Domingo 18 del Tiempo Ordinario

Domingo décimo octavo del tiempo ordinario ciclo B

Un tema tipológico de base, en todo el capítulo sexto de Juan, es el maná. Está muy claro  que entre la narración del Éxodo (1. lectura) y el diálogo entre Jesús y los judíos hay un  paralelismo de estructuras dinámicas que permite hablar de “tipología”. Es decir: lo que  sucedió en el desierto entre Dios y su pueblo, por mediación de Moisés, es repetido y  superado por esto que sucede entre Dios y los hombres, por Jesucristo y en Jesucristo. Concretamente: Dios dio alimento terreno al pueblo, para “ver si guarda mi ley o no” (1.  lectura), y manifestarle su presencia salvífica. El Padre de Jesús da a los hombres un  alimento celestial -Jesucristo su Hijo- marcándolo con su sello personal, para que crean en  El, el enviado.

  1. Oración:

 “Concédeme, Señor, este día, parar un poco para escuchar mi propio corazón para interpretar mis agitaciones internas con la luz de tu Palabra, para tomar conciencia de mis verdaderas motivaciones y para descubrirte y confesarte a ti una vez más, como el sentido de mi vida”.

 

  1. Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15

 

En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: —«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.»  El Señor dijo a Moisés: —«Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.”» Por la tarde, una banda de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, habIa una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: —«¿Qué es esto?» Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: —«Es el pan que el Señor os da de comer.»

En el capítulo anterior el pueblo es presentado como una multitud sedienta junto a la fuente de agua amarga que Moisés hizo potable. Estas tradiciones estaban arraigadas en el corazón del pueblo (por eso aparecen duplicadas; ver Números 11 y 20). El término hebreo que se traduce por “pan” tiene un sentido general de “alimento”. Se han dado diversas explicaciones naturales para el maná. La más común es que se trata de la secreción de un árbol del Sinaí, el “Tammarix mannifera”, cuyas gotas se solidifican en el suelo con el frío de la noche y tiene un sabor dulce. Pero más que insistir en el milagro, el autor sagrado presenta una confesión de fe: Dios se muestra como un padre providente, socorriendo su pueblo (bebida, alimento, defensa de los enemigos, de los animales, orientación en el camino). Lo mismo se aplica a las codornices (que en la primavera regresaban y, exhaustas, se posaban en la península del Sinaí). El texto da una interpretación popular del nombre maná. La literatura rabínica vio en él el alimento de los futuros tiempos mesiánicos. Con todo, parece que la multitud no entiende. El discurso va a tomar un nuevo impulso a partir de este malentendido: lo que es dado es Aquel que se da.

2.2.Salmo responsorial Sal 77, 3 y 4bc. 23-24. 25 y 54 (R/.: 24b)

R: El Señor les dio pan del cielo.

Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
lo contaremos a la futura generación:
Las alabanzas del Señor, su poder,
las maravillas que realizó.

Dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
Hizo llover sobre ellos maná,
les dio pan del cielo.

El hombre comió pan de ángeles,
el Señor les mandó provisiones hasta la hartura.
Los hizo entrar por las santas fronteras
hasta el monte que su diestra había adquirido.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 17. 20-24

 

Hermanos: Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios. Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo Jesús; es decir, a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovaros en la mente y en el espíritu y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.

El texto comienza de forma solemne: “Digo en el Señor”. La exhortación se dirige a los recién convertidos de la comunidad: entre la vida en el paganismo y la vida en Cristo hay un contraste profundo. La vida en Cristo impone exigencias serias que Pablo expresa con las siguientes imágenes: “abandonar la vida de antes”, o “el hombre viejo y corrompido”, “renovar la mente y el espíritu”. El lenguaje de la carta está influenciado por las imágenes de la liturgia bautismal, especialmente del vestido (subrayando la costumbre de cambiar de vestido al salir del agua): “revestíos del hombre nuevo”. En realidad, el bautismo marca el comienzo de una vida nueva, de una nueva creación.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 24-35

 

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. AL encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: —«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús les contestó: —«Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.» Ellos le preguntaron: —«Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: —«La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.» Le replicaron: —«¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito:”Les dio a comer pan del cielo.”» Jesús les replicó: —«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.» Entonces le dijeron: —«Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: —«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

Cristo acaba de realizar la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15). Con este motivo consigue un éxito entre la muchedumbre bastante considerable (vv. 22-25) El discurso sobre el pan de vida parte de estos dos hechos. Las gentes han comido un alimento perecedero, pero, hay otro alimento que sirve para la vida eterna (vv. 26-27); la muchedumbre ha buscado a un realizador de milagros, pero la personalidad de Jesús es de otro orden (vv. 26-27) y las obras realizadas hasta ese momento por el pueblo no son las que van a poder merecerle la salvación: lo único que cuenta es el seguir a Cristo (vv. 28-29).

Los oyentes se decepcionan evidentemente ante esta argumentación y quieren rebatir las pretensiones de Cristo: su milagro es insignificante, los antiguos vieron cosas mejores (versículos 30-31). Así, pues, si Cristo quiere revelar el misterio de su persona, que dé una señal más inteligible. Jesús responde afirmando que El es el pan de vida (vv. 32-35).

a) Estos versículos plantean, de manera enigmática, pero excitante, el problema de la persona de Jesús y de la capacidad de la fe para descubrir el misterio que se encierra detrás de los signos que lo manifiestan. Invitan expresamente al oyente a ponerse en estado de búsqueda auténtica para poder descubrir el alcance del discurso que sigue.

b) Choca bastante ver a Cristo presentando este proceso de búsqueda que es, en resumen, la fe (v. 29) con términos como “trabajo” (v. 27) y “obras a realizar” (v. 28). Efectivamente, el trabajo que hay que hacer no es perderse en la multitud de comportamientos que implica la ley, sino comprender que la vida de Cristo es la obra del Padre por excelencia (cf. Jn 5, 17). Que los hombres renuncien a discutir inútilmente sobre las muchas obras que ellos tienen que realizar para salvarse y que reconozcan la necesidad de una sola obra: la que el Padre cumple en su hijo y que está marcada con su sello (v. 27) y se manifiesta especialmente en el signo del pan.

