Domingo 27 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO VIGÉSIMO SÉPTIMO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

Jesús  dice algo más a las parejas cristianas. Dice que el cristiano, si lo es verdaderamente, tiene que ser capaz de mantener su amor ocurra lo que ocurra. Como un signo del amor absoluto de Dios. El sacramento del matrimonio será eso: la experiencia más plena de acompañamiento mutuo que se puede dar entre los seres humanos (cf. primera lectura) se convierte en signo público, eclesial, del amor absoluto que es Dios.

  1. 1.      Oración:

 Te damos gracias, Padre, “Porque dignificaste tanto al hombre creado por tu bondad, que en la unión del varón y la mujer nos dejaste la imagen de tu propio amor. Y al que amorosamente creaste lo invitas sin cesar al ejercicio de la ley de la caridad para que pueda participar en tu amor eterno. Y así el sacramento del matrimonio a la vez que es signo de tu caridad, santifica el amor humano, por Jesucristo, Señor nuestro”. Amén.

(Del Prefacio de la Celebración del Matrimonio)

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del Libro del Génesis 2, 18-24

El Señor Dios se dijo: –No está bien que el hombre este solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no se encontraba ninguno como él que le ayudase. Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo: –¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.

Serán los dos una sola carne.

Choca, por contraste, la primera frase: No está bien que… El capítulo primero había cantado, emocionado y agradecido, la bondad de todo lo creado: Y vio Dios que todo era bueno. Dios no ha creado individuos sueltos. Al hom­bre, al varón, lo ha creado en común con otro ser que lleva su mismo destino. El hombre necesita una ayuda, un ser semejante a él, que con pe formen una unidad profunda. Dios no hace las cosas a medias. El hombre solo hubiera sido una cosa a medias.

Los animales son formados de la arcilla. También el hombre; algo común los une. Pero el hombre posee el soplo divino que lo separa de ellos. Más aún, son inferiores a él, le están sujetos; le están sujetos como a Señor; son suyos, él mismo les pone los nombres, gesto de dominio y superioridad. El hombre no encuentra en ellos un semejante que le ayude. En realidad, los animales no son de su orden: No son, en definitiva, compañeros del hombre en el plan de Dios. El hombre, según el juego intencionado del autor, busca otro hom­bre. El yo busca un tú correlativo. Una persona busca otra, no solo otra, sino la otra. El hombre siente la necesidad de la otra. Dios ha creado esa re­ferencia fundamental indescriptible. Dios lo ha hecho así.

Nadie sabe a ciencia cierta el alcance de los términos sopor, costilla en el lenguaje figurado del autor. La literatura extrabíblica no aporta luz alguna definitiva ¿Qué simbolizan esos términos y esas acciones? El hombre duerme profundamente en el momento de ser creada la mujer. ¿Querrá decir el autor con ello el desconocimiento del modo y momento en que fue creada la mujer? Algunos lo creen así. El hombre ignora ese momento por completo. La figura de la costilla, en cambio, puede decirnos algo más. No perdamos de vista la institución del matrimonio, que es adonde va a parar toda la narración.

La costilla señala: a) pertenencia e igualdad. Los dos seres son de la misma naturaleza: carne de mi carne y hueso de mis huesos. Se pertenecen el uno al otro. La costilla es parte del cuerpo y no hay cuerpo sin costillas. b) Unidad íntima, como la forman el cuerpo y la costilla. Unidad, en la imagen, fisiológica. El matrimonio se concibe como el retorno, con esa referencia na­tural fisiológica, a la unidad primera. Han de formar una unidad y unión tal que se conciba como la existencia de dos en un sólo ser: una misma cosa. c) La costilla se encuentra a la altura del corazón. No en la cabeza -no superior al hombre-; no en los pies -inferior a él-; sino a la altura del corazón, sede de la vida afectiva e intelectiva del hombre. De ahí ha sido tomada la mujer, y ahí debe volver: a formar un sólo corazón. Ese es su puesto: el adecuado del hombre, la ayuda requerida, la compañera inseparable, la corresponsa­ble segura en la realización del plan de Dios.

De ahí también su nombre varona, femenino de varón. La diferencia es mínima: la «a» de la terminación femenina. Pero toda una realidad nueva: la diferenciación de sexos y funciones correspondientes al papel asignado a cada uno en el gobierno del mundo. Cualidades singulares que se completan e integran mutuamente. La diferencia es querida y ordenada por Dios. En todo lo demás, iguales. Los dos han de formar uno. Uno magnífico y vital: una carne. Un querer, un sentir, un hacer juntos y en común. Es obra de Dios; es una maravilla. El hombre lo constata gozoso y satisfecho: Esto sí que es… Matrimonio indisoluble. Lo recordará Jesús en el evangelio.

Así es la obra de Dios. Esa es la enseñanza fundamental de la narración, tan llena de sentido figurado ¿Qué literatura antigua, y aún nueva, puede presentar algo tan equilibrado y grande? ¿En qué civilización ha alcanzado la mujer un puesto tan honorable y digno, a la misma altura del hombre? La enseñanza del Génesis, es cierto, se ha olvidado con frecuencia. Es menester volver a aprenderla. El tiempo actual lo reclama.

2.2.Salmo responsorial: Sal 127, 1-6:

Salmo de aire sapiencial. La presencia de Dios en Sión irradia salud y bendición. Dios difunde, desde el santuario, la paz. Los ojos del Señor des­cansan, con toda seguridad, en los que le temen ¡Dichoso el que teme al Señor!

Se promete, se desea, se espera la bendición del Señor. Son bienes ele­mentales: el trabajo y su fruto, la familia numerosa y sana. No precisamente las riquezas y el confort. Bienes que hacen la vida, dentro de su sencillez, agradable, pacífica y próspera. La bendición sobre el individuo se alarga a la comunidad: hijos de los hijos, la paz. El Señor irradia bendición. Es un cuadro idílico.

Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa.

Esta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida.

Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas a los hijos de tus hijos.
¡Paz a Israel !

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 2, 9-11

Hermanos: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos.

Al santificador y los santificados proce­den todos del mismo.

El hombre tiene por destino regir y dominar la creación. Así lo proclama el salmo 8, citado unas palabras antes. Dios lo ha dispuesto así. La promesa y disposición divinas, dirigida al hombre como totalidad, no ha llegado, ob­serva el autor, a cumplirse todavía. El hombre está muy lejos de dominar la creación. Ni siquiera se domina a sí mismo. La misma muerte se presenta como un muro infranqueable. Sin embargo, como promesa divina, no puede quedar sin cumplimiento. El autor mira a Jesús y lo presenta como cumpli­dor perfecto de la disposición divina. Aplicaba a Jesús el salmo.

También Jesús, como reza el salmo, ha pasado un tiempo por un estado inferior a los ángeles. El autor piensa en la naturaleza humana de Jesús su­jeta al dolor y a la muerte. Jesús, superior a los ángeles, fue hecho en su condición de humildad, en la humanidad no glorificada, inferior a los ánge­les. Topamos otra vez con el misterio de Jesús. Pero eso ya pasó. Queda na­turalmente la naturaleza humana, pero glorificada. Jesús, hombre, ha sido coronado de honor y gloria. Honor y gloria Real. Jesús, hombre, ha sido constituido Señor y Rey de todo lo creado, de la creación vieja que pasa -como su estado de humillación- y de la creación nueva, sobre todo, que no pasa. Jesús ha vencido a la muerte y es coronado Rey. Y no sólo Rey, sino también Sacerdote Supremo. Pues su pasión y su muerte fueron un verda­dero acto sacrificial expiatorio y santificante. Es la afirmación central de la carta.

Jesús coronado de honor y gloria, según reza el salmo, cumple de modo eminente la vocación del hombre. Jesús es el hombre perfecto, el Hombre Nuevo. En él y por él consigue el hombre el destino para el que había sido creado: señor y rey de la creación. La glorificación de Jesús da sentido y re­alidad a ese destino del hombre. Al mismo tiempo revela su grandeza y ex­tensión, su profundidad. Jesús hace al hombre Hombre. Fuera de Jesús no puede el hombre ser hombre.

La muerte de Jesús, pues, ha tenido efectos maravillosos. Todo por dispo­sición gratuita de Dios. Convenía que así fuera, afirma el autor. Aunque misterioso en sí este acontecimiento, no deja de presentar ciertos contornos que lo hace más comprensible. La muerte de Jesús, en manos del Padre, ha sido un bien para todos: para nosotros los hombres -llevar multitud de hijos a la gloria-, y para Jesús -perfeccionar y consagrar al Guía de la salvación-. La muerte, pues, de Jesús nos ha reportado la glo­ria de ser hijos de Dios y como tales poder participar de su gloria. En Jesús somos los hombres coronados de honor y gloria. Jesús mismo, por otra parte, ha sido perfeccionado y consagrado por sus sufrimientos. Jesús hombre ha sufrido, valga la expresión, una profunda transformación en su naturaleza humana a través de su muerte. Ha sido glorificado, ha sido constituido Se­ñor en poder y majestad, ha sido consagrado Sacerdote y Guía de la salva­ción. Dios ha constituido, por la muerte a Jesús el Nuevo Hombre y en él a todos nosotros hombres nuevos. La muerte, el dolor, que nos unía a él como a un ser débil y humano, nos unen ahora, por disposición divina en su pasión y su muerte, a su glorificación y Exaltación. Maravilla de las maravillas. El Santificador, pues, y los santificados pertenecen a una misma masa. No se avergüenza de llamarnos hermanos. Tenemos con él y en él una misma na­turaleza y un mismo destino. La obra lo ha constituido Sacerdote fiel y mise­ricordioso ¡Gracias a Dios!

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 2-16

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: –¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Él les replicó: –¿Qué os ha mandado Moisés? Contestaron: –Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: –Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: –Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio. [Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: –Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.]

Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre.

Podemos dividir la lectura en dos partes bien definidas: a) la controversia de Jesús sobre el divorcio; b) la escena de los niños. No tiene nada que ver la una con la otra. En la primera podemos distinguir, a su vez, dos momentos: la controversia propiamente dicha y la enseñanza impartida a los discípulos.

Como es natural, lo principal de la controversia son las palabras de Je­sús, en este caso, por la gravedad del asunto, de capital importancia. La sentencia de Jesús domina temática y literariamente la perícopa. Pierden interés y releve las circunstancias, los detalles y hasta los mismos interlocu­tores. No sabemos cuándo ni dónde, ni las palabras precisas de los contra­rios. Lo que importa es la palabra de Jesús, y ahí está clara y transparente. La discusión no parece correr paralela. Más bien parecen dos planos que se cortan. Jesús habla de lo mandado y los fariseos de lo permitido. Preguntan por lo lícito, basándose en lo permitido, y Jesús, en el terreno de mandado, responde sobre la voluntad irrevocable de Dios.

El evangelio habla de prueba. Esta no parece ser otra cosa que obligarle a tomar posición, como Rabí, en la gran discusión de escuela en torno al tema del divorcio. Estas escuelas no discutían, al parecer, sobre la validez o licitud en sí del divorcio, sino más bien sobre la licitud del divorcio según los motivos o causan concretas que se alegaban para su declaración. Se mueven en el terreno jurídico. En este aspecto, las escuelas se diferenciaban por su rigidez o por su laxitud. Jesús va más allá. Jesús declara con autoridad de Mesías cual sea la voluntad de Dios. Veamos algunos puntos.

a) Moisés, auténtico legislador religioso, no ha hecho sino regular en la Ley, para evitar mayores males -por la dureza de corazón- una costumbre ancestral y arraigada en el pueblo. Moisés no manda; permite y regula lo permitido. La voluntad de Dios, en cambio, no corría paralela a la costum­bre del pueblo.

b) La auténtica voluntad de Dios, su querer desde un principio, vienen expresados, no en la Ley del Sinaí, sino en el texto del Génesis, en los albo­res de la creación (Jesús es el primero que lo interpreta así). Marido y mujer son una sola carne, una unidad tal que nadie puede separar, Así lo ha insti­tuido Dios, No separe el hombre -ni jurista, ni marido, ni mujer- lo que dios ha unido. Nadie tiene autoridad para ello. El hombre o mujer que lo hace in­curre en desgracia divina. Y si uno de ellos -esposo o esposa- se casa de nuevo, comete adulterio. El caso no admite tergiversación.

c) El matrimonio, cuando se da, es indisoluble. La dignidad e indisolubili­dad del matrimonio denota la dignidad y grandeza de los consortes. No es uno más que otro concedía al marido tan solo el poder iniciar y presentar el libelo de repudio. Aquí aparecen los dos a la misma altura (derecho romano). En el fondo, a los dos compete y obliga, con idéntica responsabilidad, mante­ner unido el matrimonio.

d) Jesús habla como quien tiene autoridad; declara como Mesías la volun­tad de Dios. El divorcio, pues, ni es lícito ni ilícito; sencillamente no existe. No hay divorcio. El hombre -esposo y esposa- no pueden separar por sí mis­mos lo que Dios ha unido y ratificado. Moisés regulaba -procuraba evitar mayores males- una costumbre no sana.

 

Reflexionemos:

Las lecturas de hoy presentan un tema actual y siempre vivo, como vivo y siempre actual son la vida y la institución que la cobija y fomenta: la fami­lia ¿Qué podremos decir hoy de la familia Veamos algunos puntos.

Para el cristiano no puede haber otro punto de referencia que Cristo. Cristo, principio y fin de la creación, da sentido a todas las cosas. Las cosas, para verlas y entenderlas bien, hay que verlas en Cristo: Revelador y Es­plendor del Padre. Sin Cristo nos quedaremos a oscuras y a medias, tergi­versando la creación. Partamos, pues, de Cristo y de su misterio.

a) Cristo declara con autoridad suprema cuál es el sentido y alcance del matrimonio según la voluntad de Dios. El relato del Génesis y la enseñanza del evangelio lo proponen de forma tajante y clara: Dios ha instituido el ma­trimonio indisoluble, para siempre. Dios ha unido dos personas en una sola carne. Nadie ha de separarlos; nadie tiene autoridad para hacerlo. Un ma­trimonio posterior no sería un matrimonio, sería un adulterio. Y el adulterio está sancionado por la Ley de forma severa.

Cristo, pues, nos enseña el valor y la importancia del matrimonio. No es poca cosa. Pero no lo es todo ¿Puede el hombre, abandonado a sus propias fuerzas, comprender, aceptar y practicar semejante enseñanza? Moisés, se nos dice, se vio obligado a tolerar una costumbre contraria. Y no creo haya habido pueblo que no haya admitido, de una forma u otra, esa costumbre mala. La dureza de corazón ha intervenido desfavorablemente. El hombre, desde que se apartó de su Hacedor, lleva dentro de sí el pecado, el acen­drado egoísmo, que lo ciega, que lo inclina al mal y lo arrastra a transtornar el orden establecido por Dios. El mismo Génesis nos habla ya de ese tras­torno. Después del primer pecado comienza ya la disolución -desorden- en la persona, en la familia y en la sociedad. El hombre, hecho para crear, ha co­menzado a deshacer. La enfermedad, a nivel cósmico, encontrará su médico en Jesús.

En Cristo -salmo 8, segunda lectura- encuentra el hombre su verificación como hombre según el destino de Dios, en todas las direcciones. También en el matrimonio. Necesitamos, para verlo, entenderlo y practicarlo, una refe­rencia del tipo que sea, a Cristo Revelador y Realizador de la voluntad de Padre. Cristo nos introduce en el misterio de su vida y de su muerte, en el misterio de su amor ¿Y qué otra cosa podemos decir es el matrimonio sino una institución de amor? ¿Y cómo podremos conocer y entender el verdadero amor, según Dios, si no lo admiramos en Cristo? El matrimonio, institución de Dios, se realiza cristiano (siendo cristiano). No todos pueden compren­derlo en su valor, pues no todos comprenden el misterio de Cristo. Pablo lo refiere al misterio de Cristo y su Iglesia.

Por eso, sin la gracia, sin la referencia a Cristo, de la forma que sea, no se podrá entender ni practicar debidamente el misterio del matrimonio, re­flejo del misterio de Cristo. La indisolubilidad del matrimonio, el amor perpe­tuo y entrañable de los esposos, no cabe fácilmente en una mente no cris­tiana. Es decir, el hombre a fuerza de la gracia de Cristo, no se encuentra en condiciones de cumplir a sus anchas la voluntad de dios. Hay que esfor­zarse, pues, con la gracia de Dios, para mantener indisoluble -práctico- y digno el matrimonio instituido por Dios: sin adulterios de ninguna clase, en verdadera unidad de sentimientos y voluntades, en un amor cristiano ve al hombre y a la mujer a su primitiva dignidad. Todo esfuerzo será poco para mantener al matrimonio sano y salvo.

b) La dignidad de los esposos. La dignidad de la mujer, como ayuda, compañera, esposa y madre. Como el esposo, señor, es también ella señora. También aquí se habían introducido malas costumbres. El Génesis apuntaba más alto. Jesús vuelve a la mujer su dignidad primera, según la voluntad de Dios.

La diferenciación de sexos proviene de Dios y tiene una función específica relacionada, fundamentalmente, con la transmisión y cuidado de la vida. Los esposos son iguales y son diferentes. Esto no se puede olvidar. Por eso, ni un antifeminismo a ultranza ni un feminismo exaltado caben dentro del sentir cristiano. Hay que guardar el término querido por Dios.

c) El cristiano es optimista. Cree que, por el esfuerzo propio y la gracia de Dios, pueden el hombre y la mujer cumplir debidamente su compromiso ma­trimonial de ser una sola carne según Dios, durante toda la vida; de ser fiel uno al otro; de recuperar el amor perdido y de sanar las llagas ocasionada por la defección y el pecado ¡Son capaces de perdonar y de encontrarse de nuevo! Cristo lo posibilidad y realiza. Podemos rehacer lo que hemos deshe­cho. Jesús nos corona de honor y poder.

d) Conviene completar todo esto con otros textos del Nuevo Testamento. Todos ilustran este misterio en Cristo. A nosotros nos otra defender, fomen­tar, ayudar, colaborar para que el matrimonio cristiano se realice. La ora­ción del salmo es oportuna. Pidamos y oremos por las familias cristianas, tan en peligro hoy día.

 

  1. 3.      Oración final:

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Domingo 26 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO VIGÉSIMO SEXTO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

 

Las lecturas de este domingo tienen una enseñanza muy clara. En la primera, tomada del libro de los Números, Moisés el líder de Israel, ante el agobio que siente por la tarea de formar y conducir a su pueblo a través del desierto, decide repartir parte de su espíritu distribuyéndolo entre un grupo de ancianos para que le ayuden en su misión. Pero enseguida recoge las acusaciones contra alguien que está profetizando en su nombre sin ser elegido, pero Moisés lejos de enojarse, exclama: ¡Ojala todo el pueblo de Israel fuera profeta! El evangelio, parece dar un paso más en esta misma línea. Jesús, también escucha a sus discípulos escandalizados por la conducta de alguien, “que no es de los nuestros”, pero que está expulsando demonios y les dice: No se lo impidáis. Quien no está contra nosotros está con nosotros. La enseñanza de Jesús es muy clara, si le seguimos debemos estar abiertos a todo lo bueno y positivo que está presente en el mundo, porque siempre es un signo profético, siempre será una manifestación del amor de Dios venga de donde venga.

