Domingo 5 de Pascua – Ciclo B

Pascua5B

El cristianismo no es un club de entusiastas admiradores de Cristo, ni un gremio de selectos, asociados y mentalizados por una filosofía dimanante del Evangelio. La Iglesia es fundamentalmente el misterio de nuestra incorporación personal y comunitaria a la Persona viviente de Cristo Jesús. Incorporación interior y profunda, mediante la vida de fe, de gracia y de caridad. Y también incorporación garantizada externamente, mediante nuestra permanencia visible a la propia Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Lo que Cristo instituyó para prolongar su obra de salvación hasta el fin de los tiempos.

  1. Oración colecta

«Señor, Tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos; míranos siempre con amor de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna».

  1. Texto y comentario

2.1. Hechos de los apóstoles 9,26-31

En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles. Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús. Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente en nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso. La iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea, y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo.

Aparece en la primitiva comunidad un personaje de cualidades e impor­tancia excepcionales: Pablo de Tarso, gran predicador de Cristo y Apóstol de las gentes. Pablo da «testimonio de Cristo resucitado», predicando públicamente el nombre del Señor. Él lo ha visto glorioso en su camino a Damasco. Su vida ha dado un cambio de rumbo. Iba perseguidor, vuelve ferviente y entregado propagador de su mensaje y de su persona. Se ha verificado una «conversión» completa.

El celo que lo anima es extraordinario. Hasta tal punto, que los hermanos temen por su vida. Pablo es obligado a marchar. Pablo predica pública­mente a Cristo en Damasco y en Jerusalén, en lengua griega y en lengua aramea, a ilustrados y a sencillos. Es un siervo del Señor que no desperdicia ocasión para manifestar su convicción y dar testimonio de Cristo resucitado. La actitud de Pablo, convertido al margen de los Doce, es un testimonio ex­traordinario, que motiva la admiración y la estupefacción de los racionalis­tas.

Pablo debe pasar por un noviciado de recelos. Es un advenedizo. Los hermanos lo recuerdan perseguidor. El recuerdo no se borra fácilmente.; du­rará por un tiempo, bien es verdad que no entre los más conspicuos. Así se purificará más. Su testimonio será más sincero. La Iglesia se multiplicaba animada por el Espíritu Santo. El incremento lo da el Señor, dirá después Pablo. Los apóstoles lanzan la semilla. El Espí­ritu se encarga de que fructifique. Así es la Iglesia, vivo testimonio, animada por el Espíritu.

2.2. Salmo responsorial: 21

El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

Cumpliré mis votos delante de sus fieles. / Los desvalidos comerán hasta saciarse, / alabarán al Señor los que lo buscan: / viva su corazón por siempre. R.

Lo recordarán y volverán al Señor / hasta de los confines del orbe; / en su presencia se postrarán / las familias de los pueblos. / Ante él se postrarán las cenizas de la tumba, / ante él se inclinarán los que bajan al polvo. R.

Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá, / hablarán del Señor a la generación futura, / contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: / todo lo que hizo el Señor. R.

Son unos versículos de la segunda parte del precioso salmo 21, mesiánico en opinión de los Padres.

En el fondo, Cristo resucitado, presente en la Iglesia. «Todo lo hizo el Se­ñor», es una alusión a la gran maravilla realizada por Dios en la resurrec­ción de Cristo. Cristo resucitado da testimonio de su poder y de su gloria. La «asamblea», la Iglesia, reconoce el testimonio y lo trasmite de generación en generación hasta la consumación de los siglos. Ahí con Cristo que da gracias a Dios, estamos todo nosotros. ¿No es el sacrificio de la misa un recuerdo de esta maravilla, una presen­cia del Señor en la asamblea, y una contínua acción de gracias, una perpe­tua «eucaristía»?

2.3. 1Juan 3,18-24

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.

Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

Refiere san Jerónimo que san Juan, aun en la más avanzada edad, no de­jaba de repetir ante la asamblea cristiana la misma amonestación: «Amaos los unos a los otros». Cansados los discípulos de escuchar siempre la misma exhortación, le preguntaron el porqué de tanta insistencia en aquel precepto. La respuesta, digna del apóstol, subraya San Jerónimo, fue la siguiente: «porque es un precepto del Señor, y si se cumple, todo está cumplido; mas si falta, todo falta». Es la mejor introducción a este pasaje.

Este parece ser el orden de las ideas. El amor de Dios a los hombres se ha manifestado en la muerte de Cristo en nuestro favor (v. 16-17). «…dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar la vida por los hermanos». La caridad fraterna nace del amor de dios a los hombres; y Cristo es el modelo que debe regir vuestras relaciones cristianas. Por eso nuestro amor debe ser obra y en verdad. Es decir, obrado y nacido de la verdad revelada que está en no­sotros, correspondiente a la fe en Cristo, a la aceptación de su mensaje, y por consiguiente, a la caridad que habita en nosotros. La fe y las obras de­ben estar en armonía. Se trata de una fe viva en la práctica de la caridad y de una caridad fundada y nacida en la aceptación de Cristo, que habita en nosotros por la fe.

