Domingo 33 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

XXXIII

  1. Oración colecta:

Concédenos, Señor, Dios nuestro, alegrarnos siempre en tu servicio, porque la profunda y verdadera alegría está en servirte siempre a ti, autor de todo bien. Por nuestro Señor Jesucristo.

  1. Textos y comentario

2.1. Lectura del libro del profeta Daniel 12, 1-3

Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, para toda la eternidad.

El libro de Daniel es un libro interesante. Tradicionalmente lo hemos colo­cado al lado de los libros de los grandes profetas de Israel, Isaías, Jeremías y Ezequiel. Y no hay por qué quitarle importancia. Los autores modernos, no obstante, van notando en él, cada día con más decisión y acierto, elementos teológicos y artificios literarios que lo separan considerablemente de los pro­fetas arriba indicados.

Hay, en verdad, elementos posteriores y tardíos. Puede que la composi­ción del libro date de los años primeros de siglo II antes de Cristo. En cuanto a los artificios literarios y corrientes teológicas que adopta, nótese, como más saliente, el carácter midrásico de algunos relatos y temas con vo­cabulario apocalíptico. Según lo primero, topamos con pasajes de género narrativo en los que se han elaborado, con más o menos libertad per­sonal, historias, de fondo realmente histórico, con fines instructivos y edifi­cantes. Es un género profusamente usado en la antigüedad judía de aquel tiempo. Respecto a los segundo, el libro de Daniel nos coloca en las corrien­tes apocalípticas que también datan, por lo general, de esa misma época. Son dos géneros completamente diversos. Y es menester tenerlo en cuenta para no errar la interpretación.

El género apocalíptico tuvo su época de florecimiento allá por los años que van del siglo II antes de Cristo al siglo II después de Cristo. Nace en momen­tos de persecución y de hostilidad; en momentos de crisis y de grandes difi­cultades nacionales. Los justos, los fieles son perseguidos, atormentados; el mundo malvado se esfuerza por borrarles de la superficie de la tierra. En esos momentos críticos, en los que parece que hasta el cielo enmudece y Dios olvida a los suyos, el autor sagrado emplea un lenguaje especial y con pala­bras de singular colorido, trata de consolar al fiel perseguido por su adhe­sión a Dios. Es el momento de revelar (apocalipsis) el plan divino a todos escondido. Algunos, los agraciados, reciben la misión de comunicarlo al pueblo fiel. En él se habla del reino de Dios y del reino de las tinieblas; de la oposi­ción encarnizada que el segundo ofrece al primero; de las tribulaciones que hay, con anuencia de Dios, que sufrir; del resultado final de la lucha. El reino de Dios triunfa; desbarata, hasta aniquilarlo, al reino del dragón, de la bes­tia. Los fieles que se han mantenido adheridos a la fe del Señor serán re­compensados. La muerte no tiene dominio sobre ellos. Estarán siempre con Dios.

Apunta, como se ve, a los últimos tiempos. Abundan los símbolos, los nú­meros simbólicos, las visiones, los sueños, las revelaciones, secretos… Es el género apocalíptico.

Debemos tenerlo en cuenta. El pasaje que hemos leído se encuentra en este género. Habla de los últimos tiempos. La revelación comunicada al vi­dente se refiere al momento último, y responde a la acuciante pregunta: ¿Qué será de los servidores fieles a Dios? He aquí la respuesta: resurrec­ción, retribución. Notemos, además el vocabulario apocalíptico, que nos re­cuerda el discurso escatológico de Cristo en los evangelios, el Apocalipsis de san Juan y las descripciones de la parusía en los escritos de san Pablo:

a) En los últimos tiempos, parece indicar el texto, surgirá un poderoso de­fensor del pueblo (Miguel). El pueblo será salvo, no perecerá. Son en concreto los que están escritos en el Libro de la vida. Son los predestinados. Estamos dentro del misterio. Está muy a la altura del género apocalíptico.

b) La salvación consistirá en la resurrección -vuelta a la vida-, seguida de una transfiguración completa- brillarán con el fulgor del firmamento -que durará toda la eternidad-. Son los sabios, los que han enseñado a otros a practicar la justicia. La palabra de dios se mantendrá firme hasta el fin. Benditos ellos, que han perseverado.

