Domingo 13 del tiempo ordinario – Ciclo B

DOMINGO DECIMO TERCERO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

La liturgia de este domingo irradia optimismo; es un canto a la vida. Desde la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría,  se transmite este mensaje de vida: “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera”. El evangelio de hoy nos narra el drama de dos contemporáneos de Jesús, agobiados por la desesperanza, a quienes éste devolvió  la alegría. Veamos cómo actuó Jesús a favor de la vida, venciendo así a la enfermedad y a la muerte.

1.      ORACIÓN:

 

Padre de bondad, por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Domingo 12 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO DECIMO SEGUNDO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

  1. 1.      ORACIÓN:

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en sólido fundamento de tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del Libro de Job 38, 1. 8-11

El Señor habló a Job desde la tormenta y le dijo: ¿Quién encerró el mar con doble puerta, cuando del seno materno salía borbotando; cuando le puse una nube por vestido y del nubarrón hice sus pañales; cuando le tracé sus linderos y coloqué puertas y cerrojos? «¡Llegarás hasta aquí, no más allá – le dije -, aquí se romperá el orgullo de tus olas.

Aquí romperá la arrogancia de tus olas.

El apremiante y eterno problema del sufrimiento. El hombre lleva el sufri­miento pegado a su carne, desde que nace hasta que muere. Como sociedad y como individuo. A todos niveles: físico, moral… ¿Cuál es su razón de ser? La filosofía y la teología buscan una respuesta. He ahí una terrible interro­gante: el porqué del sufrimiento. Anejo, el misterio del pecado.

 

A Job le ha maltratado la suerte, diríamos hoy. Pero para aquellos hom­bres, y en verdad para todos, no hay suerte o destino ciego. Tras aquella fuerza que lo tiene postergado, se esconde Dios. Job es piadoso, Job es un hombre cabal, Job cree mantener una conducta irreprochable. Y, no obs­tante, la desgracia le llega hasta la médula de los huesos. ¿Por qué esto? Los amigos se esfuerzan en darle la respuesta, poseen la sabiduría. Todo lo que dicen es verdad o puede serlo, pero no encaja. Sus reconvenciones no acier­tan, lo confunden y alteran. Job no ha pecado. ¿Por doquier grandeza, sabi­duría, orden, concierto, bondad. Dios no hace nada sin sentido. Dios es el Señor de todo. Lo transciende todo y está en todo. El hombre no puede abar­carlo. ¿Cómo exigirle cuentas? Tan solo su voz infunde ya terror. El hombre debe retirarse dentro de sus propios límites, reconocerlos, y admitir sobre sí una razón suprema que lo gobierna todo, una providencia misteriosa, cierta y segura. ¿Quién es el hombre, Señor, para pedirle razón de su obrar? Posición justa y acertada.

 

El sufrimiento tiene un sentido, una razón de ser. Una relación profunda lo une con el pecado. Aunque el pecado personal no es la razón inmediata de su existencia en cada uno de los individuos. Dios dirige sabiamente y con au­toridad. La creación en su magnificencia nos invita a aceptarlo. El es bueno. Hay que dejarse llevar por él. El «misterio» de la muerte de Jesús iluminará el problema. Morimos en Cristo para resucitar con él. Esa es la respuesta de Dios en los «tiempos últimos». Esperamos ver con nuestros propios ojos la realidad suprema que este misterio encierra. Dios, pues, responde, y el hombre pierde el habla. En Job la creación que impone. En el Evangelio el «Misterio» de Jesús qué maravilla.

2.2.Salmo responsorial: Sal 106, 23-26.28-31:

Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Los que la mar surcaban con sus naves,
por las aguas inmensas negociando,
el poder del Señor y sus prodigios
en medio del abismo contemplaron. R./

Habló el Señor y un viento huracanado
las olas encrespó;
al cielo y al abismo eran lanzados,
sobrecogidos de terror. R./

Clamaron al Señor en tal apuro
y él los libró de sus congojas.
Cambió la tempestad en suave brisa
y apaciguó las olas. R./

Se alegraron al ver la mar tranquila
y el Se
ñor los llevó al puerto anhelado.
Den gracias al Señor por los prodigios
que su amor por el hombre ha realizado. R.
/

Salmo de acción de gracias. Un amplio salmo litúrgico. Recoge el agrade­cimiento de los fieles a Dios por los beneficios recibidos. El salmo separa a los agraciados por grupos. El texto aquí elegido representa la acción de gra­cias de los salvados de la muerte en su travesía por el mar. Dios es el Señor de los mares. A él el honor y la alabanza. La descripción de la angustia en una tormenta marina es asombrosa.

2.3.Lectura de la 2Cor. 5, 14-17

Hermanos: El amor de Cristo nos apremia, al pensar que si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Por eso nosotros ya no juzgamos a nadie con criterios humanos. Si alguna vez hemos juzgado a Cristo con tales criterios, ahora ya no lo hacemos. El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo.

El que vive con Cristo es una crea­tura nueva.

De nuevo las palabras de Pablo. Breves, pero de profundo sentido. Cristo ha resucitado. He ahí el Acontecimiento por excelencia. La Resu­rrección de Cristo ha cambiado de signo a las cosas. Ha comenzado un mundo nuevo. El hombre ha sido recreado, la creación liberada. La humani­dad se encuentra de nuevo a sí misma y con su destino en Cristo Resucitado. Fuera de él se desvanece, se avieja y muere.

