Domingo 31 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Domingo trigésimo primero del tiempo ordinario Ciclo A

Es  sumamente peligroso pretender ocupar el lugar de Dios. Hoy encontramos esta lección representada en los escribas y fariseos, quienes buscaban a Dios, si no nos examinamos en lo que hacemos y queremos, podemos terminar haciendo una caricatura de la fe. Por eso El papa Benedicto XVI nos invita en la Porta Fide a ahondar en la fe y,  este evangelio dominical nos sitúa en el lugar que corresponde como oyentes y comunicadores de la Palabra de Dios. Este texto de Mateo 23,1-12, nos introduce a los siete “ayes” contra los escribas y fariseos, merece una lectura atenta de cada uno de sus detalles..

  1. Oración:

Dios, Padre nuestro, haz que nuestro corazón esté cada día más abierto a tu Palabra, para que nuestra vida sea cada vez más conforme a lo que Tú nos dices, y así caminemos siguiendo tus pasos y vayamos construyendo, con tu ayuda, tu Reino entre nosotros, hasta el día en que Tú nos lo regales en toda su plenitud. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. Lecturas y reflexiones de la Palabra de Dios
  1. Lectura del Profeta Malaquías 1,14b-2, 2b. 8-10.

Yo soy el Rey soberano, dice el Señor de los ejércitos; mi nombre es temido entre las naciones. Y ahora os toca a vosotros, sacerdotes: Si no obedecéis y no os proponéis dar la gloria a mi nombre, -dice el Señor de los ejércitos- os enviaré mi maldición. Os apartasteis del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la Ley, habéis invalidado mi alianza con Leví -dice el Señor de los ejércitos. Pues yo os haré despreciables y viles ante el pueblo, por no haber guardado mis caminos y porque os fijáis en las personas al aplicar la ley. ¿No tenemos todos un solo Padre? ¿No nos creó el mismo Señor? ¿Por qué, pues, el hombre despoja a su prójimo profanando la alianza de nuestros padres?

El libro de Malaquías hay que colocarlo después de la vuelta del destierro. A mitad del siglo V quizás. En un tiempo en que ha decaído el fervor primitivo y se han introducido costumbres deplorables: escandaloso descuido en las funciones del culto (el clero principalmente) y abusos sociales (matrimonios mixtos y falta de fraternidad entre los fieles). Los dos aspectos, cultural y religioso-social, aparecen en la lectura.

El contexto inmediato lo compone una serie de invectivas contra el sacerdocio de su tiempo. Los sacerdotes no cumplen su ministerio: no muestran el debido respeto y decoro en el culto, no observan las prescripciones de la Ley. Las víctimas sacrificadas, por ejemplo, son defectuosas; no guardan ni enseñan la ciencia de Dios. Han corrompido la Ley y la Alianza de Yahvé. Se pierden y extravían muchos por su negligencia y descuido. Muestran acepción de personas y no practican el bien.

A Malaquías le interesa el esplendor del culto como expresión de religiosidad, no el mero culto externo; en los versículos 4 al 6 del capítulo 2 reconoce su origen divino y la validez de sus funciones. Es que el sacerdocio se ha envilecido: no cumplen bien con sus obligaciones. Y esto clama al cielo.

El último versículo abriría otra sección dirigida a todos. Falta de hermandad y justicia. Las injusticias y abusos sociales se presentan más graves, si se advierte que a todos debiera unir un amor fraterno, pues tienen un mismo Padre. No es, pues, un mal social sin más; es una ofensa a Dios, Padre, y una profanación de la Alianza. Los abusos sociales revisten una malicia religiosa: ofenden al Dios de la Alianza. Este aspecto resulta interesante.

     2.2 SALMO RESPONSORIAL Sal 130, 1. 2. 3

Breve y sencillo salmo de confianza. Sugestiva la expresión como un niño en brazos de su madre. El fiel -el cristiano- se sabe en las manos de Dios. Infancia espiritual, sencillez de pretensiones, desnudez. ¿Cuándo aprenderemos que sólo Dios basta? Hablamos de la riqueza del pobre de espíritu y de la pobreza del rico. ¿Sabemos lo que decimos, lo sentimos? Hay que hacerse pequeño para llegar y sentir a Dios. El evangelio confirmará esta postura del salmo. Es todo un plan de vida.

R/. Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor.

Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad.

Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor. Espere Israel en el Señor, ahora y por siempre.

  1. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 2,7b-9.13.