Tendrá lugar un justo juicio. A unos el premio, a otros el castigo. Para és­tos últimos la condenación, el horror eterno. Así terminan las cosas.

c) Precederá a todo esto un periodo de grandes angustias, de tribulacio­nes y persecuciones que no admite comparación.

El pasaje de Daniel es sumamente importante. Es, junto con 2 M 3, 9ss, el pasaje más claro que nos habla de la resurrección de los muertos, en un tiempo antes de Cristo. Cristo lo ratificará con sus pala­bras.

2.2. Salmo responsorial: (15)

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; / mi suerte está en tu mano. / Tengo siempre presente al Señor, / con él a mi derecha no vacilaré. R.

Por eso se me alegra el corazón, / se gozan mis entrañas, / y mi carne descansa serena. / Porque no me entregarás a la muerte, / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R.

Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua a tu derecha. R.

Fundamentalmente es un salmo de súplica, una petición. El estribillo, que se repite, la formula claramente: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Pronto, sin embargo, prorrumpe en sentidos afectos de confianza y de adhe­sión total a Dios. Dios, afirma el salmista, es todo para él: su suerte, su he­redad, su copa ¡Qué hermoso!

En Dios experimenta el salmista seguridad, serenidad, gozo, plenitud de alegría. En él no hay sombra de muerte. El salmista ha intuido con claridad que unido a Dios, participa de su misma bienaventuranza y de su eternidad. No morirá; no puede entregarlo a la corrupción. En Dios se encuentra la ple­nitud de gozo y la alegría perpetua. En él no hay fin ni término. Quizás el autor no vio tanto como es en sí la realidad. Pero lo intuyó. Cristo lo sancio­nará y la garantizará en su propia persona (Hch 2, 31): no fue entregado a la corrupción; supero la muerte; recibió la plenitud del gozo. Eso es lo que aguarda a todo fiel. El salmista da testimonio de ello.

2.3. Lectura de la carta a los Hebreos 10, 11-14. 18

Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden borrar los pecados. Pero Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.

En forma de antítesis, continua el autor de la carta a los Hebreos su ex­posición magistral. De esa manera, a medida que van saltando de su pluma las excelencias de la obra de Cristo sobre el sacerdocio antiguo, nos va reve­lando la íntima naturaleza de ella y el alcance de sus profundos misterios.

Ahí están los sacerdotes, de todos los tiempos y economías, en actitud constante de ofrecer sacrificios, uno tras otro. No descansan. Perpetuamente ejercen el oficio de mediadores, sin llegar nunca jamás a una satisfacción plena. Intentan una y otra vez, con la repetición de los sacrificios, llegar a la meta. En vano, no la alcanzan. El pecado persiste. En realidad, los sacrifi­cios que ofrecen no satisfacen plenamente, no logran borrar el pecado de raíz. Siempre ofreciendo, nunca borrando. Así todos los sacerdotes antes de Cristo.

Cristo, en cambio, con un solo sacrificio, obtuvo no sólo el resultado apete­cido, borrar el pecado, sino mucho más. El salmo 110, donde se habla del nuevo sacerdocio según Melquisedec y de la realeza del Mesías, anuncia maravillosamente la naturaleza del misterio. Nótese, en primer lugar: con un solo sacrifico ha logrado aniquilar por siempre jamás el pecado. Con este acto borró Cristo todos los delitos que alejaban al hombre de dios. El oficio de ofrecer sacrificios ha cesado. Uno ha bastado para siempre. El sacrificio de Cristo -pasión, muerte- lo ha conducido a la exaltación. Después del sacrificio y por el sacrificio es elevado a la gloria de dios, partícipe del poder divino. Y ano oficia más; reina y ejerce un poder divino. Allí, junto a Dios, sentado a su derecha, espera el sometimiento de sus enemigos, entre los que hay que contar, sin duda alguna, aquellos cristianos, que renegando su pertenencia a Cristo, vuelven a pecar de nuevo. A todos ellos les aguarda un juicio tre­mendo; el juicio del Señor, que se sienta a la derecha de Dios y que posee un poder divino.

