Domingo 31 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO TRIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

 

 

En el evangelio de este domingo uno de los doctores de la ley, responsable de la enseñanza religiosa, quiete saber de Jesús que es lo más importante en la religión. Algunos dicen que lo más importante es ser bautizado. Otros dicen que rezar. Otros que ir a Misa o participar en los actos de culto del domingo. Otros dice: ¡amar al prójimo! Otros se preocupan sólo de las apariencias o con encargos en la iglesia. Antes de leer la repuesta de Jesús, tú trata de mirarte a ti mismo y de preguntarte: Para mí, ¿qué es lo más importante en la religión y en la vida?” El texto describe la conversación de Jesús con el doctor de la Ley. Durante la lectura intenta poner atención a cuanto sigue: “¿En qué puntos Jesús elogia a los doctores de la ley, y en cuáles los critica?

 

  1. 1.      Oración:

 

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

 

  1. 2.      Textos y comentarios

 

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 6, 2-6

 

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: —«Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: «Es una tierra que mana leche y miel.»

Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria.»

 

El pacto nace de una libre disposición divina. Por propia cuenta intervino Dios en la historia de la humanidad en favor de un pueblo. Él lo protegió y lo creó. Es una predilección. Lo sacó de Egipto y lo condujo, salvándolo de mu­chas dificultades, a la tierra prometida que mana leche y miel. Todo esto lo hizo Dios con su pueblo sin que éste lo mereciera. Pueblo pequeño, pueblo endeble, pueblo de dura cerviz fue atendido especialmente por Dios. A un amor tan manifiesto y gratuito corresponde una actitud reverente, agrade­cida, sumisa devota: un temor, un servicio, un amor. Es la respuesta ade­cuada.

En este contexto nos encontramos. El autor repite reiteradamente la ex­hortación: Escucha Israel. Es de suma importancia; en ello les va la vida y la misma existencia para ellos mismos y para sus hijos. Si atienden a la voz de Dios, la bendición divina descenderá sobre ellos como rocío bien hechos. Lloverán sobre ellos, en cambio, las maldiciones, si olvidan sus compromi­sos. De ahí, siendo como es asunto tan importante, que tengan que mantenerlo siempre vivos en la memoria: ya acostados, ya levantados, ya en casa, ya en el campo, ya… ¡siempre y en todo lugar! He ahí la razón…

Yavé, nuestro Dios, es uno. Uno es Yavé, que se alza categóricamente so­bre los demás seres. Yavé hay uno sólo. Hay dioses o seres que se dicen di­vinos, seres sobrehumanos, ángeles, espíritus… (piénsese en el mundo anti­guo circundante lleno de seres divinos y sobrehumanos). Sobre ellos, como categoría única, superior, se alza Yavé. Uno es dios, diríamos en nuestra mentalidad ¡Y ese dios, Yavé, es nuestro Dios! A él la dedicación completa del individuo. Eso nos ha de distinguir de todas las demás gentes. Esa es nuestra vocación. A eso hemos sido llamados. Separación de lo que hacen las otras gentes.

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… Dios está separado de todo otro ser. Del mismo modo el pueblo de Israel debe separarse de todo ser y dedicar toda su persona a Dios. Son siervos. Ellos no deben frecuentar las prácticas y costumbres vigentes en otros pueblos. Para ellos no hay más que un ser, que debe acaparar toda su atención y toda su vida. Ese es Yavé. Es un imperativo, una obligación ¿Contestará el pueblo afirmativamente?

 

2.2.Salmo responsorial Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab (R/.: 2)

 

R/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos. R/.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador. Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido. R/.

 

El salmo responsorial es un intento de réplica a la exigencia del Deutero­nomio. Te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. Esa es la auténtica actitud de­lante del Dios que nos ha creado. El es todo para nosotros. Esforcémonos para que todo sea para él. El es Roca, Salvador, dador de la victoria, pro­tector del ungido…

 

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 7, 23-28

 

Hermanos: Ha habido multitud de sacerdotes del antiguo Testamento, porque la  muerte les

impedía permanecer; como éste, en cambio, permanece para siempre, tiene el sacerdocio que

no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios,

porque vive siempre para interceder en su favor.

Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.

El no necesita ofrecer sacrificios cada día —como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo—, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes llenos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, posterior a la Ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre.

 

Tras la afirmación categó­rica Cristo es sumo sacerdote, según el orden de Melquisedec, constituido por Dios al margen de la ordenación antigua, trata de ahondar el autor en el concepto de esta nueva ordenación, comparando el nuevo sacerdocio con el antiguo. Por su mente pasarán, para ser estudiadas mejor, las instituciones antiguas respecto al culto sobre todo, con las implicaciones que este intro­duce en la vida del pueblo. El fin es contrastar una con otra las dos econo­mías. Será un estudio detallado. El autor examinará y juzgará los valores que encierran cada una de las dos instituciones, la antigua y la nueva. Desfi­larán ante nuestros ojos el sacerdocio, el sacrificio, las víctimas, la expiación, la ley, etc. El objeto directo, sin embargo, es poner de manifiesto que el nuevo sacerdocio es bajo todo aspecto superior al antiguo. Veámoslo:

A) Antigua economía:

1) Los sacerdotes son numerosos, no solo simultánea, sino sucesivamente. Son mortales, y muerto uno, necesitan poner otro. Por esta razón dios des­tino toda una tribu, la de Leví, para que ejerciera los oficios del culto. De esta forma unos pueden suceder a otros, una vez acabada la vida. La insti­tución antigua los requería; y ellos eran naturalmente mortales. La institu­ción permanece; el sacerdocio va pasando de unos a otros.

2) Es cierto que la antigua economía exigía cierta pureza -ritual- a los que se acercaban al altar como sacerdotes. La santidad, no obstante, que osten­taban era precaria. Hombres, al fin y al cabo, necesitaban ellos mismos de una purificación y de una santidad más profunda que la que ellos por su ciencia presentaban. De ahí la necesidad de ofrecer sacrificios por sus pro­pios pecados. Estaban muy lejos de poseer la santidad pura y la santidad sin tacha. Eran pecadores.

3) Dada la imperfección de la Economía, se comprende la prescripción de múltiples sacrificios. Muchos sacrificios en número y es especie. Claro indicio de su poca eficacia. La ley, pues, antiguo no hace a los hombres perfectos, siendo como son los medios imperfectos. Los sacrificios de animales.

B) Nueva economía:

1) Un solo sacerdote capaz de santificar a todos. Es uno, porque es inmor­tal. Tenemos un sacerdote que no muere. Su mediación dura para siempre. Siempre está delante de Dios para interceder pos nosotros. Por eso puede santificar y salvar definitivamente. Es un sacerdocio que no pasa. Tampoco su eficacia para; es siempre actual.

2) La santidad de Cristo es suma. Y convenía que así fuera. Su oración sería así mejor escuchada. Nuestro Pontífice es santo por excelencia, ino­cente por antonomasia, puro como la nieve, alejado infinitamente de todo pe­cado y colocado a la diestra de dios Padre, Tanta perfección no la tuvieron los antiguos.

3) Cristo no necesita ofrecer sacrificios por su propia persona. Es santo por excelencia. Sin embargo, lo ha ofrecido el sacrificio por los hombres, de tal forma que no es menester repetirlo. Un solo sacrifico para siempre, Más aún, el sacrificio no consistió en la ofrenda de animales. Fue el mismo quien se ofreció a Dios por nosotros. Esa es la gran diferencia. Cristo, Hijo de Dios, Señor del universo, se ofreció por nosotros a Dios.

La economía sobre tales instituciones basada es naturalmente superior a la antigua. Aquí intercede un juramento de Dios -salmo 109;- dando así una solemnidad única e inalcanzable. No es un mero hombre el consagrado sacerdote; es el Hijo de Dios vivo. Este sí que es perfecto. Pasa, pues, la antigua economía; viene la nueva mejor y más eficaz en todo as­pecto.

 

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 12, 28b-34

 

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: —«¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús: —«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.»

El escriba replicó: —«Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: —«No estás lejos del reino de Dios.»  Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

 

Aunque no parece fuera corriente entre los rabinos de aquel tiempo una marcada distinción de los preceptos graves y leves. Hay preceptos que obli­gan más que otros. Esto lo sabían los maestros de aquel tiempo.

La pregunta del escriba apunta hacia los graves; y de entre éstos a los más importantes, al más grande en concreto ¿Cuál es el primero de los pre­ceptos? Cristo responde remitiéndose al texto del Deuteronomio, por todos conocido. Todo buen israelita conocía el Semá Israel (escucha Israel), que debía recitar dos veces al día -mañana y tarde-. Es curioso que Cristo no se limite a contestar estrictamente la pregunta del escriba. Para él hay un mandamiento que está íntimamente unido con aquél del Deuteronomio: el del amor al prójimo. Los dos preceptos, con objeto al parecer diverso, forman un solo precepto. Por eso Cristo añade al primero el segundo, porque aquél arrastra a éste, pues en el fondo son un solo precepto. Ese es e mayor pre­cepto de la Ley.

Ya algunos rabinos habían notado, en sus comentarios a la Ley, la impor­tancia del amor al prójimo. Parece, sin embargo, que es Cristo el primero en unirlo tan estrechamente al amor de Dios. Para Cristo es un solo manda­miento. Esto es nuevo. También es propio de Cristo la extensión que recibe el término prójimo. San Lucas coloca a continuación de éste diálogo con el es­criba la parábola del Buen samaritano. El prójimo es todo aquél que se nos presenta necesitado, sea compatriota o no, sea amigo o enemigo. Cristo ha­bló frecuentemente en este sentido: amor al prójimo, amor al enemigo. Tal concepto de prójimo es propio de Cristo. Hasta ahí no habían llegado ni el an­tiguo Testamento ni los rabinos. Los judíos de la diáspora principalmente, al contacto con las gentes, fueron después alargando un tanto el concepto de prójimo. No parece, sin embargo, fuera muy cabal. Cristo, de todos modos, une los conceptos de amor a Dios y amor al prójimo inseparablemente. No se puede faltar al segundo sin faltar al primero. Dios no se considera honrado, si no se honra de corazón al prójimo. Todo lo debemos emplear en el servicio divino; pero ha querido Dios que este servicio recaiga naturalmente en el hermano, que es todo hombre. Admirable disposición del Señor y la acepta. Cumplir esos preceptos es mejor que todos los holo­caustos y sacrificios. Sobre la religiosidad interior, como superior al formu­lismo de los ritos culturales, ya habían hablado los profetas. También ha­bían hablado del amor al prójimo como servicio a Dios, aunque el término prójimo no tuviera entonces tanta extensión. El Deuteronomio tiene precio­sas exhortaciones a la caridad en forma de asistencia, socorro, limosna, pie­dad, etc. Cristo lo consagra y lo universaliza admirablemente

Reflexionemos

 

La primera y la tercera lectura coinciden en proponer, como objeto de consideración, el gravísimo precepto de amarás a tu Dios con todo tu cora­zón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser. Conviene medi­tar un momento sobre ello.

A) Dios objeto de nuestro amor. Dios nos ha creado como personas y como sociedad. Además ha sido él mismo quien nos ha elegido como pueblo suyo. Dios nos ha dado su amistad y nos ha destinado a la gloria. Nos sacó de Egipto -pecado, esclavitud, muerte-, nos lleva a la tierra prometida -libertad, abundancia, vida-. Ambos lugares, realidad y figura de algo más profundo y más alto. La segunda es imagen y anuncio de la gloria eterna. Ese es el tér­mino prometido por Dios a los que le sirven Muchos son los bienes que nos vienen de un Dios que nos ama. Piénsese en Cristo, como don y expresión de un amor sin límites.

Dios es con razón el único ser que exige y merece nuestro eterno aprecio. Dios está sobre todas cosas. Es el mejor y lo mejor de los seres. Es, por otra parte, el único que puede llenarnos. Todo, pues, para él. Nada hay que pueda comparársele. Efectivamente, todo pasa; sólo él queda. En él poder y la vida. Nuestra actitud, por tanto, ante y respecto a él debe ser singular y única ¿Cómo?

Amar. Esta palabra encierra muchos matices. Uno de ellos es el temor, no servil, pero sí servicial. El es nuestro Señor, de él somos. La figura tradi­cional del siervo y del señor puede servirnos para representarnos las rela­ciones que deben mediar entre hombre-criatura y Dios-creador. Siervos fie­les conscientes del servicio que Dios debemos. El servicio a Dios debe ser completo, sin restricciones. No sólo externo, que pudiera acabar en servil; toda la persona, toda cuanta es, está empeñada en ello. Servicio cordial, sin­cero, leal, con todas las fuerzas. Dios lo merece. No hay como él. Con toda el alma, pues, con todo el corazón y por siempre; siervos, pero libres en el ser­vicio. Si recordamos aquí el amor de Dios a los hombres, manifestado en Cristo, se comprenderá que nuestro amor a Dios debe ser total y completo, sin límites ni concesiones. Estamos en sus manos y debemos esforzarnos por estar siempre en ellas.

En ello nos va la vida y la existencia. Para él y por él hemos sido creados. Y no descansaremos, pues nuestro ser lleva esa dirección y esa impronta, hasta descansar en él. Como a los antiguos israelitas, a nosotros si nos pro­pone la vida eterna. Es menester pensar en ello. Dios debe llenar toda nues­tra vida. El salmo responsorial nos invita a clamar: Tú eres todo para mí. ¿Lo hacemos verdaderamente? ¿Es el primero que tenemos delante al levan­tarnos, al acostarnos, al ir y al venir? ¿Es eso lo que tratamos de inculcar a los que nos rodean?

B) Amor al prójimo. La determinación nos viene de Cristo. El primer mandamiento encierra en sí este segundo, de tal forma que viene a ser parte de él. No se puede cumplir el primero sin cumplir al mismo tiempo el se­gundo. El amor a Dios -servicio, entrega a su voluntad- se extiende en la práctica y en las obras a una atención seria al prójimo. No se sirve a Dios -de corazón y de alma- si no se ama, sirve, atiende, al prójimo. Así nos lo dice Cristo y así es. La medida es clara: como a ti mismo. Cumpliendo este requisito serviremos a Dios de todo corazón.

Nuestra atención y servicio deben llegar a todos: amigos y enemigos, compatriotas y extranjeros, grandes y pequeños, a todos. Dentro de la fami­lia cristiana, el amor mutuo ha de asemejarse al de Cristo, que dio la vida por nosotros. La medida es excelsa. No lo olvidemos. Hay que insistir en ello.

Notemos, por último, el nexo íntimo que hay entre servicio a Dios y servi­cio al prójimo. No se puede servir a Dios sin servir al prójimo. No será un servicio digno el nuestro, si nuestras obras de servicio a Dios dejan algo que desear en el servicio al prójimo. Dios ama a los hombres, y el hombre ama a Dios en los hombres y a los hombres en Dios. Todo está unido; cuando al pró­jimo servimos a Dios servimos, y cuando a Dios servimos, no olvidemos que debe llegar nuestra acción a los hombres ¿Lo hemos entendido bien, como aquel escriba? Entonces no estamos lejos del Reino de los cielos.

C) Papel del culto. El culto está dirigido a Dios, como a Creador y a Señor nuestro. No sólo es legítimo, sino necesario. Es expresión de nuestro servicio y de nuestro amor. Peor no basta la fórmula, la palabra huera y vacía. Como expresión de una auténtica actitud religiosa interna, no debe estar ni entrar en conflicto con el servicio al prójimo. Conviene, pues, preguntarse por la autenticidad de nuestra religiosidad en el culto. Deja la ofrenda, si algo contra ti tiene tu hermano. Hay que compaginar las dos cosas: culto y prójimo

D) La segunda lectura nos habla del culto, del auténtico. Cristo sacerdote es el sacerdote que nuestra debilidad necesitaba. Dios lo ha constituido para que interceda siempre por nosotros. Debemos acudir a él.

Cristo, sumo sacerdote, ejemplo en el cumplimiento del primero y del se­gundo de los preceptos. Cristo constituido sacerdote en la obra de la reden­ción. Su vida, su muerte son expresión de la obediencia más pura y más in­condicional a la voluntad de Dios. Cristo amó perfectamente al Padre, obe­diente hasta la muerte y muerte de cruz. Por otra parte el amor a los hom­bres le llevó al mismo fin, a la muerte de cruz. Porque nos amaba se hizo hombre y hombre semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado. Dios nos amaba, entregándonos así a su Hijo; este a su vez nos amaba, entregándose a sí mismo.

Por ello, su sacerdocio es único, puro, atento, perfecto, etc. Puesto entre Dios y los hombres cumple a la perfección su ministerio, siempre delante de Dios intercediendo por nosotros. Ese es su servicio. El servicio lo ha conside­rado el autor como un servicio cultual. El culto a Dios y el amor al prójimo están en este caso tan unidos que no pueden separarse.

No es otra la función que deben desempeñar los sacerdotes: culto a Dios en Cristo -Cristo total- para bien de los hombres. Un culto a Dios que no lleve a la salvación -en mil formas- del hombre, no es auténtico culto. Una dedica­ción al prójimo, que de alguna forma, no sea realizada en Cristo, sería para discutirla. Algo importante le falta. Un culto en Cristo nos lleva a Dios y al hombre, un amor al hombre en Cristo, nos lleva a un culto limpio de Dios. Conviene pensar sobre ello.

Las oraciones hablan de un servicio a Dios y de la gracia de recibir las promesas. El culto cristiano se realiza en Cristo por la Iglesia: culto y amor al pró­jimo están estrechamente unidos.

 

3. Oración final

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo 30 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO TRIGÉSIMO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

 

Una multitud acompaña a Jesús trata de apartar a un ciego que lo llama “Hijo de David”. Antes de abrir los ojos al ciego, Jesús abre los ojos de la multitud y le pide llamar a aquel hombre en lugar de rechazarlo. Lo que el profeta Jeremías anuncia en la primera lectura se realiza: el ciego encuentra su lugar en medio de su pueblo. Con él, puede subir a Jerusalén para celebrar la Pascua. Jesús es la salvación de Dios, como lo canta el Salmo. Jesús es el sumo sacerdote de la Nueva Alianza, nos dice la carta a los Hebreos.

 

  1. 1.      Oración

 

Aumenta, Señor, en nosotros la fe, la esperanza y la caridad para que cumplamos con amor tus mandamientos y podamos conseguir, así, el cielo que nos tienes prometido.

Por nuestro Señor Jesucristo…

Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y reflexión

2.1.Lectura del libro del profeta Jeremías (31, 7-9)

 

Esto dice el Señor: “Griten de alegría por Jacob, regocíjense por el mejor de los pueblos; proclamen, alaben y digan: ‘El Señor ha salvado a su pueblo, al grupo de los sobrevivientes de Israel’. He aquí que yo los hago volver del país del norte y los congrego desde los confines de la tierra. Entre ellos vienen el ciego y el cojo, la mujer en cinta y la que acaba de dar a luz. Retorna una gran multitud; vienen llorando, pero yo los consolaré y los guiaré; los llevaré a torrentes de agua por un camino llano en el que no tropezarán. Porque yo soy para Israel un padre y Efraín es mi primogénito”.

 

Jeremías, el profeta de los anuncios tristes, el profeta de las amenazas duras, el profeta a quien todo anunciar, dolorido, la destrucción del santo Templo de Dios y la cautividad de su pueblo, el profeta perseguido, el profeta abandonado, es también Jeremías el profeta de la esperanza. El anunció como nadie la terrible tempestad que se cernía sobre la Palestina de enton­ces. A él tocó verlo y llorarlo amargamente. Violento, como violento puede ser un amor no correspondido, tiene palabras duras para un pueblo duro que por culpa propia está abocado a la perdición. Con los ojos nublados por las lágrimas contempló atónito el fracaso de la Antigua Economía de la salvación. El pacto del Señor no había conseguido del pueblo, gente de dura cerviz, el efecto ape­tecido. Casi diríamos que llegó a la desesperación. Pero no. A él le llegó tam­bién la comunicación divina de tiempos mejores. Dios se lo dijo; Dios se lo comunicó. Dios le reveló que, a pesar de los delitos de su pueblo, El no lo ha­bía abandonado, que no lo quería destruir definitivamente. Lo había casti­gado, sí, porque quería sanarlo y curarlo. Dios había dispuesto recoger a su pueblo desparramado y hacer con él un pacto nuevo, una Alianza nueva, un Testamento eterno, para siempre. Dios amaba todavía a su pueblo y quería atraerlo de nuevo hacía sí para siempre. Tras la tormenta, venía la bo­nanza; tras la ruina, la edificación; tras la dispersión, la vuelta; tras el cas­tigo, el perdón; tras el abandono de amante airado, el cariño de tierno Pa­dre.

