Domingo de la Epifanía del Señor – Ciclo B

DOMINGO DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Navidad y epifanía surgen en la Iglesia como dos fiestas idénticas. En lugares distintos, en fechas y con nombres distintos, pero con un mismo contenido fundamental. Al menos en su fase original, ambas solemnidades celebraron el nacimiento del Señor. Sin embargo, después de un proceso de sedimentación, al asentarse ambas fiestas definitivamente en Oriente y Occidente se configuran con perfiles distintos, hasta ofrecer un contenido específico con matices propios e independientes.

El contenido de la fiesta de epifanía aparece claramente definido en dos antífonas, ya existentes en el antiguo breviario y que la nueva Liturgia de las Horas ha conservado en su oficio: «Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial ‘Esposo, porque en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino» (Antífona para el Benedictus). Y en la antífona para el Magníficat en II Vísperas: «Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: Hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos».

La tradición popular ha vinculado siempre la fiesta de epifanía con el episodio de los reyes magos. Lo cual se justifica, en efecto, por las referencias que hacen a los magos casi todos los elementos propios de la fiesta, tanto en la misa como en el oficio. Sin embargo, las dos antífonas citadas vienen a ser como la clave de interpretación de todo el conjunto. Esto nos obliga a considerar el contenido de la fiesta desde la perspectiva que señalan dichas antífonas.

En primer lugar, epifanía no se centra en un hecho o episodio concreto. El foco de interés, en el que polariza la atención de la Iglesia al celebrar esta solemnidad, se sitúa más allá de los hechos. Por otra parte, el criterio básico que se ha puesto en juego al instituir esta fiesta no hay que entenderlo en clave histórica o cronológica. La constelación de solemnidades que siguen a la fiesta del 25 de diciembre no celebran, sin más, los acontecimientos de la infancia ni se siguen según un orden cronológico. La clave de interpretación no es histórica. Hay que buscarla en otra línea de carácter teológico.

En silencio delante de Dios

Hoy, en este domingo en el que Dios se manifiesta como luz de los hombres, queremos pedir al Señor “la pasión de escucharlo” con las palabras de la Beata Isabel de la Trinidad: “¡Oh Verbo eterno!, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme toda docilidad para aprender todo de Vos. Luego, a través de todas las noches, todos los vacíos, todas las impotencias, quiero estar siempre pendiente de Vos y permanecer bajo vuestra gran Luz” (Elevación a la Santísima Trinidad, 21 noviembre 1904)

1.      Lecturas y reflexión:

1.1.Lectura del libro de Isaías 60, 1-6

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

Libro de Isaías. Tercera parte. Algunos llaman al autor «tercer Isaías». Palestina después de la vuelta del destierro. Dificultades en la vida religiosa y comunitaria. Tardan en cumplirse las antiguas promesas. La realidad no corresponde al cuadro imaginado por el «segundo Isaías» en la segunda parte del libro. Cunde el desánimo. De nuevo, como siempre en tales casos, la voz autorizada de lo alto. Voz que canta la «disposición» de Dios. Es un poema. Un poema a Sión. Sión, la ilustre, es la destinataria de la decisión de Dios. Una buena nueva para Sión. Sión es el centro.

Dios habla. Dios intenta levantar el ánimo. Para Sión un gran destino. Luz sobre Sión, luz en Sión: Sión-Luz. La gloria de Dios-Dios, poder y luz, que se manifiesta- entra en Sión. Sión irradia, trastocada, la gloria de Dios. Sión, convertida en Luz, impregnada de la gloria de Dios. Fuera de ella, las tinieblas, la oscuridad, la muerte. Sión, centro del universo. Todas las mira­das se dirigen allí: la luz disipa las tinieblas y la vida ahuyenta la muerte. En Sión, Dios poderoso salvador. La salvación y la luz se expanden a todos los pueblos. Lo verán todos los pueblos. Todos los pueblos afluirán a Sión. Con ellos sus tesoros y sus riquezas. Las gentes vienen a adorar a Dios en Sión. Gran porvenir para Sión. Sión, la grande, la hermosa, debe cantar la promesa del Señor. Todos los pueblos se beneficiaran de la promesa de Dios en Sión. Motivo para levantar el ánimo, motivo para cantar. Dios lo ha dis­puesto, Dios lo realizará.

1.2. Salmo Responsorial: (Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13)

 R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. R.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra. R.

Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan. R.

Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres. R.

