Tercer domingo de Adviento – Ciclo A

Domingo tercero de Adviento Ciclo A

El domingo Gaudete

1. Introducción

En este domingo se subraya sobre todo el aspecto de gozosa expectación que tiene el adviento. Para definir el motivo del gozo, uno piensa en aquella frase de san Agustín: «No me buscarías si no me hubieras encontrado ya». Es decir, no esperaríamos con alegría la venida del Señor si no le tuviéramos ya con nosotros.

Por eso, el evangelio del tercer domingo es, cada año, una proclamación de la presencia del Mesías entre los hombres. Este año, de un modo más directo, es el mismo Jesús quien se autoanuncia.

En los textos de este domingo se expresan los motivos de esta gozosa espera, manifestándose en los bienes que trae para los necesitados. Sobre todo el gozoso encuentro con el Señor. Veamos las lecturas y acompañémonos de su comentario.

2. Textos bíblicos y comentarios

a) Lectura del Profeta Isaías 35,1-6a. 11.

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decíd a los cobardes de corazón: sed fuetes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Y volverán los rescatados del Señor. Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

La manifestación salvadora de Dios, pobremente definida en nuestras lenguas como «gloria», constituye la base para invitar al cosmos y a los hombres a una alegría total. Los exiliados necesitan consuelo, hace años que sufren el cautiverio de Babilonia, y el tiempo ha ahogado su coraje y apagado sus ilusiones. Este capítulo anticipa los grandes temas del llamado «Libro de la Consolación de Israel» (cc. 40-55). La salvación adquiere una fisonomía concreta: «Entonces se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa» (v 5-6).

Nuestro texto tiene como trasfondo el éxodo: Israel ha sido liberado de la esclavitud como lo fueron sus padres y, como ellos, tendrá que atravesar el desierto antes de entrar en la tierra de las promesas. El retorno del pueblo cautivo en Babilonia se transforma en símbolo de la felicidad de los últimos tiempos. La proximidad inmediata y última del Señor es fuente de alegría.

De esta alegría participa la creación reconciliada. En la visión del profeta Isaías, el cosmos y el hombre forman un todo inseparable. El universo no sólo manifiesta el dolor y la alegría, sino que también los comparte. La comunión del universo con el destino de sus habitantes se expresa con claridad de conceptos y eficacia literaria en Rm 8,19-22: «La creación ve impaciente aguardando a que se revele lo que es ser hijos de Dios; porque, aun sometida al fracaso esta misma creación abriga una esperanza: que se verá libertada de la esclavitud a la decadencia, para participar en la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Sabemos que hasta el presente la creación entera sigue lanzando un gemido universal con los dolores de su parto». Los pueblos dejan en su suelo huellas de su destino; el suelo de Palestina llevará durante siglos el sello del drama de Israel. En esta tierra se concreta la continuidad de la historia. En esta tierra reposará la doxa (gloria) del Padre, presentada a los pastores de Belén como la gran alegría para todo el pueblo (Lc 2,10).

b) SALMO RESPONSORIAL Sal 145,7. 8-9a. 9bc-10

Este es un canto de alabanza al Dios poderoso compuesto con intenciones didácticas. El motivo de la auténtica confianza unifica este poema antológico. No se debe confiar en los hombres, aunque sean poderosos, porque sus planes perecen lo mismo que ellos. Dios, que demuestra su poder con doce acciones dirigidas a los más oprimidos de la humanidad, suscita la auténtica confianza.

Si el salmo se considera como una alabanza, el verso final proclama su señorío universal; si es una lección en forma de oración, el salmo se cierra con un augurio de que Dios ejerza su reinado para que tenga vida plena cuantos confían en El. Formalmente se compone de una alabanza comunitaria, aunque se exprese en singular (vv. 1-2). La exhortación que sigue termina con una bendición (vv. 3-5). Continúa y finaliza con una confesión de fe colectiva a cargo de la asamblea (vv. 6-10).

R./ Ven, Señor, a salvarnos.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente;
tu Dios, Sión, de edad en edad.

c) Lectura de la carta del Apóstol Santiago 5,7-10.

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

En los primeros tiempos del cristianismo, los primerísimos por mejor decir, existía el convencimiento de que el Señor Jesús había de volver rápidamente para instaurar pública y gloriosamente su Reino, ya comenzado en su primera venida, pero todavía germinalmente en muchos aspectos. Eso es lo que suele llamarse espera de la parusía inminente y que ha sido mencionado en muchos momentos de nuestras exégesis para comprender el contexto en que se mueven.

En la Carta de Santiago, encaminada toda ella a exhortar a conductas éticas, no podía faltar esta motivación. Está en la línea del «vigilad porque no sabéis el día ni la hora». El corto tiempo que nos separa del final definitivo y glorioso, no triste, es una razón para aprovechar el tiempo, a fin de que uno no tenga la impresión de haberlo perdido cuando las cosas ya no tengan remedio.

Lo mismo sirve para soportar las penalidades (vv. 9-10). Total es poco el tiempo en que uno ha de sufrir.

Hoy día -y ya desde la segunda y tercera generación cristiana-, no creemos que el Señor vaya a venir tan a las inmediatas. Al menos de la forma en que ellos imaginaban. ¿Ha perdido entonces esa motivación, su fuerza? La respuesta es que no del todo.

Por una parte el Señor está llegando continuamente. Por eso se pone esta perícopa en Adviento. Nos estamos encontrando cada vez más con Cristo en cada circunstancia de la vida. Y es lógico que vivamos conforme a lo que somos ya, hijos de Dios, para que esos encuentros sean coherentes con nuestro ser que, por otro lado, es el mismo del propio Señor, pues El nos lo ha comunicado. El Señor llega. No sólo litúrgicamente o simbólicamente. Mejor dicho, la liturgia es símbolo de la llegada continua de Cristo a nuestras vidas. De ahí que debamos vivir según El.

Por otro lado la muerte de cada uno es la llegada definitiva del Señor. O de nosotros a El. Es lo mismo. Y eso no sabemos cuándo sucede. Hoy día tampoco hablamos mucho de ello. El pasado abusó del tema y la reacción ha sido en sentido contrario. Por eso no quita que siga siendo real. Y nos encontraremos con el Señor en cualquier momento. Vivamos también conforme a esa esperanza. No temor, sino deseo de encuentro anticipado en nuestra conducta concreta.

d) Lectura del santo Evangelio según San Mateo 11,2-11.

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó a preguntar por medio de dos de sus discípulos: -¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Jesús les respondió: -Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí! Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: -¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis, a ver a un Profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti.» Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él.

El texto del domingo pasado terminaba con el anuncio-amenaza de Juan a fariseos y saduceos con uno que está al llegar. Literalmente: el que viene, el que llega. Una de las expresiones utilizadas por los judíos para designar al Mesías, el personaje que inauguraría el nuevo estado de cosas o Reino de los cielos, circunlocución esta última para designar a Dios, ya que los judíos no pronunciaban jamás su nombre por respeto. El texto de hoy comienza con esta misma expresión. ¿Eres tú ese personaje? ¿Estamos ya en el nuevo estado de cosas o Reino de los cielos? La pregunta la hace el propio Juan. Pero entre la pregunta de hoy y el anuncio del domingo pasado median ocho capítulos en los que Mateo ha ido moldeando dichos y hechos de Jesús.

-Versículos 4-6. La respuesta es del que ha llegado y Mateo la concibe como cita y como recuento. Recuento de los ocho capítulos anteriores. Cita de textos de Isaías que hablan de un futuro maravilloso, del día de Yavé. Se trata en concreto de Is. 29, 18-19 y 35, 5-6. Mejor leer ambos capítulos en su totalidad. Pero la respuesta no es sólo esto. Es también promesa de alegría y de dicha. Dichoso el que no se escandalice por causa mía. La intención del evangelista parece muy clara: nos hallamos en el nuevo estado de cosas o Reino de los cielos. Pero alberga la sospecha de que esto se lo creen muy pocos. A éstos va dirigidos la bienaventuranza.

