Domingo 22 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario ciclo B

VUELVE MARCOS, EL EVANGELISTA DEL AÑO

Después de unos domingos en que hemos escuchado el capítulo 6 del evangelio de Juan,  volvemos al que durante el 2012 es nuestro “evangelista del año”, san Marcos, que iremos  escuchando hasta finalizar el tiempo ordinario.

La lectura continuada del evangelio de domingo en domingo nos da la ocasión de ir  asimilando, no tanto en el orden del “catecismo”, sino en el de la “historia”, los diversos  acontecimientos y enseñanzas de Jesús que, a la larga, abarcan todo el misterio de nuestra  fe y de la vida cristiana. Hoy, por ejemplo, aparece el tema de los fariseos, buenas  personas, cumplidores de la ley de Dios, pero con unos defectos muy notorios que Cristo  denunció con insistencia. Es un espejo en el que también nosotros nos tenemos que mirar.

  1. 1.      Oración:

 

Dios, todopoderoso, de quien procede todo bien, siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 4, 1-2. 6-8

 

Moisés habló al pueblo, diciendo: —«Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente.” Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»

La Ley del Señor -es el pensamiento fundamental del Deuteronomio- está dada para la vida. Dios no quiere la muerte ni las sombras; ama la luz y la vida. Y sus palabras no tienen otra finalidad que ofrecerlas, conservarlas y defenderlas. Urge, pues, escucharlas con devoción y sosiego. Nos va en ello la vida. Las palabras del Señor llevan el nombre de «mandatos» y «preceptos», términos en verdad poco simpáticos a nuestros oídos, sensibles como son a todo aquello que pueda adherir nuestra autonomía personal. Son preceptos y decretos en la forma de expresión. Tras ellos, con todo, en el fondo, se escon­den la voluntad decidida de Dios de preservarnos del mal y de conducirnos a la vida. Considerados bajo otro punto de vida, los preceptos, son expresión concreta de una forma de vida que haga posible y real la convivencia con Dios, origen de todo bien. Dios ama a su pueblo y quiere vivir en medio de él. Para que no sucumba, para que no muera. Si el pueblo le sigue, si el pueblo se deja llevar por él- ahí están los preceptos-, tendrá la bendición y la vida. No habrá adversario que pueda con él. Nadie ha podido con un Dios tan grande como Yavé, Señor de los Ejércitos. El les va a dar una tierra hermosa y fértil, llena de bienes. Israel será una nación numerosa, un pueblo grande. Llegará a ser la admi­ración de las gentes por su destino, por su grandeza, por su sabiduría. Pue­blo grande, pueblo sabio, pueblo de Dios. Y todo a condición de observar los preceptos sabios y justos del Señor. La fidelidad del Dios de los Padres los ha llevado hasta allí, a las puertas de Canaán. Los preceptos los hará vivir. Basta observarlos.

2.2.Salmo responsorial: Sal 14, 2-5: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

Salmo sapiencial de tipo cultual. Antes de participar en el culto, debe el fiel preguntarse – estribillo- por su limpieza e integridad: ¿estoy en condicio­nes de presentarme ante Dios? ¿Soy digno? El culto representa y realiza la unión con Dios. El Dios Santo exige una comunidad reverente, unos miem­bros santos no hay convivencia si no hay respeto; y faltará éste si no se atienden las exigencias más elementales de la religión y de la amistad. El salmo enumera algunas de ellas. Un examen de conciencia comunitario e in­dividual. El salmista promete la bendición divina a los que las cumplan: no fallarán jamás.

 

R/. Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

 

El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. R/.

El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor. R/.

El que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará. R/.

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27

 

Mis queridos hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas. Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.

 

Santiago, probablemente el «hermano del Señor», presenta en forma de carta una serie de consejos prácticos de tipo sapiencial con marcado carác­ter ético. El cristianismo es, después de todo, una vida. Y una vida necesita, de una forma o de otra, de orientaciones morales o máximas de tipo práctico. La carta de Santiago abunda en ellas. A todos maravillan, sobre todo en aquellos tiempos, la grandiosidad del firmamento, el sol brillante y bondadoso, la luna juguetona y bella, las estre­llas diminutas y lejanas, las estaciones, los cambios. Muchos los adoraban como dioses o fuerzas superiores. Pero ya el Génesis les había asignado su puesto debido: obras maravillosas de Dios al servicio del hombre. Dios está sobre ellas. Dios bondadoso las crea, Dios inmutable las mueve, Dios provi­dente las gobierna. Son un don del Dios Altísimo. El no cambia, ni se encuen­tran en él lagunas o sombras que lo mancillen. Es en su totalidad perfecto. Y todo don perfecto y todo beneficio vienen de él.

 

Beneficio estupendo ha sido que nosotros, sin merecerlo, llegáramos a ser sus hijos, mediante el Evangelio, en el bautismo. Hemos obtenido el primer puesto en el mundo, primicias de sus criaturas. Es una condición de excelen­cia y de prestigio. Pero no es, sin más un mero puesto de honor. Es, más bien, una responsabilidad y una vocación. Tenemos la vida, y si la vivimos, nos salvará. Es una planta que requiere cuidados y atenciones. No basta mirarla y admirarla; es necesario cultivarla. No consiste tan sólo en oír la palabra; es menester practicarla. Sería un error terrible, fatal, no entenderla así. Por los frutos sabremos si nuestra religión es auténtica. Asistencia a los menesterosos – huérfanos, viudas, pobres… – y «no mancharse las ma­nos con este mundo». ¡Y cuánto hay en el mundo que puede mancillar nues­tra condición de hijos! ¿Ya nos damos cuenta de ello?

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

 

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.) Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: —«¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» É1 les contestó: —«Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.» Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: —«Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

La tradición de los «mayores». He ahí un tema candente en la predicación de Jesús. Con buen espíritu probablemente, había introducido los «antiguos» ciertas prácticas de carácter religioso en la vida cotidiana. Trataban de ser aplicaciones de la Ley. Las prácticas se hicieron costumbres. Y éstas, a su vez, quedaron sancionadas como obligatorias y pasaron a engrosar, de este modo, el catálogo de preceptos religiosos. Se hicieron Ley. No estaban escri­tas; se conservaban en la tradición oral. Los fariseos las veneraban sobre­manera. Para ellos eran auténticas prácticas «religiosas» con valor moral. ¿Qué opina Cristo? La pregunta de los fariseos es una acusación. Y la acusación, en el fondo, es: ¿Por qué los discípulos no observan las «tradiciones» de los mayores? Al parecer la conducta seguida de los discípulos y por Jesús mismo no hacía gran caso de tales prescripciones. Ante los fariseos esto delata una falta grave de religiosidad. En el fondo, pues, la acusación es seria: Jesús y los discípulos no observan la Ley.

 

La respuesta de Jesús se mantiene a la misma altura. Sus palabras de­vuelven, por una parte, la acusación y, por otra, declaran cuál es la autén­tica religiosidad. El texto de Isaías cumple la finalidad primera. Ahora, como en tiempos del profeta, creen los hombres cumplir con la obligación de religiosidad ateniéndose tan solo a la práctica material de preceptos ritua­les. Muchos ritos, muchas ceremonias, muchas prácticas de ningún conte­nido ético; pero el corazón permanece duro y vacío. Otra vez la oposición de la religión ritualista a la religión espiritual de los profetas. En realidad, viene a decir Jesús, son ellos los que no observan los mandamientos de Dios por atender a la «tradición» de los mayores. Son preceptos humanos los que enseñan, mientras su corazón, pensamientos y afectos de piedad y amor, está vacío y lejos del Señor. La Ley del Señor hay que cumplir, no los pre­ceptos humanos. Estos han acabado por substituir a los primeros.