c) Los signos y obras realizados por Cristo no son solo medios para legitimar su reivindicación o justificar su misión. El problema no está en dar pruebas de tipo intelectual, sino signos que comprometan ya desde ese momento y continúen la obra de salvación que Cristo trae. Con esto no es que El quiera competir con el maná. No se trata de demostrar que El es superior a Moisés, sino de hacer comprender que tanto el maná del desierto como los panes multiplicados por Jesús son ambos expresión del amor que el Padre ofrece al mundo. Jesús, al ir más allá de la significación material del maná (v. 32), estaba completamente en la línea del Antiguo Testamento que buscó con frecuencia ver la Palabra de Dios detrás de este alimento (Dt 8, 2-3; Sab 16, 26). Jesús deja entender, con esto, que El también, al multiplicar los panes, trasciende la vida material y física por su mensaje y el misterio de su persona simultáneamente (versículo 35). Pero los interlocutores de Cristo no trascienden el plano material (v. 34). En esta situación, a Cristo no le queda otra cosa que hacer que declarar abiertamente que el pan multiplicado va unido a su misión espiritual y a su propia persona hasta el punto de confundirse con ella (v. 45).

d) Cuando Cristo revela su propia persona, emplea una fórmula nueva: pan de vida, que era algo desconocido en el Antiguo Testamento. Juan ha, sin duda, forjado esta fórmula, así como creó las expresiones “luz de vida” (Jn 8, 12), palabra de vida (1 Jn 1, 1), agua de vida (Ap 21, 6; 22, 1). Probablemente pensó en el árbol de la vida del Paraíso, símbolo de la inmortalidad de la cual el hombre quedó privado por el pecado, que el maná del desierto no fue capaz de restituir, pero que Jesús concede como respuesta a la fe (cf. Jn 6, 50, 54). Existe, pues, en el concepto de pan de vida un matiz paradisíaco y escatológico: Jesús es la verdadera vida inmortal a la que el hombre tiende desde el primer momento y que, finalmente, le es accesible por la fe.

Juan relaciona el misterio eucarístico con la encarnación (v. 35): el verdadero pan es el Hijo de Dios que ha venido del cielo. El hambre se sacia recurriendo a El. Todo el que cree en Cristo y en su doctrina se está ya alimentando de Él. Pero la dimensión pascual de este pan no puede ser descartada. Es fácil que la proximidad de la Pascua (Jn 6, 4) haya sugerido a Cristo el tema del maná, así como las homilías pronunciadas en las sinagogas con motivo de la proximidad de tal festividad (cf. Jn 6, 59).

La palabra “dar”, que se repite tres veces en el pasaje de este día, anuncia ya el don del Calvario y expresa que no existirá pan verdadero más que cuando se haya cumplido totalmente la obra salvífica de Cristo. El pan de vida no puede ser comido solo con la fe; es necesario un pan concreto, que exigirá ser comido realmente y así nos integrará dentro del misterio de la cruz.

Reflexionemos:

La actualización de las lecturas puede ser perfectamente una explicación del ritmo básico  de la vida cristiana: gracia de Dios -fe- acción de gracias. Uno puede acentuar cada uno de  estos elementos, según le parezca más conveniente; pero es importante que los tres estén  simultáneamente presentes; de otro modo, podría desequilibrarse el ritmo.

La gracia de Dios es el mismo Jesucristo, comunicado a los hombres con la fuerza del  Espíritu. Acentuar este principio es “personalizar” la realización entre Dios y nosotros, huir  de una posible cosificación de la gracia y de los dones de Dios. Es también -y muy  importante- “personalizar” la Eucaristía, como actualización sacramental de la iniciativa  salvífica realizada definitivamente en el misterio de Cristo.

La fe es, a la vez, gracia de Dios y esfuerzo del hombre. Aquí puede ayudar mucho el  texto de la segunda lectura: “Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de  Dios”. La alusión, indicada antes, al tema del paraíso queda completada. Hay que hacer el  esfuerzo de revestirse, despojándose antes de la naturaleza envejecida; pero el nuevo  vestido no es autodado, sino “creado por Dios”. Difícilmente se puede explicar mejor el acto  de fe. Su consecuencia está clara en las palabras de Jesús: los que van=creen en él,  quedarán perfectamente saciados.

La acción de gracias es el ambiente en el que se vive la fe. No puede ser de otro modo  cuando esta fe es consciente de su naturaleza. Por eso, la vida cristiana es una vida  “eucarística”, que tiene en la Eucaristía, “su fuente y su culminación”. La fuente, porque en  la Eucaristía se actualiza, para cada creyente y para toda la Iglesia, el misterio del don de  Dios: el pan que baja del cielo para dar la vida al mundo. La culminación, porque la vida en  la fe no tiene otra manera más perfecta de expresarse que la de incorporarse a la acción  sacrificial y de alabanza del Padre, que es la oblación amorosa del Enviado.

  1. Oración final:

Mi reposo eres tú, mi meta eres tú, el sentido de mi vida eres tú. En la comunión contigo lo tengo todo. Cuando tú me dices “Yo soy”, me dices también “Tú eres”. Me invitas, me atraes a una alianza contigo, una aventura de amor que no tendrá fin. Amén.

Vea también:  Domingo XVIII del Tiempo Ordinario -Ciclo B [2009] con sugerencia de cantos

Para más sugerencias de cantos, estén pendientes de las publicaciones en la página de Facebook.

Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Décimo séptimo domingo del tiempo ordinario ciclo b

“Tú les das el alimento a su tiempo”, le dice el salmista al Señor. Por medio del profeta Eliseo, el Señor nutrió a su pueblo. A orillas del lago de Tiberíades, Jesús alimentó a la multitud que le seguía. Hoy Cristo resucitado continúa nutriendo a su pueblo en la mesa de la Palabra y del pan. Como lo dice Pablo, el pueblo se convierte así en un solo Cuerpo y en un solo Espíritu. La escena de la multiplicación de los panes, también presente en los demás leccionarios, asume en el leccionario B un relieve especial, conectando la temática de Marcos con la de Juan.

