Domingo 31 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO TRIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

 

 

En el evangelio de este domingo uno de los doctores de la ley, responsable de la enseñanza religiosa, quiete saber de Jesús que es lo más importante en la religión. Algunos dicen que lo más importante es ser bautizado. Otros dicen que rezar. Otros que ir a Misa o participar en los actos de culto del domingo. Otros dice: ¡amar al prójimo! Otros se preocupan sólo de las apariencias o con encargos en la iglesia. Antes de leer la repuesta de Jesús, tú trata de mirarte a ti mismo y de preguntarte: Para mí, ¿qué es lo más importante en la religión y en la vida?” El texto describe la conversación de Jesús con el doctor de la Ley. Durante la lectura intenta poner atención a cuanto sigue: “¿En qué puntos Jesús elogia a los doctores de la ley, y en cuáles los critica?

 

  1. 1.      Oración:

 

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

 

  1. 2.      Textos y comentarios

 

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 6, 2-6

 

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: —«Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: “Es una tierra que mana leche y miel.”

Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria.»

 

El pacto nace de una libre disposición divina. Por propia cuenta intervino Dios en la historia de la humanidad en favor de un pueblo. Él lo protegió y lo creó. Es una predilección. Lo sacó de Egipto y lo condujo, salvándolo de mu­chas dificultades, a la tierra prometida que mana leche y miel. Todo esto lo hizo Dios con su pueblo sin que éste lo mereciera. Pueblo pequeño, pueblo endeble, pueblo de dura cerviz fue atendido especialmente por Dios. A un amor tan manifiesto y gratuito corresponde una actitud reverente, agrade­cida, sumisa devota: un temor, un servicio, un amor. Es la respuesta ade­cuada.

En este contexto nos encontramos. El autor repite reiteradamente la ex­hortación: Escucha Israel. Es de suma importancia; en ello les va la vida y la misma existencia para ellos mismos y para sus hijos. Si atienden a la voz de Dios, la bendición divina descenderá sobre ellos como rocío bien hechos. Lloverán sobre ellos, en cambio, las maldiciones, si olvidan sus compromi­sos. De ahí, siendo como es asunto tan importante, que tengan que mantenerlo siempre vivos en la memoria: ya acostados, ya levantados, ya en casa, ya en el campo, ya… ¡siempre y en todo lugar! He ahí la razón…

Yavé, nuestro Dios, es uno. Uno es Yavé, que se alza categóricamente so­bre los demás seres. Yavé hay uno sólo. Hay dioses o seres que se dicen di­vinos, seres sobrehumanos, ángeles, espíritus… (piénsese en el mundo anti­guo circundante lleno de seres divinos y sobrehumanos). Sobre ellos, como categoría única, superior, se alza Yavé. Uno es dios, diríamos en nuestra mentalidad ¡Y ese dios, Yavé, es nuestro Dios! A él la dedicación completa del individuo. Eso nos ha de distinguir de todas las demás gentes. Esa es nuestra vocación. A eso hemos sido llamados. Separación de lo que hacen las otras gentes.

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… Dios está separado de todo otro ser. Del mismo modo el pueblo de Israel debe separarse de todo ser y dedicar toda su persona a Dios. Son siervos. Ellos no deben frecuentar las prácticas y costumbres vigentes en otros pueblos. Para ellos no hay más que un ser, que debe acaparar toda su atención y toda su vida. Ese es Yavé. Es un imperativo, una obligación ¿Contestará el pueblo afirmativamente?

 

2.2.Salmo responsorial Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab (R/.: 2)

 

R/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos. R/.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador. Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido. R/.

 

El salmo responsorial es un intento de réplica a la exigencia del Deutero­nomio. Te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. Esa es la auténtica actitud de­lante del Dios que nos ha creado. El es todo para nosotros. Esforcémonos para que todo sea para él. El es Roca, Salvador, dador de la victoria, pro­tector del ungido…

 

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 7, 23-28

 

Hermanos: Ha habido multitud de sacerdotes del antiguo Testamento, porque la  muerte les

impedía permanecer; como éste, en cambio, permanece para siempre, tiene el sacerdocio que

no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios,

porque vive siempre para interceder en su favor.

Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.

El no necesita ofrecer sacrificios cada día —como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo—, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes llenos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, posterior a la Ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre.

