Domingo de Ramos – Ciclo B

DOMINGO DE RAMOS ciclo B

La Semana Santa es inaugurada por el Domingo de Ramos, en el que se celebran las dos caras centrales del misterio pascual: la vida o el triunfo, mediante la procesión de ramos en honor de Cristo Rey, y la muerte o el fracaso, con la lectura de la Pasión correspondiente a los evangelios sinópticos (la de Juan se lee el viernes). Desde el siglo V se celebraba en Jerusalén con una procesión la entrada de Jesús en la ciudad santa, poco antes de ser crucificado.

1.      Oración:

Dios, Padre nuestro, tú enviaste a tu Hijo entre nosotros, para que descubramos todo el amor que nos tienes. Y cuando nosotros respondemos a ese amor con nuestro rechazo, matando a tu hijo, Tú no te echaste atrás sino que seguiste adelante con tu plan de ser nuestro mejor amigo. Ablanda nuestros corazones para que sepamos responder a tu amor con el nuestro. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

2.      Texto y comentario

2.1.Lectura del libro de Isaias 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Dentro del contexto general, cuatro misteriosos poemas que, por acuerdo más o menos unánime, vienen llamándose del «Siervo»: Cánticos del Siervo de Yahvé. Aquí, en la lectura de hoy, nos encontramos con uno de ellos; con el tercero, en concreto. Y del tercero, con unos versículos, los más significativos. Conviene, no obstante, alargarse, en la lectura privada, a los versículos 8 y 9 por los menos, y con un poco de interés, a los cánticos que le han precedido; pues, en opinión de la mayoría, se iluminan unos a otros: 42, 1-9; 49, 1-13. El cuarto vendrá más tarde y los desbordará a todos: 52, 13-53, 12.

El personaje del canto no lleva nombre, ni siquiera el título de «siervo». Lo que importa es la misión. Y ésta se encuadra en la vocación profética: voca­ción-llamada para la palabra, sufrimiento en el desempeño de la misión, con­fianza en el Señor. Detrás del profeta sin nombre se encuentra Dios con todo su poder. Llamada para hablar: lengua de iniciado. El Siervo ha de hablar; ha de hablar bien, ha de hablar en nombre del Señor. En este caso ha de ha­blar para consolar, al abatido. También el profeta sabrá de abatimiento; es su vocación. Pero para hablar, hay que escuchar. Dios afina el oído de su Siervo, agudiza su sensibilidad y lo capacita para sintonizar con su volun­tad. Suponemos en el Siervo una intensa actividad auditiva.

La misión se presenta, además, dolorosa: ultrajes e injurias personales. Un verdadero drama. En el fondo, participación del drama de Dios en la sal­vación del hombre. La persona del Siervo tiende a confundirse con el men­saje que debe anunciar. Valor y aguante. Y así como no resiste a la palabra que lo envía, así tampoco al ultraje que ella le ocasiona. Dios lo mantendrá inquebrantable en el cumplimiento de su misión. Misteriosa vocación la del Siervo. Todos los profetas experimentaron algo de lo que aquí se nos narra. Con todo la figura del Siervo los sobrepasa. ¿Quién es? ¿Quién llena su imagen? Miremos a Cristo Jesús y encontraremos la respuesta más cumplida. Vivió en propia carne el inefable drama de Dios con el hombre: lengua de iniciado: gran profeta; oído atento: gran hombre de Dios; ultrajes, presencia de Dios… misión cumplida.

2.2.Salmo responsorial Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere.» 

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel.

Salmo de súplica, salmo de acción de gracias. ¿Psicológicamente incom­prensible? Teológicamente, al menos, no: tras la súplica, siempre, la acción de gracias, porque Dios, al fondo, siempre escucha la oración. El salmo vive los dos momentos. Hoy, el primero.  La súplica toca los límites extremos en que puede encontrarse el fiel de Dios. Es el justo; y es el justo perseguido; y es el justo perseguido por ser justo; y la persecución lo ha llevado hasta las puertas de la muerte; ¡y el Señor no le escucha! El justo sufre sobre sí el abandono de Dios; las imáge­nes son vivas y reflejan una situación límite. También la confianza es ex­trema y total.

¿Quién llena el salmo? Situaciones semejantes, pero parciales, las han vi­vido con frecuencia los siervos de Dios. Como ésta, en profundidad insospe­chada, solamente uno: El Señor Jesús. Los evangelistas recogen de su boca el estribillo del salmo en el momento de su muerte; también aparecen cum­plidos algunos versículos en la ejecución en la cruz. Pensemos, pues, en Jesús; él desborda el salmo, en dolor, abandono y esperanza. Unámonos a él, a todo justo, que en el cumplimiento de la voluntad de Dios pasa por trance seme­jante.

Dios, el Padre, dejó paradójicamente morir a su Hijo; pero lo resucitó al tercer día. La oración fue escuchada, como comenta la carta a los hebreos, por su« reverencia»

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 25 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

En una carta -Pablo a los Filipenses-, una recomendación entrañable; y en la recomendación entrañable- «manteneos unidos»-, la motivación más cordial y personal del apóstol: Cristo Jesús. Es toda nuestra lectura. Y es toda una pieza. Pieza, que, según la crítica más aceptada, se remonta a los albores de la comunidad cristiana, a unos años, quizás, antes de Pablo. Se le suele caracterizar como himno. Pero hay que advertir que, sin dejar de serlo, el pasaje admite otras denominaciones, secundarias quizás, pero simultáneas, que la colocan en su debido puesto: fórmula de fe, catequesis… Debemos mantener viva la alabanza, recordar piadosamente el misterio y profesar confiados nuestra fe. Los autores distinguen estrofas. No nos vamos a enzarzar en la polémica de su diferenciación y número. Vamos a seguir tan sólo el pensamiento de tan preciosa profesión de fe, el movimiento de tan justificada alabanza y la estructura básica de tan profundo misterio.

El himno lleva, en el contexto actual de la carta, un movimiento de exhor­tación. No lo perdamos de vista, pues nos conviene aprender- catequesis- y nos interesa dejarnos mover- parenesis. El ejemplo es Cristo; el cristiano ha de acercarse a él para conocer y vivir su propio misterio.

En cuanto al himno mismo, podemos proceder a su inteligencia, apoyán­donos en los contrastes. Y el primero que se nos ofrece es el llamado de la «kénosis» o anonadamiento. Jesús, en efecto, siendo de condición divina, no ambicionó conducirse, al venir a este mundo, a la manera que como a ser di­vino correspondía. Todo lo contrario, se despojó de sí mismo totalmente: res­pecto a Dios en obediencia absoluta y respecto a los hombres, llevando por amor, la condición de hombre débil, hasta el extremo de morir, como siervo, en una cruz: condenado como malhechor y blasfemo -¡él, que era Hijo de Dios!; por odio y envidia- ¡él, que era la misma misericordia!; por propios y extraños -¡él, que no se avergonzó de llamarnos hermanos!; impotente y en­tre criminales -¡él, que era poderoso y justo por excelencia!; abandonado de Dios -¡él, que era «Dios con nosotros!» ¿Quién no recuerda, como falsilla teo­lógica inspirada, el canto cuarto del Siervo de Yahvé?

El segundo contraste, que se origina y enraíza en el primero, como carne de su carne, es: Dios lo exaltó y le dio un «Nombre-sobre-todo-nombre». Un Nombre divino: el de ¡Kyrios! Jesús, como hombre, por encima de toda la creación, unido al Padre en poder y majestad. ¿Qué otro Nombre podía ser éste que el de Dios? Por eso todos deben postrarse ante él: en el cielo, en la tierra y en el abismo, y proclamar: «¡Jesucristo es el Señor!» Y ello, como lo señala el himno «por» haberse humillado hasta la muerte en cruz. Pablo nos invita a imitar al Señor; también, a alabarlo, bendecirlo y adorarlo. Es el papel que desempeña el himno en la liturgia. Acerquémonos, pues, piadosa­mente, y bendigamos, alabemos y adoremos al Señor.

2.4. Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 15, 1-39

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.

Pilato le preguntó:
S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
– «Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato le preguntó de nuevo:
S. – «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.
Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre.
Pilato les contestó:
S. -«¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. -«¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. – «¡Crucificalo!»
C. Pilato les dijo:
S. – «Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. – «¡Crucificalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio – al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. – «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.
Llevaron a Jesús al Gólgota y lo crucificaron.
C. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz.
Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.»

C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. -«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. – «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban.

C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:
-«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
-«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. – «Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. – «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.  El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. -«Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

Son relatos y son Evangelio. Como Evangelio, Buena Nueva: proclama­ción salvífica de la salvífica acción de Dios. Como relatos, composición litera­ria de características peculiares: una serie de pequeñas escenas-unidades de notable largura y de excepcional trabazón entre sí. Destacan, por cierto, en ambos aspectos, del resto del evangelio. Vienen a ser un relato uno, aun den­tro de los respectivos evangelistas, por más que uno deseara encontrar en ellos, o más detalle o más precisión, o ambas cosas a la vez, en algún mo­mento. Quedan así indicados los problemas que pueden surgir, ya dentro de un mismo relato, ya en el cotejo de un evangelista con otro: lagunas, despla­zamientos de lugar…

No son, pues, crónica o retrato preciso de un acontecimiento; ni pueden serlo en realidad. Con todo, se parecen mucho a ello. Son el acontecimiento, sí; pero, animados los relatos y coloreados por la reflexión y el afecto: de gran objetividad y de entrañable devoción: devoción, porque son la Pasión del Señor. Y objetivos, por la misma razón. El acontecimiento ha fundado la fe y la fe, devota, se ha volcado sobre el acontecimiento. Sorprenden su ex­tensión y detalle, habida cuenta, en consideración neutra, del acontecimiento que narran: la horrorosa y horrible muerte de Cristo en la Cruz. ¿No hu­biera sido mejor olvidarlos, después de la experiencia de la gloriosa resu­rrección, con la que, al parecer, nos guardan en común? Pues no. Los relatos parten de testigos oculares y se han mantenido y mantienen vivos en el ám­bito eclesial, especialmente litúrgico, de todos los tiempos. Es la Pasión del Señor. Y sabemos que la Pasión del Señor no es algo que pueda olvidarse como una pesadilla o pasarse por alto como un escollo, sino que es, nada más y nada menos, el relato de los acontecimientos reveladores de la Salvación de Dios: el gran combate de la luz contra las tinieblas y la estrepitosa victoria de Dios sobre el diablo, en su propio terreno, del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. La muerte. La muerte mordió su propia entraña, el odio quemó sus enconadas iras, el demonio perdió su do­minio y las tinieblas huyeron despavoridas. Y las armas singulares en ver­dad, la muerte en cruz de Jesús.

Con esto queda abierta la inteligencia como Buena Nueva. Estos relatos anuncian, proclaman, revelan la salvación de Dios en su siervo Jesús. Y también lo celebran -aspecto litúrgico- y la presentan como objeto de con­templación y veneración -misterio de Dios y su obra-. En ellos nos acercamos a Dios y Dios se acerca a nosotros. Y el acercamiento es, naturalmente, sal­vífico: la Pasión del Señor, dispuesta por Dios, para salvarnos a nosotros, pecadores. Es su sentido y verdad fundamental. En torno a ellos, y enrique­ciéndolos, múltiples verdades parciales de la gran verdad que desprenden de los relatos como totalidad unitaria y unidad total.

Por eso, tanto la comunidad -acto litúrgico- como el individuo -relación personal con el Señor- han de moverse en dirección teologal: fe, esperanza y caridad. Y es que, al fondo, está Dios: Dios salvador del mundo a través de la muerte de si Hijo. Fe en su amor, esperanza en su perdón y benevolencia, y afecto entrañable a su persona. Su dolor físico y moral, su soledad y aban­dono; su voluntad de sumisión y su obediencia extrema; su abrumador silen­cio y sus divinas palabras… Por nuestros pecados; por mis pecados… Las escenas, todas ellas reveladoras del misterio de Dios y de nuestro misterio: la Ultima Cena, la Eucaristía… La traición de Judas -¿nunca lo he traicio­nado yo?-, la negación de Pedro -¿nunca lo he negado yo?-, la oración en Get­semaní, los falsos acusadores, los gritos del populacho, la envidia de las au­toridades, la debilidad de Pilato, las mujeres… Y, sobre todo, el mismo acontecimiento: ¿es posible que aquel hombre, Hijo Unigénito de Dios, muriera así? El misterio del pecado enfrentado con el misterio del amor de Dios. Uno tiembla, se conmueve, llora, pide perdón y alaba. Pues temblemos de emoción, lloremos por nuestros pecados y alabemos a Dios por Gracia: es la Pasión y Muerte del Señor.

A pesar de ser uno, en el fondo, el relato de la Pasión, son cuatro, tres para esta celebración, los evangelistas que lo encuadran en sus respectivos evangelios. Por supuesto, que nos ofrecen, al tomarlo de la tradición consa­grada de la Iglesia, su propia impronta, su huella, su visión ligeramente eclesial-personal del acontecimiento, que, lejos de desfigurar los hechos, lo enriquecen. A Juan lo relegamos para la celebración del Viernes Santo. Los otros tres quedan para hoy, según la división en ciclos. Podemos comenzar con Marcos, considerado por los estudiosos como el primero y más cercano al relato tradicional. Señalemos lo más llamativo. Las anotaciones, con todo, no eximen de la lectura atenta, personal y afectuosa de todo su relato. Lo mismo, respecto a los otros evangelistas.

Los autores subrayan el carácter «kerigmático» del evangelio de Marcos, concretamente, en el relato de la Pasión. Marcos proclama el plan de salva­ción de Dios. Y lo proclama con peculiar rudeza y objetividad; sin paliativos, ni explicaciones atenuantes, ni pulimiento de artistas. Marcos ama el con­traste desnudo y la paradoja desconcertante. No teme herir la sensibilidad; antes bien, parece que lo intenta: el escándalo de la cruz. Es como quien corta el madero a hachazos, sin cuidarse de suavizar los cantos, de endere­zar las líneas o de lijar los nudos, y levanta con él la cruz del Señor. He aquí, como Cristo despojado de sus ropas, el misterio de la muerte del Hijo de Dios que nos salva. Ante él, se desnuda la fe y se postra el corazón. Esta misma despreocupación de arreglo alguno abre el campo a cierta viveza en el lenguaje y a cierta improvisación. Esto último, debido, quizás, a la tradi­ción oral mantenida por Pedro. Los versículos 43-52 del cap. 14 -comenzamos por el Prendimiento de Jesús- ofrecen un claro ejemplo de lo que acabamos de decir. Estilo brusco y directo: la venida, casi de improviso, de Judas, su beso al Maestro, la escapada, la huída de los discípulos… Nada de Jesús a Judas, nada, tampoco, al que saca la espada y nada al siervo herido por ella. Desconcertante. Tan sólo, y por ello desconcierta más, las palabras de Jesús «Como a un ladrón habéis venido a apresarme… » y la escueta y des­teñida mención de la escritura. Y el rasgo pintoresco del joven que le seguía envuelto en una sábana. Cuesta a uno sobreponerse del impacto: breve, di­recto y desnudo como el muchacho que huye despojado de su envoltura.

Los versículos 53-72 –El proceso de Jesús ante el Sanedrín- ofrece nuevas consideraciones en esa línea. Continúa el contraste y el desconcierto. En cuanto a las personas que intervienen podemos notar: a las autoridades, dispuestas sin más a enviarlo a la muerte -¿eso es autoridad?-; para ese fin, la búsqueda de testigos falsos y, tras encontrarlos, la ineficacia de su come­tido: ¡no se ponen de acuerdo! Con ellos, a su manera, podemos distinguir a Pedro. De hecho es nombrado inmediatamente después de las Autoridades, deseosas de condenarlo, y de los que maltratan a Jesús, versillo 54 y 66, respectivamente. Parece que Pedro, esta es la paradoja, es uno más de los que injurian a Jesús, ¡y es su discípulo primero!

El centro, con todo, del pasaje, por la brevedad también y el peso, van los versículos 60-64. Jesús debe morir, y no se encuentra causa. Obligado a mani­festarse, su confesión y sinceridad precipitan la condena, y a la máxima re­velación de la más alta dignidad responden, por contraste, la más vil con­dena y defraudante trato. Podríamos titular el cuadro el cuadro como «la dignidad mesiánica de Jesús y los malos tratos». La nota de vivacidad y pin­toresca -testigo ocular- la dan, además del detalle sobre los falsos testigos de que no se ponían de acuerdo, los pormenores de la negación de Pedro: desta­can el juramento y el llanto. Sobre las palabras de Jesús al sumo sacerdote volveré más tarde, al tratar de introducirnos en el misterio de la persona de Jesús: su muerte en el Calvario.

Los versículos 1-20 del capítulo 15 presentan el Proceso romano de Jesús. Breve, conciso, esquemático. Pilato pregunta, ex abrupto, «¿Eres tú el rey de los judíos?» y Jesús, sin mayor explicación o detenimiento del evangelista, responde: «Tú lo has dicho». Proceso, pues, del «Rey de los judíos». El título aparece tres veces en tan pocos versículos. Impresiona el silencio de Jesús. Hasta Pilato se admira; nosotros también. La comparación con Barrabás pone de relieve la inocencia de Jesús, y la decisión de Pilato de condenarlo a muerte, por los gritos del pueblo, su miserable debilidad. Los malos tratos y burlas de los soldados, relatados con crudeza y brevedad, contrastan con el título de rey de los judíos que aparece en su boca: ¿así se trata a un rey? ¡Nuestro Rey entre malhechores!

Los versículos 21-41 nos conducen al centro del acontecimiento misterio; Crucifixión y Muerte de Jesús. Es la ejecución del veredicto romano; total­mente injusta como él. Señalemos, para empezar, la nota pintoresca del Ci­reneo con los nombres de sus dos hijos, Alejandro y Rufo. Son testigos ocula­res los que están al fondo del relato. La siguiente escena, la Crucifixión, evoca, de alguna manera, el proceso ante Pilato: en el centro el título «Rey de los Judíos» y la ejecución -cuatro veces el término «crucificar». Jesús, Rey de los Judíos, muere en la cruz, entre ladrones. ¿Cabe mayor contraste?. Desnudo por completo, en un suplicio horroroso. Terrible.

La siguiente escena evoca el Proceso ante los judíos. El primer grupo de transeuntes recuerda a los testigos falsos: repiten la acusación, con el agra­vante de blasfemia y burla: «¡Yaya! Tú que destruyes el templo de Dios y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo bajando de la cruz». Un segundo grupo, sumos sacerdotes y escribas, reavivan la sentencia sobre Jesús por su declaración mesiánica, anteriormente habida: «Salvó a otros y no puede salvarse a sí mismo. El Mesías, el rey de Israel, que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos». Naturalmente, entre gracias y burlas. Pero no era ese su mesianismo; todo lo contrario, morir por nosotros en la cruz. El evangelista no lo explica; deja correr los acontecimientos. (Sólo al final, en boca del centurión – ¡un pagano!- aparecerá la filiación divina como revela­ción del misterio). La fe debe cubrir al desnudo, sostener al crucificado y adorarlo como Rey.

Pero son los versículos inmediatamente siguientes los que nos introducen más en el misterio. El relato corre, otra vez, negro y desnudo: las tinieblas desde la hora sexta hasta la nona; la voz de Jesús con palabras del salmo 22- «Dios mío, ¿por qué me has abandonado? – el gran grito y la muerte; la ruptura del velo del templo y la confesión del centurión: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». Como testigos mudos, pero testigos figuras en aquellas inesperadas tinieblas prepara la resurrección. Serán ellas las pri­meras que sepan del Resucitado. La sepultura de Jesús va también en esa dirección: la tumba certifica la muerte de Jesús y será, una vez vacía, la boca abierta que anuncie a todos los siglos la Resurrección de Jesús. Nadie la podrá cerrar jamás. El Crucificado la ha abierto para siempre.