  1. 1.      Oración inicial:

Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia, derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos lo bienes del cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. 2.      Texto y comentario

2.1.Lectura del libro de los Números 11, 25-29

 

En aquellos días, el Señor bajó en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar en seguida. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque estaban en la lista, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: —«Eldad y Medad están profetizando en el campamento.» Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: —«Señor mío, Moisés, prohíbeselo.» Moisés le respondió: — «¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!»

 

Dios quiere aligerar la carga de Moisés. Dios dispone hacer partícipes del «espíritu» de Moisés a 70 ancianos que colaboren con él en el gobierno de pueblo tan reacio y díscolo. El «espíritu» de Dios es amplio y generoso, es fuerza y luz. Irrumpe en los 70 ancianos y les impulsa a profetizar. Surge la sorpresa y el recelo. Josué, por ejemplo, a pesar de su buena intención, no asimila el acontecimiento. Se indigna, movido por el celo. Josué quiere impe­dirlo. Moisés apacigua su sentimiento. Las palabras de Moisés reciben el peso del pasaje. ¿Quién es él, Moisés, siervo de Dios, para impedir la manifestación graciosa de su Señor? Dios multiplica su acción, alarga y extiende la fuerza de su «espíritu». No es para entristecerse; es para alegrarse. Moisés no ve en la intervención de Dios algo así como un recorte a su misión o a su personalidad. Todo lo contrario, Moisés exulta con el Señor: es una extensión maravillosa de la salvación de Dios. Lejos de él la envidia o el celo estrecho y raquítico. Más bien alegría y gozo. Hermoso pensamiento y postura ejemplar. Moisés no va contra Dios; Moisés sirve a Dios. Por contraste, podríamos recordar a Jonás que se la­menta de la conversión de los ninivitas. Espíritu mezquino y corazón estre­cho. Dios es amplio, generoso y liberal. ¿Quién osará limitar o condenar un proceder tan bueno y misericordioso?

 

 

2.2.Salmo responsorial Sal 18, 8. 10.12-13.14 (R/.: 9a)

 

Salmo de alabanza en su conjunto. La segunda parte, de la que se han tomado aquí los versículos, es un canto a la Ley. Dios es maravilloso y grande en sus obras: la creación, por una parte; la Ley, por otra. La Ley revela la voluntad de Dios, su sabiduría, su bondad. La Ley, expresión de la voluntad salvífica de Dios, es objeto de contemplación, de paladeo. Debemos contem­plar y saborear el contenido de la Ley del Señor. La Ley alegra el corazón del hombre. Es la experiencia del salmista y de Israel. Busca en la Ley tu alegría y se llenará de gozo tu corazón.

La Ley refleja los atributos divinos: santa, pura, dulce, perfecta… Es un don precioso que debemos estimar y gustar. Es la expresión del amor pater­nal de Dios a los hombres. La Ley prescribe y orienta. Como prescripción, obliga; como orientación, dirige y anima. Pero ¿quién puede gloriarse de cumplirla a la perfección? ¿Quién se acomoda debidamente al querer bonda­doso de Dios? Por más que se esfuerce, siempre encontrará el hombre defi­ciencias. Por eso, humildad, respeto, reverencia, petición. Para cumplir la Ley necesitamos la ayuda divina. El peor mal es la arrogancia. Ella des­truye las relaciones filiales con Dios. El salmista pide a Dios aleje de él mal tan tremendo. El Señor tenga a bien escuchar su oración. Pidamos con él. Cristo es nuestra Ley. Cristo desborda el salmo en todas direcciones.

 

R/. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.

 

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. R/.

 

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. R/.

 

Aunque tu siervo vigila para guardarlos con cuidado, ¿quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta. R/.

 

Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré libre e inocente del gran pecado. R/.

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol Santiago 5, 1-6

 

Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.

 

Por las lecturas de estos domingos atrás, nos hemos acostumbrado ya un tanto al lenguaje de Santiago. Lenguaje incisivo, cortante y hasta mordaz. Santiago ama, para producir mayor impacto, las situaciones extremas, que, no por ser extremas, dejan de ser reales. Situaciones escandalosas, indig­nantes; situaciones que arrancan de nuestros labios expresiones como «abominable», «horrendo», «clama al cielo»… Puede parecer crudo; pero es que la realidad, por desgracia, también es cruel y cruda.

Santiago se encara esta vez con los ricos de corazón endurecido. ¡Ay de ellos! El juicio que les espera, ya en marcha, es para hacer temblar estrepi­tosamente al más insensible. Distingamos dos momentos:

1) Versículos 1-3. El juicio de Dios se acerca y con él el castigo severo. San­tiago se hace eco de los ayes de Cristo el evangelio. Lucas los trae en bloque como reverso de las bienaventuranzas. Son en realidad una maldición; una maldición en boca de Dios. El juicio de Dios ya ha comenzado. No hay que esperar al último momento para oír la sentencia. Cristo ha condenado ya, como indigno del hombre y fuente de crímenes, el afán desmesurado de po­seer y disfrutar. La resurrección de Cristo señala el comienzo de ese juicio, que recibirá su expresión definitiva cuando venga como Señor a juzgar a to­das las gentes. Allí el lamento baldío y el rechinar de dientes. ¡Ay de voso­tros los ricos! Ya podéis comenzar a gemir ahora. La sentencia ha sido ya pronunciada.

Con la Resurrección de Cristo ha comenzado el mundo nuevo y, con él, la vigencia de los auténticos valores que cuentan delante de Dios. Aparecen como «antivalores», por contraste, todo lo que se opone al reino de Dios: codi­cia, avaricia, afán de poseer, de gozar, de cifrar en el deleite de este mundo todas las aspiraciones humanas. Es la postura de aquellos a quienes po­dríamos llamar «ateos» prácticos: comidas, bebidas, sensualidad, lujuria… Y todo ello a toda costa, cueste los que cueste. Con esas aspiraciones van pare­jos otros «antivalores»: prestigio mundano, aprecio, influencias, poder… como deificación personal. Es demasiado real y numeroso el grupo de adora­dores de este mundo para pasarlo por alto. La misma comunidad cristiana puede resentirse de semejantes flaquezas.

Las riquezas amontonadas, sin ningún empleo benéfico que permitiera «revalorizarlas», se han cubierto de orín y polilla, se han podrido. Se las ha comido el tiempo. También va devorando el mundo tan ficticio – «real», dicen ellos – en que viven. ¿Qué queda ahora de lo que ya «disfrutaron»?. El re­cuerdo de un placer inacabado y, sobre todo, una tremenda acusación insos­layable: han malgastado la vida. ¡Necios! Todo se les ha ido de las manos, y ahora se vierten sobre ellos, implacable, la ira voraz de Dios. Es para llorar y gemir. ¡Ay de aquél que pone su confianza en este mundo! A uno le viene a la mente la imagen de la casa construida sobre arena. El desplome va ha ser ruidoso. ¡Y viven tantos así!

2) Versillos 4-6. La idolatría de los antivalores implica, por naturaleza, una conducta grosera, injusta y cruel. Pobres los que se encuentren a tiro. Santiago piensa en los grandes terratenientes de su tiempo, probablemente paganos, que no respetan los derechos humanos más elementales de sus de­pendientes. El engaño abusivo, la explotación cruel y sanguinaria, los jorna­les reducidos y retardados, los juicios injustos, la venalidad de los jueces, la extorsión, las acusaciones sin fundamento, el miedo, el terror, el pánico de los súbditos están a la orden del día. Ricos sin escrúpulos, egoístas, dispues­tos a disfrutar desenfrenadamente de los placeres de la vida, no se paran ante nada ni ante nadie, ni siquiera ante el asesinato. Clama al cielo. No se imaginan lo que les espera. ¡Ay de ellos, pobres y miserables! Ignoran que tras aquéllos oprimidos se levanta el brazo justiciero del Dios Altísimo. ¿Quién los librará de su ira?. Dios saldrá en defensa de los pobres y oprimi­dos. Podemos vislumbrar al fondo a Jesús, el Justo Paciente de Dios.

 

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

 

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: —«Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.» Jesús respondió: —«No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.»

 

Nos encontramos ante texto heterogéneo. Procedamos por partes. El indignado Juan ofrece el primer cuadro. Juan ha observado cómo un «extraño» al grupo, un desconocido, curaba a los posesos. A Juan se le antoja un atrevimiento. Lleno de celo se lo prohíbe. Juan, hijo del trueno lo llamará Jesús por su impetuosidad, cree ver en aquella actividad una «lesión» de los derechos del Maestro. ¿Con qué derecho se atrevía aquel extraño a lanzar los demonios en nombre de Jesús? El exorcista aquel no era del grupo, y por tanto no tenía ningún derecho.

Postura muy «humana». Pero no «cristiana», no de Cristo. Así se lo hace ver el Señor. ¿Cómo puede uno curar posesos en «nombre» de Jesús sin estar convencido de alguna forma del poder y fuerza de ese «nombre»? ¿Y quién puede actuar en ese nombre sin tener fe en él? La actividad portentosa de ese exorcista está gritando, al menos por las obras, su fe en Cristo. En reali­dad es uno de los suyos, por más que no aparezca así. No hay por qué sentir indignación y exagerado celo. Más bien hay que alegrarse: ¡El poder del diablo se desmorona!

El versículo 41 presenta otro pensamiento. Sirve de enlace con lo que sigue. Jesús y los «suyos» forman una unidad, pensamiento que se adivinaba en el cuadro anterior. En eso tenía razón Juan. Los «suyos» continúan su obra, obra de salvación. Cualquier servicio, por insignificante que sea, hecho en favor de estos sus discípulos, por ser sus discípulos, no quedará sin recom­pensa. Dios lo tendrá en cuenta; pues, en último término, el servicio prestado va dirigido a Dios. Cuando, pues, en el juicio, Dios levante la mano para dic­tar sentencia irrevocable, la atención que se ha tenido con los suyos la incli­nará sensiblemente: se convertirá en bendición. ¿Cabe mayor bendición que la última y definitiva?

El cuadro tercero, compuesto también de sentencias, se une al segundo y al primero mediante la expresión «creen en mi», equivalente a «en mi nom­bre». El término «pequeño» está cargado de consideración y afecto. ¡Ay de quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en Jesús! Más le va­liera… «Pequeños» se extiende más allá del círculo de los inmediatos apósto­les y discípulos. Son los humildes, los pobres, los insignificantes fieles de Je­sús. Alguien puede con su conducta malograr la obra de Cristo, en otras pa­labras, la obra de Dios, alguien puede ser causa de tropiezo para los senci­llos; alguien puede destruir su fe en Jesús. ¡Ay de él! No hay nada que pueda compararse.

El tema del «escándalo» ha arrastrado consigo los versículos siguientes. Pero ya no se trata del escándalo a otros. Se trata más bien del daño que uno puede hacerse a sí mismo. Las expresiones de Jesús son radicales y ta­jantes, sin paliativos ni concesiones. Todo esfuerzo, toda renuncia es poca, para conseguir la salvación. No se trata de cortarse la mano, o serrarse el pie, o sacarse el ojo, si nos estorban para llegar a Dios. Mientras quede el corazón, todo será en vano. ¡Hay que cambiar el corazón! ¡Hay que cambiar de postura, hay que cambiar de modo de ver las cosas, hay que adquirir una nueva forma de ser! Por más que un cambio así nos arranque las entrañas -es el sentido de las imágenes. El reino de Dios está sobre todo ¡Un corazón nuevo y un Espíritu nuevo! Eso es lo que necesitamos. Para vivirlo no hemos de reparar en esfuerzos. Radicalidad y santo temor.

Reflexionemos:

Jesús afirma en el evangelio: El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Menos optimista resulta la sentencia que trae Mateo con ocasión de la disputa sobre Beelcebú: Quien no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama (Mt12, 30) ¿Con cuál de las dos sentencias nos quedamos? Por supuesto que con las dos. Cada una a su debido tiempo y en su debido contexto. Ambas revelan una gran verdad. Hoy nos interesa la primera. Nos invita a reflexionar. La lectura primera nos acompaña.

a) Josué y Juan representan, dentro del grupo fiel, la actitud demasiado «humana» respecto a los dones de Dios. Dios es liberal, Dios es generoso, Dios derrama en todas direcciones y a todos los vientos los dones de su gra­cia. Para Dios no hay fronteras de ninguna clase; Dios lo abarca todo. Hasta en las personas más insignificantes o más alejadas del grupo oficial de se­guidores, y de la forma más insospechada puede uno, con frecuencia, admi­rar el rastro hermoso que dejaron sus manos benéficas. Encontramos flores y florecillas hasta en los lugares más inhóspitos y rústicos; no solo en los jardines e invernaderos. Y todas son hermosas, y todas proceden de Dios. El ojo «cristiano» ha de saber apreciarlas y admirarlas: son de Dios. No debe­mos sentir menosprecio, indignación o celo mal entendido porque no están en «su lugar»; todo lo contrario, alegría, admiración y alabanza. Todas adornan el «campo» de Dios, que es el mundo entero.

Se trata de la en otro tiempo debatida cuestión de la existencia y valor de talentos, dones y bienes que viven y crecen fuera de la Iglesia oficial, fuera del Cristianismo. La sentencia de Cristo es iluminadora. Todo lo bueno viene de Dios y a Dios conduce. Nosotros nos alegramos del Dios bueno que ben­dice a todos de forma admirable. Si no están contra nosotros, contra Cristo, están con Cristo, con nosotros. El campo de Dios se alarga hasta los confines de la tierra. La Iglesia, el Cristianismo, rebosa así, bien entendido, sus pro­pias fronteras. ¿Qué actitud tomamos respecto a este asunto? Todo lo bueno que existe, se encuentre donde se encuentre, ha de ser admirado, respetado y aplaudido: allí está Dios, nuestro Dios. Lejos de nosotros la envidia o el celo descompuesto. Moisés y Jesús nos dan un buen ejemplo. Habría que te­nerlo en cuenta al hablar de las religiones no cristianas.

b) El tema del escándalo podría ser el segundo punto de reflexión. ¡Ay del escandaloso! San Mateo es más expresivo al hablar del escándalo dado a los «pequeños». Al escandaloso habría que arrojarlo, allá en alta mar, a lo más profundo del abismo, como algo podrido, como algo pestilente y asqueroso, desecho de la humanidad. Todo cuidado para evitar el escándalo es poco. El escandaloso destroza la obra de Cristo, la obra de Dios. Hace inútil y des­preciable la muerte de Cristo y su resurrección gloriosa; ¡pisotea la sangre de la Nueva Alianza! El justo Juez no puede olvidar tamaña injuria. Nada ni nadie justifica el escándalo; ni la salud, ni la vida, ni la fama, ni el poder, ni el dinero, ni nada. El escándalo es obra diabólica, y con el diablo no hay mi­sericordia ni compasión; es el reino opuesto a Dios. ¡Ay, pues, del escanda­loso!

El cristiano tiene que vivir la vida nueva. Se le ha concedido un corazón nuevo. Debe ejercitar los sentimientos correspondientes y fomentar su ex­pansión. Debemos trabajar, y pedir, por un corazón «cristiano» que sienta y vibre como el corazón de Cristo. Todo esfuerzo es poco para conseguir la sal­vación. No cabe un «más o menos»; es todo, y todo significa todo. Hay que sacrificarlo todo, si en ello nos va la salvación. Habrá casos en los que se nos exija algo extraordinario. No debemos asustarnos. Para ello la virtud de la fortaleza. ¿Pedimos a Dios nos la conceda? ¿Nos ejercitamos en ella? ¿Estamos dispuestos a que se nos corte la mano o se nos hunda en la infamia por amor a Cristo y a su Iglesia? Conviene reflexionar sobre ello.

c) Al hablar del corazón «nuevo» viene a la mente, por contraste, el cora­zón de «piedra». Podemos recordar a este respecto las amenazas de San­tiago. ¡Ay de los ricos de corazón endurecido! Corazones groseros, corazones duros, corazones crueles y escandalosos. ¿Cuál es nuestra postura ante ellos? Conocemos el fin que espera a los mundanos: la ruina total. ¿Lo senti­mos, lo vivimos, lo predicamos? ¿Es nuestra vida propia una repulsa mani­fiesta al afán desmesurado de riquezas, al placer atolondrado, a los «valores» de este mundo? ¿Infundimos desprecio a esas conductas o suscita­mos sentimientos de venganza? ¿Conocemos el espíritu «cristiano» del pueblo sin riquezas? ¿Son, en realidad, pobres de espíritu? ¿O es solo envidia? ¿Quién de nuestro pueblo, que se dice cristiano, no desea ser rico, disfrutar a sus anchas, beber de todas las fuentes y deleitarse sin reparo en sus rique­zas? ¿No hay en este pueblo «pobre» -que no lo es muchas veces- un espíritu de rico frustrado? Sabemos el fin que espera a los corazones duros. ¿Cómo es el nuestro? ¿Nos depredamos unos a otros, nos engañamos, nos ponemos zancadillas? ¿No son, en la práctica, los «antivalores» nuestros valores rea­les? ¿Cómo empleamos nuestros bienes? ¿Para ayudar, para compartir, para… ? Y nuestros llamados «ricos», ¿qué conducta siguen en la llamada justicia social? Las preguntas y reflexiones podrían multiplicarse. Hay que ir con tiento, pero con brío y entereza. Nosotros y nuestro pueblo por de­lante. Surge otra vez el tema de los bienes de consumo y su empleo.

El Señor exige de nosotros un corazón amplio, generoso, tanto en la acep­tación de su liberalidad como en el uso y empleo de nuestros bienes. Un co­razón así nunca dará escándalo. El sentimiento «cristiano» puede ir endure­ciéndose en muchos miembros. No hace falta ser rico para ser un «vividor». Muchos no recelan de las riquezas, las envidian. Su corazón será con fre­cuencia tan duro como el de los ricos de que habla Santiago. Pidamos a Dios un corazón sencillo a la altura de sus sentimientos.

 

 

Oración final:

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo 25 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo quinto del tiempo ordinario ciclo B

La liturgia de este domingo nos ofrece algunas pautas a seguir. Jesús nos propone algunas. Como siempre nos impele a emprender una vida nueva, un enfoque nuevo de nuestras actividades diarias. De esta manera el desarrollo de nuestra personalidad cristiana se verá más renovado.

  1. 1.      Oración:

Oh Dios, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor, Amén.

  1. 2.      Textos y comentario:

2.1. Lectura del Libro de la Sabiduría 2, 17-20

Se dijeron los impíos: Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: Se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor; es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras; declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por padre a Dios. Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará, y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.

