Domingo 13 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

25 

Sabiduría 1,13-15; 2,23-24

Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo; y los de su partido pasarán por ella.

La Sagrada Escritura no se limita a relatarnos las intervenciones de Dios a través de la historia en favor de los hombres y a presentarnos, como contrapunto, la respuesta del hombre a la acción divina. Con cierta frecuen­cia el autor sagrado detiene la carrera de los acontecimientos, hace un alto en el camino, vuelve la vista atrás y se detiene a contemplar el panorama que ofrece a sus ojos el plan devino de salvación. Examina atentamente los acontecimientos, los relaciona, deduce consecuencias, formula principios, desciende a aplicaciones concretas y hasta se adentra, a modo de filósofo, en los misterios de la conducta humana y divina, ávido de conocer las últimas causas y la naturaleza de las cosas. Es la fe que se esfuerza por entender. El autor sagrado se convierte en teólogo. El pasaje presente nos lo recuerda.

La presencia del mal en el mundo. He ahí un problema que atormentó al hombre antiguo, como atormenta al moderno. Dios es bueno; Dios ha hecho las cosas bien y buenas. ¿Cómo es que el hombre, criatura excelsa, transcurre su existencia sobrecogido de espanto, acosado de males y amenazado siempre de la muerte? ¿Cómo explicar el dolor, la lucha, el sufrimiento terrible, el desorden que observamos en nosotros y que nos tortura? ¿Habrá que eliminar a Dios de la escena? En este caso el absurdo sería verdaderamente com­pleto. ¿Qué pensar de todo ello? El libro de la Sabiduría responde a la pro­blemática. He aquí su pensamiento.

El pecado es la causa del mal. Los primeros capítulos del Génesis nos cuentan cuidadosamente el acontecimiento. Entre el Dios bondadoso y amigo y el hombre, obra maestra de la creación, se interpuso un ser misterioso y lleno de envidia que logró atraer hacia sí la amistad del hombre, enfrentán­dolo hostilmente con Dios. El hombre rechazó la amistad que Dios Creador le ofrecía y se apartó de él. De ahí todos los males. Dios es Dios de vivos. ¿Por qué iba a querer la muerte? La muerte no es obra suya. El destino del hom­bre es la inmortalidad, no la corrupción; la paz, no la guerra; la tranquili­dad, no la angustiosa inseguridad; el disfrute ordenado de las criaturas, no la lucha extenuante contra ellas Las criaturas, por muy dañinas que parez­can, han sido creadas para el bien del hombre, a quien Dios hizo a su ima­gen y semejanza. Ese es el plan de Dios. El pecado lo ha estropeado todo. Del pecado la muerte, y de la muerte el desorden. La muerte se tragará a todo aquél que ame el pecado, como se traga la sima el torrente que desciende de lo alto. La vida, en cambio, alumbrará a todo aquél que ame la justicia, como alumbra la luz del sol al águila que anida en los altos riscos. Las cosas no se han torcido del todo. En el fondo conservan el destino que Dios les dio. El pecado perturba; el mundo gime; pero la voluntad de Dios sigue en pié.

El libro apunta a una solución. El justo poseerá la vida. La justicia tiene un premio. Dios es bueno. Dios persigue un fin. Ese fin es la vida, no la muerte. La muerte, para quien se aleja. Para quien se acerca, la vida. Así lo ve el autor inspirado. En Cristo el problema del mal y del dolor tendrá una solución más clara. Cristo mismo es la solución. Cristo que sufre, Cristo que muere, Cristo que resucita es la clave para dar sentido a la muerte y al dolor humano. Sin duda alguna, los sufrimientos y la muerte nos ligan al pe­cado de Adán, pero también, y en mayor grado, nos unen a Cristo. Ya no son una mera consecuencia del pecado, son con y en Cristo un medio de salva­ción. Han cambiado de signo, gracias a la bondad y sabiduría de Dios.

Salmo responsorial: (Sal 29)

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado / y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. / Señor, sacaste mi vida del abismo, / me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R.