Hermanos: Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor. Recordad, si no, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no serle gravoso a nadie proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios. También, por nuestra parte, no cesamos de dar gracias a Dios porque al recibir la Palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

Admirable y ejemplar la conducta de Pablo. Pablo como una madre. ¿Hay algo más emotivo y tierno? Cuidado exquisito, afecto maternal por los fieles. El corazón de Pablo se abre efusivamente. Pablo deseaba entregarse, junto con el evangelio, a sí mismo. Solícito de su bien, procuró no ser gravoso en el anuncio del Evangelio. Pablo cumplió con fidelidad el encargo divino de proclamar la Buena Nueva. Y lo hizo con entrañas de madre. La virtud de Dios acompañó su trabajo: los fieles acogieron su palabra, no como palabra humana, sino como palabra de Dios. Dios bendijo sus esfuerzos de madre, haciendo de aquellos hombres hijos de Dios, criaturas de la nueva creación.

  1. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 23,1-12.

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo: -En la cátedra de Moisés se han asentado los letrados y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencia por la calle y que la gente los llame «maestro». Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro padre, el del cielo. No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Mateo ha reunido aquí, al final del ministerio público de Jesús, unos dichos del Señor, como ya lo hizo al principio (5-7). También aquí como allí se notan las soldaduras y restaños. Conocemos ya el arte de componer de Mateo. Son los últimos días. Se avecina el drama de Jesús y la catástrofe del pueblo, que no quiso escuchar la voz del Mesías. Los dirigentes religiosos son los responsables inmediatos. Contra ellos las palabras de Cristo. Las anima cierto aire de polémica.

Podemos distinguir dos partes: 1-7 y 8-12. La primera parte tiene por auditorio principal al pueblo; al fondo, los apóstoles. Las palabras van contra los letrados y fariseos. La finalidad actual, en el evangelio, es catequética: no los imitéis, no sigáis su ejemplo. Esto vale tanto para los discípulos del fondo como para el pueblo fiel que escucha. La segunda parte tiene más próximos a los discípulos y más al fondo al pueblo fiel (cristiano).

La Cátedra de Moisés designa el oficio de enseñar. Son los encargados de la enseñanza religiosa en Israel. Enseñanza que tiene por objeto, además de la Ley, una larga serie de prescripciones legada de los antiguos. Más de una vez atacó Jesús la excesiva importancia que daban a éstas con detrimento de aquélla. En el caso presente, Jesús condena su proceder en la enseñanza más que el objeto de la misma. En primer lugar, no hacen lo que dicen. Sencillamente no dan fruto de buenas obras. Hacen insoportable, con tanta prescripción, la ya difícil carga de la Ley. No mueven un dedo para empujar. No ayudan ni auxilian en el cumplimiento de la Ley. Bien está hacer lo que dicen. La Ley, al fin y al cabo, viene de Dios. Muestran además una ostentación vana. Se muestran extraordinariamente piadosos en el porte exterior; por dentro, en cambio, no tienen nada. Más aún, buscan con afán los primeros puestos en las sinagogas y en los convites. Desean ser reverenciados y tenidos por maestros: ambicionan los títulos y honores. Jesús condena todo esto por insustancial y pernicioso, por irreligioso y carente de piedad.

Jesús muestra y exige a sus discípulos y en ellos a todo cristiano, en especial a los dirigentes, un camino inverso. No los honores, no los títulos vanos en la evangelización y en el discipulado. El evangelizador es un siervo de los siervos, como todo fiel debe serlo de su hermano. Son hermanos entre sí. La única diferencia y distinción ha de ser el servicio mutuo. No hay más que un Maestro: Cristo. Ése es el que realmente enseña. Los demás son discípulos unos y otros al servicio del Reino, instrumentos torpes de la Salvación de Dios. Tampoco el título padre debe ser codiciado por los suyos, pues en realidad no hay más que un solo padre: el Padre que está en los Cielos. Él es quien nos engendra en realidad a una vida nueva. Somos sus hijos; y unos de otros, hermanos. Ni señor ni jefe. El Señor es Cristo, pues él nos ha redimido y salvado. El verdadero orden en el Reino (capítulo 18) consiste en ser el más pequeño, servidor de los demás.

El evangelio propone unas máximas, que son exactamente el reverso de los usos rabínicos. La relación religiosa de los discípulos entre sí es de fraternidad, no de paternidad; de consiervos y siervos los unos de los otros, no de señores y súbditos; de discípulos, aprendices y seguidores del Maestro, no de seguidores y aprendices unos de los otros.