Cristo murió por nosotros. Cristo resucitó por nosotros. Cristo murió y re­sucitó por todos. Nosotros hemos muerto en su muerte y hemos surgido vivi­ficados en su resurrección. La muerte de Cristo es la expresión extrema de un amor sublime. El amor lo llevó a la muerte y en él quedó la muerte ven­cida. Y su amor a nosotros nos hizo capaces de quererle. Más aún, nos apremia, nos empuja, nos obliga. El amor que Cristo nos tiene ha creado en nosotros un movimiento singular hacia él. Es un cambiazo profundo. El don del Espíritu. Cristo nos ha amado y nosotros lo amamos a él.

La muerte y la resurrección de Cristo conforman nuestra vida. Y tanto ésta como el amor a que nos obliga llevan el signo de la muerte y la resu­rrección. Hemos muerto al pecado, hemos muerto a la carne, hemos muerto a lo viejo, a todo aquello que nos distancia de Dios. Vivimos en Cristo la vida nueva, la vocación celeste, la vida divina que nos introduce en Dios. El es­tado actual del cristiano -en este mundo- lleva ese doble signo gravado en su carne. El amor -que ha sido derramado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado- se desarrolla aquí en una continua «muerte» a todo aquello que le obstaculiza su plena expansión: sensualidad, avaricia, odio, soberbia, egoísmo, aficiones descompuestas… No hay una vida divina sin una muerte, portamos la cruz de Cristo en la propia carne, todos los días, toda la vida. Esa es nuestra condición. Vivimos matando a la muerte. Ya llegará el mo­mento en que la «muerte» sea aniquilada en toda su amplitud: la resurrec­ción de los muertos, la vida futura.

En esta vida nueva hasta los criterios han cambiado. Ya no vemos, ni sentimos, ni deseamos, ni amamos, según la carne, según lo humano, al margen de la revelación de Cristo. Cristo vive en nosotros. Las relaciones con los demás han de ser de otro signo: en Cristo. Es toda una nueva pos­tura. El cristiano tiene un nuevo ser, una nueva vida, una moral peculiar, un pensar propio, una lógica que supera toda lógica, unos criterios y una forma de valorar las cosas que lo distingue de los demás. ¿Es así en verdad? Pablo nos invita a reflexionar apremiados por el amor de Cristo.

2.4.Lectura del santo Evangelio según san Marcos

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla del lago.»  Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado en un cojín. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿No te importa que nos hundamos?”  El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar “¡Cállate, enmudece!”. Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aun no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”.

¿Quién es éste? Hasta el viento y el mar le obedecen.

Volvemos a Marcos. El evangelista del «secreto mesiánico». Un misterio profundo envuelve a Jesús. Sus palabras, sus acciones, su comportamiento, suscitan por doquier interrogantes. ¿Quién es éste? Algo de ello tenemos aquí. Jesús se aleja con los suyos. Jesús duerme en la barca, mientras ruge fu­riosa la tormenta. Jesús debía estar físicamente agotado. No era para me­nos, atendido su trabajo. La barca amenaza hundirse, los discípulos temen morir ahogados. Una voz descompuesta, desabrida, sacude al Maestro. No son en verdad muy respetuosos. ¿Saben en realidad quién es? Parece que no lo han descubierto todavía. La reconvención de Jesús lo sugiere: «¿Aún no tienen fe?» Fe ¿en qué o en quién? Fe, al parecer, en su persona. Todavía no se han enterado de quién es él, el Mesías, el Señor, el Grande. Tras la calma, se levanta en su corazón un sentimiento de temor. Sienten la presen­cia de lo divino, de lo grande. Y su espíritu se encoge, se turba y rebosa res­peto. Ahí está el Señor.

 

La barca simboliza la Iglesia. La Iglesia, representada aquí por sus «fieles» amigos, no parece sentir la presencia de su Señor en momentos de zozobra. A la Iglesia la sacuden tempestades de todo tipo. Parece amenazar ruina y desastre. ¿Dónde estás, Señor? El reproche de Jesús cae sobre noso­tros: ¿Qué temen? ¿Todavía no se han percatado de quién es el que va con ustedes? Y vuelve otra vez la voz del Maestro: ¡Calla, enmudece! Y vuelve la calma. ¿Hasta qué punto tenemos fe? No deja, con todo, de ser mis­terioso que nuestra vida en Cristo -la barca- sea zarandeada por los vientos, aun estando en ella Cristo. Contamos con ello.

Reflexionemos:

Comencemos por el evangelio. La barca de Pedro zozobra, y Cristo va dentro. Estamos ante un misterio. ¿Por qué lo permite? La barca, la Iglesia, está expuesta a las inclemencias del tiempo, como lo estuvo Jesús en su vida. Son sus debilidades, su cruz. Con todo, la seguridad le acompaña. Cristo victorioso estará ahí, dentro de ella. También ella saldrá victoriosa. Se apaciguaran los vientos y se calmará el mar. No hay por qué temer.