 

Jeremías anuncia el plan divino de salvación, y sus palabras recobran sentido siempre que se leen. No es un deseo lo que anunció Jeremías; es un hecho. Él lo ha visto en Dios, el Señor del universo. Lo ha oído de sus propios labios; lo ha percibido en la determinación divina de seguir adelante la obra de salvación. El Dios de Israel no es un Dios a quien le complace la muerte. Es un Dios que salva, que ama las criaturas que El con sus propias manos creó. Notemos:

a) Invitación a la alegría, al gozo. Se trata de un anuncio salvífico. He aquí la buena nueva: El Señor ha salvado a su pueblo. En aquel concreto y crítico momento de dispersión y destierro, la salvación recibe la forma de vuelta a la patria, de posesión de la tierra patria, de la renovación del culto en el templo, de la unidad nacional. Al segundo Isaías le tocaría verlo de cerca. A Jeremías le bastó, para invitarnos a la alegría, ver en la disposi­ción divina el cambio de situación.

b) La razón única que explica esta actitud divina es el amor de Padre que Dios tiene a su pueblo. Se trata, al mismo tiempo, de la fórmula del Pacto: Seré Padre y él será hijo. Sin la acción redentora de Dios, el pueblo hubiera desaparecido. El amor puede más que la ira. Dios salva, porque Dios ama.

2.2. SALMO RESPONSORIAL 125, 1-2AB. 2CD-3. 4-5. 6 R:

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
La boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
Al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

El Salmo se refiere al regreso del exilio. Notamos risas, gozo y fiesta por parte de aquellos que regresan del exilio y por parte de quienes los reciben: “La boca se nos llenaba de risas, / la lengua de cantares” (v.2a)

El pueblo está feliz por haber recibido el perdón de Dios y por ser admitido en su presencia. Está contento de haber borrado el motivo de su verguenza ante todas las naciones que se burlaban de él porque Dios lo había abandonado. Las naciones, por el contrario, celebran: “El Señor ha estado grande con ellos” (v.2b).

Observemos que el Salmo cambia bruscamente de tonalidad. La exaltación retumba. Se habla de lo que Dios ha hecho, pero también de lo que falta por hacer: no todos los cautivos han vuelto y la restauración de Jerusalén todavía es una tarea pendiente.

Para darle ánimo al pueblo, el Salmo canta el proverbio del sembrador: “Los que sembraban con lágrimas, / cosechan entre cantares” (v.5). La última estrofa retoma el proverbio y lo desarrolla: “Al ir, iba llorando, / llevando la semilla; / al volver, vuelve cantando, / trayendo sus gavillas” (v.6).

 

2.2.Lectura de la carta a los hebreos (5, 1-6)

 

Hermanos: Todo sumo sacerdote es un hombre escogido entre los hombres y está constituido para intervenir en favor de ellos ante Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. El puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. Por eso, así como debe ofrecer sacrificios por los pecados del pueblo, debe ofrecerlos también por los suyos propios. Nadie puede apropiarse ese honor, sino sólo aquel que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. De igual manera, Cristo no se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote; se la otorgó quien le había dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. O como dice otro pasaje de la Escritura: eres sacerdote eterno, como Melquisedec.

 

Continua la lectura de la carta a los Hebreos. Es quizás uno de los pasajes más importantes de la carta. Después de haber proclamado en los versículos anteriores a Cristo «Sumo Sacerdote», trata de justificar su aserto. Podemos dividir el texto en dos partes bien marcadas.

A) En primer lugar, el autor nos da, partiendo naturalmente del Antiguo Testamento y de la tradición vigente en Israel, la definición del sacerdocio, que ya se ha hecho clásica. Son los versillos 1-4. Obsérvese en esta defini­ción los siguientes elementos:

1) El sacerdote es tomado de entre los hombres. Es un hombre, no un án­gel. Veremos por qué.

2) El fin del sacerdocio es representar al pueblo delante de Dios. A él lo compete ofrecer y presentar los dones y sacrificios por los pecados ante Dios en favor de los hombres. Debe rogar por los hombres a quienes representa. No es oficio cualquiera. El fin, dice santo Tomás, no es el lucro, ni el poder político, no cosa semejante. Es un intermediario que trata de llevar a Dios las ofrendas de los hombres y recabar de Dios el perdón de los pecados y ha­cerlo propicio a los hombres, a quienes representa.

3) Precisamente por ser hombre igual a los otros, está capacitado para condolerse de los que yerran y pecan. Debe sentir como en carne propia la debilidad y flaqueza de aquellos por los que ruega. Así rogará con más ahínco y entusiasmo. El está dentro de la masa a quien representa delante de Dios. Necesitado de la asistencia divina, consciente de su propia necesi­dad, recurre a Dios en favor de los que son semejantes a él. El mismo tiene necesidad de ofrecer sacrificios por sí mismo.

4) Condición importante es también la vocación. No es para cualquiera esta función de sacerdote. Debe ser llamado por Dios. Así lo fue Aarón. Como se ve, el autor está hablando del sacerdocio del antiguo testamento. Real­mente representar al pueblo delante de Dios en orden al perdón de los peca­dos y a Dios delante de los hombres es algo que debe partir de Dios mismo. Por eso se necesita de una vocación.

B) En segundo lugar, el autor aplica a Cristo la definición. Cristo es Sumo sacerdote. Cristo reúne en sí las condiciones necesarias para ser el Sacer­dote Sumo. Son los versículos 5-10. En la lectura presente sólo aparecen los dos primeros. Nos bastan por ahora. Pero conviene leer los siguientes, de lo contrario se quedaría manca la explicación. Realmente Cristo cumple en sí las condiciones. Cristo ha sido constituido Sacerdote por Dios mismo. Para ello cita el autor el salmo 109. Es un salmo mesiánico-real. Se habla del Un­gido, del Rey que al mismo tiempo es Sacerdote. Dado que Cristo es el Me­sías, el Ungido, es también Sacerdote. Dios pronunció la frase; Tú eres sa­cerdote según el orden de Melquisedec, así como también son palabras su­yas las de Tú eres mi hijo. Con esto queda claro: Cristo es Sumo sacerdote constituido por Dios. Las otras condiciones están a continuación. Es hombre, puede condolerse. Precisamente Cristo sufrió como los demás hombres. Está, pues, capacitado para entendernos y compadecernos.

 

2.3.Lectura del santo Evangelio según san Marcos (10, 46-52)

 

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que el que pasaba era Jesús Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. Jesús se detuvo entonces y dijo: “Llámenlo”. Y llamaron al ciego, diciéndole: “¡Ánimo! Levántate, porque él te llama”. El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Entonces le dijo Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete; tu fe te ha salvado”. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino.

 

El pasaje que nos ofrece Marcos es el relato de un milagro. Con la espon­taneidad, ingenuidad y viveza que le caracterizan, Marcos nos habla de la curación de un ciego. Era ciego el hombre aquel: ahora ve. El portento se lo debe a Jesús. Cristo no pudo negarse a la petición tan suplicante de aquel hombre. Mostró gran fe. Y la fe movió al Señor a concederle el don deseado. Por la fe llegó a la vista. Por parte de Cristo misericordia y ejercicio de un gran poder. Recobraba la vista, le seguía. Cristo, pues aparece, como taumaturgo, con poderes para sanar. El Se­ñor es poderoso; el Señor salva. En este caso concreto la salvación toma la forma de luz y vista. La fe ocupa un lugar importante. Tras el milagro, el agradecimiento: lo seguía.

 

Reflexión:

 

Como siempre, conviene comenzar con Cristo. El es el alfa y la omega. A él se le ha concedido rasgar los sellos que cierran el libro de Dios. El es el Misterio y la explicación del Misterio. En él nos llega Dios mismo y en él se nos hace patente su voluntad y su designio de salvación. El es la gran reve­lación de su justicia y la llave que abre su corazón de Padre. Con él se nos hacen los secretos de Dios patentes. Él es quien nos lleva al Padre y a través de quien Dios llega a nosotros. El es la cima de la creación. En él cobran sen­tido todas las cosas; a él están todas dirigidas. El está al centro de los dos Testamento. Por eso, para entender toda palabra de Dios, necesitamos recu­rrir a él, gran Palabra de Dios. Los sonidos que se desprenden de las lectu­ras recibirán cohesión y sentido unidos a él, en forma de Palabra de Dios, pues Cristo es la Palabra de Dios única y completa. El es el amado, el pri­mogénito y el unigénito del Padre, Jesús Señor nuestro. Por eso:

 

A) Dios salvador- Cristo Salvador.

La salvación de Dios llega a nosotros por Cristo. Cristo es la revelación y manifestación de Dios Salvador. Es un tema importante en las lecturas leídas. Aquí la palabra Salvador está coloreada con el suave tono de misericordia, de cariñoso amor paterno. El evangelio así nos lo presenta. Un ciego acude suplicante a Jesús: Hijo de David –es decir Mesías- ten compasión de mí. El Mesías escucha la voz supli­cante del afligido. Jesús tiene compasión de él Dios se muestra así en Cristo misericordioso Salvador. El tema aparece también en el profeta Jeremías. Dios tiene piedad de su pueblo. Lo ha castigado, lo ha privado de su presen­cia, lo ha echado fuera de sí, lo ha arrojado a los caminos del mundo a men­digar de otros lo que dentro de sí con Dios ya poseía. Pero Dios no lo aban­dona a su suerte para siempre. Dios es Padre, Dios ama tiernamente. Dios tiene misericordia y determina para su pueblo la salvación en la forma con­creta de vuelta. Lo atrae hacia sí, pues es él mismo la Salvación. Algo seme­jante hace Cristo con el ciego. Lo llama hacia sí y le concede la luz. El es la Luz.

 

El tema de la compasión aparece también en la segunda lectura. Puede compadecernos. Es una de las condiciones para ser un buen sacerdote, un buen intermediario entre Dios y los hombres. Cristo la posee en grado emi­nente, como lo aseguran los versillos siguientes a la lectura. Cristo es el Sumo sacerdote, puesto por Dios mismo, como Hijo suyo, para ofrecer por nosotros oblaciones y sacrificios; para hacernos a Dios propicio y benévolo. Esta es su obra y su misión: llevarnos al Padre, como Salvador.

 

Partiendo de este punto, nótese el cambio operado en la salvación: Destie­rro-Vuelta; alejamiento-acercamiento; castigo-perdón; tinieblas-luz; tristeza-alegría.

El salmo responsorial va por ahí. Es el recuerdo poético de la maravilla operada por Dios en su pueblo al volverlo del destierro. El Señor cambió su suerte. Realmente Dios estableció a Cristo Sacerdote para cambiar nuestra suerte.

 

B) El tema de la Fe. Tema secundario, pero importante. Tu fe te ha sal­vado, dice Jesús al ciego. La fe lo llevó a la luz, humana y divina. La fe que obra milagros. En un sentido espiritual, no cabe duda que la fe – aceptación cordial de lo que Dios nos comunica- nos da luz, conocimiento y seguridad. Al fin y al cabo no es otra cosa que la participación de la visión de dios. El ciego recibió la luz. Con la luz por guía seguía a Cristo. Fe-Luz-seguimiento: pala­bras sugestivas. Podemos preguntarnos qué papel desempeña en nosotros la fe ¿Es fe viva y entregada? ¿De qué tipo es?

 

La oración del ciego es también aleccionadora. Dios no se niega, como no se negó Cristo a la petición del ciego. Precisamente Cristo ha sido colocado por Dios, para que ofrezca su oblación por nosotros. Es sumo sacerdote.

 

Somos por definición videntes. Mantengamos la fe. La fe lleva a la salva­ción. Hay que seguir a Cristo. Fuera de Cristo estamos mendigando ciegos por los caminos del mundo, como si no hubiera un Padre y un Amigo. Con la fe todo cambia de color. El ciego del evangelio y el pueblo en el destierro son imágenes del hombre alejado de Dios, del pecador de la debilidad errante. Volvamos a Dios. El cambiará nuestra suerte. Pidamos y tengamos fe y sigamos. Pensamiento eucarístico: Cristo está entre nosotros, como salvador y Sa­cerdote eficaz. Acerquémonos a él. El es capaz de salvarnos. Actuemos la fe, pues es un misterio de fe lo que presenciamos. El puede transformarnos. Pidámosle con confianza y determinemos seguirle adonde vaya.

 

  1. 3.      Oración final:

 

Compadécete de nosotros, Señor, abre nuestros ojos a la verdad y ayúdanos a no apartamos nunca de Ti.  Que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Domingo 29 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO VIGÉSIMO NOVENO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

Nuestro deseo de alcanzar metas en la vida nos lleva a aprovechar los espacios, oportunidades para realizarnos como personas: Algunos piensan que para alcanzar el “éxito y la gloria” tienen que dominar a los demás, tienen que adquirir poder, dinero, títulos o de tráfico de influencias.

Jesús de Nazaret vivió un camino alternativo como Siervo sufriente del Señor (primera lectura), Sacerdote que sabe compadecerse de nuestras debilidades (segunda lectura), siervo de todos hasta el punto de “dar su vida en rescate por todos” (evangelio). Él nos ofrece el camino de la grandeza humana: El que quiera la gloria que sea vuestro esclavo, el que quiera ser el primero, vuestro servidor.

  1. 1.      Oración:

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. 2.      Texto y comentario

2.1.Lectura del libro de Isaías 53, 10-11

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

 

Estamos en el más sorprendente y bello quizás, de los cuatro Cánticos del Siervo de Yavé. Es el último. Conviene leerlo entero. Merece la pena. La figura misteriosa del personaje que se mueve en esta historia nos cae simpática. Más aún, nos deja atónitos, y puede que hasta nos haga derramar lágrimas de condolencia y compunción. Así de duras son las pruebas por las que pasa el Siervo con el fin, precisamente, de alcanzar el perdón de nuestros pecados. No cabe duda de que nos encontramos en pre­sencia de un gran misterio. Meditémoslo. Sólo dos son los versículos de la lectura. Suficientes ellos para recordarnos la carrera de este amable personaje en favor de los hombres He aquí lo principal: El Siervo de Dios debe por disposición divina llevar sobre sí el castigo de nuestros pecados. El quiso triturarlo con el sufrimiento. Todo ello para ex­piar las culpas de los hombres. Esa es su misión. Tras horribles sufrimientos y humillaciones que culminarían en una muerte afrentosa, entregará su vida a Dios. Pero todo no acabará ahí. Los versículos que comentamos lo dicen bien claro: …Prolongará sus años; verá su descendencia. Son el reverso. A la no­che sigue el día, al trabajo el galardón, a la humillación la exaltación, a la muerte la vida. Dios no deja sin terminar las cosas. La obra del Siervo -obra de expiación- ha sido admirable. Admirable debe ser también el estado final del Siervo: exaltación. Será un beneficio para todos.

 

Las expresiones son un tanto obscuras, en detalle, para ser explicadas. La idea, sin embargo es clara. El siervo, tras su obra de expiación, recibirá la exaltación. Queda sin especificar. Todo lo podemos reducir a dos puntos: a) Dios dispuso que sufriera, que trabajara, que muriera y así expiara nuestras culpas. b) Exaltación: descendencia larga, se hartará de prosperidad, justificará a muchos.

 

2.2.Salmo responsorial Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 (R/.: 22)

 

R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

 

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. R/.

 

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

 

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R/.

 

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16

 

Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

En esta genial y elegante Carta a los hebreos alternan con las exposicio­nes doctrinales de tipo dogmático, las exhortaciones ardientes de tipo pa­re­nético a una vida más cristiana, en especial a una más firme adhesión a Cristo por la fe. Una y otras van tejiendo la trama de la carta. Los versículos leídos marcan el paso de una a otra. Se nos invita a mantener la confesión de la fe, pues tenemos un Sacerdote Grande… Una sostiene a la otra. Así camina la carta. Veamos el sentido de los versículos anunciados.

a) Cristo Sumo Sacerdote.

Es el tema central de la carta. Cristo mediante su obra redentora -en es­pecial pasión, muerte y resurrección- ha conquistado los títulos de Hijo de Dios, Señor, Rey, Dios y Sumo Sacerdote. Este último título colorea la obra de Cristo de un matiz cultual. En otras palabras, la carta a los Hebreos se esfuerza en presentar el misterio de la obra de Cristo con categorías cultua­les. Para los que asistieron a la pasión y a la muerte de Cristo, nada hubo de cultural en presentación externa de los hechos. Para el teólogo, en cambio, que escudriña la obra de Dios en Cristo con sus efectos y consecuencias, la obra redentora de Cristo es en realidad algo que puede legítimamente ex­presarse mediante conceptos cultuales. Así lo ha hecho el autor acertada­mente.

 

Cristo, en la maravillosa obra de la redención, ha penetrado lo cielos. Está subyacente la imagen del templo con su Sancta Sanctorum, donde na­die podía entrar, exceptuado el Sumo Sacerdote, y esto una vez al año. Cristo ha penetrado. Cristo se ha adentrado en la morada del Dios trans­cendente e inaccesible. Con ello ha dejado abiertas las puertas para todos, que van con él. Su obra redentora nos ha acercado al Dios inaccesible. El penetrar hasta Dios, llevándonos consigo, le ha va­lido el título de Sacerdote. Pero además, el haber sufrido por nosotros y como nosotros, le confirma más en el título: Sacerdote que puede compade­cernos. Es una de las condiciones necesarias para conseguir el título con dignidad. Cristo ha sufrido, se ha hecho uno de nosotros, igual en todo, ex­cepto en el pecado. Más aún, está delante de Dios para interceder por noso­tros.

 

b) La consecuencia es clara: Mantengamos la confesión de la fe y vayamos confiados. Es lo que subrayan los versículos leídos. La obra de Cristo -vida, pasión, muerte y resurrección perenne ante Dios- por nosotros, lo han consti­tuido Sacerdote Eterno. El autor nos lo recuerda y nos anima a vivirlo en profunda fe y confianza. En Cristo alcanzamos misericordia.

 

2.3.Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 35-45

 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó: « ¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron: «Lo somos.» Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

 

En primer lugar tenemos la escena de los hijos del Zebedeo. En otro evan­gelio se dice que es la madre quien intercede por los hijos. Semejante detalle no cambia el impacto de la escena. Los hijos del Zebedeo formulan a Jesús una petición atrevida: Que nos sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Todavía, como a Pedro sucederá muchas veces, no saben en realidad lo que piden. Sus pensamien­tos están aún muy metidos en lo terreno. El Mesías, vienen a pensar en tér­minos generales, es Jesús. Como Mesías debe establecer un reino, el Reino de Dios. De hecho, el Maestro predica frecuentemente de él. Este reino lo imaginan, sin embargo, a pesar de las continuas explicaciones que vienen del Maestro, de modo terreno. Reino de Dios, es verdad, donde campeará la observancia de la ley, pero no exento de dominio político, de exaltación y glo­ria terrena. En realidad no tienen la menor idea de cómo se van a llevar a cabo las palabras del Señor, ni cuándo ni en qué va a consistir el reino. An­tes de que comience el reinado de Cristo, quieren asegurarse en él un puesto relevante: a la derecha y a la izquierda.

