Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo C

 

Fuenteycumbre

 

Tabor y Calvario, dos elevaciones, dos montes, son también dos modos de posicionarse  en la vida y frente a la vida. Desde la altura del Tabor todo es luz, resplandor, claridad, las  cosas pierden sus aristas y los acontecimientos su contrapunto. ¡Qué bien se está! Es la  tentación de quedarse en la idealización de la vida, en el gozo inmediato de la evasión, por  encima del bien y del mal, que queda como a los pies. Desde el monte Calvario, coronado  de cruces, la cosa cómo cambia.

1.     Oración:

Señor, Padre Santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

2.     Texto y comentario

2.1.Lectura del libro del Génesis 15, 5-12. 17-18

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo: Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes. Y añadió: Así será tu descendencia. Abrahán creyó al Señor, y se le contó en su haber. El Señor le dijo: Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos para darte en posesión esta tierra. El replicó: Señor Dios, cómo sabré yo que voy a poseerla. Respondió el Señor: Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón. Abrahán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrahán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrahán, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el Señor hizo alianza con Abrahán en estos términos: A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río Eufrates.

La promesa del Señor es de algo futuro: una des­cendencia numerosa y la posesión de la tierra que ahora habita como extranjero. Abraham desea, hom­bre al fin y al cabo, desconocedor del compor­tamiento del Señor que le habla, una señal que le garantice la seriedad de lo prometido. Nadie se mueve por algo que no existe, ni da un paso ade­lante por algo que no se espera conseguir. Abraham exige seguridad, la necesita. Dios condesciende y sella su promesa con un pacto. En el fondo no es otra cosa que su palabra.

El pacto entra dentro del ambiente cultural y religioso de aquella época. Hoy hubiéramos pe­dido un documento fehaciente, un escrito ante nota­rio fir­mado por testigos. Entonces existía el pacto, con un ceremonial que hoy nos resulta extraño y hasta desagradable. Pero Dios habla a los hom­bres en su propio lenguaje. Ni podemos impedirlo ni podemos criticarlo. Ese es el sentido que tiene la ceremonia singular de descuartizar la ternera, la cabra, el car­nero, la tórtola y el pichón. Todos ellos animales domésticos. Están al alcance de la mano del hombre. Dividir en dos partes los anima­les y pasar entre ellos era invocar sobre sí la suerte de los mismos, caso de no cumplir lo pactado. Dios se comprometió así, a los ojos de Abraham, a cum­plir lo prometido. La palabra fue sellada con un pacto.

En este relato de sabor arcaico resplandece:

1. La condescendencia divina: Dios llama gra­tuitamente a Abraham. Nada ha hecho Abraham para merecerla.

2. La promesa: El tema de la promesa será la espina dorsal de toda la his­toria sagrada. En vir­tud de la promesa actuará Dios de modo especial en favor del pueblo. La promesa se irá alargando hasta Cristo. Pablo lo recordará constantemente en sus cartas. El pueblo vivió de la promesa; nosotros tam­bién. Es de notar que la promesa apunta al fu­turo. La descendencia, dirá Pa­blo, es Cristo. Con la idea de promesa está vinculada la idea de:

3. Pacto: Es otro de los temas más importantes del Antiguo Testamento. Dios se ha comprometido; Dios es fiel. Dios cumplirá lo prometido.

4. Bendición: La bendición del individuo y la bendición colectiva a todas las naciones permean toda la Biblia.

5. Actitud obediencial: Abraham es dócil; Abraham tiene fe. El patriarca da fe a la promesa del Señor. La fe se le reputó justicia. Sobre ello di­sertará Pa­blo, largo y tendido, en sus cartas a los Romanos y a los Gálatas. Pablo ba­sará aquí su doc­trina de la justificación por la fe. El mismo acto de creer es ya para Abraham principio de salvación; es la justificación. Por la fe hace suya la amistad que Dios le ofrece en su palabra, y se hace poseedor ya de los bienes prometidos.

6. Fe y esperanza: Ya se ha indicado el papel de la fe. La esperanza man­tiene viva la tensión hacia el futuro; nos hace caminar y superar los obs­táculos que pudieran interponerse. Este texto coloca frente a frente a Dios, que llama y promete, y al hombre, que escucha y es­pera.

2.2.Salmo responsorial Sal 26, 1. 7-8a. 8b-9. 13-14.

 

R. El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida, quién me hará temblar? R.
Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. R.

Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio. R.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R.