 

Tras la afirmación categó­rica Cristo es sumo sacerdote, según el orden de Melquisedec, constituido por Dios al margen de la ordenación antigua, trata de ahondar el autor en el concepto de esta nueva ordenación, comparando el nuevo sacerdocio con el antiguo. Por su mente pasarán, para ser estudiadas mejor, las instituciones antiguas respecto al culto sobre todo, con las implicaciones que este intro­duce en la vida del pueblo. El fin es contrastar una con otra las dos econo­mías. Será un estudio detallado. El autor examinará y juzgará los valores que encierran cada una de las dos instituciones, la antigua y la nueva. Desfi­larán ante nuestros ojos el sacerdocio, el sacrificio, las víctimas, la expiación, la ley, etc. El objeto directo, sin embargo, es poner de manifiesto que el nuevo sacerdocio es bajo todo aspecto superior al antiguo. Veámoslo:

A) Antigua economía:

1) Los sacerdotes son numerosos, no solo simultánea, sino sucesivamente. Son mortales, y muerto uno, necesitan poner otro. Por esta razón dios des­tino toda una tribu, la de Leví, para que ejerciera los oficios del culto. De esta forma unos pueden suceder a otros, una vez acabada la vida. La insti­tución antigua los requería; y ellos eran naturalmente mortales. La institu­ción permanece; el sacerdocio va pasando de unos a otros.

2) Es cierto que la antigua economía exigía cierta pureza -ritual- a los que se acercaban al altar como sacerdotes. La santidad, no obstante, que osten­taban era precaria. Hombres, al fin y al cabo, necesitaban ellos mismos de una purificación y de una santidad más profunda que la que ellos por su ciencia presentaban. De ahí la necesidad de ofrecer sacrificios por sus pro­pios pecados. Estaban muy lejos de poseer la santidad pura y la santidad sin tacha. Eran pecadores.

3) Dada la imperfección de la Economía, se comprende la prescripción de múltiples sacrificios. Muchos sacrificios en número y es especie. Claro indicio de su poca eficacia. La ley, pues, antiguo no hace a los hombres perfectos, siendo como son los medios imperfectos. Los sacrificios de animales.

B) Nueva economía:

1) Un solo sacerdote capaz de santificar a todos. Es uno, porque es inmor­tal. Tenemos un sacerdote que no muere. Su mediación dura para siempre. Siempre está delante de Dios para interceder pos nosotros. Por eso puede santificar y salvar definitivamente. Es un sacerdocio que no pasa. Tampoco su eficacia para; es siempre actual.

2) La santidad de Cristo es suma. Y convenía que así fuera. Su oración sería así mejor escuchada. Nuestro Pontífice es santo por excelencia, ino­cente por antonomasia, puro como la nieve, alejado infinitamente de todo pe­cado y colocado a la diestra de dios Padre, Tanta perfección no la tuvieron los antiguos.

3) Cristo no necesita ofrecer sacrificios por su propia persona. Es santo por excelencia. Sin embargo, lo ha ofrecido el sacrificio por los hombres, de tal forma que no es menester repetirlo. Un solo sacrifico para siempre, Más aún, el sacrificio no consistió en la ofrenda de animales. Fue el mismo quien se ofreció a Dios por nosotros. Esa es la gran diferencia. Cristo, Hijo de Dios, Señor del universo, se ofreció por nosotros a Dios.

La economía sobre tales instituciones basada es naturalmente superior a la antigua. Aquí intercede un juramento de Dios -salmo 109;- dando así una solemnidad única e inalcanzable. No es un mero hombre el consagrado sacerdote; es el Hijo de Dios vivo. Este sí que es perfecto. Pasa, pues, la antigua economía; viene la nueva mejor y más eficaz en todo as­pecto.

 

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 12, 28b-34

 

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: —«¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús: —«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.»

El escriba replicó: —«Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: —«No estás lejos del reino de Dios.»  Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

 

Aunque no parece fuera corriente entre los rabinos de aquel tiempo una marcada distinción de los preceptos graves y leves. Hay preceptos que obli­gan más que otros. Esto lo sabían los maestros de aquel tiempo.

La pregunta del escriba apunta hacia los graves; y de entre éstos a los más importantes, al más grande en concreto ¿Cuál es el primero de los pre­ceptos? Cristo responde remitiéndose al texto del Deuteronomio, por todos conocido. Todo buen israelita conocía el Semá Israel (escucha Israel), que debía recitar dos veces al día -mañana y tarde-. Es curioso que Cristo no se limite a contestar estrictamente la pregunta del escriba. Para él hay un mandamiento que está íntimamente unido con aquél del Deuteronomio: el del amor al prójimo. Los dos preceptos, con objeto al parecer diverso, forman un solo precepto. Por eso Cristo añade al primero el segundo, porque aquél arrastra a éste, pues en el fondo son un solo precepto. Ese es e mayor pre­cepto de la Ley.