Solemos decir que las vidas hablan y así es. Y la expresión de la vida es múltiple, como es múltiple la expresión del habla. Nuestra vida puede hacer reír y puede hacer llorar; puede agradar y puede irritar. Podemos conmover y podemos desafiar; podemos aplaudir y podemos acusar; podemos orientar y podemos perturbar. Nuestra conducta no pasa desapercibida: miramos y se nos mira; juzgamos y se nos juzga; el comportamiento humano deja su impronta en el ambiente que lo rodea. El «qué dirán», el «qué pensarán», juega aún todavía un papel importante. Las vidas, las conductas hablan. Hasta el estarse parado puede ser un gesto significativo. Ahí están las seña­les de tráfico. Dios habla «haciendo». Es la «historia de la salvación». Nuestras palabras reciben su sentido en las acciones que las acompañan. Es nuestra «historia de salvación». Un día nos juzgarán por las obras, no por las palabras. Y aquéllas, no éstas, definen nuestra postura religiosa o no religiosa, cristiana o no cristiana, delante de Dios y de los hombres. Pío e impío, bueno y malo, justo e injusto, son los términos más comunes para señalar las posturas más elementales respecto a Dios y respecto a los hombres. Dos conductas opues­tas, dos «hablares» contrarios, dos posturas extremas. Se hieren mutua­mente, no se soportan.  La liturgia de hoy ha elegido unos párrafos del libro de la Sabiduría. La Sabiduría desciende de Dios y retorna a Dios. Todo lo conoce, todo lo pene­tra, todo lo dispone, todo lo juzga. Es comunicativa y es buena. Es amiga de hacer el bien y se ofrece al hombre como compañera: quiere dirigirlo y quiere salvarlo. A su luz podemos examinarnos y comprender el orden del mundo. ¿Qué hacer el justo? ¿Cuál es su vida? Cuál es su meta? Y el impío ¿en qué se entretiene? ¿Cuáles son sus caminos? ¿Cuáles sus intenciones? Y Dios ¿cómo actúa en consecuencia? El justo y el injusto cruzan sus caminos, enfrentan sus miradas y extreman las posturas. Es el contexto próximo de la lectura.

La conducta del justo afea el comportamiento del impío. Reprocha su pen­sar mundano, es reprensión a sus yerros y condena su desenfreno. El justo sigue un camino que trastorna al malvado. Su confianza filial en Dios lo pone en ridículo. Su seguridad y aplomo lo irritan y lo enfurecen. La senci­llez de su vida lo acusa y condena. Es insoportable, es un insulto. La vida del fiel se le antoja un desafío. La reacción puede ser violenta: sarcasmo, indignación, persecución y muerte. Se hace inevitable la prueba: Veamos si… Sigue la tortura: Lo con­denaremos a muerte… No se limita a provocarlo de forma pasiva – su vida impía es una constante provocación injusta -, lo hace de forma ac­tiva:…Comprobando el desenlace de su vida. Posturas así, radicalmente opuestas y antagónicas, han de existir siem­pre. Cuente el justo con la prueba. La reacción violenta ha de venir de una forma u otra. Es imposible mantener por largo tiempo un equilibrio de indi­ferencia. Son dos vidas que se insultan. La diferencia está en que el justo, apoyado en Dios, se muestra dispuesto a recibir la injuria y el impío, por el contrario, a realizarla. El mejor ejemplo, Cristo, el Justo por excelencia. El «éxito» descansa en las manos de Dios. Y Dios no olvida a su justo. Mirémonos en Cristo y comprenderemos el misterio de nuestra justicia.

 

2.2. Salmo responsorial: Sal 53, 3-6.8:El Señor sostiene mi vida.

Aquí, en la liturgia, se ha convertido la composición en salmo de súplica. El «justo», perseguido a muerte por los «insolentes», acude a Dios en demanda de ayuda: «Sálvame», «escúchame», «atiende»… La confianza sos­tiene su clamor, y surge espontáneo el propósito de un sacrificio y de la ac­ción de gracias. El estribillo lo expresa a su manera. En la misa, Sacrificio y Acción de Gracias por excelencia, recordamos al Justo, perseguido y condenado a muerte por los «injustos». Ahí nos encon­tramos nosotros: dimos muerte al Justo y el Justo murió por nosotros. El es nuestra esperanza, él es nuestra súplica.

El Señor sostiene mi vida.

Oh Dios, sálvame por tu nombre,
sal por mí con tu poder.
Oh Dios, escucha mi súplica,
atiende a mis palabras.

Porque unos insolentes se alzan contra mí,
y hombres violentos me persiguen a muerte
sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi auxilio,
el Señor sostiene mi vida.
Te ofreceré un sacrificio voluntario
dando gracias a tu nombre que es bueno.

2.3.Lectura de la carta del Apóstol Santiago 3, 16–4, 3

Hermanos: Donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia. ¿De dónde salen las luchas y los conflictos entre vosotros? ¿No es acaso de los deseos de placer que combaten en vuestro cuerpo? Codiciáis lo que no podéis tener; y acabáis asesinando. Ambicionáis algo y no podéis alcanzarlo; así que lucháis y peleáis. No lo alcanzáis, porque no lo pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para derrocharlo en placeres.

En el versículo 13 ha comenzado una nueva sección. Se alarga hasta el 4, 12. Santiago presenta una serie de pensamientos de tipo proverbial, poco unidos entre sí, pero por su carácter como proyectiles de carga explosiva. Es­tilo incisivo. Santiago quiere combatir el espíritu mundano que se ha introducido en algunas de las comunidades cristianas. El egoísmo y la envidia las están de­vorando. La paz, la serenidad, el equilibrio y la armonía, que debieran ser el distintivo de los fieles de Cristo, brillan, como suele decirse por su ausencia. Se han esfumado, y en su lugar se han presentado, feroces, las peleas, las luchas y el deseo de placer. Ha desaparecido la «sabiduría» cristiana; esa «sabiduría» superior que atina en todo y por todo: la actitud debida, la pala­bra justa, el gesto oportuno. Todo lo contrario, los corazones rebosan de co­dicia, de sensualidad, de envidia. Los auténticos móviles del «sabio» se han desvanecido, no queda rastro de ellos. ¿Quién busca la paz? ¿Quién trabaja por la justicia? ¿Quién practica la misericordia? La ambición lo absorbe todo. Hasta tal punto que ni siquiera la oración sabe formular. Sí están en necesidad ¿Por qué no piden reverentemente? Y sí piden y no alcanzan ¿no es porque sus peticiones están impregnadas de deseos de placer, de ambi­ción y codicia? ¿Quién les va a escuchar? En el fondo no piden lo necesario con humildad y reverencia, sino lo que piensan satisface sus pasiones. Parece ser que en ciertas comunidades la situación social de sus miem­bros era desequilibrada. Unos nadando en la abundancia, muy pocos; otros, muchos, hundidos en la pobreza. Los primeros no atienden a las aspiracio­nes de los segundos, y éstos no saben salir de su condición con holgura y honradez cristianas. No los mueve, al parecer, la necesidad sino el deseo de placer. Los bienes. Los bienes de consumo. ¡Cuántas guerras y atropellos traen!

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: –El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: –¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: –Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: –El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

Después de la Confesión de Pedro, Jesús se dedica a la instrucción de sus discípulos. Han desaparecido de su programa las prolongadas charlas al pueblo. Parece evitar las aglomeraciones. Se esconde. Camina por lugares poco frecuentados por las gentes. Unos lo han rechazado por completo; otros no le comprenden lo más mínimo. La vida de Jesús cambia de rumbo. Ahora dirige sus enseñanzas al reducido grupo que le sigue de cerca. Son los «suyos». Son los únicos que le aceptan, aunque de forma imperfecta. A ellos les confía su «Misterio», su «misión». Pero los discípulos no comprenden la confidencia de Jesús. Rebota en sus mentes. ¿Qué es eso de «ser entregado», de «morir», de «resucitar» después? La figura de Jesús les es cada vez más misteriosa. No se atreven a preguntarle. Su mente, en realidad, juega toda­vía con las categorías y criterios humanos. No han comprendido -no pueden comprender- que la muerte de Jesús, el Mesías, se debe a una disposición divina y que tal Disposición encierra el «Misterio» de Salvación para los hombres. Están muy lejos de adivinar que Jesús, precisamente a través de su «pasión», va a «revelarse» Salvador de forma insospechada. Todavía no han podido echar fuera de sí la idea-esperanza de un reino terreno y político. La discusión en el camino lo manifiesta a las claras. ¿Era, quizás, el temor al desengaño lo que les impedía preguntar al Maestro? De todo un poco. Los discípulos necesitaban una instrucción, y Jesús se la estaba impartiendo cuidadosamente. Había que ganar tiempo. Era su último viaje. Dejaba para siempre la verde Galilea. Iba camino de Jerusalén; allí tendría lugar el de­senlace «misterioso» de su vida. Jesús prepara a sus discípulos.

 

Mientras Jesús hablaba del próximo cumplimiento de su Misión como Mesías, los discípulos discutían repartiéndose los puestos del nuevo reino. ¡Qué lejos estaban del pensar y querer del Maestro! Marcos subraya la do­lorosa ironía. Embotados, tardos de entendimiento, infantiles en sus deseos y mundanos en sus pensamientos. Ellos mismos parecen reconocerlo. Enmude­cen a la pregunta del Señor. Jesús, continuando la tarea de Maestro, les im­parte una importante lección. Podemos desdoblarla en dos momentos:

1). Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Es precisamente lo que Jesús va a «cumplir» en Jerusalén. Jesús es el Siervo de Yavé que da la vida por la salvación de todos. San Juan lo expon­drá con toda claridad en el relato del «Lavatorio de los pies». Jesús es el me­jor ejemplo; el ejemplo, sin más. El niño impotente, consciente de su insignificancia, sujeto a todos por ne­cesidad, es el ideal. El discípulo debe llegar a esa conciencia de pequeñez, de nulidad, de inferioridad respecto a todos. Debe servir, admirar, respetar a todos como a superiores, como a personas de gran valía. Esa es su vocación; no, buscar honores, títulos vanos, beneficios personales. Todo lo contrario, servicio, dedicación y respeto a los demás.

2). Quien acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí…Quien acoge a un siervo del Señor, por más siervo que sea, por más despreciable e insignificante que parezca, acoge nada menos que al Señor de la salvación. Y quien lo acoge a él, acoge a Dios. ¿Es posible? ¿No es maravilloso? Así es. Son criterios que trastornan el mundo entero. ¡Qué lejos se hallaban los discípulos de entenderlo! ¿Y nosotros? ¿Lo hemos entendido plenamente? Mi­remos a los santos. Ellos sí que lo han entendido bien.

 

Reflexionemos:

 

El evangelio de hoy continúa el pensamiento del Domingo pasado. Par ser más exactos, lo repite e ilustra: el Misterio de Cristo que muere y resucita. Jesús anuncia, por segunda vez, el desenlace de su vida. Todos los evan­gelistas señalan la importancia del acontecimiento. Marcos subraya el mis­terio. El pensamiento debe centrarse, pues, en ese magno Suceso: el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Jesús va a ser entregado y condenado; después resucitará. La celebración eucarística lo «recuerda» en «sacramento». En torno a él, como parte del Misterio, se abrazan los cristia­nos.

La lectura primera ilumina, desde lejos, el misterio, describiendo la con­ducta del malvado contra el justo piadoso. Observamos que el impío no so­porta una vida religiosa auténtica. La vida religiosa sana le da en el rostro. Su luz le hiere los ojos y los irrita; y su corazón vomita por sus labios des­precio, sarcasmo y violencia. ¿No le aconteció así a Cristo? ¿No se le «objetó» en la cruz si eres hijo de Dios, baja de ahí, y creeremos en ti? Es la clásica prueba. Ningún justo se libra de ella.

Tampoco Jesús, justo por excelencia.

 

El justo pone en manos de Dios, como Jesús, su destino. Se somete a la vo­luntad divina con paciencia y resignación. Sabe vencer al mal con el bien, sabe orar por el enemigo y sabe bendecir, siendo maldecido. La vida del justo, anodina y baldía a los ojos del mundo, obtiene su plenitud en las ma­nos de Dios. Somos, como Jesús, instrumentos de salvación. Dios resucitará nuestros cuerpos mortales y cubrirá de gloria las señales de la agresión. Es mejor padecer la violencia que realizarla. Es el sentir cristiano.

 

Existe un antagonismo, en raíz irreductible, entre el justo y el impío. El justo ha de sufrir por serlo. Risas, desprecios, sarcasmos, violencia… No debe extrañarnos que se nos persiga. También lo hicieron con Cristo. Hay mucho en el mundo que se opone a la voluntad de Dios, y por tanto, a la con­ducta del justo: envidias, codicia, ambición, sensualidad, afán de poder… Muchos se han de soliviantar al paso, sereno y acusador, de una conducta sana e irreprochable. Son dos mundos que se oponen, y es de maravillarse que no choquen. Es nuestro destino, como también lo fue el de Jesús. Pero no estamos solos. Dios está con nosotros; Dios escucha nuestra oración. El salmo nos ofrece una muy bella. La misma celebración eucarística, es una hermosa súplica en Cristo Jesús.

 

El cristiano, ya lo hemos indicado, se inserta en el Misterio de Cristo. Ahora Cristo es el gran Siervo. Su pasión y la muerte son la perfecta expre­sión de la más acabada obediencia del Padre y del más profundo amor a los hombres. San Juan lo refiere muy bien en la escena del Lavatorio de los pies. Jesús lava y limpia. La muerte de Jesús tiene ese efecto: limpia, lava, sana, salva. Nosotros debemos, como siervos, lavarnos, en su nombre, los pies unos a otros: servicio fraternal mutuo. Servir y amar; amar y servir. Es una de las enseñanzas del evangelio de hoy. ¿Cuál es nuestra postura? ¿Lo entendemos bien? Nos sonreímos de la poca inteligencia de los discípulos al escuchar a Jesús. ¿No se repetirá la historia en nosotros? ¿Qué buscamos con tantas idas y venidas? ¿Los primeros puestos, nuestra comodidad, nues­tro provecho personal? Convendría repasar el himno a la caridad de I Co­rintios 13.

 

En cada hermano hay un misterio que empalma con el sacrosanto Miste­rio de Cristo, muerto por nosotros. ¿Lo advertimos? ¿Lo veneramos? ¿Qué hay al respecto, de admiración y veneración al hermano? Porque no es al hombre a quien aceptamos y recibimos, sino a Dios en último término. Lle­vamos a Cristo, llevamos a Dios. ¡Qué atención al hermano! Y ahora la segunda lectura con su lenguaje incisivo. No es necesario in­sistir mucho en sus palabras. Leamos con detenimiento esas líneas.  Envi­dias, ambición, codicia, afán de placer… ¿No es esto lo que divide las fami­lias, deteriora las comunidades cristianas y destroza la vida religiosa? ¿No será que la celebración eucarística no nos impregna suficientemente del sen­tir de Cristo y que nuestra oración no arranca de un corazón limpio y sano? Pidamos a Dios limpie nuestro corazón. La celebración eucarística es el Sacrificio, la Acción de Gracias y la gran súplica. Nosotros nos ofrecemos como «sacrificio» y «servicio»; adoramos a Dios por su providencia; rogamos por su asistencia.

 

  1. Oración final:

Que podamos llevar, Señor, una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro, alzando hacia ti nuestras manos, limpias de ira y divisiones. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Domingo 24 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo cuarto del tiempo ordinario ciclo B

“El Señor me abrió el oído y no me eché atrás…” “La fe si no tiene obras por si sola está muerta…” “El que pierda su vida por mi y por el Evangelio la salvará”…. Son testimonios de personas y comunidades “proféticas” de distintas épocas que no dieron su espalda a los problemas de su entorno sino que desde una “no-violencia-activa” se propusieron hacer su aportación para que su pueblo y todo el mundo tuviera acceso a los derechos humanos: pan, salud, vivienda, educación, trabajo…

Son testimonios que, amplificados por el de nuestro Maestro –Jesús–, dan sentido a nuestra vida y a la de nuestras comunidades. Entregar nuestra vida a Jesús es entregarla a su proyecto de fraternidad y salvarla dándole un sentido liberador. Quizá este momento histórico no sea el del miedo, el de la depresión, el de la fuga, sino el tiempo oportuno para desenmascarar a los causantes del sufrimiento de las personas y de todo el planeta y de poner los cimientos de una nueva civilización unidos a todas las personas de buena voluntad.

  1. 1.      Oración:

Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos y para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

2. Textos y comentario

2.1. Lectura del Profeta Isaías 50, 5-10

En aquellos días dijo Isaías: El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado. Tengo cerca a mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿quién es mi rival? Que se acerque. Mirad, mi Señor me ayuda; ¿quién probará que soy culpable?

Tercer cántico del Siervo de Yavé. El tercero de los cuatro. Un escalón sobre los dos primeros, asomando ya al último. Cada cántico ofrece su pecu­liar mensaje; todos juntos, el gran mensaje. Los cuatro van de la mano; guardan unos con otros relación interna. Convendría leerlos todos.

Es un cántico. Una especie de salmo de confianza individual. Nos re­cuerda algo a Jeremías. La «misión» encomendada implica sufrimientos: persecución y desprecio, dolor físico y moral. Pero no cabe el desaliento, o la depresión, o la desesperación, o el abandono de la tarea encomendada. Dios está a su lado, Dios lo sostiene. Dios lo consolará, Dios le auxiliará. Nadie podrá con él. Todos se esfumarán al soplo de Yavé. Si Dios con él ¿quién con­tra él? La situación es extrema, la confianza suprema.

Es el siervo. No es, al parecer, un siervo cualquiera, aunque para Dios no existe un «cualquiera» en sus siervos. Es el Siervo. El Siervo-siervo en todos los aspectos. Siervo de Dios y vilipendio de los hombres. Profeta, Voz de Dios, y escarnio de los oyentes. La fortaleza misma y próximo al aniquila­miento: por misión divina entregado a la muerte. Un Siervo misterioso. El cuarto cántico agudizará el contraste y la paradoja: en sus llagas hemos sido sanados; en su enfermedad, curados; en su muerte, salvados.

Siervo de Yavé. Siervo del Dios Altísimo, del Dios de la creación y de la historia. Dios tiene un plan misterioso. Dios, bueno y misericordioso, está tras su Siervo doliente. Es disposición de Dios. Dios lo ha hecho. Dios no permitirá que su Siervo desfallezca, que claudique, que sea suprimido. Dios está ahí. Dios, misterioso en sus planes, está, de forma misteriosa, en el Siervo misterioso. Dios hace maravillas de todo tipo. Oídos atentos y ojos abiertos, no sea que pase desapercibida la mano del Todopoderoso. La obra de Dios, el Siervo misterioso, han de dejar rastro. Y el rastro apunta de forma poderosa a Cristo.

2.2. Salmo Responsorial: Sal. 114, 1-2. 3-4. 5-6. 8-9

R: Caminaré en presencia

 del Señor, en el país de la vida

Amo al Señor,
porque escucha mi voz suplicante;
porque inclina su oído hacia mí,
el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas me salvó.

Arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.
Caminaré en presencia del Señor,
en el país de la vida.

Salmo de acción de gracias. Uno de los elementos consecutivos de la ac­ción de gracias es proclamar en la asamblea de los fieles el beneficio reci­bido. Y éste no puede calibrarse debidamente, si no se subraya atentamente la angustia de la que le libró el Señor. También se recuerda el grito apre­miante de socorro: «Señor, salva mi vida». La acción de gracias interpreta el pasado -beneficio recibido de Dios-.; invade el presente -canto de alabanza- ; determina el futuro -propósito de caminar en presencia de Dios. El estribillo expresa este último pensamiento: determinación firme de seguir a Dios, se­guro de que en él se encuentra la vida. La asistencia de Dios que libera de la angustia se halla también en la primera lectura.

2.3 Lectura de la carta del Apóstol Santiago 2, 14-18

Hermanos míos: ¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare: abrigaos y llenaos el estómago», y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Alguno dirá: –Tú tienes fe y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras y yo, por las obras, te probaré mi fe.

La fe, si no tiene obras, está muerta.

La fe es un don divino. La fe implica una postura nueva, unos criterios nuevos, una vida nueva. La actitud nueva, siendo el hombre una realidad compleja, pero una, se refleja o abarca todo lo que sea expresión de la per­sona. En todas las direcciones. Por eso una fe sin obras muestra ser una fe deficiente; no ha calado en el individuo todo; no es fe viva; está muerta. Una fe así no puede salvar. Esa fe no llega al amor. El ejemplo aducido por San­tiago es claro y transparente. ¿De qué sirven las palabras, cuando se niega la acción requerida por la caridad? ¿Qué gano con decir «Eres mi hermano», si en la necesidad no lo reconozco? Puede darse una fe sin obras, muerta. Pero no obras de la fe sin la fe. No puede haber obras «cristianas» sin que las mantenga la fe «cristiana». Las obras «cristianas» llevan un aire, un colo­rido, una fuerza, un amor, que no caben sin una fe viva cristiana. Es decir la exigencia cristiana en toda su amplitud no puede existir sin la fe cristiana. Esa será la fe viva. No era otra de la que hablaba San Pablo.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Marcos 8, 27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos: –¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos le contestaron:
–Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas. Él les preguntó: –Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro le contesto: –Tú eres el Mesías. Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: –El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro: –¡Quítate de mi vista, Satanás ! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: –El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará.

Tú eres el Mesías… el Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

La «confesión» de Pedro constituye la parte céntrica del Evangelio de Marcos. Hasta ese momento flota en el aire el «misterio» ¿quién es éste que obra y habla con autoridad y poder? Nadie ha dado todavía una respuesta acertada. Juan Bautista, aseguran unos; Elías, proponen otros; los más, al­gún otro profeta. Nadie ha visto con claridad. Solamente los demonios han adivinado algo de la grandeza que se esconde detrás de aquella extraña persona: El hijo de Dios. Ha venido a destruirlos. Lo han palpado. Y no se engañan. El público, en cambio, no ha visto nada.

Pero ha llegado el momento cumbre, el momento de declararlo. Están so­los sus discípulos. ¿Quién soy yo? les lanza Jesús. «Tú ERES EL MESIAS» responde Pedro. Se ha descorrido el velo, se ha revelado el «secreto». Jesús de Nazaret no es un «cualquier» profeta; ni siquiera Elías o el gran Juan vuelto a la vida. Jesús de Nazaret es el MESÍAS. Esta declaración señala un cambio de dirección en el evangelio. Los discípulos «saben» el misterio de su persona. Ya no le siguen como a un profeta; le siguen como a Mesías, en­viado por Dios para la restauración de Israel. Ya «saben» quién es. Pero ig­noran «cómo» es, qué tipo de Mesías es. Queda por conocer el «misterio» de su misión. Jesús, el Mesías, es ¡el Hijo del Hombre! Este misterio constituye el tema de la segunda parte.

Jesús comienza a instruirles. El Hijo del Hombre será entregado a manos de los gentiles, por obra de los dirigentes de Israel. Será condenado a muerte; pero resucitará al tercer día. Y es su voluntad, firme y decidida, de abrazar la pasión y la muerte porque tal es la voluntad de Dios. Jesús tiene conciencia de su misión y la confía a sus amigos. Es un misterio, y como mis­terio debe permanecer oculto, en secreto. Es el famoso «secreto mesiánico» de Marcos. Terrible situación la de Jesús. Sus obras, por una parte están gri­tando que, tras la mano que las realiza, se encuentre el Mesías. Por otra, Jesús es consciente de que su obrar lo llevará a la muerte. Y no por un acaso, sino por voluntad divina. Y Jesús quiere «cumplir» de todo corazón esa misión encomendada.

Los hombres no pueden comprenderlo. Tan lejos están los pensamientos humanos de los de Dios, que corren peligro de cerrarse por completo. Pedro es el mejor exponente. Pedro trata de estorbarlo. El Mesías no puede acabar Así. Es atentar contra Dios. Pero Pedro se equivoca. Su postura sí es una oposición a Dios. Sus pensamientos no son acertados. No pasan de ser hu­manos. Y lo humano, opuesto a Dios, se convierten en malignos y endiabla­dos. «Quítate de mi vista, Satanás» es la respuesta indignada de Jesús. Pe­dro, ignorando, pretende retraer a Jesús del cumplimiento de la voluntad del Padre. ¿Hay algo más horrible? Una obra verdaderamente satánica. ¡Hasta Pedro puede hacer el oficio de Diablo sin saberlo! La voluntad de Dios, sea cual sea, es santa, y el intento de desacatarla ha de ser, sea cual sea la causa, satánica. Los discípulos lo entenderán más tarde.

Las condiciones que propone Jesús para seguirlo están en consonancia con su propio destino. La «misión» de Jesús se alarga a sus discípulos; el «misterio» de Jesús se hace destino y misterio cristiano. He aquí las condi­ciones: negarse a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle. El discípulo no ha de tener otra voluntad que la voluntad de Dios. Ha de ser su único alimento. Ha de tomar su cruz. Y tomar la cruz significa ser despreciado, perseguido; ser condenado a muerte como malhechor; ser tenido como escoria de la so­ciedad por el nombre de Cristo. La imagen del condenado que portaba su cruz camino del suplicio decía mucho a aquellas gentes. Hay que seguirle. Ultima condición en el orden, primera en la importancia. De nada sirve ne­garse, de nada sirve sufrir, si no es «en el seguimiento» de Jesús. Es la típica exigencia de Jesús en los evangelios. La voluntad del Padre es seguir a Je­sús. Y seguir a Jesús es obedecerle e imitarle. Y la imitación consiste en negarse a sí mismo y cargar con su cruz. Está en juego la vida. Y quien no esté dispuesto a dar la vida- temporal- en obediencia a Dios, al evangelio, éste, por cuidar de su vida, la perderá -la auténtica. Quien, por el contrario, la entregue por amor a Cristo, al evangelio, cumpliendo así la voluntad del Pa­dre, ese la alcanzará; como Cristo que resucitó de entre los muertos. El des­tino del discípulo es el destino de Cristo: muerte y resurrección. Ese es el «misterio» cristiano que todos y todos los días debemos recordar. La celebra­ción litúrgica, «recuerdo» de la muerte y resurrección del Señor, el mejor momento.

Reflexionemos:

Se ha dicho, y con razón, que nosotros, los católicos, ponemos mucho én­fasis en el término «y». En efecto, así es. La palabreja, no puede ser más di­minuta, tiene para nosotros muchísima importancia. Sirve para mantener unidos términos y conceptos paradójicos y opuestos. Así conservamos vivos y limpios la tensión y el misterio. Tensión y misterio que no ha ideado el hombre, sino que han venido de Dios. Suprimir la «y» es suprimir uno de los miembros revelados. Y esto es una herejía, una obra del diablo. Procuramos, pues, mantener en toda su tensión la revelación y el misterio que Dios nos ha confiado. En este sentido veamos las lecturas de hoy.

Partamos, como de costumbre, de Cristo. Marcos subraya el aspecto mis­terioso y sorprendente de su persona. Es un dato evangélico que no conviene pasar por alto. Y no es sorprendente por las maravillas que realiza, sino por el misterio que lo envuelve. Un ser claro y transparente, por una parte, in­comprensible y enigmático, por otra. Obrador de maravillas, lanzador de demonios, objeto de admiración y de alabanza, y totalmente desconocido en sus as­piraciones. Es el Mesías, y debe morir en la flor de la vida. Aclamado en cir­cunstancias por el pueblo y ajusticiado en última instancia por los dirigentes de la nación. Rey por disposición divina y condenado a muerte en la cruz; reído y despreciado como un vil criminal quien se presentaba como juez su­premo. Y todo ello, en su misterio, por voluntad del Padre. Jesús lo sabe y camina resuelto a cumplir su misión. No es algo adyacente, marginal, de ocasión, no. Es precisamente su MISIÓN.

Todo esto desconcierta. Es el Misterio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. No podemos destruir el Misterio ni desvirtuarlo; nos toca contemplarlo. La Resurrección lo ilumina abundantemente. Quien intente apartar a Jesús del cumplimiento de su Misión, sea cual fuere el motivo, está haciendo el papel de Satanás, por principio puesto a Dios. Jesús no piensa como los hombres, sino como Dios. Es la gran NORMA cristiana. ¿Nos percatamos de ello?

El texto de Isaías anuncia y redondea el Misterio. Subraya la confianza, a la par que proclama su destino: sufrimientos terribles. El cuarto Cántico nos revelará el sentido: nuestra salvación. El «caminaré» del salmo nos puede hacer pensar en ese caminar de Jesús en presencia de Dios a cumplir su voluntad. Esa es la verdadera personalidad de Cristo: una voluntad con el Padre. Ese es nuestro Jesús, el Jesús del Evangelio, el Jesús de la Iglesia de todos los tiempos. A nosotros nos toca confesarlo – ¡Tú eres el Mesías! – , venerarlo, contemplarlo y seguirlo. Tras la muerte viene la resurrección. Ese es también el Misterio de la Iglesia. Así pues:

1) Aclamamos y confesamos: Jesús de Nazaret, Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. No un profeta cualquiera; no un asceta espectacular; no un maestro de enseñanzas peregrinas; no un hombre de calor y fuego. Tú eres el En­viado de Dios, el Profeta, el Maestro, el Revelador del Padre, el Salvador del mundo, Fuego y Vida por antonomasia. Tú has padecido, tú has muerto por nosotros. Tú has resucitado y estás a la derecha del Padre. Tú vendrás a juzgar, tú vendrás por nosotros. Tú estás entre nosotros; tú alegras nuestra alegría y conllevas nuestro padecer.

2) El cristiano es otro Cristo. Su Misión es nuestra «misión». Los hombres no lo van a comprender. En el momento en que las exigencias del Padre su­peren la lógica humana, y la superan con suma frecuencia, se levantarán ante nosotros muros de incomprensión y rechazo. Hasta por boca de amigos y allegados – Pedro – hemos de oír: «¡Eso, no!». Habrá risas, muecas, despre­cios y abandono. No esperemos otra cosa. Hijos de Dios, por una parte; por otra, destinados a cargar con la cruz. ¿Nos damos cuenta de ello? ¿Qué ló­gica es la nuestra? ¿Humana? ¿Cristiana? La paradoja está en Cristo: mo­rir para vivir; no vivamos para morir. El tema es sumamente actual. El «mundo» está devorando al pueblo cristiano, a sus sacerdotes, a sus religio­sos. Casi hemos quitado la cruz de en medio. ¿Estamos adulterando el cris­tianismo?

3) Dentro de las paradojas podemos contar también las palabras de San­tiago. Son además una aplicación del misterio y misión cristianos. ¿Salvan las obras? No, al margen de Cristo. ¿Salva la fe? No, si no se expresa en obras. Las obras, expresión de la fe en Cristo, o la fe operativa, llevan a la salvación. Esas obras que surgen, que emanan o que son la expresión de un pensar distinto, de un ver distinto, de un fiarse de Dios en Cristo, son la ca­racterística del cristiano. ¿Dónde están? El ejemplo que trae el autor puede multiplicarse en variadas direcciones. ¿Dónde están nuestras obras cristia­nas? ¿Dónde las obras de misericordia, de perdón, de comprensión, de hu­mildad, de colaboración, de…?. La cruz de Cristo, su seguimiento – hacer sus obras – desemboca en la resurrección. Es una certeza, es un consuelo; es el sentido de toda nuestra existencia.

3. Oración después de la comunión:

La acción de este sacramento, Señor, penetre en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento, quien mueva nuestra vida. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Domingo 23 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo Tercero del tiempo ordinario ciclo B

“Todo lo ha hecho bien: hace oír a los cojos y hablar a los mudos”. Esta optimista exclamación con que concluye el evangelio de hoy contrasta notablemente con la precaución que muestra Jesús al imponer silencio. La exégesis nos señala que este contraste es buscado por el propio evangelista para poner a los lectores en guardia contra un excesivo optimismo en los logros de la comunidad cristiana de su momento. Aún hoy podemos preguntarnos si verdaderamente los sordos oyen correctamente y los mudos hablan cabalmente.

  1. 1.     Oración inicial Señor

Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

  1. 2.     Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del Profeta Isaías 35, 4-7a

Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial.

La palabra de Dios, lanzada al viento en la comunidad del pueblo santo (liturgia), se ha convertido en ser vivo que alienta siempre que encuentra un ambiente adecuado. Es aliento de Dios y, como tal, crea, anima, consuela. Es un mensaje que apunta a los tiempos mesiánicos. En ellos va a realizar Dios la «salvación». Y la salvación se expresa en forma de liberación y socorro para el hombre que padece ata­duras y amenaza sucumbir el peso de los reveses de la vida.

La gran noticia, el jubiloso «evangelio» es: ¡El Señor viene! Con él, la sal­vación, el desquite, el cambio de condición, la vida. La «salvación» ha de ser luz para el ciego, movimiento para el tullido, oído para el sordo, habla para el mudo. Hasta la misma naturaleza sentirá la «revolución»: agua en el de­sierto, torrentes en la estepa. Agua, agua, agua. Hablamos a un pueblo que lucha a brazo partido con el desierto, lugar de muerte. Sin duda alguna son metáforas. ¿Sólo metáforas? La liberación de las servidumbres concretas de este mundo apunta a la gran liberación de todo el individuo en su forma más radical y satisfactoria. Dios lo ha prometido. Dios lo cumplirá. La «verdad» de Cristo y su mensaje es ya el gran comienzo. Esto nos consuela y nos llena de esperanza. ¡El hombre, pobre y magullado, tiene una Promesa, vive una Esperanza!

2.2.Salmo Responsorial Sal. 145, 7. 8-9a. 9bc-10

R: Alaba, alma mía, al Señor.

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.

El Señor sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

Salmo de alabanza. La invitación, en el estribillo. El motivo, la conducta bondadosa del Señor. El Señor es un Dios liberador de ataduras y miserias. El Dios de la Biblia es un Dios salvador de los que sufren y están oprimidos. Dios es su defensor, su abogado, su salvador. Ese es su reino. Así ejerce su dominio. Es un Dios que ama, bondadoso y solícito. Así lo canta Israel. Así lo cantamos nosotros con todo el pueblo cristiano. La esperanza anima al salmo. Tenemos fe, tenemos esperanza. Alabemos al Señor.

2.3.Lectura de la carta del Apóstol Santiago 2, 1-5

Hermanos: No juntéis la fe en Nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas. Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: –Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado. Al otro, en cambio: –Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo. Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos? Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman?

La expresión genuina de una auténtica religiosidad cristiana es la aten­ción a los desamparados -huérfanos, viudas- y la limpieza del vaho de este mundo. Así acababa la anterior lectura de esta carta. El pensamiento del autor continúa adelante, aduciendo, en forma extrema, un ejemplo concreto, que puede haya sucedido en alguna de las comunidades cristianas: el favori­tismo escandaloso.

Jesús ha resucitado. Jesús glorioso nos ha hecho por la fe partícipes de su «gloria»; nos ha elevado a la condición de «libres» de toda atadura humana que se oponga al querer de Dios. Somos «libres» y debemos movernos con en­tera «libertad». La gracia de Cristo se extiende a todos los hombres, sin acepción de personas. Dentro de esa gracia, el poder y el deber del cristiano de alargar su acción fraterna a todos los hombres. Somos hermanos en Cristo Jesús.

Así comienza la exhortación. Quien hace «acepción» de personas, considé­rese como no «liberado» por Cristo; está todavía atado a los criterios y cos­tumbres del mundo no redimido. Cristo, que no ha hecho acepción de perso­nas con nosotros y que nos ha liberado de la esclavitud -somos sus herma­nos-, debe ser revelado en nuestra conducta de esa forma: hermano con los hermanos. El ejemplo propuesto por Santiago revela una apostasía moral de primer orden. Parece ser que algunos de los dirigentes de la comunidad cris­tiana se dejan llevar del brillo externo para «juzgar» prácticamente de la dignidad religiosa de una persona. Claudican miserablemente.

Nótese que se trata de una reunión litúrgica, en cuyo centro ¡está Cristo que dio la vida por todos, especialmente por los pobres! Un hombre rico viene a unirse a la comunidad. Quizás un pagano curioso. No era extraño entonces encontrar en las reuniones cristianas o de cualquier índole religiosa tipos no correligionarios. Lo mismo ha acontecido con un pobre andrajoso. Se ha colocado por allí. El presidente de la asamblea litúrgica se comporta de forma totalmente inconsecuente con el espíritu que debe animar a la comu­nidad y que él mismo debe encarnar. Su «juicio» es totalmente anticristiano. Han «juzgado» -la carta habla en plural- con criterios humanos, de este mundo, una realidad netamente cristiana y divina. En lugar de juzgar con libertad cristiana, se han arrastrado servilmente, deslumbrados por la sombra del oro. Han pasado por alto los auténticos valores, los del corazón, la conducta de Cristo, cuyo misterio salvífico celebran. Han injuriado a Cristo y a la comunidad Cristiana. Han juzgado contra el sentir del Señor. Pues ¿no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino? La auténtica riqueza es la fe. Y no la han tenido en cuenta. Ha sido un escarnio. No puede darse mayor desacierto. Una con­ducta así obliga a pensar.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: –Effetá (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: –Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Va cundiendo la convicción entre los estudiosos de que Marcos, lejos de ser «ingenuo» y «despreocupado», se muestra profundo teólogo en la composi­ción de su evangelio. Cada vez son más los autores que ven en los relatos de Marcos un notable parecido con Juan. Sus relatos están, con pequeños to­ques, impregnados de simbolismo que dirigen la atención al Misterio de Cristo en su Iglesia.

