Quinto domingo de cuaresma – Ciclo A

Domingo quinto de cuaresma Ciclo A

1. Introducción

Vivimos en una cultura que ha hecho de la muerte un espectáculo y un negocio. Los medios de comunicación social llevan cada día hasta nuestro cuarto de estar el cúmulo de atentados y crímenes de la vida real; cuando acaba esta crónica de sucesos una amplia oferta de obras de ficción salpicadas de muerte por violencia humana está esperando para llenar nuestro tiempo de ocio. La industria de la guerra goza de buena salud; los guiones de violencia tienen demanda. Y, sin embargo, escondemos y rehuimos el canto directo con la muerte y sólo cuando nos roza en algún familiar o amigo guardamos silencio y experimentamos su misterio.

En domingos anteriores Jesús se os ha presentado como la mejor respuesta para el hombre herido por la sed, la insatisfacción y la ceguera. Él, en persona, es el agua que sacia nuestros deseos más profundos y la luz que ilumina nuestras noches.

Ante la herida de la muerte y de la vida, hoy nos dirá Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?”. Su palabra no es afirmación dicha al aire, sino Palabra hecha vida.

1. Iniciemos orando:

Te damos gracias, Padre, por Jesús “El cual, hombre mortal como nosotros, que lloró a su amigo Lázaro, y Dios y Señor de la vida, que lo levantó del Sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva”

2. Lectura del Profeta Ezequiel 37,12-14.

Esto dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis;
os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago. Oráculo del Señor.

El texto de hoy se sitúa inmediatamente después de la grandiosa visión de los huesos secos. Esparcidos en un valle, ellos vuelven a recibir carne y espíritu. Esta visión no se refiere a la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, esta idea era desconocida en los tiempos del profeta Ezequiel, sino la resurrección del pueblo. Se describe un pueblo deprimido y sin esperanza: “Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra carne, todo se ha acabado para nosotros”. Este pueblo abatido después de la deportación a Babilonia, es llamado levantarse y regresar para tomar posesión de su tierra: “Os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel… Infundiré mis espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo…”. El pueblo podrá constatar que Dios no los abandona: “Y sabréis que yo, Yahveh, lo digo y lo hago”. Con Ezequiel se comprende que lo que Dios puede hacer por una nación también lo puede hacer por cada individuo. El puede “abrir los sepulcros”. No es un Dios de muertos, sino de vivos.

3. SALMO RESPONSORIAL
Sal 129,1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8

R/. Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz:
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora.

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

El Salmo 129 insiste en el perdón ofrecido por Dios. El grito hacia Dios parte “desde lo más profundo”. La palabra evoca el abismo, tal como lo expresa el pobre Jonás: “Desde el seno del Sheol grité, y tú oíste mi voz… Me habías arrojado en lo más hondo, en el corazón del mar” (Jonás 2,3-4). El salmista está triste por sus propias faltas. Sus pecados lo han llevado lejos de Dios. Pero él no ha perdido su fe y aún tiene suficiente fuerza para gritar hacia Dios.

4. Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8,8-11.

Hermanos: Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

¡Qué camino el que se recorrió después de Ezequiel! La resurrección de Jesús lo transformó todo. Las menciones del Espíritu dominan este texto: El Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo, el Espíritu que es vida, El espíritu que habita en los cristianos, el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús. La vida cristiana es vida en el Espíritu. Es una fuerza de vida que se opone a la debilidad humana que Pablo expresa en la palabra “carne”. En dos menciones, Pablo habla de la inhabitación del Espíritu en los cristianos. En la fe cristiana, la vida en el Espíritu y la habitación del Espíritu no terminan con la muerte. La resurrección de Jesús funda la esperanza en la resurrección de los muertos. Es importante subrayar la riqueza de esta visión de la vida cristiana, que es una vida espiritual en el sentido fuerte del término.