 

Jesús declara, en segundo término, en qué consiste la auténtica religiosi­dad. No son las comidas ni las bebidas ni cualquier otra cosa externa lo que «ensucian» al hombre. Es más bien su actitud y postura respecto a Dios y a los hombres. No es falta de religiosidad comer con las manos sin lavar o en ollas sin limpiar. La falta grave de religiosidad se da en aquel que en su co­razón concibe y alimenta el odio, la envidia, la codicia, la falta de respeto, la impiedad… Ese es el que mancha todo lo que toca. La verdadera religiosidad se encuentra en el cumplimiento de los mandamientos de Dios, en la confor­midad del corazón humano a la voluntad de su Señor. De sentimientos bue­nos hay que llenar las prácticas rituales y entonces serán buenas. Pero és­tas por sí mismas no hacen al hombre bueno. ¿Cuánto menos se ha de im­poner como obligatorias? Semejante postura de Cristo se puede apreciar a lo largo de todo el evangelio.

 

Reflexionemos:

 

Escuchar la palabra de Dios y cumplirla. Ese podría ser el tema base.

 

Tomemos, de momento, como centro de reflexión la queja de Jesús. Jesús se queja, como se quejó en su tiempo Isaías, como se quejaron en todos los tiempos los profetas enviados por Dios: he ahí un pueblo hipócrita, cuya len­gua no expresa lo que siente el corazón; o mejor dicho, cuyo corazón está le­jos de lo que formula la lengua. Lengua y corazón: he ahí un punto muy im­portante que conviene considerar. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Qué dicen nuestros labios? Nos confesamos cristianos; ¿procuramos serlo? Acudimos a las celebraciones litúrgicas; ¿deseamos elevar el corazón a lo que pronun­cian los labios? Cristianos – padres, madres, esposos, esposas, sacerdotes, religiosos… – ¿qué hay de todo esto en nuestra vida? ¿Hasta qué punto está justificada la acusación que pueden hacernos de hipócritas o falsarios?. Se­ría ridículo querer engañar a Dios. Dios no escucha lo que dicen nuestros la­bios cuando se encoge nuestro corazón. Al parecer, es tentación frecuente querer suplir a falta de calor religioso con fórmulas frías sin contenido al­guno. ¿No habremos caído en ese vicio? No son las palabras las que dan sentido a la vida, sino la vida la que da sentido a las palabras. No nos enga­ñemos, advierte Santiago.

 

Jesús se queja de que, a pesar de tanto rito y tanta ceremonia, quedan sin cumplirse los mandamientos de Dios. Conocemos de sobra los diez man­damientos, los preceptos del amor; ¿por qué no repasar uno por uno todos sus apartados y emprender una reforma radical en nuestra vida? Las lec­turas de hoy nos invitan a ello: ¡escuchar la palabra de Dios! Es el primer paso. ¿Cómo vamos a conocer el camino de la vida si no atendemos a lo que Dios nos dice? Sus palabras son la norma de conducta. Aprendámoslas y sigámoslas. Hoy día se está perdiendo la conciencia cristiana. ¡Urge escu­char con atención suma y cuidado exquisito la palabra de Dios! ¡Hay que formar la conciencia! ¡Y cumplirla! Lo subrayan de forma explícita la primera y segunda lec­tura. La primera insiste en la necesidad de llevar a la práctica la palabra de Dios, pues en ello nos va la vida. El cumplimiento de la palabra de Dios nos hará salvos, sabios, admirables, considerados. La vida debe ser expre­sión de un Dios bueno y salvador entre nosotros. En realidad, ¿qué nación o pueblo puede presentar un Dios tan cercano como el nuestro? Dios en medio de nosotros: Cristo Cabeza de la Iglesia; Cristo en la Eucaristía; Cristo Es­poso; templos del Espíritu Santo; morada de la Santísima Trinidad… Estos pensamientos deben espolearnos a obrar bien. La responsabilidad es grande, como es grande el don de la presencia de Dios en nosotros.

 

La segunda lectura, con el evangelio, nos ofrece un catálogo de obras buenas. Obras que purifican al hombre y al mundo y que son expresión de la auténtica religiosidad. El mundo está manchado por homicidios, codicias, envidias, adulterios, injusticias. No nos ensuciemos de él. Tratemos, por el contrario, de sanearlo: caridad para con el prójimo, para con el pobre, para con la viuda, para con el huérfano; humildad, compasión, piedad… El cora­zón del hombre impuro desluce la creación. El corazón del hombre bueno la restituye a su primer esplendor. He ahí nuestra tarea. Queda, por último, el tema de las tradiciones. No vale la tradición que ol­vida o impide el cumplimiento de la caridad cristiana. Conviene repasar, para valorarlas, esas venerables tradiciones. No digo desecharlas sin más. Busquemos el sentido religioso que las informó en un tiempo y tratemos de vivirlo. Y si en algún caso desdicen de la caridad, por muy venerables que parezcan habrá que desecharlas. Los mandamientos de Dios son fuente de vida, no las imposiciones humanas.

 

El «mundo» nos ofrece muchas «costumbres» y formas de comportamiento: etiqueta, educación, máximas, valores, actitudes… Adoptemos respecto a ello una actitud de sana crítica. Todo es bueno y santo si conduce al bien. Pero en el momento en que, los «deberes sociales» pongan en peligro la cari­dad cristiana, la auténtica religiosidad, se demuestran ya, por ello, falsos y nocivos. En este campo habría muchos ejemplos que aducir.

 

  1. Oración final

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

Domingo 21 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo primero del tiempo ordinario ciclo B

 

La fe es un misterio. Es don de Dios y respuesta nuestra. Esta respuesta se complica muchas veces por el ambiente que nos rodea. O por nuestra debilidad. Porque detrás del creer o no en Cristo, detrás de aceptar o no su evangelio, está el aceptar lo que nos dice: y el estilo de vida de Jesús es exigente y va muchas veces contra nuestro egoísmo o nuestra comodidad o las seducciones que nos rodean. Los valores evangélicos no son exactamente los que aplaude el mundo de hoy. Ni coincide la lista de bienaventuranzas de Jesús con las que escuchamos en torno nuestro.

 

  1. 1.      Oración:

Oh dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que , en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro de Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b

 

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: —«Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.» El pueblo respondió: —«¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Antes de morir, quiere Josué dejar firmemente asentada la unidad reli­giosa en Yavé del pueblo israelita. Reúne en Siquén a todo el pueblo de Dios en sus representantes más conspicuos: Ancianos, Jueces, Magistrados… Renovación del Pacto. Había pasado toda una generación desde que se realizara la Alianza, por primera vez, en el Sinaí. Había transcurrido mucho tiempo. Y con él habían cambiado las circunstancias y las personas. Al desierto inhóspito había su­cedido la tierra habitada; a la vida nómada, sin lugar fijo, la vida sedenta­ria; a la trashumancia, campos, tierras y viviendas. A una generación había sucedido otra. Muchos, la mayoría, de los que ahora entraban en posesión de la tierra no habían presenciado las «maravillas» de la salida de Egipto y de la «teofanía» del Sinaí.

El pueblo era otro. ¿Continuaría siendo pueblo de Dios? ¿No trocaría la religión yavista por la religión del país? El país de Canaán se les ofrecía abundante en cultos naturalistas, atractivos por tanto, con una civilización material superior a la de ellos. ¿Qué postura iban a tomar? Era un momento crucial.

 

Josué renueva el Pacto. Pero no a la fuerza. La elección ha de ser «libre», aunque razonable. Josué evoca las «maravillas» de Yavé en el llamado pró­logo histórico. Es en forma sucinta, la historia del pueblo. No cabe duda: Yavé es un Dios que ama a su pueblo, el Santo, el Terrible. Josué y su fami­lia se deciden resueltamente por el Dios que los ha llevado hasta allí. Es un acto de sensatez y de agradecimiento. El discurso parece que ha persuadido a los oyentes. Todos optan por Yavé el Dios de los padres, ante cuyo santua­rio se han concentrado. Lo juran ante el arca, símbolo de su presencia. La fe de Josué en Yavé es la fe del pueblo: Yavé nos sacó de Egipto; a él le servi­remos; él es nuestro Dios. ¿A qué otro van a ir que tenga palabras de vida? Elección libre, responsable, personal. Motivo: con él está la vida.

2.2.Salmo responsorial: Sal 33, 2-3.16-23: Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Se ha elegido el mismo salmo, aunque con versículos diferentes. El estribillo sigue el mismo. Persiste la invitación de «gustar y ver qué bueno es el Se­ñor». Actitud de contemplación y de búsqueda. El tono aquí es: la bondad del Señor con sus fieles. «El Señor redime a sus fieles» lo resume en parte. Es un recuento de las obras de Dios para con los que le son fieles. Ese es el Dios de Israel. Esa es la fe del pueblo. Un Dios que salva y redime, en todas ocasio­nes, de todos los males. Nosotros lo contamos, lo celebramos, invitados por él, contemplamos las maravillas del Señor.

 

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. R/.

 

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. R/.

 

Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará. R/.

 

La maldad da muerte al malvado, y los que odian al justo serán castigados. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él. R/.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 21-32

 

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

 

Texto de tenor exhortativo. Corre claro y transparente. Con todo, la luz es nueva. El «Misterio» de Cristo lo ilumina, le da sentido, lo penetra. Aun­que el tema inmediato sea el tema del matrimonio, éste, como cristiano, se engloba en el tema más amplio del «Misterio» de Cristo Cabeza de la Iglesia, tema importante de la carta. Le acompaña embelleciéndolo otra imagen, de recia ascendencia bíblica, que corre en la misma dirección y expresa la misma verdad misteriosa: Cristo Esposo – Iglesia Esposa. El primer versículo, de carácter más general, sirve de paso a la exhorta­ción dirigida en particular al estado de matrimonio: Sumisión de unos a otros con respeto cristiano. Es la «nueva» comunidad, y las relaciones han de ser de todo punto «nuevas», cristianas. El ejemplo de Cristo, sumiso al Pa­dre, ha de ser continuado en la Comunidad que lleva su nombre. Unos, sier­vos de otros en respeto y caridad. Han de vivir el «Misterio» de Cristo, ha­ciéndolo en su vida «misterio» cristiano.

 

El mismo «Misterio» ha de ser vivido en la institución estable del matri­monio. El matrimonio ha de ser reflejo del «Misterio» de Cristo. En otras pa­labras, el matrimonio, la vida matrimonial, ha de ser elevado a «cristiano». La actitud de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, respecto a su Señor debe ser vi­vida por la esposa en el matrimonio. Sin perder de vista «que han de some­terse unos a otros con respeto cristiano», la actitud sumisa de la mujer al varón ha de ser, en cuanto a ella respecta, la expresión «cristiana» de su es­tado. No se habla de esclavitud indecorosa ni de sumisión degradante, sino de una sumisión en la cual, en último término, el «señor» no es el marido, sino el Señor Jesús. La actitud de sumisión, de atención, de respeto, de delica­deza y de servicio, es en realidad la actitud querida por el Señor. En reali­dad se somete a Cristo. Su función queda, pues, elevada a reproducir en su conducta el Misterio de la Iglesia Cuerpo del Señor. La Iglesia recibe la sal­vación de Cristo Cabeza. La mujer «cristiana», sumisa, recibe en ello la sal­vación del mismo Señor. En lo que a ella toca, reproduce en su vida, como «cristiana», el Misterio de Cristo y la Iglesia: amor, respeto, sumisión… «Sed sumisos unos a otros… » ¿No es esto una maravillosa dignidad y una espec­tacular elevación de la mujer? ¡Reproducir en su estado el gran Misterio de Dios en su amor al hombre!

 

La amonestación se vuelve, a continuación, a los esposos. La exigencia es la misma en el fondo aunque se empleen diversos términos. El marido debe amar a la esposa como Cristo amó a la suya, la Iglesia. La amó y se entregó por ella para que no le faltara nada; para tenerla adornada de toda gloria; para hacerla perfecta y santa, sin mancha ni arruga. El marido debe encar­nar, en su puesto de marido, el «Misterio» de Cristo Esposo. Amor, dedica­ción, entrega, respeto. Cristo mantiene y alimenta a la Iglesia, Cuerpo suyo. Así también el esposo «cristiano». En resumidas cuentas, todo ese volcar del corazón en atenciones auténticas a la esposa redunda en beneficio propio ¿No son ya, esposo y esposa, una sola carne? ¿No se extiende el amor de Cristo a todos nosotros, que somos su Cuerpo? Los miembros, que somos no­sotros, han de expresar un amor semejante a aquel que parte de la cabeza. La realidad de ser una sola carne, apuntada ya en el Génesis, se confirma en toda su amplitud, en el misterio de Cristo y la Iglesia.

 

El matrimonio humano, envuelto, no digo ya en la luz superior, sino en la realidad misma del Misterio de Cristo, se convierte él mismo en vehículo de salvación, es decir, se torna «misterio» cristiano, «misterio» de salvación. El esposo y la esposa realizan por su parte, como miembros de la Iglesia el gran «Misterio» revelador de Cristo y su Iglesia. Santa institución, sagrado estado. La dignidad y la responsabilidad de los esposos se agrandan y su­bliman, haciéndose carne viva del Misterio de Cristo. Cristo y su Iglesia son el gran Misterio de salvación.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 60-69

 

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: —«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

—« ¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.» Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: —«Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.»  Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: —«¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: —«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

 

Con la lectura de hoy termina, en la liturgia, el discurso eucarístico de Jesús. Crisis de fe en sus discípulos. Jesús, en sus exigencias y pretensiones ha intentado llevar a los oyentes a una toma de posición radical respecto a su persona. Se acepta o no se acepta a Jesús; no hay término medio. No se trata de admirar o aplaudir sus obras. Se trata de aceptarlo o no como salvador. Si se le acepta como salvador, hay que seguirle a donde quiera que vaya. Va en ello la Vida. Si por el contrario no se le acepta, habrá que abandonarlo como a loco, por no decir como a blasfemo. Esto que llega a la gran masa de forma urgente, llega con más aguda urgencia al círculo que, con más o menos devoción lo venera como Maestro. Crisis de fe en el grupo más próximo a Jesús.

 

Muchos de los discípulos habían visto en Jesús una figura profética, no más. Hablaba con autoridad y realizaba portentos. Pero Jesús se procla­maba mucho más: Pan de vida. Sus pretensiones chocaban con la mente normal humana. Sus palabras habían sonado «nuevas» en un principio. Pero ahora sonaban ya a locura. Se hacían duras e insoportables: ¡Comer su carne y beber su sangre! Muchos de sus admiradores cierran los oídos, dan media vuelta y lo abandonan. Reconocen en su interior que no es este el que esperaban. Jesús no está en disposición de ofrecer otro Signo que el propio cumpli­miento de su misión y de su palabra: su Exaltación Gloriosa, la Subida del hijo del hombre a donde antes estaba; su Muerte y su Resurrección. No hay otro Signo. La visión por parte de los discípulos de Jesús resucitado dará razón y sentido a sus pretensiones. Jesús se remite a ese acontecimiento su­premo. Los discípulos podían haber sospechado algo así en las palabras del Ma­estro. Podían haber barruntado que en ellas se velaba un misterio cuya re­velación vendría más tarde. A poco que hubieran pensado, podrían haber visto que no es la carne la que da la vida sino el Espíritu. Todo el A. T. lo venía testificando: la carne se corrompe; el Espíritu da vida. No es la carne de Cristo sin más, sino el Espíritu de quién aquélla está llena, es el que da vida. La «carne» -humanidad- de Jesús es el vehículo del Espíritu. Como tal, la «carne» de Jesús da la vida. Sus palabras -ha repetido con frecuencia el Maestro- son «Espíritu y Vida»: son una manifestación del Espíritu y dan vida.

Muchos se echaron atrás; no aceptaron a Jesús. No aceptaron a Jesús Salvador. Jesús contaba con esta defección. Así lo manifiestan sus palabras. La obra es de Dios. Y Dios se comporta de forma incomprensible para el hombre. Y la Salvación viene de él y no del hombre. Dios cambia su corazón y su mente. Pero el hombre se resiste con frecuencia. No ha habido en ese caso «atracción» del Padre.

 

La confesión de Pedro es la vertiente positiva de la crisis. Jesús no es un cualquiera; ni si quiera un profeta de gran tamaño tan sólo. Jesús es el Santo consagrado por Dios. Es alguien que toca lo divino y, como tal en po­der de dar la vida eterna. Pedro y los demás apóstoles tampoco han enten­dido, seguramente, las palabras del Señor. Para ellos resultaban tan miste­riosas como para los demás. Pero ellos veían que decía verdad. Se fiaron de él. Jesús había mostrado poseer palabras de vida eterna. ¿No lo gritaban sus signos y portentos? «Nosotros creemos» es la confesión apostólica. Tal adhesión tuvo su recompensa: todos ellos -fuera del «hijo de la perdición»- fueron testigos de la Resurrección gloriosa de Jesús y destinatarios del Es­píritu de lo alto. Así, con ellos, desde entonces, la confesión de la Iglesia. También ella espera ser agraciada con la visión del Señor Resucitado, pose­yendo ya en arras el don del Espíritu.

 

Reflexionemos:

Quizás podamos aportar algunas reflexiones partiendo del tema «crisis de fe». Es por todo conocido el dramatismo que anima al cuarto evangelio. La revelación de Jesús se desarrolla en forma de drama. Jesús se revela a si mismo paulatinamente. Poco a poco, con palabras y en signos, va decla­rando Jesús el «misterio» -salvífico- de su persona. Las obras lo gritan, las palabras lo proclaman. A la actitud reveladora de Jesús responde la actitud de aceptación o de incredulidad de los oyentes. No existe la indiferencia en el cuarto evangelio. Los que no le aceptan, acabarán por condenarlo a muerte. Los que se fían de él, terminarán por seguirle en todas sus andanzas. Los primeros se cierran a la luz; los segundos se dejan iluminar por ella. De aquéllos se apoderan las tinieblas; éstos se convierten en hijos de la luz. Dramatismo, crisis: Jesús en la encrucijada de todo hombre.

 

El capítulo 6 tiene por tema: Jesús se declara Pan de Vida. Esta declara­ción provoca una profunda crisis de fe en los discípulos. Y la «crisis» se re­suelve en dos posturas diametralmente opuestas: «Este modo de hablar es inaceptable» murmuran unos; «Tú tienes palabras de vida eterna» confiesan otros. La revelación de Jesús ha sido «alta», de algo que el hombre por sí mismo no puede comprender. La exigencia del Maestro extraordinaria: co­mer su carne y beber su sangre. Unos y otros han presenciado la multiplica­ción de los panes. Lo han admirado y lo han aplaudido: allí hay un profeta. Pero unos no han visto más que el milagro, y no han pasado de ahí. En el momento en que Jesús exige la aceptación de algo que supera la inteligencia y criterios humanos, se tiran atrás. Le niegan la fe. No entienden… No acep­tan. Los otros tampoco han entendido mucho. Pero han entrevisto el sentido del «signo». Allí hay un Alguien. Y, sin entender, se fían. Han creído. Esa es la FE. La fe implica una forma nueva de ver las cosas. La crisis puede repetirse en cada uno de nosotros. Por una parte, los criterios humanos, aun religio­sos; por otro, las exigencias de Jesús, a quien asiste el Padre. Muchos eligen el primer camino. Otros muchos el segundo. ¿A qué grupo pertenecemos no­sotros y hasta qué punto? La aceptación formal de Jesús continúa en la aceptación Práctica de su doctrina. La FE es una postura de vida, no sólo de mente. Nuestro pueblo «cristiano» da la impresión de estar perdiendo la fe. Los valores y criterios humanos absorben de tal modo a muchos de ellos que pa­recen haber destruido en ellos los más elementales sentimientos cristianos. El mundo clerical y religioso no parece encontrarse en mejor situación. Cri­sis de Fe, de fe viva. ¿A quién seguimos? Nosotros, con Pedro, queremos con­fesar nuestra Fe en Cristo de forma radical: Creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios; ¿A quién vamos a ir sino a ti que tienes palabras de vida eterna? Es la Fe de nuestros padres, la fe de veinte siglos de Iglesia. Quere­mos elegir, fiados por la Iglesia, ese camino. Y, como la Iglesia, esperamos ver al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios, como afirmaron haber visto los apóstoles. Un día saldremos a su encuentro y estaremos siempre con el Señor. La primera lectura presenta una decisión semejante: con nues­tro Dios vida. Dios ha sido y sigue siendo bueno (también el salmo); de él nos fiamos. Ahí están los signos de su amor: la creación, la historia de la Iglesia, los dones espirituales en Cristo. «Gustemos» y «veamos» qué Bueno es el Se­ñor. La fe que profesamos nos lo hará gustar y ver.

La segunda lectura pone de manifiesto el compromiso de la fe: la partici­pación vital en el «Misterio» de Cristo. Seguimos a Cristo, y le seguimos se­gún su voluntad. Sumisos unos a otros con un amor y una dedicación cual la tuvo Cristo con nosotros. El gran Misterio de amor de Dios se convierte en nosotros en «Misterio» y «amor» cristianos. Es la expresión de la FE. La apli­cación al matrimonio es sumamente interesante. He ahí la vocación de los esposos: reproducir en su vida el Misterio del amor de Cristo a la Iglesia. Convendría insistir en ello cuando se habla a jóvenes que van a contraer matrimonio. ¡Realizan, los engloba, el Misterio de Cristo!

 

  1. 3.      Oración final:

Danos Señor, tu Espíritu para que podamos comprender tus palabras de vida eterna. Sin tu Espíritu podemos echar a perder tus realidades, trastornar tu palabra, tener miedo a tus preceptos, cosificar la eucaristía, construirme una fe a mi medida. Danos tu Espíritu para que no nos echemos atrás. Sino que como Pedro digamos “a quien vamos a ir si solo tú tienes palabras de vida eterna”. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Vea también: Reflexión del año 2009 (Con sugerencia de cantos)

Nueva sugerencia de cantos para este domingo

 

Domingo 20 de Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo del tiempo ordinario ciclo B

Hasta ahora habíamos leído los pasajes que hablaban de “creer en Jesús”. Aspecto que se ve reflejado en la primera parte de la celebración, la liturgia de la Palabra. Hoy damos un paso adelante: además de “venir” a Jesús y “creer” en él, hay que “comer” su Carné y “beber” su Sangre. Que en el fondo es lo mismo, pero ahora con lenguaje específicamente sacramental. Son las dos dimensiones básicas de la Eucaristía. Comulgar con Cristo-Palabra en su primera parte nos ayuda a que sea provechosa la comunión con Cristo-Pan-y-Vino en la segunda.

EL SÍMBOLO DE LA COMIDA Y BEBIDA

El sorprendente anuncio de Jesús -hay que comerle y beberle- ha sido preparado por la primera lectura. Es lo que en los domingos de durante el año sucede cada vez: la lectura del Antiguo Testamento prepara el mensaje del evangelio (no pasa lo mismo con la 2a lectura, que sigue su ritmo propio). Estos domingos pasados, por ejemplo, el discurso sobre el pan de la Vida era ya ambientado por lecturas que hablaban de comida en la historia de Eliseo, Moisés y Elías.

La promesa era estimulante. Dios preparaba para su pueblo un banquete: “Venid a comer mi pan y a beber el vino”, porque “la Sabiduría ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa”. Una promesa que nosotros consideramos cumplida de un modo admirable en Cristo, que no sólo ha querido ser nuestro Maestro, nuestro Médico y nuestro Pastor, sino también nuestro Alimento, y nos ha dejado, en el sacramento, su propia persona como alimento para el camino ( “viático”).

Cristo Jesús, ahora “experimentable” de un modo privilegiado en la Eucaristía, esta vez en clave de pan y vino, es la respuesta de Dios a las preguntas y los deseos de la humanidad. A la objeción que hicieron -con lógica- sus oyentes de entonces: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”, la respuesta que el mismo Juan apunta más adelante, y la teología de la Iglesia aclara más es: el que se nos da como alimento es el Señor Resucitado, el que está ya libre de todo condicionamiento de espacio y tiempo, desde su existencia gloriosa, totalmente distinta de la nuestra. Él toma posesión del pan y vino que hemos traído al altar e, identificado con ellos; se nos da como alimento.

1.      Oración:

 

Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

2.      Lecturas y comentario

 

2.1.Lectura del libro de los Proverbios 9, 1-6

 

La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas, ha preparado el banqucte, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: «Los inexpertos que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: “Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia.”»

Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado.

La «sabiduría» es un don divino, como lo es también la vida. Son inseparables. Quien camina en «sabiduría» alcanza la «vida» demuestra ser «sabio». La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre la historia y la me­ditación de los vaivenes de la vida son el sustento del sabio. Hay muchos inte­rrogantes en la vida y muchos misterios en la creación y en la historia. La experiencia, propia y ajena, y la revelación de lo alto ayudan a ordenarlos y a comprenderlos de alguna forma. Sobre la creación y sobre el hombre, en particular, hay un ser que lo ordena y dirige todo. Orden y concierto en todo lo creado. ¿Cómo llegar a conocer el espíritu que los anima y la finalidad que lo orienta? Están, al mismo tiempo, sembrados de paradojas y contrastes. ¿Cómo encontrar la clave de todo ello? El hombre es menguado de inteligencia y de corta duración. ¿Cómo conocer el propio destino y el camino práctico que a él conduce en medio de tanta encrucijada intelectual y afectiva? La Sabiduría, personificación de saber divino, «orden» y «providencia», le sale al encuentro y se le ofrece abiertamente. Es un don de Dios.

Un palacio suntuoso, un «banquete» espléndido, una invitación cordial a todos. Invita con sencillez, acoge benigna, sacia con prontitud. Reparte el pan de la vida y escancia el vino de la inmortalidad. Gratis, gustosa, atrac­tiva. A los hambrientos, a los sedientos, a los sencillos. Llama a los incautos, disciplina a los inexpertos. Es el arte del «buen vivir». La vida está en el ca­mino de la «prudencia». La «inexperiencia», la falta de «juicio», llevan a la muerte. La «sabiduría» comienza por el temor de Dios. El «sabio» invita a caminar según los preceptos del Señor. En ellos encontraremos la vida. Pues Dios hizo la vida, no la muerte. Es un bien ofrecido a todos los hombres. ¡Venid: comed y bebed! La Sabiduría, personificación, se revelará persona, Cristo, Sabiduría de Dios, Sabiduría nuestra.

2.2.Salmo responsorial: Sal 33, 2-3.10-15:

Gustad y ved qué bueno es el Señor.

La experiencia religiosa está siempre revestida de nuevos matices. Dios es inabarcable. Hay que repetir una y otra vez el in­tento de «gustar» y de «ver» que bueno es el Señor. Nuestra condición actual lo necesita. Nos limitan el espacio y el tiempo. La bondad del Señor se hace sentir de diversas formas y en distintos momentos. También nuestra actitud es diferente: pedimos, esperamos, agradecemos, contemplamos, reflexionamos, con­sideramos. Queremos bendecir al Señor en todo momento. Cuando llueve y cuando no llueve; cuando tenemos y cuando no tenemos; cuando estamos sa­nos y cuando estamos enfermos: Siempre. Los versículos elegidos presentan un carácter marcadamente sapiencial. El salmista quiere darnos una instrucción para alcanzar la vida y días de prosperidad. La última estrofa señala el camino: Guarda tu lengua del mal… busca la paz y corre tras ella. El camino del Señor es el camino de la vida. El salmo nos invita a reflexionar. Reflexionemos y actuemos en conse­cuencia.

Sal 33, 2-3. 10-1 1. 12-13. 14-15 (R/.: 9a)

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Todos sus santos, temed al Señor, porque nada les falta a los que le temen; los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada. R/.

 

Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor; ¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? R/.

 

Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella. R/.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 15-20

 

Hermanos: Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

 

Daos cuenta de lo que el Señor quiere.

El cristiano está iluminado por la fe. La fe obliga a ver las cosas en una dimensión que el ojo humano, por si mismo, no puede descubrir. La fe, aun­que en cierta oscuridad, aprecia el sentido auténtico de las cosas y de los acontecimientos en su verdadero valor, en su relación con Dios. La fe, con todo, hay que ejercitarla; corre el peligro de atrofiarse. Y ejercitarla en cada momento y en cada acontecimiento de la vida. Pues el cristiano es un ser que camina. El día último se perfila ya cercano, se avecina. Y la luz que despide dibuja ya en este mudo el tamaño y valor de cada cosa. Portadores e iluminados por aquella luz superior, debemos aprovechar al máximo el valor que cada cosa y momento nos brindan. Es cosa de sabios.

Debemos reflexionar y actuar. Debemos, como cristianos, conducirnos a la luz de aquel «día». Sería una insensatez portarse de otra forma. En todo y ante todo busquemos la voluntad de Dios. Es lo que vale, lo que cuenta. Sin aturdimiento, con serenidad y aplomo. Como hombres maduros y conscientes del fin que les espera.

Los gentiles ofrecen en sus orgías, banquetes y fiestas religiosas, una es­tampa engañosa y falsa de la vida. No son el bullicio y el entusiasmo que producen el vino y las comilonas expresión genuina de la vida iluminada por Dios. Es cierto que tales celebraciones, por el vino, por los manjares, por las mixturas de bebidas fermentadas, por la presencia contagiosa de los inicia­dos, por el canto rítmico de himnos y coplas, experimentan los hombres cierta euforia, cierta elevación de ánimo, cierta sensación de pertenecer a otro orden, a otra esfera, a una esfera sobrehumana. Hasta hay algunos que, movidos por los espíritus danzan y hablan de forma extraña. Pero todo ello es engañoso. Es una falsa alegría. En el fondo es una huída. Las bebidas producen más sed y las comidas más hambre. El hombre no se une real­mente con Dios. La vibración auténtica, por el contrario -paz, alegría, gozo, seguridad, entusiasmo, etc- viene del Espíritu Santo. El Espíritu «llena», «ilumina», «anima», «consuela», «levanta» y «empuja» de forma auténtica. Las reuniones cristianas llevan pues otro aire. Son auténticos «banquetes», «ágapes», donde la comunión fraterna de amor y comprensión se funda en la comunión con Dios en Cristo. Una comida auténtica, una bebida auténtica, un entusiasmo y una vibración comunitaria en el Espíritu Santo. También hay cantos, himnos, salmos de todo tipo, pero religiosos, que, ordenadamente ejecutados, son expresión de la acción de Dios en nosotros. Es la magní­fica «Acción de gracias» (Eucaristía) a Dios Padre en nombre de nuestro Se­ñor Jesucristo.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 51-58

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: —«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: —«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: —«Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

La lectura de hoy reasume los dos últimos versículos de la lectura del do­mingo pasado. Sirven de puente. Aquí encabezan la declaración de Jesús y enlazan el tema del «Pan de vida» con el de la «Carne» y «Sangre» que deben ser comida y bebida. Pasamos de un misterio a otro en la misma línea. O, si se quiere, damos un paso adelante en la revelación del misterio. Así es el es­tilo de Juan. Procede a modo de espiral. Siempre delante, la misma figura, y ésta, bajo diversos aspectos, y éstos, bajo diversas posturas. Jesús ha declarado ser Pan de vida. Y no cualquier pan, sino el único, el «divino», capaz de dar la Vida al mundo. Para alcanzar la Vida hay que aceptar a Jesús por la fe. Fuera de él no hay vida divina posible. Era una pretensión atrevida. ¿Qué signo haces? ¿Quién eres tú? , había sido la réplica de los oyentes. Pero Jesús no presenta otro signo, apuntado ya en la multiplicación de los panes, que la misma realidad de su persona y de su misión: Dios ofrece en su Hijo la Vida al mundo. No hay otro pan ni otro alimento, que comuniquen la vida divina, que Jesús, Hijo de Dios. El signo será, de alguna forma, la propia exaltación de Jesús. El gran signo de Jonás, en los sinópticos.

Comienza ahora una nueva sección dentro del mismo discurso. Jesús va a dar «carne» en comida y su« sangre» en bebida, para la vida del mundo. El Pan de vida es, avanzando en el «misterio», la carne y la sangre de Jesús. La pregunta de los oyentes pasa del « ¿Quién es éste?» al « ¿Como lo hará?». Y Jesús, como es su costumbre, contesta con una declaración reveladora: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Jesús no razona, no explica el misterio. Los acontecimientos futuros irán revelando e institu­yendo la verdad aquí anunciada. Sólo los que lo han aceptado como Pan de vida, los que creen en él, los fieles, recibirán la revelación preciosa.

También la expresión «para vida de mundo» desemboca en una formula­ción más precisa: «Habita en mí y yo en él». En eso consiste la Vida. Jesús vive por el Padre. De la misma manera, quien come su carne y bebe su san­gre, vivirá por él. Y esa vida no es otra cosa, dentro del misterio, que la vida eterna. Quien come a Cristo, asimila a Cristo, vive en él. Y si vive en él, vive en el Padre. Y si vive en el Padre, posee la vida eterna: «…Y yo lo resucitaré en el último día». Es, pues, necesario alimentarse de ese manjar para alcan­zar la Vida. La alusión, de nuevo, al maná de los padres, señala la conclu­sión del discurso y lo resume: «El que come de este pan vivirá para siempre». La referencia a la Eucaristía cristiana es clara y segura. La Iglesia que escucha este evangelio no puede menos de pensar en ella. Los térmi­nos «carne» y «sangre» no pueden tener otro sentido. De forma implícita se re­cuerda la muerte de Cristo por nosotros; muerte que, para Juan, es ya la Exaltación. En la Eucaristía comemos y bebemos, de forma misteriosa, la carne y la sangre de Cristo exaltado. En este Banquete se nos confiere la vida eterna. Misterio de fe, Misterio de esperanza, Misterio de amor.

 

Reflexionemos:

Las lecturas de los domingos anteriores apuntaban ya al misterio de Cristo hacia la Eucaristía. : El milagro de los panes; el maná nuevo; el Pan de vida que promete Jesús. Es el alimento nuevo. Alimento que es necesario tomar. Y hay que tomarlo como él se presenta: venido del Padre y muerto por nosotros. Necesaria la fe. Seguimos con el mismo tema. Sólo que con una tonalidad un tanto nueva. Vamos a probar a representarlo bajo la imagen de «banquete». Al término comer, de los domingos pasados, se añade el de beber. Comer la carne y be­ber la sangre un auténtico banquete. El banquete evoca la compa­ñía:«comen», «beben»; hay un plural significativo. La promesa «habitará en mí y yo en él» encaja satisfactoriamente. En ese banquete está la Vida: «Lo resucitaré en el último día». Así se da también cumplida respuesta a la más profunda aspiración humana, representada en el salmo: « ¿Hay alguien que ame la vida?». Y la constante e imperiosa invitación a acercarse: «Gustad y ved que bueno es el Señor». Por otra parte, la Eucaristía nos introduce en una comunión inefable con Dios en Cristo: «Como el Padre vive y yo vivo por el Padre, el que come mi carne y bebe mi sangre vivirá por mí». Soberano y divino alimento la Eucaristía. Por otra parte, la Sabiduría, Cristo, según san Pablo se presenta bajo la figura de un banquete: una sala suntuosa, vino mezclado, pan, invitados. ¿No fue el deseo de ser «sabio» el que introdujo la muerte en el mundo?» Así fue en efecto; por envidia de la serpiente. De nuevo se presenta el mismo apetitoso fruto; pero con notable diferencia. La oferta viene de Dios, no del diablo; por amor a los hombres, no por envidia; no para romper con Dios, sino para vivir en él su misma vida. Es Cristo y sus dones. El Árbol de la Vida, la Cruz de Cristo, nos señala el camino: cumplir la voluntad de Dios. Y esta es creer en su Hijo, comer su carne y beber su sangre. Banquete que comunica la Sabiduría, banquete que da la Vida.

Las palabras de Pablo evocan, en el fondo, el banquete cristiano, la Euca­ristía. No las comilonas, no el alcohol, no los cantares paganos, sucios y or­giásticos. No las drogas, no la embriagueces, no falsa euforia y huida de la realidad. Todo lo contrario: «la Acción de Gracias a Dios Padre en nuestro Señor Jesucristo». Cena del Señor, comunicación fraterna de bienes; cantos inspirados, himnos, acción de gracias; asistencia mutua, consuelo de los afli­gidos, amor entrañable; plenitud del Espíritu, dones espirituales. El capítulo 11 de I Corintios puede iluminar esta maravilla. Un verdadero Banquete: comemos, bebemos, cantamos, exultamos, nos sentimos un en el Señor. El Espíritu que se nos otorga en este banquete, ilumina, consuela, anima, ro­bustece, embriaga, sostiene y sublima la realidad. Es el Vino de Dios, el au­téntico vino que precisa el hombre. El don está vinculado al comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo. El Banquete eucarístico, prepara y anuncia el Gran Banquete del cielo. Es prenda segura y pregustación de aquella Gran Cena de Bodas que el Se­ñor tiene preparada para los que lo aman.

3.      Oración final:

Señor, Dios nuestro, escúchanos y despierta en nosotros el hambre del pan de vida. Amén.

 

Vea también: Reflexión del año 2009.

Domingo 19 del tiempo ordinario – Ciclo B

Domingo décimo noveno del tiempo ordinario ciclo B

En cada misa, lo primero que hacemos es escuchar la Palabra que Dios nos dirige. Nos hace falta. Ahí está nuestra formación permanente. La mejor catequesis que los cristianos, jóvenes y mayores, recibimos a lo largo del año. Somos invitados a “comer”, a “comulgar” con Cristo como la Palabra viva de Dios. Si lo hacemos así, él mismo nos habrá preparado para recibirle después con mayor fruto en el alimento del Pan y del Vino.

1.      Oración inicial

 

Shadai, Dios de la montaña, que haces de nuestra frágil vida la roca de tu morada, conduce nuestra mente a golpear la roca del desierto, para que brote el agua para nuestra sed. La pobreza de nuestro sentir nos cubra como un manto en la obscuridad de la noche y abra el corazón para acoger el eco del Silencio para que el alba envolviéndonos en la nueva luz matutina nos lleve con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro, el sabor de la santa memoria.

 

2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8

 

En aquellos dias, Elias continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: —«¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: —«¡Levántate, come!» Miró Elias, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: —«¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

 

Después del dramático encuentro con los profetas de Baal en el monte Carmelo, donde éstos acabaron trágicamente, Elías teme por su vida. El pueblo había deseado un signo. Elías lo había dado. El Señor que él predi­caba había mostrado ser el Señor de los Ejércitos, el Señor del cielo y de la tierra, el único Señor. No obstante, Jezabel, esposa del monarca, pagana y propulsora del culto pagano en Israel, le ha jurado odio eterno y le persigue a muerte. El siervo de Dios se ve obligado a huir. Elías, el gran defensor del yavismo en un pueblo que claudicaba aplaudido y dirigido por la monarquía, corre peligro de muerte en manos de una desdichada mujer. Una dura prueba para el profeta.

 

Elías huye. Pero la huida se convierte en una peregrinación religiosa. El viaje, duro y penoso, está cargado de simbolismo religioso. Elías huye de Je­zabel y se encamina hacia Horeb, hacia el Monte del Señor. No se dirige a Jerusalén, templo elegido por Dios y lugar de peregrinación de Judá. El Reino del Norte empalma directamente, al carecer de un santuario autén­tico, con las tradiciones del desierto: Yavé, el Dios de la Alianza, el Dios que se reveló a Israel, con gloria y majestad, en el Sinaí, llamado aquí – tradición elohísta – Horeb. Elías vuelve a las fuentes de su religión: al desierto, al lu­gar del encuentro con Dios. Magnífico propósito.

 

El camino es largo y penoso – cuarenta días y cuarenta noches – ; más pe­noso aún en las circunstancias en que lo realiza el profeta: amenazado de muerte. A Elías le pesa la profesión; desea la muerte. Todo es difícil en su vida. Las angustias le agobian demasiado. Y él no se considera mejor que sus antepasados. «¿Por qué, Señor, no tomas mi vida?» Quizás acabe con él el desolado desierto.

 

Pero Dios lo ha reservado para edificación de su pueblo; de él debe surgir un resto que le sea fiel. Elías debe caminar. Dios sale al paso de la necesidad más perentoria: hambre, sed, cansancio. Una retama, un jarro de agua, pan. Por dos veces experimenta Elías la providencia especial de Dios. Aquel pan lo confortará para el camino. «Con la fuerza del aquel alimento caminó… hasta el monte del Señor». Maravilloso alimento.

 

2.2.Salmo responsorial Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R/.: 9a)

 

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. R/.

 

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. R/.

 

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. R/.

 

Salmo de acción de gracias con abundantes consideraciones sapienciales. El beneficio recibido, muy al fondo del salmo, motiva la acción de gracias en forma de alabanza. La alabanza viene coloreada, como también la acción de gracias, con una exhortación, o exposición de máximas, a seguir el camino que conduce a la «bendición». La verdad fundamental de estas enseñanzas, que el autor ha experimentado en su propia carne, es la benévola y extraor­dinaria providencia de Dios sobre los que acuden a él. Las máximas «los que buscan al Señor, no carecen de nada», «el Señor salva al afligido de su an­gustia», «el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles», «contempladlo y quedaréis radiantes», «vuestro rostro no se avergonzará», son suficiente­mente expresivas. Todo ello lo recoge el precioso estribillo que da la tónica al salmo en esta liturgia: «gustad y ved qué bueno es el Señor». Es una invita­ción, un apremio, una urgencia, dada, al fondo, la necesidad a la que están expuestos todos los mortales. La experiencia del autor invita a multiplicar las «experiencias» de un Dios bueno y providente. Elías, en el relato primero, confiesa haberlo experimentado.

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2

 

Hermanos: No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entrego por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

 

Una exhortación típicamente «cristiana». Hemos de ser «imitadores» de Dios. Al fin y al cabo somos, por definición, imagen suya. Dios origen de todo ser, de toda vida, de todo bien, es el ejemplar supremo. Hemos de ser «imitadores», y no de cualquier forma. Imitadores de Dios como «hijos». Y no como cualquier hijo, sino como hijos «queridos». Y queridos no de cualquier modo, sino «queridos» misteriosamente de forma inefable, como lo expresa el «amor» de Cristo que se entregó por nosotros. El misterio de Cristo – sacrificio y oblación -, expresión del maravilloso amor de Dios a los hombres, es la raíz y causa formal de la imitación cristiana. Dios nos amó así. Así debemos amarlo nosotros.

 

Nuestra vida ha de ser una imitación de Dios, una imitación de Cristo. La vida cristiana recibe la impronta de Cristo: oblación y víctima. Así Cristo, así nosotros. La vida cristiana recibe también la impronta del misterio trini­tario: «imitadores» de Dios como Cristo nos «amó», «marcados» por el Espí­ritu Santo. En la obra de la salvación se comprometen las tres divinas per­sonas. ¿No es la vida cristiana una participación en la vida trinitaria? De­nota ternura y afecto la recomendación «No pongáis triste al Espíritu Santo». ¿Cabe mayor delicadeza y respeto? El pensamiento del «sufrimiento» de Dios no es ajeno a la Biblia. Dios «siente» nuestro mal, nuestra ruina. ¿No es esto grande y maravilloso?