  1. 1.      Oración:

Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. Seguir leyendo “Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo B”

Domingo 16 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo décimo sexto del tiempo ordinario ciclo B

Como un buen pastor que cuida de su rebaño, Jesús invita a sus discípulos que se tomen el tiempo para descansar. Presionado por la multitud, no se resigna a despacharla sino que la acoge y le da su enseñanza por bastante tiempo. Jesús es el buen pastor anunciado por el profeta Jeremías y cantado por el Salmo. Él reúne en un solo cuerpo a judíos y paganas, nos dice Pablo en la segunda lectura.

  1. 1.     Oración inicial:

Bendito seas, Padre, porque cuidas de tu pueblo con amor y por medio de Cristo lo proteges y le das vida en abundancia. Tú has constituido a Jesús sacerdote y pastor de la Iglesia,
Y nadie podrá arrebatarle las ovejas que tú le has encomendado. Amén

  1. 2.     Lecturas y comentario:
    2.1. Lectura del Profeta Jeremías 23, 1-6

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño! –oráculo del Señor–. Por eso, así dice el Señor, Dios de Israel: A los pastores que pastorean a mi pueblo: Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis; pues yo os tomaré cuentas, por la maldad de vuestras acciones –oráculo del Señor–. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países a donde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen: ya no temerán ni se espantarán y ninguna se perderá –oráculo del Señor–.Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y lo llamarán con este nombre: «El Señor nuestra justicia.»

Reuniré el resto de mis ovejas y les pon­dré pastores.

A Jeremías le ha tocado anunciar el derrumbamiento de su pueblo: la ruina de Jerusalén, altura hermosa; la destrucción del templo, morada de Dios; la deportación del pueblo, nación santa; la caída de la monarquía, un­gidos del Señor. También le ha tocado verlo. El corazón de Jeremías sangra. Pobre nación, pobre pueblo, pobre casa de David. ¿Dónde están tus guías? ¿Dónde tus jefes? ¿Qué han hecho? El pueblo abandonado, desperdigado, des­terrado, parece morir de pena.

Jeremías pronuncia en nombre del Señor palabras terribles. Los «pastores» han desperdigado el rebaño, lo han ahuyentado, lo han descuidado y abandonado. ¡Ay de ustedes, malos pastores! Dios les va a exigir cuen­tas. El juicio va a ser terrible. Y ¿Qué va a ser del rebaño? También el pue­blo ha merecido, si bien menos que sus jefes, la ira de Dios. Pero Dios es rico en misericordia. Dios va a desandar el camino andado por los falsos guías. Los reunirá, lo cuidará, los hará crecer, los multiplicará, les dará auténticos pastores. No temerán, no se perderán más. Del viejo tronco de David, po­drido y maltrecho, Dios va hacer surgir un Guía, un Pastor, un Rey sabio. Justicia y Derecho en su mano. Volverá el pueblo a ser uno. El nombre del Rey: «El Señor es nuestra justicia». El los salvará.

2.2.Salmo responsorial: Sal 22, 1-6

 El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta:
En verdes praderas me hace recostar.
Me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
Tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

Para la mejor inteligencia del salmo, conviene distinguir dos partes: 1-4/ 5-6. En la primera domina la imagen del pastor. La segunda nos transporta al templo, lugar donde el salmista experimenta la presencia de Dios.

Salmo de confianza. No hay que perder de vista la relación con la «acción de gracias», recordada aquí, quizás, por la mesa, la copa, la unción (sacrificios de comunión) y por la mención de los enemigos. La experiencia religiosa culmina en el templo. El estado de ánimo viene expresado en la primera parte. La imagen es rica y sugestiva.

Conviene recordar en el versículo 2 el alcance, por contraposición de los términos «verde» (opuesto a hierbas secas y rastrojos poco jugosos) y «tranquilas» (donde se bebe con sosiego y sin ningún peligro). Jugosidad y abundancia. Merece la pena entrever en el versículo 3 el alcance de «recto»: justicia salvífica de Dios para con el fiel. En el versículo 4 es de notar, además del valle de tinieblas (peligro para el fiel- enemigo del versículo 5), el término «cayado»: con punta de hierro para defender a las ovejas de cualquier ene­migo y para reunir y conducir el rebaño. El versículo 5 es denso: Dios de anfi­trión: sacrificio de comunión, de acción de gracias. No es un idilio sin sustan­cia. La presencia de los «enemigos» da al canto un carácter real, enraizado en la vida del salmista. El versículo 6 es la expresión de una esperanza serena y segura: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». Así espera­mos. El salmo recibe su plenitud en Cristo, el «Buen Pastor».

2.3.Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 2, 13-18

Hermanos: Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y Gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear, en él, un solo hombre nuevo.
Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz; paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

El es nuestra paz y ha hecho de dos una sola cosa.

Los fieles de Éfeso, ahora cristianos, vivieron un tiempo, cuando paganos, en una situación desesperada, viene diciendo San Pablo. Estaban sin Cristo, no pertenecían al pueblo de Dios, vivían al margen de la Alianza que asegu­raba las promesas de salvación y de bendición. Su existencia corría, por tanto, sin esperanza. Como remate de desgracias estaban sin Dios en el mundo. ¿Cabe mayor tragedia? ¡Vivir sin Dios! Así vivían y así eran. Pero ahora ¡ahora! no. Antes separados del pueblo de Dios, ahora pueblo de Dios único. De ello habla el texto leído.