Reflexión:

Podemos señalar algunos temas teológicos. Comencemos por las palabras de Jesús en respuesta a las del sumo sacerdote «Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios»: «Tú lo has dicho; en ver­dad os digo que desde ahora podréis ver al Hijo del hombre sentado a la de­recha del Padre y venir sobre las nubes del cielo». El eco solemne de esta manifestación la encontramos en boca del centurión: «verdaderamente éste era Hijo de Dios». Apuntemos para la primera manifestación -respuesta de Jesús al sacerdote- la conjunción de las tradiciones «mesiánica» y «apocalíptica» en la persona de Jesús: Jesús, el Mesías-Rey descendiente de David, salvador del pueblo, y Jesús, el Hijo del hombre, ser celeste y supe­rior, anunciado por Daniel. El título de Hijo de Dios, que algún evangelista pone en este momento, está en alto: el hijo de David, rey, es el Rey Ungido por Dios, perteneciente a la esfera divina, hijo de Dios en sen­tido propio. El venir sobre las nubes, en efecto, lo asimila a Dios; ¿quién otro que Dios puede venir sobre las nubes? De esta forma se precisa y explícita también la naturaleza de su trono: a la derecha de Dios en las alturas, en el trono de Dios.

A estas tradiciones debemos añadir otra, la más chocante quizás, ava­lada por el acontecimiento-cumplimiento en Jesús de las Sagradas Escritu­ras- y será: Jesús, el Siervo Paciente de Yahvé. Todas ellas redondean el misterio, al mismo tiempo que se integran plenamente entre sí.

Jesús es el Mesías de Dios; pero su mesianismo, sin dejar de ser real, se lleva a cabo mediante el sufrimiento. La carta a los Hebreos comentará que Jesús «fue perfeccionado por el sufrimiento». Jesús es el Siervo de Dios; pero su servicio redundó en beneficio de todos. Fue «disposición de Dios, comenta así mismo otra vez la carta a los hebreos, que gustara la muerte en favor de todos». Un triunfo a través de la pasión – que lo recalca Jesús, en Lucas, a los discípulos de Emaús – y una pasión que llevó adelante el que era «Hijo». Este último término nos descubre la identidad del sujeto que sobrellevaba el peso de las injurias, abandono y muerte, y despertó en la resurrección : Jesús el Hijo de Dios; muerto, pero vivo; juzgado, pero juez, humillado, pero exaltado; siervo, pero Rey. Confesemos, pues, valiente y devotamente, como lo hace la carta a los filipenses, que Jesús es nuestro Señor, Rey e Hijo de Dios, muerto por nosotros, pero glorificado para siempre y constituido causa de eterna salvación.

Otro elemento singular es el tema del «templo». Dos veces aparece la acu­sación; -en el proceso judío y ya clavado en la cruz- de querer Jesús destruir el templo y levantar otro no hecho de manos humanas. El evangelio la llama acusación falsa. Pero no lo es tanto, si tenemos en cuenta el desarrollo de la Pasión. Jesús acaba, de hecho, con la Economía Antigua y comienza la Nueva. El Templo nuevo será él. Juan lo afirmará expresamente en 2, 20-22 y Pablo lo insinuará suficientemente al decir que «habita en él la plenitud de la divinidad corporalmente». Es pues la Tienda más amplia y más perfecta, no hecha por manos hu­manas, dará a entender la carta a los Hebreos, es su Cuerpo Glorioso (9, 11ss). El detalle de la ruptura del velo al momento de morir Jesús favorece esta interpretación.

El tema del Templo nuevo, aquí brevemente esbozado, abre la perspec­tiva hacia la Iglesia, Templo de Dios y Cuerpo de Cristo. Es su Reino y su Pueblo. ¿Y no fue de su costado, abierto por la lanza – estamos ya en Juan -, de donde, según los Padres, nació la Iglesia, Esposa del Señor? Iglesia so­mos, y no podemos menos de vernos integrados en la Pasión y Resurrección del Señor.

3.      Oración final:

 

 “Dios todopoderoso y eterno,  tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre  y muriese en la cruz,  para mostrar al género humano  el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad;  concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio y que un día participemos en su gloriosa resurrección” Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

Pueden encontrar algunos de los cantos propios de Domingo de Ramos y Triduo Pascual en esta página.

Domingo 5 de Cuaresma – Ciclo B

DOMINGO QUINTO DE CUARESMA CICLO B

 

Hoy resuena el grito esperado de Jesús: «Ya ha llegado la hora.» Sí, ha llegado la hora, y estamos viviendo en ella, en que la antigua alianza cede el paso a la nueva, la alianza por la sangre de Cristo.

En esta nueva alianza vivimos hoy los cristianos. Pero, ¿en qué consiste realmente? ¿Cuál es su esencia? ¿En qué se distingue de la antigua? Para que todo no quede en buenas palabras, una vez más la liturgia nos urge a una profunda reflexión a partir de los textos bíblicos, para que la realidad de la alianza sea lo mismo que fue para Cristo: filial obediencia al Padre y generosa ofrenda por la liberación de los hombres.

  1. 1.      Oración

 

Dios Padre Nuestro, te pedimos que nos mantengas nuestra fe, nuestra caridad, y sobre todo nuestra esperanza, para que nos comprometamos crecientemente en hacer crecer la vida, aunque para ello debamos entregar la nuestra cada día. Que con ello podamos acelerar la llegada de tu Reino de Justicia, Paz y Solidaridad. Te lo pedimos en nombre de Jesucristo nuestro hermano mayor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del profeta Jeremías 31,31-34

 

«Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor -oráculo del Señor-. Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días -oráculo del Señor-: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: «Reconoce al Señor.» Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande -oráculo del Señor-, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados.»

 

Jeremías, el profeta del dolor y de la ruina, de la devastación y del desas­tre, es también el profeta de la esperanza. Su misión no se limitó a conminar a su pueblo pecador con el desencadenamiento de la ira divina. En aquella misma mano que esparcía amarguras y muerte se advirtió, para el futuro, un designio salvífico irrevocable. La ira de Dios no dura para siempre; el castigo no es su última palabra: habrá un perdón. El texto revela la volun­tad salvadora de Dios. Se anuncia un gran cambio.

La experiencia secular de Israel ha llevado al convencimiento de que la alianza antigua, sin dejar de ser una cosa buena, no ha conducido práctica­mente, por falta de una correspondencia humana adecuada, a la estrecha unión con Dios. Podemos hacer desfilar por la mente reyes «pecadores», pue­blo de dura cerviz, idolatría, injusticia, olvida de Dios. El pueblo no ha mejo­rado. Desde que salió de Egipto hasta los días del profeta, unos y otros, el pueblo en su conjunto no sigue a su Dios. Buena era la alianza, pero era dé­bil el hombre; el culto, auténtico pero miserable el hombre; Dios fiel pero el hombre olvidadizo. Dios ha dispuesto por pura misericordia, advierte a Je­remías, cambiar la situación: una Alianza Nueva, más eficaz que la primera. Dios va a tocar el corazón del hombre. Lo va a modelar a su voluntad; lo hará sensible a sus toques, irresistible a su amor. Jeremías pone de relieve, como característico el elemento subjetivo humano. Precisamente lo que le faltaba a la Economía antigua. La visión, con todo, es parcial. Veamos las características más salientes. Es una Alianza Nueva. Tomemos el título en sentido propio y riguroso. No se trata de una repetición o una renovación de la ya existente. Algo así como la renovación de la Alianza en tiempos de Josué, Nehemías… Jeremías es el único que emplea el término «nueva» y da a en­tender una realidad enteramente nueva. La comparación, como contraste, con la alianza del Sinaí, deja bien en claro el pensamiento del profeta. Alianza nueva significa unión con Dios «nueva». Unión de inteligencia, de co­razón y de acción. La antigua no llegó a tanto; ésta sí. El pueblo será pueblo de Dios no por una designación externa, sino por una comunicación interna transformante de Dios (del Espíritu). La fórmula -«Yo seré su Dios y el será mi pueblo» llegará al corazón del hombre. Dios cambiará el corazón, sede de la vida espiritual del hombre, a su «gusto», a su querer y voluntad. Tornará la entraña del pueblo capaz de ver, querer y sentir como él. Así movido e imbuido de Dios, «conocerá» a Dios: le seguirá fielmente. Pasarán de «pecadores» a santos; se «duros» a fieles. Profunda santificación y purifica­ción del hombre. El profeta subraya como abundante la deficiencia de la alianza antigua: conocimiento de Dios. Esta realidad la alcanzará el hombre en el Don de Cristo: el Espíritu Santo. Hebreos 8, 8-12 y Pablo recuerdan las palabras del profeta cumplidas en la obra de Cristo. Es de notar la profunda religiosidad del pasaje. No se prometen riquezas, no glorias, ni honores. Se anuncia y promete como don supremo la unión íntima con Dios. Y eso lo al­canzamos en Cristo.

 

2.2.Salmo responsorial: 50

 

Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, / por tu inmensa compasión borra mi culpa; / lava del todo mi delito, / limpia mi pecado. R.

 

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, / renuévame por dentro con espíritu firme; / no me arrojes lejos de tu rostro, / no me quites tu santo espíritu. R.

 

Devuélveme la alegría de tu salvación, / afiánzame con espíritu generoso: / enseñaré a los malvados tus caminos, / los pecadores volverán a ti. R.

 

El gran salmo y la gran súplica. Y grande el primero porque grande y profunda la segunda. Y profunda y admirable ésta por de­jar al descubierto en toda su pequeñez y amplitud, el alma enferma y peca­dora del hombre y su sed insoportable de encontrar curación y descanso en Dios. Es doloroso cuando se quiebra el cuerpo; indecible, cuando es el espí­ritu. Un espíritu quebrantado no encuentra desprecio. Un corazón que nece­sita respirar y se ahoga; un espíritu que quiere volar y no arranca… Lim­pia, borra, lava… Renueva, crea… Una súplica intensa y continua. El estri­billo da la pauta. No solamente el perdón. Con el perdón una creación nueva: un corazón nuevo. Una nueva forma de ser que lo incline e incruste para siempre en el querer y sentir de Dios. Dios puede hacerlo. Dios quiere ha­cerlo. Pidámoslo con humildad y constancia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 5,7-9

 

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando es su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

 

Cristo, hijo de Dios, Rey, Señor, Hermano de los hombres… es el Sumo Sacerdote. Con él y en él ha comenzado la nueva Economía, superior en todo punto a la An­tigua superior la víctima, superior el sacri­ficio, superior el efecto. El hombre no llega a Dios, a su Santo Templo, sino en Cristo, Sacerdote y Señor. La exigencia para el hombre, de tal intervención de Dios es única y total. La carta se encargará de recordarlo en cada momento. Unos versículos arriba, muy próximos al texto lo han intentado con las siguientes palabras: «Acerquémonos… al trono de la gracia, para que obtengamos misericor­dia…» (4, 16).

El capítulo 5 no tiene otra misión en su parte doctrinal (1-10), que expo­ner el misterio más detalladamente. Jesús es el pontífice fiel y misericor­dioso. Se establece la definición-descripción de «sacerdocio» y se aplica a Cristo. Ahí se encuentran nuestras líneas. El sacerdote, mediador entre Dios y los hombres, debe estar revestido para con sus representados de compren­sión y misericordia. Y nadie mejor que quien ha experimentado la necesidad. Jesús «experimentó» la «prueba», el acoso del enemigo y la debilidad de la condición humana. Recordémoslo en el huerto de Getsemaní, orando con in­tensidad asombrosa; recordemos sus voces, sus ruegos, su sudor, el llanto y las lagrimas; recordemos el suplicio de la cruz, su oración al Padre, su per­dón a todos … Jesús (era sacerdote) presentó oraciones y súplicas. Y fue es­cuchado: Dios intervino. E intervino de forma sorprendente. Jesús pasó por la muerte, sintió y vivió sus horrores, pero Dios lo levantó al tercer día. He ahí la eficacia de su acción sacerdotal. Dios lo libró de la Muerte para siem­pre y lo constituyó Señor de la Vida. Quedarán en él para siempre las hue­llas de su «obediencia»: muerte en cruz. Misterio profundo que no se deja comprender totalmente, pero sí gustar y saborear en la contemplación. Era Hijo y ¡aprendió a obedecer! La obediencia -«sacerdote fiel»- lo «perfeccionó»: lo constituyó Sacerdote-Autor de la salvación. A través de su muerte -obediencia a Dios y amor a los hermanos- ha sido exaltado: ha sido -en cuanto hombre- transformado. Ha sido colocado al frente de la humanidad: salvador e intermediario único y perfecto: Sumo Sacerdote. La obediencia lo encumbró a ese puesto; la obediencia lo «capacitó» para comprendernos amarnos y salvarnos; la obediencia por tanto, es el requisito imprescindible para alcanzar en él a Dios. El misterio de la pasión del Señor -al fondo de la Encarnación- en su función salvadora con términos cultuales.

 

2.4.Lectura del santo Evangelio según san Juan 12,20-33

 

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.

Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.» Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.» La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.» Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

 

Estamos al cabo de la vida pública de Jesús. Final de la primera parte del evangelio. Término del «libro de los signos». Jesús, luz del mundo, ha tra­bajado por disipar las tinieblas; Verdad divina, ha combatido la mentira; Vida, se ha encarnado con la muerte; el Hijo, ha revelado al Padre. Se acerca el momento supremo: La hora de su glorificación: misterio profundo de piedad y de amor. La presencia de los gentiles hace la escena un tanto simpática, dentro del dramatismo que le caracteriza. La hora de Jesús en­globa a todo el mundo y a la divinidad, Su glorificación alcanza a todas las gentes. Muerte de Jesús: realidad trascendente.

El cuadro comienza de forma festiva. Se perfila próxima la «fiesta». La Fiesta no puede ser otra cosa que la Pascua. Gran fiesta la Pascua, en la que se «recordaba» la salvación pasada y se anunciaba la futura salud. La muerte de Jesús -morirá al comienzo de la Fiesta- hará de la fiesta fiesta y de la pascua pascua: la gran Fiesta de Dios salvador. La Iglesia celebra como fiesta y pascua la muerte del Señor. Dios operó en ella la salvación.

 

En la Fiesta, los gentiles quieren ver a Jesús. Los gentiles, extraños a la fiesta, participan de la fiesta. Jesús anuncia para ellos la gran manifesta­ción de la gloria del Señor. Dios va a pasar delante de ellos envolviéndolos de su resplandor. Quieren ver. Ver a Jesús. Y Jesús se dejara ver: todas las miradas convergerán en él. La Cruz será de ahora en adelante, el punto de encuentro de Dios y los hombres y de los hombres entre sí. Los gentiles en virtud de la muerte de Cristo, celebrarán la pascua, viendo a Jesús, en­vuelto en la gloria de Dios. Es la fiesta de todos.

Jesús va a morir. Y va a morir en Cruz. Va a morir «elevado». La muerte de Jesús es una elevación. La elevación, una exaltación. La exaltación, una glorificación. Jesús, en su muerte, va a ser elevado, exaltado, glorificado. Glorificación de Jesús y glorificación del Padre. Dios se manifiesta comuni­cado sin reservas al Hijo; el Hijo acoge la presencia gloriosa del Padre y la extiende a toda la criatura. Jesús muere en obediencia al Padre. Y el Padre acoge aquella muerte en su honor y la convierte en Resurrección gloriosa. Muere el grano y se multiplican las espigas. El Padre glorifica al Hijo y el Hijo glorifica al Padre. Y el padre acoge aquella muerte en su honor y la convierte en Resurrección gloriosa. Muere el grano y se multiplican las es­pigas. El padre glorifica al Hijo y el Hijo glorifica al Padre. Y en esta mara­villosa glorificación encuentran los hombres que se arriman al misterio, la propia y excelsa glorificación encuentran los hombres que se arriman al misterio, la propia y excelsa glorificación. Es la hora de Jesús. Para eso ha venido, y a ello camina con toda decisión. Son sus palabras. Es la voz de lo alto.

 

La muerte de Jesús, glorificación de Dios, es un triunfo sobre el príncipe de este mundo. Un triunfo soberano. El mundo, que creía triunfar dando muerte el Justo, sucumbe paradójicamente bajo su propio intento. El prín­cipe del mal, que se ufanaba de su «principado» condenado al hombre de Dios, es machacado vivo por la justicia de Dios en Cristo-Hombre. La Cruz, expresión y signo de ignominia, destrucción y muerte, irradia luz, mana vida y dispensa salvación. La muerte de Jesús da poder a Jesús para arro­par en sí a todos los que se adhieren a él: la salvación y la vida.

Jesús anuncia su Hora. Hora para la que ha venido. Hora de su muerte, que es elevación, que es participación perfecta y profunda de la voluntad del Padre, que es posesión de su gloria. El Padre glorifica al Hijo y el Hijo de­vuelve la gloria al Padre, pasando por todos aquellos que como él odian el mundo y acceden a Dios. El poder hacerlo es ya expresión y efecto de su glo­rificación. Es la Gran Fiesta del Señor.

 

Reflexión:

 

Celebración de los misterios pascuales. Celebración es meditación, es re­flexión, es contemplación. Es también acción de gracias, adoración, alabanza y petición. La persona entera se vierte, gozosa y sentida, en los misterios del Señor. Porque en ellos, como misterio, encontramos nuestra salvación. Cristo en el centro:

 

Glorificación. Aparece en primer plano en el evangelio. Jesús va a ser glorificado por el Padre. la glorificación es la comunicación de la gloria del Padre. La gloria de Dios es Dios mismo. Dios mismo se comunica de forma indecible a la humanidad del Hijo. Dios mismo opera en Jesús. Y la opera­ción, como era de esperar, es algo tan grandioso que supera nuestras cate­gorías. Podemos pensar en una nueva creación. Jesús acepta la voluntad del Padre; asume la gloria del Padre. Y el Padre lo glorifica en sí. La glorifica­ción de Jesús pasa a todos los que le siguen. Es la gran Fiesta de Pascua. Pasa el Señor transformándolo todo. Celebremos la Fiesta con devoción y afecto, con acción de gracias e exultación.

 

Muerte. La muerte es concretamente el momento de la acción maravillosa de Dios en Jesús. Jesús «obedece» y muere. Jesús «ama» y muere. Y la muerte es muerte de Cruz. Y la muerte de Cruz es elevación. Y la elevación es vida -grano de trigo- y atracción. El hombre que se deja «glorificar» en Je­sús, seguirá los mismos pasos: obediencia y amor hasta la muerte.

 

Triunfo. La muerte-glorificación de Jesús es un triunfo sobre el demonio y el mundo. Y es triunfo personal y colectivo. Es ya triunfo dar el poder de triunfo a los demás. Y triunfo es aceptar y secundar la «glorificación» en sí: capaces de dar la vida en obediencia a Dios y en amor a los hermanos. Como triunfo, fiesta. Y como fiesta, la gran Fiesta de Dios y del hombre. Jesús es Dios y hombre.

 

La primera lectura y el salmo responsorial, declaran la renovación del hombre en el Pacto de dios en Cristo. Renovación de alma y cuerpo; de en­trañas y corazón. El hombre, «glorificado», puede amar con el amor de Dios, sentir con el sentir de Dios, ver y entender como Dios ve y entiende. Es el hombre nuevo a la altura de Dios. Jesús ha realizado el maravilloso trueque. La convivencia con Dios es real. En misterio ahora; en claridad después.

La segunda lectura se alinea con el evangelio en el misterio de Cristo que muere y es glorificado: Jesús Sumo Sacerdote. Sacerdote que abre el camino a Dios. La muerte lo acerca a nosotros y nos acerca a Dios. La obediencia de Jesús y su aprendizaje en la debilidad humana, lo hizo «experimentado» para interceder por nosotros con toda eficacia y validez. La muerte de Je­sús, expresión de su Sacerdocio y camino para llegar a Dios.

 

Dios Todo-bondadoso: en Jesús nuestro hermano mayor vemos realizado el ejemplo del grano de trigo que se entregó a sí mismo y supo dar la vida por amor. A nosotros que nos confesamos seguidores de su misma actitud ante la vida, ayúdanos a reproducir en nuestra existencia su entrega generosa, creadora de vida y de fecundidad. Por el mismo Jesucristo nuestro hermano mayor. Amén.

 

 

Domingo 4 de Cuaresma – Ciclo B

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA (CICLO B)

Dios es rico en misericordia, escribe san Pablo. En el Antiguo Testamento, Dios mostró esta misericordia a un pueblo infiel: le perdonó sus faltas y los trajo de vuelta a la tierra cuando estuvo deportado. Este es el sentido de la primera lectura, tomada del libro de las Crónicas. La bondad y la misericordia de Dios se manifiestan de manera sorprendente en Cristo Jesús. Elevado sobre el madero de la Cruz, Jesús ofrece la vida eterna a lo que creen en Él.

