Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

tiempordinario1

Hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén, que manifiesta la venida del Reino en el Rey Mesías. Pero Jesús no conquista la ciudad por la violencia sino por la humildad y el amor. Por eso viene montado en burrito y es recibido por los niños y los humildes de corazón. Su reino no será impuesto sino que se inaugura con la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Quienes lo acepten por amor serán los miembros de su reino.

Isaías profetizó sobre siervo sufriente. Mateo interioriza sobre esos sufrimientos: abandono de los apóstoles; el silencio del Padre, absoluta soledad. La carga de todos los pecados de la humanidad asumida por Cristo. Sin embargo, desde la Cruz, reina como Señor de todo. Es claramente un reino no de este mundo. Es el reino del amor y quienes lo acepten vivirán con El para siempre.

  1. Textos y comentario
    • Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

 

Dentro de este contexto general, cuatro misteriosos poemas que, por acuerdo más o menos unánime, vienen llamándose del «Siervo»: Cánticos del Siervo de Yahvé. Aquí, en la lectura de hoy, nos encontramos con uno de ellos; con el tercero, en concreto. Y del tercero, con unos versículos, los más significativos. Conviene, no obstante, alargarse, en la lectura privada, a los versículos 8 y 9 por los menos, y con un poco de interés, a los cánticos que le han precedido; pues, en opinión de la mayoría, se iluminan unos a otros: 42, 1-9; 49, 1-13. El cuarto vendrá más tarde y los desbordará a todos: 52, 13-53, 12.

El personaje del canto no lleva nombre, ni siquiera el título de «siervo». Lo que importa es la misión. Y ésta se encuadra en la vocación profética: voca­ción-llamada para la palabra, sufrimiento en el desempeño de la misión, con­fianza en el Señor. Detrás del profeta sin nombre se encuentra Dios con todo su poder. Llamada para hablar: lengua de iniciado. El Siervo ha de hablar; ha de hablar bien, ha de hablar en nombre del Señor. En este caso ha de ha­blar para consolar, al abatido. También el profeta sabrá de abatimiento; es su vocación. Pero para hablar, hay que escuchar. Dios afina el oído de su Siervo, agudiza su sensibilidad y lo capacita para sintonizar con su volun­tad. Suponemos en el Siervo una intensa actividad auditiva.

La misión se presenta, además, dolorosa: ultrajes e injurias personales. Un verdadero drama. En el fondo, participación del drama de Dios en la sal­vación del hombre. La persona del Siervo tiende a confundirse con el men­saje que debe anunciar. Valor y aguante. Y así como no resiste a la palabra que lo envía, así tampoco al ultraje que ella le ocasiona. Dios lo mantendrá inquebrantable en el cumplimiento de su misión.

Misteriosa vocación la del Siervo. Todos los profetas experimentaron algo de lo que aquí se nos narra. Con todo la figura del Siervo los sobrepasa. ¿Quién es? ¿Quién llena su imagen? Miremos a Cristo Jesús y encontraremos la respuesta más cumplida. Vivió en propia carne el inefable drama de Dios con el hombre: lengua de iniciado: gran profeta; oído atento: gran hombre de Dios; ultrajes, presencia de Dios… misión cumplida.

 

1.2. Salmo responsorial Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24(R.:2a)

  1. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere.» R.

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. R.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; tenedlo, linaje de Israel. R.

Salmo de súplica, salmo de acción de gracias. ¿Psicológicamente incom­prensible? Teológicamente, al menos, no: tras la súplica, siempre, la acción de gracias, porque Dios, al fondo, siempre escucha la oración. El salmo vive los dos momentos. Hoy, el primero.

La súplica toca los límites extremos en que puede encontrarse el fiel de Dios. Es el justo; y es el justo perseguido; y es el justo perseguido por ser justo; y la persecución lo ha llevado hasta las puertas de la muerte; ¡y el Señor no le escucha! El justo sufre sobre sí el abandono de Dios; las imáge­nes son vivas y reflejan una situación límite. También la confianza es ex­trema y total.

¿Quién llena el salmo? Situaciones semejantes, pero parciales, las han vi­vido con frecuencia los siervos de Dios. Como ésta, en profundidad insospe­chada, solamente uno: El Señor Jesús. Los evangelistas recogen de su boca el estribillo del salmo en el momento de su muerte; también aparecen cum­plidos algunos versillos en la ejecución en la cruz. Pensemos, pues, en Jesús; él desborda el salmo, en dolor, abandono y esperanza. Unámonos a él, a todo justo, que en el cumplimiento de la voluntad de Dios pasa por trance seme­jante.

Dios, el Padre, dejó paradójicamente morir a su Hijo; pero lo resucitó al tercer día. La oración fue escuchada, como comenta la carta a los hebreos, por su« reverencia»

 

  • Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

En una carta -Pablo a los Filipenses-, una recomendación entrañable; y en la recomendación entrañable- «manteneos unidos»-, la motivación más cordial y personal del apóstol: Cristo Jesús. Es toda nuestra lectura. Y es toda una pieza. Pieza, que, según la crítica más aceptada, se remonta a los albores de la comunidad cristiana, a unos años, quizás, antes de Pablo.

Se le suele caracterizar como himno. Pero hay que advertir que, sin dejar de serlo, el pasaje admite otras denominaciones, secundarias quizás, pero simultáneas, que la colocan en su debido puesto: fórmula de fe, catequesis… Debemos mantener viva la alabanza, recordar piadosamente el misterio y profesar confiados nuestra fe.

Los autores distinguen estrofas. No nos vamos a enzarzar en la polémica de su diferenciación y número. Vamos a seguir tan sólo el pensamiento de tan preciosa profesión de fe, el movimiento de tan justificada alabanza y la estructura básica de tan profundo misterio.

El himno lleva, en el contexto actual de la carta, un movimiento de exhor­tación. No lo perdamos de vista, pues nos conviene aprender- catequesis- y nos interesa dejarnos mover- parénesis. El ejemplo es Cristo; el cristiano ha de acercarse a él para conocer y vivir su propio misterio

En cuanto al himno mismo, podemos proceder a su inteligencia, apoyán­donos en los contrastes. Y el primero que se nos ofrece es el llamado de la «kénosis» o anonadamiento. Jesús, en efecto, siendo de condición divina, no ambicionó conducirse, al venir a este mundo, a la manera que como a ser di­vino correspondía. Todo lo contrario, se despojó de sí mismo totalmente: res­pecto a Dios en obediencia absoluta y respecto a los hombres, llevando por amor, la condición de hombre débil, hasta el extremo de morir, como siervo, en una cruz: condenado como malhechor y blasfemo -¡él, que era Hijo de Dios!; por odio y envidia- ¡él, que era la misma misericordia!; por propios y extraños -¡él, que no se avergonzó de llamarnos hermanos!; impotente y en­tre criminales -¡él, que era poderoso y justo por excelencia!; abandonado de Dios -¡él, que era «Dios con nosotros!»

El segundo contraste, que se origina y enraíza en el primero, como carne de su carne, es: Dios lo exaltó y le dio un «Nombre-sobre-todo-nombre». Un Nombre divino: el de ¡Kyrios! Jesús, como hombre, por encima de toda la creación, unido al Padre en poder y majestad. ¿Qué otro Nombre podía ser éste que el de Dios? Por eso todos deben postrarse ante él: en el cielo, en la tierra y en el abismo, y proclamar: « ¡Jesucristo es el Señor!» Y ello, como lo señala el himno «por» haberse humillado hasta la muerte en cruz. Pablo nos invita a imitar al Señor; también, a alabarlo, bendecirlo y adorarlo. Es el papel que desempeña el himno en la liturgia. Acerquémonos, pues, piadosa­mente, y bendigamos, alabemos y adoremos al Señor.