 

Estamos tocando el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Cristo padeció, murió; pero surgió victorioso. La pasión, el sufrimiento, el dolor, la muerte tienen un sentido. Son expresión de un amor inefable. Ante un mundo viejo y podrido, que odia, que mata, egoísta, interesado, particularista, ale­jado de Dios, el amor de Dios ha de padecer, ha de sufrir. Pero ha de vencer. Así la Iglesia: lleva su cruz, su pasión; se le ha prometido la gloria.

 

La vida del cristiano, como tal, lleva ese signo. Un amor en lucha, en pa­sión, en sufrimiento. El cristiano participa de la debilidad de su Señor. Su vida transcurre dentro de los estrechos límites del espacio y del tiempo, con las flaquezas personales y la oposición ajena. También le acompaña la «fuerza» de su Señor. Jesús va en la barca, aunque parezca dormido. El su­frimiento nos configura a Cristo. Sufrimos en obediencia al Padre -en esta condición humana- y en amor a todos. Ya pasarán las tempestades. La vida de Job y el salmo nos lo recuerdan.

 

La segunda lectura nos invita a vivir el misterio de la vida nueva. Hemos muerto y debemos morir todos los días. Postura nueva, sentir nuevo en Cristo. Aquí cabrían muchas reflexiones. ¿Es verdad que nuestra postura es nueva? ¿Nos diferenciamos en la expresión de la caridad, en el justo aprecio de las cosas, en el carácter personal, de lo que llamamos mundo? ¿Dónde está esa piedad, esa religiosidad, esa paciencia, esa bondad, ese aguante, ese sentir con Cristo? ¿Nos tragará el mar? ¡Cuidado! ¡Llama a Cristo.

 

El interrogante piadoso que presentaba Job, queda solucionado en el «misterio» de la muerte y resurrección de Cristo.

 

  1. Oración final:

Que tu bondad, Señor, nos escuche; por tu gran misericordia vuélvete a nosotros. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

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Domingo 11 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO DECIMO PRIMERO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

En este domingo la Palabra nos llevará al ambiente agrario: la semilla, la cosecha, el fruto… La enseñanza del Maestro en parábolas trata de explicarnos cómo la semilla del Reino, que lleva en sí toda la potencia germinadora, es en principio, algo insignificante.

  1. 1.      Oración:

Jesús, Buen Pastor,
queremos seguir tus pasos.
Danos tu Espíritu,
para aprender a vivir en la misericordia.

Ayúdanos a descubrir la gratuidad de tu amor,
entrega generosa, don de vida que se regala.

Queremos compartir tu sueño
de construir un mundo justo,
donde exista igualdad
y una fraternidad real,
donde haya pan para todos
y la libertad sea una luz
que ilumine a todas las personas. Amén

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del Profeta Ezequiel 17, 22-24

Esto dice el Señor Dios: «Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantare en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y de fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.

Ezequiel, profeta de Dios en el exilio. Allí marchó con su pueblo y allí mu­rió. Su mensaje va dirigido, pues, al pueblo que acaba de ser deportado. No olvida, con todo, su tierra de Judea.

La ira de Dios pesa dolorosamente sobre su pueblo. Su gente desterrada, su tierra en manos extranjeras, el culto abolido, la monarquía trucada. La monarquía se ha mostrado infiel, el pueblo ha prevaricado. El castigo ha sido irremediable. ¿Ha abandonado Dios a su pueblo? Dios se mantiene FIEL a sus promesas. Dios no olvida a su pueblo. El destino de las naciones está en sus manos. Puede truncar los cedros más robustos y los abetos más altos y levantar hasta el cielo las plantas más humildes. Dios es el Señor de la historia. Y así lo hará.

Vuelven a revivir las esperanzas mesiánicas. La ramita verde -símbolo de la esperanza- se convertirá en árbol frondoso y elevado. Acudirán a él aves de todo género. Buscarán su cobijo desde los cuatro vientos. Todos los pueblos van a ser la maravilla. La rama -vástago, brote, en Isaías- nos re­cuerda al Mesías y a su pueblo. De una ramita verde, de un tronco que pa­recía seco, de una planta humilde -situación actual del pueblo y su monar­quía- va a surgir todo un cedro noble. Dios lo ha determinado. Maravillosa la acción de Dios.

2.2.Salmo Responsorial

Es bueno dar gracias al Señor Sal 91, 2-3, 13-14, 15-16 R/

Es bueno dar gracias al Señor
y tañer para tu nombre, oh Altísimo;
proclamar por la mañana tu misericordia
y por la noche tu fidelidad.

El justo crecerá como la palmera,
se alzará como cedro del Líbano;
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios.

En la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso;
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

 

Salmo de acción de gracias. La experiencia múltiple y secular de pueblo de Israel rompe en alabanza. Dios se ha mostrado bueno, Dios ha prodigado sus bondades. Esa misma experiencia abre camino a una «sabiduría» espe­cial. Obliga a pensar y a seguir un comportamiento determinado.

Las obras del Señor, sus bondades, nos invitan a alabarlo y a estudiarlo. Alabanza y reflexión sapiencial. La obra de Dios revela «fidelidad». Su «fidelidad» opera maravillas y es una constante bendición para sus fieles. Sugestivas la imagen de la palmera y la del cedro. El justo -en los atrios del Señor, bajo su sombra- crecerá y se multiplicará. El fruto será abundante aun en el tiempo inesperado. Alabanza a Dios, invitación a servirle. Serás como la palmera.