-Versículos 7-11. La liturgia ha cortado las palabras de Jesús en el momento tal vez más aclarador de las mismas. En su estado litúrgico se trata de palabras sobre Juan, cuando en realidad no es de Juan de quien Mateo quiere hablar aquí, y ni siquiera de Jesús. Obsérvese como en su respuesta Jesús no habla de él, sino de la situación en torno a él. Mateo quiere hablar del Reino de los cielos que ya ha llegado. Juan es la recta final que precede a la meta, su precursor, su heraldo, ascético, duro, recio, admirable. Pero no es la meta. Esta la constituye el Reino de los cielos. Este Reino es lo central, lo verdaderamente importante. Su presencia lo eclipsa todo.

Comentario. El interés absorbente de la mayor parte de los comentaristas ha enfocado la problemática de este texto hacia las disposiciones psicológico-religiosas por las que el bautista prisionero se decidió a enviar su embajada. Estado de duda, de impaciencia, estrategia pedagógica para fomentar y favorecer la fe en Jesús. Todo esto puede tener su razón de ser a nivel de pre-texto, pero en absoluto la tiene a nivel de texto. El centro de interés del texto, ya lo hemos visto, no es Juan. El centro es la utopía. Sí, eso que todos anhelamos y que todos andamos buscando. Eso mismo de lo que nadie tenemos la osadía de decir que exista y de lo que, a lo sumo y con mucho escepticismo, decimos que puede que a lo mejor alguna vez exista.

Un visionario judío llamado Isaías dijo una vez lo siguiente: En aquel día oirán los sordos las palabras del libro y, libres de las tinieblas y la oscuridad, los ojos de los ciegos verán. Así imaginaba él lo que nosotros denominamos utopía y que él denominaba día de Yavé. Siglos más tarde, un judío llamado Mateo cayó en la cuenta de que esto era precisamente lo que había sucedido en torno a Jesús. Es entonces cuando tiene la osadía de escribir lo que hoy hemos leído y escuchado. Que no es otra cosa que lo siguiente: el Reino de los cielos existe ya. Dichoso el que crea y acepte esto de corazón. Es el mayor acontecimiento y la mayor grandeza que pueda darse.

Segundo domingo de Adviento – Ciclo A

Domingo segundo de Adviento ciclo A

1. Introducción:

En el domingo pasado la palabra de Dios nos iluminó sobre la última venida de Cristo, con un mensaje esperanzador, el estar atentos a los signos de su venida. Ahora en el segundo domingo nos ofrece una presentación del rostro de Dios, ¿cómo encontrarle en la comunidad? Solo será posible descubrirle en los rasgos de la bondad y la misericordia.

2. Lecturas y comentarios

2.1. Lectura del Profeta Isaías 11,1-10.

En aquel día: Brotará un renuevo del tronco de Jesé un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado, con equidad dará sentencia al pobre. Herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío. Será la justicia ceñidor de sus lomos; la fidelidad, ceñidor de su cintura. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará con la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No hará daño ni estrago por todo mi Monte Santo: porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar Aquel día la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

Después de haber sido rechazado el rey Acaz por su falta de fe y después de haber amenazado el profeta con la ruptura de la dinastía davídica, le es comunicada la visión sobre el nuevo intermediario fiel a la alianza. Con él aparecerá una nueva situación en la que se podrá decir realmente que «Dios-es-con-nosotros». A medida que avanza el tiempo se afianza la predicción de un juicio sobre la casa de David. Cuando «la espesura del bosque» sea cortada a hierro (10,34), caerá también bajo el golpe el árbol poderoso de la casa de David. En él descansará el espíritu de Yahvé con mayor plenitud, tres veces más, que en otro tiempo sobre David (1 Sm 16,13: «Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió a la vista de sus hermanos, y en aquel momento invadió a David el espíritu de Yahvé»). La fuerza del ungido no reside en un carisma como hasta entonces había sido en Israel, sino en un gran número de carismas. Gracias al espíritu, el nuevo mediador aparece revestido de todas las virtudes de gobernante, capaz de gobernar al pueblo con justicia. Puede parecer modesta esta esperanza en el cuadro del Ungido del Señor. Pero éste era un factor esencial de los tiempos antiguos. Un representante de Yahvé tenía que defender ante todo el derecho de los débiles, tenía que hacer triunfar el dominio de Dios sobre la tierra.

