Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Fuenteycumbre cover 17 TO

Las lecturas que nos propone este domingo, son una invitación a la confianza en Dios, una invitación a tenerlo muy presente en nuestras vidas y a ser capaces de presentarle sin temor nuestros deseos, nuestras preocupaciones y necesidades. El poder contar con Dios, no quiere decir que tengamos que esperar que él nos resuelva todos los problemas y menos aún que se ponga a favor de nuestros pequeños intereses. Pero sí quiere decir que él nos da la mano en nuestro caminar, nos da fuerza y valor. Es tener a alguien al lado que no nos deja nunca, es poder vivir todo acontecimiento, por duro que sea, acompañado por un amor muy grande, pleno, infinito.

1. Oración:

Señor Jesús nos dejas estas enseñanzas sobre la oración, para ayudarnos a tomar conciencia de todo lo que implica y todo lo que aporta la oración a nuestra vida, por eso, Señor, te pedimos que nos ilumines, que abras nuestro corazón, para que no solo entendamos la importancia del encuentro contigo en la intimidad de corazón a corazón en la oración, sino que también, tengamos necesidad de ese encuentro vital y revitalizador como es la oración. Que así sea.

2. Texto y comentario

2.1. Lectura del libro del Génesis 18, 20-32

En aquellos días, el Señor dijo: «La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré »  Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán.  Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: « ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?» El Señor contestó: – «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos. » Abrahán respondió: – «Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?»  Respondió el Señor: – «No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.» Abrahán insistió: -<Quizá no se encuentren más que cuarenta.» Le respondió: – «En atención a los cuarenta, no lo haré.» Abrahán siguió: – «Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta? » Él respondió: – «No lo haré, si encuentro allí treinta.» Insistió Abrahán:
– «Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte? » Respondió el Señor:
– «En atención a los veinte, no la destruiré.» Abrahán continuó: – «Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez? » Contestó el Señor: – «En atención a los diez, no la destruiré.»

Este pasaje forma con 18, 1-19 (domingo pasado) un díptico interesante. La piedad y hospitalidad de Abraham, por una parte, y la impiedad y falta de hospitalidad de Sodoma, por otra. La bendi­ción, por una; la maldición, por otra. La vida en la primera -un hijo-, la catástrofe en la segunda. Hay otros motivos implicados. En este domingo, por ejemplo, la fuerza de intercesión del justo o la ino­cencia del justo en la justicia de Dios desempeña un papel impor­tante. Mientras, según una concepción antigua (Jos 7, 24ss), la culpa de uno acarrea la ira de Dios sobre todo el pueblo, se muestra aquí, en dirección con­traria, la concepción, también anti­gua, de que la justicia del justo puede sal­var de la ruina al pueblo entero. Esta segunda concepción irá ganando terreno para desembocar en el anuncio de Isaías sobre el Siervo de Yahé.

La actitud de Abraham es conmovedora. Abra­ham intercede por la ciudad pecadora. Tiene en la mente, naturalmente, el grupo de inocentes -sus familia­res- que corren el peligro de ser arrollados por el furor divino. Está claro, por el pasaje, que la intercesión del justo vale ante Dios en favor de la multitud. Pero ¿dónde está el límite del poder in­tercesor del bueno? ¿Hasta qué punto puede retar­dar o anular el merecido castigo divino la presen­cia del justo? Hay que salvar, por una parte, la jus­ticia de Dios, y, por otra, su misericordia. Por cierto que la misericordia supera al juicio. Con todo, queda el misterio. La ten­sión subsiste Cristo iluminará el problema: uno que muere por todos, hecho pecado por nosotros, justo por injustos, casti­gado por nuestras culpas, hecho justicia de Dios que salva. La mano de Dios queda, con todo, en alto. ¡Ay del que no escuche a Cristo!

2.2. Salmo responsorial Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 6-7ab. 7c-8(R.: 3a)

R. Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario. R.

Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad. Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma. R.

El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Cuando camino entre peligros, me conservas la vida; extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo. R.

Y tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos. R.

Salmo de acción de gracias. Comienza con un Te doy gracias, Señor, de todo corazón y acaba con el no abandones la obra de tus manos. La acción de gra­cias se eleva cordial, sincera, entusiasta. Dios ha salido al paso de la necesi­dad. El salmista puede cantar y alabar. Pero la radical necesidad del hombre queda todavía al descubierto. La indi­gencia es connatural al hombre en este mundo. Ne­cesita ser cubierta la herida y protegida. La ac­ción de gracias se re­suelve en súplica. Tras una ne­cesidad viene otra, tras un problema otro. La sú­plica no puede apartarse de nuestros labios. Con ella, como compañera, la alabanza, la confianza, el voto, tañeré… Afectos que conviene recorrer en la ce­lebración eucarística, Acción de Gracias y Plegaria por antonomasia.

2.3. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 2, 12-14

Hermanos: Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

No es la primera vez que Pablo habla del mis­terio del bautismo y de sus admirables efectos. Ya lo hizo antes en su carta a los romanos, usando las mismas imágenes. Hay una relación esencial del bautismo cristiano a la muerte y resurrección del Señor. El bautismo nos incorpora misteriosamente a Cristo. Por él morimos, por él somos sepultados, por él resucitamos en Cristo. Ha habido todo un proceso maravilloso y transcendental. Hemos muerto al pe­cado; el pecado ha sido borrado de no­sotros. Hemos pasado de la muerte que nos daban nuestros propios delitos a la posesión de una nueva vida. ¡Hemos resucitado! ¡Dios nos ha perdonado en Cristo! Somos hombres de perdón, de misericor­dia, de complacencia divina. ¡Somos sus hijos que­ridos! La deuda de nuestros crímenes ha sido cla­vada para siempre -hermosa y atrevida imagen- en el Árbol de la Cruz, cuando Cristo fue allí cla­vado por nuestra salvación. Cristo se hizo pecado por nosotros; víctima y sacrificio expiatorio. Cristo ha ex­piado con su muerte nuestros pecados y nos ha asociado a sí. El bautismo lo realiza en el misterio, sacramentalmente. La sangre de Cristo ha jugado un papel importante. La carta a los He­breos lo pondrá de relieve. La fe es el acto hu­mano-divino requerido para que la fuerza de Dios actúe en nosotros. Fuerza que dimana de la (muerte y) resurrección de Cristo. Son inseparables la fe y el bautismo.

2.4. Lectura del santo evangelio según san Lucas 11, 1-13

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Él les dijo: «Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.”» Y les dijo: – «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.”  Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.”  Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y  se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.  Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿0 si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿0 si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? »

El pasaje de hoy está dominado por el tema de la oración. Jesús oraba. Y oraba con frecuencia. Jesús dedi­caba noches enteras a la oración. Lo vemos orando en los momentos más importantes de su vida. Lucas lo señala atentamente. Es el evangelista de la ora­ción.

Los discípulos quieren orar como ora el Maestro. ¿Quién mejor que él podía enseñarles? También Juan había enseñado a los suyos. Entre el maestro y los discípulos debe existir una corriente de afini­dad. Más aún entre Jesús y los suyos. Los discípulos del Señor han de ser enviados a dar testimonio de su persona y a continuar su obra. Si Jesús oraba, de­ben también orar los discípu­los. Los discípulos de­ben orar, como oraba Jesús. Por eso, Señor enséñanos a orar. La oración distingue al hombre de Dios.

Lucas coloca aquí, por analogía del tema, la oración del Padrenuestro. Es la oración por exce­lencia, la oración que nos enseñó el Señor. Todo cristiano debe saberla rezar. Las peticiones son modélicas hasta en el orden. No hay lugar para un comentario detenido de cada una de ellas. Son sen­cillas y cla­ras. Basta rezarlas. Lucas las presenta en forma más breve que Mateo. La oración, con todo, queda la misma. Ahí están los temas de la oración cristiana.

La parábola a continuación asegura la audien­cia de la súplica. Dios escu­cha la oración. Debe­mos estar seguros de ello. ¿Quién se negará a aten­der, aun en el peor de los casos, de noche y todo ce­rrado, a un amigo necesitado? Nadie. Nadie, al menos según la hospitalidad oriental. ¡Cuánto menos Dios! Dios dará con toda seguridad lo que se le pide. Lo mismo vienen a expresar las frases si­guientes, esas frases de imperativo y de exhorta­ción: Pedid y se os dará; buscad y… El modo del verbo (imperativo) y la repetición expresan insis­tencia, urgencia y necesidad. Debemos pedir; urge buscar; lo necesitamos. De­bemos también insistir. Quizás quiera insinuarlo la parábola anterior. Dios oirá nuestra oración; Dios atenderá nuestra súplica; Dios actuará en nuestro favor. ¿Qué padre no lo haría en favor de su hijo? ¡Cuánto menos Dios!

La última frase delata la mano de Lucas. Si comparamos el texto con Ma­teo, observaremos un cambio verbal significativo. En lugar de las cosas buenas de Mateo, surge aquí inesperado el Espíritu Santo. Lucas substituye el ¿… No os dará cosas buenas? con ¿… No os dará el Espíritu Santo…? ¡Las cosas bue­nas son, en Lucas, el Espíritu Santo! ¿Cabe mayor y mejor don? ¡Eso es lo que debemos pedir! ¡Dios está ansioso por dárnoslo! ¡Es el gran don! Es el Don por excelencia. El Espíritu Santo nos dirigirá, nos orientará, nos enseñará, nos animará, nos hará cumplir la voluntad de Dios. De él el con­suelo, de él la luz, de él la fuerza, de él la salva­ción. Pidamos el Don del Espíritu Santo. Es el Gran Don que Dios nos quiere dar.

Reflexionemos:

La oración es el tema obligado. Vamos a ir por partes.

A) Jesús es el comienzo y la base, el gran imi­tando. Jesús ora. Y ora fre­cuentemente. Y ora lar­gamente. Y ora en los momentos más importantes de su vida. Así lo presenta Lucas. Jesús ora en el bautismo; ora antes de la con­fesión de Pedro; ora en la elección de los Doce; ora en la Transfigura­ción; ora al comienzo de la Pasión, en el Huerto de los Olivos; ora en la Cruz. ¡Jesús ORA! Tanto el evangelio como el libro de los Hechos rezuman oración. Jesús ora por necesidad, por impulso in­terno. ¿Qué hijo no habla con el Padre? Jesús Hijo habla con el Padre; Jesús Siervo habla con Yahé; Jesús Mesías habla con Dios.

Si Jesús ora, deben orar los discípulos tam­bién. No serán discípulos, si no saben orar. Y no sabrán orar, si no oran como él. La oración no puede descar­tarse de la vida cristiana. Es la aper­tura a Dios, la comunicación con el Padre, la relación con el Señor. Nuestra condición de hijos la reclama con necesidad. Nuestra condición de necesitados la urge con imperiosidad. Necesitamos orar bajo todo concepto. El evangelio lo pone hoy en primer plano. El salmo nos lo está cantando. La primera lectura nos ofrece un bello ejemplo. El tema de la oración es siempre actual. Más quizás en nuestros tiempos. Sin oración no po­demos cumplir nuestra vocación de cristianos, de hijos de Dios.

B) Oración del Padrenuestro. Oración por exce­lencia. Un precioso modelo de afectuosa comuni­cación con Dios. Es la oración del Señor. Nos diri­gimos al Pa­dre. ¿No es grandeza del hombre po­der comunicarse con Dios? ¿Con Dios como Pa­dre? Las peticiones del Padrenuestro, desgrana­das una por una, darían lu­gar a un sin fin de volumi­nosos comentarios. Basten algunas consideracio­nes. ¿Cómo oramos? ¿Qué pedimos? ¿Por qué nos interesamos? Las peticiones del Padrenuestro han de ser nuestro modelo de oración. ¿Lo son en verdad? ¿Deseamos la venida del Reino? ¿La suplicamos con ardor? Así sucesivamente. La ora­ción de Abraham, su familiaridad con Dios, es alec­cionadora. Nuestra oración es intercesora. Aquí se abre un campo inmenso. Nosotros, que pedimos en Jesús, seremos siempre escuchados.

C) La oración es siempre escuchada. De ello debemos estar seguros. La pa­rábola del amigo inoportuno lo declara sin rodeos. Hay que insistir en ello. Dios nos oye. Más aún, Cristo está de­lante de Dios para interceder siempre por noso­tros. Es un consuelo. Dios que nos ha dado lo más -el perdón de los pecados- ¿no nos dará lo me­nos? Somos sus amigos, somos sus hijos, somos sus predilectos. ¿No nos va a escuchar?

D) El Don del Espíritu Santo. Es el Don por ex­celencia. El Espíritu Santo dirigió a Jesús durante toda su vida. De eso necesitamos nosotros, de una di­rección vital interna que nos conforme con Cristo y nos haga vivir su vida: el Reino de Dios, la voluntad del Padre. Como reza el Padrenuestro. Más aún, nos enseñará a orar. Él pide, con gemi­dos inenarrables, aun cuando nosotros no sabe­mos qué pedir. Es la Voz de Dios en nuestros la­bios. Pidamos que nos conceda el Espíritu Santo. Es el Gran Don. El Señor nos invita a relacionarnos con Él de manera personal, buscándole por medio de la oración, siendo así, pidámosle que nos dé su gracia para buscarlo en todo momento.

3. Oración final:

Señor Jesús, Tú que nos dices de pedir, de buscar, de golpear, para ser escuchados, para ser atendidos; Tú que nos invitas a perseverar en la oración, te pedimos la gracia de que sintamos el amor del Padre en nosotros, que nos impulse y anime a buscarlo siempre y en todo momento, para recibir de Él su Espíritu Santo, que nos transforme y nos identifique cada vez más contigo, para vivir tu palabra, buscando ser como Tú, sintiendo y actuando como Tú. Que así sea.

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