Jesucristo, Rey del Universo – Ciclo B

Cristo Rey

1. Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundamentar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, concede, benigno, que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te alabe eternamente. Por nuestro Señor Jesucristo.

2. Textos y comentario

2.1. Lectura del libro del profeta Daniel 7, 13-14

Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Breve, pero imponente, la descripción de Daniel. Ha llegado a ser famosa la Visión del profeta. El misterioso personaje, que como Hijo de hombre se dirige al Anciano, ha ejercido amplia influencia en la teología y literatura posteriores. Por lo menos, encontramos ecos de esta apelación, no sólo en la literatura bíblica (evangelios, Apocalipsis), sino también en la literatura apócrifa del Antiguo Testamento: 4 de Esdras, Libro de Enoc.

Los autores no han desperdiciado detalle; han examinado unos y otros textos, para poder dar con el significado de la frase. Y es que, sin duda al­guna, el pasaje tiene su importancia. Jesús prefirió éste sobre otros títulos, para designarse a sí mismo. El título no era tradicional en la mesianología bíblica. El mesías adopta otros nombres por lo común, en el Antiguo Testa­mento ¿De dónde, pues, este título y cuál es su significado? He ahí una de las interrogantes más cargadas de interés.

Daniel es el primero, dentro de la Biblia, que emplea el título con un signi­ficado que sobrepasa la designación del mero hombre común y corriente. Materialmente ya lo había usado Ezequiel, apuntando con ella al simple in­dividuo, pobre y pequeño delante de Dios. En Daniel, sin embargo, se trata evidentemente de un ser especial de carácter sobrehumano. La figura no deja, con todo, de ser misteriosa. Desearíamos un sentido más claro y pre­ciso.

Los versículos leídos apuntan hacia una persona concreta, hacia un indivi­duo. Así también los libros 4 de Esdras y Enoc, apócrifos. Sin embargo, cuando el profeta se detiene a darnos la explicación de la Visión descrita, parece apuntar, en el significado, a una persona moral, a un grupo: al pue­blo elegido, a los santos de Dios (vv. 18.22) ¿Es uno, el individuo? ¿Son va­rios? ¿Indicaría una persona? ¿Sería más bien un grupo de fieles, el pueblo de Dios? Los autores no están de acuerdo. Aunque uno se ve inclinado, por el tenor de las palabras, a dar respuesta afirmativa a los primero, no lo hace sin escrúpulos.

Para nosotros, después de la revelación de Cristo, el título recibe un signi­ficado preciso y claro. Ese personaje es una persona concreta: Cristo. Pero no por ello podemos olvidar el aspecto colectivo. Junto a él estarían los que con él y por él forman el pueblo de Dios. A él y, a través de él a los suyos, el poder y la gloria.

La segunda cuestión va encaminada al origen del título. Los autores no están de acuerdo. Mientras unos le asignan un origen extrabíblico, otros creen encontrarlo en la literatura apocalíptica judía. La cuestión importa poco. Lo interesante es saber qué significa, veámoslo. Conviene leer desde el v. 9.

Veamos el contenido de la visión de Daniel. Se trata de una visión. Ele­mento típico de la literatura apocalíptica. Visiones, apariciones, sueños; án­geles, anuncios celestes… Todo ello con el fin de indicar que se trata de la revelación de un misterio, de algo escondido a los hombres, manifestado, en cambio, por Dios al vidente. Es como si Dios, con planes recónditos, se abriera de improviso ante los ojos atónitos del hombre terreno. O como si el hombre, arrebatado por ángeles, siervos de Dios, pudiera alcanzar a con­templar por un momento, por el resquicio de la muralla que separa ambos mundos, el terreno y el celeste, las realidades, los misterios que allí tienen vida. Como quiera que a los dos mundos los separa un abismo infranqueable, es claro que la percepción momentánea que recibe el vidente de las realida­des celestes, han de ser expresadas por imágenes y símbolos, medios ade­cuados para expresar realidades a las que no tiene acceso la experiencia común humana. Recuérdese a este propósito los místicos.