 

1.      Oración comunitaria

Dios «todo-bondadoso», Padre de la Humanidad, que en Jesús has levantado ante el mundo una y muchas señales, para que todos los hombres y mujeres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad: te expresamos nuestro agradecimiento al descubrir que tú actúas a favor de toda la Humanidad y a toda ella la conduces, «por caminos sólo por ti conocidos». Ello nos hace sentirnos llenos de una alegría y una confianza, que para nosotros concretamente se apoyan en Jesucristo, nuestro hermano, predilecto tuyo.

 

 

2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del segundo libro de las Crónicas 36, 14-16. 19-23

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.» En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia:  «El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra.
Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él, y suba!»»

Los libros de las Crónicas vienen a ser como un duplicado de los libros de los Reyes. Pertenecen al género histórico. Historia, naturalmente, antigua y religiosa. Con sus más o menos extensas lagunas, desfilan ante nuestros ojos los hechos más significativos de la historia de Israel bajo la monarquía. Aparecen los dos reinos, el Reino del norte y el Reino del sur. Allí los reyes que han dirigido los destinos de sus respectivos pueblos. Allí sus hazañas, sus buenas y malas obras. Pero sobre todo, allí la mano de Dios que premia y castiga. Las consideraciones del autor interesan en gran manera. Es un hombre religioso e inspirado.

El pasaje es el epílogo de la obra. El autor contempla, en visión retrospec­tiva, la historia de su pueblo. Su mirada se detiene en dos momentos: la ruina sufrida con la destrucción de Jerusalén y la vuelta del desierto. Los dos momentos son iluminadores. Uno cierra, por decirlo así, el pasado y otro abre el futuro. Un fragmento de teología de la historia. Podemos, pues, dis­tinguir dos partes.

Primer tema: la ruina de Judá. Nabucodonosor arrasó la ciudad santa, arrojó en prisión al rey, se incautó de lo mejorcito del reino y deportó lejos del país al pueblo santo de Dios. La fe se quedó tambaleando: las institucio­nes más queridas y sagradas yacían por tierra inculcadas por el invasor. Judá había sido terriblemente castigada (Jr 52). El autor, creyente, consi­dera merecida la catástrofe: infidelidad a Dios. Los dirigentes, en efecto, y con ellos el pueblo todo, obraron el mal a los ojos de Dios: impiedades, injus­ticias, idolatrías… Dios les había venido avisando repetidas veces por sus mensajeros los profetas. Lejos de obedecer, se mofaron de él. Dios intervino, en consecuencia. Dios amaba a su pueblo, y el amor lo llevó a la advertencia. No hay duda que en aquel castigo le dolió la mano.

La paciencia de Dios tiene un límite. Dios no puede ser indiferente al pe­cado. Dios tiene un honor: Dios es Santo. Dios descargó sobre aquel pueblo «irresponsable» su ira. Jeremías fue el encargado de anunciarla. Se le persi­guió; alguien intentó matarlo. ¡Matar la palabra de Dios! Es matar a Dios mismo. Nada ni nadie puede detener su palabra. Y nada ni nadie pudieron dete­ner la indignación divina. La ruina vino al fin. Fue horrible. La posteridad lo recordará temblando. El pueblo había roto el pacto sagrado con su con­ducta; había sido infiel. Por ello llovieron sobre él las maldiciones que ya anunciara el Deuteronomio. La enseñanza es clara: Dios castiga el pecado. La infidelidad a Dios es horrible.

Segundo tema: la vuelta del desierto. Aunque el pueblo se ha mostrado in­fiel a Dios, éste, no obstante, no aparta para siempre su mano salvadora. El plan de salvación sigue adelante. El hombre no podrá romperlo. La bendi­ción de Dios, prometida en Abrahán, descansará sobre los descendientes de aquella generación. El Dios que anuncia el castigo, promulga el perdón. El que llevó al pueblo al destierro, lo trae de nuevo al país. Dios otorga la gra­cia. Nueva ciudad, nuevo templo, nueva nación. La acción de Dios continúa adelante. El pueblo, purificado y «educado», dócil y sumiso, debe seguir de nuevo a su Dios. Dios lo llevará muy lejos. Hasta los confines del mundo. Todo queda como advertencia para el porvenir. Dios es un Dios de espe­ranza y perdón. Pero también el Dios Santo que no transige con el pecado. Dios salva graciosamente. Dos reyes, dos imperios: Nabucodonosor, Ciro. Al fondo, Dios. El destrozo del pueblo Abrahán después de Cristo tuvo una mo­tivación semejante. ¡Cuidado con apartarse de Dios!

 

 

2.2.Salmo responsorial Sal 136, 1-2. 3. 4. 5. 6 (J.: 6a)

Profundamente poético, recuerda el tema de la lectura primera. Babilo­nia, lugar de destierro, por una parte; Sión, lugar de bendición, por otra. Objeto de odio, la primera; objeto de amor, la segunda. Símbolo de ruina, aquélla; expresión de gracia, ésta. Repulsa, una; deseo ardiente, otra. Ol­vido de Dios, Babilonia; amistad con Dios, Sión bendita. ¡Qué asco, la pri­mera! ¡Qué delicia, la segunda! Terrible, vivir lejos de Dios; holgura, estar con él.

Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras. R/

Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos: «Cantadnos un cantar de Sión.» R/

¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. R/

Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre mis alegrías.R/

 

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2, 4-10

Hermanos: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.

Podríamos colocar como encabezamiento de esta lectura el título: «Dios nos salva graciosamente en Cristo». Efectivamente, la alusión a Cristo en esta obra de salvación es continua. Es de interés considerar el alcance y la modalidad de la salvación. Notamos en el pasaje, además de entusiasmo, cierto aire litúrgico. 1) Dios nos amó. Dios se ha mostrado misericordioso, lleno de gracia y de bondad. Reparte magnánimo los dones de su riqueza. El nos ha hecho. De él es la iniciativa. Y la iniciativa es de amor. 2) La obra de Dios se realiza en Cristo. En él su misericordia, en él su amor, en él sus dones de su riqueza infinita, en él al salvación. El él la nueva creación. En él somos y en él nos movemos. Nada fuera de Cristo. El misterio de Cristo que muere y resucita determina el don de Dios en nosotros. La Obra de Dios es Cristo. 3) Ese don es vida, resurrección, exaltación. Éramos muertos, somos vivos en Cristo. La fe juega un papel muy importante en esta nueva creación. No es obra nuestra, es obra de Dios. No es merecimiento, es obra de Dios en Cristo. A nosotros nos toca proseguir en su Espíritu la obra comenzada. De­bemos practicar las obras buenas que él determinó practicásemos. Como «vivos» en Cristo, debemos vivir de Cristo. Se exige fidelidad y colaboración.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: – «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

El pasaje está tomado del diálogo de Jesús con Nicodemo. Ha precedido, aunque breve, una verdadera instrucción sobre el bautismo. Hay que nacer de nuevo; hay que nacer de arriba: hay que nacer del agua y del Espíritu. El bautismo nos confiere una vida nueva: la Vida. Y es en Cristo Jesús. La efi­cacia de los sacramentos brota del Verbo Encarnado, muerto y resucitado por nosotros. El discurso de Jesús tiene un movimiento propio: avanza a modo de espiral. Veamos los asertos más fundamentales. 1) El Hijo del Hombre debe ser «elevado»: para la salvación de los hom­bres. El sentido de la palabra «elevado» es doble, físico y espiritual. Se alude a la muerte en cruz (elevación física), a través de la cual Jesús es glorificado (elevación espiritual). La misma crucifixión es ya glorificación. Es frecuente este modo de ver en Juan. Las particularidades de la vida de Jesús -acontecimientos, palabras, «signos»- revelan el misterio de su persona. 2) Todo obedece a una admirable disposición divina. Disposición que a su vez, nace del gran amor que Dios tiene a los hombres. Dios entrega a su Hijo -¡a su Hijo Único!- para que los hombres tengan «vida», y la tengan en abun­dancia. Jesús no ha venido para juzgar, para condenar,. Jesús ha venido para salvar. El juicio, después, no será otra cosa que la repulsa consciente y recalcitrante del amor que Dios nos ofrece. 3) La salvación, no obstante, puede llegar a todos. La acción de Dios, en sí amorosa y universal, se torna condenación si las disposiciones requeridas no se hallan en el sujeto. Se hace imprescindible la fe: la adhesión total a Je­sús, a su mensaje, a su obra. Deben acompañar las buenas obras. Son ex­presión de la fe. Se trata de una adhesión viva y vital. La infidelidad y la falta de buenas obras acarrean al hombre la condenación. La condenación se la dictamina uno a sí mismo. Quien no cree ya está condenado. Es como de­cir, quien no vive está muerto. 4) Aparece el antinomio, tan de Juan, de LUZ-TINIEBLAS. Dios es la Luz. Jesús es la Luz, que viene a este mundo. Luz son también, por partici­pación, los que a él se arriman y le siguen. Se arriman y le siguen los que creen en él y obran la verdad. El que obra la «verdad» y sigue a la «luz», se hace hijo de la Verdad e hijo de la Luz. La Verdad y la Luz destruyen la mentira y las tinieblas que puede haber en los hombres. Luz y Verdad es la presencia operante y salvífica del Hijo en los hombres: la presencia de Dios a través del Hijo. En él somos «hijos de Dios». Quien no se acerca a Jesús, se encierra en las tinieblas y vive en la mentira. Prefiere obrar al margen de Dios: en contra de Dios. Y obrar al margen de Dios es caer en la muerte. No se acercan a Dios porque obran mal y obran mal porque no se acercan a Dios. Ellos mismos se apartan de la Luz-Verdad-Vida-Jesús-Dios. El encuen­tro con Dios es Cristo. Sin Cristo no llegamos a Dios.

Reflexión

En la oración colecta del día se pide para el pueblo cristiano «una cele­bración digna de las próximas fiestas, con fe viva y entrega generosa». La oración última se dirige a Dios-Luz, pidiendo «tenga a bien iluminar nuestro espíritu con la gracia para que los pensamientos y afectos sean dignos de él». En el prefacio se habla del esplendor de la fe»; del género humano, «peregrino en las tinieblas»; de la «nueva creación»; de «hijos de Dios» en el bautismo. No conviene apartarse de estos temas. La mejor preparación para la celebración de las fiestas será meditar y contemplar el gran misterio de la salvación que las lecturas de hoy nos proponen, con todas sus consecuencias. Por eso:

A) La Elevación. «El Hijo del debe ser elevado, para que todo el que crea en él tenga vida eterna». La Muerte-Exaltación de Jesús es, por una parte, causa de nuestra salvación. Tal acontecimiento es, por otra, expresión del amor de Dios a los hombres. Lo entregó para que tuviéramos vida. Ese es el plan de Dios: que nos salvemos en Cristo. Por ahí van las palabras de Pablo: «Dios… por el gran amor con que nos amó… estando muertos, nos ha hecho vivir con Cristo… nos ha resucitado con Cristo y nos ha sentado en el cielo con él…» La salvación es: a) una «nueva creación», un nuevo nacimiento de arriba (bautismo), vida, resurrección, luz, filiación divina; b) gracia, don, obra del amor de Dios. La salvación viene de arriba por Cristo; nosotros la recibimos en Cristo para gloria de Dios. Al fin y al cabo es la participación de la gloria divina en Cristo Jesús.

B) Valor de la Fe. La salvación se hace realidad en nosotros por la fe en Cristo. Sin la fe no podemos salvarnos. Se trata de la fe viva, acompañada de obras de amor. La segunda y tercera lectura lo pone de relieve. «Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras», declara Pablo. Dios es Luz, Dios es salvación. El que obra perver­samente, huye de la luz, huye de Dios, enseña Juan. Convendrá, por tanto, insistir en la necesidad de la fe viva, es decir, de las obras buenas nacidas de la fe, para conseguir la salvación. Esa será la mejor preparación para las fiestas. Un buen repaso de nuestra conducta cristiana: fe y buenas obras en Cristo Jesús.

C) Juicio-Condenación. El plan de Dios muestra un reverso serio: conde­nación y repulsa por parte de Dios. La primera y la tercera lectura nos lo recuerdan. La luz está reñida con las tinieblas; Dios con el pecado; la vida con la muerte; Jesús con el mal. El que no tiene fe, el que no obra el bien, se halla en las tinieblas, está lejos de Dios, es de Satán. El mismo se condena. Hay que insistir en ello. Como el amor de Dios al hombre es grande, así la responsabilidad de éste hacia aquél.

Dios no es indiferente al pecado. Ni puede serlo: es negación de Dios. Dios lo castiga con severidad. Dios no puede dejar impune el desprecio, consciente y rotundo, a su amor. Dios entregó a su Hijo -¡Único!- por nosotros. Es muy serio y muy grave mofarse de Dios. Cuán grande es su amor, así su repulsa. Esto nos debe infundir un santo temor de Dios. Recordemos el destierro del pueblo de Israel y la catástrofe de Jerusalén en tiempos de Cristo. Para no­sotros será más terrible, pues despreciamos, una vez gustado, mayor y me­jor don: despreciamos a su propio Hijo, muerto por nosotros en cruz. La carta a los Hebreos nos advierte con insistencia del peligro que corremos si nos apartamos de Dios: Hb 2, 2-4; 6, 4-8; 10, 26-31.

 

 

3.      Oración final:

Es la sed insaciable y ardiente de sólo verdad; dame, ¡oh, Dios!, a beber en la fuente de tu eternidad. Méteme, Padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar. Amén.

Domingo 3 de Cuaresma – Ciclo B

Domingo tercero de cuaresma ciclo B

 

Contemplando este tiempo litúrgico como conjunto, podemos ver cómo a lo largo de estos domingos la Palabra de Dios nos ofrece una doble línea de reflexión: la Alianza que Dios ha sellado reiteradamente con la humanidad, y la marcha de Cristo Jesús hacia su muerte y su glorificación.
1. Oración:

 

Dios de la Vida, Padre «todo-bondadoso», que nos has señalado como Ley suprema el Amor: ayúdanos construir una comunidad mundial de hermanos y hermanas que, más allá de toda diferencia religiosa o cultural, te den siempre culto en espíritu y en verdad. Por Jesucristo nuestro Señor.

 

2. Lecturas y reflexión:

2.1. Lectura del libro del Éxodo 20, 1-17

 

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios,  que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos,  cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas,  pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno,  ni tú, ni tu hijo, ni tu hija,  ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar  y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días  en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»

 

Nace un pueblo a la vida, sale un pueblo al escenario de la historia. Co­mienza un pueblo singular. Un pueblo con personalidad propia. Dios lo ha llamado a la existencia. Su mano poderosa lo ha plantado en el desierto como oasis dispuesto a crecer y vivir. Instituciones, tradiciones, experien­cias, leyes, culto…propios. Pueblo único en la historia antigua. Dios lo ha pronunciado y él ha respondido: «Aquí estoy». Un pueblo sale y camina. Camina hacia Dios. Dios lo lleva «hacia sí». Era esclavo de un pueblo culto. Ahora es «amigo» del Dios Santo. Amigo, por parte de Dios, para siempre. Un pueblo que encuentra a Dios. Un pueblo que hará historia, en tanto se mantenga unido a Dios. Dios y el hombre (individuo-sociedad) que se encuentra a sí mismo en Dios. Escenario el de­sierto, lugar adecuado para comenzar a andar. Salida-maravilla. Salida digna de cantar. Libro del Éxodo.

Península del Sinaí. Macizo montañoso y rústico. Monte santo. Lugar de peregrinación. Allí Dios, allí Moisés, allí, en la llanura, el pueblo de Israel. Dios desciende y toca la cumbre. Tremendo, imponente. Lo cubre la niebla, lo defienden los rayos, lo anuncian los truenos, que rodando barranco abajo, se estrellan en la llanura, dejando sin aliento a la naturaleza entera. Dios habla a Moisés. Dios habla al pueblo a través de Moisés. Moisés es su he­raldo y mensajero. Moisés, hombre de Dios, se hace respetar. El hombre sa­lido de la esclavitud debe aprender a vivir en libertad. Dios hace un «trato» con su pueblo. El pueblo debe dejarse atraer por Dios. El pueblo es desde ahora pueblo santo de Dios. Amistad para siempre. Convivencia, destino común, como se expresa el hombre. No será «Dios» aquel que borre el Decálogo para expresarse. No será «hombre» quien lo derribe a voluntad. En él la vida, en él la libertad. En él Dios, en él la humanidad digna. Señala el marco elemental de amistad y convivencia con Dios. Quien lo salta, rompe con Dios, consigo mismo y con la sociedad. En el libro de la Salida, la Salida de sí mismo y un abrigo en Dios.

Estos preceptos son los pilares donde se asienta la humanidad si no quiere perecer. Quitemos tan solo uno de ellos, y la sociedad humana como tal, imagen de Dios, se verá en peligro de desaparición. Tienen valor univer­sal; valen para todos los hombres. La literatura posterior les rendirá un culto especial. La ley es la obra maestra de Dios. Ahí se encuentra plas­mada su sabiduría.

 

2.2. Salmo responsorial: Sal 18, 8-11: Señor. tú tienes palabras de vida eterna.

 

El salmo responsorial es un ejemplo. Todo estudio y re­flexión es poca. Celebremos y admiremos la ley, expresión de la voluntad y amabilidad de Dios. Jesús es la voluntad de Dios y es el monte santo.

Es un salmo de alabanza. Gustemos su presencia. La primera parte del salmo -la naturaleza canta a Dios- está ausente del rezo. La litur­gia ha elegido la segunda: elogio de la ley. Así empalma, a modo de canto, con la lectura primera. Las estrofas son una «declaración» y una «invitación». Como declaración, una revelación: La Ley de Dios es como Dios mismo. Es su voluntad al alcance humano, es su mano tendida para salvar. Dios se muestra en la Ley bueno, gracioso, firme, dulce, descanso… Es tam­bién una «invitación», un reto: gustad y ved que bueno es el Señor. Gustadlo en su Ley, en su voluntad comunicada al hombre. Ley, Dios en ella, busca y es nuestra salvación y nuestra perfección: es dulce, es firme, es luz… Para nosotros la Ley, la voluntad de Dios, es Cristo. Gustémoslo, saboreémoslo, contemplémoslo. Pensemos en su Santo Espíritu. Cuaresma, tiempo de gus­tar a Dios.

 

 

Sal 18, 8. 9. 10. 11 R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

 

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante. R.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R.

Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. R.

 

 

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 22-25

 

Hermanos: Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados –judíos o griegos–, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

 

Pablo acaba de experimentar un fracaso en Atenas. El Apóstol se ha atrevido a pronunciar un discurso ante los sabios de aquella civilización, en el Areó­pago: Hch 17, 16-34. Los sabios no han aceptado sus palabras. El discurso les ha parecido inadmisible. Pablo les ha hablado de un «hombre» resucitado de entre los muertos, constituido por Dios para juzgar a todos los hombres, quienes, por tanto, llama a penitencia. Todo esto les ha hecho sonreír iróni­camente. «Te oiremos otra vez», le han dicho. Esa «vez» no llegó jamás. Los sabios, en definitiva, no han aceptado el Evangelio. La predicación de la Buena Nueva ha deparado a Pablo amargas expe­riencias. Por una parte, los judíos, su gente, los herederos de las promesas divinas, se resisten a admitir a Jesús como el Cristo de Dios. No pasan por aquello de la muerte en «cruz». No es posible que éste, que ha muerto en la cruz, sea el Mesías. ¿El «hijo» de Dios, el Ungido, muerto en la cruz? ¡Imposible! La cruz los aparta de él, cuando, en realidad, la cruz debiera acercarlos a su persona: ha sido el instrumento precioso de Dios para acercarse a los hombres (Hb 5, 8). Los judíos tropiezan en la cruz. La cruz les sirve de escándalo. Piden signos, maravillas que no dejen lugar a dudas, signos a su talante, a su gusto. Y Dios, por encima de todo deseo y pensa­miento humanos, ha hecho otra cosa. El gran signo lo ha dado Dios con Cristo muerto en la cruz. He ahí la dificultad. Y continúan, después de ha­berle dado muerte, persiguiéndolo en sus discípulos, en Jerusalén, en Pales­tina y a lo ancho del imperio Romano.