  1. Meditemos

Podríamos comenzar las consideraciones por la última parte del evangelio. La máxima El primero entre vosotros será vuestro servidor es la quintaesencia del evangelio. Ya apareció en Mateo (capítulo 18) hacerse niño; en el paralelo de Marcos; en Lucas 14, 11; 18, 14 y aquí y allá en diferentes textos. Juan lo trae, a su modo, tras el lavatorio de los pies. Las relaciones que deben existir entre los seguidores de Cristo, entre los miembros del Reino, son fraternales, de servicio mutuo. Pablo lo repetirá en mil ocasiones. Jesús es el ejemplo a imitar: Siervo de Dios, que da la vida por sus ovejas. No hay más título, no hay más cargo (no debáis a nadie nada, sino el amor), no hay otra condición más que la de hermanos unos de otros. Uno es el Padre (Malaquías), que nos ahíja y hermana; uno el Señor y Maestro, a quien en realidad seguimos y veneramos; uno el que nos puede salvar. Todo lo que no sea expresión de esa hermandad en Cristo Dios, de ese servicio mutuo en el Señor, de esa ayuda recíproca a seguir a Cristo Maestro, es ostentación, vanidad y soberbia. Quien no haya logrado entender esto, ése tal no ha logrado entender el evangelio. La fórmula, tan usual, «nadie más que nadie» y «nadie es menos que nadie» suena a inexacta por lo aséptica e insignificante. Valdría decir somos todo de todos y para todos en Cristo. En otras palabras, siervos unos de los otros.

Esto supuesto, consideremos los títulos y cargos del Reino. La función de los dirigentes -su servicio- consiste en ayudar a los hermanos (y dejarse ayudar por ellos) en el seguimiento del Señor. El «sabio» cristiano no funda escuela, exactamente hablando; sirve a los hermanos para imitar a Cristo y para conseguir la vida eterna. El «maestro» cristiano es discípulo del Señor, como lo somos todos. El servicio lo distingue no en cuanto maestro, sino en cuanto sirviente. Salirse de esta línea es caer más o menos en los vicios que condena Jesús. Nadie es autor de la salvación. Somos humildes siervos: Somos siervos inútiles; hacemos lo que teníamos que hacer. Dirijamos la atención a los responsables del culto y de la enseñanza. Por ahí van las lecturas.

a) ¿Cómo realizamos las funciones litúrgicas? ¿Destinamos a su realización lo mejor que poseemos: preparación interna y externa, dignidad y porte, preparación de las homilías, preparación de las ceremonias? ¿Dónde el recogimiento interior, el empeño afectivo en el misterio sacrosanto de la misa y de otras celebraciones? Debe transparentarse en ellas la fe y el fervor del que las preside. Somos ministros, servidores. Servimos al pueblo cristiano, como hermanos en Cristo. ¡Servimos!

b) ¿Cómo cumplimos la obligación de educadores en la fe, de servidores de la palabra de Dios? Somos servidores de su palabra y de su plan de salvación, no de nuestras ocurrencias personales. ¿Cómo nos empeñamos en la enseñanza cristiana? ¿Confirma o debilita nuestra conducta lo que enseñamos de palabra? Debiéramos ser el evangelio. La conducta de Pablo sigue siendo ejemplar: como una madre que sólo mira el bien de sus hijos, sin ser gravoso a nadie. El título madre es aquí sinónimo de sierva solícita de los que ama. En esta dirección cabe cualquier título.

¿Buscamos el renombre, los honores? ¿Nos dedicamos a mil cosas marginales? ¿Practicamos suficientemente la piedad, la unión con Dios de quien tenemos que hablar y a quien tenemos que predicar? ¿Profesamos verdadero amor a los fieles? ¿Escandalizamos más que edificamos? ¿Amontonamos preceptos insustanciales, olvidando lo más sagrado? Aquél, pues, que se disponga a servir a los hermanos, trate de adquirir una verdadera actitud de siervo dentro de la comunidad de hermanos. No somos más que los súbditos, somos menores que ellos, dedicados en Cristo a realizar la salvación. Esto vale, mutatis mutandis, para todo cristiano. Los pocos versículos del salmo deben hacernos reflexionar y suspirar por la sencillez.

El que se humilla será enaltecido, y el que se enaltece será humillado. Cristo -reza el himno de la Carta a los Filipenses- se humilló hasta la muerte… por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre sobre todo nombre. Cristo Siervo ha sido constituido Señor. El camino es válido -es único- para todos: dirigentes y fieles. Nada de pretensiones ni aspiraciones tontas. El sencillo, el humilde, el «niño» y «siervo», tendrá acogida ante el Señor.

  1. Oración final

“Dios mío, yo no me creo más que nadie, ni miro a nadie con desprecio; no hago alardes de grandeza, ni pretendo hacer grandes maravillas, pues no podría llevarlas a cabo. Más bien, me he calmado; me he tranquilizado como se tranquiliza un niño cuando su madre le da el pecho. ¡Estoy tranquilo como un niño después de haber tomado el pecho!”

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