Salmo real. El rey de Israel es «ungido» de Dios. Dios ha dispuesto cosas maravillosas para el rey de Israel. Un grupo de salmos lo recuerdan y lo cantan. Este, en concreto, lo celebrará en forma de súplica: una confiada sú­plica por el «ungido» del Señor. Dios ha prometido a su pueblo un rey cabal, un rey perfecto: lleno de justicia, socorredor del pobre, defensor del oprimido, señor de las gentes. La súplica urge el cumplimiento de la promesa: «Danos ese rey». El estribillo insiste en la disposición de Dios. Disposición que toca a todas las gentes. Subrayemos, pues, el universalismo de la divina disposi­ción. En forma de súplica, naturalmente. El Cristo de Dios, Jesús de Nazaret, ha venido. Su reino está en marcha. Lo cantamos y lo proclamamos. También lo pedimos y lo suplicamos. Es un deseo, una confesión y todo un plan de acción. Queremos que florezca la jus­ticia y que reine la paz. Hagamos en Cristo la justicia y trabajemos la paz. Lo verán todas las gentes.

1.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 3, 2-3a. 5-6

Hermanos: Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

Pablo se encuentra prisionero. Por Cristo, naturalmente. Por Cristo ha emprendido los más arriesgados viajes. Por Cristo las más serias y tremen­das privaciones. Por Cristo él perdió la libertad. Todo por Cristo: la vida toda por Cristo. Porque Cristo lo es todo. Y todo encuentra sentido en el sen­tido que Cristo da. Pablo ha encontrado a Cristo; Pablo ha encontrado la vida. Las limitaciones, las privaciones, las negaciones de una vida humana en este mundo, vividas en Cristo han dejado abierto el corazón del apóstol y lo han ensanchado hasta los confines del mundo. El corazón de Pablo abarca todo en el todo que llena Cristo. Prisionero ahora por el evangelio de Cristo, el apóstol medita y contempla la grandeza de Dios en el «misterio» de Cristo. Obra magnífica que lo llena todo. Dios lo ha revelado últimamente, en estos que son los últimos tiempos (Hebreos), y lo ha extendido a todas las gentes. El espíritu que todo lo invade, ha invadido a los profetas y apóstoles y los ha impelido a publicarlo a todas las gentes. He aquí el misterio precioso de Dios: «Que también los gentiles son coherederos animosos del mismo cuerpo, partícipes de la misma causa en Jesucristo por el Evangelio; a todos va diri­gido el mensaje a todos la promesa, a todos la Bendición de Dios: todos tie­nen un puesto en el Cuerpo Santo de Cristo, todos encuentran la plenitud de su vida en la vida de Cristo. Todos hayan su sentido, el sentido de su per­sona y de su vida en la vida y en la persona de Cristo, -a todos ya dirigida- reciben la promesa, y la promesa no es otra cosa que el Don del Espíritu Santo: de Dios en el Espíritu. Una gracia inefable. Una gracia confiada a Pablo. La vida de Pablo ya libre, ya preso, recibe su sentido de esa misión. Pablo se deleita en el misterio que se le ha confiado predicar. Obra maravi­llosa: ¡todos herederos del Reino! Los gentiles, separados hasta ahora del Reino, son constituidos, por el Espíritu en Cristo, herederos y miembros del Reino; son ya Reino. Todo obra de Dios en Cristo.

1.4.Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 1-12

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. » Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea,  pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.”» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Un rayo de luz en un mundo en tinieblas. Una chispa de fuego en un blo­que de hielo. Una estrella radiante en una noche oscura. Y la luz se ha pre­cipitado sobre Belén. Ha surgido un lucero brillante y nadie se ha percatado de él. Se ha encendido el cielo y nadie se ha percatado de él. Se ha encendido el cielo y nadie lo ha percibido. Nadie ha despertado, nadie se ha movido. Los ojos de aquel pueblo siguen cerrados incomprensiblemente. El pueblo de Is­rael sigue dormido. No ve. Tan sólo unos extraños se han percatado del fe­nómeno. Pocos, muy pocos, para tan gran acontecimiento. El cielo les ha ad­vertido de un gran de un gran acontecimiento. El cielo les ha advertido de un gran suceso. La sedienta tierra que sentía brotar de sus entrañas la mara­villosa Vara de Jesé, ha suspirado tan hondamente que se han conmovido los astros. Y uno de ellos, el más ágil y atrevido, ha ido a besar, juguetón, aquel vástago de cielo. Unos «magos», desconocidos y extravagantes quizás, han notado el milagro y han corrido presurosos a saludar al recién nacido. Porque el recién nacido es un pedazo de cielo.

La luz, pues, sirve de contraste: para poner de relieve la indebida pos­tura de Israel para con el Mesías que nace. Estamos en Mateo, no lo olvide­mos. Israel, luz de las naciones, se ha quedado a oscuras. Las naciones, no­che y tinieblas, han visto la luz. Que bochorno para Israel; qué honor para los gentiles. Los gentiles señalan a Israel el camino para encontrar al Me­sías: Basta mirar al cielo. Israel no mira al cielo. Israel, pegado al polvo de tradiciones inconsistentes, se ha quedado ciego. Las palabras del profeta le resultan vacías y vanas. Nadie da un paso a Belén. Los profetas darán tes­timonio, en el día del juicio, contra él.

