Domingo 30 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

XXX42

1. Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, y para que merezcamos alcanzar lo que nos prometes, concédenos amar lo que nos mandas. Por nuestro Señor Jesucristo.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del profeta Jeremías 31, 7-9

Así dice el Señor:/ “Gritad de alegría por Jacob,/ regocijaos por el mejor de los pueblos:/ proclamad, alabad y decid:/ El Señor ha salvado a su pueblo,/ al resto de Israel./ Mirad que yo os traeré del país del norte,/ os congregraré de los confines de la tierra./ Entre ellos hay ciegos y cojos,/ preñadas y paridas:/ una gran multitud retorna./ Se marcharon llorando,/ los guiaré entre consuelos:/ los llevaré a torrentes de agua,/ por un camino llano en que no tropezarán./ Seré un padre para Israel,/ Efraín será mi primogénito.”

Jeremías, el profeta de los anuncios tristes, el profeta de las amenazas duras, el profeta a quien todo anunciar, dolorido, la destrucción del santo Templo de Dios y la cautividad de su pueblo, el profeta perseguido, el profeta abandonado, es también Jeremías el profeta de la esperanza. El anunció como nadie la terrible tempestad que se cernía sobre la Palestina de enton­ces. A él tocó verlo y llorarlo amargamente. Violento, como violento puede ser un amor no correspondido, tiene palabras duras para un pueblo duro que por culpa propia está abocado a la perdición. Con los ojos nublados por las lágrimas contempló atónito el fracaso de la Antiguo Economía. El pacto del Señor no había conseguido del pueblo, gente de dura cerviz, el efecto ape­tecido. Casi diríamos que llegó a la desesperación. Pero no. A él le llegó tam­bién la comunicación divina de tiempos mejores. Dios se lo dijo; Dios se lo comunicó. Dios le reveló que, a pesar de los delitos de su pueblo, El no lo ha­bía abandonado, que no lo quería destruir definitivamente. Lo había casti­gado, sí, porque quería sanarlo y curarlo. Dios había dispuesto recoger a su pueblo desparramado y hacer con él un pacto nuevo, una Alianza nueva, un Testamento eterno, para siempre. Dios amaba todavía a su pueblo y quería atraerlo de nuevo hacía sí para siempre. Tras la tormenta, venía la bo­nanza; tras la ruina, la edificación; tras la dispersión, la vuelta; tras el cas­tigo, el perdón; tras el abandono de amante airado, el cariño de tierno Pa­dre.

Jeremías anuncia el plan divino de salvación, y sus palabras recobran sentido siempre que se leen. No es un deseo lo que anunció Jeremías; es un hecho. Él lo ha visto en Dios, el Señor del universo. Lo ha oído de sus propios labios; lo ha percibido en la determinación divina de seguir adelante la obra de salvación. El Dios de Israel no es un Dios a quien le complace la muerte. Es un Dios que salva, que ama las criaturas que El con sus propias manos creó. Notemos:

a) Invitación a la alegría, al gozo. Se trata de un anuncio salvífico. He aquí la buena nueva: El Señor ha salvado a su pueblo. En aquel concreto y crítico momento de dispersión y destierro, la salvación recibe la forma de vuelta a la patria, de posesión de la tierra patria, de la renovación del culto en el templo, de la unidad nacional. Al segundo Isaías le tocaría verlo de cerca. A Jeremías le bastó, para invitarnos a la alegría, ver en la disposi­ción divina el cambio de situación.

b) La razón única que explica esta actitud divina es el amor de Padre que Dios tiene a su pueblo. Se trata, al mismo tiempo, de la fórmula del Pacto: Seré Padre y él será hijo. Sin la acción redentora de Dios, el pueblo hubiera desaparecido. El amor puede más que la ira. Dios salva, porque Dios ama. He ahí el nuncio de Jeremías.

2.2. Salmo responsorial: (125)

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, / nos parecía soñar: / la boca se nos llenaba de risas,/ la lengua de cantares. R.

Hasta los gentiles decían: / “El Señor ha estado grande con ellos.” / El Señor ha estado grande con nosotros, / y estamos alegres. R.

Que el Señor cambie nuestra suerte, / como los torrentes del Negueb. / Los que sembraban con lágrimas / cosechan entre cantares. R.

Al ir, iba llorando, / llevando la semilla: / al volver, vuelve cantando, / trayendo sus gavillas. R.

2.3. Hebreos 5, 1-6

Hermanos: Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para presentar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo. Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: “Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy”, o, como dice otro pasaje de la Escritura: “Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.”