5. Lectura del santo Evangelio según San Juan 11,1-45.

En aquel tiempo [un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).] Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le replican: Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? Jesús contestó: ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto añadió: Lázaro, nuestro amigo; está dormido: voy a despertarlo. Entonces le dijeron sus discípulos: Señor, si duerme, se salvará. Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa. Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: Vamos también nosotros, y muramos con él. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: El Maestro está ahí, y te llama. Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y] muy conmovido preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos , a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste? Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: Quitad la losa. Marta; la hermana del muerto, le dijo: Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera. El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desatadlo y dejadlo andar. Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

El camino de fe en la Resurrección consiste en una iniciación progresiva a la fe en Jesús, él único que tiene poder sobre la muerte y es Señor de la Vida. Veamos las cinco etapas del itinerario de fe siguiendo el ritmo de sus escenas para que descubramos la pedagogía de este encuentro con Jesús:

1. Primera etapa: Jesús recibe la noticia de la enfermedad de su amigo (11,1-6).

El relato comienza situándonos: se ha enfermado Lázaro, quien es hermano de Marta y María, amigo de Jesús que vive en Betania. La amistad y el cariño son característicos de los encuentros de Jesús: su misión no es tanto ganar adeptos que comulguen con sus ideas, para Jesús cuenta mucho la relación personal con cada uno. En Jesús cada hombre está llamado a experimentar la solicitud cordial y personal de Dios; y es al interior de esta relación personal con Él que se realiza la salvación. Pues bien, las hermanas ponen a Jesús al tanto de la situación del amigo: “Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo”. Esta evocación de la amistad con Jesús no sólo nos ayuda a visualizar un trazo importante de las relaciones de Jesús, en torno a las cuales se teje el discipulado, sino que es también una clave fundamental para comprender el relato: desde dónde y para qué obra Jesús la salvación del hombre.

2. Segunda etapa: Jesús prepara a sus discípulos para el signo que está a punto de realizar (11,7-16).

Esta segunda etapa está enmarcada por la propuesta de Jesús a sus discípulos, “Volvamos de nuevo a Judea”, y por la respuesta de Tomás en nombre de todos “Vayamos también nosotros a morir con él”. Cuando leemos “Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” encontramos dos finalidades del signo: (1) “Para la Gloria de Dios”… Es decir, para manifestar qué manera Dios es “Yo soy el que soy”, el que está presente en medio de su pueblo. Todas las acciones de poder de Jesús buscan que Dios resplandezca con su obra, que se haga visible el poder de Dios. Dios se manifiesta no en su esencia abstracta sino en su interés y su premura concreta por cada uno de los hombres de la tierra. (2) “Para que el Hijo de Dios sea glorificado”… Es decir, para que se reconozca que Jesús está en una relación estrecha (y al mismo nivel) que Dios. Las obras de Jesús enseñan quién es Jesús.

En el diálogo con sus discípulos, todavía les agrega una tercera y definitiva razón de lo que pretende con la resurrección de Lázaro: “Para que creáis”. Por lo tanto al revelarse la Gloria de Dios por medio del Hijo de Dios, Jesús espera que sus discípulos: Confirmen su fe. Comprendan qué es lo que les espera como consecuencia del creer. Con estos presupuestos Jesús invita a sus discípulos a seguirlo en Judea. Ellos irán con la conciencia clara de lo que les espera allá. La frase valiente de Tomás, “vayamos también nosotros a morir con él”, implica un gesto de confianza en Jesús. Los discípulos son testigos ante nosotros de lo que implica el seguimiento y de cómo el dar vida supone el poner en riesgo la propia vida.

