Décimo primer domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B

11TO

La Iglesia, en cuanto comunidad de creyentes, tiene la misión de ser «sacramento» del Reino de Dios aquí, en la tierra: ha sido convocada para ser, con sus palabras y sus acciones, «signo eficaz» de este Reino que, como la pequeña simiente echada en tierra, puede crecer sin límites.

  1. Oración colecta:

Señor Dios, fortaleza de los que en ti esperan, acude, bondadoso, a nuestro llamado y puesto que sin ti nada puede nuestra humana debilidad, danos siempre la ayuda de tu gracia, para que, en el cumplimiento de tu voluntad, te agrademos siempre con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo…

  1. Lecturas y comentario

2.1. Ezequiel 17,22-24

Así dice el Señor Dios: “Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y se hagas un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.”

Ezequiel, profeta de Dios en el exilio. Allí marchó con su pueblo y allí mu­rió. Su mensaje va dirigido, pues, al pueblo que acaba de ser deportado. No olvida, con todo, su tierra de Judea.

La ira de Dios pesa dolorosamente sobre su pueblo. Su gente desterrada, su tierra en manos extranjeras, el culto abolido, la monarquía trucada. La monarquía se ha mostrado infiel, el pueblo ha prevaricado. El castigo ha sido irremediable. ¿Ha abandonado Dios a su pueblo? Dios se mantiene FIEL a sus promesas. Dios no olvida a su pueblo. El destino de las naciones está en sus manos. Puede truncar los cedros más robustos y los abetos más altos y levantar hasta el cielo las plantas más humildes. Dios es el Señor de la historia. Y así lo hará.

Vuelven a revivir las esperanzas mesiánicas. La ramita verde -símbolo de la esperanza- se convertirá en árbol frondoso y elevado. Acudirán a él aves de todo género. Buscarán su cobijo desde los cuatro vientos. Todos los pueblos van a ser la maravilla. La rama -vástago, brote, en Isaías- nos re­cuerda al Mesías y a su pueblo. De una ramita verde, de un tronco que pa­recía seco, de una planta humilde -situación actual del pueblo y su monar­quía- va a surgir todo un cedro noble. Dios lo ha determinado. Maravillosa la acción de Dios.

2.2. Salmo responsorial: 91

Es bueno darte gracias, Señor.

Es bueno dar gracias al Señor / y tocar para tu nombre, oh Altísimo, / proclamar por la mañana tu misericordia / y de noche tu fidelidad. R.

El justo crecerá como una palmera, / se alzará como un cedro del Líbano; / plantado en la casa del Señor, / crecerá en los atrios de nuestro Dios. R.

En la vejez seguirá dando fruto / y estará lozano y frondoso, / para proclamar que el Señor es justo, / que en mi Roca no existe la maldad. R

Salmo de acción de gracias. La experiencia múltiple y secular de pueblo de Israel rompe en alabanza. Dios se ha mostrado bueno, Dios ha prodigado sus bondades. Esa misma experiencia abre camino a una «sabiduría» espe­cial. Obliga a pensar y a seguir un comportamiento determinado.

Las obras del Señor, sus bondades, nos invitan a alabarlo y a estudiarlo. Alabanza y reflexión sapiencial. La obra de Dios revela «fidelidad». Su «fidelidad» opera maravillas y es una constante bendición para sus fieles. Sugestivas la imagen de la palmera y la del cedro. El justo -en los atrios del Señor, bajo su sombra- crecerá y se multiplicará. El fruto será abundante aun en el tiempo inesperado. Alabanza a Dios, invitación a servirle. Serás como la palmera.

2.3. 2Corintios 5,6-10

Hermanos: Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo.

El texto de la segunda lectura prosigue con los estímulos dirigidos a los cristianos para que mantengan firme la mirada en los bienes «invisibles», que son «eternos». La perspectiva del que ha optado por ponerse a seguir a Cristo no es, en efecto, de este mundo: la fe y la esperanza en Cristo resucitado llevan a mirar hacia un horizonte que está «más allá» de la dimensión terrena.

