Domingo 5 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

Jesús habiendo expresado ya su programa de “felicidad”- los valores que hacen nuestra vida y la vida de la gente más feliz – en las lecturas del IV domingo, convendrá hoy tomar conciencia de que vivir esos valores supone ser “sal” y ser “luz”, personal y comunitariamente, en nuestro mundo tan confuso y perdido. Ser sal y luz que ya nos sugiere el profeta Isaías como hacerlo (1ª lectura), ser sal y ser luz que como a Pablo nos lleva a anunciar con palabras y obras a Jesús crucificado”.

1. Oración:

Señor Jesús, nos dejas un estilo de vida, marcado por el testimonio y la vivencia de tus enseñanzas,

haciéndonos tomar conciencia que el seguirte a ti, implica asumir tu vida, vivir con tus sentimientos, para que viviendo de acuerdo a tu voluntad, otros puedan encontrarte por medio de nuestra vida. Así te pedimos que nos ayudes, a que el ser sal para los demás, nos haga experimentar tu amor y tu bondad para que otros te encuentren por nuestra manera de ser, como también que el hecho de conocerte nos haga iluminar nuestra vida y así dejarnos guiar y conducir por ti para que nuestra vida también ayude a otros a encontrarte a ti y así iluminar sus vidas con tus enseñanzas encontrando en ti, el sentido pleno de todo lo que son y de todo lo que buscan. Señor, danos la gracia de que siendo sal y luz para los demás, vivamos solo por y para ti. Que así sea.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de Isaías 58, 7-10

Así dice el Señor: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, enseguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: «Aquí estoy. » Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía. »

Tercera parte del libro. Aquí, una requisitoria de Dios. Dios se en­cara con su pueblo: le recrimina su pecado -faltas contra el prójimo- y revela la invalidez de su culto. El culto se centra, en este pasaje, en dos prácticas concretas: ayuno y sábado. Se insiste en el ayuno.

Culto y justicia social; prácticas religiosas y misericordia. De ahí el bi­nomio. ¿Dos parcelas autónomas? Todo lo contrario: no hay autenticidad en el culto, si no va animado por el respeto al prójimo. La práctica del ayuno,, por ejemplo, queda en sí abierta a diversos vientos. Será, sin embargo, re­almente práctica religiosa, si es religioso el espíritu que la mueve; es decir, si pretende, expresa y realiza efectivamente la unión con Dios salvador, de la forma que sea: súplica afligida, penitencia, sacrificio… Pero de hecho no llegará a Dios, si en el fondo no llega al hombre. No encontrará a Dios, si el ayunado no se acerca al hombre como imagen y semejanza de Dios; en otras palabras, si no se hace prójimo. No consiste tan sólo en privarse de algo, sino en acompañar la privación de una entrañable abertura al hermano. Eso une a Dios y salva.

El texto es de por sí claro y transparente. El ayuno sin misericordia se convierte en una especie de chantaje a Dios. Ayuno, sí; pero con entrañas de misericordia y obras de justicia. El ayuno no es una práctica de magia.

2.2. Salmo Responsorial Sal 11 1, 4-5. 6-7. 8a,y 9 R.

El justo brilla en las tinieblas como una luz.

En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos. R.

El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor. R.

Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad. R.

Salmo alfabético de carácter sapiencial. Todo él sostenido por un dichoso quien. Es sabiduría y es dicha y es bendición. Y apunta a una relación con Dios  y a una relación con el prójimo. Tratemos de conseguir semejante misericordia. Somos luz en la luz de Cristo; somos misericordia y compasión en su compasión y misericordia.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5

Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Continúa, con la carta, el pensamiento del domingo anterior. La ciencia de Pablo, salvífica y sobrenatural y, por tanto, auténtica, es Cristo, y éste crucificado. Una persona-acontecimiento que se presenta, cargado de fuerza y energía, capaz de transformar al hombre en todo su volumen. En él se zambulle Pablo y de él recibe, por la fe viva, su poder salvador. No es cosa de hombres; es cosa de Dios y no puede separarse de la santa cruz. Apartarse del misterio y pretender, de la forma que sea, fundamentar en la pro­pia persona la fuerza de salvación es desnudar la cruz de Cristo del poder divino que la impregna. Sería una profanación, una traición, un sacrilegio, al mismo tiempo que un desafuero de terribles consecuencias. No separemos, pues, nuestros ojos de Cristo muerto en la cruz. Él es nuestra salvación, sa­biduría y fuerza de Dios

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero  y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
»

Una serie de metáforas a modo de definiciones, con matiz parenético. Son imágenes que definen al discípulo, con la intención manifiesta de moverlo a su realización. Es la Igle­sia la que escucha, y nosotros, dentro. Definiciones, pues, que nos caracteri­zan como discípulos y miembros del reino.. Tres imágenes: salluz y ciudad. Las dos primeras corren paralelas; pare­cen querer ilustrar el mismo misterio. La tercera, unida a la segunda, pa­rece suscitar una estampa nueva; dejémosla para el final.

Vosotros sois la sal de la tierra. Sabemos qué es la sal y para qué suele ser utilizada. La sal preserva los alimentos de la corrupción, les da sabor y purifica; el Levítico la prescribe para los sacrificios. Si pierde su virtud, nada vale; más, es pisoteada y arrojada a la basura. Los mismos hombres -no Dios- ejecutan la sentencia. La Iglesia, y cada uno de sus miembros como tales, reciben la misión de dar sabor, de purificar, de conservar lo que de va­lor existe en la tierra. Lo conseguirán, viviendo las exigencias del evangelio. Si dejan de identificarse con él, pierden su identidad y definición, acabando en el extremo opuesto: arrojados y pisoteados como basura por los hombres. Al fin y al cabo, Cristo es la saly salsu evangelio, y nosotros, sal en él, y él, sal en nosotros. Si rompemos con él, vacíos, los mismos hombres nos despre­ciarán. Tremendo y triste final. ¡Cuidado!

Vosotros sois la luz del mundo. Es también, como la otra, nuestra misión y definición. Hemos recibido la luz, y, bien asimilada, somos luz, hijos de la luz. La luz, según la imagen, no solamente brilla, es su naturaleza, sino que tiene por fin y destino iluminar a los de casa. No podemos impunemente amortiguar, ahogar o apagar la luz que hemos recibido y que nos hace lumi­nosos. Sofocarla sería un contrasentido grave. Según el texto, inutilizar su eficiencia, por ausencia de obras buenas, es eclipsar la gloria de Dios Salva­dor entre los hombres. La conversión a Jesús y la pertenencia al reino de Dios conllevan una forma de vida que transparenta salvíficamente la presencia salvadora de Dios. Quebrar existencialmente la relación con él es ahogar el amor a Dios y a los hombres. Jesús es la Luz, y nosotros, luz en él. Dejemos que él brille en nosotros y nosotros en él. Las obras buenas siempre son buenas y, como tales, de una forma u otra han de engendrar bondad.

Añadamos, por último, como altamente probable, la conjunción de las dos imágenes, luz y ciudad. Y, entonces, tomando como base el cuadro que nos ofrece Isaías (2, 1-5), admirar la santa ciudad de Dios, colocada en la cum­bre de los montes, radiante de luz y capaz de atraer hacia sí, como imán po­deroso, a los pueblos y gentes que buscan la paz. Con esto se destaca más el carácter eclesial del texto, ciertamente presente en Mateo. La ciudad santa es la Iglesia y Cristo, su luz. La luz irradiada -movimiento centrífugo- re­vierte sobre sí misma -movimientos centrípetos- con inmensa afluencia de gen­tes, dispuestos a convertir sus armas en instrumentos de paz. También esta imagen nos define y caracteriza. Tratemos de realizarlo; es nuestra misión.