3. Tercera etapa: Jesús se encuentra con las hermanas de Lázaro y con el pueblo (11,17-37).

El encuentro de Jesús con Marta (11,20-27) El encuentro con Marta se caracteriza porque: Ella toma la iniciativa. Va sola donde Jesús. Es conducida progresivamente a la fe en Jesús como Señor de la vida. El diálogo de Jesús y Marta es significativo. En el intercambio Marta va entrando, conducida por Jesús, en la experiencia de la fe: Marta comienza abriéndole su corazón a Jesús. Sus palabras manifiestan: Su fe en Jesús: “Mi hermano no habría muerto”. Su desilusión por haber llegado tarde: “Si hubieras estado aquí…” Su esperanza porque sabe que su presencia no será en vano: “Pero aún ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Estas palabras son una reafirmación de su fe… a pesar de todo. Ante la expectativa de Marta, Jesús le anuncia: “Tu hermano resucitará”. Por sus palabras, se nota cómo en el corazón de Marta se mezclan la fe y la desilusión frente a la persona de Jesús. Pero lo más importante es que a su experiencia de fe le falta todavía un conocimiento más hondo de qué es lo que Jesús está en capacidad de ofrecerle. Por eso Marta no consigue conectar su fe en la resurrección de los muertos en el último día, “Ya sé que resucitará en la resurrección el último día”; afirmación común entre los israelitas, con la fe actual en la misma persona de Jesús. La doble convicción de Marta es la base para que Jesús le enseñe qué es lo que hay que creer. Esto es lo que hay que creer: que la resurrección proviene de la persona misma de Jesús y no de una expectativa abierta hacia un futuro incierto. Al preguntarle “¿Crees esto?” Jesús la inicia ya en la experiencia de la resurrección, porque según sus mismas palabras: “El que cree en mí…vivirá”, y este “vivir” y “creer” en Jesús es la garantía de la resurrección. Marta, entonces, llega a la fe: comprende y hace una profesión fe de altísimo nivel, dice Marta: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo”. El encuentro tiene su punto culminante en la confesión de fe, es decir, en el reconocimiento de quién es Jesús para los hombres. Dice Marta: “Tú eres el Cristo”: aquel mediante el cual Dios cumple su obra de salvación por los hombres. “Tú eres el Hijo de Dios”: aquel que vive en una comunión sin comienzo y sin fin con Dios; aquel que está al mismo nivel de Dios.

3.2. El encuentro de Jesús con María (11,28-32) El encuentro de Jesús con María, por su parte, tiene las siguientes características: Jesús toma la iniciativa: él la “llama”. Va acompañada de sus visitantes judíos donde Jesús. No consigue salir de su dolor, no llega a la fe en la resurrección. Jesús la llama: “El Maestro está ahí y te llama”. La actitud de María ante la llegada de Jesús a Betania es distinta de la de Marta: mientras Marta se pone en camino donde el Maestro, María “permanece en casa”. María permanece encerrada en su dolor, su tristeza la inmoviliza, a diferencia de su hermana no vislumbra una esperanza. Sin embargo su actitud no es del todo cerrada, ella sabe reaccionar ante la voz del maestro que la llama: “se levantó rápidamente y se fue donde él”. Va acompañada de sus visitantes judíos donde Jesús: “la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar”. El pueblo que viene a consolar a las hermanas de Betania es el causante de toda la algarabía que caracteriza la escena: llantos, gritos de desesperación, profunda tristeza. Como bien señala 11,33: “también lloraban los judíos que la acompañaban”. A diferencia de Marta, María no consigue desprenderse del ambiente funerario que la rodea. No consigue salir de su dolor, no llega a la fe en la resurrección: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”. María hace algo que no hace Marta: “cayó a sus pies”. El gesto probablemente indica reconocimiento y adoración de Jesús, pero sus palabras indican que su fe es todavía insuficiente. Sus palabras son idénticas a las de la primera parte de las palabras de Marta: hay fe pero también desilusión. Probablemente esto ha sido tema familiar y ambas hablan el mismo lenguaje. Pero María aún no se abre a la esperanza, no llega a la confesión de fe de su hermana, sigue perpleja ante la muerte. María comprenderá plenamente en la mañana de la resurrección, ocasión en la que será nuevamente llamada por su Amigo-Maestro.

3.3. Jesús y el pueblo (11,33-37) El pueblo ha estado en el trasfondo de los dos encuentros anteriores. El pueblo tiene las siguientes características: “Consuela” a las hermanas pero no transforman la situación. Observa el amor de amigo de Jesús. Critica a Jesús. El pueblo que rodea a Marta y María, viene al velorio a expresar su condolencia y a acompañar solidariamente a la familia (11,19.31). Pero su consuelo no es verdaderamente efectivo porque no consigue eliminar la causa de la tristeza, la situación continúa igual, incluso el pueblo también queda atrapado en la sin salida del dolor (11,33).