 

Los gentiles, por otra parte, mundo greco-romano, buscan la sabiduría. Sabiduría, alta y preciosa, por cierto. Pero humana. La sabiduría que pre­dica Pablo en nombre de Dios no les satisface. Es una sabiduría que no com­prenden. Y, como no la comprenden, la desprecian, la desechan, la juzgan estupidez. Prácticamente la sabiduría de este mundo se ha cerrado a la Sa­biduría de Dios. Los hombres siguen sus caprichos y quieren desenvolverse al margen de los planes de Dios. Pablo observa, por último, la ausencia de sus comunidades de ricos, poderosos y sabios según este siglo. Los fieles han venido de las capas menos afortunadas de la sociedad. Pero Dios ha establecido un plan maravilloso por cierto, escondido du­rante siglos, manifestado ahora en Cristo: Cristo ha muerto por nosotros en la cruz (contra los judíos), resucitado de entre los muertos por la fuerza del Espíritu y constituido Señor y Juez de todos los pueblos (contra los «sabios»),. ¡La sabiduría de Dios! ¡la sabiduría de la cruz! Cristo es la sabi­duría de Dios. La obra está llena de sorprendentes paradojas y de magnífi­cas realidades: muerte-resurrección, debilidad-fuerza, sabiduría-estupidez, estupidez-sabiduría, Dios-hombre… La razón humana no puede por sí sola llegar al conocimiento de este maravilloso misterio. Sólo llegamos a Él con la fe. Y la fe se otorga a los humildes, no a los soberbios. Por eso los que acep­tan el mensaje son «fieles humildes siervos del Señor».

 

2.4. Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 13-25

 

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: –«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: –«¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: –«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron: –«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

 

Evangelio de Juan. Primera parte: expulsión de los vendedores del tem­plo, en este evangelio se presenta al comienzo; en lo sinópticos al final. ¿Han aplazado éstos la es­cena, obligados por la estructura del evangelio? ¿La ha adelantado Juan por motivos teológicos? Los autores siguen discutiendo. En Juan, de todos mo­dos, cumple una precisa función: Jesús comienza una obra reveladora en Je­rusalén con una acción de tipo «profético».

Jesús tiene poder, Jesús tiene autoridad. Y lo manifiesta abiertamente, con energía. Jesús expulsa del recinto santo a los vendedores de animales y a los cambistas. La intervención suena a atrevimiento: sorprende e indigna. Confrontación con las autoridades. Surge inevitable la pregunta: ¿Quién eres tú? ¿Con qué autoridad haces esto? Para las autoridades religiosas de aquel tiempo la presencia de mercaderes en el ámbito del templo -atrio ex­terno- no ofrecía dificultad religiosa alguna. Más aún, podría decirse que aquel mercado era conveniente y hasta necesario. Piénsese en las multitudes que afluían a Jerusalén, en Pascua por ejemplo, y precisaban d animales y dinero para satisfacer su legítima devoción. La acción de Jesús, por tanto, sorprende. Encierra, con toda seguridad algún misterio. Nótese además la motivación: «La casa de Dios no es un mercado, no es una cueva de ladro­nes». Por dónde va la intención de Jesús? La purificación externa anuncia otra, interna y total. Han llegado los tiempos nuevos. Sobran animales y monedas. Jesús realiza, a modo de signo, la gran purificación de Dios. Su muerte y resurrección serán el momento, la misma acción. No en vano nos encontramos en Jerusalén, en el templo, en confrontación con las autorida­des y en Pascua. Se perfila ya en el horizonte la nueva pascua, como templo nuevo en confrontación con las autoridades de Jerusalén.

Los judíos incrédulos piden signos. Y Jesús presenta, además del gesto actual de autoridad un acontecimiento maravilloso futuro: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Ese es el signo. Apunta al futuro. Y como futuro y «signo», algo enigmático. Los oyentes, como es costumbre en este evangelio, malentienden las palabras de Jesús, tomándolas en sentido mate­rial. Los acontecimientos con todo, «recordaron a los discípulos», dieron ra­zón al maestro. Los judíos destruyeron su cuerpo: lo condenaron a muerte. Y él lo levantó glorioso del sepulcro. Y lo levantó como templo del Dios vivo. Como lugar santo de la divinidad. Como santuario auténtico donde se en­cuentra verdaderamente el hombre con Dios. Donde se realiza el culto de­bido a Dios. Donde la gloria de Dios se posa y expande con virtud y eficacia santificadoras para todos los siglos. Donde los hombres, en Espíritu y Ver­dad, unidos unos con otros, abrazan la divinidad. Jesús habla de su muerte y de su resurrección gloriosa. El texto del salmo -en futuro- lo anuncia miste­riosamente: «el celo de tu casa me consumirá». Jesús murió por y para cum­plir la voluntad de Dios. Y en esa voluntad surgió el templo nuevo de su cuerpo glorioso, maravilla de todos los siglos y expresión del poder de Dios.

¿Alude también Jesús a la destrucción del templo de Jerusalén? sería una terrible ironía. El templo fue destruido ciertamente. Su conducta los llevó hasta ese extremo se levantaron contra César. Nótese que la salvación del templo y la amistad con el César entran en los motivos oficiales que dieron con Cristo en la cruz. «Conviene que uno muera en lugar del pueblo», había profetizado Caifás. Jesús murió. Y en su muerte nos libró -he ahí la maravi­lla- de la destrucción y de la ruina. En lugar de aquel templo surgió otro más perfecto, santo por excelencia, indestructible y eterno a quien ellos creyeron haber eliminado, matándolo. De aquel pueblo viejo ya, que quisieron salvar entregando al justo, se levantó el pueblo nuevo, el pueblo santo, el pueblo in­destructible. ¡Grandiosa sabiduría de Dios!

Los judíos tomaron a Jesús por extravagante. No le hicieron caso. El tono autoritario, con todo, de sus palabras y el gesto misterioso-profético de su in­tervención daba pie para una prosecución en las demandas y pesquisas. Se contentaron con señalar el lado ridículo: «¡cuarenta y seis años ha costado levantar el templo, y tú…!» Piden señales. La señal está dada. Jesús resu­citó. ¡Jesús vive, sentado a la derecha del Dios! No fueron testigos directos de la resurrección. Pero si fueron testigos, después de la resurrección, del nacimiento de la Iglesia. Ahí está el nuevo templo. Cristo Jesús resucitado.

 

Reflexión:

Cristo sigue siendo, en su misterio, centro de consideración y de contem­plación. En él brilla, majestuosa y bondadosa al mismo tiempo la sabiduría divina.

A) Cristo muere, Cristo resucita. En este contexto se anuncia un gran misterio: Cristo es el nuevo templo.. De su costado abierto, que manó agua y sangre -alusión a los sacramentos vivificantes del bautismo y de la eucaris­tía- nació la Iglesia, dirán los Padres. Una vez elevado, atrajo hacia sí todas las miradas. Piénsese, pues, en la doble dimensión del concepto. La antigua Economía se derrumba con las instituciones, especialmente las culturales. Para el nuevo Espíritu que invade ahora a la humanidad procedente de Dios a tra­vés de Cristo, no valen los moldes antiguos. Surge un nuevo Templo, un Nuevo Culto. Ni Garizín ni Jerusalén son ya suficientes. Desde ahora la ado­ración se hará en el Espíritu (Santo) y en Verdad (Cristo). El Nuevo Templo es Cristo mismo. Cayó el viejo templo; surgió el Nuevo. Cristo murió en la carne, para resucitar en el Espíritu. Nadie podrá destruirlo. No es obra hu­mana, es obra de Dios. Esta es la gran señal de todos los tiempos: La Resu­rrección de Cristo y la Institución de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

Esta es la obra maestra de Dios: Cristo en toda su dimensión. Morir para resucitar; destruir para levantar; matar para vivificar. Es, pues, El miste­rio de Cristo, de su muerte y de su resurrección, visto bajo un nuevo aspecto: de la muerte de Cristo surgió la Iglesia. Así es la Sabiduría de Dios.

B) Pablo se extiende en la contemplación de esta Sabiduría divina. El misterio de la Cruz del Señor. Pablo ha vivido el misterio de la Cruz. La vida cristiana no puede existir sin la Cruz del Señor. Los caminos de Dios son sorprendentes; la vida cristiana es asimismo sorprendente. Hay que contar con ello. La filosofía de este mundo no podrá comprenderla. Lo humilde, lo pobre, lo despreciable, lo más indigno a los ojos de los hombres viene a ser elegido por Dios para hacer brillar su fuerza, su grandeza, su Salvación.

Cristo, pues, no solo es objeto de contemplación, sino modelo a imitar. Cristo es la Sabiduría que debe practicarse, vivirse, gustarse. Cristo es nuestra Ley. Cumpliéndola encontraremos la Vida.

C) El decálogo es la expresión de la Sabiduría divina. Cristo es el camino. Debemos explicitar el contenido. Ahí está el Decálogo. Buen tiempo ahora, en Cuaresma, para repasar nuestra actitud respecto a la Ley -Cristo/Decálogo. La Salvación nos viene de Cristo. Vivir a Cristo es cumplir sus mandamien­tos. Ahí están. Repasémoslos.

 

3. Oración:

Dios de la Vida y del Amor -de quien procede todo don-, que has puesto todos los bienes de la Tierra bajo la responsabilidad del ser humano, no para que los domine y explote despóticamente, sino para que cuide de todos ellos y de sí mismo como hermano mayor, con fraternidad y «sororidad»; haz que todos los que en ti creemos seamos denodados luchadores contra la destrucción de la naturaleza, el acaparamiento de riquezas y el olvido de los pobres. Como nos enseñó Jesús, tu Hijo, nuestro hermano, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Segundo domingo de Cuaresma – Ciclo B

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA CICLO B

En este segundo domingo de Cuaresma la Iglesia pone ante nosotros cada año la figura de Jesucristo transfigurado. Su rostro glorioso nos sirve de estímulo a los que intentamos seguir sus pasos. Nos ayuda a comprender que la pasión -el esfuerzo doloroso- es el camino que conduce a la resurrección.

Oración inicial:
 
Dios, Padre nuestro, que nos invitas a «escuchar a tu Hijo muy amado», Jesucristo; abre nuestros corazones para que sepamos acoger su Palabra con cariño y confianza, la pongamos por obra, y así lleguemos a participar un día de la plenitud de su felicidad gloriosa. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, nuestro hermano e hijo tuyo muy amado…
 
Textos y comentario
2.1.Lectura del libro del Génesis 22,1-2. 9-13.15-18
En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole:  – «¡Abrahán!» Él respondió:
– «Aquí me tienes.» Dios le dijo: – «Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.» Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán! Abrahán!» Él contestó:- «Aquí me tienes.» El ángel le ordenó: – «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo tu único hijo.» Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: — «Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»

Dios prueba a Abrahán. El amor de Abrahán a Dios debe llegar a su lí­mite más extremo: a la negación de sí mismo en lo que es y ama. Abrahán debe tomar conciencia en propia carne de la exigencia y profundidad del auténtico amor a Dios. Abrahán ha de ser «fiel» hasta el extremo: debe «probar» -mostrar y experimentar- su amistad con Dios. La prueba le ele­vará a «padre de los creyentes» y le constituirá «modelo» de sumisión a Dios. La bendición de Dios sobre él se alargará a todas las gentes. Magnífica prueba, magnífico amor. El hombre que ama a Dios «no se reserva» nada.
Conviene apreciar la magnitud y alcance de la prueba. Dios ordena a Abrahán ofrecerle a su hijo en sacrificio. Sorprendente disposición que ha de lastimar acerbamente el amor y la sensibilidad de Abrahán. No es fácil des­prenderse de algo que se ama entrañablemente. Mucho menos del hijo predi­lecto, del heredero. La descendencia, al fin y al cabo, es la prolongación de sí mismo en el bullir de la historia. Y ¿quién renuncia a la propia superviven­cia? Menos aún todavía cuando las promesas de Dios, lejos de ser una reali­dad palpable, flotan todavía en el futuro (Hb11, 13). Lógicamente hablando, sin embargo, Abrahán podría haber visto cierta «justificación», aceptando tan duro deber: regalo de Dios era el hijo, ¿qué de contradictorio, si ahora se le imponía devolvérselo en sacrificio? ¿Quién era él para negarse? ¿No era Dios el Señor de la vida? Pero la prueba, que rompe el corazón de «padre», pone, al mismo tiempo, en peligrosa crisis la capacidad religiosa de «hombre». ¿No era aquél el hijo sobre el que había llovido la «promesa» de una larga o inacabable descendencia? ¿Cómo ahora se manda sacrificarlo? ¿Qué Dios es éste que desgarra a lo largo y a lo ancho el sentimiento hu­mano y religioso del hombre? La dificultad es realmente seria. Dificultad de tipo afectivo: entregar lo que más se ama. Dificultad de tipo racional: sacri­ficar lo que, en propia boca de Dios voluntad- en sus manos. Abrahán superó la prueba. No dudó, en la primera dificultad del amor de Dios; en la segunda, de su poder y sabiduría. La carta a los He­breos afirmará resueltamente: «Juzgó que Dios tenía poder para resucitar de los muertos» (Hb 11, 19). El sacrificio de Isaac pasará en la Economía Nueva a ilustrar el gran misterio del Sacrificio del Hijo de Dios: Cordero sa­crificado por los pecados del mundo. Abrahán es según esto: 1) El gran siervo y amigo de Dios, dispuesto siempre a seguirle a cual­quier parte y a ofrecerle lo que le ordenare: Negación de sí mismo en bene­plácito de Dios. Padre de un nuevo pueblo, que debe vivir a su imitación se­gún fe. Objeto de especiales bendiciones: «En ti se bendecirán todas las gen­tes». 2) Prototipo del hombre de fe. San Pablo lo tomará como ejemplo y argu­mento, al hablar de la «justificación por la fe». Santiago aducirá esa escena como expresión de «fe viva», fe de la fe que opera en amor. (Sant 2, 20-24). 3) Tipo de Dios (Padre) que entrega a su hijo en sacrificio, para recupe­rarlo después y ser la bendición de todas las gentes: Cristo resucitado.

 

2.2. Salmo responsorial: Sal 115, 10-15-19: Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida.

Salmo de acción de gracias. Fácil de reconocer: «Rompiste mis cadenas», «te ofreceré un sacrificio», «cumpliré mis votos al Señor»… El beneficio pre­sente se abre al futuro de la vida «caminaré en presencia del Señor en el país de la vida». Cantemos el beneficio. Caminemos en el país de la vida. Mantengamos la fe, sostengamos la prueba. Sea nuestra vida el sacrificio agradable a Dios y nuestro servicio una adhesión inquebrantable a su vo­luntad. La «fe», la «prueba», el «sacrificio», tu «siervo»… nos recuerdan el misterio de Cristo. Hagámonos «misterio» de Cristo. Sabemos la voluntad benévola de Dios: «Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles». Cristo probado, Cristo sacrificado. Cristo siervo: Cristo resucitado. Así, en él, noso­tros.
R. Caminaré en presencia del Señor en el país, de la vida.
Tenía fe, aun cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!» Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. R/
Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. R/
Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén. R/
2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 31b-34
Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?
1) Dios no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros. ¿Cabe algo más grande e inconcebible? Cada uno de los términos es de por sí un misterio: «Dios», «no perdonó», «a su Hijo», «por nosotros», «pecadores»…Imposible explicar. 2) Por nosotros, pecadores ha dado lo que más amaba: ¡Su propio Hijo! ¿Cómo no se nos dará todo con él? ¿Podrá negarnos cosa alguna en él? ¿Quién estará contra nosotros, si su Hijo a quien lo entregó por nosotros, in­tercede por nosotros? ¿No es esta la mayor expresión de amor, y en ella la mayor exigencia de amor y de confianza?  3) Él es quien nos justifica. Él es quien nos hace «buenos», «aceptables», «justos», «dignos de sí». Ese es el fin precisamente de la obra de Dios en Cristo. Por nosotros murió, por nosotros resucitó; por nosotros está sentado junto a Dios en las alturas, intercede siempre por nosotros. La confianza en Dios debe ser absoluta. Nada podrá separarnos del amor que Dios nos tiene.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10
En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:  – «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: – «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.» De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: – «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».
Han pasado seis días. Pero -final de la primera parte- ha confesado públicamente en un alarde de intuición, venida de arriba por cierto, la mesianidad de Je­sús. Ya la saben los doce. El Mesías tan esperado y suspirado ya está allí. Se ha revelado el «secreto». Han pasado seis días. Jesús ha declarado, como Mesías, a continuación, algo que los discípulos no han podido encajar: el Me­sías deberá morir y después resucitar. Continúa el misterio, no tanto de su persona como de su «misión». Jesús se dedicará a adoctrinar a los suyos en lo concerniente al misterio que envuelve a su obra y a su persona. Pero no está solo. Le acompañan la voz de arriba y el poder de lo alto. La Transfigu­ración. Son tres los agraciados. Los mismos que le acompañarán en la oración del huerto. Quizás, por su amistad y adhesión, los menos indispuestos para encajar el «misterio». Y los tres suben, con Jesús, a la montaña. Separación, ascensión, visión: testigos de una solemne teofanía. Jesús en el centro. Sobre él y ellos una nube; sobre él y ellos una voz; en torno a él y delante de ellos dos grandes figuras de la tradición religiosa antigua: Elías y Moisés. Cristo ha cambiado de semblante: todo traspuesto, todo transfigurado. Cristo aca­para la atención. Fue un momento. Un momento sublime. Una voz desde la nube, una voz de Pedro, unas voces de Elías y Moisés con Jesús. Un mo­mento de aturdimiento, y todo se vuelve a la realidad normal. Jesús les conmina no decir nada hasta «haber resucitado de entre los muertos». Han aparecido dos grandes hombres de la antigua Alianza. Dos hombres de fuego. Dos hombres insignes: ambos en el Sinaí-Horeb, ambos beneficia­dos con una teofanía. Dos hombres que representan la economía antigua en lo que tiene de expresión de Dios -Ley- y de la fuerza divina -profeta-. Jesús está en la misma línea: es hombre de Dios -más es Dios-hombre-. El es la ley y la fuerza divina. La voz de lo alto y la transfiguración lo ponen de mani­fiesto: «Este es mi hijo amado, escuchadle». No es «siervo» como Elías y Moi­sés; es el Hijo, el Hijo amado. La voz señala la Voz. Cristo es la Voz de Dios. Dios realiza la salvación en el Hijo. Han llegado los últimos tiempos; ha co­menzado la Época Nueva. Testigos los tres agraciados. El misterio de Dios se revela presente y en marcha. Hay que aceptarlo y seguirlo. La vuelta a la normalidad y las palabras de Jesús muestran que el Misterio-Reino sigue un curso «misterioso»: Jesús debe morir y resucitar. El gran Se­ñor de la glo­ria ha de pasar por la ignominia de la cruz. Jesús es el Siervo-Señor de Dios. Los discípulos, naturalmente, no comprenden. Ya las pala­bras de Pe­dro en el monte lo insinuaban: el camino del Señor no es el triunfo y la gloria fácil. Sobran los tres tabernáculos: es necesario llevar la cruz. Según esto: 1) Jesús es el Señor que anunciaron la ley y los profetas. Han llegado los últimos tiempos. Ya están en marcha. Jesús es el centro. Es el Maestro. Es él la salvación: Hijo Amado de Dios a quien debemos escuchar y seguir. No hay otro. 2) Jesús, Hijo de Dios, lleno de gloria sobrehumana, el Hijo del Hombre. Debe morir. Es el gran Siervo de Dios. Resucitará. Es el misterio de Dios. 3) Pedro refleja la postura del hombre al margen del “misterio”. Piensa humanamente, lejos del plan de Dios. Jesús ha de cargar con la cruz. Tam­bién el discípulo. Todo otro camino es falso.
Meditemos:
Tomemos a Cristo, en su “misterio”, como centro de nuestra meditación. La Cuaresma debe acercarnos a él con veneración y respeto.. Ofrezca­mos en él a Dios, Señor nuestro, el obsequio de nuestra inteligencia y nues­tra voluntad. Nos preparamos para la celebración del Misterio Pascual. Toda nuestra vida es, como cristiana, celebración de tan sagrado misterio y preparación para la Gran Pascua.
A) Jesús, Hijo de Dios, Voz del Padre. Jesús es el Hijo de Dios en el sen­tido propio. No es un «siervo» más en la línea de los enviados de Dios. Es su hijo. Marcos subraya este «misterio». La Transfiguración deja entrever la gloria que le corresponde. Es además el Hijo Amado, el Amado, el Hijo Único, el Predilecto. Lo declara abiertamente el Evangelio. Lo comenta, lleno de alborozo, Pablo a los romanos. De lejos, Isaac, hijo amado, lo prepara. Ha llegado el tiempo tan ansiosamente esperado, el gran momento. Con Jesús, Dios entre nosotros, comienza y avanza la obra de Dios. La Economía anti­gua lo testifica en las figuras de Elías y Moisés. Jesús es la Ley y la fuerza de Dios. Jesús es la voz de Dios: Dios mismo hecho voz humana. Es el Maes­tro. El único Maestro. En él encontramos a Dios. En él hallamos la Salva­ción. Es menester escucharle y seguirle. Adorémosle, obedezcámosle, escu­chémosle, cantémosle, démosle gracias. Dios se ha portado bien con noso­tros. En él nos ha bendecido a todos. La gloria del Hijo está prometida a todo aquél que le siga. Gran bendición de Dios. Las promesas de Abraham han llegado a su cumplimiento.