2.3.Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5, 6-10

Hermanos: Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

Las reflexiones escatológicas de Pablo frente a su ministerio siguen siendo las claves de este texto de 2Cor. Se habla del encuentro con el Señor “post mortem”, en el mismo momento de la muerte. Es verdad que la antropología subyacente a este conjunto de 2Cor 4,7-5,10 se nos escapa un poco entre las manos. Expresiones como el “hombre interior” sugieren un lenguaje propio de la filosofía griega, pero también hay diferencias notables, en cuanto no se está hablando en este caso con un leguaje dualista de alma y cuerpo. Por eso mismo debemos interpretar el misterio de la “interioridad” en una relación de interconexión con los conceptos soma y ánthrópos, que son claves en toda esta perícopa. El sóma es la persona en su integridad. En toda esta trama de conceptos antropológicos y apocalípticos, lo más decisivo es la expresión de 2Cor 5,4: “para que así esto mortal sea consumido por la vida”. De hecho, no nos seduce la traducción que escoge el sentido de “tramar” o “devorar”, porque no es la vida lo que engulle lo mortal; es la vida en cuanto acción de Dios sobre toda muerte y sobre todo los hombres que pasan por la muerte. Esto se confirma muy bien por el v. 5, que pone a Dios como garante de ello, dándonos las “arras” del Espíritu. La vida está sembrada en nuestro cuerpo mortal, en nuestra mismidad. No vamos a la nada, porque Dios nos garantiza, pues, que hemos sido creados, hemos nacido, para la vida y no para la muerte.

La garantía para el cristiano es, sin duda, el Espíritu, que es un adelanto de todo lo que nos espera en la nueva vida, en la vida escatológica. Es verdad que aquí no se habla de resurrección, que es un concepto más apocalíptico y que está mucho más presente en 1 Cor 15. Digamos, mejor, que se contempla el paso de la muerte a la vida como una “transformación” personal, no al final de los tiempos, ni en el momento de la Parusía como se da a entender en I Tes 4,15 1 Cor 15,51. ¿Por qué? Porque eso va desapareciendo poco a poco del horizonte de los textos paulinos. Ello significa que en Pablo se produce una evolución personal en este tema escatológico. No obstante, mientras todo eso llega, vivimos de la fe, exiliados del Señor. Quiere decir de la vida total y especial que tiene ahora el Señor, Cristo. Se usa la expresión de ir a “habitar junto al Señor (v. 8), es decir, nos revestiremos, poseeremos la vida que ahora tiene el Señor, porque la identificación entre Cristo y la vida lo podemos ver en 2Cor 4,1 1. Pablo se está expresando, sin duda, en una mística cristológica de tonos proféticos. ¡No hay miedo a la muerte! Después de las expresiones que había inventado sobre el particular, en 1 Cor 15,55, sobre la victoria de la muerte, esta mística cristológica es un cántico a la victoria de la vida en Cristo.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo decía Jesús a las turbas: –El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. –¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas. Con muchas parábolas parecidas les exponía la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Dos parábolas y una breve conclusión.

El Reino de los Cielos es una realidad sobrenatural que irrumpe en la vida del hombre y lo arrastra a éste a esferas desconocidas y divinas. Jesús compendia es sí esa realidad misteriosa. Urge escucharle. El Reino de los Cielos tiene su dinámica propia, sus misterios. El hombre no puede adentrarse en él, si Dios no le abre la puerta. La Puerta es Jesús. Jesús habla de esa realidad, y cada una de sus exposiciones toca un punto o aspecto de ese Misterio. Jesús ofrece con frecuencia el misterio de la vida (agricultura) como punto de comparación. Quizás así pueda el hombre abrirse camino a la inteligencia de esa realidad sublime. Al fin y al cabo se trata de algo vital, aunque transcendente. En literatura se llaman parábo­las. Las hermosas. Revelan un finísimo espíritu de observación y de acomo­dación. Jesús conoce a la perfección la vida humana y la divina. Todas ellas son significativas. Jesús condesciende a hablar a los hombres del gran Mis­terio, del Reino de los Cielos, en términos al alcance de todos.

«Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque él ha llegado la siega». Así termina la primera de las comparaciones. No porque el hombre madrugue o trasnoche, amanece antes, apunta más rápida la espiga o se adelanta la siega. Hay una maduración natural con un ritmo vital miste­rioso, sorprendente, que se pone en movimiento al margen del hombre. Al hombre no le toca más que admirarlo y esperar. Ya vendrá la siega. Así su­cede con el Reino de los Cielos. El Reino tiene un período de maduración, una hora de la siega: el juicio definitivo. No le toca al hombre adelantarlo. Hay que esperar con paciencia. Ya llegará. En algunos círculos judíos de enton­ces no se pensaba así. Se esperaba y deseaba una intervención definitiva de Dios, un juicio inmediato y severo. Todo iba a quedar en orden, muy humano por otra parte, de modo fulminante: salvación del pueblo, ruina de las gen­tes. Tenían prisa. Así parece pensaban los zelotes y la mayor parte del pue­blo. Jesús no se comporta a la altura de estas esperanzas. Y advierte que esto es un misterio del Reino de los Cielos, como lo es el de la vida. Y Sería improcedente escandalizarse en Cristo.

