29 Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

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Estamos hoy ante una de las frases más citadas del evangelio, y a la vez muchas veces interpretada con un sentido oportunista, según el interés de cada uno. Lo que sí es cierto que marca el comienzo de una corriente histórica de pensamiento social, un primitivo cristianismo que comenzó a establecer diferencias entre la moral y el derecho, entre el fuero interno (la conciencia) y la conducta externa (la ley). Ambos campos, en realidad, dialogan continuamente. En el evangelio se nos da una respuesta en la que cada elemento tiene su papel.

  1. Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor Jesucristo….

  1. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro de Isaías 45, 1. 4-6

Así dice el Señor a su Ungido, a Ciro, a quien lleva de la mano: «Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro. »

Para comentar este simpático canto, podemos comenzar por el último versículo: Yo soy el Señor y no hay otro. Idea cara al segundo Isaías. No hay más que un Dios; no hay más que un solo Señor. Y ése es el Dios de Israel. El Dios que habló a Moisés y habló a los profetas. Dios único, Creador y Señor del universo. La creación entera lo proclama gozosa, pues es su obra. También la historia: es Señor de la historia y la historia lo revela. Basta abrir los ojos de la fe. El profeta los abre y contempla. A su luz enjuicia e in­terpreta el «acontecimiento» Ciro.

Ciro ha sido elegido por Dios. Dios lo ha encumbrado y le ha dado en po­sesión un extenso y poderoso reino. Le ha asistido en sus campañas y le ha abierto las puertas de las ciudades enemigas. Dios lo ha elegido pastor de pueblos; Dios lo ha ungido rey. Ciro es hechura de Dios. El profeta lo sabe y lo proclama. Entre esos pueblos que lo confiesan soberano se encuentra el pueblo de Dios, su siervo Jacob, escogido Israel. El amor de Dios a su pueblo es la razón profunda que ha movido a Dios a la decisión de elevar y asistir a Ciro. No es la primera vez que Dios elige a reyes extranjeros para la ejecu­ción de sus planes con Israel. Lo hizo antes con Asur y Nabucodonosor, para castigar a Samaría y a Jerusalén respectivamente. La elección de Ciro, ahora, tiene un signo diverso: llevar la salvación a Israel. Por eso quizás, principalmente, se le considera ungido, como a los reyes de Israel, como a las personas elegidas por Dios para realizar un plan salvífico determinado.

Dios dirige la historia. Dios controla los acontecimientos humanos. No siempre conocen los instrumentos la mano que los maneja. El profeta, que ve en Dios, sí. La historia humana guarda relación misteriosa con la historia de la salvación. Sólo Dios, y en su lugar el profeta, puede revelarlo. Interesante la elección de Ciro. Dios continúa la obra de la salvación

2.2. Salmo responsorial (Sal 95, 1 y 3. 4-5. 7-8. 9-10a y e (R.: 7b)

  1. Aclamad la gloria y el poder del Señor.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. R.

Porque es grande el Señor, y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues los dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo. R.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en sus atrios trayéndole ofrendas. R.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda; decid a los pueblos: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente.» R.

Salmo de alabanza. Salmo de Dios Rey. Dios, Rey de todos los pueblos y de todas las naciones. El único Dios verdadero. Él es el Creador del mundo –ha hecho el cielo– y el Señor de la historia –gobierna a las gentes recta­mente-. La invitación va dirigida a todos. Estos salmos rezuman cierto uni­versalismo. Puede que en el fondo cante o recuerde el salmo de forma parti­cular la vuelta del destierro. Ahí se mostró -junto con la salida de Egipto- Señor de la historia, superior a todos los dioses y Dios único y verdadero. Honor a él: cante toda la tierra su alabanza. El pueblo de Dios debe cele­brarlo como Dios Rey, en todo momento, especialmente en el culto. Dios Rey pasa en el Nuevo Testamento a Rey Dios: Cristo Jesús, una cosa con el Pa­dre.

2.3. Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5b

Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que, cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda.

