Primer domingo de cuaresma – Ciclo C

Fuenteycumbre

 

 

Las lecturas de este domingo nos invitan a la fe, que es un gesto de confianza absoluta en el Señor. Moisés invita al pueblo a recordar las bondades de Dios para con ellos. El salmista le ora a Dios en su Templo y reposa a la sombra del Todopoderoso. Pablo afirma su fe en Jesús Resucitado, quien es el salvador de todos los hombres. Finalmente el Evangelio nos presenta a Jesús como un ejemplo para todos los creyentes: venciendo los ataques del demonio, Jesús invita a no adorar sino sólo a Dios, este Dios que en él se revela como Padre.

 

1.      Oración:

 

Señor Jesús, Tú que lleno del Espíritu Santo, fuiste llevado al desierto, y allí el diablo buscó seducirte, tentándote, buscando desviarte de tu misión, te pedimos que estos días de cuaresma nos ayudes a mirar nuestra vida y así ser conscientes de las tentaciones que cada uno de nosotros tenemos y que iluminados por tu Espíritu Santo tengamos su ayuda para que como Tú podamos vencer todo aquello que nos aleja y separa de ti. Derrama tu gracia en nosotros y ayúdanos a vivir lo que creemos, dejando de lado aquello que no corresponde a tu estilo de vida y a tus enseñanzas, danos Señor, la gracia de con tu ayuda vivamos lo que nos pides aferrándonos siempre más a tu palabra viviendo plenamente lo que nos pides. Ayúdanos Señor, y danos tu gracia para ser fuertes en los momentos y en las circunstancias de tentación, ayúdanos a ser fieles como lo fuiste Tú.

Que así sea.

2.      Lecturas y comentario

 

2.1.Lectura del libro del Deuteronomio 26, 4-10

 

Dijo Moisés al pueblo: — «El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios: “Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado.” Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios.»

 

Libro del Deuteronomio. El nombre significa: segunda ley. El contenido es, más bien: la ley pre­sentada por segunda vez. Y si precisáramos un poco aca­baríamos por decir que es: una nueva presenta­ción de la ley. Habla Moisés, el gran Caudillo de Israel. Y, al hablar, recuerda al pueblo, hasta en sus más pe­queños detalles, las exigencias del Pacto con Dios y los pormenores de una convivencia con él. También rememora los magníficos acon­tecimientos de la sa­lida de Egipto y de la estancia en el desierto. El capítulo 26 presenta un tema particular -primicias y diezmos- en formas expresivas un tanto particulares. En concreto, los versículos ano­tados. Se trata de un breve y antiguo credo o fór­mula de fe dentro de un acto litúrgico. La fe confiesa y celebra -de ahí la ofrenda de las primicias en el santo tem­plo de Dios- a un Dios acontecedor, Señor de los acontecimientos, Dueño de la historia. Una breve y sustanciosa historia de la salvación. Es también una ac­ción de gracias: Bajamos a Egipto; fuimos oprimidos; clamamos al Señor; el Señor escuchó nuestros gritos; nos sacó de la servidumbre con grandes signos y nos introdujo en esta tierra que mana leche y miel… Los puntos sus­pensivos denotan la abertura a nuevas interven­ciones; y la confesión, cultual también, proclama que la posesión de la tierra, que actualmente se disfruta, es obra de las manos de Dios y dádiva de su bondad. En homenaje y agradecimiento, las primicias.

Se observará que el credo presenta como objeto de confesión una serie de acontecimientos pasados, un estar presente y un futuro abierto a la plenitud. Lo que soy estrecha sus brazos con lo que fui y los abre decidido a lo que seré. Todo, naturalmente, por gracia de Dios. Heredero de los antiguos, soli­dario con los coetáneos y copartícipe con los veni­deros. Repasemos nuestro credo cris­tiano y lo com­probaremos: Creo… en la resurrección de los muer­tos y en la vida eterna. Es un canto, una catequesis, una acción de gracias, un acto de culto. Insepara­ble, como expresión de ello, la ofrenda de nosotros mismos -la mejor primicia- en Cristo, nuestra pri­micia. La ofrenda de los frutos es un reconoci­miento y una petición.