 

El Espíritu Santo es la garantía, el sello vivo en nuestro espíritu y nues­tro cuerpo, de nuestra pertenencia a Dios. En el día último será él, su pre­sencia en nosotros, la señal, el sello, que nos detenga como propiedad suya. Será el día de la liberación suprema. Sería horrible si nos alejáramos de él. Lo «sentiría»

 

La aplicación práctica se desprende con naturalidad: perdonad como Dios os perdonó en Cristo; sed bondadosos, comprensivos, como Dios lo ha sido con nosotros. Lejos la ira, el enfado, el resentimiento, la maldad. Sed miseri­cordiosos (Lucas) y perfectos (Mateo) como el Padre celestial se ha mostrado en Cristo perfecto y misericordioso. Buen espejo para un examen de concien­cia. Es nuestro programa de vida. Es la vida del hombre nuevo creado en Cristo.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 41-51

 

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: —« ¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿ No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? » Jesús tomó la palabra y les dijo: —«No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. »

 

Jesús ha afirmado categóricamente: «Yo soy el Pan bajado del cielo». Apunta, a todas luces, a su transcendencia. Jesús es un ser «superior» con prerrogativas que tocan lo divino La misma expresión «Yo soy» evoca el ha­blar propio de Dios en el A. Testamento. Esas pretensiones no pasan desa­percibidas a los oyentes. La exigencia de Jesús de creer en él para salvarse les parece exagerada y suena a blasfemia y a extravagancia. En efecto, to­dos conocen la procedencia de Jesús, conocen a sus padres, a sus familiares, saben cuál es su patria. ¿Por quién se tiene? Al fin y al cabo no es más que el hijo de un carpintero, oriundo de Nazaret. La objeción es seria.

 

Es curioso, la Encarnación del Verbo, que debiera en sí facilitar las cosas, las complica. La misma «exaltación» del Hijo del Hombre, manifestación es­tupenda de la sabiduría y del poder de Dios, será para unos escándalo, para otros irrisión. La carne pues, que ha tomado el Verbo, transparencia de lo divino, es para estos judíos un obstáculo. Los oyentes de Jesús no superan, en sus cavilaciones, los criterios humanos, no pueden ver. Jesús responde a esta situación fundamental. Para ver hacen falta ojos nuevos, luz nueva, cri­terios nuevos. Y ellos vienen de Dios. Dios, ya lo había anunciado por los pro­fetas, va a convertirse en Maestro, va a iluminar las mentes y a atraer los corazones. Los oyentes de Jesús dan muestras de insensibilidad y de cerra­zón a lo divino. No ven más allá de lo que sus ojos de carne puedan apreciar. La acción de Dios no ha logrado cambiarlos. Por lo visto se han cerrado.

 

El hombre no puede con sus solas fuerzas alcanzar a Cristo; necesita ayuda de lo alto. La ayuda no destruye la libertad, antes bien la responsabiliza en ir, al parecer, a contra de los criterios humanos. Aquellos oyentes, familiari­zados con el actuar de Dios en la historia de su pueblo, de­berían estar preparados para entrever el misterio. No dan señales de ello. No alcanzan a ver la verdad que van gritando los «signos». El misterio de la atracción de Dios.

 

En realidad nadie tiene una «experiencia» directa e inmediata de Dios: Nadie ha visto a Dios. El único, el Hijo. El Hijo ha venido del Padre y puede hablarnos de él. (Jn 1,18). El Hijo posee la vida eterna. Sólo el Hijo perte­nece a la divinidad. Sólo él puede comunicarnos la vida eterna. El hijo es el único Mediador. En el fondo de todo esto estamos tocando el misterio de la Encarnación.

 

La vida que ofrece Jesús es la vida eterna. No como la vida de los padres en el desierto. Murieron, por más que habían comido el pan descendido del cielo. No era aquel el auténtico pan del cielo. Jesús es el verdadero Pan del cielo. Y hay que comerlo para poseer la vida. No perdamos de vista la hu­manidad de Cristo, vehículo de salvación. Al hablar Jesús de su carne está aludiendo a ella de forma muy concreta: La Eucaristía. La Eucaristía nos in­troduce, dentro de la Encarnación, en el misterio de muerte y resurrección: «carne para la vida del mundo». Jesús, Verbo encarnado, muerto y resuci­tado por nosotros, se ofrece a los hombres como Alimento indispensable de vida eterna. Se precisa la fe: misterio de fe. El hombre se abre a la revela­ción salvadora que viene del Padre.

 

Reflexionemos:

 

Conviene partir del «misterio de Cristo». No podemos desterrar de la cele­bración litúrgica, y en resumidas cuentas de nuestra vida cristiana, el ele­mento «misterio».

 

Tocamos en este «misterio» dos aspectos ó momentos fundamentales: la Encarnación, es decir, el Verbo encarnado, hecho hombre – «bajado del cielo», «venido de Dios», «hijo de José» que «ha visto a Dios» – y su alargamiento en la muerte. Ambos se proyectan vehículo de salvación en una misma línea: el que cree en mí, tiene la vida eterna. Jesús es el único Intermediario: da su carne para vida del mundo. Este último elemento recuerda el «misterio» de su muerte, celebrado sacramentalmente en la Eucaristía, donde el Hijo del Hombre, «misteriosamente», se da como comida para la vida del Mundo. El tema de la muerte, expansión del amor «misterioso» de Jesús a los hombres, aparece en las palabras de Pablo. «Nos amó, dice el apóstol, y se entregó por nosotros como oblación y víctima de su suave olor». La Eucaristía también recuerda este aspecto: «Tomad y comed: este es mi Cuerpo que será entre­gado por vosotros». Hablamos con razón del «Sacrificio» de la Misa y de la «Víctima» eucarística.

 

Sugiere el tema del «misterio» la «misteriosa» atracción del Padre. La fe es un don divino, una luz de lo alto, una prolongación de la Encarnación: luz divina en la carne del hombre. Las palabras del apóstol «no pongáis triste al Espíritu Santo», «Dios nos ha sellado en él» declaran nuestra vida como «misterio». Estamos viviendo en el gran «misterio» del Dios Trino: Habitación de Dios, Templo del Espíritu.

Partiendo del «Misterio» de Cristo podremos hacernos una idea de la acti­tud que debe tomar el cristiano en la celebración del «misterio» de la Euca­ristía. Respeto, veneración, adoración, acción de gracias, alabanza… Recor­demos que recibimos al Verbo Encarnado, Muerto y Resucitado por noso­tros. Recordemos el motivo del amor inefable de su Entrega. Recordemos el misterio de Fe que lo envuelve. Recordemos la necesidad de acercarnos con reverencia. Recordemos que es el único Mediador; no podremos vivir sin él. No podemos caminar ni vivir sin este Alimento.

 

El tema del alimento «maravilloso» viene recordado por la primera lec­tura: Elías de camino, en peligro de perecer. No llegaremos al «Monte» del Señor, a la Jerusalén celestial sin este viático ¿No es justo y necesario can­tar con el salmo la «misteriosa» Providencia divina «Gustad y ved qué bueno es el Señor»?.

 

La vida cristiana es una prolongación del «misterio» eucarístico. Co­miendo a Cristo, vivimos con Cristo, vivimos como Cristo. Es el programa que presenta Pablo. El don del Espíritu procede de Cristo. El Espíritu nos acompaña, acuñados por él, hasta el día de la liberación, cuando, superadas con el maravilloso alimento, las dificultades de este desierto, logremos en­trar en el Santo Monte de Dios. Somos imitadores de Dios. Reproducimos en nosotros el admirable «Misterio» del Verbo de Dios hecho hombre. No odia­mos, no injuriamos, no deseamos ni obramos el mal. Perdonamos, soporta­mos, comprendemos. Nuestra vida es fruto de la Eucaristía y preparación adecuada para ella. ¡Qué bueno es el Señor!

 

3.      Oración final

 
Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 
Vea también: Domingo 19, Ciclo B (2009)

Y únase a nuestra página en facebook y esté atento a más sugerencias de cantos y las gotitas litúrgicas que publicamos cada semana.