Podríamos colocar este precioso salmo en el grupo de los salmos de súplica: Escúchame, Señor, que te llamo. Sin embargo, es tal la tensión y cobra tal im­portancia la confianza efusiva del salmista y la esperanza tan segura de su alma de poseer a Dios, que bien merece que lo coloquemos entre los salmos de confianza. El estribillo es muy bello: El Señor es mi luz y mi salva­ción. Tanto el presente como el futuro descansan seguros en las manos del Se­ñor. Él es la Luz que no se apaga y que ilumina en todas direcciones; Él es la salvación que no se agota y que dura siempre. Los versículos van de un punto a otro: de la confiada oración a la es­peranza de un futuro gozo completo. Noso­tros, cris­tianos, podemos rezar con verdadero afecto el salmo. La confianza ha de ser más efusiva; la es­peranza más viva y segura. Esperamos y pedimos go­zar de la dicha del Señor.

2.3.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 17. 4,1.

 

Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. El transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Pablo desea que sus fieles no tengan otra preo­cupación que la consecución de esa misma meta. Él mismo se propone como ejemplo. Y no porque haya adquirido ya la perfección deseada; pues todavía le falta mucho. Más bien quiere e inculca Pablo la entrega total y ardorosa a seguir adelante sin des­canso. Esa ha de ser la auténtica vocación del cris­tiano en este mundo.

Pablo confiesa y advierte amargamente que no todos, los que llevan el santo nombre de cristianos, obran en consecuencia con su vocación. Hay indivi­duos para los que este mundo con sus bienes, con sus placeres, con sus pom­pas y vanidades, sigue siendo la meta y el ideal supremos de su vida. Sus pensa­mientos y, por tanto, sus deseos no sobrepasan el ras de la tierra. Ahí está todo para ellos. La ado­rable y salvadora Cruz de Cristo les sirve de es­cándalo. Reniegan y huyen de todo aquello que el cristianismo les trae de ab­negación, renuncia y de sufrimiento. ¡Ay de ellos! dice Pablo El fin que les es­pera es desastroso. Su gloria se convertirá en vergüenza propia; su vientre -su Dios- será su per­dición. Aquel Dios -su vientre- no los salvará; aca­barán pudriéndose para siempre, dentro de esa tie­rra que juzgaron su posesión y su gloria. Es una vida mundana con un fin mundano pernicioso.

Pablo opone, por contraste, la vida y el fin de aquellos que hacen de la Cruz de Cristo su más pre­ciada gloria y su tesoro más valioso. La Cruz de Cristo es todo para ellos: practican gozosos las re­nuncias, aguantan con alegría las pri­vaciones y sostienen con paciencia los sufrimientos que la Cruz de Cristo les dispensa. Ellos no son de este mundo. Son ciudadanos de una ciudad superior. Pertenecen a la ciudad celeste, donde reina Cristo glorioso. Allí está su des­tino. Allí no existe el dolor; allí brilla la luz eterna; allí es Dios mismo su vida; allí la muerte no posee fuerza alguna. Para ellos la Cruz de Cristo será su glo­ria. Cristo glorioso los transformará totalmente. Estarán a su altura. El pen­samiento de Pablo es claro: quien ama la tie­rra, y vive tan sólo de la tierra, se desmenuzará y será pisoteado como tierra que es; quien, en cambio, se abraza a la Cruz de Cristo, con todas sus fuerzas, será vivificado por ella. Pablo nos anima a elegir el segundo camino. Esperamos un fin glorioso.

2.4.Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 28b-36

 

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían del sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: Maestro, que bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

El milagro es que no transparenta su gloria toda su vida. Notemos algunos detalles:

1. Cristo se hallaba en oración. La indicación es propia de Lucas. A Lucas le impresionó el Cristo orante. Lucas es el evangelista de la oración. Cristo, según Lucas, ora intensamente, especial­mente en los momentos más impor­tantes de su vida: en el Jordán, después de haber sido bautizado (3, 21) y en estrecha relación con el cielo que se abre, con el Espíritu que desciende sobre él y con la voz que lo declara: Tú eres mi Hijo, el Amado; inme­diatamente antes de la elección de los Doce (6, 12); en conexión con la confesión de Pedro y el anuncio primero de la pasión (9, 18); aquí, en la Transfigu­ración; en Getse­maní, momentos antes del prendi­miento; en la Cruz… y, según algunos auto­res, du­rante toda la estancia en el desierto, tentado por el diablo, indicado en aquello de que era llevado por el Espíritu en el desierto durante cuarenta días, con tal dedicación a Dios que ni siquiera sen­tía la necesidad del alimento. ¿Por qué ese interés de Lucas de recordar así al Señor? Probablemente porque la unión con Dios es la más precisa y apro­piada caracterización del hombre de Dios, más, por supuesto, que el don de hacer milagros. De to­dos modos, como Hijo, Siervo y Profeta necesita es­tar en constante e íntima comunicación con Dios, Padre y Señor.

2. Moisés y Elías. Junto a Jesús, envueltos por su gloria, aparecen las figu­ras de Moisés y Elías: la Ley y los Profetas. Los profetas que testifican de Je­sús en el cumplimiento, profético y filial, de la misión que le encomendara el Padre de padecer y morir. De alguna forma, el testimonio global de ambos se orienta a los acontecimientos que van a tener lugar en Jerusalén: Pasión, Muerte, Resurrec­ción, Ascensión. Todo a modo de un solo y único aconteci­miento salvífico. La muerte no es el tér­mino; es, en la mente de Lucas, el paso obligado para la gloria. Jesús, una vez resucitado, recor­dará, a los discípulos de Emaús y en el Cenáculo, cómo todo ello estaba dicho en Moisés, los profetas y los salmos.

3. Palabras de Pedro. Siempre son interesantes las palabras de Pedro. Pe­dro representa al hombre espontáneo, humano, sin prejuicios, ante la revela­ción de Dios, con sus grandezas y debilidades. Pe­dro no comprende el misterio que presencian sus ojos. Pedro quiere hacer definitiva la felicidad que Dios le concede en aquel momento. Ese es su error. No ha caído en la cuenta de que Cristo está todavía en camino, y en camino nada menos que hacia Jerusalén. La Transfiguración es un alto en el camino, no la meta; es un alivio, una ayuda, no la coronación definitiva. Hay que seguir caminando. Lo que va a su­ceder en Jerusalén va a ser terrible. Hay que estar preparado. No recordaba Pedro -el Señor lo había indicado varias veces- que a la glo­ria había que ir a través de la Cruz. Verdadera­mente Pedro no sabía lo que decía. El sueño sim­bo­liza la poca comprensión del misterio.

4. Voz de lo alto. La voz explica el aconteci­miento: Este es mi Hijo; escu­chadle. Suceda lo que suceda: Este es mi Hijo. La palabra y la transfigu­ración declaran incontestablemente el misterio de Cristo como Hijo de Dios. Todo lo que él diga y todo lo que él haga es para nosotros Palabra firme de Dios. Cristo es el Revelador del Padre. El man­dato es explícito y claro: Escuchadle.

Así en todo lugar y en todo tiempo. Si la voz de lo alto es una evocación del texto de Isaías sobre el Siervo de Yavé, tendríamos aquí una alusión a la Pa­sión del Señor. El misterio de Cristo, como hijo de Dios, no está separado del misterio de su misión como Siervo.

 

Reflexionemos:

No debemos perder de vista el tiempo litúr­gico en que nos hallamos. Esta­mos dentro de la santa Cuaresma. Tiempo de preparación para la celebración digna y fructuosa de los grandes mis­terios de nuestra fe: Pasión, Muerte y Re­surrección de Cristo. La gran Fiesta de Pascua se perfila al fondo de ella. La Resurrección de Cristo es el preludio de nuestra propia resurrección; y la Pas­cua anuncia la gran Pascua de la vida eterna. De esa forma, la Cuaresma viene a significar o a recodarnos, por lo menos, el caminar del hombre hacia la Pascua eterna con Cristo en Dios. En torno a estas verdades-misterios surgen particulares temas inte­resantes que las redondean y completan. He aquí al­gunos: promesa de Dios, confianza del hombre, esperanza, fe, peregrinar hacia Cristo en su gloria, caminar con él durante la vida, etc. El evangelio nos relata un misterio de la vida de Cristo, que orienta nuestra atención hacia otros mo­mentos más impor­tantes de su vida de Salvador y de Redentor. Se entrelazan vigorosamente el presente y el futuro. Veamos por partes los puntos más sa­lientes:

  1. 1.     La esperanza cristiana. La esperanza de­fine la actitud del hombre y, a través de ella, su doctrina. El cristiano tiene una esperanza que lo define como tal. Nos es necesario recordar el fin, para no olvidar los medios.

Comencemos la diser­tación con el salmo responsorial. El salmo responsorial es un grito de afectuosa confianza (presente) y una serena confesión de segura y gozosa esperanza (futuro). La primera da vida al presente; la segunda asegura el futuro. Para la primera el estribillo: El Señor es mi luz y mi sal­vación; Dios es todo para mí. Para la segunda: Es­pero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Así es la auténtica actitud del cris­tiano.

La primera lectura, con el ejemplo de Abraham a la cabeza, nos hace pen­sar en la promesa de Dios. Ahí se apoya nuestra esperanza. La larga descen­dencia y la posesión de la tierra tendrán lu­gar en el tiempo. Dios la ha prome­tido. Estas rea­lidades concretas, sin embargo, revelan y anuncian otras pre­ciosas. La descendencia es Cristo y los fieles. La tierra poseída es la vida eterna. Hasta ahí llega la promesa divina. Pablo nos asegura, en la segunda lectura, la realización de lo prometido: Cristo transformará nuestros cuerpos mortales. Ese es nuestro destino. No somos de aquí. Nuestra ciudad está allá arriba, en Dios con Cristo. Allí ha­bita la descendencia de los santos; allí no hay pena, ni dolor, ni muerte. Un destello de la gloria vieron los discípulos en la Transfiguración del Se­ñor. Pedro pregustó algo de aquello. Nuestro ta­berná­culo está arriba, en la montaña, donde Dios habita. Será nuestra plena felici­dad.

2. Actitud del cristiano. La gloria, la salvación definitiva, es objeto de espe­ranza. Hacia allí cami­namos ¿Cuál es nuestro caminar?

• Fe y confianza. La fe de Abraham es ejem­plar. Por algo es el padre de los creyentes. Abra­ham agradó a Dios, al aceptar y creer en sus pro­mesas. La misma fe lo hizo grato a sus ojos; la fe lo abrió a la salvación -promesas- que venía de Dios. El salmo es un acto de confianza y de fe. Pablo nos indica vivir según la fe. El evangelio nos amonesta a seguir al Maestro: Escuchadle. Hay que colocar la fe y la confianza en primer lugar.

• Constancia-trabajo. Estamos en camino. Abra­ham fue el eterno pere­grino. Así el cristiano. La carta a los Hebreos comenta la actitud de los pa­triarcas (11, 13-16): Se confesaron extraños y foras­teros sobre la tierra; aspi­raban en realidad a una mucho mejor, la eterna. Abraham abandonó su pro­pia tierra como cosa de poco valor en compa­ración con la que esperaba poseer. Abraham lo dejó todo para seguir al Señor. El aspecto de re­nuncia es evidente. Lo indica el evangelio: hay que ir a Jerusalén, hay que padecer, hay que morir para resucitar. No puede uno detenerse aquí, como quería Pedro. A Cristo hay que seguirlo hasta el Calvario. De ello hablaban Moisés y Elías. A la gloria se va por la Cruz. Pedro no debía dete­nerse en un consuelo momentáneo. El con­suelo definitivo está en y más allá de la Cruz. Pablo de­duce la consecuencia práctica correspondiente. El cristiano es, por definición, un amigo de la Cruz de Cristo. La esperanza del cristiano está más allá de este mundo. No vale la pena detenerse en los bienes mezquinos de este mundo. Hay que dejarlo todo por Cristo. Para los que le siguen, pro­mete Pablo, en nombre de Dios, la sal­vación glo­riosa; para los enemigos de la Cruz la perdición eterna. Renuncia, desprendimiento, mortificación, constancia en el seguimiento, veloz carrera para al­canzar a Cristo.

3. Cristo. Cristo es el centro. Pablo dirá que la descendencia prometida a Abraham es Cristo. De Cristo nos vendrá la glorificación de nuestros cuer­pos (Pablo); así como también para alcanzar la glorificación es menester llevar la Cruz de Cristo. Cristo es el Siervo que debe padecer por noso­tros. De él pode­mos decir, como el salmo, El Se­ñor es mi luz y mi salvación. De su dicha espe­ra­mos gozar en el país de la vida. Su persona y su voz han de ser siempre norma: Escuchadle. En él y por él se cumplen las promesas de Dios; él es la Promesa del Dios Salvador. De él dan testimonio Moisés y Elías. Toda la reve­lación apunta hacia él. De él la luz y la salvación. Su Transformación es anun­cio de la nuestra. El misterio de Cristo que muere y resucita nos invita a pen­sar en nuestra acti­tud cristiana. Contemplemos reposadamente el marco que nos ofrece el evangelio: es vivificante.

4. Oración. Cristo oraba. El salmo es una con­fiada oración. Debemos pedir además de trabajar. Pidamos la imitación de Cristo. Pidamos la conse­cución de la vida eterna. Pidamos el perdón de los pecados. Pidamos por la Iglesia penitente.

La oración Colecta pide gozo interior. Esto nos hace pensar en Pedro. Nece­sitamos el gozo como preanuncio del cielo. Él nos ayudará a seguir ade­lante. El gozo ha de ser necesariamente transitorio. La oración Ofertorio pide perdón para nuestros pecados y una disposición digna para la celebra­ción de los mis­terios. De la gloria y del necesario camino de la Cruz para llegar a la gloria, nos habla el Prefacio. La oración última pide, en el fondo, la participación completa de la gloria de Dios.

3.     Oración final:

Señor Jesús, haznos dóciles a tu Palabra y fieles a tu amor, y no permitas que nunca nos apartemos de ti. Que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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