No va muy distanciado el sentido del segundo parangón. Parece dirigido también a corregir el error de algunos. El Reino de los Cielos tiene comienzos humildes, insignificantes. Como un grano de mostaza. (Esto podría servir de tropiezo. Recordemos la descripción que había hecho el Bautista: el «juicio» de Dios está encima). Llegará a ser un árbol frondoso. Allí irán a cobijarse las aves del campo. La imagen es transparente. Esa figura del árbol simbo­lizando un reino, el Reino de Dios, tiene raíces bíblicas. Es, al comienzo, una insignificancia en sí, pero crecerá, se expandirá y sus ramas cubrirán la tie­rra. Será la admiración de las gentes. Dios es admirable en sus obras. Así también el Reino de los Cielos. La contemplación de estos misterios puede que nos sugieran pensamientos provechosos. La idea de la universalidad está latente.

La conclusión es interesante. Jesús habla en parábolas, acomodándose al entender de las gentes. Algo dicen las parábolas. Pero no lo dicen todo. El Misterio del Reino queda misterio. Solamente los allegados reciben una in­formación mayor. Son aquellos que tienen fe en él, aquellos que le siguen, aquellos que le aman. Jesús se comunica a ellos, porque ellos se han abierto a él. Es también natural. Yo no comunico mis intimidades – pensamientos, afectos, deseos – a cualquiera. Ha de ser muy allegado, muy amigo, muy ín­timo. Algo así como otro yo. Alguien que se ha ganado mi confianza. Confío que me ha de entender y comprender, que me ha de apreciar y que ha de hacer mi vida parte de la suya, ha de sentir conmigo. De no ser así sería pe­ligroso y perjudicial. Jesús se abre, todavía en el misterio, a aquellos que han hecho causa común con él. Ellos pueden apreciar y entender algo de su persona, de su obra, del Reino de Dios. Ellos le han aceptado. Le han confe­sado Mesías. A ellos se confía Jesús. Ama para entender y entiende para amar.

Reflexionemos:

La naturaleza del Reino de Dios es asombrosa. La imagen de la mostaza nos habla de la extrema sencillez e insignificancia de los comienzos y de la extrema grandeza del desarrollo alcanzado. Dios es así. Así sucede con el Evangelio. Piénsese en Jesús, en los apóstoles, en los medios humanos con que contaron. Todo hacía presagiar una ruina. Pues no. El árbol se ex­tendió a todo el mundo y a todas las esferas de la sociedad. Todos los pueblos pueden cobijarse en él. Hay lugar para todos. Todos encuentran en él su «nido». ¿No es para alabar y dar gracias a Dios? Maravillosos los caminos del Señor: lo insensato de este mundo confunde a los sabios y en lo débil doblega a los poderosos. Es su fuerza, su poder, su sabiduría. ¿No es algo consolador? El salmo nos invita a meditarlo y a alabarlo.

La imagen del crecimiento paulatino, pero seguro, apunta en la misma dirección. Pero añade algo más: La «siega». Habrá una siega, un fin. Sin es­fuerzo nos viene a la memoria la parábola de la cizaña. La lectura segunda abunda en el mismo tema: hemos de dar cuenta a Dios de lo bueno y de lo malo que hayamos hecho. Habrá un JUICIO. Y Jesús ha de ser el JUEZ. ¿Ya pensamos en ello?

Sentimientos de admiración a alabanza por el proceder de Dios. Con­fianza en su fidelidad. Descansamos en su Palabra y en su fuerza. Es el Dios de la historia. Y la historia camina hacia él. Nosotros caminamos con él. Nos hemos cobijado en su Hijo. Caminamos obrando el bien. El fin llegará. El pensamiento de las postrimerías es siempre beneficioso: Dios bendice al fiel y maldice al perverso.

El evangelio tiene un pensamiento más: la conducta de Jesús. Los miste­rios son encomendados a los fieles. ¿No es esto para dar gracia, confidentes de Dios? ¿Cultivamos su amistad y su trato? ¿Cómo esperamos recibir confi­dencias? ¿Nos damos cuenta del tesoro que llevamos entre manos? Las con­fidencias de Dios de capital son importancia. Ellas nos revelan el misterio y lo transparentan. Convendría pensarlo.

  1. 3.      Oración final

Jesús, Buen Pastor,
que pasaste haciendo el bien,
viviendo la misericordia
en la atención a los enfermos,
en la búsqueda de los marginados,
en la denuncia de las injusticias,
en la apertura al Dios de la vida,
en la enseñanza paciente de los discípulos,
en el anuncio del Reino para todos. Amén.

 

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Solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo – Ciclo B

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO ciclo B

El tema central que nos ocupa en esta solemnidad del Corpus Christi es la Alianza de Dios con los hombres. El pacto de Dios con el pueblo de Israel queda sellado en el Sinaí, por mediación de Moisés, con la sangre de los animales, como lo presenta la primera lectura. La nueva Alianza se sella también con la sangre de la víctima; pero aquí quien se ofrece es Jesucristo, sumo Sacerdote y Mediador, presentado por la carta a los Hebreos. En la Última Cena, Cristo anticipa sacramentalmente su oblación, y establece, por medio de su Cuerpo y de su Sangre, la nueva y definitiva Alianza;  aquella que nos revela el rostro misericordioso de Dios y la salvación del género humano, según san Marcos.