Dos figuras resaltan en la escena:

1) Hijo del hombre:

Viene sobre las nubes. Esto nos recuerda las teofanías, las manifestacio­nes de Dios en el Antiguo Testamento: Dios camina sobre las nubes,; las nu­bes son su trono; Dios aparece envuelto en nubes. La presencia, pues, en este caso, de las nubes, como soporte de la figura del Hijo del hombre, indica que el personaje transciende la esfera de lo meramente humano. Se trata de un ser celeste. Esta idea se ve corroborada por la donación que ofrece el An­ciano: Honor, imperio eterno, reino y poder sobre todas las gentes ¿Quién tiene tradicionalmente semejante poder sobre el universo entero? No otro sino Dios. Por eso, al contemplar ahora a un ser como hijo de hombre que lo recibe de Dios, nos viene el pensamiento, lógico y oportuno por cierto, de que este personaje está muy cerca de Dios; está sobre todos los seres; participa del poder divino. No es un mero hombre. Es un ser divino.

2) El Anciano

Representa a Dios. El es el supremo Señor de todo, el principio y el fin. A él le sirven los ángeles todos, y todos los reinos del orbe están bajo su poder. El lo confiere al hijo del hombre. Esa es su disposición. Es estable como él.

2.2. Salmo responsorial: (92)

El Señor reina, vestido de majestad.

El Señor reina, vestido de majestad, / el Señor, vestido y ceñido de poder. R.

Así está firme el orbe y no vacila. / Tu trono está firme desde siempre, / y tú eres eterno. R.

Tus mandatos son fieles y seguros; / la santidad es el adorno de tu casa, / Señor, por días sin término. R.

Son unos versillos del salmo 92. Este salmo forma parte de un grupo, seis en total, que tienen por tema «Dios rey». A veces es una sencilla afirmación; otras una jubilosa aclamación: Dios reina; otras una amenaza para los que se oponen a su voluntad: Dios es juez, Dios viene a juzgar. Los versillos nos lo presentan vestido de poder y de majestad: trono que no vacila, voluntad que se cumple sin tropiezos, santidad que lo rodea y lo dignifica. Dios Rey.

2.3. Lectura del libro del Apocalipsis 1, 5-8

Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Mirad: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén. Dice el Señor Dios: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.”

Libro misterioso éste del Apocalipsis de san Juan. Al vidente de Patmos se le han manifestado en forma sorprendente los secretos del tiempo futuro. Ha sido, por un momento, introducido en el mundo divino, y el velo del mis­terio de Dios y de sus planes se ha descorrido ante él. Convenía que la Igle­sia conociera, aunque fuera envuelto en el misterio, lo que había de venir. Dentro del misterio de Dios que se le revela y en la escena del mundo celeste que sus ojos contemplan, juega un papel muy importante la figura-misterio de Cristo.

El Cristo que sus ojos vieron, primero según la carne -vida humana- y después resucitado -vida en el Espíritu- es parte esencial del misterio de Dios; más aún es su clave. En él cobran sentido todas las cosas y todas las disposiciones divinas; el mundo celestial, que ahora se abre a sus ojos sobre­cogidos, no tiene explicación sin él. Como el título del libro indica, el tema es la Revelación de Jesucristo. Cristo es un misterio y una revelación. El Mis­terio de Cristo no termina con la Resurrección. Su figura sigue misteriosa y operante todavía. Sentado a la derecha del padre, revestido de poder divino, ha sentenciado ya, ha dispuesto ya el orden de las cosas. Todo obedecerá, y a su debido tiempo, a su voluntad. Por el momento gimen humillados sus fie­les seguidores. El mundo perseguidor y hostil a su reino, está dispuesto, acabará aplastado bajo sus pies. Todo tendrá término, la pasión de los suyos y la insolencia de los opresores. El mundo celeste irrumpe en el mundo te­rrestre. Lo absorberá poco a poco. Lo ha visto Juan en símbolos y figuras. La Iglesia debe aceptar la revelación y estar atenta a los signos de los tiem­pos.

