Segundo domingo de Adviento – Ciclo A

Domingo segundo de Adviento ciclo A

1. Introducción:

En el domingo pasado la palabra de Dios nos iluminó sobre la última venida de Cristo, con un mensaje esperanzador, el estar atentos a los signos de su venida. Ahora en el segundo domingo nos ofrece una presentación del rostro de Dios, ¿cómo encontrarle en la comunidad? Solo será posible descubrirle en los rasgos de la bondad y la misericordia.

2. Lecturas y comentarios

2.1. Lectura del Profeta Isaías 11,1-10.

En aquel día: Brotará un renuevo del tronco de Jesé un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado, con equidad dará sentencia al pobre. Herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío. Será la justicia ceñidor de sus lomos; la fidelidad, ceñidor de su cintura. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará con la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No hará daño ni estrago por todo mi Monte Santo: porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar Aquel día la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

Después de haber sido rechazado el rey Acaz por su falta de fe y después de haber amenazado el profeta con la ruptura de la dinastía davídica, le es comunicada la visión sobre el nuevo intermediario fiel a la alianza. Con él aparecerá una nueva situación en la que se podrá decir realmente que “Dios-es-con-nosotros”. A medida que avanza el tiempo se afianza la predicción de un juicio sobre la casa de David. Cuando «la espesura del bosque» sea cortada a hierro (10,34), caerá también bajo el golpe el árbol poderoso de la casa de David. En él descansará el espíritu de Yahvé con mayor plenitud, tres veces más, que en otro tiempo sobre David (1 Sm 16,13: «Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió a la vista de sus hermanos, y en aquel momento invadió a David el espíritu de Yahvé»). La fuerza del ungido no reside en un carisma como hasta entonces había sido en Israel, sino en un gran número de carismas. Gracias al espíritu, el nuevo mediador aparece revestido de todas las virtudes de gobernante, capaz de gobernar al pueblo con justicia. Puede parecer modesta esta esperanza en el cuadro del Ungido del Señor. Pero éste era un factor esencial de los tiempos antiguos. Un representante de Yahvé tenía que defender ante todo el derecho de los débiles, tenía que hacer triunfar el dominio de Dios sobre la tierra.

La venida del nuevo ungido significa la inauguración de una era de paz para toda la creación. Una paz que no es simplemente bienestar, sino también justicia y fruto de la justicia. Correlativamente, el pecado, negación de la justicia, se ve como un elemento que perturba el equilibrio al introducir un estado de violencia con Dios, con los hombres y con el cosmos. La catequesis bíblica no predica una paz utópica; exige modificaciones fundamentales que se pueden llevar a término cuando hay espíritu de sabiduría y de inteligencia, de consejo y de fortaleza, de ciencia y de temor de Dios. Este no es un programa abstracto para los cristianos porque Jesús es el camino de la paz, mejor, él «es nuestra paz» (Ef 2,14), y porque está al servicio de la conciliación de todos los hombres. Tenemos que seguirlo aun en la incertidumbre tras el Gólgota.

Acerquémonos ahora a la oración. La palabra nos ilumina sobre los dones que Dios da para los que gobiernan, se hace necesaria la oración por quienes están al frente de las instituciones, la Iglesia y la familia. Meditemos sobre los que expresa el salmo responsorial.

JUSTICIA PARA LOS OPRIMIDOS

La oración de Israel por su rey era una oración por la justicia, por el juicio imparcial y por la defensa de los oprimidos. Mi oración por el gobierno de mi país y por los gobiernos de todo el mundo es también una oración por la justicia, la igualdad y la liberación.

«Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes: para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. Que los montes traigan paz, y los collados justicia. Que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre y quebrante al explotador».

Rezo, y quiero trabajar con toda mi alma, por estructuras justas, por la conciencia social, por el sentir humano entre hombre y hombre y, en consecuencia, entre grupo y grupo, entre clase y clase, entre nación y nación. Pido que la realidad desnuda de la pobreza actual se levante en la conciencia de todo hombre y de toda organización para que los corazones de los hombres y los poderes de las naciones reconozcan su responsabilidad moral y se entreguen a una acción eficaz para llevar el pan a todas las bocas, refugio a todas las familias y dignidad y respeto a toda persona en el mundo de hoy.

Al rezar por los demás, rezo por mí mismo, es decir, despierto y traduzco a mi situación lo que he pedido para los demás en la oración. Yo no soy rey, los destinos de las naciones no dependen de mis labios y no los puedo cambiar con una orden o con una firma. Pero soy hombre, soy miembro de la sociedad, soy célula en el cuerpo de la raza humana, y las vibraciones de mi pensar y de mi sentir recorren los nervios que activan el cuerpo entero para que entienda y actúe y lleve la redención al mundo. Para mí pido y deseo sentir tan al vivo la necesidad de reforma que mis pensamientos y mis palabras y el fuego de mi mirada y el eco de mis pisadas despierte en otros el mismo celo y la misma urgencia para borrar la desigualdad e implantar la justicia. Es tarea de todos, y por eso mismo tarea mía que he de comunicar a los demás con mi propia convicción y entusiasmo, para lograr entre todos lo que todos deseamos.