Continua la lectura de la carta a los Hebreos. Es quizás uno de los pasajes más importantes de la carta. Después de haber proclamado en los versículos anteriores a Cristo «Sumo Sacerdote», trata de justificar su aserto. Podemos dividir el texto en dos partes bien marcadas.

A) En primer lugar, el autor nos da, partiendo naturalmente del Antiguo Testamento y de la tradición vigente en Israel, la definición del sacerdocio, que ya se ha hecho clásica. Son los versículos 1-4. Obsérvese en esta defini­ción los siguientes elementos:

1) El sacerdote es tomado de entre los hombres. Es un hombre, no un án­gel. Veremos por qué.

2) El fin del sacerdocio es representar al pueblo delante de Dios. A él lo compete ofrecer y presentar los dones y sacrificios por los pecados ante Dios en favor de los hombres. Debe rogar por los hombres a quienes representa. No es oficio cualquiera. El fin, dice santo Tomás, no es el lucro, ni el poder político, no cosa semejante. Es un intermediario que trata de llevar a Dios las ofrendas de los hombres y recabar de Dios el perdón de los pecados y ha­cerlo propicio a los hombres, a quienes representa.

3) Precisamente por ser hombre igual a los otros, está capacitado para condolerse de los que yerran y pecan. Debe sentir como en carne propia la debilidad y flaqueza de aquellos por los que ruega. Así rogará con más ahínco y entusiasmo. El está dentro de la masa a quien representa delante de Dios. Necesitado de la asistencia divina, consciente de su propia necesi­dad, recurre a Dios en favor de los que son semejantes a él. El mismo tienen necesidad de ofrecer sacrificios por sí mismo.

4) Condición importante es también la vocación. No es para cualquiera esta función de sacerdote. Debe ser llamado por Dios. Así lo fue Aarón. Como se ve, el autor está hablando del sacerdocio del antiguo testamento. Real­mente representar al pueblo delante de Dios en orden al perdón de los pecados y a Dios delante de los hombres es algo que debe partir de Dios mismo. Por eso se necesita de una vocación.

B) En segundo lugar, el autor aplica a Cristo la definición. Cristo es Sumo sacerdote. Cristo reúne en sí las condiciones necesarias para ser el Sacer­dote Sumo. Son los versículos 5-10. En la lectura presente sólo aparecen los dos primeros. Nos bastan por ahora. Pero conviene leer los siguientes, de lo contrario se quedaría manca la explicación. Realmente Cristo cumple en sí las condiciones. Cristo ha sido constituido Sacerdote por Dios mismo. Para ello cita el autor el salmo 109. Es un salmo mesiánico-real. Se habla del Un­gido, del Rey que al mismo tiempo es Sacerdote. Dado que Cristo es el Me­sías, el Ungido, es también Sacerdote. Dios pronunció la frase; Tú eres sa­cerdote según el orden de Melquisedec, así como también son palabras su­yas las de Tú eres mi hijo. Con esto queda claro: Cristo es Sumo sacerdote constituido por Dios. Las otras condiciones están a continuación. Es hombre, puede condolerse. Precisamente Cristo sufrió como los demás hombres. Está, pues, capacitado para entendernos y compadecernos.

2.4. Lectura del santo evangelio Marcos 10, 46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.” Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: “Hijo de David, ten compasión de mí.” Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo.” Llamaron al ciego, diciéndole: “Ánimo, levántate, que te llama.” Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver.” Jesús le dijo: “Anda, tu fe te ha curado.” Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

El pasaje que nos ofrece Marcos es el relato de un milagro. Con la espon­taneidad, ingenuidad y viveza que le caracterizan, Marcos nos habla de la curación de un ciego. Era ciego el hombre aquel: ahora ve. El portento se lo debe a Jesús. Cristo no pudo negarse a la petición tan suplicante de aquel hombre. Mostró gran fe. Y la fe movió al Señor a concederle el don deseado. Por la fe llegó a la vista. Por parte de Cristo misericordia y ejercicio de un gran poder. Recobraba la vista, le seguía.

Cristo, pues aparece, como taumaturgo, con poderes para sanar. El Se­ñor es poderoso; el Señor salva. En este caso concreto la salvación toma la forma de luz y vista. La fe ocupa un lugar importante. Tras el milagro, el agradecimiento: lo seguía.