 

2.2.Salmo responsorial Sal 90, 1-2. 10-11. 12-13. 14-15 (R.: 15b)

 

R. Está conmigo, Señor, en la tribulación.

 

Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti.» R.

No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. R.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones. R.

«Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré.» R.

 

El salmo es, al mismo tiempo, la respuesta y el motivo de la súplica. El Se­ñor escucha siempre la oración. El Señor es cobijo seguro; el Señor promete asistencia; el Señor tiene providencia especial del que al él acude. La con­fianza y la fe ardiente in­vaden de lleno el salmo. Dios avala esa fe. La imagen de las bestias, como impotentes ante el fiel de Dios, está apuntando a los po­deres de todo tipo que pretenden apartarnos de Dios. Respiran ve­neno y muerte. Dios inmuniza al fiel. El Nuevo Testamento puede decirnos algo a este respecto: Mc 16, 18; 1 Jn 5, 4; Rm 8, 38. Dios se preocupa espe­cialmente de los suyos; los guarda de todo mal. Sin embargo, los versículos 11 y 12 del salmo, citados por el diablo en su tentación a Cristo, ponen cierto límite a la confianza en Dios. Dios salva al que está con él, al que confía en él; pero no salvó a Cristo. Cristo es el modelo y la solución del pro­blema. El cristiano goza de una especial providen­cia que no asegura, sin más la ausencia de todo tipo de calamidad. Cristo sufrió, murió; pero Cristo re­sucitó. Con eso no se hunde la fe; antes bien, se pre­cisa. El Señor promete absolutamente: lo libraré, lo protegeré, lo glorificaré. Fe y confianza en el Señor. A eso nos invita el salmo.

 

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 10, 8-13

Hermanos: La Escritura dice: «La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón.» Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos. Porque, si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación. Dice la Escritura: «Nadie que cree en él quedará defraudado.» Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará.»

 

A Pablo le ha llegado muy adentro del corazón la incredulidad de su pue­blo. Cabe pensar que su sentimiento, profundamente piadoso y celosa­mente patriótico, ha sido crudamente golpeado, al constatar, con el paso de los años, no digamos la indiferencia, sino la creciente hostilidad de su pueblo a la fe, que les traía precisamente el cum­plimiento de las promesas, por las que tanto tiempo habían estado esperando y en las que veían legitimada su existencia en el mundo como pueblo privilegiado. Pablo lo trasluce con frecuencia en sus escritos, unas veces dolido, otras airado. La in­fidelidad de su pueblo le causa pena y le mueve a orar por él. La hostilidad a la fe le indigna y pro­voca en él palabras duras. Pablo pasa de uno a otro sentimiento, según los casos.

Esta vez siente Pablo compasión por los suyos. El capítulo 10 comienza con una ferviente oración por este pueblo renuente y endurecido. No se han some­tido a la justicia de Dios que salva. Se han aferrado a la Ley y han despre­ciado a Cristo. No han visto que Cristo es la perfección y el corona­miento de la Ley. La Ley apunta decididamente hacia Cristo. No han leído la Escritura. Pablo acude de nuevo a ella. Ella da razón de la revela­ción y de la disposición divina. Dios ha dispuesto salvar a los hombres en Cristo por la fe. Es la tesis de Pablo; de ahí la profusión de citas. Es el tema de los versículos leídos.

