Domingo VI de Pascua – Ciclo A

Pascua

A quince días de que termine la cincuentena pascual, la Iglesia comienza a prepararnos para la gran celebración que la concluirá: la de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. La manifestación pública de la Iglesia. Podríamos decir que el Señor promete a sus discípulos el envío de un “Paráclito”, un defensor o consolador, que no es otro que el Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, Espíritu de verdad porque procede de Dios que es la verdad en plenitud, no un concepto, ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y que conduce la historia humana a su plenitud.

  1. ORACIÓN AL ESPIRITU SANTO

Oh Dios que con la luz del Espíritu Santo enseñaste a los fieles la verdad, concédenos conocerla en el mismo Espíritu y gozar siempre de sus consuelos celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo. Así sea. Seguir leyendo “Domingo VI de Pascua – Ciclo A”

Primer domingo de Cuaresma – Ciclo A

cuaresma

La Constitución “Sacrosanctum Concilium” (nn. 109-110) considera a la Cuaresma como el tiempo litúrgico en el que los cristianos se preparan a celebrar el misterio pascual, mediante una verdadera conversión interior, el recuerdo o celebración del bautismo y la participación en el sacramento de la Reconciliación. A facilitar y conseguir estos objetivos tienden las diversas prácticas a las que se entrega más intensamente la comunidad cristiana y cada fiel, tales como la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria, y otros medios ascéticos, tradicionales, como la abstinencia, el ayuno y la limosna.

La celebración de la Pascua es, por tanto, la meta a la que tiende toda la Cuaresma, el núcleo en el que se convergen todas las intenciones y el elemento que regula su dinamismo. La Iglesia quiere que durante este tiempo los cristianos tomen más conciencia de las exigencias vitales que derivan de hacer de la Pascua de Cristo centro de su fe y de su esperanza. No se trata, por tanto, de preparar una celebración histórica (drama) o meramente ritual de la Pascua de Cristo, sino de disponerse a participar en su misterio; es decir, en la muerte y resurrección del Señor. Esta participación se realiza mediante el bautismo –recibido o actualizado-, la penitencia –como muerte al hombre viejo e incorporación al hombre nuevo-, la Eucaristía –reactualización mistérica de la muerte y resurrección de Cristo-, y por todo lo que contribuye a que estos sacramentos sean mejor participados y vividos.

1. ORACIÓN INICIAL

Señor Jesús, cuando comenzabas tu ministerio, cuando ibas a darte a conocer, cuando comenzarías a manifestar tu identidad y el proyecto del Padre, el Espíritu te lleva al desierto y allí permaneces durante cuarenta días, y al final de ese tiempo, fuiste tentado por el diablo, que buscó seducirte y desviarte de la misión que el Padre te había dado. En ese momento Tú nos mostraste la manera de vencer esas tentaciones y ahí Tú te aferraste a la Palabra del Señor y así permaneciste fiel a lo que Él te pedía y quería de ti. En estos días de cuaresma, ayúdanos a que también nosotros, permanezcamos fieles a lo que nos pides y así vivamos como Tú, dando testimonio de ti, en todo momento, viviendo como el Padre nos pide. Que así sea. Seguir leyendo “Primer domingo de Cuaresma – Ciclo A”

Domingo 8 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

ordinario

1. Introducción:
Las lecturas del domingo VIII del tiempo ordinario, en particular, el evangelio, nos invitan a comprender nuestra existencia y realidad humana y terrena en la óptica de comunión con lo divino. Si verdaderamente participamos sacramentalmente de la doble existencia de Jesucristo, tal condición necesariamente ha de tener su impacto en la forma en que enfrentamos nuestras propias necesidades materiales. Llamar a Dios “Padre celestial” tiene consecuencias profundas, es esencial a la existencia del cristiano.

Uno de los elementos que caracterizan al Dios cristiano es su infinita generosidad para con sus hijos, que se expresa plenamente en la vida y misión de Jesús de Nazaret, quien con sus actitudes y comportamiento hacen presente el Reino de Dios, es decir, el amor y la solidaridad incondicional de Dios que sale al encuentro del ser humano, con el fin de darle vida en abundancia. Éste es el tema central de hoy.

