Domingo 22 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Domingo 22 TO

“EL QUE PIERDA SU VIDA POR MÍ, LA ENCONTRARÁ”

  1. Introducción:

La promesa que hace Jeremías no es algo trivial: vivir sin esclavitudes ni yugos interiores o exteriores no es cuestión sencilla. Dios nos está interpelando de diferentes maneras para redescubrir nuestra vocación a la libertad. Los israelitas del tiempo de Jeremías habían endiosado la ayuda militar egipcia, el culto a los dioses de la fertilidad de los cananeos y el culto ritual sin ningún compromiso ético. Todas esas conductas terminaban por esclavizar al hombre. El futuro descrito por el profeta, estaría libre de todas esas esclavitudes. Ese cambio no puede ser impuesto a la fuerza. Cada persona tiene que irlo asumiendo de forma libre, aunque implique renuncias dolorosas. El Evangelio nos dice que el apego más difícil de superar es a la propia vida. Por esa razón Pedro intentó disuadir a Jesús de entregar su vida. El Señor lo reprendió y animó a sus discípulos a desprenderse de la vida para recuperarla plena de manos del Padre.

ANTÍFONA DE ENTRADA (Cfr. Sal 85, 3. 5)

Dios mío, ten piedad de mí, pues sin cesar te invoco: Tú eres bueno y clemente, y rico en misericordia con quien te invoca.

ORACIÓN COLECTA

Dios de toda virtud, de quien procede todo lo que es bueno, infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre, y concede que, haciendo más religiosa nuestra vida, hagas crecer el bien que hay en nosotros y lo conserves con solicitud amorosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

  1. LITURGIA DE LA PALABRA

Soy objeto de burla por anunciar la palabra del Señor.

2.1. Del libro del profeta Jeremías: 20, 7-9

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste. He sido el hazmerreír de todos; día tras día se burlan de mí. Desde que comencé a hablar, he tenido que anunciar a gritos violencia y destrucción. Por anunciar la palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día. He llegado a decirme: “Ya no me acordaré del Señor ni hablaré más en su nombre”. Pero había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía.

Son célebres las confesiones de Jeremías. Estamos en la última, la más impresionante. Léase toda la sección 7-18. Jeremías se encara con Dios. Je­remías acusa a Dios. Jeremías culpa a Dios de su situación. Situación amarga, como las aguas del desierto; situación áspera y desabrida. Situa­ción desesperante y desesperada. El vocabulario es audaz y atrevido. Jere­mías se lamenta amargamente; Jeremías, con todo, sucumbe y se rinde ante el Señor de todo. Encontramos un lenguaje parecido en Job.

A Jeremías le ha seducido el Señor. El Señor lo ha elegido profeta. Lo ha constituido su voz en Israel. La voz de Dios en Israel ha manifestado ser voz de Dios contra Israel. Y Jeremías es voz de Dios e Israel a la vez. La voz del Señor lo lanzó al combate. Y el pueblo ha embestido contra él como fiera sal­vaje. Aquel pueblo, pueblo de Dios, tenía que morir, tenía que ser castigado, tenía que ser destruido. Y se resistía con fiereza. Jeremías recibirá los gol­pes. Ser la voz de Dios se hizo insoportable y horroroso. Jeremías no puede más. Jeremías llora ante su Dios la desgracia de ser enviado. La destruc­ción, que gritaban sus labios, se volvió contra él: lo cercaron, lo insultaron, intentaron darle muerte. Jeremías se resiste a seguir siendo la voz de Dios. Abandona y maldice su día. Pero la voz que lo llamó es fuego ardiente, y el fuego lo lleva dentro, y dentro lo va devorando, lo va consumiendo. Jeremías no puede apagarlo: es la palabra de Dios. Jeremías se rinde; Jeremías con­tinuará predicando la palabra de Dios, aunque le cueste la vida.