En este caso, por ejemplo, nos encontramos con el relato de un «milagro»: la curación de un sordomudo. A simple vista no parece ofrecernos más el texto. Pero, leyendo todo el evangelio y relacionando unas partes con otras, observamos que hay, no digo otra cosa, sino algo mucho más importante. Jesús, a través del milagro material, se revela como el «abridor» de los oídos y el «soltador» de la lengua en un sentido más profundo. Jesús cumple material y espiritualmente -es decir, lleva a su perfección- la promesa de Is 35, 5, leída en la primera lectura. La comunidad cristiana, que escucha el relato, lo confiesa y lo proclama: Todo lo ha hecho bien… Jesús resucitado, presente en la comunidad, es el que realmente «abre los oídos» para oír la palabra de Dios y aceptarla y «suelta la lengua» para proclamarla. En aquel milagro ven los ojos cristianos, también el evangelista, la obra de Cristo que «libera» al hombre de su incapacidad de acercarse a la palabra de Dios, de entenderla y de proclamarla debidamente. El hombre estaba en­fermo e im­pedido respecto al mundo superior, al auténtico mundo de Dios. Cristo lo cura. La curación material es «signo» de la curación salvadora que abarca a todo el hombre.

Pero hay más todavía. Puede que el gesto del dedo en el oído, de la saliva en la lengua (elementos materiales muy queridos por Marcos) y la exclama­ción «Effetá» estén recordando un rito bautismal antiguo. De ser así, ten­dríamos que el milagro del sordomudo aludiría de forma simbólica al gran portento del hombre cristiano que, por la mano de Cristo, pasa de sordo a «oidor» y de mudo a «parlante» de realidades superiores. Cristo le da acceso al mundo divino. ¿No es esto una maravilla grandiosa? ¿No merece nuestra aclamación y alabanza? Eso precisamente parece intentar el evangelio de Marcos.

El mismo afán de Cristo por ocultar su verdadera personalidad refleja el Misterio de su persona que, no obstante estar gritando sus obras ser él el Mesías, debe pasar por la humillación, la pasión y la muerte. ¿Cómo es que, obrando tales maravillas, ha debido morir de forma tan horrible? Ese es el Misterio. La Iglesia lo admira y venera en su complejidad: Cristo Salvador en el más profundo sentido de la palabra, humilde y oscuro en su divinidad. Se respira el aire litúrgico de la perícopa. ¿Continuara Jesús, por su parte, suspirando por nuestra falta de inteligencia y comprensión?

Reflexionemos:

El evangelio nos ofrece el tema: Jesús, liberador de las ataduras huma­nas; la curación de un sordomudo.

La acción material de curar corporalmente al enfermo es «signo» de la ac­ción interna sobrenatural de Cristo de curar a los hombres. La verdadera enfermedad del hombre está ahí, en su falta de oído para lo divino y en su falta de lengua para lo sagrado. ¿Nos damos cuenta de ello? ¿Cómo, por lo contrario, vamos a recurrir a Cristo para que nos cure? La celebración li­túrgica encierra también ese sentido. Jesús, el gran médico de Dios.

En Jesús, con su gracia, vemos, oímos y hablamos algo inusitado y grande. Oímos la voz salvadora de Dios – su palabra toma carne en nosotros – y hablamos un nuevo idioma – llamamos a Dios ¡Padre! y a los semejantes hermanos. Somos todos unos hombres nuevos. Todo ello sucede en «secreto», de modo imperceptible, en «sacramento». La celebración litúrgica es el mejor ejemplo. Por otra parte, nuestro comportamiento de sanos debe gritarlo a todo el mundo y en todo momento. Al cristiano que no manifieste en la vida su condición de sano, le falta algo. La celebración eucarística debe recordár­selo.

Pero esperamos la gran «revelación», la expresión plena de la «curación» que Dios ha comenzado en nosotros. La acción de Cristo es profunda y trans­formante en nuestras almas; pero no se ha manifestado aún del todo. Espe­ramos el acontecimiento. La promesa de Isaías, con todo ya se está cum­pliendo. El don está ya en marcha. La acción «liberadora» de Jesús se enca­mina a su término. La Iglesia, Comunidad de esperanza, toma conciencia de ello en la celebración sagrada: La figura de Jesús, que abre el oído y suelta la lengua, suscita y aviva en nosotros el deseo de poseer la salvación plena. Con el deseo la esperanza, y con la esperanza la oración humilde y la ala­banza (salmo).

La comunidad cristiana, reunida en la celebración litúrgica, debe expre­sar su condición de «liberada» y «liberadora». Es el pensamiento de la se­gunda lectura. Los cristianos vemos, oímos y hablamos de forma diversa a como lo hace el mundo. Nuestros ojos no son sus ojos, ni nuestra lengua, su lengua. No hablamos un mismo lenguaje, ni vivimos una misma vida. Los pobres, los humildes, los necesitados, deben «verlo», «oírlo» y «proclamarlo». Hay muchos cristianos que, olvidando su vocación liberadora de ser herma­nos en Cristo, se comportan según los criterios del mundo, como «sordos» y «mudos». Es fatal. ¿Cabe mayor desgracia que perder el oído divino que nos otorgó Cristo y atar la lengua que pronuncia con amor ¡Padre! ¡Hermanos!?. Puede que topemos con comunidades cristianas de esta índole. ¿Qué decir de ellas? Más aún, puede que hasta representantes de la Iglesia vayan en la misma dirección. Horrible. Y puede, también, que hasta se resienta esto en la misma celebración del Misterio cristiano. Algo inconcebible. Y nosotros, ¿qué?. ¿Hasta qué punto somos liberados y liberadores de esas lacras? El sentimiento de fraternidad y su ejercicio; la valía de los criterios cristianos; la sencillez de nuestra caridad es, o son, una pregunta y una necesidad acu­ciante. Nuestra religiosidad a de manifestarse «convincente». Me refiero en particular al pobre, al necesitado, al humilde.

  1. 3.     Oración:

Con tu palabra, señor, y con tu pan del cielo, alimentas y vivificas a tus fieles; concédenos que estos dones de tu Hijo nos aprovechen de tal modo que merezcamos participar siempre de su vida divina. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

 

Domingo 22 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario ciclo B

VUELVE MARCOS, EL EVANGELISTA DEL AÑO

Después de unos domingos en que hemos escuchado el capítulo 6 del evangelio de Juan,  volvemos al que durante el 2012 es nuestro “evangelista del año”, san Marcos, que iremos  escuchando hasta finalizar el tiempo ordinario.

La lectura continuada del evangelio de domingo en domingo nos da la ocasión de ir  asimilando, no tanto en el orden del “catecismo”, sino en el de la “historia”, los diversos  acontecimientos y enseñanzas de Jesús que, a la larga, abarcan todo el misterio de nuestra  fe y de la vida cristiana. Hoy, por ejemplo, aparece el tema de los fariseos, buenas  personas, cumplidores de la ley de Dios, pero con unos defectos muy notorios que Cristo  denunció con insistencia. Es un espejo en el que también nosotros nos tenemos que mirar.

  1. 1.      Oración:

 

Dios, todopoderoso, de quien procede todo bien, siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 4, 1-2. 6-8

 

Moisés habló al pueblo, diciendo: —«Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente.” Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»

La Ley del Señor -es el pensamiento fundamental del Deuteronomio- está dada para la vida. Dios no quiere la muerte ni las sombras; ama la luz y la vida. Y sus palabras no tienen otra finalidad que ofrecerlas, conservarlas y defenderlas. Urge, pues, escucharlas con devoción y sosiego. Nos va en ello la vida. Las palabras del Señor llevan el nombre de «mandatos» y «preceptos», términos en verdad poco simpáticos a nuestros oídos, sensibles como son a todo aquello que pueda adherir nuestra autonomía personal. Son preceptos y decretos en la forma de expresión. Tras ellos, con todo, en el fondo, se escon­den la voluntad decidida de Dios de preservarnos del mal y de conducirnos a la vida. Considerados bajo otro punto de vida, los preceptos, son expresión concreta de una forma de vida que haga posible y real la convivencia con Dios, origen de todo bien. Dios ama a su pueblo y quiere vivir en medio de él. Para que no sucumba, para que no muera. Si el pueblo le sigue, si el pueblo se deja llevar por él- ahí están los preceptos-, tendrá la bendición y la vida. No habrá adversario que pueda con él. Nadie ha podido con un Dios tan grande como Yavé, Señor de los Ejércitos. El les va a dar una tierra hermosa y fértil, llena de bienes. Israel será una nación numerosa, un pueblo grande. Llegará a ser la admi­ración de las gentes por su destino, por su grandeza, por su sabiduría. Pue­blo grande, pueblo sabio, pueblo de Dios. Y todo a condición de observar los preceptos sabios y justos del Señor. La fidelidad del Dios de los Padres los ha llevado hasta allí, a las puertas de Canaán. Los preceptos los hará vivir. Basta observarlos.

2.2.Salmo responsorial: Sal 14, 2-5: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

Salmo sapiencial de tipo cultual. Antes de participar en el culto, debe el fiel preguntarse – estribillo- por su limpieza e integridad: ¿estoy en condicio­nes de presentarme ante Dios? ¿Soy digno? El culto representa y realiza la unión con Dios. El Dios Santo exige una comunidad reverente, unos miem­bros santos no hay convivencia si no hay respeto; y faltará éste si no se atienden las exigencias más elementales de la religión y de la amistad. El salmo enumera algunas de ellas. Un examen de conciencia comunitario e in­dividual. El salmista promete la bendición divina a los que las cumplan: no fallarán jamás.

 

R/. Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

 

El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. R/.

El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor. R/.

El que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará. R/.

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27

 

Mis queridos hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas. Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.

 

Santiago, probablemente el «hermano del Señor», presenta en forma de carta una serie de consejos prácticos de tipo sapiencial con marcado carác­ter ético. El cristianismo es, después de todo, una vida. Y una vida necesita, de una forma o de otra, de orientaciones morales o máximas de tipo práctico. La carta de Santiago abunda en ellas. A todos maravillan, sobre todo en aquellos tiempos, la grandiosidad del firmamento, el sol brillante y bondadoso, la luna juguetona y bella, las estre­llas diminutas y lejanas, las estaciones, los cambios. Muchos los adoraban como dioses o fuerzas superiores. Pero ya el Génesis les había asignado su puesto debido: obras maravillosas de Dios al servicio del hombre. Dios está sobre ellas. Dios bondadoso las crea, Dios inmutable las mueve, Dios provi­dente las gobierna. Son un don del Dios Altísimo. El no cambia, ni se encuen­tran en él lagunas o sombras que lo mancillen. Es en su totalidad perfecto. Y todo don perfecto y todo beneficio vienen de él.

 

Beneficio estupendo ha sido que nosotros, sin merecerlo, llegáramos a ser sus hijos, mediante el Evangelio, en el bautismo. Hemos obtenido el primer puesto en el mundo, primicias de sus criaturas. Es una condición de excelen­cia y de prestigio. Pero no es, sin más un mero puesto de honor. Es, más bien, una responsabilidad y una vocación. Tenemos la vida, y si la vivimos, nos salvará. Es una planta que requiere cuidados y atenciones. No basta mirarla y admirarla; es necesario cultivarla. No consiste tan sólo en oír la palabra; es menester practicarla. Sería un error terrible, fatal, no entenderla así. Por los frutos sabremos si nuestra religión es auténtica. Asistencia a los menesterosos – huérfanos, viudas, pobres… – y «no mancharse las ma­nos con este mundo». ¡Y cuánto hay en el mundo que puede mancillar nues­tra condición de hijos! ¿Ya nos damos cuenta de ello?

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

 

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.) Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: —«¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» É1 les contestó: —«Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.» Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: —«Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

La tradición de los «mayores». He ahí un tema candente en la predicación de Jesús. Con buen espíritu probablemente, había introducido los «antiguos» ciertas prácticas de carácter religioso en la vida cotidiana. Trataban de ser aplicaciones de la Ley. Las prácticas se hicieron costumbres. Y éstas, a su vez, quedaron sancionadas como obligatorias y pasaron a engrosar, de este modo, el catálogo de preceptos religiosos. Se hicieron Ley. No estaban escri­tas; se conservaban en la tradición oral. Los fariseos las veneraban sobre­manera. Para ellos eran auténticas prácticas «religiosas» con valor moral. ¿Qué opina Cristo? La pregunta de los fariseos es una acusación. Y la acusación, en el fondo, es: ¿Por qué los discípulos no observan las «tradiciones» de los mayores? Al parecer la conducta seguida de los discípulos y por Jesús mismo no hacía gran caso de tales prescripciones. Ante los fariseos esto delata una falta grave de religiosidad. En el fondo, pues, la acusación es seria: Jesús y los discípulos no observan la Ley.

 

La respuesta de Jesús se mantiene a la misma altura. Sus palabras de­vuelven, por una parte, la acusación y, por otra, declaran cuál es la autén­tica religiosidad. El texto de Isaías cumple la finalidad primera. Ahora, como en tiempos del profeta, creen los hombres cumplir con la obligación de religiosidad ateniéndose tan solo a la práctica material de preceptos ritua­les. Muchos ritos, muchas ceremonias, muchas prácticas de ningún conte­nido ético; pero el corazón permanece duro y vacío. Otra vez la oposición de la religión ritualista a la religión espiritual de los profetas. En realidad, viene a decir Jesús, son ellos los que no observan los mandamientos de Dios por atender a la «tradición» de los mayores. Son preceptos humanos los que enseñan, mientras su corazón, pensamientos y afectos de piedad y amor, está vacío y lejos del Señor. La Ley del Señor hay que cumplir, no los pre­ceptos humanos. Estos han acabado por substituir a los primeros.

 

Jesús declara, en segundo término, en qué consiste la auténtica religiosi­dad. No son las comidas ni las bebidas ni cualquier otra cosa externa lo que «ensucian» al hombre. Es más bien su actitud y postura respecto a Dios y a los hombres. No es falta de religiosidad comer con las manos sin lavar o en ollas sin limpiar. La falta grave de religiosidad se da en aquel que en su co­razón concibe y alimenta el odio, la envidia, la codicia, la falta de respeto, la impiedad… Ese es el que mancha todo lo que toca. La verdadera religiosidad se encuentra en el cumplimiento de los mandamientos de Dios, en la confor­midad del corazón humano a la voluntad de su Señor. De sentimientos bue­nos hay que llenar las prácticas rituales y entonces serán buenas. Pero és­tas por sí mismas no hacen al hombre bueno. ¿Cuánto menos se ha de im­poner como obligatorias? Semejante postura de Cristo se puede apreciar a lo largo de todo el evangelio.

 

Reflexionemos:

 

Escuchar la palabra de Dios y cumplirla. Ese podría ser el tema base.

 

Tomemos, de momento, como centro de reflexión la queja de Jesús. Jesús se queja, como se quejó en su tiempo Isaías, como se quejaron en todos los tiempos los profetas enviados por Dios: he ahí un pueblo hipócrita, cuya len­gua no expresa lo que siente el corazón; o mejor dicho, cuyo corazón está le­jos de lo que formula la lengua. Lengua y corazón: he ahí un punto muy im­portante que conviene considerar. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Qué dicen nuestros labios? Nos confesamos cristianos; ¿procuramos serlo? Acudimos a las celebraciones litúrgicas; ¿deseamos elevar el corazón a lo que pronun­cian los labios? Cristianos – padres, madres, esposos, esposas, sacerdotes, religiosos… – ¿qué hay de todo esto en nuestra vida? ¿Hasta qué punto está justificada la acusación que pueden hacernos de hipócritas o falsarios?. Se­ría ridículo querer engañar a Dios. Dios no escucha lo que dicen nuestros la­bios cuando se encoge nuestro corazón. Al parecer, es tentación frecuente querer suplir a falta de calor religioso con fórmulas frías sin contenido al­guno. ¿No habremos caído en ese vicio? No son las palabras las que dan sentido a la vida, sino la vida la que da sentido a las palabras. No nos enga­ñemos, advierte Santiago.

 

Jesús se queja de que, a pesar de tanto rito y tanta ceremonia, quedan sin cumplirse los mandamientos de Dios. Conocemos de sobra los diez man­damientos, los preceptos del amor; ¿por qué no repasar uno por uno todos sus apartados y emprender una reforma radical en nuestra vida? Las lec­turas de hoy nos invitan a ello: ¡escuchar la palabra de Dios! Es el primer paso. ¿Cómo vamos a conocer el camino de la vida si no atendemos a lo que Dios nos dice? Sus palabras son la norma de conducta. Aprendámoslas y sigámoslas. Hoy día se está perdiendo la conciencia cristiana. ¡Urge escu­char con atención suma y cuidado exquisito la palabra de Dios! ¡Hay que formar la conciencia! ¡Y cumplirla! Lo subrayan de forma explícita la primera y segunda lec­tura. La primera insiste en la necesidad de llevar a la práctica la palabra de Dios, pues en ello nos va la vida. El cumplimiento de la palabra de Dios nos hará salvos, sabios, admirables, considerados. La vida debe ser expre­sión de un Dios bueno y salvador entre nosotros. En realidad, ¿qué nación o pueblo puede presentar un Dios tan cercano como el nuestro? Dios en medio de nosotros: Cristo Cabeza de la Iglesia; Cristo en la Eucaristía; Cristo Es­poso; templos del Espíritu Santo; morada de la Santísima Trinidad… Estos pensamientos deben espolearnos a obrar bien. La responsabilidad es grande, como es grande el don de la presencia de Dios en nosotros.

 

La segunda lectura, con el evangelio, nos ofrece un catálogo de obras buenas. Obras que purifican al hombre y al mundo y que son expresión de la auténtica religiosidad. El mundo está manchado por homicidios, codicias, envidias, adulterios, injusticias. No nos ensuciemos de él. Tratemos, por el contrario, de sanearlo: caridad para con el prójimo, para con el pobre, para con la viuda, para con el huérfano; humildad, compasión, piedad… El cora­zón del hombre impuro desluce la creación. El corazón del hombre bueno la restituye a su primer esplendor. He ahí nuestra tarea. Queda, por último, el tema de las tradiciones. No vale la tradición que ol­vida o impide el cumplimiento de la caridad cristiana. Conviene repasar, para valorarlas, esas venerables tradiciones. No digo desecharlas sin más. Busquemos el sentido religioso que las informó en un tiempo y tratemos de vivirlo. Y si en algún caso desdicen de la caridad, por muy venerables que parezcan habrá que desecharlas. Los mandamientos de Dios son fuente de vida, no las imposiciones humanas.

 

El «mundo» nos ofrece muchas «costumbres» y formas de comportamiento: etiqueta, educación, máximas, valores, actitudes… Adoptemos respecto a ello una actitud de sana crítica. Todo es bueno y santo si conduce al bien. Pero en el momento en que, los «deberes sociales» pongan en peligro la cari­dad cristiana, la auténtica religiosidad, se demuestran ya, por ello, falsos y nocivos. En este campo habría muchos ejemplos que aducir.

