renovados por al gracias del Espíritu Santo”.

 

Bueno será, por tanta, que todo el tiempo de pascua esté impregnado por la presencia del Espíritu: no hay que forzar los textos ni el sentido de las celebraciones para lograrlo, solamente resaltar la presencia del Espíritu y no acordarnos solamente el último día, domingo de Pentecostés.

Algunos elementos que conviene tener en cuenta pueden ser los siguientes: Cuidemos, junto con los responsables de las celebraciones, los signos externos de estos días.

1.  La alegría del presidente y demás ministros: quizá se la condición más básica para una buena celebración de la cincuentena pascual. Que quien preside la celebración y todos los demás ministros, sientan la alegría de celebrar la victoria de Jesús resucitado, y el inmenso amor  del Padre, y el don del Espíritu derramado sobre nosotros. Y, sintiéndola puedan y deseen hondamente ayudar a todos los hermanos y hermanas cristianos a experimentarla también. Este no es tiempo para centrarse mucho en las exigencias del comportamiento cristiano (no es tiempo de homilías moralizadoras), sino en la alegría de serlo y en el deseo de compartirlo con los demás cristianos y con los que no lo son.

2. Una ambientación relevante y constante: como la Pascua no se nota en la calle tiene que notarse mucho dentro de la Iglesia. Y tiene que notarse a lo largo de los cincuenta días, sin dejar que el ambiente decaiga. Aunque, por muchos motivos la presencia de la feligresía disminuya. Ello no implica que no pueda mantenerse el clima y la ambientación que entra por los ojos (el cirio pascual, la aspersión, luces, flores, carteles, etc.) y que el último día, el domingo de Pentecostés se intensifique esa ambientación. El domingo siguiente tiene que notarse también que la ambientación pascual ha desaparecido.

3. La ambientación que crean los cantos: durante todo el tiempo de pascua hay que cantar cantos de pascua. Sin cansarse y empezar a sustituirlos por cantos más genéricos al llegar a la mitad de la cincuentena. Además bueno será que desde el principio esos cantos de Pascua incluyan también los cantos del Espíritu.

4. Los sacramentos: la pascua es tiempo de los sacramentos: son signos visibles del resucitado, son los dones de su Espíritu en La  Iglesia. Conviene también celebrar de modo especial la vigilia de Pentecostés. Las confirmaciones también son oportunas en tiempo de pascua. La Semana del Espíritu Santo. “Para aquellos adultos que han recibido la iniciación cristiana durante la Vigilia pascual, este tiempo ha de considerarse como un tiempo de «mistagogia»”. (102)

5. Los testimonios del Espíritu del Resucitado: también a través de carteles o de otro modo, recordar cada domingo alguna acción que el Espíritu de Jesús nos  impulsa a realizar en el mundo: en el servicio de los necesitados, en la ecuación de niños, adolescentes, en la vida cívica. Etc.

6. El directorio sobre la piedad popular y la liturgia No 153, recomienda la realización del Vía Lucis  “en él, como sucede en el Vía crucis,  los fieles, recorriendo un camino, consideran las diversas apariciones en las que Jesús (desde la resurrección a la Ascensión, con perspectiva a la Parusía) manifestó su gloria a los discípulos, en espera del Espíritu prometido, confortó su fe, culminó sus enseñanzas sobre el Reino y determinó aún más la estructura sacramental y jerárquica de la Iglesia”.

Conclusión

Celebrar el Tiempo Pascual, es festejar, aquí y ahora, como un acontecimiento del presente, la Resurrección de Jesús como una nueva energía de vida y de libertad para cada persona, para nuestras comunidades y para la humanidad entera en comunión con la creación, restaurada por el Espíritu del Resucitado.

Celebrar la Pascua es celebrar nuestra participación en la Resurrección de Jesús y testimoniar que la fuerza resucitadora de dios actúa en las comunidades y en el universo.

Celebramos la Resurrección del Señor para que vivamos de una manera nueva, creyendo que Dios nos lleva de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida, dándonos fuerza para una conversión continua en nuestras vidas, suscitando en nosotros una mayor hambre y sed de justicia y la alegría de participar en la comunión de los santos, miembros de la familia de Cristo, parte integrante de la nueva creación, viviendo en la libertad de los hijos de Dios.

El libro del Apocalipsis describe así la experiencia pascual: ¡Hagamos una fiesta alegre y démosle gloria, porque llegó la boda del Cordero, y está engalanada su esposa! (Ap. 19,7)

EL TRIDUO PASCUAL

INTRODUCCION

 

La Iglesia celebra cada año el triduo pascual, que comienza con la misa vespertina del jueves «en la cena del Señor», tiene su centro en la vigilia pascual y acaba con las vísperas del domingo de resurrección. Este período de tiempo se denomina justamente el «triduo del crucificado, sepultado y resucitado» o triduo pascual.