Esta conciencia se traduce, en el pasaje que acabamos de leer, en tres tipos de pensamientos: en primer lugar, tenemos una comprensión de nuestro «habitar en el cuerpo» como si viviéramos en un exilio «lejos del Señor» (v. 6). Lo que caracteriza la existencia terrena del cristiano es la fe, no aún la visión. De esta dialéctica fe-visión brota la actitud propia del creyente: la confianza.

Éste es el término fundamental (aparece dos veces en las líneas iniciales del texto), y resume la identidad del creyente: éste es alguien que se «confía» plenamente; mejor aún, alguien que se «confía» al único que considera digno de confianza. La vida del creyente está orientada así hacia su destino de consumación en Dios.

En segundo lugar, se levanta acta de que lo que cuenta en el hoy terreno, vivido a la luz de la fe, es el esfuerzo por «serle gratos» (v. 9b). No se trata de una simple lógica de prestaciones o de confianza en nuestros méritos: no son éstos, en efecto, los que nos procuran la salvación. La expresión remite más bien al compromiso activo de llevar nuestra propia vida siempre bajo la mirada de Dios.

Y por último, en tercer lugar, está el pensamiento de tener que «comparecer ante el tribunal de Cristo» (v. 10). Pero ésta ya no es una perspectiva que engendre ansia o miedo; es sólo la expectativa de la consumación esperada y la conclusión de una vida vivida en el abandono en Dios.

2.4. Marcos 4,26-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.”

Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.” Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Dos parábolas y una breve conclusión.

El Reino de los Cielos es una realidad sobrenatural que irrumpe en la vida del hombre y lo arrastra a éste a esferas desconocidas y divinas. Jesús compendia es sí esa realidad misteriosa. Urge escucharle.

El Reino de los Cielos tiene su dinámica propia, sus misterios. El hombre no puede adentrarse en él, si Dios no le abre la puerta. La Puerta es Jesús. Jesús habla de esa realidad, y cada una de sus exposiciones toca un punto o aspecto de ese Misterio. Jesús ofrece con frecuencia el misterio de la vida (agricultura) como punto de comparación. Quizás así pueda el hombre abrirse camino a la inteligencia de esa realidad sublime. Al fin y al cabo se trata de algo vital, aunque transcendente. En literatura se llaman parábo­las. Revelan un finísimo espíritu de observación y de acomo­dación. Jesús conoce a la perfección la vida humana y la divina. Todas ellas son significativas. Jesús condesciende a hablar a los hombres del gran Mis­terio, del Reino de los Cielos, en términos al alcance de todos.

«Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque le ha llegado la siega». Así termina la primera de las comparaciones. No porque el hombre madrugue o trasnoche, amanece antes, apunta más rápida la espiga o se adelanta la siega. Hay una maduración natural con un ritmo vital miste­rioso, sorprendente, que se pone en movimiento al margen del hombre. Al hombre no le toca más que admirarlo y esperar. Ya vendrá la siega. Así su­cede con el Reino de los Cielos. El Reino tiene un período de maduración, una hora de la siega: el juicio definitivo. No le toca al hombre adelantarlo. Hay que esperar con paciencia. Ya llegará. En algunos círculos judíos de enton­ces no se pensaba así. Se esperaba y deseaba una intervención definitiva de Dios, un juicio inmediato y severo. Todo iba a quedar en orden, muy humano por otra parte, de modo fulminante: salvación del pueblo, ruina de las gen­tes. Tenían prisa. Así parece pensaban los zelotes y la mayor parte del pue­blo. Jesús no se comporta a la altura de estas esperanzas. Y advierte que esto es un misterio del Reino de los Cielos, como lo es el de la vida. Y Sería improcedente escandalizarse en Cristo.