Ahora todo ha cambiado en Cristo Jesús. Jesús ha traído la paz. El es la Paz en persona. Destrozados y quebrados, antes, en sus pecados y pasiones, alucinados en promesas humanas y cultos ilusorios, han encontrado, ahora, en Cristo a Dios, Origen y Meta de todo lo creado. La Sangre de Cristo, muerto por los pecados, los ha reconciliado con Dios. El don del Espíritu que han recibido los preserva del desastre como individuos y como sociedad. Cristo ha roto la barrera que separaba a los pueblos pagano y judío. El or­gullo, el desprecio, el odio recíproco que se guardaban, ha quedado abolido y convertido en un lazo de unión: el amor fraterno. Ya no hay pueblos, sino un sólo pueblo, el pueblo de Dios. La ley que establecía la separación, ha que­dado sin fuerza por la sangre del Señor. La ley es ahora Cristo. San Pablo habla de la Ley del Espíritu grabada en nuestros corazones. Ley que nos transforma, Ley viva, Ley divina. La Ley, así entendida, hermana a todos en un mismo cuerpo, en una misma Iglesia, en un mismo Pueblo. No hay ni lejos ni cerca, ni más ni menos, todos hermanos en Cristo. Cristo lo ha hecho. Unos y otros podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. Esa es nuestra vocación, esa nuestra vida.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: –Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Jesús vio a la multitud y le dio lástima, porque andaban como ovejas sin pastor.

Estos versículos enlazan temáticamente con el v.13. Los discípulos han sido enviados por Jesús a anunciar el Evangelio (domingo anterior). Ahora vuel­ven de sus correrías. De todo dan cuenta al Maestro. Jesús se retira con ellos a descansar a un lugar apartado.

Si es verdad lo que algunos autores sugieren, la retirada de Jesús con los suyos a un lugar apartado, señalaría una comunicación más íntima a éstos, tendríamos aquí una indicación altamente sugestiva. De todos modos es ya de por sí significativo que Jesús se aparte con los suyos del tumulto de las gentes. Dejaba por un momento la labor de predicar. ¿La dejaba en reali­dad? La labor seguía con sus discípulos más intensa. Palabras, gestos, ac­ciones del Maestro eran medio de comunicación y por tanto de predicación de Evangelio. Los suyos lo tienen a él. ¿Y la muchedumbre? Anda como re­baño sin pastor. A Jesús le dan lástima. Jesús es el Buen Pastor. Jesús en­seña con calma.

Reflexionemos:

Las lecturas nos obligan de nuevo a reflexionar sobre el misterio de Cristo. Si atendemos a la primera lectura, al salmo responsorial y al evan­gelio, podríamos representarnos a Jesús bajo la figura del Pastor. La pri­mera lo anuncia, el segundo lo canta, el tercero lo constata. Jesús, el Pastor de Dios.

Efectivamente, las ovejas que andan descarriadas encuentran en Jesús su auténtico Pastor. Como Pastor tiene lástima de ellas, las reúne en torno a sí, les enseña con calma. El las hace recostar en verdes y jugosas praderas, las abreva en arroyos tranquilos y claros, las conduce con seguridad y aplomo. No espantan las cañadas oscuras, él va delante de ellas; su «cayado» – la Cruz – es cobijo y orientación, por una parte, y por otra, arma terrible contra los enemigos. La mesa, la copa, el perfume de acción de gra­cias pueden recordarnos la Eucaristía, alimento de las ovejas. Sin temor a errar caminan hacia la Casa del Padre. El Espíritu del Señor va con ellas.

Las ovejas forman un rebaño, uno solo, por más que por un tiempo estu­vieran desperdigadas. Dos pueblos separados forman uno. No hay judío ni griego, ni señor ni esclavo. Todos hermanos en el Señor. Urge, hoy día, fo­mentar el sentimiento de hermandad que debe caracterizar al rebaño del Pastor. Las separaciones impuestas por la historia, por la raza, por intere­ses personales o nacionales, no tiene ya sentido. Jesús nos ha hermanado a todos en su sangre de una vez para siempre. ¿No suspira hoy el mundo en­tero por la unidad y la comprensión? ¿Dónde quiere encontrarlo? Ahí está el Pastor de la humanidad, no hay otro. El rebaño debe dar señales de ello.

Jesús, Pastor, trae la Paz. ¿Que más desea el mundo que la paz? Jesús es la Paz. Paz con Dios, paz de unos con otros. El da la vida por sus ovejas. El Pastor de la casa de David, el Mesías. Jesús nos lleva a Dios. ¿Qué más puede desear el hombre que alcanzar a Dios? Jesús nos conduce a él.

¿Qué decir de los malos pastores? ¡Ay de ellos! ¿Somos buenos pastores? ¿Qué buscamos en el ejercicio de nuestra pastoral? ¿A nosotros mismos? ¿Ahuyentamos, desperdigamos, abandonamos el rebaño? ¡Ay de nosotros! ¿Somos la paz? ¿Creamos la paz? ¿Vivimos la hermandad? ¿Nos dejamos llevar por el Espíritu de Cristo en ver los demás hermanos en Cristo? ¿Qué papel desempeña en nuestra vida nuestra nación, nuestro pueblo? ¿Separa, disgrega, destroza? Hay un solo pueblo, un solo rebaño. Por ello murió Cristo. ¿Somos buenas ovejas? ¿Nos dejamos conducir? ¿Sabemos derribar con nuestra vida el odio, la envidia, el rencor de siglos que tiene separada la humanidad? ¿Confiamos en el Señor? ¿Es en realidad nuestro Pastor? ¿O son quizás los líderes políticos los que nos apasionan más que Cristo? Pensemos, meditemos y actuemos en consecuencia.

  1. Oración final:

Te damos gracias porque Cristo confió su misión pastoral a hombres sacados del pueblo para transmitir tu palabra, administrar los sacramentos y presidir la comunidad de fe,
Sirviendo a sus hermanos con amor y solicitud pastoral. Así perpetúa Jesús, el Buen Pastor, su pastoreo entre nosotros. Pero la mies es mucha y los trabajadores son pocos.
Te pedimos, Señor, que envíes vocaciones a tu Iglesia.

Amén.

 

 

 

Domingo 15 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo Décimo quinto del tiempo ordinario ciclo B

En este domingo la liturgia nos ofrece la celebración de la llamada de Dios a ser Misioneros. En el texto de Amós podemos ver que el profeta rara vez es bien recibido. El mensaje que viene de Dios suele ser incómodo para el que lo recibe. Hemos leído hace unos días como el mismo Jesús es despreciado en la sinagoga de su pueblo. Hay una frase que el profeta de todos los tiempos, también el de hoy, debe estar listo para escuchar: “Vete a predicar a otro lado; aquí tenemos unas leyes laicas aprobadas por mayoría y tus prédicas van por otro lado. Eres un subversivo antisocial y antidemocrático”. El texto de San Pablo es el himno cristológico que cantamos con frecuencia en la hora de Vísperas. El Evangelio del día nos habla de la misión y de cómo debemos desarrollarla.