2. 2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 71,2. 7-8. 12-13. 17

R./ Que en sus días florezca la justicia
y la paz abunde eternamente.

Para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.

Porque él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres.

Que su nombre sea eterno
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

2. 3.Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 15,4-9.

Hermanos: Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

En una palabra, acogeos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas, y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así dice la Escritura: Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre.

El cristiano es el hombre liberado por Cristo. Es el hombre libre. Por eso su libertad, más que conquista, es don. Dirigiéndose a los romanos, Pablo dice que su libertad es su privilegio, su bien (14,16), un privilegio de los hombres fuertes en la fe frente a quienes se sienten ligados por prescripciones que ya no tienen vigencia, como la prohibición de comer carnes sacrificadas a los ídolos.

Como todos los dones y carismas del cristiano, la fortaleza no se concede únicamente para la salvación personal. Mejor, se concede para salvarse como miembro, es decir, para salvar a todo el cuerpo, para edificar la Iglesia (v 2).

Pero si la libertad cristiana de los firmes en la fe no es actuar como quiere el Señor, de acuerdo con su palabra-ley, ¿de qué me sirve la libertad? Puede ser que el Señor te haya dado tal privilegiada sensación, viene a decir Pablo, no para usarla sino para “edificar” al hermano, para construir la comunidad, “para bien de él y de la Iglesia” (v 2). Actuar con libertad es obrar como queremos en el Señor. Pero Cristo no buscó lo que quería. Así lo prueban los ultrajes de la pasión, dice Pablo citando el Sal 69,10. En la actitud de Cristo encuentra Pablo la articulación del problema eterno: libertad de los fuertes-escándalo de los débiles en la fe. Si en el ejercicio de la libertad cristiana buscamos nuestra satisfacción espiritual -aunque hablemos pomposamente de “realización personal”, no imitamos a Cristo, el cual conquistó nuestra libertad con los ultrajes de la pasión, de los que pide ser liberado.

Por eso Pablo continúa describiendo la obra de la redención como un servicio, servicio hecho precisamente en favor de los hermanos, de los judeocristianos, que ahora son los débiles en la fe. Cristo, siervo del pueblo judío, ha libertado a los judíos, y con ellos, subraya el autor, a vosotros, a los paganos (vv 7-8). La libertad, si es cristiana, debe ser como la de Cristo, no debe estar al servicio del propio placer o deseo, sino al servicio de los otros, cuando así lo exige su fe. Que el carisma de nuestra libertad esté al servicio de los otros no implica ponerse a merced del capricho de unos eternos niños en la fe, sino contribuir constantemente a su crecimiento en la fe.

Únicamente en este servicio podemos estar orgullosos de la audacia y de la gloria de la libertad cristiana.

2. 4. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 3,1-12

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: -Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos. Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: -Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones pensando: «Abrahán es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. El os bautizará con el Espíritu Santo y fuego. El tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.

Juan el Bautista es una figura señera que marca la espiritualidad del tiempo de Adviento. Su importancia no viene dada sólo por el hecho de ser el último y “el mayor de los profetas”, sino, sobre todo, porque él es el profeta de la inminencia, el que anuncia la presencia del Señor: por este motivo Juan escapa de los tiempos antiguos y se inserta destacadamente en el NT. Los tres sinópticos coinciden en reservar una parte importante de su narración a la descripción del ministerio de Juan el Bautista.

Concretamente, el evangelio de san Mateo, hoy, hace intencionadamente hincapié en que la aparición del Bautista representa el cumplimiento de las profecías recordando Is 40, 3, en que la expresión “camino a Yavhé” queda sustituida por “camino al Señor”: Jesús es la manifestación suprema de Dios entre los hombres. Nos encontramos, pues, dentro de una época nueva: la expresión inicial “por aquel tiempo” es cronológicamente poco concreta, pero suficientemente para enterarnos de que la narración evangélica no se coloca en la línea de las teorías, sino dentro de la temporalidad de los hechos de la historia. No es el hombre el que interpreta unos hechos, sino que son los hechos los que revelan el sentido de la historia que ahora empieza a narrar el evangelista.

Notemos el poder de convocatoria que tiene la predicación de Juan. Más allá de todo partidismo, los evangelistas ven y destacan el universalismo de su palabra. En torno a su persona comienza a formarse el nuevo pueblo mesiánico del cual surgirá Jesús. El contenido de la predicación, centrado especialmente en las palabras dirigidas contra los fariseos y saduceos, muestra una vez más que una realidad nueva empieza: no es suficiente la religión formalista, ni la pureza del linaje; el tiempo nuevo se debe caracterizar por una conversión fáctica, nacida del fondo del corazón del hombre. El tiempo de la “fidelidad de Dios” exige asimismo la fidelidad del hombre.

Mateo deja claro que, a pesar de la importancia de Juan, él queda sujeto y subordinado a la persona de Jesús. Sólo él es portador del Espíritu de Dios y del juicio definitivo sobre la vida de los hombres y de los pueblos.

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