Domingo 31 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO TRIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

 

 

En el evangelio de este domingo uno de los doctores de la ley, responsable de la enseñanza religiosa, quiete saber de Jesús que es lo más importante en la religión. Algunos dicen que lo más importante es ser bautizado. Otros dicen que rezar. Otros que ir a Misa o participar en los actos de culto del domingo. Otros dice: ¡amar al prójimo! Otros se preocupan sólo de las apariencias o con encargos en la iglesia. Antes de leer la repuesta de Jesús, tú trata de mirarte a ti mismo y de preguntarte: Para mí, ¿qué es lo más importante en la religión y en la vida?” El texto describe la conversación de Jesús con el doctor de la Ley. Durante la lectura intenta poner atención a cuanto sigue: “¿En qué puntos Jesús elogia a los doctores de la ley, y en cuáles los critica?

 

  1. 1.      Oración:

 

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

 

  1. 2.      Textos y comentarios

 

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 6, 2-6

 

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: —«Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: “Es una tierra que mana leche y miel.”

Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria.»

 

El pacto nace de una libre disposición divina. Por propia cuenta intervino Dios en la historia de la humanidad en favor de un pueblo. Él lo protegió y lo creó. Es una predilección. Lo sacó de Egipto y lo condujo, salvándolo de mu­chas dificultades, a la tierra prometida que mana leche y miel. Todo esto lo hizo Dios con su pueblo sin que éste lo mereciera. Pueblo pequeño, pueblo endeble, pueblo de dura cerviz fue atendido especialmente por Dios. A un amor tan manifiesto y gratuito corresponde una actitud reverente, agrade­cida, sumisa devota: un temor, un servicio, un amor. Es la respuesta ade­cuada.

En este contexto nos encontramos. El autor repite reiteradamente la ex­hortación: Escucha Israel. Es de suma importancia; en ello les va la vida y la misma existencia para ellos mismos y para sus hijos. Si atienden a la voz de Dios, la bendición divina descenderá sobre ellos como rocío bien hechos. Lloverán sobre ellos, en cambio, las maldiciones, si olvidan sus compromi­sos. De ahí, siendo como es asunto tan importante, que tengan que mantenerlo siempre vivos en la memoria: ya acostados, ya levantados, ya en casa, ya en el campo, ya… ¡siempre y en todo lugar! He ahí la razón…

Yavé, nuestro Dios, es uno. Uno es Yavé, que se alza categóricamente so­bre los demás seres. Yavé hay uno sólo. Hay dioses o seres que se dicen di­vinos, seres sobrehumanos, ángeles, espíritus… (piénsese en el mundo anti­guo circundante lleno de seres divinos y sobrehumanos). Sobre ellos, como categoría única, superior, se alza Yavé. Uno es dios, diríamos en nuestra mentalidad ¡Y ese dios, Yavé, es nuestro Dios! A él la dedicación completa del individuo. Eso nos ha de distinguir de todas las demás gentes. Esa es nuestra vocación. A eso hemos sido llamados. Separación de lo que hacen las otras gentes.

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… Dios está separado de todo otro ser. Del mismo modo el pueblo de Israel debe separarse de todo ser y dedicar toda su persona a Dios. Son siervos. Ellos no deben frecuentar las prácticas y costumbres vigentes en otros pueblos. Para ellos no hay más que un ser, que debe acaparar toda su atención y toda su vida. Ese es Yavé. Es un imperativo, una obligación ¿Contestará el pueblo afirmativamente?

 

2.2.Salmo responsorial Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab (R/.: 2)

 

R/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos. R/.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador. Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido. R/.

 

El salmo responsorial es un intento de réplica a la exigencia del Deutero­nomio. Te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. Esa es la auténtica actitud de­lante del Dios que nos ha creado. El es todo para nosotros. Esforcémonos para que todo sea para él. El es Roca, Salvador, dador de la victoria, pro­tector del ungido…

 

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 7, 23-28

 

Hermanos: Ha habido multitud de sacerdotes del antiguo Testamento, porque la  muerte les

impedía permanecer; como éste, en cambio, permanece para siempre, tiene el sacerdocio que

no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios,

porque vive siempre para interceder en su favor.

Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.

El no necesita ofrecer sacrificios cada día —como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo—, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes llenos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, posterior a la Ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre.

 

Tras la afirmación categó­rica Cristo es sumo sacerdote, según el orden de Melquisedec, constituido por Dios al margen de la ordenación antigua, trata de ahondar el autor en el concepto de esta nueva ordenación, comparando el nuevo sacerdocio con el antiguo. Por su mente pasarán, para ser estudiadas mejor, las instituciones antiguas respecto al culto sobre todo, con las implicaciones que este intro­duce en la vida del pueblo. El fin es contrastar una con otra las dos econo­mías. Será un estudio detallado. El autor examinará y juzgará los valores que encierran cada una de las dos instituciones, la antigua y la nueva. Desfi­larán ante nuestros ojos el sacerdocio, el sacrificio, las víctimas, la expiación, la ley, etc. El objeto directo, sin embargo, es poner de manifiesto que el nuevo sacerdocio es bajo todo aspecto superior al antiguo. Veámoslo:

A) Antigua economía:

1) Los sacerdotes son numerosos, no solo simultánea, sino sucesivamente. Son mortales, y muerto uno, necesitan poner otro. Por esta razón dios des­tino toda una tribu, la de Leví, para que ejerciera los oficios del culto. De esta forma unos pueden suceder a otros, una vez acabada la vida. La insti­tución antigua los requería; y ellos eran naturalmente mortales. La institu­ción permanece; el sacerdocio va pasando de unos a otros.

2) Es cierto que la antigua economía exigía cierta pureza -ritual- a los que se acercaban al altar como sacerdotes. La santidad, no obstante, que osten­taban era precaria. Hombres, al fin y al cabo, necesitaban ellos mismos de una purificación y de una santidad más profunda que la que ellos por su ciencia presentaban. De ahí la necesidad de ofrecer sacrificios por sus pro­pios pecados. Estaban muy lejos de poseer la santidad pura y la santidad sin tacha. Eran pecadores.

3) Dada la imperfección de la Economía, se comprende la prescripción de múltiples sacrificios. Muchos sacrificios en número y es especie. Claro indicio de su poca eficacia. La ley, pues, antiguo no hace a los hombres perfectos, siendo como son los medios imperfectos. Los sacrificios de animales.

B) Nueva economía:

1) Un solo sacerdote capaz de santificar a todos. Es uno, porque es inmor­tal. Tenemos un sacerdote que no muere. Su mediación dura para siempre. Siempre está delante de Dios para interceder pos nosotros. Por eso puede santificar y salvar definitivamente. Es un sacerdocio que no pasa. Tampoco su eficacia para; es siempre actual.

2) La santidad de Cristo es suma. Y convenía que así fuera. Su oración sería así mejor escuchada. Nuestro Pontífice es santo por excelencia, ino­cente por antonomasia, puro como la nieve, alejado infinitamente de todo pe­cado y colocado a la diestra de dios Padre, Tanta perfección no la tuvieron los antiguos.

3) Cristo no necesita ofrecer sacrificios por su propia persona. Es santo por excelencia. Sin embargo, lo ha ofrecido el sacrificio por los hombres, de tal forma que no es menester repetirlo. Un solo sacrifico para siempre, Más aún, el sacrificio no consistió en la ofrenda de animales. Fue el mismo quien se ofreció a Dios por nosotros. Esa es la gran diferencia. Cristo, Hijo de Dios, Señor del universo, se ofreció por nosotros a Dios.

La economía sobre tales instituciones basada es naturalmente superior a la antigua. Aquí intercede un juramento de Dios -salmo 109;- dando así una solemnidad única e inalcanzable. No es un mero hombre el consagrado sacerdote; es el Hijo de Dios vivo. Este sí que es perfecto. Pasa, pues, la antigua economía; viene la nueva mejor y más eficaz en todo as­pecto.

 

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 12, 28b-34

 

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: —«¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús: —«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.»

El escriba replicó: —«Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: —«No estás lejos del reino de Dios.»  Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

 

Aunque no parece fuera corriente entre los rabinos de aquel tiempo una marcada distinción de los preceptos graves y leves. Hay preceptos que obli­gan más que otros. Esto lo sabían los maestros de aquel tiempo.

