Domingo 19 del tiempo ordinario – Ciclo B

Domingo décimo noveno del tiempo ordinario ciclo B

En cada misa, lo primero que hacemos es escuchar la Palabra que Dios nos dirige. Nos hace falta. Ahí está nuestra formación permanente. La mejor catequesis que los cristianos, jóvenes y mayores, recibimos a lo largo del año. Somos invitados a “comer”, a “comulgar” con Cristo como la Palabra viva de Dios. Si lo hacemos así, él mismo nos habrá preparado para recibirle después con mayor fruto en el alimento del Pan y del Vino.

1.      Oración inicial

 

Shadai, Dios de la montaña, que haces de nuestra frágil vida la roca de tu morada, conduce nuestra mente a golpear la roca del desierto, para que brote el agua para nuestra sed. La pobreza de nuestro sentir nos cubra como un manto en la obscuridad de la noche y abra el corazón para acoger el eco del Silencio para que el alba envolviéndonos en la nueva luz matutina nos lleve con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro, el sabor de la santa memoria.

 

2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8

 

En aquellos dias, Elias continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: —«¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: —«¡Levántate, come!» Miró Elias, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: —«¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

 

Después del dramático encuentro con los profetas de Baal en el monte Carmelo, donde éstos acabaron trágicamente, Elías teme por su vida. El pueblo había deseado un signo. Elías lo había dado. El Señor que él predi­caba había mostrado ser el Señor de los Ejércitos, el Señor del cielo y de la tierra, el único Señor. No obstante, Jezabel, esposa del monarca, pagana y propulsora del culto pagano en Israel, le ha jurado odio eterno y le persigue a muerte. El siervo de Dios se ve obligado a huir. Elías, el gran defensor del yavismo en un pueblo que claudicaba aplaudido y dirigido por la monarquía, corre peligro de muerte en manos de una desdichada mujer. Una dura prueba para el profeta.

 

Elías huye. Pero la huida se convierte en una peregrinación religiosa. El viaje, duro y penoso, está cargado de simbolismo religioso. Elías huye de Je­zabel y se encamina hacia Horeb, hacia el Monte del Señor. No se dirige a Jerusalén, templo elegido por Dios y lugar de peregrinación de Judá. El Reino del Norte empalma directamente, al carecer de un santuario autén­tico, con las tradiciones del desierto: Yavé, el Dios de la Alianza, el Dios que se reveló a Israel, con gloria y majestad, en el Sinaí, llamado aquí – tradición elohísta – Horeb. Elías vuelve a las fuentes de su religión: al desierto, al lu­gar del encuentro con Dios. Magnífico propósito.

 

El camino es largo y penoso – cuarenta días y cuarenta noches – ; más pe­noso aún en las circunstancias en que lo realiza el profeta: amenazado de muerte. A Elías le pesa la profesión; desea la muerte. Todo es difícil en su vida. Las angustias le agobian demasiado. Y él no se considera mejor que sus antepasados. «¿Por qué, Señor, no tomas mi vida?» Quizás acabe con él el desolado desierto.

 

Pero Dios lo ha reservado para edificación de su pueblo; de él debe surgir un resto que le sea fiel. Elías debe caminar. Dios sale al paso de la necesidad más perentoria: hambre, sed, cansancio. Una retama, un jarro de agua, pan. Por dos veces experimenta Elías la providencia especial de Dios. Aquel pan lo confortará para el camino. «Con la fuerza del aquel alimento caminó… hasta el monte del Señor». Maravilloso alimento.

 

2.2.Salmo responsorial Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R/.: 9a)

 

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. R/.

 

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. R/.

 

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. R/.

 

Salmo de acción de gracias con abundantes consideraciones sapienciales. El beneficio recibido, muy al fondo del salmo, motiva la acción de gracias en forma de alabanza. La alabanza viene coloreada, como también la acción de gracias, con una exhortación, o exposición de máximas, a seguir el camino que conduce a la «bendición». La verdad fundamental de estas enseñanzas, que el autor ha experimentado en su propia carne, es la benévola y extraor­dinaria providencia de Dios sobre los que acuden a él. Las máximas «los que buscan al Señor, no carecen de nada», «el Señor salva al afligido de su an­gustia», «el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles», «contempladlo y quedaréis radiantes», «vuestro rostro no se avergonzará», son suficiente­mente expresivas. Todo ello lo recoge el precioso estribillo que da la tónica al salmo en esta liturgia: «gustad y ved qué bueno es el Señor». Es una invita­ción, un apremio, una urgencia, dada, al fondo, la necesidad a la que están expuestos todos los mortales. La experiencia del autor invita a multiplicar las «experiencias» de un Dios bueno y providente. Elías, en el relato primero, confiesa haberlo experimentado.