Estamos al comienzo del libro. Después de unos versillos (1-3), a modo de título, donde se nos habla del contenido y fin del libro, procede el autor con un saludo tipo Pablo. Va dirigido a las iglesias de Asia. Ellas son las desti­natarias inmediatas de la revelación. El aire es litúrgico: doxología, bendi­ción, aclamación Es una posible alusión trinitaria (…el que es, era, vendrá: Padre… siete espíritus: espíritu Santo… Jesucristo) abre Juan su libro con una solemne bendición. Ahí se encuentran nuestros versillos. Cristo aparece en primer plano He aquí sus títulos:

1) Cristo es el Testigo fiel. Con este título se nos indica la misión de Cristo en el mundo como revelador del Padre. El es la Palabra de Dios hecha carne. A través de él nos llega a nosotros el mundo divino, la revelación de Dios, Dios mismo. El es testigo, con sus palabras, con sus hechos, con toda su per­sona, de la presencia de Dios en el mundo, de la actividad salvífica de Dios en la humanidad, del incomprensible amor de Dios a los hombres. El lo ga­rantiza, lo muestra, lo vive. En el papel de revelador, de acercador de Dios al hombre, Cristo se ha mostrado fiel. Su fidelidad ha sido absoluta; lo ha llevado a la muerte: obediente hasta la muerte; amoroso, con el amor de Dios a los hombres, hasta la muerte. Su testimonio dura todavía. El muestra y hace efectivo el amor de Dios al género humano. Testigo fiel.

Cristo es el Primogénito de los Muertos. Es clara la referencia a la resu­rrección. Cristo ha muerto dando testimonio de la veracidad de su mensaje y acarreándonos la redención. Tras ello Cristo ha resucitado. Es el primer re­sucitado, el primer vencedor de la muerte. Pero no es el único. El mismo des­tino tienen los que le sigues, los que aceptan de todo corazón su testimonio fiel. vive y esa vida la ofrece a todos. Es el primero y la Cabeza de los muer­tos, destinados a resucitar. En él y por él todos los demás.

3) Cristo es el príncipe de los reyes de la tierra. Cristo no sólo vive sino que también reina. Ha sido colocado en el trono divino, a la derecha de Dios omnipotente, como Señor d todo lo creador Su fidelidad lo ha elevado a esa altura. Todo está en su mano. todo le pertenece. Los tres títulos apuntan al mismo misterio bajo distintos aspectos.

A continuación una doxología de aire litúrgico. En forma de confesión sin­cera y alabanza afectuosa, se alarga en amplios ecos los títulos del versillo anterior.

Cristo es realmente el que nos ha amado y sigue amándonos. Expresión de su profundo amor a nosotros, su vida entera hasta la muerte, como reve­lador y comunicador del Padre. Su amor merece una alabanza que dure eternamente, pues su muerte nos ha lavado de nuestros pecados. Estábamos en deuda con Dios, alejados de él por nuestros delitos. El ha satisfecho por nosotros. su muerte fue un Sacrificio expiatorio de efectos drásticos y eter­nos. Nos ha santificado y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes, tales que podamos servir a Dios en espíritu y en verdad, con manos limpias y conciencia pura. El acceso a Dios, el Inaccesible, está abierto. Colocado él a la diestra de Dios omnipotente nos ha llevado a nosotros a su lado, hacién­donos a nosotros partícipes de su reino y de su sacerdocio. Como reyes y sa­cerdotes, destinados a reinar eternamente y a convivir por toda una eterni­dad con dios mismo, viviendo de su propia vida. Todo ello gracias a Cristo, nuestro Redentor y Señor. Gloria a él, Rey y Señor del universo.

La visión se alarga hacia el futuro. No todo está en su debido orden y lu­gar. Esperamos la manifestación de nuestro Señor. El vidente de Patmos lo ve venir, como lo vio Daniel obscuramente y el mismo Señor lo predijo. Es el último título el que ahora ostenta: Juez. Todos los pueblos se conmoverán. Los enemigos, los que le han hecho la guerra se darán cuenta, ya tarde, de su error. Aquel Cristo crucificado era verdaderamente Hijo de dios. Gemi­rán, lanzarán gritos de espanto. Todo inútil; el juicio se avecina. La conde­nación es inminente. Así sucederá. Lo ha visto Juan, el discípulo del Señor.