La práctica del amor fraterno, mostrado en obras, basado en la verdad, será la señal de que nuestro amor es auténtico, digno de la fe que hemos concebido.

Una conducta semejante nos tranquilizará ante la conciencia (ante Dios en resumidas cuentas). Aunque nuestra conciencia nos acuse de otro tipo de faltas, podemos estar tranquilos. Dios, misericordioso, conoce la auténtica caridad que tenemos; si la practicamos según lo dicho, tendrá piedad de no­sotros. La caridad cubre la multitud de los pecados. (Pe 4,8)

Si nuestro amor nace de la verdad, también nuestra oración será escu­chada. La atención de Dios a las oraciones de los hombres está en estrecha relación con la unión que estos guardan con él. Unidos a El por la caridad verdadera y por el cumplimiento de los preceptos, vividos en fe, Dios escu­chará nuestras oraciones.

2.4. Juan 15,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.”

La alegoría de la vid. Pasaje denso y profundo, sumamente teológico.

Nos encontramos en el contexto de la Cena. Más exactamente hablando, el pasaje forma parte del discurso -segundo- de Cristo a los suyos, momentos antes de ser entregado. Son momentos de efusión y de comunicaciones ínti­mas. Temas: la unión, el amor.

Los discípulos deben permanecer unidos a Cristo, si no quieren perderse como tales y como hombres- «echados al fuego». La unión con Cristo garan­tiza el «éxito» en el plan de Dios. Unidos a Cristo, quedamos por lo mismo unidos a los hermanos-miembros de una misma planta por la que corre la misma savia; de este modo también se asegura el fruto -actividad del Espí­ritu Santo.

En unión con Cristo, el éxito en la oración al Padre está asegurado. Natu­ralmente al oración no puede ser otra que la que va dirigida al cumplimiento de la voluntad de Dios, que, a su vez, no intenta otra cosa que manifestar su gloria-comunicarla- a los hombres. Los apóstoles cumplirán perfectamente su misión de anunciadores, de reveladores, de santificadores en unión con Cristo. Unidos a él la actividad del Espíritu será amplia y poderosa; se lle­narán de la gloria de Dios. Si pensamos todavía en los frutos, el primero, sin duda alguna, el del amor en toda su extensión, que va de Cristo a los sar­mientos. Esa es la vida de Dios; no otra la vida de cristianismo. Sin em­bargo, los sarmientos necesitan de una poda. La imagen es sugestiva. Hay que eliminar lo superfluo, lo inútil, para dar paso a la fuerza de la savia que irrumpe de la vid, a la fuerza del Espíritu que viene de Cristo. Es un cuidado de la vid, no un castigo. La poda es necesaria. Así es la disciplina divina. Vale para todo cristiano.

Los autores ven en la alegoría de la vida una alusión a la Eucaristía. Efectivamente, los sinópticos traen un texto, dentro del contexto de la Cena, altamente sugestivo: «En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día que lo beba de nuevo en el Reino de Dios». La Didajé: «Te damos gracias Padre nuestro, por la vida santa de David tu siervo, que nos revelaste por David tu siervo». Estas palabras en las preces eucarísticas. Recuérdese el vino superior y abundante de las bodas de Caná. No está, pues, demás, una alusión a la Eucaristía.

La imagen de la Vid nos recuerda también múltiples pasajes del Antiguo Testamento. Baste el salmo 80,9-16. El Pueblo de Dios es comparado a una vid frondosa. San Pablo lo compara a un olivo. Entonces la idea es clara. El pueblo nuevo -el Pueblo de Dios- no es otro que aquel formado en Cristo. No hay pueblo, no hay fiel fuera de la unión con Cristo. La Vid auténtica, la que el Padre cuida, la que el Padre reconoce como propia, es la que tiene por tronco y principio a Dios. La salvación viene por El. La purificación nos llega a través de su Palabra, a través de sus Revelación. Ella nos libera y nos santifica mediante la aceptación por nuestra parte, en fe y amor, de Cristo como Hijo del Padre y salvador único. Quien se aparta de El está condenado a la ruina. El mismo se pierde. El nuevo pueblo es Cristo entero que se ex­pande y lleva su fruto a todas partes. El sarmiento llegará a su fin si per­manece unido a la Vid. De esta forma fructificará.

Reflexionemos:

La antífona de entrada nos recuerda la Resurrección de Cristo, centro y fuente del Cristianismo, como doctrina y como vida. Las oraciones nos men­cionan, como corporación, los dones recibidos: «nos has redimido», «nos has hecho hijos», «partícipes de la divinidad», «nos has iniciado en los misterios del reino», y nos lanzan a una petición sincera:«libertad verdadera y herencia eterna», viviendo según la vocación que tenemos, alejados del pecado y co­menzando aquí ya la vida eterna. Unión con Dios, pues somos hijos, amor fraterno, pues somos hermanos. La imagen de la Vid lo recalca

  1. A) Cristo es la Vid. La verdadera, la auténtica. Sin él nada. Las expre­siones del Evangelio son tajantes.

En el Prólogo aparece el Verbo centro de la creación. «Todo fue hecho por él, y nada de lo que fue hecho fue hecho fuera de él». Función cosmológica. Todo depende de él en la misma existencia. Los signos cristológicos de Fili­penses y Colosenses revela la misma verdad. En estrecha relación con el papel cosmológico está la función soterioló­gica. La salvación nos viene de él. Todo con él, nada sin él. Dios nos da la salvación sólo y dentro de Cristo. Cristo es la fuente y el centro.