1.1. Oración:

Concédenos, Señor, que el curso de los acontecimientos del mundo se desenvuelva, según tu voluntad, en la justicia y en la paz, y que tu Iglesia pueda servirte con tranquilidad y alegría. Amén. Seguir leyendo “Domingo 8 del Tiempo Ordinario – Ciclo A”

Domingo 7 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

ordinario

Es el amor de Dios el que nos reúne cada domingo en comunidad con los hermanos. Hoy la liturgia nos invita a ser santos porque el Señor es santo. El mensaje del amor total, a todos sin distinción, es propio de los hijos de Dios.

1. Introducción

Las lecturas de hoy nos hablan de la santidad. Es más, el evangelio termina con una invitación a ser “perfectos”. A eso estamos llamados todos los que queremos seguir las huellas de Jesús. Tenemos que ser perfectos. Pero la gran pregunta es: ¿qué significa ser perfectos? ¿En qué consiste la perfección? Pablo en la segunda lectura viene a plantear la misma cuestión pero desde otro punto de vista. En realidad Pablo nos dice que los cristianos ya somos perfectos. Por la sencilla razón de que ya somos “templo de Dios” y el Espíritu de Dios “habita en nosotros”. Lo que nos corresponde es comportarnos como debemos: no según la sabiduría de este mundo sino según la sabiduría de Dios. Acerquémonos a la lectura y reflexión de los textos bíblicos. Seguir leyendo “Domingo 7 del Tiempo Ordinario – Ciclo A”

Domingo 6 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

ordinario

Esta nueva manera de cumplir la Ley en su plenitud nada tiene que ver con el legalismo de los escribas y fariseos. No se trata de una hermenéutica más perfecta de la letra de la Ley, sino de la interiorización de su espíritu. Si se encuentra la clave que todo lo simplifica, no sólo se evitan las angustias y el miedo. Paradójicamente, sólo cuando se abandona el legalismo está el creyente en condiciones de ser radical.

1. Oración:

Señor Dios nuestro Tú la revelación plena del Padre y el que nos has ayudado a conocer a Dios como Padre, has venido a darnos la interpretación plena, total y auténtica de las Escrituras, es por eso, que haces alusión a lo que ellas dicen, pero enfatizas que hay algo nuevo y así nos dices: …pero YO les digo…, es así, que te pedimos que nos ayudes a tener la capacidad de comprender y valorar la nueva perspectiva que Tú estás dando a toda la revelación, porque la estás interpretando desde el corazón del Padre, es por eso, que te pedimos que nos ayudes, que nos ilumines, que nos hagas leer la vida con tus ojos y tu corazón para poder vivir de acuerdo a tu voluntad y así vivir en sintonía de amor contigo, actualizando en nosotros tus enseñanzas. Que así sea.

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Domingo 5 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

ordinario

Sal y luz, el sabor y el color de nuestra vida en Jesús

1. Invocación al Espíritu Santo
Espíritu Santo concédenos tu luz, para que amanezca la luz de nuestro perdón y la ofrezcamos a aquellos hermanos que nos han ofendido.
Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz de la alegría y la ofrezcamos con tu fuerza a los hermanos que viven tristes. Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz de una sonrisa y la brindemos a los hermanos que han perdido la esperanza. Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Que amanezca la luz del compartir y seamos solidarios con los hermanos. Espíritu de luz: ayúdanos a vencer nuestras tinieblas. Concédenos, Espíritu Santo, tu luz para dar sabor a nuestra vida según los valores del Evangelio. Concédenos, Espíritu Santo, tu luz para dar color a nuestra vida participando en la Eucaristía. Seguir leyendo “Domingo 5 del Tiempo Ordinario – Ciclo A”

Domingo 4 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

ordinario

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

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II Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