La firma de la visión es solemne, como corresponde al mensaje. La rúbrica nada menos que Dios mismo: El que es, que era y que ha de venir; el que es el Alfa y la Omega; el Todopoderoso. El que es el principio y fin fe todo y posee todas las cosas en su mano lo afirma, lo garantiza, lo rubrica, lo promulga: Dios mismo.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Juan 18, 33b-37

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?” Pilato replicó: “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?” Jesús le contestó: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.” Pilato le dijo: “Conque, ¿tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”

Nos encontramos en el contexto de la Pasión del Señor. Conocida es la tendencia de Juan, sobre los sinópticos, de presentar a Cristo como Rey en el contexto de la Pasión. La corona de espinas, el manto de púrpura, el cetro de caña, la burla Salve, rey de los judíos, el título colocado sobre la cruz, nos llevan, en la intención de Juan, a la contemplación de una gran verdad que se esconde tras ello: Cristo es Rey. Y Cristo es Rey precisamente a través de su Pasión y en su Pasión. Lo que los esbirros representaron en son de mofa; lo que Pilatos mandó escribir sobre la cruz, no son otra cosa, siguiendo la táctica de Juan, que la expresión de una realidad más profunda. Así como fue levantado físicamente en la cruz, con aquel mismo alzamiento se alzaba Cristo sobre la humanidad, exaltado de tal forma que las miradas de todos se dirigieran en adelante todas a él. Del mismo modo, la representación de Cristo como Rey en el proceso de su muerte es el reconocimiento de su rea­leza auténtica. Así escribe Juan. La Pasión y la Muerte lo condujeron, y son en cierto sentido, a la Exaltación y a la Realeza.

El texto leído nos coloca en el centro del proceso contra Jesús. Se le acusa de sembrar la revolución y de proclamarse rey. Era la única acusación que interesaba a Pilatos, representante del poder político de Roma. La intención doble de los acusadores iba por ese camino. En el diálogo que transcurre en­tre los dos personajes, se deja entrever la misma preocupación. Pilatos pre­gunta por un reino de tipo político. La contrapregunta de Cristo va encami­nada a poner en claro de qué tipo de reino se trata. Jesús afirma distin­guiendo: Soy rey, pero no de este mundo. Su reino no es de este mundo, no es de tipo político, como algunos habían imaginado debía ser el del Mesías. Por eso no tiene a su lado a su gente que combata por él, pues el tal reino político no existe en su persona. Sin embargo, es Rey, rey de nacimiento y por voca­ción. Para ello ha venido a este mundo; es precisamente su Misión ¿En qué consiste su misión? En dar testimonio de la Verdad, de tal forma que los hombres la acepten. La verdad no es otra cosa que la revelación. Cristo es la verdad. Cristo es el revelador del Padre y la misma Revelación. Cristo nos comunica al Padre, y él mismo es la comunicación más grande del Padre, pues es su Hijo y su Palabra. Dios llega a nosotros por él. Toda su vida, desde la Encarnación hasta su entrega a la muerte por nosotros, es un puro testimonio de la verdad. La verdad se hace vida en el hombre por la fe; la fe es la aceptación del testimonio de Cristo. Los que emiten este acto de fe e impregnan su vida entera de él, esos son los que lo aceptan, los que se some­ten a él, los que forman y componen su reino; son sus súbditos. En la cruz revela Cristo el amor del Padre y el suyo propio hacia los hombres, su volun­tad salvífica. Es la máxima revelación, y, por tanto, la máxima verdad. El hombre deja penetrar en sí el amor salvífico del Padre. Con ello entra la jus­tificación, la salvación, la transformación de su ser. Es el reino de Cristo. De ese reino habla Jesús a Pilato. Para Pilatos un enigma. Para nosotros una revelación profunda.

Meditemos:

La Iglesia quiere que recordemos y ensalcemos a nuestro Rey. Para ello este domingo, último del año. Cristo, centro siempre de nuestra veneración, aparece hoy revestido de la majestad real: Cristo es Rey. La primera lectura lo anuncia. El ser misterioso que recibe de dios todo imperio y todo poder sobre las gentes para siempre, no es otro que Cristo. El Apocalipsis lo confiesa y aclama. Cristo en el Evangelio lo revela. Cristo es verdadero Rey, Veamos ahora la raíz y el alcance del título según las el testimonio fiel de la verdad. Es el tema del evangelio. Cristo se proclama a sí mismo Rey. No es un Rey como lo son el César o Herodes. Su Reino no es de tipo político. La Realeza de Cristo tiene mucho que ver con la misión, encomendada por el Padre, de dar testimonio de la verdad.