 

La PFP recomienda encarecidamente a los pastores que no dejen de explicar a los fieles del mejor modo posible el significado y estructura de las celebraciones, preparándoles a una participación activa y fructuosa; recomienda también especialmente el canto del pueblo, ministros y sacerdote celebrante durante el triduo pascual, por la solemnidad de estos días y también porque los textos adquieren toda su fuerza precisamente cuando son cantados (PFP 41-42).

 

I LA MISA VESPERTINA EN LA CENA DEL SEÑOR: LOS CANTOS

 

La misa vespertina en la cena del Señor no es ni más ni menos que una eucaristía, celebrada con toda la dignidad, autenticidad y emotividad por celebrarse en la noche en que fue entregado nuestro Señor. Pero la eucaristía central en el triduo pascual es la de la vigilia pascual. El canto nos ayudará a celebrar con mayor autenticidad y sentido.

 

Canto de entrada

La antífona propia de esta misa es: «Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. En él está nuestra salvación, vida y resurrección, él nos ha salvado y libertado». Podemos resaltar el canto y la procesión de entrada con el incienso.

 

Gloria

Hoy podemos destacar el gloria con una oportuna pero breve monición. CE 300 y PFP 50 nos dicen que durante el canto del gloria se pueden hacer sonar las campanas, de acuerdo con las costumbres locales, y no volverán a sonar hasta el gloria de la vigilia pascual. El órgano y cualquier otra música instrumental pueden usarse sólo para sostener el canto.

 

Lavatorio de los pies

Conviene que esta tradición se mantenga y que se explique según su propio significado, el servicio y el amor de Cristo, que ha venido «no para ser servido, sino para servir» (Mt 20,28). Los cantos podrían ser: Un Mandamiento Nuevo (Adapt. A.Alcalde) Os doy un mandato nuevo (F. Palazon)

 

Procesión de los dones

En este día podemos destacar la procesión de los dones realzando el pan y el vino como los dones escogidos por Cristo para su autodonación. Conviene que a la procesión de los dones y a la colecta le demos un claro sentido de solidaridad con los más necesitados. Esta colecta de solidaridad recobra todo su sentido, sobre todo, si los donativos para los pobres son el fruto de nuestra penitencia cuaresmal.

 

Canto de comunión

En la comunión podemos cantar cantos alusivos a la pascua como: Acerquémonos todos al altar (F. Palazón); los salmos 22 y 33, con las distintas musicalizaciones;

 

Traslado del Santísimo al lugar de la reserva

Terminada la oración después de la comunión, comienza la procesión en la que se lleva el Santísimo por la iglesia hasta el lugar de la reserva. Mientras tanto se canta el himno Pange lingua u otro canto eucarístico, y se termina con el Tantum ergo mientras se inciensa el Santísimo. – Tantum Ergo (Santo Tomas de Aquino)

VIERNES SANTO

 

Este día está completamente centrado en la cruz. La comunidad cristiana proclama la pasión del Señor y ejercita su función sacerdotal rogando por todos los hombres, adora la cruz y comulga de la reserva del día anterior. «Se recomienda que en este día se celebre en las iglesias el oficio de lectura y las laudes, con participación de los fieles» (PFP 62).

 

En la celebración de la pasión del Señor, «el sacerdote y los ministros se dirigen en silencio al altar sin canto alguno» (PFP 65). La pasión según san Juan se canta o se proclama del mismo modo que se ha hecho el domingo anterior. Durante la lectura de la pasión podemos intercalar unas antífonas o cantos breves como el domingo de ramos.

 

La oración universal ha de hacerse según el texto y la forma establecida por la tradición. Es conveniente que la respuesta del pueblo sea cantada, dada su importancia. Entre las respuestas cantadas podemos seleccionar:

– Señor, escúchanos, Señor, óyenos (Popular – Escucha Señor y ten piedad (Adapt. C. Gabaráin)

 

Para la adoración de la cruz úsese una única cruz, tal como lo requiere la verdad del signo.

Durante la adoración, cántense las antífonas, los «improperios» y el himno Oh cruz fiel, que evocan con lirismo la historia de la salvación, o bien otros cantos apropiados, como pueden ser:

– Pueblo mio (F. Palazon)

 

El padrenuestro es mejor que hoy sea cantado por toda la asamblea. No se da el signo de la paz, y sería más expresivo hacer la comunión en silencio, sin canto alguno.

 

En cuanto a los ejercicios piadosos, como el viacrucis, las procesiones de la pasión y el recuerdo de los dolores de la Santísima Virgen María, nos recuerda el documento PFP 72 que en modo alguno pueden ser descuidados, dada su importancia pastoral; pero los textos y los cantos utilizados en los mismos han de responder al espíritu de la liturgia del día.

