Domingo 14 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

25 14TO

Jesús enfrenta en Nazaret la incredulidad de los suyos. Se preguntan: “¿De dónde le viene esta sabiduría?”. Los profetas de Israel habían pasado por lo mismo. Ezequiel, por ejemplo, a quien Dios envía donde gente rebelde. Es como si se repitieran las palabras del Salmo a propósito del menosprecio de los orgullosos. Igualmente Pablo debe afrontar los insultos y las persecuciones. Pero se siente fortalecido por Jesús que le dice: “Mi gracia te basta. Mi poder se manifiesta en la debilidad”.

  1. Texto y comentario

1.1. Ezequiel 2,2-5

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía: “Hijo de Adán, yo te envió a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envió para que les digas: “Esto dice el Señor.” Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.”

Admirable la vocación del profeta. Enviado de lo alto para transmitir al pueblo la palabra de Dios, encuentra con frecuencia un auditorio indiferente, cuando no hostil. Es para desanimar a cualquiera. No será rara la sensación de que hace el ridículo. Más aún, el predicador sagrado expone con frecuencia no sólo su reputación de hombre sensato y contemporizador, sino también la propia paz y tranquilidad y hasta pone en peligro su vida. Nos cae simpática la figura del profeta. Hombre valiente, arriesgado y decidido. Testimonio de Dios entre los hombres, signo de contradicción por lo común. Hombre admirable. Se encara con el pueblo y sus palabras toman un matiz diverso, según la situación del auditorio. Anima al temeroso, levanta al abatido, consuela al pobre, defiende al desvalido, infunde esperanza a los que la han perdido o están a punto de perderla. Truena, en cambio, la voz del profeta, amenazadora y asusta, en la casa del rico avariento y del acu­sador injusto; retumba en los oídos del pueblo insensato idólatra, ebrio de placer y de orgías, acusa con desenfado al profeta hipócrita y falseador y desenmascara al adulador aprovechado.

En una misión semejante encontramos ahora, en la lectura, al profeta Ezequiel. Los padres han pecado. Dios les anunció por Jeremías el gran de­sastre, el destierro. No hicieron caso. Los hijos, ya en el destierro, parecen seguir el mismo camino. Han cerrado los oídos a la voz del profeta. No im­porta. El profeta debe seguir gritando, debe seguir anunciando la palabra de Dios. No debe dejarse intimidar por la actitud hostil o indiferente del pueblo. Al profeta no se le garantiza el éxito. Hay que cumplir la misión apasiona­damente. Es misión divina. Tendrán que aguantarle. Dios lo envía para el propio provecho del pueblo. Suya es la culpa si no le escuchan. Dios ha cum­plido con su promesa: ha enviado un profeta. El pueblo tomará una actitud que lo salvará o lo condenará. La voz del profeta no suena en balde; lleva consigo la eficacia de Dios mismo, que salva o condena.

1.2. Salmo responsorial: 122

Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia

A ti levanto mis ojos, / a ti que habitas en el cielo. / Como están los ojos de los esclavos / fijos en la manos de sus señores. R.

Como están los ojos de la esclava / fijos en las manos de su señora, / así están nuestros ojos / en el Señor, Dios nuestro, / esperando su misericordia. R.

Misericordia, Señor, misericordia, / que estamos saciados de desprecios; / nuestra alma está saciada / del sarcasmo de los satisfechos, / del desprecio de los orgullosos. R.

La imagen del esclavo y de la esclava que no retiran su mirada de las manos bondadosas de los señores, es sugestiva y tierna. Así nosotros ante Dios. Saciados de desprecios y agravios pedimos humildes, pero con insistencia, la ayuda del Señor, su misericordia.

1.3. 2Corintios 12,7b-10

Hermanos: Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.” Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.

San Pablo es obligado a presentar a los corintios una justificación deta­llada de su conducta. Alguien se ha dedicado a difamarlo y a acusarlo injus­tamente de múltiples defectos. Al parecer, intentan aminorar su autoridad y desautorizar así sus enseñanzas. Pablo no puede soportarlo. Se defiende.

 

La defensa comienza en el cap. 10. En el cap. 11 Pablo comienza a elogiarse a sí mismo, contra su voluntad. Dentro de este contexto general continúa el cap. 12. San Pablo puede gloriarse. Ha sido objeto de visiones y revelaciones especiales. Los estudiosos discutirán la naturaleza de ellas. A nosotros nos basta saber que Pablo ha sido favorecido de gracias muy especiales. Pablo puede gloriarse, tiene de qué. Pero… Siempre hay un pero saludable en la acción de Dios. Junto a lo sublime está lo rastrero; al lado de la virtud-fuerza de Dios está la debilidad humana, mezclado con la dulzura de las comunicaciones divinas gusta al hombre lo desabrido de su poquedad. Así en Pablo; lo humano sirve de contrapeso para que su espíritu no se engría torpemente.

 

Es interesante la situación en sí misma. Pablo, profeta de Dios, gustador como nadie de los dones divinos, se halla rodeado de flaqueza, siente la necesidad en propia carne y la persecución lo lanza de una parte para otra. Dios lo ha dispuesto así sabiamente. Para Pablo la disposición de Dios es maravi­llosa. De este modo puede gloriarse de sus flaquezas; la acción de Dios pode­rosa brillará con más fuerza. La luz resalta más con un fondo de sombra. Cuando soy débil, soy fuerte.

1.4. Marcos 6,1-6

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?” Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.” No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Cristo se presenta un buen día por su patria, acompañado de sus discípulos. Sin duda, que éstos, aunque incipiente tienen fe en él. Las maravillas que obra y las palabras que pronuncia los han cautivado. Para ellos Jesús es un profeta. Le siguen entusiasmados. El entusiasmo que ellos sienten hacia el Maestro, lo echan de menos en los compaisanos del Señor.

La fama de taumaturgo ha llegado, cómo no, a oídos de los nazaretanos. Su predicación ha encontrado amplio eco en Palestina. Puede que de ello se sientan orgullosos. Pero la presencia de Cristo entre ellos va a obligarles a tomar una posición bien definida.

Según Lucas, amigo de dar a los acontecimientos un cuadro más sicológico, nos presenta a Jesús predicando en la sinagoga de Nazaret. Cristo dice ser profeta, ser enviado por Dios a evangelizar a los pobres y a curar las llagas de los heridos. Las palabras de Cristo suscitan, como en todas partes, admiración y sorpresa. Pero ante una pretensión tal -ser profeta de Dios- los habitantes de Nazaret pasan de la sorpresa a la indignación, a la repulsa. Lo rechazan. Ahí están las razones: es hijo del carpintero, su madre y her­manos viven allí mismo. ¿Cómo es posible que de esta humilde familia surja un profeta de Dios? Ellos conocen bien su niñez y su vida. No lo aceptan, se escandalizan.

1) Cristo taumaturgo, profeta, Hijo de Dios no tiene éxito en su tierra. Los suyos no le escuchan. Un verdadero fracaso. Los primeros en aceptarlo, que debieran ser, son los que primero se oponen en bloque. Cristo se admira de la poca fe.

2) Los argumentos del pueblo de Nazaret son dignos de consideración. «Su madre está entre nosotros; es hijo del carpintero». Dan mucho qué pensar. Es interesante notar que el pasaje se encuentra en los tres sinópticos. Todavía San Juan nos lo recuerda (4, 44). Parece ser que para los primeros cristianos, como para Cristo, tuvo gran importancia. La humildad de Cristo de pertenecer a una familia, en su apariencia, común llegó a causar escándalo a los compaisanos. Dios se hizo un más entre nosotros para llegar a nosotros. En lugar de acercarnos, nos alejamos. Es un misterio esto. Está en la línea de la gran humillación de Cristo que muere entre dos ladrones en la cruz. El acontecimiento de Nazaret prepara el acontecimiento del Calvario. Así hay que interpretarlo. Puede que ésta fuera la razón por la cual los evangelistas lo recuerdan admirados.

3) La humillación, mejor dicho la «Passio» llaga también a los padres. Po­díamos pensar en María. No le sería nada fácil oir tales palabras.

Reflexionemos:

La antífona de entrada nos recuerda la misericordia divina: la diestra de Dios está llena de justicia, es decir, de misericordia. Surge espontánea la alabanza; alabanza que recibe su mejor ambiente en la celebración litúrgica. Allí se medita en la misericordia de Dios y en sus grandes obras: la obra de Cristo salvador; ese recuerdo, realizado en fe viva, es ya una alabanza. Ante la magnitud de las maravillas, la alabanza debe ser eterna. Es un deseo y una petición (3ª oración).

Pero la misericordia de Dios no ha terminado. En el salmo la suplicamos de un modo particular. También la 1ª oración recuerda, a la par de justicia de Dios llevada a cabo en Cristo -«levantó a la humanidad caída»- la necesidad de perpetuarla en nosotros: disfrutar de los gozos del cielo. Misericordia, salvación en Cristo, elevación del hombre en la humillación de Cristo, recuerdo, alabanza, petición. La misericordia no ha desplegado toda su virtud. Pidamos, alabemos, recordemos. La santa Misa es una acción de gracias, un recuerdo, una alabanza… Eucaristía

Temas

Cristo es siempre el punto de comparación, el punto de referencia en todo de inteligencia y penetración de los misterios divinos. Profeta por excelencia, Enviado del padre, Palabra misma de Dios, agraciado de las más altas comunicaciones, auténtico intermediario entre Dios y los hombres, Hombre como nosotros, desechado, perseguido, injuriado, muerto. En él reciben sentido las manifestaciones de todo tipo de Dios a los hombres. En el misterio de Cristo se aclara al misterio del hombre

A) Cristo Profeta-Enviado de Dios. Cristo tenía por misión comunicar a los hombres las decisiones divinas y hacerlos partícipes de la vida eterna, expresión todo ello de la misericordia de Dios. Sin embargo, a Cristo no se le acepta. «Y los suyos no lo recibieron» será la queja de San Juan. A Cristo no le acompaña el éxito, según lo entendemos nosotros. Cristo Hombre será la excusa de los incrédulos: es hijo del carpintero, es hijo de María; haz los signos que has hecho en Cafarnaún; baja de la cruz y creemos…

La gloria de Cristo estaba oculta; Cristo estaba sujeto a la debilidad humana: de una época determinada, de una educación, de una profesión, perteneciente a una familia. Así es Cristo y no se le puede cambiar. Es verdaderamente un misterio, pero así es.

Algo semejante hallamos en Pablo. Enviado, agraciado, autorizado por Dios choca con la oposición de algunos y con las limitaciones que le imponen las propias flaquezas. Ezequiel está en la misma línea: «hijo de hombre». Es un hombre, pero portador de la palabra de Dios.

Hay que admitir la paradoja: elemento divino – al máximo en Cristo, que es Dios – y elemento humano – máximo también en Cristo. Es quizás el denominador común de las tres lecturas. Para Cristo es un momento más de la Passio, como lo son para Pablo y Ezequiel sus respectivas limitaciones y persecuciones. El Profeta de Dios debe estar preparado para ello.

B) Las debilidades o limitaciones humanas, fuera naturalmente del pecado, no quitan prestigio, no valor, ni eficacia a las comunicaciones divinas. Ahí está Cristo, Hijo de Dios, Salvador, a pesar de ser también hombre. (La primera oración nos recuerda: «Por medio de la humillación de tu Hijo levan­taste a la humanidad caída»). Fue precisamente en su humanidad donde nos salvó.

En Pablo las debilidades ponen de relieve la fuerza de Dios. Es un tema muy familiar a Pablo: Dios ha elegido lo más humilde para confundir a los poderosos. Dios ha hecho las cosas bien. La gloria de Dios nos ofuscaría, su voz nos amedrentaría. Se hace hombre y nos habla lenguaje de hombres. Es un me­dio de salvación. Y cosa curiosa, la debilidad de Cristo fue el gran escándalo de los Judíos.

Esto nos debe llevar a una consideración importante. Dios nos habla por medio de hombres. Hijo del carpintero era Cristo; su humillación nos trajo la salvación. ¡Atención! No debe ser este misterio escándalo para nosotros. Debemos admitirlo como es, pues es obra de Dios.

La voz de : Dios, la voz de Cristo sigue resonando con ecos humanos. Que no sean las limitaciones humanas las que nos impidan ver en ellos la voz de Dios. Dios está en los hombres. Llena está la historia de la Iglesia de hombres – hijos de carpintero – en los que Dios se ha comunicado y mediante los cuales Dios nos ha hablado. Debemos desechar lejos de nosotros toda presunción y vanidad.

Es por cierto un misterio. Es para alabar a Dios que emplea medios tan suyos. Respecto el profeta, al encargado de predicar la palabra de Dios, tenga presente el ejemplo de Cristo y de Pablo. No se le garantiza el éxito. Habrá ocasiones en que no encontrará atención; se le reirán, le perseguirán. Todo es posible. Pablo es un buen ejemplo. Eucaristía. Alabanza. Cristo en especies tan humildes nos trae la salva­ción. No podemos desecharla. Recuérdese el sermón eucarístico en San Juan. «Duro es esto», dijeron algunos. Es menester admitir las cosas con fe. Fe es lo que echó en falta Jesús entre los suyos. En la Eucaristía se nos manifiesta la misericordia de Dios. Pidámosla.

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