Hasta ahí puede llegar el destino de un hombre. Hasta ahí la misión de Dios. El enfermo, a quien se trata de curar, puede volcar sobre el médico toda su locura y escupirle a la cara. El oficio de salvar se hace penoso, desa­brido, amargo; el esfuerzo, anodino. Se impone entonces y siempre el diálogo con Dios. Jeremías nos ha legado estampado en sus palabras el drama, ra­yando en tragedia, que puede vivir el hombre en misión de Dios. Hondo sen­tido humano; honda relación con Dios. Lo veremos de forma ejemplar en Cristo: ¿Por qué me has abandonado? Cristo murió, y en cruz, cumpliendo su misión. Jesús no retrocede, aunque aquel si es posible, pase de mí este cáliz nos hace pensar. Sentía verdadera sed por llegar al final, por llevar a tér­mino la voluntad del Padre: era fuego que lo devoraba, era como su ali­mento. También su sumisión es ejemplar. Todo ello es, sin duda, algo miste­rioso, pero es la realidad.

2.2. Salmo Responsorial (salmo 62)

R/. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora, como el suelo reseco añora el agua. R/.

Para admirar tu gloria y tu poder, con este afán te busco en tu santuario. Pues mejor es tu amor que la existencia; siempre, Señor, te alabarán mis labios. R/.

Podré así bendecirte mientras viva y levantar en oración mis manos. De lo mejor se saciará mi alma; te alabaré con jubilosos labios. R/.

Porque fuiste mi auxilio y a tu sombra, Señor, canto con gozo. A ti se adhiere mi alma y tu diestra me da seguro apoyo. R/.

Salmo de súplica y de confianza. La confianza ha suplantado por com­pleto a la súplica en las estrofas que ha elegido la liturgia. El estribillo da la pauta: sed, sed intensa, sed biológica de Dios. La experiencia religiosa en la celebración litúrgica, en el templo, es, a la par que un alivio, un incentivo del ansia de unión con Dios. El hombre es, por definición, sed de Dios. El hombre religioso la vive, y, aun siendo su intimidad con Dios en el culto una satisfac­ción del ansia que lo atormenta, es al mismo tiempo un tizonazo del fuego que lo devora. El hombre está hecho para vivir en la intimidad con Dios. Los místicos hablan con profusión de ello. Nosotros la esperamos cumplida, en Cristo, en el más allá.

Ofrézcanse ustedes mismos como una ofrenda viva.

2.3. De la carta del apóstol san Pablo a los romanos: 12, 1-2

Hermanos: Por la misericordia que Dios les ha manifestado, los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto. No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Comienza una sección parenética. Pablo exhorta a sus fieles. La fe del cristiano ha de ser activa: disposición plena a secundar la voluntad de Dios y búsqueda continua de su agrado. El fiel no se pertenece a sí mismo. Perte­nece a Dios en Cristo. El fiel, en el bautismo, ha muerto con Cristo al mundo viejo y ha resucitado a una vida nueva. La muerte lo asocia a Cristo que muere, lo constituye por definición hostia viva. Entramos en un lenguaje cul­tual, y nos recuerda la vida del cristiano como sacrificio agradable a Dios. Es el culto adecuado a Dios y al hombre; lo que agrada a Dios y lo que co­rresponde al hombre como tal.

El cristiano ha muerto al mundo. Ha muerto a la civilización de este mundo. Ha muerto al mundo que se edifica contra o al margen de Dios, con­tra o al margen de Cristo; ha muerto al afán de poder, a las riquezas, a la avaricia, a la codicia, a la lujuria… Como resucitado a una vida nueva, el fiel debe revestirse de forma nueva. Es otra persona, otro tipo. Y no sólo en lo referente al porte externo: vestidos, atuendo…, sino también y especial­mente en lo tocante a lo más hondo y profundo del hombre: su mente y su co­razón. El hombre se hace hombre perfecto y bueno, cuando conoce y practica la voluntad de Dios, lo bueno realmente, lo que le agrada. Pablo nos exhorta a ello. Recibamos atentos esa invitación.

ACLAMACIÓN (Cfr. Ef 1, 17-18) R/. Aleluya, aleluya.

Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestras mentes para que podamos comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento. R/.

El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo.

2.4. Del santo Evangelio según san Mateo: 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”. Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras”.