SABADO SANTO

Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos, y esperando en la oración y el ayuno su resurrección. «Se recomienda con insistencia la celebración del oficio de lectura y de las laudes, con participación del pueblo» (PFP 73,40; OGLH 210). Es un día de silencio, lleno de oración, esperanza y gozosa expectativa. Día de serenidad, recogimiento, sosiego y sobriedad. Todo el peso espiritual de este día recae en la Liturgia de las Horas. Si el Viernes santo es «la hora de Cristo», hoy, Sábado santo, es «la hora de la Madre», la Hija de Sión, la Madre de la Iglesia, que vivió la prueba suprema de la fe y de la unión con el Dios redentor.

 

Para una celebración de la Palabra en torno a la Virgen dolorosa y esperanzada podemos contemplar junto a la imagen de Cristo crucificado la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores o un icono de la Virgen que nos recuerde el misterio que se celebra. Como lecturas evangélicas podemos escoger Lc 2,25-35: Simeón predice los dolores de María; Jn 19,25-27: Jesús nos da a María por Madre.

Como cantos a la Virgen apropiados para una celebración de la Palabra podemos escoger:

– Dolorosa (J.A.Espinosa) – Estabas junto a la cruz (A. Alcalde) – Stabat Mater dolorosa (gregoriano)

El Canto Litúrgico en el tiempo de Pascua

SI LA CUARESMA era un tiempo de austeridad y silencio musical, la pascua es el tiempo de realce musical, de abundancia y florecimiento del canto. Es un tiempo de alegría y de gozo para entonar cantos de fiesta en honor de Cristo resucitado.

 

No cantemos cualquier canto, algunos cantos, ni de cualquier manera. No cantemos «a palo seco». Cantemos los cantos de pascua, todos los posibles, y hagámoslo bien, acompañándolos «al son de instrumentos, con clarines y al son de trompetas» (Sal 97), «con platillos sonoros, con platillos vibrantes» (Sal 150). Todo ser que alienta alabe al Señor, porque es la pascua. En Pascua tenemos que conseguir que la liturgia, en su conjunto, suene y resuene como una gran obra sinfónica: la sinfonía de la nueva creación en Cristo, afinados y vibrantes todos sus instrumentos. Una de las actividades principales de la comunidad cristiana durante el tiempo pascual es el canto al Señor resucitado, vivo y glorioso. «Sólo el hombre nuevo puede cantar el cántico nuevo» (san Agustín). La pascua es la fiesta de las fiestas y «Cristo resucitado – nos dice san Atanasio – viene a animar una gran fiesta en lo más íntimo del hombre».

 

La palabra clave es Aleluya

La hemos omitido en cuaresma. No se trata de prohibir por prohibir. El rubrum (las rúbricas) tienen también su espíritu, que hemos de descubrir. Se trataba de omitir para reservarnos para pascua y poder cantar el aleluya con una alegría desbordante, para que resuene más festiva y mejor afinada, llenando con su sonido el silencio de la noche pascual. No podemos olvidar ni separar de la pascua los cantos al Espíritu Santo, pues pentecostés no es una fiesta aparte. Es la plenitud y el cumplimiento de lo inaugurado en la noche de pascua: el Espíritu, que resucitó a Jesús de entre los muertos. Es el culmen de la pascua.

 

Cantos tradicionales pascuales hay muy pocos o casi ninguno. De los cantos modernos se ha popularizado. No podemos permitir ni aprobar que se gasten todas las energías en preparar bien la cuaresma y que lleguemos a la pascua cansados y agotados y la celebremos de cualquier manera, porque estamos cansados de tantas cosas como hemos preparado en cuaresma.

 

El órgano y otros instrumentos en pascua

Entre los distintos instrumentos debemos destacar y potenciar el órgano: es el instrumento litúrgico por excelencia. El órgano crea fiesta y alegría; acompaña, arropa, sostiene y envuelve el canto de la asamblea; favorece la participación y la unanimidad. En pascua tiene momentos muy especiales para sonar: en los procesionales de entrada, ofrendas y comunión, y a la salida del templo. Pascua es el tiempo de tocar piezas alegres y festivas; es el tiempo de los metales del órgano. Que el órgano resuene con toda su grandeza y majestuosidad envolviendo de sonoridad festiva el ambiente donde la comunidad cristiana celebra.