La pregunta del escriba apunta hacia los graves; y de entre éstos a los más importantes, al más grande en concreto ¿Cuál es el primero de los pre­ceptos? Cristo responde remitiéndose al texto del Deuteronomio, por todos conocido. Todo buen israelita conocía el Semá Israel (escucha Israel), que debía recitar dos veces al día -mañana y tarde-. Es curioso que Cristo no se limite a contestar estrictamente la pregunta del escriba. Para él hay un mandamiento que está íntimamente unido con aquél del Deuteronomio: el del amor al prójimo. Los dos preceptos, con objeto al parecer diverso, forman un solo precepto. Por eso Cristo añade al primero el segundo, porque aquél arrastra a éste, pues en el fondo son un solo precepto. Ese es e mayor pre­cepto de la Ley.

Ya algunos rabinos habían notado, en sus comentarios a la Ley, la impor­tancia del amor al prójimo. Parece, sin embargo, que es Cristo el primero en unirlo tan estrechamente al amor de Dios. Para Cristo es un solo manda­miento. Esto es nuevo. También es propio de Cristo la extensión que recibe el término prójimo. San Lucas coloca a continuación de éste diálogo con el es­criba la parábola del Buen samaritano. El prójimo es todo aquél que se nos presenta necesitado, sea compatriota o no, sea amigo o enemigo. Cristo ha­bló frecuentemente en este sentido: amor al prójimo, amor al enemigo. Tal concepto de prójimo es propio de Cristo. Hasta ahí no habían llegado ni el an­tiguo Testamento ni los rabinos. Los judíos de la diáspora principalmente, al contacto con las gentes, fueron después alargando un tanto el concepto de prójimo. No parece, sin embargo, fuera muy cabal. Cristo, de todos modos, une los conceptos de amor a Dios y amor al prójimo inseparablemente. No se puede faltar al segundo sin faltar al primero. Dios no se considera honrado, si no se honra de corazón al prójimo. Todo lo debemos emplear en el servicio divino; pero ha querido Dios que este servicio recaiga naturalmente en el hermano, que es todo hombre. Admirable disposición del Señor y la acepta. Cumplir esos preceptos es mejor que todos los holo­caustos y sacrificios. Sobre la religiosidad interior, como superior al formu­lismo de los ritos culturales, ya habían hablado los profetas. También ha­bían hablado del amor al prójimo como servicio a Dios, aunque el término prójimo no tuviera entonces tanta extensión. El Deuteronomio tiene precio­sas exhortaciones a la caridad en forma de asistencia, socorro, limosna, pie­dad, etc. Cristo lo consagra y lo universaliza admirablemente

Reflexionemos

 

La primera y la tercera lectura coinciden en proponer, como objeto de consideración, el gravísimo precepto de amarás a tu Dios con todo tu cora­zón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser. Conviene medi­tar un momento sobre ello.

A) Dios objeto de nuestro amor. Dios nos ha creado como personas y como sociedad. Además ha sido él mismo quien nos ha elegido como pueblo suyo. Dios nos ha dado su amistad y nos ha destinado a la gloria. Nos sacó de Egipto -pecado, esclavitud, muerte-, nos lleva a la tierra prometida -libertad, abundancia, vida-. Ambos lugares, realidad y figura de algo más profundo y más alto. La segunda es imagen y anuncio de la gloria eterna. Ese es el tér­mino prometido por Dios a los que le sirven Muchos son los bienes que nos vienen de un Dios que nos ama. Piénsese en Cristo, como don y expresión de un amor sin límites.

Dios es con razón el único ser que exige y merece nuestro eterno aprecio. Dios está sobre todas cosas. Es el mejor y lo mejor de los seres. Es, por otra parte, el único que puede llenarnos. Todo, pues, para él. Nada hay que pueda comparársele. Efectivamente, todo pasa; sólo él queda. En él poder y la vida. Nuestra actitud, por tanto, ante y respecto a él debe ser singular y única ¿Cómo?

Amar. Esta palabra encierra muchos matices. Uno de ellos es el temor, no servil, pero sí servicial. El es nuestro Señor, de él somos. La figura tradi­cional del siervo y del señor puede servirnos para representarnos las rela­ciones que deben mediar entre hombre-criatura y Dios-creador. Siervos fie­les conscientes del servicio que Dios debemos. El servicio a Dios debe ser completo, sin restricciones. No sólo externo, que pudiera acabar en servil; toda la persona, toda cuanta es, está empeñada en ello. Servicio cordial, sin­cero, leal, con todas las fuerzas. Dios lo merece. No hay como él. Con toda el alma, pues, con todo el corazón y por siempre; siervos, pero libres en el ser­vicio. Si recordamos aquí el amor de Dios a los hombres, manifestado en Cristo, se comprenderá que nuestro amor a Dios debe ser total y completo, sin límites ni concesiones. Estamos en sus manos y debemos esforzarnos por estar siempre en ellas.

En ello nos va la vida y la existencia. Para él y por él hemos sido creados. Y no descansaremos, pues nuestro ser lleva esa dirección y esa impronta, hasta descansar en él. Como a los antiguos israelitas, a nosotros si nos pro­pone la vida eterna. Es menester pensar en ello. Dios debe llenar toda nues­tra vida. El salmo responsorial nos invita a clamar: Tú eres todo para mí. ¿Lo hacemos verdaderamente? ¿Es el primero que tenemos delante al levan­tarnos, al acostarnos, al ir y al venir? ¿Es eso lo que tratamos de inculcar a los que nos rodean?

B) Amor al prójimo. La determinación nos viene de Cristo. El primer mandamiento encierra en sí este segundo, de tal forma que viene a ser parte de él. No se puede cumplir el primero sin cumplir al mismo tiempo el se­gundo. El amor a Dios -servicio, entrega a su voluntad- se extiende en la práctica y en las obras a una atención seria al prójimo. No se sirve a Dios -de corazón y de alma- si no se ama, sirve, atiende, al prójimo. Así nos lo dice Cristo y así es. La medida es clara: como a ti mismo. Cumpliendo este requisito serviremos a Dios de todo corazón.

Nuestra atención y servicio deben llegar a todos: amigos y enemigos, compatriotas y extranjeros, grandes y pequeños, a todos. Dentro de la fami­lia cristiana, el amor mutuo ha de asemejarse al de Cristo, que dio la vida por nosotros. La medida es excelsa. No lo olvidemos. Hay que insistir en ello.

Notemos, por último, el nexo íntimo que hay entre servicio a Dios y servi­cio al prójimo. No se puede servir a Dios sin servir al prójimo. No será un servicio digno el nuestro, si nuestras obras de servicio a Dios dejan algo que desear en el servicio al prójimo. Dios ama a los hombres, y el hombre ama a Dios en los hombres y a los hombres en Dios. Todo está unido; cuando al pró­jimo servimos a Dios servimos, y cuando a Dios servimos, no olvidemos que debe llegar nuestra acción a los hombres ¿Lo hemos entendido bien, como aquel escriba? Entonces no estamos lejos del Reino de los cielos.

C) Papel del culto. El culto está dirigido a Dios, como a Creador y a Señor nuestro. No sólo es legítimo, sino necesario. Es expresión de nuestro servicio y de nuestro amor. Peor no basta la fórmula, la palabra huera y vacía. Como expresión de una auténtica actitud religiosa interna, no debe estar ni entrar en conflicto con el servicio al prójimo. Conviene, pues, preguntarse por la autenticidad de nuestra religiosidad en el culto. Deja la ofrenda, si algo contra ti tiene tu hermano. Hay que compaginar las dos cosas: culto y prójimo

D) La segunda lectura nos habla del culto, del auténtico. Cristo sacerdote es el sacerdote que nuestra debilidad necesitaba. Dios lo ha constituido para que interceda siempre por nosotros. Debemos acudir a él.

Cristo, sumo sacerdote, ejemplo en el cumplimiento del primero y del se­gundo de los preceptos. Cristo constituido sacerdote en la obra de la reden­ción. Su vida, su muerte son expresión de la obediencia más pura y más in­condicional a la voluntad de Dios. Cristo amó perfectamente al Padre, obe­diente hasta la muerte y muerte de cruz. Por otra parte el amor a los hom­bres le llevó al mismo fin, a la muerte de cruz. Porque nos amaba se hizo hombre y hombre semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado. Dios nos amaba, entregándonos así a su Hijo; este a su vez nos amaba, entregándose a sí mismo.