No va muy distanciado el sentido del segundo parangón. Parece dirigido también a corregir el error de algunos. El Reino de los Cielos tiene comienzos humildes, insignificantes. Como un grano de mostaza, luego llegará a ser un árbol frondoso. Allí irán a cobijarse las aves del campo. La imagen es transparente. Esa figura del árbol simbo­lizando un reino, el Reino de Dios, tiene raíces bíblicas. Es, al comienzo, una insignificancia en sí, pero crecerá, se expandirá y sus ramas cubrirán la tie­rra. Será la admiración de las gentes. Dios es admirable en sus obras. Así también el Reino de los Cielos. La contemplación de estos misterios puede que nos sugieran pensamientos provechosos. La idea de la universalidad está latente.

La conclusión es interesante. Jesús habla en parábolas, acomodándose al entender de las gentes. Algo dicen las parábolas. Pero no lo dicen todo. El Misterio del Reino queda misterio. Solamente los allegados reciben una in­formación mayor. Son aquellos que tienen fe en él, aquellos que le siguen, aquellos que le aman. Jesús se comunica a ellos, porque ellos se han abierto a él. Es también natural. Yo no comunico mis intimidades – pensamientos, afectos, deseos – a cualquiera. Ha de ser muy allegado, muy amigo, muy ín­timo. Algo así como otro yo. Alguien que se ha ganado mi confianza. Confío que me ha de entender y comprender, que me ha de apreciar y que ha de hacer mi vida parte de la suya ha de sentir conmigo. De no ser así sería pe­ligroso y perjudicial. Jesús se abre, todavía en el misterio, a aquellos que han hecho causa común con él. Ellos pueden apreciar y entender algo de su persona, de su obra, del Reino de Dios. Ellos le han aceptado. Le han confe­sado Mesías. A ellos se confía Jesús. (Ama para entender y entiende para amar).

Reflexionemos:

Los misterios del Reino de Dios. El evangelio nos invita a reflexiones so­bre ello. La naturaleza del Reino de Dios es asombrosa. La imagen de la mostaza nos habla de la extrema sencillez e insignificancia de los comienzos y de la extrema grandeza del desarrollo alcanzado. Dios es así. Así sucede con el Evangelio. Piénsese en Jesús, en los apóstoles, en los medios humanos con que contaron. Todo hacía presagiar una ruina. Pues no. El árbol se ex­tendió a todo el mundo y a todas las esferas de la sociedad. Todos los pueblos pueden cobijarse en él. Hay lugar para todos. Todos encuentran en él su «nido». ¿No es para alabar y dar gracias a Dios? (Salmo y primera lec­tura). Maravillosos los caminos del Señor: en los insensatos de este mundo confunde a los sabios y en lo débil doblega a los poderosos. Es su fuerza, su poder, su sabiduría. ¿No es algo consolador? El salmo nos invita a meditarlo y a alabarlo.

La imagen del crecimiento paulatino, pero seguro, apunta en la misma dirección. Pero añade algo más: La «siega». Habrá una siega, un fin. Sin es­fuerzo nos viene a la memoria la parábola de la cizaña. La lectura segunda abunda en el mismo tema: hemos de dar cuenta a Dios de lo bueno y de lo malo que hayamos hecho. Habrá un JUICIO. Y Jesús ha de ser el JUEZ. ¿Ya pensamos en ello?

Sentimientos de admiración a alabanza por el proceder de Dios. Con­fianza en su fidelidad. Descansamos en su Palabra y en su fuerza. Es el Dios de la historia. Y la historia camina hacia él. Nosotros caminamos con él. Nos hemos cobijado en su Hijo. Caminamos obrando el bien. El fin llegará. El pensamiento de las postrimerías es siempre beneficioso: Dios bendice al fiel y maldice al perverso.

El evangelio tiene un pensamiento más: la conducta de Jesús. Los miste­rios son encomendados a los fieles. ¿No es esto para dar gracia, confidentes de Dios? ¿Cultivamos su amistad y su trato? ¿Cómo esperamos recibir confi­dencias? ¿Nos damos cuenta del tesoro que llevamos entre manos? Las con­fidencias de Dios de capital son importancia. Ellas nos revelan el misterio y lo transparentan. Convendría pensarlo.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s