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Entre la despedida y la vuelta del Señor, los cristianos tenemos una tarea que realizar. Iniciamos un ciclo litúrgico, Domingos del Tiempo Ordinario, porque siguen y realizan la pascua pentecostal que viene a expandir la fe fuera de la Iglesia, y que manifiesta que los cristianos tenemos que ser los realizadores de la extensión del Reino de Dios. Su vida se ha convertido en misión de testimonio. Nace el tiempo del testimonio. Domingos verdes, les llaman otros; en definitiva domingos de maduración cristiana, de afirmación cristiana desde el mayor conocimiento y compromiso con la fe en Jesús. Las lecturas de hoy nos cuestionan el concepto de misión. Nos alertan acerca de una concepción raquítica y limitada de lo que significa ser seres cristianos, siervos y seguidores.

1. Oración inicial

Señor Jesús, Tú el que nos bautizas con Espíritu Santo, que eres el Cordero de Dios, el que quitas el pecado del mundo, el que nos das vida con tu vida, el que has venido a revelarnos al Padre y a llevarnos a Él, te pedimos que nos ayudes a conocerte más, a saber quién eres, y que conociéndote demos testimonio de ti, dándote a conocer como lo hizo Juan para que viviendo con alegría, nuestra fe en ti, busquemos que otros te conozcan y te sigan, para que Tú nos des vida uniéndonos a ti, para vivir como Tú, teniendo de ti vida y salvación. Que así sea.

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La Epifanía del Señor

navidad

Epifanía en el contexto de la Navidad. La Epifanía es la solemnidad de la manifestación del Mesías, el Dios hecho niño, a los pueblos gentiles, significados en los personajes venidos de Oriente. Importa mucho no desligar la Epifanía de la Navidad. El misterio en el fondo es el mismo, varía la perspectiva de la amplitud y universalidad de la manifestación. Epifanía es manifestación del Dios-con- nosotros a los pueblos gentiles.

1.     Oración Inicial

Viendo la actitud de los Magos dispongámonos a buscar al Señor y desinstalarnos para buscarlo y así seguir las señales que Él nos va dejando a lo largo del camino. 

Niño Dios, Tú que siendo Dios te hiciste hombre, y que has venido a mostrarnos el amor del Padre, para que vivamos con alegría nuestra fe en ti, sabiendo que Tú has venido para darnos vida y vida en abundancia, te pedimos que nos ayudes, a buscarte sin cansarnos, a desinstalarnos para encontrarte, a seguirte sin desanimarnos, superando dificultades, hasta que nos postremos ante ti para adorarte y reconocerte como nuestro Dios y Señor, como el Hijo de Dios vivo y verdadero, en quien y de quien recibimos vida y salvación. Que así sea.

 

2.     Texto y comentario

2.1. Lectura del Profeta Isaías 60,1-6.

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz;
la gloria del Señor amanece sobre ti!

Mira: las tinieblas cubren la tierra,
la oscuridad, los pueblos,
pero sobre ti amanecerá el Señor,
su gloria aparecerá sobre ti;
y caminarán los pueblos a tu luz;
los reyes al resplandor de tu aurora.

Levanta la vista en torno, mira:
todos ésos se han reunido, vienen a ti:
tus hijos llegan de lejos,
a tus hijas las traen en brazos.

Entonces lo verás, radiante de alegría;
tu corazón se asombrará, se ensanchará,
cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar,
y te traigan las riquezas de los pueblos.

Te inundará una multitud de camellos,
los dromedarios de Madián y de Efá.

Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro
y proclamando las alabanzas del Señor.

La gloria del Señor amanece sobre ti.

Palestina después de la vuelta del destierro. Dificultades en la vida religiosa y comunitaria. Tardan en cumplirse las antiguas promesas. La realidad no corresponde al cuadro imaginado pro el «segundo Isaías» en la segunda parte del libro. Cunde el desánimo. De nuevo, como siempre en tales casos, la voz autorizada de lo alto. Voz que canta la «disposición» de Dios. Es un poema. Un poema a Sión. Sión, la ilustre, es la destinataria de la decisión de Dios. Una buena nueva para Sión. Sión es el centro.

