Domingo 12 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

24

El Señor Jesús nos invita, como hizo un día con sus discípulos, a “cruzar a la otra orilla”, a no aferrarnos en nuestras seguridades ni materiales ni religiosas, a superar el temor y el recelo de que él pueda dejar de acompañarnos.

  1. Oración colecta:

Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo…

  1. Texto y comentario

2.1. Lectura del Libro de Job 38, 1. 8-11­

El Señor habló a Job desde la tormenta: ¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno, cuando le puse nubes por mantillas y niebla por pañales, cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos, y le dije: «Hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas»?

El acuciante y eterno problema del sufrimiento. El hombre lleva el sufri­miento pegado a su carne, desde que nace hasta que muere. Como sociedad y como individuo. A todos niveles: físico, moral… ¿Cuál es su razón de ser? La filosofía y la teología buscan una respuesta. He ahí una terrible interrogante: el porqué del sufrimiento. Anejo, el misterio del pecado.

A Job le ha maltratado la suerte, diríamos hoy. Pero para aquellos hom­bres, y en verdad para todos, no hay suerte o destino ciego. Tras aquella fuerza que lo tiene postergado, se esconde Dios. Job es piadoso, Job es un hombre cabal, Job cree mantener una conducta irreprochable. Y, no obs­tante, la desgracia le llega hasta la médula de los huesos. ¿Por qué esto? Los amigos se esfuerzan en darle la respuesta, poseen la sabiduría. Todo lo que dicen es verdad o puede serlo, pero no encaja. Sus reconvenciones no acier­tan, lo confunden y alteran. Job no ha pecado. ¿Por doquier grandeza, sabi­duría, orden, concierto, bondad. Dios no hace nada sin sentido. Dios es el Señor de todo. Lo transciende todo y está en todo. El hombre no puede abar­carlo. ¿Cómo exigirle cuentas? Tan solo su voz infunde ya terror. (Dios habla desde la tormenta). El hombre debe retirarse dentro de sus propios límites, reconocerlos, y admitir sobre sí una razón suprema que lo gobierna todo, una providencia misteriosa, cierta y segura. ¿Quién es el hombre, Señor, para pedirle razón de su obrar? Posición justa y acertada.

El sufrimiento tiene un sentido, una razón de ser. Una relación profunda lo une con el pecado. Aunque el pecado personal no es la razón inmediata de su existencia en cada uno de los individuos. Dios dirige sabiamente y con au­toridad. La creación en su magnificencia nos invita a aceptarlo. El es bueno. Hay que dejarse llevar por él. El «misterio» de la muerte de Jesús iluminará el problema. Morimos en Cristo para resucitar con él. Esa es la respuesta de Dios en los «tiempos últimos». Esperamos ver con nuestros propios ojos la realidad suprema que este misterio encierra. Dios, pues, responde, y el hombre pierde el habla. En Job la creación que impone. En el Evangelio el «Misterio» de Jesús qué maravilla.

2.2. Salmo Responsorial (Sal. 106, 23-24. 25-26. 28-29. 30-31)

R/ Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

(Los hijos de Israel) entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto;
subían al cielo, bajaban al abismo,
el estómago revuelto por el mareo.

Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.

Se alegraron de aquella bonanza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.

Salmo de acción de gracias. Un amplio salmo litúrgico. Recoge el agrade­cimiento de los fieles a Dios por los beneficios recibidos. El salmo separa a los agraciados por grupos. El texto aquí elegido representa la acción de gra­cias de los salvados de la muerte en su travesía por el mar. Dios es el Señor de los mares. A él el honor y la alabanza. La descripción de la angustia en una tormenta marina es asombrosa.

2.3. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5, 14-17

Hermanos: Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Por tanto, no valoramos a nadie por criterios humanos. Si alguna vez juzgamos a Cristo según tales criterios, ahora ya no. El que vive con Cristo, es una creatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo.

Cristo murió por nosotros. Cristo resucitó por nosotros. Cristo murió y re­sucitó por todos. Nosotros hemos muerto en su muerte y hemos surgido vivi­ficados en su resurrección. La muerte de Cristo es la expresión extrema de un amor sublime. El amor lo llevó a la muerte y en él quedó la muerte ven­cida. Y su amor a nosotros nos hizo capaces de quererle. Más aún, nos apremia, nos empuja, nos obliga. El amor que Cristo nos tiene ha creado en nosotros un movimiento singular hacia él. Es un cambiazo profundo. El don del Espíritu. Cristo nos ha amado y nosotros lo amamos a él.

La muerte y la resurrección de Cristo conforman nuestra vida. Y tanto ésta como el amor a que nos obliga llevan el signo de la muerte y la resu­rrección. Hemos muerto al pecado, hemos muerto a la carne, hemos muerto a lo viejo, a todo aquello que nos distancia de Dios. Vivimos en Cristo la vida nueva, la vocación celeste, la vida divina que nos introduce en Dios. El es­tado actual del cristiano -en este mundo- lleva ese doble signo gravado en su carne. El amor -que ha sido derramado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado- se desarrolla aquí en una continua «muerte» a todo aquello que le obstaculiza su plena expansión: sensualidad, avaricia, odio, soberbia, egoísmo, aficiones descompuestas… No hay una vida divina sin una muerte. Portamos la cruz de Cristo en la propia carne, todos los días, toda la vida. Esa es nuestra condición. Vivimos matando a la muerte. Ya llegará el mo­mento en que la «muerte» sea aniquilada en toda su amplitud: la resurrec­ción de los muertos, la vida futura.

En esta vida nueva hasta los criterios han cambiado. Ya no vemos, ni sentimos, ni deseamos, ni amamos, según la carne, según lo humano, al margen de la revelación de Cristo. Cristo vive en nosotros. Las relaciones con los demás han de ser de otro signo: en Cristo. Es toda una nueva pos­tura. El cristiano tiene un nuevo ser, una nueva vida, una moral peculiar, un pensar propio, una lógica que supera toda lógica, unos criterios y una forma de valorar las cosas que lo distingue de los demás. ¿Es así en verdad? Pablo nos invita a reflexionar apremiados por el amor de Cristo.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Marcos 4, 35-40

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, cállate!» El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero, quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»

Marcos, el evangelista del «secreto mesiánico». Un misterio profundo envuelve a Jesús. Sus palabras, sus acciones, su comportamiento, suscitan por doquier interrogantes. ¿Quién es éste? Algo de ello tenemos aquí.

Jesús se aleja con los suyos. Jesús duerme en la barca, mientras ruge fu­riosa la tormenta. Jesús debía estar físicamente agotado. No era para me­nos, atendiendo su trabajo. La barca amenaza hundirse, los discípulos temen morir ahogados. Una voz descompuesta, desabrida, sacude al Maestro. No son en verdad muy respetuosos. ¿Saben en realidad quién es? Parece que no lo han descubierto todavía. La reconvención de Jesús lo sugiere: « ¿Aún no tenéis fe?» Fe ¿en qué o en quién? Fe, al parecer, en su persona. Todavía no se han enterado de quién es él, el Mesías, el Señor, el Grande. Tras la calma, se levanta en su corazón un sentimiento de temor. Sienten la presen­cia de lo divino, de lo grande. Y su espíritu se encoge, se turba y rebosa res­peto. (¿Hay aquí un recuerdo de Jonás?). Ahí está el Señor.

La barca simboliza la Iglesia. La Iglesia, representada aquí por sus «fieles» amigos, no parece sentir la presencia de su Señor en momentos de zozobra. A la Iglesia la sacuden tempestades de todo tipo. Parece amenazar ruina y desastre. ¿Dónde estás, Señor? El reproche de Jesús cae sobre noso­tros: ¿Que teméis? ¿Todavía no os habéis percatado de quién es el que va con vosotros? Y vuelve otra vez la voz del Maestro: ¡Calla, enmudece! Y vuelve la calma. ¿Hasta qué punto tenemos fe? No deja, con todo, de ser mis­terioso que nuestra vida en Cristo -la barca- sea zarandeada por los vientos, aun estando en ella Cristo. Contamos con ello.

Reflexionemos:

Comencemos por el evangelio. La barca de Pedro zozobra, y Cristo va dentro. Estamos ante un misterio. ¿Por qué lo permite? La barca, la Iglesia, está expuesta a las inclemencias del tiempo, como lo estuvo Jesús en su vida. Son sus debilidades, su cruz. Con todo, la seguridad le acompaña. Cristo victorioso estará ahí, dentro de ella. También ella saldrá victoriosa. Se apaciguaran los vientos y se calmará el mar. No hay por qué temer.

Estamos tocando el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Cristo padeció, murió; pero surgió victorioso. La pasión, el sufrimiento, el dolor, la muerte tienen un sentido. Son expresión de un amor inefable. Ante un mundo viejo y podrido, que odia, que mata, egoísta, interesado, particularista, ale­jado de Dios, el amor de Dios ha de padecer, ha de sufrir. Pero ha de vencer. Así la Iglesia: lleva su cruz, su pasión; se le ha prometido la gloria.

La vida del cristiano, como tal, lleva ese signo. Un amor en lucha, en pa­sión, en sufrimiento. El cristiano participa de la debilidad de su Señor. Su vida transcurre dentro de los estrechos límites del espacio y del tiempo, con las flaquezas personales y la oposición ajena. También le acompaña la «fuerza» de su Señor. Jesús va en la barca, aunque parezca dormido. El su­frimiento nos configura a Cristo. Sufrimos en obediencia al Padre -en esta condición humana- y en amor a todos. Ya pasarán las tempestades. La vida de Job y el salmo nos lo recuerdan.

La segunda lectura nos invita a vivir el misterio de la vida nueva. Hemos muerto y debemos morir todos los días. Postura nueva, sentir nuevo en Cristo. Aquí cabrían muchas reflexiones. ¿Es verdad que nuestra postura es nueva? ¿Nos diferenciamos en la expresión de la caridad, en el justo aprecio de las cosas, en el talante personal, de lo que llamamos mundo? ¿Dónde está esa piedad, esa religiosidad, esa paciencia, esa bondad, ese aguante, ese sentir con Cristo? ¿Nos tragará el mar? ¡Cuidado! ¡Llama a Cristo.

El interrogante piadoso que presentaba Job, queda solucionado en el «misterio» de la muerte y resurrección de Cristo.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s