Tañed para el Señor, fieles suyos, / dad gracias a su nombre santo; / su cólera dura un instante; / su bondad, de por vida; / al atardecer nos visita el llanto; / por la mañana, el júbilo. R.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; / Señor, socórreme. / Cambiaste mi luto en danzas. / Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R.

El salmo sigue la línea de la lectura. Se trata de una acción de gracias: «Me has librado de la muerte». Esa es la disposición propia de Dios: salvar de la muerte. Se trata naturalmente de la muerte eterna. La muerte física ha cambiado de signo, como hemos dicho. Dios es el Dios bueno que alarga la mano para salvar. Es el fundamento de nuestra esperanza. La acción salví­fica de Dios, por la que se dan gracias, tuvo lugar en Cristo. Cristo ha hecho posible la vuelta a la amistad, la vuelta a la vida. Dios es rico en misericor­dia, pronto a la bondad, tardo a la ira. Así lo vio el autor del libro de la Sa­biduría. Gracias, pues, a Dios.

2Corintios 8,7.9.13-15

Hermanos: Ya que sobresalís en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos también ahora por vuestra generosidad. Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará vuestra falta; así habrá igualdad. Es lo que dice la Escritura: “Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba.”

San Pablo apela a la generosidad de los Corintios con el fin de recoger al­gunos donativos para la iglesia-madre de Jerusalén. Se trata de una colecta en favor de los más necesitados. Unos cristianos deben sostener a otros; unas iglesias a otras. Así lo enseñó Cristo. La argumentación de Pablo es in­teresante.

  1. a) Los Corintios resplandecen en virtudes. (Pablo orador intenta persua­dir). Entre ellas hay una eminentemente cristiana, muy importante por cierto (en la primera carta lo expuso Pablo largamente): la generosidad. Es hora de ejercitarla.
  2. b) El ejemplo de Cristo. Cristo poderoso, rico se hizo pobre por nosotros. (Responde al esquema: Señor, se hizo Siervo; Rico, Pobre; Dios, se hizo Hombre; en sus dolores, en sus dolencias, en su muerte hemos sido salva­dos). La Pobreza de Cristo nos enriqueció; su Servidumbre nos liberó; su Humanidad nos divinizó. Si así Cristo, también nosotros. Así es la moral cristiana. Lo que Dios hizo con nosotros debemos nosotros hacer con los otros. Es el gran argumento.
  3. c) La conducta de Cristo, como ejemplo, pudiera llevarnos al empobreci­miento propio en favor de los hermanos. San Pablo no apura tanto. Apela a la generosidad, al espíritu de sacrificio de cada uno. Se trata de nivelar. No está bien que unos abunden y otros sufran necesidad. El texto del Exodo apunta en esa dirección. Hay cosas de las que se puede prescindir. Ellas vendrán muy bien a otros que las necesitan. Se apela a la conciencia de cada uno en Cristo. Magnífica la exposición de Pablo.
  4. d) Argumento de conveniencia. Ahora tenemos nosotros. Llegará el tiempo en que no tengamos y otros tengan. ¿Con qué cara vamos a exigir generosidad a otros, si nosotros no la hemos ejercido? De otros vendrá el auxilio. Eso es lo que se llama administrar bien los bienes. El mundo da mu­chas vueltas. Los bienes no son seguros. La generosidad es buena cosa.

Marcos 5,21-43

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.” Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: “¿Quién me ha tocado el manto?” Los discípulos le contestaron: “Ves como te apretuja la gente y preguntas “¿Quién me ha tocado?”” Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.”

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: “Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas; basta que tengas fe.” No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.” Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y dijo: “Talitha qumi” (que significa: “Contigo hablo, niña, levántate”). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

La resurrección de la hija de Jairo. Curación de la Hemorroísa.

Cristo se presenta como Señor de la vida. Cristo resucita a un muerto; Cristo sana a un enfermo. El pasaje nos recuerda la postura de Cristo en San Juan, después de la resurrección de Lázaro: «Yo soy la Resurrección y la Vida». Marcos, donde nos encontramos ahora, no lo dice, pero lo presenta: de Cristo la vida; Cristo es el dador y Señor de la vida. Esta es la idea fun­damental: Cristo se presenta ante la humanidad doliente, como su médico auténtico y propio. El puede curar a la humanidad de sus dolencias y li­brarla de la muerte. Algunos detalles son interesantes.

1) Nadie cree, en el relato, que Cristo pueda resucitar a un muerto. «¿Para qué molestar más al Maestro?», sugieren desesperados los enviados. Tampoco podía esperarse más del padre de la niña. El gesto de las plañide­ras, por último, indica a las claras su convencimiento. Nadie puede resucitar a un muerto. Era mucha fe para aquella gente. Efectivamente ¿quién oyó jamás que un hombre resucitara a un muerto? Por eso la palabra de Cristo: «No temas; basta que tengas fe». Es un milagro de primer orden. La fe era condición indispensable.

2) Resucitar a un muerto era manifestarse como un superhombre. El mi­lagro revelaba un tanto su majestad divina. Venía a ser como una teofanía. No hay más que notar el efecto producido: estupefacción, maravilla en los presentes. Por eso -Cristo no ha manifestado todavía su Gloria-, sin ruido, con los tres más adictos realiza el milagro. A Cristo Señor no se puede uno acercar, sino con la fe firme, bien dispuesto.

3) Cristo trata de pasar inadvertido. Una conducta semejante nos sor­prende. Es lo que los técnicos llaman el «secreto mesiánico». Cristo no quiere aparecer como Mesías. Evitaba la aclamación popular. Seguramente res­pondía esta actitud de Cristo a la idea que los contemporáneos tenían del Mesías. Esperaban un Mesías político. Eso no era Cristo. Su mesianismo era de otro tipo. Por eso huía de la aclamación popular; por eso está por lo co­mún ausente en él el título de Mesías. Emplea otro más misterioso, pues mis­teriosa es su persona y misteriosa su misión: Hijo del Hombre.

La virtud milagrosa se comunica como de propia fuente.

Reflexiones:

Somos, por la gracia divina, hijos de la luz. La luz -Dios en último tér­mino- debe poseernos cada vez con más intensidad, hasta que la transpa­rencia sea total. La estancia, sin embargo, en este mundo puede poner en pe­ligro nuestra pertenencia al reino de la luz. No somos del todo invulnerables. Las tinieblas están al acecho para apagar la luz que Dios encendiera en nuestra alma. El error, la mentira, la muerte pueden sorprendernos y aca­bar con nosotros. Pedimos (1ª oración) nos mantenga el Señor dentro de su luz, luz que es verdad, verdad que es vida.

Al momento de las ofrendas, conscientes de las maravillas que Dios opera, cuando se comunica a nosotros en sus sacramentos (misterio-sacra­mentos), pedimos llegue su don a producir en nosotros un servicio corres­pondiente (2ª oración).

El contacto con Cristo, más íntimo, en la Eucaristía, sacramento de vida, de amor y de unión salvadora, debe ser para nosotros refuerzo, incremento de la unión con Dios, aumento de caridad, acrecentamiento de luz y fuente perenne de frutos de vida eterna. Pedimos nos vivifique, nos mantenga uni­dos a él y nos haga producir frutos abundantes de eternidad.

  1. A) Dios fuente de vida y de salvación

Dios es luz, Dios es resplandor, Dios es vida, Dios es amor. No son suyas las tinieblas, ni el error ni la mentira, ni la muerte, ni el odio ni la indiferen­cia. Las cosas han salido de las manos de Dios limpias, hermosas, ordena­das, bien orientadas, para existir y vivir. El hombre, su obra maestra, está hecho, por ser imagen y semejanza suya, para ver la luz, para amar la ver­dad, para vivir eternamente. Inmortal e incorruptible tiene por destino y fin nada menos que al mismo Dios. Es el Dios bíblico, el Dios verdadero. Baste leer los primeros capítulos del Génesis. El mal no es obra suya.

  1. B) El Pecado, causa del desorden.

Sin embargo, entre Dios y el hombre se ha interpuesto el pecado. Un ser maligno, opuesto a Dios, luz y vida, ha conseguido del hombre su adhesión. Por eso se encuentra el hombre como se encuentra y el mundo como aparece: muerte, dolor intenso, envidia, odio, tiniebla, mentira, error y engaño. Una verdadera tragedia. El hombre se ha extraviado; sujeto a la muerte, ha­biendo sido creado para la vida; seguidor de la mentira, hecho para la ver­dad; amigo del diablo, destinado a ser amigo de Dios. El pecado, ese es el mal grave, el único mal y fuente de los otros. Las tinieblas invaden al hom­bre que suspira por la luz.

  1. C) La obra de Cristo. La cosa parecía perdida y el destino del hombre abocado a la destrucción más completa. Pero la misericordia de Dios ha in­tervenido en favor del hombre. Lo recuerda el Salmo responsorial. La inter­vención de Dios se lleva a cabo en Cristo. (De ahí la acción de gracias). Vuelve la Luz, vuelve la Verdad, vuelve la Vida, vuelve la unión con Dios.

El evangelio nos presenta a Cristo venciendo a la muerte. Es el Señor de la vida. Se hizo Pobre, para que su riqueza llegara a nosotros; se hizo Siervo, para que su poder de Señor se nos comunicara abundantemente; se hizo Pecado, para librarnos de él; ocultó su Gloria, para que su Luz brillara en nosotros; murió, para que tuviéramos vida. La muerte y el dolor cambian de signo en él. Antes pena del pecado; ahora medio de salvación.

La disposición primera de Dios sobre nosotros de poseer la vida eterna se cumple ahora, de modo maravilloso, en Cristo. La fe es el primer paso. La unión con él, condición necesaria y causa. El se nos comunica, en forma de vida, de un modo misterioso, pero real, en sus misterios y sacramentos, es­pecialmente en la Eucaristía, prenda de vida eterna, fuerza en la lucha, auxilio en la necesidad. En Cristo llega el hombre a la inmortalidad.

Opera todavía la envidia del diablo. Las sombras de las tinieblas amena­zan continuamente apoderarse de nosotros. Dentro de nosotros hay todavía residuos de error y de la muerte. La purificación debe continuar adelante. Se impone la lucha; urge el trabajo. Por eso la necesidad de permanecer en estrecha unión con Cristo, de seguirle hasta el fin (evangelio). (Eucaristía, oración…)

  1. D) La Generosidad. Somos hijos de la luz. La luz debe ser operosa. Nos lo recuerda San Pablo en su carta. Generosidad para con los necesitados. Cristo fue generoso con nosotros. La generosidad para con otros será fruto de la luz que llevamos dentro. Dios ha creado la bondad, es generoso; ha lle­gado a nosotros. No podemos detener la generosidad, ni apagar la luz. Debe iluminar otros ojos, confortar otros corazones, como ha confortado el nuestro. Está además el ejemplo de Cristo. Ricos por su pobreza. Nuestra riqueza debe llegar a otros.

Es la lucha contra la muerte, contra la enfermedad, contra el abandono, contra todo aquello que supone dolor y necesidad. Luchamos contra el pe­cado y contra sus consecuencias. Es menester aliviar al prójimo.

Tema importante. Unos abundan, otros necesitan. No es cristiano disfru­tar de lo superfluo, cuando otros carecen de lo necesario. Dar lo que sobra a los que lo necesitan. Procurar que nos sobre todo. Es la única forma de ven­cer las tinieblas de la ignorancia y del error y de ser luz para los que lloran y gimen.

Para ello hay que despegarse de la codicia que llevamos dentro. Nos lle­vará trabajo. La unión con Cristo nos comunicará fuerza. La oración, los sa­cramentos, en especial la Eucaristía, nos darán valor para ello. Difundamos la vida, no la muerte, la luz no las tinieblas, pues Dios lo hizo primero en no­sotros.

Hasta ahí debe extenderse el servicio, correspondiente a los dones de Dios, comunicados en sus misterios, de que habla la oración. El don se con­vierte en servicio. El servicio asume, en este caso, la forma de generosidad.

 

Reflexión del año 2009

Reflexión del año 2012

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