  1. 1.      Oración:

Señor nuestro, Jesucristo, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre  que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

  1. 2.      Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8

«Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahveh y todas sus normas. Y todo el pueblo respondió  a una voz: “Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh”. Entonces escribió Moisés todas las palabras de Yahveh; y, levantándose de mañana, alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel. Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahveh. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: “Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh”. Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: “Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras”».

En el medio oriente antiguo, cuando los reyes sellaban una alianza, el soberano convocaba a su vasallo para una celebración. Comenzaba por nombrarse a sí mismo, haciendo la lista de sus títulos y recordando lo que había hecho por su vasallo en el pasado. Luego le dictaba las cláusulas del tratado de alianza. Éstas eran esculpidas sobre la piedra o en el pavimento y después se proclamaban al pueblo. La celebración concluía con un sacrificio en honor de los dioses, en él la sangre de los animales jugaba un papel importante. La liturgia del Sinaí, narrada por Éxodo 19-24, se apoya en estos ritos. Dios se le aparece a Moisés en la cima de la montaña: “Yo soy el Señor tu Dios”. Le recuerda lo que ha hecho por él: “Te hice salir del país de Egipto, de la casa de servidumbre”. Le enuncia luego la cláusula principal de la Alianza: “No tendrás otros dioses fuera de mí”. Luego las cláusulas secundarias: no fabricar ídolos, respetar el nombre divino, guardar el sábado, etc. Dios promete su bendición al pueblo, si observa la Ley; pero si desobedece, le espera una maldición. Todo termina con el ritual final: precisamente lo que nos narra la lectura de hoy. El texto pone el acento en la ratificación de la alianza por parte del pueblo y en el rol del mediador. En dos ocasiones Moisés le transmite al pueblo las palabras del Señor. Las otras dos veces lo hace en forma oral; pero hay que notar que la segunda se apoya en un texto escrito: “Tomó el documento de la Alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo”. El pueblo también, en dos ocasiones, ratifica la Alianza y se compromete a poner en práctica las cláusulas. De esta forma acepta la soberanía del Señor y se compromete a no servir a nadie más que a él. Notemos cómo, transmitida por las Escrituras Santas, la Palabra de Dios se convierte en fuente de vida cuando es recibida por oídos atentos y por los corazones generosos. Después del ritual de la Palabra sigue el ritual de la sangre. Ésta se derrama sobre el altar, que simboliza la presencia de Dios, y sobre las doce piedras levantadas (estelas), que representan al pueblo. La sangre derramada establece el vínculo entre Dios y el pueblo.

 

2.2.SALMO RESPONSORIAL Sal 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18
R/. “Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.”

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
R/. “Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas.
R/. “Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
R/. “Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Este Salmo es un grito de acción de gracias que pronuncia una persona que ha pasado por un peligro de muerte y que ha sido salvado por el Señor. El Señor se manifiesta como el Dios de la vida. Dios no se regocija con la muerte de los seres humanos: “Vale mucho a los ojos del Señor la vida de sus fieles”. Pues bien, después de haber sido salvado de la muerte, el orante viene al Templo a darle las gracias al Señor. Allí surge una inquietud: ¿Cómo reconocerle de manera completa y como Él se lo merece, todo el bien que ha hecho? La respuesta es: cumpliendo la promesa. Cuando estaba en el apuro, este orante le había prometido a Dios ofrecerle un sacrificio. Viene, pues, al Templo a cumplir su palabra, pero también para testimoniar ante todo el pueblo la bondad de Dios. Es interesante: en cuanto salvado por Dios, el orante está en el centro de la liturgia de acción de gracias que se eleva a Dios. Los cristianos ponemos, en primer lugar, esta oración en labios de Jesús. Dios ha roto las cadenas de la muerte y lo ha resucitado. Por nuestra parte, podemos unirnos a la acción de gracias de Jesús, quien lo hace de una manera perfecta. En esta solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, elevémosle a Dios “la copa de la salvación” para festejar la liberación definitiva que nos ha alcanzado la sangre de la Cruz.

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 9,11-15

«Pero se presentó Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones  de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida».

La carta a los Hebreos combina el sacrificio exterior (primera lectura) con el sacrificio interior (salmo responsorial) en la persona de Jesús quien derrama su sangre para poner el fundamento de la Nueva Alianza. ¿Cómo expresar de manera bien fuerte la dimensión vital del sacrificio ofrecido por este Sumo Sacerdote de bienaventuranza que viene? y, ¿Cómo entrar de forma adecuada en la acción de gracias que, a partir de Cristo, penetra en el santuario del cielo, de un cielo que por fin se hace accesible a todos los hombres a quienes Dios les ofrece una liberación definitiva? Tal es el culto del Dios viviente. Desde el comienzo de la liturgia de este domingo se expresa esta convicción. Lo fundamental es el don de la vida que recibimos en la vida misma del Hijo de Dios, una vida ofrecida en herencia, la cual recibimos en una liturgia cuya cumbre está en la acción de gracias que Jesús ofrece por nosotros a su Padre y nuestro Padre.