Meditemos

Como siempre, conviene comenzar con Cristo. El es el alfa y la omega. A él se le ha concedido rasgar los sellos que cierran el libro de Dios. El es el Misterio y la explicación del Misterio. En él nos llega Dios mismo y en él se nos hace patente su voluntad y su designio de salvación. El es la gran reve­lación de su justicia y la llave que abre su corazón de Padre. Con él se nos hacen los secretos de Dios patentes. Él es quien nos lleva al Padre y a través de quien Dios llega a nosotros. El es la cima de la creación. En él cobran sen­tido todas las cosas; a él están todas dirigidas. El está al centro de los dos Testamentos. Por eso, para entender toda palabra de Dios, necesitamos recu­rrir a él, gran Palabra de Dios. Los sonidos que se desprenden de las lectu­ras recibirán cohesión y sentido unidos a él, en forma de Palabra de Dios, pues Cristo es la Palabra de Dios única y completa. El es el amado, el pri­mogénito y el unigénito del Padre, Jesús Señor nuestro. Por eso:

A) Dios salvador- Cristo Salvador.

La salvación de Dios llega a nosotros por Cristo. Cristo es la revelación y manifestación de Dios Salvador.

Es un tema importante en las lecturas leídas. Aquí la palabra Salvador está coloreada con el suave tono de misericordia, de cariñoso amor paterno. El evangelio así nos lo presenta. Un ciego acude suplicante a Jesús: Hijo de David –es decir Mesías- ten compasión de mí. El Mesías escucha la voz supli­cante del afligido. Jesús tiene compasión de él Dios se muestra así en Cristo misericordioso Salvador. El tema aparece también en el profeta Jeremías. Dios tiene piedad de su pueblo. Lo ha castigado, lo ha privado de su presen­cia, lo ha echado fuera de sí, lo ha arrojado a los caminos del mundo a men­digar de otros lo que dentro de sí con Dios ya poseía. Pero Dios no lo aban­dona a su suerte para siempre. Dios es Padre, Dios ama tiernamente. Dios tiene misericordia y determina para su pueblo la salvación en la forma con­creta de vuelta. Lo atrae hacia sí, pues es él mismo la Salvación. Algo seme­jante hace Cristo con el ciego. Lo llama hacia sí y le concede la luz. El es la Luz.

El tema de la compasión aparece también en la segunda lectura. Puede compadecernos. Es una de las condiciones para ser un buen sacerdote, un buen intermediario entre Dios y los hombres. Cristo la posee en grado emi­nente, como lo aseguran los verssículos siguientes a la lectura. Cristo es el Sumo sacerdote, puesto por Dios mismo, como Hijo suyo, para ofrecer por nosotros oblaciones y sacrificios; para hacernos a Dios propicio y benévolo. Esta es su obra y su misión: llevarnos al Padre, como Salvador. Partiendo de este punto, nótese el cambio operado en la salvación: Destie­rro-Vuelta; alejamiento-acercamiento; castigo-perdón; tinieblas-luz; tristeza-alegría.

El salmo responsorial va por ahí. Es el recuerdo poético de la maravilla operada por Dios en su pueblo al volverlo del destierro. El Señor cambió su suerte. Realmente Dios estableció a Cristo Sacerdote para cambiar nuestra suerte.

B) El tema de la Fe. Tema secundario, pero importante. Tu fe te ha sal­vado, dice Jesús al ciego. La fe lo llevó a la luz, humana y divina. La fe que obra milagros. En un sentido espiritual, no cabe duda que la fe – aceptación cordial de lo que Dios nos comunica- nos da luz, conocimiento y seguridad. Al fin y al cabo no es otra cosa que la participación de la visión de dios. El ciego recibió la luz. Con la luz por guía seguía a Cristo. Fe-Luz-seguimiento: pala­bras sugestivas. Podemos preguntarnos qué papel desempeña en nosotros la fe ¿Es fe viva y entregada? ¿De qué tipo es?

La oración del ciego es también aleccionadora. Dios no se niega, como no se negó Cristo a la petición del ciego. Precisamente Cristo ha sido colocado por Dios, para que ofrezca su oblación por nosotros. Es sumo sacerdote.

Somos por definición videntes. Mantengamos la fe. La fe lleva a la salva­ción. Hay que seguir a Cristo. Fuera de Cristo estamos mendigando ciegos por los caminos del mundo, como si no hubiera un Padre y un Amigo. Con la fe todo cambia de color.

El ciego del evangelio y el pueblo en el destierro son imágenes del hombre alejado de Dios, del pecador de la debilidad errante. Volvamos a Dios. El cambiará nuestra suerte. Pidamos y tengamos fe y sigamos.

Pensamiento eucarístico: Cristo está entre nosotros, como salvador y Sa­cerdote eficaz. Acerquémonos a él. El es capaz de salvarnos. Actuemos la fe, pues es un misterio de fe lo que presenciamos. El puede transformarnos. Pi­dámoslo con confianza y determinemos seguirle adonde vaya.

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