No podemos olvidar el pasaje inmediato anterior de la confesión de Pedro. Existen relaciones interesantes. Pedro ha confesado a Jesús Cristo, Hijo de Dios vivo. Lo ha proclamado y ha acertado. Jesús ha confirmado la confesión y lo ha constituido Piedra de su Iglesia. Jesús acepta el título y la confesión como venidos de arriba. Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.

Jesús comienza ahora a revelar su alcance y su sentido. (En Marcos, el Misterio del Hijo del Hombre). Es el Mesías y va a declarar qué tipo de Me­sías es. Jesús manifiesta su misión. Sólo los que tienen fe pueden y deben aceptarla. Jesús habla de su pasión, de su muerte y de su resurrección. Es un Mesías paciente: Siervo de Yahvé. Es la primera predicción de la pasión. Jesús sabía quién era y a qué había venido. La revelación de Jesús se aparta diametralmente de la expectación del pueblo. Queda también muy le­jos de la expectación de los apóstoles.

Pedro, el confesor, no entiende. Pedro, el incondicional, no acepta la deci­sión de Cristo. Pedro, la Roca, intenta apartar a Jesús del cumplimiento de una misión tan comprometida. Pedro, el discípulo, increpa al Maestro. Pe­dro, el siervo, sin apreciar la gravedad, se opone a la voluntad de Dios. Pe­dro, el iluminado por el Padre, no entiende sencillamente. La reacción de Je­sús es violenta: Pedro se ha convertido en Satán, en piedra de tropiezo. Pe­dro desempeña el oficio del Opositor por excelencia: trata de retraer a Jesús del cumplimiento de su Misión. En realidad una acción diabólica. El Diablo ya lo había intentado en el desierto, sin éxito naturalmente. Juan relata un episodio temáticamente semejante en el lavatorio de los pies. Jesús debe pa­decer, tiene que morir y después resucitar. Es el plan de Dios; es la salva­ción de los hombres; es la Gran Obra de Dios. No hay otro camino. Jesús debe y quiere seguirlo. Los discípulos deben comenzar a entenderlo; deben desprenderse radicalmente de la expectación errónea del pueblo y acomodar sus pensamientos y deseos al plan salvífico de Dios. Y este Plan es, en lo que a Cristo respecta, padecer, morir y luego resucitar. La Salvación no llega por otro camino.

Un Mesías así requiere un discipulado correspondiente, un discipulado a la altura mesiánica. Y la altura mesiánica es, como en Jesús, una pasión, una muerte y una resurrección: negación radical de sí mismo para entrar en el Reino. El discípulo ha de estar a disposición del Maestro, como éste está a disposición de Dios. La cruz señala la muerte, el desprecio, la condena como basura, como criminal, como indigno de vivir entre los hombres. Así Cristo, así el discípulo. Quien no esté dispuesto a dar la vida en el cumplimiento, como Jesús, de la misión encomendada, ése la perderá. Es una de las mu­chas paradojas del cristianismo: morir para vivir, odiar para amar; renun­ciar para poseer… (diríamos misterios, como Jesús lo es en todo su con­junto). Ningún bien puede compararse con la vida. La vida, aun en este mundo, está sobre todo. La eterna lo está con más razón. El discípulo, que da la vida en el seguimiento de Cristo, recibirá la recompensa: la resurrec­ción eterna. El Maestro es nada menos que el Hijo del Hombre, Señor y Juez universal. El discípulo es un mesías en pequeño, dentro del Gran Mesías que es Jesús. Pedro, sin darse cuenta, quería destruirlo todo. ¿Desde cuándo el discípulo increpa al Maestro? Es como si el hombre increpara a Dios. Pedro y los discípulos deben hacerse a la idea. Es el Misterio de Cristo, el Misterio de la Cruz.