Ya algunos rabinos habían notado, en sus comentarios a la Ley, la impor­tancia del amor al prójimo. Parece, sin embargo, que es Cristo el primero en unirlo tan estrechamente al amor de Dios. Para Cristo es un solo manda­miento. Esto es nuevo. También es propio de Cristo la extensión que recibe el término prójimo. San Lucas coloca a continuación de éste diálogo con el es­criba la parábola del Buen samaritano. El prójimo es todo aquél que se nos presenta necesitado, sea compatriota o no, sea amigo o enemigo. Cristo ha­bló frecuentemente en este sentido: amor al prójimo, amor al enemigo. Tal concepto de prójimo es propio de Cristo. Hasta ahí no habían llegado ni el an­tiguo Testamento ni los rabinos. Los judíos de la diáspora principalmente, al contacto con las gentes, fueron después alargando un tanto el concepto de prójimo. No parece, sin embargo, fuera muy cabal. Cristo, de todos modos, une los conceptos de amor a Dios y amor al prójimo inseparablemente. No se puede faltar al segundo sin faltar al primero. Dios no se considera honrado, si no se honra de corazón al prójimo. Todo lo debemos emplear en el servicio divino; pero ha querido Dios que este servicio recaiga naturalmente en el hermano, que es todo hombre. Admirable disposición del Señor y la acepta. Cumplir esos preceptos es mejor que todos los holo­caustos y sacrificios. Sobre la religiosidad interior, como superior al formu­lismo de los ritos culturales, ya habían hablado los profetas. También ha­bían hablado del amor al prójimo como servicio a Dios, aunque el término prójimo no tuviera entonces tanta extensión. El Deuteronomio tiene precio­sas exhortaciones a la caridad en forma de asistencia, socorro, limosna, pie­dad, etc. Cristo lo consagra y lo universaliza admirablemente

Reflexionemos

 

La primera y la tercera lectura coinciden en proponer, como objeto de consideración, el gravísimo precepto de amarás a tu Dios con todo tu cora­zón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser. Conviene medi­tar un momento sobre ello.

A) Dios objeto de nuestro amor. Dios nos ha creado como personas y como sociedad. Además ha sido él mismo quien nos ha elegido como pueblo suyo. Dios nos ha dado su amistad y nos ha destinado a la gloria. Nos sacó de Egipto -pecado, esclavitud, muerte-, nos lleva a la tierra prometida -libertad, abundancia, vida-. Ambos lugares, realidad y figura de algo más profundo y más alto. La segunda es imagen y anuncio de la gloria eterna. Ese es el tér­mino prometido por Dios a los que le sirven Muchos son los bienes que nos vienen de un Dios que nos ama. Piénsese en Cristo, como don y expresión de un amor sin límites.

Dios es con razón el único ser que exige y merece nuestro eterno aprecio. Dios está sobre todas cosas. Es el mejor y lo mejor de los seres. Es, por otra parte, el único que puede llenarnos. Todo, pues, para él. Nada hay que pueda comparársele. Efectivamente, todo pasa; sólo él queda. En él poder y la vida. Nuestra actitud, por tanto, ante y respecto a él debe ser singular y única ¿Cómo?

Amar. Esta palabra encierra muchos matices. Uno de ellos es el temor, no servil, pero sí servicial. El es nuestro Señor, de él somos. La figura tradi­cional del siervo y del señor puede servirnos para representarnos las rela­ciones que deben mediar entre hombre-criatura y Dios-creador. Siervos fie­les conscientes del servicio que Dios debemos. El servicio a Dios debe ser completo, sin restricciones. No sólo externo, que pudiera acabar en servil; toda la persona, toda cuanta es, está empeñada en ello. Servicio cordial, sin­cero, leal, con todas las fuerzas. Dios lo merece. No hay como él. Con toda el alma, pues, con todo el corazón y por siempre; siervos, pero libres en el ser­vicio. Si recordamos aquí el amor de Dios a los hombres, manifestado en Cristo, se comprenderá que nuestro amor a Dios debe ser total y completo, sin límites ni concesiones. Estamos en sus manos y debemos esforzarnos por estar siempre en ellas.

En ello nos va la vida y la existencia. Para él y por él hemos sido creados. Y no descansaremos, pues nuestro ser lleva esa dirección y esa impronta, hasta descansar en él. Como a los antiguos israelitas, a nosotros si nos pro­pone la vida eterna. Es menester pensar en ello. Dios debe llenar toda nues­tra vida. El salmo responsorial nos invita a clamar: Tú eres todo para mí. ¿Lo hacemos verdaderamente? ¿Es el primero que tenemos delante al levan­tarnos, al acostarnos, al ir y al venir? ¿Es eso lo que tratamos de inculcar a los que nos rodean?

B) Amor al prójimo. La determinación nos viene de Cristo. El primer mandamiento encierra en sí este segundo, de tal forma que viene a ser parte de él. No se puede cumplir el primero sin cumplir al mismo tiempo el se­gundo. El amor a Dios -servicio, entrega a su voluntad- se extiende en la práctica y en las obras a una atención seria al prójimo. No se sirve a Dios -de corazón y de alma- si no se ama, sirve, atiende, al prójimo. Así nos lo dice Cristo y así es. La medida es clara: como a ti mismo. Cumpliendo este requisito serviremos a Dios de todo corazón.

Nuestra atención y servicio deben llegar a todos: amigos y enemigos, compatriotas y extranjeros, grandes y pequeños, a todos. Dentro de la fami­lia cristiana, el amor mutuo ha de asemejarse al de Cristo, que dio la vida por nosotros. La medida es excelsa. No lo olvidemos. Hay que insistir en ello.

Notemos, por último, el nexo íntimo que hay entre servicio a Dios y servi­cio al prójimo. No se puede servir a Dios sin servir al prójimo. No será un servicio digno el nuestro, si nuestras obras de servicio a Dios dejan algo que desear en el servicio al prójimo. Dios ama a los hombres, y el hombre ama a Dios en los hombres y a los hombres en Dios. Todo está unido; cuando al pró­jimo servimos a Dios servimos, y cuando a Dios servimos, no olvidemos que debe llegar nuestra acción a los hombres ¿Lo hemos entendido bien, como aquel escriba? Entonces no estamos lejos del Reino de los cielos.

C) Papel del culto. El culto está dirigido a Dios, como a Creador y a Señor nuestro. No sólo es legítimo, sino necesario. Es expresión de nuestro servicio y de nuestro amor. Peor no basta la fórmula, la palabra huera y vacía. Como expresión de una auténtica actitud religiosa interna, no debe estar ni entrar en conflicto con el servicio al prójimo. Conviene, pues, preguntarse por la autenticidad de nuestra religiosidad en el culto. Deja la ofrenda, si algo contra ti tiene tu hermano. Hay que compaginar las dos cosas: culto y prójimo

D) La segunda lectura nos habla del culto, del auténtico. Cristo sacerdote es el sacerdote que nuestra debilidad necesitaba. Dios lo ha constituido para que interceda siempre por nosotros. Debemos acudir a él.

Cristo, sumo sacerdote, ejemplo en el cumplimiento del primero y del se­gundo de los preceptos. Cristo constituido sacerdote en la obra de la reden­ción. Su vida, su muerte son expresión de la obediencia más pura y más in­condicional a la voluntad de Dios. Cristo amó perfectamente al Padre, obe­diente hasta la muerte y muerte de cruz. Por otra parte el amor a los hom­bres le llevó al mismo fin, a la muerte de cruz. Porque nos amaba se hizo hombre y hombre semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado. Dios nos amaba, entregándonos así a su Hijo; este a su vez nos amaba, entregándose a sí mismo.

Por ello, su sacerdocio es único, puro, atento, perfecto, etc. Puesto entre Dios y los hombres cumple a la perfección su ministerio, siempre delante de Dios intercediendo por nosotros. Ese es su servicio. El servicio lo ha conside­rado el autor como un servicio cultual. El culto a Dios y el amor al prójimo están en este caso tan unidos que no pueden separarse.

No es otra la función que deben desempeñar los sacerdotes: culto a Dios en Cristo -Cristo total- para bien de los hombres. Un culto a Dios que no lleve a la salvación -en mil formas- del hombre, no es auténtico culto. Una dedica­ción al prójimo, que de alguna forma, no sea realizada en Cristo, sería para discutirla. Algo importante le falta. Un culto en Cristo nos lleva a Dios y al hombre, un amor al hombre en Cristo, nos lleva a un culto limpio de Dios. Conviene pensar sobre ello.

Las oraciones hablan de un servicio a Dios y de la gracia de recibir las promesas. El culto cristiano se realiza en Cristo por la Iglesia: culto y amor al pró­jimo están estrechamente unidos.

 

3. Oración final

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

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