El hombre recibe, sólo unido a él, la filiación divina. Cristo es el Hijo .Unidos a él llegamos a ser hijos. Sin él el fracaso. Llamado el hombre. a una herencia eterna, no la conseguirá sino unido a Cristo glorioso, dador de la gloria eterna. Se nos exige naturalmente la permanencia en él. El hombre, pues, no conseguirá el fin en cuanto hijo de Dios -don recibido- ni en cuanto hombre -creatura de Dios- si nos separamos de él. Vendrá sobre nosotros la perdición. Así el sarmiento que muere. Lo mismo el Apóstol, como el simple fiel, fracasan como tales en su vocación de herederos de la vida eterna y como hombre, separados de él. La iglesia es la unión de los que creen y viven en Cristo. No es la iglesia un movimiento sociológico, filosófico, humano. La Iglesia tiene como cabeza a Cristo con el que mantienen los fieles una unión mística, vital y divina. No son nuestras obras las que nos salvan, sino nuestra vida unida a Cristo. La vida desciende de arriba, de Dios mediante Cristo, se agita en nosotros, fructifica en nosotros en tanto nos mantengamos unidos a él. No es obra nuestra, es obra de Dios en nosotros y con nosotros.

  1. B) Cooperación humana No basta ser llamados. Es menester vivir la vo­cación. Fe en Cristo, amor a los hermanos, dentro del amor a Dios en él. Esta es la vocación del cristiano. La unión con Cristo nos hará vivir la voca­ción -cumplir- y el cumplimiento de los preceptos nos mantendrá unidos a él. La unión con él garantiza la unión con los demás, así como el amor a los hermanos demuestra la unión con él. De ello nos habla la segunda lectura: amarnos como él nos amó. No podremos hacerlo sino unidos a él; y cuanto más nos amamos, más nos unimos a él. Quien quiera construir una vida propia al margen de esta verdad, está seco; su destino es desastroso. Ahí está el ejemplo del sarmiento seco. Quien no ama al hermano se aparta de Cristo y muere.
  2. C) Garantía de «éxito». Hay que entenderlo bien.

El éxito consiste principalmente en realizar en nosotros, y también en el mundo entero, el plan de Dios de salvación. De esta forma llegaremos a la salvación eterna. Así se hará presente el reino de Dios, cuyos misterios es­tamos ya ahora participando (oración). No se trata de otro éxito. El «éxito» es que viva en nosotros Cristo, según la voluntad del Padre. No quiere decir esto que nuestras obras van a palpar ya ante los hombres el fruto de los trabajos. Sería engañoso. El «éxito» es cumplir la voluntad de Dios sea cual sea, ya cruz, ya gloria, ya en silencio, ya en esplendor. La primera lectura nos ofrece un ejemplo. Pablo, apóstol de Cristo, entregado totalmente al ser­vicio divino, anhelando tan solo vivir en sí la vida de Cristo. Así también la Iglesia, movida por el Espíritu.

D) La Poda. El tema es sugestivo. Dios no mata; es el Dios de la vida. Dios cura, vivifica, vigoriza, enriquece, perfecciona. Hay que contar con la acción purificadora de Dios. Puede ser dolorosa, pero en todo caso saludable. Es condición indispensable, dad nuestra condición actual. Como advertencia saludable no olvidemos el sentido de «desecho» que puede encerar el término poda.

E) Petición. El tema de la petición es también interesante. Conocemos el precepto del Señor: «Permaneced en mí». Poseemos los dones. Debemos res­ponder a ellos. Hay que vivir el don recibido. Hay que pedirlo también. Se nos concederá a medida de la unión con él, y mayor la unión cuanto más la pidamos y la vivamos. El deseo se convierte en oración y la oración en vida.

F) Eucaristía. Buen momento para recordar el «Permaneced en mí». «Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida en mí y yo en él», dice Cristo. La virtud del sacramento nos une a él y nos hace una misma cosa con él. En ella su fortaleza, en ella su amor, en ella su gracia; en ella la co­munión fraterna. El don del Espíritu se nos comunica en ella. La imagen de la Vid nos recuerda a la Iglesia entera que se mueve en torno a Cristo, pre­sente en la Eucaristía. Allí el vino de la vida; de allí la fuerza de expansión de los sarmientos; de allí la valentía de Pablo y la virtud entera de la Igle­sia. La eucaristía ha de ser vivida con entereza y amplitud: nuestro pensa­miento, nuestra voluntad, toda nuestra persona; en el momento cultual y en la vida entera: fe y amor a Dios en Cristo; amor profundo al hermano. La eucaristía lo expresa y realiza; lo expresamos y lo realizamos.

 

 

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