La alianza del Sinaí encuentra su culminación y perfección en la nueva alianza que Dios establece con los hombres por medio de su Hijo Jesucristo. La carta a los Hebreos presenta a Cristo como el sumo sacerdote, aquel que ofrece el sacrificio perfecto. Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros. La alianza ha llegado a su máxima expresión. Ya no es la sangre de animales la que ofrece el sacerdote en el «santo de los santos», ahora es la sangre misma de Cristo, sumo sacerdote, la que se ofrece. Jesús, el Verbo Encarnado, habiendo muerto y resucitado ha entrado de una vez para siempre en el santuario del cielo y está a la derecha del Padre intercediendo por nosotros, sus hermanos en adopción.

2.4.Lectura del Evangelio según San Marcos 14, 12-16. 22- 26

«El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?” Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?” El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para  nosotros”. Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: “Tomad, este es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios”. Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Preparación de la Cena Pascual.

 

Jesús sabe que será traicionado. Pero aún así, trata de fraternizar con los discípulos en la última cena. Seguramente que han gastado mucho dinero para alquilar “aquella sala grande, al piso superior, con tapetes” (Mc 14,15). Además, siendo la noche de pascua, la ciudad está que rebosa de gente que está de paso. Por lo que la población se triplicaba. Era difícil encontrar una sala para reunirse. En la noche de Pascua, las familias llegadas de todas las partes del país, cargaban su propio cordero para ser sacrificado en el templo, y luego, cada familia en una celebración íntima y muy familiar en casa, celebraban la Cena Pascual y comían el cordero. La celebración de la Cena Pascual estaba presidida por el padre de familia. Por esto Jesús presidía la ceremonia y celebraba la pascua junto a sus discípulos, su nueva “familia” (cf. Mc 3,33-35). Aquella “sala grande al piso superior” quedó en la memoria de los primeros cristianos como el lugar de la primera eucaristía. Es allí donde se reúnen después de la Ascensión del Señor Jesús (Hch 1,13) y allí estaban reunidos cuando descendió el Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hch 2,1). Pudo ser la sala donde se reunían para rezar durante la persecución (Hch 4,23.31) y donde Pedro los encontró después de su liberación (Hch 12,12). La memoria es concreta, ligada a los tiempos y lugares de la vida.

 

Marcos 14,22-26: La Eucaristía: el gesto supremo de amor.

 

El último encuentro de Jesús con los discípulos se desarrolla en el ambiente solemne de la tradicional celebración de Pascua. El contraste es muy grande. Por un lado, los discípulos, que se sienten inseguros y no entienden nada de lo que sucede. Por otro lado, Jesús tranquilo y señor de la situación, que preside la cena y realiza el gesto de partir el pan, invitando a los amigos a tomar su cuerpo y su sangre. Él hace aquello por lo que siempre oró: dar su vida a fin de que sus amigos pudiesen vivir. Y este es el sentido profundo de la Eucaristía: aprender de Jesús a distribuirse, a darse, sin miedo de las fuerzas que amenazan la vida. Porque la vida es más fuerte que la muerte. La fe en la resurrección anula el poder de la muerte. Terminada la cena, saliendo con sus amigos hacia el Huerto, Jesús anuncia que todos lo abandonarán: ¡Huirán o se dispersarán!. Pero ya les avisa: “¡Después de la resurrección os precederé en Galilea!”. ¡Ellos rompen las relaciones con Jesús, pero Jesús no las rompe con ellos! Él continúa esperándolos en Galilea, en el mismo lugar donde tres años antes los había llamado por primera vez. O sea, la certeza de la presencia de Jesús en la vida del discípulo ¡es más fuerte que el abandono y la fuga! Jesús continúa llamando. ¡El regreso es siempre posible! Y este anuncio de Marcos para los cristianos de los años setenta es también para todos nosotros. Por su modo de describir la Eucaristía, Marcos acentúa todavía más el contraste entre el gesto de Jesús y la conducta de los discípulos. Antes del gesto de amor habla de la traición de Judas (Mc 14,17-21) y, después del gesto de Jesús, habla del anuncio de la negación de Pedro y de la huida de los discípulos (Mc 14,26-31). De este modo pone el acento en el amor incondicional de Jesús, que supera la traición, la negación y la fuga de los amigos. ¡Es la revelación del amor gratuito del Padre! Quien lo experimentó dirá: “¡Ni las potestades, ni la altura ni la profundidad. ni ninguna otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, nuestro Señor! (Rom. 8,39).

 

La celebración de la Pascua en tiempos de Jesús

 

La Pascua era la fiesta principal de los judíos. En ella se conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto, que se encuentra a los orígenes del pueblo de Dios. Pero más que una simple memoria del Éxodo, la Pascua era una puerta que se abría de nuevo cada año, a fin de que todas las generaciones pudiesen tener acceso a aquella acción liberadora de Dios que, en el pasado, había generado el pueblo. Mediante la celebración de la Pascua, cada generación, cada persona, bebían de la misma fuente de la que habían bebido los padres en el pasado, al ser liberados de la esclavitud de Egipto. La celebración era como un renacimiento anual. En tiempo de Jesús, la celebración de la Pascua se hacía de modo tal que los participantes pudiesen recorrer el mismo camino que fue recorrido por el pueblo, después de la liberación de Egipto. Para que esto pudiese suceder, la celebración se desarrollaba con muchos símbolos: hierbas amargas, cordero mal asado, pan sin levadura, cáliz de vino y otros. Durante la celebración, el hijo menor debía preguntar al padre: “Papá, ¿por qué esta noche es diversa de las otras?¿Por qué comemos hierbas amargas? ¿Por qué el cordero está a medio asar?¿Por qué el pan no tiene levadura?” Y el padre respondía, narrando con libertad los hechos del pasado: “Las hierbas amargas nos permiten experimentar la dureza y amargura de la esclavitud. El cordero mal cocinado evoca la rapidez de la acción divina que libera al pueblo. El pan no fermentado indica la necesidad de renovación y de conversión constante. Recuerda también la falta de tiempo para preparar todo, siendo como es muy rápida la acción divina”. Este modo de celebrar la Pascua, presidida por el padre de familia, daba libertad y creatividad al presidente en el modo de conducir la celebración.