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2

 

Hermanos: No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entrego por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

 

Una exhortación típicamente «cristiana». Hemos de ser «imitadores» de Dios. Al fin y al cabo somos, por definición, imagen suya. Dios origen de todo ser, de toda vida, de todo bien, es el ejemplar supremo. Hemos de ser «imitadores», y no de cualquier forma. Imitadores de Dios como «hijos». Y no como cualquier hijo, sino como hijos «queridos». Y queridos no de cualquier modo, sino «queridos» misteriosamente de forma inefable, como lo expresa el «amor» de Cristo que se entregó por nosotros. El misterio de Cristo – sacrificio y oblación -, expresión del maravilloso amor de Dios a los hombres, es la raíz y causa formal de la imitación cristiana. Dios nos amó así. Así debemos amarlo nosotros.

 

Nuestra vida ha de ser una imitación de Dios, una imitación de Cristo. La vida cristiana recibe la impronta de Cristo: oblación y víctima. Así Cristo, así nosotros. La vida cristiana recibe también la impronta del misterio trini­tario: «imitadores» de Dios como Cristo nos «amó», «marcados» por el Espí­ritu Santo. En la obra de la salvación se comprometen las tres divinas per­sonas. ¿No es la vida cristiana una participación en la vida trinitaria? De­nota ternura y afecto la recomendación «No pongáis triste al Espíritu Santo». ¿Cabe mayor delicadeza y respeto? El pensamiento del «sufrimiento» de Dios no es ajeno a la Biblia. Dios «siente» nuestro mal, nuestra ruina. ¿No es esto grande y maravilloso?

 

El Espíritu Santo es la garantía, el sello vivo en nuestro espíritu y nues­tro cuerpo, de nuestra pertenencia a Dios. En el día último será él, su pre­sencia en nosotros, la señal, el sello, que nos detenga como propiedad suya. Será el día de la liberación suprema. Sería horrible si nos alejáramos de él. Lo «sentiría»

 

La aplicación práctica se desprende con naturalidad: perdonad como Dios os perdonó en Cristo; sed bondadosos, comprensivos, como Dios lo ha sido con nosotros. Lejos la ira, el enfado, el resentimiento, la maldad. Sed miseri­cordiosos (Lucas) y perfectos (Mateo) como el Padre celestial se ha mostrado en Cristo perfecto y misericordioso. Buen espejo para un examen de concien­cia. Es nuestro programa de vida. Es la vida del hombre nuevo creado en Cristo.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 41-51

 

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: —« ¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿ No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? » Jesús tomó la palabra y les dijo: —«No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. »

 

Jesús ha afirmado categóricamente: «Yo soy el Pan bajado del cielo». Apunta, a todas luces, a su transcendencia. Jesús es un ser «superior» con prerrogativas que tocan lo divino La misma expresión «Yo soy» evoca el ha­blar propio de Dios en el A. Testamento. Esas pretensiones no pasan desa­percibidas a los oyentes. La exigencia de Jesús de creer en él para salvarse les parece exagerada y suena a blasfemia y a extravagancia. En efecto, to­dos conocen la procedencia de Jesús, conocen a sus padres, a sus familiares, saben cuál es su patria. ¿Por quién se tiene? Al fin y al cabo no es más que el hijo de un carpintero, oriundo de Nazaret. La objeción es seria.

 

Es curioso, la Encarnación del Verbo, que debiera en sí facilitar las cosas, las complica. La misma «exaltación» del Hijo del Hombre, manifestación es­tupenda de la sabiduría y del poder de Dios, será para unos escándalo, para otros irrisión. La carne pues, que ha tomado el Verbo, transparencia de lo divino, es para estos judíos un obstáculo. Los oyentes de Jesús no superan, en sus cavilaciones, los criterios humanos, no pueden ver. Jesús responde a esta situación fundamental. Para ver hacen falta ojos nuevos, luz nueva, cri­terios nuevos. Y ellos vienen de Dios. Dios, ya lo había anunciado por los pro­fetas, va a convertirse en Maestro, va a iluminar las mentes y a atraer los corazones. Los oyentes de Jesús dan muestras de insensibilidad y de cerra­zón a lo divino. No ven más allá de lo que sus ojos de carne puedan apreciar. La acción de Dios no ha logrado cambiarlos. Por lo visto se han cerrado.

 

El hombre no puede con sus solas fuerzas alcanzar a Cristo; necesita ayuda de lo alto. La ayuda no destruye la libertad, antes bien la responsabiliza en ir, al parecer, a contra de los criterios humanos. Aquellos oyentes, familiari­zados con el actuar de Dios en la historia de su pueblo, de­berían estar preparados para entrever el misterio. No dan señales de ello. No alcanzan a ver la verdad que van gritando los «signos». El misterio de la atracción de Dios.

 

En realidad nadie tiene una «experiencia» directa e inmediata de Dios: Nadie ha visto a Dios. El único, el Hijo. El Hijo ha venido del Padre y puede hablarnos de él. (Jn 1,18). El Hijo posee la vida eterna. Sólo el Hijo perte­nece a la divinidad. Sólo él puede comunicarnos la vida eterna. El hijo es el único Mediador. En el fondo de todo esto estamos tocando el misterio de la Encarnación.

 

La vida que ofrece Jesús es la vida eterna. No como la vida de los padres en el desierto. Murieron, por más que habían comido el pan descendido del cielo. No era aquel el auténtico pan del cielo. Jesús es el verdadero Pan del cielo. Y hay que comerlo para poseer la vida. No perdamos de vista la hu­manidad de Cristo, vehículo de salvación. Al hablar Jesús de su carne está aludiendo a ella de forma muy concreta: La Eucaristía. La Eucaristía nos in­troduce, dentro de la Encarnación, en el misterio de muerte y resurrección: «carne para la vida del mundo». Jesús, Verbo encarnado, muerto y resuci­tado por nosotros, se ofrece a los hombres como Alimento indispensable de vida eterna. Se precisa la fe: misterio de fe. El hombre se abre a la revela­ción salvadora que viene del Padre.

 

Reflexionemos:

 

Conviene partir del «misterio de Cristo». No podemos desterrar de la cele­bración litúrgica, y en resumidas cuentas de nuestra vida cristiana, el ele­mento «misterio».

 

Tocamos en este «misterio» dos aspectos ó momentos fundamentales: la Encarnación, es decir, el Verbo encarnado, hecho hombre – «bajado del cielo», «venido de Dios», «hijo de José» que «ha visto a Dios» – y su alargamiento en la muerte. Ambos se proyectan vehículo de salvación en una misma línea: el que cree en mí, tiene la vida eterna. Jesús es el único Intermediario: da su carne para vida del mundo. Este último elemento recuerda el «misterio» de su muerte, celebrado sacramentalmente en la Eucaristía, donde el Hijo del Hombre, «misteriosamente», se da como comida para la vida del Mundo. El tema de la muerte, expansión del amor «misterioso» de Jesús a los hombres, aparece en las palabras de Pablo. «Nos amó, dice el apóstol, y se entregó por nosotros como oblación y víctima de su suave olor». La Eucaristía también recuerda este aspecto: «Tomad y comed: este es mi Cuerpo que será entre­gado por vosotros». Hablamos con razón del «Sacrificio» de la Misa y de la «Víctima» eucarística.

 

Sugiere el tema del «misterio» la «misteriosa» atracción del Padre. La fe es un don divino, una luz de lo alto, una prolongación de la Encarnación: luz divina en la carne del hombre. Las palabras del apóstol «no pongáis triste al Espíritu Santo», «Dios nos ha sellado en él» declaran nuestra vida como «misterio». Estamos viviendo en el gran «misterio» del Dios Trino: Habitación de Dios, Templo del Espíritu.

Partiendo del «Misterio» de Cristo podremos hacernos una idea de la acti­tud que debe tomar el cristiano en la celebración del «misterio» de la Euca­ristía. Respeto, veneración, adoración, acción de gracias, alabanza… Recor­demos que recibimos al Verbo Encarnado, Muerto y Resucitado por noso­tros. Recordemos el motivo del amor inefable de su Entrega. Recordemos el misterio de Fe que lo envuelve. Recordemos la necesidad de acercarnos con reverencia. Recordemos que es el único Mediador; no podremos vivir sin él. No podemos caminar ni vivir sin este Alimento.

 

El tema del alimento «maravilloso» viene recordado por la primera lec­tura: Elías de camino, en peligro de perecer. No llegaremos al «Monte» del Señor, a la Jerusalén celestial sin este viático ¿No es justo y necesario can­tar con el salmo la «misteriosa» Providencia divina «Gustad y ved qué bueno es el Señor»?.

 

La vida cristiana es una prolongación del «misterio» eucarístico. Co­miendo a Cristo, vivimos con Cristo, vivimos como Cristo. Es el programa que presenta Pablo. El don del Espíritu procede de Cristo. El Espíritu nos acompaña, acuñados por él, hasta el día de la liberación, cuando, superadas con el maravilloso alimento, las dificultades de este desierto, logremos en­trar en el Santo Monte de Dios. Somos imitadores de Dios. Reproducimos en nosotros el admirable «Misterio» del Verbo de Dios hecho hombre. No odia­mos, no injuriamos, no deseamos ni obramos el mal. Perdonamos, soporta­mos, comprendemos. Nuestra vida es fruto de la Eucaristía y preparación adecuada para ella. ¡Qué bueno es el Señor!

 

3.      Oración final

 
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 
Vea también: Domingo 19, Ciclo B (2009)

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