  1. 1.      Oración:

 

Padre que podamos reconocer en tu Hijo tu rostro de amor, la Palabra de salvación y de misericordia, para que podamos seguirlo con un corazón generoso y lo anunciemos de palabra y obra a los hermanos que esperan el Reino y su justicia. Cólmanos de tu Espíritu para que nuestra escucha sea atenta y nuestro testimonio sea auténtico y libre, incluso en los momentos de dificultad y de incomprensión. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

  1. 2.      Lectura y comentario

2.1.Lectura del Profeta Amós 7, 12-15

En aquellos días dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós: –Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en «Casa de Dios», porque es el santuario real, el templo del país. Respondió Amós: –No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel.

Mal iban las cosas en aquel reino, muy mal. La relativa libertad e inde­pendencia de que venían gozando desde hacía algunos años los habitantes del país, los habían ensoberbecido un tanto. Mucha prosperidad, mucha hol­gura; riquezas, lujo, reconocimiento, mediante pactos y alianzas, de los pue­blos limítrofes; culto espléndido en los santuarios; seguridad, alegría… Mu­cho de eso, sí, pero el país estaba podrido. Todo parecía hermoso y en orden. Pero era una ilusión. Era sólo la superficie. Dentro se devoraban unos a otros. El rico oprimía al pobre; el poderoso explotaba al humilde; el adine­rado se enriquecía con extorsiones; medidas injustas, usuras despiadadas. Suntuosas casas de campo, lechos de marfil; vino aromático, manjares sucu­lentos; embriagados por el lujo y la lujuria; culto de mucho ruido e incienso, pero execrables; prostitución sagrada, costumbres paganas, abandono de la fe yavista. El pueblo de Dios estaba podrido. ¿Qué hacer? ¿Habrá cura? El mal era que todo parecía justificarse por el culto suntuoso y desorbitado. El pueblo no se daba cuenta y los «profetas» habían dejado de levantar su voz. Amós es enviado a recriminar la situación. El mejor lugar, el santuario, y el momento más oportuno, la celebración cultual: Betel. Betel gozaba de la protección real. Era el santuario oficial del reino y, desde los tiempos de Je­roboam I, dotado de privilegios especiales y frecuentado por multitudes. Su mantenimiento y culto garantizaban la protección de Yavé. ¡Qué engaño! Aquello no tiene que ver nada con el auténtico culto a Yavé. Amós condena todo aquello; no respeta ni la afluencia de gentes ni el carácter real del lu­gar. Amós habla con autoridad. El sacerdote custodio del santuario lo ha confundo con un «profeta» de «profesión», un carismático «empobrecido» e in­digente, envidioso y extravagante, extraño, además, al país. «Vete de aquí» es la réplica. Pero el encargo de Amós no es cosa humana. No es su oficio ganarse el pan, gesticulando de aquí para allá con ademanes extraños, vestido con ra­reza, como uno de aquellos «hijos de profetas». Amós viene arrastrado por el «soplo» de Dios. Y el «soplo» de Dios es irresistible. Es un profeta de vocación particular. Y ahora su oficio es ese: condenar aquello. Es la «voz de Dios».

2.2.Salmo Responsorial Sal. 84, 9ab-10. 11-12. 13-14

Los hombres estamos siempre necesitados de misericordia. Somos cons­cientes del estrecho límite en que nos movemos – espacio y tiempo -y senti­mos pesadamente sobre nosotros la dura carga de la necesidad, ya corporal, ya espiritual. Apenas hemos salido de una, cuando ya se avecina otra. Surge, pues, espontáneo, el hombre de fe, el clamor a Dios: «Muéstranos tu misericordia y danos tu salvación».

 

R: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.»
La salvación está ya cerca de sus fieles
y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra
y la justicia mira desde el ciclo.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos.

2.3.Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 1, 3-14

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la Persona de Cristo –antes de crear el mundo– para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor.
Él nos ha destinado en la Persona de Cristo –por pura iniciativa suya– a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su Voluntad. Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo, cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. [Con Cristo hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también ustedes –que han escuchado la Verdad, la extraordinaria noticia de que han sido salvados, y han creído– han sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual –mientras llega la redención completa del pueblo, propiedad de Dios– es prenda de nuestra herencia.]

Pablo celebra la obra de Dios, que se proyecta desde el fondo de lo eterno en la escena de la historia humana, para recogerse de nuevo heredad eterna. Se delinean, vigorosos, rasgos trinitarios: El Dios uno se revela trino en su obra. La Ver­dad divina se manifiesta amorosa y salvífica. El Padre nos comunica, por el Hijo, en el Espíritu Santo, su naturaleza. Es un canto, un himno, una ala­banza gozosa; una profesión de fe jubilosa, cargada de esperanza. Allí el amor del Padre – nos ha bendecido – la obra del Hijo – «plenitud de los tiem­pos» – el don del Espíritu – sello, prenda, anticipo.

La alabanza a Dios es el eco del favor divino: bendecimos y glorificamos a Dios que nos ha bendecido plenamente y nos ha hecho partícipes de su glo­ria. El punto de encuentro es Cristo. En él, que ha bendecido nuestra natura­leza, reflejamos limpia y tersa la luz recibida. Santo, e inmaculados delante de Dios. Todo parte de un acto de amor de Dios a nosotros. Un amor comuni­cativo y transformante, un amor creador: hijos en su Hijo Unigénito. La obra lleva el nombre – entre otros – de redención. Jesús, en su muerte, nos ha librado de las tinieblas y de la ignorancia. Ahora vivimos en la luz. Vemos las cosas con luz divina. Sabemos apreciar las cosas en su debido valor y cami­namos al impulso de una fuerza superior. La creación vuelve a cobrar su sentido primero en Cristo. Y nosotros, con él, somos herederos de los bienes eternos. El Espíritu que se nos comunicó el aceptar la Buena Nueva es «garantía» de él. Es más, estamos sellados por él. Es el «sello» de la Alianza en Cristo. Ya participamos aquí – «prenda» de lo que hemos de recibir des­pués. Esperamos la revelación plena. Gozamos del «anticipo».

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevaran sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: –Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel lugar.
Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al salir sacúdanse el polvo de los pies, para probar su culpa. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Unos capítulos antes nos ha relatado Marcos la elección de los «doce». Je­sús había atraído sobre sí la atención del pueblo de Palestina. Unos le ha­bían seguido de lejos; otros de cerca. Unos con simpatía y entusiasmo; otros con recelo. Unos cuanto admiradores se habían convertido en sus «seguidores». De ellos Jesús había elegido «doce». Les había llamado «apóstoles». Los había convertido en «pescadores de hombres». Le acompa­ñan a todas partes, oyen sus predicaciones y viven con él. Jesús los envía ahora a anunciar el Reino. Para ello precisamente los había elegido. Jesús quiere que comiencen; son sus colaboradores.

Los envía de dos en dos. Así será más seguro su testimonio. Los envía por tierras de Galilea, sin salir de los términos del pueblo elegido. Les hace par­tícipes de su misión y poder: lanzar demonios. Es el signo evidente de la lle­gada del Reino. Han de predicar la «conversión». Sin «conversión» no puede implantarse el Reino. Así predicaba él y así también el Bautista. Y las ma­ravillas que han visto realizar al Maestro brotan de sus manos: lanzan de­monios, curan enfermos, limpian leprosos. Expresión plástica de la venida del Reino. Los «doce» continúan la obra de Cristo. Esa es su «Misión» y no otra. No tienen otra razón de ser que esa. Todo lo demás sobra. Han de observar una conducta sencilla: «la sencillez apostó­lica». Nada que impida su «Misión» o la desvíe. Sobriedad al máximo. Su «Misión» es su riqueza. Sólo el bastón y las sandalias – un par – para cami­nar ligeros. Corre prisa. La hospitalidad de las gentes – proverbial en aque­llas tierras – les abrirá las puertas. Sus pocas pretensiones infundirán con­fianza; no se verán obligados de ir de aquí para allá. Son los mensajeros de la luz y de la paz. Pero ¡ay de aquellos que se cierren a su voz! La paz pa­sará con ellos de largo y puede que no vuelva más. Les espera un juicio te­rrible. Los apóstoles son el Maestro. Algo que hace temblar.

Reflexionemos:

La primera y tercera lectura coinciden en un punto importante: la «misión». El pastor Amós es enviado a profetizar. Nadie puede impedírselo. La voz del Señor lo ha constituido «profeta» y «apóstol». Lo ha investido de su poder y autoridad. Cualquier clase de oposición, venga de donde venga, es desca­bellada. Ni el rey ni el sacerdote pueden nada en él. Los «doce» fueron crea­dos «Apóstoles», enviados a proclamar el mensaje del Señor. Están investi­dos de poder. Toda oposición o desacato son condenados irremisiblemente. Quien desprecia al apóstol desprecia a Dios. «Seriedad» tanto para el «enviado» como para los destinatarios. La «misión» de Cristo es salvadora. Sus enviados son «salvadores». Lan­zan demonios, curan enfermos, anuncian la Buena Nueva. Lo son por voca­ción y oficio. Para ello sus poderes. La Iglesia continúa esa función, en espe­cial en los miembros cualificados: obispos, presbíteros… ¿Cómo cumplimos nuestra «misión»? ¿Salvamos? ¿Evangelizamos? ¿Cuál es nuestro primer in­terés? ¿Operan maravillas nuestras manos: atención, desinterés, amor fra­terno? ¿Lanzamos los demonios de la ira, de la envidia, del odio? ¿Acudimos con nuestra solicitud al lado de los pobres, de los enfermos, de los desdichados?

Para realizar expeditamente esa «misión» el apóstol debe dejar de lado muchas cosas. En realidad todo. Sólo lo necesario e indispensable. Sencillez apostólica. Sólo nos ha de bastar Cristo. ¿Cómo andamos en este punto? ¡Cuánto equipaje llevamos acuestas! Intereses personales, negocios, asuntos financieros, preocupaciones no evangélicas….

3.  Oración final

 

¡Señor Dios nuestro!, aparta a los discípulos de tu Hijo de los caminos fáciles de la popularidad, de la gloria a poco precio, y llévalos sobre los caminos de los pobres y de los afligidos de la tierra, para que sepan reconocer en sus rostros el rostro del Maestro y Redentor. Da ojos para ver los senderos posibles a la justicia y a la solidaridad; oídos para escuchar las peticiones de salvación y salud de tantos que buscan como a tientas; enriquece sus corazones de fidelidad generosa y de delicadeza y comprensión para que se hagan compañeros de camino y testimonios verdaderos y sinceros de la gloria que resplandece en el crucificado resucitado y victorioso. Él vive y reina glorioso contigo, por los siglos de los siglos.

Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo décimo cuarto del tiempo ordinario ciclo B

 

Normalmente en la propia tierra es donde se espera que haga más un personaje importante. En el caso de Jesús pasa lo contrario: mientras los más lejanos creen en él, los más cercanos no. El Evangelio de Marcos nos pone hoy ante una escena de fracaso misionero. No hay que perder de vista que, desde el primer momento, se dice que los discípulos estaban allí con Jesús, por lo tanto hay una lección orientada también al discipulado.