Por el contrario, Jesús es aquel que verdaderamente “consuela” porque su venida no es para dar un “sentido pésame” sino para: Vencer la muerte. Dar la vida eterna. La presencia y la intervención de Jesús cambian sustancialmente la situación de tristeza en gozo. Pero hay un momento en el que todos lloran: María, el pueblo y también Jesús. La reacción de Jesús aparece como un contagio del dolor de María y en ella podemos distinguir: La actitud interna: “se conmovió interiormente, se turbó”. La expresión externa: “se echó a llorar”. El pueblo ve, interpreta y concluye: “Mirad, cómo lo quería”. Pero lo que en un primer momento es motivo de admiración, inmediatamente se vuelve objeto de crítica: “Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?”. Se trata de la una actitud diametralmente opuesta a la de Marta, mientras ésta cree, una parte del pueblo se cierra ante Jesús. Los judíos del pasaje solamente saben ver una posible debilidad y falla en Jesús. Sin embargo, aquí hay una lección: la muerte es necesaria. La resurrección presupone la muerte –por eso Jesús se ha referido a la muerte como si fuera un sueño y, de hecho, es una victoria sobre ella. La promesa de Jesús no es precisamente la de evitar la muerte sino la de no dejar que ésta se constituya en la última palabra sobre la historia humana.

4. Cuarta etapa: Jesús realiza el signo de la resurrección de Lázaro (11,38-44).

Este es el momento en el que Jesús se coloca de cara a la muerte. Ahora demuestra que ésta no es de ninguna manera un límite para él: Jesús tiene poder sobre la muerte. Jesús está ante el sepulcro profundamente conmovido. Llaman la atención algunas características de la realización del signo: Recibe ayuda de los hombres. Responde a la objeción de Marta con un llamado al “creer”. Invoca la ayuda de Dios en la oración. Llama a Lázaro fuera del sepulcro. De nuevo pide ayuda.

Jesús se deja ayudar Al comienzo y al final, el pueblo se involucra en el signo: primero, colabora quitando la piedra del sepulcro y, luego, desatando las vendas y el sudario de Lázaro, para que éste –una vez resucitado- pueda andar. Jesús responde a la objeción de Marta Una vez que se ha descrito la tumba de Lázaro y se ha asistido al llanto de Jesús, notamos todavía un breve intercambio de palabras entre Jesús y Marta. Cuando Jesús dice “Quitad la piedra”, enseguida Marta pone una objeción: “Señor, ya huele; es el cuarto día”. El cuarto día después de la sepultura es cuando, según la creencia rabínica, el cuerpo regresa definitivamente al polvo de la tierra, o sea, cuando la muerte es completa e irreversible. El signo, como la totalidad del encuentro con Jesús, se realiza como un itinerario que desemboca en el “creer”. Por eso Jesús le responde a Marta: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”. Sólo si se cree en Él, se abre el espacio para la realización de la obra de salvación. Creer es reconocer el vínculo estrecho que hay entre el Padre –a quien nadie ha visto (1,18)- y Jesús -quien es el narrador por excelencia del misterio y del proyecto de Dios-. Jesús ora al Padre Llama la atención enseguida la oración de Jesús. En medio de la situación de muerte Jesús deja clara cómo es su relación con Dios. El contenido de su oración es el siguiente: “Padre, te doy gracias por haberme escuchado” Jesús le da gracias al Padre porque lo ha “escuchado”. Jesús tiene un corazón agradecido. “Ya sabía que tú siempre me escuchas” Jesús está seguro de su unión con el Padre y no tiene necesidad de que ésta se demuestre con un signo evidente para todo. Jesús tiene un corazón libre. “Pero lo he dicho por éstos que me rodean, para que crean que tú me has enviado” Jesús deja claro que lo que busca es que la gente crea. Jesús tiene un corazón de maestro. Jesús manda “salir” a Lázaro con el poder de su Palabra

Después de proclamarle al mundo su unidad perfecta con el Padre, Jesús pronuncia con solemnidad el imperativo: “¡Lázaro, sal fuera!”. Esta es la palabra que todo creyente escucha al salir de la fuente bautismal y que le hace pasar de la antigua vida a una nueva existencia; es la palabra que todo creyente escuchará al final de esta vida: “Llega la hora en la que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán…” (5,28-29ª). De nuevo Jesús se hace ayudar Dos imperativos más se escuchan finalmente en labios de Jesús dirigidos a la gente que está viendo la escena: “Desatadlo y dejadle andar”. También ellos participan mediante un gesto de liberación de aquello que no deja a Lázaro salir de su situación de muerte (las vendas) y emprender su camino (“andar” es signo de vitalidad).