 

  1. Oración final

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

Domingo 21 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo primero del tiempo ordinario ciclo B

 

La fe es un misterio. Es don de Dios y respuesta nuestra. Esta respuesta se complica muchas veces por el ambiente que nos rodea. O por nuestra debilidad. Porque detrás del creer o no en Cristo, detrás de aceptar o no su evangelio, está el aceptar lo que nos dice: y el estilo de vida de Jesús es exigente y va muchas veces contra nuestro egoísmo o nuestra comodidad o las seducciones que nos rodean. Los valores evangélicos no son exactamente los que aplaude el mundo de hoy. Ni coincide la lista de bienaventuranzas de Jesús con las que escuchamos en torno nuestro.

 

  1. 1.      Oración:

Oh dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que , en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro de Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b

 

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: —«Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.» El pueblo respondió: —«¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Antes de morir, quiere Josué dejar firmemente asentada la unidad reli­giosa en Yavé del pueblo israelita. Reúne en Siquén a todo el pueblo de Dios en sus representantes más conspicuos: Ancianos, Jueces, Magistrados… Renovación del Pacto. Había pasado toda una generación desde que se realizara la Alianza, por primera vez, en el Sinaí. Había transcurrido mucho tiempo. Y con él habían cambiado las circunstancias y las personas. Al desierto inhóspito había su­cedido la tierra habitada; a la vida nómada, sin lugar fijo, la vida sedenta­ria; a la trashumancia, campos, tierras y viviendas. A una generación había sucedido otra. Muchos, la mayoría, de los que ahora entraban en posesión de la tierra no habían presenciado las «maravillas» de la salida de Egipto y de la «teofanía» del Sinaí.

El pueblo era otro. ¿Continuaría siendo pueblo de Dios? ¿No trocaría la religión yavista por la religión del país? El país de Canaán se les ofrecía abundante en cultos naturalistas, atractivos por tanto, con una civilización material superior a la de ellos. ¿Qué postura iban a tomar? Era un momento crucial.

 

Josué renueva el Pacto. Pero no a la fuerza. La elección ha de ser «libre», aunque razonable. Josué evoca las «maravillas» de Yavé en el llamado pró­logo histórico. Es en forma sucinta, la historia del pueblo. No cabe duda: Yavé es un Dios que ama a su pueblo, el Santo, el Terrible. Josué y su fami­lia se deciden resueltamente por el Dios que los ha llevado hasta allí. Es un acto de sensatez y de agradecimiento. El discurso parece que ha persuadido a los oyentes. Todos optan por Yavé el Dios de los padres, ante cuyo santua­rio se han concentrado. Lo juran ante el arca, símbolo de su presencia. La fe de Josué en Yavé es la fe del pueblo: Yavé nos sacó de Egipto; a él le servi­remos; él es nuestro Dios. ¿A qué otro van a ir que tenga palabras de vida? Elección libre, responsable, personal. Motivo: con él está la vida.

2.2.Salmo responsorial: Sal 33, 2-3.16-23: Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Se ha elegido el mismo salmo, aunque con versículos diferentes. El estribillo sigue el mismo. Persiste la invitación de «gustar y ver qué bueno es el Se­ñor». Actitud de contemplación y de búsqueda. El tono aquí es: la bondad del Señor con sus fieles. «El Señor redime a sus fieles» lo resume en parte. Es un recuento de las obras de Dios para con los que le son fieles. Ese es el Dios de Israel. Esa es la fe del pueblo. Un Dios que salva y redime, en todas ocasio­nes, de todos los males. Nosotros lo contamos, lo celebramos, invitados por él, contemplamos las maravillas del Señor.

 

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. R/.

 

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. R/.

 

Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará. R/.

 

La maldad da muerte al malvado, y los que odian al justo serán castigados. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él. R/.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 21-32

 

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

 

Texto de tenor exhortativo. Corre claro y transparente. Con todo, la luz es nueva. El «Misterio» de Cristo lo ilumina, le da sentido, lo penetra. Aun­que el tema inmediato sea el tema del matrimonio, éste, como cristiano, se engloba en el tema más amplio del «Misterio» de Cristo Cabeza de la Iglesia, tema importante de la carta. Le acompaña embelleciéndolo otra imagen, de recia ascendencia bíblica, que corre en la misma dirección y expresa la misma verdad misteriosa: Cristo Esposo – Iglesia Esposa. El primer versículo, de carácter más general, sirve de paso a la exhorta­ción dirigida en particular al estado de matrimonio: Sumisión de unos a otros con respeto cristiano. Es la «nueva» comunidad, y las relaciones han de ser de todo punto «nuevas», cristianas. El ejemplo de Cristo, sumiso al Pa­dre, ha de ser continuado en la Comunidad que lleva su nombre. Unos, sier­vos de otros en respeto y caridad. Han de vivir el «Misterio» de Cristo, ha­ciéndolo en su vida «misterio» cristiano.

 

El mismo «Misterio» ha de ser vivido en la institución estable del matri­monio. El matrimonio ha de ser reflejo del «Misterio» de Cristo. En otras pa­labras, el matrimonio, la vida matrimonial, ha de ser elevado a «cristiano». La actitud de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, respecto a su Señor debe ser vi­vida por la esposa en el matrimonio. Sin perder de vista «que han de some­terse unos a otros con respeto cristiano», la actitud sumisa de la mujer al varón ha de ser, en cuanto a ella respecta, la expresión «cristiana» de su es­tado. No se habla de esclavitud indecorosa ni de sumisión degradante, sino de una sumisión en la cual, en último término, el «señor» no es el marido, sino el Señor Jesús. La actitud de sumisión, de atención, de respeto, de delica­deza y de servicio, es en realidad la actitud querida por el Señor. En reali­dad se somete a Cristo. Su función queda, pues, elevada a reproducir en su conducta el Misterio de la Iglesia Cuerpo del Señor. La Iglesia recibe la sal­vación de Cristo Cabeza. La mujer «cristiana», sumisa, recibe en ello la sal­vación del mismo Señor. En lo que a ella toca, reproduce en su vida, como «cristiana», el Misterio de Cristo y la Iglesia: amor, respeto, sumisión… «Sed sumisos unos a otros… » ¿No es esto una maravillosa dignidad y una espec­tacular elevación de la mujer? ¡Reproducir en su estado el gran Misterio de Dios en su amor al hombre!

 

La amonestación se vuelve, a continuación, a los esposos. La exigencia es la misma en el fondo aunque se empleen diversos términos. El marido debe amar a la esposa como Cristo amó a la suya, la Iglesia. La amó y se entregó por ella para que no le faltara nada; para tenerla adornada de toda gloria; para hacerla perfecta y santa, sin mancha ni arruga. El marido debe encar­nar, en su puesto de marido, el «Misterio» de Cristo Esposo. Amor, dedica­ción, entrega, respeto. Cristo mantiene y alimenta a la Iglesia, Cuerpo suyo. Así también el esposo «cristiano». En resumidas cuentas, todo ese volcar del corazón en atenciones auténticas a la esposa redunda en beneficio propio ¿No son ya, esposo y esposa, una sola carne? ¿No se extiende el amor de Cristo a todos nosotros, que somos su Cuerpo? Los miembros, que somos no­sotros, han de expresar un amor semejante a aquel que parte de la cabeza. La realidad de ser una sola carne, apuntada ya en el Génesis, se confirma en toda su amplitud, en el misterio de Cristo y la Iglesia.

 

El matrimonio humano, envuelto, no digo ya en la luz superior, sino en la realidad misma del Misterio de Cristo, se convierte él mismo en vehículo de salvación, es decir, se torna «misterio» cristiano, «misterio» de salvación. El esposo y la esposa realizan por su parte, como miembros de la Iglesia el gran «Misterio» revelador de Cristo y su Iglesia. Santa institución, sagrado estado. La dignidad y la responsabilidad de los esposos se agrandan y su­bliman, haciéndose carne viva del Misterio de Cristo. Cristo y su Iglesia son el gran Misterio de salvación.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 60-69

 

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: —«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

—« ¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.» Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: —«Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.»  Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: —«¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: —«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

 

Con la lectura de hoy termina, en la liturgia, el discurso eucarístico de Jesús. Crisis de fe en sus discípulos. Jesús, en sus exigencias y pretensiones ha intentado llevar a los oyentes a una toma de posición radical respecto a su persona. Se acepta o no se acepta a Jesús; no hay término medio. No se trata de admirar o aplaudir sus obras. Se trata de aceptarlo o no como salvador. Si se le acepta como salvador, hay que seguirle a donde quiera que vaya. Va en ello la Vida. Si por el contrario no se le acepta, habrá que abandonarlo como a loco, por no decir como a blasfemo. Esto que llega a la gran masa de forma urgente, llega con más aguda urgencia al círculo que, con más o menos devoción lo venera como Maestro. Crisis de fe en el grupo más próximo a Jesús.

 

Muchos de los discípulos habían visto en Jesús una figura profética, no más. Hablaba con autoridad y realizaba portentos. Pero Jesús se procla­maba mucho más: Pan de vida. Sus pretensiones chocaban con la mente normal humana. Sus palabras habían sonado «nuevas» en un principio. Pero ahora sonaban ya a locura. Se hacían duras e insoportables: ¡Comer su carne y beber su sangre! Muchos de sus admiradores cierran los oídos, dan media vuelta y lo abandonan. Reconocen en su interior que no es este el que esperaban. Jesús no está en disposición de ofrecer otro Signo que el propio cumpli­miento de su misión y de su palabra: su Exaltación Gloriosa, la Subida del hijo del hombre a donde antes estaba; su Muerte y su Resurrección. No hay otro Signo. La visión por parte de los discípulos de Jesús resucitado dará razón y sentido a sus pretensiones. Jesús se remite a ese acontecimiento su­premo. Los discípulos podían haber sospechado algo así en las palabras del Ma­estro. Podían haber barruntado que en ellas se velaba un misterio cuya re­velación vendría más tarde. A poco que hubieran pensado, podrían haber visto que no es la carne la que da la vida sino el Espíritu. Todo el A. T. lo venía testificando: la carne se corrompe; el Espíritu da vida. No es la carne de Cristo sin más, sino el Espíritu de quién aquélla está llena, es el que da vida. La «carne» -humanidad- de Jesús es el vehículo del Espíritu. Como tal, la «carne» de Jesús da la vida. Sus palabras -ha repetido con frecuencia el Maestro- son «Espíritu y Vida»: son una manifestación del Espíritu y dan vida.

Muchos se echaron atrás; no aceptaron a Jesús. No aceptaron a Jesús Salvador. Jesús contaba con esta defección. Así lo manifiestan sus palabras. La obra es de Dios. Y Dios se comporta de forma incomprensible para el hombre. Y la Salvación viene de él y no del hombre. Dios cambia su corazón y su mente. Pero el hombre se resiste con frecuencia. No ha habido en ese caso «atracción» del Padre.

 

La confesión de Pedro es la vertiente positiva de la crisis. Jesús no es un cualquiera; ni si quiera un profeta de gran tamaño tan sólo. Jesús es el Santo consagrado por Dios. Es alguien que toca lo divino y, como tal en po­der de dar la vida eterna. Pedro y los demás apóstoles tampoco han enten­dido, seguramente, las palabras del Señor. Para ellos resultaban tan miste­riosas como para los demás. Pero ellos veían que decía verdad. Se fiaron de él. Jesús había mostrado poseer palabras de vida eterna. ¿No lo gritaban sus signos y portentos? «Nosotros creemos» es la confesión apostólica. Tal adhesión tuvo su recompensa: todos ellos -fuera del «hijo de la perdición»- fueron testigos de la Resurrección gloriosa de Jesús y destinatarios del Es­píritu de lo alto. Así, con ellos, desde entonces, la confesión de la Iglesia. También ella espera ser agraciada con la visión del Señor Resucitado, pose­yendo ya en arras el don del Espíritu.

 

Reflexionemos:

Quizás podamos aportar algunas reflexiones partiendo del tema «crisis de fe». Es por todo conocido el dramatismo que anima al cuarto evangelio. La revelación de Jesús se desarrolla en forma de drama. Jesús se revela a si mismo paulatinamente. Poco a poco, con palabras y en signos, va decla­rando Jesús el «misterio» -salvífico- de su persona. Las obras lo gritan, las palabras lo proclaman. A la actitud reveladora de Jesús responde la actitud de aceptación o de incredulidad de los oyentes. No existe la indiferencia en el cuarto evangelio. Los que no le aceptan, acabarán por condenarlo a muerte. Los que se fían de él, terminarán por seguirle en todas sus andanzas. Los primeros se cierran a la luz; los segundos se dejan iluminar por ella. De aquéllos se apoderan las tinieblas; éstos se convierten en hijos de la luz. Dramatismo, crisis: Jesús en la encrucijada de todo hombre.

 

El capítulo 6 tiene por tema: Jesús se declara Pan de Vida. Esta declara­ción provoca una profunda crisis de fe en los discípulos. Y la «crisis» se re­suelve en dos posturas diametralmente opuestas: «Este modo de hablar es inaceptable» murmuran unos; «Tú tienes palabras de vida eterna» confiesan otros. La revelación de Jesús ha sido «alta», de algo que el hombre por sí mismo no puede comprender. La exigencia del Maestro extraordinaria: co­mer su carne y beber su sangre. Unos y otros han presenciado la multiplica­ción de los panes. Lo han admirado y lo han aplaudido: allí hay un profeta. Pero unos no han visto más que el milagro, y no han pasado de ahí. En el momento en que Jesús exige la aceptación de algo que supera la inteligencia y criterios humanos, se tiran atrás. Le niegan la fe. No entienden… No acep­tan. Los otros tampoco han entendido mucho. Pero han entrevisto el sentido del «signo». Allí hay un Alguien. Y, sin entender, se fían. Han creído. Esa es la FE. La fe implica una forma nueva de ver las cosas. La crisis puede repetirse en cada uno de nosotros. Por una parte, los criterios humanos, aun religio­sos; por otro, las exigencias de Jesús, a quien asiste el Padre. Muchos eligen el primer camino. Otros muchos el segundo. ¿A qué grupo pertenecemos no­sotros y hasta qué punto? La aceptación formal de Jesús continúa en la aceptación Práctica de su doctrina. La FE es una postura de vida, no sólo de mente. Nuestro pueblo «cristiano» da la impresión de estar perdiendo la fe. Los valores y criterios humanos absorben de tal modo a muchos de ellos que pa­recen haber destruido en ellos los más elementales sentimientos cristianos. El mundo clerical y religioso no parece encontrarse en mejor situación. Cri­sis de Fe, de fe viva. ¿A quién seguimos? Nosotros, con Pedro, queremos con­fesar nuestra Fe en Cristo de forma radical: Creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios; ¿A quién vamos a ir sino a ti que tienes palabras de vida eterna? Es la Fe de nuestros padres, la fe de veinte siglos de Iglesia. Quere­mos elegir, fiados por la Iglesia, ese camino. Y, como la Iglesia, esperamos ver al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios, como afirmaron haber visto los apóstoles. Un día saldremos a su encuentro y estaremos siempre con el Señor. La primera lectura presenta una decisión semejante: con nues­tro Dios vida. Dios ha sido y sigue siendo bueno (también el salmo); de él nos fiamos. Ahí están los signos de su amor: la creación, la historia de la Iglesia, los dones espirituales en Cristo. «Gustemos» y «veamos» qué Bueno es el Se­ñor. La fe que profesamos nos lo hará gustar y ver.

La segunda lectura pone de manifiesto el compromiso de la fe: la partici­pación vital en el «Misterio» de Cristo. Seguimos a Cristo, y le seguimos se­gún su voluntad. Sumisos unos a otros con un amor y una dedicación cual la tuvo Cristo con nosotros. El gran Misterio de amor de Dios se convierte en nosotros en «Misterio» y «amor» cristianos. Es la expresión de la FE. La apli­cación al matrimonio es sumamente interesante. He ahí la vocación de los esposos: reproducir en su vida el Misterio del amor de Cristo a la Iglesia. Convendría insistir en ello cuando se habla a jóvenes que van a contraer matrimonio. ¡Realizan, los engloba, el Misterio de Cristo!

 

  1. 3.      Oración final:

Danos Señor, tu Espíritu para que podamos comprender tus palabras de vida eterna. Sin tu Espíritu podemos echar a perder tus realidades, trastornar tu palabra, tener miedo a tus preceptos, cosificar la eucaristía, construirme una fe a mi medida. Danos tu Espíritu para que no nos echemos atrás. Sino que como Pedro digamos “a quien vamos a ir si solo tú tienes palabras de vida eterna”. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Vea también: Reflexión del año 2009 (Con sugerencia de cantos)

Nueva sugerencia de cantos para este domingo

 

Domingo 20 de Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo del tiempo ordinario ciclo B

Hasta ahora habíamos leído los pasajes que hablaban de “creer en Jesús”. Aspecto que se ve reflejado en la primera parte de la celebración, la liturgia de la Palabra. Hoy damos un paso adelante: además de “venir” a Jesús y “creer” en él, hay que “comer” su Carné y “beber” su Sangre. Que en el fondo es lo mismo, pero ahora con lenguaje específicamente sacramental. Son las dos dimensiones básicas de la Eucaristía. Comulgar con Cristo-Palabra en su primera parte nos ayuda a que sea provechosa la comunión con Cristo-Pan-y-Vino en la segunda.

EL SÍMBOLO DE LA COMIDA Y BEBIDA

El sorprendente anuncio de Jesús -hay que comerle y beberle- ha sido preparado por la primera lectura. Es lo que en los domingos de durante el año sucede cada vez: la lectura del Antiguo Testamento prepara el mensaje del evangelio (no pasa lo mismo con la 2a lectura, que sigue su ritmo propio). Estos domingos pasados, por ejemplo, el discurso sobre el pan de la Vida era ya ambientado por lecturas que hablaban de comida en la historia de Eliseo, Moisés y Elías.

La promesa era estimulante. Dios preparaba para su pueblo un banquete: “Venid a comer mi pan y a beber el vino”, porque “la Sabiduría ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa”. Una promesa que nosotros consideramos cumplida de un modo admirable en Cristo, que no sólo ha querido ser nuestro Maestro, nuestro Médico y nuestro Pastor, sino también nuestro Alimento, y nos ha dejado, en el sacramento, su propia persona como alimento para el camino ( “viático”).

Cristo Jesús, ahora “experimentable” de un modo privilegiado en la Eucaristía, esta vez en clave de pan y vino, es la respuesta de Dios a las preguntas y los deseos de la humanidad. A la objeción que hicieron -con lógica- sus oyentes de entonces: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”, la respuesta que el mismo Juan apunta más adelante, y la teología de la Iglesia aclara más es: el que se nos da como alimento es el Señor Resucitado, el que está ya libre de todo condicionamiento de espacio y tiempo, desde su existencia gloriosa, totalmente distinta de la nuestra. Él toma posesión del pan y vino que hemos traído al altar e, identificado con ellos; se nos da como alimento.

1.      Oración:

 

Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

2.      Lecturas y comentario

 

2.1.Lectura del libro de los Proverbios 9, 1-6

 

La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas, ha preparado el banqucte, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: «Los inexpertos que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: “Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia.”»

Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado.