 

  1. 1.      Oración:

 

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1. Lectura del Profeta Ezequiel 2, 2-5

 

En aquellos días el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía: –Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: «Esto dice el Señor.» Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

 

Admirable la vocación del profeta. Enviado de lo alto para transmitir al pueblo la palabra de Dios, encuentra con frecuencia un auditorio indiferente, cuando no hostil. Es para desanimar a cualquiera. No será rara la sensación de que hace el ridículo. Más aún, el predicador sagrado expone con frecuen­cia no sólo su reputación de hombre sensato y doblegado, sino tam­bién la propia paz y tranquilidad y hasta pone en peligro su vida. Hombre valiente, arriesgado y decidido. Tes­timonio de Dios entre los hombres, signo de contradicción por lo común. Se encara con el pueblo y sus palabras toman un matiz diverso, según la situación del auditorio. Anima al pusilánime, levanta al abatido, consuela al pobre, defiende al desvalido, infunde esperanza a los que la han perdido o están a punto de perderla. Truena, en cambio, la voz del profeta, amenazadora y asusta, en la casa del rico avariento y del acu­sador injusto; retumba en los oídos del pueblo insensato idólatra, ebrio de placer y de orgías, acusa con desenfado al profeta hipócrita y falseador y desenmascara al adulador aprovechado.

 

En una misión semejante encontramos ahora, en la lectura, al profeta Ezequiel. Los padres han pecado. Dios les anunció por Jeremías el gran de­sastre, el destierro. No hicieron caso. Los hijos, ya en el destierro, parecen seguir el mismo camino. Han cerrado los oídos a la voz del profeta. No im­porta. El profeta debe seguir gritando, debe seguir anunciando la palabra de Dios. No debe dejarse intimidar por la actitud hostil o indiferente del pueblo.

 

Al profeta no se le garantiza el éxito. Hay que cumplir la misión apasiona­damente. Es misión divina. Tendrán que aguantarle. Dios lo envía para el propio provecho del pueblo. Suya es la culpa si no le escuchan. Dios ha cum­plido con su promesa: ha enviado un profeta. El pueblo tomará una actitud que lo salvará o lo condenará. La voz del profeta no suena en balde; lleva consigo la eficacia de Dios mismo, que salva o condena. Admirable la misión del profeta. Nos obliga a tomar una decisión.

 

  2.2 Salmo responsorial: 122, 1-2a. 2bcd. 3-4

 

La imagen del esclavo y de la esclava que no retiran su mirada de las manos bondadosas de los señores, es suges­tiva y tierna. Así nosotros ante Dios. Saciados de desprecios y agravios pe­dimos humildes, pero con insistencia, la ayuda del Señor, su misericordia.

 

R: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia

 

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos en el Señor Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

 

2.3. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 7-10

 

Hermanos: Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido: –Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

 

San Pablo es obligado a presentar a los corintios una justificación deta­llada de su conducta. Alguien se ha dedicado a difamarlo y a acusarlo injus­tamente de múltiples defectos. Al parecer, intentan aminorar su autoridad y desautorizar así sus enseñanzas. Pablo no puede soportarlo. Se defiende.

 

La defensa comienza en el cap. 10. En el cap. 11 Pablo comienza a elo­giarse a sí mismo, contra su voluntad. Dentro de este contexto general con­tinúa el cap. 12.

 

San Pablo puede gloriarse. Ha sido objeto de visiones y revelaciones es­peciales. Los estudiosos discutirán la naturaleza de ellas. A nosotros nos basta saber que Pablo ha sido favorecido de gracias muy especiales. Pablo puede gloriarse, tiene de qué. Junto a lo sublime está lo rastrero; al lado de la virtud-fuerza de Dios está la debilidad humana, mezclado con la dulzura de las co­municaciones divinas gusta al hombre lo desabrido de su poquedad. Así en Pablo; lo humano sirve de contrapeso para que su espíritu no se engría tor­pemente.

 

Es interesante la situación en sí misma. Pablo, profeta de Dios, gustador como nadie de los dones divinos, se halla rodeado de flaqueza, siente la nece­sidad en propia carne y la persecución lo lanza de una parte para otra. Dios lo ha dispuesto así sabiamente. Para Pablo la disposición de Dios es maravi­llosa. De este modo puede gloriarse de sus flaquezas; la acción de Dios pode­rosa brillará con más fuerza. La luz resalta más con un fondo de sombra. Cuando soy débil, soy fuerte.

 

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6

 

En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: –¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanas no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él. Jesús les decía: –No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

 

Cristo se presenta un buen día por su patria, acompañado de sus discípu­los. Sin duda, que éstos, aunque incipiente tienen fe en él. Las maravillas que obra y las palabras que pronuncia los han cautivado. Para ellos Jesús es un profeta. Le siguen entusiasmados. El entusiasmo que ellos sienten ha­cia el Maestro, lo echan de menos en los compaisanos del Señor.

 

La fama de taumaturgo ha llegado, cómo no, a oídos de los nazaretanos. Su predicación ha encontrado amplio eco en Palestina. Puede que de ello se sientan orgullosos. Pero la presencia de Cristo entre ellos va a obligarles a tomar una posición bien definida.

 

Según Lucas, amigo de dar a los acontecimientos un cuadro más sicoló­gico, nos presenta a Jesús predicando en la sinagoga de Nazaret. Cristo dice ser profeta, ser enviado por Dios a evangelizar a los pobres y a curar las llagas de los heridos. Las palabras de Cristo suscitan, como en todas partes, admiración y sorpresa. Pero ante una pretensión tal -ser profeta de Dios- los habitantes de Nazaret pasan de la sorpresa a la indignación, a la repulsa. Lo rechazan. Ahí están las razones: es hijo del carpintero, su madre y her­manos viven allí mismo. ¿Cómo es posible que de esta humilde familia surja un profeta de Dios? Ellos conocen bien su niñez y su vida. No lo aceptan, se escandalizan.

 

1) Cristo taumaturgo, profeta, Hijo de Dios no tiene éxito en su tierra. Los suyos no le escuchan. Un verdadero fracaso. Los primeros en aceptarlo, que debieran ser, son los que primero se oponen en bloque. Cristo se admira de la poca fe.

 

2) Los argumentos del pueblo de Nazaret son dignos de consideración. «Su madre está entre nosotros; es hijo del carpintero». Dan mucho qué pen­sar.