5. Quinta etapa: El pueblo reacciona ante el signo (11,45-46).

El pueblo que ha aparecido como un grupo compacto en el episodio, ahora se divide: Unos “viendo” el signo “creyeron” en Jesús. Otros fueron a delatar a Jesús ante las autoridades. De nuevo quedamos, como lectores del Evangelio, ante la encrucijada en la cual acostumbra colocarnos el Evangelio de Juan. En este punto final, el “creer” retoma los elementos más importantes de todo el itinerario: Jesús había dicho desde el principio que la enfermedad –y muerte- de Lázaro eran para la “Gloria de Dios” y la “Glorificación del Hijo”. Para el evangelio de Juan esta “glorificación” ocurrirá plenamente en la Pascua de Jesús; aquí tenemos un signo anticipatorio que se comprenderá completamente sólo en la resurrección de Jesús: en la cual no habrá vuelta atrás, la victoria sobre la muerte será total y definitiva. El juego de los equívocos y de las expresiones con doble sentido que van apareciendo a lo largo del relato pretenden llevar al lector a una comprensión más profunda de los acontecimientos, a la luz de la fe. La vida de discipulado pide siempre esta clarificación-iluminación interna. Jesús va al encuentro de la muerte, pero no sólo la de Lázaro sino también de la suya. La resurrección de Lázaro es un anuncio de la muerte de Jesús, quien para dar vida arriesga la propia. El diálogo sucesivo con las dos hermanas de Betania proporciona una luminosa revelación sobre la identidad trascendente de Jesús. Enfatizando el “Yo soy” divino (de Éxodo 3,14-15) se proclama abiertamente: “Yo soy la Resurrección”. Esta vida plena Jesús la comparte con todo el que “vive” y “cree” en Él. Él concede en calidad de “Cristo” e “Hijo de Dios”, “enviado” por el Padre al mundo para vivificarlo.

A esta revelación de Jesús se le responde con una clara e inequívoca confesión de fe, a la manera de Marta: “Sí, Señor, yo creo que tú eres…” En su oración ante el sepulcro de Lázaro, Jesús no pide sino que manifiesta ante el mundo su unidad perfecta con el Padre. El “creer” sumergirá al creyente en esa misma comunión entre el Padre y del Hijo, por medio del Espíritu, allí donde proviene y a donde apunta toda vida. Jesús manda a Lázaro a “salir” y “ponerse en camino”. Esto mismo ha sucedido previamente con las dos hermanas de Betania: cada una de ellas, a su manera, ha salido y ha vivido previamente su resurrección en la fe: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá”. La resurrección de Lázaro en realidad es la conclusión del proceso de resurrección en la confesión de bautismal que han vivido sus hermanas. En fin… Ahora le toca el turno al lector del evangelio. Sobre los presupuestos establecidos en la página evangélica cada uno está invitado a dar un paso hacia delante en su vida como discípulo del Señor abriéndose al encuentro vivo con Jesús resucitado, quien hoy, como ayer, sigue viniendo a nuestro encuentro pascual y eucarísticamente con el don de la vida: su misma vida.

6. Oración final:

Dígnate, Señor, venir a mi tumba y lavarme con tus lágrimas: en mis ojos áridos no tengo tantas para lavar mis culpas. Si lloras por mí, me salvaré. Si soy digno de tus lágrimas, desaparecerá el hedor de mis pecados. Si merezco que llores un momento por mí, me llamarás de la tumba de mis pecados y dirás “Ven fuera”, para que mis pensamientos no queden encerrados en el estrecho espacio de esta carne, sino que salgan al encuentro de Cristo para vivir en la luz; para que no piense en las obras de las tinieblas, sino en las del día: el que piensa en el pecado trata de encerrarse en si mismo. Seño; llama a tu siervo que salga afuera: a pesar de las ataduras de mis pecados que me oprimen, con los pies vendados y las manos atadas, y aunque esté sepultado en mis pensamientos y obras muertas, a tu grito saldré libre y me convertiré en un comensal de tu banquete. Tu casa se inundará de perfume si conservas lo que te has dignado redimir. Amén. (San Ambrosio, La penitencia, KK,71).

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