Jesús recién nacido, en medio, como acontecimiento trascendente. «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron», confiesa amargamente Juan. La in­fancia de Jesús, ya evangelio, anuncia el Evangelio: para Jesús, Mesías de Israel, ignorancia, desprecio, persecución. Herodes, escribas, letrados y sa­cerdotes, pueblo. Ignoran a su Dios. Los magos, impuros y obscuros paga­nos, le han encontrado. La estrella que nace se lo ha revelado. La Estrella era también para ellos. Y han venido. El recién nacido, Dios en persona, los ha llamado. La vocación de los gentiles está dentro del Evangelio. Obra magnífica de Dios. Así Mateo.

Reflexionemos:

Fiesta de la Epifanía del Señor. Fiesta de la «Manifestación» del Señor. El Señor se manifiesta, el Señor se revela. El Señor desciende en forma de luz a los pueblos, y los pueblos se visten de luz. Los cielos dejan caer la gloria di­vina, y los pueblos quedan glorificados. Dios se manifiesta salvador. Jesús, Hijo de Dios, manifiesta la bondad de Dios, salvando a los hombres. Dios llama a todos los hombres a su Reino. Imprescindible, hoy, hablar de la vo­cación de los gentiles a la luz de Dios. Cristo es el centro.

La primera lectura lo anuncia como determinación de Dios en forma de canto. Cantemos tal decisión. Es una maravilla, una bondad del Señor. Dé­mosle gracias. El salmo nos recuerda por una parte los bienes mesiánicos; por otra, nos invita a impetrarlos. La obra de está ya en marcha. Nuestra oración al rey de reyes ha de ir por ahí: venga tu Reino, Señor; que todos los reyes se postren ante el Señor de los señores. El acatamiento del Rey no es una esclavitud, es una bendición. Con él reinamos, con él somos bendecidos. La segunda lectura, palabras de Pablo, caminan en la misma dirección: los gentiles son coherederos del Reino. La herencia evoca la condición de filia­ción, y ésta la de partícipes de la Promesa. La promesa, el Espíritu Santo, trastoca a todos y los glorifica. La epifanía del Señor es una promesa para todo el que la recibe. Y recibirla pueden todos. Mateo lo señala como evange­lio a la altura de Pablo: los gentiles han visto la gloria de Dios. Y ver la glo­ria de Dios es recibirla y ser transformado por ella. Es parte del misterio de Dios. Más, es el Misterio de Dios. Cantemos, meditemos, demos gracias: Dios se ha manifestado bueno y generoso con todos, al margen de nuestros méritos.

La Fiesta de la Epifanía del Señor, nos hace pensar también en la Iglesia como «epifanía» de Dios. La llamada a todos los pueblos a la salvación es una realidad actual: la Iglesia. La Iglesia, Cuerpo de Cristo, irradia -debe irra­diar- la gloria de Dios. Somos apóstoles y profetas de ese misterio. Y lo so­mos en la medida en que vivimos la vida del Espíritu que se nos ha dado como prenda de la vida eterna. La gloria se transparenta a través del anun­cio vital de la palabra de Dios, del Evangelio. Y somos evangelio cuando nuestras palabras y nuestras acciones, de un modo u otro, manifiestan la presencia de Dios en nosotros: paz, justicia, asistencia a los humildes. El evangelio no debe ser letra muerta como lo fue en su tiempo la Escritura para el pueblo de Israel. Somos «estrella», luz, ofrenda, canción, portadores de una riqueza que no tiene precio. Llevamos a Dios en nosotros. Celebramos en esta Fiesta nuestra vocación a la Herencia y nuestro destino a serlo ya en esta vida. Somos la Sión de Dios. Levantemos los ojos y admiremos la disposición de Dios y en ella la participación de su gloria. Una alabanza, un canto y una oración: que florezca la justicia, que se extienda el Reino de Dios a todos los pueblos y gentes. Somos distribuidores de la gracia de Dios.

1.5.Oremos juntos

Luz de Dios, Jesús, Hijo de María Amaneciste un día en nuestro mundo cuando estaba sumido en la oscuridad. Desde entonces, la luz de tu mensaje ha llegado a todos los rincones de la tierra hasta nuestros corazones. Contigo nos inundaron bienes sin número, las riquezas de Dios: Su amor, su paz, su sabiduría, su consuelo y la Presencia constante de tu Espíritu. Tu Presencia en la Eucaristía, en la Iglesia, en cada persona. Tu Presencia sobre todo en los más débiles y desvalidos. Tu Presencia y tu Compañía en nuestras situaciones de sufrimiento, de frustación, de añoranza y soledad. Gracias, Señor, por tanto bien, por tu amor y tu misericordia. Te alabamos y te bendecimos. Haz que, iluminados por ti podamos ser luz a nuestro alrededor. Amén

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