 

Es interesante notar que el pasaje se encuentra en los tres sinópticos. To­davía San Juan nos lo recuerda (4, 44). Parece ser que para los primeros cristianos, como para Cristo, tuvo gran importancia. La humildad de Cristo de pertenecer a una familia, en su apariencia, común llegó a causar escán­dalo a los compaisanos. Dios se hizo un más entre nosotros para llegar a no­sotros. En lugar de acercarnos, nos alejamos. Es un misterio esto. Está en la línea de la gran humillación de Cristo que muere entre dos ladrones en la cruz. El acontecimiento de Nazaret prepara el acontecimiento del Calvario. Así hay que interpretarlo. Puede que ésta fuera la razón por la cual los evangelistas lo recuerdan admirados.

 

3) La humillación, llaga también a los padres. Po­díamos pensar en María. No le sería nada fácil oír tales palabras.

 

Reflexionemos:

 

La antífona de entrada nos recuerda la misericordia divina: la diestra de Dios está llena de justicia, es decir, de misericordia. Surge espontánea la alabanza; alabanza que recibe su mejor ambiente en la celebración litúrgica. Allí se medita en la misericordia de Dios y en sus grandes obras: la obra de Cristo salvador; ese recuerdo, realizado en fe viva, es ya una alabanza. Ante la magnitud de las maravillas, la alabanza debe ser eterna. Es un deseo y una petición  (3ª oración). Pero la misericordia de Dios no ha terminado. En el salmo la suplicamos de un modo particular. También la 1ª oración recuerda, a la par de justicia de Dios llevada a cabo en Cristo -«levantó a la humanidad caída»- la necesi­dad de perpetuarla en nosotros: disfrutar de los gozos del cielo.

 

Misericordia, salvación en Cristo, elevación del hombre en la humillación de Cristo, recuerdo, alabanza, petición. La misericordia no ha desplegado toda su virtud. Pidamos, alabemos, recordemos. La santa Misa es una ac­ción de gracias, un recuerdo, una alabanza… Eucaristía.

 

Cristo es siempre el punto de comparación y referencia en todo lo que  de inteligencia y penetración en los misterios divinos. Profeta por excelencia, Enviado del padre, Palabra misma de Dios, agraciado de las más altas comunicaciones, auténtico inter­mediario entre Dios y los hombres, Hombre como nosotros, desechado, per­seguido, injuriado, muerto. En él reciben sentido las manifestaciones de todo tipo de Dios a los hombres. En el misterio de Cristo se aclara al misterio del hombre

 

A) Cristo Profeta-Enviado de Dios. Cristo tenía por misión comunicar a los hombres las decisiones divinas y hacerlos partícipes de la vida eterna, expresión todo ello de la misericordia de Dios.

 

Sin embargo, a Cristo no se le acepta. «Y los suyos no lo recibieron» será la queja de San Juan. A Cristo no le acompaña el éxito, según lo entendemos nosotros. Cristo Hombre será la excusa de los incrédulos: es hijo del carpin­tero, es hijo de María; haz los signos que has hecho en Cafarnaún; baja de la cruz y creemos… La gloria de Cristo estaba oculta; Cristo estaba sujeto a la debilidad hu­mana: de una época determinada, de una educación, de una profesión, per­teneciente a una familia. Así es Cristo y no se le puede cambiar. Es verdade­ramente un misterio, pero así es.

 

Algo semejante hallamos en Pablo. Enviado, agraciado, autorizado por Dios choca con la oposición de algunos y con las limitaciones que le imponen las propias flaquezas. Ezequiel está en la misma línea: «hijo de hombre». Es un hombre, pero portador de la palabra de Dios. Hay que admitir la paradoja: elemento divino – al máximo en Cristo, que es Dios – y elemento humano – máximo también en Cristo. Es quizás el deno­minador común de las tres lecturas. Para Cristo es un momento más de la Pasión, como lo son para Pablo y Ezequiel sus respectivas limitaciones y persecuciones. El Profeta de Dios debe estar preparado para ello.

 

B) Las debilidades o limitaciones humanas, fuera naturalmente del pe­cado, no quitan prestigio, no valor, ni eficacia a las comunicaciones divinas. Ahí está Cristo, Hijo de Dios, Salvador, a pesar de ser también hombre. La primera oración nos recuerda: «Por medio de la humillación de tu Hijo levan­taste a la humanidad caída». Fue precisamente en su humanidad donde nos salvó. En Pablo las debilidades ponen de relieve la fuerza de Dios. Es un tema muy familiar a Pablo: Dios ha elegido lo más humilde para confundir a los poderosos.

 

Dios ha hecho las cosas bien. La gloria de Dios nos ofuscaría, su voz nos amedrentaría. Se hace hombre y nos habla lenguaje de hombres. Es un medio de salvación. Y cosa curiosa, la debilidad de Cristo fue el gran escán­dalo de los Judíos. Esto nos debe llevar a una consideración importante. Dios nos habla por medio de hombres. Hijo del carpintero era Cristo; su humillación nos trajo la salvación. ¡Atención! No debe ser este misterio escándalo para nosotros. De­bemos admitirlo como es, pues es obra de Dios.

 

La voz de: Dios, la voz de Cristo sigue resonando con ecos humanos. Que no sean las limitaciones humanas las que nos impidan ver en ellos la voz de Dios. Dios está en los hombres. Llena está la historia de la Iglesia de hom­bres – hijos de carpintero – en los que Dios se ha comunicado y mediante los cuales Dios nos ha hablado. Debemos desechar lejos de nosotros toda pre­sunción y vanidad.

 

Es por cierto un misterio. Es para alabar a Dios que emplea medios tan suyos. Respecto el profeta, al encargado de predicar la palabra de Dios, tenga presente el ejemplo de Cristo y de Pablo. No se le garantiza el éxito. Habrá ocasiones en que no encontrará atención; se le reirán, le perseguirán. Todo es posible. Pablo es un buen ejemplo.

 

Eucaristía. Alabanza. Cristo en especies tan humildes nos trae la salva­ción. No podemos desecharla. Recuérdese el sermón eucarístico en San Juan. «Duro es esto», dijeron algunos. Es menester admitir las cosas con fe. Fe es lo que echó en falta Jesús entre los suyos. En la Eucaristía se nos ma­nifiesta la misericordia de Dios. Pidámosla.

 

  1. 3.      Oración final

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.