 

Para llegar al reino, sin embargo, precisa pasar por una grave serie de pruebas. Así lo asegura el Maestro. El mismo debe pasar por ellas ¿Están ellos, los discípulos ambiciosos dispuestos a pasar por ellas? Es de admirar la respuesta de los dos hermanos: clara, decidida, sin exageraciones. Podemos. Probablemente no saben en concreto a qué se refiere Jesús en sus palabras, aunque puede que algo sospecharan. Por él, por el reino, por conseguir los primeros puestos en él, están dispuestos a cualquier cosa. En el fondo, no obstante, existe una gran ambición, que los compañeros condenan indigna­dos. Lo verdaderamente interesante es que aquí Jesús anuncia, bajo la ima­gen de cáliz y bautismo, su muerte y pasión. Los discípulos beberán el cáliz, pero no está en su mano concederles los primeros puestos. Eso lo decide el Padre.

La enseñanza siguiente es muy importante. El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la vida en rescate por todos. Este es el destino de Cristo, como Mesías, como Hijo del Hombre. Este es el Cáliz que el Hijo del Hombre debe beber y éste es el Bautismo con que el Hijo del Hombre debe ser bautizado. Aquí entra toda la vida de Cristo, especialmente los últimos momentos Pasión y Muerte, para acabar con la Resurrección. Por nuestros pecados, como reza el credo más antiguo, presente ya en los escritos de Pablo y de toda la antigua Igle­sia. Fue obra de Siervo. Lo dio todo, hasta la vida, para salvarnos. Siervo desde el principio hasta el fin, siendo como era Dios. Se humilló hasta la muerte de cruz. El, Siervo, lavó nuestros pies, y con ello todos nuestros pe­cados. Todo por nosotros. Esa es la obra de Cristo.

 

Para el cristiano existe una línea clara a seguir: el ejemplo de Cristo. Siendo como es el primero, se hizo Siervo. Siervos debemos hacernos noso­tros, si queremos ser los primeros. Hay un cáliz que hay que beber y existe también un bautismo que hay que recibir. Hay que pasar por la humillación. Mejor dicho todavía, hay que humillarse y hacerse Siervo de los demás, como él lo fue, si queremos tener parte con él en el reino de los cielos. Esa es la norma. No hay otra. No fue otro el camino de redención; no es otro el ca­mino de salvación. Quien quiera ser grande, hágase servidor de los otros. Esa es la verdadera grandeza, semejante a la de Cristo. El servir, el amar hasta hacerse siervo, ese es el modo de conseguir la verdadera grandeza. Así Cristo, así nosotros. En el fondo, pues, es una clara alusión a la Pasión y a la Muerte, como expresión suprema de amor y servicio, causa de nuestra redención.

 

Reflexionemos:

Después de leer atentamente las lecturas, no cabe otra actitud por nues­tra parte que centrar toda nuestra atención en la persona de Cristo Jesús, Señor nuestro. Cosa por otra parte que siempre suele suceder. Cristo es un todo. Cristo y su obra siguen siendo, aun después de conocidos, un profundo misterio. La Escritura, por eso, se esfuerza en presentarlo en sus diversas facetas. Hay que volver continuamente a él; hay que meditarlo, hay que analizarlo, hay que profundizarlo, hay que contemplarlo. No se agota nunca; siempre encontramos cosas nuevas.

 

En el caso presente, Cristo no aparece como taumaturgo, ni siquiera, es­trictamente hablando, como Maestro sorprendente. El Cristo de las lecturas es el Cristo Siervo que debe ser triturado por el sufrimiento, que debe entre­gar su vida como expiación y justificación para muchos, que viene a servir, no a ser servido; a dar su vida en rescate por todos; que sufrirá y tendrá un fin glorioso, que penetrar los cielos y se convertirá en el Sumo Sacerdote siempre dispuesto a compadecernos y pedir por nosotros. El Siervo se ha convertido en Sumo Sacerdote. Así se nos presenta Cristo y a su obra. Dis­tingamos, según esto:

 

I) Parte dogmática: Sacerdote, Siervo, Redentor:

a) Ha penetrado el cielo. Ya hemos aludido a la imagen del templo que yace en el fondo de esta expresión. Cristo nos ha franqueado la puerta, de siempre cerrada, que conduce al Padre. El camino está abierto para siem­pre. Es el mérito de Cristo que muere y se entrega por nosotros. El estará, desde ahora para siempre, en presencia de Padre, como intercesor nuestro. Otros términos cultuales: cáliz, bautismo, expiación. Cristo ha bebido el cáliz de la Pasión, ha sido bautizado, enterrado, sepultado, ha limpiado los peca­dos del mundo.

b) Visita así la vida de Cristo, Cristo mismo viene a ser la nueva víctima propiciatoria. El se ofrece a sí mismo: Sacerdote y Víctima.

c) La vida de Cristo es un servicio, una Expiación por, una entrega. Cristo se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Esta entrega total de Cristo al Padre que ordena y a los hombres a quienes salva, es la suprema expresión de la más grande obediencia y del más grande amor. El amor de Cristo al Padre y a nosotros es insuperable, algo que no tiene explicación. Toda su vida y obra responde a ello. Se hizo, por amor, igual a nosotros.

d) Por eso es capaz de entendernos y de compadecernos. Ha sufrido como y más que nosotros. No es difícil acercarse a él, siendo tanto el esfuerzo suyo acercarse a nosotros. Difícil acercarse al Dios transcendente, supremo, pero no al Dios Siervo, humano, dolorido y muerto por nosotros.

 

II) Parte parenética.

a) Mantengamos la confesión de la fe. Cristo atravesó los cielos y está allí intercediendo siempre por nosotros. Su oración es válida. Más aún, es la única que nos puede salvar. No hay otro, dice san Pedro, en cuyo nombre podamos ser salvos. El nos ha merecido el perdón y la gracia. Por otra parte conviene tener presente su amor hacia nosotros. Cristo nos ama, nos escu­cha, nos atiende e intercede por nosotros. Puede condolerse de nuestra debi­lidad, pues él la llevó sobre sí, siendo hombre. No quedaremos jamás defrau­dados. Se hizo igual a nosotros, excepto en el pecado ¿Quién tendrá apuro en acercarse a él? Por otra parte, notemos que es todopoderoso. Su trono es el trono de la gracia. Será siempre escuchado ¡Animo! Cristo puede y quiere perdonarnos.

b) el que quiera ser el primero, sea siervo de todos. Cristo, Siervo de Dios, ejemplo a imitar. Es el pensamiento principal del evangelio. Si Cristo está a nuestro servicio, nosotros lo estamos al de los demás. Esto deben tenerlo to­dos presente, en especial los dirigentes. Cabe el peligro de comportarse como se comportan los dirigentes que gobiernan el mundo. No así entre nosotros. Quien quiera ser el mayor, hágase el menos y siervo de todos. La Iglesia debe vivir profundamente su vocación de imitadora de Cristo ¿Es verdad que somos unos siervos de los otros? Es hora de pensarlo. Conviene insistir en ello, pues fácilmente lo olvidamos.

Pensamiento eucarístico: Cristo está entre nosotros. La Santa Misa nos recuerda y nos repite el sacrificio de Cristo en toda su amplitud. Ahí está como Siervo que se entrega por nosotros. Aparece como Sumo Sacerdote que ofrece una Víctima por nuestros pecados. Allí el cáliz, allí la oración al Pa­dre pos nosotros. La servidumbre de Cristo llega hasta hacerse alimento por nosotros. Cristo vive, Cristo nos escucha, Cristo nos atiende. Buena ocasión, al recordar su Pasión, Muerte y Resurrección, para arrepentirnos de nues­tras faltas, que en el fondo son faltas a este servicio, considerando los sufri­mientos de Cristo, y pedir perdón de ellos, mediante su intercesión siempre eficaz, siempre actual. Bebemos de un mismo cáliz y comemos de un mismo Pan. Todos partici­pamos de Cristo. Guardemos la unidad, mantengamos la fe -mysterium fidei- y actuemos la caridad en un servicio mutuo. Esperemos la bienaventuranza. Cristo nos la ha prometido. El ya la posee. Nos la ofrece. Contemplemos el misterio y vivamos nuestra vocación.

 

  1. DE LA ORACION A LA PAZ

 

“El fruto del silencio es la oración

El fruto de la oración es la fe

El fruto de la fe es el amor

El fruto del amor es el servicio

El fruto del servicio es la paz”

 

Madre Teresa de Calcuta

 

Domingo 27 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO VIGÉSIMO SÉPTIMO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

Jesús  dice algo más a las parejas cristianas. Dice que el cristiano, si lo es verdaderamente, tiene que ser capaz de mantener su amor ocurra lo que ocurra. Como un signo del amor absoluto de Dios. El sacramento del matrimonio será eso: la experiencia más plena de acompañamiento mutuo que se puede dar entre los seres humanos (cf. primera lectura) se convierte en signo público, eclesial, del amor absoluto que es Dios.

  1. 1.      Oración:

 Te damos gracias, Padre, “Porque dignificaste tanto al hombre creado por tu bondad, que en la unión del varón y la mujer nos dejaste la imagen de tu propio amor. Y al que amorosamente creaste lo invitas sin cesar al ejercicio de la ley de la caridad para que pueda participar en tu amor eterno. Y así el sacramento del matrimonio a la vez que es signo de tu caridad, santifica el amor humano, por Jesucristo, Señor nuestro”. Amén.

(Del Prefacio de la Celebración del Matrimonio)

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del Libro del Génesis 2, 18-24

El Señor Dios se dijo: –No está bien que el hombre este solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no se encontraba ninguno como él que le ayudase. Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo: –¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.

Serán los dos una sola carne.

Choca, por contraste, la primera frase: No está bien que… El capítulo primero había cantado, emocionado y agradecido, la bondad de todo lo creado: Y vio Dios que todo era bueno. Dios no ha creado individuos sueltos. Al hom­bre, al varón, lo ha creado en común con otro ser que lleva su mismo destino. El hombre necesita una ayuda, un ser semejante a él, que con pe formen una unidad profunda. Dios no hace las cosas a medias. El hombre solo hubiera sido una cosa a medias.

Los animales son formados de la arcilla. También el hombre; algo común los une. Pero el hombre posee el soplo divino que lo separa de ellos. Más aún, son inferiores a él, le están sujetos; le están sujetos como a Señor; son suyos, él mismo les pone los nombres, gesto de dominio y superioridad. El hombre no encuentra en ellos un semejante que le ayude. En realidad, los animales no son de su orden: No son, en definitiva, compañeros del hombre en el plan de Dios. El hombre, según el juego intencionado del autor, busca otro hom­bre. El yo busca un tú correlativo. Una persona busca otra, no solo otra, sino la otra. El hombre siente la necesidad de la otra. Dios ha creado esa re­ferencia fundamental indescriptible. Dios lo ha hecho así.

Nadie sabe a ciencia cierta el alcance de los términos sopor, costilla en el lenguaje figurado del autor. La literatura extrabíblica no aporta luz alguna definitiva ¿Qué simbolizan esos términos y esas acciones? El hombre duerme profundamente en el momento de ser creada la mujer. ¿Querrá decir el autor con ello el desconocimiento del modo y momento en que fue creada la mujer? Algunos lo creen así. El hombre ignora ese momento por completo. La figura de la costilla, en cambio, puede decirnos algo más. No perdamos de vista la institución del matrimonio, que es adonde va a parar toda la narración.

La costilla señala: a) pertenencia e igualdad. Los dos seres son de la misma naturaleza: carne de mi carne y hueso de mis huesos. Se pertenecen el uno al otro. La costilla es parte del cuerpo y no hay cuerpo sin costillas. b) Unidad íntima, como la forman el cuerpo y la costilla. Unidad, en la imagen, fisiológica. El matrimonio se concibe como el retorno, con esa referencia na­tural fisiológica, a la unidad primera. Han de formar una unidad y unión tal que se conciba como la existencia de dos en un sólo ser: una misma cosa. c) La costilla se encuentra a la altura del corazón. No en la cabeza -no superior al hombre-; no en los pies -inferior a él-; sino a la altura del corazón, sede de la vida afectiva e intelectiva del hombre. De ahí ha sido tomada la mujer, y ahí debe volver: a formar un sólo corazón. Ese es su puesto: el adecuado del hombre, la ayuda requerida, la compañera inseparable, la corresponsa­ble segura en la realización del plan de Dios.

De ahí también su nombre varona, femenino de varón. La diferencia es mínima: la «a» de la terminación femenina. Pero toda una realidad nueva: la diferenciación de sexos y funciones correspondientes al papel asignado a cada uno en el gobierno del mundo. Cualidades singulares que se completan e integran mutuamente. La diferencia es querida y ordenada por Dios. En todo lo demás, iguales. Los dos han de formar uno. Uno magnífico y vital: una carne. Un querer, un sentir, un hacer juntos y en común. Es obra de Dios; es una maravilla. El hombre lo constata gozoso y satisfecho: Esto sí que es… Matrimonio indisoluble. Lo recordará Jesús en el evangelio.

Así es la obra de Dios. Esa es la enseñanza fundamental de la narración, tan llena de sentido figurado ¿Qué literatura antigua, y aún nueva, puede presentar algo tan equilibrado y grande? ¿En qué civilización ha alcanzado la mujer un puesto tan honorable y digno, a la misma altura del hombre? La enseñanza del Génesis, es cierto, se ha olvidado con frecuencia. Es menester volver a aprenderla. El tiempo actual lo reclama.

2.2.Salmo responsorial: Sal 127, 1-6:

Salmo de aire sapiencial. La presencia de Dios en Sión irradia salud y bendición. Dios difunde, desde el santuario, la paz. Los ojos del Señor des­cansan, con toda seguridad, en los que le temen ¡Dichoso el que teme al Señor!

Se promete, se desea, se espera la bendición del Señor. Son bienes ele­mentales: el trabajo y su fruto, la familia numerosa y sana. No precisamente las riquezas y el confort. Bienes que hacen la vida, dentro de su sencillez, agradable, pacífica y próspera. La bendición sobre el individuo se alarga a la comunidad: hijos de los hijos, la paz. El Señor irradia bendición. Es un cuadro idílico.

Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa.

Esta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida.

Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas a los hijos de tus hijos.
¡Paz a Israel !

2.3.Lectura de la carta a los Hebreos 2, 9-11

Hermanos: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos.

Al santificador y los santificados proce­den todos del mismo.

El hombre tiene por destino regir y dominar la creación. Así lo proclama el salmo 8, citado unas palabras antes. Dios lo ha dispuesto así. La promesa y disposición divinas, dirigida al hombre como totalidad, no ha llegado, ob­serva el autor, a cumplirse todavía. El hombre está muy lejos de dominar la creación. Ni siquiera se domina a sí mismo. La misma muerte se presenta como un muro infranqueable. Sin embargo, como promesa divina, no puede quedar sin cumplimiento. El autor mira a Jesús y lo presenta como cumpli­dor perfecto de la disposición divina. Aplicaba a Jesús el salmo.

También Jesús, como reza el salmo, ha pasado un tiempo por un estado inferior a los ángeles. El autor piensa en la naturaleza humana de Jesús su­jeta al dolor y a la muerte. Jesús, superior a los ángeles, fue hecho en su condición de humildad, en la humanidad no glorificada, inferior a los ánge­les. Topamos otra vez con el misterio de Jesús. Pero eso ya pasó. Queda na­turalmente la naturaleza humana, pero glorificada. Jesús, hombre, ha sido coronado de honor y gloria. Honor y gloria Real. Jesús, hombre, ha sido constituido Señor y Rey de todo lo creado, de la creación vieja que pasa -como su estado de humillación- y de la creación nueva, sobre todo, que no pasa. Jesús ha vencido a la muerte y es coronado Rey. Y no sólo Rey, sino también Sacerdote Supremo. Pues su pasión y su muerte fueron un verda­dero acto sacrificial expiatorio y santificante. Es la afirmación central de la carta.

Jesús coronado de honor y gloria, según reza el salmo, cumple de modo eminente la vocación del hombre. Jesús es el hombre perfecto, el Hombre Nuevo. En él y por él consigue el hombre el destino para el que había sido creado: señor y rey de la creación. La glorificación de Jesús da sentido y re­alidad a ese destino del hombre. Al mismo tiempo revela su grandeza y ex­tensión, su profundidad. Jesús hace al hombre Hombre. Fuera de Jesús no puede el hombre ser hombre.

La muerte de Jesús, pues, ha tenido efectos maravillosos. Todo por dispo­sición gratuita de Dios. Convenía que así fuera, afirma el autor. Aunque misterioso en sí este acontecimiento, no deja de presentar ciertos contornos que lo hace más comprensible. La muerte de Jesús, en manos del Padre, ha sido un bien para todos: para nosotros los hombres -llevar multitud de hijos a la gloria-, y para Jesús -perfeccionar y consagrar al Guía de la salvación-. La muerte, pues, de Jesús nos ha reportado la glo­ria de ser hijos de Dios y como tales poder participar de su gloria. En Jesús somos los hombres coronados de honor y gloria. Jesús mismo, por otra parte, ha sido perfeccionado y consagrado por sus sufrimientos. Jesús hombre ha sufrido, valga la expresión, una profunda transformación en su naturaleza humana a través de su muerte. Ha sido glorificado, ha sido constituido Se­ñor en poder y majestad, ha sido consagrado Sacerdote y Guía de la salva­ción. Dios ha constituido, por la muerte a Jesús el Nuevo Hombre y en él a todos nosotros hombres nuevos. La muerte, el dolor, que nos unía a él como a un ser débil y humano, nos unen ahora, por disposición divina en su pasión y su muerte, a su glorificación y Exaltación. Maravilla de las maravillas. El Santificador, pues, y los santificados pertenecen a una misma masa. No se avergüenza de llamarnos hermanos. Tenemos con él y en él una misma na­turaleza y un mismo destino. La obra lo ha constituido Sacerdote fiel y mise­ricordioso ¡Gracias a Dios!

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 2-16

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: –¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Él les replicó: –¿Qué os ha mandado Moisés? Contestaron: –Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: –Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: –Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio. [Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: –Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.]

Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre.

Podemos dividir la lectura en dos partes bien definidas: a) la controversia de Jesús sobre el divorcio; b) la escena de los niños. No tiene nada que ver la una con la otra. En la primera podemos distinguir, a su vez, dos momentos: la controversia propiamente dicha y la enseñanza impartida a los discípulos.

Como es natural, lo principal de la controversia son las palabras de Je­sús, en este caso, por la gravedad del asunto, de capital importancia. La sentencia de Jesús domina temática y literariamente la perícopa. Pierden interés y releve las circunstancias, los detalles y hasta los mismos interlocu­tores. No sabemos cuándo ni dónde, ni las palabras precisas de los contra­rios. Lo que importa es la palabra de Jesús, y ahí está clara y transparente. La discusión no parece correr paralela. Más bien parecen dos planos que se cortan. Jesús habla de lo mandado y los fariseos de lo permitido. Preguntan por lo lícito, basándose en lo permitido, y Jesús, en el terreno de mandado, responde sobre la voluntad irrevocable de Dios.