Comienza la primera carta a los Tesalonicenses. Es la primera carta de Pablo. Y éstas, sus primeras palabras. Una breve dedicatoria, un breve sa­ludo. Un saludo típicamente cristiano: en Dios y en Cristo el Señor, gracia y paz. Gracia y paz reveladas y concedidas como bienes escatológicos en Cristo Jesús, constituido Señor. Es un deseo, es una oración. La oración se alarga en una acción de gracias por los beneficios que Dios les otorga. Nótese la presencia de las tres virtudes teologales. Ellas informan por completo la vida del cristiano. Nótese también la presencia de las tres divinas perso­nas, que son el arranque, la forma y el fin de la vida cristiana: ante Dios, nuestro Padre, en Jesucristo, nuestro Señor, por la fuerza del Espíritu Santo.

La vida cristiana es una vida nueva. Se extiende y expresa hasta en los más mínimos detalles: en una carta, por ejemplo. En ella, como en el resto de la vida, operan las virtudes teologales: de fe, en su actividad; de esperanza, en su aguante; de caridad, en su esfuerzo. Todo ello en virtud del Espíritu Santo, al Padre, en el Señor Jesús. ¿Cuándo será así nuestra vida? ¿Cuándo serán nuestras acciones, hasta las más insignificantes, expresión de la fe, de la esperanza y de la caridad en Cristo Jesús? Sea nuestra oración, en comu­nión con los hermanos, una acción de gracias y una súplica por la gracia y la paz

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 15-21


En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: -«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?» Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: -«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto. » Le presentaron un denario. Él les preguntó:_«¿De quién son esta cara y esta inscripción?» Le respondieron: «Del César.» Entonces les replicó: -«Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. »

Desde que Roma había extendido su imperio a Palestina. El pueblo hebreo se veía obligado a pagarle tributo. Un denario de plata por persona. Si esto resulta enojoso a cualquier pueblo, mucho más al pueblo judío. La condición religiosa de este pueblo hacía la situación todavía más odiosa. Pueblo de Dios, destinado a ser encumbrado sobre todas las naciones, sentía sobre sí, intolerable, el dominio de un pueblo idólatra y gentil. Más aún la efigie del César en la moneda y en los lugares públicos era un bochorno y una provo­cación continuos.

Así las cosas, los fariseos y los herodianos (enemigos unos, simpatizantes otros de la dominación romana) deciden presentar a Jesús una cuestión cap­ciosa: ¿Es lícito dar tributo al César o no? El pago del tributo implicaba, para algunos, dificultades religiosas. Es fácil adivinar las consecuencias, en todo caso perniciosas, de un o un no claros. Si la respuesta es afirmativa, se presenta como inevitable la indisposición con el pueblo, máxime con los ce­lotes. Si, en cambio, la respuesta es negativa, Jesús se indispone claramente con la autoridad romana. Los tentadores habrían sacado partido contra Je­sús en cualquiera de los casos. Comienzan un tanto melosos, confesando la imparcialidad de Jesús. Es una gran confesión, aunque con fines perversos. Jesús no es aceptador de personas. Ese título es típico de Dios. En el fondo, confesaban lo que Jesús era sin darse cuenta.

Jesús sale airoso de la trampa, sin evadir la respuesta. Jesús se hace mostrar un denario, la moneda del tributo. Lleva grabada la efigie del Cé­sar. Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. A la pre­gunta teórica, de inmediata aplicación práctica, responde Jesús con una sentencia práctica de valor general. Sería así más o menos. Los fariseos -el pueblo entero- usan el denario. Con ello muestran en la práctica el reconoci­miento del poder romano y se aprovechan de sus ventajas. Les toca, pues, pagar el tributo; deben contribuir con su aportación a los gastos que supo­nen las ventajas que disfrutan. Es la única solución práctica. ¿No lleva el denario grabada la efigie del César? Entonces, le pertenece: Dad al César lo que es del César. (Algunos autores notan la diferencia entre dar el tributo, de la pregunta, y el pagarlo, de la respuesta).

La segunda parte de la sentencia y a Dios lo que es de Dios limita la pri­mera. No es el estado romano, ni ningún otro estado, autoridad suprema. La autoridad suprema la detenta Dios. Dios es el primero y el Único; está por encima de todo. El elemento religioso que presentaba e implicaba con fre­cuencia el Imperio Romano no es aceptable. Dios está por encima del César. Lo pondrán de manifiesto las persecuciones. Por otra parte, no está reñido (contra los celotes) el pago del tributo al César con el servicio a Dios. En otras palabras, el servicio al César, en cuanto al tributo se refiere, no com­promete los deberes religiosos. Jesús no discute la legitimidad o no de la presencia del Imperio Romano en Judea; ni tampoco la legitimidad o no de una oposición a ella. Es una solución práctica para aquel estado de cosas. El uso de la moneda implicaba una aceptación tácita del dominio romano y, por tanto, convenía obrar en consecuencia. Más no dice. La respuesta, con todo, es orientadora. San Pablo, en su Carta a los Romanos, añadirá algo a este pensamiento. Tertuliano dice Significa dar al César la imagen del César que lleva la moneda y a Dios la imagen de Dios que está en el hombre; da, pues, al César la moneda y a Dios a ti mismo. Interesante.