 

  • Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 26, 14-27, 66
  1. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: 
  2. -«¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
  3. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?

  1. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
    S. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
  2. Él contestó

+ -«Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: “El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.”»
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

Uno de vosotros me va a entregar

  1. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
    + -«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
    C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
    S. -«¿Soy yo acaso, Señor?»
    C. Él respondió:
    + -«El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido. »
    C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
    S. -«¿Soy yo acaso, Maestro?»
    C. Él respondió:
    + -«Tú lo has dicho.»

Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre

  1. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
    + -«Tornad, comed: esto es mi cuerpo.»
    C. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
    + -«Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. »
    C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.

Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño

  1. Entonces Jesús les dijo:
    + -«Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.” Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
    C. Pedro replicó:
    S. -«Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
    C. Jesús le dijo:
    + -«Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. »
    C . Pedro le replicó:
    S. -«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »
    C. Y lo mismo decían los demás discípulos.

Empezó a entristecerse y a angustiarse  

  1. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:

+ -«Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse.
Entonces dijo:
+ -«Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ -«Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
+ -«¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil. »
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ -«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras.
Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+ -«Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»

Echaron mano a Jesús para detenerlo

  1. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
    S. -«Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
    C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
    S. -«¡Salve, Maestro!»
    C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
    + -«Amigo, ¿a qué vienes?»
    C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
    Jesús le dijo:
    + -«Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»
    C. Entonces dijo Jesús a la gente:
    + -«¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»
    C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso

  1. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
    Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:
    S. -«Éste ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.”»
    C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
    S. -«¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
    C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
    S. -«Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
    C. Jesús le respondió:
    + -«Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»
    C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
    S. -«Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
    C. Y ellos contestaron:
    S. -«Es reo de muerte.»
    C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:
    S. -«Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»

Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces

  1. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:
    S. -«También tú andabas con Jesús el Galileo.»
    C. Él lo negó delante de todos, diciendo:
    S. -«No sé qué quieres decir.»
    C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
    S. -«Éste andaba con Jesús el Nazareno.»
    C. Otra vez negó él con juramento:
    S. -«No conozco a ese hombre.»
    C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
    S. -«Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
    C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
    S. -«No conozco a ese hombre.»
    C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Entregaron a Jesús a Pilato, el gobernador

  1. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre

  1. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
  2. -«He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
    C. Pero ellos dijeron:
    S. -«¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
    C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
    S. -«No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»
    C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta:
    «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.»

¿Eres tú el rey de los judíos?

  1. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
    S. -«¿Eres tú el rey de los judíos?»
    C. Jesús respondió:
    + -«Tú lo dices.»
    C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
    S. -«¿No oyes cuántos cargos presentan contra fi?»
    C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
    S. -«¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías? »
    C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
    S. -«No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
    C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.
    El gobernador preguntó:
    S. -«¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
    C. Ellos dijeron:
    S. -«A Barrabás. »
    C . Pilato les preguntó:
    S. -«¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
    C. Contestaron todos:
    S. -«Que lo crucifiquen.»
    C. Pilato insistió:
    S. -«Pues, ¿qué mal ha hecho?»
    C. Pero ellos gritaban más fuerte:
    S. -«¡Que lo crucifiquen!»
    C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
    S. -«Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
    C. Y el pueblo entero contestó:
    S. -«¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
    C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

¡Salve, rey de los judíos!

  1. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
    S. -«¡Salve, rey de los judíos!»
    C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Crucificaron con él a dos bandidos

  1. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz

  1. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
    S. -«Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
    C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
    S. -«A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
    C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

Elí, Elí, lamá sabaktaní

  1. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
    + -«Elí, Elí, lamá sabaktaní.»
    C. (Es decir:
    + -«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
    C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
    S. -«A Elías llama éste.»
    C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber.
    Los demás decían:
    S. -«Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
    C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.

    Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

    C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos.
    El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
    S. -«Realmente éste era Hijo de Dios.»
    C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.

  2. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos.
    El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
    S. -«Realmente éste era Hijo de Dios.»
    C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.

José puso el cuerpo de Jesús en el sepulcro nuevo

  1. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
    María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro.

Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis

  1. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
    S. -«Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: “A los tres días resucitaré.” Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos.” La última impostura sería peor que la primera.»
    C. Pilato contestó:
    S. -«Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis. »
    C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

Es reveladora, a este respecto, la escena del Prendimiento. Nótense las palabras de Jesús a Judas -breves e interpelantes-, las dirigidas al discípulo que desenvaina la espada -la violencia engendra violencia- y las dirigidas a la turba. Sin duda alguna, Jesús es el Señor. El versillo 53, con la mención del Padre, y los versillos 54 y 46, con la alusión a las Escrituras, muestran a Jesús dueño de la situación. El lector, el fiel que celebra la muerte del Se­ñor, escucha de boca de Jesús el sentido de su obra.

La escena siguiente añade a la de Marcos, entre otras cosas, el detalle de ser Jesús el Cristo, versillos 63 y 68; este último en boca de los esbirros que lo maltrataban. No olvidemos, que según la opinión común de los autores, Mateo escribe a una iglesia judeo-cristiana donde el título «Cristo» goza de gran importancia y actualidad. Pero es mucho más significativo el detalle que sirve de puente entre la negación de Pedro y el proceso ante Pilato: los minuciosos versículos 1-10 del cap. 27. No solamente se encuentra falto de pruebas el juicio contra Jesús -Marcos-, sino que es totalmente no digo in­justo, sino inicuo: compra-venta de su persona: el campo de sangre. Los mismos compradores lo reconocen, cuando rehúsan echar al tesoro del tem­plo las monedas arrojas por Judas. Con todo -es la voz del evangelista- el acontecimiento está en manos de Dios: se cumple la Escritura.

El Proceso ante Pilato, versículos 11-31, ofrecen también novedades intere­santes: la insistencia en el título «Cristo», el recado de la mujer de Pilato, con la aseveración de ser Jesús “Justo», las palabras y gesto del gobernador -lavar las manos- sobre la inocencia de aquel hombre y la respuesta -¡tremenda!- del pueblo: «que su sangre caiga sobe nosotros y sobre nuestros hijos». Esto último nos recuerda, al menos por los términos, la acción de Ju­das -«entregué la sangre del justo»- y recalca la contribución del pueblo en la muerte de Jesús el Cristo y, por tanto, su rechazo insensato del enviado de Dios. ¿Quién no recuerda, a este propósito, la parábola de los viñadores ini­cuos? El reino se dará a un pueblo que dé frutos.

En el resto del relato Mateo sigue a Marcos, añadiendo o explicitando al­gún pormenor, correspondiente a su estilo o perspectiva, como es, por ejem­plo, la cita de la Sagrada. Escritura: el salmo 68, con motivo de la bebida ofrecida a Jesús, y una vez más que Marcos el salmo 22 en su versillo 9. In­siste en el título «Hijo de Dios» (versillos 27. 40. 43. 54.): misterio de la des­trucción y reconstrucción del templo, victoria del Mesías crucificado, inter­vención de Dios a su favor. Da también un matiz escatológico a la ruptura del velo, añadiendo un aturdimiento cósmico -tierra que tiembla…- y la resu­rrección de los muertos. Fin, pues, de la era antigua y nacimiento de la Igle­sia. El pasaje de la sepultura se ve adornado en Mateo con una nota apo­logética: la custodia de la tumba. Pasión y Resurrección van inseparables.

 

Reflexionemos

 

Podemos señalar algunos temas teológicos. Comencemos por las palabras de Jesús en respuesta a las del sumo sacerdote «Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios»: «Tú lo has dicho; en ver­dad os digo que desde ahora podréis ver al Hijo del hombre sentado a la de­recha del Padre y venir sobre las nubes del cielo». El eco solemne de esta manifestación la encontramos en boca del centurión: «verdaderamente éste era Hijo de Dios». Apuntemos para la primera manifestación -respuesta de Jesús al sacerdote- la conjunción de las tradiciones «mesiánica» y «apocalíptica» en la persona de Jesús: Jesús, el Mesías-Rey descendiente de David, salvador del pueblo, y Jesús, el Hijo del hombre, ser celeste y supe­rior, anunciado por Daniel. El título de Hijo de Dios, que algún evangelista pone en este momento, está a caballo entre las dos: el hijo de David, rey, es el Rey Ungido por Dios, perteneciente a la esfera divina, hijo de Dios en sen­tido propio. El venir sobre las nubes, en efecto, lo asimila a Dios; ¿quién otro que Dios puede venir sobre las nubes? De esta forma se precisa y explícita también la naturaleza de su trono: a la derecha de Dios en las alturas (Hebreos), en el trono de Dios.

A estas tradiciones debemos añadir otra, la más chocante quizás, ava­lada por el acontecimiento-cumplimiento en Jesús de las Sagradas Escritu­ras- y será: Jesús, el Siervo Paciente de Yahvé. Todas ellas redondean el misterio, al mismo tiempo que se integran plenamente entre sí.

Jesús es el Mesías de Dios; pero su mesianismo, sin dejar de ser real, se lleva a cabo mediante el sufrimiento. La carta a los Hebreos comentará que Jesús «fue perfeccionado por el sufrimiento». Jesús es el Siervo de Dios; pero su servicio redundó en beneficio de todos. Fue «disposición de Dios, comenta así mismo otra vez la carta a los hebreos, que gustara la muerte en favor de todos”. Un triunfo a través de la pasión – que lo recalca Jesús, en Lucas, a los discípulos de Emaús – y una pasión que llevó adelante el que era «Hijo». Este último término nos descubre la identidad del sujeto que sobrellevaba el peso de las injurias, abandono y muerte, y despertó en la resurrección: Jesús el Hijo de Dios; muerto, pero vivo; juzgado, pero juez, humillado, pero exaltado; siervo, pero Rey. Confesemos, pues, valiente y devotamente, como lo hace la carta a los filipenses, que Jesús es nuestro Señor, Rey e Hijo de Dios, muerto por nosotros, pero glorificado para siempre y constituido causa de eterna salvación.

Otro elemento singular es el tema del «templo». Dos veces aparece la acu­sación; –en el proceso judío y ya clavado en la cruz– de querer Jesús des­truir el templo y levantar otro no hecho de manos humanas. El evangelio la llama acusación falsa. Pero no lo es tanto, si tenemos en cuenta el desarrollo de la Pasión. Jesús acaba, de hecho, con la Economía Antigua y comienza la Nueva. El Templo nuevo será él. Juan lo afirmará expresamente en 2, 20-22 y Pablo lo insinuará suficientemente al decir que «habita en él la plenitud de la divinidad corporalmente». Jesús es el Santuario no hecho con manos humanas: La Tienda más amplia y más perfecta, no hecha por manos hu­manas, dará a entender la carta a los Hebreos, es su Cuerpo Glorioso (9, 11ss). El detalle de la ruptura del velo al momento de morir Jesús favorece esta interpretación.

El tema del Templo nuevo, aquí brevemente esbozado, abre la perspec­tiva hacia la Iglesia, Templo de Dios y Cuerpo de Cristo. Es su Reino y su Pueblo. ¿Y no fue de su costado, abierto por la lanza –estamos ya en Juan– de donde, según los Padres, nació la Iglesia, Esposa del Señor? Iglesia so­mos, y no podemos menos de vernos integrados en la Pasión y Resurrección del Señor.

 

 

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