Dios habla. Dios intenta levantar el ánimo. Para Sión un gran destino. Luz sobre Sión, luz en Sión: Sión-Luz. La gloria de Dios-Dios, poder y luz, que se manifiesta- entra en Sión. Sión irradia, trastocada, la gloria de Dios. Sión, convertida en Luz, impregnada de la gloria de Dios. Fuera de ella, las tinieblas, la oscuridad, la muerte. Sión, centro del universo. Todas las mira­das se dirigen allí: la luz disipa las tinieblas y la vida ahuyenta la muerte. En Sión, Dios poderoso salvador. La salvación y la luz se expanden a todos los pueblos. Lo verán todos los pueblos. Todos los pueblos afluirán a Sión. Con ellos sus tesoros y sus riquezas. Las gentes vienen a adorar a Dios en Sión. Gran porvenir para Sión. Sión, la grande, la hermosa, debe cantar la promesa del Señor. Todos los pueblos se beneficiaran de la promesa de Dios en Sión. Motivo para levantar el ánimo, motivo para cantar. Dios lo ha dis­puesto, Dios lo realizará.

2.2.SALMO RESPONSORIAL Sal 71,2. 7-8. 10-11. 12-13

R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra.

Dios mío confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes:
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.

Que los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributos;
que los reyes de Sábá y de Arabia
le ofrezcan sus dones,
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan.

Porque él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres

Se postrarán ante ti, Se­ñor, todos los reyes de la tierra.

Salmo real. El rey de Israel es «ungido» de Dios. Dios ha dispuesto cosas maravillosas para el rey de Israel. Un grupo de salmos lo recuerdan y lo cantan. Este, en concreto, lo celebrará en forma de súplica: una confiada sú­plica por el «ungido» del Señor. Dios ha prometido a su pueblo un rey cabal, un rey perfecto: lleno de justicia, socorredor del pobre, defensor del oprimido, señor de las gentes. La súplica urge el cumplimiento de la promesa: «Danos ese rey». El estribillo insiste en la disposición de Dios. Disposición que toca a todas las gentes, subrayemos, pues, el universalismo de la divina disposi­ción. En forma de súplica, naturalmente.

El Cristo de Dios, Jesús de Nazaret, ha venido. Su reino está en marcha. Lo cantamos y lo proclamamos. También lo pedimos y lo suplicamos. Es un deseo, una confesión y todo un plan de acción. Queremos que florezca la jus­ticia y que reine la paz. Hagamos en Cristo la justicia y trabajemos la paz. Lo verán todas las gentes.

2.3.Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 3,2-3a. 5-6

Hermanos: Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos.

Pablo se encuentra prisionero. Por Cristo, naturalmente. Por Cristo ha emprendido los más arriesgados viajes. Por Cristo las más serias y tremen­das privaciones. Por Cristo él perdió la libertad. Todo por Cristo: la vida toda por Cristo. Porque Cristo lo es todo. Y todo encuentra sentido en el sen­tido que Cristo da. Pablo ha encontrado a Cristo; Pablo ha encontrado la vida. Las limitaciones, las privaciones, las negaciones de una vida humana en este mundo, vividas en Cristo han dejado abierto el corazón del apóstol y lo han ensanchado hasta los confines del mundo. El corazón de Pablo abarca todo en el todo que llena Cristo. Prisionero ahora por el evangelio de Cristo, el apóstol medita y contempla la grandeza de Dios en el «misterio» de Cristo. Obra magnífica que lo llena todo. Dios lo ha revelado últimamente, en estos que son los últimos tiempos (Hebreos), y lo ha extendido a todas las gentes. El espíritu que todo lo invade, ha invadido a los profetas y apóstoles y los ha impelido a publicarlo a todas las gentes. He aquí el misterio precioso de Dios: «Que también los gentiles son coherederos animosos del mismo cuerpo, partícipes de la misma causa en Jesucristo por el Evangelio; a todos va diri­gido el mensaje a todos la promesa, a todos la Bendición de Dios: todos tie­nen un puesto en el Cuerpo Santo de Cristo, todos encuentran la plenitud de su vida en la vida de Cristo. Todos hayan su sentido, el sentido de su per­sona y de su vida en la vida y en la persona de Cristo, -a todos ya dirigida- reciben la promesa, y la promesa no es otra cosa que el Don del Espíritu Santo: de Dios en el Espíritu. Una gracia inefable. Una gracia confiada a Pablo. La vida de Pablo ya libre, ya preso, recibe su sentido de esa misión. Pablo se deleita en el misterio que se le ha confiado predicar. Obra maravi­llosa: ¡todos herederos del Reino! Los gentiles, separados hasta ahora del Reino, son constituidos, por el Espíritu en Cristo, herederos y miembros del Reino; son ya Reino. Todo obra de Dios en Cristo.