Por ello, su sacerdocio es único, puro, atento, perfecto, etc. Puesto entre Dios y los hombres cumple a la perfección su ministerio, siempre delante de Dios intercediendo por nosotros. Ese es su servicio. El servicio lo ha conside­rado el autor como un servicio cultual. El culto a Dios y el amor al prójimo están en este caso tan unidos que no pueden separarse.

No es otra la función que deben desempeñar los sacerdotes: culto a Dios en Cristo -Cristo total- para bien de los hombres. Un culto a Dios que no lleve a la salvación -en mil formas- del hombre, no es auténtico culto. Una dedica­ción al prójimo, que de alguna forma, no sea realizada en Cristo, sería para discutirla. Algo importante le falta. Un culto en Cristo nos lleva a Dios y al hombre, un amor al hombre en Cristo, nos lleva a un culto limpio de Dios. Conviene pensar sobre ello.

Las oraciones hablan de un servicio a Dios y de la gracia de recibir las promesas. El culto cristiano se realiza en Cristo por la Iglesia: culto y amor al pró­jimo están estrechamente unidos.

 

3. Oración final

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo 30 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO TRIGÉSIMO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

 

Una multitud acompaña a Jesús trata de apartar a un ciego que lo llama “Hijo de David”. Antes de abrir los ojos al ciego, Jesús abre los ojos de la multitud y le pide llamar a aquel hombre en lugar de rechazarlo. Lo que el profeta Jeremías anuncia en la primera lectura se realiza: el ciego encuentra su lugar en medio de su pueblo. Con él, puede subir a Jerusalén para celebrar la Pascua. Jesús es la salvación de Dios, como lo canta el Salmo. Jesús es el sumo sacerdote de la Nueva Alianza, nos dice la carta a los Hebreos.

 

  1. 1.      Oración

 

Aumenta, Señor, en nosotros la fe, la esperanza y la caridad para que cumplamos con amor tus mandamientos y podamos conseguir, así, el cielo que nos tienes prometido.

Por nuestro Señor Jesucristo…

Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y reflexión

2.1.Lectura del libro del profeta Jeremías (31, 7-9)

 

Esto dice el Señor: “Griten de alegría por Jacob, regocíjense por el mejor de los pueblos; proclamen, alaben y digan: ‘El Señor ha salvado a su pueblo, al grupo de los sobrevivientes de Israel’. He aquí que yo los hago volver del país del norte y los congrego desde los confines de la tierra. Entre ellos vienen el ciego y el cojo, la mujer en cinta y la que acaba de dar a luz. Retorna una gran multitud; vienen llorando, pero yo los consolaré y los guiaré; los llevaré a torrentes de agua por un camino llano en el que no tropezarán. Porque yo soy para Israel un padre y Efraín es mi primogénito”.

 

Jeremías, el profeta de los anuncios tristes, el profeta de las amenazas duras, el profeta a quien todo anunciar, dolorido, la destrucción del santo Templo de Dios y la cautividad de su pueblo, el profeta perseguido, el profeta abandonado, es también Jeremías el profeta de la esperanza. El anunció como nadie la terrible tempestad que se cernía sobre la Palestina de enton­ces. A él tocó verlo y llorarlo amargamente. Violento, como violento puede ser un amor no correspondido, tiene palabras duras para un pueblo duro que por culpa propia está abocado a la perdición. Con los ojos nublados por las lágrimas contempló atónito el fracaso de la Antigua Economía de la salvación. El pacto del Señor no había conseguido del pueblo, gente de dura cerviz, el efecto ape­tecido. Casi diríamos que llegó a la desesperación. Pero no. A él le llegó tam­bién la comunicación divina de tiempos mejores. Dios se lo dijo; Dios se lo comunicó. Dios le reveló que, a pesar de los delitos de su pueblo, El no lo ha­bía abandonado, que no lo quería destruir definitivamente. Lo había casti­gado, sí, porque quería sanarlo y curarlo. Dios había dispuesto recoger a su pueblo desparramado y hacer con él un pacto nuevo, una Alianza nueva, un Testamento eterno, para siempre. Dios amaba todavía a su pueblo y quería atraerlo de nuevo hacía sí para siempre. Tras la tormenta, venía la bo­nanza; tras la ruina, la edificación; tras la dispersión, la vuelta; tras el cas­tigo, el perdón; tras el abandono de amante airado, el cariño de tierno Pa­dre.

 

Jeremías anuncia el plan divino de salvación, y sus palabras recobran sentido siempre que se leen. No es un deseo lo que anunció Jeremías; es un hecho. Él lo ha visto en Dios, el Señor del universo. Lo ha oído de sus propios labios; lo ha percibido en la determinación divina de seguir adelante la obra de salvación. El Dios de Israel no es un Dios a quien le complace la muerte. Es un Dios que salva, que ama las criaturas que El con sus propias manos creó. Notemos:

a) Invitación a la alegría, al gozo. Se trata de un anuncio salvífico. He aquí la buena nueva: El Señor ha salvado a su pueblo. En aquel concreto y crítico momento de dispersión y destierro, la salvación recibe la forma de vuelta a la patria, de posesión de la tierra patria, de la renovación del culto en el templo, de la unidad nacional. Al segundo Isaías le tocaría verlo de cerca. A Jeremías le bastó, para invitarnos a la alegría, ver en la disposi­ción divina el cambio de situación.

b) La razón única que explica esta actitud divina es el amor de Padre que Dios tiene a su pueblo. Se trata, al mismo tiempo, de la fórmula del Pacto: Seré Padre y él será hijo. Sin la acción redentora de Dios, el pueblo hubiera desaparecido. El amor puede más que la ira. Dios salva, porque Dios ama.

2.2. SALMO RESPONSORIAL 125, 1-2AB. 2CD-3. 4-5. 6 R:

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
La boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
Al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

El Salmo se refiere al regreso del exilio. Notamos risas, gozo y fiesta por parte de aquellos que regresan del exilio y por parte de quienes los reciben: “La boca se nos llenaba de risas, / la lengua de cantares” (v.2a)

El pueblo está feliz por haber recibido el perdón de Dios y por ser admitido en su presencia. Está contento de haber borrado el motivo de su verguenza ante todas las naciones que se burlaban de él porque Dios lo había abandonado. Las naciones, por el contrario, celebran: “El Señor ha estado grande con ellos” (v.2b).

Observemos que el Salmo cambia bruscamente de tonalidad. La exaltación retumba. Se habla de lo que Dios ha hecho, pero también de lo que falta por hacer: no todos los cautivos han vuelto y la restauración de Jerusalén todavía es una tarea pendiente.

Para darle ánimo al pueblo, el Salmo canta el proverbio del sembrador: “Los que sembraban con lágrimas, / cosechan entre cantares” (v.5). La última estrofa retoma el proverbio y lo desarrolla: “Al ir, iba llorando, / llevando la semilla; / al volver, vuelve cantando, / trayendo sus gavillas” (v.6).

 

2.2.Lectura de la carta a los hebreos (5, 1-6)

 

Hermanos: Todo sumo sacerdote es un hombre escogido entre los hombres y está constituido para intervenir en favor de ellos ante Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. El puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. Por eso, así como debe ofrecer sacrificios por los pecados del pueblo, debe ofrecerlos también por los suyos propios. Nadie puede apropiarse ese honor, sino sólo aquel que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. De igual manera, Cristo no se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote; se la otorgó quien le había dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. O como dice otro pasaje de la Escritura: eres sacerdote eterno, como Melquisedec.

 

Continua la lectura de la carta a los Hebreos. Es quizás uno de los pasajes más importantes de la carta. Después de haber proclamado en los versículos anteriores a Cristo «Sumo Sacerdote», trata de justificar su aserto. Podemos dividir el texto en dos partes bien marcadas.

A) En primer lugar, el autor nos da, partiendo naturalmente del Antiguo Testamento y de la tradición vigente en Israel, la definición del sacerdocio, que ya se ha hecho clásica. Son los versillos 1-4. Obsérvese en esta defini­ción los siguientes elementos:

1) El sacerdote es tomado de entre los hombres. Es un hombre, no un án­gel. Veremos por qué.

2) El fin del sacerdocio es representar al pueblo delante de Dios. A él lo compete ofrecer y presentar los dones y sacrificios por los pecados ante Dios en favor de los hombres. Debe rogar por los hombres a quienes representa. No es oficio cualquiera. El fin, dice santo Tomás, no es el lucro, ni el poder político, no cosa semejante. Es un intermediario que trata de llevar a Dios las ofrendas de los hombres y recabar de Dios el perdón de los pecados y ha­cerlo propicio a los hombres, a quienes representa.