 

Eucaristía: La Pascua celebrada por Jesús en la Última Cena

 

Fue con la intención de celebrar la Pascua de los judíos, cuando Jesús a la vigilia de su muerte, se reunió con sus discípulos. Era su último encuentro con ellos. Por esto lo llamamos encuentro de la “Última Cena” (Mc 14,22-26; Mt 26, 26-29; Lc 22,14-20). Muchos aspectos de la Pascua de los judíos continúan siendo válidos para la celebración de la Pascua de Jesús y son el fondo. Ayudan a entender toda la portada de la Eucaristía. Aprovechando de la libertad que el ritual le daba, Jesús dio un nuevo significado a los símbolos del pan y del vino. Cuando distribuye el pan, dice: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo entregado por vosotros” Cuando distribuye el cáliz con el vino, dice: “Tomad y bebed, ésta es mi sangre derramada por vosotros y por todos”. Y finalmente, sabiendo que se trataba del último encuentro, la “última cena”, Jesús dice: “Ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día en el que lo beberé de nuevo en el reino de Dios”. (Mc 14,25). De este modo Él unía su dedicación, simbolizada en el pan partido y compartido, a la utopía del Reino. Eucaristía quiere decir celebrar la memoria de Jesús que da su vida por nosotros, a fin de que nos sea posible vivir en Dios y tener acceso al Padre. He aquí el sentido profundo de la Eucaristía: hacer presente en medio de nosotros y experimentar en la propia vida, la experiencia de Jesús que se da, muriendo y resucitando.

 

La celebración de la Eucaristía por parte de los primeros cristianos

 

No siempre los cristianos han conseguido mantener este ideal de la Eucaristía. En los años cincuenta, Pablo critica a la comunidad de Corinto por que cuando celebraban la cena del Señor hacían exactamente lo contrario, porque algunos comen primero su cena y así uno tiene hambre, el otro está borracho (1Cor 11,20-22). Celebrar la Eucaristía como memorial de Jesús quiere decir asumir el proyecto de Jesús. Quiere decir asimilar el proyecto de Jesús. Quiere decir imitar su vida compartida, puesta completamente al servicio de la vida de los pobres. Al final del primer siglo, el evangelio de Juan, en vez de describir el rito de la Eucaristía, describe cómo Jesús se arrodilla para cumplir el servicio más común en aquel tiempo: lavar los pies. Al término de aquel servicio, Jesús no dice: “Haced esto en memoria mía” (como en la institución de la Eucaristía en Lc 22,19; 1Cor 11,24), sino que dice: “Haced lo que yo he hecho” (Jn 13,15). En vez de ordenar que se repita el rito, el evangelio de Juan pide actitudes de vida que mantenga viva la memoria del don sin límite que Jesús hace de sí mismo. Los cristianos de la comunidad de Juan sentían la necesidad de insistir más en el significado de la Eucaristía como servicio, que del rito en sí.

En la Última Cena se anticipa sacramentalmente al sacrificio de Cristo en la cruz que será el ofrecimiento definitivo y fundará la alianza definitiva. La sangre que Cristo ofrece en el cáliz es la sangre de la alianza que será derramada por muchos, es decir, en lenguaje semítico, por todos. En esta cena se evoca la liberación de Egipto y la estipulación de la alianza del Sinaí. Esta alianza no era entre «dos partes iguales». Dios mismo se comprometía en favor de su pueblo. El pueblo, por su parte, se comprometía a observar los mandamientos. Con la sangre de Cristo se establece la nueva y definitiva alianza. En su sangre, en el don de su vida, se manifiesta el amor del Padre por el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único,  para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Por medio de esta sangre los hombres son liberados de la esclavitud del pecado, absueltos de sus culpas y reconciliados con el Padre. Dios se compromete a manifestar siempre su amor, su «hesed» (misericordia). Ahora el hombre tiene abierto el camino de la conversión y de la vida eterna. En el sacramento de la Eucaristía Jesús no solamente se queda con sus discípulos, sino que funda con ellos su comunión con Dios.

  1. Alabanzas al Santísimo Sacramento

Bendito sea Dios
Bendito sea su santo nombre
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre
Bendito sea el nombre de Jesús
Bendito sea su sacratísimo corazón
Bendita sea su preciosísima sangre
Bendito sea Jesús en el santísimo sacramento del altar
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito
Bendita sea la gran madre de Dios María santísima
Bendita sea su santa e inmaculada concepción
Bendita sea su gloriosa asunción
Bendito sea el nombre de María, Virgen y Madre
Bendito sea San José, su castísimo esposo
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos