II Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo C

Ordinario2

La liturgia de hoy propone el Evangelio de las bodas de Caná, un episodio narrado por Juan, testigo ocular del hecho. Tal relato se ha situado en este domingo que sigue inmediatamente al tiempo de Navidad porque, junto a la visita de los Magos de Oriente y el Bautismo de Jesús, forma la trilogía de la epifanía, es decir de la manifestación de Cristo. El episodio de la bodas de Caná es, en efecto, «el primero de los signos» (Jn 2, 11), es decir, el primer milagro realizado por Jesús, con el cual Él manifestó su gloria en público, suscitando la fe de sus discípulos. Nos remitimos brevemente a lo que ocurre durante aquella fiesta de bodas en Caná de Galilea. Sucede que falta el vino, y María, la Madre de Jesús, lo hace notar a su Hijo. Él le responde que aún no había llegado su hora; pero luego atiende la solicitud de María y tras hacer llenar de agua seis grandes ánforas, convirtió el agua en vino, un vino excelente, mejor que el anterior. Con este «signo», Jesús se revela como el Esposo mesiánico que vino a sellar con su pueblo la nueva y eterna Alianza, según las palabras de los profetas: «Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo» (Is 62, 5). Y el vino es símbolo de esta alegría del amor; pero hace referencia a la sangre, que Jesús derramará al final, para sellar su pacto nupcial con la humanidad.

Benedicto XVI, Ángelus del 20 de enero de 2013

Oración:

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo, y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo.

Primera Lectura: Is 62, 1-5

POR amor a Sión no callaré,
por amor de Jerusalén no descansaré,
hasta que rompa la aurora de su justicia,
y su salvación llamee como antorcha.
Los pueblos verán tu justicia,
y los reyes tu gloria;
te pondrán un nombre nuevo,
pronunciado por la boca del Señor.
Serás corona fúlgida en la mano del Señor
y diadema real en la palma de tu Dios.
Ya no te llamarán «Abandonada»,
ni a tu tierra «Devastada»;
a ti te llamarán «Mi predilecta»,
y a tu tierra «Desposada»,
porque el Señor te prefiere a ti,
y tu tierra tendrá un esposo.
Como un joven se desposa con una doncella,
así te desposan tus constructores.
Como se regocija el marido con su esposa,
se regocija tu Dios contigo.

Volvemos de nuevo a encontrarnos con el gran libro de Isaías. La lectura está tomada del capí­tulo 62, parte final del libro. La obra, esta última parte del libro, no tiene por autor al Isaías clásico, sino a un (o varios) profeta pos­texílico (tercer Isaías), que quizás por la fuerza y seguridad de su palabra, me­reciera que los compiladores posterio­res adosaran sus palabras a las páginas del Isaías clásico.

El profeta ha vivido seguramente el destierro. Conoce los horrores del exilio y la postración y humillación por las que ha pasado el pueblo de Dios, al ser dejado, por decirlo así, de las manos de su Señor. Sin tierra, sin caudillo, sin templo, sin li­bertad, el pueblo había aprendido amargamente cuán desventu­rado es desobedecer al Señor del cielo y de la tierra.

La vuelta del destierro a la tierra propia es re­ciente. Al profeta le ha tocado vivir el comienzo de la salvación. Sin embargo, aunque poseedores de una tie­rra que pueden llamar propia, tienen los desterrados ante sí una obra ingente. Las llagas del destierro son graves y profundas. Debe reha­cerse el pueblo, tantos años disperso; debe comen­zar a vivir como comunidad santa el pueblo que convivió largos años con los paganos. Hay mucho que corregir y mucho que imponer, mucho que curar y mucho que ordenar. Ha de ser reedificado el tem­plo, empleando en una mano la espada y en otra la paleta. han de construir viviendas, plan­tar viñas… Todo va a costar esfuerzo y lucha. ¿Llegará la sal­vación definitiva? El profeta la anuncia alborozado. Ha visto en el plan de Dios un destino glorioso para Sión. Lo ha visto y no puede contenerse. Las palabras se le escapan de la boca llenas de gozo. Es menester animar a los pusiláni­mes. También nosotros nos llenamos de optimismo cuando las escuchamos. He aquí el mensaje:

A las tinieblas sigue la luz; a la noche, el día; a la obscuridad negra y densa, el claro amanecer. Así sucederá a Jerusalén. Ante los ojos del profeta surge luminosa, transparente, radiante, bella y gloriosa una nueva Jerusalén. Para Jerusalén va a comenzar una época nueva. Pasó el luto, viene la gloria. Los pueblos, con sus reyes a la cabeza, lo ve­rán. La han conocido postrada, indefensa, humi­llada, abandonada, casi desaparecida. La conoce­rán ahora gloriosa y resplandeciente. El común nombre de Jerusalén, del que los gentiles hicieron mofa, no será suficiente para expresar el nuevo es­tado de la Ciudad de David. Dios mismo le pon­drá un nombre nuevo, un nombre a la altura de su nueva gloria, pues él mismo la encumbrará. La en­cumbrará a una altura que los pueblos no pudieron sospechar. Todos verán el portento. No habrá quien ose llamarla abandonada (alusión al destie­rro). La imagen de la corona y de la diadema en la mano de Dios puede que nos indique la gloria de Dios revelándose en Sión. De todos modos, Dios va a bendecir a Jerusalén de un modo particular: la va a elevar al título de favorita. La palabra suscita una imagen bella y sugestiva, la imagen de la es­posa. Jerusalén va a ser elevada al título de es­posa.

La idea del desposorio no es nueva. La empleó por vez primera, al parecer, Oseas. El profeta en­trevió, en el amor loco de un esposo a su esposa, el miste­rioso, inefable e incomprensible amor de Dios a los hombres. Se anuncia una nueva alianza. La alegría y el gozo no tendrán límite, como sucede en un des­posorio, donde el enamoramiento es profundo y eterno.

El cambio de Jerusalén es radical: esposa del Señor, elegida, favorita, amada. Por eso exulta e invita al gozo el profeta anunciador de tan gran nueva.

Salmo Responsorial: Sal 95

R/.   Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

V/.   Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre.   R/.

V/.   Proclamad día tras día su victoria.
Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.   R/.

V/.   Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor.   R/.

V/.   Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey:
él gobierna a los pueblos rectamente».   R/.

El salmo 95 pertenece a un grupo de salmos que llevan por título Dios Rey. Ese es el tema: Dios reina. Dios creador, Dios Señor de la historia, Dios Juez del universo ha mostrado en sus obras su trascendencia, su poder absoluto y su dominio eterno sobre todas las criaturas. De ahí la ala­banza, la aclama­ción, el santo temor, la obedien­cia. El salmo nos invita, contemplando las ma­ra­villas de Dios, a alabarle, a aclamarle, a respe­tarle y a someternos entera­mente a él. Dios hace grandes maravillas.

Segunda Lectura: 1 Co 12, 4-11

HERMANOS:
Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.
Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.
Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le ha concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas.
El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

Siempre se ha ocupado Pablo, a pesar de sus idas y venidas, de la marcha de las comunidades por él fundadas. Sus cartas no tienen otro motivo que éste: orientar, dirigir, aconsejar, corregir los defectos, a veces, de sus comuni­dades.

La primera Carta a los Corintios es un buen ejemplo de ello. Los corintios, de origen gentil en su mayoría, le han presentado una sugestiva lista de cues­tiones.

Por otra parte, Pablo conoce bastante de la vida que lleva aquella comuni­dad. Las noticias llega­das a él le intranquilizan y le preocupan. Ha dis­mi­nuido el fervor de la caridad hasta tal punto, que se cometen graves escánda­los en las celebracio­nes eucarísticas. Han entrado la desunión y la di­visión. En unos la arrogancia, en otros el desprecio. También la presencia de los carismá­ticos ha per­turbado la paz de la comunidad. Ha surgido, con menoscabo de la caridad, la disensión entre ellos: unos carismáticos se tienen por más y des­precian a los otros. Por otra parte, no discurren ordenada­mente las reuniones cristianas, con motivo de la desorganización de algunos de ellos. San Pablo les habla de los carismas. Este es el trasfondo del pa­saje.

Los dones carismáticos muestran la presencia y la eficiencia del Espíritu Santo dentro de la comu­nidad cristiana. Es Espíritu viene de Cristo y anima la vida de la comunidad en forma múltiple. Múltiple es el don, múltiples son las funciones, como múltiples son las necesidades de la Iglesia y los miembros de la misma. La Iglesia es un orga­nismo vivo; un ser que crece, un ser que camina, un ser que se alarga y se extiende, un ser que sin dejar la tierra, donde pisan sus pies, levanta la cabeza hasta las alturas. Uno y múltiple; así el Espíritu, uno y múltiple. Muchos los dones -profecía, don de lenguas, espí­ritu caritativo, don de interpretación, etc.-, uno, en cambio el principio, uno también el fin -la edificación del organismo de la Iglesia.

Las palabras de Pablo nos recuerdan una gran verdad. El Espíritu Santo anima a la Iglesia, con­tinúa en la Iglesia. La mueve, la hace caminar, le da vida. Tanto entonces como hoy. Pero la direc­ción es siempre una y única: Cristo. Los carismas deben conducir a la edificación del Cuerpo Místico de Cristo. Es el gran don que Dios hace a su Iglesia, el Don del Espíritu Santo. Profetizar, hacer mila­gros, fe portentosa, don de lenguas… Todo viene de él. No está demás recordarlo.

Evangelio: Jn: 2, 1-12

EN aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice:
«No tienen vino».
Jesús le dice:
«Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».
Su madre dice a los sirvientes:
«Haced lo que él os diga».
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dice:
«Llenad las tinajas de agua».
Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les dice:
«Sacad ahora y llevadlo al mayordomo».
Ellos se lo llevaron.
El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice:
«Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».
Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Nos toca leer hoy el simpático pasaje de las Bodas de Caná. Se encuentra en el evangelio de Juan. No es esto una indicación superflua. Juan se distan­cia de los tres primeros evangelistas en el lenguaje, en la teología y en el ma­terial que re­porta en su evangelio. Es menester darse cuenta de ello para no errar en la interpretación.

Juan es un teólogo además de un evangelista; es un contemplativo y un místico además de un histo­riador; es un simbolista a la par que un profundo conocedor de la realidad. Estas facetas, a primera vista contradictorias, en­cuentran en Juan una con­creción admirable. La mirada de Juan, iluminada por el Espíritu Santo, se alarga indefinidamente. Juan ve, porque existe, en lo humano y material lo divino y sobrenatural: aquel hombre que predica y obra maravillas es el Hijo de Dios; el pan que re­parten sus manos multiplicadoras, es indicación del Pan por excelencia, Cristo; la luz, que reciben los ojos del ciego de nacimiento, es expresión con­creta de la Luz admirable, que es Cristo, su propia virtud de iluminar.

Hay un simbolismo en San Juan que no está re­ñido con la realidad. Por eso, hay que atender cui­dadosamente a los detalles más insignificantes que rodean a los acontecimientos, pues son revela­dores de una realidad más pro­funda, que es Cristo.

Notemos, para la mejor comprensión de este pa­saje:

Estamos al comienzo del evangelio. Es la pri­mera parte, después de la in­troducción. En esta primera parte, Cristo se revela instaurador e inaugurador de una Nueva Economía. La Economía que él viene a fundar es superior a la Antigua. Ve­amos sus características.

A) Es una fiesta de bodas.- Jesús bendice con su presencia las bodas de unos jóvenes, su alegría y la de los invitados. Es todo un hombre. Pero ade­más de esto, nótese en el fondo una gran realidad que lo define en el orden salvífico. Cristo nos recuerda su papel de Esposo en la Nueva Economía. Se trata de unas bodas, y el maestresala lo confunde con el esposo. San Juan Bautista lo declarará explícita­mente: es el Esposo.

B) El agua convertida en vino.- El vino es exce­lente y superior, como lo ates­tigua el maestresala. Es también abundante; son muchos litros. Así es la Nueva Economía: superior, excelente, abundante en gracia. Es para siempre, no faltará jamás. El agua simboliza la Antigua. Nótese que el agua de las ti­najas servía para la purificación de los ju­díos. La Nueva la supera en natura­leza. Se ago­taba la Antigua. La Nueva viene en el momento último. Tiempo escatológico; de última hora: lo has guardado para el final, dice el maestre­sala.

C) La presencia de María.- Parece ser que las mujeres no estaban invita­das a la fiesta, es decir, a participar con los hombres en el banquete. A ellas, sin embargo, les pertenecía cuidarse de la buena marcha de la fiesta. Ahí está María, dirigiendo la fiesta. María nota la falta de vino. María in­terviene, inter­cediendo. Su actitud libra a los no­vios del bochorno de encontrarse sin vino. Este es el hecho. Veamos la verdad profunda que esto nos re­cuerda.

María aparece, en San Juan, en el primer signo y en el último, en la muerte de Cruz. Aparece inter­cediendo. He ahí el papel de María en la Nueva Econo­mía. María está presente en el plan salvífico de Dios. Intercede por los hom­bres. Contribuye con su intercesión a la manifestación de la Gloria de Dios en Cristo. La Hora de la revelación no había llegado; pero, cuando llegue -Pasión, Muerte, Re­surrección-, allí estará María. No es casual la pre­sencia de María en las bodas de Caná junto a su hijo. Más bien, en manos de Juan, es ejem­plar. El no tienen vino puede aludir a la ausencia del gran don que trae Cristo: el don del Espíritu Santo. ¿No es él, en realidad, el que anima la fiesta? ¿Y qué otra fiesta es ésta que la del Mesías, Señor y Esposo de la comunidad?

D) Fe de los discípulos.- Es el núcleo de la pri­mitiva iglesia. Cristo es la glo­ria de Dios. María interviene en su manifestación, los discípulos la aceptan. Así será siempre. Cristo Esposo. -¿No eran simbolizados los tiempos mesiáni­cos bajo la imagen de un banquete de bodas?- María interce­diendo, la fe apos­tólica.

Juan ha visto en los detalles reales de las bodas de Caná la gloria de Cristo y el papel de María.

Consideraciones

Casi se han apagado ya por completo las luces multicolores y el gozo albo­rozado de las fiestas de Navidad. La preparación -ascesis, reflexión- de Ad­viento recibió en la alegría de Navidad su más preciado galardón. Las fiestas de Navidad han sido como un paréntesis en la vida cotidiana. Parte de los trabajos diarios se habían suspendido. Pero el tiempo de Navidad ya ha pa­sado. No po­demos detenernos indefinidamente en la infancia. Es agradable, pero no es de hombres. Cristo ca­mina hacia Jerusalén. También nosotros de­bemos seguir adelante. Urge caminar. Hay un fin que al­canzar y una meta que conseguir. No siempre nos deleita seguir adelante. Con frecuencia se levanta ante nosotros la cuesta de enero. Pero no hay más remedio. Vivimos en las re­alidades de este mundo, suspirando por otras mejores. El Señor nos las ha prometido. Ese fue el anuncio de Navi­dad: Os ha nacido un Salvador. Cristo nos acom­paña y nos revela, a la par que nos empuja con su fuerza -Espíritu Santo-, la naturaleza de su reino y la grandiosidad de su promesa. ¡Caminemos!

Sean estos los puntos principales:

A) Cristo Instaurador de una Nueva Economía. Baste recordar lo dicho en el comentario a San Juan.

Cristo es el Esposo. Nos lo sugiere el episo­dio de las bodas de Caná. Isaías lo anunció para el futuro, concretizándolo en la comunidad elegida. El don multiforme del Espíritu es, según canta un antiguo himno, el regalo de bodas.

La imagen del desposorio nos recuerda múlti­ples verdades. La humanidad está llamada a ser salva, a ser esposa de Dios en Cristo. Dios llega a los hombres humanizándose, para arrastrar consigo a la humanidad divinizán­dola. La Iglesia es el lugar concreto, donde se realiza la misteriosa fusión y desposorio. Los bienes con que Cristo dota a su Esposa, son múltiples y ópti­mos (el vino de las bodas es excelente y abundante). Pablo se de­tiene a des­cribirlos. La acción de Dios nos hace cambiar de estado. De abandonados pa­samos a elegidos. Es como la imposición de una nueva forma de ser. Poseemos un nuevo nombre: Es­posa, hijos de Dios. Estamos destinados a ser co­ronados y a reinar con Dios. Su mano nos coronará. Unidad con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, de quien proceden los dones. Isaías nos anima a cami­nar. Pablo nos declara la realidad nueva del Espíritu. Juan nos advierte de que las bodas ya han comenzado. Se consumarán más tarde. ¡Caminemos!

La fe viva de los apóstoles es la respuesta adecuada a la invitación. Sin fe no se puede cami­nar. Es la fe apostólica, fundamento de la Iglesia. Es la fe que nos une en un cuerpo (unión de las Iglesias) y nos hace confesar a Cristo Esposo, Hijo de Dios y Salvador eterno.

B) El Espíritu Santo opera en la Iglesia. Las palabras de Pablo nos invitan a reflexionar. El Es­píritu está en la Iglesia. El nos guía vitalmente hacia la meta. De él todas las operaciones que conducen a la unidad y a la edificación de la Iglesia.

1.- Pidamos su intervención: unidad de las Igle­sias. Sin él nada podemos. El nos reúne, él nos mueve.

2.- Los carismas construyen. La Jerarquía, ca­risma superior, no debe igno­rar los carismas infe­riores. Debe, sí, orientarlos, pues son obra de Dios. Los carismas inferiores no deben operar la desunión y la división, deben ser dóciles a los su­periores.

3.- Servicios. A ello nos mueve el Espíritu. Las necesidades materiales de los hermanos entran dentro del campo de operaciones de los dones que hemos recibido del Señor. La imagen de Cristo convirtiendo el agua en vino y la de María in­tercediendo son un buen ejemplo de ello.

C) María. Sería un punto interesante recordar, según la teología católica, el papel que desem­peña la Virgen María en el plan divino de la salva­ción. La es­cena de las bodas la dibuja delicada­mente. Pidamos su intercesión Ella puede hacer a Cristo manifestar su gloria a todos (Unión de las Iglesias por María).

D) El salmo nos invita a alabar a Dios. ¿No es magnífica la obra de Dios? ¿Nos ejercitamos en alabarlo? Este punto podría constituir toda la ma­teria de una predicación.

E) Pensamiento eucarístico. Ahí está el Autén­tico Banquete. Ahí el Esposo, bajo las especies de pan y vino. Ahí el don del Espíritu. Ahí la co­munidad de los fieles, profesando su fe y ejerci­tando la caridad. Ahí la gracia abundante que nos prepare -es prenda- para la vida eterna.

Sugerencia de cantos: https://goo.gl/oadfrz

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