3) Precisamente por ser hombre igual a los otros, está capacitado para condolerse de los que yerran y pecan. Debe sentir como en carne propia la debilidad y flaqueza de aquellos por los que ruega. Así rogará con más ahínco y entusiasmo. El está dentro de la masa a quien representa delante de Dios. Necesitado de la asistencia divina, consciente de su propia necesi­dad, recurre a Dios en favor de los que son semejantes a él. El mismo tiene necesidad de ofrecer sacrificios por sí mismo.

4) Condición importante es también la vocación. No es para cualquiera esta función de sacerdote. Debe ser llamado por Dios. Así lo fue Aarón. Como se ve, el autor está hablando del sacerdocio del antiguo testamento. Real­mente representar al pueblo delante de Dios en orden al perdón de los peca­dos y a Dios delante de los hombres es algo que debe partir de Dios mismo. Por eso se necesita de una vocación.

B) En segundo lugar, el autor aplica a Cristo la definición. Cristo es Sumo sacerdote. Cristo reúne en sí las condiciones necesarias para ser el Sacer­dote Sumo. Son los versículos 5-10. En la lectura presente sólo aparecen los dos primeros. Nos bastan por ahora. Pero conviene leer los siguientes, de lo contrario se quedaría manca la explicación. Realmente Cristo cumple en sí las condiciones. Cristo ha sido constituido Sacerdote por Dios mismo. Para ello cita el autor el salmo 109. Es un salmo mesiánico-real. Se habla del Un­gido, del Rey que al mismo tiempo es Sacerdote. Dado que Cristo es el Me­sías, el Ungido, es también Sacerdote. Dios pronunció la frase; Tú eres sa­cerdote según el orden de Melquisedec, así como también son palabras su­yas las de Tú eres mi hijo. Con esto queda claro: Cristo es Sumo sacerdote constituido por Dios. Las otras condiciones están a continuación. Es hombre, puede condolerse. Precisamente Cristo sufrió como los demás hombres. Está, pues, capacitado para entendernos y compadecernos.

 

2.3.Lectura del santo Evangelio según san Marcos (10, 46-52)

 

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que el que pasaba era Jesús Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. Jesús se detuvo entonces y dijo: “Llámenlo”. Y llamaron al ciego, diciéndole: “¡Ánimo! Levántate, porque él te llama”. El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Entonces le dijo Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete; tu fe te ha salvado”. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino.

 

El pasaje que nos ofrece Marcos es el relato de un milagro. Con la espon­taneidad, ingenuidad y viveza que le caracterizan, Marcos nos habla de la curación de un ciego. Era ciego el hombre aquel: ahora ve. El portento se lo debe a Jesús. Cristo no pudo negarse a la petición tan suplicante de aquel hombre. Mostró gran fe. Y la fe movió al Señor a concederle el don deseado. Por la fe llegó a la vista. Por parte de Cristo misericordia y ejercicio de un gran poder. Recobraba la vista, le seguía. Cristo, pues aparece, como taumaturgo, con poderes para sanar. El Se­ñor es poderoso; el Señor salva. En este caso concreto la salvación toma la forma de luz y vista. La fe ocupa un lugar importante. Tras el milagro, el agradecimiento: lo seguía.

 

Reflexión:

 

Como siempre, conviene comenzar con Cristo. El es el alfa y la omega. A él se le ha concedido rasgar los sellos que cierran el libro de Dios. El es el Misterio y la explicación del Misterio. En él nos llega Dios mismo y en él se nos hace patente su voluntad y su designio de salvación. El es la gran reve­lación de su justicia y la llave que abre su corazón de Padre. Con él se nos hacen los secretos de Dios patentes. Él es quien nos lleva al Padre y a través de quien Dios llega a nosotros. El es la cima de la creación. En él cobran sen­tido todas las cosas; a él están todas dirigidas. El está al centro de los dos Testamento. Por eso, para entender toda palabra de Dios, necesitamos recu­rrir a él, gran Palabra de Dios. Los sonidos que se desprenden de las lectu­ras recibirán cohesión y sentido unidos a él, en forma de Palabra de Dios, pues Cristo es la Palabra de Dios única y completa. El es el amado, el pri­mogénito y el unigénito del Padre, Jesús Señor nuestro. Por eso:

 

A) Dios salvador- Cristo Salvador.

La salvación de Dios llega a nosotros por Cristo. Cristo es la revelación y manifestación de Dios Salvador. Es un tema importante en las lecturas leídas. Aquí la palabra Salvador está coloreada con el suave tono de misericordia, de cariñoso amor paterno. El evangelio así nos lo presenta. Un ciego acude suplicante a Jesús: Hijo de David –es decir Mesías- ten compasión de mí. El Mesías escucha la voz supli­cante del afligido. Jesús tiene compasión de él Dios se muestra así en Cristo misericordioso Salvador. El tema aparece también en el profeta Jeremías. Dios tiene piedad de su pueblo. Lo ha castigado, lo ha privado de su presen­cia, lo ha echado fuera de sí, lo ha arrojado a los caminos del mundo a men­digar de otros lo que dentro de sí con Dios ya poseía. Pero Dios no lo aban­dona a su suerte para siempre. Dios es Padre, Dios ama tiernamente. Dios tiene misericordia y determina para su pueblo la salvación en la forma con­creta de vuelta. Lo atrae hacia sí, pues es él mismo la Salvación. Algo seme­jante hace Cristo con el ciego. Lo llama hacia sí y le concede la luz. El es la Luz.

 

El tema de la compasión aparece también en la segunda lectura. Puede compadecernos. Es una de las condiciones para ser un buen sacerdote, un buen intermediario entre Dios y los hombres. Cristo la posee en grado emi­nente, como lo aseguran los versillos siguientes a la lectura. Cristo es el Sumo sacerdote, puesto por Dios mismo, como Hijo suyo, para ofrecer por nosotros oblaciones y sacrificios; para hacernos a Dios propicio y benévolo. Esta es su obra y su misión: llevarnos al Padre, como Salvador.

 

Partiendo de este punto, nótese el cambio operado en la salvación: Destie­rro-Vuelta; alejamiento-acercamiento; castigo-perdón; tinieblas-luz; tristeza-alegría.

El salmo responsorial va por ahí. Es el recuerdo poético de la maravilla operada por Dios en su pueblo al volverlo del destierro. El Señor cambió su suerte. Realmente Dios estableció a Cristo Sacerdote para cambiar nuestra suerte.

 

B) El tema de la Fe. Tema secundario, pero importante. Tu fe te ha sal­vado, dice Jesús al ciego. La fe lo llevó a la luz, humana y divina. La fe que obra milagros. En un sentido espiritual, no cabe duda que la fe – aceptación cordial de lo que Dios nos comunica- nos da luz, conocimiento y seguridad. Al fin y al cabo no es otra cosa que la participación de la visión de dios. El ciego recibió la luz. Con la luz por guía seguía a Cristo. Fe-Luz-seguimiento: pala­bras sugestivas. Podemos preguntarnos qué papel desempeña en nosotros la fe ¿Es fe viva y entregada? ¿De qué tipo es?

 

La oración del ciego es también aleccionadora. Dios no se niega, como no se negó Cristo a la petición del ciego. Precisamente Cristo ha sido colocado por Dios, para que ofrezca su oblación por nosotros. Es sumo sacerdote.

 

Somos por definición videntes. Mantengamos la fe. La fe lleva a la salva­ción. Hay que seguir a Cristo. Fuera de Cristo estamos mendigando ciegos por los caminos del mundo, como si no hubiera un Padre y un Amigo. Con la fe todo cambia de color. El ciego del evangelio y el pueblo en el destierro son imágenes del hombre alejado de Dios, del pecador de la debilidad errante. Volvamos a Dios. El cambiará nuestra suerte. Pidamos y tengamos fe y sigamos. Pensamiento eucarístico: Cristo está entre nosotros, como salvador y Sa­cerdote eficaz. Acerquémonos a él. El es capaz de salvarnos. Actuemos la fe, pues es un misterio de fe lo que presenciamos. El puede transformarnos. Pidámosle con confianza y determinemos seguirle adonde vaya.