B) Jesús, Hijo de Dios, es el Hijo del Hombre. Misterio en dos tiempos:
1) Muerte de Cristo. El Hijo del Hombre debe morir. El Hijo de Dios, el Mesías, debe ser entregado a la muerte. Por nosotros. La idea está ya pre­sente en las tres lecturas. Como tema del «evangelio», en Marcos y Romanos; como símbolo o tipo, en Génesis. Esa es la gran verdad, la única verdad, la magnífica disposición de Dios: Dios entrega a su Hijo a la muerte por noso­tros pecadores. Así de grande e incomprensible es el amor de Dios. Todo un misterio de Amor. La figura de Abraham que «sacrifica» a su hijo apunta en ese sentido. Ya los padres vieron en el sacrificio de Isaac el sacrificio de Cristo. La muerte de Cristo es un auténtico sacrificio. Más, es el sacrificio por excelencia. Dios perdonó a Isaac. En su lugar aceptó un cordero. Cristo es el cordero que satisface plenamente a Dios. El es el que quita el pecado del mundo y realiza la reconciliación. Su sacrificio nos ha llenado de bendi­ciones. ¿Quién podrá dudar del Amor de Dios? ¿Quién podrá temer a Dios, que no perdonó a su propio hijo por nos nosotros? Temor sí, pero lleno de afecto y cariño.
2) Resurrección de Cristo. También está la idea presente en las tres lectu­ras. Hasta aquí llegó la fe de Abrahán, según Hebreos 11, 19: juzgó que po­día resucitar de entre los muertos. Dios respetó la vida de Isaac. No podía menos que respetar la vida de su propio hijo. Por eso le devolvió a la vida, a una vida totalmente nueva. Cristo surgió del sepulcro plenamente transfor­mado. Preludio de ello la transfiguración que nos relata el evangelio. Está sentado a la derecha de Dios, ya Señor del universo, para interceder por no­sotros, según afirma Pablo. «Mucho le cuesta, en verdad, al Señor la muerte de sus fieles» nos hace cantar el salmo. La gloria de Cristo, de que nos habla el evangelio, es la coronación de su obra. Ese mismo es el fin del hombre: reinar con Cristo a la derecha de Dios. Cristo es nuestro ejemplo y camino: por la muerte a la vida. Por la obediencia a la posesión de Dios.
C) Abrahán, siervo de Dios, ejemplo del cristiano.
La fe de Abrahán, en su doble dimensión afectivo-racional, sigue siendo modelo de la fe auténtica. Así debe ser la fe del cristiano: totalmente dócil a Dios en el, obrar y en el pensar. Hay que seguir a Dios, dispuestos a sacrifi­car lo más querido y a renunciar a las más firmes convicciones, si así Dios no lo requiere. Tras ello se encuentra la promesa de la resurrección. A la en­trega, total, que hace Dios de sí mismo -su Hijo- , corresponde una entrega radical y completa por nuestra parte. Dios llena totalmente cuando encuen­tra un alma totalmente vacía. El ejemplo perfecto del cristiano es Cristo, que obedeció al Padre hasta la muerte. Dios puede parecer en algún caso terrible. Es una impresión engañosa. Dios es el Dios del amor; es el Dios de la vida. Si exige algo es para llenar más. Este es el valor de la fe: renuncia para ganar y conseguir a Dios mismo. De hecho él toma la delantera: entregó a su propio Hijo para resuci­tarlo y dar, mediante él, vida a muchos. Es para avergonzarse la poca fe que tenemos. Ante un Dios tan extraordinario, ¿Quién dudará de su afecto hacia nosotros? ¿Quién no tendrá en él una conciencia ilimitada? ¿No nos ha dado lo más? ¿Será capaz de negarnos lo menos? Las exigencias de Dios son expresión misteriosa y fecunda de un amor intenso que no tiene medida. Dejémonos llevar por él. Pedro refleja la postura del hombre sin comprensión del misterio del amor de Dios, del misterio de Cristo. No fue escuchado. Su misión es seguir a Cristo hasta la muerte. Es la señal y vocación del cristiano. Así alcanzará la gloria. La gloria a «nuestro modo» ha de ser una constante tentación. En ella cayeron los dirigentes judíos al tropezar en la piedra de la cruz. Que no nos suceda a nosotros. La Eucaristía es el Sacrificio de Cristo. Sacrificio expiatorio, sacrificio de holocausto, sacrificio de comunión. Dios nos entrega a su Hijo. El Hijo se en­trega por nosotros. Nosotros, en acción de gracias, lo entregamos a Dios, y en él a nosotros mismos. Es la Alianza y es la Bendición. Comunión con Dios y prenda de la eterna gloria. Exigencia de amistad y amistad que supera toda exigencia. Sacramento-Misterio de amor y de fe. Tiempo de cuaresma, tiempo de amor y de fe.

Oración final:
Dios, Padre de todos tus hijos e hijas, «que quieres que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad», y que invitas a «escuchar a tu Hijo muy amado», Jesús; haz que cada pueblo comparta con los demás tu Palabra, la que has dado a cada uno de ellos en su propia religión, para que reflejando cada uno un destello de tu luz pluriforme, mutuamente nos iluminemos, y reconozcamos comunitariamente la Verdad plena de tu rostro siempre inabarcable. Nosotros te lo pedimos por Jesús de Nazaret, nuestro hermano, hijo tuyo muy amado. Amén.

Domingo I de Cuaresma – Ciclo B

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA CICLO B

Estamos en un tiempo fuerte de la vida cristiana y nos afanamos por «avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud» (colecta). Es una exhortación a todos los cristianos a vivir con más tensión, con más vigilancia. Orar, leer reposadamente el evangelio y los textos de la eucaristía dominical, hacer obras de misericordia; preguntarse en familia (hijos incluidos), si no podríamos hacer alguna limosna extraordinaria, si no podríamos renunciar a algo; prestar atención a comportamientos, palabras…

  1. 1.      Oración comunitaria

Dios, Padre nuestro: al comenzar esta Cuaresma te pedimos nos ayudes a empeñarnos en una auténtica conversión de nuestros corazones y nuestra vida personal y comunitaria, a la vez que nos esforzamos por transformar nuestra familia, nuestra sociedad, el mundo. Nosotros te lo pedimos en el nombre de Jesús, tu Hijo, nuestro hermano. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro del Génesis 9, 8-15

Dios dijo a Noé y a sus hijos: – «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.»

Y Dios añadió: «Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»

Quedan atrás, tendidos, con hedor a podredumbre, hombres y animales, ahogadas por las aguas torrenciales del diluvio. El narrador ha señalado, como causa de la catástrofe, la malicia humana; podrida en sus costum­bres, podridos pos la ira de Dios. El pecado ha llovido del cielo la ira de Dios. La maestra de la creación -el hombre «imagen y semejanza de Dios»- se ha degenerado de tal manera que ha provocado en Dios una aversión y un re­chazo tal que poco ha faltado para que la destruyera eternamente. Así el au­tor, mostrando con ello la incompatibilidad de Dios con el pecado. Expresio­nes quizás, ingenuas, pero certeras en la apreciación global: un Dios bueno, bueno no transige con el pecado. Se han salvado, por su benevolencia, unas cuantas personas.

El texto nos presenta a Dios y al hombre. A Dios, bendiciendo, y al hom­bre, objeto de bendición. Dios pronuncia una promesa de reconciliación que durará para siempre: un pacto, una disposición de no intervenir sobre la humanidad con un castigo definitivo. Hay, también, un acto de buena volun­tad: una bendición de vida y crecimiento. Como promesa y pacto, la presen­cia objetiva de una garantía visible, que recuerde a Dios su compromiso y funde en el hombre confianza en su cumplimiento: el arco iris. Tiene la pro­mesa, pues, amplitud cósmica. Estamos, según la perspectiva del autor, en los albores de la humanidad. Los hombres, a pesar de su inclinación al mal, han de confiar en un Dios que los ama y los defiende. Dios, en definitiva, no es Dios de la muerte sino de la vida. Dios, pues, se compromete a conser­var en el mundo, donde se desarrolla la vida del hombre, una fundamental ordenación de la vida. La teología habla del pacto de Dios con Noé con perspectiva a todas las gentes. Abarca -visión típicamente bíblica- a los hombres y anima­les, pues de éstos se nutre el hombre. El tema de la bendición ha aparecido en el versículo anterior a la lectura. Dios no se desentiende del hombre.

2.2.Salmo responsorial Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9

Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Salmo alfabético; de carácter sapiencial. Expresiones de confianza; súpli­cas, consideraciones… Es bueno y necesario conocer el camino del Señor, pues es el camino a la vida. El hombre, creado para vivir, ha de encontrarlo. El no puede con sus solas fuerzas. Sólo el Señor puede ayudarle. La súplica manifiesta la urgen­cia por conseguirlo y la necesidad de recurrir a Dios. Pidámoslo: el Señor es bueno y clemente.

2.3.Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 18-22

Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas- se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

Lectura clara en su conjunto y oscura, por el contrario, en alguno de sus detalles. Propongamos lo primero y tratemos, en consecuencia, de iluminar lo segundo. Vamos a pensar en Pedro. En Pedro apóstol; testigo de los acontecimien­tos de Cristo y garante de la tradición que parte de ellos. Subyace, en el texto, la reflexión teológico-litúrgica sobre el Evangelio. El elemento «kerigmático», de «Buena Nueva», abre la lectura: «Cristo murió por nuestros pecados»; alargando brevemente por explicitaciones aclaratorias: «una vez para siempre»; «el inocente por los culpables», «para llevarnos a Dios». Cada una de estas cláusulas posee su propio peso que no procede olvidar.

2.4.Comienzo del santo evangelio según San Marcos (1, 12-15)

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: – «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Podemos distinguir en este texto dos elementos, según el tema. Dis­tingamos, pero no separemos demasiado. Los versículos 12-13 componen la primera unidad. Y esta unidad tiene por tema: «Jesús tentado como Hijo de Dios por Satanás en el desierto». Marcos no escenifica el misterio en tres momentos como lo hacen los otros sinópticos. Ofrece, más bien, la prueba de forma global. Insiste, pues, de no en la moda­lidad de la tentación sino en el hecho de ser probado y salir victorioso. ¿Cuál es su alcance? Dado que Cristo es el centro, podemos mirar hacia atrás y hacia adelante para que quede iluminado su misterio. Miremos, primera­mente hacia atrás.

Jesús es el «Nuevo Adán». Para comprender en profundidad esta afirma­ción, podemos recurrir a la carta a los Romanos, en especial al capítulo 7. Sin salirnos del Evangelio, recordemos: Adán, las fieras, los ángeles… Adán sucumbió; Jesús sale victorioso. Es de notar que es puesto a prueba como «Hijo de Dios», como «hombre de Dios» que disfruta de especiales relaciones con Dios con una misión salvífica que cumplir. No olvidemos a Adán, imagen y semejanza de Dios, disfrutador de la amistad y convivencia del Todopode­roso. Jesús como «hombre de Dios», expresa con la negativa al diablo su re­lación de dependencia, de sumisión, de obediencia salvífica respecto al Padre y Señor. En realidad, Jesús sigue el camino señalada por el Padre: «llevado por el Espíritu al desierto». Como hemos encontramos, en este texto, al principio del Evangelio y al comienzo de la vida pública de Jesús, cabe pen­sar que el evangelista quiere introducirnos en el misterio de la obediencia de Jesús hasta la muerte en Jerusalén. Es un misterio que Marcos tratará de poner de relieve.

Jesús, pues, se presenta como el vencedor y el iniciador e inaugurador de la vuelta del hombre a Dios en el paraíso. Jesús, vencedor, nos hace vence­dores. Con su victoria abre el camino al hombre para una convivencia filial con Dios dentro de un mundo de oposición y enfrentamiento. Jesús es la «primicia» de los vencedores: «Yo he vencido el mundo», dirá en Juan.

Esta última consideración es ya una visión hacia adelante. Jesús, causa de nuestra victoria. El cristiano ha de ser tentado como tal, como hijo de Dios. Dios le va a ofrecer un camino, como Padre, en Cristo, que tendrá que seguir para salvarse y contribuir, con él a la salvación de los demás. Tiempo de prueba, de enfrentamiento y de victorias parciales para, englobadas en un todo, alcanzar, en Cristo, la victoria definitiva y soberana sobre aquel que quiere separarnos de Dios como nuestro Padre. No se trata, pues, del hombre como hombre, en su condición natural, sino del hombre como per­sona llamada por Dios a convivir con él filialmente. Irrealizable todo esto si no es en Cristo Jesús, en quien somos y vivimos hijos de Dios.

La segunda unidad la componen los versículos 14-15. Jesús inicia su vida pública. El evangelista lo relaciona con Juan y lo destaca de él. Es ya el tiempo de Jesús.

Jesús predica. Con aires de profeta, de hombre enviado por Dios. Jesús, enseña. Es su característica. Es la Buena Nueva que debe hacernos «buenos» y «nuevos». Y es sobre el «Reino de Dios», sobre esa misteriosa acción de Dios que incide en los hombres para formarlos y transformarlos en «hijos de Dios» y, tras ello, trastocar toda la creación. Aunque la iniciativa viene de arriba, y de arriba, la fuerza salvadora y transformante, se exige al hombre, -«imagen de Dios»- respuesta y colaboración. Si ha de ser transformado, ha de, primero y en concomitancia, transformarse; es decir, cambiar, conver­tirse. Y ello, en todo momento. El resto del evangelio, con la persona y dichos de Jesús, lo especificará. Necesaria y consecuente, también, una aceptación del reino, una fe en adhesión vital a sus valores y exigencias. La conversión apunta a la fe viva, y la fe explicita la exigencia de conversión. El texto que sigue en el relato evangélico, ausente en esta celebración, pondrá de mani­fiesto en la vocación de los discípulos la requerida actitud penitencial y cre­yente al Evangelio del Reino: escucharon su palabra, le siguieron y se «convirtieron» en «pescadores de hombres».

Reflexionemos:

Comenzamos con este domingo la santa cuaresma. He aquí, según la li­turgia del miércoles de ceniza, un tiempo oportuno. Tiempo oportuno para reflexionar, para orar, para pedir perdón a Dios de nuestras culpas. Tiempo de conversión. Siempre debe estar el hombre pronto a la reflexión y al arre­pentimiento. Más todavía en estos días que la Iglesia dedica a la prepara­ción a las festividades de la Pasión muerte y resurrección del Señor. El cris­tiano debe hacerse violencia, morir al pecado para resucitar con Cristo a la vida. Le acompañan prácticas de penitencia, ayunos, oraciones, asistencia a pláticas convenientes, obras especiales de caridad, etc. Un aire de austeri­dad, de devoción, prácticas de obras buenas, deben señalar estos días. Es la Iglesia entera la que se prepara. A todos nos toca un poco. Por eso:

A) Bondad del Señor. En la primera lectura aparece relevante la bondad de Dios que promete al hombre la no destrucción, es decir, la salvación. La humanidad ha sufrido una terrible prueba, una profunda purificación: el Di­luvio. Allí quedó tendida la humanidad pecadora. No hicieron caso de la voz de Dios que les amenazaba. Sólo Noé con las familias de sus hijos lograron escapar del siniestro. Dios es el Dios de la vida, no es Dios de la muerte. Dios promete conservar en vida a la humanidad que ahora comienza. Como testimonio el Arco Iris. Cuando el pecado de los hombres encolerice de nuevo a Dios, y éste se vea movido a renovar el castigo, el Arco Iris le recordará su promesa. Pues bien, ¿Quién es verdaderamente el que retrae a Dios de in­fringir un nuevo castigo a los hombres pecadores? No hay otro que Cristo. Cristo murió por nosotros. El es el verdadero Testamento y Testimonio. Su sangre clama con más eficacia, para nuestro bien, que la sangre de Abel. Su Pasión, su Muerte, su Resurrección. Para estos misterios nos preparamos en la cuaresma. Ellos nos han acarreado la salvación eterna. El murió, justo, por los pecadores, para acercarnos a Dios. Esa es la maravillosa obra del Dios lleno de Misericordia. Así lo proclama el salmo.

El agua que purificó a la humanidad, destruyendo lo perverso de ella, es ahora medio de salvación. Por el agua anduvo Noé, salvándose. Por el agua pasa el cristiano dejando en ella sus maldades, el hombre viejo, resucitando a la vida en Cristo. El hombre llega a la vida, el hombre permanece en la bendición de Dios, el hombre se mantiene dentro de la promesa salvadora de Dios, sólo en la unión con Cristo en el bautismo. El bautismo nos conforma con él. El bautismo nos purifica, dándonos una conciencia pura. Es el Espí­ritu Santo que habitó en Cristo, quién habita ahora en nosotros y nos pre­para apara vivir siempre, para resucitarnos, como resucitó a aquél que mu­rió por nosotros. La bendición de Dios asegurando la vida del hombre llega a nosotros de ese modo. Dios es bueno, Dios es fiel, Dios mantiene sus prome­sas en Cristo Jesús.

B) Otro tema importante es el tema prueba. La humanidad fue probada. Cristo fue probado (tentaciones, murió por los pecadores); el cristiano es probado. Cristo fue tentado; Cristo salió victorioso. El es el nuevo Israel, el auténtico hijo de Dios, el nuevo Adán, el nuevo Hombre. No quiso emplear sus poderes en favor propio, sino que sumiso al padre, le obedeció hasta la muerte. También el cristiano tiene que enfrentarse con pruebas semejantes. Las realidades del mundo quieren acaparar toda su atención y actividad. El hombre debe mirar más alto y seguir el camino que Dios le señala. Esto le ha de costar trabajo. Es realmente una prueba. De la prueba debe salir como nuevo, más fuerte, más cristiano. La cuaresma nos recuerda las ar­mas que debemos emplear: oración, ayuno, etc. Cristo se retiró y ayunó por cuarenta días. He aquí un ejemplo.

San Lucas interpreta las tentaciones, al colocar la segunda en último lu­gar, a la luz de la pasión y muerte de Cristo. Ahí está la gran prueba de Cristo. Le costó la vida. Su fidelidad le llevó a la muerte. No debemos olvidar que Dios puede exigir lo mismo de nosotros. Ahí están los mártires. ¿No se vio obligado Abraham a ofrecer su hijo?

Cristo tentado y triunfante (le servían los ángeles) nos recuerda a Cristo muriendo y resucitando.

C) La conversión. Cristo predica la conversión. También Noé la predicó. No le hicieron mucho caso. Es el tiempo oportuno. No nos pase como a los del tiempo de Noé. El agua del bautismo nos salva, si nos mantenemos unidos a él, a Cristo. Sólo en él seremos salvos. Fuera de él el agua se convierte en castigo, en ruina. Con Cristo brilla sobre nosotros el arco iréis de la bendi­ción divina. Temamos y aprendamos de los del tiempo de Noé. Se nos invita a la conversión. Son días para recordarlo. ¡Convertíos! para ello la santa cuaresma. Hay que escuchar la Buena Nueva, que es Cristo mismo con su predicación y la salvación que nos trae. Escuchémosle. Es el tiempo opor­tuno. Dios muestra el camino a los pecadores. Pidamos perdón, nos enseñará el camino.

3. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Quinto domingo de cuaresma – Ciclo A

Domingo quinto de cuaresma Ciclo A

1. Introducción

Vivimos en una cultura que ha hecho de la muerte un espectáculo y un negocio. Los medios de comunicación social llevan cada día hasta nuestro cuarto de estar el cúmulo de atentados y crímenes de la vida real; cuando acaba esta crónica de sucesos una amplia oferta de obras de ficción salpicadas de muerte por violencia humana está esperando para llenar nuestro tiempo de ocio. La industria de la guerra goza de buena salud; los guiones de violencia tienen demanda. Y, sin embargo, escondemos y rehuimos el canto directo con la muerte y sólo cuando nos roza en algún familiar o amigo guardamos silencio y experimentamos su misterio.

En domingos anteriores Jesús se os ha presentado como la mejor respuesta para el hombre herido por la sed, la insatisfacción y la ceguera. Él, en persona, es el agua que sacia nuestros deseos más profundos y la luz que ilumina nuestras noches.

Ante la herida de la muerte y de la vida, hoy nos dirá Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?”. Su palabra no es afirmación dicha al aire, sino Palabra hecha vida.

1. Iniciemos orando:

Te damos gracias, Padre, por Jesús “El cual, hombre mortal como nosotros, que lloró a su amigo Lázaro, y Dios y Señor de la vida, que lo levantó del Sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva”

2. Lectura del Profeta Ezequiel 37,12-14.

Esto dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis;
os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago. Oráculo del Señor.

El texto de hoy se sitúa inmediatamente después de la grandiosa visión de los huesos secos. Esparcidos en un valle, ellos vuelven a recibir carne y espíritu. Esta visión no se refiere a la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, esta idea era desconocida en los tiempos del profeta Ezequiel, sino la resurrección del pueblo. Se describe un pueblo deprimido y sin esperanza: “Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra carne, todo se ha acabado para nosotros”. Este pueblo abatido después de la deportación a Babilonia, es llamado levantarse y regresar para tomar posesión de su tierra: “Os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel… Infundiré mis espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo…”. El pueblo podrá constatar que Dios no los abandona: “Y sabréis que yo, Yahveh, lo digo y lo hago”. Con Ezequiel se comprende que lo que Dios puede hacer por una nación también lo puede hacer por cada individuo. El puede “abrir los sepulcros”. No es un Dios de muertos, sino de vivos.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 129,1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8

R/. Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz:
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora.

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

El Salmo 129 insiste en el perdón ofrecido por Dios. El grito hacia Dios parte “desde lo más profundo”. La palabra evoca el abismo, tal como lo expresa el pobre Jonás: “Desde el seno del Sheol grité, y tú oíste mi voz… Me habías arrojado en lo más hondo, en el corazón del mar” (Jonás 2,3-4). El salmista está triste por sus propias faltas. Sus pecados lo han llevado lejos de Dios. Pero él no ha perdido su fe y aún tiene suficiente fuerza para gritar hacia Dios.

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8,8-11.

Hermanos: Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

¡Qué camino el que se recorrió después de Ezequiel! La resurrección de Jesús lo transformó todo. Las menciones del Espíritu dominan este texto: El Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo, el Espíritu que es vida, El espíritu que habita en los cristianos, el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús. La vida cristiana es vida en el Espíritu. Es una fuerza de vida que se opone a la debilidad humana que Pablo expresa en la palabra “carne”. En dos menciones, Pablo habla de la inhabitación del Espíritu en los cristianos. En la fe cristiana, la vida en el Espíritu y la habitación del Espíritu no terminan con la muerte. La resurrección de Jesús funda la esperanza en la resurrección de los muertos. Es importante subrayar la riqueza de esta visión de la vida cristiana, que es una vida espiritual en el sentido fuerte del término.

5. Lectura del santo Evangelio según San Juan 11,1-45.

En aquel tiempo [un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).] Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le replican: Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? Jesús contestó: ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto añadió: Lázaro, nuestro amigo; está dormido: voy a despertarlo. Entonces le dijeron sus discípulos: Señor, si duerme, se salvará. Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa. Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: Vamos también nosotros, y muramos con él. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: El Maestro está ahí, y te llama. Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y] muy conmovido preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos , a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste? Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: Quitad la losa. Marta; la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera. El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desatadlo y dejadlo andar. Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

El camino de fe en la Resurrección consiste en una iniciación progresiva a la fe en Jesús, él único que tiene poder sobre la muerte y es Señor de la Vida. Veamos las cinco etapas del itinerario de fe siguiendo el ritmo de sus escenas para que descubramos la pedagogía de este encuentro con Jesús:

1. Primera etapa: Jesús recibe la noticia de la enfermedad de su amigo (11,1-6).

El relato comienza situándonos: se ha enfermado Lázaro, quien es hermano de Marta y María, amigo de Jesús que vive en Betania. La amistad y el cariño son característicos de los encuentros de Jesús: su misión no es tanto ganar adeptos que comulguen con sus ideas, para Jesús cuenta mucho la relación personal con cada uno. En Jesús cada hombre está llamado a experimentar la solicitud cordial y personal de Dios; y es al interior de esta relación personal con Él que se realiza la salvación. Pues bien, las hermanas ponen a Jesús al tanto de la situación del amigo: “Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo”. Esta evocación de la amistad con Jesús no sólo nos ayuda a visualizar un trazo importante de las relaciones de Jesús, en torno a las cuales se teje el discipulado, sino que es también una clave fundamental para comprender el relato: desde dónde y para qué obra Jesús la salvación del hombre.

2. Segunda etapa: Jesús prepara a sus discípulos para el signo que está a punto de realizar (11,7-16).

Esta segunda etapa está enmarcada por la propuesta de Jesús a sus discípulos, “Volvamos de nuevo a Judea”, y por la respuesta de Tomás en nombre de todos “Vayamos también nosotros a morir con él”. Cuando leemos “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” encontramos dos finalidades del signo: (1) “Para la Gloria de Dios”… Es decir, para manifestar qué manera Dios es “Yo soy el que soy”, el que está presente en medio de su pueblo. Todas las acciones de poder de Jesús buscan que Dios resplandezca con su obra, que se haga visible el poder de Dios. Dios se manifiesta no en su esencia abstracta sino en su interés y su premura concreta por cada uno de los hombres de la tierra. (2) “Para que el Hijo de Dios sea glorificado”… Es decir, para que se reconozca que Jesús está en una relación estrecha (y al mismo nivel) que Dios. Las obras de Jesús enseñan quién es Jesús.

En el diálogo con sus discípulos, todavía les agrega una tercera y definitiva razón de lo que pretende con la resurrección de Lázaro: “Para que creáis”. Por lo tanto al revelarse la Gloria de Dios por medio del Hijo de Dios, Jesús espera que sus discípulos: Confirmen su fe. Comprendan qué es lo que les espera como consecuencia del creer. Con estos presupuestos Jesús invita a sus discípulos a seguirlo en Judea. Ellos irán con la conciencia clara de lo que les espera allá. La frase valiente de Tomás, “vayamos también nosotros a morir con él”, implica un gesto de confianza en Jesús. Los discípulos son testigos ante nosotros de lo que implica el seguimiento y de cómo el dar vida supone el poner en riesgo la propia vida.

3. Tercera etapa: Jesús se encuentra con las hermanas de Lázaro y con el pueblo (11,17-37).

El encuentro de Jesús con Marta (11,20-27) El encuentro con Marta se caracteriza porque: Ella toma la iniciativa. Va sola donde Jesús. Es conducida progresivamente a la fe en Jesús como Señor de la vida. El diálogo de Jesús y Marta es significativo. En el intercambio Marta va entrando, conducida por Jesús, en la experiencia de la fe: Marta comienza abriéndole su corazón a Jesús. Sus palabras manifiestan: Su fe en Jesús: “Mi hermano no habría muerto”. Su desilusión por haber llegado tarde: “Si hubieras estado aquí…” Su esperanza porque sabe que su presencia no será en vano: “Pero aún ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Estas palabras son una reafirmación de su fe… a pesar de todo. Ante la expectativa de Marta, Jesús le anuncia: “Tu hermano resucitará”. Por sus palabras, se nota cómo en el corazón de Marta se mezclan la fe y la desilusión frente a la persona de Jesús. Pero lo más importante es que a su experiencia de fe le falta todavía un conocimiento más hondo de qué es lo que Jesús está en capacidad de ofrecerle. Por eso Marta no consigue conectar su fe en la resurrección de los muertos en el último día, “Ya sé que resucitará en la resurrección el último día”; afirmación común entre los israelitas, con la fe actual en la misma persona de Jesús. La doble convicción de Marta es la base para que Jesús le enseñe qué es lo que hay que creer. Esto es lo que hay que creer: que la resurrección proviene de la persona misma de Jesús y no de una expectativa abierta hacia un futuro incierto. Al preguntarle “¿Crees esto?” Jesús la inicia ya en la experiencia de la resurrección, porque según sus mismas palabras: “El que cree en mí…vivirá”, y este “vivir” y “creer” en Jesús es la garantía de la resurrección. Marta, entonces, llega a la fe: comprende y hace una profesión fe de altísimo nivel, dice Marta: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo”. El encuentro tiene su punto culminante en la confesión de fe, es decir, en el reconocimiento de quién es Jesús para los hombres. Dice Marta: “Tú eres el Cristo”: aquel mediante el cual Dios cumple su obra de salvación por los hombres. “Tú eres el Hijo de Dios”: aquel que vive en una comunión sin comienzo y sin fin con Dios; aquel que está al mismo nivel de Dios.

3.2. El encuentro de Jesús con María (11,28-32) El encuentro de Jesús con María, por su parte, tiene las siguientes características: Jesús toma la iniciativa: él la “llama”. Va acompañada de sus visitantes judíos donde Jesús. No consigue salir de su dolor, no llega a la fe en la resurrección. Jesús la llama: “El Maestro está ahí y te llama”. La actitud de María ante la llegada de Jesús a Betania es distinta de la de Marta: mientras Marta se pone en camino donde el Maestro, María “permanece en casa”. María permanece encerrada en su dolor, su tristeza la inmoviliza, a diferencia de su hermana no vislumbra una esperanza. Sin embargo su actitud no es del todo cerrada, ella sabe reaccionar ante la voz del maestro que la llama: “se levantó rápidamente y se fue donde él”. Va acompañada de sus visitantes judíos donde Jesús: “la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar”. El pueblo que viene a consolar a las hermanas de Betania es el causante de toda la algarabía que caracteriza la escena: llantos, gritos de desesperación, profunda tristeza. Como bien señala 11,33: “también lloraban los judíos que la acompañaban”. A diferencia de Marta, María no consigue desprenderse del ambiente funerario que la rodea. No consigue salir de su dolor, no llega a la fe en la resurrección: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”. María hace algo que no hace Marta: “cayó a sus pies”. El gesto probablemente indica reconocimiento y adoración de Jesús, pero sus palabras indican que su fe es todavía insuficiente. Sus palabras son idénticas a las de la primera parte de las palabras de Marta: hay fe pero también desilusión. Probablemente esto ha sido tema familiar y ambas hablan el mismo lenguaje. Pero María aún no se abre a la esperanza, no llega a la confesión de fe de su hermana, sigue perpleja ante la muerte. María comprenderá plenamente en la mañana de la resurrección, ocasión en la que será nuevamente llamada por su Amigo-Maestro.

3.3. Jesús y el pueblo (11,33-37) El pueblo ha estado en el trasfondo de los dos encuentros anteriores. El pueblo tiene las siguientes características: “Consuela” a las hermanas pero no transforman la situación. Observa el amor de amigo de Jesús. Critica a Jesús. El pueblo que rodea a Marta y María, viene al velorio a expresar su condolencia y a acompañar solidariamente a la familia (11,19.31). Pero su consuelo no es verdaderamente efectivo porque no consigue eliminar la causa de la tristeza, la situación continúa igual, incluso el pueblo también queda atrapado en la sin salida del dolor (11,33).

Por el contrario, Jesús es aquel que verdaderamente “consuela” porque su venida no es para dar un “sentido pésame” sino para: Vencer la muerte. Dar la vida eterna. La presencia y la intervención de Jesús cambian sustancialmente la situación de tristeza en gozo. Pero hay un momento en el que todos lloran: María, el pueblo y también Jesús. La reacción de Jesús aparece como un contagio del dolor de María y en ella podemos distinguir: La actitud interna: “se conmovió interiormente, se turbó”. La expresión externa: “se echó a llorar”. El pueblo ve, interpreta y concluye: “Mirad, cómo lo quería”. Pero lo que en un primer momento es motivo de admiración, inmediatamente se vuelve objeto de crítica: “Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?”. Se trata de la una actitud diametralmente opuesta a la de Marta, mientras ésta cree, una parte del pueblo se cierra ante Jesús. Los judíos del pasaje solamente saben ver una posible debilidad y falla en Jesús. Sin embargo, aquí hay una lección: la muerte es necesaria. La resurrección presupone la muerte –por eso Jesús se ha referido a la muerte como si fuera un sueño y, de hecho, es una victoria sobre ella. La promesa de Jesús no es precisamente la de evitar la muerte sino la de no dejar que ésta se constituya en la última palabra sobre la historia humana.

4. Cuarta etapa: Jesús realiza el signo de la resurrección de Lázaro (11,38-44).

Este es el momento en el que Jesús se coloca de cara a la muerte. Ahora demuestra que ésta no es de ninguna manera un límite para él: Jesús tiene poder sobre la muerte. Jesús está ante el sepulcro profundamente conmovido. Llaman la atención algunas características de la realización del signo: Recibe ayuda de los hombres. Responde a la objeción de Marta con un llamado al “creer”. Invoca la ayuda de Dios en la oración. Llama a Lázaro fuera del sepulcro. De nuevo pide ayuda.

Jesús se deja ayudar Al comienzo y al final, el pueblo se involucra en el signo: primero, colabora quitando la piedra del sepulcro y, luego, desatando las vendas y el sudario de Lázaro, para que éste –una vez resucitado- pueda andar. Jesús responde a la objeción de Marta Una vez que se ha descrito la tumba de Lázaro y se ha asistido al llanto de Jesús, notamos todavía un breve intercambio de palabras entre Jesús y Marta. Cuando Jesús dice “Quitad la piedra”, enseguida Marta pone una objeción: “Señor, ya huele; es el cuarto día”. El cuarto día después de la sepultura es cuando, según la creencia rabínica, el cuerpo regresa definitivamente al polvo de la tierra, o sea, cuando la muerte es completa e irreversible. El signo, como la totalidad del encuentro con Jesús, se realiza como un itinerario que desemboca en el “creer”. Por eso Jesús le responde a Marta: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”. Sólo si se cree en Él, se abre el espacio para la realización de la obra de salvación. Creer es reconocer el vínculo estrecho que hay entre el Padre –a quien nadie ha visto (1,18)- y Jesús -quien es el narrador por excelencia del misterio y del proyecto de Dios-. Jesús ora al Padre Llama la atención enseguida la oración de Jesús. En medio de la situación de muerte Jesús deja clara cómo es su relación con Dios. El contenido de su oración es el siguiente: “Padre, te doy gracias por haberme escuchado” Jesús le da gracias al Padre porque lo ha “escuchado”. Jesús tiene un corazón agradecido. “Ya sabía que tú siempre me escuchas” Jesús está seguro de su unión con el Padre y no tiene necesidad de que ésta se demuestre con un signo evidente para todo. Jesús tiene un corazón libre. “Pero lo he dicho por éstos que me rodean, para que crean que tú me has enviado” Jesús deja claro que lo que busca es que la gente crea. Jesús tiene un corazón de maestro. Jesús manda “salir” a Lázaro con el poder de su Palabra

Después de proclamarle al mundo su unidad perfecta con el Padre, Jesús pronuncia con solemnidad el imperativo: “¡Lázaro, sal fuera!”. Esta es la palabra que todo creyente escucha al salir de la fuente bautismal y que le hace pasar de la antigua vida a una nueva existencia; es la palabra que todo creyente escuchará al final de esta vida: “Llega la hora en la que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán…” (5,28-29ª). De nuevo Jesús se hace ayudar Dos imperativos más se escuchan finalmente en labios de Jesús dirigidos a la gente que está viendo la escena: “Desatadlo y dejadle andar”. También ellos participan mediante un gesto de liberación de aquello que no deja a Lázaro salir de su situación de muerte (las vendas) y emprender su camino (“andar” es signo de vitalidad).

5. Quinta etapa: El pueblo reacciona ante el signo (11,45-46).

El pueblo que ha aparecido como un grupo compacto en el episodio, ahora se divide: Unos “viendo” el signo “creyeron” en Jesús. Otros fueron a delatar a Jesús ante las autoridades. De nuevo quedamos, como lectores del Evangelio, ante la encrucijada en la cual acostumbra colocarnos el Evangelio de Juan. En este punto final, el “creer” retoma los elementos más importantes de todo el itinerario: Jesús había dicho desde el principio que la enfermedad –y muerte- de Lázaro eran para la “Gloria de Dios” y la “Glorificación del Hijo”. Para el evangelio de Juan esta “glorificación” ocurrirá plenamente en la Pascua de Jesús; aquí tenemos un signo anticipatorio que se comprenderá completamente sólo en la resurrección de Jesús: en la cual no habrá vuelta atrás, la victoria sobre la muerte será total y definitiva. El juego de los equívocos y de las expresiones con doble sentido que van apareciendo a lo largo del relato pretenden llevar al lector a una comprensión más profunda de los acontecimientos, a la luz de la fe. La vida de discipulado pide siempre esta clarificación-iluminación interna. Jesús va al encuentro de la muerte, pero no sólo la de Lázaro sino también de la suya. La resurrección de Lázaro es un anuncio de la muerte de Jesús, quien para dar vida arriesga la propia. El diálogo sucesivo con las dos hermanas de Betania proporciona una luminosa revelación sobre la identidad trascendente de Jesús. Enfatizando el “Yo soy” divino (de Éxodo 3,14-15) se proclama abiertamente: “Yo soy la Resurrección”. Esta vida plena Jesús la comparte con todo el que “vive” y “cree” en Él. Él concede en calidad de “Cristo” e “Hijo de Dios”, “enviado” por el Padre al mundo para vivificarlo.

A esta revelación de Jesús se le responde con una clara e inequívoca confesión de fe, a la manera de Marta: “Sí, Señor, yo creo que tú eres…” En su oración ante el sepulcro de Lázaro, Jesús no pide sino que manifiesta ante el mundo su unidad perfecta con el Padre. El “creer” sumergirá al creyente en esa misma comunión entre el Padre y del Hijo, por medio del Espíritu, allí donde proviene y a donde apunta toda vida. Jesús manda a Lázaro a “salir” y “ponerse en camino”. Esto mismo ha sucedido previamente con las dos hermanas de Betania: cada una de ellas, a su manera, ha salido y ha vivido previamente su resurrección en la fe: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá”. La resurrección de Lázaro en realidad es la conclusión del proceso de resurrección en la confesión de bautismal que han vivido sus hermanas. En fin… Ahora le toca el turno al lector del evangelio. Sobre los presupuestos establecidos en la página evangélica cada uno está invitado a dar un paso hacia delante en su vida como discípulo del Señor abriéndose al encuentro vivo con Jesús resucitado, quien hoy, como ayer, sigue viniendo a nuestro encuentro pascual y eucarísticamente con el don de la vida: su misma vida.

6. Oración final:

Dígnate, Señor, venir a mi tumba y lavarme con tus lágrimas: en mis ojos áridos no tengo tantas para lavar mis culpas. Si lloras por mí, me salvaré. Si soy digno de tus lágrimas, desaparecerá el hedor de mis pecados. Si merezco que llores un momento por mí, me llamarás de la tumba de mis pecados y dirás “Ven fuera”, para que mis pensamientos no queden encerrados en el estrecho espacio de esta carne, sino que salgan al encuentro de Cristo para vivir en la luz; para que no piense en las obras de las tinieblas, sino en las del día: el que piensa en el pecado trata de encerrarse en si mismo. Seño; llama a tu siervo que salga afuera: a pesar de las ataduras de mis pecados que me oprimen, con los pies vendados y las manos atadas, y aunque esté sepultado en mis pensamientos y obras muertas, a tu grito saldré libre y me convertiré en un comensal de tu banquete. Tu casa se inundará de perfume si conservas lo que te has dignado redimir. Amén. (San Ambrosio, La penitencia, KK,71).

Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo A

Domingo cuarto de Cuaresma ciclo A

Un ciego encuentra la luz. Los ojos se abren conviviendo con Jesús Juan 9,1-41

Este es el domingo de la “Luz”, pero también de la “Alegría”. En la bella tradición de la liturgia cristiana a este domingo se le llama “laetare”, expresión latina que invita a la alegría, una pausa refrescante en arduo camino en el desierto cuaresmal. Con la mirada cada vez más fija en la Cruz gloriosa, en la cual fue entronizada la Luz que da la vida verdadera, bautizados y catecúmenos continúan su “caminar” cuaresmal: memoria del bautismo para los bautizados, preparación para el bautismo por parte de los catecúmenos (SC 109).