La justificación llega al hombre mediante la fe. La fe tiene por objeto y base a Cristo: creer que Cristo es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos. No es otro el evangelio que predica Pablo. La confesión ha de ser completa, de corazón y boca: confesión afectiva, de pensamiento y voluntad, y práctica, vida según Cristo. Es lo que se llama fe viva. Por la adhesión a Cristo, que justifica, somos justificados; por la práctica de la fe en Cristo que salva, somos -seremos- salvos. La justificación in­cluye la pertenencia, aun aquí, a ese mundo nuevo, divino. La salvación incluye la resurrección de los muertos. La primera es la amistad con Dios. La se­gunda nos la confirma para siempre. Es una misma realidad en dos tiempos. Una (es) razón de la otra, la otra coronamiento de la primera. La fe es la que salva. Por consiguiente, todo el que tenga fe y la conserve se salvará. Lo dice explícitamente la Es­critura. De ahí que la salvación por la fe se ex­tienda a todos. No hay judío ni gentil. El Dios de Israel es el Dios de todos. Su misericordia se ha derramado, en Cristo, a todos. Cristo mismo es el Señor; Señor que es Dios. Nadie que crea en él será confundido. Pablo ha traspasado el título de Se­ñor, dirigido en el Antiguo Testamento a Dios Yahvé, a Cristo. Cristo es el Señor con carácter di­vino. Por eso, se ve claro que el que lo invoque no será confundido, pues es el Señor.

 

2.4.Lectura del santo evangelio según san Lucas 4, 1-13

 

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: —«Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.» Jesús le contestó: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”.» Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: —«Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.» Jesús le contestó: —«Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.» Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: —«Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”.» Jesús le contestó: —«Está mandado: “No tentarás al Señor, tu Dios”.» Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

 En este primer domingo de Cuaresma, en este tiempo de preparación hacia la pascua del Señor, la liturgia nos presenta un pasaje cargado de emotividad, significado y actualidad, como es la tentación del Señor Jesús en el desierto, donde es llevado por el Espíritu Santo (Lc 4,1), donde permaneció cuarenta días, sin comer nada. Y al final del mismo aparece el diablo a tentarlo, buscando desviarlo de su misión. Es muy importante ver cómo y de qué manera se manifiesta el diablo, para tener en cuenta su astucia, para conocer sus argumentos, para ver cómo manipula la palabra, utilizando así algo sagrado como es ella, para tergiversar su sentido, buscando así engañarnos y seducirnos.

Resulta sorprendente como el tentador, busca desviar al Señor, a partir de necesidades vitales, como ser saciar el hambre material que tenía, pues después de cuarenta días sin comer nada, tuvo hambre, y ahí que él le propone al Señor darse a conocer, convirtiendo las piedras en pan. Una propuesta fácil e inmediata para remediar la situación que estaba viviendo. En la segunda tentación, le ofrece al Señor Jesús, la seguridad de las riquezas, la gloria del poder, el honor del dominio y la autoridad, otra cosa que hace parte de anhelos y deseos inherentes a nuestra vida, como son el bienestar y el reconocimiento. Finalmente, el propio diablo, quiere ayudarle a Jesús, a darse a conocer, desafiándole a que se tirara de la parte más alta del templo (Lc 4,9), para que todos los vieran y así lo reconocieran como el Mesías, para esto utilizó una cita del Sal 91,11, para justificar el pedido. Es elocuente y sorpendente la manera de actuar el espíritu del mal, que siempre apeló a algo bueno para desviar al Señor de su misión, que en el fondo era que el Señor lo tuviera a él como su referente y su proyecto, y no lo que el Padre le pedía. Es significativo, ver la manera de actuar que tuvo y los recursos que utilizó para seducir al Señor.

 

Pero si la actitud del tentador es significativa, la respuesta del Señor es mucho más, pues siempre y en todas las oportunidades, recurrió a las Escrituras (Lc 4,4.8.12), para rebatir y rechazar las seducciones del mal, destacando el Señorío del Padre en su vida, haciendo ver que el único y verdadero referente para nuestra vida debe ser el Padre y es a Él, a quién debemos adorar y servir, viviendo de acuerdo a su voluntad. Un texto como éste al comienzo de la cuaresma, nos ayuda a mirar nuestra vida y así sincerarnos a nosotros mismos, respecto de la situación de nuestra vida, para darnos cuenta, dónde estamos parados, lo que estamos haciendo, para tomar conciencia de la actitud que tenemos ante las diferentes y siempre seductoras propuestas que uno recibe para sustituir al Señor en nuestra vida, y así arrodillarnos ante falsos dioses, que buscan alejarnos del proyecto de Dios, llevándonos a la ruina y a la perdición. Por lo tanto, aprovechemos este pasaje, para mirar nuestro corazón y así pedirle al Señor su gracia para que sólo Él y únicamente Él, sea nuestro Dios y Señor, por quién y para quién vivimos.