Reflexionemos:

En los comentarios que preceden podemos encontrar algunos pensamien­tos útiles como consideraciones para este domingo. Dándoles cierta cohesión podríamos presentarlos así:

a) Cristo.- Cristo es la sal Cristo es la Luz, Cristo es la Sabiduría y el Poder de Dios y el Monte de ancha y firme base, donde se asienta la Ciudad de Dios. No lo separemos de la cruz; la segunda lectura nos obliga a vincu­larlo con ella. Consideremos, y convenzámonos, de lo que es y significa Cristo para el mundo y para nosotros como presencia salvadora de Dios. En él en­cuentran todas las cosas su sentido y fuera de él se desvanecen. Es el pen­samiento, fecundo, sin duda, de base.

b) La Iglesia.– La Iglesia de Cristo es por definición la Ciudad Santa, Templo de Dios, desde la que se difunde, salvífica, la luz encendida por su Señor. Es por ello, también, sal y fuerza transformante, con el doble gesto de irradiar la luz y de aglutinar en torno a sí a todas las gentes y de convertir­las en su propio cuerpo. Su misión es la Paz; la paz de Dios en la unión fra­terna de todos los hombres. Debe cuidar de no cometer el tremendo error de creerse ella misma, al margen de su Señor crucificado, fautora de la salva­ción. Pablo apóstol nos advierte encarecidamente de ello.

c) Los cristianos.- Este apartado no es más que un desarrollo ulterior del que precede. En efecto, la Iglesia no será efectivamente luz, sal y ciudad santa de Dios, si los miembros que la integran no lo son en modo alguno. En resumidas cuentas, y es aquí donde insisten las lecturas, somos nosotros los llamados a realizar en la vida la definición que nos viene del Señor. Debemos ser sal y luz, templo santo de Dios. Está en juego nuestra propia identidad como criaturas de Dios. Aquí sí que entra con toda su fuerza el ser o no ser; ésta es la cuestión. Porque, efectivamente, se trata de ser o no ser. Y noso­tros, naturalmente, queremos ser con plenitud. De ahí la carga parenética que desprende el texto y que nosotros no podemos menospreciar. Por su­puesto, que el cristiano ha de vivir su definición dentro de la diversidad de gracias con que el Señor, por el Espíritu, adorna a su Iglesia: apóstoles, pro­fetas, doctores… Pero siempre y en todo momento, sal de la tierra y luz del mundo, sal en la sal, luz en la Luz, monte en el Monte y fuerza en la Fuerza de Dios, Cristo Jesús. Que no pase, ni por un momento, por nuestra mente el pensamiento de que somos sal y luz fuera de Cristo, clavado en la cruz, y, resucitado, sentado a la derecha de Dios.

d) Las obras, el amor fraterno. El tema de las obras está implícito en el apartado anterior. Lo dice expresamente el evangelio: Para que vean vues­tras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Y el segundo, inseparablemente vinculado a él, presente en la primera lectura. A propósito de ella convendría detenerse en la reflexión, siempre útil, sobre la relación amor y culto. Somos muy propensos a instalarnos en el momento material cultual, olvidando la introducción en él del amor al prójimo. Una Eucaristía sin amor al prójimo no existe.

3. Oración final:

Señor Jesús, Tú que me invitas a ser sal y luz del mundo, Tú que me comprometes en tu misión, Tú que me invitas a ser testigo tuyo, ayúdame a vivir cada vez con más convicción mi adhesión a ti, para que de esa manera pueda contagiar a otros todo lo que Tú haces en mí, regálame la gracia de mostrar con mi vida lo que creo y que Tú haces en mí, por eso, si me pides que sea sal y luz, dame Tú la gracia de dar testimonio de ti, de anunciarte con mi vida, de comunicarte con mi manera de ser, de anunciarte con mi presencia, para que otros encuentren en ti la vida y la plenitud que Tú me das, por eso, Señor, ayúdame a que cada vez más viva con convicción y alegría lo que Tú haces en mí y así te dé a conocer con todo lo que soy y hago, no ocultando ni omitiendo lo que eres para mí, sino dándote a conocer cada vez más con toda mi vida. Que así sea.

 

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