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura del primer libro de Samuel 16, lb. 6-7. 10-13a

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.» Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.» Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.» Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.» Luego preguntó a Jesé: « ¿Se acabaron los muchachos?» Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.» Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.» Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.» Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Saúl no fue un buen rey. Dios lo destituyó para escoger uno mejor: David. Escrito mucho tiempo después de los acontecimientos, este pasaje del libro de Samuel es una meditación sobre Dios, el Buen Pastor. Es Él el verdadero guía de su pueblo. El rey es su lugarteniente. La elección de Dios recae sobre un pequeño pastor de Belén. No es el más grande, no es el más fuerte de los hijos de Jesé. Es el último, el más joven, aquel que normalmente no debería ser escogido. Pero la elección de Dios no es la de los hombres. Dios no mira la apariencia, sino el corazón. Dios ve el corazón y en él derrama su Espíritu (1 Samuel 16,13). En el lenguaje bíblico, el corazón es la sede la voluntad y del coraje. A David no le falta coraje, el resto del libro lo va a demostrar. El destaque que se hace de la belleza de David no es anecdótico. Según la ideología real de la época, el rey es necesariamente bello. Su belleza es el signo de que Dios lo predestinó para asumir el trono. Y aún cuando no fuera así, el texto bíblico se encargará de embellecerlo. Dios invita al profeta a darle al pequeño pastor de Belén la unción real. Le da al futuro rey algo de sí mismo: su Espíritu. Los Padres de la Iglesia ven en este texto un anuncio de Cristo. Aquél que será el Rey-Mesías, el verdadero pastor de su pueblo. Sobre Él reposará en plenitud el Espíritu de Dios.

3. SALMO RESPONSORIAL

Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 1)

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R.

Me guia por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitare en la casa del Señor
por años sin término. R.

Este Salmo tiene todas las cualidades comprimidas a la máxima brevedad, lo cual facilita la lectura integral. Las tres primeras estrofas desarrollan imágenes pastorales: hierba fresca, agua, camino. El bastón en la mano, el pastor defiende y guía a su rebaño. Este buen pastor es Dios. Para nosotros los cristianos, toma el rostro de Jesús: “Yo soy el buen pastor. Yo conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre. Yo doy mi vida por las ovejas” (Juan 10,14-15). Él es un buen pastor sobre los caminos de esta vida, pero también para dirigirnos más allá de “los valles de muerte”. Las dos últimas estrofas desarrollan la idea del anfitrión que recibe a su invitado al banquete. Según los ritos de acogida oriental, el anfitrión le ofrece a su amigo una unción de perfume y una copa rebosante de vino. En esta mesa, así como en los prados de hierba fresca, no hay espacio para el miedo. El enemigo es puesto en su lugar. En la última estrofa, el pastor y el amigo le ceden su espacio a otros dos guías que se llaman “bondad” y “gracia” en hebreo: el amor, la ternura. El salmista se deja guiar hacia el Templo, casa del Señor, donde desea habitar para siempre. Al orar esta estrofa, un cristiano desea habitar para siempre en la casa del Padre. Le da un sentido pleno al agua y a la mesa acogedora, viendo allí los signos sacramentales. Por el Bautismo, Cristo, el Buen Pastor, hace revivir a los hombres todos estos dones. Por su copa desbordante, los nutre y le da un anticipo de la cena festiva a la cual los convida en la casa del Padre.

4. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

Hermanos: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tu que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

El bautismo ha creado una situación nueva en el cristiano, quien, en el Señor, se ha convertido en luz. La expresión de Pablo es muy fuerte: ser “hijo de la luz” es una forma técnica de referirse a la divinización. Este estado nuevo se opone a la situación anterior marcada por las tinieblas. La oposición entre la luz y las tinieblas está presente en el contexto religioso del primer siglo de nuestra era. Pero si se vive un nuevo estado de vida, entonces se espera una conducta nueva. La oposición se prolonga: la luz produce fruto, las tinieblas no producen nada bueno. Este nuevo actuar supone el discernimiento. Es el término técnico “discernir” que se traduce por “saber reconocer”. Un fragmento litúrgico, parece ser un himno, parece estar por detrás del texto. El verbo que se traduce como “iluminará” –único caso en todo el nuevo testamento- significa “brillar, alumbrar” y ase aplica ante todo a los astros. De la misma forma debe ser un cristiano. Esta luz viene de Cristo.

5. Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).» Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es el, pero se le parece.» El respondía: «Soy yo.» Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?» El contesto: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.» Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contesto: «No sé.» Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él los contestó: «Me puso barro en los ojos, me lave, y veo.» Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta.» Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo que nació ciego; pero como ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quien le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.» Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.» Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo: «¿Que te hizo, como te abrió los ojos?» Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para que queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene.» Replicó el: -«Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de donde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder.» Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es.» Él dijo: «Crea, Señor.» Y se postro ante él. Jesús añadió: «Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.» Los fariseos que estaban con el oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»

Meditando la historia de la curación del ciego, es bueno recordar el contexto de las comunidades cristianas en Asia Menor hacia finales del siglo primero, para las cuáles fue escrito el Evangelio de Juan y que se identificaban con el ciego y con su curación. Ellas mismas, a causa de una visión legalista de la ley de Dios, eran ciegas de nacimiento. Pero, como sucedió para el ciego, también ellas consiguieron ver la presencia de Dios en la persona de Jesús de Nazaret y se convirtieron. ¡Fue un proceso doloroso! En la descripción de las etapas y de los conflictos de la curación del ciego, el autor del Cuarto Evangelio evoca el recorrido espiritual de la comunidades, desde la obscuridad hasta la plena luz de la fe iluminada por Cristo

Juan 9, 1-5: La ceguera ante el mal que exite en el mundo Viendo al ciego los discípulos preguntan: “Rabbí ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” En aquella época, un defecto físico o una enfermedad era considerada un castigo de Dios. Asociar los defectos físicos al pecado era un modo con el cual los sacerdotes de la Antigua Alianza mantenían su poder sobre la conciencia del pueblo. Jesús ayuda a corregir sus ideas: “Ni él pecó ni sus padres, es para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Obras de Dios o lo que es lo mismo Signos de Dios. Por tanto, lo que era en aquella época signo de ausencia de Dios, será signo de su presencia luminosa en medio de nosotros. Jesús dice: “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo”. El Día de los signos comienza a manifestarse cuando Jesús, “el tercer día” (Jn 2,1), realiza “el primer signo” en Caná (Jn 2,11). Pero el Día está por terminar. La noche está por llegar, porque estamos ya en el “séptimo día”, el sábado, y la curación del ciego es el sexto signo (Jn 9,14). La Noche es la muerte de Jesús. El séptimo signo será la victoria sobre la muerte en la resurrección de Lázaro (Jn 11). En el evangelio de Juan hay sólo siete signos, milagros, que anuncian el gran signo que es la Muerte y la Resurrección de Jesús.

Juan 9,6-7. El signo de “Enviado de Jesús” que produce diversas reacciones Jesús escupe en la tierra, hace fango con la saliva, unta el fango sobre los ojos del ciego y le pide que se lave en la piscina de Siloé. El hombre va y vuelve curado. ¡Este es el signo! Juan comenta diciendo que Siloé significa enviado. Jesús es el Enviado del Padre que realiza las obras de Dios, los signos del Padre. El signo de este “envío” es que el ciego comienza a ver.

Juan 9,8-13: La primera reacción: la de los vecinos El ciego es muy conocido. Los vecinos quedan dudosos: “¿Será ciertamente él? Y se preguntan: ¿Cómo, pues, se le han abierto los ojos? Aquel, que primero era ciego, atestigua: “Ese Hombre que se llama Jesús me ha abierto los ojos”. El fundamento de la fe en Jesús es aceptar que Él es un ser humano como nosotros. Los vecinos se preguntan: “¿Dónde está?” – “No lo sé”. Ellos no quedan satisfechos con la respuesta del ciego, y para aclarar el asunto, llevan al hombre ante los fariseos, las autoridades religiosas.

Juan 9, 14-17: La segunda reacción: la de los fariseos Aquel día era un sábado y el día de sábado estaba prohibido curar. Interrogado por los fariseos, el hombre vuelve de nuevo a contarlo todo. Algunos fariseos, ciegos en su observancia por la ley, comentan: “¡Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado!”. Y no estaban dispuestos a admitir que Jesús pudiese ser un signo de Dios, porque curaba al ciego en sábado. Pero otros fariseos, interpelados por el signo, responden: “¿Cómo puede un pecador realizar semejantes signos?” ¡Y había disensión entre ellos! Y preguntaron al ciego: “¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?” Y él ofrece su testimonio: “¡Es un Profeta!”

Juan 9, 18-23: La tercera reacción: la de los padres Los fariseos, llamados ahora judíos, no creían que hubiese sido ciego. Pensaban que se tratase de un engaño. Por esto mandaron llamar a los padres y le preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo de quien vosotros decís que nació ciego?¿Cómo, pues, ve ahora?” Con mucha cautela los padres respondieron: “Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero, cómo ve ahora, no lo sabemos, ni quien le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. ¡Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo!”. La ceguera de los fariseos ante la evidencia de la curación produce temor en la gente. Y aquél que confesaba tener fe en Cristo Mesías era expulsado de la sinagoga. La conversación con los padres del ciego revela la verdad, pero las autoridades religiosas se niegan a aceptarla. Su ceguera es mayor que la evidencia de los hechos. Ellos, que tanto insistían en la observancia de la ley, ahora no quieren aceptar la ley que declara válido el testimonio de dos personas (Jn 8,17).

Juan 9, 24-34: La sentencia final de los fariseos con respecto a Jesús Llaman de nuevo al ciego y le dicen: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. En este caso: “dar gloria a Dios” significaba: “¡Pide perdón por la mentira que hace poco has dicho!”. El ciego había dicho: “¡Es un Profeta!” Según los fariseos debiera haber dicho: “¡Es un pecador!” Pero el ciego es inteligente. Y responde: «Si es un pecador no lo sé. Sólo sé una cosa; que yo antes era ciego y ahora veo!» ¡Contra este hecho no hay argumentos! De nuevo los fariseos preguntan: “¿Qué hizo

contigo?¿Cómo te abrió los ojos?” El ciego responde con ironía: “Os lo he dicho ya. ¿Es que queréis también vosotros haceros discípulos suyos?” Entonces le insultaron y le dijeron: “Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es”. Con fina ironía, de nuevo el ciego responde: “Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos”. “Si ése no fuese de Dios, no podría hacer nada”. Ante la ceguera de los fariseos, crece en el ciego la luz de la fe. Él no acepta el razonamiento de los fariseos y confiesa que Jesús viene del Padre. Esta profesión de fe le causa la expulsión de la sinagoga. Lo mismo sucedía en las comunidades cristianas de finales del primer siglo. Aquél que profesaba la fe en Jesús debía romper cualquier lazo de unión familiar y comunitario. Así sucede hoy también: aquél o aquélla que decide ser fiel a Cristo corre el peligro de ser excluido.

Juan 9,35-38: La conducta de fe del ciego delante de Jesús Jesús no abandona a áquel que es perseguido por su causa. Cuando se entera de que lo han expulsado, se encuentra con el hombre, lo ayuda a dar otro paso, invitándolo a asumir su fe y le pregunta: “¿Tú crees en el Hijo del Hombre?” Y él le responde: ¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él? Jesús le dice: “Tú lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. El ciego exclama: “¡Creo, Señor!” Y se postró ante él. La conducta de fe del ciego delante de Jesús es de absoluta confianza y total aceptación. Acepta todo de parte de Jesús. Y es ésta la fe que sustentaba a las comunidades cristianas del Asia Menor hacia finales del siglo primero, y que nos sostiene hasta hoy.

Juan 9,39-41: Una reflexión final El ciego que no veía, acaba viendo mejor que los fariseos. Las comunidades del Asia Menor que antes eran ciegas, descubren la luz. Los fariseos que pensaban ver correctamente, son más ciegos que el ciego de nacimiento. Encerrados en la vieja observancia, mienten cuando dicen que ven. ¡No hay peor ciego que el que no quiere ver!

6. Oración final

Tú, Señor, que nos abres los ojos para que descubramos la hermosura de la creación y la grandeza de tu amor, ayúdanos a colaborar contigo para que todas las personas puedan alegrarse en su vida al ver tu luz. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén

Tercer domingo de Cuaresma – Ciclo A

Domingo tercero de Cuaresma ciclo A

1. Introducción

Lo que Jesús realizó con la samaritana, continúa haciéndolo con los catecúmenos y los fieles, con la Iglesia, actualizando en cada celebración el misterio de su pascua para nosotros. Que su acción sea tan eficaz en nosotros como lo fue en el corazón de la samaritana. Es el fruto de la Eucaristía, prenda desde ahora del misterio celestial (postcomunión).

2. Lectura del libro del Exodo 17,3-7.

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? Clamó Moisés al Señor y dijo: ¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen. Respondió el Señor a Moisés: Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo. Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Massá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

”¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” (v. 7). O como decíamos el domingo pasado: ¿y si todo fuera una mera ilusión? Lo que era sólo una insinuada duda en el relato de Abrahan, aquí es una pregunta abiertamente formulada por el pueblo que camina hacia la tierra prometida, hacia la salvación. Una diferencia patente salta a la vista entre los dos relatos: Abrahan se fía a pesar de que la promesa es solamente una realidad futura, mientras que el pueblo de Israel duda y eso tras experimentar la salida de Egipto, la liberación de la esclavitud. Así la confianza del pueblo en el Señor es de muchos menos quilates que la de Abrahan.

La estructura del texto es muy sencilla: ante la dificultad, la falta de agua (v.1), el pueblo protesta contra Moisés y contra Dios (v. 2) tergiversando así el sentido de la salida de Egipto (v. 3). Moisés suplica (v. 4) y Dios ordena golpear la roca del Horeb (vv. 5-6); Moisés ejecuta lo ordenado y da nombre al lugar (v. 7). Un texto paralelo puede leerse en Nm 20. 1-13. En el duro caminar del pueblo hacia la liberación como en todo caminar humano siempre surgen dificultades. Es lo más normal, ya que la liberación es un bien, pero difícil de alcanzar, por eso la dificultad y el riesgo son sus eternos acompañantes. La historia de la humanidad contemporánea, en su lucha por obtener la libertad, es un buen testigo de esta afirmación.

La actitud correcta del pueblo ante el riesgo y el peligro debería ser el tratar de superarlos, pero no ocurre así, sino que se dedica a hacer lo más fácil: protestar. La queja es el elemento constante en todos estos versículos: “murmuran” (v. 3), “riñe” con Moisés y “tienta” al Señor. Con murmuración y protesta se abre y se cierra el relato, de ahí el nombre dado al lugar: “Meribá”=riña, altercado o querella, y “Massa”=tentación (v. 7). Israel tergiversa su salida al interpretar su liberación como una salida hacia la muerte. Es la ofuscación del pueblo ante el peligro. Moisés, agente de la liberación, es el que sale peor parado: “poco falta para que me apedreen” (v. 4). Moisés es el auténtico líder que comparte con el pueblo las dificultades y tiene que soportar, además, sus quejas. Por eso a veces se queja de que el pueblo le trate mal, pero siempre acaba intercediendo por él (v. 4). El pueblo tienta a Dios desafiándole a que dé pruebas (signo evidente de su inmadurez en la fe). Aquí tentar a Dios es dudar de él, no fiarse a pesar de las pruebas que les ha ido dando hasta entonces. ¡Han experimentado en su carne la liberación de la opresión y ahora van diciendo que Dios los ha sacado para morir en el desierto! Reflexiones.

”¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” A la duda del pueblo responde, con su presencia, Dios haciendo eficaz la acción de Moisés. De la roca de Horeb mana un agua corriente y viva que calma la sed y es presencia salvadora (v. 6). Según la interpretación rabínica, la roca acompañó a Israel en su peregrinar por el desierto. Pablo nos dirá que esta roca es Jesús (1 Co 10. 4), presencia de Dios salvadora, fuente de agua cristalina que calma la sed de todo hombre (Jn 4. 13ss; 7. 37ss;Ap 7. 17; 21. 6; 22. 17…). Y los cristianos muchas veces tentamos al Señor abandonando la fuente de agua viva y cavándonos en su lugar aljibes agrietados incapaces de retener el agua (Jr 2. 13; 17. 13…). La murmuración y la queja son los eternos acompañantes de toda liberación. ¡Eterno sino de una humanidad que siempre se revuelve como una víbora cuando se le ofrece el don de la libertad! ¡Amamos más la seguridad con esclavitud que la libertad con riesgo! -Moisés, líder, es el que sale peor parado, ya que debe compartir las dificultades del pueblo y cargar con sus quejas. Nuestros líderes políticos y religiosos cargan con nuestras quejas, ¿pero comparten también nuestras angustias? Dicen que se aprietan el cinturón subiéndose el sueldo en un cinco por ciento, que cobran menos que sus colegas europeos, que… ¡Pobre pueblo!

El Salmo que cataremos este domingo, tiene su origen en la liturgia del Templo, es una invitación a penetrar en el Santuario para gritar de alegría. Describe también tanto los gestos litúrgicos (entrar, inclinarse, postrarse) como las diferentes actitudes del creyente (gritos de alegría, aclamaciones, acción de gracias, adoración y escucha de la Palabra del Señor). El salmista invoca al Dios de la Alianza, el Dios salvador, que está presente en la historia de su pueblo. Hace alusión al texto del libro del Éxodo que acabamos de leer en la primera lectura. Dios llamado “Roca” (la “Roca de nuestra salvación”, v.1b). La imagen evoca la fuerza y la solidez de Dios. Su amor es inquebrantable, así como la roca que ha debido romper el pueblo durante su travesía por el desierto y que lo ha salvado de la muerte. Dios es la salvación de aquellos que ponen su confianza en Él. El pueblo, por el contrario, es voluble, no es un modelo de gratitud hacia aquél que lo ha salvado tampoco modelo de fidelidad. Durante toda la travesía del desierto, lo mismo que sucedió en Masá y en Meribá, el pueblo sigue poniendo resistencia a Dios y a Moisés. Y por tanto, ha visto también las reacciones airadas de Dios. El Salmista dice que no hay que imitar el mal ejemplo del pueblo: “No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá” (v.8).

3. SALMO RESPONSORIAL Sal 94,1-2. 6-7. 8.9

R/. Escucharemos tu voz, Señor.

Venid , aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
vitoreándolo al son de instrumentos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Massá en el desierto,
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 5,1-2.5-8.

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los Hijos de Dios. La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad. apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

a) La primera afirmación de Pablo es la de nuestra justificación mediante la fe (v. 1). Pero habla como de un hecho ya pasado cuya realidad sigue dejándose sentir. En la primera parte de su carta, Pablo presentaba la idea de justificación en el centro de su pensamiento y veía en ella el acto de Dios más decisivo para la suerte de la humanidad. Con el v. 1, el apóstol ha pasado de una exposición intemporal sobre la justificación (sus principios: Rom. 3, 21-26; su universalidad: Rom. 3, 27-4, 25) a la afirmación concreta de su realización presente en nosotros desde Cristo.

b) Entre los frutos actuales de la justificación adquirida por Cristo, Pablo menciona la paz y la gracia (v. 2a).

La paz sucede al estado de enemistad en la que pagano y judío estaban sumergidos antes de Cristo; la gracia es la correspondencia de la cólera divina (Rom. 1, 18-3, 20); la gracia hace que vivan en la amistad de Dios quienes habían estado apartados.

La paz entre judíos y paganos es uno de los temas centrales de la carta a los romanos. Todo lleva incluso a creer que Roma tenía en aquel entonces dos Iglesias distintas: una, la judeo-cristiana, compuesta por antiguos judíos que habían huido de la persecución; la otra, de origen griego o romano.Estas dos Iglesias debieron tener una vida totalmente separada (la carta a los romanos es además la única que no se dirige a la “Iglesia de Roma”). De esta forma, la finalidad de la carta aparecía claramente: Pablo quiere que las dos Iglesias no sean más que una y que judíos y paganos se den cuenta de que son tan pecadores los unos como los otros (cap. 1-4) y por tanto gratuitamente reconciliados con Dios por Cristo (cap. 5 y sgs.); por tanto, no deben esperar ya la mutua paz del justo, sino que deben vivirla inmediatamente.

c) Pero el goce de los bienes presentes acarreado por la justificación queda, a su vez, superado por la esperanza. Leyendo el v. 8 podría incluso creerse que la fe es superada por la esperanza, porque el apóstol mantiene sobre todo la tensión escatológica de la fe y la justificación. La fe, acto de Dios, es en nosotros certidumbre de la gloria.

d) Sin embargo, esta esperanza de gloria pone muy de relieve la distancia que separa todavía al cristiano en el mundo y la gloria cuya manifestación espera. Los judíos expresan fácilmente esta distancia entre el presente y el futuro hablando de tribulaciones y de las persecuciones que serán la nota característica del paso de un estado a otro. Tras este tema se oculta la dolorosa depuración que produce siempre la trascendencia. La prueba experimenta. Da aquí abajo, cuando se vive de un alto ideal, pone primero en juego la existencia misma de la fe en ese ideal: la virtud de constancia la mantiene en actividad (v.