1.3.Lectura del santo Evangelio según San Mateo 2,1-12.

Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes .Entonces, unos Magos deOriente se presentaron en Jerusalén preguntando: —¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: —En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá;
pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.» Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: —Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.

Un rayo de luz en un mundo en tinieblas. Una chispa de fuego en un blo­que de hielo. Una estrella radiante en una noche oscura. Y la luz se ha pre­cipitado sobre Belén. Ha surgido un lucero brillante y nadie se ha percibido de él. Se ha encendido el cielo y nadie se ha percatado de él. Se ha encendido el cielo y nadie lo ha percibido. Nadie ha despertado, nadie se ha movido. Los ojos de aquel pueblo siguen cerrados incomprensiblemente. El pueblo de Is­rael sigue dormido. No ve. Tan sólo unos extraños se han dado cuenta del fe­nómeno. Pocos, muy pocos, para tan gran acontecimiento. El cielo les ha ad­vertido de un gran acontecimiento. El cielo les ha advertido de un gran suceso. La sedienta tierra que sentía brotar de sus entrañas la mara­villosa Vara de Jesé, ha suspirado tan hondamente que se han conmovido los astros. Y uno de ellos, el más ágil y atrevido, ha ido a besar, juguetón, aquel vástago de cielo. Unos «magos», desconocidos y extravagantes quizás, han notado el milagro y han corrido presurosos a saludar al recién nacido. Porque el recién nacido es un pedazo de cielo.

La luz, pues, sirve de contraste: para poner de relieve la indebida pos­tura de Israel para con el Mesías que nace. Estamos en Mateo, no lo olvide­mos. Israel, luz de las naciones, se ha quedado a oscuras. Las naciones, no­che y tinieblas, han visto la luz. Que bochorno para Israel; qué honor para los gentiles. Los gentiles señalan a Israel el camino para encontrar al Me­sías: Basta mirar al cielo. Israel no mira al cielo. Israel, pegado al polvo de tradiciones inconsistentes, se ha quedado ciego. Las palabras del profeta le resultan vacías y vanas. Nadie da un paso a Belén. Los profetas darán tes­timonio, en el día del juicio, contra él.

Jesús recién nacido, en medio, como acontecimiento trascendente. «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron», confiesa amargamente Juan. La in­fancia de Jesús, ya evangelio, anuncia el Evangelio: para Jesús, Mesías de Israel, ignorancia, desprecio, persecución. Herodes, escribas, letrados y sa­cerdotes, pueblo. Ignoran a su Dios. Los magos, impuros y obscuros paga­nos, le han encontrado. La estrella que nace se lo ha revelado. La Estrella era también para ellos. Y han venido. El recién nacido, Dios en persona, los ha llamado. La vocación de los gentiles está dentro del Evangelio.

Reflexionemos:

Fiesta de la Epifanía del Señor. Fiesta de la «Manifestación» del Señor. El Señor se manifiesta, el Señor se revela. El Señor desciende en forma de luz a los pueblos, y los pueblos se visten de luz. Los cielos dejan caer la gloria di­vina, y los pueblos quedan glorificados. Dios se manifiesta salvador. Jesús, Hijo de Dios, manifiesta la bondad de Dios, salvando a los hombres. Dios llama a todos los hombres a su Reino. Imprescindible, hoy, hablar de la vo­cación de los gentiles a la luz de Dios. Cristo es el centro.