La venida del nuevo ungido significa la inauguración de una era de paz para toda la creación. Una paz que no es simplemente bienestar, sino también justicia y fruto de la justicia. Correlativamente, el pecado, negación de la justicia, se ve como un elemento que perturba el equilibrio al introducir un estado de violencia con Dios, con los hombres y con el cosmos. La catequesis bíblica no predica una paz utópica; exige modificaciones fundamentales que se pueden llevar a término cuando hay espíritu de sabiduría y de inteligencia, de consejo y de fortaleza, de ciencia y de temor de Dios. Este no es un programa abstracto para los cristianos porque Jesús es el camino de la paz, mejor, él «es nuestra paz» (Ef 2,14), y porque está al servicio de la conciliación de todos los hombres. Tenemos que seguirlo aun en la incertidumbre tras el Gólgota.

Acerquémonos ahora a la oración. La palabra nos ilumina sobre los dones que Dios da para los que gobiernan, se hace necesaria la oración por quienes están al frente de las instituciones, la Iglesia y la familia. Meditemos sobre los que expresa el salmo responsorial.

JUSTICIA PARA LOS OPRIMIDOS

La oración de Israel por su rey era una oración por la justicia, por el juicio imparcial y por la defensa de los oprimidos. Mi oración por el gobierno de mi país y por los gobiernos de todo el mundo es también una oración por la justicia, la igualdad y la liberación.

«Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes: para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. Que los montes traigan paz, y los collados justicia. Que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre y quebrante al explotador».

Rezo, y quiero trabajar con toda mi alma, por estructuras justas, por la conciencia social, por el sentir humano entre hombre y hombre y, en consecuencia, entre grupo y grupo, entre clase y clase, entre nación y nación. Pido que la realidad desnuda de la pobreza actual se levante en la conciencia de todo hombre y de toda organización para que los corazones de los hombres y los poderes de las naciones reconozcan su responsabilidad moral y se entreguen a una acción eficaz para llevar el pan a todas las bocas, refugio a todas las familias y dignidad y respeto a toda persona en el mundo de hoy.

Al rezar por los demás, rezo por mí mismo, es decir, despierto y traduzco a mi situación lo que he pedido para los demás en la oración. Yo no soy rey, los destinos de las naciones no dependen de mis labios y no los puedo cambiar con una orden o con una firma. Pero soy hombre, soy miembro de la sociedad, soy célula en el cuerpo de la raza humana, y las vibraciones de mi pensar y de mi sentir recorren los nervios que activan el cuerpo entero para que entienda y actúe y lleve la redención al mundo. Para mí pido y deseo sentir tan al vivo la necesidad de reforma que mis pensamientos y mis palabras y el fuego de mi mirada y el eco de mis pisadas despierte en otros el mismo celo y la misma urgencia para borrar la desigualdad e implantar la justicia. Es tarea de todos, y por eso mismo tarea mía que he de comunicar a los demás con mi propia convicción y entusiasmo, para lograr entre todos lo que todos deseamos.

2. 2. SALMO RESPONSORIAL
Sal 71,2. 7-8. 12-13. 17

R./ Que en sus días florezca la justicia
y la paz abunde eternamente.

Para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.

Porque él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres.

Que su nombre sea eterno
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

2. 3.Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 15,4-9.

Hermanos: Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

En una palabra, acogeos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas, y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así dice la Escritura: Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre.

El cristiano es el hombre liberado por Cristo. Es el hombre libre. Por eso su libertad, más que conquista, es don. Dirigiéndose a los romanos, Pablo dice que su libertad es su privilegio, su bien (14,16), un privilegio de los hombres fuertes en la fe frente a quienes se sienten ligados por prescripciones que ya no tienen vigencia, como la prohibición de comer carnes sacrificadas a los ídolos.

Como todos los dones y carismas del cristiano, la fortaleza no se concede únicamente para la salvación personal. Mejor, se concede para salvarse como miembro, es decir, para salvar a todo el cuerpo, para edificar la Iglesia (v 2).

Pero si la libertad cristiana de los firmes en la fe no es actuar como quiere el Señor, de acuerdo con su palabra-ley, ¿de qué me sirve la libertad? Puede ser que el Señor te haya dado tal privilegiada sensación, viene a decir Pablo, no para usarla sino para «edificar» al hermano, para construir la comunidad, «para bien de él y de la Iglesia» (v 2). Actuar con libertad es obrar como queremos en el Señor. Pero Cristo no buscó lo que quería. Así lo prueban los ultrajes de la pasión, dice Pablo citando el Sal 69,10. En la actitud de Cristo encuentra Pablo la articulación del problema eterno: libertad de los fuertes-escándalo de los débiles en la fe. Si en el ejercicio de la libertad cristiana buscamos nuestra satisfacción espiritual -aunque hablemos pomposamente de «realización personal», no imitamos a Cristo, el cual conquistó nuestra libertad con los ultrajes de la pasión, de los que pide ser liberado.

Por eso Pablo continúa describiendo la obra de la redención como un servicio, servicio hecho precisamente en favor de los hermanos, de los judeocristianos, que ahora son los débiles en la fe. Cristo, siervo del pueblo judío, ha libertado a los judíos, y con ellos, subraya el autor, a vosotros, a los paganos (vv 7-8). La libertad, si es cristiana, debe ser como la de Cristo, no debe estar al servicio del propio placer o deseo, sino al servicio de los otros, cuando así lo exige su fe. Que el carisma de nuestra libertad esté al servicio de los otros no implica ponerse a merced del capricho de unos eternos niños en la fe, sino contribuir constantemente a su crecimiento en la fe.

Únicamente en este servicio podemos estar orgullosos de la audacia y de la gloria de la libertad cristiana.

2. 4. Lectura del santo Evangelio según San Mateo 3,1-12

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: -Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos. Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: -Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones pensando: «Abrahán es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. El os bautizará con el Espíritu Santo y fuego. El tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.

Juan el Bautista es una figura señera que marca la espiritualidad del tiempo de Adviento. Su importancia no viene dada sólo por el hecho de ser el último y «el mayor de los profetas», sino, sobre todo, porque él es el profeta de la inminencia, el que anuncia la presencia del Señor: por este motivo Juan escapa de los tiempos antiguos y se inserta destacadamente en el NT. Los tres sinópticos coinciden en reservar una parte importante de su narración a la descripción del ministerio de Juan el Bautista.

Concretamente, el evangelio de san Mateo, hoy, hace intencionadamente hincapié en que la aparición del Bautista representa el cumplimiento de las profecías recordando Is 40, 3, en que la expresión «camino a Yavhé» queda sustituida por «camino al Señor»: Jesús es la manifestación suprema de Dios entre los hombres. Nos encontramos, pues, dentro de una época nueva: la expresión inicial «por aquel tiempo» es cronológicamente poco concreta, pero suficientemente para enterarnos de que la narración evangélica no se coloca en la línea de las teorías, sino dentro de la temporalidad de los hechos de la historia. No es el hombre el que interpreta unos hechos, sino que son los hechos los que revelan el sentido de la historia que ahora empieza a narrar el evangelista.

Notemos el poder de convocatoria que tiene la predicación de Juan. Más allá de todo partidismo, los evangelistas ven y destacan el universalismo de su palabra. En torno a su persona comienza a formarse el nuevo pueblo mesiánico del cual surgirá Jesús. El contenido de la predicación, centrado especialmente en las palabras dirigidas contra los fariseos y saduceos, muestra una vez más que una realidad nueva empieza: no es suficiente la religión formalista, ni la pureza del linaje; el tiempo nuevo se debe caracterizar por una conversión fáctica, nacida del fondo del corazón del hombre. El tiempo de la «fidelidad de Dios» exige asimismo la fidelidad del hombre.

Mateo deja claro que, a pesar de la importancia de Juan, él queda sujeto y subordinado a la persona de Jesús. Sólo él es portador del Espíritu de Dios y del juicio definitivo sobre la vida de los hombres y de los pueblos.

Primer domingo de Adviento – Ciclo A

Domingo primero de adviento ciclo A

ADVIENTO

La expresión conciliar de que «EL MISTERIO DEL HOMBRE SOLO SE ESCLARECE EN EL MISTERIO DEL VERBO ENCARNADO» (GS n. 22), es posible celebrarlo a lo largo de todo el año litúrgico. Pues con la llegada del Hijo de Dios hecho hombre descubrimos el modelo de todo hombre, Cristo que se asemeja a nosotros (en su nacimiento) y, a lo largo de su vida histórica el llamado a ser como él, semejanza que estamos por alcanzar (en la resurrección de los muertos)..

El tiempo de Adviento presenta un doble aspecto: por una parte, es el tiempo de preparación a la solemnidad de la Navidad, en la cual se conmemora la primera «venida» del Hijo de Dios y, por otra, con este recuerdo se dirige nuestra atención hacia la expectación de la «segunda venida» de Cristo al final de los tiempos. Por esta doble razón se presenta el Adviento como el tiempo de la alegre esperanza. Nuestra vida cristiana adquiere sentido a partir de estos dos momentos históricos: la Encarnación de Cristo que nos diviniza y la Parusía que lleva esta obra a su total cumplimiento. El cristiano vigila, y espera siempre la venida del Señor.

La historia de la liturgia de Adviento manifiesta que la asamblea cristiana, al reunirse en este tiempo santo, celebra la venida de Jesús en Belén, la presencia del Señor en su Iglesia, particularmente en las acciones litúrgicas, y la venida definitiva del Rey de la gloria al final de los tiempos. Este hecho de la venida del Señor debe despertar en el cristiano una actitud personal de fe y vigilancia, de hambre o pobreza espiritual y de misión o presencia en el mundo, para que se realice el encuentro personal que constituye el objeto de la pastoral de este tiempo. En el tiempo del adviento se hace necesario vivir con actitudes concretas, veamos algunas:

Actitud de fe y vigilancia: Por la fe no solamente admitimos un cierto número de verdades o proposiciones contenidas en el Credo, sino que llegamos a la percepción y conocimiento de la presencia misteriosa del Señor en los sacramentos, en su Palabra, en la asamblea cristiana y en el testimonio de cada uno de los bautizados. Sensibilizar nuestra fe equivale a descubrir al Señor presente entre nosotros.

La vigilancia no debe entenderse solamente como defensa del mal que nos acecha, sino como expectación confiada y gozosa de Dios que nos salva y libera de ese mal. La vigilancia es una atención concentrada hacia el paso del Señor por nuestras cosas.

Actitud de hambre o pobreza espiritual.-El Adviento es también tiempo de conversión. Porque ¿cómo podemos buscar al Señor si no reconocemos que tenemos necesidad de Él? Nadie deseará ser liberado si no se siente oprimido. Pobreza espiritual es aquella actitud de sentirse necesitado de Aquél que es más fuerte que nosotros. Es la disposición para acoger todas y cada una de sus iniciativas.

Actitud misionera o presencia en el mundo.-«En realidad el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (GS núm. 22). El hombre de hoy busca ansiosamente su razón de existir. La multiplicación de las relaciones mutuas por el progreso técnico no llevan al hombre a la perfección del coloquio fraterno. Cada vez se siente más necesitado de la comunidad que se establece entre las personas. Humanismo y progreso técnico tientan al hombre para emanciparse de Dios y de una Iglesia que no está verdaderamente presente en el mundo. En el misterio de la encarnación el hombre descubre su verdadera imagen y su pertenencia a un mundo nuevo que ha comenzado a edificarse en el presente, Cristo viene para todos los hombres.

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