Reflexionemos:

a) El Misterio de Jesús: Mesías Paciente

 Jesús tiene que sufrir mu­cho y morir. Es su Misión. Misión que viene del Padre. Jesús se somete, Je­sús obedece enteramente. Es el gran Misterio de Dios revelado en el tiempo. Es la Gran Obra de Dios. La suerte de Jeremías ilustra o prepara un tanto este tener que cumplir la voluntad de Dios. Dura fue la misión de Jeremías; dura, la de Jesús. Existe cierto paralelismo. Jesús sabía lo que le esperaba; Jeremías, no. De todos modos, a ambos: el fracaso, la burla, la persecución; a Jesús la más afrentosa muerte. No es mesianismo triunfalista. Todo lo con­trario: Jesús debe cargar con la cruz para la redención del mundo. Es la vo­luntad del Padre. La misión del profeta, la misión del evangelizador, han de seguir derroteros semejantes. Es un misterio: el Misterio de Cristo. No debemos olvidarlo nunca. Oponerse a él sería satánico. La carta de Pablo co­loca como finalidad de su exhortación discernir la voluntad de Dios: dar un culto razonable; ser hostia viva y santa. De modo perfecto, Jesús: su muerte en la cruz es el Sacrificio perfecto agradable a Dios. Su voluntad, lejos de acomodarse a este mundo, en franca oposición a él, es la voluntad del Padre: cumplirla fue su alimento. Tras la muerte la resurrección.

b) Vocación y misión del discípulo

El discípulo no puede ajustarse a este mundo dice San Pablo. La misión del discípulo es presentar su cuerpo como hostia viva, santa, agradable a Dios. El discípulo es otro Cristo; es la conformación plena a su voluntad. La voluntad de Dios no es la voluntad del mundo (oposición de Pedro). El mundo ha de oponerse violentamente: Jere­mías, Jesús y tantos y tantos. El cristiano ha de renunciar, como pequeño mesías, a sí mismo radicalmente. Ha de cargar con el desprecio, con la burla y rabia, con la persecución y condena del mundo; ha de saber morir, aun afrentosamente, por su Maestro en cumplimiento de la voluntad de Dios. Hasta ahí puede llegar en concreto su misión. Ahí están los mártires. El dis­cípulo fiel no verá la corrupción, vivirá para siempre.

Olvidamos con frecuencia este misterio del cristiano. No raras veces de­sempeñamos el papel de Pedro, y hacemos caso omiso de la exhortación de Pablo. Nos ajustamos al mundo que es una maravilla. Examinemos nuestros pensamientos, nuestros deseos y afectos, y nos daremos cuenta de cuán lejos andamos del misterio del Señor. ¡Y nos llamamos discípulos! Todavía no he­mos tomado conciencia de lo que ello significa. La cosa es seria; requiere meditación y reflexión. El que ama esta vida perderá la futura; quien la odia la alcanzará. No hay término medio. La cosa es radical, como radical fue la Misión de Cristo. La acomodación a este mundo sigue siendo una grave ten­tación. ¿Ya pensamos en ello? El salmo nos invita a suspirar, como descanso perfecto del alma humana, la perfecta convivencia con Dios. Ésta se dará a través del cumplimiento de su voluntad, y ésta lleva sin duda la Cruz.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Que esta ofrenda sagrada, Señor, nos traiga siempre tu bendición salvadora, para que dé fruto en nosotros lo que realiza el misterio. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Saciados con el pan de esta mesa celestial, te suplicamos, Señor, que este alimento de caridad fortalezca nuestros corazones, para que nos animemos a servirte en nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

2.5. UNA REFLEXIÓN PARA NUESTRO TIEMPO

Para negarse a sí mismo como plantea el Señor Jesús en el Evangelio, tiene uno que vivir en íntima comunión con Jesús. Los estilos de vida no se asimilan a través de lecturas y razonamientos lógicos. Los discípulos siguieron a Jesús, pasaron meses enteros a su lado y aprendieron a vivir confiando en la bondad del Padre, que los asistía a través de la bondad de sus hermanos. Eso lo vivieron y lo comprendieron de manera directa. La sola voluntad de seguir a Jesús no era suficiente; el relato de la pasión nos refiere que todos los discípulos lo abandonaron y huyeron y que Pedro y Judas le fueron desleales. La experiencia de la resurrección y el envío del Espíritu en Pentecostés fue lo que modificó en profundidad su corazón. El Libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Pedro y a Juan y a otros muchos discípulos con una decisión inusitada: saben obedecer a Dios antes que a los hombres, aún a riesgo de su vida.

 

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