La «sabiduría» es un don divino, como lo es también la vida. Son inseparables. Quien camina en «sabiduría» alcanza la «vida» demuestra ser «sabio». La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre la historia y la me­ditación de los vaivenes de la vida son el sustento del sabio. Hay muchos inte­rrogantes en la vida y muchos misterios en la creación y en la historia. La experiencia, propia y ajena, y la revelación de lo alto ayudan a ordenarlos y a comprenderlos de alguna forma. Sobre la creación y sobre el hombre, en particular, hay un ser que lo ordena y dirige todo. Orden y concierto en todo lo creado. ¿Cómo llegar a conocer el espíritu que los anima y la finalidad que lo orienta? Están, al mismo tiempo, sembrados de paradojas y contrastes. ¿Cómo encontrar la clave de todo ello? El hombre es menguado de inteligencia y de corta duración. ¿Cómo conocer el propio destino y el camino práctico que a él conduce en medio de tanta encrucijada intelectual y afectiva? La Sabiduría, personificación de saber divino, «orden» y «providencia», le sale al encuentro y se le ofrece abiertamente. Es un don de Dios.

Un palacio suntuoso, un «banquete» espléndido, una invitación cordial a todos. Invita con sencillez, acoge benigna, sacia con prontitud. Reparte el pan de la vida y escancia el vino de la inmortalidad. Gratis, gustosa, atrac­tiva. A los hambrientos, a los sedientos, a los sencillos. Llama a los incautos, disciplina a los inexpertos. Es el arte del «buen vivir». La vida está en el ca­mino de la «prudencia». La «inexperiencia», la falta de «juicio», llevan a la muerte. La «sabiduría» comienza por el temor de Dios. El «sabio» invita a caminar según los preceptos del Señor. En ellos encontraremos la vida. Pues Dios hizo la vida, no la muerte. Es un bien ofrecido a todos los hombres. ¡Venid: comed y bebed! La Sabiduría, personificación, se revelará persona, Cristo, Sabiduría de Dios, Sabiduría nuestra.

2.2.Salmo responsorial: Sal 33, 2-3.10-15:

Gustad y ved qué bueno es el Señor.

La experiencia religiosa está siempre revestida de nuevos matices. Dios es inabarcable. Hay que repetir una y otra vez el in­tento de «gustar» y de «ver» que bueno es el Señor. Nuestra condición actual lo necesita. Nos limitan el espacio y el tiempo. La bondad del Señor se hace sentir de diversas formas y en distintos momentos. También nuestra actitud es diferente: pedimos, esperamos, agradecemos, contemplamos, reflexionamos, con­sideramos. Queremos bendecir al Señor en todo momento. Cuando llueve y cuando no llueve; cuando tenemos y cuando no tenemos; cuando estamos sa­nos y cuando estamos enfermos: Siempre. Los versículos elegidos presentan un carácter marcadamente sapiencial. El salmista quiere darnos una instrucción para alcanzar la vida y días de prosperidad. La última estrofa señala el camino: Guarda tu lengua del mal… busca la paz y corre tras ella. El camino del Señor es el camino de la vida. El salmo nos invita a reflexionar. Reflexionemos y actuemos en conse­cuencia.

Sal 33, 2-3. 10-1 1. 12-13. 14-15 (R/.: 9a)

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Todos sus santos, temed al Señor, porque nada les falta a los que le temen; los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada. R/.

 

Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor; ¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? R/.

 

Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella. R/.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 15-20

 

Hermanos: Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

 

Daos cuenta de lo que el Señor quiere.

El cristiano está iluminado por la fe. La fe obliga a ver las cosas en una dimensión que el ojo humano, por si mismo, no puede descubrir. La fe, aun­que en cierta oscuridad, aprecia el sentido auténtico de las cosas y de los acontecimientos en su verdadero valor, en su relación con Dios. La fe, con todo, hay que ejercitarla; corre el peligro de atrofiarse. Y ejercitarla en cada momento y en cada acontecimiento de la vida. Pues el cristiano es un ser que camina. El día último se perfila ya cercano, se avecina. Y la luz que despide dibuja ya en este mudo el tamaño y valor de cada cosa. Portadores e iluminados por aquella luz superior, debemos aprovechar al máximo el valor que cada cosa y momento nos brindan. Es cosa de sabios.

Debemos reflexionar y actuar. Debemos, como cristianos, conducirnos a la luz de aquel «día». Sería una insensatez portarse de otra forma. En todo y ante todo busquemos la voluntad de Dios. Es lo que vale, lo que cuenta. Sin aturdimiento, con serenidad y aplomo. Como hombres maduros y conscientes del fin que les espera.

Los gentiles ofrecen en sus orgías, banquetes y fiestas religiosas, una es­tampa engañosa y falsa de la vida. No son el bullicio y el entusiasmo que producen el vino y las comilonas expresión genuina de la vida iluminada por Dios. Es cierto que tales celebraciones, por el vino, por los manjares, por las mixturas de bebidas fermentadas, por la presencia contagiosa de los inicia­dos, por el canto rítmico de himnos y coplas, experimentan los hombres cierta euforia, cierta elevación de ánimo, cierta sensación de pertenecer a otro orden, a otra esfera, a una esfera sobrehumana. Hasta hay algunos que, movidos por los espíritus danzan y hablan de forma extraña. Pero todo ello es engañoso. Es una falsa alegría. En el fondo es una huída. Las bebidas producen más sed y las comidas más hambre. El hombre no se une real­mente con Dios. La vibración auténtica, por el contrario -paz, alegría, gozo, seguridad, entusiasmo, etc- viene del Espíritu Santo. El Espíritu «llena», «ilumina», «anima», «consuela», «levanta» y «empuja» de forma auténtica. Las reuniones cristianas llevan pues otro aire. Son auténticos «banquetes», «ágapes», donde la comunión fraterna de amor y comprensión se funda en la comunión con Dios en Cristo. Una comida auténtica, una bebida auténtica, un entusiasmo y una vibración comunitaria en el Espíritu Santo. También hay cantos, himnos, salmos de todo tipo, pero religiosos, que, ordenadamente ejecutados, son expresión de la acción de Dios en nosotros. Es la magní­fica «Acción de gracias» (Eucaristía) a Dios Padre en nombre de nuestro Se­ñor Jesucristo.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 51-58

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: —«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: —«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: —«Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

La lectura de hoy reasume los dos últimos versículos de la lectura del do­mingo pasado. Sirven de puente. Aquí encabezan la declaración de Jesús y enlazan el tema del «Pan de vida» con el de la «Carne» y «Sangre» que deben ser comida y bebida. Pasamos de un misterio a otro en la misma línea. O, si se quiere, damos un paso adelante en la revelación del misterio. Así es el es­tilo de Juan. Procede a modo de espiral. Siempre delante, la misma figura, y ésta, bajo diversos aspectos, y éstos, bajo diversas posturas. Jesús ha declarado ser Pan de vida. Y no cualquier pan, sino el único, el «divino», capaz de dar la Vida al mundo. Para alcanzar la Vida hay que aceptar a Jesús por la fe. Fuera de él no hay vida divina posible. Era una pretensión atrevida. ¿Qué signo haces? ¿Quién eres tú? , había sido la réplica de los oyentes. Pero Jesús no presenta otro signo, apuntado ya en la multiplicación de los panes, que la misma realidad de su persona y de su misión: Dios ofrece en su Hijo la Vida al mundo. No hay otro pan ni otro alimento, que comuniquen la vida divina, que Jesús, Hijo de Dios. El signo será, de alguna forma, la propia exaltación de Jesús. El gran signo de Jonás, en los sinópticos.

Comienza ahora una nueva sección dentro del mismo discurso. Jesús va a dar «carne» en comida y su« sangre» en bebida, para la vida del mundo. El Pan de vida es, avanzando en el «misterio», la carne y la sangre de Jesús. La pregunta de los oyentes pasa del « ¿Quién es éste?» al « ¿Como lo hará?». Y Jesús, como es su costumbre, contesta con una declaración reveladora: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Jesús no razona, no explica el misterio. Los acontecimientos futuros irán revelando e institu­yendo la verdad aquí anunciada. Sólo los que lo han aceptado como Pan de vida, los que creen en él, los fieles, recibirán la revelación preciosa.

También la expresión «para vida de mundo» desemboca en una formula­ción más precisa: «Habita en mí y yo en él». En eso consiste la Vida. Jesús vive por el Padre. De la misma manera, quien come su carne y bebe su san­gre, vivirá por él. Y esa vida no es otra cosa, dentro del misterio, que la vida eterna. Quien come a Cristo, asimila a Cristo, vive en él. Y si vive en él, vive en el Padre. Y si vive en el Padre, posee la vida eterna: «…Y yo lo resucitaré en el último día». Es, pues, necesario alimentarse de ese manjar para alcan­zar la Vida. La alusión, de nuevo, al maná de los padres, señala la conclu­sión del discurso y lo resume: «El que come de este pan vivirá para siempre». La referencia a la Eucaristía cristiana es clara y segura. La Iglesia que escucha este evangelio no puede menos de pensar en ella. Los térmi­nos «carne» y «sangre» no pueden tener otro sentido. De forma implícita se re­cuerda la muerte de Cristo por nosotros; muerte que, para Juan, es ya la Exaltación. En la Eucaristía comemos y bebemos, de forma misteriosa, la carne y la sangre de Cristo exaltado. En este Banquete se nos confiere la vida eterna. Misterio de fe, Misterio de esperanza, Misterio de amor.

 

Reflexionemos:

Las lecturas de los domingos anteriores apuntaban ya al misterio de Cristo hacia la Eucaristía. : El milagro de los panes; el maná nuevo; el Pan de vida que promete Jesús. Es el alimento nuevo. Alimento que es necesario tomar. Y hay que tomarlo como él se presenta: venido del Padre y muerto por nosotros. Necesaria la fe. Seguimos con el mismo tema. Sólo que con una tonalidad un tanto nueva. Vamos a probar a representarlo bajo la imagen de «banquete». Al término comer, de los domingos pasados, se añade el de beber. Comer la carne y be­ber la sangre un auténtico banquete. El banquete evoca la compa­ñía:«comen», «beben»; hay un plural significativo. La promesa «habitará en mí y yo en él» encaja satisfactoriamente. En ese banquete está la Vida: «Lo resucitaré en el último día». Así se da también cumplida respuesta a la más profunda aspiración humana, representada en el salmo: « ¿Hay alguien que ame la vida?». Y la constante e imperiosa invitación a acercarse: «Gustad y ved que bueno es el Señor». Por otra parte, la Eucaristía nos introduce en una comunión inefable con Dios en Cristo: «Como el Padre vive y yo vivo por el Padre, el que come mi carne y bebe mi sangre vivirá por mí». Soberano y divino alimento la Eucaristía. Por otra parte, la Sabiduría, Cristo, según san Pablo se presenta bajo la figura de un banquete: una sala suntuosa, vino mezclado, pan, invitados. ¿No fue el deseo de ser «sabio» el que introdujo la muerte en el mundo?» Así fue en efecto; por envidia de la serpiente. De nuevo se presenta el mismo apetitoso fruto; pero con notable diferencia. La oferta viene de Dios, no del diablo; por amor a los hombres, no por envidia; no para romper con Dios, sino para vivir en él su misma vida. Es Cristo y sus dones. El Árbol de la Vida, la Cruz de Cristo, nos señala el camino: cumplir la voluntad de Dios. Y esta es creer en su Hijo, comer su carne y beber su sangre. Banquete que comunica la Sabiduría, banquete que da la Vida.

Las palabras de Pablo evocan, en el fondo, el banquete cristiano, la Euca­ristía. No las comilonas, no el alcohol, no los cantares paganos, sucios y or­giásticos. No las drogas, no la embriagueces, no falsa euforia y huida de la realidad. Todo lo contrario: «la Acción de Gracias a Dios Padre en nuestro Señor Jesucristo». Cena del Señor, comunicación fraterna de bienes; cantos inspirados, himnos, acción de gracias; asistencia mutua, consuelo de los afli­gidos, amor entrañable; plenitud del Espíritu, dones espirituales. El capítulo 11 de I Corintios puede iluminar esta maravilla. Un verdadero Banquete: comemos, bebemos, cantamos, exultamos, nos sentimos un en el Señor. El Espíritu que se nos otorga en este banquete, ilumina, consuela, anima, ro­bustece, embriaga, sostiene y sublima la realidad. Es el Vino de Dios, el au­téntico vino que precisa el hombre. El don está vinculado al comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo. El Banquete eucarístico, prepara y anuncia el Gran Banquete del cielo. Es prenda segura y pregustación de aquella Gran Cena de Bodas que el Se­ñor tiene preparada para los que lo aman.

3.      Oración final:

Señor, Dios nuestro, escúchanos y despierta en nosotros el hambre del pan de vida. Amén.

 

Vea también: Reflexión del año 2009.

Domingo 19 del tiempo ordinario – Ciclo B

Domingo décimo noveno del tiempo ordinario ciclo B

En cada misa, lo primero que hacemos es escuchar la Palabra que Dios nos dirige. Nos hace falta. Ahí está nuestra formación permanente. La mejor catequesis que los cristianos, jóvenes y mayores, recibimos a lo largo del año. Somos invitados a “comer”, a “comulgar” con Cristo como la Palabra viva de Dios. Si lo hacemos así, él mismo nos habrá preparado para recibirle después con mayor fruto en el alimento del Pan y del Vino.

1.      Oración inicial

 

Shadai, Dios de la montaña, que haces de nuestra frágil vida la roca de tu morada, conduce nuestra mente a golpear la roca del desierto, para que brote el agua para nuestra sed. La pobreza de nuestro sentir nos cubra como un manto en la obscuridad de la noche y abra el corazón para acoger el eco del Silencio para que el alba envolviéndonos en la nueva luz matutina nos lleve con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro, el sabor de la santa memoria.

 

2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8

 

En aquellos dias, Elias continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: —«¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: —«¡Levántate, come!» Miró Elias, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: —«¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

 

Después del dramático encuentro con los profetas de Baal en el monte Carmelo, donde éstos acabaron trágicamente, Elías teme por su vida. El pueblo había deseado un signo. Elías lo había dado. El Señor que él predi­caba había mostrado ser el Señor de los Ejércitos, el Señor del cielo y de la tierra, el único Señor. No obstante, Jezabel, esposa del monarca, pagana y propulsora del culto pagano en Israel, le ha jurado odio eterno y le persigue a muerte. El siervo de Dios se ve obligado a huir. Elías, el gran defensor del yavismo en un pueblo que claudicaba aplaudido y dirigido por la monarquía, corre peligro de muerte en manos de una desdichada mujer. Una dura prueba para el profeta.

 

Elías huye. Pero la huida se convierte en una peregrinación religiosa. El viaje, duro y penoso, está cargado de simbolismo religioso. Elías huye de Je­zabel y se encamina hacia Horeb, hacia el Monte del Señor. No se dirige a Jerusalén, templo elegido por Dios y lugar de peregrinación de Judá. El Reino del Norte empalma directamente, al carecer de un santuario autén­tico, con las tradiciones del desierto: Yavé, el Dios de la Alianza, el Dios que se reveló a Israel, con gloria y majestad, en el Sinaí, llamado aquí – tradición elohísta – Horeb. Elías vuelve a las fuentes de su religión: al desierto, al lu­gar del encuentro con Dios. Magnífico propósito.

 

El camino es largo y penoso – cuarenta días y cuarenta noches – ; más pe­noso aún en las circunstancias en que lo realiza el profeta: amenazado de muerte. A Elías le pesa la profesión; desea la muerte. Todo es difícil en su vida. Las angustias le agobian demasiado. Y él no se considera mejor que sus antepasados. «¿Por qué, Señor, no tomas mi vida?» Quizás acabe con él el desolado desierto.

 

Pero Dios lo ha reservado para edificación de su pueblo; de él debe surgir un resto que le sea fiel. Elías debe caminar. Dios sale al paso de la necesidad más perentoria: hambre, sed, cansancio. Una retama, un jarro de agua, pan. Por dos veces experimenta Elías la providencia especial de Dios. Aquel pan lo confortará para el camino. «Con la fuerza del aquel alimento caminó… hasta el monte del Señor». Maravilloso alimento.

 

2.2.Salmo responsorial Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R/.: 9a)

 

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. R/.

 

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. R/.

 

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. R/.

 

Salmo de acción de gracias con abundantes consideraciones sapienciales. El beneficio recibido, muy al fondo del salmo, motiva la acción de gracias en forma de alabanza. La alabanza viene coloreada, como también la acción de gracias, con una exhortación, o exposición de máximas, a seguir el camino que conduce a la «bendición». La verdad fundamental de estas enseñanzas, que el autor ha experimentado en su propia carne, es la benévola y extraor­dinaria providencia de Dios sobre los que acuden a él. Las máximas «los que buscan al Señor, no carecen de nada», «el Señor salva al afligido de su an­gustia», «el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles», «contempladlo y quedaréis radiantes», «vuestro rostro no se avergonzará», son suficiente­mente expresivas. Todo ello lo recoge el precioso estribillo que da la tónica al salmo en esta liturgia: «gustad y ved qué bueno es el Señor». Es una invita­ción, un apremio, una urgencia, dada, al fondo, la necesidad a la que están expuestos todos los mortales. La experiencia del autor invita a multiplicar las «experiencias» de un Dios bueno y providente. Elías, en el relato primero, confiesa haberlo experimentado.

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2

 

Hermanos: No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entrego por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

 

Una exhortación típicamente «cristiana». Hemos de ser «imitadores» de Dios. Al fin y al cabo somos, por definición, imagen suya. Dios origen de todo ser, de toda vida, de todo bien, es el ejemplar supremo. Hemos de ser «imitadores», y no de cualquier forma. Imitadores de Dios como «hijos». Y no como cualquier hijo, sino como hijos «queridos». Y queridos no de cualquier modo, sino «queridos» misteriosamente de forma inefable, como lo expresa el «amor» de Cristo que se entregó por nosotros. El misterio de Cristo – sacrificio y oblación -, expresión del maravilloso amor de Dios a los hombres, es la raíz y causa formal de la imitación cristiana. Dios nos amó así. Así debemos amarlo nosotros.

 

Nuestra vida ha de ser una imitación de Dios, una imitación de Cristo. La vida cristiana recibe la impronta de Cristo: oblación y víctima. Así Cristo, así nosotros. La vida cristiana recibe también la impronta del misterio trini­tario: «imitadores» de Dios como Cristo nos «amó», «marcados» por el Espí­ritu Santo. En la obra de la salvación se comprometen las tres divinas per­sonas. ¿No es la vida cristiana una participación en la vida trinitaria? De­nota ternura y afecto la recomendación «No pongáis triste al Espíritu Santo». ¿Cabe mayor delicadeza y respeto? El pensamiento del «sufrimiento» de Dios no es ajeno a la Biblia. Dios «siente» nuestro mal, nuestra ruina. ¿No es esto grande y maravilloso?