 

  1. 3.      Oración final:

 

Compadécete de nosotros, Señor, abre nuestros ojos a la verdad y ayúdanos a no apartamos nunca de Ti.  Que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Domingo 29 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO VIGÉSIMO NOVENO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

Nuestro deseo de alcanzar metas en la vida nos lleva a aprovechar los espacios, oportunidades para realizarnos como personas: Algunos piensan que para alcanzar el “éxito y la gloria” tienen que dominar a los demás, tienen que adquirir poder, dinero, títulos o de tráfico de influencias.

Jesús de Nazaret vivió un camino alternativo como Siervo sufriente del Señor (primera lectura), Sacerdote que sabe compadecerse de nuestras debilidades (segunda lectura), siervo de todos hasta el punto de “dar su vida en rescate por todos” (evangelio). Él nos ofrece el camino de la grandeza humana: El que quiera la gloria que sea vuestro esclavo, el que quiera ser el primero, vuestro servidor.

  1. 1.      Oración:

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. 2.      Texto y comentario

2.1.Lectura del libro de Isaías 53, 10-11

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

 

Estamos en el más sorprendente y bello quizás, de los cuatro Cánticos del Siervo de Yavé. Es el último. Conviene leerlo entero. Merece la pena. La figura misteriosa del personaje que se mueve en esta historia nos cae simpática. Más aún, nos deja atónitos, y puede que hasta nos haga derramar lágrimas de condolencia y compunción. Así de duras son las pruebas por las que pasa el Siervo con el fin, precisamente, de alcanzar el perdón de nuestros pecados. No cabe duda de que nos encontramos en pre­sencia de un gran misterio. Meditémoslo. Sólo dos son los versículos de la lectura. Suficientes ellos para recordarnos la carrera de este amable personaje en favor de los hombres He aquí lo principal: El Siervo de Dios debe por disposición divina llevar sobre sí el castigo de nuestros pecados. El quiso triturarlo con el sufrimiento. Todo ello para ex­piar las culpas de los hombres. Esa es su misión. Tras horribles sufrimientos y humillaciones que culminarían en una muerte afrentosa, entregará su vida a Dios. Pero todo no acabará ahí. Los versículos que comentamos lo dicen bien claro: …Prolongará sus años; verá su descendencia. Son el reverso. A la no­che sigue el día, al trabajo el galardón, a la humillación la exaltación, a la muerte la vida. Dios no deja sin terminar las cosas. La obra del Siervo -obra de expiación- ha sido admirable. Admirable debe ser también el estado final del Siervo: exaltación. Será un beneficio para todos.

 

Las expresiones son un tanto obscuras, en detalle, para ser explicadas. La idea, sin embargo es clara. El siervo, tras su obra de expiación, recibirá la exaltación. Queda sin especificar. Todo lo podemos reducir a dos puntos: a) Dios dispuso que sufriera, que trabajara, que muriera y así expiara nuestras culpas. b) Exaltación: descendencia larga, se hartará de prosperidad, justificará a muchos.

 

2.2.Salmo responsorial Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 (R/.: 22)

 

R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

 

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. R/.

 

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

 

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R/.

 

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16

 

Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

En esta genial y elegante Carta a los hebreos alternan con las exposicio­nes doctrinales de tipo dogmático, las exhortaciones ardientes de tipo pa­re­nético a una vida más cristiana, en especial a una más firme adhesión a Cristo por la fe. Una y otras van tejiendo la trama de la carta. Los versículos leídos marcan el paso de una a otra. Se nos invita a mantener la confesión de la fe, pues tenemos un Sacerdote Grande… Una sostiene a la otra. Así camina la carta. Veamos el sentido de los versículos anunciados.

a) Cristo Sumo Sacerdote.

Es el tema central de la carta. Cristo mediante su obra redentora -en es­pecial pasión, muerte y resurrección- ha conquistado los títulos de Hijo de Dios, Señor, Rey, Dios y Sumo Sacerdote. Este último título colorea la obra de Cristo de un matiz cultual. En otras palabras, la carta a los Hebreos se esfuerza en presentar el misterio de la obra de Cristo con categorías cultua­les. Para los que asistieron a la pasión y a la muerte de Cristo, nada hubo de cultural en presentación externa de los hechos. Para el teólogo, en cambio, que escudriña la obra de Dios en Cristo con sus efectos y consecuencias, la obra redentora de Cristo es en realidad algo que puede legítimamente ex­presarse mediante conceptos cultuales. Así lo ha hecho el autor acertada­mente.

 

Cristo, en la maravillosa obra de la redención, ha penetrado lo cielos. Está subyacente la imagen del templo con su Sancta Sanctorum, donde na­die podía entrar, exceptuado el Sumo Sacerdote, y esto una vez al año. Cristo ha penetrado. Cristo se ha adentrado en la morada del Dios trans­cendente e inaccesible. Con ello ha dejado abiertas las puertas para todos, que van con él. Su obra redentora nos ha acercado al Dios inaccesible. El penetrar hasta Dios, llevándonos consigo, le ha va­lido el título de Sacerdote. Pero además, el haber sufrido por nosotros y como nosotros, le confirma más en el título: Sacerdote que puede compade­cernos. Es una de las condiciones necesarias para conseguir el título con dignidad. Cristo ha sufrido, se ha hecho uno de nosotros, igual en todo, ex­cepto en el pecado. Más aún, está delante de Dios para interceder por noso­tros.

 

b) La consecuencia es clara: Mantengamos la confesión de la fe y vayamos confiados. Es lo que subrayan los versículos leídos. La obra de Cristo -vida, pasión, muerte y resurrección perenne ante Dios- por nosotros, lo han consti­tuido Sacerdote Eterno. El autor nos lo recuerda y nos anima a vivirlo en profunda fe y confianza. En Cristo alcanzamos misericordia.

 

2.3.Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 35-45

 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó: « ¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron: «Lo somos.» Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

 

En primer lugar tenemos la escena de los hijos del Zebedeo. En otro evan­gelio se dice que es la madre quien intercede por los hijos. Semejante detalle no cambia el impacto de la escena. Los hijos del Zebedeo formulan a Jesús una petición atrevida: Que nos sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Todavía, como a Pedro sucederá muchas veces, no saben en realidad lo que piden. Sus pensamien­tos están aún muy metidos en lo terreno. El Mesías, vienen a pensar en tér­minos generales, es Jesús. Como Mesías debe establecer un reino, el Reino de Dios. De hecho, el Maestro predica frecuentemente de él. Este reino lo imaginan, sin embargo, a pesar de las continuas explicaciones que vienen del Maestro, de modo terreno. Reino de Dios, es verdad, donde campeará la observancia de la ley, pero no exento de dominio político, de exaltación y glo­ria terrena. En realidad no tienen la menor idea de cómo se van a llevar a cabo las palabras del Señor, ni cuándo ni en qué va a consistir el reino. An­tes de que comience el reinado de Cristo, quieren asegurarse en él un puesto relevante: a la derecha y a la izquierda.

 

Para llegar al reino, sin embargo, precisa pasar por una grave serie de pruebas. Así lo asegura el Maestro. El mismo debe pasar por ellas ¿Están ellos, los discípulos ambiciosos dispuestos a pasar por ellas? Es de admirar la respuesta de los dos hermanos: clara, decidida, sin exageraciones. Podemos. Probablemente no saben en concreto a qué se refiere Jesús en sus palabras, aunque puede que algo sospecharan. Por él, por el reino, por conseguir los primeros puestos en él, están dispuestos a cualquier cosa. En el fondo, no obstante, existe una gran ambición, que los compañeros condenan indigna­dos. Lo verdaderamente interesante es que aquí Jesús anuncia, bajo la ima­gen de cáliz y bautismo, su muerte y pasión. Los discípulos beberán el cáliz, pero no está en su mano concederles los primeros puestos. Eso lo decide el Padre.

La enseñanza siguiente es muy importante. El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la vida en rescate por todos. Este es el destino de Cristo, como Mesías, como Hijo del Hombre. Este es el Cáliz que el Hijo del Hombre debe beber y éste es el Bautismo con que el Hijo del Hombre debe ser bautizado. Aquí entra toda la vida de Cristo, especialmente los últimos momentos Pasión y Muerte, para acabar con la Resurrección. Por nuestros pecados, como reza el credo más antiguo, presente ya en los escritos de Pablo y de toda la antigua Igle­sia. Fue obra de Siervo. Lo dio todo, hasta la vida, para salvarnos. Siervo desde el principio hasta el fin, siendo como era Dios. Se humilló hasta la muerte de cruz. El, Siervo, lavó nuestros pies, y con ello todos nuestros pe­cados. Todo por nosotros. Esa es la obra de Cristo.

 

Para el cristiano existe una línea clara a seguir: el ejemplo de Cristo. Siendo como es el primero, se hizo Siervo. Siervos debemos hacernos noso­tros, si queremos ser los primeros. Hay un cáliz que hay que beber y existe también un bautismo que hay que recibir. Hay que pasar por la humillación. Mejor dicho todavía, hay que humillarse y hacerse Siervo de los demás, como él lo fue, si queremos tener parte con él en el reino de los cielos. Esa es la norma. No hay otra. No fue otro el camino de redención; no es otro el ca­mino de salvación. Quien quiera ser grande, hágase servidor de los otros. Esa es la verdadera grandeza, semejante a la de Cristo. El servir, el amar hasta hacerse siervo, ese es el modo de conseguir la verdadera grandeza. Así Cristo, así nosotros. En el fondo, pues, es una clara alusión a la Pasión y a la Muerte, como expresión suprema de amor y servicio, causa de nuestra redención.

 

Reflexionemos:

Después de leer atentamente las lecturas, no cabe otra actitud por nues­tra parte que centrar toda nuestra atención en la persona de Cristo Jesús, Señor nuestro. Cosa por otra parte que siempre suele suceder. Cristo es un todo. Cristo y su obra siguen siendo, aun después de conocidos, un profundo misterio. La Escritura, por eso, se esfuerza en presentarlo en sus diversas facetas. Hay que volver continuamente a él; hay que meditarlo, hay que analizarlo, hay que profundizarlo, hay que contemplarlo. No se agota nunca; siempre encontramos cosas nuevas.

 

En el caso presente, Cristo no aparece como taumaturgo, ni siquiera, es­trictamente hablando, como Maestro sorprendente. El Cristo de las lecturas es el Cristo Siervo que debe ser triturado por el sufrimiento, que debe entre­gar su vida como expiación y justificación para muchos, que viene a servir, no a ser servido; a dar su vida en rescate por todos; que sufrirá y tendrá un fin glorioso, que penetrar los cielos y se convertirá en el Sumo Sacerdote siempre dispuesto a compadecernos y pedir por nosotros. El Siervo se ha convertido en Sumo Sacerdote. Así se nos presenta Cristo y a su obra. Dis­tingamos, según esto:

 

I) Parte dogmática: Sacerdote, Siervo, Redentor:

a) Ha penetrado el cielo. Ya hemos aludido a la imagen del templo que yace en el fondo de esta expresión. Cristo nos ha franqueado la puerta, de siempre cerrada, que conduce al Padre. El camino está abierto para siem­pre. Es el mérito de Cristo que muere y se entrega por nosotros. El estará, desde ahora para siempre, en presencia de Padre, como intercesor nuestro. Otros términos cultuales: cáliz, bautismo, expiación. Cristo ha bebido el cáliz de la Pasión, ha sido bautizado, enterrado, sepultado, ha limpiado los peca­dos del mundo.

b) Visita así la vida de Cristo, Cristo mismo viene a ser la nueva víctima propiciatoria. El se ofrece a sí mismo: Sacerdote y Víctima.

c) La vida de Cristo es un servicio, una Expiación por, una entrega. Cristo se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Esta entrega total de Cristo al Padre que ordena y a los hombres a quienes salva, es la suprema expresión de la más grande obediencia y del más grande amor. El amor de Cristo al Padre y a nosotros es insuperable, algo que no tiene explicación. Toda su vida y obra responde a ello. Se hizo, por amor, igual a nosotros.

d) Por eso es capaz de entendernos y de compadecernos. Ha sufrido como y más que nosotros. No es difícil acercarse a él, siendo tanto el esfuerzo suyo acercarse a nosotros. Difícil acercarse al Dios transcendente, supremo, pero no al Dios Siervo, humano, dolorido y muerto por nosotros.

 

II) Parte parenética.

a) Mantengamos la confesión de la fe. Cristo atravesó los cielos y está allí intercediendo siempre por nosotros. Su oración es válida. Más aún, es la única que nos puede salvar. No hay otro, dice san Pedro, en cuyo nombre podamos ser salvos. El nos ha merecido el perdón y la gracia. Por otra parte conviene tener presente su amor hacia nosotros. Cristo nos ama, nos escu­cha, nos atiende e intercede por nosotros. Puede condolerse de nuestra debi­lidad, pues él la llevó sobre sí, siendo hombre. No quedaremos jamás defrau­dados. Se hizo igual a nosotros, excepto en el pecado ¿Quién tendrá apuro en acercarse a él? Por otra parte, notemos que es todopoderoso. Su trono es el trono de la gracia. Será siempre escuchado ¡Animo! Cristo puede y quiere perdonarnos.

b) el que quiera ser el primero, sea siervo de todos. Cristo, Siervo de Dios, ejemplo a imitar. Es el pensamiento principal del evangelio. Si Cristo está a nuestro servicio, nosotros lo estamos al de los demás. Esto deben tenerlo to­dos presente, en especial los dirigentes. Cabe el peligro de comportarse como se comportan los dirigentes que gobiernan el mundo. No así entre nosotros. Quien quiera ser el mayor, hágase el menos y siervo de todos. La Iglesia debe vivir profundamente su vocación de imitadora de Cristo ¿Es verdad que somos unos siervos de los otros? Es hora de pensarlo. Conviene insistir en ello, pues fácilmente lo olvidamos.

Pensamiento eucarístico: Cristo está entre nosotros. La Santa Misa nos recuerda y nos repite el sacrificio de Cristo en toda su amplitud. Ahí está como Siervo que se entrega por nosotros. Aparece como Sumo Sacerdote que ofrece una Víctima por nuestros pecados. Allí el cáliz, allí la oración al Pa­dre pos nosotros. La servidumbre de Cristo llega hasta hacerse alimento por nosotros. Cristo vive, Cristo nos escucha, Cristo nos atiende. Buena ocasión, al recordar su Pasión, Muerte y Resurrección, para arrepentirnos de nues­tras faltas, que en el fondo son faltas a este servicio, considerando los sufri­mientos de Cristo, y pedir perdón de ellos, mediante su intercesión siempre eficaz, siempre actual. Bebemos de un mismo cáliz y comemos de un mismo Pan. Todos partici­pamos de Cristo. Guardemos la unidad, mantengamos la fe -mysterium fidei- y actuemos la caridad en un servicio mutuo. Esperemos la bienaventuranza. Cristo nos la ha prometido. El ya la posee. Nos la ofrece. Contemplemos el misterio y vivamos nuestra vocación.

 

  1. DE LA ORACION A LA PAZ

 

“El fruto del silencio es la oración

El fruto de la oración es la fe

El fruto de la fe es el amor

El fruto del amor es el servicio

El fruto del servicio es la paz”

 

Madre Teresa de Calcuta

 

Domingo 27 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO VIGÉSIMO SÉPTIMO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

Jesús  dice algo más a las parejas cristianas. Dice que el cristiano, si lo es verdaderamente, tiene que ser capaz de mantener su amor ocurra lo que ocurra. Como un signo del amor absoluto de Dios. El sacramento del matrimonio será eso: la experiencia más plena de acompañamiento mutuo que se puede dar entre los seres humanos (cf. primera lectura) se convierte en signo público, eclesial, del amor absoluto que es Dios.

  1. 1.      Oración:

 Te damos gracias, Padre, “Porque dignificaste tanto al hombre creado por tu bondad, que en la unión del varón y la mujer nos dejaste la imagen de tu propio amor. Y al que amorosamente creaste lo invitas sin cesar al ejercicio de la ley de la caridad para que pueda participar en tu amor eterno. Y así el sacramento del matrimonio a la vez que es signo de tu caridad, santifica el amor humano, por Jesucristo, Señor nuestro”. Amén.

(Del Prefacio de la Celebración del Matrimonio)

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del Libro del Génesis 2, 18-24

El Señor Dios se dijo: –No está bien que el hombre este solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no se encontraba ninguno como él que le ayudase. Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo: –¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.

Serán los dos una sola carne.

Choca, por contraste, la primera frase: No está bien que… El capítulo primero había cantado, emocionado y agradecido, la bondad de todo lo creado: Y vio Dios que todo era bueno. Dios no ha creado individuos sueltos. Al hom­bre, al varón, lo ha creado en común con otro ser que lleva su mismo destino. El hombre necesita una ayuda, un ser semejante a él, que con pe formen una unidad profunda. Dios no hace las cosas a medias. El hombre solo hubiera sido una cosa a medias.

Los animales son formados de la arcilla. También el hombre; algo común los une. Pero el hombre posee el soplo divino que lo separa de ellos. Más aún, son inferiores a él, le están sujetos; le están sujetos como a Señor; son suyos, él mismo les pone los nombres, gesto de dominio y superioridad. El hombre no encuentra en ellos un semejante que le ayude. En realidad, los animales no son de su orden: No son, en definitiva, compañeros del hombre en el plan de Dios. El hombre, según el juego intencionado del autor, busca otro hom­bre. El yo busca un tú correlativo. Una persona busca otra, no solo otra, sino la otra. El hombre siente la necesidad de la otra. Dios ha creado esa re­ferencia fundamental indescriptible. Dios lo ha hecho así.

Nadie sabe a ciencia cierta el alcance de los términos sopor, costilla en el lenguaje figurado del autor. La literatura extrabíblica no aporta luz alguna definitiva ¿Qué simbolizan esos términos y esas acciones? El hombre duerme profundamente en el momento de ser creada la mujer. ¿Querrá decir el autor con ello el desconocimiento del modo y momento en que fue creada la mujer? Algunos lo creen así. El hombre ignora ese momento por completo. La figura de la costilla, en cambio, puede decirnos algo más. No perdamos de vista la institución del matrimonio, que es adonde va a parar toda la narración.

La costilla señala: a) pertenencia e igualdad. Los dos seres son de la misma naturaleza: carne de mi carne y hueso de mis huesos. Se pertenecen el uno al otro. La costilla es parte del cuerpo y no hay cuerpo sin costillas. b) Unidad íntima, como la forman el cuerpo y la costilla. Unidad, en la imagen, fisiológica. El matrimonio se concibe como el retorno, con esa referencia na­tural fisiológica, a la unidad primera. Han de formar una unidad y unión tal que se conciba como la existencia de dos en un sólo ser: una misma cosa. c) La costilla se encuentra a la altura del corazón. No en la cabeza -no superior al hombre-; no en los pies -inferior a él-; sino a la altura del corazón, sede de la vida afectiva e intelectiva del hombre. De ahí ha sido tomada la mujer, y ahí debe volver: a formar un sólo corazón. Ese es su puesto: el adecuado del hombre, la ayuda requerida, la compañera inseparable, la corresponsa­ble segura en la realización del plan de Dios.

De ahí también su nombre varona, femenino de varón. La diferencia es mínima: la «a» de la terminación femenina. Pero toda una realidad nueva: la diferenciación de sexos y funciones correspondientes al papel asignado a cada uno en el gobierno del mundo. Cualidades singulares que se completan e integran mutuamente. La diferencia es querida y ordenada por Dios. En todo lo demás, iguales. Los dos han de formar uno. Uno magnífico y vital: una carne. Un querer, un sentir, un hacer juntos y en común. Es obra de Dios; es una maravilla. El hombre lo constata gozoso y satisfecho: Esto sí que es… Matrimonio indisoluble. Lo recordará Jesús en el evangelio.

Así es la obra de Dios. Esa es la enseñanza fundamental de la narración, tan llena de sentido figurado ¿Qué literatura antigua, y aún nueva, puede presentar algo tan equilibrado y grande? ¿En qué civilización ha alcanzado la mujer un puesto tan honorable y digno, a la misma altura del hombre? La enseñanza del Génesis, es cierto, se ha olvidado con frecuencia. Es menester volver a aprenderla. El tiempo actual lo reclama.

2.2.Salmo responsorial: Sal 127, 1-6:

Salmo de aire sapiencial. La presencia de Dios en Sión irradia salud y bendición. Dios difunde, desde el santuario, la paz. Los ojos del Señor des­cansan, con toda seguridad, en los que le temen ¡Dichoso el que teme al Señor!

Se promete, se desea, se espera la bendición del Señor. Son bienes ele­mentales: el trabajo y su fruto, la familia numerosa y sana. No precisamente las riquezas y el confort. Bienes que hacen la vida, dentro de su sencillez, agradable, pacífica y próspera. La bendición sobre el individuo se alarga a la comunidad: hijos de los hijos, la paz. El Señor irradia bendición. Es un cuadro idílico.

Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa.

Esta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida.

Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas a los hijos de tus hijos.
¡Paz a Israel !

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 2, 9-11

Hermanos: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos.

Al santificador y los santificados proce­den todos del mismo.

El hombre tiene por destino regir y dominar la creación. Así lo proclama el salmo 8, citado unas palabras antes. Dios lo ha dispuesto así. La promesa y disposición divinas, dirigida al hombre como totalidad, no ha llegado, ob­serva el autor, a cumplirse todavía. El hombre está muy lejos de dominar la creación. Ni siquiera se domina a sí mismo. La misma muerte se presenta como un muro infranqueable. Sin embargo, como promesa divina, no puede quedar sin cumplimiento. El autor mira a Jesús y lo presenta como cumpli­dor perfecto de la disposición divina. Aplicaba a Jesús el salmo.

También Jesús, como reza el salmo, ha pasado un tiempo por un estado inferior a los ángeles. El autor piensa en la naturaleza humana de Jesús su­jeta al dolor y a la muerte. Jesús, superior a los ángeles, fue hecho en su condición de humildad, en la humanidad no glorificada, inferior a los ánge­les. Topamos otra vez con el misterio de Jesús. Pero eso ya pasó. Queda na­turalmente la naturaleza humana, pero glorificada. Jesús, hombre, ha sido coronado de honor y gloria. Honor y gloria Real. Jesús, hombre, ha sido constituido Señor y Rey de todo lo creado, de la creación vieja que pasa -como su estado de humillación- y de la creación nueva, sobre todo, que no pasa. Jesús ha vencido a la muerte y es coronado Rey. Y no sólo Rey, sino también Sacerdote Supremo. Pues su pasión y su muerte fueron un verda­dero acto sacrificial expiatorio y santificante. Es la afirmación central de la carta.

Jesús coronado de honor y gloria, según reza el salmo, cumple de modo eminente la vocación del hombre. Jesús es el hombre perfecto, el Hombre Nuevo. En él y por él consigue el hombre el destino para el que había sido creado: señor y rey de la creación. La glorificación de Jesús da sentido y re­alidad a ese destino del hombre. Al mismo tiempo revela su grandeza y ex­tensión, su profundidad. Jesús hace al hombre Hombre. Fuera de Jesús no puede el hombre ser hombre.

La muerte de Jesús, pues, ha tenido efectos maravillosos. Todo por dispo­sición gratuita de Dios. Convenía que así fuera, afirma el autor. Aunque misterioso en sí este acontecimiento, no deja de presentar ciertos contornos que lo hace más comprensible. La muerte de Jesús, en manos del Padre, ha sido un bien para todos: para nosotros los hombres -llevar multitud de hijos a la gloria-, y para Jesús -perfeccionar y consagrar al Guía de la salvación-. La muerte, pues, de Jesús nos ha reportado la glo­ria de ser hijos de Dios y como tales poder participar de su gloria. En Jesús somos los hombres coronados de honor y gloria. Jesús mismo, por otra parte, ha sido perfeccionado y consagrado por sus sufrimientos. Jesús hombre ha sufrido, valga la expresión, una profunda transformación en su naturaleza humana a través de su muerte. Ha sido glorificado, ha sido constituido Se­ñor en poder y majestad, ha sido consagrado Sacerdote y Guía de la salva­ción. Dios ha constituido, por la muerte a Jesús el Nuevo Hombre y en él a todos nosotros hombres nuevos. La muerte, el dolor, que nos unía a él como a un ser débil y humano, nos unen ahora, por disposición divina en su pasión y su muerte, a su glorificación y Exaltación. Maravilla de las maravillas. El Santificador, pues, y los santificados pertenecen a una misma masa. No se avergüenza de llamarnos hermanos. Tenemos con él y en él una misma na­turaleza y un mismo destino. La obra lo ha constituido Sacerdote fiel y mise­ricordioso ¡Gracias a Dios!

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 2-16

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: –¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Él les replicó: –¿Qué os ha mandado Moisés? Contestaron: –Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: –Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: –Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio. [Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: –Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.]

Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre.

Podemos dividir la lectura en dos partes bien definidas: a) la controversia de Jesús sobre el divorcio; b) la escena de los niños. No tiene nada que ver la una con la otra. En la primera podemos distinguir, a su vez, dos momentos: la controversia propiamente dicha y la enseñanza impartida a los discípulos.

Como es natural, lo principal de la controversia son las palabras de Je­sús, en este caso, por la gravedad del asunto, de capital importancia. La sentencia de Jesús domina temática y literariamente la perícopa. Pierden interés y releve las circunstancias, los detalles y hasta los mismos interlocu­tores. No sabemos cuándo ni dónde, ni las palabras precisas de los contra­rios. Lo que importa es la palabra de Jesús, y ahí está clara y transparente. La discusión no parece correr paralela. Más bien parecen dos planos que se cortan. Jesús habla de lo mandado y los fariseos de lo permitido. Preguntan por lo lícito, basándose en lo permitido, y Jesús, en el terreno de mandado, responde sobre la voluntad irrevocable de Dios.

El evangelio habla de prueba. Esta no parece ser otra cosa que obligarle a tomar posición, como Rabí, en la gran discusión de escuela en torno al tema del divorcio. Estas escuelas no discutían, al parecer, sobre la validez o licitud en sí del divorcio, sino más bien sobre la licitud del divorcio según los motivos o causan concretas que se alegaban para su declaración. Se mueven en el terreno jurídico. En este aspecto, las escuelas se diferenciaban por su rigidez o por su laxitud. Jesús va más allá. Jesús declara con autoridad de Mesías cual sea la voluntad de Dios. Veamos algunos puntos.

a) Moisés, auténtico legislador religioso, no ha hecho sino regular en la Ley, para evitar mayores males -por la dureza de corazón- una costumbre ancestral y arraigada en el pueblo. Moisés no manda; permite y regula lo permitido. La voluntad de Dios, en cambio, no corría paralela a la costum­bre del pueblo.

b) La auténtica voluntad de Dios, su querer desde un principio, vienen expresados, no en la Ley del Sinaí, sino en el texto del Génesis, en los albo­res de la creación (Jesús es el primero que lo interpreta así). Marido y mujer son una sola carne, una unidad tal que nadie puede separar, Así lo ha insti­tuido Dios, No separe el hombre -ni jurista, ni marido, ni mujer- lo que dios ha unido. Nadie tiene autoridad para ello. El hombre o mujer que lo hace in­curre en desgracia divina. Y si uno de ellos -esposo o esposa- se casa de nuevo, comete adulterio. El caso no admite tergiversación.

c) El matrimonio, cuando se da, es indisoluble. La dignidad e indisolubili­dad del matrimonio denota la dignidad y grandeza de los consortes. No es uno más que otro concedía al marido tan solo el poder iniciar y presentar el libelo de repudio. Aquí aparecen los dos a la misma altura (derecho romano). En el fondo, a los dos compete y obliga, con idéntica responsabilidad, mante­ner unido el matrimonio.

d) Jesús habla como quien tiene autoridad; declara como Mesías la volun­tad de Dios. El divorcio, pues, ni es lícito ni ilícito; sencillamente no existe. No hay divorcio. El hombre -esposo y esposa- no pueden separar por sí mis­mos lo que Dios ha unido y ratificado. Moisés regulaba -procuraba evitar mayores males- una costumbre no sana.

 

Reflexionemos:

Las lecturas de hoy presentan un tema actual y siempre vivo, como vivo y siempre actual son la vida y la institución que la cobija y fomenta: la fami­lia ¿Qué podremos decir hoy de la familia Veamos algunos puntos.

Para el cristiano no puede haber otro punto de referencia que Cristo. Cristo, principio y fin de la creación, da sentido a todas las cosas. Las cosas, para verlas y entenderlas bien, hay que verlas en Cristo: Revelador y Es­plendor del Padre. Sin Cristo nos quedaremos a oscuras y a medias, tergi­versando la creación. Partamos, pues, de Cristo y de su misterio.

a) Cristo declara con autoridad suprema cuál es el sentido y alcance del matrimonio según la voluntad de Dios. El relato del Génesis y la enseñanza del evangelio lo proponen de forma tajante y clara: Dios ha instituido el ma­trimonio indisoluble, para siempre. Dios ha unido dos personas en una sola carne. Nadie ha de separarlos; nadie tiene autoridad para hacerlo. Un ma­trimonio posterior no sería un matrimonio, sería un adulterio. Y el adulterio está sancionado por la Ley de forma severa.

Cristo, pues, nos enseña el valor y la importancia del matrimonio. No es poca cosa. Pero no lo es todo ¿Puede el hombre, abandonado a sus propias fuerzas, comprender, aceptar y practicar semejante enseñanza? Moisés, se nos dice, se vio obligado a tolerar una costumbre contraria. Y no creo haya habido pueblo que no haya admitido, de una forma u otra, esa costumbre mala. La dureza de corazón ha intervenido desfavorablemente. El hombre, desde que se apartó de su Hacedor, lleva dentro de sí el pecado, el acen­drado egoísmo, que lo ciega, que lo inclina al mal y lo arrastra a transtornar el orden establecido por Dios. El mismo Génesis nos habla ya de ese tras­torno. Después del primer pecado comienza ya la disolución -desorden- en la persona, en la familia y en la sociedad. El hombre, hecho para crear, ha co­menzado a deshacer. La enfermedad, a nivel cósmico, encontrará su médico en Jesús.

En Cristo -salmo 8, segunda lectura- encuentra el hombre su verificación como hombre según el destino de Dios, en todas las direcciones. También en el matrimonio. Necesitamos, para verlo, entenderlo y practicarlo, una refe­rencia del tipo que sea, a Cristo Revelador y Realizador de la voluntad de Padre. Cristo nos introduce en el misterio de su vida y de su muerte, en el misterio de su amor ¿Y qué otra cosa podemos decir es el matrimonio sino una institución de amor? ¿Y cómo podremos conocer y entender el verdadero amor, según Dios, si no lo admiramos en Cristo? El matrimonio, institución de Dios, se realiza cristiano (siendo cristiano). No todos pueden compren­derlo en su valor, pues no todos comprenden el misterio de Cristo. Pablo lo refiere al misterio de Cristo y su Iglesia.

Por eso, sin la gracia, sin la referencia a Cristo, de la forma que sea, no se podrá entender ni practicar debidamente el misterio del matrimonio, re­flejo del misterio de Cristo. La indisolubilidad del matrimonio, el amor perpe­tuo y entrañable de los esposos, no cabe fácilmente en una mente no cris­tiana. Es decir, el hombre a fuerza de la gracia de Cristo, no se encuentra en condiciones de cumplir a sus anchas la voluntad de dios. Hay que esfor­zarse, pues, con la gracia de Dios, para mantener indisoluble -práctico- y digno el matrimonio instituido por Dios: sin adulterios de ninguna clase, en verdadera unidad de sentimientos y voluntades, en un amor cristiano ve al hombre y a la mujer a su primitiva dignidad. Todo esfuerzo será poco para mantener al matrimonio sano y salvo.

b) La dignidad de los esposos. La dignidad de la mujer, como ayuda, compañera, esposa y madre. Como el esposo, señor, es también ella señora. También aquí se habían introducido malas costumbres. El Génesis apuntaba más alto. Jesús vuelve a la mujer su dignidad primera, según la voluntad de Dios.

La diferenciación de sexos proviene de Dios y tiene una función específica relacionada, fundamentalmente, con la transmisión y cuidado de la vida. Los esposos son iguales y son diferentes. Esto no se puede olvidar. Por eso, ni un antifeminismo a ultranza ni un feminismo exaltado caben dentro del sentir cristiano. Hay que guardar el término querido por Dios.

c) El cristiano es optimista. Cree que, por el esfuerzo propio y la gracia de Dios, pueden el hombre y la mujer cumplir debidamente su compromiso ma­trimonial de ser una sola carne según Dios, durante toda la vida; de ser fiel uno al otro; de recuperar el amor perdido y de sanar las llagas ocasionada por la defección y el pecado ¡Son capaces de perdonar y de encontrarse de nuevo! Cristo lo posibilidad y realiza. Podemos rehacer lo que hemos deshe­cho. Jesús nos corona de honor y poder.

d) Conviene completar todo esto con otros textos del Nuevo Testamento. Todos ilustran este misterio en Cristo. A nosotros nos otra defender, fomen­tar, ayudar, colaborar para que el matrimonio cristiano se realice. La ora­ción del salmo es oportuna. Pidamos y oremos por las familias cristianas, tan en peligro hoy día.

 

  1. 3.      Oración final:

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén