El Bautismo del Señor – Ciclo C

DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR ciclo C

bautismo

Con la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos en el segundo domingo de Enero se cierra el tiempo de Navidad para introducirnos en la liturgia del tiempo ordinario. En la Navidad y Epifanía hemos celebrado el acontecimiento más determinante de la historia del mundo religioso: Dios ha hecho una opción por nuestra humanidad, por cada uno de nosotros, y se ha revelado como Aquél que nunca nos abandonará a un destino ciego y a la impiedad del mundo. Esa es la fuerza del misterio de la encarnación: la humanidad de nuestro Dios que nos quiere comunicar su divinidad a todos por su Hijo Jesucristo.

1.     Oración (colecta)

Dios todopoderoso y eterno, que en el bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo, concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

2.     Lectura del Profeta Isaías 42, 1-4. 6-7

Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos,  saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.

 

El primero de los misteriosos cán­ticos del Siervo de Yahvé. Dios y el Siervo. El Siervo y la «misión» encomendada por Dios. El profeta la canta y la anuncia para el futuro. Como primero de los cantos, rasgos gruesos, elementales. Las composiciones pos­teriores irán completando el dibujo. Figura destinada a crecer.

Es un «siervo». Siervo de Yahvé. En la línea de los grandes hombres de la historia de la salvación. Así Abraham, así Moisés y así Samuel, así David. Es un «elegido». Elegido para una «misión» específica y misteriosa. Una vo­cación, una elección, un servicio, una misión. Detrás de todo, Dios. Dios lo sostiene. En él y sobre él su «espíritu». Espíritu de fuerza, de poder, de sabi­duría. Es un gran profeta. Dios lo reviste de poder y lo lanza al cumpli­miento de una misión. Misión dirigida a las «naciones». Al parecer, a todas. Todas se beneficiarán de su trabajo. La misión tiene algo que ver con el «derecho». Derecho, que no es en el fondo otra cosa que la revelación salvífica de Dios. Dios salvador se quiere valer del «siervo» para llevar a la salvación a lejanos pueblos. Y la proclamación del derecho va a ser singular: «no gri­tará, no clamará…» Es un enviado de Dios en condición de siervo, no de magnate o potentado. No aparece adornado con las insignias reales: no es el pregonero del «rey» como tal. Como «siervo», no con fuerza pública (según era costumbre entre los reyes de la época): no aplastará al débil, ni oprimirá al pobre. «No apagará el pábilo vacilante». Con todo, «implantará» el derecho, con entereza, con fidelidad, con constancia. Dios está detrás de él. Dios le asistirá. Y su «derecho» levantará las nubes del error y ahuyentará las sombras de la ignorancia: será luz de las naciones. Mediador entre Dios sal­vador y los pueblos necesitados: alianza de un pueblo. Las naciones le están esperando. ¿Quién es este «siervo»? El cristiano no puede menos de pensar en Cristo. He ahí la alianza, el siervo, la luz y el libertador de los pueblos. Pensemos en él.

3.     Sal 28, 1a y 2. 3ac-4. 3b y 9b-10 R.

El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R.

La voz del Señor sobre las aguas,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica. R.

El Dios de la gloria ha tronado.
El Señor descorteza las selvas.
En su templo un grito unánime: ¡Gloria!
El Señor se sienta por encima del aguacero,
el Señor se sienta como rey eterno. R.

Salmo de alabanza. Manifestación sensible de Dios. Una tormenta. For­midable, imponente. Truenos que retumban. Estruendo que bota de risco en risco, llenando los valles, sacudiendo la naturaleza entera. Todo se con­mueve: las agudas crestas, los macizos montañosos; el longevo cedro, el for­nido roble, el agresivo desierto, las fieras. Todo tiembla a la voz de Dios y al brío de su fuego. Dios sobre las aguas. Dios poderoso e imponente. Dios grande y majestuoso. ¡Gloria a Dios!

Dios no es un Dios de terror. Es un Dios de su pueblo. Y el pueblo, en la acción litúrgica, grita unánime: ¡Gloria! Busquemos a Dios en la naturaleza y lo encontramos bendecido.

4.     Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10, 34-38

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: –Está claro que Dios no hace distinciones– acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de  Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.

 

Habla Pedro. Y habla con autoridad. Autoridad y decisión bien necesa­rias en aquellos momentos. Los versículos leídos son un recorte del discurso de Pedro con motivo de la conversión del centurión Cornelio. La comunidad cristiana, en sus comienzos todavía, no había dado aún el salto al universo. Las ligaduras de la antigua Ley le atenazaban con fuerza. Pero el Espíritu venía empujando con violencia. Los hechos se encargan de lanzar al niño a la carrera de adulto. Pedro explica y da razón de su comportamiento entre la asamblea del Señor. Dios ha hecho la maravilla; bendito sea el Señor.

Dios, declara Pedro, no es aceptador de personas. Ante él no vale ni la fi­gura, ni el color, ni el sexo, ni la raza. Dios no tiene en cuenta el «exterior» del hombre. Sus ojos se posan en el «interior». Y es aquí donde, si encuentran acogida, pone su morada. Acaba de manifestarlo en la conversión de Corne­lio, romano y pagano. Hacía tiempo que lo venía anunciando. Ahora después de la muerte de Jesús y en virtud de su resurrección ha dejado correr suelto al Espíritu que todo lo vivifica y ordena.

Cristo es el centro y la realización del «acontecimiento». Jesús de Nazaret. Profeta cualificado, poderoso en palabras y obras.

Dios estaba con él. Y con él también el Espíritu Santo. El destrozó el reino del mal. Y su acción se extendió a todos los pueblos. Cristo, poseedor del Es­píritu, lo derrama sobre todas las gentes. Jesús, el gran «Ungido», unge con el Espíritu a todo el que lo recibe con sinceridad. Lo ha visto Pedro, máxima autoridad de la Iglesia. Bendito sea Dios.

5.     Lectura del santo Evangelio según San Lucas 3, 15-16. 21-22

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías;  el tomó la palabra y dijo a todos: –Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego. En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo:
–Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.

Jesús comienza su vida pública. Y la comienza con un acto un tanto mis­terioso. Deja la Galilea alegre y risueña y se dirige a la cuenca árida del Jordán. No está lejos el desierto. Jesús viene en busca del Bautista, hombre cualificado por Dios. Y viene a ser bautizado. Bautizado en medio del pueblo penitente que se prepara para el «día» del Señor. Los tres sinópticos acuer­dan el colocar el bautismo de Jesús en este momento: como comienzo de la vida pública, antes de las tentaciones. Mateo intercala las genealogías. Ha precedido la predicación de Juan.

Los tres ponen también de relieve la superioridad de Jesús sobre Juan. Mateo en forma de diálogo. Marcos y Lucas como confesión del Bautista: «no merezco desatarle las sandalias.» Mateo desea, al parecer, subrayar la unión de personas en el plan divino, dejando bien clara la superioridad de Jesús sobre Juan. Es el cumplimiento de toda «justicia» lo que impele a uno a ser bautizado y doblega a otro a bautizar. La voluntad de Dios lo ha dis­puesta así. ¿Con qué motivo? Tocamos algo misterioso. Los detalles que adornan el episodio dibujarán una respuesta.

Los cielos se abren. Se abrió el mar al paso de Moisés y del pueblo: Dios iba con ellos. Se abrieron las aguas del Jordán al paso de Josué: Dios estaba con él. Isaías gritaba que se abrieran los cielos y descendiera la «justicia». Aquí, relatan los tres sinópticos, se abrieron los cielos. Dios se manifiesta; Dios se comunica. La realidad celeste irrumpe en el mundo del hombre. Dios concede su Espíritu de modo estable. Las palabras y deseos de los profetas, los signos de la Antigua Alianza parecen estar, con esta apertura de los cie­los, en vías de cumplimiento: llega definitivamente la salvación de Dios. Je­sús es el primero y cabeza de la comunicación y de la concesión del Espíritu creador de Dios. La presencia del pueblo es significativa. ¿No había anun­ciado Dios desde antiguo la creación de un pueblo «nuevo»? Lucas recuerda la «expectación» del pueblo sobre el Mesías. El Mesías será el «Señor» del nuevo pueblo.

El Espíritu Santo. En Marcos y Lucas se anunciaba por boca de Juan un «bautismo» con el Espíritu Santo. Bautizar es lavar. Y lavar es limpiar. El bautismo de Juan no daba el Espíritu. Preparaba para el tiempo del Espí­ritu. El Espíritu lo confiere el Mesías. Una limpieza y una salud que hasta entonces no había existido. Dios había hablado por los profetas de la «infusión» de un espíritu nuevo. Helo aquí: el Espíritu Santo. Uno piensa ine­vitablemente en el bautismo cristiano, sacramento que nos incorpora a Cristo, confiriéndonos el don del Espíritu Santo. El cielo se abre y nos comu­nica el mismo Espíritu de Dios, en forma de «paloma». La figura, con la que se simboliza el descenso y la comunicación del Espíritu, no está exenta de di­ficultades. Se piensa con frecuencia en Gn 8, 8-13; la paloma en el arca, símbolo de la salvación en medio del diluvio. También se acude a Gn 1, 2: el Espíritu sobre las aguas primordiales, creador y formador, con su presencia y permanencia, de un pueblo nuevo. Pueblo nuevo en Jesús. Pues sobre él desciende y permanece el Espíritu.

Hijo de Dios predilecto. El cielo se ha abierto, y como fruto sabroso ha descendido el Espíritu. Una voz de lo alto acompaña e interpreta toda la es­cena: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto». Inmediatamente pensamos en Is 42, 1 ss como pasaje de referencia. No olvidemos, sin embargo, el salmo 2, mesiánico, en su versículo 7 especialmente. La voz declara que Jesús es el «Hijo» de Dios. Hijo de Dios en sentido singular y único. Si lo relacionamos con el salmo 2, afirmemos con resolución su carácter de Mesías. Jesús es el Mesías Hijo de Dios. Pero esta filiación y este mesianismo recibe una colora­ción si pensamos en Is. 42, 1 ss. Sabemos que Jesús significa «salvador»: Je­sús es el Salvador. Como Salvador recibe, en el descenso del Espíritu, su consagración. Dios lo llama y consagra para la «misión» específica de ser «luz» de las naciones y de anunciar el «derecho» a las gentes. Jesús es el Siervo de Yahvé. Misión profética y salvadora. Lucas resalta en su obra es­tos dos elementos de la «misión» de Jesús. Estamos al comienzo. Esperamos se descubra poco a poco el misterio de Jesús. Tenemos ya las líneas más fundamentales.

El texto de Lucas añade algo peculiar: «mientras oraba.» Sabemos la im­portancia que concede Lucas a la oración, a la comunicación con Dios, en la vida de Jesús: Jesús, que recibe el Espíritu Santo, lleva adelante su Obra siempre en estrecha comunicación con Dios en el Espíritu Santo.

Reflexionemos: Tomemos a Cristo como tema central. Es un «misterio» de su vida.

A) Aspecto personal: Cristo. Cristo es el Ungido de Dios. Lo atestigua Pe­dro con autoridad. Ungido del Espíritu Santo. Lleno y poseído del Espíritu Santo. Unción desde dentro, saturadora. Cristo saturado del Espíritu divino. La «unción» nos recuerda al Rey, al Mesías. Eso es Jesús. En el evangelio la voz de lo alto declara solemnemente: «Hijo amado y predilecto». Hijo de Dios en lo que lleva el título de mesiánico y teológico: Hijo de Dios y Rey. La un­ción consagra y dedica. Jesús es el gran Consagrado y Dedicado de Dios, el Santo. Y la consagración aparece, por la primera lectura y su eco en el evangelio con color de «siervo». Jesús es el Siervo de Yahvé. Ha de cumplir una «misión profética y salvadora. En realidad la gran Misión de profeta y salvador. Jesús es el Profeta y Salvador. Con él en y en él se han abierto los cielos. El él y a través de él se derrama el Espíritu Santo. Aunque es Rey e Hijo, su método -de siervo- nos deja perplejos: Dios-hombre, Rey-Siervo, Es­píritu en la carne, Fuerza en la debilidad. Estamos al comienzo de los miste­rios. Jesús comienza su obra de servidumbre, como Hijo de Dios y Rey. Co­menzamos a vislumbrar la maravillosa «sabiduría» de Dios. La voz de lo alto lo ha dispuesto así. Voz de trueno (salmo), gloria imponente de Dios. Gloria salvadora y benéfica. Jesús «alianza», «luz», «derecho» de las naciones; in­termediario divino en íntima comunicación con Dios (oración).

B) Aspecto comunitario: pueblo cristiano.- Cristo es la cabeza del nuevo pueblo. Luz de las gentes y alianza de las naciones. En medio del pueblo, creando un pueblo nuevo. Pueblo hijo de Dios; pueblo ungido por el Espíritu Santo; pueblo rey y sacerdote; pueblo siervo de Dios, dispuesto a ser luz y derecho de las gentes. Esa es su naturaleza y su «misión». Eso somos y eso debemos ser: gloria de Dios, luz en la Luz, unión de las gentes en Dios. So­mos profetas y salvadores en el gran Siervo, Profeta y Salvador. Oímos y somos, después de escucharla con atención, voz del cielo, trueno poderoso, rayo ardiente, fuerza de Dios en el Espíritu. Al estilo de Cristo y en él: sin ruidos estridentes, sin brillo aparatoso, sin autoridad mundana. Hemos sido bautizados en fuego y en Espíritu. Hemos sido ungidos. Hemos de cumplir la «misión». ¿Dónde guardamos nuestra «unción»? ¿Dónde nuestro «servicio»? ¿Dónde nuestra «voz»? ¿Dónde nuestra «consagración» a Dios? ¿Dónde la ín­tima «unión» con él? ¿Dónde nuestro «profetismo» y «salvación»? El misterio de Cristo bautizado en el Jordán es nuestro misterio de bautizados en él. Es­tamos cumpliendo la gran «misión» del Padre en el Espíritu con Jesús, el Se­ñor.

6. Oración: (oración después de la comunión)

Alimentados con estos dones santos, te pedimos, Señor, humildemente que escuchemos con fe la palabra de tu Hijo para que podamos llamarnos, y ser en verdad, hijos tuyos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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