III domingo de Pascua – Ciclo B

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Jesús resucitado aparece en gloria, pero humanizada. Aparece como más humana, como más amiga, más bueno. No va a vengarse o reírse de los enemigos que lo condenaron. No reúne a la gente para decirles que se equivocaron. Se manifiesta tan solo a los que realmente ama y desea. Jesús, se hizo presente en medio de sus discípulos y en adelante siempre se hará presente en medio de ellos. Cuando se reúnen para orar y reflexionar, para compartir y servir, él estará en medio de ellos.

 

  1. Oración colecta

 

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo….

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II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia – Ciclo B

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En este domingo se nos habla en las lecturas de cómo la noticia de la Resurrección: ¡Ha resucitado!, produce unos efectos transformadores en la primera comunidad de Jerusalén. De estar acobardados por “miedo a los judíos” y con la esperanza por los suelos, porque a Jesús, el Maestro, lo han matado, pasan a llenarse de alegría porque han vuelto a ver al Señor. De esta experiencia pascual nace la comunidad donde “todos pensaban y sentían los mismo”. Así reciben el envío, la paz y la fuerza del Espíritu para el perdón de los pecados.

  1. Oración colecta:

 

Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo… Seguir leyendo «II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia – Ciclo B»

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor – Ciclo B

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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo B

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“Ha llegado la hora”

Con el Domingo de Ramos comenzamos las celebraciones de la Semana Santa. Entramos en los días más importantes para la vida de los cristianos. Para nosotros esta sí que es la Semana Grande por excelencia de todo el año. En ella recordamos nuestra propia vida sentida en las situaciones límite en que todos, tarde o temprano, nos vemos inmersos. La liturgia de este domingo, tras cantar el triunfo mesiánico de Jesús, nos invita a seguirle en sus humillaciones, en su entrega, en su Pasión. Seguir leyendo «Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo B»

Quinto domingo de Cuaresma – Ciclo B

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Se acerca la hora de Jesús. Esta expresión aparece tres veces en el evangelio de hoy (una cuarta dice «ahora»). La hora de Jesús es el ahora en el tiempo donde se hace presente el hoy eterno de Dios; son «los días en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva» (1. lectura). Pero es también, inextricablemente, «vuestra hora: la del poder de las tinieblas» (Lc 22,35).

  1. Oración Colecta

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por Jesucristo.

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Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo B

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DOMINGO IV DE CUARESMA CICLO B 2015

En el primer domingo de cuaresma la liturgia celebró a Jesucristo como nuevo Adán, humanidad realizada en el paraíso: en convivencia pacífica con los demás vivientes, pero “servido por ángeles”, es decir en intimidad con el Creador que es “Abba”, ternura infinita. En el segundo domingo la liturgia proclamó la fe de la comunidad cristiana que aún debe soportar los conflictos y crisis de la vida: Jesús tiene que enfrentarse con el sufrimiento y la muerte, los discípulos no lo entienden, “están dormidos”, pero en la transfiguración es confesado como el Hijo amado, con el vestido resplandeciente del Resucitado. En el tercer domingo el gesto profético de Jesús echando fuera del templo a los vendedores del templo que, con su lógica comercialista, prostituían el lugar de oración o atrio de los gentiles, sugirió que la liturgia cristiana no se reduce a prácticas religiosas sino que implica una conducta existencial para construir la fraternidad o reinado de Dios; un culto en espíritu y en verdad. Y en esa misma línea la Palabra en este domingo 4º de cuaresma da un paso más: hacer la verdad de Dios y la verdad del ser humano en la verdad del mundo.

1. Oración colecta

Señor, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor…. Seguir leyendo «Cuarto domingo de Cuaresma – Ciclo B»

Domingo 3 de Cuaresma – Ciclo B

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Entramos en la segunda fase de la Cuaresma, los domingos 3, 4 y 5, caracterizados por la presencia de evangelios propios para cada ciclo, que se centran en un aspecto determinado del camino cuaresmal: en el año A la iluminación bautismal; en el año C, la misericordia de Dios y nuestra conversión; en este año B, el misterio pascual de JESUCRISTO.

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Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo B

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Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro.” Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro (Sal 26, 8-9)

  1. Oración colecta:

Señor, Padre santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos tu rostro. Pon nuestro Señor….

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Primer domingo de Cuaresma – Ciclo B

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Inauguramos el camino hacia la Pascua (ofrendas) y habrá que hacerlo notar, porque pocos de los que se congregan el domingo debieron participar el Miércoles de Ceniza. Este domingo y el próximo forman una unidad, y los evangelios dibujan, simbólicamente, el movimiento pascual: de la prueba a la transfiguración.

  1. Oración colecta

Al celebrar un año más la santa Cuaresma, concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. Por nuestro Señor Jesucristo….

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Domingo 6 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

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Dios -que sigue oyendo «los gritos de auxilio de su pueblo» (Ex. 2, 24)- tiene prisa por acelerar la marcha del Reino, por conducirnos de la esclavitud al servicio, y tiende su mano mendiga al hombre. Mendiga, porque Dios no fuerza, aunque transforma. «Forzar es lo que hace aquél que impone a la piedra una fuerza superior a la gravedad para que la piedra suba, en lugar de caer; transformarla es lo que haría quien pudiera conseguir que la piedra no tuviera gravedad» (Santo Tomás). Transformación que no se da tampoco sin nosotros, contra nuestra voluntad.

  1. Oración colecta

Dios nuestro, que te complaces en habitar en los corazones rectos y sencillos, concédenos la gracia de vivir de tal manera que encuentres en nosotros una morada digna de tu agrado. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

  1. Textos y comentario

2.1. Levítico 13,1-2.44-46

El leproso tendrá su morada fuera del campamento

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!» Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»

El libro del Levítico, llamado así por los traductores de la Biblia de la así llamada de los Setenta, pertenece al grupo de los libros -los cinco primeros de la Biblia- que los antiguos convinieron en llamar Pentateuco. El nombre indicado de Levítico, responde al material que recoge este volumen. Reciben lugar apropiado en él tradiciones, leyes, costumbres antiguas referentes en su mayor parte a los sacerdotes y al mundo cultual, donde estos se mueven. La idea de la Santidad da coherencia a un conglomerado de leyes de origen y valor muy diversos. El núcleo principal proviene de Moisés.

Dios es Santo. He ahí la clave del libro. La tradición sacerdotal, verda­dera artífice de la obra, presenta la santidad de Dios bajo un aspecto mar­cadamente cultual. Por eso tanto el sacerdote como el pueblo en su trato con Dios deben aparecer Santos cultualmente. De ahí las leyes referentes a la puridad e impuridad, tema este donde nos encontramos en la lectura pre­sente.

La lepra. -Enfermedad terrible y contagiosa-. No podía menos de dedi­carle la tradición sacerdotal un apartado en su colección de leyes. Por una parte, esta enfermedad -descomposición del individuo- no podía aparecer di­sociada de la impureza legal -cadáveres, suciedad, muertos…- dados los co­nocimientos de los antiguos. Por otra parte, su fácil contagiosidad, en un mundo falto de defensas, no podía menos de poner en guardia a los dirigen­tes responsables de la comunidad. Había que velar por ella. La lepra ame­naza su existencia seriamente. El diagnóstico pertenece al sacerdote, más instruido, conocedor oficial del valor cultual de las cosas.

Al leproso se le aleja por impuro de las reuniones litúrgicas, por conta­gioso de la vida de sociedad. Se le arranca de la familia -de los hijos, de los padres, del esposo o esposa, de los parientes- de los amigos; se le priva de la alegría de la convivencia social y del gozo que uno experimenta en el culto a Dios en lugares de concurrencia popular. Debía caminar y vivir solo, anun­ciando a grandes voces su presencia a los transeúntes. Todos se alejaban de él como de una maldición. Situación extremadamente trágica. Se le conside­raba un castigo de Dios.

En la disposición del Levítico, al lado de la auténtica lepra, se catalogan aquellas enfermedades de la piel en mayoría- que guardan aparentemente con ella alguna relación. La ciencia de entonces no alcanzaba a distinguir­las. A pesar de todo, nos parece la disposición un tanto cruel.

2.2. Salmo responsorial: 31

Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación

Dichoso el que está absuelto de su culpa, / a quien le han sepultado su pecado; / dichoso el hombre a quien el Señor / no le apunta el delito. R.

Había pecado, lo reconocí, / no te encubrí mi delito; / propuse: «Confesaré al Señor mi culpa» / y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor; / aclamadlo, los de corazón sincero. R.

2.3. 1Corintios 10,31-11,1

Hermanos: Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

1. Pablo da fin en estos versículos al problema un tanto intrincado de los idolotitos. El asunto merecía atención. Pablo lo ha considerado bajo diversos aspectos: libertad en las comidas y bebidas, posible escándalo de algunos, conducta a seguir. La regla de Pablo es siempre la misma: Libertad, limi­tada y ordenada por la Caridad. Esta ha de ser la que determine y dirija las acciones en el mundo cristiano.

A la luz de esto debe de entenderse la frase:…Haced todo para gloria de Dios. Nuestras acciones no servirán para gloria de Dios, si con ellas herimos la caridad. No ha de ser la propia comodidad, el propio gusto o provecho, sino la caridad el móvil de nuestras acciones. Con ella todo va hacia Dios; con ella lo indiferente se vuelve santo. Lejos de nosotros, abusando de la li­bertad que hemos adquirido, el escándalo, ya con unos ya con otros. Ahí está el ejemplo de Pablo: todo para todos. Así fue Cristo, que dio la vida por los demás.

2.4. Marcos 1,40-45

La lepra se le quitó, y quedó limpio

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.» Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Pasaje totalmente transparente. Un leproso. Un hombre alejado de la so­ciedad. Ni civil ni culturalmente tiene acceso a la convivencia con los huma­nos. S e le considera peligroso. Es una amenaza grave para la comunidad. Se le arroja de ella. Todos lo evitan. A algunos pudiera parecer que es un maldito de Dios.

Este pobre hombre ve en un momento la posibilidad de reintegrarse a la sociedad. De rodillas pide fervorosamente al maestro, de quien ha oído ma­ravillas, tenga a bien curarlo de su enfermedad. Cristo accede, tiene piedad de él. Un acto de voluntad, una palabra lo deja al momento limpio. Sigue un mandato: «No lo diga a nadie». Era pedir casi un imposible. Naturalmente no es obedecido. La presentación al sacerdote era necesaria para una admisión oficial a la comunidad. Se cumple así el precepto del Levítico. Jesús lo de­vuelve a la comunidad santa, al culto.

Reflexionemos:

A) Hay muchas personas que por sus acciones o por su educación y tem­peramento, o por su salud precaria y puede que hasta contagiosa se encuen­tran un tanto marginados de la sociedad. Pensemos en los hospitales, en los asilos, en las cárceles, en los manicomios, en los pobres, en los abandonados. A todos los separa una barrera más o menos gruesa de la sociedad. Muchas veces es ella misma la que los arroja de sí. Algunos son indeseables. La so­ciedad es a veces cruel. ¿Dónde están las instituciones cristianas que los atiende? He ahí un campo inmenso. ¿Nos toca algo de ello a nosotros? Para curar hay que ser médico; para aconsejar, sabio; para consolar, consolador. Se abre un gran horizonte. ¡Queremos ayudarles! Somos la voluntad salva­dora de Dios.

Naturalmente esto puede que nos moleste. Ese sería un buen empleo de la libertad, de que habla Pablo. Todo para todos. Salud para el enfermo, con­suelo para el triste. Así fue Cristo. De este modo nuestras obras darán glo­ria a Dios.

B) Cristo cura la lepra. Lo incurable, lo contagioso, lo impuro, la maldi­ción los extirpa Cristo con solo su palabra. Pero no sólo eso. Cristo puede ha­cer cosas más grandes: puede perdonar los pecados. Esa es la verdadera le­pra del hombre. Cristo nos ofrece su mano. Nótese la actitud del leproso: pi­dió encarecidamente, pues se sentía enfermo. Ese es el primer paso. Somos pecadores. Pidamos a Cristo nos sane de todo lo que sepa a pecado, de todo lo que se parezca a lepra. El es el Salvador. El nos promete la vida eterna. Fuera de Él no hay salvación. (El salmo habla del perdón del pecado).