 

El canto en la vigilia pascual

«Aquel a quien cantamos resucitado mientras celebramos la vigilia, hará que vivamos reinando con él para siempre» (San Agustin, Sermón Guelferbytano, n. 5,4, PL 2,552). Durante la vigilia, la Iglesia espera la resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana (Cf CE 332). La vigilia pascual, «la madre de todas las santas vigilias» (San Agustín, Serm. 219, PL 38, 1088) , es una noche de vela de la comunidad cristiana en honor del Señor. Con ser la noche más importante del año, no es muy popular, aunque poco a poco la comunidad cristiana se va centrando en esta noche.

 

Es importante que preparemos bien la vigilia para ir creando ambiente y tradición. Los signos de la luz, la Palabra, el agua bautismal, el pan y vino eucarísticos, anunciados en la cuaresma, alcanzan su culmen y realización en la noche pascual. La vigilia pascual es un crescendo continuo orientado dinámicamente hacia su culmen: la celebración de la eucaristía como «memorial» de la pascua del Señor. Una buena preparación y celebración de la vigilia pascual será el modelo de las celebraciones durante la pascua.

 

El canto del lucernario

Es el comienzo de la vigilia. La comunidad reunida en torno al fuego puede cantar un canto a la luz:

El diácono proclamará: «Luz de Cristo» y los fieles responderán: «Demos gracias a Dios».

Esta proclamación debe ser cantada con su respuesta. Mientras caminamos en procesión al templo podemos cantar.

 

El canto del pregón

El diácono proclama el pregón pascual, magnífico poema lírico que presenta el misterio pascual en el conjunto de la economía de la salvación. Si fuese necesario, o por falta de un diácono, o por imposibilidad del sacerdote celebrante, puede ser proclamado por un cantor.

 

El canto de los salmos en la noche pascual

En la noche pascual se da un gran diálogo entre Dios y su pueblo. La liturgia de la Palabra es más abundante en esta noche. Dios habla a su pueblo por medio de las lecturas y su pueblo le responde con los salmos y oraciones. Lecturas, salmos y oraciones son abundantes (siete más la epístola y el evangelio).

El ideal está fijado en cantar todos los salmos enteros. Cuando, por diversas razones, esto no es posible, podemos cantar sólo las antífonas, incluso algunas antífonas y recitar los salmos. Entre todas las antífonas tendríamos que destacar en esta noche la de la tercera lectura: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria».

También deberíamos lograr unos silencios meditativos entre lecturas.

 

El canto del aleluya en el tiempo pascual

Después del silencio cuaresmal, oímos resonar, con el corazón henchido de alegría, el aleluya en la noche pascual. «El sacerdote, terminada la epístola, entona por tres veces el aleluya, elevando gradualmente la voz y repitiéndolo la asamblea» (Cf CE 352) Una vez entonado en la noche pascual, ya no se volverá a omitir durante todo el tiempo pascual. Su canto será uno de los distintivos de las celebraciones pascuales. ¡Qué buenas catequesis podemos hacer a nuestro pueblo explicándole el significado, el sentido y la importancia de cantar «aleluya»!

 

Otros cantos para destacar en pascua

 

El canto en los ritos iniciales

En pascua podemos destacar el canto de entrada en primer lugar con un corazón renovado, pero además por unos signos externos que nos indican que es un tiempo especial. El tiempo de pascua es un tiempo bautismal. Ya en cuaresma se aludía al bautismo. Destacamos el rito de entrada con la aspersión del agua durante todos los domingos de pascua, recuerdo de nuestro propio bautismo, mientras la asamblea canta: la antífona – Agua viva (A. Taulé)

 

El rito penitencial se puede suprimir. Ya en cuaresma lo hemos destacado bastante. El presidente saluda a la asamblea y se inicia el canto del gloria, himno trinitario que debemos destacar en pascua a ser posible con una música nueva.

 

El canto del Credo

También el credo, como profesión de fe, podemos destacarlo en pascua cantando el Credo 111, o bien, de otra forma más sencilla, el presidente proclama el símbolo apostólico y la asamblea responde con una antífona al final de la parte atribuida a cada persona trinitaria:

– Creo, Señor. Creo, Señor (Lerchundi-Gabaráin)

 

 

El canto del «Regina Coeli»

No tendríamos que perder de nuestro repertorio esta antífona mariana para el tiempo pascual. En la eucaristía la podemos cantar como antífona final, antes de la bendición final y del saludo de despedida «Podéis ir en paz», con el celebrante aún en el presbiterio. Es una antífona, breve, sencilla y popular. Tanto si la cantamos en latín como en castellano, podemos sacarle mucho provecho, pues podemos cantarla no sólo al final, sino en la bendición de la mesa, sustituyendo el rezo del Ángelus, al final de completas, durante el mes de mayo, que es devocionalmente mariano pero litúrgicamente pascual.

 

 


[1] Carta circular de la Congregación para el Culto Divino sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales (16 de enero de 1988) No. 100