La primera lectura lo anuncia como determinación de Dios en forma de canto. Cantemos tal decisión. Es una maravilla, una bondad del Señor. Dé­mosle gracias. El salmo nos recuerda por una parte los bienes mesiánicos; por otra, nos invita a impetrarlos. La obra de está ya en marcha. Nuestra oración al rey de reyes ha de ir por ahí: venga tu Reino, Señor; que todos los reyes se postren ante el Señor de los señores. El acatamiento del Rey no es una esclavitud, es una bendición. Con él reinamos, con él somos bendecidos. La segunda lectura, palabras de Pablo, caminan en la misma dirección: los gentiles son coherederos del Reino. La herencia evoca la condición de filia­ción, y ésta la de partícipes de la Promesa. La promesa, el Espíritu Santo, trastoca a todos y los glorifica. La epifanía del Señor es una promesa para todo el que la recibe. Y recibirla pueden todos. Mateo lo señala como evangelio a la altura de Pablo: los gentiles han visto la gloria de Dios. Y ver la glo­ria de Dios es recibirla y ser transformado por ella. Es parte del misterio de Dios. Más, es el Misterio de Dios. Cantemos, meditemos, demos gracias: Dios se ha manifestado bueno y generoso con todos, al margen de nuestros méritos.

La Fiesta de la Epifanía del Señor, nos hace pensar también en la Iglesia como «epifanía» de Dios. La llamada a todos los pueblos a la salvación es una realidad actual: la Iglesia. La Iglesia, Cuerpo de Cristo, irradia -debe irra­diar- la gloria de Dios. Somos apóstoles y profetas de ese misterio. Y lo so­mos en la medida en que vivimos la vida del Espíritu que se nos ha dado como prenda de la vida eterna. La gloria se transparenta a través del anun­cio vital de la palabra de Dios, del Evangelio. Y somos evangelio cuando nuestras palabras y nuestras acciones, de un modo u otro, manifiestan la presencia de Dios en nosotros: paz, justicia, asistencia a los humildes. El evangelio no debe ser letra muerta como lo fue en su tiempo la Escritura para el pueblo de Israel. Somos «estrella», luz, ofrenda, canción, portadores de una riqueza que no tiene precio. Llevamos a Dios en nosotros. Celebramos en esta Fiesta nuestra vocación a la Herencia y nuestro destino a serlo ya en esta vida. Somos la Sión de Dios. Levantemos los ojos y admiremos la disposición de Dios y en ella la participación de su gloria. Una alabanza, un canto y una oración: que florezca la justicia, que se extienda el Reino de Dios a todos los pueblos y gentes. Somos distribuidores de la gracia de Dios.

3.     Oración Final 

Viendo a los magos que son ejemplo de fe, veamos de qué manera y con qué actitudes, vamos a vivir nuestra fe, para dar testimonio de lo que creemos.

Niño Dios, Tú que en la humildad de Belén, en el silencio de la marginación, en los brazos de tu Madre, nos has hecho ver el amor total del Padre hacia nosotros, y así has invitado a los Magos para que fueran y se postraran ante ti, para reconocerte como el Dios vivo hecho hombre, hoy nosotros que hemos celebrado tu nacimiento, que nos hemos dado cuenta del amor del Padre, te pedimos que hoy, nos ayudes a darte todo lo que somos, y así te busquemos de todo corazón, siendo Tú la razón y el fundamento de toda nuestra vida, dándote nuestra libertad, nuestra voluntad, nuestros proyectos y sueños, para que Tú nos hagas sentir tu misericordia y tu presencia viva, dándonos tu bendición, hoy y siempre. Que así sea.

Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo A

adviento

María y José son la primera pequeña Iglesia, que da a luz al primer hijo del Reino de los cielos. Por eso, en este cuarto domingo de Adviento, cuando casi tocamos ya la Navidad, la liturgia hace que volvamos hacia ellos los ojos, para entender su misterio y protagonismo. Seguir leyendo “Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo A”