Reflexionemos:

La Pascua se perfila al fin, al fondo, como meta de nuestra vida. Puede que nos parezca largo el ca­mino; pero no hay más remedio, debemos recorrerlo con Cristo al lado: oración, reflexión, obras de caridad, peni­tencia, compunción, etc. Conviene hacer un alto en el camino de nuestra vida y levantar la vista de la tierra, donde nos movemos ordinariamente, para mirar a lo lejos, hacia adelante, hacia nuestro fin, y hacia atrás, hacia nuestro principio. Es necesario re­flexionar sobre nues­tro origen y sobre nuestro fin. Cristo en sus grandes misterios ha de ser el cen­tro y la solución. Por eso comencemos, para las consi­deraciones, con el ejemplo de Cristo, como Miste­rio y como norma.

1. Las Tentaciones: El evangelio nos presenta a Cristo tentado en cuanto Mesías. Jesús, el Hijo de Dios, Mesías, había recibido del Padre una mi­sión que cumplir. La misión era importante. De ella dependía nuestra salvación y glorificación. Estaba en juego la gloria de Dios y la salvación del hombre. El Diablo trata de deshacer la obra divina. Ya lo había intentado una vez con cierto éxito, allá en el Paraíso. Desde entonces la humanidad andaba errante y desorientada, abocada a la muerte y a la perdición. Cristo había venido a enderezar las co­sas, a ponerlas en su lugar. El Diablo lo presentía. Por eso trata de desarticular el plan divino. La ten­tación es hábil y sugestiva. El Dia­blo se empeña en disuadir, en apartar a Cristo del cumplimiento de su misión. Las tres tentaciones van en esa di­rección: emplear los poderes divinos, confia­dos al Mesías para el cumplimiento de su misión, en pro­vecho propio. Los po­deres recibidos, sin em­bargo, han de ser empleados según y conforme a la vo­luntad divina, nunca en contra de ella. Cristo sale vencedor. Cristo no eligió el camino fácil, pla­centero y lujoso: antes bien eligió aquel que lo llevó a la muerte. Lu­cas lo indica atinadamente al colocar la última tenta­ción en Jerusalén. Ni siquiera el hambre le movió a emplear sus poderes taumatúrgicos en favor pro­pio. No cayó en la tentación de ser como Dios; cumplió perfectamente su papel de hecho hombre como nosotros, excepto en el pecado. Tal actitud de Cristo tiene una doble aplicación. Una, en sen­tido colectivo; otra, en sentido individual.

La Iglesia ha heredado la misión de Cristo de llevar la salvación a todo hombre. El mesianismo de Cristo continúa en la Iglesia. La misión ha de du­rar hasta la consumación de los siglos. En el cumplimiento de esta misión, la Iglesia ha de sufrir los repetidos asaltos del enemigo; el último, al fi­nal de los tiempos, será el más rudo, tenaz y vio­lento. Los poderes del mal han de tra­tar, por to­dos los medios posibles, de derribar por tierra la institución fundada por Cristo: la destrucción de la Iglesia. Con frecuencia usará métodos sorpren­den­tes: solicitación, persecuciones, ataques sofísticos, falsos profetas, etc.; hay que estar alerta. La Igle­sia no podrá jamás emplear los poderes espiritua­les que se le han concedido, para el enriqueci­miento propio o la gloria propia que no trasciende a la gloria de Dios. El cristiano debe hacerse una pregunta seme­jante. También él ha recibido, en cuanto hombre y en cuanto cristiano, unos poderes: habilidades, fa­cultades, potestades, etc. ¿Qué hacemos con esos dones? ¿Los empleamos para el mejor cumplimiento de la voluntad de Dios? ¿Es nuestro primer y único afán el pro­pio capricho, la propia comodidad, la propia terrena necesidad, el propio pla­cer, el propio enriquecimiento, la propia gloria? ¿Vivimos en realidad de la pa­labra que sale de la boca de Dios? Dios dirige la historia (primera lec­tura). Dios tiene providencia (salmo responsorial). ¿Tenemos fe en él (segunda lec­tura)? ¿Caminamos según su voluntad o prescindimos de ella? Con­viene medi­tarlo. El tiempo de Cuaresma es el tiempo oportuno; vamos a aprovecharlo. ¿Es Dios nuestra gloria? ¿No buscamos los poderes de este mundo como más seguros y apreciables? La tercera tentación está colocada en Jerusalén. Ello nos obliga a pensar en la Pasión de Cristo. ¿Qué significa para nosotros la Pa­sión del Señor? ¿Huimos del sufrimiento con menoscabo de nues­tra religiosidad y desprecio de la voluntad divina? ¿Nos hacen cometer pecados el afán de po­der y de gloria humana? Hay que pensarlo. Probable­mente hemos caído en la tentación. Hora es de co­rregir el camino. Se nos puede exigir cuenta en cual­quier momento.

Volvemos la vista hacia nuestro bautismo: en él se nos comunicó el Espíritu que nos relaciona con el Padre -oración constante- y nos urge y fortalece para el combate: hijos de Dios y soldados de Cristo en el Espíritu. No es extraña en la Cua­resma la consideración del bautismo. El tema ascético está en relación con todo esto. El ayuno de cuarenta días nos invita a ayunar en buenas obras; el silencio del desierto, la oración y el re­cogimiento para escuchar la palabra de Dios. Reflexión, soledad, oración. Es­tamos en Cua­resma.

2. La fe en la vida cristiana: La fe es necesa­ria para ser cristiano y para vi­vir cristianamente. La segunda lectura nos recuerda su valor y necesidad. La fe ha de ser viva y eficiente: sometimiento a la voluntad de Dios en el cumpli­miento de sus pre­ceptos. Confesión de corazón y de boca, de afecto y de obra. Por otra parte, la fe ilumina la historia. Para no­sotros cristianos, la histo­ria tiene un sentido claro y preciso. Todo está en relación con la salvación del hombre. La fe nos dice de dónde venimos y a dónde vamos: de Dios y a Dios. La historia está en sus manos y en nuestra correspondencia a su voz. La his­toria, a pesar de sus misterios, camina hacia su fin. Dios ha comenzado la obra de la salvación en Cristo; la continuará adelante. Nuestra vida ac­tual responde a una disposición piadosa de Dios para con nosotros. Es menester mantener firme la fe; es menester esperar confiados. El salmo res­ponsorial nos invita a ello. La fe tiene su lugar apropiado, aunque no único, en el culto. Con­viene actuar la fe en él. La tierra que nos espera mana leche y miel. Camine­mos confiados. En las tribula­ciones clamemos al Señor. Él nos escuchará. Las oraciones colecta y poscomunión se rela­cionan muy bien con las lectu­ras. La primera nos recuerda las penitencias cuaresmales, para vivir más ple­namente el misterio de Cristo. La segunda nos anima a vivir una vida intensa teologal: fe, es­peranza y caridad; a vivir de la Palabra de Dios.

 

3.      Oración final:

 

Señor, derrama tu gracia en nuestras vidas, para que viendo como Tú has conseguido superar todas estas adversidades, estas seducciones e incitaciones del mal, aprendamos de ti, a vivir como Tú quieres, como Tú esperas, asumiendo tu palabra como nuestro proyecto de vida, para imitarte y seguirte cada vez más, viviendo siempre de acuerdo a tu voluntad. Que así sea.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s