El texto va más allá todavía. El autor habla de una perfección o de un perfeccionamiento. Cristo por su pasión y muerte -sacrificio- llegó a la exal­tación, a una transformación plena, que lo coloca a la altura divina. Algo de eso llega también mediante él, a los hombres. Cristo nos hace ahora a noso­tros partícipes de esa perfección, de esa transformación que él ha alcanzado. Cristo se ofreció a sí mismo por nosotros. Por ello él se perfeccionó y nos per­fecciona. Como se ve, el acto de Cristo tiene un doble efecto: sobre sí y sobre nosotros. El beneficio que a nosotros nos acarrea,. no es el mero perdón de los pecados; es algo más positivo; perfección, transformación interna y en­tera del hombre, por la cual, éste, unido a Cristo, tiene acceso libre a Dios. Es su consagración real y sacerdotal en Cristo.

Cristo realizó ya su obra. Ya no ofrece más. Intercede sí ante Dios, pues tiene un poder ilimitado ante él. El efecto está ya producido. Sólo basta, que, en el tiempo, vaya aplicándose al hombre el efecto de la obra de Cristo. No despreciemos la ocasión. En él la perfección y el perdón de los pecados.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Marcos 13, 24-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.”

Los versículos que acabamos de leer forman parte de un contexto más am­plio. Podríamos extenderlo a todo el capítulo 13. Las palabras del Señor, dentro de la seguridad y certidumbre que revelan, están envueltas en una gran obscuridad. Cristo nos anuncia el fin. Por eso se llama este discurso “Discurso escatológico”. Una a otra van sucediéndose las escenas, sin indicar claramente el momento que las separa.

Jesús habla del fin, de la catástrofe que se cierne sobre Jerusalén y la nación judía. Jesús habla también del fin y de la catástrofe que se cierne so­bre el mundo que nos rodea. Jesús invita a la atención y la vigilancia. Por una parte, hay que prestar atención a las señales. Pudiera uno caer en el engaño, lo cual sería muy lamentable. Por otra, hay que estar siempre en estado de vigilancia, pues aunque el fin tarde, es seguro que llegará. Cristo lo ha dicho. Sus palabras no pueden fallar.

Vamos a ceñirnos al pasaje leído, notando lo más saliente y claro.

Jesús habla del fin de los tiempos. Los tiempos tendrán un fin. El firma­mento, la bóveda celeste, tan estable e inamovible desde el comienzo de su existencia, acabará por derrumbarse. El mismo vahído sufrirá la tierra, so­porte del hombre y de la civilización humana. Todo ello ha de pasar. Dios le ha señalado un término. El sol, que alumbró la tierra durante tantos miles de generaciones, se sentirá impotente para mantener activa su luz; se apa­gará. La luna, a quien tantas noches vieron caminar errabunda, caprichosa y loca, dejará de brillar. Las estrellas, innumerables y juguetonas, que em­bellecen el firmamento, se desplomarán y lloverán ruidosas unas sobre otras. El universo entero temblará. Es que ha llegado el fin. La voz de Dios las trajo a la existencia. La voz de Dios las conmoverá.

Antes, sin embargo, tendrá lugar una gran tribulación, cual no la hubo nunca. De ella habla el Apocalipsis y a ella y a ella alude Pablo en 2 Ts 2, 3-12. También los apocalipsis judíos la anunciaban. Habrá persecuciones, an­gustias, tormentos, terrores

Como remate de todo ello, la revelación del Hijo del Hombre, que viene sobre las nubes con gran poder y majestad. Es cosa cierta que Cristo ha de venir, como Salvador y Juez. Señor del universo, vendrá a salvar a los su­yos son suyos, le pertenecen. Han sufrido las tribulaciones y, con todo, han perseverado en su amistad. Hay un término también para su tribulación, angustia y calamidad. Cristo viene a recogerlos. San Pablo en 1 Ts nos es­cribe entusiasmado el encuentro jubiloso de los fieles con su Señor. Será día de alegría, de gozo indescriptible. A eso viene el Señor. Nadie podrá arreba­társelos. Cristo es el Dueño de todo. Ante su presencia, el sol se olvidará de su luz, la luna de su blancura, las estrellas de su distancia y el universo en­tero caerá desmayado a sus pies.

Del juicio no se habla. Me refiero al juicio condenatorio. Para Marcos, como en general para todos los autores sagrados del Nuevo Testamento, lo interesante es la venida del Señor que salva a los suyos de la tribulación y de la muerte. Eso es lo que consuela.

¿Cuándo sucederá? No lo sabemos. Ni siquiera el Hijo del hombre. Tam­poco los ángeles tienen noticia del momento del acontecimiento. Habrá, sin embargo, señales. Ellas nos avisarán de la proximidad del evento.

Meditemos

Nos acercamos al término del año litúrgico. Uno tras otro hemos sido ce­lebrando a lo largo del año los misterios de la vida de Cristo. Lo hemos acompañado, precedida una esmerada y devota preparación, desde su ve­nida (Navidad) misteriosa del sino del Padre al seno de una Virgen incompa­rable, dentro de una santa familia, en medio de un pueblo, que desde largo tiempo lo esperaba, hasta su entrega por nosotros a una muerte de cruz. Todavía recordamos sus milagros; y sus discursos y episodios han dejado en nosotros una huella imborrable… Asistimos gozosos a su triunfo sobre la muerte, despertados de la tristeza por la voz del ángel: Resucitó. Con cánti­cos, con lámparas, con alborozo incontenible le hicimos coro en el momento de su exaltación, convencidos plenamente de que su triunfo era nuestro triunfo, de que su gloria era nuestra gloria, y de que nuestra victoria era también su victoria sobre las potestades y la muerte. Iluminados por su glo­ria y contagiados por su triunfo recordamos su estancia entre nosotros por espacio de cuarenta días. Al término de ellos se nos fue, aunque estamos plenamente convencidos de que vive junto al Padre y de que está siempre entre nosotros. El Espíritu Santo, que él nos alcanzó del Padre, es quien nos lo asegura. Nos dio un adiós: ¡Hasta pronto! Vendrá. A pesar de su ausen­cia, a pesar de las dificultades que podamos experimentar pro parte de sus enemigos, estamos llenos de gozo, serenos y seguros de su Venida. Es el Es­píritu, quien, como prenda de mejores tiempos, de la corona que se nos alarga, de la vida eterna que nos espera, nos lo infunde y nos hace conscien­tes de nuestra vocación de hijos de Dios, anima nuestra flaqueza, nos con­suela y levanta nuestro espíritu con una tensión irresistible hacia el Señor que viene. Así le veréis venir, como se fue, fue la despedida, cuando se separó de nosotros. Nosotros queremos, naturalmente, acompañarle en su venida. Queremos salir a su encuentro. Es nuestro Señor.