A) Cristo da testimonio de la Verdad; es testigo fiel (segunda lectura) du­rante toda su vida. Lo es en forma eminente durante su pasión y su muerte. No en vano se encuentra la confesión de Cristo dentro del relato de la Pasión. Cristo da la vida (segunda lectura) en testimonio de la verdad, en obediencia al Padre y en testimonio del supremo amor que Dios tiene. Precisamente la muerte de Cristo es expresión de ello. Es también expresión de su amor a nosotros. Fiel al Padre, hasta la muerte; Fiel a nosotros hasta la muerte.

Con este acto, no sólo nos ha comunicado la verdad del Padre, sino que nos ha alcanzado la redención. Es la verdad que nos hace libres; es el perdón de los pecados; es la gracia de la filiación. La segunda lectura lo recuerda. Como libres en la verdad y absueltos del pecado, formamos con él y él un reino sacerdotal Lo dice claramente la segunda lectura. La primera lo apun­taba. Aquel misteriosos ser de significación colectiva puede que apunte por ahí. Somos con Cristo el Rey supremo. Todo está sometido a nosotros en él y por él. Con el reinamos, con el servimos al Dios vivo y eterno.

B) Cristo rey: exaltado a la derecha de Dios Padre: En íntima relación la misión de testigo fiel de la verdad, está su exaltación-resurrección. Precisa­mente el fiel cumplimiento de su misión le ha merecido el ser colocado a la diestra de Dios en poder y majestad. La Resurrección-exaltación constituye a Cristo -es pensamiento de Pablo- en espíritu vivificante, capaz de resuci­tarnos a nosotros. Es el Primogénito de entre los muertos; es el primero y la causa de la resurrección de los demás. Tenemos aquí otra razón más de su realeza. De ello habla la segunda lectura. La vida eterna es nuestro Reino y su reino. La vida eterna nos viene de él El es nuestro rey.

C) Cristo rey: Señor y juez del universo: El título, ya adquirido, apunta a los últimos tiempos. Está obscuro en la primera lectura. En la segunda, en cambio, es manifiesto. Cristo vendrá a juzgar. El juicio será terrible. Los que se le han opuesto, han obrado mal; han sacudido vanamente su yugo suave y llevadero. Sentirán a su tiempo su ira. Cristo es el Hijo del hombre que viene sobre las nubes; es el Hijo de Dios; es Dios mismo, sin embargo, hablamos bajo su aspecto humano.

Por la muerte -por toda su vida en servicio de Dios y del hombre- es cons­tituido Cristo Rey de todas las cosas.

En los sinópticos responde Jesús a la pregunta del sumo sacerdote de si es el Cristo, el Hijo de Dios: Sí, tu lo has dicho… veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Padre y venir sobre las nubes del cielo. Con esta respuesta, considerada por el sumo Pontífice como blasfemia, declara Jesús su naturaleza y origen. Por una parte, afirma y determina, cosa que no estaba clara en la tradición mesiánica del antiguo testamento, que él, el Mesías, es más que un simple hombre, es un ser celeste que viene sobre las nubes del cielo. Por otra, atribuyéndose a sí mismo la figura de la visión de Daniel, queda claro que ya no se trata de un ser colectivo, sino de una persona concreta, del Mesías. No hay que olvidar el alcance social de los atributos de Cristo, pues los comunica a los suyos.

D) Cristo: Señor nuestro: Cristo es nuestro Señor. A él el respeto, el ho­nor, la gloria, la entrega más completa, el amor más sincero. Por la fe nos hacemos partícipes de la verdad que nos comunica. Por la esperanza poseemos ya en germen su triunfo total y la glorificación de todo nuestro ser. Por el amor nos unimos enteramente a él, participando así de todas sus prerrogativas. Hoy es un día de aclamación, de gozo, de alegría. Adoremos y aclamemos a nuestro Señor: ¡Es nuestro Rey!

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