Domingo 22 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

En este domingo se nos anuncia la pasión y nos sitúa entre la confesión de fe de Pedro en Cristo-Mesías y el pasaje de la Transfiguración. Estos dos densos momentos del evangelio requieren una catequesis muy exigente, pues quieren aclarar el sentido de la misión de Jesús. Proclamar la Palabra de Dios por encima de todas las cosas le lleva a Jerusalén, donde le sucedería como a todos los profetas el rechazo y el martirio. El salvador es uno que muere, no un poderoso que domina y hace gestos espectaculares. Pero el anuncio completo de esta misión, no hay que olvidarlo, es resucitar al tercer día. Pedro tiene otra visión de la realidad, pero Jesús invita a colaborar en esta misión.

1. Oración inicial
Espíritu de verdad, enviado por Jesús para conducirnos a la verdad toda entera, abre nuestra mente a la inteligencia de las Escrituras. Tú, que descendiendo sobre María de Nazareth, la convertiste en tierra buena donde el Verbo de Dios pudo germinar, purifica nuestros corazones de todo lo que opone resistencia a la Palabra. Haz que aprendamos como Ella a escuchar con corazón bueno y perfecto la Palabra que Dios nos envía en la vida y en la Escritura, para custodiarla y producir fruto con nuestra perseverancia.  

2.- PALABRA

Iniciamos los textos bíblicos de esta celebración con unas palabras hechas vida en el profeta Jeremías. Nos cuenta su propia experiencia de la elección hecha por el Señor para ser el portavoz de su Palabra en medio de su Pueblo.

La enseñanza del apóstol San Pablo se centra en la orientación de la vida de los cristianos. Se nos invita a una búsqueda continuada de la voluntad de Dios en medio de la complejidad de los acontecimientos y situaciones.

Una vez que se ha reconocido a Jesús como el Mesías de Dios, el evangelio de hoy nos instruye acerca del significado que esto tenía para el mismo Jesús. Sólo quien asume esta visión se convertirá en verdadero discípulo, ya que estará dispuesto a seguirlo.

2.1. Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste.Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: «Violencia», proclamando: «Destrucción.» La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía.

Tras una acción simbólica con la que Jeremías anuncia a Judá su destrucción ya que nadie quiere cambiar de vida, el prefecto del templo hace azotar al profeta y lo encarcela. Empiezan las persecuciones contra el enviado de Dios, persecuciones que en este caso provienen del estamento oficial, cosa muy dura si tenemos en cuenta que Jeremías era, por principio, un hombre de orden y de paz. Esta situación provoca la quinta confesión del profeta, tal vez la más fuerte. Jeremías acusa ex abrupto a Yahvé de haberlo engañado, de haberlo convencido para ser mensajero de un anuncio que le produce muchos inconvenientes, ya que es muy duro y, por otra parte, no se cumple automáticamente. El profeta no puede soportar la irrisión y las calumnias de la gente. Siente el peligro cercano y esto lo hace renegar de Yahvé (w 7-10). Pero junto a esta inseguridad y a esta impresión negativa con respecto a Yahvé aparece un sentimiento de confianza en el que es fuerte y está al lado de los que sufren por querer ser justos (11-13). Y cuando parece que Jeremías ha vencido ya la tentación, vuelve de nuevo la desesperación, que lo lleva a maldecir su nacimiento y, por tanto, la llamada a ser mensajero de Yahvé. El sufrimiento del profeta debía de ser inmenso; sentía irresistiblemente que en su vida no podía prescindir de su tarea y, por otra parte, veía ésta como algo no deseable y contrario a su manera de ver las cosas. Es el sentimiento de quien intenta ser fiel a la vocación de Dios, a pesar de que ésta conduce muchas veces a situaciones límite que no agradan a quien ha sido llamado a tal misión.

El cristiano, por el hecho de serlo, no ha superado todas las dudas y crisis de fe. Al contrario, su vida y su actividad están llenas de continua inseguridad. Pero también es cierto que siente al mismo tiempo que el Señor está a su lado, dándole fuerza para cumplir su tarea de ayudar al prójimo a encontrar el camino de la fidelidad al Padre Es obvio que el NT es un testimonio de esta lucha de sentimientos. La cruz es el lugar donde se unen la debilidad y la fuerza de Dios. Y esto lo vive Jesús en su dialéctica existencial muerte-vida, que conmemoramos en las celebraciones de semana santa.

2.2. Salmo responsorial Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: 2b)

R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está  sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. R.

¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios. R.

Toda mi vida te bendeciré y alzaré  las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos. R.

Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está  unida a ti, y tu diestra me sostiene. R.

“Tu gracia vale más que la vida”. Más que comentarios, el salmo de hoy pide ser saboreado. Es un creyente quien habla: uno que está enamorado de Dios y que es feliz a la sombra de sus alas. No se trata de razonamientos ilustrados; mil razonamientos no son capaces de comunicar una pizca de emoción. Sí: sabernos -sentirnos íntimamente- amados por Dios, esto es la gracia, ¡vale más que la vida! ¿Qué sentido tiene esforzarse en ganar todo el mundo o en salvar la propia vida?. Vana pretensión. Dejémonos penetrar por el amor que Dios nos tiene.

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 12, 1-2

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

La historia de salvación -sobre la que se ha reflexionado especialmente en los capítulos anteriores-, más que una historia que podemos aprender, es una historia a la que debemos incorporarnos. Judíos y paganos, incorporados a la Iglesia, son ahora objeto de un auténtico bombardeo de exhortaciones prácticas por parte de Pablo.

La vida cualitativamente superior del cristiano se expresa con imágenes tomadas de la apocalíptica: no pueden conformar al mundo presente, en lo que tiene de reino del mal, sino que debéis pasar por una «metamorfosis» renovadora semejante a la venida de los nuevos cielos y la tierra nueva, En cierto sentido, esa metamorfosis afectará sólo al fondo de nuestro corazón; pero, para que sea real, deberá afectar incluso al más trivial de los actos: vuestro cuerpo (vuestra vida con todas sus concreciones) se ha de transformar en sacrificio vivo, agradable a Dios. La propia Iglesia y los carismas que en ella se ejercitan están de alguna manera en el mundo presente: necesitan, por tanto, de constante renovación.

Puede darse el orgullo, son posibles -incluso entre los profetas- palabras y obras que no responden a una actitud de fe. Por eso conviene que todos los cristianos, cada uno en su puesto, se sientan instrumentos en manos de Cristo y, en Cristo, formen un solo cuerpo que realiza una sola obra, Así, la Iglesia podrá salir al mundo para entablar la gran batalla en la que el mal será vencido por la abundancia del bien, Una batalla en la que el bien no hiere, sino que simplemente inunda: da de comer al enemigo hambriento y ofrece bebida al adversario que tiene sed.

(Mt 16, 21-27) El seguimiento en cruz es la línea mesiánica de Jesús, en libertad: “el que quiera” (v.24); llama también a un seguimiento profundo que requiere “entregar la vida” (v.26), esto es un trueque misterioso y arriesgado.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: -«¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: -«Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: -«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Este pasaje está muy relacionado con el anterior (Mt 16 13-20). El reconocimiento de Jesús como Mesías e Hijo de Dios, y la convocación de la iglesia en torno a Pedro, crean el ámbito para que Jesús comience a manifestar a los discípulos su destino, y para que ellos comprendan desde la fe que deben seguirle por este mismo camino. En él se distinguen claramente tres momentos: el primer anuncio de la pasión (Mt 16 21), el diálogo entre Jesús y Pedro (Mt 16 22-23), y la enseñanza de Jesús a todos los discípulos (Mt 16 24-28). Jesús da un paso adelante en su manifestación a los discípulos y les muestra con claridad, que su camino hacia la gloria de la resurrección pasa por el sufrimiento y la muerte. El mismo mensaje se repite en los otros dos anuncios, que jalonan el camino de Jesús.

La reacción de Pedro muestra que su comprensión del misterio de Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios (Mt 16 16), es aún imperfecta. A pesar de la revelación que Dios le ha concedido (Mt 16 17), todavía ve en Jesús un Mesías glorioso a la medida de las expectativas de su tiempo. Jesús rechaza su actitud, porque es un obstáculo en su camino, y sus palabras, como las de Satanás, quieren apartarle de él (Mt 4 1-11). Pedro no es todavía un discípulo perfecto, por eso Jesús le repite la invitación que le dirigió en el lago (Mt 4 18-22), para que se ponga detrás de él y le siga. Pedro representa aquí a los discípulos de todos los tiempos, que se escandalizan ante las exigencia de Jesús, y que necesitan volverse a colocar de nuevo en actitud de seguirle. Por eso las siguientes palabras del Señor se dirigen a todos los discípulos, para explicarles que en su vida deben compartir el camino de Jesús. Deben renunciar a vivir por sí mismos, no deben tener miedo a arriesgar todo por él; tampoco han de poner su confianza en las riquezas, porque lo definitivo será cómo hayan vivido su entrega a los ojos del Padre. Estas palabras de Jesús abren una nueva etapa para los discípulos, que tienen que pasar de la incomprensión a la comprensión (Mt 17 1-13), y de una fe insuficiente a la total adhesión de Jesús (Mt 17 14-21).

Un programa, el propuesto por Jesús, poco confortable para los seguidores: negarse a sí mismo (v.24), cargar con la cruz (v.24) y perder la vida en el seguimiento (v.24). Programa poco favorable para Pedro que pronto se ha olvidado de las inspiraciones de lo alto.

Ahora vuelve a su pensamiento positivo, a saber por su cuenta, a pensar como todos… Su reacción es suya: su programa, su perspectiva triunfalista, ambiciosa, seductora de poder. Pedro ahora, rápidamente, se ha convertido en “piedra de tropiezo” (v.23); no se construye como él piensa, sino de otra forma: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará.”

Pedro, enséñanos a entender, a negarnos, a coger la cruz, a salvar la vida entregándola (v.24-25).

Para nosotros el peligro está en seguir a Jesús y seguir pensando en nosotros mismos. El peligro está en tomar la cruz que nos encontramos confortable, no la propia. La tentación está en aspirar a la vida que no tiene nada que ver con la vida gratuita de Dios. Señor, enséñanos a discernir en tu Palabra Encarnada tus pensamientos (v.23), tu voluntad, tus designios de amor para nuestra existencia.  

                                    

3. Oración final

¡Oh Dios! tus caminos no son nuestros caminos y tus pensamientos no son nuestros pensamientos. En tu proyecto de salvación hay un puesto para la cruz. Tu Hijo Jesús no retrocedió delante de ella, sino “se sometió a la cruz, despreciando la ignominia”. La hostilidad de sus adversarios, no pudo apartarlo de su firme decisión de cumplir tu voluntad y anunciar tu Reino, costase lo que costase. Fortalécenos ¡oh Padre! con el don de tu Espíritu Santo. Él nos haga capaces de seguir a Jesús con valentía y fidelidad. Nos haga sus imitadores en hacer de ti y de tu Reino el punto central de nuestra vida. Nos dé la fuerza para soportar las adversidades y dificultades para que en nosotros y en todos surja gradualmente la verdadera vida. Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén. 

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