3). Pero el tiempo y su extensión están expuestos a poner a prueba la solidez de la fe: la “virtud sometida a prueba” viene en apoyo de la esperanza para ayudarla a mantenerse firme a pesar y por encima de todo (v. 4). Pero ¿qué pueden unas simples virtudes como la constancia y la solidez si el Espíritu mismo de Dios no le sitúa dentro de unas relaciones personales indisolubles con el Padre? (v. 5). Así, pues, la fe y la esperanza se alimentan mutuamente de la caridad que vive en nosotros (1 Cor. 13, 7-13).

Los cristianos de Roma están divididos en dos iglesias que no llegan a hacer las paces entra sí. Sin duda, cada cual tomó su propio partido remitiendo esta paz a las calendas griegas cuando Dios conceda al hombre su justicia. Pablo reacciona contra esta mentalidad aún demasiado judía; la justicia de Dios ya ha sido dada y por tanto la paz debe ser ya buscada y vivida porque es el fruto de la mutua conciencia de nuestra justificación en Jesús. Pero los cristianos de Roma no están muertos. También nosotros dejamos para las calendas griegas la reconciliación que nos cuesta conseguir de inmediato. Por ejemplo, rezaremos por la unidad entre los cristianos olvidándonos de que la unidad ya nos ha sido dada y de que de lo que se trata es de realizarla sin dejarla para una fecha lejana y sin convertirla, exclusivamente en un don de Dios. La paz en los hogares y entre las naciones debe ser buscada y realizada con el mismo espíritu: la esperanza no puede hacernos prescindir del presente.

5. Lectura del santo Evangelio según San Juan 4,5-42:

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.) La Samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. [El le dice: Anda, llama a tu marido y vuelve. La mujer le contesta: No tengo marido. Jesús le dice: Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad. La mujer le dice: ] Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad. La mujer le dice: Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: Soy yo: el que habla contigo. [En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?» La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías? Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: Maestro, come. El les dijo: Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis. Los discípulos comentaban entre ellos: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y. contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio «Uno siembra y otro siega». Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.] En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él [por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.»] Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

1a.-vv. 5-6.Son la composición de lugar. Todas las indicaciones están en función de lo que vendrá después. Todas son importantes, pero su razón de ser no la percibimos hasta más adelante. Basta por ahora visualizarlas: Samaría, pozo de Jacob, cansancio, sentado, sobre mediodía.

2a.-vv. 7-26. Jesús y la mujer a solas. No tienen más conocimiento inicial el uno del otro que el de su origen judío y samaritano respectivamente. Un conocimiento que en vez de unirlos los separa y enfrenta. Desde el s. V a.C. la escisión de Judea y Samaría era total. Expresión de esta escisión: templos diferentes, recensiones diferentes de la Torá o cinco libros de Moisés. Podemos decir que, inicialmente al menos, no dialogan personas individualizadas sino personajes-tipo que ilustran tradiciones y concepciones diferentes y enfrentadas.

Pero ambas tienen una necesidad común, cuyo símbolo es el agua. Desde el primer momento Jesús cuestiona el agua samaritana y lo hace en nombre de otra agua, que sin embargo tampoco es judía. No podemos olvidar que el autor del cuarto evangelio nos ha presentado antes a Jesús cuestionando el templo judío (cf. Jn 2. 13-16) y lo va a volver a cuestionar aquí en el v. 21. En realidad, pues, el autor opera con un triángulo judío-samaritano-jesuático. El triángulo ocupa un espacio religioso, el mismo espacio religioso. Los tres ángulos apuntan a los mismos orígenes, que, pasando por los patriarcas (Jacob era uno de ellos), se remontan hasta Dios (Yavé). Pero los tres interpretan lo mismo de distinta manera.

Cada uno tiene sus símbolos. Judea, el templo de Jerusalén; Samaría, el de Garizín; Jesús, el aire (La misma palabra griega significa aire y espíritu). Frente a judíos y samaritanos, Jesús ilustra una concepción distinta de Dios. En términos del diálogo: Jesús trae el don de Dios, el agua viva que aplaca la sed. Y la aplaca porque la fuente es mejor y además se encuentra dentro del que bebe. Es el surtidor de la traducción en el v. 14. El pozo de Jacob tiene un agua contaminada: en él beben personas y animales. El agua que Jesús trae es viva, es decir, limpia y cristalina. Pero para hacerse acreedora a ella, la samaritana tiene que salir de su Torá (los cinco maridos, los cinco libros de Moisés de la recensión samaritana) y de sus otros ritos religiosos (sexto hombre: desde siempre Samaría había cultivado un sincretismo judío-pagano). Tiene que salir y venir adonde está Jesús (lo espacial, de dónde, aquí, ir, adonde, salir, juega un papel simbólico muy importante en todo el relato). Jesús es el nuevo templo. En él es posible un tipo de vida religiosa que no lo es ni en Jerusalén ni en Garizín. Una vida cuyo símbolo es la movilidad, gracilidad y libertad del aire. En términos del diálogo: una vida en “espíritu y verdad”. En vez de la vida cargada y falaz de una tradición-concepción basada en la ley y que no lleva sino al sacrificio del Cordero. Jesús, sentado junto al pozo, dialoga con la samaritana “hacia el mediodía”. A esta misma hora hará sentar Pilato a Jesús en Jn 19. 13-14. Es la hora de la matanza de los corderos a manos del personal encargado del Templo. Todo en el cuarto evangelio está orientado hacia la Pascua, hacia el Cordero glorificado en su misma muerte. “Yo soy, el que habla contigo”.

3a.-vv. 27-30.Son versos puente, cuya única función es preparar la secuencia siguiente. Es importante la salida de la gente para acudir adonde está Jesús.

4a.-vv. 31-38.Es una secuencia-comentario de la salida de la gente y de su puesta en camino para acudir adonde está Jesús.

El autor concibe las secuencias 3 y 4 desarrollándose simultáneamente. La gente saliendo de la ciudad y acudiendo adonde Jesús está son los campos dorados. Es una secuencia alegre, con la alegría de la cosecha que llega. Atrás quedan el trabajo y el cansancio del sembrador. Donde la traducción litúrgica habla de sudar, el texto original habla de cansarse.

Es el cansancio del que se ha hablado en la primera secuencia y que ahora vemos que era también un símbolo. Jesús trae agua limpia, está construyendo un nuevo templo. Es la tarea y la obra que tiene encomendada, su alimento, su razón de ser. Pero es una tarea muy ardua y fatigosa, por las resistencias religiosas de los religiosos, por el riesgo mortal al que está expuesto. “Otros se han cansado”. Se refiere al Padre y al Hijo. “Mi Padre hasta el presente sigue trabajando y yo también trabajo” (Jn 5. 17). Los discípulos son los encargados de continuar la obra siempre inacabada, porque Jerusalén y Garizín no son antisignos del pecado, sino antisignos que nunca acaban de dejar de existir.

5a.-vv. 39-42.Se cierra ahora la tercera secuencia y todo el relato. Los samaritanos llegan adonde está Jesús y le piden que se quede con ellos. El autor amplía o limita la estancia de Jesús a dos días, tal vez porque quiere que el lector sitúe el siguiente relato en el marco del tercer día, el día de la resurrección según la tradición sinóptica. De hecho el siguiente relato habla de la curación de alguien que está para morir. Se trata probablemente de un ordenamiento muy intencionado para ilustrar que el mundo de Jesús no lleva a matar sino a hacer vivir, cobrando así todo su sentido la afirmación final de los samaritanos: “sabemos que él es de verdad el salvador del mundo”.

No es fácil la lectura del texto de hoy. No lo es por su densidad narrativa y simbólica. Pero esta misma densidad le confiere riqueza y fuerza evocadora. Agua cristalina, aire puro, campos dorados, alegría del sembrador, cansancio fructífero, vida. ¡Este Dios y este mundo religioso sí que hechizan.

6. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo A

Domingo segundo de cuaresma ciclo A

1. Oración inicial:

¡Oh Dios!, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito, confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de la ley y los profetas y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos: concédenos, te rogamos, que escuchando siempre la palabra de tu amadísimo Hijo, seamos un día coherederos de su gloria.

2. Introducción

“Este es mi Hijo Amado, ¡Escuchadlo!”, en la transfiguración la voz del Padre revela a los discípulos que el verdadero camino hacia él es Cristo, la Palabra viviente de Dios. En Él y por Él se realiza el proyecto divino anunciado a Abraham: “En ti serán bendecidas todas las familias de la tierra”. Esta bendición y esta salvación se nos conceden por pura gracia, proclama Pablo en la segunda carta a Timoteo: “Dios nos ha salvado, no a causa de nuestros propios actos, sino a causa de su proyecto”. En este tiempo de Cuaresma entremos en este proyecto y cantemos con el salmista: “Que tu amor, Señor, sea sobre nosotros como lo esperamos de ti”.

3. Lectura del libro del Génesis 12,1-4a.

En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo. Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.

Después que el domingo pasado escuchamos la narración de la creación y caída de los primeros padres, una nueva etapa comienza en la Historia de la Salvación: Abraham es llamado por Dios para dejar su tierra, su familia y salir para la tierra de la promesa. Abraham responde de forma decidida e inmediata.

Este texto ocupa un lugar importante en la Biblia. Los capítulos anteriores del libro del Génesis tratan sobre la condición humana en general y sobre la violencia inherente a ella. Dios resuelve recomenzar después del diluvio. La tierra se repuebla con Noé y sus hijos. Luego Dios emprende una historia nueva a partir de Abraham. Lo llama para hacer Alianza con Él. Este llamado es precisamente el texto de hoy.

La Alianza con Abraham, así como la Alianza con Noé, es incondicional. Dios se compromete unilateralmente con ella ofreciendo su bendición. Llama la atención que se menciona cinco veces la palabra “bendición”. Hasta el momento el libro del Génesis había registrado cinco maldiciones pronunciadas sobre la serpiente, la tierra, Caín, nuevamente la tierra y Canaán (ver Gn 3,14.17; 4,11; 5,29; 9,25). Con Abraham la historia de maldición y de desobediencia, iniciada con Adán y Eva, quienes deciden apropiarse de la divinidad, ahora toma un sentido contrario.

En el lenguaje bíblico, la bendición es una palabra fuerte que produce necesariamente su efecto. Ella está relacionada con la fecundidad. Después de la creación del mundo en seis días, Dios “bendijo” a sus creaturas a partir del quinto día, y a partir de ese momento ellas se convierten en “seres vivientes”. Bendice los peces y los pájaros diciendo: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad los mares, que los pájaros se multipliquen sobre la tierra”. El sexo día, bendice a los seres humanos, pero curiosamente no bendice los animales terrestres. Esta diferencia de trato entre los animales ilustra la noción bíblica de bendición. La bendición divina produce necesariamente su efecto, es imposible ofrecer un espacio único a dos grupos rivales. Sería lanzarlos unos contra otros en una guerra sin fin. Dios bendice, por tanto, el grupo al cual invita a dominar el espacio común y a organizarlo en beneficio de todos.

En nuestro texto, la bendición está generalmente ligada a la fertilidad. Dios quiere hacer de Abraham el padre de una gran nación. Pero la bendición no es ofrecida exclusivamente a esta nación, en detrimento de los otros pueblos: “En ti serán bendecidas todas las familias de la tierra”.

Al final de texto se subraya la obediencia de Abraham al proyecto de Dios: “Abraham salió, como el Señor le había ordenado” (12,4). Todo lo contrario de la desobediencia de la primera pareja humana.

La Historia de la Salvación propiamente dicha comienza. Su corazón es la Alianza que Dios concluye con Abraham y su descendencia. Su culmen es la Nueva Alianza en Jesucristo, por medio de Él también la bendición –y gracias a su obediencia al Padre- se expandirá sobre toda la tierra (ver Romanos 5,19).

Abraham fue uno de los muchos grupos que emigraban, lo mismo que hoy, «buscando la vida». En ese andar luchando por la vida descubrieron el llamado de Dios a dejarlo todo y fiarse de su promesa de vida. Dios promete a Abraham que será padre de un pueblo numeroso y que tendrá una tierra, la “tierra prometida”. Es lo que anhelan sus corazones, lo que necesitan para vivir una vida humana y digna. Hoy son muchas las “minorías abrahámicas” que siguen escuchando el llamado de Dios, que les invita a buscar nuevas formas de “vida prometida” para todos los hijos de Dios.

4. SALMO RESPONSORIAL
Sal 32,4-5. 18-19. 20 y 22

R/. Que tu misericordia, Señor; venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

La palabra del Señor es sincera
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

Este Salmo es un himno a la Providencia divina. El punto de partida de la oración es la captación del inmenso amor de Dios: “Del amor de Yahvé está llena la tierra” (v.5b). La primera estrofa aclama la Palabra de Dios: “Pues recta es la Palabra de Yahvé…” (v.4ª). Esta expresión no se refiere aquí a las Santas Escrituras sino a la “Palabra” que trajo el mundo a su existencia: la “Palabra creadora”. El orante ve enseguida la relación entre lo que Dios dice y hace. Muestra la rectitud de las obras de Dios y la rectitud que espera de los seres humanos: “Él ama la justicia y el derecho” (v.5ª).

La segunda estrofa desarrolla una idea muy querida para el salmista: Dios es un guardián que vela sobre sus fieles: “Los ojos de Yahvé están puestos sobre quienes le temen, sobre los que esperan en su amor” (v.18). Dios mira el mundo atentamente, nada se le escapa. Pero no es un espía de los hombres, para ver cómo los castiga, sino que su “velar” es el propio de un padre que está atento para que nada les falte a sus hijos. El brazo de Dios interviene para proteger y hacer crecer la vida: “Para librar su alma de la muerte, y sostener su vida en la penuria” (v.19). La última estrofa describe el doble movimiento convergente que une al creyente con Dios. Hay un movimiento descendente: “sea tu amor sobre nosotros”. También un movimiento ascendente: “en ti está nuestra esperanza” (v.22).

5. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 1,8b-10.

Querido hermano: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé. El nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación, desde el tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

En el contexto, Pablo le pide a Timoteo que “renueve” en él (en el sentido de “reavivar” una llama que puede apagarse) el carisma recibido por la imposición de sus manos (ver 1,6). Puesto que el texto seleccionado para la liturgia comienza en medio del párrafo, no se alcanza a percibir este contexto, pero es importante: ésa es la “fuerza de Dios” a la cual se refiere en el v.8c

A lo largo de este pasaje (que tiene carácter hímnico), Pablo exhorta a Timoteo para que sea fiel a su misión apostólica y para que enfrente con valentía las dificultades y pruebas con las cuales se va deparando a lo largo de su ministerio. El gran apoyo es la “fuerza de Dios” que llama a todos los hombres a la salvación en Cristo. Por tanto, reavivar la llama exige un volver a centrarse en Dios que salva y llama, quien realiza en Jesucristo su proyecto de amor (1,9). Este proyecto de amor ha seguido etapas: “desde toda la eternidad” hasta la “manifestación de nuestro Salvador” (1,9b-10a).

Notemos cómo el v.9 presenta la gratuidad del llamado divino a la santidad. El llamado no obedece a méritos humanos sino que proviene del mismo Dios, quien toma la iniciativa, haciendo partícipes a todos los hombres de su santidad. Luego el v.10 no remite a la revelación fundamental de esta gratuidad de Dios: Jesucristo. Pablo se refiere, por una parte, al misterio de la encarnación por medio de cual la eternidad entró en el tiempo y se manifestó a los hombres en Jesús. Pero por otra, el apóstol apunta al ministerio de la redención obrado en la muerte y resurrección de Cristo. En Él la muerte ha sido destruida y la resurrección produce frutos de vida e inmortalidad “por medio del Evangelio”. Una doble mención de “Evangelio” enmarca el himno: “Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio” (1,8b) y “Cristo Jesús… ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio” (1,10b).

6. Lectura del santo evangelio según san Mateo (Mt 17, 1-9)

17 1 Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó a un monte alto a solas. 2 Y se transfiguró ante ellos. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3 En esto, vieron a Moisés y Elías que conversaban con Jesús. 4 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, estamos muy bien aquí, si quieres hago tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. 5 Aún estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió, y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco: escuchadle. 6 Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, aterrados de miedo. 7 Jesús se acercó, los tocó y les dijo: Levantaos, no tengáis miedo. 8 Al levantar la vista no vieron a nadie más que a Jesús. 9 Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

El relato de la transfiguración revela a los ojos de los discípulos el verdadero rostro de Jesús. Mateo reelabora el texto de Marcos subrayando algunos elementos que anticipan su manifestación gloriosa en la resurrección: su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz (Mt 17 2). Él es el Hijo del hombre que aparecerá un día revestido de gloria (Dn 10). Es la plenitud de la ley y los profetas, personificados aquí por Moisés y Elías. La voz del cielo confirma que es el Hijo amado de Dios (Is 42 1), y el profeta a quien todos deben escuchar (Dt 18 15). Esta manifestación de Jesús está relacionada con la de su bautismo (Mt 3 13-17). En ambas aparece como el siervo sufriente, cuyo destino de muerte es, en realidad, su camino hacia la resurrección (Mt 17 9).
Este relato, situado inmediatamente después del primer anuncio de la pasión, contiene también una palabra de ánimo para los discípulos, que han de seguir a Jesús por ese mismo camino de entrega y olvido de sí (Mt 16 24-28). El Señor se acerca a ellos y les dice: Levantaos, no tengáis miedo (Mt 17 7): una palabra de ánimo para reforzar su fe vacilante, puesta en crisis ante la perspectiva de la cruz.
El diálogo posterior (Mt 17 10-13) debe situarse en el contexto de la polémica que sostenían los judíos y los primeros cristianos. La tradición judía afirmaba que Elías anunciaría la llegada del Mesías, y negaban que Jesús fuera el Mesías, porque Elías no había venido. Para los cristianos Juan el bautista había encarnado el papel de Elías (véase Mt 11 14). Los judíos no sólo no le habían reconocido como tal, sino que le habían dado muerte, y lo mismo hará con Jesús. Mateo insiste al final en la comprensión de los discípulos. La fe en Jesús y la comprensión de sus palabras son los rasgos que caracterizan al verdadero discípulo en este evangelio. A través de los discípulos Mateo propone a su comunidad un modelo a seguir, para que también ellos se coloquen detrás de Jesús con un corazón abierto y una fe incondicional.

La escena de la transfiguración que nos relatan los evangelios es también un símbolo de esas otras muchas experiencias de transfiguración que todos experimentamos. La vida diaria se vuelve gris, monótona, cansada, y nos deja desanimados, sin fuerzas para caminar. Pero he aquí que hay momentos especiales, con frecuencia inesperados, en que una luz prende en nuestro corazón, y los ojos mismos del corazón nos permiten ver mucho más lejos y mucho más hondo de lo que estábamos mirando hasta ese momento. La realidad es la misma, pero nos aparece transfigurada, con otra figura, mostrando su dimensión interior, esa en la que habíamos creído, pero que con el cansancio del caminar habíamos olvidado. Esas experiencias, verdaderamente místicas, nos permiten renovar nuestras energías, e incluso entusiasmarnos para continuar marchando luego, ya sin visiones, pero «como si viéramos al Invisible».

Todos necesitamos esas experiencias, como los discípulos de Jesús la necesitaron. Nosotros no podemos encontrarnos con Jesús en el Tabor de Galilea. Necesitamos buscar nuestro Tabor particular, las fuentes que nos dan fuerzas, las formas con las que nos arreglamos para lograr renovar nuestro compromiso primero, siendo la oración, sin duda, el más importante.

7. Oración: Dios Padre, Sabiduría eterna, Visión infinita, Intuición total: danos profundidad en la mirada, potencia en el corazón, luz en los ojos del alma, para que seamos capaces de transfigurar la realidad y contemplar tu gloria ya ahora, en nuestra peregrinación terrestre, por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.