Eso es precisamente lo que conmemoramos este domingo. Ese es el miste­rio, no realizado completamente todavía, pero seguro y cierto, como que Dios existe. Cristo lo ha anunciado. El cristiano espera y desea ver a su Señor; espera un cambio de escena, una transformación de su persona y del mundo que gime todavía. Por eso, al terminar el año litúrgico, levantamos la cabeza y divisamos el horizonte por ver cuándo viene el Señor. Miremos al fin, al tér­mino. Por ahí van las lecturas. Continuará esta actitud durante algunos domingos, acentuando uno u otro aspecto. La espera es esencial al cristiano. Tenemos esperanza. Añádase a ello el deseo.

A) El Señor, el Salvador nuestro, viene. Es sin duda la idea principal, aunque la descripción de las señales que acompañarán su venid ocupen gran extensión.

1) ¿Quién es el que viene? El Hijo del hombre. Nótese el carácter enfático de la frase. Vendrá sobre las nubes del cielo. Es un ser divino, sobrehumano, superior a toda creatura. Con gran poder y majestad. Efectivamente, es el que está sentado a la derecha del Padre, como lo afirma la segunda lectura. Tiene poder divino. Es, en último término, Dios mismo. El ha sido quien ha destruido el pecado y quien ha abierto el camino que conduce a Dios. Tiene un Hombre sobre todo hombre, capaz de santificar a todos. Lo mismo ánge­les, fieles servidores de Dios, están a su servicio; son sus mensajeros. Así lo asegura la primera lectura. La primera lectura habla de Miguel. Es el Se­ñor del universo con carácter divino. Ese es quien viene, nuestro Señor Je­sucristo.

2) ¿Para qué? Viene a salvar, pues es el Salvador. Ya Daniel lo había anunciado de forma impersonal: el pueblo de Dios se salvará. Así lo ha de­terminado Dios para el último día. La segunda lectura lo recuerda: él nos perfeccionará de modo completo. Viene a recoger a los suyos de las cuatro partes del mundo, dice el evangelio.

3) ¿Qué tipo de salvación? La primera lectura habla indirectamente de una liberación de las tribulaciones, calamidades y sufrimientos. El mismo sentir tiene la tercera lectura. Pero hay algo más. La salvación es algo posi­tivo. Es inmortalidad, ausencia de corrupción (salmo). Es también una trans­formación completa del individuo. La primera lectura habla de fulgor, de bri­llo, de una perfecta transfiguración. Resucitarán. Recibirán el gozo sumo, la dicha perfecta, la vida eterna (salmo). El pecado será totalmente destruido con todas sus consecuencias.

4) Indirectamente se piensa en el juicio. Dice la segunda lectura que pon­drá bajo sus pies a todos sus enemigos. Acabará con todos.

5) Es necesario mantenerse firmes. Habrá una gran tribulación. Lo ase­gura la primera lectura. Lo supone el grito de angustia del salmo: Proté­geme, Dios mío. Lo confirma la segunda lectura, y la tercera lo afirma cate­góricamente.

El cristiano está viviendo bajo el signo de la venida del Señor. Todo cobra sentido en la esperanza del Señor que viene. Debemos pensar en lo que nos está preparado: vida eterna, gozo indecible, fulgor divino, victoria eterna Ese es nuestro destino. Nuestro Señor es el Hijo del hombre que viene sobre las nubes, Señor hasta de los mismos ángeles.

B) Valor de este mundo. El mundo pasará. La figura de este mundo pasa, dice san Pablo. Efectivamente, todo cambiará. Ahora está en desorden y gime. Luego vendrá la consumación total y todo cambiará. Un nuevo mundo se acerca. En él la luz del sol será insuficiente; la luna y las estrellas se avergonzará de sí misma. Todo el universo se conmoverá ante la presencia de su Señor. Sufrirá, como el hombre, una profunda transformación. Dios será su luz, su gloria, su gozo, su vida.

Vendrá, pero no sabemos cuándo. Hay que estar alerta. Suspiramos y deseamos al mismo tiempo que un santo temor nos invade. El gozo de ver al Señor, la alegría de encontrarse con él es, sin embargo, superior al miedo ¡Ven, Señor Jesús!

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