Reflexionemos:

Esta vez podríamos partir de la primera lectura. Tenemos como base la proclamación de Dios a través del profeta: Yo soy Dios y no hay otro. Aseve­ración solemne. El salmo lo canta: El Señor es el Rey, él gobierna a los pue­blos rectamente. Y el evangelio lo ofrece subyacente. Dios, pues, Señor y Dueño único del universo entero, Señor de la historia. Él dispone y gobierna; nada se le escapa, de todo lleva cuenta y todo entra dentro de su plan. A él la aclamación, a él el honor, a él el respeto y la sumisión. Dios por encima de todo. Es una satisfacción cantarlo y celebrarlo; tanto más cuanto que (lectura segunda) se ha revelado Padre, Hijo y Espíritu Santo. Padre que ama, Hijo que redime, Espíritu que fortalece y anima. Ése es nuestro Dios y no hay otro. Todos los pueblos están sometidos a él. Servirle es reinar y obe­decerle sabiduría y dicha supremas. Alabemos al Señor: sus planes son de salvación. Todos ellos para nuestro bien, si sabemos apreciarlos. El que tiene fe, como el profeta, lo ve y lo palpa. La historia humana, en el fondo, es sagrada. Dios está detrás de ella.

  1. a) Dios, por encima de las naciones, merece obediencia por encima de todo poder humano. Nada ni nadie puede retraernos de la obediencia a Dios: ni el Estado ni el monarca ni la nación ni la raza ni nada. Debemos dar a Dios lo que es de Dios: muestra persona, como dice Tertuliano, nuestro corazón, nuestros afectos y nuestras obras. No existe razón de Estado ni capricho de soberano ni exigencia de raza que pueda, bajo ningún concepto, separarnos de la sumisión a Dios. Ningún poder humano puede alegar el derecho de perdernos. Esto debe quedar siempre claro. Así el evangelio y el salmo for­malmente. Todas las naciones deben rendirle culto. Es el primero y más grande de los mandamientos.
  2. b) Todo poder viene de Dios (Pablo a los Romanos). Nadie reina sin su beneplácito. El Estado, como poder y reino terreno, tiene sus exigencias. El cristiano, que, aunque no es de este mundo, está en el mundo, se ve impli­cado en relaciones con él. Al César debemos dar lo que es del César. Quien disfrute de unas ventajas, es de derecho, ha de contribuir al mantenimiento de las mismas. Debemos completar el pensamiento con Rm 13, 7: pagar el tributo. Nada tiene que ver para ello, si es o no es laico el Estado. Pablo lo urgía para con el Imperio Romano; Jesús para con el César.

El profeta llama a Ciro, gentil y quizás politeísta, su «mesías». Dios puede realizar la salvación a través de los potentados del mundo. El cristiano, como tal, se verá obligado en conciencia a oponerse o enfrentarse al poder estatal de forma cierta, cuando éste, sobrepasando sus atribuciones, exija algo que vaya contra la voluntad de Dios manifestada en Cristo. Son, pues, principios orientadores: Dios por encima de todo y el Estado, por más laico o infiel que sea, no implica de por sí en sus exigencias la obediencia a Dios. Más aún, puede que Dios actúe a través de él; con frecuencia, sin embargo, contra su voluntad. El cristiano sabe a qué atenerse.

  1. c) La vida teologal y trinitaria del cristiano se expresa hasta en la más insignificante acción: una carta. Todo lo que hacemos, pensamos o deseamos, debe estar impregnado de fe, esperanza y caridad, en el Padre, Hijo y Espí­ritu Santo. Examinemos, por un momento, si nuestra vida responde a tal vo­cación de creer, esperar y amar en cualquier acción que realicemos; si el Dios Trino lo informa todo.
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