El evangelio habla de prueba. Esta no parece ser otra cosa que obligarle a tomar posición, como Rabí, en la gran discusión de escuela en torno al tema del divorcio. Estas escuelas no discutían, al parecer, sobre la validez o licitud en sí del divorcio, sino más bien sobre la licitud del divorcio según los motivos o causan concretas que se alegaban para su declaración. Se mueven en el terreno jurídico. En este aspecto, las escuelas se diferenciaban por su rigidez o por su laxitud. Jesús va más allá. Jesús declara con autoridad de Mesías cual sea la voluntad de Dios. Veamos algunos puntos.

a) Moisés, auténtico legislador religioso, no ha hecho sino regular en la Ley, para evitar mayores males -por la dureza de corazón- una costumbre ancestral y arraigada en el pueblo. Moisés no manda; permite y regula lo permitido. La voluntad de Dios, en cambio, no corría paralela a la costum­bre del pueblo.

b) La auténtica voluntad de Dios, su querer desde un principio, vienen expresados, no en la Ley del Sinaí, sino en el texto del Génesis, en los albo­res de la creación (Jesús es el primero que lo interpreta así). Marido y mujer son una sola carne, una unidad tal que nadie puede separar, Así lo ha insti­tuido Dios, No separe el hombre -ni jurista, ni marido, ni mujer- lo que dios ha unido. Nadie tiene autoridad para ello. El hombre o mujer que lo hace in­curre en desgracia divina. Y si uno de ellos -esposo o esposa- se casa de nuevo, comete adulterio. El caso no admite tergiversación.

c) El matrimonio, cuando se da, es indisoluble. La dignidad e indisolubili­dad del matrimonio denota la dignidad y grandeza de los consortes. No es uno más que otro concedía al marido tan solo el poder iniciar y presentar el libelo de repudio. Aquí aparecen los dos a la misma altura (derecho romano). En el fondo, a los dos compete y obliga, con idéntica responsabilidad, mante­ner unido el matrimonio.

d) Jesús habla como quien tiene autoridad; declara como Mesías la volun­tad de Dios. El divorcio, pues, ni es lícito ni ilícito; sencillamente no existe. No hay divorcio. El hombre -esposo y esposa- no pueden separar por sí mis­mos lo que Dios ha unido y ratificado. Moisés regulaba -procuraba evitar mayores males- una costumbre no sana.

 

Reflexionemos:

Las lecturas de hoy presentan un tema actual y siempre vivo, como vivo y siempre actual son la vida y la institución que la cobija y fomenta: la fami­lia ¿Qué podremos decir hoy de la familia Veamos algunos puntos.

Para el cristiano no puede haber otro punto de referencia que Cristo. Cristo, principio y fin de la creación, da sentido a todas las cosas. Las cosas, para verlas y entenderlas bien, hay que verlas en Cristo: Revelador y Es­plendor del Padre. Sin Cristo nos quedaremos a oscuras y a medias, tergi­versando la creación. Partamos, pues, de Cristo y de su misterio.

a) Cristo declara con autoridad suprema cuál es el sentido y alcance del matrimonio según la voluntad de Dios. El relato del Génesis y la enseñanza del evangelio lo proponen de forma tajante y clara: Dios ha instituido el ma­trimonio indisoluble, para siempre. Dios ha unido dos personas en una sola carne. Nadie ha de separarlos; nadie tiene autoridad para hacerlo. Un ma­trimonio posterior no sería un matrimonio, sería un adulterio. Y el adulterio está sancionado por la Ley de forma severa.

Cristo, pues, nos enseña el valor y la importancia del matrimonio. No es poca cosa. Pero no lo es todo ¿Puede el hombre, abandonado a sus propias fuerzas, comprender, aceptar y practicar semejante enseñanza? Moisés, se nos dice, se vio obligado a tolerar una costumbre contraria. Y no creo haya habido pueblo que no haya admitido, de una forma u otra, esa costumbre mala. La dureza de corazón ha intervenido desfavorablemente. El hombre, desde que se apartó de su Hacedor, lleva dentro de sí el pecado, el acen­drado egoísmo, que lo ciega, que lo inclina al mal y lo arrastra a transtornar el orden establecido por Dios. El mismo Génesis nos habla ya de ese tras­torno. Después del primer pecado comienza ya la disolución -desorden- en la persona, en la familia y en la sociedad. El hombre, hecho para crear, ha co­menzado a deshacer. La enfermedad, a nivel cósmico, encontrará su médico en Jesús.

En Cristo -salmo 8, segunda lectura- encuentra el hombre su verificación como hombre según el destino de Dios, en todas las direcciones. También en el matrimonio. Necesitamos, para verlo, entenderlo y practicarlo, una refe­rencia del tipo que sea, a Cristo Revelador y Realizador de la voluntad de Padre. Cristo nos introduce en el misterio de su vida y de su muerte, en el misterio de su amor ¿Y qué otra cosa podemos decir es el matrimonio sino una institución de amor? ¿Y cómo podremos conocer y entender el verdadero amor, según Dios, si no lo admiramos en Cristo? El matrimonio, institución de Dios, se realiza cristiano (siendo cristiano). No todos pueden compren­derlo en su valor, pues no todos comprenden el misterio de Cristo. Pablo lo refiere al misterio de Cristo y su Iglesia.

Por eso, sin la gracia, sin la referencia a Cristo, de la forma que sea, no se podrá entender ni practicar debidamente el misterio del matrimonio, re­flejo del misterio de Cristo. La indisolubilidad del matrimonio, el amor perpe­tuo y entrañable de los esposos, no cabe fácilmente en una mente no cris­tiana. Es decir, el hombre a fuerza de la gracia de Cristo, no se encuentra en condiciones de cumplir a sus anchas la voluntad de dios. Hay que esfor­zarse, pues, con la gracia de Dios, para mantener indisoluble -práctico- y digno el matrimonio instituido por Dios: sin adulterios de ninguna clase, en verdadera unidad de sentimientos y voluntades, en un amor cristiano ve al hombre y a la mujer a su primitiva dignidad. Todo esfuerzo será poco para mantener al matrimonio sano y salvo.

b) La dignidad de los esposos. La dignidad de la mujer, como ayuda, compañera, esposa y madre. Como el esposo, señor, es también ella señora. También aquí se habían introducido malas costumbres. El Génesis apuntaba más alto. Jesús vuelve a la mujer su dignidad primera, según la voluntad de Dios.

La diferenciación de sexos proviene de Dios y tiene una función específica relacionada, fundamentalmente, con la transmisión y cuidado de la vida. Los esposos son iguales y son diferentes. Esto no se puede olvidar. Por eso, ni un antifeminismo a ultranza ni un feminismo exaltado caben dentro del sentir cristiano. Hay que guardar el término querido por Dios.

c) El cristiano es optimista. Cree que, por el esfuerzo propio y la gracia de Dios, pueden el hombre y la mujer cumplir debidamente su compromiso ma­trimonial de ser una sola carne según Dios, durante toda la vida; de ser fiel uno al otro; de recuperar el amor perdido y de sanar las llagas ocasionada por la defección y el pecado ¡Son capaces de perdonar y de encontrarse de nuevo! Cristo lo posibilidad y realiza. Podemos rehacer lo que hemos deshe­cho. Jesús nos corona de honor y poder.

d) Conviene completar todo esto con otros textos del Nuevo Testamento. Todos ilustran este misterio en Cristo. A nosotros nos otra defender, fomen­tar, ayudar, colaborar para que el matrimonio cristiano se realice. La ora­ción del salmo es oportuna. Pidamos y oremos por las familias cristianas, tan en peligro hoy día.

 

  1. 3.      Oración final:

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Domingo 26 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

DOMINGO VIGÉSIMO SEXTO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

 

Las lecturas de este domingo tienen una enseñanza muy clara. En la primera, tomada del libro de los Números, Moisés el líder de Israel, ante el agobio que siente por la tarea de formar y conducir a su pueblo a través del desierto, decide repartir parte de su espíritu distribuyéndolo entre un grupo de ancianos para que le ayuden en su misión. Pero enseguida recoge las acusaciones contra alguien que está profetizando en su nombre sin ser elegido, pero Moisés lejos de enojarse, exclama: ¡Ojala todo el pueblo de Israel fuera profeta! El evangelio, parece dar un paso más en esta misma línea. Jesús, también escucha a sus discípulos escandalizados por la conducta de alguien, “que no es de los nuestros”, pero que está expulsando demonios y les dice: No se lo impidáis. Quien no está contra nosotros está con nosotros. La enseñanza de Jesús es muy clara, si le seguimos debemos estar abiertos a todo lo bueno y positivo que está presente en el mundo, porque siempre es un signo profético, siempre será una manifestación del amor de Dios venga de donde venga.

  1. 1.      Oración inicial:

Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia, derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos lo bienes del cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

  1. 2.      Texto y comentario

2.1.Lectura del libro de los Números 11, 25-29

 

En aquellos días, el Señor bajó en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar en seguida. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque estaban en la lista, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: —«Eldad y Medad están profetizando en el campamento.» Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: —«Señor mío, Moisés, prohíbeselo.» Moisés le respondió: — «¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!»

 

Dios quiere aligerar la carga de Moisés. Dios dispone hacer partícipes del «espíritu» de Moisés a 70 ancianos que colaboren con él en el gobierno de pueblo tan reacio y díscolo. El «espíritu» de Dios es amplio y generoso, es fuerza y luz. Irrumpe en los 70 ancianos y les impulsa a profetizar. Surge la sorpresa y el recelo. Josué, por ejemplo, a pesar de su buena intención, no asimila el acontecimiento. Se indigna, movido por el celo. Josué quiere impe­dirlo. Moisés apacigua su sentimiento. Las palabras de Moisés reciben el peso del pasaje. ¿Quién es él, Moisés, siervo de Dios, para impedir la manifestación graciosa de su Señor? Dios multiplica su acción, alarga y extiende la fuerza de su «espíritu». No es para entristecerse; es para alegrarse. Moisés no ve en la intervención de Dios algo así como un recorte a su misión o a su personalidad. Todo lo contrario, Moisés exulta con el Señor: es una extensión maravillosa de la salvación de Dios. Lejos de él la envidia o el celo estrecho y raquítico. Más bien alegría y gozo. Hermoso pensamiento y postura ejemplar. Moisés no va contra Dios; Moisés sirve a Dios. Por contraste, podríamos recordar a Jonás que se la­menta de la conversión de los ninivitas. Espíritu mezquino y corazón estre­cho. Dios es amplio, generoso y liberal. ¿Quién osará limitar o condenar un proceder tan bueno y misericordioso?

 

 

2.2.Salmo responsorial Sal 18, 8. 10.12-13.14 (R/.: 9a)

 

Salmo de alabanza en su conjunto. La segunda parte, de la que se han tomado aquí los versículos, es un canto a la Ley. Dios es maravilloso y grande en sus obras: la creación, por una parte; la Ley, por otra. La Ley revela la voluntad de Dios, su sabiduría, su bondad. La Ley, expresión de la voluntad salvífica de Dios, es objeto de contemplación, de paladeo. Debemos contem­plar y saborear el contenido de la Ley del Señor. La Ley alegra el corazón del hombre. Es la experiencia del salmista y de Israel. Busca en la Ley tu alegría y se llenará de gozo tu corazón.

La Ley refleja los atributos divinos: santa, pura, dulce, perfecta… Es un don precioso que debemos estimar y gustar. Es la expresión del amor pater­nal de Dios a los hombres. La Ley prescribe y orienta. Como prescripción, obliga; como orientación, dirige y anima. Pero ¿quién puede gloriarse de cumplirla a la perfección? ¿Quién se acomoda debidamente al querer bonda­doso de Dios? Por más que se esfuerce, siempre encontrará el hombre defi­ciencias. Por eso, humildad, respeto, reverencia, petición. Para cumplir la Ley necesitamos la ayuda divina. El peor mal es la arrogancia. Ella des­truye las relaciones filiales con Dios. El salmista pide a Dios aleje de él mal tan tremendo. El Señor tenga a bien escuchar su oración. Pidamos con él. Cristo es nuestra Ley. Cristo desborda el salmo en todas direcciones.

 

R/. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.

 

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. R/.

 

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. R/.

 

Aunque tu siervo vigila para guardarlos con cuidado, ¿quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta. R/.

 

Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré libre e inocente del gran pecado. R/.

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol Santiago 5, 1-6

 

Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.

 

Por las lecturas de estos domingos atrás, nos hemos acostumbrado ya un tanto al lenguaje de Santiago. Lenguaje incisivo, cortante y hasta mordaz. Santiago ama, para producir mayor impacto, las situaciones extremas, que, no por ser extremas, dejan de ser reales. Situaciones escandalosas, indig­nantes; situaciones que arrancan de nuestros labios expresiones como «abominable», «horrendo», «clama al cielo»… Puede parecer crudo; pero es que la realidad, por desgracia, también es cruel y cruda.

Santiago se encara esta vez con los ricos de corazón endurecido. ¡Ay de ellos! El juicio que les espera, ya en marcha, es para hacer temblar estrepi­tosamente al más insensible. Distingamos dos momentos:

1) Versículos 1-3. El juicio de Dios se acerca y con él el castigo severo. San­tiago se hace eco de los ayes de Cristo el evangelio. Lucas los trae en bloque como reverso de las bienaventuranzas. Son en realidad una maldición; una maldición en boca de Dios. El juicio de Dios ya ha comenzado. No hay que esperar al último momento para oír la sentencia. Cristo ha condenado ya, como indigno del hombre y fuente de crímenes, el afán desmesurado de po­seer y disfrutar. La resurrección de Cristo señala el comienzo de ese juicio, que recibirá su expresión definitiva cuando venga como Señor a juzgar a to­das las gentes. Allí el lamento baldío y el rechinar de dientes. ¡Ay de voso­tros los ricos! Ya podéis comenzar a gemir ahora. La sentencia ha sido ya pronunciada.

Con la Resurrección de Cristo ha comenzado el mundo nuevo y, con él, la vigencia de los auténticos valores que cuentan delante de Dios. Aparecen como «antivalores», por contraste, todo lo que se opone al reino de Dios: codi­cia, avaricia, afán de poseer, de gozar, de cifrar en el deleite de este mundo todas las aspiraciones humanas. Es la postura de aquellos a quienes po­dríamos llamar «ateos» prácticos: comidas, bebidas, sensualidad, lujuria… Y todo ello a toda costa, cueste los que cueste. Con esas aspiraciones van pare­jos otros «antivalores»: prestigio mundano, aprecio, influencias, poder… como deificación personal. Es demasiado real y numeroso el grupo de adora­dores de este mundo para pasarlo por alto. La misma comunidad cristiana puede resentirse de semejantes flaquezas.

Las riquezas amontonadas, sin ningún empleo benéfico que permitiera «revalorizarlas», se han cubierto de orín y polilla, se han podrido. Se las ha comido el tiempo. También va devorando el mundo tan ficticio – «real», dicen ellos – en que viven. ¿Qué queda ahora de lo que ya «disfrutaron»?. El re­cuerdo de un placer inacabado y, sobre todo, una tremenda acusación insos­layable: han malgastado la vida. ¡Necios! Todo se les ha ido de las manos, y ahora se vierten sobre ellos, implacable, la ira voraz de Dios. Es para llorar y gemir. ¡Ay de aquél que pone su confianza en este mundo! A uno le viene a la mente la imagen de la casa construida sobre arena. El desplome va ha ser ruidoso. ¡Y viven tantos así!

2) Versillos 4-6. La idolatría de los antivalores implica, por naturaleza, una conducta grosera, injusta y cruel. Pobres los que se encuentren a tiro. Santiago piensa en los grandes terratenientes de su tiempo, probablemente paganos, que no respetan los derechos humanos más elementales de sus de­pendientes. El engaño abusivo, la explotación cruel y sanguinaria, los jorna­les reducidos y retardados, los juicios injustos, la venalidad de los jueces, la extorsión, las acusaciones sin fundamento, el miedo, el terror, el pánico de los súbditos están a la orden del día. Ricos sin escrúpulos, egoístas, dispues­tos a disfrutar desenfrenadamente de los placeres de la vida, no se paran ante nada ni ante nadie, ni siquiera ante el asesinato. Clama al cielo. No se imaginan lo que les espera. ¡Ay de ellos, pobres y miserables! Ignoran que tras aquéllos oprimidos se levanta el brazo justiciero del Dios Altísimo. ¿Quién los librará de su ira?. Dios saldrá en defensa de los pobres y oprimi­dos. Podemos vislumbrar al fondo a Jesús, el Justo Paciente de Dios.

 

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

 

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: —«Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.» Jesús respondió: —«No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.»

 

Nos encontramos ante texto heterogéneo. Procedamos por partes. El indignado Juan ofrece el primer cuadro. Juan ha observado cómo un «extraño» al grupo, un desconocido, curaba a los posesos. A Juan se le antoja un atrevimiento. Lleno de celo se lo prohíbe. Juan, hijo del trueno lo llamará Jesús por su impetuosidad, cree ver en aquella actividad una «lesión» de los derechos del Maestro. ¿Con qué derecho se atrevía aquel extraño a lanzar los demonios en nombre de Jesús? El exorcista aquel no era del grupo, y por tanto no tenía ningún derecho.

Postura muy «humana». Pero no «cristiana», no de Cristo. Así se lo hace ver el Señor. ¿Cómo puede uno curar posesos en «nombre» de Jesús sin estar convencido de alguna forma del poder y fuerza de ese «nombre»? ¿Y quién puede actuar en ese nombre sin tener fe en él? La actividad portentosa de ese exorcista está gritando, al menos por las obras, su fe en Cristo. En reali­dad es uno de los suyos, por más que no aparezca así. No hay por qué sentir indignación y exagerado celo. Más bien hay que alegrarse: ¡El poder del diablo se desmorona!

El versículo 41 presenta otro pensamiento. Sirve de enlace con lo que sigue. Jesús y los «suyos» forman una unidad, pensamiento que se adivinaba en el cuadro anterior. En eso tenía razón Juan. Los «suyos» continúan su obra, obra de salvación. Cualquier servicio, por insignificante que sea, hecho en favor de estos sus discípulos, por ser sus discípulos, no quedará sin recom­pensa. Dios lo tendrá en cuenta; pues, en último término, el servicio prestado va dirigido a Dios. Cuando, pues, en el juicio, Dios levante la mano para dic­tar sentencia irrevocable, la atención que se ha tenido con los suyos la incli­nará sensiblemente: se convertirá en bendición. ¿Cabe mayor bendición que la última y definitiva?

El cuadro tercero, compuesto también de sentencias, se une al segundo y al primero mediante la expresión «creen en mi», equivalente a «en mi nom­bre». El término «pequeño» está cargado de consideración y afecto. ¡Ay de quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en Jesús! Más le va­liera… «Pequeños» se extiende más allá del círculo de los inmediatos apósto­les y discípulos. Son los humildes, los pobres, los insignificantes fieles de Je­sús. Alguien puede con su conducta malograr la obra de Cristo, en otras pa­labras, la obra de Dios, alguien puede ser causa de tropiezo para los senci­llos; alguien puede destruir su fe en Jesús. ¡Ay de él! No hay nada que pueda compararse.

El tema del «escándalo» ha arrastrado consigo los versículos siguientes. Pero ya no se trata del escándalo a otros. Se trata más bien del daño que uno puede hacerse a sí mismo. Las expresiones de Jesús son radicales y ta­jantes, sin paliativos ni concesiones. Todo esfuerzo, toda renuncia es poca, para conseguir la salvación. No se trata de cortarse la mano, o serrarse el pie, o sacarse el ojo, si nos estorban para llegar a Dios. Mientras quede el corazón, todo será en vano. ¡Hay que cambiar el corazón! ¡Hay que cambiar de postura, hay que cambiar de modo de ver las cosas, hay que adquirir una nueva forma de ser! Por más que un cambio así nos arranque las entrañas -es el sentido de las imágenes. El reino de Dios está sobre todo ¡Un corazón nuevo y un Espíritu nuevo! Eso es lo que necesitamos. Para vivirlo no hemos de reparar en esfuerzos. Radicalidad y santo temor.

Reflexionemos:

Jesús afirma en el evangelio: El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Menos optimista resulta la sentencia que trae Mateo con ocasión de la disputa sobre Beelcebú: Quien no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama (Mt12, 30) ¿Con cuál de las dos sentencias nos quedamos? Por supuesto que con las dos. Cada una a su debido tiempo y en su debido contexto. Ambas revelan una gran verdad. Hoy nos interesa la primera. Nos invita a reflexionar. La lectura primera nos acompaña.

a) Josué y Juan representan, dentro del grupo fiel, la actitud demasiado «humana» respecto a los dones de Dios. Dios es liberal, Dios es generoso, Dios derrama en todas direcciones y a todos los vientos los dones de su gra­cia. Para Dios no hay fronteras de ninguna clase; Dios lo abarca todo. Hasta en las personas más insignificantes o más alejadas del grupo oficial de se­guidores, y de la forma más insospechada puede uno, con frecuencia, admi­rar el rastro hermoso que dejaron sus manos benéficas. Encontramos flores y florecillas hasta en los lugares más inhóspitos y rústicos; no solo en los jardines e invernaderos. Y todas son hermosas, y todas proceden de Dios. El ojo «cristiano» ha de saber apreciarlas y admirarlas: son de Dios. No debe­mos sentir menosprecio, indignación o celo mal entendido porque no están en «su lugar»; todo lo contrario, alegría, admiración y alabanza. Todas adornan el «campo» de Dios, que es el mundo entero.

Se trata de la en otro tiempo debatida cuestión de la existencia y valor de talentos, dones y bienes que viven y crecen fuera de la Iglesia oficial, fuera del Cristianismo. La sentencia de Cristo es iluminadora. Todo lo bueno viene de Dios y a Dios conduce. Nosotros nos alegramos del Dios bueno que ben­dice a todos de forma admirable. Si no están contra nosotros, contra Cristo, están con Cristo, con nosotros. El campo de Dios se alarga hasta los confines de la tierra. La Iglesia, el Cristianismo, rebosa así, bien entendido, sus pro­pias fronteras. ¿Qué actitud tomamos respecto a este asunto? Todo lo bueno que existe, se encuentre donde se encuentre, ha de ser admirado, respetado y aplaudido: allí está Dios, nuestro Dios. Lejos de nosotros la envidia o el celo descompuesto. Moisés y Jesús nos dan un buen ejemplo. Habría que te­nerlo en cuenta al hablar de las religiones no cristianas.

b) El tema del escándalo podría ser el segundo punto de reflexión. ¡Ay del escandaloso! San Mateo es más expresivo al hablar del escándalo dado a los «pequeños». Al escandaloso habría que arrojarlo, allá en alta mar, a lo más profundo del abismo, como algo podrido, como algo pestilente y asqueroso, desecho de la humanidad. Todo cuidado para evitar el escándalo es poco. El escandaloso destroza la obra de Cristo, la obra de Dios. Hace inútil y des­preciable la muerte de Cristo y su resurrección gloriosa; ¡pisotea la sangre de la Nueva Alianza! El justo Juez no puede olvidar tamaña injuria. Nada ni nadie justifica el escándalo; ni la salud, ni la vida, ni la fama, ni el poder, ni el dinero, ni nada. El escándalo es obra diabólica, y con el diablo no hay mi­sericordia ni compasión; es el reino opuesto a Dios. ¡Ay, pues, del escanda­loso!

El cristiano tiene que vivir la vida nueva. Se le ha concedido un corazón nuevo. Debe ejercitar los sentimientos correspondientes y fomentar su ex­pansión. Debemos trabajar, y pedir, por un corazón «cristiano» que sienta y vibre como el corazón de Cristo. Todo esfuerzo es poco para conseguir la sal­vación. No cabe un «más o menos»; es todo, y todo significa todo. Hay que sacrificarlo todo, si en ello nos va la salvación. Habrá casos en los que se nos exija algo extraordinario. No debemos asustarnos. Para ello la virtud de la fortaleza. ¿Pedimos a Dios nos la conceda? ¿Nos ejercitamos en ella? ¿Estamos dispuestos a que se nos corte la mano o se nos hunda en la infamia por amor a Cristo y a su Iglesia? Conviene reflexionar sobre ello.

c) Al hablar del corazón «nuevo» viene a la mente, por contraste, el cora­zón de «piedra». Podemos recordar a este respecto las amenazas de San­tiago. ¡Ay de los ricos de corazón endurecido! Corazones groseros, corazones duros, corazones crueles y escandalosos. ¿Cuál es nuestra postura ante ellos? Conocemos el fin que espera a los mundanos: la ruina total. ¿Lo senti­mos, lo vivimos, lo predicamos? ¿Es nuestra vida propia una repulsa mani­fiesta al afán desmesurado de riquezas, al placer atolondrado, a los «valores» de este mundo? ¿Infundimos desprecio a esas conductas o suscita­mos sentimientos de venganza? ¿Conocemos el espíritu «cristiano» del pueblo sin riquezas? ¿Son, en realidad, pobres de espíritu? ¿O es solo envidia? ¿Quién de nuestro pueblo, que se dice cristiano, no desea ser rico, disfrutar a sus anchas, beber de todas las fuentes y deleitarse sin reparo en sus rique­zas? ¿No hay en este pueblo «pobre» -que no lo es muchas veces- un espíritu de rico frustrado? Sabemos el fin que espera a los corazones duros. ¿Cómo es el nuestro? ¿Nos depredamos unos a otros, nos engañamos, nos ponemos zancadillas? ¿No son, en la práctica, los «antivalores» nuestros valores rea­les? ¿Cómo empleamos nuestros bienes? ¿Para ayudar, para compartir, para… ? Y nuestros llamados «ricos», ¿qué conducta siguen en la llamada justicia social? Las preguntas y reflexiones podrían multiplicarse. Hay que ir con tiento, pero con brío y entereza. Nosotros y nuestro pueblo por de­lante. Surge otra vez el tema de los bienes de consumo y su empleo.

El Señor exige de nosotros un corazón amplio, generoso, tanto en la acep­tación de su liberalidad como en el uso y empleo de nuestros bienes. Un co­razón así nunca dará escándalo. El sentimiento «cristiano» puede ir endure­ciéndose en muchos miembros. No hace falta ser rico para ser un «vividor». Muchos no recelan de las riquezas, las envidian. Su corazón será con fre­cuencia tan duro como el de los ricos de que habla Santiago. Pidamos a Dios un corazón sencillo a la altura de sus sentimientos.

 

 

Oración final:

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo 25 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo quinto del tiempo ordinario ciclo B

La liturgia de este domingo nos ofrece algunas pautas a seguir. Jesús nos propone algunas. Como siempre nos impele a emprender una vida nueva, un enfoque nuevo de nuestras actividades diarias. De esta manera el desarrollo de nuestra personalidad cristiana se verá más renovado.

  1. 1.      Oración:

Oh Dios, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor, Amén.

  1. 2.      Textos y comentario:

2.1. Lectura del Libro de la Sabiduría 2, 17-20

Se dijeron los impíos: Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: Se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor; es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras; declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por padre a Dios. Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará, y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.

Solemos decir que las vidas hablan y así es. Y la expresión de la vida es múltiple, como es múltiple la expresión del habla. Nuestra vida puede hacer reír y puede hacer llorar; puede agradar y puede irritar. Podemos conmover y podemos desafiar; podemos aplaudir y podemos acusar; podemos orientar y podemos perturbar. Nuestra conducta no pasa desapercibida: miramos y se nos mira; juzgamos y se nos juzga; el comportamiento humano deja su impronta en el ambiente que lo rodea. El «qué dirán», el «qué pensarán», juega aún todavía un papel importante. Las vidas, las conductas hablan. Hasta el estarse parado puede ser un gesto significativo. Ahí están las seña­les de tráfico. Dios habla «haciendo». Es la «historia de la salvación». Nuestras palabras reciben su sentido en las acciones que las acompañan. Es nuestra «historia de salvación». Un día nos juzgarán por las obras, no por las palabras. Y aquéllas, no éstas, definen nuestra postura religiosa o no religiosa, cristiana o no cristiana, delante de Dios y de los hombres. Pío e impío, bueno y malo, justo e injusto, son los términos más comunes para señalar las posturas más elementales respecto a Dios y respecto a los hombres. Dos conductas opues­tas, dos «hablares» contrarios, dos posturas extremas. Se hieren mutua­mente, no se soportan.  La liturgia de hoy ha elegido unos párrafos del libro de la Sabiduría. La Sabiduría desciende de Dios y retorna a Dios. Todo lo conoce, todo lo pene­tra, todo lo dispone, todo lo juzga. Es comunicativa y es buena. Es amiga de hacer el bien y se ofrece al hombre como compañera: quiere dirigirlo y quiere salvarlo. A su luz podemos examinarnos y comprender el orden del mundo. ¿Qué hacer el justo? ¿Cuál es su vida? Cuál es su meta? Y el impío ¿en qué se entretiene? ¿Cuáles son sus caminos? ¿Cuáles sus intenciones? Y Dios ¿cómo actúa en consecuencia? El justo y el injusto cruzan sus caminos, enfrentan sus miradas y extreman las posturas. Es el contexto próximo de la lectura.

La conducta del justo afea el comportamiento del impío. Reprocha su pen­sar mundano, es reprensión a sus yerros y condena su desenfreno. El justo sigue un camino que trastorna al malvado. Su confianza filial en Dios lo pone en ridículo. Su seguridad y aplomo lo irritan y lo enfurecen. La senci­llez de su vida lo acusa y condena. Es insoportable, es un insulto. La vida del fiel se le antoja un desafío. La reacción puede ser violenta: sarcasmo, indignación, persecución y muerte. Se hace inevitable la prueba: Veamos si… Sigue la tortura: Lo con­denaremos a muerte… No se limita a provocarlo de forma pasiva – su vida impía es una constante provocación injusta -, lo hace de forma ac­tiva:…Comprobando el desenlace de su vida. Posturas así, radicalmente opuestas y antagónicas, han de existir siem­pre. Cuente el justo con la prueba. La reacción violenta ha de venir de una forma u otra. Es imposible mantener por largo tiempo un equilibrio de indi­ferencia. Son dos vidas que se insultan. La diferencia está en que el justo, apoyado en Dios, se muestra dispuesto a recibir la injuria y el impío, por el contrario, a realizarla. El mejor ejemplo, Cristo, el Justo por excelencia. El «éxito» descansa en las manos de Dios. Y Dios no olvida a su justo. Mirémonos en Cristo y comprenderemos el misterio de nuestra justicia.

 

2.2. Salmo responsorial: Sal 53, 3-6.8:El Señor sostiene mi vida.

Aquí, en la liturgia, se ha convertido la composición en salmo de súplica. El «justo», perseguido a muerte por los «insolentes», acude a Dios en demanda de ayuda: «Sálvame», «escúchame», «atiende»… La confianza sos­tiene su clamor, y surge espontáneo el propósito de un sacrificio y de la ac­ción de gracias. El estribillo lo expresa a su manera. En la misa, Sacrificio y Acción de Gracias por excelencia, recordamos al Justo, perseguido y condenado a muerte por los «injustos». Ahí nos encon­tramos nosotros: dimos muerte al Justo y el Justo murió por nosotros. El es nuestra esperanza, él es nuestra súplica.

El Señor sostiene mi vida.

Oh Dios, sálvame por tu nombre,
sal por mí con tu poder.
Oh Dios, escucha mi súplica,
atiende a mis palabras.

Porque unos insolentes se alzan contra mí,
y hombres violentos me persiguen a muerte
sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi auxilio,
el Señor sostiene mi vida.
Te ofreceré un sacrificio voluntario
dando gracias a tu nombre que es bueno.

2.3.Lectura de la carta del Apóstol Santiago 3, 16–4, 3

Hermanos: Donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia. ¿De dónde salen las luchas y los conflictos entre vosotros? ¿No es acaso de los deseos de placer que combaten en vuestro cuerpo? Codiciáis lo que no podéis tener; y acabáis asesinando. Ambicionáis algo y no podéis alcanzarlo; así que lucháis y peleáis. No lo alcanzáis, porque no lo pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para derrocharlo en placeres.

En el versículo 13 ha comenzado una nueva sección. Se alarga hasta el 4, 12. Santiago presenta una serie de pensamientos de tipo proverbial, poco unidos entre sí, pero por su carácter como proyectiles de carga explosiva. Es­tilo incisivo. Santiago quiere combatir el espíritu mundano que se ha introducido en algunas de las comunidades cristianas. El egoísmo y la envidia las están de­vorando. La paz, la serenidad, el equilibrio y la armonía, que debieran ser el distintivo de los fieles de Cristo, brillan, como suele decirse por su ausencia. Se han esfumado, y en su lugar se han presentado, feroces, las peleas, las luchas y el deseo de placer. Ha desaparecido la «sabiduría» cristiana; esa «sabiduría» superior que atina en todo y por todo: la actitud debida, la pala­bra justa, el gesto oportuno. Todo lo contrario, los corazones rebosan de co­dicia, de sensualidad, de envidia. Los auténticos móviles del «sabio» se han desvanecido, no queda rastro de ellos. ¿Quién busca la paz? ¿Quién trabaja por la justicia? ¿Quién practica la misericordia? La ambición lo absorbe todo. Hasta tal punto que ni siquiera la oración sabe formular. Sí están en necesidad ¿Por qué no piden reverentemente? Y sí piden y no alcanzan ¿no es porque sus peticiones están impregnadas de deseos de placer, de ambi­ción y codicia? ¿Quién les va a escuchar? En el fondo no piden lo necesario con humildad y reverencia, sino lo que piensan satisface sus pasiones. Parece ser que en ciertas comunidades la situación social de sus miem­bros era desequilibrada. Unos nadando en la abundancia, muy pocos; otros, muchos, hundidos en la pobreza. Los primeros no atienden a las aspiracio­nes de los segundos, y éstos no saben salir de su condición con holgura y honradez cristianas. No los mueve, al parecer, la necesidad sino el deseo de placer. Los bienes. Los bienes de consumo. ¡Cuántas guerras y atropellos traen!

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: –El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: –¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: –Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: –El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

Después de la Confesión de Pedro, Jesús se dedica a la instrucción de sus discípulos. Han desaparecido de su programa las prolongadas charlas al pueblo. Parece evitar las aglomeraciones. Se esconde. Camina por lugares poco frecuentados por las gentes. Unos lo han rechazado por completo; otros no le comprenden lo más mínimo. La vida de Jesús cambia de rumbo. Ahora dirige sus enseñanzas al reducido grupo que le sigue de cerca. Son los «suyos». Son los únicos que le aceptan, aunque de forma imperfecta. A ellos les confía su «Misterio», su «misión». Pero los discípulos no comprenden la confidencia de Jesús. Rebota en sus mentes. ¿Qué es eso de «ser entregado», de «morir», de «resucitar» después? La figura de Jesús les es cada vez más misteriosa. No se atreven a preguntarle. Su mente, en realidad, juega toda­vía con las categorías y criterios humanos. No han comprendido -no pueden comprender- que la muerte de Jesús, el Mesías, se debe a una disposición divina y que tal Disposición encierra el «Misterio» de Salvación para los hombres. Están muy lejos de adivinar que Jesús, precisamente a través de su «pasión», va a «revelarse» Salvador de forma insospechada. Todavía no han podido echar fuera de sí la idea-esperanza de un reino terreno y político. La discusión en el camino lo manifiesta a las claras. ¿Era, quizás, el temor al desengaño lo que les impedía preguntar al Maestro? De todo un poco. Los discípulos necesitaban una instrucción, y Jesús se la estaba impartiendo cuidadosamente. Había que ganar tiempo. Era su último viaje. Dejaba para siempre la verde Galilea. Iba camino de Jerusalén; allí tendría lugar el de­senlace «misterioso» de su vida. Jesús prepara a sus discípulos.

 

Mientras Jesús hablaba del próximo cumplimiento de su Misión como Mesías, los discípulos discutían repartiéndose los puestos del nuevo reino. ¡Qué lejos estaban del pensar y querer del Maestro! Marcos subraya la do­lorosa ironía. Embotados, tardos de entendimiento, infantiles en sus deseos y mundanos en sus pensamientos. Ellos mismos parecen reconocerlo. Enmude­cen a la pregunta del Señor. Jesús, continuando la tarea de Maestro, les im­parte una importante lección. Podemos desdoblarla en dos momentos:

1). Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Es precisamente lo que Jesús va a «cumplir» en Jerusalén. Jesús es el Siervo de Yavé que da la vida por la salvación de todos. San Juan lo expon­drá con toda claridad en el relato del «Lavatorio de los pies». Jesús es el me­jor ejemplo; el ejemplo, sin más. El niño impotente, consciente de su insignificancia, sujeto a todos por ne­cesidad, es el ideal. El discípulo debe llegar a esa conciencia de pequeñez, de nulidad, de inferioridad respecto a todos. Debe servir, admirar, respetar a todos como a superiores, como a personas de gran valía. Esa es su vocación; no, buscar honores, títulos vanos, beneficios personales. Todo lo contrario, servicio, dedicación y respeto a los demás.

2). Quien acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí…Quien acoge a un siervo del Señor, por más siervo que sea, por más despreciable e insignificante que parezca, acoge nada menos que al Señor de la salvación. Y quien lo acoge a él, acoge a Dios. ¿Es posible? ¿No es maravilloso? Así es. Son criterios que trastornan el mundo entero. ¡Qué lejos se hallaban los discípulos de entenderlo! ¿Y nosotros? ¿Lo hemos entendido plenamente? Mi­remos a los santos. Ellos sí que lo han entendido bien.

 

Reflexionemos:

 

El evangelio de hoy continúa el pensamiento del Domingo pasado. Par ser más exactos, lo repite e ilustra: el Misterio de Cristo que muere y resucita. Jesús anuncia, por segunda vez, el desenlace de su vida. Todos los evan­gelistas señalan la importancia del acontecimiento. Marcos subraya el mis­terio. El pensamiento debe centrarse, pues, en ese magno Suceso: el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Jesús va a ser entregado y condenado; después resucitará. La celebración eucarística lo «recuerda» en «sacramento». En torno a él, como parte del Misterio, se abrazan los cristia­nos.

La lectura primera ilumina, desde lejos, el misterio, describiendo la con­ducta del malvado contra el justo piadoso. Observamos que el impío no so­porta una vida religiosa auténtica. La vida religiosa sana le da en el rostro. Su luz le hiere los ojos y los irrita; y su corazón vomita por sus labios des­precio, sarcasmo y violencia. ¿No le aconteció así a Cristo? ¿No se le «objetó» en la cruz si eres hijo de Dios, baja de ahí, y creeremos en ti? Es la clásica prueba. Ningún justo se libra de ella.

Tampoco Jesús, justo por excelencia.

 

El justo pone en manos de Dios, como Jesús, su destino. Se somete a la vo­luntad divina con paciencia y resignación. Sabe vencer al mal con el bien, sabe orar por el enemigo y sabe bendecir, siendo maldecido. La vida del justo, anodina y baldía a los ojos del mundo, obtiene su plenitud en las ma­nos de Dios. Somos, como Jesús, instrumentos de salvación. Dios resucitará nuestros cuerpos mortales y cubrirá de gloria las señales de la agresión. Es mejor padecer la violencia que realizarla. Es el sentir cristiano.

 

Existe un antagonismo, en raíz irreductible, entre el justo y el impío. El justo ha de sufrir por serlo. Risas, desprecios, sarcasmos, violencia… No debe extrañarnos que se nos persiga. También lo hicieron con Cristo. Hay mucho en el mundo que se opone a la voluntad de Dios, y por tanto, a la con­ducta del justo: envidias, codicia, ambición, sensualidad, afán de poder… Muchos se han de soliviantar al paso, sereno y acusador, de una conducta sana e irreprochable. Son dos mundos que se oponen, y es de maravillarse que no choquen. Es nuestro destino, como también lo fue el de Jesús. Pero no estamos solos. Dios está con nosotros; Dios escucha nuestra oración. El salmo nos ofrece una muy bella. La misma celebración eucarística, es una hermosa súplica en Cristo Jesús.

 

El cristiano, ya lo hemos indicado, se inserta en el Misterio de Cristo. Ahora Cristo es el gran Siervo. Su pasión y la muerte son la perfecta expre­sión de la más acabada obediencia del Padre y del más profundo amor a los hombres. San Juan lo refiere muy bien en la escena del Lavatorio de los pies. Jesús lava y limpia. La muerte de Jesús tiene ese efecto: limpia, lava, sana, salva. Nosotros debemos, como siervos, lavarnos, en su nombre, los pies unos a otros: servicio fraternal mutuo. Servir y amar; amar y servir. Es una de las enseñanzas del evangelio de hoy. ¿Cuál es nuestra postura? ¿Lo entendemos bien? Nos sonreímos de la poca inteligencia de los discípulos al escuchar a Jesús. ¿No se repetirá la historia en nosotros? ¿Qué buscamos con tantas idas y venidas? ¿Los primeros puestos, nuestra comodidad, nues­tro provecho personal? Convendría repasar el himno a la caridad de I Co­rintios 13.

 

En cada hermano hay un misterio que empalma con el sacrosanto Miste­rio de Cristo, muerto por nosotros. ¿Lo advertimos? ¿Lo veneramos? ¿Qué hay al respecto, de admiración y veneración al hermano? Porque no es al hombre a quien aceptamos y recibimos, sino a Dios en último término. Lle­vamos a Cristo, llevamos a Dios. ¡Qué atención al hermano! Y ahora la segunda lectura con su lenguaje incisivo. No es necesario in­sistir mucho en sus palabras. Leamos con detenimiento esas líneas.  Envi­dias, ambición, codicia, afán de placer… ¿No es esto lo que divide las fami­lias, deteriora las comunidades cristianas y destroza la vida religiosa? ¿No será que la celebración eucarística no nos impregna suficientemente del sen­tir de Cristo y que nuestra oración no arranca de un corazón limpio y sano? Pidamos a Dios limpie nuestro corazón. La celebración eucarística es el Sacrificio, la Acción de Gracias y la gran súplica. Nosotros nos ofrecemos como «sacrificio» y «servicio»; adoramos a Dios por su providencia; rogamos por su asistencia.

 

  1. Oración final:

Que podamos llevar, Señor, una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro, alzando hacia ti nuestras manos, limpias de ira y divisiones. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Domingo 24 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo cuarto del tiempo ordinario ciclo B

“El Señor me abrió el oído y no me eché atrás…” “La fe si no tiene obras por si sola está muerta…” “El que pierda su vida por mi y por el Evangelio la salvará”…. Son testimonios de personas y comunidades “proféticas” de distintas épocas que no dieron su espalda a los problemas de su entorno sino que desde una “no-violencia-activa” se propusieron hacer su aportación para que su pueblo y todo el mundo tuviera acceso a los derechos humanos: pan, salud, vivienda, educación, trabajo…

Son testimonios que, amplificados por el de nuestro Maestro –Jesús–, dan sentido a nuestra vida y a la de nuestras comunidades. Entregar nuestra vida a Jesús es entregarla a su proyecto de fraternidad y salvarla dándole un sentido liberador. Quizá este momento histórico no sea el del miedo, el de la depresión, el de la fuga, sino el tiempo oportuno para desenmascarar a los causantes del sufrimiento de las personas y de todo el planeta y de poner los cimientos de una nueva civilización unidos a todas las personas de buena voluntad.

  1. 1.      Oración:

Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos y para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

2. Textos y comentario

2.1. Lectura del Profeta Isaías 50, 5-10

En aquellos días dijo Isaías: El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado. Tengo cerca a mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿quién es mi rival? Que se acerque. Mirad, mi Señor me ayuda; ¿quién probará que soy culpable?

Tercer cántico del Siervo de Yavé. El tercero de los cuatro. Un escalón sobre los dos primeros, asomando ya al último. Cada cántico ofrece su pecu­liar mensaje; todos juntos, el gran mensaje. Los cuatro van de la mano; guardan unos con otros relación interna. Convendría leerlos todos.

Es un cántico. Una especie de salmo de confianza individual. Nos re­cuerda algo a Jeremías. La «misión» encomendada implica sufrimientos: persecución y desprecio, dolor físico y moral. Pero no cabe el desaliento, o la depresión, o la desesperación, o el abandono de la tarea encomendada. Dios está a su lado, Dios lo sostiene. Dios lo consolará, Dios le auxiliará. Nadie podrá con él. Todos se esfumarán al soplo de Yavé. Si Dios con él ¿quién con­tra él? La situación es extrema, la confianza suprema.

Es el siervo. No es, al parecer, un siervo cualquiera, aunque para Dios no existe un «cualquiera» en sus siervos. Es el Siervo. El Siervo-siervo en todos los aspectos. Siervo de Dios y vilipendio de los hombres. Profeta, Voz de Dios, y escarnio de los oyentes. La fortaleza misma y próximo al aniquila­miento: por misión divina entregado a la muerte. Un Siervo misterioso. El cuarto cántico agudizará el contraste y la paradoja: en sus llagas hemos sido sanados; en su enfermedad, curados; en su muerte, salvados.

Siervo de Yavé. Siervo del Dios Altísimo, del Dios de la creación y de la historia. Dios tiene un plan misterioso. Dios, bueno y misericordioso, está tras su Siervo doliente. Es disposición de Dios. Dios lo ha hecho. Dios no permitirá que su Siervo desfallezca, que claudique, que sea suprimido. Dios está ahí. Dios, misterioso en sus planes, está, de forma misteriosa, en el Siervo misterioso. Dios hace maravillas de todo tipo. Oídos atentos y ojos abiertos, no sea que pase desapercibida la mano del Todopoderoso. La obra de Dios, el Siervo misterioso, han de dejar rastro. Y el rastro apunta de forma poderosa a Cristo.

2.2. Salmo Responsorial: Sal. 114, 1-2. 3-4. 5-6. 8-9

R: Caminaré en presencia

 del Señor, en el país de la vida

Amo al Señor,
porque escucha mi voz suplicante;
porque inclina su oído hacia mí,
el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas me salvó.

Arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.
Caminaré en presencia del Señor,
en el país de la vida.

Salmo de acción de gracias. Uno de los elementos consecutivos de la ac­ción de gracias es proclamar en la asamblea de los fieles el beneficio reci­bido. Y éste no puede calibrarse debidamente, si no se subraya atentamente la angustia de la que le libró el Señor. También se recuerda el grito apre­miante de socorro: «Señor, salva mi vida». La acción de gracias interpreta el pasado -beneficio recibido de Dios-.; invade el presente -canto de alabanza- ; determina el futuro -propósito de caminar en presencia de Dios. El estribillo expresa este último pensamiento: determinación firme de seguir a Dios, se­guro de que en él se encuentra la vida. La asistencia de Dios que libera de la angustia se halla también en la primera lectura.

2.3 Lectura de la carta del Apóstol Santiago 2, 14-18

Hermanos míos: ¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare: abrigaos y llenaos el estómago», y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Alguno dirá: –Tú tienes fe y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras y yo, por las obras, te probaré mi fe.

La fe, si no tiene obras, está muerta.

La fe es un don divino. La fe implica una postura nueva, unos criterios nuevos, una vida nueva. La actitud nueva, siendo el hombre una realidad compleja, pero una, se refleja o abarca todo lo que sea expresión de la per­sona. En todas las direcciones. Por eso una fe sin obras muestra ser una fe deficiente; no ha calado en el individuo todo; no es fe viva; está muerta. Una fe así no puede salvar. Esa fe no llega al amor. El ejemplo aducido por San­tiago es claro y transparente. ¿De qué sirven las palabras, cuando se niega la acción requerida por la caridad? ¿Qué gano con decir «Eres mi hermano», si en la necesidad no lo reconozco? Puede darse una fe sin obras, muerta. Pero no obras de la fe sin la fe. No puede haber obras «cristianas» sin que las mantenga la fe «cristiana». Las obras «cristianas» llevan un aire, un colo­rido, una fuerza, un amor, que no caben sin una fe viva cristiana. Es decir la exigencia cristiana en toda su amplitud no puede existir sin la fe cristiana. Esa será la fe viva. No era otra de la que hablaba San Pablo.

2.4. Lectura del santo Evangelio según San Marcos 8, 27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos: –¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos le contestaron:
–Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas. Él les preguntó: –Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro le contesto: –Tú eres el Mesías. Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: –El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro: –¡Quítate de mi vista, Satanás ! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: –El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará.

Tú eres el Mesías… el Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

La «confesión» de Pedro constituye la parte céntrica del Evangelio de Marcos. Hasta ese momento flota en el aire el «misterio» ¿quién es éste que obra y habla con autoridad y poder? Nadie ha dado todavía una respuesta acertada. Juan Bautista, aseguran unos; Elías, proponen otros; los más, al­gún otro profeta. Nadie ha visto con claridad. Solamente los demonios han adivinado algo de la grandeza que se esconde detrás de aquella extraña persona: El hijo de Dios. Ha venido a destruirlos. Lo han palpado. Y no se engañan. El público, en cambio, no ha visto nada.

Pero ha llegado el momento cumbre, el momento de declararlo. Están so­los sus discípulos. ¿Quién soy yo? les lanza Jesús. «Tú ERES EL MESIAS» responde Pedro. Se ha descorrido el velo, se ha revelado el «secreto». Jesús de Nazaret no es un «cualquier» profeta; ni siquiera Elías o el gran Juan vuelto a la vida. Jesús de Nazaret es el MESÍAS. Esta declaración señala un cambio de dirección en el evangelio. Los discípulos «saben» el misterio de su persona. Ya no le siguen como a un profeta; le siguen como a Mesías, en­viado por Dios para la restauración de Israel. Ya «saben» quién es. Pero ig­noran «cómo» es, qué tipo de Mesías es. Queda por conocer el «misterio» de su misión. Jesús, el Mesías, es ¡el Hijo del Hombre! Este misterio constituye el tema de la segunda parte.

Jesús comienza a instruirles. El Hijo del Hombre será entregado a manos de los gentiles, por obra de los dirigentes de Israel. Será condenado a muerte; pero resucitará al tercer día. Y es su voluntad, firme y decidida, de abrazar la pasión y la muerte porque tal es la voluntad de Dios. Jesús tiene conciencia de su misión y la confía a sus amigos. Es un misterio, y como mis­terio debe permanecer oculto, en secreto. Es el famoso «secreto mesiánico» de Marcos. Terrible situación la de Jesús. Sus obras, por una parte están gri­tando que, tras la mano que las realiza, se encuentre el Mesías. Por otra, Jesús es consciente de que su obrar lo llevará a la muerte. Y no por un acaso, sino por voluntad divina. Y Jesús quiere «cumplir» de todo corazón esa misión encomendada.

Los hombres no pueden comprenderlo. Tan lejos están los pensamientos humanos de los de Dios, que corren peligro de cerrarse por completo. Pedro es el mejor exponente. Pedro trata de estorbarlo. El Mesías no puede acabar Así. Es atentar contra Dios. Pero Pedro se equivoca. Su postura sí es una oposición a Dios. Sus pensamientos no son acertados. No pasan de ser hu­manos. Y lo humano, opuesto a Dios, se convierten en malignos y endiabla­dos. «Quítate de mi vista, Satanás» es la respuesta indignada de Jesús. Pe­dro, ignorando, pretende retraer a Jesús del cumplimiento de la voluntad del Padre. ¿Hay algo más horrible? Una obra verdaderamente satánica. ¡Hasta Pedro puede hacer el oficio de Diablo sin saberlo! La voluntad de Dios, sea cual sea, es santa, y el intento de desacatarla ha de ser, sea cual sea la causa, satánica. Los discípulos lo entenderán más tarde.

Las condiciones que propone Jesús para seguirlo están en consonancia con su propio destino. La «misión» de Jesús se alarga a sus discípulos; el «misterio» de Jesús se hace destino y misterio cristiano. He aquí las condi­ciones: negarse a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle. El discípulo no ha de tener otra voluntad que la voluntad de Dios. Ha de ser su único alimento. Ha de tomar su cruz. Y tomar la cruz significa ser despreciado, perseguido; ser condenado a muerte como malhechor; ser tenido como escoria de la so­ciedad por el nombre de Cristo. La imagen del condenado que portaba su cruz camino del suplicio decía mucho a aquellas gentes. Hay que seguirle. Ultima condición en el orden, primera en la importancia. De nada sirve ne­garse, de nada sirve sufrir, si no es «en el seguimiento» de Jesús. Es la típica exigencia de Jesús en los evangelios. La voluntad del Padre es seguir a Je­sús. Y seguir a Jesús es obedecerle e imitarle. Y la imitación consiste en negarse a sí mismo y cargar con su cruz. Está en juego la vida. Y quien no esté dispuesto a dar la vida- temporal- en obediencia a Dios, al evangelio, éste, por cuidar de su vida, la perderá -la auténtica. Quien, por el contrario, la entregue por amor a Cristo, al evangelio, cumpliendo así la voluntad del Pa­dre, ese la alcanzará; como Cristo que resucitó de entre los muertos. El des­tino del discípulo es el destino de Cristo: muerte y resurrección. Ese es el «misterio» cristiano que todos y todos los días debemos recordar. La celebra­ción litúrgica, «recuerdo» de la muerte y resurrección del Señor, el mejor momento.

Reflexionemos:

Se ha dicho, y con razón, que nosotros, los católicos, ponemos mucho én­fasis en el término «y». En efecto, así es. La palabreja, no puede ser más di­minuta, tiene para nosotros muchísima importancia. Sirve para mantener unidos términos y conceptos paradójicos y opuestos. Así conservamos vivos y limpios la tensión y el misterio. Tensión y misterio que no ha ideado el hombre, sino que han venido de Dios. Suprimir la «y» es suprimir uno de los miembros revelados. Y esto es una herejía, una obra del diablo. Procuramos, pues, mantener en toda su tensión la revelación y el misterio que Dios nos ha confiado. En este sentido veamos las lecturas de hoy.

Partamos, como de costumbre, de Cristo. Marcos subraya el aspecto mis­terioso y sorprendente de su persona. Es un dato evangélico que no conviene pasar por alto. Y no es sorprendente por las maravillas que realiza, sino por el misterio que lo envuelve. Un ser claro y transparente, por una parte, in­comprensible y enigmático, por otra. Obrador de maravillas, lanzador de demonios, objeto de admiración y de alabanza, y totalmente desconocido en sus as­piraciones. Es el Mesías, y debe morir en la flor de la vida. Aclamado en cir­cunstancias por el pueblo y ajusticiado en última instancia por los dirigentes de la nación. Rey por disposición divina y condenado a muerte en la cruz; reído y despreciado como un vil criminal quien se presentaba como juez su­premo. Y todo ello, en su misterio, por voluntad del Padre. Jesús lo sabe y camina resuelto a cumplir su misión. No es algo adyacente, marginal, de ocasión, no. Es precisamente su MISIÓN.

Todo esto desconcierta. Es el Misterio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. No podemos destruir el Misterio ni desvirtuarlo; nos toca contemplarlo. La Resurrección lo ilumina abundantemente. Quien intente apartar a Jesús del cumplimiento de su Misión, sea cual fuere el motivo, está haciendo el papel de Satanás, por principio puesto a Dios. Jesús no piensa como los hombres, sino como Dios. Es la gran NORMA cristiana. ¿Nos percatamos de ello?

El texto de Isaías anuncia y redondea el Misterio. Subraya la confianza, a la par que proclama su destino: sufrimientos terribles. El cuarto Cántico nos revelará el sentido: nuestra salvación. El «caminaré» del salmo nos puede hacer pensar en ese caminar de Jesús en presencia de Dios a cumplir su voluntad. Esa es la verdadera personalidad de Cristo: una voluntad con el Padre. Ese es nuestro Jesús, el Jesús del Evangelio, el Jesús de la Iglesia de todos los tiempos. A nosotros nos toca confesarlo – ¡Tú eres el Mesías! – , venerarlo, contemplarlo y seguirlo. Tras la muerte viene la resurrección. Ese es también el Misterio de la Iglesia. Así pues:

1) Aclamamos y confesamos: Jesús de Nazaret, Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. No un profeta cualquiera; no un asceta espectacular; no un maestro de enseñanzas peregrinas; no un hombre de calor y fuego. Tú eres el En­viado de Dios, el Profeta, el Maestro, el Revelador del Padre, el Salvador del mundo, Fuego y Vida por antonomasia. Tú has padecido, tú has muerto por nosotros. Tú has resucitado y estás a la derecha del Padre. Tú vendrás a juzgar, tú vendrás por nosotros. Tú estás entre nosotros; tú alegras nuestra alegría y conllevas nuestro padecer.

2) El cristiano es otro Cristo. Su Misión es nuestra «misión». Los hombres no lo van a comprender. En el momento en que las exigencias del Padre su­peren la lógica humana, y la superan con suma frecuencia, se levantarán ante nosotros muros de incomprensión y rechazo. Hasta por boca de amigos y allegados – Pedro – hemos de oír: «¡Eso, no!». Habrá risas, muecas, despre­cios y abandono. No esperemos otra cosa. Hijos de Dios, por una parte; por otra, destinados a cargar con la cruz. ¿Nos damos cuenta de ello? ¿Qué ló­gica es la nuestra? ¿Humana? ¿Cristiana? La paradoja está en Cristo: mo­rir para vivir; no vivamos para morir. El tema es sumamente actual. El «mundo» está devorando al pueblo cristiano, a sus sacerdotes, a sus religio­sos. Casi hemos quitado la cruz de en medio. ¿Estamos adulterando el cris­tianismo?

3) Dentro de las paradojas podemos contar también las palabras de San­tiago. Son además una aplicación del misterio y misión cristianos. ¿Salvan las obras? No, al margen de Cristo. ¿Salva la fe? No, si no se expresa en obras. Las obras, expresión de la fe en Cristo, o la fe operativa, llevan a la salvación. Esas obras que surgen, que emanan o que son la expresión de un pensar distinto, de un ver distinto, de un fiarse de Dios en Cristo, son la ca­racterística del cristiano. ¿Dónde están? El ejemplo que trae el autor puede multiplicarse en variadas direcciones. ¿Dónde están nuestras obras cristia­nas? ¿Dónde las obras de misericordia, de perdón, de comprensión, de hu­mildad, de colaboración, de…?. La cruz de Cristo, su seguimiento – hacer sus obras – desemboca en la resurrección. Es una certeza, es un consuelo; es el sentido de toda nuestra existencia.

3. Oración después de la comunión:

La acción de este sacramento, Señor, penetre en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento, quien mueva nuestra vida. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Domingo 23 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo Tercero del tiempo ordinario ciclo B

“Todo lo ha hecho bien: hace oír a los cojos y hablar a los mudos”. Esta optimista exclamación con que concluye el evangelio de hoy contrasta notablemente con la precaución que muestra Jesús al imponer silencio. La exégesis nos señala que este contraste es buscado por el propio evangelista para poner a los lectores en guardia contra un excesivo optimismo en los logros de la comunidad cristiana de su momento. Aún hoy podemos preguntarnos si verdaderamente los sordos oyen correctamente y los mudos hablan cabalmente.

  1. 1.     Oración inicial Señor

Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

  1. 2.     Lecturas y comentario:

2.1.Lectura del Profeta Isaías 35, 4-7a

Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial.

La palabra de Dios, lanzada al viento en la comunidad del pueblo santo (liturgia), se ha convertido en ser vivo que alienta siempre que encuentra un ambiente adecuado. Es aliento de Dios y, como tal, crea, anima, consuela. Es un mensaje que apunta a los tiempos mesiánicos. En ellos va a realizar Dios la «salvación». Y la salvación se expresa en forma de liberación y socorro para el hombre que padece ata­duras y amenaza sucumbir el peso de los reveses de la vida.

La gran noticia, el jubiloso «evangelio» es: ¡El Señor viene! Con él, la sal­vación, el desquite, el cambio de condición, la vida. La «salvación» ha de ser luz para el ciego, movimiento para el tullido, oído para el sordo, habla para el mudo. Hasta la misma naturaleza sentirá la «revolución»: agua en el de­sierto, torrentes en la estepa. Agua, agua, agua. Hablamos a un pueblo que lucha a brazo partido con el desierto, lugar de muerte. Sin duda alguna son metáforas. ¿Sólo metáforas? La liberación de las servidumbres concretas de este mundo apunta a la gran liberación de todo el individuo en su forma más radical y satisfactoria. Dios lo ha prometido. Dios lo cumplirá. La «verdad» de Cristo y su mensaje es ya el gran comienzo. Esto nos consuela y nos llena de esperanza. ¡El hombre, pobre y magullado, tiene una Promesa, vive una Esperanza!

2.2.Salmo Responsorial Sal. 145, 7. 8-9a. 9bc-10

R: Alaba, alma mía, al Señor.

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.

El Señor sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

Salmo de alabanza. La invitación, en el estribillo. El motivo, la conducta bondadosa del Señor. El Señor es un Dios liberador de ataduras y miserias. El Dios de la Biblia es un Dios salvador de los que sufren y están oprimidos. Dios es su defensor, su abogado, su salvador. Ese es su reino. Así ejerce su dominio. Es un Dios que ama, bondadoso y solícito. Así lo canta Israel. Así lo cantamos nosotros con todo el pueblo cristiano. La esperanza anima al salmo. Tenemos fe, tenemos esperanza. Alabemos al Señor.

2.3.Lectura de la carta del Apóstol Santiago 2, 1-5

Hermanos: No juntéis la fe en Nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas. Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: –Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado. Al otro, en cambio: –Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo. Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos? Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman?

La expresión genuina de una auténtica religiosidad cristiana es la aten­ción a los desamparados -huérfanos, viudas- y la limpieza del vaho de este mundo. Así acababa la anterior lectura de esta carta. El pensamiento del autor continúa adelante, aduciendo, en forma extrema, un ejemplo concreto, que puede haya sucedido en alguna de las comunidades cristianas: el favori­tismo escandaloso.

Jesús ha resucitado. Jesús glorioso nos ha hecho por la fe partícipes de su «gloria»; nos ha elevado a la condición de «libres» de toda atadura humana que se oponga al querer de Dios. Somos «libres» y debemos movernos con en­tera «libertad». La gracia de Cristo se extiende a todos los hombres, sin acepción de personas. Dentro de esa gracia, el poder y el deber del cristiano de alargar su acción fraterna a todos los hombres. Somos hermanos en Cristo Jesús.

Así comienza la exhortación. Quien hace «acepción» de personas, considé­rese como no «liberado» por Cristo; está todavía atado a los criterios y cos­tumbres del mundo no redimido. Cristo, que no ha hecho acepción de perso­nas con nosotros y que nos ha liberado de la esclavitud -somos sus herma­nos-, debe ser revelado en nuestra conducta de esa forma: hermano con los hermanos. El ejemplo propuesto por Santiago revela una apostasía moral de primer orden. Parece ser que algunos de los dirigentes de la comunidad cris­tiana se dejan llevar del brillo externo para «juzgar» prácticamente de la dignidad religiosa de una persona. Claudican miserablemente.

Nótese que se trata de una reunión litúrgica, en cuyo centro ¡está Cristo que dio la vida por todos, especialmente por los pobres! Un hombre rico viene a unirse a la comunidad. Quizás un pagano curioso. No era extraño entonces encontrar en las reuniones cristianas o de cualquier índole religiosa tipos no correligionarios. Lo mismo ha acontecido con un pobre andrajoso. Se ha colocado por allí. El presidente de la asamblea litúrgica se comporta de forma totalmente inconsecuente con el espíritu que debe animar a la comu­nidad y que él mismo debe encarnar. Su «juicio» es totalmente anticristiano. Han «juzgado» -la carta habla en plural- con criterios humanos, de este mundo, una realidad netamente cristiana y divina. En lugar de juzgar con libertad cristiana, se han arrastrado servilmente, deslumbrados por la sombra del oro. Han pasado por alto los auténticos valores, los del corazón, la conducta de Cristo, cuyo misterio salvífico celebran. Han injuriado a Cristo y a la comunidad Cristiana. Han juzgado contra el sentir del Señor. Pues ¿no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino? La auténtica riqueza es la fe. Y no la han tenido en cuenta. Ha sido un escarnio. No puede darse mayor desacierto. Una con­ducta así obliga a pensar.

2.4.Lectura del santo Evangelio según San Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: –Effetá (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: –Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Va cundiendo la convicción entre los estudiosos de que Marcos, lejos de ser «ingenuo» y «despreocupado», se muestra profundo teólogo en la composi­ción de su evangelio. Cada vez son más los autores que ven en los relatos de Marcos un notable parecido con Juan. Sus relatos están, con pequeños to­ques, impregnados de simbolismo que dirigen la atención al Misterio de Cristo en su Iglesia.

En este caso, por ejemplo, nos encontramos con el relato de un «milagro»: la curación de un sordomudo. A simple vista no parece ofrecernos más el texto. Pero, leyendo todo el evangelio y relacionando unas partes con otras, observamos que hay, no digo otra cosa, sino algo mucho más importante. Jesús, a través del milagro material, se revela como el «abridor» de los oídos y el «soltador» de la lengua en un sentido más profundo. Jesús cumple material y espiritualmente -es decir, lleva a su perfección- la promesa de Is 35, 5, leída en la primera lectura. La comunidad cristiana, que escucha el relato, lo confiesa y lo proclama: Todo lo ha hecho bien… Jesús resucitado, presente en la comunidad, es el que realmente «abre los oídos» para oír la palabra de Dios y aceptarla y «suelta la lengua» para proclamarla. En aquel milagro ven los ojos cristianos, también el evangelista, la obra de Cristo que «libera» al hombre de su incapacidad de acercarse a la palabra de Dios, de entenderla y de proclamarla debidamente. El hombre estaba en­fermo e im­pedido respecto al mundo superior, al auténtico mundo de Dios. Cristo lo cura. La curación material es «signo» de la curación salvadora que abarca a todo el hombre.

Pero hay más todavía. Puede que el gesto del dedo en el oído, de la saliva en la lengua (elementos materiales muy queridos por Marcos) y la exclama­ción «Effetá» estén recordando un rito bautismal antiguo. De ser así, ten­dríamos que el milagro del sordomudo aludiría de forma simbólica al gran portento del hombre cristiano que, por la mano de Cristo, pasa de sordo a «oidor» y de mudo a «parlante» de realidades superiores. Cristo le da acceso al mundo divino. ¿No es esto una maravilla grandiosa? ¿No merece nuestra aclamación y alabanza? Eso precisamente parece intentar el evangelio de Marcos.

El mismo afán de Cristo por ocultar su verdadera personalidad refleja el Misterio de su persona que, no obstante estar gritando sus obras ser él el Mesías, debe pasar por la humillación, la pasión y la muerte. ¿Cómo es que, obrando tales maravillas, ha debido morir de forma tan horrible? Ese es el Misterio. La Iglesia lo admira y venera en su complejidad: Cristo Salvador en el más profundo sentido de la palabra, humilde y oscuro en su divinidad. Se respira el aire litúrgico de la perícopa. ¿Continuara Jesús, por su parte, suspirando por nuestra falta de inteligencia y comprensión?

Reflexionemos:

El evangelio nos ofrece el tema: Jesús, liberador de las ataduras huma­nas; la curación de un sordomudo.

La acción material de curar corporalmente al enfermo es «signo» de la ac­ción interna sobrenatural de Cristo de curar a los hombres. La verdadera enfermedad del hombre está ahí, en su falta de oído para lo divino y en su falta de lengua para lo sagrado. ¿Nos damos cuenta de ello? ¿Cómo, por lo contrario, vamos a recurrir a Cristo para que nos cure? La celebración li­túrgica encierra también ese sentido. Jesús, el gran médico de Dios.

En Jesús, con su gracia, vemos, oímos y hablamos algo inusitado y grande. Oímos la voz salvadora de Dios – su palabra toma carne en nosotros – y hablamos un nuevo idioma – llamamos a Dios ¡Padre! y a los semejantes hermanos. Somos todos unos hombres nuevos. Todo ello sucede en «secreto», de modo imperceptible, en «sacramento». La celebración litúrgica es el mejor ejemplo. Por otra parte, nuestro comportamiento de sanos debe gritarlo a todo el mundo y en todo momento. Al cristiano que no manifieste en la vida su condición de sano, le falta algo. La celebración eucarística debe recordár­selo.

Pero esperamos la gran «revelación», la expresión plena de la «curación» que Dios ha comenzado en nosotros. La acción de Cristo es profunda y trans­formante en nuestras almas; pero no se ha manifestado aún del todo. Espe­ramos el acontecimiento. La promesa de Isaías, con todo ya se está cum­pliendo. El don está ya en marcha. La acción «liberadora» de Jesús se enca­mina a su término. La Iglesia, Comunidad de esperanza, toma conciencia de ello en la celebración sagrada: La figura de Jesús, que abre el oído y suelta la lengua, suscita y aviva en nosotros el deseo de poseer la salvación plena. Con el deseo la esperanza, y con la esperanza la oración humilde y la ala­banza (salmo).

La comunidad cristiana, reunida en la celebración litúrgica, debe expre­sar su condición de «liberada» y «liberadora». Es el pensamiento de la se­gunda lectura. Los cristianos vemos, oímos y hablamos de forma diversa a como lo hace el mundo. Nuestros ojos no son sus ojos, ni nuestra lengua, su lengua. No hablamos un mismo lenguaje, ni vivimos una misma vida. Los pobres, los humildes, los necesitados, deben «verlo», «oírlo» y «proclamarlo». Hay muchos cristianos que, olvidando su vocación liberadora de ser herma­nos en Cristo, se comportan según los criterios del mundo, como «sordos» y «mudos». Es fatal. ¿Cabe mayor desgracia que perder el oído divino que nos otorgó Cristo y atar la lengua que pronuncia con amor ¡Padre! ¡Hermanos!?. Puede que topemos con comunidades cristianas de esta índole. ¿Qué decir de ellas? Más aún, puede que hasta representantes de la Iglesia vayan en la misma dirección. Horrible. Y puede, también, que hasta se resienta esto en la misma celebración del Misterio cristiano. Algo inconcebible. Y nosotros, ¿qué?. ¿Hasta qué punto somos liberados y liberadores de esas lacras? El sentimiento de fraternidad y su ejercicio; la valía de los criterios cristianos; la sencillez de nuestra caridad es, o son, una pregunta y una necesidad acu­ciante. Nuestra religiosidad a de manifestarse «convincente». Me refiero en particular al pobre, al necesitado, al humilde.

  1. 3.     Oración:

Con tu palabra, señor, y con tu pan del cielo, alimentas y vivificas a tus fieles; concédenos que estos dones de tu Hijo nos aprovechen de tal modo que merezcamos participar siempre de su vida divina. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

 

Domingo 22 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario ciclo B

VUELVE MARCOS, EL EVANGELISTA DEL AÑO

Después de unos domingos en que hemos escuchado el capítulo 6 del evangelio de Juan,  volvemos al que durante el 2012 es nuestro «evangelista del año», san Marcos, que iremos  escuchando hasta finalizar el tiempo ordinario.

La lectura continuada del evangelio de domingo en domingo nos da la ocasión de ir  asimilando, no tanto en el orden del «catecismo», sino en el de la «historia», los diversos  acontecimientos y enseñanzas de Jesús que, a la larga, abarcan todo el misterio de nuestra  fe y de la vida cristiana. Hoy, por ejemplo, aparece el tema de los fariseos, buenas  personas, cumplidores de la ley de Dios, pero con unos defectos muy notorios que Cristo  denunció con insistencia. Es un espejo en el que también nosotros nos tenemos que mirar.

  1. 1.      Oración:

 

Dios, todopoderoso, de quien procede todo bien, siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 4, 1-2. 6-8

 

Moisés habló al pueblo, diciendo: —«Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: «Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente.” Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»

La Ley del Señor -es el pensamiento fundamental del Deuteronomio- está dada para la vida. Dios no quiere la muerte ni las sombras; ama la luz y la vida. Y sus palabras no tienen otra finalidad que ofrecerlas, conservarlas y defenderlas. Urge, pues, escucharlas con devoción y sosiego. Nos va en ello la vida. Las palabras del Señor llevan el nombre de «mandatos» y «preceptos», términos en verdad poco simpáticos a nuestros oídos, sensibles como son a todo aquello que pueda adherir nuestra autonomía personal. Son preceptos y decretos en la forma de expresión. Tras ellos, con todo, en el fondo, se escon­den la voluntad decidida de Dios de preservarnos del mal y de conducirnos a la vida. Considerados bajo otro punto de vida, los preceptos, son expresión concreta de una forma de vida que haga posible y real la convivencia con Dios, origen de todo bien. Dios ama a su pueblo y quiere vivir en medio de él. Para que no sucumba, para que no muera. Si el pueblo le sigue, si el pueblo se deja llevar por él- ahí están los preceptos-, tendrá la bendición y la vida. No habrá adversario que pueda con él. Nadie ha podido con un Dios tan grande como Yavé, Señor de los Ejércitos. El les va a dar una tierra hermosa y fértil, llena de bienes. Israel será una nación numerosa, un pueblo grande. Llegará a ser la admi­ración de las gentes por su destino, por su grandeza, por su sabiduría. Pue­blo grande, pueblo sabio, pueblo de Dios. Y todo a condición de observar los preceptos sabios y justos del Señor. La fidelidad del Dios de los Padres los ha llevado hasta allí, a las puertas de Canaán. Los preceptos los hará vivir. Basta observarlos.

2.2.Salmo responsorial: Sal 14, 2-5: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

Salmo sapiencial de tipo cultual. Antes de participar en el culto, debe el fiel preguntarse – estribillo- por su limpieza e integridad: ¿estoy en condicio­nes de presentarme ante Dios? ¿Soy digno? El culto representa y realiza la unión con Dios. El Dios Santo exige una comunidad reverente, unos miem­bros santos no hay convivencia si no hay respeto; y faltará éste si no se atienden las exigencias más elementales de la religión y de la amistad. El salmo enumera algunas de ellas. Un examen de conciencia comunitario e in­dividual. El salmista promete la bendición divina a los que las cumplan: no fallarán jamás.

 

R/. Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

 

El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua. R/.

El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor. R/.

El que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará. R/.

 

2.3.Lectura de la carta del apóstol Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27

 

Mis queridos hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas. Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.

 

Santiago, probablemente el «hermano del Señor», presenta en forma de carta una serie de consejos prácticos de tipo sapiencial con marcado carác­ter ético. El cristianismo es, después de todo, una vida. Y una vida necesita, de una forma o de otra, de orientaciones morales o máximas de tipo práctico. La carta de Santiago abunda en ellas. A todos maravillan, sobre todo en aquellos tiempos, la grandiosidad del firmamento, el sol brillante y bondadoso, la luna juguetona y bella, las estre­llas diminutas y lejanas, las estaciones, los cambios. Muchos los adoraban como dioses o fuerzas superiores. Pero ya el Génesis les había asignado su puesto debido: obras maravillosas de Dios al servicio del hombre. Dios está sobre ellas. Dios bondadoso las crea, Dios inmutable las mueve, Dios provi­dente las gobierna. Son un don del Dios Altísimo. El no cambia, ni se encuen­tran en él lagunas o sombras que lo mancillen. Es en su totalidad perfecto. Y todo don perfecto y todo beneficio vienen de él.

 

Beneficio estupendo ha sido que nosotros, sin merecerlo, llegáramos a ser sus hijos, mediante el Evangelio, en el bautismo. Hemos obtenido el primer puesto en el mundo, primicias de sus criaturas. Es una condición de excelen­cia y de prestigio. Pero no es, sin más un mero puesto de honor. Es, más bien, una responsabilidad y una vocación. Tenemos la vida, y si la vivimos, nos salvará. Es una planta que requiere cuidados y atenciones. No basta mirarla y admirarla; es necesario cultivarla. No consiste tan sólo en oír la palabra; es menester practicarla. Sería un error terrible, fatal, no entenderla así. Por los frutos sabremos si nuestra religión es auténtica. Asistencia a los menesterosos – huérfanos, viudas, pobres… – y «no mancharse las ma­nos con este mundo». ¡Y cuánto hay en el mundo que puede mancillar nues­tra condición de hijos! ¿Ya nos damos cuenta de ello?

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

 

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.) Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: —«¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» É1 les contestó: —«Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.» Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.» Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: —«Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

La tradición de los «mayores». He ahí un tema candente en la predicación de Jesús. Con buen espíritu probablemente, había introducido los «antiguos» ciertas prácticas de carácter religioso en la vida cotidiana. Trataban de ser aplicaciones de la Ley. Las prácticas se hicieron costumbres. Y éstas, a su vez, quedaron sancionadas como obligatorias y pasaron a engrosar, de este modo, el catálogo de preceptos religiosos. Se hicieron Ley. No estaban escri­tas; se conservaban en la tradición oral. Los fariseos las veneraban sobre­manera. Para ellos eran auténticas prácticas «religiosas» con valor moral. ¿Qué opina Cristo? La pregunta de los fariseos es una acusación. Y la acusación, en el fondo, es: ¿Por qué los discípulos no observan las «tradiciones» de los mayores? Al parecer la conducta seguida de los discípulos y por Jesús mismo no hacía gran caso de tales prescripciones. Ante los fariseos esto delata una falta grave de religiosidad. En el fondo, pues, la acusación es seria: Jesús y los discípulos no observan la Ley.

 

La respuesta de Jesús se mantiene a la misma altura. Sus palabras de­vuelven, por una parte, la acusación y, por otra, declaran cuál es la autén­tica religiosidad. El texto de Isaías cumple la finalidad primera. Ahora, como en tiempos del profeta, creen los hombres cumplir con la obligación de religiosidad ateniéndose tan solo a la práctica material de preceptos ritua­les. Muchos ritos, muchas ceremonias, muchas prácticas de ningún conte­nido ético; pero el corazón permanece duro y vacío. Otra vez la oposición de la religión ritualista a la religión espiritual de los profetas. En realidad, viene a decir Jesús, son ellos los que no observan los mandamientos de Dios por atender a la «tradición» de los mayores. Son preceptos humanos los que enseñan, mientras su corazón, pensamientos y afectos de piedad y amor, está vacío y lejos del Señor. La Ley del Señor hay que cumplir, no los pre­ceptos humanos. Estos han acabado por substituir a los primeros.

 

Jesús declara, en segundo término, en qué consiste la auténtica religiosi­dad. No son las comidas ni las bebidas ni cualquier otra cosa externa lo que «ensucian» al hombre. Es más bien su actitud y postura respecto a Dios y a los hombres. No es falta de religiosidad comer con las manos sin lavar o en ollas sin limpiar. La falta grave de religiosidad se da en aquel que en su co­razón concibe y alimenta el odio, la envidia, la codicia, la falta de respeto, la impiedad… Ese es el que mancha todo lo que toca. La verdadera religiosidad se encuentra en el cumplimiento de los mandamientos de Dios, en la confor­midad del corazón humano a la voluntad de su Señor. De sentimientos bue­nos hay que llenar las prácticas rituales y entonces serán buenas. Pero és­tas por sí mismas no hacen al hombre bueno. ¿Cuánto menos se ha de im­poner como obligatorias? Semejante postura de Cristo se puede apreciar a lo largo de todo el evangelio.

 

Reflexionemos:

 

Escuchar la palabra de Dios y cumplirla. Ese podría ser el tema base.

 

Tomemos, de momento, como centro de reflexión la queja de Jesús. Jesús se queja, como se quejó en su tiempo Isaías, como se quejaron en todos los tiempos los profetas enviados por Dios: he ahí un pueblo hipócrita, cuya len­gua no expresa lo que siente el corazón; o mejor dicho, cuyo corazón está le­jos de lo que formula la lengua. Lengua y corazón: he ahí un punto muy im­portante que conviene considerar. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Qué dicen nuestros labios? Nos confesamos cristianos; ¿procuramos serlo? Acudimos a las celebraciones litúrgicas; ¿deseamos elevar el corazón a lo que pronun­cian los labios? Cristianos – padres, madres, esposos, esposas, sacerdotes, religiosos… – ¿qué hay de todo esto en nuestra vida? ¿Hasta qué punto está justificada la acusación que pueden hacernos de hipócritas o falsarios?. Se­ría ridículo querer engañar a Dios. Dios no escucha lo que dicen nuestros la­bios cuando se encoge nuestro corazón. Al parecer, es tentación frecuente querer suplir a falta de calor religioso con fórmulas frías sin contenido al­guno. ¿No habremos caído en ese vicio? No son las palabras las que dan sentido a la vida, sino la vida la que da sentido a las palabras. No nos enga­ñemos, advierte Santiago.

 

Jesús se queja de que, a pesar de tanto rito y tanta ceremonia, quedan sin cumplirse los mandamientos de Dios. Conocemos de sobra los diez man­damientos, los preceptos del amor; ¿por qué no repasar uno por uno todos sus apartados y emprender una reforma radical en nuestra vida? Las lec­turas de hoy nos invitan a ello: ¡escuchar la palabra de Dios! Es el primer paso. ¿Cómo vamos a conocer el camino de la vida si no atendemos a lo que Dios nos dice? Sus palabras son la norma de conducta. Aprendámoslas y sigámoslas. Hoy día se está perdiendo la conciencia cristiana. ¡Urge escu­char con atención suma y cuidado exquisito la palabra de Dios! ¡Hay que formar la conciencia! ¡Y cumplirla! Lo subrayan de forma explícita la primera y segunda lec­tura. La primera insiste en la necesidad de llevar a la práctica la palabra de Dios, pues en ello nos va la vida. El cumplimiento de la palabra de Dios nos hará salvos, sabios, admirables, considerados. La vida debe ser expre­sión de un Dios bueno y salvador entre nosotros. En realidad, ¿qué nación o pueblo puede presentar un Dios tan cercano como el nuestro? Dios en medio de nosotros: Cristo Cabeza de la Iglesia; Cristo en la Eucaristía; Cristo Es­poso; templos del Espíritu Santo; morada de la Santísima Trinidad… Estos pensamientos deben espolearnos a obrar bien. La responsabilidad es grande, como es grande el don de la presencia de Dios en nosotros.

 

La segunda lectura, con el evangelio, nos ofrece un catálogo de obras buenas. Obras que purifican al hombre y al mundo y que son expresión de la auténtica religiosidad. El mundo está manchado por homicidios, codicias, envidias, adulterios, injusticias. No nos ensuciemos de él. Tratemos, por el contrario, de sanearlo: caridad para con el prójimo, para con el pobre, para con la viuda, para con el huérfano; humildad, compasión, piedad… El cora­zón del hombre impuro desluce la creación. El corazón del hombre bueno la restituye a su primer esplendor. He ahí nuestra tarea. Queda, por último, el tema de las tradiciones. No vale la tradición que ol­vida o impide el cumplimiento de la caridad cristiana. Conviene repasar, para valorarlas, esas venerables tradiciones. No digo desecharlas sin más. Busquemos el sentido religioso que las informó en un tiempo y tratemos de vivirlo. Y si en algún caso desdicen de la caridad, por muy venerables que parezcan habrá que desecharlas. Los mandamientos de Dios son fuente de vida, no las imposiciones humanas.

 

El «mundo» nos ofrece muchas «costumbres» y formas de comportamiento: etiqueta, educación, máximas, valores, actitudes… Adoptemos respecto a ello una actitud de sana crítica. Todo es bueno y santo si conduce al bien. Pero en el momento en que, los «deberes sociales» pongan en peligro la cari­dad cristiana, la auténtica religiosidad, se demuestran ya, por ello, falsos y nocivos. En este campo habría muchos ejemplos que aducir.

 

  1. Oración final

 

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

Domingo 21 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Domingo vigésimo primero del tiempo ordinario ciclo B

 

La fe es un misterio. Es don de Dios y respuesta nuestra. Esta respuesta se complica muchas veces por el ambiente que nos rodea. O por nuestra debilidad. Porque detrás del creer o no en Cristo, detrás de aceptar o no su evangelio, está el aceptar lo que nos dice: y el estilo de vida de Jesús es exigente y va muchas veces contra nuestro egoísmo o nuestra comodidad o las seducciones que nos rodean. Los valores evangélicos no son exactamente los que aplaude el mundo de hoy. Ni coincide la lista de bienaventuranzas de Jesús con las que escuchamos en torno nuestro.

 

  1. 1.      Oración:

Oh dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que , en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

  1. 2.      Lecturas y comentario

2.1.Lectura del libro de Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b

 

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: —«Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.» El pueblo respondió: —«¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Antes de morir, quiere Josué dejar firmemente asentada la unidad reli­giosa en Yavé del pueblo israelita. Reúne en Siquén a todo el pueblo de Dios en sus representantes más conspicuos: Ancianos, Jueces, Magistrados… Renovación del Pacto. Había pasado toda una generación desde que se realizara la Alianza, por primera vez, en el Sinaí. Había transcurrido mucho tiempo. Y con él habían cambiado las circunstancias y las personas. Al desierto inhóspito había su­cedido la tierra habitada; a la vida nómada, sin lugar fijo, la vida sedenta­ria; a la trashumancia, campos, tierras y viviendas. A una generación había sucedido otra. Muchos, la mayoría, de los que ahora entraban en posesión de la tierra no habían presenciado las «maravillas» de la salida de Egipto y de la «teofanía» del Sinaí.

El pueblo era otro. ¿Continuaría siendo pueblo de Dios? ¿No trocaría la religión yavista por la religión del país? El país de Canaán se les ofrecía abundante en cultos naturalistas, atractivos por tanto, con una civilización material superior a la de ellos. ¿Qué postura iban a tomar? Era un momento crucial.

 

Josué renueva el Pacto. Pero no a la fuerza. La elección ha de ser «libre», aunque razonable. Josué evoca las «maravillas» de Yavé en el llamado pró­logo histórico. Es en forma sucinta, la historia del pueblo. No cabe duda: Yavé es un Dios que ama a su pueblo, el Santo, el Terrible. Josué y su fami­lia se deciden resueltamente por el Dios que los ha llevado hasta allí. Es un acto de sensatez y de agradecimiento. El discurso parece que ha persuadido a los oyentes. Todos optan por Yavé el Dios de los padres, ante cuyo santua­rio se han concentrado. Lo juran ante el arca, símbolo de su presencia. La fe de Josué en Yavé es la fe del pueblo: Yavé nos sacó de Egipto; a él le servi­remos; él es nuestro Dios. ¿A qué otro van a ir que tenga palabras de vida? Elección libre, responsable, personal. Motivo: con él está la vida.

2.2.Salmo responsorial: Sal 33, 2-3.16-23: Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Se ha elegido el mismo salmo, aunque con versículos diferentes. El estribillo sigue el mismo. Persiste la invitación de «gustar y ver qué bueno es el Se­ñor». Actitud de contemplación y de búsqueda. El tono aquí es: la bondad del Señor con sus fieles. «El Señor redime a sus fieles» lo resume en parte. Es un recuento de las obras de Dios para con los que le son fieles. Ese es el Dios de Israel. Esa es la fe del pueblo. Un Dios que salva y redime, en todas ocasio­nes, de todos los males. Nosotros lo contamos, lo celebramos, invitados por él, contemplamos las maravillas del Señor.

 

R/. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

 

Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. R/.

 

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. R/.

 

Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará. R/.

 

La maldad da muerte al malvado, y los que odian al justo serán castigados. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él. R/.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 21-32

 

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

 

Texto de tenor exhortativo. Corre claro y transparente. Con todo, la luz es nueva. El «Misterio» de Cristo lo ilumina, le da sentido, lo penetra. Aun­que el tema inmediato sea el tema del matrimonio, éste, como cristiano, se engloba en el tema más amplio del «Misterio» de Cristo Cabeza de la Iglesia, tema importante de la carta. Le acompaña embelleciéndolo otra imagen, de recia ascendencia bíblica, que corre en la misma dirección y expresa la misma verdad misteriosa: Cristo Esposo – Iglesia Esposa. El primer versículo, de carácter más general, sirve de paso a la exhorta­ción dirigida en particular al estado de matrimonio: Sumisión de unos a otros con respeto cristiano. Es la «nueva» comunidad, y las relaciones han de ser de todo punto «nuevas», cristianas. El ejemplo de Cristo, sumiso al Pa­dre, ha de ser continuado en la Comunidad que lleva su nombre. Unos, sier­vos de otros en respeto y caridad. Han de vivir el «Misterio» de Cristo, ha­ciéndolo en su vida «misterio» cristiano.

 

El mismo «Misterio» ha de ser vivido en la institución estable del matri­monio. El matrimonio ha de ser reflejo del «Misterio» de Cristo. En otras pa­labras, el matrimonio, la vida matrimonial, ha de ser elevado a «cristiano». La actitud de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, respecto a su Señor debe ser vi­vida por la esposa en el matrimonio. Sin perder de vista «que han de some­terse unos a otros con respeto cristiano», la actitud sumisa de la mujer al varón ha de ser, en cuanto a ella respecta, la expresión «cristiana» de su es­tado. No se habla de esclavitud indecorosa ni de sumisión degradante, sino de una sumisión en la cual, en último término, el «señor» no es el marido, sino el Señor Jesús. La actitud de sumisión, de atención, de respeto, de delica­deza y de servicio, es en realidad la actitud querida por el Señor. En reali­dad se somete a Cristo. Su función queda, pues, elevada a reproducir en su conducta el Misterio de la Iglesia Cuerpo del Señor. La Iglesia recibe la sal­vación de Cristo Cabeza. La mujer «cristiana», sumisa, recibe en ello la sal­vación del mismo Señor. En lo que a ella toca, reproduce en su vida, como «cristiana», el Misterio de Cristo y la Iglesia: amor, respeto, sumisión… «Sed sumisos unos a otros… » ¿No es esto una maravillosa dignidad y una espec­tacular elevación de la mujer? ¡Reproducir en su estado el gran Misterio de Dios en su amor al hombre!

 

La amonestación se vuelve, a continuación, a los esposos. La exigencia es la misma en el fondo aunque se empleen diversos términos. El marido debe amar a la esposa como Cristo amó a la suya, la Iglesia. La amó y se entregó por ella para que no le faltara nada; para tenerla adornada de toda gloria; para hacerla perfecta y santa, sin mancha ni arruga. El marido debe encar­nar, en su puesto de marido, el «Misterio» de Cristo Esposo. Amor, dedica­ción, entrega, respeto. Cristo mantiene y alimenta a la Iglesia, Cuerpo suyo. Así también el esposo «cristiano». En resumidas cuentas, todo ese volcar del corazón en atenciones auténticas a la esposa redunda en beneficio propio ¿No son ya, esposo y esposa, una sola carne? ¿No se extiende el amor de Cristo a todos nosotros, que somos su Cuerpo? Los miembros, que somos no­sotros, han de expresar un amor semejante a aquel que parte de la cabeza. La realidad de ser una sola carne, apuntada ya en el Génesis, se confirma en toda su amplitud, en el misterio de Cristo y la Iglesia.

 

El matrimonio humano, envuelto, no digo ya en la luz superior, sino en la realidad misma del Misterio de Cristo, se convierte él mismo en vehículo de salvación, es decir, se torna «misterio» cristiano, «misterio» de salvación. El esposo y la esposa realizan por su parte, como miembros de la Iglesia el gran «Misterio» revelador de Cristo y su Iglesia. Santa institución, sagrado estado. La dignidad y la responsabilidad de los esposos se agrandan y su­bliman, haciéndose carne viva del Misterio de Cristo. Cristo y su Iglesia son el gran Misterio de salvación.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 60-69

 

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: —«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

—« ¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.» Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: —«Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.»  Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: —«¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: —«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

 

Con la lectura de hoy termina, en la liturgia, el discurso eucarístico de Jesús. Crisis de fe en sus discípulos. Jesús, en sus exigencias y pretensiones ha intentado llevar a los oyentes a una toma de posición radical respecto a su persona. Se acepta o no se acepta a Jesús; no hay término medio. No se trata de admirar o aplaudir sus obras. Se trata de aceptarlo o no como salvador. Si se le acepta como salvador, hay que seguirle a donde quiera que vaya. Va en ello la Vida. Si por el contrario no se le acepta, habrá que abandonarlo como a loco, por no decir como a blasfemo. Esto que llega a la gran masa de forma urgente, llega con más aguda urgencia al círculo que, con más o menos devoción lo venera como Maestro. Crisis de fe en el grupo más próximo a Jesús.

 

Muchos de los discípulos habían visto en Jesús una figura profética, no más. Hablaba con autoridad y realizaba portentos. Pero Jesús se procla­maba mucho más: Pan de vida. Sus pretensiones chocaban con la mente normal humana. Sus palabras habían sonado «nuevas» en un principio. Pero ahora sonaban ya a locura. Se hacían duras e insoportables: ¡Comer su carne y beber su sangre! Muchos de sus admiradores cierran los oídos, dan media vuelta y lo abandonan. Reconocen en su interior que no es este el que esperaban. Jesús no está en disposición de ofrecer otro Signo que el propio cumpli­miento de su misión y de su palabra: su Exaltación Gloriosa, la Subida del hijo del hombre a donde antes estaba; su Muerte y su Resurrección. No hay otro Signo. La visión por parte de los discípulos de Jesús resucitado dará razón y sentido a sus pretensiones. Jesús se remite a ese acontecimiento su­premo. Los discípulos podían haber sospechado algo así en las palabras del Ma­estro. Podían haber barruntado que en ellas se velaba un misterio cuya re­velación vendría más tarde. A poco que hubieran pensado, podrían haber visto que no es la carne la que da la vida sino el Espíritu. Todo el A. T. lo venía testificando: la carne se corrompe; el Espíritu da vida. No es la carne de Cristo sin más, sino el Espíritu de quién aquélla está llena, es el que da vida. La «carne» -humanidad- de Jesús es el vehículo del Espíritu. Como tal, la «carne» de Jesús da la vida. Sus palabras -ha repetido con frecuencia el Maestro- son «Espíritu y Vida»: son una manifestación del Espíritu y dan vida.

Muchos se echaron atrás; no aceptaron a Jesús. No aceptaron a Jesús Salvador. Jesús contaba con esta defección. Así lo manifiestan sus palabras. La obra es de Dios. Y Dios se comporta de forma incomprensible para el hombre. Y la Salvación viene de él y no del hombre. Dios cambia su corazón y su mente. Pero el hombre se resiste con frecuencia. No ha habido en ese caso «atracción» del Padre.

 

La confesión de Pedro es la vertiente positiva de la crisis. Jesús no es un cualquiera; ni si quiera un profeta de gran tamaño tan sólo. Jesús es el Santo consagrado por Dios. Es alguien que toca lo divino y, como tal en po­der de dar la vida eterna. Pedro y los demás apóstoles tampoco han enten­dido, seguramente, las palabras del Señor. Para ellos resultaban tan miste­riosas como para los demás. Pero ellos veían que decía verdad. Se fiaron de él. Jesús había mostrado poseer palabras de vida eterna. ¿No lo gritaban sus signos y portentos? «Nosotros creemos» es la confesión apostólica. Tal adhesión tuvo su recompensa: todos ellos -fuera del «hijo de la perdición»- fueron testigos de la Resurrección gloriosa de Jesús y destinatarios del Es­píritu de lo alto. Así, con ellos, desde entonces, la confesión de la Iglesia. También ella espera ser agraciada con la visión del Señor Resucitado, pose­yendo ya en arras el don del Espíritu.

 

Reflexionemos:

Quizás podamos aportar algunas reflexiones partiendo del tema «crisis de fe». Es por todo conocido el dramatismo que anima al cuarto evangelio. La revelación de Jesús se desarrolla en forma de drama. Jesús se revela a si mismo paulatinamente. Poco a poco, con palabras y en signos, va decla­rando Jesús el «misterio» -salvífico- de su persona. Las obras lo gritan, las palabras lo proclaman. A la actitud reveladora de Jesús responde la actitud de aceptación o de incredulidad de los oyentes. No existe la indiferencia en el cuarto evangelio. Los que no le aceptan, acabarán por condenarlo a muerte. Los que se fían de él, terminarán por seguirle en todas sus andanzas. Los primeros se cierran a la luz; los segundos se dejan iluminar por ella. De aquéllos se apoderan las tinieblas; éstos se convierten en hijos de la luz. Dramatismo, crisis: Jesús en la encrucijada de todo hombre.

 

El capítulo 6 tiene por tema: Jesús se declara Pan de Vida. Esta declara­ción provoca una profunda crisis de fe en los discípulos. Y la «crisis» se re­suelve en dos posturas diametralmente opuestas: «Este modo de hablar es inaceptable» murmuran unos; «Tú tienes palabras de vida eterna» confiesan otros. La revelación de Jesús ha sido «alta», de algo que el hombre por sí mismo no puede comprender. La exigencia del Maestro extraordinaria: co­mer su carne y beber su sangre. Unos y otros han presenciado la multiplica­ción de los panes. Lo han admirado y lo han aplaudido: allí hay un profeta. Pero unos no han visto más que el milagro, y no han pasado de ahí. En el momento en que Jesús exige la aceptación de algo que supera la inteligencia y criterios humanos, se tiran atrás. Le niegan la fe. No entienden… No acep­tan. Los otros tampoco han entendido mucho. Pero han entrevisto el sentido del «signo». Allí hay un Alguien. Y, sin entender, se fían. Han creído. Esa es la FE. La fe implica una forma nueva de ver las cosas. La crisis puede repetirse en cada uno de nosotros. Por una parte, los criterios humanos, aun religio­sos; por otro, las exigencias de Jesús, a quien asiste el Padre. Muchos eligen el primer camino. Otros muchos el segundo. ¿A qué grupo pertenecemos no­sotros y hasta qué punto? La aceptación formal de Jesús continúa en la aceptación Práctica de su doctrina. La FE es una postura de vida, no sólo de mente. Nuestro pueblo «cristiano» da la impresión de estar perdiendo la fe. Los valores y criterios humanos absorben de tal modo a muchos de ellos que pa­recen haber destruido en ellos los más elementales sentimientos cristianos. El mundo clerical y religioso no parece encontrarse en mejor situación. Cri­sis de Fe, de fe viva. ¿A quién seguimos? Nosotros, con Pedro, queremos con­fesar nuestra Fe en Cristo de forma radical: Creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios; ¿A quién vamos a ir sino a ti que tienes palabras de vida eterna? Es la Fe de nuestros padres, la fe de veinte siglos de Iglesia. Quere­mos elegir, fiados por la Iglesia, ese camino. Y, como la Iglesia, esperamos ver al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios, como afirmaron haber visto los apóstoles. Un día saldremos a su encuentro y estaremos siempre con el Señor. La primera lectura presenta una decisión semejante: con nues­tro Dios vida. Dios ha sido y sigue siendo bueno (también el salmo); de él nos fiamos. Ahí están los signos de su amor: la creación, la historia de la Iglesia, los dones espirituales en Cristo. «Gustemos» y «veamos» qué Bueno es el Se­ñor. La fe que profesamos nos lo hará gustar y ver.

La segunda lectura pone de manifiesto el compromiso de la fe: la partici­pación vital en el «Misterio» de Cristo. Seguimos a Cristo, y le seguimos se­gún su voluntad. Sumisos unos a otros con un amor y una dedicación cual la tuvo Cristo con nosotros. El gran Misterio de amor de Dios se convierte en nosotros en «Misterio» y «amor» cristianos. Es la expresión de la FE. La apli­cación al matrimonio es sumamente interesante. He ahí la vocación de los esposos: reproducir en su vida el Misterio del amor de Cristo a la Iglesia. Convendría insistir en ello cuando se habla a jóvenes que van a contraer matrimonio. ¡Realizan, los engloba, el Misterio de Cristo!

 

  1. 3.      Oración final:

Danos Señor, tu Espíritu para que podamos comprender tus palabras de vida eterna. Sin tu Espíritu podemos echar a perder tus realidades, trastornar tu palabra, tener miedo a tus preceptos, cosificar la eucaristía, construirme una fe a mi medida. Danos tu Espíritu para que no nos echemos atrás. Sino que como Pedro digamos “a quien vamos a ir si solo tú tienes palabras de vida eterna”. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Vea también: Reflexión del año 2009 (Con sugerencia de cantos)

Nueva sugerencia de cantos para este domingo