 

El Espíritu Santo es la garantía, el sello vivo en nuestro espíritu y nues­tro cuerpo, de nuestra pertenencia a Dios. En el día último será él, su pre­sencia en nosotros, la señal, el sello, que nos detenga como propiedad suya. Será el día de la liberación suprema. Sería horrible si nos alejáramos de él. Lo «sentiría»

 

La aplicación práctica se desprende con naturalidad: perdonad como Dios os perdonó en Cristo; sed bondadosos, comprensivos, como Dios lo ha sido con nosotros. Lejos la ira, el enfado, el resentimiento, la maldad. Sed miseri­cordiosos (Lucas) y perfectos (Mateo) como el Padre celestial se ha mostrado en Cristo perfecto y misericordioso. Buen espejo para un examen de concien­cia. Es nuestro programa de vida. Es la vida del hombre nuevo creado en Cristo.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 41-51

 

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: —« ¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿ No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? » Jesús tomó la palabra y les dijo: —«No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. »

 

Jesús ha afirmado categóricamente: «Yo soy el Pan bajado del cielo». Apunta, a todas luces, a su transcendencia. Jesús es un ser «superior» con prerrogativas que tocan lo divino La misma expresión «Yo soy» evoca el ha­blar propio de Dios en el A. Testamento. Esas pretensiones no pasan desa­percibidas a los oyentes. La exigencia de Jesús de creer en él para salvarse les parece exagerada y suena a blasfemia y a extravagancia. En efecto, to­dos conocen la procedencia de Jesús, conocen a sus padres, a sus familiares, saben cuál es su patria. ¿Por quién se tiene? Al fin y al cabo no es más que el hijo de un carpintero, oriundo de Nazaret. La objeción es seria.

 

Es curioso, la Encarnación del Verbo, que debiera en sí facilitar las cosas, las complica. La misma «exaltación» del Hijo del Hombre, manifestación es­tupenda de la sabiduría y del poder de Dios, será para unos escándalo, para otros irrisión. La carne pues, que ha tomado el Verbo, transparencia de lo divino, es para estos judíos un obstáculo. Los oyentes de Jesús no superan, en sus cavilaciones, los criterios humanos, no pueden ver. Jesús responde a esta situación fundamental. Para ver hacen falta ojos nuevos, luz nueva, cri­terios nuevos. Y ellos vienen de Dios. Dios, ya lo había anunciado por los pro­fetas, va a convertirse en Maestro, va a iluminar las mentes y a atraer los corazones. Los oyentes de Jesús dan muestras de insensibilidad y de cerra­zón a lo divino. No ven más allá de lo que sus ojos de carne puedan apreciar. La acción de Dios no ha logrado cambiarlos. Por lo visto se han cerrado.

 

El hombre no puede con sus solas fuerzas alcanzar a Cristo; necesita ayuda de lo alto. La ayuda no destruye la libertad, antes bien la responsabiliza en ir, al parecer, a contra de los criterios humanos. Aquellos oyentes, familiari­zados con el actuar de Dios en la historia de su pueblo, de­berían estar preparados para entrever el misterio. No dan señales de ello. No alcanzan a ver la verdad que van gritando los «signos». El misterio de la atracción de Dios.

 

En realidad nadie tiene una «experiencia» directa e inmediata de Dios: Nadie ha visto a Dios. El único, el Hijo. El Hijo ha venido del Padre y puede hablarnos de él. (Jn 1,18). El Hijo posee la vida eterna. Sólo el Hijo perte­nece a la divinidad. Sólo él puede comunicarnos la vida eterna. El hijo es el único Mediador. En el fondo de todo esto estamos tocando el misterio de la Encarnación.

 

La vida que ofrece Jesús es la vida eterna. No como la vida de los padres en el desierto. Murieron, por más que habían comido el pan descendido del cielo. No era aquel el auténtico pan del cielo. Jesús es el verdadero Pan del cielo. Y hay que comerlo para poseer la vida. No perdamos de vista la hu­manidad de Cristo, vehículo de salvación. Al hablar Jesús de su carne está aludiendo a ella de forma muy concreta: La Eucaristía. La Eucaristía nos in­troduce, dentro de la Encarnación, en el misterio de muerte y resurrección: «carne para la vida del mundo». Jesús, Verbo encarnado, muerto y resuci­tado por nosotros, se ofrece a los hombres como Alimento indispensable de vida eterna. Se precisa la fe: misterio de fe. El hombre se abre a la revela­ción salvadora que viene del Padre.

 

Reflexionemos:

 

Conviene partir del «misterio de Cristo». No podemos desterrar de la cele­bración litúrgica, y en resumidas cuentas de nuestra vida cristiana, el ele­mento «misterio».

 

Tocamos en este «misterio» dos aspectos ó momentos fundamentales: la Encarnación, es decir, el Verbo encarnado, hecho hombre – «bajado del cielo», «venido de Dios», «hijo de José» que «ha visto a Dios» – y su alargamiento en la muerte. Ambos se proyectan vehículo de salvación en una misma línea: el que cree en mí, tiene la vida eterna. Jesús es el único Intermediario: da su carne para vida del mundo. Este último elemento recuerda el «misterio» de su muerte, celebrado sacramentalmente en la Eucaristía, donde el Hijo del Hombre, «misteriosamente», se da como comida para la vida del Mundo. El tema de la muerte, expansión del amor «misterioso» de Jesús a los hombres, aparece en las palabras de Pablo. «Nos amó, dice el apóstol, y se entregó por nosotros como oblación y víctima de su suave olor». La Eucaristía también recuerda este aspecto: «Tomad y comed: este es mi Cuerpo que será entre­gado por vosotros». Hablamos con razón del «Sacrificio» de la Misa y de la «Víctima» eucarística.

 

Sugiere el tema del «misterio» la «misteriosa» atracción del Padre. La fe es un don divino, una luz de lo alto, una prolongación de la Encarnación: luz divina en la carne del hombre. Las palabras del apóstol «no pongáis triste al Espíritu Santo», «Dios nos ha sellado en él» declaran nuestra vida como «misterio». Estamos viviendo en el gran «misterio» del Dios Trino: Habitación de Dios, Templo del Espíritu.

Partiendo del «Misterio» de Cristo podremos hacernos una idea de la acti­tud que debe tomar el cristiano en la celebración del «misterio» de la Euca­ristía. Respeto, veneración, adoración, acción de gracias, alabanza… Recor­demos que recibimos al Verbo Encarnado, Muerto y Resucitado por noso­tros. Recordemos el motivo del amor inefable de su Entrega. Recordemos el misterio de Fe que lo envuelve. Recordemos la necesidad de acercarnos con reverencia. Recordemos que es el único Mediador; no podremos vivir sin él. No podemos caminar ni vivir sin este Alimento.

 

El tema del alimento «maravilloso» viene recordado por la primera lec­tura: Elías de camino, en peligro de perecer. No llegaremos al «Monte» del Señor, a la Jerusalén celestial sin este viático ¿No es justo y necesario can­tar con el salmo la «misteriosa» Providencia divina «Gustad y ved qué bueno es el Señor»?.

 

La vida cristiana es una prolongación del «misterio» eucarístico. Co­miendo a Cristo, vivimos con Cristo, vivimos como Cristo. Es el programa que presenta Pablo. El don del Espíritu procede de Cristo. El Espíritu nos acompaña, acuñados por él, hasta el día de la liberación, cuando, superadas con el maravilloso alimento, las dificultades de este desierto, logremos en­trar en el Santo Monte de Dios. Somos imitadores de Dios. Reproducimos en nosotros el admirable «Misterio» del Verbo de Dios hecho hombre. No odia­mos, no injuriamos, no deseamos ni obramos el mal. Perdonamos, soporta­mos, comprendemos. Nuestra vida es fruto de la Eucaristía y preparación adecuada para ella. ¡Qué bueno es el Señor!

 

3.      Oración final

 
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 
Vea también: Domingo 19, Ciclo B (2009)

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Domingo 18 del Tiempo Ordinario

Domingo décimo octavo del tiempo ordinario ciclo B

Un tema tipológico de base, en todo el capítulo sexto de Juan, es el maná. Está muy claro  que entre la narración del Éxodo (1. lectura) y el diálogo entre Jesús y los judíos hay un  paralelismo de estructuras dinámicas que permite hablar de “tipología”. Es decir: lo que  sucedió en el desierto entre Dios y su pueblo, por mediación de Moisés, es repetido y  superado por esto que sucede entre Dios y los hombres, por Jesucristo y en Jesucristo. Concretamente: Dios dio alimento terreno al pueblo, para “ver si guarda mi ley o no” (1.  lectura), y manifestarle su presencia salvífica. El Padre de Jesús da a los hombres un  alimento celestial -Jesucristo su Hijo- marcándolo con su sello personal, para que crean en  El, el enviado.

  1. Oración:

 “Concédeme, Señor, este día, parar un poco para escuchar mi propio corazón para interpretar mis agitaciones internas con la luz de tu Palabra, para tomar conciencia de mis verdaderas motivaciones y para descubrirte y confesarte a ti una vez más, como el sentido de mi vida”.

 

  1. Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15

 

En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: —«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.»  El Señor dijo a Moisés: —«Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.”» Por la tarde, una banda de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, habIa una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: —«¿Qué es esto?» Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: —«Es el pan que el Señor os da de comer.»

En el capítulo anterior el pueblo es presentado como una multitud sedienta junto a la fuente de agua amarga que Moisés hizo potable. Estas tradiciones estaban arraigadas en el corazón del pueblo (por eso aparecen duplicadas; ver Números 11 y 20). El término hebreo que se traduce por “pan” tiene un sentido general de “alimento”. Se han dado diversas explicaciones naturales para el maná. La más común es que se trata de la secreción de un árbol del Sinaí, el “Tammarix mannifera”, cuyas gotas se solidifican en el suelo con el frío de la noche y tiene un sabor dulce. Pero más que insistir en el milagro, el autor sagrado presenta una confesión de fe: Dios se muestra como un padre providente, socorriendo su pueblo (bebida, alimento, defensa de los enemigos, de los animales, orientación en el camino). Lo mismo se aplica a las codornices (que en la primavera regresaban y, exhaustas, se posaban en la península del Sinaí). El texto da una interpretación popular del nombre maná. La literatura rabínica vio en él el alimento de los futuros tiempos mesiánicos. Con todo, parece que la multitud no entiende. El discurso va a tomar un nuevo impulso a partir de este malentendido: lo que es dado es Aquel que se da.

2.2.Salmo responsorial Sal 77, 3 y 4bc. 23-24. 25 y 54 (R/.: 24b)

R: El Señor les dio pan del cielo.

Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
lo contaremos a la futura generación:
Las alabanzas del Señor, su poder,
las maravillas que realizó.

Dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
Hizo llover sobre ellos maná,
les dio pan del cielo.

El hombre comió pan de ángeles,
el Señor les mandó provisiones hasta la hartura.
Los hizo entrar por las santas fronteras
hasta el monte que su diestra había adquirido.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 17. 20-24

 

Hermanos: Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios. Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo Jesús; es decir, a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovaros en la mente y en el espíritu y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.

El texto comienza de forma solemne: “Digo en el Señor”. La exhortación se dirige a los recién convertidos de la comunidad: entre la vida en el paganismo y la vida en Cristo hay un contraste profundo. La vida en Cristo impone exigencias serias que Pablo expresa con las siguientes imágenes: “abandonar la vida de antes”, o “el hombre viejo y corrompido”, “renovar la mente y el espíritu”. El lenguaje de la carta está influenciado por las imágenes de la liturgia bautismal, especialmente del vestido (subrayando la costumbre de cambiar de vestido al salir del agua): “revestíos del hombre nuevo”. En realidad, el bautismo marca el comienzo de una vida nueva, de una nueva creación.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 24-35

 

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. AL encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: —«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús les contestó: —«Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.» Ellos le preguntaron: —«Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: —«La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.» Le replicaron: —«¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito:”Les dio a comer pan del cielo.”» Jesús les replicó: —«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.» Entonces le dijeron: —«Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: —«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

Cristo acaba de realizar la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15). Con este motivo consigue un éxito entre la muchedumbre bastante considerable (vv. 22-25) El discurso sobre el pan de vida parte de estos dos hechos. Las gentes han comido un alimento perecedero, pero, hay otro alimento que sirve para la vida eterna (vv. 26-27); la muchedumbre ha buscado a un realizador de milagros, pero la personalidad de Jesús es de otro orden (vv. 26-27) y las obras realizadas hasta ese momento por el pueblo no son las que van a poder merecerle la salvación: lo único que cuenta es el seguir a Cristo (vv. 28-29).

Los oyentes se decepcionan evidentemente ante esta argumentación y quieren rebatir las pretensiones de Cristo: su milagro es insignificante, los antiguos vieron cosas mejores (versículos 30-31). Así, pues, si Cristo quiere revelar el misterio de su persona, que dé una señal más inteligible. Jesús responde afirmando que El es el pan de vida (vv. 32-35).

a) Estos versículos plantean, de manera enigmática, pero excitante, el problema de la persona de Jesús y de la capacidad de la fe para descubrir el misterio que se encierra detrás de los signos que lo manifiestan. Invitan expresamente al oyente a ponerse en estado de búsqueda auténtica para poder descubrir el alcance del discurso que sigue.

b) Choca bastante ver a Cristo presentando este proceso de búsqueda que es, en resumen, la fe (v. 29) con términos como “trabajo” (v. 27) y “obras a realizar” (v. 28). Efectivamente, el trabajo que hay que hacer no es perderse en la multitud de comportamientos que implica la ley, sino comprender que la vida de Cristo es la obra del Padre por excelencia (cf. Jn 5, 17). Que los hombres renuncien a discutir inútilmente sobre las muchas obras que ellos tienen que realizar para salvarse y que reconozcan la necesidad de una sola obra: la que el Padre cumple en su hijo y que está marcada con su sello (v. 27) y se manifiesta especialmente en el signo del pan.

c) Los signos y obras realizados por Cristo no son solo medios para legitimar su reivindicación o justificar su misión. El problema no está en dar pruebas de tipo intelectual, sino signos que comprometan ya desde ese momento y continúen la obra de salvación que Cristo trae. Con esto no es que El quiera competir con el maná. No se trata de demostrar que El es superior a Moisés, sino de hacer comprender que tanto el maná del desierto como los panes multiplicados por Jesús son ambos expresión del amor que el Padre ofrece al mundo. Jesús, al ir más allá de la significación material del maná (v. 32), estaba completamente en la línea del Antiguo Testamento que buscó con frecuencia ver la Palabra de Dios detrás de este alimento (Dt 8, 2-3; Sab 16, 26). Jesús deja entender, con esto, que El también, al multiplicar los panes, trasciende la vida material y física por su mensaje y el misterio de su persona simultáneamente (versículo 35). Pero los interlocutores de Cristo no trascienden el plano material (v. 34). En esta situación, a Cristo no le queda otra cosa que hacer que declarar abiertamente que el pan multiplicado va unido a su misión espiritual y a su propia persona hasta el punto de confundirse con ella (v. 45).

d) Cuando Cristo revela su propia persona, emplea una fórmula nueva: pan de vida, que era algo desconocido en el Antiguo Testamento. Juan ha, sin duda, forjado esta fórmula, así como creó las expresiones “luz de vida” (Jn 8, 12), palabra de vida (1 Jn 1, 1), agua de vida (Ap 21, 6; 22, 1). Probablemente pensó en el árbol de la vida del Paraíso, símbolo de la inmortalidad de la cual el hombre quedó privado por el pecado, que el maná del desierto no fue capaz de restituir, pero que Jesús concede como respuesta a la fe (cf. Jn 6, 50, 54). Existe, pues, en el concepto de pan de vida un matiz paradisíaco y escatológico: Jesús es la verdadera vida inmortal a la que el hombre tiende desde el primer momento y que, finalmente, le es accesible por la fe.

Juan relaciona el misterio eucarístico con la encarnación (v. 35): el verdadero pan es el Hijo de Dios que ha venido del cielo. El hambre se sacia recurriendo a El. Todo el que cree en Cristo y en su doctrina se está ya alimentando de Él. Pero la dimensión pascual de este pan no puede ser descartada. Es fácil que la proximidad de la Pascua (Jn 6, 4) haya sugerido a Cristo el tema del maná, así como las homilías pronunciadas en las sinagogas con motivo de la proximidad de tal festividad (cf. Jn 6, 59).

La palabra “dar”, que se repite tres veces en el pasaje de este día, anuncia ya el don del Calvario y expresa que no existirá pan verdadero más que cuando se haya cumplido totalmente la obra salvífica de Cristo. El pan de vida no puede ser comido solo con la fe; es necesario un pan concreto, que exigirá ser comido realmente y así nos integrará dentro del misterio de la cruz.

Reflexionemos:

La actualización de las lecturas puede ser perfectamente una explicación del ritmo básico  de la vida cristiana: gracia de Dios -fe- acción de gracias. Uno puede acentuar cada uno de  estos elementos, según le parezca más conveniente; pero es importante que los tres estén  simultáneamente presentes; de otro modo, podría desequilibrarse el ritmo.

La gracia de Dios es el mismo Jesucristo, comunicado a los hombres con la fuerza del  Espíritu. Acentuar este principio es “personalizar” la realización entre Dios y nosotros, huir  de una posible cosificación de la gracia y de los dones de Dios. Es también -y muy  importante- “personalizar” la Eucaristía, como actualización sacramental de la iniciativa  salvífica realizada definitivamente en el misterio de Cristo.

La fe es, a la vez, gracia de Dios y esfuerzo del hombre. Aquí puede ayudar mucho el  texto de la segunda lectura: “Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de  Dios”. La alusión, indicada antes, al tema del paraíso queda completada. Hay que hacer el  esfuerzo de revestirse, despojándose antes de la naturaleza envejecida; pero el nuevo  vestido no es autodado, sino “creado por Dios”. Difícilmente se puede explicar mejor el acto  de fe. Su consecuencia está clara en las palabras de Jesús: los que van=creen en él,  quedarán perfectamente saciados.

La acción de gracias es el ambiente en el que se vive la fe. No puede ser de otro modo  cuando esta fe es consciente de su naturaleza. Por eso, la vida cristiana es una vida  “eucarística”, que tiene en la Eucaristía, “su fuente y su culminación”. La fuente, porque en  la Eucaristía se actualiza, para cada creyente y para toda la Iglesia, el misterio del don de  Dios: el pan que baja del cielo para dar la vida al mundo. La culminación, porque la vida en  la fe no tiene otra manera más perfecta de expresarse que la de incorporarse a la acción  sacrificial y de alabanza del Padre, que es la oblación amorosa del Enviado.

  1. Oración final:

Mi reposo eres tú, mi meta eres tú, el sentido de mi vida eres tú. En la comunión contigo lo tengo todo. Cuando tú me dices “Yo soy”, me dices también “Tú eres”. Me invitas, me atraes a una alianza contigo, una aventura de amor que no tendrá fin. Amén.

Vea también:  Domingo XVIII del Tiempo Ordinario -Ciclo B [2009] con sugerencia de cantos

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